Hacia la estación de Finlandia
Descubrí a Edmund Wilson el año 1966, cuando pasé de París a vivir en Londres. Las clases en Queen Mary College, primero, y luego en King’s College, no me tomaban mucho tiempo y podía pasar varias tardes por semana leyendo en el bellísimo Reading Room de la British Library, entonces todavía dentro del Museo Británico. Había dos críticos que era indispensable leer todos los domingos en Londres: Cyril Connolly, el autor de Enemies of Promise y The Unquiet Grave, cuya columna versaba a veces sobre literatura, pero más a menudo sobre pintura y política, y las críticas teatrales de Kenneth Tynan, una maravilla de gracia, ocurrencias, insolencias y cultura en general. El caso de Tynan es muy apropiado para advertir la gazmoñería de la Gran Bretaña de entonces (en esos mismos años desapareció). Tynan era inmensamente popular hasta que se supo que era masoquista, y que, de acuerdo con una muchacha sádica, habían tomado un cuartito en el centro de Londres, donde una o dos veces por semana ella lo flagelaba (y aportaba también el árnica, me figuro). Que lo hicieran no importaba tanto; que se supiera, era otra cosa. Tynan desapareció de los periódicos después del éxito de Oh! Calcutta! (él decía que era una traducción inglesa del francés: «Oh! Quel cul tu as!») y dejó de hablarse de él. Partió a Estados Unidos, donde murió, olvidado de todos. Pero sus inolvidables críticas teatrales están todavía ahí, en espera de un editor audaz que las vuelva a publicar.
Edmund Wilson sigue siendo famoso y, espero, leído, porque fue el más grande crítico literario de antes y después de la Segunda Guerra Mundial, y no solo en Estados Unidos. Acabo de releer por tercera vez su Hacia la estación de Finlandia y he vuelto a quedar maravillado con la elegancia de su prosa y su enorme cultura e inteligencia en este libro que relata la idea socialista y las locuras y gestas que engendró, desde que Michelet en una cita a pie de página descubre a Vico y se pone a aprender italiano, hasta la llegada de Lenin a la estación de Finlandia, en San Petersburgo, para dirigir la Revolución rusa.
Hay dos tipos de crítica. Una universitaria, que está más cerca de la filología, y trata, entre otras cosas, del indispensable establecimiento de las obras originales tal como fueron escritas, y la crítica de diarios y revistas, sobre la producción editorial reciente, que pone orden y echa luces sobre ese bosque confuso y múltiple que es la oferta editorial, en la que los lectores andamos siempre un poco extraviados. Ambas están de capa caída en nuestro tiempo, y no por falta de críticos, sino de lectores, que ven mucha televisión y leen pocos libros, y andan por eso muy confusos, en esta época en que el entretenimiento está matando las ideas, y por lo tanto los libros, y descuellan tanto las películas, las series y las redes sociales, donde prevalecen siempre las imágenes.
Edmund Wilson, que nació en 1895 y murió en 1972, estudió en Princeton, donde fue compañero y amigo de Scott Fitzgerald, pero se negó siempre a ser profesor universitario y hacer ese tipo de crítica erudita que solo leen los colegas y a veces ni siquiera ellos. Lo suyo era el gran público, al que llegaba en sus extraordinarias crónicas semanales, primero en The New Republic, luego en The New Yorker y finalmente en The New York Review of Books. Después solía reunirlas en libros que nunca perdían actualidad. Y no se crea que escribía solo sobre los modernos. Yo recuerdo como uno de sus mejores ensayos el largo estudio que dedicó a Dickens. Su prodigiosa capacidad para aprender idiomas, vivos y muertos, era tal que, se decía, cuando The New Yorker le encargó escribir sobre los manuscritos del mar Muerto, pidió unas semanas de permiso para aprender antes el hebreo clásico. Y yo recuerdo haber leído en las páginas del desaparecido Evergreen su polémica con Nabokov sobre la traducción que este había hecho de Eugenio Oneguin, la novela en verso de Pushkin, que versaba sobre todo acerca de las entelequias y secretos de la lengua rusa.
¿Quién descubrió a la llamada «generación perdida» de grandes novelistas norteamericanos entre los que figuraban Dos Passos, Hemingway, el soberbio Faulkner y Scott Fitzgerald? Fue Edmund Wilson, que, en sus artículos y ensayos, fue promoviendo y descifrando los grandes hallazgos y las nuevas técnicas y maneras de narrar del genio literario norteamericano, sin dejar de mencionar que habían sido aquellos los que aprovecharon mejor que nadie las lecciones del Ulises de Joyce.
Los grandes críticos han acompañado siempre a las grandes revoluciones literarias, y, por ejemplo, en América Latina, el llamado «boom» de la novela no hubiera existido sin críticos como los uruguayos Ángel Rama y Emir Rodríguez Monegal, el peruano José Miguel Oviedo y varios más. No es extraño, por eso, que en Francia Sainte-Beuve y en Rusia Visarión Belinski acompañaran el periodo más creativo y ambicioso de sus revoluciones literarias y les dieran un orden y unas jerarquías. La función de la crítica no es solo descubrir el talento individual de ciertos poetas, novelistas y dramaturgos; es, también, detectar las relaciones entre aquellas fabulaciones literarias y la realidad social y política que expresan transformándola, lo que hay en ellas de revelación y descubrimiento, y, por supuesto, de queja y de protesta.
Yo estoy convencido de que la buena literatura es siempre subversiva, como lo estaban los inquisidores y censores que prohibieron durante los tres siglos coloniales que se publicaran novelas en las colonias hispanoamericanas, con el pretexto de que esos libros disparatados —pensaban seguramente en las novelas de caballerías— podían hacer creer a los indios que esa era la vida, la realidad, y, por lo mismo, desconcertar y amolar la evangelización. Por supuesto que hubo mucho contrabando de novelas y debía de ser formidable, en esos tiempos, leer aquellas novelas prohibidas. Pero si el contrabando permitió la lectura de novelas, la prohibición se aplicó estrictamente en lo relativo a su edición. Durante los tres siglos coloniales no se publicaron novelas en América Latina. La primera, El periquillo sarniento, salió en México solo en 1816, durante las guerras de la independencia.
Aquellos inquisidores y censores que creían que las novelas eran subversivas estaban en lo cierto, aunque no en prohibirlas. Ellas expresan siempre un descontento, la ilusión de una realidad diferente, por las buenas o las malas razones. El marqués de Sade, por ejemplo, detestaba el mundo tal como era en su tiempo porque no permitía a los pervertidos como él saciar sus gustos, y sus largos discursos, tan aburridos, lo que piden es una libertad irrestricta para la lujuria y la violencia contra el prójimo. Lo que las buenas novelas no aceptan es la realidad tal cual es. En ese sentido, son los permanentes motores del cambio social. Una sociedad de buenos lectores es, por eso, más difícil de manipular y engañar por los poderes de este mundo. Eso no está claro en las democracias, porque la libertad parece disminuir o anular el poder subversivo de las novelas; pero, cuando la libertad desaparece, las novelas se convierten en un arma de combate, una fuerza clandestina que va en contra del statu quo, socavándolo, de manera discreta y múltiple, pese a los sistemas de censura, muy estrictos, que tratan de impedirlo. La poesía y el teatro no siempre son vehículos de aquel secreto descontento que encuentra siempre una vía de escape en la novela, es decir, son más plegables a la adaptación al medio, al conformismo y la resignación. Todo eso deben señalarlo y explicarlo los buenos críticos, como hizo a lo largo de toda su vida Edmund Wilson.
Wilson publicó decenas de libros: artículos, ensayos críticos, polémicas, un largo estudio sobre la literatura de la guerra civil de Estados Unidos, Patriotic Gore, y sus diarios personales, bastante sicalípticos. En toda esa obra extraordinaria destaca Hacia la estación de Finlandia, que lleva como subtítulo «Ensayo sobre la forma de escribir y hacer historia», aparecido en 1940. Se trata de un libro absolutamente actual, que se puede leer y releer como las grandes novelas, y que, con los años transcurridos desde su publicación, ha ganado encanto y vigor, igual que las obras maestras literarias.
Su propósito es narrar, como lo haría una novela, la idea socialista, desde que el historiador francés Michelet descubrió a Vico y sus tesis de que la historia de las sociedades no tenía nada de divino, era obra de los propios seres humanos, hasta que, dos siglos más tarde, una noche lluviosa, Lenin desembarca en la estación de Finlandia, en San Petersburgo, para dirigir la Revolución rusa. Es un libro de ideas, que se lee como una ficción por la destreza y la imaginación con que está escrito, y la originalidad y la fuerza compulsiva de los caracteres que figuran en él —Renan, Taine, Babeuf, Saint-Simon, Fourier, Owen, Marx y Engels, Bakunin, Lassalle, Lenin y Trotski— que, gracias al poder de síntesis y la prosa de Wilson, se graban en la memoria del lector como los personajes de Los Miserables, Los hermanos Karamazov o Guerra y paz. Se trata de una obra maestra que, por razones políticas, fue marginada, pese al altísimo valor que tiene desde el punto de vista literario.
La idea socialista es la idea de un paraíso sobre la tierra, de una sociedad sin pobres ni ricos, donde un Estado generoso y recto distribuiría la riqueza, la cultura, la salud, el ocio y el trabajo a todo el mundo, según sus necesidades y su capacidad, y donde, por lo mismo, no habría injusticias ni desigualdades y los seres humanos vivirían disfrutando de las buenas cosas de la vida, empezando por la libertad. Esta utopía nunca se materializó, pero movilizó a millones de personas a lo largo de la historia, y produjo huelgas, asonadas y revoluciones, violencias y represiones indecibles, y, además, un puñado de personajes fascinantes que trabajaron hasta la locura por encarnarla en la realidad. El resultado de esta odisea irrealizable fue que, en gran medida, gracias a las luchas que motivó, ella sirvió para corregir buena parte de las injusticias feroces de la vieja sociedad, y para que la clase obrera y sus sindicatos renovaran profundamente la vida social, adquirieran derechos que antes se les negaban, y fueran transformando la economía y las relaciones humanas de manera radical.
Probablemente el hombre más odiado por Lenin fue Eduard Bernstein, el líder de los socialdemócratas alemanes, a quien acusaba de «oportunismo» y «reformismo», palabras terribles en la jerga marxista. ¿Por qué ese odio? Porque Bernstein, en efecto, pasó de revolucionario a reformista, gracias a las concesiones que el poderoso movimiento obrero alemán había ido arrancando a la burguesía: mejores salarios para los obreros, colegios y hospitales, niveles de vida que se confundían con los de la baja clase media, reconocimiento y protección legal para los sindicatos. En este entorno era un delirio seguir postulando la revolución total. Pero Rusia no era la Alemania socialdemócrata. Allí había un zar y una policía que asesinaban y torturaban a mansalva y campos de concentración en el polo ártico, donde los revolucionarios pasaban muchos años si sobrevivían a la hambruna y al frío. Lenin y la increíble Krúpskaya estuvieron detenidos allí. En este contexto, las tesis socialdemócratas de Bernstein no tenían razón de ser, prevalecían las de Lenin: un partido de militantes revolucionarios que exigía «todo el poder» para hacer las reformas que cambiarían la sociedad rusa de raíz y, esto lo añado yo, crearía la sociedad totalitaria más perfecta de la historia. Esta es solo una de las innumerables rupturas y enemistades que la lucha por la idea socialista generó. Y, acaso, no sea tan luminosa y novelesca como la que separó a Marx y Bakunin, o a Marx y Lassalle. El anarquista Bakunin fue inmensamente popular; en las cárceles perdió los dientes y los músculos, pero no la convicción y, caminando por media Europa, divulgó —y le creyeron— su doctrina básica: que «la destrucción» era una idea fundamentalmente creativa.
Otras páginas inolvidables en el libro están dedicadas a la extraordinaria amistad que unió a Marx y a Engels; la descripción que hace Edmund Wilson de la generosidad y la entrega de Engels a Marx y su familia, convencido de que este cambiaría la historia de la humanidad, es imperecedera. Engels no solo mantiene a los Marx por largos años; llega a escribir las crónicas para el periódico norteamericano que contrató a Marx como colaborador. Es imposible, leyendo este capítulo, no sentir por Engels la misma simpatía y reconocer su discreto heroísmo, como hace Edmund Wilson en páginas conmovedoras. Engels odiaba ser empresario en Mánchester y se sacrificó varios años a ese oficio, para que Marx pudiera escribir el primer volumen de El capital. El segundo, fallecido Marx, resultó más difícil de redactar, pese a que este había dejado muchas notas y fragmentos. Inició la tarea el propio Engels, pero no pudo terminarla, abrumado por la enormidad de la empresa, y la concluyó, finalmente, Karl Kautsky. Todos estos episodios tienen, en el libro de Edmund Wilson, color, gracia, la convicción de que detrás de esos oscuros y minúsculos acontecimientos se daban pasos decisivos para la transformación de la historia humana. No era exactamente así, pero en el libro lo es, y uno de sus grandes méritos es convencernos de ello.
Al mismo tiempo que creaban tipos extraordinarios, fuerzas de la naturaleza, como el anarquista Bakunin y el socialista Lassalle, las luchas sociales iban renovando Europa y los sindicatos y partidos políticos obreros transformaban la sociedad, volviéndola menos injusta. Salvo Rusia, donde, sobre todo el zar Alejandro III, no hizo nunca la menor concesión y prosiguió con la ferocidad de antaño la persecución de adversarios, moderados o intransigentes. De este modo cavó su propia tumba y embarcó a su país y al mundo en la aventura más ruinosa. Todo esto ocurre en Hacia la estación de Finlandia sin que Stalin adquiera todavía poder ni la revolución haya mostrado su cara más horrible: la liquidación de los disidentes, reales o inventados. En sus últimas páginas Lenin y Trotski son amigos, se respetan mutuamente, y este último acaba de publicar un ensayo vibrante: 1905.
Trotski no tenía la convicción fanática de Lenin, ni estaba dispuesto a los más trágicos sacrificios para sacar adelante la revolución; era más culto y mejor escritor. Pero las revoluciones no las hacen los hombres de cultura sino los revolucionarios y Lenin lo fue en cuerpo y alma, con la ayuda de Krúpskaya, exigiendo a los militantes que no olvidaran un solo instante la idea de la revolución y estuvieran dispuestos a hacer por ella todos los sacrificios.
El libro da cuenta de las teorías encontradas, las rivalidades y enemistades, las vanidades en juego, las intrigas y pellejerías que regulaban la vida de esos grandes hombres, y, al mismo tiempo, cómo, trabajando por la justicia, se iban cuajando las futuras injusticias. Ese equilibrio difícil entre tipos humanos y conductores de masas Edmund Wilson lo resuelve de manera soberbia, destacando, por ejemplo, en el caso de Marx, la miserable vida que él y su familia llevaron viviendo en dos cuartitos del Soho y la fantástica transformación social de la que aquel tenía la absoluta convicción de ser portaestandarte.
Hubo una antigua edición de Hacia la estación de Finlandia en español, que pasó casi desapercibida. Ahora, en una edición perfeccionada, Debate la publica de nuevo. Preparémonos a recibir dignamente esta obra excepcional.
Madrid, septiembre del 2020
MARIO VARGAS LLOSA
Nota del editor
Hacia la estación de Finlandia se publicó por primera vez en septiembre de 1940 en la editorial Harcourt Brace & Co., y trece años más tarde apareció en bolsillo en el sello Anchor Books, con la adición del epílogo titulado «Resumen: la situación en 1940». Además, Wilson eliminó los cuatro apéndices que cerraban el libro. Para la edición de Farrar, Strauss & Giroux de 1971, escribió una introducción fechada ese mismo año, recuperó los apéndices y prescindió del epílogo, que para entonces había publicado en otra antología. Esta edición de 2021 en Debate incluye la introducción de 1971, el epílogo de 1953 y los cuatro apéndices para que el lector de la obra tenga en un único volumen el conjunto de los materiales que alguna vez la conformaron.
Advertencia preliminar
El autor agradece especialmente las críticas, información y materiales facilitados por las siguientes personas: Max Eastman, Christian Gauss, Franz Hüllering, Sidney Hook, Robert Jean Longuet, Mary McCarthy, Max Nomad y Herbert Solow.
En determinados capítulos me he apoyado en gran medida en la biografía de Bakunin, de E. H. Can; en la biografía de Lassalle, de Amo Schirokauer, y en el primer volumen de la biografía de Lenin, de León Trotski; también estoy en deuda con el libro de Max Eastman: Marx, Lenin, and the Science of Revolution.
También expreso mi agradecimiento a The New Republic y Partisan Review, en cuyas páginas se publicaron algunos capítulos de la obra.
Introducción de 1971
Resulta muy fácil idealizar los trastornos sociales que ocurren en un país ajeno. Se comprende, pues, que ingleses como Wordsworth y Charles James Fox idealizasen la Revolución francesa, y que personas como Lafayette albergasen un sentimiento idéntico con respecto a la estadounidense. La enorme distancia que separa a Rusia de Occidente sin duda influyó aún más en la opinión de los socialistas y liberales norteamericanos, lo que los llevó a creer que la Revolución rusa iba a destruir un pasado opresivo, a deshacer una civilización basada en el comercio y a crear, según había vaticinado Trotski, la primera sociedad auténticamente humana. La verdad es que fuimos bastante ingenuos. No previmos que la nueva Rusia habría de conservar muchas características de la antigua Rusia: la censura, la policía secreta, el desorden originado por una burocracia incompetente y una autocracia todopoderosa y brutal. Mi libro da por supuesto que la Revolución representó un importante paso adelante en el camino hacia el progreso, que se había producido una ruptura trascendental y que nada de lo que afecta a la historia de la humanidad volvería a ser igual. Pero no sospeché que la Unión Soviética pudiera convertirse en una de las tiranías más odiosas que jamás existieron, y que Stalin pudiera llegar a ser el más cruel y amoral de todos los despóticos zares rusos. Este libro debería leerse, por tanto, como un relato fundamentalmente verídico de cuanto hicieron los revolucionarios para, en su opinión, lograr «un mundo mejor». Es necesario, sin embargo, incluir ciertas correcciones y modificaciones con el fin de rectificar una visión demasiado optimista por mi parte. Calcular lo que de valor permanente —sea cual fuere el significado dado a este concepto— tuvo la Revolución de Octubre me sería imposible.
Se me ha acusado, con justicia, de no conceder suficiente importancia a la tenaz persistencia de la tradición socialista en Francia. ¿Y Jaurès y Zola?, me preguntan algunos. Debo contestar que, en efecto, no ocupan el lugar que merecen. Y he de confesar también que a Anatole France no se le reconoce en este libro todo su mérito. Desde luego, siguen sin merecerme más simpatías ahora que antes le Petit Pierre y el tedioso abate Coignard; pero tras leer de nuevo la Histoire Contemporaine en la edición en un solo volumen, la obra me gustó aún más que la primera vez, y me siguió pareciendo sorprendentemente fiel la imagen que evoca de la política y la sociedad de la Francia actual. En cuanto a Les Dieux Ont Soif, los peligros contra los cuales nos previene en la persona del intransigente fanático Evariste Gamelin se han puesto de manifiesto del modo más nefasto en la intolerancia que dio lugar a las matanzas rusas. En general, no he sido demasiado justo con estos escritores franceses posrevolucionarios, de los cuales aprendí tanto en el pasado.
En lo que se refiere a Marx y a Engels, no tengo nada que añadir. David McLellan, erudito marxista británico, ha publicado recientemente en inglés varias selecciones de lo que él llama los Grundrisse de Marx, manuscrito de mil folios escrito entre octubre de 1857 y marzo de 1858 y del que hasta ahora solo había una edición rusa de 1939 y otra alemana de 1953. McLellan subraya la importancia de este manuscrito, pues en su opinión constituye «el eje del pensamiento de Marx», y afirma que «toda discusión acerca de la continuidad del pensamiento de Marx está destinada al fracaso desde sus mismos comienzos si no se tienen en cuenta los Grundrisse». Este manuscrito puede considerarse como un intento por parte de Marx de esbozar los objetivos de todo su sistema; según McLellan, ha llevado a ciertos eruditos a la conclusión de que Marx era «en realidad un humanista, un existencialista, incluso un “existencialista espiritual” [sea cual sea el significado de esta expresión]». Pero lo cierto es que los Grundrisse jamás se publicaron y son simplemente un ejemplo más de las dificultades de Marx para dar cima a una obra. Pienso que los problemas planteados en este trabajo le resultaron siempre de imposible solución. (Los Grundrisse parecen referirse principalmente a cuestiones económicas; y aunque Marx tropieza, como siempre le ocurrió, ante la grandiosidad de los poemas homéricos —en cuanto productos de una cultura que tenía que haber sido primitiva— deja sin solucionar los problemas psicológicos.) Esto explica por qué el primer volumen de Das Kapital, la única parte publicada por Marx, resulta hoy, en cierta medida, un fraude. Deja al proletariado enfrentado con el capitalista al borde de una cruenta lucha de clases originada por la cuestión del valor del trabajo. El problema del valor creado por los numerosos intermediarios queda en el punto en que estaba al interrumpirse el manuscrito. Pero es la indignación contagiosa de este primer volumen de Das Kapital lo que ha venido impulsando a los revolucionarios desde la publicación de la obra. Investigar el desarrollo intelectual de Marx sobre la base de escritos tempranos nunca publicados parece una labor bastante fútil y árida, propia de académicos deseosos de apuntarse un tanto. La gente ha leído lo que Marx quería que se leyera y ha experimentado las emociones que él pretendía despertar.
Se me ha acusado también de ofrecer un retrato demasiado benévolo de Lenin, y creo que existe cierta justicia en esta acusación. Pero en la época en que se redactó el presente libro no contaba yo con otras fuentes que las autorizadas por el Gobierno soviético, las cuales, por otra parte, habían sido manipuladas a su antojo para proporcionar la imagen deseada. Trotski afirma, en su obra inacabada sobre la vida de Lenin, que en su opinión ni siquiera las memorias familiares son fidedignas debido a esta manipulación. En Mi vida, sin embargo, el propio Trotski se refiere a Lenin en términos, como ya he dicho, casi tan elogiosos como Platón al hablar de Sócrates. Solo recientemente han visto la luz las impresiones, no censuradas por el Gobierno soviético, de personas que tuvieron ocasión de conocer el lado más desagradable de Lenin: Piotr Struve y N. Valentínov. Parece cierto que Vladímir Ilich se mostraba especialmente considerado y amable con quienes no le llevaban la contraria, pero duro y grosero con todos los demás. Al principio cultivó la amistad tanto de Struve como de Valentínov y les alentó, para luego abandonarlos y denunciarlos inesperadamente. Struve —y cito sus palabras, según aparecen en el libro de Richard Pipes Struve: Liberal on the Left, 1870-1905— afirma lo siguiente respecto a Lenin:
La primera impresión que me causó Lenin fue bastante desagradable y nada vino a alterarla a lo largo de toda mi vida. No era su brusquedad lo que causaba esta impresión, sino algo más inquietante: una especie de mofa —en parte deliberada y en parte irresistiblemente orgánica— que brotaba de lo más profundo de su ser y que iba dirigida contra quienes consideraba adversarios suyos. En mí creyó ver, ya desde nuestro primer encuentro, un adversario, a pesar de que en aquellos tiempos yo me sentía aún bastante unido a él. Se dejaba guiar en este aspecto por la intuición, más que por la razón; por lo que los cazadores llaman «olfato». En época posterior tuve ocasión de conocer bien a Plejánov. También él mostraba una brusquedad que rayaba en burla abierta cuando tenía frente a él a personas a las que deseaba herir o humillar. Pero si se le compara con Lenin, Plejánov era todo un aristócrata. Para describir la forma en que ambos trataban a los demás, podría emplearse la expresión francesa cassant, imposible de traducir. Pero en el cassant de Lenin había algo insoportablemente plebeyo y a la vez insensible, repulsivamente frío.
Eran muchos los que compartían conmigo esta impresión de Lenin, pero tan solo mencionaré a dos: Vera Zasúlich y Mijaíl Tugán-Baranovski, personas muy distintas entre sí. Zasúlich, la mujer más lista y sutil que jamás conocí, sentía hacia Lenin una antipatía que rayaba en repugnancia física; su posterior ruptura política no se debió tan solo a diferencias teóricas o tácticas entre ambos, sino a la profunda disparidad de caracteres.
Mijaíl Tugán-Baranovski, al cual le unió durante muchos años una estrecha amistad, solía hablarme con su acostumbrada ingenuidad, que muchas personas atribuían sin fundamento alguno a estupidez, de la irresistible antipatía que sentía hacia Lenin. Habiendo conocido al hermano de este, Alejandro Uliánov, e intimado con él... señalaba con sorpresa cercana al horror lo distinto que había sido de su hermano Vladímir. El primero fue un hombre de gran rectitud moral y firmeza de carácter, extremadamente afable y discreto, incluso al tratar con extraños o con enemigos, mientras que la brusquedad del segundo podría calificarse de auténtica crueldad...
No cabe negar que la actitud de Lenin hacia los demás respiraba frialdad, desprecio y crueldad. Para mí resultaba evidente incluso entonces que esas cualidades tan desagradables y hasta repulsivas de Lenin llevaban en sí la promesa de su capacidad de político: no tenía nunca presente otra cosa que su objetivo, y hacia él se dirigía con paso firme y seguro. O, mejor dicho, tenía en su mente no solo un objetivo más o menos lejano, sino todo un sistema, toda una cadena de objetivos. El primer eslabón era el dominio de aquel círculo reducido de amigos políticos. La brusquedad y crueldad de Lenin —como comprobé casi desde el principio, desde nuestro primer encuentro— se hallaban psicológicamente enlazadas de forma indisoluble, a la vez consciente e inconscientemente, con su indomable amor al poder. En casos como este, resulta difícil por regla general determinar cuál de los dos está al servicio de cual, es decir, si el amor al poder sirve a los intereses de determinada tarea o de un alto ideal propuesto como meta, o, por el contrario, si esa tarea o ese ideal son tan solo el medio de colmar la insaciable sed de poder.
El testimonio de Valentínov (tomado de su libro Meetings with Lenin) concuerda casi por completo con lo anterior:
Nadie tenía tanta capacidad para contagiar a los demás de entusiasmo hacia sus proyectos, tanta habilidad para imponer su voluntad y doblegar a los demás, como este hombre que a primera vista parecía tan tosco y grosero, desprovisto aparentemente de todo atractivo personal. Nadie, ni siquiera Plejánov o Mártov, logró dominar el secreto de aquella influencia hipnótica sobre la gente que emanaba de Lenin; me atrevería incluso a decir su dominio sobre los demás. Lenin fue el único a quienes todos seguían ciegamente como jefe indiscutible, ya que solo Lenin parecía personificar —especialmente en Rusia— ese fenómeno nada frecuente, el hombre de voluntad de hierro, de inagotable energía, en el que se conjugaban una fe fanática en la acción, en las actividades prácticas, y una confianza inquebrantable en sí mismo...
Cuando ocurrió la ruptura con Valentínov, tuvo lugar la siguiente conversación:
—No puedo olvidar —dijo Valentínov— con qué facilidad me relegaste a la categoría de tus enemigos más peligrosos, ni el torrente de reproches con que me obsequiaste al comprobar que mis opiniones diferían de las tuyas en cuestiones filosóficas.
—Tienes razón —contestó Lenin—, en eso llevas toda la razón. Todo el que se aparta del marxismo es enemigo mío. Y a los filisteos ni los saludo ni me siento a la mesa con ellos...
Sin darme la mano, Lenin dio media vuelta y salió, y yo abandoné la organización bolchevique.
Ignazio Silone, que en su época comunista tuvo ocasión de hablar con Lenin, afirma:
Cuando él entraba en la sala, la atmósfera se transformaba, se electrizaba. Era un fenómeno físico, casi palpable. Se desprendía de él un entusiasmo contagioso, semejante al fervor que emana de los fieles cuando se reúnen en torno a la Silla de San Pedro y que, como una ola, se extiende por toda la basílica. Pero cuando se le veía o se le hablaba cara a cara —y surgía la ocasión de oír sus juicios hirientes, desdeñosos, de observar su capacidad de síntesis y el tono dogmático de sus decisiones—, la impresión que causaba era muy distinta, sin asomo alguno de adoración. Recuerdo que en aquel viaje a Moscú, en 1921, pude oír acerbos comentarios suyos que me produjeron la misma sensación que un golpe en la nuca.
Bertram D. Wolfe ha logrado mostrar, tras consultar los artículos pertinentes de Gorki, que la obra Días con Lenin, patrocinada por los comunistas, da una versión muy tergiversada e incluso alterada de las relaciones entre Lenin y Gorki. La diferencia fundamental entre los dos parece ser que Lenin pensaba en función de las clases sociales mientras que Gorki pensaba en función del hombre. Gorki siempre tomó en serio la religión, aunque no comulgó con el cristianismo, y a menudo aludía al bogoiskatelstvo, «la búsqueda de Dios», cosa que enfurecía a Lenin: «Toda idea religiosa, toda idea sobre cualquier diosecillo, incluso todo coqueteo con él, es de una vileza indescriptible». Gorki se creyó llamado a defender a la intelligentsia —artistas, escritores y científicos— y consiguió que Lenin le asignase un puesto desde el cual pudiera asumir la responsabilidad de aquellos: abrumó a Lenin con demandas que acabaron por irritar a este, llevándole a declarar ante Gorki que todo aquello era un asunto trivial comparado con la importancia de la Revolución. Sin embargo, a diferencia de Stalin, había en Lenin una fibra de bondad a la cual se podía apelar y librar de este modo a muchas personas acusadas. A principios de la década de 1920, Gorki hizo cuanto pudo para que se revocase la sentencia de pena de muerte contra los social-revolucionarios y amenazó con romper su amistad con Lenin, que ante semejante presión accedió a mantenerlos en prisión y a no cumplir la sentencia (aunque Stalin no tardaría en «liquidarlos»). Cuando Gorki fundó la revista Beséda [Conversación], con el fin de fomentar buenas relaciones entre la Unión Soviética y los demás países, se prohibió su venta en Rusia, así como la colaboración de los escritores rusos. Al advertirle Gorki lo peligroso que sería volver a las medidas tiránicas supuestamente abolidas por la Revolución, su consejo no fue bien acogido. Por último, parece ser que Gorki escribió tres caracterizaciones distintas sobre Lenin, no siempre del todo favorables. De ellas, la última y más conocida, Días con Lenin, fue considerablemente alterada bajo Stalin. La versión original concluía en la siguiente forma: «Al final, lo que verdaderamente importa es la honradez y la rectitud en el obrar de un hombre, aquello sin lo cual no sería un hombre». Esto se transformó en lo siguiente: «Vladímir Lenin ha muerto. Pero los herederos de su pensamiento y su voluntad no han muerto. Viven y continúan su obra, la mayor conquista jamás lograda por el hombre». Todas las referencias de Gorki respecto a los judíos han sido suprimidas de la edición soviética, al igual que los párrafos siguientes tomados de uno de sus primeros trabajos sobre Lenin:
En muchas ocasiones hablé con Lenin de la crueldad de las tácticas y las costumbres revolucionarias.
«¿Y qué espera? —preguntó con sorpresa e irritación—. ¿Cree posible guardar consideraciones de humanidad cuando estamos librando una lucha tan insólita y feroz?... ¿Con qué reglas mide usted la cantidad de golpes necesarios e innecesarios en una lucha?», me preguntó una vez tras un acalorado intercambio de palabras. A esta sencilla pregunta yo solo podía contestar poéticamente: «Pienso que no existe otra respuesta posible». [¿Qué significa esto?...]
Cierto día le pregunté:
—¿Son solo suposiciones mías o siente usted realmente lástima por la gente?
—Siento lástima por las personas inteligentes. Pero hay muy pocas entre nosotros. En general somos un pueblo de inteligencia abierta pero indolente. Los rusos inteligentes son casi siempre judíos o personas que llevan algo de sangre judía.
Se comprende la poca paciencia de Lenin con el carácter conformista y discutidor de los rusos, y a nadie puede sorprender que fuese un hombre hiriente, pero no tan benévolo como quizá yo le mostré.
Aunque en realidad no guardan relación con el movimiento revolucionario, me parece que vale la pena citar aquí dos anécdotas de carácter personal que no pude incorporar a la edición original de este libro por no haber tenido en aquel entonces noticias de ellas. Karl Marx —según he leído en Eleanor Marx: A Socialist Tragedy, de Chushichi Tsuzuki— tuvo un hijo natural de Lenchen, la fiel criada que la suegra de Marx envió a casa de este y que llegó en ocasiones a trabajar sin recibir salario alguno. El niño fue registrado con el apellido de su madre como Henry Frederick Demuth; y como nació en junio de 1851, época de gran escasez para la familia Marx, que vivía por aquel entonces con muchos apuros en dos habitaciones del Soho, fue probablemente confiado a una familia obrera. Hasta la década de 1880 no volvió a saberse nada de él. En una etapa de su vida trabajó como taxista, y después emigró a Australia, dejando abandonados a su mujer y cuatro hijos, de los que se hizo cargo su padre. Eleanor Marx albergó siempre un incómodo sentimiento de injusticia respecto a Frederick. Idealizaba a su padre de forma exagerada, e intentó convencerse de que el padre de Frederick era en realidad Engels; fue para ella una desagradable sorpresa comprobar que no lo era, pero mantuvo con él relaciones amistosas y, hasta cierto punto, llegó a hacer de él su confidente.
Quizá resulte menos inhumana la imagen de Lenin. Se sabe que de entre sus amistades femeninas había una hacia la cual sentía especial atracción; casi podría decirse que estuvo enamorado de ella. Inessa Fedorovna Armand era hija de una escocesa y de un cantante francés de cabaret. Su abuela la había llevado a Rusia, donde se colocó como institutriz de los hijos de un rico industrial francorruso, con cuyo hijo se casó cuando tenía dieciocho años. Con el tiempo se unió al bolchevismo y se convirtió en discípula devota de Lenin. Abandonó a su marido, llevándose con ella a sus dos hijos menores, aunque siguió aceptando ayuda material de él hasta que la revolución bolchevique expropió su negocio. Llegó a hacerse indispensable para Lenin: interpretaba a Beethoven para él; asistía a las reuniones del partido en las que, por dominar cinco idiomas, resultaba especialmente útil a su mentor, ya que este tenía tan solo conocimientos, bastante pobres, del alemán. Lenin, según cuenta un socialista francés que los observó en un café, «avec ses petits yeux mongols épiait toujours cette petite frangaise». Krúpskaya la menciona a veces en sus memorias; y en cierta ocasión llegó a proponer a Lenin la ruptura de su mariage blanc para dejarle así a Inessa Armand el campo libre. Inessa era una de las pocas personas a quienes Lenin se dirigía empleando la forma ty en vez de vy, y a quien escribía con frecuencia. Formaba parte del pequeño grupo de bolcheviques que le acompañó en 1917 a Petrogrado en el tren sellado. Estuvo en prisión tres veces y en una ocasión fue deportada a la provincia de Arcángel; en sus últimos años, y a pesar de haber sido —según opinión general— una mujer atractiva, se la describe como desnutrida, sufriendo a menudo frío y hambre: «... Su rostro había comenzado a mostrar los ultrajes del exceso de trabajo y el abandono de sí misma». Hizo un incómodo viaje, en vagones de mercancías, al Cáucaso, y allí murió de tifus en 1920. Bertram D. Wolfe, cuyo relato (que procede de Encounter, febrero de 1964) cité anteriormente, afirma haber hablado de ella con Angélica Balabánova, quien le aseguró que Lenin quedó «totalmente deshecho» con la muerte de Inessa Armand. «Era la primera vez que le veía tan afectado. Para él fue algo más que la pérdida de un “buen bolchevique” o de un buen amigo. Había perdido a alguien muy querido y muy unido a él, y no hizo esfuerzo alguno por disimularlo.» Balabánova y otros aseguran que Inessa tuvo una hija de Lenin, la cual se casó con un comunista alemán, «purgado» más tarde por Stalin, tras lo cual fue adoptada por los Uliánov. Balabánova, que había trabajado con Inessa en las conferencias políticas de los socialistas, le dijo a Wolfe: «Nunca le tomé cariño a Inessa. Era pedante, una bolchevique de pies a cabeza en su manera de vestir (siempre el mismo estilo severo), de pensar y hablar. Hablaba varios idiomas, y en todos ellos repetía, palabra por palabra, cuanto decía Lenin». Era característico de Lenin sentir devoción solo por alguien que aceptaba sus palabras, sin asomo alguno de desacuerdo.
Isaac Deutscher, en Lenin’s Childhood (primer capítulo de una obra inacabada sobre la vida de Lenin), ha aportado abundante luz sobre los orígenes de su personaje. Nada se conoce de la familia Uliánov con anterioridad a la generación del abuelo de Lenin. Deutscher opina que tuvieron que ser campesinos, y de origen mongol, tártaro o kalmuko. Su abuelo marchó a Astracán, refugio de siervos fugitivos. «No sé nada —dijo el propio Lenin— acerca de mi abuelo.» Este Uliánov, sastre de escasísimos recursos económicos, fue registrado, ya en edad avanzada, como meshchánin, es decir, miembro de algo parecido a una clase media baja. Hasta ese momento no había tenido apellido ni disfrutado de los derechos de ciudadanía debido, al parecer, a esta baja situación social. El padre de Lenin había ascendido hasta formar parte de la intelligentsia, de la clase media, gracias a los servicios prestados en el campo de la educación, que además le hicieron ganar un título de nobleza honoraria. En cuanto al propio Lenin, tuvo siempre modales bruscos y groseros, a pesar de que su madre procedía de un estrato social algo más alto y a pesar también de haber destacado él mismo como hombre de letras.
En la biografía de Trotski en tres tomos que escribió Deutscher, mucho más detallada en cuanto a la historia política de mi relato, demasiado panorámico, no he hallado nada que me obligue a hacer rectificaciones. Deutscher depende, en gran parte, de las mismas fuentes que yo para los primeros años de Trotski de los que me ocupo: la propia autobiografía de Trotski y la obra de Max Eastman Leon Trotsky: The Portrait of a Youth. Por el Trotsky’s Diary in Exile, 1935 he comprobado, sin embargo, que no era cierto, como yo había llegado a suponer —este asunto se mantuvo bajo el más absoluto secreto en la Unión Soviética—, que Lenin nada sabía acerca de la ejecución de la familia real y que no la había aprobado. Trotski, y cabe suponer que también Lenin, mostraron la mayor sangre fría a este respecto:
Hablando con Svérdlov, le pregunté de pasada: «Por cierto, ¿qué ha sido del zar?». «Todo ha terminado —contestó—, le han fusilado.» «¿Y su familia?» «A ellos también.» «¿A todos ellos?», pregunté, al parecer con cierta sorpresa. «¡A todos! —contestó Svérdlov—. ¿Tienes algo que decir?» Aguardaba mi reacción, pero yo no contesté nada. «¿Quién tomó la decisión?», pregunté. «Lo decidimos aquí. Ilich pensó que no convenía dejarles a los blancos una bandera viva en torno a la cual unirse, especialmente en circunstancias tan difíciles como las presentes...» No pregunté más y consideré concluido el asunto. De hecho, la decisión había sido no solo expeditiva, sino necesaria. La severidad de esta sentencia sumaria mostró al mundo que seguiríamos luchando sin piedad alguna, sin que nada nos detuviese. La ejecución de la familia del zar fue necesaria no solo para atemorizar, horrorizar y desalentar al enemigo, sino también para espolear a nuestras filas, para mostrarles que ya no era posible la retirada, que nos aguardaba la victoria total o la destrucción completa. Es probable que en los círculos intelectuales del Partido se observasen recelo y gestos de censura. Pero en las masas obreras y los soldados no hubo un solo momento de duda. No hubieran comprendido ni aceptado ninguna otra decisión. Esto lo intuyó muy bien Lenin. Su capacidad para pensar y sentir como las masas, y para tenerlas siempre en cuenta, fue una de sus características más destacadas, especialmente en los momentos políticos más decisivos...
Estando en el extranjero, leí en Poslédine Nóvosti una descripción del fusilamiento, de la incineración de los cadáveres, etc. No tengo la menor idea de cuánto habrá de cierto en todo ello y cuánto de fábula, ya que nunca sentí curiosidad alguna respecto a cómo fue ejecutada la sentencia [el zar y la zarina, así como todos sus hijos, fueron fusilados y después atravesados con bayonetas y arrojados al foso de una vieja mina] y, francamente, no comprendo esta curiosidad.
En esta nueva edición, apenas he corregido mi texto original, aunque sí he vuelto a incluir los apéndices originales y omitido un Summary as of 1940, que aparece en todas las ediciones de bolsillo bajo el título de Marxism at the End of the Thirties; ahora bien, como este corresponde cronológicamente mejor a mi colección The Shores of Light, la he incluido también en ella.[1]
PRIMERA PARTE
1
Michelet descubre a Vico
Un día de enero de 1824, un joven profesor francés llamado Jules Michelet, que enseñaba filosofía e historia, descubrió el nombre de Giovanni Vico en una nota del traductor de un libro que estaba leyendo. Tanto le interesó aquella referencia que, inmediatamente, se puso a estudiar italiano.
Aunque Vico había vivido y escrito su obra un siglo antes, todavía no había sido traducido al francés y era poco conocido fuera de Italia. Nacido en Nápoles, atrasado confín de la península, durante la época en que el Renacimiento italiano, obstaculizado por la Inquisición, había entrado en un estado de parálisis casi total, Vico fue un estudioso que vivió en la pobreza. A causa de su origen humilde y de su fama de estrafalario no pudo hacer carrera en la universidad; pero su reacción al encontrar los caminos cerrados y verse reducido a sus propios medios fue la de dar mayor impulso a sus impopulares ideas. Así, escribió y publicó en 1725 un libro titulado Principios de una ciencia nueva relativa a la naturaleza común de las naciones, a través de la cual se muestran también nuevos principios del Derecho Natural de los pueblos. Vico había leído a Francis Bacon y llegado a la conclusión de que era posible aplicar al estudio de la historia humana métodos similares a los que Bacon había propuesto para el estudio del mundo de la naturaleza. Posteriormente, Vico leyó también a Grocio, quien había propugnado un examen histórico de la filosofía y la teología desde el punto de vista de las lenguas y actos humanos, con el fin de elaborar un sistema jurídico que pudiera abarcar los diferentes sistemas morales y que mereciera así la aceptación universal.
El joven Michelet también había estado buscando a tientas los principios de una nueva ciencia de la historia. Entre sus proyectos figuraban una historia de la «raza considerada como individuo», una serie de «estudios filosóficos de los poetas» y una obra sobre «el carácter de los pueblos tal y como se muestra en sus vocabularios». Era su deseo «combinar la historia con la filosofía», ya que ambas se «completan mutuamente». En julio se entregó a Vico, leyendo el primer volumen de su obra de un tirón. No es exagerado afirmar que de la colisión de los pensamientos de Michelet y Vico nació todo un nuevo mundo filosoficoartístico: el de la historia social recreada. De aquel periodo de su vida, Michelet escribió posteriormente:
1824. Vico. Esfuerzo. Tinieblas infernales. Grandeza. La Rama Dorada.[2] A partir de 1824 fui preso de un frenético delirio que me contagió Vico; una increíble intoxicación de su grandioso principio histórico.
Incluso hoy, cuando leemos a Vico, nos embarga en cierto modo aquella emoción que sintió Michelet. Es sorprendente y estimulante ver en la Scienza Nuova cómo el pensamiento sociológico y antropológico moderno nace en el seno de una polvorienta escuela provinciana de jurisprudencia de finales del siglo XVII, expresado mediante el instrumento anticuado de un tratado semiescolástico. Aquí, ante la firme claridad de la intuición de Vico, vemos —casi como si contempláramos un paisaje mediterráneo— disiparse las brumas que oscurecen los horizontes de las remotas extensiones del tiempo y esfumarse las formas nebulosas de la leyenda. En las sombras hay ahora menos monstruos; los héroes y los dioses se desvanecen. A partir de ese momento solo vemos individuos: tal y como los conocemos y en la tierra que conocemos. Los mitos que nos asombraban no son sino proyecciones de una imaginación humana semejante a la nuestra; y si buscamos la clave dentro de nosotros mismos y aprendemos cómo interpretarlos adecuadamente, esos mitos nos suministrarán el relato, hasta ahora inaccesible, de las aventuras de personas iguales a nosotros.
Se trata de algo más que el relato de simples aventuras. Hasta Vico, la historia humana había consistido en una serie de biografías de grandes personajes, o en crónicas de acontecimientos importantes, o en un espectáculo teatral dirigido por Dios. Pero a partir de ahora podemos ver que en la evolución de las sociedades han influido sus orígenes y su medio ambiente, y que, al igual que los seres humanos, las sociedades han pasado por fases naturales de crecimiento.
Gracias a estos principios, los hechos de la historia cierta —escribe Vico [cito de la traducción de Michelet, que difiere en ocasiones del texto de Vico]— volverán a encontrar sus primitivos orígenes, sin los cuales esos hechos no parecían presentar hasta ahora ni fundamento común, ni continuidad, ni coherencia [...]. La naturaleza de las cosas consiste en que nacen en circunstancias y formas determinadas. Siempre que se den las mismas circunstancias, surgirán invariablemente las mismas cosas y no otras.
Luego añade:
En esa noche oscura, que oculta a nuestra mirada la más remota antigüedad, aparece una luz que no puede extraviarnos; me refiero a esta verdad irrebatible: el mundo social es sin duda obra de los hombres; de lo que se deduce que se pueden y se deben encontrar sus principios en las modificaciones de la inteligencia humana [...]. Los gobiernos deben ajustarse a la naturaleza de los gobernados; los gobiernos son así, pues, el resultado de esa naturaleza.
Ni que decir tiene que estas ideas no constituían una novedad para Michelet, aunque Vico fuera el primero en exponerlas. La Ilustración del siglo XVIII ocupa el espacio de tiempo transcurrido entre Vico y Michelet. Ya Voltaire, antes de que Michelet naciera, había eliminado a los dioses y héroes; Montesquieu ya había mostrado la relación existente entre las instituciones humanas, por un lado, y las costumbres raciales y el clima, por otro. Por lo demás, Michelet encontraría poco después en Herder una teoría evolucionista de la cultura, y en Hegel una exposición de la química del cambio social. ¿Cómo pudo entonces ser la Scienza Nuova una revelación tan embriagadora para un hombre de 1820? Porque Vico, merced a su talento imaginativo, de poder y alcance extraordinarios, hizo comprender a Michelet plenamente por vez primera el carácter orgánico de la sociedad humana y la importancia de volver a integrar, a través de la historia, las distintas fuerzas y factores que verdaderamente constituyen la vida humana.
No tuve más maestro que Vico —escribió Michelet—. Su principio de la fuerza vital de la humanidad creándose a sí misma fue la base de mi libro y de mi labor docente.
Vico había descrito su obra como una explicación de «la formación de la ley humana» y como una indicación de «las fases específicas y procesos regulares a través de los cuales se sucedieron en un principio las costumbres que dieron lugar a las religiones, lenguas, dominaciones, comercio, órdenes, imperios, leyes, armas, juicios, castigos, guerras, paz y alianzas». A partir de estos elementos sociales ha demostrado «en relación con estas fases y ese proceso de crecimiento la cualidad eterna en virtud de la cual la fase y el proceso son así y no de otro modo». En agosto, Michelet afirma en un discurso pronunciado con ocasión de la distribución de premios académicos:
Pobre del que pretenda aislar una parte del conocimiento del resto del saber [...]. La ciencia es una: las lenguas, la historia y la literatura, la física, las matemáticas y la filosofía; las materias más alejadas en apariencia unas de otras se encuentran en realidad relacionadas o, mejor dicho, forman todas ellas un solo sistema.
Pocos años después, Michelet empezaría su gran obra de aplicar los principios generales de Vico a la exposición positiva de la historia.
2
Michelet y la Edad Media
Con la Ilustración y la Revolución francesa se convirtió en dominante durante el siglo XVIII una idea que no se encuentra en Vico, pero cuyo germen existía ya en su maestro Bacon: la idea del progreso humano, de la capacidad de autoperfeccionamiento de la humanidad. Vico, a pesar de toda su originalidad, nunca había logrado emanciparse totalmente del punto de vista teológico, que sitúa en el cielo el objetivo del perfeccionamiento y hace de la salvación un asunto individual que depende de la gracia de Dios. Vico había sido capaz de observar que las sociedades humanas pasan por fases sucesivas de desarrollo, pero no había imaginado la historia sino como una serie de ciclos que se repiten.
Michelet, nacido en 1798, estaba, sin embargo, dentro de la tradición revolucionaria. Creció bajo Napoleón y la Restauración borbónica, y siendo adolescente ingresó en la Iglesia católica. Aceptó el cargo de preceptor de la joven princesa de Parma en las Tullerías. Pero había sido pobre. Su familia pertenecía, por las dos ramas, a la pequeña burguesía cultivada —uno de sus abuelos fue organista de la catedral de Laon— y su padre, impresor, se había arruinado cuando Napoleón suprimió la libertad de prensa. Dos años antes de nacer Jules, la imprenta fue registrada por sorpresa, en busca de textos jacobinos. Afortunadamente, el inspector no reparó en un manifiesto que se hallaba a simple vista sobre la mesa, prueba acusatoria que hubiera costado la vida a Furcy Michelet. Su esposa, que por aquellas fechas estaba encinta, abortó poco después; siempre creyó que había sido a causa del susto que le produjo el registro. Cuando tenía diez años, su padre fue encarcelado por deudas, y Jules Michelet siguió a su madre cuando esta acompañó a su marido a la prisión. Después, la policía de Napoleón precintó la imprenta de Michelet. El incidente causó a Jules tal angustia que años más tarde dejó escrito en su testamento que su mujer no sería obligada a precintar su ataúd. Los principios de la Revolución estuvieron siempre en Michelet a flor de piel, aun cuando en los primeros años de su madurez se hallaran en cierto modo recubiertos por el barniz de las opiniones convencionales de la burguesía de su tiempo.
En julio de 1830 el descontento hacia la figura de Carlos X desembocó en un levantamiento de trabajadores y estudiantes que se apoderaron de París durante tres días. La bandera blanca de los Borbones retornó al destierro. Michelet, todavía bajo la influencia de Vico, se sintió arrebatado por una visión en la que el idealismo renacido de la tradición de la gran Revolución daba sentido a los ciclos de Vico. En una explosión de entusiasmo compuso a toda marcha una Introduction a l’Histoire Universelle. La escribió, según sus palabras, apresuradamente «sobre el ardiente pavimento» de París. La obra empezaba con la declaración siguiente:
Con el mundo empezó una guerra que debe acabar con el mundo: la guerra del hombre contra la naturaleza, del espíritu contra la materia, de la libertad contra la fatalidad. La historia no es más que el relato de esa lucha interminable.
El cristianismo había dado al mundo el evangelio moral; Francia, ahora, debía predicar el evangelio social:
Cualquier solución social o intelectual es infecunda para Europa hasta que Francia no la ha interpretado, traducido y popularizado.
Sin embargo, la victoria de los trabajadores llegó prematuramente; las provincias no acudieron en defensa de París, y la burguesía liberal, en lugar de restaurar la República, se vendió al Partido Orleanista, que entregó el poder a Luis Felipe como monarca constitucional. Volvió Michelet a las Tullerías, ahora de preceptor de una nueva princesa: la hija del monarca. Pero obtuvo también un cargo más importante para él: conservador de los Archivos. Con las cédulas, las ordenanzas y la correspondencia oficial de la antigua Francia a su disposición, Michelet emprendió su Histoire du Moyen Age.
Cuando Michelet se sumergió en los Archivos, con Vico y los ecos de la Revolución de Julio en la memoria, un nuevo pasado —por vez primera el verdadero pasado de Francia— pareció revivir en su imaginación. El primero o los dos primeros volúmenes de la Historia de Michelet —que tratan de los primitivos pueblos de la Galia y se refieren a una época acerca de la cual la documentación era escasa y que a la luz de conocimientos posteriores continúa sumida en gran oscuridad— no están particularmente logrados en tanto que «resurrección» del pasado, para emplear la frase que el propio Michelet aplicó a su método. Solo en el capítulo titulado «Tableau de la France», que dedica a la descripción del país, se nos muestra el verdadero Michelet. Sin embargo, a medida que entramos en las épocas sobre las que la documentación es más abundante, el milagro comienza a adquirir forma.
Las cartas de Michelet de aquel periodo proporcionan un cuadro notable de su concepción, de su labor como historiador y del entusiasmo con que acometió la tarea.
Creo que he encontrado —escribe—, por concentración y reverberación, una llama lo suficientemente intensa como para fundir todas las diferencias aparentes y devolverles en la historia la unidad que tuvieron en vida [...]. Para interpretar el más insignificante hecho social me ha resultado imprescindible la ayuda de todo el conjunto, dándome cuenta cada vez más de que nuestras clasificaciones, por lo general, son poco serias [...]. Tratar de combinar tantos elementos extraños entre sí supone introducir dentro de uno mismo una gran inquietud. Reproducir tantas pasiones no sirve para calmar las propias. Una llama cuyo calor es capaz de fundir a todos los pueblos puede también consumir su propio hogar [...]. Nunca hasta ahora —escribe al tratar del Renacimiento— había movido una masa tan grande, combinado en una unidad viva tantos elementos aparentemente discordantes [...]. Estoy tratando de entrelazar aquellos hilos que nunca habían sido entretejidos en la ciencia: el derecho, el arte, etc.; de mostrar cómo una escultura o pintura es un acontecimiento en la historia del derecho; de seguir el movimiento social desde el corpulento siervo que sostiene los nichos de los santos feudales hasta la fantasía de la corte (la Diana de Goujon), hasta Béranger. Este doble cabo está trenzado con los hilos de la industria y la religión. Es fácil para la imaginación entrever algo de esta acción recíproca, pero determinar con exactitud la manera, la cantidad de esa acción, a fin de fundar científicamente una teoría tan nueva, no es un esfuerzo pequeño.
Detrás de las crónicas y leyendas de la Edad Media, que esta llama ha hecho transparentes, va dibujándose poco a poco, hasta centrarse, la imagen de un panorama nuevo y preciso. Realmente, nadie había investigado hasta entonces los archivos franceses; las historias, en su mayor parte, habían sido escritas a partir de otras historias. Cuenta Michelet cómo
en aquellas solitarias galerías por donde anduve vagando veinte años en un profundo silencio, me llegaban los susurros de las almas que habían sufrido antaño y que se hallaban ahora sofocadas en el pasado.
Los soldados caídos en todas las guerras le recordaban la dura realidad. Le preguntaban amargamente si había ido allí a escribir novelas a la manera de Walter Scott y le instaban a incorporar a la historia lo que Monstrelet y Froissart, los «cronistas a sueldo» de la época caballeresca, habían omitido. Se ha dicho que Michelet fue un romántico; ciertamente, su historia está llena de movimiento y color, y en sus comienzos hay pasajes de verborrea retórica. Pero la actitud fundamental de Michelet, sin duda, como dice él con insistencia, es realista y no romántica. Trabajó solo, dice, y el movimiento romántico «pasó de largo a su lado».
Todos somos más o menos románticos —escribía en su diario cuando tenía veintidós años—. Es un mal que está en el aire que respiramos. Dichoso el que ha sabido protegerse tempranamente y ha tenido suficiente sentido común y equilibrio natural para reaccionar contra él.
Los grandes relatos medievales están presentes en Michelet, que los dota de vida con una peculiar intensidad; pero el resultado del tratamiento del historiador es disipar las brumas míticas que los rodean. Esos relatos son expuestos sobre un trasfondo de procesos económicos y sociales completamente ignorados por la escuela literaria romántica, a la que Michelet rechaza. Era típico de los románticos interesarse por las personalidades notables en sí mismas; a Michelet, en cambio, estas le interesan en la medida en que representan movimientos y grupos. El majestuoso lenguaje de las antiguas crónicas ya no confiere lejanía de escenas de tapices a los relatos de las cruzadas y la guerra de los Cien Años. Michelet los desarrolla en el mismo escenario y en idéntico nivel de dignidad que las guerras libradas por disciplinados regimientos y con artillería. Más que las gestas y proezas personales, lo que interesa al historiador es el desarrollo de la técnica militar.
Recordemos la terrible descripción de los campesinos en el capítulo dedicado a las sublevaciones campesinas, olvidados ya Felipe de Valois y Felipe el Hermoso. Nos dice Michelet:
Hoy quedan pocos castillos; los decretos de Richelieu y las demoliciones de la Revolución dieron buena cuenta de ellos. Sin embargo, aún en nuestros días, cuando caminamos bajo los muros de Taillebourg o Tancarville, cuando en las profundidades de las Ardennes, en la garganta de Montcornet, observamos por encima de nuestra cabeza la oblicua y siniestra ventana que vigila nuestro paso, se nos encoge el corazón y de alguna forma participamos de los sufrimientos que padecieron quienes, a lo largo de tantos siglos, se consumieron a los pies de aquellas torres. Ni siquiera es necesario haber leído las viejas historias para saberlo. Las almas de nuestros antepasados todavía laten en nosotros con sus dolores olvidados, casi como el herido que aún siente dolor en la mano perdida.
Es cierto que Michelet contribuyó mucho a hacer popular y famosa a Juana de Arco; pero el personaje le interesó como portavoz del sentimiento nacional del pueblo, no como santa o como mística.
¿Existe leyenda más hermosa —se pregunta— que esta historia tan verdadera? Sin embargo, hay que tener cuidado y no convertirla en leyenda; han de conservarse piadosamente todos sus rasgos, incluso los más humanos, respetar su realidad conmovedora y terrible [...]. Por mucha emoción que el historiador haya sentido al escribir esta epopeya, se ha mantenido firmemente aferrado a la realidad y nunca se ha dejado arrastrar por la tentación del idealismo.
Juana de Arco, afirma Michelet, ha creado el tipo moderno del héroe de acción, «opuesto al pasivo del cristianismo». El enfoque de Michelet fue completamente racional, basado con firmeza en la filosofía anticlerical y democrática del siglo XVIII. Por este motivo, la Histoire du Moyen Age, pese a toda su importancia, profunda penetración y pasajes de maravillosa elocuencia, me parece menos lograda que el resto de su obra histórica. Lo que Michelet admira verdaderamente no son las virtudes que los siglos caballerescos y cristianos cultivaban, sino el heroísmo del hombre de ciencia y del artista, del protestante en religión y política, los esfuerzos del hombre para comprender su situación y dirigir de modo racional su desarrollo. A lo largo de toda la Edad Media, Michelet está impaciente por llegar al Renacimiento.
El reinado de Luis XI, tan decepcionante después de Juana de Arco, fue demasiado para Michelet: aunque nunca resulta aburrido, nos comunica su fatiga y falta de simpatía cuando se ocupa de aquellos periodos de la historia que no le interesan. Hacia la mitad del capítulo de Luis XI se le escapa un profundo suspiro de opresión:
La historia del siglo XV es una historia muy larga —se lamenta—; largos son sus años y largas sus horas. Lo fueron para quienes las vivieron, y lo son para quien tiene que atravesarlas de nuevo y revivirlas. Quiero decir, para el historiador que no toma la historia como un juego y se asocia de buena fe a la vida del pasado [...]. ¿Dónde está aquí la vida? ¿Quién puede decir quiénes son los vivos y quiénes los muertos? ¿Por qué bando debo interesarme? ¿Acaso hay alguna figura que no sea turbia o falsa, alguna en quien nuestra mirada pueda posarse un momento para ver claramente las ideas y los principios de los que vive el corazón humano? La verdad es que hemos caído muy bajo en la indiferencia y la muerte moral; y que descenderemos aún más todavía.
Mientras tanto, en el propio siglo de Michelet, la lucha entre la reacción y la República busca nuevamente una salida. De una parte, el clero denuncia la Historia de Michelet; de la otra, se le invita, como hijo de la Revolución, para que defienda sus principios. La princesa Clementina de Orleans se casa y Michelet dimite de su puesto de preceptor. En el curso que da en el Colegio de Francia, donde es ahora una figura popular, empieza una serie de lecciones dirigidas contra los jesuitas. Entre sus colegas se encontraban el militante Quinet y el patriota polaco exiliado Mickiewicz.
¡Acción, acción! —escribe Michelet en julio de 1842—. ¡Solo la acción puede consolarnos! Es nuestro deber, no solo respecto al hombre, sino respecto a esa naturaleza inferior que lucha por elevarse hacia él y que contiene la potencialidad de su pensamiento, el fomentar vigorosamente el pensamiento y la acción.
A partir de 1843, Michelet emprende una línea definida y libre de compromiso. Abandona la Edad Media después de haberle concedido —según cree— toda la simpatía y atención que merece. En aquellos momentos resultaba peligroso idealizar la Edad Media; el culto del pasado solo conducía a la reacción; las viejas tiranías se asocian con las fábulas. Y aunque Michelet no se compromete en la actividad política, su Historia salta desde el siglo XV hasta la Revolución francesa, cuyos propósitos y logros habían sido, en su opinión, oscurecidos por la confusión de los acontecimientos subsiguientes. Michelet se encontraba entonces en el apogeo de sus fuerzas; acuciado por el entusiasmo creciente que había de estallar en 1848, se lanza a la epopeya de tres siglos que habrían de ocuparle el resto de su vida y de la que la Histoire du Moyen Age apenas sirve de introducción.
3
Michelet y la Revolución
El Michelet de la madurez es un fenómeno extraño. En muchos aspectos se asemeja más a un novelista al estilo de Balzac que a un historiador corriente. Posee el interés por lo social y la capacidad de captar el carácter del personaje que tiene el novelista, así como la imaginación y la pasión del poeta. Por alguna combinación singular de contingencias, estas cualidades, en lugar de ejercitarlas sobre la vida contemporánea, Michelet las dirigió sobre la historia, uniéndolas a una avidez científica por los hechos, todo lo cual le llevó a emprender arduas investigaciones.
Michelet creció solitario, abandonado a sus propios recursos. Los primeros años de su vida fueron tristes, pobres y duros. Nacido en una vieja iglesia —oscura y húmeda, abandonada desde hacía muchos años, donde el viento y la lluvia se colaban a través de los rotos ventanales— adquirida por poco dinero por su padre para instalar una imprenta, Michelet pasó la adolescencia y gran parte de su juventud en un ambiente singularmente deprimente. «He crecido —escribió— como una yerba sin sol entre dos adoquines de París.» Hasta que no tuvo quince años, en su casa no se probó la carne ni el vino; se alimentaban solo de legumbres cocidas y pan. En el sótano que habitaban durante los años en que Jules iba a la escuela, la familia pasó invierno tras invierno en medio del frío; tanto se le agrietaron las manos a Michelet que le quedaron cicatrices para el resto de su vida. Como vivían hacinados, el muchacho presenciaba las peleas continuas entre sus padres. La madre murió de cáncer cuando Michelet tenía diecisiete años. Jules era enclenque, tímido y raro, y en la escuela resultaba el hazmerreír de los demás muchachos. No logró hacerse amigo de sus compañeros; procedía de un mundo diferente. Cuando los demás abandonaban la escuela, regresaban a sus hogares burgueses para disfrutar de comodidades y de ocio; pero cuando Michelet volvía a casa, era para trabajar en la imprenta: a los doce años ya sabía componer tipográficamente.
Pero junto a la imprenta, en aquel sótano insano y helado, Michelet construía su propio imperio. Cuanto mayores eran su hambre y su frío, más buscaba alimento y calor en el espíritu y en la imaginación. Después de todo, era un hijo único del que sus padres esperaban mucho y a quien daban cuanto podían. Muchos años más tarde, Michelet escribía a su yerno a propósito de la educación de su nieto:
Lo que más importa es Etienne. Tengo que hacer por él lo que mis padres hicieron por mí, a costa de sacrificios inauditos, para darme libertad, la libertad para trabajar. No hagamos falsa democracia. El trabajador es un esclavo, ya sea de la voluntad ajena o del destino. Yo escapé de eso gracias a mis padres.
A fin de cuentas, a pesar de que —como luego veremos— los inviernos húmedos y fríos de París dejaron huella en su juventud, Mi
