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Winona Farmington abrió solo un ojo y vio, a través de la ventana, el blanco país de las maravillas en el que despertaba durante casi todo el invierno en Beecher, Míchigan. Se trataba de una ciudad pequeña, a casi dos horas al norte de Detroit, con una población de diez mil habitantes. El mayor hito de Beecher era haber sufrido el azote del décimo tornado con consecuencias más letales de la historia de Estados Unidos en la década de 1950, mucho antes de que Winnie naciera. Desde entonces no había ocurrido gran cosa.
El otro lado de su cama de matrimonio estaba frío, lo que significaba que Rob se había levantado hacía al menos una hora y se había marchado a la planta procesadora de carne donde trabajaba. Ella supuso, incluso antes de echar un vistazo por la ventana, que él no se habría molestado en palear la nieve que había caído la noche anterior. La casa donde Winnie vivía había sido de su madre y la tenía a medias con su hermana, Marje. Ella ya estaba casada con Erik y tenía dos hijos cuando la madre de ambas falleció; el matrimonio ya poseía su propia casa, así que Winnie se quedó en la vivienda familiar y ambas acordaron que, si la vendían algún día, repartirían los beneficios a partes iguales. Sin embargo, al menos de momento, Marje no necesitaba el dinero. Su marido era dueño de una próspera empresa de fontanería, y la casa era una buena inversión, además, era muy probable que su valor aumentara en el mercado, por eso no le había pedido a su hermana que la pusiera a la venta.
Rob se quedaba a dormir casi todas las noches. Tenía su piso, pero rara vez iba, salvo cuando discutían o si salía hasta muy tarde, se emborrachaba con los chicos y no quería oír a Winnie quejándose a la mañana siguiente. El resto del tiempo dormía en casa de ella, pero no contribuía con ninguna reparación, ni se sentía muy apegado al lugar y solo la ayudaba con algún detalle sin importancia si ella se lo pedía. Tenía algo de ropa en el armario de Winnie, pero nada demasiado personal y ninguna de sus prendas favoritas.
Ella había escapado de Beecher en el pasado para asistir a la Universidad de Míchigan en Ann Arbor, y le habían encantado los tres años vividos allí. En aquella época tenía grandes sueños y quería trabajar en el mundo editorial de Nueva York en cuanto se hubiera licenciado. Incluso había visitado la ciudad un par de veces con sus compañeras de piso y la había maravillado. Sin embargo, su madre enfermó al final de su penúltimo año de carrera y, cuando el verano tocaba a su fin, parecía que solo le quedaban un par de meses de vida. Winnie no quería perder la oportunidad de estar con ella durante sus últimos días. Siempre habían estado muy unidas, sobre todo, después de que Marje se fuera de casa tras terminar el instituto, cuando Winnie tenía ocho años. Desde entonces tuvo a su madre para ella sola, y el tiempo que pasaron juntas fue muy valioso. La progenitora había compartido con ella su pasión por los libros, el placer de leer a Jane Austen y a las hermanas Brontë, sus autoras favoritas, y biografías de personajes conocidos, novelas históricas y actuales.
Winnie se tomó libre el primer semestre del último año para poder estar con su madre. No obstante, en Navidad no había mejorado, y la joven se ausentó también durante el semestre de primavera para cuidarla. Había sido difícil regresar a casa, una población pequeña y tranquila, después de todas las emociones de la universidad. El retorno a Beecher fue como una vuelta a la infancia; Winnie se volcó por completo en su madre. No tenía vida propia. Sus amigas se habían casado en cuanto terminaron el instituto o se habían marchado a Detroit para encontrar un trabajo más prometedor que en Beecher. Unas pocas habían ido a la universidad, pero no muchas. Algunas ya se habían estrenado en la maternidad por aquel entonces, y Winnie ya no tenía nada en común con ellas. Estaba ocupada cuidando de su madre.
Marje y ella jamás hablaron del tema, sino que simplemente su hermana asumió que Winnie estaría disponible para desempeñar el papel de cuidadora. Ella ya tenía marido y un hijo, lo cual dejaba claro que le faltaba tiempo. Winnie seguía soltera y todavía en la universidad, y Marje no vio motivo alguno para que los planes de su hermana no pudieran aplazarse y sus sueños quedaran en segundo plano. Winnie era la opción lógica como cuidadora, y esta no quiso decepcionar a su madre, que siempre había renunciado a muchas cosas por sus hijas. Además, la joven no quería abandonarla en sus últimos meses. La amaba y deseaba pasar tanto tiempo como fuera posible a su lado.
Milagrosamente, y a pesar de las funestas predicciones de los médicos, su madre había aguantado durante siete años e incluso remontó varias veces, pero nunca el tiempo suficiente para que Winnie volviera a marcharse. Libró una digna batalla y al final murió cuando su hija menor tenía veintisiete años. A esas alturas, a ella se le antojó muy tarde para regresar a la universidad. Tenía un trabajo, una casa, una vida y la sensación de que Nueva York y sus sueños se encontraban en otro planeta. Trabajó de cajera en un restaurante y, más adelante, consiguió un empleo mejor remunerado en la imprenta local. Conoció a Rob cuatro meses después de morir su madre, y, desde entonces, el tiempo había fluido como el agua de un río, arrastrándola con la corriente. No necesitaba una licenciatura para el trabajo que realizaba. Le bastaba con su habilidad innata para la organización y su sentido común.
Resultaba difícil creer que Rob y ella llevaban once años saliendo juntos. Winnie no estaba locamente enamorada, pero ya lo conocía y era cómodo estar con él. Nunca hablaban de matrimonio ni del futuro; vivían el presente, cenaban juntos casi todas las noches, iban al cine y a la bolera con amigos de vez en cuando. No era lo que ella deseaba, pero no había nadie más interesante en su entorno. De los veintisiete a los veintinueve se le pasó el tiempo volando y, en un abrir y cerrar de ojos, se vio cumpliendo los treinta en una cena con Marje, Erik y Rob. Igual de rápido cumplió treinta y dos y luego treinta y cinco. Llevaba diez años en pareja cuando cumplió los treinta y siete. En ese momento tenía treinta y ocho, y no lograba entender cómo se le habían escapado los años. Once años con Marje recordándole, constantemente, que debía casarse y empezar a tener hijos antes de que fuera demasiado tarde. Claro está que olvidaba que Winnie había pasado siete años, cruciales en su trayectoria, cuidando de la madre de ambas, mientras su hermana afirmaba estar demasiado ocupada para ayudar. A Winnie no le enfadaba, pero era una realidad innegable: había sacrificado un buen montón de tiempo que jamás recuperaría.
Tampoco se veía teniendo hijos con Rob, y a él no le apetecía mucho ser padre ni casarse. Tenía treinta y nueve años, y la mayoría de sus amigos estaban divorciándose después de quince o veinte años casados. Marje y Erik se avenían bien como matrimonio y parecían bastante felices. Winnie sabía que su hermana había tenido al menos una aventura, puede que dos, aunque Marje jamás lo reconociera, pero Beecher era un pueblo pequeño, la gente hablaba, y Winnie lo había supuesto. Ignoraba si Erik lo sabría o no. Se encargaba de llevar el dinero a casa y era un padre maravilloso; hacía de entrenador en la liguilla para sus dos chicos. Winnie no imaginaba a Rob haciendo algo similar. Tenía sobrinos y sobrinas que no le interesaban demasiado y se refería a todos ellos llamándolos «mocosos».
Winnie había leído una vez en la revista Cosmopolitan que las mujeres mayores de veintiocho no podían permitirse relaciones que no llevaran a ninguna parte, o corrían el riesgo de quedarse estancadas en ellas durante años y perder la oportunidad de casarse y tener hijos, probablemente hasta que ya fuera demasiado tarde para la maternidad. La revista advertía a sus lectoras que los cuarenta llegaban de sopetón. Su madre siempre le había aconsejado encontrar el hombre adecuado y sentar cabeza antes de que se le pasara el arroz. Winnie todavía no estaba en ese momento, pero se acercaba, con un hombre que no le hacía sentir una pasión encendida, que daba por sentada su compañía la mayoría de las veces y que nunca le decía que la amaba. No era solo una relación que no fuera a ninguna parte, sino más bien una relación que avanzaba renqueante a lo largo de los años para no llegar a ningún sitio. Winnie se preguntaba si Rob se casaría en caso de que ella insistiera mucho, pero no lo hacía porque no estaba segura de lo que sentía. Era una relación sin sorpresas: una caja de bombones el día de San Valentín, si Rob se acordaba; y casi siempre se olvidaba del cumpleaños de Winnie, aunque la llevaba a cenar unos días después, si tenía tiempo. Ella no le veía el sentido a casarse, a menos que quisieran tener hijos, y no quería. No estaba lista para ser madre; primero quería averiguar qué futuro deseaba para sí misma.
—Bueno, pues más te vale averiguarlo pronto, puñetas —la había reprendido su hermana—. O un día te despertarás con cuarenta y cinco años, y será demasiado tarde para tener hijos. Pasa más rápido de lo que crees.
Marje era diez años mayor que ella.
—Solo tengo treinta y ocho —le recordó Winnie.
—Sí, y parece como si la semana pasada hubieras tenido veintiocho. No serás siempre joven, Win.
A Marje le gustaba recordarle que estaba haciéndose mayor; la ayudaba a sentirse mejor con su condición de mujer de mediana edad. A su marido y a ella les había costado mucho concebir, y sus hijos tenían catorce y diecisiete años en ese momento. Eran buenos chicos sin ganas de marcharse de Beecher. Erik esperaba que ambos trabajaran con él en la empresa de fontanería algún día, y ellos no ponían pegas al respecto. Ya le habían echado una mano después del colegio. La empresa era una buena fuente de ingresos, y ninguno de los dos chicos tenía planes de ir a la universidad, puesto que sus padres tampoco lo habían hecho. Los tres años de Winnie en Míchigan como estudiante de Filología inglesa y una optativa en Escritura creativa eran considerados como una aberración por la familia. Había ido a la universidad antes del nacimiento de sus sobrinos, y no constituía un ejemplo con el que ellos pudieran identificarse. Por si fuera poco, no había hecho nada especial con su vida.
Winnie se mantenía ocupada con las cosas que le encantaban. Todavía devoraba libros y era la primera de la lista en la biblioteca cuando salía algún superventas. Su madre había trabajado como voluntaria en la biblioteca del pueblo los fines de semana y le había inculcado su amor por los libros. Su hija escribía relatos cortos de vez en cuando y le había ido bien en las clases de escritura de la universidad. Además, cuando su madre estaba demasiado enferma para seguir trabajando, Winnie la había sustituido en una de sus ocupaciones favoritas. Leía cuentos a los niños todos los sábados por la mañana; le encantaba ser voluntaria. Su madre era «la cuentacuentos» para los niños del pueblo, y Winnie asumió su papel de mil amores.
Al principio lo había hecho para ayudar a su madre, quien no quería decepcionar a los niños que esperaban verla allí los sábados. Eso dio a Winnie la oportunidad de compartir con los más pequeños los tesoros que su progenitora le había enseñado. Los introdujo a «Zapatillas rojas», La telaraña de Carlota, Stuart Little, El principito, El jardín secreto, Mujercitas, y los libros sobre Nancy Drew para las niñas un poco más mayores. Los pequeños la adoraban y Winnie podía volver a leer sus libros preferidos de la infancia. Aunque a ella no se lo pareciera, tenía un don para los niños, como su madre. Los libros que les había leído en la infancia aburrían a Marje, mientras que Winnie los devoraba, para gran alegría de su madre. Todos los sábados por la mañana, Winnie pasaba dos horas en la biblioteca como «la cuentacuentos», recogiendo así el testigo materno y siguiendo los pasos de su progenitora. Era el único contacto de Winnie con los niños, aparte de sus dos sobrinos, a quienes no interesaban los libros, como a Marje.
La otra pasión de Winnie siempre habían sido los caballos, desde que era pequeña. Había tenido la oportunidad de montar en el picadero de un amigo de su padre y había recibido un par de clases. Se le daba bastante bien, y el dueño de los caballos decía que había nacido para ser amazona. A ella le gustaba, pero se lo pasaba mejor observando a los animales. Tenía un sexto sentido para saber qué pensaban o sentían. Una vez había entrado a la cuadra de un caballo al que habían maltratado antes de que lo compraran. Nadie había conseguido montarlo; tenía la mirada perdida y estaba muerto de miedo, tiraba a cualquier posible jinete y coceaba a todo el que se acercara. Los hombres del picadero decían que era un caso perdido y se planteaban volver a venderlo o algo peor. Winnie sintió tanta lástima por el caballo que entró en su cuadra, donde el animal estaba solo. Le habló en voz baja mientras él la miraba aterrorizado, aunque no se movía. La dejó acariciarlo y coceó el suelo, justo al lado de donde ella estaba, mientras uno de los hombres miraba sin querer gritarle para decirle que se apartara, observando, petrificado, lo que hacía la chica.
Con el tiempo, Winnie consiguió montar al caballo a pelo, solo con una brida. A partir de entonces, la llamaron «la chica que susurra a los caballos». Tenía un don para domar a los animales maltratados, los habitantes de Beecher lo sabían y solicitaban su ayuda de tanto en tanto. El pueblo lo tenía claro: la chica poseía un don. Winnie no tuvo muchas oportunidades de aprovecharlo, pero ahí estaba. Era como si pudiera meterse en la mente del caballo y apaciguar su miedo. Los animales confiaban en ella y se tranquilizaban siempre que estaba presente.
Winnie se quitó poco a poco el pijama de franela y entró en la ducha. Tenía un cuerpo esbelto y delgado, en contraste con la corpulencia barrigona de Rob. A él le gustaba beber cerveza cuando llegaba a casa del trabajo. Marje había ganado unos kilos y su cuerpo era distinto al de Winnie, quien siempre había sido alta y delgada. La hermana pequeña tenía el pelo negro, ojos azul claro y un tono de piel color crema. Con ropa de mejor calidad y algún lugar donde lucirla, habría estado guapa. Su madre lo había sido, aunque se había dejado mucho tras enviudar a los treinta y tres. Su marido había fallecido en un accidente de caza. Marje lo recordaba ligeramente, Winnie no. La primogénita se parecía más a él, corpulenta y robusta, con tendencia a ganar peso tras sus embarazos. Envidiaba la figura esbelta de Winnie, pero comía demasiado de lo que cocinaba para su familia como para perder el peso que había ganado. Había sido la reina del baile en el instituto, aunque ahora aparentaba diez años más de los que tenía, mientras que Winnie parecía más joven de lo que era. Ella jamás había sido la reina del baile y le daba igual. Siempre estaba inmersa en sus lecturas.
Mientras se secaba el pelo, volvió a mirar por la ventana, intentando calcular cuánto tardaría en palear la nieve del camino de entrada a la casa. Lo hacía casi a diario; en esa época del año, nevaba prácticamente todas las noches. Rob podría haberse encargado de ello antes de irse a trabajar, pero nunca lo hacía. Cuando ella se lo pedía, él le recordaba que no vivía allí, que por eso aparcaba la camioneta en la calle, y le sugería que hiciera lo mismo.
Se preparó un cuenco de copos de avena instantáneos y tomó una taza de café, se abrigó con la parka y las botas de nieve, agarró la pala del garaje, se puso los guantes y empezó a despejar el camino. Tardó media hora en retirar y aplanar la nieve para poder pasar con su SUV, aunque solo llegó diez minutos tarde a la imprenta donde trabajaba como gerente de producción. Organizaba y llevaba al día todos los proyectos importantes. Poseía unas cualidades excelentes para la organización y, gracias a ella, se cumplía hasta el último plazo. No se trataba de un trabajo creativo, pero sí vital para el buen funcionamiento de la empresa, y ella lo hacía bien.
Hamm Winslow, su jefe, salió de su despacho y se quedó mirándola. Ella odiaba el trabajo y a su jefe, pero el sueldo estaba bien. Hamm era el dueño de la imprenta y había sido su superior durante los últimos diez años. La mejor amiga de Winnie, Barb, también trabajaba allí. Desempeñaba una labor de categoría inferior, pero se le daba bien el diseño gráfico y tenía buen ojo.
—Qué detalle que hayas entrado antes de la hora de comer —comentó su jefe con tono sarcástico.
Siempre tenía algún comentario desagradable en la punta de la lengua y no respetaba a sus trabajadores, ni a nadie, en realidad. Era una persona odiosa.
—Lo siento, pero el camino de entrada a mi casa estaba congelado —se disculpó ella, desganada.
—Como el de todo el mundo. ¿Es que creías que ibas a despertar en Hawái? Madruga más y no vuelvas a llegar tarde, ¿entendido?
Hamm era incluso más desagradable con las mujeres que con los hombres que trabajaban para él, y nadie le paraba los pies.
—Lo siento.
El tipo siempre estaba enfadado o quejándose por algo. En su opinión, nada se hacía jamás lo bastante rápido ni bien, y disfrutaba señalando delante de todo el mundo los errores que cometían sus trabajadores.
—Está de muy buen humor —comentó Winnie por lo bajini mientras ocupaba su asiento junto al de Barb.
Habían ido juntas a secundaria y al instituto, y Barb había ido a la facultad y se había sacado la diplomatura en dos años, lo que, al parecer, no cambiaba mucho las cosas. Había estado saliendo con Pete durante cuatro años; se habían comprometido unos meses antes y planeaban casarse el verano siguiente. Su futuro marido era dentista y un buen tipo. Ella pasaba todo su tiempo libre planificando la boda. Iban a celebrar el convite en un hotel local. Barb quería trabajar en la consulta de Pete en cuanto se casaran y renunciar a su puesto, lo que dejaría a Winnie sola con el ogro. La verdad era que no le apetecía mucho.
—Alguien la ha cagado con un pedido importante para el banco —le dijo Barb en voz baja—. Deberías haberlo oído gritar hace diez minutos.
—Me alegro de habérmelo perdido —respondió Winnie también en voz baja, le dedicó una sonrisa a Barb y se volvió hacia el ordenador.
Era como si estuvieran en el instituto, y en la secundaria antes, cuando se sentaban juntas en clase. Barb abrió un cajón y señaló tres revistas de bodas que tenía dentro; Winnie rio.
—Te lanzaré el ramo a ti, ya lo sabes. Será mejor que estés lista para cogerlo —dijo Barb sonriendo.
—Me aseguraré de agacharme —le garantizó Winnie mientras revisaba el pedido visible en la pantalla del ordenador.
Todavía no estaba listo y se acercaba la fecha de entrega. Iba a informar de inmediato al departamento de producción. Hamm jamás había sido consciente de lo vital que era para él el trabajo de Winnie, o al menos no lo demostraba. No le dedicaba ningún halago ni le daba las gracias jamás.
—Rob es un tío genial, deberías casarte con él. Ya va siendo hora, Win —dijo Barb a renglón seguido de su comentario sobre el ramo.
—¿Y quién lo dice? —respondió ella, como si nada.
—¡Nos hacemos viejas!
—¿A los treinta y ocho? Ya hablas como mi hermana. Se casó en cuanto acabó el instituto. Gracias a Dios que nosotras no lo hicimos. A estas alturas, ya podría ser abuela, por el amor de Dios. Pensar eso sí que da miedo.
—Si no te das prisa, tú serás la abuela cuando te pongas a tener hijos.
En Beecher no había otra cosa que hacer salvo casarse, tener hijos, ir a la bolera y jugar al sófbol en verano. Winnie no lo dijo, pero ella quería mucho más que eso. Barb ya había estado prometida antes, años después de salir con el mismo chico, pero no acabaron bien. Él la engañaba con otras constantemente. En ese momento estaba lista para sentar cabeza y tenía prisa por quedarse embarazada. Winnie no.
—¿A quién estás esperando? ¿A Bradley Cooper? Envíale un mapa. Ahora ya tienes todo lo que necesitas.
Winnie no lo veía así, pero no lo comentó. No sabía lo que quería, pero sí sabía que no era eso: trabajar para Hamm Winslow toda su vida. Y tampoco estaba segura de si Rob era lo que quería. Después de once años, entendía que las cosas no iban a mejorar mucho más. En cualquier caso, su relación era insulsa, aunque no lo bastante mala como para dejarla. No era emocionante ni romántica. Rob decía que solo las mujeres y los hombres con poca testosterona eran románticos y aficionados a todas esas cursilerías de mierda. Esa era una forma de verlo. Winnie no esperaba que la precediera echando pétalos de rosas, aunque habría estado bien que fuera un poco más atento. Como tener el detalle de palear la nieve del camino congelado de su casa de vez en cuando para que ella no llegara tarde a trabajar y no tuviera que empezar el día muerta de frío y agotada. Al menos podría haber hecho eso por ella, sobre todo, porque se quedaba a dormir allí casi todas las noches. De tanto en tanto, le hacía la compra y lo consideraba una hazaña. Siempre le decía que ella era la propietaria de la casa y que no tenía que pagar alquiler; por tanto, podía pagarse la comida. No era un comentario muy caballeroso por su parte.
Ambas mujeres se concentraron en el trabajo, y Winnie se dedicó a presionar al departamento de producción. Al final de la jornada, Barb se volvió hacia ella con una pregunta.
—¿Qué te parece si vienes a cenar a casa esta noche? Pete se va a una conferencia para dentistas en Detroit.
—Voy a cenar en casa de mi hermana —respondió Winnie con un suspiro.
—No va a ser divertido. No vayas.
—Ya, pero me monta un pollo cuando llevo mucho tiempo sin verla. Pone la excusa de que los niños me echan de menos. Sé que no es así. Cuando estoy allí, ni siquiera me hablan. A su edad, yo tampoco lo habría hecho.
—Que lo pases bien —dijo Barb torciendo el gesto, y ambas salieron de la empresa y subieron a sus respectivos coches.
Ya se había hecho de noche, hacía un frío glacial y las carreteras estaban heladas. Sin embargo, la casa de Marje y Erik estaba a s
