Ser buena desde la cuna hasta la tumba
Las mujeres son el sexo bueno. Amables, complacientes, modestas y generosas. Eso es lo que se espera de ellas, pero también concuerda con la imagen que toda mujer alberga en su interior.
Se tiene la impresión de que ser buena es la clave del éxito, cuando lo cierto es que ocurre todo lo contrario.
Hoy en día, las mujeres ya no quieren ser sólo buenas. La idea que tienen de sí mismas ha cambiado. Sin embargo, la nueva mujer todavía está llena de contradicciones. Sabe imponerse, pero a menudo con mala conciencia. Por fuera permanece impasible, pero por dentro se desencadena un conflicto: por una parte, la nueva mujer quiere gustar y caer bien, y se esfuerza por agradar a todo el mundo, pero, por otra parte, también sabe que de este modo entra en el juego de las dependencias. Desea imponerse, pero sin herir; aspira a alcanzar su meta, pero no quiere arrollar a los demás; pretende ser crítica, pero sin dejar a nadie en mal lugar; procura expresar su opinión y convencer, pero no quiere manipular a nadie; desea mostrarse segura de sí misma, pero le aterra asustar a los demás.
Sin embargo, las dudas ocultas acaban por salir a la superficie, aunque sólo sea fugazmente. Se manifiestan a través de ligeros matices del lenguaje corporal. Una cabeza levemente inclinada, un atisbo de indecisión en la mirada o una breve sonrisa insegura significan: «En el fondo no estoy tan segura». Un leve gesto apenas esbozado, aparentemente insignificante, se convierte en un desafío: «Hazme cambiar de opinión». O bien: «Mi resistencia no es del todo sincera».
Las mujeres tienen facilidad para ponerse en la situación de los demás. Entienden los motivos que les llevan a sostener una opinión determinada. Se meten en su pellejo. De ahí que les resulte difícil imponer sus deseos o mantener su opinión.
Si observamos el papel que desempeña habitualmente la mujer en las series de televisión, nos encontramos con un personaje perfecto y todopoderoso, aunque siempre complaciente. Con una sonrisa en los labios, se ocupa de las tareas del hogar, de su trabajo, de los niños y de cumplir con sus obligaciones como esposa. Apoya con abnegación la carrera de su marido. Es guapa, va siempre arreglada, está en plena forma y llena de energía. Es atenta, dócil y servicial. Se sacrifica y no espera gratitud. Aunque en un puesto subalterno, obtiene ciertos éxitos profesionales.
Las mujeres padecen más ansiedades y depresiones que los hombres. Creen que tienen que rendir más que ellos para alcanzar el mismo reconocimiento, y la experiencia les da la razón. Las mujeres se esfuerzan en ser más perfectas, más aplicadas, más flexibles, más complacientes y en mostrar más compañerismo que sus colegas masculinos. Sin embargo, obtienen unos resultados bastante modestos. A menudo rinden efectivamente más que ellos, pero no se les paga ni se las valora según su rendimiento; ellas mismas son las que menos reconocen sus méritos.
Aún sigue teniendo validez el viejo refrán: «No hay atajo sin trabajo». Así que las mujeres se matan a trabajar y rinden mucho; pero, por desgracia, casi siempre donde no deben. Realizan los trabajos auxiliares, ayudan a los demás y creen que de este modo van a acumular puntos positivos para ir ascendiendo. Descargan a sus colegas masculinos o a sus maridos de las tareas más ingratas, y éstos se lanzan sin dudarlo hacia trabajos más prometedores. Las ayudantes, en cambio, se quedan a medio camino. Sólo las mujeres que utilizan estrategias más hábiles consiguen llegar hasta la cima. Trabajar para otros es una mala estrategia, tan mala como la modestia. Muchas mujeres ocultan sus méritos; no quieren vanagloriarse. Esperan que los otros las descubran, y si nadie reconoce sus aptitudes, en el mejor de los casos se vuelven refunfuñonas y, más probablemente, depresivas o alcohólicas.
«Las mujeres han nacido para servir a los demás», afirma un jefe de sección. En su opinión, las mujeres trabajan mejor en el área de prestación de servicios, donde, si bien en pequeña escala, pueden ser independientes. Según él, «servir a los demás» forma parte de su naturaleza. Y muchas mujeres, con su conducta, le dan indirectamente la razón: hacen exactamente lo que se espera de ellas; no se abren paso; renuncian a imponer sus buenas ideas. Tanto en la vida profesional como en la privada, las mujeres creen que salen ganando si son buenas y resignadas. Confían en retener para siempre a un hombre guardando silencio, mostrándose comprensivas y complacientes y librándole de lo molesto. Esperan recibir la aprobación y el afecto a cambio de su altruismo y servidumbre. Consideran el ser amable como la única estrategia de éxito; de eso no les cabe la menor duda. Todavía siguen apostando por el modelo de sus madres, cuando la experiencia hace tiempo que les ha enseñado que las mujeres descaradas, las rebeldes y las atrevidas son las que salen adelante. ¡Nunca las buenas, y rara vez las mejores!
Las mujeres se exigen con frecuencia una capacidad de rendimiento y de aguante que puede alcanzar extremos irreales. Los éxitos que se obtienen con cierta facilidad no tienen, para muchas mujeres, ningún valor. Se esfuerzan increíblemente y avanzan mucho, y si llegan a la meta, piensan que ha sido cosa del destino. No creen que su éxito sea el resultado de su esfuerzo. Piensan que sus aptitudes y su trabajo no bastan por sí solos para conseguir buenos resultados. Si algo les ha salido bien, lo atribuyen a circunstancias exteriores, a la suerte o a la casualidad. Si no alcanzan su propósito, ello les confirma el concepto que tienen de sí mismas aunque no lleguen a expresarlo: no están suficientemente capacitadas. Seguro que otros lo hubieran hecho mejor. Se irritan consigo mismas, se repliegan y cogen miedo a los desafíos.
La adaptación:
una estrategia de graves consecuencias
Las mujeres no quieren llamar la atención; prefieren adaptarse hasta el punto de volverse irreconocibles. Sucumben al error de creer que, camufladas de este modo, podrán alcanzar sus objetivos. Su lema es «pasar desapercibidas».
Se esfuerzan por ser niñas buenas y discretas, y no caben en sí de gozo cuando alguien les agradece su modestia.
Las mujeres tienen que aprender a no esperar secretamente la gratitud, sino a exigir compensaciones. Se sacrifican y piensan que así los demás están en deuda con ellas y que, tarde o temprano, tendrán que saldar esa deuda, cosa que normalmente no ocurre. Las mujeres tienen que comprender que, o bien hacen un favor a alguien porque quieren, sin esperar nada a cambio, o bien hacen algo porque esperan obtener gratitud, reconocimiento o alguna otra cosa. Pero tienen que manifestarlo claramente con anterioridad. De este modo el otro tiene el derecho y la oportunidad de rechazar su ofrecimiento, y cada cual sabe a qué atenerse.
El mayor obstáculo que han de vencer las mujeres es el de querer gustar y caer bien a todo trance. A cambio, renuncian a la autodeterminación, a la independencia y al poder. En lugar de «encontrarse» a sí mismas, se alejan cada vez más de sí mismas. Si alguien les dice que les tiene aprecio, casi nunca se lo creen. Realmente no esperan ser respetadas, y eso no cambiará mientras las mujeres sigan orientándose más por la opinión de los demás que por sus propios deseos e ideas.
Si quiere «pasar» de esa opinión, empiece ahora mismo. Mencione tres razones por las que se gusta a sí misma. Admita sólo aquellas de las que pueda sacar provecho.
Las mujeres que se hallan en conformidad consigo mismas son las que han encontrado un equilibrio entre sus exigencias y las de su entorno. Experimentan y se arriesgan. Saben que el riesgo puede significar ganar o perder. Y ellas quieren ganar. Se concentran en su propio camino, sin dejarse hipnotizar por la idea que los otros tengan de ellas. Lo importante es que creen en sus capacidades, en su competencia y en su habilidad para llegar a una meta. Las consecuencias no son ni la infamia ni la desconsideración, sino el valor, una mayor independencia y más ganas de vivir. Las mujeres que han decidido arriesgar algo no tienen miedo a una derrota. Saben que un equipo de fútbol que ha ganado un partido por tres a dos también se ha tenido que tragar dos goles. No permiten que se les desbaraten los planes por una negativa o por un paso en falso. No se toman un «no» como algo personal. Si algo les sale mal, buscan la causa en el asunto en sí, no en su persona. No se atormente con la idea de que alguien tiene algo contra usted. No se devane los sesos intentando averiguar lo que falla en usted, y piense en soluciones creativas.
Por desgracia, pocas mujeres consiguen dar ese paso hacia la independencia. La mayoría se quedan ancladas en los viejos esquemas. Parece que prefieren ser niñas buenas antes que disfrutar de la vida. ¿A qué viene esa renuncia a las incursiones en lo prohibido? ¿Por qué a muchas mujeres les resulta tan difícil hacer algo supuestamente malo? ¿Cuál es la razón de que las mujeres consideren malo algo que para la mayoría de los hombres es completamente normal?
Por cualquier travesura o pequeña infracción de las reglas, nos persigue el miedo al castigo. ¿Qué pensarán los demás de nosotras? ¿Qué actitud adoptarán? ¿Seguirán teniendo aprecio a una niña mala?
Las mujeres están amordazadas por su buena conducta. Enmudecidas, renuncian a muchas cosas que las divierten, y rara vez consiguen lo que realmente desean. Los orígenes de esa renuncia se remontan muy atrás. Ya el modo en que se calma a una criatura pequeña tiene una influencia en su conducta posterior, y está claro que a las niñas se las calma de una manera completamente distinta que a los niños. De qué modo una criatura se convierte luego en niño o niña es algo difícil de precisar. Pero sólo en este contexto se explica que surjan ese exceso de adaptación y ese desvalimiento femeninos que tan pertinazmente quedarán arraigados en las mujeres.
En los quince últimos años se han desarrollado dos modelos de explicación psicológica que dan una idea de cómo surge y se mantiene la autocastración. Dichos modelos muestran cómo las mujeres acaban inmersas en unas situaciones vitales aparentemente estancadas y por qué les resulta tan difícil abandonar esos sistemas que las perjudican.
El desvalimiento adquirido es el concepto central para comprender los conflictos vitales femeninos. Muchos problemas cotidianos se pueden describir como desvalimiento. Las mujeres se comportan de forma desvalida cuando se les pincha una rueda y creen que no saben cambiarla. También las mujeres que son golpeadas por sus maridos violentos y no se atreven a abandonarlos se comportan de manera desvalida. Martin Seligman, uno de los padres del desvalimiento adquirido, afirma que incluso los daños psíquicos dramáticos, como las depresiones o los estados de ansiedad, pueden explicarse como reacciones de desvalimiento. Un número elevado de experiencias de este tipo puede hacer que una persona llegue a pensar: «No me basto a mí mismo». Y así dan comienzo la ansiedad y la depresión. Las personas reaccionan de forma desvalida sólo porque creen no estar a la altura de una situación o de una coyuntura vital. En este caso lo decisivo no es la realidad, sino el concepto que tienen de sí mismas, que se basa en la convicción de que no tienen posibilidad de influir en el desenlace positivo de una situación. La consecuencia es que las personas se vuelven incapaces de actuar.
El desvalimiento es una convicción adquirida, nunca natural.
El concepto de «profecía autocumplidora»[1] significa lo siguiente: un suceso ocurre precisamente porque se esperaba. La definición exacta de la profecía autocumplidora (self-fulfilling prophecy) sería la siguiente: si desarrollo una expectativa acerca de acontecimientos futuros, aumenta la probabilidad de que me prepare para esa futura situación concreta. Este proceso se desarrolla, en gran parte, de manera inconsciente: Tengo miedo a un examen; estudio nervioso y sin llevar un orden; surge una imagen de respuestas equivocadas o de la mente en blanco; la probabilidad de suspender aumenta. La consecuencia es: más miedo aún al examen.
Veamos el ejemplo contrario: Creo que lo puedo conseguir (expectativa de éxito); estudio como es debido; me concentro con todos mis sentidos; no me distraigo; me siento seguro y relajado; surge una imagen de respuestas acertadas; la probabilidad de aprobar aumenta. La consecuencia es una mayor expectativa de éxito.
Los sistemas del desvalimiento adquirido y de la profecía autocumplidora se acoplan y se complementan entre sí. Una mujer que cree estar incapacitada para la técnica, quizá haya recibido ese tipo de mensaje ya desde la infancia. De antemano, se dice a sí misma que, por ejemplo, no sabe cambiar las bujías de su coche. No obstante, lo intenta sin demasiada convicción, con una herramienta defectuosa y con escasos conocimientos. Se pilla el dedo con un tornillo de difícil acceso y ya no sabe qué cables iban unidos, rompe algo e inmediatamente se confirma su expectativa de desvalimiento. Aunque, a su juicio, lo ha intentado seriamente, no ha resuelto el problema. Entonces generaliza ese percance programado de antemano y duda aún más de su capacidad para llegar a controlar algún día l
