El oscuro secreto (Alas de fuego 4)

Tui T. Sutherland

Fragmento

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ALAS LODOSAS

Descripción: dragones fuertes con escamas marrones reforzadas con algunos reflejos dorados y ámbar. Grandes, de cabeza chata y con los orificios nasales en la parte superior del hocico.

Características: pueden respirar fuego (si alcanzan una temperatura lo bastante alta). Son capaces de aguantar la respiración casi una hora entera. Habitan en grandes charcos de lodo. Suelen ser muy fuertes.

Reina: la reina Gallareta.

Alianzas: actualmente, aliados de Brasas y los Alas Celestes en la gran guerra.

ALAS ARENOSAS

Descripción: escamas dorado claro o blancas, del color de la arena del desierto. Cola con púas venenosas. Lengua bífida negra.

Características: pueden sobrevivir largas temporadas sin agua. Envenenan a sus enemigos con la punta de la cola, como los escorpiones. Se entierran a sí mismos en las arenas del desierto para camuflarse. Respiran fuego.

Reina: desde la muerte de la reina Oasis, la tribu se dividió entre las tres rivales al trono: las hermanas Brasas, Ampolla y Llamas.

Alianzas: Brasas tiene de su parte a los Alas Celestes y a los Alas Lodosas, los aliados de Ampolla son los Alas Marinas y Llamas cuenta con el apoyo de la mayoría de los Alas Arenosas, además de haber formado una alianza con los Alas Heladas.

ALAS CELESTES

Descripción: escamas doradas, rojizas o naranjas. Alas enormes.

Características: poderosos luchadores y expertos voladores. Pueden respirar fuego.

Reina: la reina Escarlata.

Alianzas: actualmente, aliados de Brasas y los Alas Lodosas en la gran guerra.

ALAS MARINAS

Descripción: escamas azules, verdes o aguamarina. Membranas entre las garras. Agallas en el cuello. Rayas en la cola/hocico/estómago que brillan en la oscuridad.

Características: pueden respirar bajo el agua, ver en la oscuridad, crear olas enormes con un solo golpe de su poderosa cola y son excelentes nadadores.

Reina: la reina Coral.

Alianzas: actualmente, aliados de Ampolla en la gran guerra.

ALAS LLUVIOSAS

Descripción: sus escamas cambian constantemente de color. Suelen brillar como las aves del paraíso. Cola prensil.

Características: pueden camuflarse adaptando el color de sus escamas a aquello que los rodea. Usan la cola prensil para escalar. No se les conoce ningún arma natural.

Reina: la reina Destello.

Alianzas: no participan en la gran guerra.

ALAS HELADAS

Descripción: escamas plateadas del color de la luna o azul claro como el hielo. Garras rugosas para sujetarse a las superficies heladas. Lengua bífida azul. Cola estrecha acabada en forma de látigo.

Características: pueden soportar temperaturas bajo cero y la luz brillante. Exhalan un mortífero aliento helado.

Reina: la reina Glaciar.

Alianzas: actualmente aliados de Llamas y la mayoría de los Alas Arenosas en la gran guerra.

ALAS NOCTURNAS

Descripción: escamas negras violáceas y, bajo las alas, algunas escamas plateadas diseminadas, como un cielo nocturno salpicado de estrellas. Lengua bífida negra.

Características: pueden respirar fuego. Desaparecen en las sombras oscuras. Leen la mente. Ven el futuro.

Reina: es un secreto celosamente guardado.

Alianzas: demasiado misteriosos y poderosos como para formar parte de la gran guerra.

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LA PROFECÍA DE LOS

DRAGONETS

Cuando la guerra veinte años haya durado...

los dragonets se alzarán.

Cuando la tierra se empape de sangre y lágrimas...

los dragonets se alzarán.

Encuentra el huevo Ala Marina azul oscuro

y las alas de la noche vendrán a tu encuentro.

El huevo más grande de la más alta montaña

traerá consigo las alas del cielo.

Para unas alas de tierra, buscad en el lodo

un huevo del color de la sangre de dragón.

Y escondido de los ojos de las rivales reinas,

el huevo de Alas Arenosas aguarda a la espera.

De las tres reinas que hieren y queman y arden,

dos morirán y la otra aprenderá el juego:

si se inclina ante un destino poderoso e inabarcable,

conseguirá el poder de las alas de fuego.

Cinco huevos que se abrirán en la noche más brillante,

cinco dragones destinados a terminar la lucha.

La oscuridad se alzará para traer la luz.

Los dragonets se acercan...

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PRÓLOGO

Los dragones de hielo aparecieron de repente.

Debería haber sido una noche tranquila. No tendrían que haberse topado con nadie que no fuera un Ala Celeste u otro Ala Lodosa de patrulla por la frontera de sus reinos entre las montañas. No se había producido ninguna batalla cerca de su villa desde la última en la que perdieron a Grulla, hacía ya dieciséis días.

Junco aún era incapaz de pensar en aquella batalla sin sentir un enorme vacío en su pecho. A veces, deseaba ser capaz de cerrar los ojos y dejarse engullir por aquel vacío para siempre, pero no podía hacerlo. Tenía a otros cuatro hermanos y hermanas que dependían de él por completo. Él era su líder, su alasgrandes... pese a ser consciente de que no debería serlo. Debería haber sido su hermano Cieno, cuyo huevo había sido robado antes de que todos ellos eclosionaran.

—¿Has oído eso? —susurró Pardo, que alzó el vuelo para ponerse a su lado.

Aunque fuera el dragón más pequeño de toda su tropa de hermanos Alas Lodosas, Pardo también era el más observador. Con el tiempo, Junco había aprendido que siempre merecía la pena hacerle caso.

—¿Qué? —le preguntó Junco también en un susurro, torciendo la cabeza y aguzando los oídos.

Sus alas aprovecharon las corrientes de aire mientras ambos se elevaban y Junco estudiaba las formas oscuras y dentadas de las Garras de las montañas Nubosas. No vio ningún movimiento ni batir de alas. Aun así, se giró para asegurarse de que sus hermanos y hermanas seguían a salvo y los llamó con un movimiento de la cola, apremiándolos para que se acercaran. En un momento, Faisán, Sora y Pantano ya volaban en formación detrás de él.

—Me ha parecido oír un siseo —dijo Pardo—. Muy cerca.

Junco miró reticente la sombra de los árboles que cubrían la ladera de la montaña situada a sus pies. Cualquier cosa podía esconderse entre ellos. Pero lo único que podía oír era al general de los Alas Arenosas gritar con fuerza más adelante como si «patrullar con sigilo» fuera solo una forma de hablar.

—¡Moveos, Alas Lodosas! —bramó el dragón de arena. Su escuadrón de siete Alas Arenosas, todos ellos ferozmente leales a la Reina Brasas, planearon tras él, gruñendo—. ¡Quiero terminar de una vez con esta patrulla y dormir un poco!

—Seguramente no fuera nada —le dijo Pardo a Junco.

Y justo en ese momento los nueve dragones de hielo salieron del bosque y atacaron a los Alas Arenosas.

Todo ocurrió demasiado deprisa. Fue todo tan calculado y tan repentino que dos Alas Arenosas se precipitaron al vacío dando vueltas con las alas despedazadas y las gargantas chorreando sangre antes de que Junco pudiera procesarlo y darse cuenta de que, en efecto, los estaban atacando.

Pantano lanzó un grito de terror y tiró de Junco; casi le hace perder el vuelo. Pantano no había terminado de recuperarse de su primera batalla, donde había visto morir a su hermana Grulla justo delante de sus ojos.

«Tengo que hacer algo con Pantano —pensó Junco—. Pero ahora no».

—¡Pantano, tienes que recomponerte! —le gritó, mientras soltaba su ala de un tirón—. ¡Venga, rápido! ¡Tenemos que ayudar!

Vio la duda reflejada en las caras de sus hermanos y hermanas y se descubrió a sí mismo preguntándose (otra vez) qué haría Cieno en aquella situación y si todos habrían sido más felices y habrían estado más a salvo siguiéndolo a él... En ese momento se preguntó también si ellos estaban pensando lo mismo.

Pero nadie se atrevió a decir en voz alta lo que todos debían de estar pensando: «Es una misión suicida. ¿Qué tipo de ayuda podemos prestar? No quiero perder a otro hermano». En vez de eso, se pusieron en formación detrás de él y se lanzaron hacia la pelea de dragones.

Junco odiaba luchar contra dragones de hielo. Sus garras serradas parecían ser diez veces más afiladas que las garras normales, y sus finas colas en forma de látigo dejaban marcas que escocían en el hocico y las alas. Aunque lo peor no era eso, sino su aliento, que con solo respirarte al lado podía matarte.

Le lanzó una llamarada de fuego a la Ala Helada más grande, que sujetaba al general de los Alas Arenosas. La dragona apretó la mandíbula y le enseñó los dientes, con un siseo, pero estaba demasiado ocupada con el Ala Arenosa como para atacar a Junco. Giró en el aire, arremetiendo contra las escamas blanco-plateadas al mismo tiempo que otro Ala Helada atacó su costado. Se agarraron con fuerza uno al otro con las garras durante un momento, con el viento silbando entre las alas. Al final, Junco consiguió lanzar otra bocanada de fuego y el Ala Helada se alejó, evitando por muy poco una nariz chamuscada.

Junco divisó a un Ala Helada que volaba directo hacia Pardo y consiguió apartar a su hermano, recibiendo la peor parte del impulso del dragón blanco contra su pecho. Al retroceder, vio a otra Ala Helada rodear con sus peligrosas garras el cuello de Sora. Junco rugió con furia. Faisán apareció en aquel instante, apartando a la Ala Helada de Sora, pero la dragona de hielo volvió a dirigirse hacia ellos con la boca abierta, lista para disparar su aliento helado.

«No puedo perder a nadie más —pensó Junco—. No podría soportarlo». Embistió contra el lateral de la Ala Helada y le rajó la garganta con las garras justo cuando ella estaba a punto de lanzarle su aliento helado. Ella abrió los ojos, sorprendida, y soltó un gorgoteo agonizante mientras la sangre manaba de sus heridas. Cuando la soltó, la soldado Ala Helada cayó al oscuro bosque; movía las alas débilmente, como si de un saltamontes moribundo se tratara.

—¡Retirada! —tronó una voz de repente. El corazón de Junco saltó de alegría, pensando que por fin los Alas Heladas se habían rendido, pero entonces reparó en que el grito procedía del general de los Alas Arenosas—. ¡Retirada! —gritó de nuevo el dragón de arena.

Junco estaba seguro de que podrían vencer a los Alas Heladas si seguían luchando, pero no merecía la pena correr el riesgo. Cada segundo era una nueva oportunidad para que un Ala Helada matara a alguno de sus hermanos o hermanas. Una retirada significaba mantenerlos a salvo.

—Retirada —repitió las palabras del general, mientras agarraba a Pardo y lo hacía retroceder—. ¡Apártate! ¡Faisán, tú también!

Inspeccionó las formas que luchaban a la luz de la luna y divisó a su tropa: todos seguían vivos. Al menos, por ahora.

Su hermana hundió los dientes en el antebrazo de su oponente y él la soltó con un chillido de dolor. En un abrir y cerrar de ojos, estaba de nuevo al lado de Junco y ambos emprendieron el vuelo con Pantano, Sora y Pardo junto a ellos.

Junco vio a los Alas Arenosas volar hacia las montañas. La mayoría de los Alas Heladas los siguieron. Solo dos de ellos se volvieron para perseguirlos a él y a sus hermanos.

—¡Por aquí! —gritó, volando hacia el bosque. Si los Alas Heladas podían esconderse allí, ellos también. No tenía por qué seguir a los Alas Arenosas que, seguramente, huirían al Palacio Celeste. Además, Junco no quería conducir a los Alas Heladas hasta su pueblo.

Unas ramas de pino le golpearon la cara en cuanto llegó a los árboles. Sus hermanos y hermanas habían practicado una formación como aquella, zigzagueando por todo un frondoso bosque, sin separarse los unos de los otros. Junco tenía que confiar en que todos recordarían que debían quedarse cerca de él.

Oyó el sonido del batir de alas a su espalda y se aventuró a echar un vistazo de reojo. Incluso en la oscuridad reconocía el vuelo característico de sus hermanos. Todos estaban con él. Debía ser el Ala Helada que se había quedado atrapado en las ramas más altas de los árboles.

Junco echó un vistazo y aterrizó. Los otros le siguieron e inmediatamente estiraron sus alas planas, convertidos en enormes charcos de oscuridad en el suelo del bosque.

Se hizo el silencio. Nadie se atrevió siquiera a respirar. Las ramas crujieron por encima de sus cabezas, junto con el sonido de pequeños animales nocturnos que recorrían los arbustos que los rodeaban. Junco notó que una ardilla chocaba contra su pie, pero siguió sin mover ni un solo músculo.

Tras un lapso bastante largo, escucharon un silbido a lo lejos, seguido por un batir de alas lejano, como si los Alas Heladas se hubiera reagrupado para irse de allí.

Junco siguió sin moverse. Esperó casi una hora hasta que no pudo aguantar más la respiración, hasta que todos y cada uno de los sonidos procedentes de dragones desaparecieron.

Después, despacio y con mucho cuidado, inspiró. Escuchó cómo los demás hacían lo mismo.

—¿Hay alguien herido? —preguntó Junco con suavidad.

—Ha sido horrible —susurró Pantano—. Creía que íbamos a morir todos.

—Yo estoy bien —dijo Faisán—. Nada que no vaya a sanar fácilmente.

—Yo también estoy bien —aseguró Sora con voz ronca.

—¿Pardo? —preguntó Junco cuando el más pequeño de los dragonets no respondió.

—Odio esta guerra —explotó Pardo—. Ni siquiera entiendo por qué estamos luchando. ¿A quién le importa cuál de las hermanas Alas Arenosas se convierte en reina? Ni conozco ni quiero conocer a Brasas. ¿Por qué estoy luchando contra un Ala Helada por un trono que no tiene nada que ver con ninguno de nosotros?

—Porque nuestra reina dice que lo hagamos —le contestó Faisán con un poco más de sarcasmo del que Junco consideraba seguro, incluso allí, donde se suponía que nadie podía oírlos.

—La Reina Gallareta debe tener una buena razón para aliarse con Brasas y los Alas Celestes —dijo Junco—. No deberíamos dudar de ella.

—Además, la guerra está a punto de terminar —afirmó Sora de repente. La dragona apenas hablaba, y mucho menos después de la muerte de Grulla. Junco se giró hacia ella y se fijó en que el brillo de la luna se le reflejaba en los ojos—. Cieno va a ponerle fin pronto.

Hubo algo en la forma en la que ella dijo el nombre de Cieno que hizo que Junco sintiera ganas de hundirse en un charco de lodo y quedarse allí un mes entero. Había sonado como si ella creyera en él... un dragón al que apenas conocía. Sus hermanos y hermanas seguían a Junco y lo amaban, lo sabía. Pero estaba seguro de que todos debían estar preguntándose cómo hubiera sido (y si Grulla seguiría con vida) si Cieno hubiera sido su alasgrandes desde el principio.

—Eso es cierto —convino Pardo, que alzó la cabeza—. Cieno y sus amigos... ellos van a salvarnos pronto.

—¿Cuándo es pronto? —preguntó Pantano en voz alta—. Creía que la profecía hablaba de veinte años... ¿No quiere decir eso que aún quedan dos años más hasta que termine la guerra?

—De hecho —intervino Faisán—, algunos dragones piensan que depende de cuándo empieces a contar. Si cuentas desde la primera batalla, entonces solo han pasado dieciocho años. Pero si te remontas a la muerte de la Reina Oasis, que es cuando todo empezó, entonces han pasado casi veinte años. —Vio a Junco inclinar la cabeza y se encogió de hombros—. He leído acerca de la profecía desde que nos enteramos de que Cieno formaba parte de ella.

Sobrevino un momento de silencio mientras todos pensaban en Cieno, la guerra y la profecía.

—Si no estáis contentos con esto —dijo Junco, tanteándolos—, deberíamos... quiero decir, podríamos intentar localizar a los Garras de la Paz.

Faisán soltó un siseo de sorpresa.

—Puede que no me guste esta guerra, pero eso no quiere decir que debamos abandonar a nuestra tribu y nuestro hogar. Somos Alas Lodosas. Pertenecemos a nuestro pueblo.

—A menos que tú creas que deberíamos irnos —contestó Pantano, y se acercó a Junco—. Decidas lo que decidas, estaré contigo y te apoyaré. No lo dudes.

—Todos te apoyaremos —añadió Pardo.

Junco sabía que lo decían en serio. Pero ¿deberían hacerlo? No tenía ni idea de qué hacer: ¿traicionar a su tribu o seguir arriesgando las vidas de sus hermanos?

—No tienes por qué decidirlo esta noche —le dijo Faisán, con tono más amable—. Acabamos de escapar por los pelos. Vayamos a casa y durmamos un poco. Todos nos sentiremos mucho mejor por la mañana.

Junco asintió, mientras se reagrupaban, estirando sus doloridas alas lo mejor que podían bajo los árboles. Una lluvia de agujas de pino les cayó sobre las escamas. Olían a hogueras de invierno.

—¿Se puede saber qué hacían los Alas Heladas aquí? —preguntó Pantano, pisando con fuerza.

—No tengo ni idea —contestó Junco—. Parecía como si estuvieran esperándonos, pero tampoco es que seamos una patrulla importante. Quizá estaban aquí por otra razón y tuvimos la mala suerte de llamar su atención.

—Puede que estuvieran aquí por la guarida de los carroñeros —añadió Pardo.

—¿Qué guarida de carroñeros? —preguntó sorprendido Junco, mirándolo fijamente.

—¿No puedes olerlo? —le dijo Pardo—. Nosotros también hemos sobrevolado una parte de la guarida. Está muy bien escondida en el bosque.

—¿Cómo te has dado cuenta de eso en medio de una huida desesperada? —le preguntó Faisán.

Pardo se encogió de hombros.

—¿Por qué iban los Alas Heladas a preocuparse por una guarida de carroñeros? —agregó Sora con voz suave.

Todos se pararon un momento a pensarlo. Luego miraron a Junco.

—No lo sé —respondió este, impotente. Le daba la sensación de que era lo único que decía en los últimos días.

—Bueno —dijo Faisán mientras extendía las alas—, tampoco es que importe. Lo verdaderamente importante es que hemos sobrevivido a otra batalla, y todo gracias a Junco.

«Me pregunto si de verdad piensan eso —pensó—. Porque yo desde luego que no».

—Espero que sobrevivamos a la siguiente —dijo Pantano, con tono triste.

—Pues yo espero que no tengamos que hacerlo —añadió Pardo—. Espero que Cieno cumpla la profecía y acabe con la guerra y salve al mundo muy pronto, antes de que tengamos que volver a luchar. ¿No creéis? Puede que lo consiga.

—Puede —respondió Faisán—. Espero que sí.

—Yo también —dijo Junco, y alzó la mirada, hacia las estrellas.

«Antes de que la guerra se lleve a alguien más que me importe. Antes de que nuestro pueblo sea destruido. Antes de que tenga que elegir entre la lealtad a mi tribu o la seguridad de mis hermanos y hermanas. Antes de que tengamos que matar a alguien más».

—Yo también lo espero.

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CAPÍTULO 1

«¿Dónde está?».

Nocturno habría creído que estaba muerto si no fuera por lo mucho que le dolía todo. La oscuridad le rodeaba, insondable, cuando intentó abrir los ojos. La nariz y la garganta le dolían con fuerza y crudeza, como si se las hubieran arañado con la cola de un cocodrilo.

«¿Está bien?».

Era incapaz de recordar qué era real y qué era solo un sueño.

Quizá aún seguía bajo la montaña. Quizá sus amigos nunca habían intentado huir de sus guardianes. Quizá todo aquello no fuera más que una pesadilla demasiado larga que había comenzado con la visita de Oráculo.

Pero Nocturno estaba seguro de recordar cómo un gran Ala Nocturna se lo llevaba aparte. También recordaba una regañina. Algo sobre que «los Alas Nocturnas tenían una reputación que mantener», y que «los Alas Nocturnas eran líderes por naturaleza», y también algo sobre que «tenía que hacer que los demás lo respetaran, lo temieran y lo siguieran, pues de lo contrario iba a ser la mayor decepción que su tribu hubiera sufrido jamás»... Era imposible que el cerebro de Nocturno hubiera imaginado todo eso solo. Todo había sido real.

Se giró, apoyándose sobre un lateral y notó las escarpadas rocas contra las escamas.

¿El palacio de los Alas Celestes había sido real? Los dragonets capturados antes de ver la luz del sol. La prisión en la torre de piedra. La arena caliente que olía a sangre y terror. La alegría de la reina Escarlata cuando lo capturó, un verdadero Ala Nocturna para que todos lo vieran, sus planes de hacerlo pelear y, sobre todo, su excitación ante la perspectiva de verlo morir.

No, todo aquello tenía que ser real, pues Nocturno recordaba cómo lo habían «rescatado» los Alas Nocturnas. Recordaba cómo había visto a sus amigos convertirse en pequeños puntitos azules y marrones brillantes debajo de él. Y sabía que aquello había sido real porque se había sentido como se sentía en aquel preciso instante: como un pergamino roto por la mitad en el que todas sus palabras habían dejado de tener sentido.

«¿Volveré a verla?».

«Espero que no esté aquí. De verdad espero que esté a salvo en otro sitio».

—Creo que le pasa algo.

¿Acababa de escuchar una voz?

Intentó escuchar con más atención, pero el sueño volvió a engullirlo.

Se había producido otra regañina bastante seria de Oráculo. Más horribles amenazas sobre lo importante que era que Nocturno fuera el líder de los dragonets y cómo «todo dependía de él». Lo importante que era que convenciera a los otros dragonets de elegir a Ampolla como la siguiente reina de los Alas Arenosas.

—Puede que se lo hayan cargado sin querer. Tampoco pasaría nada. Puede que así yo pueda formar parte de la profecía en vez de él.

—No creo que la cosa funcione así, Mordida Feroz.

Y luego estaba el Reino Marino. Nadie le había prestado atención. Nocturno era inútil y lo sabía. No podía liderar a nada ni a nadie. Sus amigos prácticamente se rieron de él cuando intentó apoyar a Ampolla.

Otra prisión y otra huida en la que Nocturno no había hecho prácticamente nada para ayudar. Y luego la selva y esos extraños túneles tan poco naturales: uno, al reino de Arena, y otro, en apariencia, al hogar secreto de los Alas Nocturnas.

Nocturno sí que se acordaba de eso.

Recordaba haberlo mirado fijamente... El agujero negro que lo conducía al hogar que nunca había conocido.

—Me apuesto lo que quieras a que, si lo muerdo, se despierta.

—Y yo apuesto lo que quieras a que Oráculo te lanzará al volcán si encuentra alguna marca de dientes en su mascota de la profecía.

—¡Y yo apuesto que mi madre se lo comerá si lo intenta!

Sin lugar a dudas, estaba oyendo voces..., voces desconocidas muy cerca de donde se encontraba.

Los recuerdos de la selva estaban borrosos. Nocturno intentó concentrarse en esos últimos momentos..., vigilando el túnel para que los Alas Nocturnas no lo cruzaran y atacaran a los Alas Lluviosas. ¿Qué había ocurrido después?

—Bueno, más le vale despertarse pronto y contarnos algo interesante, o de lo contrario Oráculo se lo llevará de nuevo antes de que podamos preguntarle cualquier cosa.

—Tengo una idea.

Unas garras arañaron la roca y luego todo quedó en silencio.

Los párpados de Nocturno parecían demasiado pesados como para abrirlos, como si tuviera escamas de más encima de ellos. Dejó que la oscuridad lo engullera de nuevo.

Vale... Estaba vigilando el agujero. Con Cieno. Rayos de sol matutinos colándose entre las hojas verdes, preciosas flores azules girándose hacia la luz. Sol estaba de vuelta en el poblado, con Tsunami, viendo cómo Gloria se convertía en reina de los Alas Lluviosas, quién lo iba a decir.

Sol les había llevado comida la noche anterior. Recordaba sus

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