Una promesa de amor bajo la luna

Natalia Sánchez Diana

Fragmento

una_promesa_de_amor-3

1. Bajo la luz de la luna

Joseon, 1885

A pesar de lo bien que conocía el terreno, ya que lo había recorrido decenas de veces, no contaba con la pericia de su perseguidor, que se abría paso entre los árboles y seguía su rastro como si fuera un avezado cazador.

Y tal vez lo fuera.

Yeun tenía que averiguarlo por sí misma, porque eso le daba una posibilidad de escapar, ya que podía negociar con el pequeño botín que había conseguido (dos conejos que saciarían el hambre del más desesperado), así que, cuando llegó a un claro, detuvo su huida y giró el cuerpo hacia la profundidad del bosque, por donde sabía que él venía.

Alzó los brazos y esperó que la luna se pusiera de su parte y su rastreador viera sus ropajes masculinos, desgastados y claros, sucios y ensangrentados en demasiadas partes, y no se diera cuenta de que era una mujer. Deseó que lo confundiera con un joven que actuaba por la desesperación que había causado la prolongada hambruna.

También anheló que él mirara primero y disparara después, aunque eso ya era tentar demasiado a la suerte y lo sabía, pero, llegada a ese punto, tenía que aferrarse a la esperanza que había visto en sus sueños.

Contuvo el aliento mientras percibía los pasos aproximándose a la linde del bosque.

Tal y como imaginaba, él se detuvo, la contempló y luego avanzó hasta el claro, lo que le permitió descubrir sus costosas prendas. No era un cazador común y corriente, comprendió Yeun, horrorizada. Era alguien de la nobleza y a ella la había pillado en uno de los cotos privados del rey.

A pesar del miedo que la invadió, apreció que el tejido del hanbok que llevaba, de seda azul, resplandeció levemente bajo la luz de la luna, que redonda, baja y llena, se alzaba en el firmamento justo entre ellos. Sobre su frente lucía una cinta del mismo tejido y color que el resto de la vestimenta y llevaba el cabello recogido en un moño apretado sobre la coronilla. Cuando se permitió fijarse en su rostro, se dio cuenta de que no era la primera vez que lo veía, aunque sí era la primera ocasión en la que se hallaban frente a frente.

Su rostro había aparecido en uno de sus sueños, en una de sus premoniciones, tres años antes. Lo había visto junto a un joven, que lloraba desconsoladamente a su lado.

Días más tarde, hasta aquel remoto lugar, cerca de la aldea de Hahoe, llegó la noticia de que el rey regente había sido depuesto y que el príncipe heredero ocuparía el trono.

Y aquel joven de su premonición era alguien cercano al nuevo soberano de Joseon. Pero su visión no le había dicho quién exactamente.

Sin embargo, había sido incapaz de olvidar su rostro, los pómulos altos y perfilados, los alargados ojos negros, e incluso la peca que tenía a un lado de la nariz. La visión había sido tan real que se había sentido a su lado, contemplándolo a escasa distancia, demorándose en la expresión apesadumbrada que escondía bajo las pestañas, ya que, como era costumbre, no tenía derecho a alzar la cara ante el joven príncipe, a pesar de que este, ahogado en dolor y llanto, estaba incumpliendo el protocolo y se hallaba por debajo de él.

Ahora era ella quien lo tenía enfrente, por lo que pudo apreciar además sus hombros anchos, su porte gallardo y cierta aura tumultuosa que Yeun no comprendió hasta que él alzó el arco, la apuntó con una flecha y su hanbok azul ondeó por la brisa recordándole a olas embravecidas por una tormenta.

No era la primera vez que alguien la apuntaba. Y lo cierto era que, si él soltaba la cuerda del arco y dejaba ir la flecha, tampoco sería la primera vez que alguien disparaba contra ella. Su cuerpo tenía cicatrices desde su niñez, cuando escapó milagrosamente de los asesinos de sus padres.

Se había salvado en aquella ocasión y ahora también lo haría, porque Yeun lo sabía. Sus últimos sueños le habían mostrado demasiadas cosas: el silencio de muertos paralizados, manos grises, pasillos iluminados por faroles, seda y el emblema de una nube, que significaba ambición. También le habían mostrado peonías y crisantemos, que significaban salud y longevidad.

Segura de que viviría, habló por primera vez, empleando un tono de voz grave con el que pretendía engañar a su perseguidor.

―Lo siento, nari[1]―se disculpó.

―¿Sabe que ha irrumpido en una de las propiedades de caza del rey?

―No, no lo sabía, señor. ―Intentó sonar arrepentida, al tiempo que se dejaba caer de rodillas para suplicar clemencia―. Por favor, solo soy un muchacho hambriento que buscaba comida.

Había sido un invierno inclemente y despiadado en el que la nieve había matado a muchos animales por congelación o por inanición. Por suerte, Yeun y su halmoni[2] habían podido subsistir gracias a sopas con raíces, con alguna presa que ella había cazado y con algo de arroz que les habían dado en la aldea a cambio de las medicinas que ambas mujeres sabían preparar.

Creía que la suerte les había sonreído al encontrar aquellos dos conejos, pero ahora comprendía que quizá eran presas que habían soltado a propósito para una cacería de la nobleza, aprovechando que la nieve se había marchado y habían aparecido las primeras notas de primavera en los campos cercanos.

―Además ―siguió diciendo cabizbaja―, nadie se adentra en el Bosque de los Muertos, señor, por eso no sabía que estas tierras también tenían dueño.

―Todo Joseon libre pertenece a su majestad ―le replicó él con voz férrea.

―Tiene razón, señor. Perdóneme, por favor. Devolveré las piezas si me deja marchar ―dijo arrojándolas a un lado.

Notó las briznas de hierba entre sus manos y la arena húmeda bajo sus palmas y también que la brisa los envolvía y acariciaba las copas de aquellos árboles haciéndolos susurrar.

Yeun, entre uno de sus muchos poderes, poseía también el de entender lo que decía la naturaleza. Por eso percibió la voz tenue y vibrante de las raíces que fluían por debajo de ella, avisándole de un peligro.

Alzó la cara, pese a que sabía que era una ofensa ante alguien de una posición superior y que eso podía costarle la vida, pero tenía que calcular a cuántos li[3] de distancia se encontraba aquella amenaza.

―¿Cómo osa desafiarme? ¡Baje la cara!

Yeun fue capaz de percibir el sonido de la cuerda de su arco tensándose un poco más en un aviso peligroso que ignoró.

―¡Un tigre! ―exclamó entonces―. ¡Detrás de usted!

Aquel hombre dudó, pero el pánico que inundó su voz debió resultar convincente, ya que giró el torso, con el arco alzado hacia el corazón del bosque.

Yeun se puso en pie en cuanto reconoció el pelaje blanco y la silueta enorme abriéndose paso entre los árboles directo hacia su perseguidor.

Él dejó ir la flecha, que hirió de soslayo al animal. Todo el bosque se sacudió con el rugido de aquella bestia y Yeun sintió que su cuerpo se estremecía con el quejido angustioso de dolor de aquel tigre.

Pero también sabía que eso solo lo enfurecería aún más y que un animal herido era más peligroso todavía.

―¡Huya, nari! ―chilló al tiempo que echaba a correr por el claro.

Giró el rostro levemente, para verlo alcanzar otra flecha de su carcaj y dispararla contra el animal, errando el tiro. Ante el siguiente rugido de la bestia, aquel hombre le hizo caso y echó a correr detrás de ella, que conocía mucho mejor aquel terreno.

Sentía los pasos de él a escasa distancia, el resuello rápido de su respiración a la carrera, pero también las garras de aquella bestia clavándose en la tierra avanzando hacia ellos a pesar de la herida de su costado.

Yeun sabía hasta qué lugar tenía que llegar para ponerse a salvo y no tardó en alcanzarlo. Aquel prado se transformaba en un maizal que terminaba en un acantilado rocoso que se alzaba unos cuantos metros sobre el río. La única posibilidad que les quedaba para escapar era arrojarse a aquellas aguas.

Cuando llegó al borde frenó y se dio la vuelta, buscando al hombre de su premonición. Se lo encontró a unos metros, de nuevo tratando de herir a la bestia con el arco preparado.

―¡Nari! ―lo llamó.

Sintió el silbido de la flecha atravesar el aire e impactar en la carne del animal, pero supo que no lo había matado por el rugido que escuchó. A unos metros, bajo ella, percibió el rumor de las aguas que fluían veloces, consecuencia del deshielo que había traído el inicio de la primavera.

―¡Tenemos que saltar! ―le indicó cuando él llegó a su lado. Se permitió evaluarlo brevemente tan cerca como estaban.

Las mujeres y los hombres tenían prohibido estar a solas y ella, que vivía recluida junto a su halmoni, solía usar vestimentas masculinas para bajar a la aldea cuando necesitaban víveres o para vender las medicinas y las cataplasmas que elaboraban, y nunca había prestado demasiada atención a nadie.

Pero él era distinto. Era altísimo, mucho más que ella. Emanaba un aura poderosa y firme, levemente atormentada, y en aquel punto, justo bajo la luna, descubrió lo que ya había visto en su sueño, que sus ojos eran negros como la tinta.

―¿Se atreve a confiar en mí, nari?

Él echó un vistazo al maizal que habían atravesado y pronto vio que el tigre se hallaba a unos metros, rugiendo mientras trotaba hacia ellos.

Yeun aguardó unos instantes. Quizá a esa distancia aquel hombre quería lanzarle otra flecha y matarlo, pero entonces contempló su carcaj y descubrió que estaba vacío.

Así el único modo que tenían de escapar era arrojándose al arroyo.

―¡Vamos! ―exigió él.

Apenas unos segundos después, ambos saltaban al agua.

2. Bajo las luces de neón

Seúl, 2023

El cielo seulés se teñía con los colores de las últimas horas del atardecer. El barrio de Gangnam-gu estaba lleno de lujosos restaurantes, hoteles y clínicas estéticas. Era una de las zonas más concurridas de la ciudad a aquellas horas en las que la gente rica entraba o salía de las tiendas exclusivas de Versace, Chanel y Louis Vuitton, o hacían cola frente a las puertas de acceso de alguno de los clubes más selectos, donde bailarían y beberían toda la noche.

Kim Dani estaba acostumbrada a lo que veía en aquellas avenidas. Al desfile de mujeres perfectas, delgadas y pálidas enfundadas en prendas a la última moda; algunas de ellas saliendo recién retocadas de las clínicas, con los rostros vendados y grandes gafas de sol mientras sus sirvientes las conducían hasta sus flamantes deportivos estacionados indebidamente sobre la acera.

Por supuesto, sabía que no solían multarlas y que, si lo hacían, la cuantía para ellas sería algo a lo que ni siquiera prestarían atención, ya que esas mujeres siempre tenían a alguien que se ocupaba de las nimiedades relacionadas con sus fortunas.

Dani las despreciaba, pero no olvidaba que ellas eran su sustento.

Esas señoras ricas recurrían a los servicios de su familia cuando querían hacer peticiones a los dioses para que naciera su descendencia, para alargar la vida de sus esposos, para asegurarse de que un negocio iba a fructificar o para protegerse de la mala suerte.

Requerían de las habilidades de las Kim para medrar aún más en el mundo privilegiado en el que ya estaban.

Y a Dani no le parecía mal, siempre que sus dangol[4] cumpliesen dos condiciones. La primera era que aceptaran sin dudar la elevada cuantía de sus honorarios. La segunda, que no intentaran que ella se pusiera en contacto con los muertos.

A pesar de que era uno de los servicios más requeridos hacia las mudang[5], Dani prefería dejar a los espíritus fuera de sus asuntos.

Al menos, por ahora.

Su madre y también su abuela, chamanas de profesión, no tenían ningún tipo de problema en conectar a los vivos y a los muertos, y siempre insistían en que Dani tenía el poder de hacerlo.

Pero ella se negaba a realizar rituales de sinnaerim, de posesión, porque desde niña había sentido que no debía hacerlo. Que habría un castigo para ella.

Algo pendiente, de otra época, que arrastraba.

Se acercó a la puerta del club de moda llamado Heaven´s Gate y envió un mensaje. Pronto, la puerta se abrió y los dos guardias de seguridad se inclinaron ante una mujer de mediana edad que Dani conocía bien.

Era la secretaria personal de la heredera de uno de los mayores conglomerados empresariales del país, que se había convertido en una de sus clientas más asiduas.

―Señorita Kim, la están esperando en el reservado ―le indicó.

Dani hizo una leve reverencia y siguió a aquella mujer, ignorando las voces de protesta que provenían de las jóvenes que hacían cola en la fila frente a la puerta. Sabía, además, que su atuendo no encajaba con las normas de etiqueta del local, ya que lucía unas botas militares, unos vaqueros altos y una beisbolera azul y blanca.

No le pasaron desapercibidas las miradas de desaprobación que recibió por parte de las mujeres con las que se cruzó mientras ascendía una escalera que serpenteaba y se elevaba por encima de la pista de baile hasta el segundo piso, y que terminaba en un pasillo estrecho iluminado por luces de neón hasta una puerta en la que pudo leer VIP ROOM.

La secretaria Misoo abrió inclinándose para que pasara. En cuanto atravesó el umbral, varios olores llenaron sus fosas nasales. Perfume caro, sudor, tabaco, cuero. Con un primer vistazo evaluó la disposición del lugar. Era una habitación amplia, con unos sofás azules encarados a unas cristaleras enormes desde las que podía verse toda la planta inferior.

Sentadas o tumbadas mientras bebían o coqueteaban con varios hombres, reconoció a la flor y nata de la joven élite coreana, entre ellas, su clienta. La señorita Jin Taeri, que lucía un vestido plateado y una tiara.

Por lo que Dani sabía, estaba celebrando su vigésimo tercer cumpleaños. Por tercera o cuarta vez a lo largo de aquella última semana.

Eso era el privilegio. Uno de tantos. Celebraciones infinitas, siempre rodeadas de gente, advenedizos en su mayoría, que matarían a cualquiera que osara robarles su lugar.

Ese era el precio por estar cerca de los nuevos yangban, de la nueva aristocracia, que seguía gobernando el mundo como si aún siguieran en la época Joseon.

Una parte de ella odiaba lo que representaban: la injusticia de nacer con cuchara de oro mientras el resto de los mortales aún sentían el barro en sus bocas.

―¡Dani-ssi[6]! ―le dijo con cordialidad―. ¡Has venido!

Como respuesta, ella le hizo una reverencia muy pronunciada, marcando los límites entre ellas, a pesar de que aquella mujer se había dirigido a Dani tuteándola.

―¿Qué necesita de mí, señorita Jin? ―dijo cabizbaja.

―Quiero que me hagas una lectura de tarot ―respondió señalando la pequeña mesa que había frente a ella.

De reojo, Dani observó que el resto de las amigas de aquella joven le prestaban atención y la evaluaban sin disimulo, con las cabezas muy unidas y hablando en susurros.

Apretó los puños dentro de los bolsillos de su beisbolera para controlar su frustración y asintió, accediendo a la petición de su cliente.

Acto seguido, rodeó la mesa y se arrodilló frente a ella.

―Que alguien limpie esto ―ordenó la heredera chaebol.

Pronto, las manos ágiles de la secretaria Misoo apartaron vasos, copas y ceniceros, e incluso alguna pequeña bolsa con anfetaminas de la que Dani fingió no darse cuenta.

Luego, con la misma eficiencia, esas manos pasaron un paño por la mesa, para que Dani comenzara su ritual.

De uno de los bolsillos interiores de su chaqueta extrajo una bolsa de seda con un rododendro bordado que siempre llevaba encima. Era una reliquia familiar para guardar las cartas del interior. Por lo que le habían explicado, ambas cosas debían ir unidas y no debía perderlas nunca.

Hasta ahora, Dani lo había logrado. Sentía un especial aprecio por aquellas cartas, dibujadas a mano por su tatarabuela durante la ocupación japonesa de Corea y que Dani eligió por sí misma cuando cumplió un año e hicieron el ritual de doljanbi[7]. Como hija y nieta de chamanas, podría haber elegido cualquier otro mugu[8], como campanas, cuchillos, abanicos o un tridente, pero sus manitas eligieron el manojo de cartas sin dudar. Pronto aprendió a leer el destino que contaban y ahora, diecinueve años después, era una experta tarotista que no solía errar en sus predicciones.

Primero colocó el manojo boca abajo sobre la mesa, frente a Taeri. Ella debía ser quién transmitiera su energía a las cartas, que dejara las emociones y la impronta de su corazón en ellas.

―Coloque primero su palma izquierda ―explicó Dani. Cuando su cliente obedeció, añadió―: Y ahora, cúbralas con su mano derecha. Tiene que concentrarse.

En ese momento, la puerta del reservado se abrió y Dani sintió un estremecimiento que recorrió toda su columna vertebral.

―¡Kang oppa! ―exclamaron al unísono las mujeres que la rodeaban.

Sus ojos buscaron a los recién llegados, porque necesitaba comprender qué acababa de suceder. Eran todos hombres, pero ella solo vio a uno.

Toda su atención fue para él. No solo porque era más alto que el resto de los presentes ―ya que rozaba el uno noventa― ni se debió al brillo de los neones en el traje negro hecho a medida que llevaba ―con un cuello muy pronunciado en la prenda de abajo, lo que dejaba ver una franja triangular de su pecho y un colgante que se perdía bajo el tejido― ni por el rostro ovalado y perfecto que tenía.

Era por el aura que transmitía y que Dani le recordó a una tormenta. Fuerte y poderosa.

Cuando él deslizó la mirada por la sala y la centró en ella, se le puso de punta el vello de los brazos y sintió que el corazón hacía una extraña sacudida de advertencia mientras una visión se abría paso en su mente.

Enemigo, peligro, llamas. Y el filo de un cuchillo en su cuello.

―Así que esta es la chamana de la que todo el mundo habla ―dijo él con una voz masculina que sonó melodiosa, a pesar del deje irónico que coló entre sus palabras.

―Sí, oppa ―respondió Taeri sonriéndole coqueta―. Su familia ha asesorado a la mía y siempre la consulto cuando hay algo que deseo saber.

Él bajó la cara, esbozando una media sonrisa ladina. Dani lo contempló rodear el sofá y tomar asiento junto a Taeri, sin dejar, no obstante, de contemplarla a ella.

No era la primera vez que lo veía, ya que s

Suscríbete para continuar leyendo y recibir nuestras novedades editoriales

¡Ya estás apuntado/a! Gracias.X

Añadido a tu lista de deseos