Presentes

Paco Cerdà

Fragmento

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Las luces se han apagado. Y ahí está él. Presente.

El Fundador, el Profeta, el Ausente.

El Maestro, Glorioso Mártir, César Eterno.

El Héroe Nacional, Figura de la Raza, Primero de los Caídos.

La Muerte que Vive, Novio de España, Artífice del Imperio.

El Elegido, Genio Creador, el Nunca Muerto.

Está ahí, yacente frente al altar, orlado de nombres pomposos, rehén de unos laureles que alejan y mortifican. Y sin embargo, perforando la neblina de este amanecer marino que arrulla a Alicante entre volteos tristes de campana, en las calles agitadas por la muchedumbre y dentro de esta iglesia solo resuena un nombre humilde, común, pequeño: José Antonio.

Por él, y no por Dios, se han apagado las luces.

Cuando el obispo ha levantado la sagrada forma, una corneta ha sonado. Las luces del templo han dejado de brillar. Afuera sestea la madrugada. En el interior de San Nicolás no hay oscuridad, solo penumbra. Veinticuatro hachones de fuego arden con llamas temblorosas, ascendentes, puro Greco expresionista. Esos fuegos primitivos encuadran el túmulo funerario. Imponente. Oscuro. Permanece elevado a tres metros de altura. Para verlo, los mentones se alzan en reverencia y admiración. En lo alto, sobre un catafalco forrado de terciopelo negro, brilla la caja de ébano. Dentro reposa él. Presente. Dispuesto a emprender el viaje más largo, de lo terrenal a lo redentor.

Dentro está José Antonio. Lo comprobaron ayer al exhumar su cuerpo en el cementerio municipal. A las tres y media de la tarde, un golpe seco de piqueta abrió el nicho 515, el sepulcro donde unas manos anónimas dejaban, cada amanecer, cinco rosas frescas con el rocío del alba. Las cinco rosas de su himno. Las cinco flechas de su haz.

El camposanto parecía un campo de batalla. Cientos de falangistas y militares se alineaban en formación. Brazo en alto, facción angulosa, fascista el ademán, y ese lema que nadie quiere mirar: La muerte espera a los que han de morir.

Cinco camisas azules extrajeron el cadáver. Era Caravaggio pintando el Santo Entierro. Había portadores y plañideras, drama contenido, duelo esperanzado, unos discípulos en silencio y Él, elegido para la resurrección.

El féretro fue conducido a hombros por los caminos blancos del cementerio, dejando atrás tantos nichos cubiertos de olvido. Recaredo, Ubaldo, Josefa, Evelia, Ponciano. Antoñita, cinco años. Gasparín, tres años. Acacia, la Niña, doce años, recuerdo de su padre y hermanos.

Los personajes barrocos llegaron a paso lento al panteón de los caídos, donde descansan los muertos recientes de una guerra que ha dejado España como un rasgado lienzo tenebrista. Era el momento de identificar los restos. Y allí, dentro de la caja, estaba José Antonio. Lo que era una vida y luego una idea se iba haciendo mito: transubstanciación franquista. El cadáver fue trasladado de ataúd. Tomaron los extremos de la bandera española que lo envolvía y encima colocaron una bandera de Falange. Sudario final.

Cómo no evocar aquella alborada fría. Hoy hace tres años. Su cruz.

Amanecía otro 20 de noviembre como hoy, pero de 1936, y el conserje de este cementerio vio llegar a unos milicianos al mando de una ambulancia, un camión y tres coches. Ahí tienes a José Antonio Primo de Rivera y a otros fascistas, le dijo el teniente al mando. Acababan de ser fusilados en el patio de la cárcel de Alicante. Tomás el conserje y un sepulturero los enterraron. Luis y Vicente, tradicionalistas. Ezequiel y Luis, falangistas. Y enterrado con ellos, José Antonio, cadáver 22.450, arrojado a la fosa número 5, fila 9, cuartel 12, a dos metros y medio de profundidad mirando al este, cara al sol, con treinta centímetros de tierra encima de su carne, y arriba, más arriba, una losa de cemento armado para sellar a aquellos fusilados.

Tenía treinta y tres años.

Dos años más tarde, cuando las tropas vencedoras entraron en Alicante y la guerra había terminado, el cadáver de José Antonio fue sacado de la fosa común y enterrado en el nicho 515. Entonces comenzaron las cinco rosas de cada aurora. La guardia de honor permanente ante la sepultura. La adoración perpetua de su memoria. El boato germinaba. Algo grande se estaba gestando. Pero lo que ahora comienza jamás lo ha visto nadie. Ni siquiera nadie se ha atrevido a imaginarlo.

Tras reconocer el cadáver, la comitiva abandonó ayer el cementerio. El ataúd lo cargaban doce camaradas con escolta. Los cuatro kilómetros de camino a la ciudad los cubrían, codo con codo, falangistas de la vieja guardia. Los militares le rendían honores de capitán general. Aviones del Ejército sobrevolaban el féretro. Enormes hogueras ardían en lo alto de los castillos de Santa Bárbara y San Fernando. La marcha del cortejo era lenta, desmesuradamente lenta. El gentío llenaba las calles. Los flechas juveniles, estirados en agujas humanas, presentaban armas. Las banderas de España atestaban los balcones, también con paños negros y crespones. Había emoción, silencio, un gran rosario con veinte mil gargantas en rumor de plegaria. Miles de brazos apuntaban al cielo. Hachones de fuego encendían la avenida de José Antonio. Dos cruces alzadas abrían el cortejo cuando el cadáver a hombros penetró en la iglesia, ya oscura y fría. La colegiata quedaba alumbrada solo por cirios; nada de electricidad, tan solo fuego, más dramático y ceremonial. Así comenzó el velatorio. Con salmos, responso, rosario y recogimiento. Con ministros, consejeros de Falange, jerarcas del Movimiento, gobernadores provinciales, generales del Ejército, alcaldes y el pueblo llano, una hilera de hormigas azules que, en la quietud de la noche, despedían al Fundador y guardaban vela ante su cuerpo envuelto de laurel, verde laurel, laurel triunfal para el Joven César, Conductor del Imperio.

Eso fue anoche. Ahora la misa ha terminado, podéis ir en paz. El féretro es descendido del catafalco para emprender el largo viaje. Comienza la ceremonia más inverosímil de la Historia contemporánea de España. El mayor culto a un político fallecido en la Europa occidental en lo que va de siglo. Van a ser 467 kilómetros recorridos al paso marcial de la Falange. Un paso, otro, silencio, temblor de cirios y luceros, rumor de hojas secas pisoteadas. Serán once días y diez noches caminando a la intemperie, con el cuerpo del Profeta siempre a hombros, bajo los rigores de este otoño con muerte y hambre enmascaradas de Victoria. Diez noches y once días a pie bajo el frío, la escarcha, el rocío, la lluvia y el viento gélido de la madrugada. Un camino místico, espiritual. Desde la arena fina del Mediterráneo hasta la piedra dura de El Escorial, morada de reyes, sepulcro imperial.

Durante el traslado encenderán hogueras nocturnas y entonarán letanías diurnas. Pasarán por trincheras aún abiertas. Los labriegos se asomarán a la vera del camino. Los pueblos se emocionarán al paso del joven mártir y sus santas reliquias. Yo lo vi pasar, yo lo cargué sobre mis hombros, yo dije joseantoniopresente delante de él muerto y redivivo.

Yo y Él: lo único que precisa toda fe.

Nosotros: lo único que tolera este país herido de odio.

Comienza la mayor operación de propaganda, armada con las mejores plumas que han quedado en el país, para asentar el relato de una nueva España. Para que nadie olvide a José Antonio, el hombre que soñaba imperios, prometía la revolución y denostaba el ideal conservador. Para que el pueblo idealice a José Antonio, el candidato al que casi nadie votó medio año antes de ser fusilado. Para que nadie —nadie más que el poder instituido, nadie más que Él, demiurgo del drama, titiritero de marionetas azules— se adueñe, tergiverse y manipule la figura de José Antonio, el pionero del fascismo español, el jefe nacional de la Falange, el enemigo del Frente Popular, el azote de la República, el gran desconocido al que todos van a desconocer. Aquel joven serio, tímido, apasionado, impulsivo, elegante, exigente, recio, orgullosísimo, culto, inteligente, perfeccionista, sarcástico hasta lo hiriente, carismático, seductor, admirado, reverenciado, idolatrado. Mesiánico. Un joven ambicioso con un concepto trágico de la vida: el destino, el sacrificio, la misión.

Media España va a convertirse en un teatro.

Las luces se han apagado.

La función va a comenzar.

20 de noviembre

Alicante, km 0

 

 

 

 

José Antonio, Presente.

José Antonio, Presente.

José Antonio, Presente.

José Antonio, Presente.

José Antonio, Presente.

José Antonio, Presente.

Seis veces han gritado José Antonio desde la cubierta del minador Júpiter, un buque de guerra amarrado al puerto de Alicante.

Seis veces Presente han respondido las cien mil gargantas presentes.

Una marea fascista y popular, uniformada y de particular, recorre el paseo marítimo. Es día de luto nacional. Han cerrado escuelas, institutos, universidades, oficinas públicas, comercios. Rezan el rosario en cada pueblo, los cuarteles disparan salvas, en las iglesias celebran misas de recuerdo con los estandartes de Falange en el presbiterio. En las cruces de caídos depositan flores, doblan a muerto las campanas de toda España, las enfermeras afiliadas llevan brazalete negro. También se canta el caralsol y leen la Oración de los Caídos que ha escrito Sánchez Mazas: Señor, acoge con piedad en tu seno a los que mueren por España y consérvanos siempre el santo orgullo de que solamente en nuestras filas se muera por España y de que solamente a nosotros honre el enemigo con sus mayores armas. Víctimas del odio, los nuestros no cayeron por odio, sino por amor, y el último secreto de sus corazones era la alegría con que fueron a dar sus vidas por la Patria. Ni ellos ni nosotros hemos conseguido jamás entristecernos de rencor ni odiar al enemigo, y tú sabes, Señor, que todos estos caídos mueren para libertar con su sacrificio generoso a los mismos que los asesinaron, para cimentar con su sangre joven las primeras piedras en la reedificación de una Patria libre, fuerte y entera.

En Alicante, epicentro del drama, empiezan a reedificar esa patria.

Amarrados al muelle del puerto hay barcos de guerra, de pesca, más de un centenar de embarcaciones llegadas de todo el litoral mediterráneo. Los cañones de la escuadra truenan al paso del féretro. También disparan las baterías del castillo. Eso es lo único que rompe el silencio hondo de un lunes endomingado con el aroma de los días únicos. Las velas de los barcos lucen flechas y haces. En los mástiles ondean gallardetes rojinegros. Hay retratos de José Antonio en las quillas, sobre las pértigas, encima de los remos. Como siempre en todos sus retratos: un rostro sereno, embellecido, valeroso. Extasiado. Una escuadrilla de cazas vuela a baja altura bombardeando laurel y flores sobre el ataúd. Hay uniformados de los tres ejércitos. Masas de falangistas rodean, a la entrada del puerto, un frontispicio de veinte metros de anchura por casi diez de alto con el yugo y las flechas y seis inscripciones en letra romana: José Antonio Presente. El decorado es gigante, como los mástiles levantados en las avenidas centrales de Alicante, como los dos monolitos de doce metros erguidos a la entrada de la ciudad, como el arco a través del cual se divisa una cruz monumental de catorce metros y de fondo el mar, porque todo va al mar, y larga sombra cae de los montes de plata, pisa los breves huertos, ciega los pozos, llega con su frío hasta el mar, donde los buques de guerra y las barcas despiden al Fundador con la bandera española a media asta y el brazo en alto de la tripulación. La Explanada de Alicante es Roma 1937, con el desfile de camisas negras a los pies del Altar de la Patria y su llama eterna flameando en honor al soldado desconocido junto a Mussolini; es Berlín 1938 y su Puerta de Brandeburgo teatralizada con obeliscos, águilas, cruces gamadas y banderas rojas enmarcando a Hitler. Es la masa, el drama, la emoción. Es el orgullo, la unión. Es la estética guerrera que apabulla, que mueve a sentir más que a pensar, que busca el sometimiento a través de la respuesta más primaria: el miedo. Es la fuerza de un país dispuesto a escenificar su resurrección. Mejor: a representar el nacimiento de una nueva España.

Esa tarea exige la palabra.

Es la hora de la palabra.

Escribe José Santos Reiriz en El Compostelano: Desde Alicante, lugar de holocausto, José Antonio marcha en triunfo a El Escorial, estrado de sublimación. Si el Cid nos enseñó a ser españoles, Él nos enseñó a ser nacionalsindicalistas.

Escribe Luis Moure Mariño en Boinas Rojas: Para que este surco pudiera romperse fue necesario que el Caudillo abriera antes el camino con su espada. Para rescatar el cuerpo del fundador de la Falange, el Caudillo limpió primero todas las tierras españolas. José Antonio puede ir a El Escorial y reposar allí para siempre porque ya es nuestra la tierra española; hoy son nuestros los valles, las montañas nuestras y nuestros los caminos que tenemos delante de los ojos.

Escribe José Sánchez Garrido en el Azul de Córdoba: De pueblos y aldeas salen las madres de los muertos en la guerra y los que en la guerra lucharon para saludar al hombre-profeta. Aún están frescas las pisadas de los héroes; aún rezuma la sangre de los mártires en los áridos surcos. Y a través de caminos y encrucijadas, empinadas lomas y sinuosos recovecos, al borde de cortantes precipicios desde donde se otea el paisaje maravilloso de la Patria que amanece con luces de arrebol, y desde el fondo de los desfiladeros entoldados de cobalto, la comitiva lenta y solemne marcha tras una Cruz alzada y unos restos yacentes, símbolos épicos de las tradicionales virtudes de la raza.

Todas las portadas sin excepción. Cientos de páginas escritas. Conexiones en directo de Radio Nacional con los enviados especiales. Un equipo del Departamento Nacional de Cinematografía rueda un documental sobre el traslado. Hay que recordar, glorificar, santificar y sacralizar al mártir caído. Hay que mitificarlo.

Que joseantonio sea una idea, no ya un hombre.

Que esa idea, ese símbolo ahistórico, pueda deformarse o silenciarse. Desactivarse.

La peregrinación avanza. No es procesión ni entierro; es el último desfile de quien regresa a casa victorioso para su descanso eterno. Así es como han concebido esta epopeya sus ideólogos: transportar a hombros el cadáver de José Antonio por la España roja que se ha mantenido leal a la República hasta el último suspiro. El traslado pretende ser una demostración de fuerza del bando vencedor. Una impresionante puesta en escena. La más ambiciosa desde la Victoria. Un acto de afirmación ante los propios, un mensaje de advertencia para los disidentes: aquí hay nuevos dueños, un nuevo timonel. Admiradlos, temedlo.

Esa empresa demanda épica.

Es la hora de la épica.

El vía crucis falangista llega a la cárcel de Alicante, el último lugar en vida de José Antonio, Santo Lugar para la nueva religión que se levanta con el cincel de la retórica inflamada y el martillo de la estética fascista. Aquí fue donde lo mataron. Llevaba encerrado nueve meses, tres en la Modelo de Madrid y casi medio año en esta cárcel de Alicante. Era el preso número uno en manos republicanas. El jefe de la Falange. El azote más virulento del Frente Popular.

Lo detuvieron por tenencia de armas antes de estallar la guerra. Le fueron imputando otros delitos para mantenerlo en prisión. En esta cárcel de gruesos muros, que hoy luce telas negras en sus ventanas, el féretro hace un alto. El momento rezuma patetismo. En la primera anda de la derecha lo porta a hombros su hermano Miguel. Con él estuvo preso aquí —celdas 72 y 73— desde el 6 de junio de 1936. Los acusaban de estar implicados en el golpe de Estado cuando ellos ya estaban encarcelados pero despachaban libremente con las visitas. Los hermanos confiaban en salvarse. Pero llegó el 20 de noviembre. Las peticiones de indulto habían sido rechazadas. Tampoco habría intercambios con otros presos valiosos del bando republicano. La decisión era ya irrevocable. Iban a fusilar a José Antonio, cadena perpetua para Miguel. La antevíspera, después de confesarse con un cura preso, tomó su estilográfica verde oscuro Astoria, del punto 6, y escribió las cartas de despedida. También su testamento. Me asombra, escribió, que, aún, después de tres años, la inmensa mayoría de nuestros compatriotas persistan en juzgarnos sin haber empezado ni por asomo a entendernos, y hasta sin haber procurado ni aceptado la más mínima información. Si la Falange se consolida en cosa duradera, añadió, espero que todos perciban el dolor de que se haya vertido tanta sangre por no habérsenos abierto una brecha de serena atención entre la saña de un lado y la antipatía del otro. Que esa sangre vertida me perdone la parte que he tenido en provocarla, y que los camaradas que me precedieron en el sacrificio me acojan como el último de ellos. Ojalá, escribió al borde de la muerte y cómo se escribe así, fuera la mía la última sangre española que se vertiera en discordias civiles. Ojalá encontrara ya en paz el pueblo español, tan rico en buenas calidades entrañables, la patria, el pan y la justicia. El reloj iba royendo sus últimas horas: la angustia del final en soledad. En cuanto a mi próxima muerte, concluyó mirando al folio y muy adentro, la espero sin jactancia, porque nunca es alegre morir a mi edad, pero sin protesta. Acéptela Dios Nuestro Señor en lo que tenga de sacrificio para compensar en parte lo que ha habido de egoísta y vano en mucho de mi vida. Perdono con toda el alma a cuantos me hayan podido dañar u ofender, sin ninguna excepción, y ruego que me perdonen todos aquellos a quienes deba la reparación de algún agravio grande o chico.

Pasadas las nueve de la última noche lo visitaron su hermana Carmen, su hermana Margot y su tía Ma. Él estaba entero, desconocía aún su final. Carmen le dio un crucifijo. Él lo agradeció. Luego, ellas se fueron. A Miguel lo bajaron de su celda para que se despidiera de su hermano. Entró en aquella celda número 1 de muros grises, camastro ferruginoso y alta ventana. Les dieron quince minutos y se fundieron en un abrazo, el último, antes de gritar arribaespaña. Ahora, tres años después, Miguel está allí de nuevo, sosteniendo con guantes de cuero negro el anda que soporta el cadáver de su hermano, frente a la cárcel. Va serio falangista bajo el bigotito. Cuántas veces ha recordado la sonrisa última de su hermano en la madrugada del fusilamiento, cuando se despidieron y él dice que le dijo: José Antonio, ruega por nosotros. El resto ya no lo vio. Eran las siete menos veinte de la mañana del viernes 20 de noviembre. Sacaron a José Antonio al patio número 5 de esta cárcel. Mirando de frente al pelotón mixto de la CNT y la FAI, bajo ese trozo último de cielo que se esforzaba por amanecer, él se situó a la izquierda. A su lado se mantenían de pie los otros dos falangistas y los dos requetés. Qué palabras dijo. Un heroico arriba, un lacónico venga. Quién sabe. Los disparos de bilis consumaron la tragedia.

Tenía treinta y tres años.

Hoy, en esta cárcel, ya renombrada Casa de José Antonio, la memoria de la matanza adquiere forma de cruz. Han erigido una cruz de madera en el patio donde fusilaron al Camarada Mártir, justo en el punto donde cayó abatido su cuerpo. Ante ella ora Miguel, también reza Pilar Primo de Rivera, su hermana, la mujer que dirige la Sección Femenina de Falange, caudilla de España, pura ambición. Es la mujer más poderosa del país. Así se siente ella, fuerte. Ahora, frente a la cruz del patio, camisa azul boina roja, Pilar se santigua y sus yemas, al acariciarse el pecho, rozan la enseña falangista bordada en rojo. Ayer.

Hoy, José Antonio vive. Pervive. Eso también lo quieren recalcar: Que el Fundador está en el cielo, pero su credo de redención permanece, inquebrantable, en la tierra.

El cortejo cruza el arco de pilones que marca el final de Alicante. Se abre el paisaje abierto, el ancho y libre campo de laderas sembradas que ha de conducir hasta El Escorial. Montañas áridas, secas, un gran cielo. El aire circula libre por entre los campos y las palmeras. Al frente, casi un kilómetro por delante, abren paso los motoristas del cuerpo de vigilantes de carreteras y un coche de servicio. Tras ellos, la carretera nacional despejada por completo, con la gente arracimada en las cunetas y los bordes. La escuadra de fusileros, a paso lento y con el arma a la funerala, antecede a la cruz de Falange y a la cruz de las Navas, sostenidas por sacerdotes en continua plegaria. Los sigue el jefe de ruta al mando. Él dirige. A continuación, centro de todas las miradas, va el féretro, llevado a hombros por doce falangistas. Junto a ellos marchan otros doce camaradas que han de relevarlos. Se harán relevos cada diez kilómetros aproximadamente. Todas las provincias de Falange, las cincuenta de España, tendrán el honor de llevar en andas, sobre sus hombros, el cuerpo de su Fundador. Junto a los doce relevistas preparados, a cada lado, marcha la escolta de doce camaradas armados, con la boca del fusil mirando al suelo y la culata mirando al cielo en señal de duelo. El cortejo es largo, imponente, impregnado de estética falangista, pasión religiosa y nervio militar. Tras el féretro desfila la presidencia, las altas jerarquías de Falange, el Ejército, las banderas, otra escuadra armada, las escuadras de portadores, los cientos de personas que acompañan los restos de José Antonio y, ya al final, alejados de la comitiva, los vehículos de servicio para la logística: ambulancias, camión y muchos coches y camionetas a distancia suficiente para no ensuciar con ruido de motores un traslado que se quiere silencioso. Sin gritos, sin proclamas. La orden es clara: Grave seriedad y sobrio silencio. El que alborota no siente; hace política, y es, por tanto, un farsante más en la desacreditada fauna de murmuradores y revoltosos de la España decadente que es preciso borrar. Eso han mandado. Por eso solo se oye el rumor de las plegarias y el ras ras, ras ras, de las suelas contra el asfalto. Un paso rápido y firme, vibrante y seco, procesional, militar. Un paso, literalmente, detrás de otro, sin avanzar más que esos treinta centímetros de un zapato. Un andar lento, grave, solemne. Majestuoso. Como de legionario romano. Un andar que empequeñece, que deja estático el afuera y aleja toda idea de progreso. Un millón y medio de pasos por delante. Y todo empieza con este primer relevo fuera de Alicante, en el kilómetro diez de la marcha.

Han dado el alto. El cortejo para en seco. Silencio y miradas bajo el sol de mediodía. Las camisas azules sostienen el féretro, con trescientos kilos de peso. Relevad, grita el jefe de ruta. Los doce portadores, tras ceder su puesto bajo las andas a los relevistas, dan cara al ataúd y permanecen tiesos, con el brazo en alto. Firmes, grita la autoridad. Izquierda, derecha, izquierda, derecha, vuelve a gritar. Los nuevos portadores marcan el paso al unísono, todavía quietos. Marchen, grita finalmente la voz. José Antonio, Presente. El cortejo, en medio del campo, entre las palmeras y el olivar mediterráneo, en mitad de la nada, reanuda el camino. En ese punto quedará un monolito, un hito conmemorativo de mármol negro, veteado de blanco, que una fábrica de Monóvar ha tallado con cierta urgencia. Mide dos metros y medio. Pesa mil quinientos kilos. Es imponente, de aroma imperial, con el yugo y las flechas y esa inscripción notarial, escueta, lacónica, tan del estilo joseantoniano: Hasta aquí trajo el cuerpo de José Antonio la Falange de Alicante y lo entregó a las 12 del día 20 de noviembre de MCMXXXIX, Año de la Victoria, a la Falange de Murcia. Se levantará uno de estos monolitos en cada punto del trayecto donde se produzca un relevo. Siempre en el borde derecho de la nacional. Cambiarán las provincias, el día y las horas. El resto permanecerá inmutable. Para que quede constancia en piedra de este acto megalómano, imperial, de exaltación totalitaria, propio de otro mundo y de otro tiempo que ahora también es este, noviembre del 39, la guerra ha terminado en España, pero la guerra ha estallado en Europa, Alemania ha invadido Polonia por el oeste, la Unión Soviética ha invadido Polonia por el este, el nazismo y el fascismo pugnan por apoderarse de la tierra y de las mentes. España se viste de azul oscuro falange, hoy casi negro fascista. Mármol negro a la vera del camino. Mármol eterno del Año de la Victoria. Para que nadie, nunca, ose olvidarlo. Para que jamás olviden este peregrinar de muerte.

El primer atardecer ha caído y es el fuego lo que domina la escena cuando el cortejo remonta un leve repecho y se aproxima al primer pueblo del camino, Monforte del Cid, con la silueta del campanario entrevista. Hay que penetrar en el inconsciente, esquivar la razón, doblegar resistencias, excitar la emoción para favorecer la comunión. Hay que diluir las partes en un todo uniforme; recrear la liturgia de una religión.

Para ello, el fuego. El fuego ilumina, calienta, purifica y destruye. Hipnotiza.

La escena sobrecoge. En un recodo de la carretera, a la entrada del pueblo, chisporrotea una hoguera colosal. Las calles se llenan de antorchas con su flamear primitivo. El cortejo aparece y sus figuras se destacan, oscuras, sobre el color anaranjado de la llama. La noche es cruda. Es otoño, parece invierno. La silueta del féretro destaca, también, flanqueada por antorchas y seis faroles de mano. El cuadro tiene más de ultraterreno que de procesionario. Parece irreal. La grandeza y el boato del día han dejado paso a la intensidad trágica de la noche. El fondo de llamas altera las siluetas de los camaradas que se acercan. Han rezado un rosario en mitad del campo, lleno de gentes que miran, que se santiguan, que murmuran padrenuestroqueestásenloscielos y levantan el brazo balbuceando joseantonio o arribaespaña. Los cánticos sacerdotales ahondan el extrañamiento que avivan fuego, oscuridad, masa y muerte. Miles de personas se arremolinan en Monforte. Los camiones, los coches, los carros y vehículos de toda clase se apiñan en la plaza y en cualquier claro entre los cultivos. El pueblo por el que ya desfila José Antonio está de luto. En balcones y ventanas colgaduras blancas con un crespón negro, telas negras, banderas rojigualdas sin melancolía morada. Si bien es el siglo XX —el del coche, el televisor, el avión y la electricidad—, en nada lo parece esta estampa. Todo recuerda a la Inquisición. Silencio y fuego. Y atrás, ya pasando las últimas casas del pueblo, se oye el rumor de las muchachas falangistas de la Sección Femenina entonando el salmo De profundis: Espera mi alma en su palabra, espera mi alma en el Señor. Desde el alba hasta la noche espere Israel en el Señor. Porque con el Señor está la misericordia, y con Él la abundante redención.

La noche sigue en busca de la aurora. Sin descanso, el rito lento avanza. A la una y media de la madrugada llega a Elda, con la carretera cubierta de mirto, flores, crisantemos. A partir de ahí, la senda se convierte en una continua hoguera. Kilómetros de hogueras, bengalas y hachones. Fuego de madrugada entre el ras ras por la carretera en sube y baja. Itinerario de antorchas, como titula el jesuita Ramón Cué en la Hoja del Lunes de hoy. Entre El Escorial y Alicante, escribe, hay un camino en el cielo bordeado de estrellas. Son las almas de todos los caídos, y entre ellas la más bella, la de José Antonio. Entre El Escorial y Alicante hay un camino en la tierra sembrado de antorchas. Son el reflejo mortecino de las almas-estrellas que van paralelas por el cielo. Entre las antorchas van los despojos mortales de José Antonio. Entre las estrellas del cielo va su alma triunfante con destellos de reina. El cortejo de la tierra va hacia El Escorial. El cortejo del cielo va hacia Dios. Los dos a descansar. El cuerpo, al corazón de España. El alma, al corazón de Dios.

El camino de fuego cruza campos sembrados de negrura. Se ejecutan los relevos previstos. Alto, relevad, izquierda, derecha, marchen; todo ello en mitad de la noche, envuelto por un silencio castrense, por una oscuridad transfigurada por el fuego. Treinta centímetros a cada paso, trescientos kilos de peso, padrenuestroqueestásenloscielos. Una hora tras otra, cada vez más frío, el rocío persistente, cansancio en los pies, sueño en las pestañas, la emoción de la Historia. Y cuando aún no ha clareado, a las seis menos cuarto de la mañana, ya se ve el castillo y se vislumbran las casas arremolinadas de Sax, como incrustadas en la roca. Alguien grita José Antonio. Todos responden Presente.

El primer día ha pasado.

La primera noche ha terminado.

Eulalio

 

 

 

 

El candil se ha encendido. Y ahí está él, presente.

Se llama Eulalio, todos lo llaman Lalio, y casi siempre está ahí: sentado a la mesita, con la pluma en la mano, el tintero cerca y escribiendo en su diario. Hoy sopla fuerte el viento del noreste. Es frío y molesto. La nieve se atisba en las crestas de los Pirineos. Las aguas del mar se agitan turbias mientras la arena, como el tiempo derramado de una eternidad sin goce que ha roto el reloj, bate amenazante contra las sombras humanas que desafían el temporal. Mejor quedarse dentro de la barraca, entintar la pluma y escribir. Primero la fecha, 20 de noviembre. El lugar no hace falta: para qué recordar cada vez las alambradas de este campo de concentración de Saint-Cyprien.

Es un día que ha empezado triste, escribe Lalio. Tino se golpea a sí mismo, entrujando con la mano una carta de Santander en la que le informan de que su hermano lo pasa mal en la cárcel. El que llora inconsolablemente es Balsa, este hombre pequeñito que ríe con estruendo cuando gana al ajedrez. Está escribiendo con tinta de lágrimas una carta que le duele hasta el último rincón de su sensibilidad: accede a la petición de su esposa de regresar a España con sus tres hijos. Le ha costado días de sueño, ataques nerviosos. Pero no le queda más remedio: no tiene derecho a prolongar los sufrimientos de una mujer a la que sus acomodados padres reclaman desde Barcelona.

Hoy son Tino y Balsa. Hace unos días escribía de Marianito, completamente abatido al ver una fotografía de su hijo, de dos años. Vio al niño desmejorado. En la carta, su esposa le pedía ayuda. Pero cómo. Al verlo desesperado, presa de una crisis nerviosa, sus compañeros reunieron quince francos y se los entregaron. Él se quedó largas horas tumbado en la litera. Mudo. Quieto. Con los ojos cerrados. La fotografía al lado. Lalio lo anota. Casi todo lo apunta. Tiene diecinueve años y escribir se ha convertido en un refugio entre tanta penuria. Los piojos, las pulgas a pasto, la plaga de ratas. Los platos con catorce garbanzos. La taza de agua color café con pedazos de pan. El frío del amanecer con dos mantas y periódicos encima. Las derrotas encadenadas desde que cruzaron, andando, Portbou, como medio millón de españoles. Los sollozos nocturnos de nostalgia, cállate ya y deja dormir. El espectáculo impresionante del hambre, con aullidos matutinos. Los gritos de hombres que han soportado una guerra y que, súbitamente, lejos de casa, enloquecen. El dolor impotente de los mutilados. La agonía en la enfermería que precede a la estaca blanca con letrero en un cementerio sin nombre; así ha acabado el pobre Iniesta, con su cara pecosa y alargada, bajo esta

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