Fuerte y suave (Westwell 1)

Lena Kiefer

Fragmento

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1

Helena

«El hogar está donde está el corazón».

Estas expresiones siempre me habían parecido una bobada. Palabras vacías que se imprimían en tarjetas cursis de San Valentín o que se plasmaban en tatuajes, aunque no significaran nada. Después de que me mandaran lejos de casa, me quedó claro que esta frase tiene una parte de verdad. Y, cuando dos años y medio más tarde eché un vistazo a los rascacielos de Nueva York desde la ventanilla del taxi, entendí las palabras desde una nueva perspectiva. No tanto como para irme corriendo a un estudio de tatuajes, pero sí lo suficiente para que se me hiciera un nudo en la garganta.

—¿Es la primera vez que viene a la ciudad? —me preguntó el taxista, sacándome de mis pensamientos.

—No —respondí—. Nací y crecí en Nueva York. Pero llevo un tiempo fuera. —Media vida, o al menos, eso me parecía.

En ese tiempo había comprendido lo que significaba el hogar. O cómo se sentía uno cuando no le quedaba más remedio que abandonarlo. Cuando encontraba el lugar adecuado, dejaba de sentir ese extraño dolor en el estómago que decía: «No puedes ser feliz porque no perteneces a este sitio».

Noté una mirada desde el espejo retrovisor.

—¿Y está contenta de haber vuelto?

—Sí, más que contenta.

Llevaba esperando este día con toda mi alma, el día que por fin me permitieran volver a Nueva York. Pero, al mismo tiempo, estaba asustada. Por mucho que amara la ciudad, solo la conocía a su lado. Con Valerie.

¿Cómo sería la vida aquí sin ella?

La pregunta quedó flotando en mi cabeza mientras tomábamos el puente de Robert F. Kennedy en dirección a Manhattan. Me sentía cautivada por lo que veía por la ventanilla, como si fuera la turista por la que me había tomado el taxista. Contemplé todos y cada uno de los edificios que flanqueaban las calles por las que pasábamos, a la gente ataviada tanto con ropa elegante como andrajosa, los puestos de perritos calientes y a los vendedores de periódicos. Y a cada metro que avanzábamos, noté que algo en mí se rompía y sanaba al mismo tiempo. Tenía una herida terriblemente profunda que nunca se cerraría del todo, que hacía que me doliera una parte del corazón a la que siempre echaría en falta. Pero por lo menos había conseguido volver adonde pertenecía.

Dos cruces y tres semáforos después, giramos hacia Park Avenue. A estas horas de la mañana del domingo había menos tráfico del habitual, así que el conductor apenas tardó un par de minutos en encontrar un hueco en la acera frente a la dirección correcta. Le pagué con mi tarjeta de crédito y, acto seguido, descargó mis maletas. Se lo agradecí.

—Bienvenida de nuevo a Nueva York. —Me dedicó un asentimiento antes de subirse otra vez al taxi y, en un abrir y cerrar de ojos, volvió a sumergirse en la corriente de vehículos amarillos de la ciudad.

Al mirar mi reloj, vi que eran poco más de las diez. La hora perfecta, tal como lo había planeado. Respiré de nuevo el frío aire de febrero, eché mano a la maleta y me dirigí a esa entrada que me resultaba tan familiar, bajo cuyo toldo en color oscuro rezaba: 740 Park Avenue. Un hombre joven con americana gris y corbata negra me abrió la puerta cuando me acerqué al edificio. En el vestíbulo entré de nuevo en calor.

—Buenos días, señorita —me saludó el portero con una sonrisa amable, aunque ligeramente distante. Se colocó tras el mostrador de recepción.

—Buenos días —respondí yo, ya que nunca lo había visto y no tenía ni idea de cómo se llamaba. Antes conocía a todo el que trabajaba en nuestro edificio. Pero dos años y medio en esta ciudad era demasiado tiempo.

—¿Podría decirme a qué piso va? —Levantó el telefonillo del mostrador.

Tuve que esforzarme para que no se me notara el asombro que sentí al escuchar esa pregunta. Era evidente que el portero era nuevo, y yo había llegado un día antes de lo esperado, así que no podía pretender que supiera quién era yo. Sobre todo porque en esos momentos no tenía las pintas que uno esperaría de mí.

—A casa de los Weston —dije amablemente.

—¿De los Weston? ¿Tiene cita? —Volvió a colgar el telefonillo con una expresión claramente escéptica. Posó la mirada en mi chaqueta de cuero raída y en los vaqueros, como si se preguntara si podría llevar escondida un arma con la que pudiera extorsionar, secuestrar o asesinar a la respetable familia Weston. No me faltaban ganas de comentarlo, pero en esta casa no se apreciaba ese tipo de humor. Junto al interruptor se encontraba un botón de emergencia que avisaba a la policía, igual que el que tenían los bancos. Y no quería empezar de nuevo en Nueva York con un arresto.

—Soy Helena Weston —contesté con sinceridad—. Soy su hija.

—¿Su hija? —El tono seguía siendo escéptico.

—Sí, eso es.

Con un suspiro, rebusqué en el bolso y cogí la cartera para sacar el carnet de conducir del estado de Nueva York, que mostraba una foto mía de hacía tres años. Cuando la vi, me cambió la expresión. Ponerme flequillo no había sido una buena idea en absoluto.

Dejé el carnet sobre el mostrador y señalé mi nombre.

—¿Cree que necesito pedir cita?

La expresión del portero cambió en cuestión de segundos.

—Ay, perdóneme, por favor, señorita Weston. No tenía ni idea… Me dijeron que llegaría mañana. —«Y que llevaría otra ropa», parecía querer añadir esa expresión espantada. Al fin y al cabo, en Nueva York se me conocía por llevar exclusivamente ropa de marca y un peinado de quinientos dólares, en vez de la trenza que lucía en ese momento.

—No pasa nada. ¿Puedo subir?

—Por supuesto —replicó con énfasis—. ¿Desea que anuncie su visita?

—No —negué con la cabeza—. Quiero que sea una sorpresa.

Al instante, el portero pareció dejar de pensar que fuera una asesina profesional y, sobre todo, que él acabara saliendo al día siguiente en la portada de todas las revistas de cotilleos. No obstante, señaló mi maleta.

—¿Quiere que le lleve la maleta?

—No es necesario, ya la subo yo.

Asintió.

—Que tenga un buen día, señorita Weston. Bienvenida de vuelta.

—Gracias… Perdone, ¿cómo se llama?

—Lionel, señorita.

—Pues gracias, Lionel. —Le dediqué una sonrisa, cogí la maleta y la arrastré hasta uno de los dos ascensores.

Conforme avanzaba sobre los suelos de mármol y entraba en la cabina de madera de caoba que, como siempre, desprendía un olor a barniz y un leve aroma a cigarrillos, me asaltó una horda de recuerdos. Cuando era niña y mi padre me llevaba de la mano el primer día de colegio, orgulloso hasta decir basta. Cuando me enrollé con dieciséis años con Parker Harrison antes de bajarnos en la cuarta planta para ir a casa de los Gregory. Cuando Valerie y yo nos cambiábamos de ropa en el ascensor para ir a una fiesta de Brooklyn en vez de a alguna cena de la alta sociedad. Y cuando me contó entre estas estrechas cuatro paredes que había conocido al amor de su vida.

La tristeza estuvo a punto de arrollarme y lanzarme al abismo, pero respiré hondo una y otra vez y reprimí las lágrimas con toda mi fuerza de voluntad. Alegría. Eso era lo que quería sentir en estos momentos. Alegría de estar a punto de sorprender a mi familia a la hora en la que tomaban su tradicional brunch. No, nuestro brunch. Yo volvía a pertenecer a la familia. Desde hoy mismo, podría volver a sentarme a la mesa cada domingo para disfrutar de un café maravilloso y pelearme con mi hermano Lincoln por el último cruasán de la pastelería francesa de Madison Avenue. Se me hizo la boca agua solo de pensarlo.

El ascensor se detuvo en el piso correcto, y yo me bajé y caminé hasta la única puerta del pasillo. Llamé al timbre. Nuestro mayordomo Vincent consideraba la mayor de las prioridades que ningún visitante esperase más de diez segundos al otro lado de la puerta, así que conté lentamente, como si fuera la cuenta atrás de mi antigua nueva vida.

Diez, nueve, ocho, siete, seis, cinco, cuatro, tres, dos, uno.

No pasó nada. Tampoco poco después ni cuando pasó un rato.

¿Habría apretado mal el timbre? ¿O mi padre y Lincoln volvían a estar discutiendo vehementemente sobre cualquier asunto político y Vincent ni siquiera había oído el timbre? Probé a llamar de nuevo, pero no obtuve respuesta.

Con los ánimos por los suelos, saqué las llaves del bolso que llevaba colgado al hombro y la metí en la cerradura. Pero cuando puse un pie en el amplio recibidor de nuestro apartamento de dos pisos, no oí nada. Ni voces ni el traqueteo de los cubiertos sobre los platos. Todo estaba en absoluto silencio.

—¿Hola? —llamé asomándome por la escalera de caracol, aunque me sentí un poco estúpida—. ¿Hay alguien?

Finalmente, algo se movió en el piso de arriba y, unos segundos después, alguien bajó las escaleras. Alguien que llevaba unos tacones que resonaban contra los escalones.

—¿Helena? —Mi madre parecía sorprendida de verme—. ¿Qué demonios estás haciendo aquí? Te esperábamos mañana. —Su acento británico me resultó familiar. No era de extrañar, llevaba casi un año sin oír otra cosa.

—Hola, mamá —sonreí—. Sorpresa. Pensé en venir antes para no perderme el brunch.

Un brunch que evidentemente no se había producido, porque la mesa del comedor, que veía a través de las puertas dobles, estaba totalmente vacía. Ni cruasanes, ni huevos revueltos humeantes, ni café con leche. Y las pintas que llevaba mi madre (el vestido de tubo azul oscuro, el pelo cuidadosamente recogido, los tacones) tampoco encajaban con nuestro ritual de los domingos, al que, de manera excepcional, acudíamos todos en pijama, en chándal o en bata.

Mis ánimos decayeron un poco más. Pronto quedarían por los suelos.

—¿Cómo has llegado hasta aquí? —Me miró con dureza.

—He venido en taxi —respondí con sinceridad y, en ese mismo segundo, supe que había cometido un error.

—¿En taxi? —La voz de mi madre subió un tono que delataba algo parecido a la histeria—. ¿Es que has perdido la cabeza? ¿Qué va a pensar la gente si te bajas de un taxi a plena luz del día frente a esta casa?

Tomé aire.

—Todo el mundo en esta ciudad va en taxi, mamá.

—Tú no eres una cualquiera, Helena. No podemos permitirnos que alguien crea que no sabes cuál es tu sitio.

—No me ha visto nadie —mascullé en voz baja. Había estado a punto de responder una cosa muy distinta: «Me importa un pepino lo que piense la gente de mí. Después de todo, a Valerie le resultaba irrelevante». Pero no me pareció inteligente reñir con mi madre nada más llegar. Ella era la artífice de que yo hubiera vuelto y debía calmarla para que no se arrepintiera de su decisión—. No lo he pensado bien, perdona. En Cambridge siempre iba en taxi.

—Nueva York no es Cambridge, querida. Ya deberías saberlo.

Tomó aire y, cinco segundos después, volvió a ser Blake Weston, la copropietaria inquebrantable del imperio que habían construido los antepasados de mi padre. En un primer momento, la gente pensaba que mi madre era la típica mujer que estaba a la sombra de un hombre de éxito, que se encargaba de cuidar de sus hijos y apoyar a su marido. Pero pasar media hora con ella y con su afilado ingenio acababa con todos los prejuicios.

—¿Por qué no hay nadie en casa? —pregunté—. Normalmente desayunamos los domingos todos juntos.

Mi hermano mayor ya no vivía en casa, pero siempre venía.

—Siento que hayas venido antes para nada. —Mi madre se me acercó y, por fin, me dio un abrazo, aunque fugaz—. Pero yo tengo una cita en la asociación de monumentos históricos y tu padre está en Washington de viaje de negocios hasta el martes. Hoy no habrá brunch.

¿Solo hoy? A juzgar por la expresión de su rostro, no estaba diciendo toda la verdad. Aunque quizá me había pasado el último mes demasiado pendiente de las señales no verbales, la mímica y el lenguaje corporal. Al fin y al cabo, formaba parte de la preparación para poner en marcha mi plan. El plan que empezaba mañana mismo.

—Vale, lo dejaremos para la semana que viene —repuse yo, e intenté leer la expresión de su rostro; era inescrutable. Aunque solo respecto al asunto del brunch. En el momento en el que vio mi pelo oscuro recogido en una cola de caballo, fue inequívoca.

—Necesitas urgentemente un corte de pelo. Mañana mismo te pido cita en Cara. ¿Y qué llevas puesto? —Con los labios prietos, tocó la chaqueta que me había comprado hacía un par de meses en una tiendecilla de Cambridge. Si mi madre hubiera sabido que era de segunda mano, probablemente le habría dado un baño con desinfectante, a la porra la asociación de monumentos históricos.

—Es vintage. Se lleva mucho allí.

—Pues aquí no —sentenció rápidamente—. No quiero que nadie de esta ciudad te vea así vestida. Por favor, tírala a la basura en cuanto puedas.

«Por encima de mi cadáver», pensé.

—Por supuesto —repliqué, y volví a sonreír—. ¿Dónde está Vincent? Quiero saludarlo.

—Lleva un tiempo en Chicago porque su hermana se ha puesto enferma. No sabemos cuándo volverá. O si lo hará algún día.

De eso no sabía nada. ¿Cómo no me lo habían mencionado? El mayordomo formaba parte de nuestra familia.

—¿Y el resto del personal?

—Les dimos el día libre. Pensábamos que no habría nadie en casa. —Mi madre cogió el bolso y el abrigo—. Tengo que irme. Ponte a deshacer las maletas y déjalo todo ordenadito, ¿quieres? Me alegro de que hayas vuelto. —Me acarició la mejilla, aunque sus palabras parecían esconder un: «Por favor, no hagas que me arrepienta de haberme peleado con tu padre sobre este tema». Si por él hubiera sido, me habría quedado en Inglaterra hasta que terminara los estudios. O mi vida.

Asentí, todavía sonriente. Sin embargo, en cuanto se cerró la puerta y me quedé totalmente sola en el recibidor, sentí el peso de la desilusión en el estómago vacío. Me había imaginado mi regreso de una forma muy distinta. Desde el primer día que me mandaron en contra de mi voluntad al internado de Inglaterra, había imaginado este momento en mi mente y en mi corazón. El momento del regreso. No como la chica bien educada, ociosa y con mala suerte que había perdido a su hermana, sino como una joven decidida que iba a limpiar el nombre de Valerie. El momento acababa de suceder. ¿Por qué sentía una sensación tan devastadora?

Me dirigí hacia las escaleras y levanté un pie, pero no llegué a posarlo sobre el primer escalón. Arriba estaba mi habitación y la de Valerie, y me daba pavor lo que pudiera sentir al entrar y soportar la carga de todos los recuerdos. Una parte de mí quería rodearse de todas sus cosas y volver a sentir a mi hermana. Todo lo que la representaba y lo que significaba para mí. Pero vencieron mis miedos. Giré a la izquierda de la escalera y fui al salón.

No había cambiado mucho desde la última vez que estuve allí. Estaban las mismas antigüedades, los tapetes, los sofás Chesterfield de cuero, las pesadas alfombras y, por supuesto, flores frescas por todas partes. Había un cuadro enorme y nuevo en la zona del comedor que representaba una batalla sombría de algún tiempo pasado. No había echado de menos la pasión de mis padres por el arte barroco, mis gustos iban en una dirección muy distinta. Por eso mismo tenía apuntado el Museo de Arte Moderno en la lista de cosas que quería hacer en Nueva York. La había escrito dos años antes, cuando entendí que no volvería a Estados Unidos en una buena temporada.

Mis padres no me habían permitido volver ni siquiera en Navidades. En su lugar, ellos viajaban a Inglaterra. Les daba tanto pánico que yo acabara como Valerie que se habían esforzado todo lo posible por mantenerme alejada de esta ciudad.

Pero ¿qué significaba acabar como ella? ¿Feliz? ¿Completa? Porque así es como se sentía cuando murió.

De nuevo, sentí un nudo en la garganta doloroso de tragar. Fue entonces cuando decidí que no me quedaría en casa si no había nadie. «¿El hogar está donde está el corazón?». No me sentía así en absoluto. Aunque lo mismo mi corazón necesitaba un poco de ayudita y le vendría mejor salir de allí. Al fin y al cabo, mi hogar no era solo la casa, sino todo lo que estaba fuera. Mi hogar era Nueva York.

Hice un esfuerzo y fui de nuevo al vestíbulo. Allí cogí el bolso y salí por la puerta.

Ya era hora de respirar un poco de aire fresco.

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2

Jessiah

La playa de Rockaway Beach estaba gris y desierta cuando salí del agua y solté la tabla. Me dejé caer de espaldas sobre la arena dura y traté de respirar hondo.

Las olas de aquella mañana habían sido perfectas: impetuosas e impredecibles, como a mí me gustaba, aunque también me habían supuesto un reto. En esa época del año, el mar estaba gélido y, cada vez que me alzaba sobre la tabla, sentía unas puñaladas de aire congelado. Aun así, venía siempre que me era posible. Surfear en unas aguas a cinco grados de temperatura era una putada, pero era mejor que nada. Necesitaba moverme como el oxígeno y prefería perder una pierna antes que subirme a una cinta de correr del gimnasio. Y cuando mi imaginación no bastaba para visualizarme en las costas de Australia, subirme a la tabla me daba una cierta ilusión de libertad. Me ayudaba a no volverme loco.

Me quedé tumbado unos minutos, hasta que noté que, poco a poco, recuperaba la sensibilidad en el cuerpo y me dejaban de doler los pulmones. Entonces me puse en pie, cogí la tabla y me encaminé hacia la camioneta negra que había dejado en el aparcamiento, cuya carrocería estaba parcialmente cubierta de nieve. «¿Para qué quieres un coche tan grande, Jess?», me dijo en su día mi amigo Balthazar. «Si estamos en Nueva York». Sí, por eso, pensé yo. Tenía ese coche porque así al menos mantenía la sensación de que podía escapar de la ciudad en cualquier momento. Era solo una ilusión, pero me bastaba para sobrellevar el día.

Saludé a los dos surfistas que habían aparcado su caravana al lado, amarré la tabla en la caja de carga y me eché la mano a la espalda para abrir la cremallera del neopreno. Rápidamente, saqué los brazos y bajé el traje hasta la cadera, apretando los dientes por el viento gélido que me ponía la piel de gallina. Dios, cómo detestaba el frío. Siempre me había pasado, a pesar de haber nacido en Nueva York. No sabía si mis genes se pensaban que procedía de una zona más cálida, pero parecía que eran incapaces de adaptarse a mi actual lugar de residencia.

Cogí del asiento del copiloto mi sudadera y me la puse, dejando que la capucha me cubriera el pelo húmedo. También me coloqué los pantalones de chándal. Unos cuantos movimientos rutinarios después, ya vestido con ropa seca, eché el traje sobre la caja de carga y me subí a la camioneta, donde puse la calefacción al máximo. Con suerte lograría sentir todo el cuerpo para cuando llegara a la ciudad.

El tráfico no era tan demencial los domingos, aunque tardé casi una hora en volver a Manhattan, ya que el puente de Williamsburg se encontraba en obras. Estaba pensando en si tomar el camino directo o meterme en la autovía cuando me sonó el teléfono. Dudé un poco al ver el nombre que aparecía en la pantalla, pero acabé descolgando.

—Hola, Trish —saludé a mi madre por el manos libres. En realidad, no tenía sentido darle los buenos días. Ya eran las nueve de la mañana de un domingo. A esa hora, esta mujer había corrido diez kilómetros, había planteado tres nuevos proyectos y seguramente había vuelto a despedir impunemente a la asistenta.

—Jess, ¿dónde estás? —me preguntó. «Hoy tampoco recibo un saludo». Eso significaba que estaba de mal humor y que probablemente yo era la causa. Con los años había aprendido a interpretar las conversaciones con Trish Coldwell.

—Estoy volviendo de la playa. —Puse los ojos en blanco cuando un coche pitó a mis espaldas. «No podemos ir más rápido por mucho ruido que hagas y por mucho por culo que le des al prójimo». ¿Qué problema tenía la gente de esta ciudad?—. ¿Por qué lo preguntas? ¿Va todo bien con Eli?

—Sí, sí, tu hermano está bien —respondió ella, impaciente—. Pero ayer por la noche mandé a Indigo a tu casa con una selección de trajes y no estabas allí. —Empleaba tal tono de reproche que parecía que había quedado con su asistenta y la había dejado plantada. Típico de Trish. Todo el mundo debía estar a su servicio.

—Entonces, quizá, la próxima vez deberías avisarme antes de enviar a nadie —repliqué, sin intentar disimular el mosqueo—. Además, ya sé qué ropa me voy a poner esta noche.

—No, de eso nada. Este evento es muy importante y estará allí todo el mundo. No puedes presentarte con un traje de chaqueta que ya te hayas puesto en otra ocasión.

Ah, claro, cómo no, porque las damas y caballeros de la alta sociedad sabrían distinguir un traje de chaqueta negro de otro traje de chaqueta negro, tal como hacía ella. Lo mismo me hacían alguna foto o escribían los detalles en una libretita, como si fueran la policía secreta de los pobres. Que es lo que se hace cuando no tienes nada mejor que hacer en todo el día que preocuparte de aquellos que se pasan la etiqueta por el forro. Qué curioso, se me venía a la cabeza un nombre en concreto. Bueno, en realidad no era curioso en absoluto.

—¿Todo el mundo estará allí? —insistí—. ¿Incluidos los Weston?

Mi madre dejó escapar un resoplido que me dejó claro lo que le provocaba la simple mención de esa familia.

—Por supuesto que no. ¿O de verdad te crees que van a sentarse a aplaudir cuando me concedan la medalla al mérito de arquitectura en Nueva York?

—Si su ausencia va a desatar rumores, quizá sí que deberían —repuse. Al fin y al cabo, para este tipo de gente no había nada más importante que las apariencias y la reputación. Pero no seguí preguntando porque quería evitar un encuentro con los Weston, sobre todo porque cada vez que me los encontraba, recordaba lo que había perdido. La señora Weston se parecía mucho a su hija, la responsable de la muerte de mi hermano.

Mis dedos se acalambraron en el volante. ¿Por qué Valerie no se pudo buscar a otro? ¿Por qué tuvo que ser Adam?

—Pueden venir —afirmó mi madre, furiosa—. Siempre y cuando te pongas el traje nuevo, me da igual.

—De acuerdo —cedí—. Me pasaré antes por vuestra casa y me vestiré allí. —Así podría ver a mi hermano pequeño y la noche no sería un desperdicio absoluto—. Trish, te dejo. Tengo un compromiso y antes quiero pasar por casa.

—¿Un compromiso relacionado con tu proyecto? —preguntó, a todas luces en desacuerdo.

—Sí, exacto. —Decidí ignorar el tono—. Es un local en el SoHo.

—¿Dónde?

—En la calle Sullivan con Bleecker.

—Una ubicación excelente —dijo mi madre—. ¿Cómo lo has encontrado?

—Como siempre —Me encogí de hombros, aunque evidentemente ella no me veía—. En otoño, en la inauguración de Karma, hablé con un par de personas y alguien me comentó que el propietario actual estaba pensando en dejar el local. Así que hablé con él y estuvo de acuerdo en alquilárselo a un par de chicas que quieren abrir un restaurante vegano.

Mi madre suspiró.

—Qué desperdicio de talento —comentó tras mi explicación—. ¿Cuándo harás algo de provecho con tus dotes? Sabes que puedes trabajar en el puesto que quieras de la empresa.

Contuve una réplica mordaz. Claro que lo sabía, mi madre se encargaba de mencionarlo a la mínima oportunidad. Y también sabía que la muerte de Adam había causado que redoblara sus esfuerzos.

Sin embargo, por mucho que quisiera mantener a la familia unida, era algo por lo que no estaba dispuesto a pasar. Un trabajo en CW Buildings acabaría conmigo, al igual que si me quedaba para siempre en Nueva York.

—¿A qué hora quieres que esté allí esta noche? —pregunté sin dar respuesta a sus palabras. No merecía la pena explicarle por qué no pensaba trabajar nunca en su empresa. Ya lo había hecho en innumerables ocasiones.

—A las siete —me informó mi madre—. Por favor, sé puntual. Y hazte algo en el pelo. Esa pelambrera de surfista es del todo inapropiada.

—Ni de broma —me limité a decir—. Hasta luego, Trish.

A pesar de mi negativa, me eché un vistazo por el espejo retrovisor, pero no encontré motivo que sustentara su crítica. En ese momento, mi pelo rubio estaba revuelto por el viento y el agua salada, pero estaba mucho más corto que cuando regresé hacía dos años. Ya ni siquiera podía recogérmelo en un moño. Había sido una de las concesiones que había hecho al llegar aquí, pero todo tenía un límite. Mi madre tendría que vivir con ello.

Afortunadamente, el atasco se disolvió al final del puente y seguí mi camino habitual hasta West Village. Delante de la casa en la que vivía había un aparcamiento libre y lo consideré una buena señal para lo que quedaba de domingo. El evento de esa noche no me aportaría nada, eso ya lo sabía, pero hasta entonces todavía me quedaban unas horas.

Subí hasta el cuarto piso y me deleité pensando en la ducha que iba a darme nada más meter la llave en la cerradura. En cuanto puse un pie en la casa, me quité la ropa y la tiré sin miramientos al suelo. La calefacción de los asientos del coche había ayudado un poco, pero un buen chorro de agua caliente era otra cosa. Por eso el termo de agua del baño era mi mejor amigo durante los meses de invierno.

Veinte minutos después, salí rodeado de vapor y me enrollé una toalla de mano a la altura de la cadera antes de dirigirme al salón. Aunque no tenía claro si debía llamarlo así, ya que vivía en un estudio y todo estaba en una misma habitación. La cocina con isla y barra limitaba con el salón, que contaba con un sofá enorme y una mesa de madera de roble natural a la que podían sentarse hasta ocho personas. Unas escaleras de hierro llevaban al piso superior, construido sobre vigas de acero a más de cinco metros de altura y donde se encontraba mi cama.

Abrí la puerta del armario que había junto al baño y cogí ropa limpia de una estantería. Volví a ignorar el hecho de que la mayor parte de la habitación, que era más bien un vestidor y no un trastero, estaba totalmente abarrotada con cajas de cartón, y cerré la puerta rápidamente. Debería haberme encargado de las cosas de Adam hacía mucho tiempo, pero siempre lograba escaquearme. Exactamente dos años y ocho meses, para ser más precisos, cuando me mudé a la casa de mi hermano. Una vez, Adam soltó en broma que me quedara con su casa si algún día abandonaba este mundo para que entendiera que tenía un lugar en Nueva York en el que podría sentirme como en casa. Cuando murió, quise satisfacer sus deseos.

Sin embargo, al principio me había parecido una locura vivir entre estas cuatro paredes que Adam había comprado y amueblado a su gusto. Pensé que acabaría conmigo enfrentarme cada día a la muerte de mi hermano, por no hablar de los sentimientos de culpa. Y así había sido. Hubo días en los que apenas podía respirar porque me ahogaba la tristeza. Salía a la calle, a correr, y no volvía durante horas. Pero en algún momento, me di cuenta de que vivir allí me acercaba de alguna forma a mi hermano. Vivir donde él había vivido. Dormir donde él había dormido. Era la única conexión que podía existir. Y aunque dolía, ya no me atormentaba.

Respiré hondo y aparté los pensamientos de mi hermano. Me puse una sudadera y los pantalones vaqueros oscuros que llevaban desde anoche en el respaldo del sofá. Luego metí todo lo que había usado en mi excursión en el cesto de la ropa y oí cómo me rugía el estómago. Mi última comida había sido la cena de ayer. Debía desayunar algo antes de acudir a la cita que tenía en el SoHo.

Saqué huevos, tomate y cebollino del frigorífico y puse en el móvil una lista de reproducción de música pop que resonó por todo el sistema de sonido de la casa. Luego me dispuse a cascar los huevos, que batí en una fuente de acero inoxidable, y eché sal y pimienta. Cuando estaba cortando el cebollino en láminas finas, sonó el teléfono. Me limpié las manos, acepté la llamada y puse el manos libres.

—Buenos días, Thaz —saludé a mi amigo con socarronería. Lo conocía tan bien que sabía que se había levantado de la cama hacía diez minutos. Y seguramente seguía medio grogui—. ¿Qué haces despierto tan temprano?

—Me acabo de levantar —replicó Balthazar desde el otro lado, junto a un bostezo interminable—. Fue una noche larga. Déjame adivinar, has estado en la playa.

—Vaya que sí.

—¿Tú te has dado cuenta de que estamos en invierno? No es temporada de surf, en mi opinión.

Troceé los tomates en daditos.

—No me digas —respondí con sarcasmo—. Y yo que pensaba que me ponía el neopreno por lo bien que me sienta, no porque el mar está a cinco grados.

Thaz soltó una carcajada.

—Lo siento, no quería meter el dedo en la llaga.

—No te preocupes. —Vertí los huevos en la sartén rápidamente—. ¿Qué pasa, tío? No creo que me estés llamando un domingo por la mañana porque me echas de menos.

—Bueno, por eso también, pero me han invitado a una fiesta esta noche —comentó—. Y pensé que quizá querrías acompañarme. Es la inauguración de un bar en el centro. Les he llevado la campaña de publicidad. Podría estar bien.

Bajé la intensidad del fuego del hornillo y le eché un ojo a la tortilla.

—¿Un bar? ¿Cuál? —Seguramente uno lleno de la más alta sociedad, al que la gente iba para dejarse ver y pasear sus ropas caras.

«Tú también perteneces a la clase alta», me recordó una voz en mi cabeza.

«Sí, pero no por voluntad propia», respondí. «Y he intentado por todos los medios renegar de ella».

—El Down Below, junto al Church.

—¿El Church? ¿Te refieres a ese restaurante del año de la polca? —El local llevaba años cerrado y nadie lo había alquilado. No me extrañaba, no era un buen sitio. No le recomendaría a nadie abrir un bar allí.

—Sí, lo sé, es un negocio arriesgado —dijo Thaz.

—Más bien una operación suicida —comenté secamente.

—Por eso mismo debes venir. —Noté en su voz que sonreía.

No me lo tomé a mal, pero puse los ojos en blanco cuando me di cuenta de a qué se refería.

—O sea, que no es una invitación como amigo, sino un trabajo.

—Un trabajo con divertimento —señaló mi colega—. Jess, el concepto es una pasada. Y los dos jóvenes que lo llevan son buena gente. Si no, no te lo pediría. —No era la primera vez que me llevaba a algún sitio para levantar la sospecha de que yo aparecía por allí. Era puro marketing; todo el mundo sabía que, si yo iba a una inauguración, ya fuera un restaurante, un bar o una discoteca, entonces el sitio prometía. Era una de las herencias de ser el hijo de Christopher Coldwell y el resultado del trabajo de los últimos dos años.

Suspiré pesadamente y quité la sartén del fuego.

—¿Y qué gano yo a cambio?

—La casa te invita a las bebidas y yo te lo agradeceré eternamente.

—Eso dices siempre.

—Nunca se tiene suficiente agradecimiento eterno.

Me había convencido desde el principio, pero tenía otro compromiso esa noche.

—Esta noche tengo una entrega de premios con mi madre —dije y, con un movimiento experto, le di la vuelta a la tortilla—. Seguramente dure hasta las diez. Podría ir después.

Thaz soltó un resoplido, enfadado.

—¿Hasta cuándo vas a tener que estar de escolta de Trish? ¿Qué pone en tu contrato? Supongo que te hizo firmar algo.

Apagué el hornillo.

—No pasa nada.

—Claro que sí. Detestas con toda tu alma ese tipo de ceremonias, la gente que va y tanto remilgo. Antes hacías todo lo que estaba en tu mano para no acompañarla. Y cuando no tenías más remedio, te dedicabas a montar un escándalo en nueve de cada diez casos.

Ah, sí, me acordaba. Como si fuera ayer. Pero ahora tenía veintitrés años, no dieciséis, y la rebelión no formaba parte de mi agenda.

—Los tiempos han cambiado, Thaz. Sabes por qué lo hago.

—Lo sé, pero no puedes acompañar a tu madre a todas partes solo porque te dé miedo que acabe avasallando a alguien. —Parecía que hablaba muy en serio.

—Sí, ya lo sé —me limité a decir.

—Entonces dile a Trish que esta vez tendrá que ir sola a ese evento aburridísimo. Esos esnobs pijos no saben valorar tus encantos. Yo sí.

No tuve más remedio que reírme, aunque no consiguió hacerme cambiar de opinión.

—Intentaré ir lo más pronto que pueda, ¿vale?

—Vale. Nos vemos esta noche.

—Hasta luego, tío.

Colgué y cogí un plato de la estantería para la tortilla antes de sentarme a la barra. Everything That Isn’t Me de Lukas Graham sonaba en la lista de reproducción.

Qué apropiado.

Mientras comía, me acerqué el montón de cartas sin leer que había dejado en una esquina de la barra. Catalogué los sobres en facturas y publicidad sin importancia, pero me quedé petrificado cuando vi el último. No era el contenido lo que me había dejado sin respiración, ya que parecía que era publicidad de algún vino, sino el nombre del destinatario: Adam Coldwell.

La carta venía a nombre de mi hermano.

Solté el aire de los pulmones y sentí que el corazón me golpeaba con fuerza contra las costillas. No es que fuera raro que recibiera aquí su correspondencia. Justo después de mudarme, había sucedido una y otra vez. Y todos los meses me sentaba a revisar sus cosas y responder correos electrónicos o cartas a los remitentes, sobre todo empresas, para contarles que mi hermano había muerto. Se había convertido en un ritual, una tortura habitual que pensaba que me otorgaría alivio, aunque no había sido así. Sin embargo, en los últimos meses ya no llegaba nada al buzón dirigido a Adam, y supuse que se habría acabado. Qué estúpido por mi parte.

Nunca se acabaría.

Hice una bola con el sobre y lo lancé con todas mis fuerzas tan lejos como pude. Sin embargo, se quedó en el respaldo del sofá y cayó sobre los cojines, blanco impoluto sobre verde oscuro. Sentí que ese maldito trozo de papel me observaba con reproche. Así que me levanté y lo traje de vuelta para tirarlo a la basura. Pero cuando me volví a sentar, la tortilla me supo a cartón y mis pensamientos se habían tornado sombríos.

Perdí a mi padre cuando tenía catorce años y entonces creí que ese sería el acontecimiento más traumático de mi vida. Ni por asomo. La muerte de Adam me trastocó tanto que fue mucho peor que todo lo anterior. Quizá porque era el segundo ser querido que perdía antes de tiempo. Quizá, también, porque no pude evitar que cometiera ese error fatal. El error de enamorarse de una mujer que, primero, lo atrajo a su mundo y, después, lo arrastró a un abismo mortal.

Valerie Weston.

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3

Helena

Nada más salir por la puerta, Nueva York me recibió con un aire glacial, aunque no me resultó desapacible; el tiempo inhóspito era habitual en esta época del año y, extrañamente, lo había echado de menos. En vez de emprender la retirada, cogí el gorro y me lo calcé en la cabeza antes de encaminarme hacia Central Park.

No transcurrió ni medio minuto cuando un coche que pasaba a mi lado tocó el claxon y otro le respondió con un pitido aún más largo. Dejé pasar a una paseadora de perros que hacía malabares con diez perros distintos y ninguno parecía saber comportarse como era debido. No me molestó, pero a una anciana que había por allí sí, a juzgar por la mirada indignada que le dedicó. Tuve que reírme. Para muchos, Nueva York era demasiado grande, demasiado ruidosa, demasiado en general. Pero a mí me encantaba. Me encantaba sentirme absolutamente sola rodeada de un montón de gente. Todas las culturas, todas las nacionalidades, todas y cada una de las personalidades únicas que formaban parte de la diversidad de esta ciudad hacían que estuviera tan viva.

Cambridge era una ciudad idílica y, para mucha gente, seguramente fuera el lugar ideal para realizar los estudios, pero yo nunca me encontré a gusto. Había crecido en Nueva York y estaba convencida de que podía pasar aquí toda mi vida sin aburrirme un solo día. En el pasado, solía irme a menudo de excursión yo sola, para descubrir los rincones escondidos de la ciudad por mi cuenta: los edificios curiosos, los parques recónditos, los pequeños oasis, todo ese frenesí que Manhattan tenía que ofrecer. Y por ello amaba aún más la ciudad.

Paseé frente al Museo Guggenheim y sentí la necesidad de entrar, pero la dejé mentalmente para más adelante y crucé la Quinta Avenida para sumergirme en el pulmón verde que era Central Park. Sin embargo, el verde no estaba muy presente: el césped se encontraba cubierto de una fina capa de nieve y las ramas de los árboles estaban totalmente desnudas. Aunque dentro de poco empezarían a brotar y florecer y sería un placer volver a sentarme por fin en el césped junto a Valerie…

Me detuve. Fue solo una punzada rápida, aunque lo bastante aguda como para dejarme sin aliento. No me pasaba a menudo que el cerebro me jugara esa mala pasada de creer que mi hermana seguía con vida. Habían transcurrido casi tres años y eso era tiempo de sobra para superar la pérdida de una persona, aunque, al mismo tiempo, no era suficiente. ¿Cómo iba a sobreponerme a su muerte cuando cada vez que pensaba en ella recordaba lo injustamente que la habían tratado, si cada vez que aparecía su nombre en mi mente se despertaban los recuerdos de las palabras despectivas que la familia de Adam había pronunciado contra ella?

Como respuesta, vi a lo lejos las viviendas de varios pisos del Midtown, que contrastaban con los elegantes edificios del Upper East y West Side, que se elevaban hacia los cielos con fanfarronería. Muchos decían que era parte del

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