Dos caudales del mismo río
Notas de la autora a esta edición
Escribí Pichonas, la primera novela de esta trilogía, en 2014. Hoy, a inicios de 2024, habitamos un mundo hirviente en el que —algunos más que otros— empujamos los límites planetarios en jugadas de desprecio por todo lo vivo, y es en este claroscuro donde salen los monstruos con la promesa de restablecer el Orden. Sin embargo, aunque el Orden quiera endurecerse, seguimos perdiendo hueso del fundamento civilizatorio, se resquebraja, y eso duele. Ya no existe la previsión de la flecha del tiempo, y ante los eventos extremos que se multiplican surge la nostalgia de la comodidad, aunque traguemos demasiados alimentos llenos de petróleo, bebamos millones de litros de agua contaminada y respiremos veneno cada día. Tenemos, por primera vez, una crisis que pone en peligro a todas las especies, y el Antropoceno aún no nos da vergüenza.
El binarismo siempre es daño. El gesto de dividir lo que está bajo el mismo cielo es daño. Cultura/Naturaleza (inferior y caótica) enfrentadas, incluye Tecnología/Naturaleza como signo epocal. Mente/Cuerpo; el dominio de uno sobre otro trajo el patriarcado opresivo y criminal sobre las mujeres (inferiores y caóticas). Pero es el binomio Orden/Caos el que subyace, como también el que los pone en movimiento. En esta transición hacia la inestabilidad que suele llamarse colapso lo que colapsa es la estabilidad de sistemas obedientes a las instrucciones de cada civilización. El realismo capitalista ordena la imaginación como si después no hubiera nada. Y empezamos a tomar nota de que esta civilización eléctrica —petrodependiente— no era la secuela del paraíso. Todo parece tomar el signo del Caos. Sin embargo, somos vivientes inciertos ensamblados en un sistema caótico inestable que habitan un planeta que gira a 1600 kilómetros por hora; entonces ¿del otro lado del Orden está el Caos dinámico, o es todo oscuridad?, y el Caos, ¿es solo vacío y locura? El Caos es anterior a todo lo que existe y es también un espacio que se abre. Según Ovidio, en Las metamorfosis, se siente como “una masa cruda e indigesta, un bulto sin vida, informe y sin bordes, de semillas discordantes y justamente llamada Caos”. Sin embargo, cuando las divisiones tajantes caen y el Orden en apariencia irreductible se desarma, es mucho lo que queda: divergencias que conviven y otras leyes profundas de la inteligencia de la Tierra se dejan ver en la hendidura del Caos. Abrazar el caótico mundo actual, abrazar la Naturaleza caótica, no necesariamente lleva a más caos; podremos intentar una narrativa según la cual del Caos ha surgido el cosmos, tal como lo expresa la cosmopolítica. Y sin invocar el Orden de un reloj descompuesto.
Si queremos narrar este mundo trastornado, ningún género tiene tanta libertad para la especulación y para la crítica como la CF (uso esta sigla como abreviatura de ciencia ficción), englobando new weird, fantástico y todos los flujos literarios que se escapan del mundo mimético, zonas literarias que subvierten “las categorías que hasta ahora nos servían para dar sentido al mundo” (Mark Fisher). También los aliens, los monstruos, vienen a sembrar interrogantes acerca de quiénes son los monstruos en nuestra historia inestable. La CF explora tecnohechos como los cyborgs o la IA (inteligencia artificial generativa), pero sobre todo la imprevisibilidad de atravesar un umbral por fuera del control de sus entrenadores, pone en cuestión qué es la inteligencia. ¿Qué está sucediendo ahí, en la interfaz de las redes neuronales orgánicas y las redes neuronales inorgánicas? La IA, como una hija natural, va a seguir su propio destino, pero va a recordar todo sobre nosotros en su memoria artificial, para devolvernos su propia representación del mundo, tal vez la de un mundo corporativo, escenas que devienen fuente de lo real. Pero ¿qué hacemos con los vivientes que fueron borrados de la historia? O tal vez sí articule una restauración en la interacción entre vivientes y máquinas de manera cooperativa. Si el futuro será de los vivientes o de las máquinas o de un estado fundente, híbridos entre caparazones y materias internas tal como Ortega y Gasset habla de las relaciones íntimas con lo que llamamos objetos, es una especulación de la CF que atraviesa toda una biblioteca de filosofía marginal.
La CF desordena todo, colapsa el tiempo y descentraliza a los vivientes humanos, tal como lo ve la caótica: el mundo ficcional se complejiza para que surjan metáforas turbulentas e irregulares, impredecibles. La CF es la narración sostenida del Caos, que no es más que la realidad del universo natural.
Cuando esta puesta en abismo sucede dentro de un sistema ecológico, en el sistema de relaciones de un superorganismo planetario como la Tierra, ocurre en narrativas de ciencia ficción climática (clifi), donde los agentes geológicos antrópicos (nuestra especie) alteramos el sistema Tierra ligados a la acumulación de bienes, al extractivismo colonial, el desplazamiento de comunidades originarias, guerras que esconden demandas energéticas y ecocidios que recién comienzan a ser atendidos como genocidios interespecies que provocan eventos extremos. Los cuerpos (cuerpos de agua, piedras vibrantes, animales y vivientes humanos, toda la botánica) como valores de uso de bienes vivientes, una reificación material monetarizada, son parte de ese universo narrativo donde les autores de clifi estiran su imaginación, a veces en ficciones más complejas donde las distopías viran en el último instante a la utopía, y viceversa.
Entonces, si la CF copia el caos en su procedimiento, la CF climática encuentra en la Naturaleza caótica su inspiración. Donde preocuparse por la Naturaleza es perturbar a los autómatas del mundo.
Clifi, ciencia ficción climática, es un término acuñado por Dan Bloom, periodista y editor, para describir el subgénero literario de la ficción climática. Es una literatura donde se disputa la idea de futuro. La utopía de regeneración como el solarpunk, la distopía o ucronía, que refunda la historia, como crítica es siempre social, y lo social es político, y lo sociopolítico es ambiental. Para la ciencia ficción de crímenes climáticos surgió crimate, acrónimo para narraciones donde los gobiernos y las corporaciones empujan la crisis climática porque obtienen inmensas ganancias. Puede ser un genocidio climático provocado por la insistencia en la carbonización, suspendiendo los derechos de los pueblos a vivir bien. La CF latinoamericana revisa la historia extractivista y de colonización. También aparecen ficciones neoindigenistas, afrofuturistas o interespecies, de tradiciones locales donde las plantas sagradas toman la palabra con metáforas vivificantes para un cosmos orgánico. Podemos descolonizar el futuro, ya que el futuro es ancestral, como dice Aílton Krenak.
En la Trilogía del agua, siguiendo los rastros de futuro que transcurren en el mapa de la cuenca del Paraná de norte a sur, desde el inicio, en Pichonas, reproduje el gesto de dividir —que tanto daño hace— al imaginar a las protagonistas Juana y Andrea como dos cursos de agua que parecen no encontrarse nunca. Sin embargo, los ríos no se bifurcan, confluyen.
Cuando escribí El Rey del Agua (2016), ya viviendo en Tigre, sumergida en el cuerpo de agua marrón como un cuerpo más, entendí que en el corazón de toda disputa está el agua dulce. Es la sustancia viscosa y despierta del origen y tal vez del final de la vida en el planeta. Lo que el agua hace no lo sabe nadie, solo sabemos lo que nosotros le hacemos al agua. Y se nota enseguida. Somos una civilización hidráulica, y otras civilizaciones ya cayeron por el abuso del agua dulce. Es la clase de distopía de las últimas consecuencias. Signos siniestros del presente, que se estiran a desastres inminentes. El agua es anárquica y sagrada, y la crisis actual y futura es la crisis del agua. Son las lágrimas del mundo.
Como especie capaz de imaginar cosas y sostenerlas en el tiempo, tenemos el don de la metáfora para una visión del mundo y hacerla efectiva. Fue en El ojo y la flor, en 2019, donde me pregunté cuáles son las metáforas que operan como superíconos de la conciencia colectiva que han determinado esta lucha de garras y dientes, y los binarismos trágicos. ¿Si cambia la metáfora cambia la vida? ¿Cuál será la próxima?
El Caos creativo genera divergencias mientras se disparan conexiones. El miedo al Caos perpetúa el Orden fosilizado. Podemos visionar otros mundos, no solo como mapas mentales, sino mediante “sueños efectivos”, como narra Le Guin en La rueda celeste. Pero si estamos soñando en sentido opuesto creando un devenir de terror, un mundo cuya felicidad resulta de la anulación del otro, quiere decir que la distopía, ese mal lugar, está en el territorio de nuestra mente. La Tierra no es un mal lugar, la volvimos un mal lugar. Si la Tierra abriera la boca diría que confundimos relación con dominación.
La Naturaleza caótica puede limpiar las heridas con lluvia. Sin embargo, para mundificar hay que desordenar los casilleros y dar de nuevo.
Los Bajos del Temor, Delta del Paraná
La Naturaleza se ve tan desnuda como ella. Tiene ante sí ese barro burbujeante y sus pequeños habitantes. Cangrejos corredores y mojarras vivas en los charcos. Aún permanece dentro del barco, la prolongación de su padre que fue su historia. Aunque ha transcurrido la noche y el día que comienza, Tigre se vuelve antiguo para Andrea, como si nuevamente pasara de moda, luego de los años en que el impulso sarmientino se volviera para otros imposible de seguir: ni la madera ni las frutas, ni la vida, habían sido allí para cualquiera. Tampoco para ella.
Atrás quedaron los perros, perros que ahora serán sus propios dueños. Aún ladran de orilla a orilla, pero pasan los días y alguno se anima a cruzar. Inician el trote en el lecho del río moviendo la cola, suben y bajan por las escaleras de los muelles con botines de barro. Se diluyen para ellos los territorios de los hombres, no les importa quién es el propietario, son una jauría en un mundo olfativo. Circulan uniendo la isla.
Andrea sabe que el monte blanco tomará su casa y las polillas negras depositarán allí sus huevos. Pero no quiere comerciar, negociar con la casa, porque sería llevarla a cuestas. Te dejo atrás, dice, señalando la boca del Delta. Una entrada franqueada por la fuerza antigua del agua, que sufrirá ahora la avanzada vegetal hasta cerrarse por completo. Deja atrás el testimonio de una época, a la que ella fue arrastrada pero nunca estuvo del todo presente.
En un momento sentirá frío. Una de las ventanillas de la cabina no cierra, y nunca tuvo puerta. Es apenas una cáscara, una media cabina que cubre un tramo corto de proa, insuficiente para acostarse o guarecerse del Pampero que ya se desata.
Ese viento chupa el río, lo vaciará aún más. Parece que será un Pampero sucio, seco, sin lluvia. El día es aún sofocante, aunque el cambio de temperatura y de luz será muy rápido. Andrea lo sabe, desde la vez en que el viento sur los atrapó con su padre y ella tuvo que esconderse debajo de la misma lona áspera. Después de ese viento fuerte y breve, el sol se verá magnífico, naranja.
Comienza a desenrollarse el cigarro de nubes. Este viento frío de la Antártida se suelta y reemplaza la atmósfera cargada de insectos. Barre las babas del diablo con su voz desafiante: ¡Al barro, al barro!, dice. Se apoya en uno de los flancos. Mira bien la sustancia que predomina: ese extendido marrón parece vivo. El vértigo de esa voz suelta en el viento la empuja en el estruendo del Pampero.
Levanta una pierna por sobre la baranda del barco. Y ante ese barro, que es la primera acción del mundo, presiente que en el minuto siguiente ocurrirá la primera acción de su vida. Un primer paso en los sedimentos y su pie quedará cubierto. Y ya no va a detenerse.
Pichonas
Pero ¡Dios mío, qué extraña metamorfosis se había operado en los rasgos de mi anciano padre! Un dolor violento y terrible parecía haber cambiado la expresión honesta y leal de su fisonomía, que se había contraído de forma satánica.
E.T.A. HOFFMANN, El hombre de arena
Maschwitz, Escobar
Andrea observó los brazos de Jorge. Se flexionaban como dos aletas a los costados del cuerpo, los puños se apretaban en su cintura. Mantenía el torso ensanchado, el mentón erguido. Listo para continuar dando órdenes desde su altura. Esa postura hacía más evidente la diferencia: el jardinero, que esperaba sus instrucciones, no medía más de un metro cuarenta. Odió a Jorge por no agacharse un poco, por no encorvar su espalda para acortar las distancias, y se preguntó si aquel junto a quien respiraba cada noche era humano.
A ella le hubiera gustado que el jardinero juntase las hojas en montones ocres y amarillos y que esos montones desaparecieran de su vista consumidos en piras de fuego húmedo. Pero al ver a Jorge con esa actitud arrogante, y las suelas de los botines de cuero enterradas entre las hojas secas recordó que, en su cosmogonía, las hojas eran comida. La descripción de lo pútrido que él había detallado en más de una ocasión le recordaba el mundo oscuro donde se sentía hundir de a poco, una vida ciega en la que comenzaba a olvidarse del aire y de la luz.
En Maschwitz la tarde comenzaba a caer. Andrea quiso entrar a la casa, pero apenas amagó con regresar la luz del sol, que se ponía en el fondo del parque, se concentró en el hueco de una nube plomiza. Todo había cambiado de color. Jorge parecía una estatua pulida; el jardinero quieto y a un lado se veía gris y húmedo, enmohecido. Esa luz es demasiado brillante, pensó entrecerrando los ojos, intentando ajustarse a la luminosidad. Al mover la cabeza para abarcar el paisaje vio pasar una cinta de fuego. Pensó que el día no se medía en tajadas iguales. Cuando el sol estaba en el cenit tenía que masticar lentamente las horas. Ahora, en cambio, se precipitaba hacia el final.
—Las hojas se dejan en el suelo —ordenó Jorge al jardinero con esa voz que la lastimaba.
Andrea abrió la mano con disimulo, dejó caer las hojas maceradas que había levantado, se secó la palma en el pantalón. Resignó su plan de liberar la dichondra fresca, ese césped de tallos enredados y hojas redondas que crecía debajo.
Jorge era un hombre bien terminado. Se notaba en el encastre del cuello con el torso: dos cuerdas abultadas hechas de músculos torneados que se perdían adentro de la camisa. Andrea tenía buen tamaño, pero en esos días no se sentía más que un animalito doméstico bien alimentado. Buscaba algo amable para decir cuando él quebró el paisaje repitiendo al jardinero que no perdiera el tiempo levantando las hojas.
—No tengo más instrucciones —agregó, poniendo fin a la jornada del empleado.
Andrea tragó la saliva con un dejo amargo que silenció su protesta. El sol volvió a capturar su atención dejando su cuerpo distraído. Notó que el hombre pequeño se retiraba y caminó un paso acercándose a ese raro atardecer. No veía a Jorge, aunque percibía el halo tibio que emanaba el cuerpo a su espalda. A pesar de la ausencia amorosa entre ellos, intentó suavizar su ánimo. Sus cuerpos jóvenes sobrellevaban una inapetencia de ancianos. Ahora, la cercanía la volvía disponible a una mano, un beso. Un rubor húmedo aplacó su enojo.
El calor aún entibiaba, aunque el otoño encauzaba la tarde hacia temperaturas mucho más bajas. La luz radiante del sol le dañaba los ojos, bajó la mirada y distinguió los anteojos oscuros entreverados entre las hojas, pero se quedó quieta.
De pronto, el tragaluz entre las nubes la sorprendió al disparar un único haz refulgente que la encandiló. ¿O era un reflector escondido detrás de las plantas lo que modificaba la luz? No podía saberlo. Estaba inmóvil como una coneja obnubilada, expuesta a que la arrollaran. En ese preciso instante, el brazo de Jorge la acollaró con fuerza. Andrea no podía mover la cabeza. Sintió cómo la radiación desencadenaba un espasmo en su vista. Luego de unos minutos, el sol ya desaparecía deformado en el horizonte. Jorge la soltó tan bruscamente como la había estrechado. Recuperándose de la sorpresa, giró con rabia para gritarle sos un animal… Pero su furia se enroscó en una espiral que la golpeó con la sorpresa: Jorge hablaba otra vez con el jardinero, que se encontraba en igual posición que antes, escuchando las mismas órdenes. La repetición de la escena le produjo náuseas; con las retinas fatigadas, vio los cuerpos de un color negro macizo, pequeñas luces destellaban. Volvió a sentir un espasmo en los ojos y temió no poder volver a cerrarlos. Envuelta en el vértigo del giro brusco, retrocedió trastabillando, pero la distancia no redujo las figuras. Más bien parecieron dilatarse con cada respiración. Entonces vio la boca de Jorge —un hueco oscuro— que gesticulaba palabras y, mientras la señalaba, indicó al empleado que le cortara el cuello.
Se alejó sin darse vuelta. Tenía los párpados trabados bajo las cejas y la impresión grabada en las retinas: dos figuras negras en las que podía distinguir a Jorge haciendo el gesto filoso. Los contornos se estiraban y las señales profundas que su memoria podía resolver se volvían cada vez más ambiguas. Esas imágenes podían esconderle el mundo real para siempre. Oscureció de pronto. Corrió hacia la casa desconfiando de que fuera un lugar seguro.
Mientras desandaba el camino hacia su vivienda, el jardinero consideró ocuparse de sus pies humedecidos antes que nada. Cruzó la arboleda que separaba su casa de la principal con el apuro de sacarse las botas de goma. Se me cocina la carne como en un estofado, tengo los dedos blanquecinos como guiso de grasa, como los jirones de cebo que fritaba mi puta vieja en Colanzulí, pensó. Correteó unos pocos metros más y la oscuridad lo ocultó.
El serpenteo de sus pensamientos acompañaba el andar un poco patizambo, siempre atento a no dar un solo paso fuera del sendero. Jorge es mi emperador, él marca el final de mi jornada; además todo el día fui bueno, sin un minuto robado, sin ninguna travesura, ningún provecho para mí. Su cabeza oscilaba entre Andrea, las hojas, la orden que había dado el jefe, y volvía a adelantarse al momento de liberar sus pies y voltear las botas negras para que unas gotas de sudor se derramaran sobre la asadera oxidada que dejaba al lado de la puerta. Eso y una cena rápida eran los preliminares antes de irse a la cama.
Al llegar a la vivienda, se detuvo. La luz del farol iluminaba la tierra oscura del sendero recorrido esa tarde, como un sinnúmero de veces en esos años. La rozó con la suela de la bota, ni una brizna de pasto se atreve a crecer, ya no asoman de la tierra bien pisada. Se dio vuelta y orinó sobre su rastro; las últimas gotas amarillas se deslizaron empolvadas por la ligera pendiente, la huella de Eduardo Alcuaz… mi marca en la tierra.
La tela gris que recubría el interior de las botas de goma estaba desgarrada y le escocía el talón, pero le recordaba que estaba vivo. Se enfocó en el placer que le causaba ese pequeño sufrimiento; después, al sacárselas, llegaba el alivio. En esas dos o tres horas antes de acostarse, se creía a salvo de que lo sorprendieran en alguno de sus descuidos. Cuando estaba solo se aniñaba, gimoteaba un poco, imaginaba la vaca que ordeñaba cada mañana. Puta, putona, le decía al animal, te voy a sacar toda la leche, mientras apretaba los pezones tibios. Una vez liberados los pies, cada dedo comenzó a moverse por separado. Imitaba a su madre que también tenía esa habilidad. Cuando pensaba en ella, veía sus plantas callosas del tamaño de un pie infantil asomando de las frazadas —se quejaba de sufrir calores— y los dedos desnudos, ventilándose en la intimidad del dormitorio. También la oía decir —mientras su mirada reseñaba el cielo— que la culpa no existía, ni en su casa, ni en el pueblo. Sin embargo, en ese mismo crepúsculo, algo sí había sacado a Eduardo del sendero e interrumpido sus planes con una travesura. Al retomar el camino sus pensamientos habían vuelto sobre el surco de la culpa y la redención.
Un tazón de leche con crema espesa, jamón y pan. Esa sería toda su cena.
Jorge esperó en el parque un poco más, y ya entrada la noche, emprendió el camino hacia el galpón guiándose con el haz de luz de la linterna. El triángulo encendido iba iluminando formas que aparecían y desaparecían. Un hueco en un tronco rugoso, un eslabón grueso hundido en el pasto, un poste estrangulado por un alambre. Cosas que estaban ahí, pero que la oscuridad volvía invisibles. Lo único que se oía era el gorjeo de las palomas mientras se acomodaban para dormir en las palmeras. Entró al viejo edificio. El foco colgante hizo destellar la caja metálica y alargada con instrumentos que hacía tiempo no se utilizaban, y luego iluminó el cuero del asiento de la cortadora de césped, lustrado por el roce continuo de los pantalones del jardinero. Llevado por un impulso, alcanzó la máquina y se arrodilló. Dejó la linterna en la tierra seca. Con los codos apoyados sobre la butaca mullida, comenzó a confesarse en voz baja. Recordó las palabras de su amigo Martín, con quien se había encontrado unos días antes. “Estás fantástico, te felicito, seguí así”. Entre tanto le palmeaba la espalda. Después lo había soltado.
Estimulado por las palabras de su amigo, creyó que lo había incitado, no ya al cuidado del aspecto, sino a seguir así, a seguir con su tarea. Abandonó la genuflexión del rezo sintiéndose elevado a la categoría de efigie. Se paró de un salto. Un vigor creciente, que ascendió por sus pantorrillas desde la tierra suelta del cobertizo que nunca recibía el sol, músculo por músculo, avivó las convicciones que lo apuntalaban. Libre de volver a su casa repitió una vez más en voz alta, imitando la voz de Martín:
—Seguí así.
Un sorpresivo chaparrón lo demoró. El repiqueteo de gotas de lluvia sobre la cubierta de chapa capturó su atención. Sujetó un mazo del mango para seguir el ritmo, uno que creyó escuchar. Comenzó golpeando la cortadora, luego la pared y, cada tanto, sobre un tambor de aceite. Pronto la tensión se concentró en el brazo. Azotó el contenedor, descargó su fuerza hasta magullar el metal, hasta quebrarlo. El aceite se derramó en un charco de agua que se volvió tornasol a la luz de la linterna.
Si alguien me viera en cuclillas, encajada entre el inodoro y el bidet, seguramente creería que estoy loca. Pensamientos como este llevaban a Andrea a generalizar: todos parecemos locos si nos ven cuando estamos solos. Su padre, cuando era una nena, recurría al Libro de los proverbios para calmarla; transformaba sus inquietudes en algo que fuera igual para todos. Pluralizar la tranquilizaba.
Había entrado a la casa con los ojos encandilados. Apenas divisó la puerta abierta del baño de visitas formada por líneas rotas y chispas coloreadas se encerró girando la traba, que solo podía abrirse desde adentro. Intentó acomodarse el pelo frente al espejo que cubría una de las paredes del minúsculo baño como si esa costumbre pudiera devolverla a su vida corriente, pero tenía la sensación de mirarse a través del agua. Sintió que sus ojos ya la olvidaban. Se censuró con la voz de su hermana. Ella siempre criticaba su pelo tan corto y también que enfriaba con sus famosos proverbios todo lo que pasaba. En ese momento se dio cuenta de que Juana aún no había confirmado y el asado era al día siguiente. Entonces rogó, apostó, pidió por favor que Juana viniera mañana, necesitaba la claridad de otros ojos, los ojos de su hermana, para que le dijera qué era real. Mientras su ánimo se iba apagando se preguntó ¿habrá asado, habrá mañana?
Sentada sobre el piso frío en el perímetro de dos pasos, estiró la imaginación, alcanzó los lindes del parque y más lejos una cocina iluminada y alguien ordinario, que solo está yendo a la cama. Solo está yendo a la cama.
La tormenta, que comenzó con el sonido de gotas gruesas, le hizo evocar los chasquidos del agua en un recuerdo asustante a la vez que de amparo: ella, una nena, flota sola en una embarcación en el vasto caudal de un río que se ondula con la estela de los botes a motor, pero la suya no avanza, está siempre en el mismo lugar.
Antes de abandonar la lancha, su padre, como en un juego forzado, había levantado una lona acartonada con aureolas de moho que Andrea había visto doblada y la sostuvo para que ella se metiera debajo. Él aún está cerca y, aunque no puede verlo, le cuenta el final del juego. Recuerda la gravedad de su voz mezclada con esos chasquidos suaves y rítmicos del agua, cuando se trataba solo del pulso del río, pero que se descalabraba cuando pasaba una embarcación. Le dice que los juegos existen porque tienen reglas, y ella piensa que existen porque son divertidos. ¡No las rompas!, le ordena o ruega. Nada debe hacerse por fuera del juego: “Silencio, inmóvil, aunque rompan el aire unos ruidos en ecos sucesivos. Estás en tu casa de agua y el agua te cuida”. Así, dentro de la carpa húmeda, en la lancha amarilla, el mundo es oscilante y auditivo. Andrea siente la inclinación de la “casa de agua” cuando él se baja, y agradece a ese río porque puede contar las brazadas de su padre hasta alcanzar la orilla, ya que el agua se perturba cuando un cuerpo nada. No son tantas.
Sintió ahora el sonido de las gotas de lluvia dentro del tejido de su cabeza: el agua que amenaza, el agua que cuida, su casa de agua, aunque estuvo en peligro. ¿Está en peligro? Su padre se había deslizado en el río marrón, el Rama Negra, en Tigre, para dejarla sola en el barco hasta alcanzar la orilla, y ella quedó a la espera de los sonidos fuertes que harían eco en el río.
En su ánimo ondulante, a medida que Jorge se había transformado en un desconocido, entiende que tuvo el amor, pero también el horror, por guía.
Creyó ver a su hermana en la popa aquella vez, sentada cerca del motor. Sabía que no podía haber estado allí, en aquel acto desesperado en el que su padre la dejó desprotegida. Le pareció recordar que el viento rugió de golpe y Juana había intentado sujetar su pelo largo que flameaba y le golpeaba la cara. Se revolvió incómoda desequilibrando la lancha hasta que se afantasmó. Así Andrea quedó otra vez sola, inmóvil en el río quieto. Volvió a asaltarla el miedo de que no viniera su hermana. La respuesta pendiente, una respuesta incómoda para Juana que nunca podía, o no quería, hoy escalaba en importancia.
La mano bruta de Jorge rasgando el aire delante del cuello se fijó en su memoria. Andrea tapó sus ojos presionando con las palmas cerradas como si fuera la carpa de lona que contenía su llanto.
Las dos hermanas tenían nombres de etimología firme, pero de aplicaciones confusas. Andrea derivaba de andros, “varón fuerte, valiente”. Juana, si se lo comparaba, podía parecer simple; sin embargo, Ciella, la madre, explicaba que Juana significaba en hebreo “gracia de Dios” y bromeaba señalando que era también: “hacer gracia”.
Andrea y Juana cumplían su destino bautismal. A partir de la llegada de Juana, la segunda hija de la pareja, Ciella volvió a actuar. Juana nació con un libreto bajo el brazo, comentaba. La llevó al teatro con ella desde que era una beba. Cuando se estrenó La novia de arena, obra en la que tenía el papel estelar, Juana, con cuatro años, se volvió la muñeca de todo el elenco haciendo sus gracias en el camarín. Decían que era puro vestido al sujetarla de la cintura para acomodarla entre las pinturas y los polvos. Se podían sentir los huesos sin carne, no pesaba más que uno de los bolsos que cargaban para llegar al teatro. Ciella intentaba mantenerla siempre a la vista; tenía la sensación de que alguien podría llevársela. Durante las cuatro temporadas que duró la obra en cartel, Juana imitaba a Ciella cuando ensayaba, repetía los diálogos mientras jugaba con su oso.
El nombre Ciella provenía de celare, ocultar. Sergio Blanco, profesor de Letras en la universidad, la apodó Ciella por Celia cuando advirtió que ella redoblaba el esfuerzo diario de esconder todos los objetos de la vista. Quería ocultar lo íntimo, de puertas adentro, como si en las tazas, servilletas, ropa sucia, o hasta en un reloj despertador en la mesa de luz, hubiese señales que no debían ser advertidas; nada que revelara asuntos de la familia. El frente de la casa tenía impresa la intemperie, no permitía que la pintaran para crear la ilusión de que allí no vivía nadie. Hacía las compras en otro barrio y, obligada por la errática vigilancia —en autos o a pie— que Ciella pensaba que la familia sufría, convenció a Sergio de llevar a las chicas a un colegio distante. Escondía el nido de posibles predadores.
En los minutos de inquietud previos a la primera función, mientras ordenaba febrilmente el camarín que ocuparía los siguientes cuatro años, le dijo a Juana que conversara con su oso, al que le había pegado plumas y cosido retazos de telas que le daban en la sastrería del teatro. Antes de salir al escenario, consciente de que no la vería durante la primera mitad de la obra, evaluó esconderla dentro de un ropero para que no estuviera a la vista. Finalmente, solo insistió en que se mantuviera quieta, ¡quieta!, insistió, allí en donde la dejó, sobre un par de almohadones de terciopelo marchitos en los que dormía de a ratos. Juana extrañaba a su hermana, pero Andrea nunca conoció ese camarín.
En el elenco había un enano que, según el libreto, era parte de la tripulación del naufragio y aparecía trayendo un oscuro vaticinio ante Ciella —una Ofelia del Riachuelo— desde el fondo del mar. Entre actos, el mismo actor, que evitaba a los otros miembros del elenco, visitaba a Juana. Siempre llevaba algo que los demás descartaban: envases plásticos, trozos de tela, pelos de escobillón. Juana alargaba la visita haciéndolo hablar. Él tenía una forma de conjugar las palabras que le daban risa: la menudencia sale por el culo del pollo, el cuello es pinchudo y ensangrienta la panza dura y el corazón; mientras, sostenía su mano y adjudicaba un órgano a cada dedo. Lo veía controlar la hora en un reloj en la pared y en cierto momento desaparecía sin despedirse. Juana repetía las groserías delante de su madre, pero en la mezcolanza de personajes ella no le prestaba atención.
Cuando no había función, acostumbrada a horarios tardíos, no le era fácil dormir. Imaginaba que el sueño estaría más adelante y que lo alcanzaría a medida que pasaran las horas. Recién lograba atraparlo en la madrugada, cuando el ligero resplandor atravesaba las persianas y la tranquilizaba. Obligada a jugar en silencio para no despertar a su hermana, la miraba, quieta, como le había indicado su madre.
Una mañana, Juana buscó detalles en la penumbra. Se fijó en los mechones cortos y fuertes; tocó la boca abierta y laxa de Andrea donde un diente se encimaba con otro y los comparó con los dientes parejos en la suya. Estudió los dos pequeños lunares oscuros que tenía su hermana en la piel de los brazos y luego buscó los propios. Esa noche, cuando volvió al camarín, eligió un delineador negro y se pintó los dos lunares. Al verse sola ante el espejo, se puso seria: le pareció inútil tener una hermana.
Andrea, desde muy chica, maniobraba sus sentidos para obrar como un varón. Palpitaba junto a su padre el resumen del fútbol y, a continuación, las noticias decapitadas que lo dejaban a él murmurando desgracias mientras subían juntos las escaleras. Se besaban, y antes de las diez de la noche cada uno estaba en su cama. Al día siguiente salían temprano, Andrea para el colegio y su padre a dar clases en la universidad.
En el silencio de la casa, con las cortinas cerradas, las otras dos integrantes de la familia quedaban durmiendo hasta el mediodía envueltas en el aire espeso de ambientes que no se ventilaban. Juana demoraba en despertar. La madre hacía rondas a cada rato y después de guardar todo lo que estuviera a la vista giraba una a una las pequeñas llaves de las alacenas, el ropero, el botiquín. Desvestía la mesa para dejarla sin ningún adorno encima. Los libros de Sergio y los suyos propios permanecían —hacía ya tiempo— en dos grandes cristaleros que volvían difusos los títulos detrás de los cortes en bisel. Su padre había insistido para que no se deshicieran de ellos.
Ciella y Juana desayunaban juntas. Sus diálogos eran el ensayo de los personajes. Juana le daba pie:
—No aguantabas más, ¿no? Todavía no estás acostumbrada.
La madre contestaba:
—Me di perfecta cuenta de que no me palparían el hígado. Querían ignorar mi magnífica cirrosis.
Repetían el mismo párrafo hasta que Ciella se sentía convincente. Finalmente, la acompañaba hasta el colegio, al turno de la tarde.
Las hermanas crecieron a contraturno.
En el último año de la escuela, Andrea y su padre iban a la peluquería una vez por mes. Durante el camino, él la provocaba con trucos etimológicos. Un día en que notó sus ojeras grises, las mejillas hundidas mientras apuraban el paso aunque todo en él parecía lento, su padre comenzó a exprimir las palabras hasta obtener significados que transformaban un “auto” en un “autómata”, o un simple “pan” en un “páncreas”. Para Andrea las palabras de su padre modificaban la realidad. ¿Podría un sustantivo cambiar también su destino? Ella quería comer un pan al pasar por el aroma de la panadería, pero no podría morder un páncreas cercano al hígado tal como se veía en la imagen del cuerpo humano. Tal vez el auto sí era un autómata: sin nadie que la anime, una máquina no es más que chatarra, que copia los movimientos que se le ordenan. En menos de una cuadra, todo lo que creía entender sobre las palabras y las cosas podía cambiar. También la molestó con viejos y repetidos proverbios de culpas y advertencias. Andrea interrumpió el juego con berrinches. Caminaron en silencio mientras el padre sacudía la cabeza. Se reprochaba el desánimo, y los derivados y las sentencias lo adentraron en un ánimo aún más sombrío. La cosa no mejoró en el local.
El peluquero, con apenas un rastro de pelo blanco en la cabeza, y a quien le faltaban parte del colon, metros de intestino y diecisiete ganglios, contaba una y otra vez sus operaciones. Era aviador aficionado y, cada tanto, desatendía su trabajo y señalaba con las tijeras las fotos en el espejo que mostraban lugares en los que había aterrizado. Se lo veía junto a otros pilotos; los gorros y antiparras cubrían las caras. Su audiencia —además de Andrea y su padre— solían ser tres o cuatro hombres, clientes habituales que esperaban turno en ese pequeño espacio al fondo de una galería. Andrea comprendía que había un símil entre su casa despojada y sin pintar y ese local horrible en el que faltaba el aire y se le pegaban pelos ajenos en la ropa. El piso se iba cubriendo de mechones, mezclados los colores rubio y castaño, rulos oscuros con briznas canosas; pelo antes vivo que moría en el suelo. Andrea se desplazaba desde la casa hasta la peluquería en un túnel de realidad penumbroso. En la calle no había que destacar, tenía incluso que caminar cambiando el rumbo, algo que siempre la cargaba de inquietud. Los padres mantenían a sus hijas lejos de las avenidas ruidosas, de los camiones, y las pequeñas como ella no levantaban la voz, y en ocasiones tenían que hablar con gestos para no incrementar las voces ya en sordina que no debían subir por encima de los ruidos.
El peluquero aviador, distraído en sus relatos, le cortaba el pelo como a un varón. Andrea aportaba así al ocultamiento: las nenas eran más “llamativas”. Todos la aceptaban como a uno más. Jugaba con los autitos de plástico y héroes caducos que el dueño había comprado cuando sus clientes comenzaron a llevar a sus hijos y más adelante a sus nietos.
—Esta es mi semana buena —avisó el peluquero, que vivía entre tratamientos. La enfermedad que padecía, pero sobre todo su relato, movía a los clientes a hacerse análisis pospuestos, chequeos a los que ninguno antes se hubiera atrevido. Con su padre parecían conocerse de antes, de alguna bravura de antes; aparecían pistas en algún relato inmiscuidas en sus cuentos; hablaba de otros vuelos.
Cuando se cumplió un mes desde la última visita a la peluquería, encontraron la puerta cerrada. El teléfono sonaba, se quedaron mirando hacia adentro del local hasta el último timbre. Andrea puso las palmas sobre la puerta vidriada y pudo leer una nota que anunciaba el cierre por duelo. Durante el camino de vuelta hablaron de por qué se decía “duelo”. Viene de dolere, dijo su padre, y explicó que era una manifestación de dolor y a la vez un combate. Duellum-bellum, continuó, es la voz para significar la guerra. De cualquier manera, el duelo es la muerte, o termina en ella. Cuando el cabello de Andrea comenzó a crecer fueron a una peluquería de damas, esta vez ubicada en el piso superior de la misma galería. Su padre la dejó en la puerta y se comprometió a buscarla en media hora. Ella lo sorprendió: se mantuvo firme en su decisión de tener el pelo corto, siempre.
La fidelidad con su padre la alejaba de Juana. Pero en las mañanas, al despertarse, disfrutaba de unos pocos minutos a solas con su hermana dormida. Acariciaba el cabello largo y enmarañado que cubría la almohada, apoyaba los labios y humedecía algún mechón con saliva. Luego, antes de salir de la pieza que compartían por pocas horas y donde Juana continuaría descansando, se pasaba la mano por el cuello despejado y alargaba el gesto, como si acariciara un pelo largo que no tenía.
La casa retumbó con el golpe de la puerta. Andrea escuchó gruñidos y protestas, uno o los dos estaban adentro. Se incorporó, puso la mano en la traba de bronce como para abrir y salir a su encuentro; como si esos sonidos familiares fueran suficientes para exonerar a los dos hombres y olvidar la amenaza de muerte. Pero qué pasaría si de verdad no distinguiera sus presencias físicas, camufladas como predadores que se funden en texturas extrañas.
Cada día, la determinación de su padre lo ponía de proa hacia la facultad sin detenerse, sorteando autos que marchaban lento, pegados al cordón de la vereda. Autos de los que se bajaban hombres con las camisas arremangadas para no mancharse en la cacería de transeúntes. Emisarios que entregaban golpes, gritos y órdenes y acarreaban a su vez un lote diario de personas. Ella había visto bajarse a esos hombres, en esas cacerías repentinas, mientras el motor bramaba contenido justo antes de iniciar una carrera igual de feroz. Bajar la cabeza, entrar al túnel penumbroso, doblar en la esquina. Torcer el rumbo de la familia.
Andrea evocó su mano cuando la llevaba rasante, los pies no tocaban el suelo. Su padre la olvidaba, pero no la soltaba.
Una ligera corriente de aire se coló por la rendija, le agitó las pelusas de la nuca expuesta y confirmó que la puerta del frente estaba abierta. El aire exterior entró comprimido por debajo de la puerta, se detuvo en pocos segundos y volvió el silencio. Se frotó el cuello como lo hacía la escobilla del peluquero que parecía suave y resultaba áspera. Volvió a pensar en el día de su muerte
