PRÓLOGO
11 de agosto de 2017
Detengo el auto junto a la acera y quito las llaves con desgana en cada uno de mis movimientos. Tomo una bocanada de aire y la suelto con lentitud. Abro la puerta y salgo del auto. Siento al instante un aura melancólica chocar en mi cuerpo en cuanto veo el lugar al que venía.
El cementerio.
Comienzo a caminar entre las tumbas observando cada una: las nuevas, las viejas y las olvidadas. Los árboles brindan un aire de tranquilidad que se mezcla con la tristeza que emana de las personas que vienen a visitar a sus seres queridos.
Estar aquí me trae recuerdos dolorosos. Me entristece pensar en el día que vi su rostro por última vez. Han pasado meses, pero sigue doliendo como la primera noche que volví a casa y no contestó mi mensaje de buenas noches, como el primer día que entré al salón de clases y no estaba ahí…
Finalmente llego hasta el lugar designado donde la vi por última vez. Me pongo en cuclillas y leo las letras talladas en la piedra.
Charlie Hans Dillard
Descanse en paz a la edad de 17 años
10/julio/1999
a
3/marzo/2017
El camino acaba cuando ya no lo puedes soportar
Me siento en la hierba y sonrío ligeramente.
—Hola, Charlie —susurro.
Sigue doliendo no obtener una respuesta, y sigo teniendo la esperanza de que algún día ella vuelva a mencionar mi nombre como saludo. Estúpido.
—En realidad vengo a una parada rápida, yo me quería despedir… —Miro mis manos y luego regreso a su nombre—. Me voy a la universidad, Ohio State University. —Sonrío—. Mi vuelo ya casi sale, así que me estoy despidiendo de todas las personas a las que quiero. Estoy muy feliz de poder cumplir mi sueño de estudiar Medicina, siento que me ayudaste, porque en estos meses he estado tan perdido en la vida que no he podido concentrarme mucho, y cuando estaba escribiendo la carta de admisión me era muy difícil redactar las palabras, y luego llegaste tú a mi mente, comencé a escribir hasta tener lista la solicitud perfecta. Fuiste mi inspiración, así que este logro es de los dos; ambos iremos a la universidad. No es un hasta nunca, sino un hasta luego, porque vendré en las fiestas y obviamente te visitaré para hablar contigo. En tu cumpleaños estaré aquí, te traeré un pastel de chocolate y te cantaré la canción del feliz cumpleaños para celebrar, en las fiestas navideñas comeremos pastel de carne hecho por mí, es una delicia, y en pascua tal vez traiga algunos huevos de chocolate. A lo que voy es que… no te he olvidado ni te olvidaré; aunque esté a dos mil kilómetros de distancia, seguiré estando para ti.
Si bien la despedida más difícil ya pasó hace meses, la de ahora también lo es. Ya no podré venir a visitarla tan seguido, no podré venir a llorar o desahogarme con ella, y me tendré que separar del lugar donde nuestra breve historia pasó.
Me pongo de pie y miro la lápida desde arriba y con las manos en los bolsillos.
—Adiós, Charlie. Deséame suerte, mándame lo mejor.
Suspiro de forma pesada y me giro para no hacer las cosas más difíciles. Siento una pequeña presión en el pecho y un nudo en la garganta, pero los ignoro con todas las fuerzas que me quedan por dentro y comienzo a caminar hacia el auto.
Qué difícil es la vida: te rompe de diferentes maneras, te quita a personas que amas y te obliga a tener despedidas.
Al menos siempre tendré los pocos recuerdos que creé con Charl.

Toco el timbre dos veces y espero en el porche de la casa. No pasan ni dos minutos cuando el señor Hans me abre la puerta.
—Hey, es mi chico favorito —saluda con una sonrisa, se acerca y chocamos los puños.
—Hola…
—¿Viniste a despedirte? —Mete las manos en los bolsillos de su pantalón y sonríe ligeramente.
Asiento con lentitud.
—No me podía ir sin hacerlo.
—Me alegra que vayas a la universidad, irás a una muy buena escuela y estudiarás una carrera muy difícil, pero sé que lo lograrás. —Palmea mi hombro.
—Eso espero. He estudiado mucho estas vacaciones para ir con conocimientos básicos que me ayuden al comienzo.
—Yo confío en ti. Estoy orgulloso…
Antes de poder decir algo más la puerta se abre, una niña sale de la casa con un uniforme de ballet y una gorra de béisbol en la cabeza. Camille.
—Hola, Jace —saluda acercándose y me abraza las piernas.
—Hola, pequeña Camille.
—¿A qué vienes? Hoy no es día de helados.
—Me voy a la universidad —murmuro.
Pone una cara de sorpresa que de inmediato se convierte en una seria, sus ojos comienzan a empañarse y aprieta los labios, como si ahogara un llanto.
—¿Es hoy? —pregunta despacio.
Asiento con seriedad.
—Pero… Pero no —susurra con la voz quebrada.
Ay, no…
—No te puedes ir. Ya no tendré día de helados, ni con quién ver las películas de Disney, ni un hermano mayor.
—Camille, vendré en las fiestas.
—¿Y también vendrás a hacerle su pastel?
Claro que sí, siempre.
—Obviamente.
—¿Lo prometes?
—Lo prometo.
—Sin saludo no hay promesa.
Sonrío ligeramente para después hacer nuestro saludo llamado «por el tobillo». Comenzamos con una serie de choques con las manos, damos dos vueltas y terminamos tomando nuestros tobillos. Es difícil hacerlo porque es muy pequeña, tiene cuatro años.
—Que te vaya muy bien. Toma, te regalo mi gorra de Boston —murmura mientras me abraza con fuerza, se quita la gorra de los Red Sox y me la da.
—Muchas gracias, Camille. Te prometo que volveré. —Revuelvo su cabello haciéndola enfadar.
—Oye, no, mi mami me peinó —chilla acomodándose el cabello. Sonrío y dejo su cabello en paz.
—Me tengo que ir, mis amigos ya deben estar en mi casa esperándome…
—Claro, adiós. Sé el mejor universitario.
—Bye, bye, Jace. Te llamaré cuando me dejen usar un celular… —dice la pequeña con gran felicidad.
Sonrío por sus palabras y me despido con un ademán mientras subo al auto. Enciendo el motor y comienzo mi camino rumbo a mi casa, donde posiblemente ya me esperan mis amigos. Mis padres nos llevarán al aeropuerto, ya que todos vamos a la misma universidad, así es, la misma…
El camino a la universidad ha sido raro, con demasiadas emociones diferentes: algunas felices, otras de enojo y las más fuertes de tristeza y melancolía al saber que dejas todos los recuerdos que creaste hasta ese momento. Pero es una enseñanza más de la vida, que nos dice: «No todo es para siempre», y vaya que yo lo tengo bien entendido.
Disfruto con mucha felicidad mi último paseo por las calles que más he transitado aquí en Austin; viendo el puesto de helados donde Camille y yo íbamos cada sábado; la preparatoria, donde he vivido la mayoría de mis recuerdos felices; mi parque de la tranquilidad y la secundaria, donde comenzó la historia de aquellos cinco adolescentes inseparables.
Es lindo todo aquí, pero encontraré algo nuevo en Ohio que me haga igual de feliz que las cosas de Austin.
—¡Por fin llegas! —grita Daphne desde el jardín.
Ya están todos tratando de acomodar las maletas en la camioneta de papá.
—Se nos hace tarde para el vuelo —reclama Leo.
Bajo del auto y camino hacia ellos.
—Ya vayan subiendo, chicos, estoy… a punto… de… cerrar… esto —vocea papá mientras empuja la puerta del maletero intentando cerrarla.
—Vamos, vamos, no perdamos tiempo —indica mamá subiendo al asiento del copiloto.
Nosotros nos apresuramos a obedecer, subimos en la parte trasera. Leo y Daphne, en asientos individuales; Ken y yo, en uno largo para cuatro personas.
—¿Dónde estabas? —pregunta Ken.
—Fui a despedirme de ella y de Camille.
—Yo fui ayer a despedirme de ella —susurra Daphne mirándome un par de segundos. Le sonrío ligeramente. Claramente ella tampoco se iría sin despedirse de Charlie.
—Listo, al fin pude. Hora de irnos, chicos —dice papá mientras sube al auto y arranca.
Dios, de verdad está pasando esto. Me voy a la universidad, algo que el pequeño Jace con frenillos y mantas de balones veía muy lejos.
Lo logré.
—Voy a extrañar mucho hacerles pasteles cada fin de semana intentando engordarlos sin éxito, verlos afuera jugando en el jardín, tener a Daphne ayudándome en la cocina, escuchar los chistes de Leo, las anécdotas de Ken y la ruidosa guitarra de mi bebé Jace a altas horas de la madrugada.
—Nos vas a hacer llorar, mamá —admito con una pequeña sonrisa.
—Es que mis bebés ya no son tan bebés.
Sonrío y me recargo en el asiento. Ya no somos niños, estamos entrando en una nueva etapa de nuestras vidas, una donde vamos a madurar, conocer nuevas personas, tendremos nuevas aventuras y, tal vez, descubriremos un nuevo nosotros.
Tardamos alrededor de cuarenta minutos en llegar al aeropuerto por todo el tráfico que nos rodea, pero que me ha permitido estar unos momentos más con mis padres.
—Listo —musita papá.
Todos bajamos del auto y nos dirigimos al maletero. Papá nos ayuda a cada uno con nuestro equipaje. Cuando estamos listos, entramos al aeropuerto en compañía de mis padres. El check-in es lento por el abundante tráfico aéreo que hay hoy, pero finalmente estamos parados frente a una puerta que conecta a un avión con destino a Ohio.
—Adiós, chicos —masculla mi padre aguantando las lágrimas.
Me acerco a darle un abrazo que acepta y me aprieta fuerte.
—Demuestra que los Grey siempre destacamos. —Revuelve mi cabello con una media sonrisa.
—Mi pequeño Jace, te voy a extrañar. Me puedes llamar cuando quieras, tu mamá estará para ti siempre —solloza abrazándome.
—Lo sé, mamá, lo sé —murmuro deshaciendo el abrazo.
Los chicos después de despedirse de mis padres se unen a mí, ya más cerca de la puerta.
—Esperen —alza la voz mamá—, les tomaré una foto.
Todos nos acercamos y sacamos nuestras relucientes sonrisas.
—Wow, justo están dispuestos como aquella foto que les tomé una vez en secundaria.
Solo que nos falta una persona…
Dejo de mostrar los dientes y sonrío con la boca cerrada. Al instante el flash nos ciega por un momento.
—Pasajeros con destino a Columbus, Ohio, aborden por favor por la puerta 5.
—Adiós —nos despedimos caminando hacia la puerta.
—¡Adiós, bebés!
—¡Triunfen como lo saben hacer!
Cada vez es más difícil verlos porque nos vamos alejando; subimos al avión y nos dirigimos a nuestros asientos. A mí me ha tocado al lado de Daph, y a Leo y Ken juntos.
—¿Estás listo para dejar el pasado de Austin, Texas, y vivir una nueva historia en Columbus, Ohio? —Pone su mano sobre la mía haciendo que la mire.
El pasado…
—Estoy listo, solo eso.
—Yo me refería a…, yo no quise darte a entender que la olvidarás a ella…
—Tranquila, estoy listo para una nueva aventura. —Sonrío y tomo su mano con fuerza haciendo que se relaje.
Una nueva aventura, nuevas personas, nuevas historias…
1
La vida es como uno de esos juegos mecánicos dignos de película de terror, que te dan demasiadas vueltas en pocos segundos y te hacen reflexionar sobre si estás haciendo algo de verdad con tu vida.
Me subí en uno de esos juegos mortales, y sin duda la reflexión continúa cada día que despierto.
Mi experiencia universitaria no es como la pensé, las clases son más aburridas, largas y para nada memorables, solo matan y desgastan la vida de los estudiantes. Y, si a eso le agregamos mi situación sentimental, el resultado es que yo estoy doblemente desgastado. Me gustaría que todo fuera diferente para así poder disfrutar la universidad tal y como quería.
Entro a clase junto a mi buen amigo Leo. Sí, el Leo que quería ir a estudiar a Los Ángeles está aquí en Ohio estudiando conmigo. Nos sentamos en las bancas y esperamos a que el doctor llegue para dar la clase.
—¿Ya vas a hablar o sigues enojado? —pregunta Leo.
—No estoy enojado, ¿por qué piensas eso?
—Desde que salimos de la casa no nos dirigiste la palabra a Daphne y a mí.
—No dormí muy bien, solo estoy cansado.
—De nuevo… —susurra para sí mismo, aunque lo alcanzo a escuchar.
Así es, de nuevo no he podido dormir. Mi sueño se ha visto perturbado desde que todo pasó, me cuesta mucho conciliar el sueño las horas adecuadas. Regularmente solo descanso de dos a cuatro horas, a veces menos porque la carrera médica me consume por completo. Incluso me he enfermado más de una vez por esas horas muertas de sueño, pero, aunque estoy tratando de mejorar en ese aspecto, es muy difícil. Puedo pasar una hora con los ojos cerrados, pero con la cabeza pensando diez cosas por minuto.
Es horrible.
Extraño tanto la preparatoria porque fue mi temporada más feliz, a excepción de mi último año. Al pensar en esos momentos la recuerdo a ella, así que trato de evitar el pasado, pero es muy difícil hacerlo. Todo el futuro se basa en eso, en lo que sucedió en el pasado. Me hacen mucha falta sus pocas sonrisas, hasta sus lágrimas y consolarla. La verdad, la extraño mucho. Todos estos años la he extrañado con cada latido de mi corazón, con cada desvelo que tengo todas las noches, cada lágrima y cada suspiro cansado.
—¿Estás bien? —pregunta Leo mientras da palmadas en mi espalda para sacarme del trance en el que he entrado. Me giro a verlo y parpadeo un par de veces hasta que logro centrarme en él.
—No, otra vez no, y ahora no es solo el desvelo, sino el recuerdo del porqué.
—Ya es hora de que…
¿De que la olvide como si nunca hubiera existido?
—No, Jace, ambos sabemos que ella es inolvidable. Me refiero a dar entrada a otras chicas, hay muchas chicas de la universidad esperando una cita contigo. Solo tienes que hacer el intento…
Como si fuera fácil.
—Lo intenté una vez, y fue horrible. Me acostumbré tanto a ella que solo espero a alguien igual, que haga lo que ella, que se vea como ella, o al menos que me haga sentir lo que ella en su momento logró. Y eso es imposible —suspiro.
—Nadie es Charlie, nadie se puede parecer tanto a ella. Y, si la hay, tal vez no sea artista o no sea callada, tienes que buscar más allá de su imagen.
Tal vez no lleguen a aquel chispazo, o tal vez alguien hasta lo supere, pero estoy seguro de que eso no estará en mi camino hasta dentro de varios años.
No le contesto debido a que el doctor llega al salón de clase, no le presto mucha atención desde que comienza a hablar, prefiero estar hundido en mis pensamientos y fantasías. Solo miro al frente como si le prestara toda mi atención, y por hacer esto en la mayoría de las clases mis notas han bajado un poco. Además, siempre estoy deprimido, distraído, no salgo a fiestas, y no río o bromeo como antes, ya ni siquiera juego al fútbol…
Mi madre me ha llevado a psicólogos que siempre le dan la misma respuesta: «Está en una depresión ligera», «Se le pasará con los meses». Pues no, no creo que se me pase nunca, y también creo que a ellos deberían quitarles sus licencias. Estoy tan cansado de escucharlos, al igual que a mis amigos repetirme: «Hay que pasar página». Y tal vez tengan razón, pero no puedo saltar de página hasta que comprenda el texto, y aún no comprendo muy bien el párrafo final.
Después de un par de horas de Histología, por fin somos libres de la tortura. Por suerte tenemos dos horas libres para descansar un poco, así que iremos por algo de comer a la cafetería y volveremos para esperar el inicio de la próxima clase. Leo pide todo lo que le alcance: una hamburguesa, frituras, jugos, dulces…, mientras que yo solo pido un agua.
—¿Vamos a tu árbol? —pregunta mientras abraza todas sus chucherías.
Mi árbol. Un árbol grande lleno de hojas color verde y café por la temporada, que ofrece una sombra tan extensa que antes de llegar al tronco ya te cubre el sol y da un aire de frescura y relajación. Es agradable. Y más porque nadie se sienta debajo de él, solo yo y algunas veces mis amigos, por eso es mi árbol. Nos sentamos en el césped y recargamos nuestra espalda en la dura corteza del tronco. Mi amigo abre su hamburguesa con ansias y le da una gran mordida para después acercármela a la cara y me mancha la mejilla con un poco de kétchup.
—¿Quieres? —pregunta con la boca llena.
Niego mirando al frente y pasándome la mano por la mejilla para retirar el aderezo.
—¿Por qué no? En preparatoria te encantaba todo lo comestible, comías más de cinco veces.
—No tengo hambre.
Suelta un suspiro y le da otra mordida. Se queda en silencio un rato hasta que se le ocurre algo más.
—Hay una fiesta hoy, ¿vienes? —pregunta mirando al frente, observando la gente desconocida caminar por el campus.
—Paso.
—Por favor, Jace, hace mucho que no vas a una.
—Te recuerdo que hay un examen en dos días de Traumatología. Tengo que estudiar y tú también, porque ninguno entendemos nada.
Suelta un quejido.
—Si vas, te juro que estudiaré.
Hace mucho tiempo que no voy a fiestas; simplemente decidí estar atento a mi estudio, que no va de la mejor manera como ya mencioné, pero tampoco es que tenga muchas ganas de salir a divertirme.
—Paso —repito.
—Por favor, Daphne y Ken también van, siempre te quedas solo en casa, es hora de salir a divertirte.
Giro a mirarlo, está haciendo ojos de cachorro. Es muy desesperante, porque es Leo y es imposible decirle no.
—Okay, pero mañana no quiero que te quejes cuando estemos estudiando, o cuando suspendamos. Yo quiero sacar buena nota, llevo arrastrando casi todas las clases.
—Te lo prometo. Ken y Dahp se van a emocionar, ahora eres un cascarrabias.
—Cállate, no soy un anciano. Tú eres como un niño de cinco años y no te lo reprocho.
—Sí, un niño de cinco años que extraña comer mitades de pasteles de chocolate y tener una horrible sobrecarga de energía a medianoche.
Sonrío. Continuamos hablando de varias cosas, riéndonos y estudiando, aunque con Leo nunca ha sido posible concentrarse. Creo que el único que cambió desde que ella… soy yo.
—Hola —interrumpe la voz de una chica desconocida.
Ambos subimos la mirada encontrándonos con una chica castaña de ojos color café. Y, de verdad, no me puedo mentir a mí mismo, es bonita, lo normal para mi estándar de belleza, pero es atractiva.
—Hola —habla Leo.
—Soy nueva aquí. ¿Saben dónde queda el salón once? Estoy perdida.
—Vas derecho desde aquí y giras a la izquierda al topar con la pared y ahí hay una puerta con el número —digo de forma normal. Siendo amable. Me mira por unos segundos y sonríe con la boca cerrada, asiente en forma de agradecimiento y se va. Mi amigo y yo la seguimos con la mirada hasta que se pierde en uno de los pasillos.
—Mi cabeza no paraba de pensar en que tenía a Charl enfrente —murmura aún mirando en la dirección en que ella se ha ido.
—No es tan parecida.
—Tiene un aire a ella, eso no lo puedes negar.
Es imposible. Aunque no se parezcan tanto, he sentido que ella estaba frente a mí, sonriéndome y agradeciéndome que la salvara. El corazón se me ha acelerado. Mi cabeza se niega a soltar a Charlie. Suelto un suspiro y niego con la cabeza para sacar la imagen de ella.
Ya todos la han soltado, yo lo he intentado miles de veces, pero no puedo, no quiero, no aún; es difícil tan solo pensarlo. Cuatro años y sigo enamorado de ella como desde el primer momento. Estoy tan perdido en este mundo… Siento que no estoy completo, que le falta a mi cuerpo la pieza de la felicidad y básicamente ella es esa pieza, pero está perdida…
2
—Por favor, Jace, vamos a bailar —insiste Daph mientras, una vez más, me toma de la mano tratando de llevarme a la improvisada pista de baile. Suspiro con pesadez, otra vez.
Estoy en un rincón bebiendo cerveza y luchando contra los empujones de Daphne porque no entiende que no estoy en condiciones de divertirme mucho. Cansado, cedo a su insistencia, bebo el último trago de la botella y me dejo guiar por ella hasta la pista, donde Leo y Ken hablan con algunas personas.
—Al fin vienes —dice Ken colocando una de sus manos en mi hombro.
—Solo por un rato, ya que alguien no dejaba de insistir.
Las luces comienzan a parpadear y la música electrónica resuena contra los muros de la casa. Miro alrededor sintiendo estrés por el ambiente y la cantidad de personas, pero, en el momento en que veo que Daph trae una botella de whisky y entre bailes se acerca a mí, todo ese estrés se va.
—Solo cinco segundos —propone con una sonrisa. Se nota que está un poco borracha. Porque la soltería le ha pegado desde que terminó con Karl hace un año.
Todo iba tan perfecto entre ellos… Era una relación a distancia bastante sana, hasta que ella decidió darle una sorpresa yendo a su universidad, que estaba en otra ciudad. Leo, Ken y yo la acompañamos en un viaje de tres horas en coche solo para volver a juntarlos y verla feliz. Al llegar, Daphne entró a la universidad con una sonrisa, pero salió llorando. Nos contó que lo encontró con otra chica.
Los tres nos las apañamos para no ir hasta la dichosa habitación y golpearlo. ¿Cómo se atrevía a hacerle eso a Daphne? Suerte tenía de ser su novio y le pagaba haciendo eso. Solamente la consolamos y condujimos de regreso. Durante todo el camino la escuchamos llorar. Al llegar al departamento donde vivimos los cuatro, ella sacó todas las fotos y recuerdos que guardaba en una caja, los hizo trizas y después los tiró a la basura. Eso la hizo sentir mejor. Después tuvimos que ver películas románticas con ella durante cuatro noches seguidas y comer todo lo que ella deseaba, porque de esa manera podíamos consentirla. Pero después de tanto duelo ahora es una chica soltera y codiciada en nuestro departamento de Medicina.
La historia de Leo y Mel no es tan parecida. Después del baile de graduación, su relación se forjó hasta que se hicieron novios, pero no pudieron con la larga distancia, ya que Leo vino a Ohio y ella se fue a Boston. Ahora están bien como amigos. Además, creo que él comenzó a ver a alguien más con otros ojos cuando nos mudamos todos juntos; lo noté una semana antes de que terminara con Mel, y creo que fue lo mejor, decidió terminar algo antes de ser infiel. Y con alguien me refiero a Daphne. He notado miradas, pero mi mejor amiga está tan concentrada en disfrutar su vida de soltera que no se da cuenta, y es incómodo ver los gestos de él cuando ella habla de sus aventuras con algún chico.
Y mi historia ya la saben todos…
Ken es el único afortunado en el amor. Sucy también está en la ciudad, así que ellos no luchan contra las distancias. Llevan tres años de novios y son los más cursis que puedo conocer. Les tengo envidia de la buena, ellos sí están logrando ser felices.
Y es que no todas las historias de amor tienen un final feliz. Algunas terminan en odio, otras en risas, y las peores en tragedia.
Daph acerca la botella a mi boca sin previo aviso y comienzan a contar mientras el líquido cae en mi boca haciéndome olvidar lo que estaba pensando. Pasan los segundos más largos de mi vida y me retiran la botella. Hago una mueca por el sabor del alcohol y me paso el dorso de la mano por la boca para limpiar el líquido.
—He perdido el gusto por esto.
—Por eso deberías salir más, así le encuentras el gusto de nuevo. Ahora sigo yo —grita ella, y empina la botella sin ningún control. Cuento cinco segundos pensando que beberá lo mismo que yo, pero no se detiene.
—No abuses, te vas a arrepentir mañana —grito para que me escuche sobre la música.
Estudiar para ser cirujano es muy tedioso, no entiendo cómo Daph y Leo estando en Medicina pueden divertirse tanto y sacar buenas notas siempre.
—No te escucho, grita más fuerte —vocea.
—Que mañana… —dejo de gritar cuando mi celular vibra en mi bolsillo, hago un ademán con mi mano de que me espere un segundo, meto la mano al bolsillo y saco el aparato mirando la pantalla. Es mamá—. Iré afuera para contestar, vuelvo en un minuto —le aviso a Daphne con un grito que parece medio entender.
Camino entre la gente tratando de salir al patio, pero es imposible moverme con todas las personas que hay. Mientras miro el celular sigo caminando hasta que choco con alguien y siento un líquido helado mojarme toda la camiseta. Miro al frente con sorpresa y me encuentro con la chica que nos ha pedido cómo ir al salón once en la universidad.
—Perdón, lo siento mucho, no iba prestando atención, iba mirando a otro lugar —se disculpa con mucha rapidez, extiende sus brazos hacia mi camiseta y trata de limpiarme sin mucho éxito.
—No te preocupes, yo no iba mirando. Además se seca, no pasa nada. —Trato de sacudir el líquido.
—Discúlpame, en serio —dice angustiada.
—De verdad no pasa nada. En un rato iba a ir a buscar un trago, pero ahora no lo necesito porque ya tengo uno en la camiseta —bromeo para liberar la tensión. Ríe un poco y mira el vaso vacío para luego extender su mano hacia mí.
—Soy Charlotte Hamilton —se presenta sin pena.
C y H. Es lo único que puedo pensar.
—Jace Grey. —Estrecho su mano—. ¿De dónde vienes? No es muy normal que alguien se integre a la universidad a mitad del año.
—Vengo de Miami, y el motivo de tratar de irme lejos… Nada más y nada menos que una ruptura amorosa.
Ah, al parecer ya nos tenemos confianza.
—Wow, buena manera para tomarte un tiempo para ti misma, cambiarte de ciudad. ¿Qué te parece Ohio?
—Es lindo, la gente es agradable. ¿Tú naciste aquí?
—No, yo soy de Austin, Texas.
—Oooh, nunca he estado en Texas. La tonta Texas. —Ríe cuando dice la última frase con un intento de tono vaquero.
—Ja, ja, es un chiste que siempre nos hacen a los de Texas. No es muy divertido en realidad… —termino murmurando.
—Lo siento…
—No te preocupes, aquello es muy lindo. Algún día deberías ir y te aseguro que lo último que te parecerá es tonta —le digo con una sonrisa.
En tan poco rato ya me ha caído bien. Desde hace tiempo me es difícil socializar con personas nuevas, pero ahora estoy aquí frente a una desconocida teniendo una conversación. Estoy orgulloso de mí. Mi madre estaría orgullosa si estuviera presente en este momento.
—¿Quieres ir afuera? —pregunto cuando noto que hay más gente y el espacio se reduce; además de que algo me llama a seguir conversando con ella y no solo dejarlo en una simple disculpa. Ella asiente y nos movemos hasta el patio, que es más tranquilo y menos ruidoso.
—¿Y tú por qué viniste aquí? —pregunta acomodándose en una de las sillas que hay como decoración. Me siento a su lado y suspiro ante su pregunta.
Según lo que recomendó un psicólogo: alejarme del pasado. Por eso he venido aquí, y conmigo he arrastrado a mis tres mejores amigos.
Leo quería ir a Los Ángeles, pero está aquí conmigo.
Kenneth quería ir a Boston, pero
