El sol y su sombra (La noche y su luna 2)

Piper CJ

Fragmento

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Prólogo

—Canela, cardamomo, pimienta —Amaris le recitó la lista en un murmullo— y ciruelas. No debemos olvidarnos de las ciruelas.

Tomó aire como si le diese un sorbito a una copa de vino, como si saborease los delicados olores que impregnaban el ambiente. Amaris siempre había dicho que Nox olía a especias y a las dulces frutas maduras que habían tenido el gusto de probar solo en contadas ocasiones. Más de una vez le había dicho que aquel era el mejor aroma del mundo, mucho mejor que el del pan recién hecho, el perfume o el chocolate.

Se acurrucó más cerca de Nox mientras, adormilada, susurraba algo acerca de la comodidad, la seguridad y el hogar.

Los sueños eran un acto de crueldad; dolorosos recordatorios de una ausencia que nunca llegaría a suplirse. No eran recuerdos ni verdades; ni siquiera una esperanza. Eran un recordatorio de todo cuanto nunca tuvo ni podría tener jamás.

—Ojalá estuvieses aquí —dijo Nox con voz queda al tiempo que pasaba los dedos por los sedosos mechones perlados de Amaris.

Su corazón deseaba henchirse ante la presencia de la muchacha, pero no pudo sino encogerse, estrangulado al saber que Amaris no era más que una ilusión. Nox había estado desesperada por estrecharla entre sus brazos una última vez. Al percatarse de los ondulantes límites de la consciencia que solo se hacían visibles en sueños, la joven no pudo entregarse a la dicha que tanto quería sentir.

Amaris deshizo el abrazo para mirar a Nox a la cara, de manera que el pálido color violeta de sus ojos brilló bajo la luz que se filtraba en la estancia. Las sombras oscurecían levemente sus bellos rasgos. Al observarla, las cejas blancas de Amaris se encontraron para esbozar un gesto confundido.

—Estoy aquí.

—Eso es lo único que importa ahora mismo —murmuró Nox.

—No quiero hacer esto sin ti —respondió Amaris suavemente contra el cuello de la otra joven.

—Soy tuya —prometió Nox. Su corazón se quebró al pronunciar esas palabras, puesto que, en ese momento, como siempre ocurría en sueños, su subconsciente le concedía todo lo que quería oír—. Y sé que estás viva. Dondequiera que estés, sigues viva.

—¿Cómo lo sabes?

—Si te hubiese pasado algo, lo habría sentido —susurró.

—Lo estoy —afirmó Amaris con suave y somnolienta seguridad.

—¿Qué quieres decir?

—Que estoy bien.

Nox se odiaba a sí misma por haber conjurado una versión sana y cariñosa de Amaris cuando, hasta donde ella sabía, la dueña de su corazón había caído desde el lomo de un dragón a unos escarpados acantilados y bien podría haber quedado en coma. Lo único que Nox había querido era mantenerla a salvo. Cuando la arrastraron hasta el coliseo, había hecho todo cuanto estuvo en su mano para ayudar a su copo de nieve, demasiado pequeño, demasiado delicado como para enfrentarse a la crueldad del mundo.

Sin embargo, Amaris no había mostrado ninguna fragilidad. No se comportó como una muchacha desvalida. No se parecía en nada al copo de nieve que Nox había conocido y amado en Farleigh. Sus movimientos habían sido hábiles, rápidos y fuertes. Actuó con agilidad y valentía. Se había convertido en una desconocida para Nox. Era una persona distinta.

Nox no quería enfrentarse a peligros ni vivir aventuras ni superar pruebas. Prefería evitar dragones, mazmorras y asesinos. Odiaba los castillos, los guardias y los verdugones que le habían infligido las punzadas de las ramitas y las picaduras de los insectos del suelo del bosque y que le molestaban incluso mientras dormía. No quería tener nada que ver con todo aquello. Nox solo deseaba una despensa llena de tubérculos y una vida tranquila que le permitiera descansar en brazos de Amaris. Ni siquiera en sueños se atrevía a darse el gusto de soñar con nada que no fuera ese sencillo cambio. Nox había guardado sus emociones a tan buen recaudo que su subconsciente no le permitía tener anhelos.

Su corazón se agrietó, como surcos en la superficie de un lago helado, y terminó por hacerse añicos con un terrible impacto cuando el hielo en su interior se hendió y las lágrimas comenzaron a brotar.

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PRIMERA PARTE

Algo valioso

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1

La sangre tenía cierto olor metálico, uno que Amaris reconoció al instante. El hierro, el óxido y la sal dejaban su sabor acre en el aire que circulaba en un lánguido y metódico goteo. Sabía identificar el hedor a sangre de los cuerpos sin vida cocidos bajo el sol. Reconocía el olor de ese líquido caliente e iracundo que o bien manaba de tu propio cuerpo, o bien se derramaba sobre ti con violencia. Enseguida supo, gracias a una distintiva incomodidad, que el sangriento aroma que inundaba sus fosas nasales no provenía de su interior.

Gadriel.

Tenía la mano bañada en su sangre. Le había empapado el regazo cuando pasó la noche acunando su cuerpo. Incluso ahora, sentía el picor de la sangre seca sobre la piel.

Amaris quería abrir los ojos, pero los párpados le pesaban demasiado y el cansancio le impedía emerger del mundo de los sueños. Sus extremidades habían perdido toda su fuerza y flexibilidad. Su mente ya no estaba despejada y alerta. Todo cuanto podía decir era que estaba viva. Se encontraba bien, pero ya no era una joven humana, de carne y hueso, llena de vida y alegría. Se había convertido en hielo y piedra. Era una estatua, esculpida en la losa sobre la que ahora descansaba, igual que la fortaleza de Uaimh Reev estaba tallada a partir del granito de la montaña. Un coro de voces parloteaba a su alrededor a ritmos absurdos, demasiado intensos como para que los oídos de la joven distinguieran lo que decían al superponerse. Era vagamente consciente de que, si abría los ojos, se verían atacados por una luz intensa y brillante y eso era lo último que necesitaba ahora mismo.

Una voz le llamó la atención al pronunciar una palabra concreta. «Ag’imni».

Quienesquiera que fuesen esas personas lo habían capturado. Su amigo estaba aquí y estos desconocidos lo juzgaban sin conocerlo. No habían logrado cruzar las fronteras de Farehold a lomos del dragón.

Tenía que levantarse.

Amaris forcejeó con la chispa de vida que albergaba en su interior para obligarla a despertar, pero una fuerza externa actuó primero sobre su cuerpo. Unas manos la empujaron y la colocaron de costado antes de dejarla boca arriba, más allá de la oscuridad que se extendía tras sus párpados cerrados. Sintió un repentino pinchazo en el brazo y un líquido le mojó los labios. Tiraron de ella, le frotaron la piel para limpiarla con sonidos húmedos y la envolvieron con vendas.

Estaba tan agradecida como horrorizada por lo que estaba ocurriendo.

Se obligó a superar el miedo que sentía a enfrentarse a la luz y luchó contra su cuerpo para abrir los ojos. En un primer momento, dejó los ojos entrecerrados para combatir la intensidad de la luz que la castigaba y se conformó con que su vista quedase reducida a poco más que dos estrechas rendijas.

Había muchísima gente en la estancia. ¿Qué hacían todos allí?

Varias personas charlaban de todo y de nada por encima de ella. Amaris oía sus palabras, las preguntas que formulaban y los sonidos que emitían. ¿Pulso? Sí. Los valores que le dieron a su ritmo cardiaco no tenían ningún sentido para ella. ¿Pupilas dilatadas? Sí, y también se las midieron. ¿Temperatura corporal? Demasiado baja, según decían. Uno de ellos se dio cuenta de que se había despertado y se dirigió a ella, chasqueando los dedos para atraer su atención. Su cabeza cayó hacia el lado contrario al que se encontraba el desconocido. Tras el círculo de personas que la rodeaban distinguió la maltrecha forma de un hombre alado, que también contaba con su propio público, sujeto a una mesa por medio de una serie de correas de cuero. Tenía los brazos, las piernas y la cabeza inmovilizados, asegurados a la sábana sobre la que descansaba. Aquel fue todo el impulso que necesitó.

Abrió los ojos completamente y estudió los aplicados rostros de los desconocidos que se alzaban sobre ella.

—Mi amigo… —Sintió que el esfuerzo, que por poco la volvió a sumir en la inconsciencia, le arañaba la garganta.

—Nuestra veterinaria lo está examinando en estos momentos. ¿Podrías decirme qué ha ocurrido? ¿Es el ag’imni el jinete del ag’drurath?

Otra voz más madura, mucho más potente y profunda, acalló a la primera. El segundo hombre lo regañó:

—Nuestra responsabilidad son nuestros pacientes. Contén la curiosidad que te despierta la criatura o te echaré de la sala.

—No os lo llevéis —susurró Amaris, que volvió a cerrar los ojos.

—¿Qué has dicho?

La voz grave pertenecía a un hombre que rondaría los cincuenta, aunque a Amaris nunca se le había dado bien adivinar la edad de la gente. Sonaba muy humano y eso la reconfortaba. Trató de descubrir si era amigo o enemigo con los ojos entrecerrados, a través de las pestañas, en un intento por protegerse de la luz. El hombre tenía el pelo salpicado de canas e iba vestido de blanco. Su postura, al igual que su voz, demostraba que los años de experiencia le habían aportado cierta autoridad. Apuntó a los ojos de Amaris una pequeña luz feérica y la joven se estremeció.

—Bien, muy bien. Tus pupilas demuestran una correcta función cognitiva. ¿Puedes hablar?

Era como si su voz tuviese que abrirse camino entre bolas de algodón para llegar hasta sus labios. Tenía la garganta tan seca que esa sensación era todo cuanto notaba en la boca. Trató de incorporarse, al tiempo que repetía las dos palabras de antes:

—Mi amigo…

El hombre volvió a interrumpirla.

—¿Podrías decirme tu nombre, señorita?

Amaris intentó tragar, pero, al tener la boca seca como el papel de lija, fue incapaz de producir ni una sola gota de saliva y sintió que le ardía la garganta. Pronunció su nombre con un graznido de tres roncas sílabas. Varias de las personas más jóvenes lo garabatearon en sus respectivos pergaminos diligentemente. Trató de levantarse una vez más.

—Por favor, no te muevas. La bestia está a salvo y parece encontrarse estable, aunque no tenemos los datos suficientes acerca de su especie como para evaluar su situación. Tú estabas sufriendo una hipotermia cuando te encontramos. Creemos que la criatura se golpeó la cabeza y está bastante magullada, pero, como te comentaba mi residente, la veterinaria la está cuidando en estos momentos. —Después, meditó para sus adentros con una sonrisa—: Debo decir que tener la oportunidad de estudiar a un ag’imni es de lo más emocionante. Nunca habíamos capturado un ejemplar vivo.

—Por favor, dejadlo ir —graznó Amaris, que había cerrado los ojos una vez más.

Las manos volvieron a empujarla contra la mesa y sintió un nuevo pinchazo en el brazo. El mundo se difuminó y la joven permitió que el calor de la oscuridad la consumiera.

Cuando Amaris volvió a despertar, lo hizo con plena conciencia del paso del tiempo. Se encontraba en una habitación sin ventanas, pero supo, sin necesidad de comprobarlo, que ya había anochecido. Estudió la estancia en la que se encontraba y descubrió que estaba iluminada por la tenue luz de un único farol, colocado sobre un escritorio. Una hilera de armarios, acompañados de una encimera abarrotada de utensilios y unos cuantos libros, recorría las paredes. Sentada en un rincón, escribiendo en un pergamino sujeto a una tablilla de madera, había una chica que no tendría más de dieciséis años, con el rostro afilado como el de un zorrillo y una corta melena de cabello castaño claro. Una luz feérica, enganchada a la tablilla, iluminaba sus rasgos.

Amaris la reconoció. Era la chica del bosque.

—¿Hola? —la llamó Amaris con suavidad.

La chica se sobresaltó y sus cortos cabellos le azotaron el rostro al levantar la cabeza con un movimiento brusco. La sorpresa hizo que casi se le cayese la tablilla al suelo.

—Voy a buscar al sanador.

—Espera —ordenó Amaris.

No fue su intención hacer uso del don de la persuasión, pero la chica humana reaccionó al instante y obedeció.

—Ven aquí —añadió con voz queda, y la muchacha se acercó a donde se encontraba. No estaba utilizando sus poderes a propósito, pero le estaban viniendo bien. Tenía la garganta inutilizada. Se moría por tomar un poco de agua—. ¿Eres quien nos encontró en el bosque?

La chica dijo apresuradamente que sí, que sus amigos y ella habían sido quienes los habían hallado tirados en medio del bosque. También le dijo que había sido ella quien fue a buscar al sanador y quien lo guio hasta Amaris y el ag’imni.

—Me llamo Cora. Soy estudiante de segundo año, así que, en realidad, no estoy cualificada para interactuar con los pacientes. Mi tarea es tomar notas sobre tu estado de salud para el sanador. Debería ir a buscarlo.

Amaris trató de ofrecerle un asentimiento, pero tenía el cuello rígido. Sus músculos estaban agarrotados. Sabía que, de mirarse en el espejo, se vería llena de moratones al haber caído desde el dragón y haberse precipitado entre las copas de los árboles hasta impactar con el suelo.

—Dime qué le ha pasado a mi amigo.

—¿El ag’imni?

—¿Dónde está? —insistió Amaris.

—Está vivo. Lo llevamos a una habitación segura donde podremos observarlo a través de un cristal sin arriesgarnos a que nos haga daño. —Cora hizo un gesto que Amaris interpretó como un intento de mostrarse valiente. La muchacha temía al demonio que habían apresado—. Al acompañarte, entendemos que está domesticado, pero no sabemos si se mostrará tan dócil con otras personas. Nuestra Maestra de las Bestias y veterinaria jefa nos ha pedido que no corramos riesgos. La criatura todavía no se ha despertado, pero está atada por seguridad.

A Amaris se le revolvió el estómago. Se tragó la bilis que le subía por el esófago al oír los detalles. Estaban tratando a Gadriel como a un animal.

Amaris se incorporó sobre los codos, a pesar de que la cabeza le daba vueltas al enfrentarse a la incómoda sensación del movimiento.

—¿Podrías darme algún tónico curativo?

—Estabas al borde de la muerte cuando te encontramos. No deberías hacer ningún sobreesfuerzo mientras te recuperas, por favor. Lo que necesitas son horas de sueño y calor, nada de tónicos.

Amaris tosió y se llevó la mano a la garganta. Cora comprendió el gesto y se apresuró a coger una taza de hojalata de la encimera para llenarla del agua que había en una jarra.

La joven bebió con tanta ansia que un hilillo de agua se escapó por el borde de la taza y le mojó la barbilla. A medida que el agua le empapaba la garganta, sintió un ardor en el inflamado conducto.

No quería perder ni un segundo.

Bajó los pies al suelo y Amaris le dio unos instantes a su cabeza para que esta recobrase el equilibrio. Cora hizo un fútil gesto para que tuviese cuidado, pero ella la ignoró. Apoyó las manos al borde de la cama y su visión se llenó de puntitos de luz. Se detuvo un momento para que la oscuridad remitiese y el zumbido de sus oídos se acallase. Clavó la vista en la estudiante una vez más.

—¿Cómo decías que te llamas?

La muchacha respondió con tono alegre y educado:

—Me llaman Cora.

Amaris dejó escapar un suspiro resignado antes de mandar a la porra sus principios y echar mano del don de la persuasión una vez más:

—Es verdad. Cora, llévame a ver a mi amigo.

Cora sacó a Amaris de la habitación y la guio por el pasillo. El tiempo fluía con insoportable parsimonia a medida que descendían por dos tramos de escaleras de caracol para acabar en las profundidades del sótano. No habían salido del edificio de Sanación, pero parecían haberse adentrado bajo tierra, en el extremo más alejado del edificio.

Cora abrió una puerta marcada como un laboratorio que las condujo hasta una extraña sala con tres paredes de piedra y una cuarta hecha de un cristal de grosor excepcional; era una ventana que, en vez de dar al mundo exterior, se abría ante otra estancia. El cristal ocupaba tres cuartas partes de la pared, mientras que la superficie restante daba cabida a una puerta metálica. Amaris nunca había visto nada igual.

Cora se detuvo ante la barrera de cristal que separaba a los mirones del ser feérico oscuro encerrado al otro lado. En ese momento, la sala de observación estaba desierta. La noche había sumido el edificio en el silencio.

Gadriel estaba solo.

Amaris trató de abrir la puerta metálica, pero se encontraba cerrada con llave. La joven observó la silueta de Gadriel a través del cristal que se alzaba entre ellos, pero los sonidos de la puerta no parecieron alterar su sueño. Se obligó a adoptar un gesto impasible antes de girarse para tratar de persuadir de nuevo a la estudiante.

—Cora, abre la puerta.

La muchacha la miró, confundida, e intentó obedecer girando el pomo.

—No tengo la llave —explicó sin dejar de repetir el mismo movimiento.

Amaris abrió los ojos, asombrada, al ver como la chica levantaba una mano como si tuviese intención de arañarla. Amaris se vio embargada por una oleada de miedo cuando Cora deslizó las uñas por la puerta y le ordenó que parase con un grito horrorizado:

—¡Para! Deja de hacer eso. Lo siento. No necesito que abras la puerta —dijo Amaris, sobrepasada por un disgusto casi palpable—. Pero necesito que me digas cómo puedo llegar hasta él. ¿Dónde está la llave?

La persuasión era un arma muy útil, pero se le había ido de las manos. Tendría que ser sumamente cuidadosa al emplear su don. De no haberle pedido a Cora que parase, ¿habría arañado la puerta hasta hacerse sangre? ¿Cuáles eran los límites del don de la persuasión y obediencia? El terrible momento se extendió entre ellas. El rostro de Amaris se fundió en un gesto de disculpa al ver los hinchados verdugones ya visibles en las manos de la chica. Cora entreabrió los labios para pedirle que le explicara lo que acababa de pasar, pero decidió volver a cerrarlos. Parecía tan confundida como asustada, igual que Malik cuando Amaris había utilizado sus poderes con él.

Se le encogió el corazón al pensar en Malik.

Amaris cerró los ojos para obligarse a desterrar el recuerdo de sus hermanos, que la habían contemplado con impotencia desde una celda frente a la suya. Ellos eran dos de los hombres más valientes y fuertes que conocía, pero habían sido incapaces de protegerla cuando sus captores la arrastraron hasta la arena donde se enfrentaría al ag’drurath.

Con sus últimas palabras, le había pedido a Nox que los rescatara.

No podía permitirse pensar en ellos en este momento.

Gadriel era el único a quien podía ayudar ahora mismo.

Contempló el cuerpo inmóvil de su amigo a través del enorme ventanal y se fijó en que estaba sujeto a la mesa de su celda. No solo le habían inmovilizado las muñecas y los tobillos, sino que unas cinchas de cuero almohadilladas también le cruzaban el torso, el tren inferior y la frente. Daba la sensación de que la universidad no quería correr ningún riesgo al tener a un ag’imni a su disposición.

A través de la espesa barrera de cristal, Amaris vio que sus alas, que una vez fueron poderosísimas, ahora estaban llenas de magulladuras. Las impotentes plumas negras colgaban de las alas hechas jirones, que también estaban inmovilizadas bajo el cuerpo de Gadriel, de manera que recordaban a un cuervo atado a una mesa. Tenía sangre seca apelmazada tanto en sus cabellos como en las plumas. Amaris era consciente de que había sido la sangre de Gadriel la que le había inundado las fosas nasales cuando los metieron en el edificio.

¿Cómo se suponía que iba a ayudarlo desde este lado del cristal?

—Cora, ¿quién está al mando? —Amaris no dejó de inspeccionar el cuerpo de Gadriel ni por un segundo.

La chica se movió con incomodidad. Si respondió fue por educación o por miedo.

—En el pabellón de enfermería, quien manda es el Maestro Sanador. Tanto el personal médico que trabajamos a su cargo como tú estamos bajo su cuidado. En esta ala del edificio, las criaturas que enferman se encuentran bajo la supervisión de la Maestra de las Bestias. Luego, claro está, el rector coordina los siete departamentos de la universidad, desde el de Sanación, Matemáticas y Literatura hasta el de Zoología, Cultura, Artes Mágicas y Artesanía. La especialidad del rector Arnout es la Teología. ¿No te parece de lo más interesante viniendo de un académico? Yo estoy muy centrada en la Sanación.

Cora había empezado a parlotear con nerviosismo. A Amaris no le cabía duda de que todavía seguía un poco asustada tras su extraño intento de abrir la puerta con las uñas. No hizo más que acrecentar el sentimiento de culpa de Amaris.

Amaris alejó la mano del cristal.

—¿Tienes el don de la sanación?

Cora pareció decaer un poco:

—No. Estudio medicinas, tónicos y venenos. Sé coser heridas, colocar huesos y aplicar vendajes y, para cuando salga de la universidad, les brindaré mi ayuda a los pueblos de Farehold. La salud no debería ser un privilegio de quienes nacen con dinero, ¿no crees?

Para ser sincera, Amaris no sabía qué pensar.

Todo cuanto sabía acerca de la universidad lo había descubierto gracias a los susurros que los niños intercambiaban en Farleigh. Si daba la excepcional casualidad de que un huérfano demostraba aptitudes para la magia, el embajador de la universidad no tardaba en aparecer para llevárselo, siempre y cuando la Iglesia no se lo arrebatara antes, claro. Eso solo había ocurrido una o dos veces en los quince años que Amaris pasó en el orfanato. Sus fantasiosos compañeros habían defendido que se llevaran a aquellos con habilidades mágicas para ayudarlos a dominar sus poderes. También circulaban otros rumores más siniestros que decían que la universidad tenía otras intenciones y que necesitaba capturarlos para diseccionarlos, estudiarlos y comprender la magia. Amaris se acordó de aquel terrible texto informativo que encontró en su dormitorio del reev, así como los dibujos anatómicos dibujados tras las autopsias. ¿Qué destino le estarían reservando a alguien como Gadriel?

La urgencia hizo que Amaris hablase con voz aguda:

—Cora, necesito hablar con quien esté al mando. Es importante y no puede esperar. ¿Puedes ir a buscar a esa persona?

Esta vez tampoco habló con tono autoritario. La chica titubeó, pero asintió con la cabeza y salió corriendo por el pasillo. Amaris oyó como los pasos de Cora se iban apagando. Volvió a apoyar la mano sobre el cristal y se negó a apartar la mirada de la figura de Gadriel, que estaba demasiado quieto.

Por fin estaban solos.

—Despierta —le rogó a través del cristal—. ¡Despierta! —Pero la persuasión no funcionaba de esa manera. Él era un ser feérico y no podía ni verla ni oírla. Amaris estampó un puño contra el cristal, con el rostro rojo por la ira que sentía al saberse impotente—. Joder, Gad, ¡despierta! ¡No vas a morir así! Se suponía que sería yo quien te arrancase la cabeza en el coliseo, ¿te acuerdas? ¿No crees que mi opinión cuenta a la hora de decidir cuándo vas a morir? Pues te digo que ahora no es el momento. —Con voz más suave, añadió—: Y no será así.

Una intensa oleada de emoción para la que no estaba preparada embargó a Amaris. ¿Por qué estaba al borde de las lágrimas? ¿Era por el miedo? ¿Por la impotencia? ¿Por la cólera? Amaris echó mano del compartimento hermético que albergaba en su interior para guardar todas esas emociones. No sería capaz de centrarse ni de hacer lo que debía si tenía el corazón en un puño. El último pensamiento que desterró fue el que le decía que Gadriel estaba demasiado quieto.

El compartimento se negó a cooperar con ese detalle en particular.

Una nueva tanda de emociones la embistió al recordar cómo Gadriel la había sujetado con fuerza durante horas mientras volaban a lomos del dragón, sin importar lo mucho que le ardieran los músculos o lo cansada que fuese aquella posición. Todavía sentía la conmoción de haber caído en picado, a pesar de que las maltrechas alas de su compañero habían frenado la caída lo suficiente como para proteger a Amaris y asumir los impactos de los árboles y sus extensas ramas. Amaris luchó contra un segundo brote de lágrimas al recordar la imagen del cuerpo desmadejado de Gadriel, inmóvil sobre las rocas.

Su amigo había entrado en el castillo, había recibido incontables cortes en las alas, había luchado contra un dragón y había amortiguado la caída; todo por ella.

Lo único que Amaris quería era que Gadriel siguiese con vida.

La joven hizo una mueca ante el dolor que sintió al golpear el cristal con el puño una vez más.

—No deberías haber venido a Aubade. Te dije que no vinieses.

Amaris era la culpable de todo el sufrimiento de Gadriel. Estaba inmovilizado, exánime, sobre una mesa por su culpa. Si ella no se hubiese topado en el bosque con aquella chica capaz de prever su encuentro varias lunas antes, ahora él estaría a salvo y rodeado de sus hombres. Su vida habría sido mejor si Amaris no hubiese irrumpido en ella. Aun así, la joven sintió que el corazón le daba un extraño y doloroso vuelco al considerar la alternativa.

Estaba demasiado cansada como para doblegar sus emociones. Si no descansaba un poco, todo cuanto había tratado de reprimir saldría a la luz. Su mente volaría hasta Nox. Pensaría en que Nox había ido a buscarla a la mazmorra, la había estrechado entre sus brazos y había hecho todo cuanto había estado en su mano para salvarla. Recordaría el beso que habían compartido…

Por la diosa, necesitaba echar una buena cabezadita.

Se le habían comenzado a dormir los dedos y ahora le cosquilleaban. Tenía la mano pálida de apretarla contra el cristal durante tanto tiempo. Unas pisadas resonaron por el pasillo y desviaron la atención de la joven del ser feérico en la estancia contigua. Amaris apartó la mano de la barrera que los separaba y dejó una huellita húmeda en el cristal.

La puerta se abrió.

—Hola —se apresuró a decir Amaris—. Gracias por atenderme. Siento haberla molestado a estas horas.

Cora había regresado junto a una mujer bastante anodina de unos cuarenta años, que llevaba el pelo peinado hacia atrás. Daba la sensación de que la chica había despertado a la desconocida de malas maneras. Observó a Amaris y al ag’imni tras el cristal con mirada astuta, aunque molesta. La mujer iba vestida con una chaqueta de entretiempo hecha a medida y calzado de calle, pero debajo llevaba un camisón de lino blanco. Le ofreció una mano a Amaris para que se la estrechase.

—No hay problema —respondió con brusquedad la mujer—. Soy la maestra Neele, Maestra de las Bestias y supervisora del Departamento de Zoología. Yo soy quien se encarga de atender a tu criatura aquí, en el edificio de Veterinaria. Gracias por traer al ag’imni hasta nuestras puertas. Estamos muy emocionados por contar con esta oportunidad, a pesar de la hora que es.

Amaris comprendió perfectamente lo que estaba ocurriendo. A estos hombres y mujeres de ciencia y erudición solo les interesaba lo que Gadriel podía ofrecerles: nuevos conocimientos sobre los demonios. ¿Qué importaba la hora que fuese cuando tenían a un hombre inmovilizado como a un animal?

—Sí, con respecto a eso…, maestra Neele, quería darle las gracias tanto a usted como a sus compañeros por haberse tomado la molestia de cuidarnos. Valoro mucho su interés, pero ha habido un error y necesito que me escuche con atención.

El rostro de la maestra Neele permaneció impasible mientras Amaris, con toda la pasión y seriedad que fue capaz de conjurar a pesar del cansancio, le describía a los seres feéricos oscuros y le informó acerca de los hechizos de percepción levantados entre las fronteras de Farehold y Raascot. Amaris se apresuró a decirle que Gadriel, su amigo, no era ni un ag’imni ni una bestia de la noche. Cuando terminó de explicarle la situación, Amaris aguardó expectante a que la maestra Neele mostrase algún indicio de remordimiento o comprensión.

La estoica mujer se limitó a darle una respuesta de labios apretados:

—Tendré que tratar el tema más a fondo con la Maestra de las Artes Mágicas por la mañana. Cora, por favor, lleva a nuestra paciente de vuelta a su habitación.

Amaris flexionó los dedos, nerviosa y con dudas acerca de la moralidad de la decisión que estaba a punto de tomar. Al otro lado del cristal, Gadriel estaba muriendo. No se podía creer que la mujer fuera a dejarlo así, después de todo lo que le había contado. Veía inadmisible dejarlo atado a la mesa como si fuera un monstruo.

La respiración de Amaris adoptó un acelerado staccato mientras trataba de mantener la calma. Dejó a un lado la aversión que sentía por su don e invocó sus poderes al hablar con un rápido tono autoritario:

—Abra la puerta, maestra Neele.

La mujer cuadró los hombros y se giró para mirar a Amaris con exasperante lentitud. Entornó los ojos con un indiscutible y oscuro desprecio antes de responder con una sola palabra:

—No.

Se marchó sin mirar atrás y sus pisadas repiquetearon en la piedra del sótano.

Amaris se quedó de piedra al descubrir la putísima inutilidad de su don. Las orejas de la maestra Neele no eran puntiagudas. Sus rasgos no mostraban la característica belleza de los seres feéricos. Era indudable que la mujer era humana. Amaris cerró los puños con tanta fuerza que se clavó las uñas en las palmas mientras, entumecida, trataba de asimilar el desconcertante intercambio. Sin pronunciar otra palabra, Cora la condujo de vuelta al cuarto en el edificio de Sanación.

Amaris sacudió la cabeza para deshacerse de la confusión que la había dejado atrapada en un silencioso debate consigo misma. Primero fue la sacerdotisa, luego la reina Moirai y ahora la maestra Neele. Consideró las limitaciones a las que se enfrentaba su poder y trató de encontrar una manera de descubrir cuáles eran las condiciones bajo las que este surtía efecto. No lograba concebir qué propósito albergaba una destreza como la suya si resultaba ser inútil cuando más la necesitaba.

Cora ayudó a Amaris a subir a la cama y la informó de que vendría otro residente a vigilarla durante lo que quedaba de noche. La chica se frotó las palmas distraídamente, como si no alcanzara a comprender por qué le dolían las extrañas magulladuras que tenía en las manos.

La estudiante le dio las buenas noches a Amaris y desapareció pasillo abajo.

Una vez estuvo sola, Amaris se levantó de la cama, abrió cada cajón, registró cada armario y estudió cada etiqueta y cada botecito de tónico que había en la habitación. La joven se topó con nombres extraños y olores desconocidos, objetos barbáricos e instrumentos diseñados para hacer incisiones, rollos de pergamino informativos y listas de terminología médica dispersos por la estancia. Cuando hubo examinado todos y cada uno de los objetos a su alcance y decidió que allí no encontraría nada de utilidad, se embarcó en el largo e insomne proceso de esperar a la salida del sol.

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2

Después de que la examinaran y la sometiesen a una última ronda de punciones, pinchazos y aguijonazos, por fin le dieron a Amaris libertad de movimientos. La joven palideció al ver que le servían una ración incomible, compuesta de pollo hervido sin sal, zanahorias cocidas, una especie de pastel de maíz grasiento y una jarra de agua fresca.

—¿Me podríais dar un poco de sal?

—La sal no es buena para la tensión —le replicaron con una sacudida de la cabeza antes de irse.

Amaris echaba de menos la comida de Uaimh Reev y pensó en manzanas asadas y pasteles de carne mientras se obligaba a tragar tantos bocados de comida insulsa como fue capaz. Puso mala cara al probar el pollo sin sazonar. Hasta la comida carbonizada en una fogata humeante tenía cierto sabor. La joven se comió el pastel de maíz y jugueteó con las zanahorias en el plato hasta que alguien regresó a su lado. Estuvo más que encantada de dejar atrás los restos de aquella porquería cuando un estudiante al que no había visto nunca la condujo hasta lo que, según le dijo, sería una reunión con los maestros de la universidad.

Amaris, que estaba exhausta y en tensión, fue incapaz de fijarse en sus alrededores de camino a la cita. Abandonaron el edificio de Sanación y recorrieron numerosos inmuebles de piedra cubiertos de hiedra hasta alcanzar lo que parecía ser un pabellón administrativo en el corazón del campus. No se le había ocurrido pedir una capa, así que se frotó los brazos para entrar en calor al verse expuesta a un día frío y nublado. Era consciente de que debería estar prestando atención a las puertas y pasillos que cruzaron, al igual que a los giros que dieron antes de llegar a la sala reservada para los actos ceremoniales. Odrin y Samael se habrían mostrado decepcionados al ver lo rápido que Amaris perdía la concentración.

—Por favor, pasa —dijo el estudiante—. Te están esperando.

Sostuvo la puerta abierta con una mano y, cuando Amaris hubo pasado, la cerró a su espalda con un grave chasquido de amenazante rotundidad.

A Amaris le sobrevino una sensación de déjà vu al entrar en la sala.

Aunque las dos estancias no se parecían en nada, ya había participado en una reunión como aquella antes.

De nuevo, había unos cuantos humanos acompañados de un ser feérico de pura sangre sentados alrededor de una enorme mesa. Con punzante familiaridad, la joven se sintió tan asustada y fuera de lugar como cuando defendió su caso ante los hombres de Uaimh Reev. Esta vez, la muchacha hacía frente al rostro hermético e impasible de los maestros.

—Os agradezco que hayáis accedido a reuniros conmigo —dijo en una voz demasiado baja para la inmensidad de la sala.

Las luces que brillaban sobre su cabeza estaban suspendidas por medio de un inteligente diseño que ocultaba el cableado de las lámparas, de manera que daban la sensación de estar flotando. Había nueve personas en la habitación, contándose a sí misma. Suponía que se encontraba ante los jefes de los siete departamentos que Cora había mencionado, además del rector, que se sentaba en el centro de la mesa.

—Sea bienvenida a la universidad, señorita Amaris —respondió el estoico hombre de túnica negra.

Sus ropas no se limitaban a la simple negrura de la noche, sino que lucían elaboradas espirales y dibujos de lunas y estrellas bordados con un brillante hilo de obsidiana que contrastaba con la opacidad de la tela negra. El hombre tenía una mirada despierta, aunque, debido a su edad, su piel era fina como el papel. Amaris estudió los rostros de todas esas personas y confirmó que solo una de ellas era un ser feérico. Reconoció a la astuta Maestra de las Bestias a su derecha, así como a la otra única persona que había conocido la noche anterior, el Maestro Sanador, que se sentaba tres sillas por la izquierda más allá del hombre que continuó hablando:

—Yo soy el rector Arnout y, aunque las circunstancias de su llegada han sido desafortunadas, me complace presentarle al personal docente. La maestra Neele me ha dicho que pidió hablar con ella anoche sobre la criatura que la acompañaba y estamos encantados de concederle una audiencia para decidir cuáles serán nuestros siguientes pasos. —Con un magnánimo gesto, animó a Amaris a proceder—. Por favor, exponga su caso ante el consejo.

Amaris no comprendía qué tenía que exponer. El hombre no parecía albergar intenciones malévolas, pero lo que implicaban sus palabras le preocupaba. Si no conseguía persuadirlos, ¿celebrarían una votación para mantener a Gadriel encerrado? No había ningún caso que defender. Solo podía contarles la verdad.

—Antes de nada, permítanme presentarme como es debido. Soy Amaris de Uaimh Reev y estoy al servicio de los reevers.

Ese dato no pareció ser demasiado relevante para su audiencia, salvo porque uno o dos de ellos alzaron las cejas ante la mención de los reevers. Amaris tomó aire para calmar los nervios. La estancia se había vuelto más fría por lo incómodo que le resultaba acobardarse ante los maestros. Al recordar la fulminante mirada que la Maestra de las Bestias le había dedicado en plena noche cuando intentó utilizar el don de la persuasión con ella, Amaris optó por recurrir a una vía más diplomática.

—El hombre que tienen maniatado en aquella habitación es un ser feérico. No es ningún monstruo —comenzó a decir, tratando de evitar que su voz destilara un exceso de emoción—. Entiendo la razón por la que ven un ag’imni cuando lo miran. Yo también habría tomado la precaución de atarlo y encerrarlo tras una pared de cristal. —Aunque esas palabras hicieron que le hirviera la sangre al pensar en su amigo, herido y confinado, Amaris siguió adelante—: Lo que ven es el resultado de una ilusión. Un hechizo de percepción separa Raascot de Farehold desde hace veinte años. Cuando un norteño cruza la frontera del reino del sur, a este se le percibe como un demonio.

Hizo una pausa por si acaso quisiesen hacer alguna pregunta o comentario, pero ninguno reaccionó. La escuchaban sin que el más mínimo rastro de emoción surcase su rostro.

Amaris cerró los puños.

—Mi compañero es un ser feérico llamado Gadriel. Él no es ningún demonio, aunque, como ya les he dicho, entiendo que, si lo ven así, es por culpa de la maldición. No necesita atención veterinaria, sino la de un sanador. —Se le trabó la voz—. Se lo ruego, estoy muy preocupada por él. Cuando caímos, él se llevó la peor parte de los golpes contra las ramas y, al tocar tierra, impactó contra una piedra. Lo tienen atado a una mesa y no tengo forma de saber si se encuentra bien. No les pido que me crean. Sé que los miembros de esta universidad confían más en lo que pueden ver y oír que en las palabras de una desconocida. Sin embargo, si me ayudan a atenderlo como es debido, estaré más que encantada de demostrarles que no es el monstruo que ustedes creen.

—¿Desde dónde cayeron? —inquirió alguien. Esa única pregunta provenía de un hombre corpulento con bigote que medía casi una cabeza y media menos que el resto de sus compañeros.

Amaris se estremeció. No esperaba que fueran a apreciar su explicación.

—Sí… Quizá hayan visto un ag’drurath por estas tierras ayer. —Por fin, los maestros volvieron a la vida—. Viajamos a lomos de esa criatura desde la ciudad de Aubade.

La Maestra de las Bestias frunció el ceño al oírla.

—Es bien sabido que los ag’drurath se relacionan con los ag’imni. ¿De verdad espera que creamos que su «amigo» no es un ag’imni cuando afirmáis haber llegado hasta aquí con la ayuda de un dragón?

Amaris apretó los dientes.

—En realidad la criatura no se percató de nuestra presencia. Lo único que hicimos fue agarrarnos a su espinazo durante horas mientras le rezábamos a la diosa para que no se sacudiese y nos lanzase por los aires. Era una situación… complicada.

—¿Y por qué harían algo así? —intervino el rector.

Ah, sí, esa era una buenísima pregunta. ¿Qué razón había para colgarse de un ag’drurath si no era para lanzarle un desafío directo a la reina o traicionar a Farehold? Amaris no sabría decir a ciencia cierta cuánto tiempo tardaban los rumores en difundirse por el continente. Era imposible que las noticias acerca del desastre ocurrido en la capital hubiesen llegado hasta la universidad tan deprisa. Por lo menos, albergaba esa esperanza.

Al final, sin mucha convicción, Amaris explicó:

—Nos encontrábamos en una situación peligrosa y esa era la única vía de escape disponible. Tuvimos suerte de escapar ilesos. De haber tenido cualquier otra opción… —Dejó la frase a medias.

No entendía por qué los maestros no reaccionaban. No comprendía qué problema tenían para no demostrar ningún rastro de emoción o compasión.

—Dicho esto, por favor, necesito asegurarme de que mi amigo sigue con vida. —Su voz estaba al borde de la súplica—. Dudo que esté recibiendo el tratamiento adecuado, puesto que ninguno de ustedes se ha percatado de su verdadera naturaleza feérica. No dejen que una ilusión se interponga entre un hombre y la asistencia sanitaria que necesita.

El único ser feérico presente en la sala levantó un delgado dedo. Era una mujer de apariencia serena y resultaba imposible adivinar su edad: podría tener treinta años o tres mil, aunque aquel era un detalle que no marcaba ninguna diferencia en la vida de una inmortal. Mientras que el resto vestían intrincadas túnicas, las suyas eran negras y grises, hechas de espesas capas de lino. Una desagradable nostalgia hizo que, para bien o para mal, Amaris se acordase de las matronas. Aunque el atuendo era el típico de aquellas mujeres, el rostro de la maestra no se parecía en nada al de estas. Sus ojos eran de un brillante color esmeralda y eran demasiado grandes en comparación con los de los humanos. Sus orejas acababan en punta, como era típico de los seres feéricos. Su piel era del color broncíneo de las criaturas feéricas del norte y llevaba los cabellos oscuros peinados en varias trenzas tras las orejas.

Cuando habló, lo hizo con un tono tranquilo y bajo:

—Nos pide que la creamos cuando nos dice que su compañero es un ser feérico de Raascot, pero que no podemos verlo por culpa de un encantamiento. ¿Cómo es posible que usted sí que lo vea tal y como es?

El rector asintió con la cabeza.

—La Maestra de las Artes Mágicas ha planteado una excelente pregunta. Yo también siento curiosidad por oír la respuesta.

Amaris observó a los maestros y se preguntó cuántos de ellos dominarían la magia. Calculó a cuántos podría llegar a manejar con sus poderes de persuasión, en caso de que tuviese que recurrir a ellos para escapar. Decidió responder con sinceridad, si bien no dijera toda la verdad.

—Cuento con el poder de la visión. Poseo una magia que me ayuda a ver más allá de los encantamientos. Ha resultado ser de lo más útil.

Un murmullo se extendió entre los maestros mientras debatían acerca de la revelación. Le pidieron que saliese de la estancia para que los ocho pudiesen deliberar, así que regresó al pasillo y se dejó caer en el suelo, con la espalda apoyada contra la pared. Aunque había dormido como un tronco durante el periodo de hipotermia, la noche que había pasado en vela y el desasosiego que la acompañó habían hecho mella en Amaris. Cerró los ojos y descansó la cabeza contra la fresca piedra del pasillo.

Gadriel y ella estaban recluidos entre los muros de la universidad, pero Amaris no dejaba de preguntarse si sus hermanos estarían a salvo. Pensó en Nox, que había clavado sus enormes ojos del color del carbón en los de Amaris cuando esta le suplicó que salvara a sus hermanos segundos antes de verse arrastrada hacia su nuevo destino. Se esforzó por mantener los recuerdos y los sentimientos que Nox despertaba en ella en un compartimento hermético, luchó por encerrarlos a cal y canto. La relación que no llegaron a definir era como un monstruo abrumador, una especie de kraken contra el que tenía que pelear una y otra vez para encerrarlo en la jaula que albergaba en su interior, puesto que era incapaz de hacerle frente. Mientras ese monstruo estuviese preso, Amaris podía pasar días, semanas, meses o incluso años sin sentir dolor, pena o añoranza. No pensaría en Nox. No se permitiría sufrir las mordeduras y arañazos que resultaban cuando una se autorizaba a sentir.

Todas las emociones intensas de colmillos afilados acababan en el interior del compartimento. En momentos como ese, los tentáculos de la criatura golpeaban la cubierta de la jaula hasta abrirse camino al exterior. El dolor le puso la zancadilla, la detuvo en seco y la dejó sin aliento cuando las lágrimas amenazaron con anegar sus ojos.

Nox había ido a buscarla a la mazmorra. En aquel momento de desesperación, Nox la había encontrado, se había aferrado a ella, la había estrechado entre sus brazos, le había acariciado el pelo y la había liberado de su prisión. La forma en que la besó soltó las cadenas y candados que había pasado años colocando alrededor del reducto hermético de su interior y liberó al monstruo. Los labios de Nox habían roto el compartimento en mil pedazos, habían permitido que la criatura quedase libre y nadase en la sangre y los restos maltrechos de su corazón.

A Amaris se le entrecortó la respiración al recordar las palabras de Nox.

«Te quiero».

Se abrazó las rodillas con fuerza y enterró el rostro en el regazo.

Nox le había dicho que la quería hacía ya muchos años, en Farleigh. Aquella vez, Amaris no le dio mayor importancia a lo que oía. Sin embargo, en las mazmorras, por fin comprendió el peso de su mensaje cuando el monstruo marino enrolló sus numerosos tentáculos alrededor del alma de la joven e hizo presión hasta dejarla sin aliento.

«Te quiero».

—¿Amaris? —La voz provenía del otro lado de la puerta cerrada.

Levantó la cabeza de inmediato. Rezó por no tener los ojos rojos, puesto que no creía que los maestros fueran dados a la compasión. Se tragó las lágrimas, se puso en pie y volvió a entrar en la sala.

Sin dar ningún rodeo, el rector Arnout proclamó:

—A partir de hoy, el Maestro Sanador y la Maestra de las Artes Mágicas la llevarán a visitar a su amigo. Probaremos a atender a su compañero con los métodos reservados para humanos y seres feéricos durante tres días y tres noches. Si no mejora para entonces, la Maestra de las Bestias retomará el tratamiento veterinario.

Amaris se vio inundada por el alivio, pero el rector no había terminado de hablar.

—Si su compañero se recupera gracias a los sanadores, necesitaremos que demuestre que es una criatura consciente y racional antes de soltarlo. Incluso entonces, para no poner en riesgo la seguridad de los alumnos o de los miembros del personal, el ag’imni permanecerá en la sala de observación, a no ser que la maestra Fehu diga lo contrario. Si está de acuerdo con esta propuesta, Amaris de Uaimh Reev, los maestros la llevarán hasta su amigo.

Dedujo, a juzgar por la presencia de la mujer feérica, que ella era la maestra Fehu, la Maestra de las Artes Mágicas.

Amaris pensó en la cabeza inmóvil y ensangrentada de Gadriel. Recordó la sensación de su pelo apelmazado cuando lo acarició mientras le cantaba hechizantes melodías durante la frialdad de la noche. Pensó de nuevo en la manera en que Gadriel la había sujetado cuando viajaban a lomos del ag’drurath.

Gadriel no iba a morir así.

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3

—No me malinterpretes. Eres un regalo para la vista, pero vas a tener que ponerte algo más práctico para viajar —le dijo Ash a Nox mientras evaluaba su andrajoso vestido.

Malik la evaluó con expresión concentrada y mirada compasiva. Tenía los brazos, las mejillas, la piel desnuda del pecho y las piernas llenos de magulladuras por culpa de los arañazos de las ramitas y las zarzas.

Malik esbozó una mueca ante las palabras a las que Ash había decidido recurrir. No le parecía bien tratar a su nueva compañera de viaje como a un objeto. Nox no solo los había salvado, sino que estaba claro que Amaris y ella se conocían muy bien.

Nox hizo un movimiento poco entusiasta con intención de cubrirse, pero luego agitó la mano, como para demostrar que el viento se había llevado su sentido de la vergüenza. Había llevado ese mismo vestido escotado de seda fina desde el momento en que la conocieron. Cuando Malik le había preguntado si todas las mujeres de Aubade llevaban vestidos tan encantadores en el castillo, ella había dejado muy claro que si se había puesto ese atuendo en concreto había sido por Eramus: «El infernal capitán de la guardia; así se pudra en su tumba». El fantasma de una sonrisa se dibujó en sus labios al referirse a él y recordar, casi con toda seguridad, el exquisito crujido de la justicia que resonó por el coliseo cuando el ag’drurath atrapó al capitán entre sus draconianas hileras de dientes antes de escupirlo y dejarlo tirado en la arena. Los reevers no sabían nada acerca del capitán, pero, gracias a Nox, suponían que este había recibido un merecido final.

Los árboles y las espinas habían desgarrado el vestido de la chica hasta convertirlo en brillantes tiras de tela, no solo al destrozar el bajo de la falda, sino también al enganchar la tela de la espalda y arrancar una de las delgadísimas tiras de los hombros. Los reevers se habían deshecho de las piezas más llamativas de sus atuendos de gala junto a los acantilados de Aubade, puesto que no se habían cambiado tras haberle hecho una visita a la reina Moirai y seguían vistiendo incómodos trajes formales. Aun así, las camisas y pantalones suponían una comodidad que los muchachos agradecían al compararse con su nueva compañera de viaje, que casi iba desnuda. Malik lamentó no haberse quedado con su chaqueta para así tener algo que ofrecerle a la joven, pero se negaba a hacerla seguir adelante en esas condiciones.

—Espera aquí —le pidió Malik desde detrás de una estructura en ruinas.

—Puedo continuar —replicó Nox.

—No, no. Yo me encargo.

Los sonidos de los animales y el zumbido de los insectos estivales surcaban el aire. Ash se rascó los brazos para espantar criaturas invisibles. El calor del mediodía hacía que el sudor les perlara los labios. Abandonaron el refugio de los árboles para ver si conseguían encontrar lo que necesitaban en una granja cercana. Ash aceptó esperar con Nox junto a un gallinero mientras Malik forzaba la cerradura del corral. No le gustaría pasar a la historia como alguien que se dedicaba a robarle a los campesinos, pero las situaciones desesperadas requerían medidas desesperadas.

Al oír un ruido en el interior de la casa, Malik se quedó paralizado en medio del corral y dejó volar la mirada entre la casita que tenía delante y el lugar donde los otros esperaban. Al no tener un lugar donde esconderse en ese patio a cielo abierto, decidió abandonar el sigilo en favor de la rapidez y volar hasta el tendedero que había al otro lado del patio. Lo único que tenía que hacer era darse prisa y volver con los demás…

Malik murmuró una disculpa al arrancar un par de artículos de ropa que se estaban secando al aire en el cordel que cruzaba el corral. Escogió pantalones, camisas y calcetines no solo para que Nox se cambiase, sino también para que Ash y él pudiesen ponerse algo que llamase menos la atención. Acababa de arrancar la última camisa hecha a mano de la cuerda de tender cuando una mujer emergió de la casa.

Su voz restalló como un iracundo trueno sobre el cielo azul.

—¡¿Qué te crees que estás haciendo?! ¡Ladrón!

Malik salió huyendo, como el zorro al que pillan en un gallinero, y voló hacia donde estaban los otros, cargando con el botín. Nox y Ash se levantaron a toda prisa para seguirlo mientras la mujer echaba sapos y culebras por la boca. El inesperado movimiento de una gallina, que cloqueó y batió las alas en medio del camino, por poco hizo que Malik tropezara. Para cuando se resguardaron tras la línea de árboles del bosque, los tres reían a carcajada limpia.

—¡Lo siento! —exclamó Malik por encima del hombro y fue una disculpa sincera. Se puso la ropa bajo el brazo y acompasó el ritmo con el de los otros dos. Los reevers no eran ladrones y, en circunstancias normales, nunca le arrebatarían nada a los campesinos.

Aminoraron el paso una vez que estuvieron seguros de que nadie los perseguía.

Nox dejó escapar una risita y se apoyó sobre las rodillas para recuperarse del esfuerzo de la huida. Levantó una mano para que Malik le diese su parte del botín.

—Aquí tienes. —Malik le ofreció una camiseta y unos pantalones a la chica, que no había dejado de menear los dedos.

Era evidente que Nox no estaba acostumbrada a correr. Cuando esta le dedicó una sonrisa de agradecimiento, Malik sintió que el calor se extendía por sus mejillas y, aunque apartó la mirada, ella ya lo había visto sonrojarse. El reever oyó a Nox ahogar una carcajada, lo cual solo consiguió intensificar más su rubor. Su risa no era malintencionada. Por el momento, nada en ella había dado indicios de serlo.

Nox sostuvo las prendas robadas durante un buen rato.

—Si no vais a comportaros como caballeros, espero que tengáis intención de pagar por el espectáculo —bromeó con tono seco.

Se apresuraron a balbucear una disculpa antes de clavar la mirada en los árboles que los rodeaban. Por si no había estado ya lo suficientemente rojo, Malik sabía que ahora sus mejillas debían de hacer juego con el granero color rubí que habían dejado atrás. Oyó los suaves e inconfundibles sonidos del vestido de seda al caer al suelo, del algodón contra la piel y del apagado susurro de sus cabellos.

No podía hablar por Ash y su autocontrol, pero a Malik le estaba costando resistir el impulso de echar una miradita. Decir que su nueva acompañante era guapa era quedarse corto. Desde el momento en que la conocieron, Nox había brillado con una etérea luz propia que nacía bajo su piel. La lustrosa melena negra que le caía por los hombros recordaba a la tinta húmeda. Tenía una mirada hechizante que animaba a todo aquel que posase la vista en ella a asomarse a las profundidades de sus ojos. Su cuerpo…

Malik se reprendió a sí mismo al darse cuenta de los derroteros que estaba tomando su mente y escudriñó los árboles en busca de cualquier distracción. Nunca sobrevivirían a un viaje con Nox si se permitían pensar en ella de esa manera. Habían pasado años junto a Amaris y ella había sido una camarada más. Nox tenía un punto en su contra por haber tratado de atraer a Ash a su telaraña en Yelagin, pero los tres habían decidido hacer borrón y cuenta nueva.

—Ya estáis a salvo —anunció Nox; en su voz se apreciaba una sonrisa burlona—. Veréis un nuevo amanecer con vuestro sentido del decoro intacto.

—Ash no tiene ningún decoro.

—¡Oye! —objetó Ash—. Es la pura verdad, pero la dama no tiene por qué saberlo.

A juzgar por el corte de la camisa y los pantalones que Nox llevaba puestos, debían de haberle pertenecido a un chico joven, pero Malik estaba convencido de que Nox tendría un aspecto arrebatador hasta con un saco de arpillera. De entrar en la ciudad vestida así, no le cabía duda de que todas las mujeres que se fijasen con envidia en Nox empezarían a llevar también camisas holgadas y pantalones a la altura de las espinillas. Prendas de vaporosa tela blanca que no ofrecía ni la opacidad ni el soporte necesarios para…

Malik volvió a regañarse a sí mismo y se le contrajo un músculo de la mandíbula al apretar los dientes para evitar maldecir en voz alta.

—¿Entonces Amaris y tú os conocíais de antes? —preguntó solo por cambiar de tema y relajar el ambiente.

Se hacía una mínima idea de su respuesta solo por lo cercano que le había parecido el reencuentro entre las dos mujeres. No estaba seguro de cuánta información estaría Nox dispuesta a compartir, pero consideró que debía ofrecerle la oportunidad de expresarse abiertamente. Quería que la chica se sintiese segura y fuese sincera con ellos.

Nox se mordió el labio.

—Sí. Crecimos juntas en el orfanato. Hacía años que no la veía cuando…

Los chicos asintieron con la cabeza. Quizá no era el mejor momento para tratar temas más profundos o hablar de amores perdidos. Y tampoco para pensar en las mazmorras o en la fuga del castillo.

—Ha pasado los últimos tres años con nosotros —le dijo Ash—. Tu amiga ahora es una reever y es bastante buena. Le ha hecho morder el polvo a Malik un par de veces.

Malik coincidió con él con un gesto. Ash no se equivocaba.

—¿Y qué hay de ti? —Nox ladeó la cabeza y miró a Ash.

Este fingió poner mala cara.

—Sí, también es mejor que yo. Es por su tamaño. Es mucho más rápida que el resto de nosotros. Puede que por eso las mujeres no hayan entrenado en el reev durante los últimos cien años, a los hombres siempre les ha dado demasiada vergüenza estar en constante desventaja.

Nox esbozó una sonrisa entre orgullosa y arrepentida.

—Me da mucha pena no haber visto nunca ese lado de ella.

Ash consideró su comentario por un segundo.

—Yo daba por hecho que siempre había tenido alma de guerrera. Cuando llegó al reev parecía llevar unas cuantas peleas a sus espaldas.

Nox perdió la sonrisa.

—¿Lo dices por las cicatrices?

Ash asintió.

—Todavía se le estaban curando cuando la conocimos. Odrin nos dijo que se las había hecho al escapar del orfanato.

Nox sacudió la cabeza.

—Supongo que desde que yo la dejé en las escaleras hasta que ella os encontró podrían haber ocurrido mil cosas.

Ash frunció el ceño en un gesto de disculpa cuando respondió:

—Lamento muchísimo todo por lo que ambas habéis pasado. No está bien. Es…

Malik vio que Nox cambiaba el peso de un pie a otro e interpretó su incomodidad como una señal para intervenir, así que dio una palmada.

—Ash, ¿qué tal si le demostramos lo mucho que lo sentimos con acciones en vez de palabras? Yo me encargaré de cazar algún ave, tú la desplumarás y prepararemos la cena. ¿Qué os parece la idea, señorita?

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Nox estaba llena. Se sentía a salvo. No estaba helada ni asustada ni notaba ninguna de las emociones que habría esperado sentir al ser una prófuga. Observó a los reevers y los estudió con cuidado desde el punto más alejado del fuego.

Se había esforzado por limar asperezas con Ash después del encuentro junto a la taberna del lago en Yelagin, aunque no lo culparía si prefería mantener las distancias. Malik, por su parte, se relacionaba con todo el mundo con afable calidez, como si fuese la personificación del mismísimo sol. Distraída, consideró que un hombre con ese carácter encajaba más en el papel de un rey que en el que cumplía entre las reservadas filas de los reevers, y no tardó en reflexionar sobre el motivo por el que un pensamiento tan curioso se le había pasado por la cabeza. Nox no creía haber conocido nunca a un hombre en el que hubiera confiado de inmediato antes de toparse con estos dos. Quizá era demasiado pronto para afirmarlo con seguridad, pero se atrevería a decir que no los odiaba. Era extraño.

Continuaron manteniendo una charla educada alrededor del fuego, aunque la mayor parte de las respuestas de Nox dejaba a los dos hombres sumidos en un incómodo y reflexivo silencio, y una parte sádica de la chica disfrutaba de ello. Por si su vestido no había sido prueba suficiente, Nox se aseguró de dejar bien claro que no se avergonzaba de ser una cortesana. Ash y Malik no alcanzaban a comprender que ella se aprovechaba más de su trabajo de lo que sus clientes se aprovechaban de ella, pero no se sintió en la obligación de explicárselo.

—¿Cuánto tiempo tendremos que pasar en el bosque? —preguntó Nox.

—Ay, pero así es como vamos a vivir de ahora en adelante. Con una nueva identidad, un nuevo hogar en el bosque. Bienvenida a la familia. Espero que te gusten los árboles. —Ash estaba demasiado ocupado limpiando la espada que le había robado al guardia como para mirarla a la cara al responder.

«Listillo».

Dejando a un lado el sarcasmo, comenzaron a trazar un plan para el día siguiente. Volverían a Aubade para recopilar tanta información sobre los próximos pasos de la reina Moirai como encontrasen. Como el don de la ilusión de la reina estaba un paso más cerca de salir a la luz —sobre todo después del sangriento espectáculo que había sido la huida de Amaris y de la práctica destrucción del coliseo—, no les cabía duda de que la reina estaría movilizando un destacamento para que su secreto siguiese a salvo. Tampoco les cabía duda de que, en aquellos momentos, Amaris era la enemiga pública principal de la reina.

—¿Creéis que estará en peligro? —preguntó Nox.

—¿Lo dices por la reina? —respondió Malik—. Eso seguro. Si hablamos de cualquier otra amenaza, creo que Amaris se las arreglará bien solita.

A Nox le resultaba difícil concebir la realidad de sus palabras. La dulce y delicada Amaris, protegida como un secreto bien guardado, demasiado valiosa para lidiar con astillas y trabajos físicos o para dejarse ver en el mercado, era capaz de hacerle morder el polvo a los hombres y, según la despreocupada afirmación de Malik, también se las podía arreglar solita. Nox mordisqueó los últimos restos de carne que quedaban en un hueso mientras pensaba en cómo su homóloga hecha de luz de luna no había sido la única en cambiar.

Al terminar de cenar, Ash se apartó para practicar un par de movimientos y estocadas con la espada. Los reevers todavía llevaban consigo las armas de los guardias a los que habían desarmado al escapar de la mazmorra, y Ash había comentado que quería asegurarse de estar tan cómodo con el peso de su nueva espada como con la suya de siempre. Nox evaluó sus gráciles golpes, tajos y fintas con el arma.

Malik se sentó con cautela en el tronco, al lado de la joven, y le mostró una daga.

—¿Qué tal se te dan las armas?

Nox lo miró y consideró su respuesta. Malik era alto incluso cuando estaba sentado, por lo que tuvo que levantar el rostro para observarlo. Inclinó la cabeza mientras contemplaba su respuesta; mientras estudiaba sus rasgos, preguntándose qué ocultaría. Tenía un rostro amigable. No parecía que su pelo rubio y sus ojos verdes albergasen ni una pizca de maldad, pero ya había cometido el error de pensar eso en el pasado. Estaba convencida de que los hombres nunca eran tan buenos como aparentaban ser. Nox tenía pruebas de sobra.

Hasta ahora, se había valido con la agudeza de su mente como única fuerza de destrucción. Ella misma era su propia arma. No le apetecía dar explicaciones, así que se limitó a decir:

—Supongo que nunca he usado una.

—Toma. —Malik no esperó a que Nox reaccionase para depositar con delicadeza la empuñadura de la daga sobre su palma—. Antes de nada, tienes que agarrarla con firmeza, que no es un pez muerto.

Nox cerró los dedos alrededor del arma con más fuerza.

—Bien. La forma en que la estás sujetando ahora mismo se denomina agarre natural o de martillo. Sostenerla con la punta hacia arriba viene bien a la hora de esquivar ataques. Además, en caso de necesitarlo, te permite tener un mayor alcance. Aun así, como te falta experiencia con las maniobras defensivas, te sugiero otra opción. Al cambiarla de posición —continuó Malik al tiempo que, con dedos callosos, recolocaba la daga en la suave mano de Nox y la posicionaba boca abajo—, sujetándola al revés, recurres al agarre picahielos. El impacto será mayor y te permitirá atravesar una armadura o la caja torácica de tu oponente. Utiliza la fuerza de tu propio peso junto a la de la gravedad en caso de que necesites dar una cuchillada o clavarle la daga a algo o a alguien.

Nox ladeó la cabeza una vez más.

—¿Estás intentando enseñarme a manejar un arma?

—En un mundo ideal, nadie necesitaría usar estos trastos. Pero te las has arreglado para acabar en nuestro equipo y nos suele gustar meternos en líos. Si un vageth nos ataca en mitad de la noche, no permitiré que te abra la garganta, pero deberías saber defenderte, aunque solo sea a nivel básico.

Malik se levantó y extendió una mano. Nox deslizó los dedos por la palma del reever, aunque su mirada seguía estando cargada de desconfianza.

El joven la ayudó a ponerse en pie y ella lo miró casi como si fuese un perro parlante. A Nox le resultaba difícil concentrarse, porque casi no conseguía oír lo que le decía por encima de su cauteloso monólogo interno. Era consciente de las explicaciones de Malik, pero estaba demasiado ocupada pensando en lo peculiar que era la situación como para prestar atención. Le enseñó un par de movimientos básicos e hizo que Nox los repitiese, corrigiéndole la posición y la postura. La chica valoró que Malik tuviese en cuenta lo que ocurría a su al

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