Mentirosas y encantadoras

Roald Dahl
Karen M. McManus

Fragmento

MentirosasYencantadoras-1

CAPÍTULO 1
KAT

—¿A la señorita le gustaría ver algo con una perla?

—Me encantaría —respondo.

La voz que empleo no es la mía. Es una que Gem llama «tirando a pija» y que pretende sugerir una infancia en internados ingleses interrumpida por una mudanza a Nueva Inglaterra que casi (pero no del todo) ha borrado mi acento. Es mucho que expresar en tres palabras de nada y dudo que lo haya clavado, pero el dependiente sonríe con amabilidad.

—Cumplir dieciséis es todo un acontecimiento —dice.

Tiene muchísima razón y por eso pasé mi cumple en el jacuzzi de mi amiga Hannah con Nick Sheridan y una botella de tequila. Pero ahora no procede compartir este recuerdo, así que esbozo una sonrisa recatada mientras Gem dice:

—Un día especial para mi niña especial.

El acento de Gem es impecable. Habla igual que una presentadora de la BBC y parece una abuela sacada de Downton Abbey en versión siglo veintiuno. Casi no la he reconocido cuando ha venido a buscarme y, durante el trayecto al Prudential Center de Back Bay, no podía parar de mirar de reojo su transformación. Ha escondido su pelo encrespado, color gris acero, en un estiloso moño plateado. Se ha vestido de punta en blanco, con un elegante traje azul que no desentonaría en una boda real, y ha hecho magia con el maquillaje, que ha transformado su piel correosa en unos rasgos suaves y delicados.

Tampoco yo me reconozco cuando me echo un vistazo en el espejo que hay detrás del mostrador. Para empezar, soy rubia platino y llevo un conjunto de blusa y falda que parece caro, aunque estoy segura de que no lo es. Las gafas de pasta que no necesito son tan chulas que podría convertirlas en un complemento permanente de mi colección. Gem y yo estamos haciendo cosplay del tipo de gente que entra majestuosamente en Bennington & Main para celebrar los cumpleaños con joyería cara, y lo estamos petando.

—¿Algo así? —pregunta el empleado a la vez que nos muestra una delicada sortija de oro rosado con una única perla gris. Es exactamente el tipo de anillo que le compraría una abuela rica y permisiva a su nieta, y aunque Gem no es ninguna de esas cosas da su aprobación con un asentimiento regio.

—Pruébatela, Sophie —dice.

Deslizo la joya en mi dedo índice derecho y extiendo la mano para admirar el brillo sutil. No es para nada mi estilo, pero sí perfecto para Sophie Hicks-Hartwell. Es el nombre que he escogido para meterme en el papel, no solo porque también suena tirando a pijo, sino porque así se llama la chica a la que le robaron la identidad de Instagram en una retorcida historia de crónica negra que devoré hace poco en mi pódcast favorito. Una pequeña broma privada que ni siquiera Gem ha pillado.

—Es muy bonita —digo—. ¿Qué te parece, abuelita?

—Muy mona —asiente ella, que la escudriña por sus bifocales—. Pero me parece poca cosa.

La frase alerta al dependiente, que lleva un identificador con el nombre de BERNARD, de que ha llegado el momento de enseñarnos sortijas más grandes y mejores. Los ojos de Gem resbalan sobre ellas como cámaras duales mientras anota mentalmente cada detalle de los lujosos diseños y los almacena para trabajos futuros. Puede que Gem esté rozando los setenta, pero tiene una memoria mil veces mejor que la mía. «Fotográfica», dice mi madre.

—¿Quieres que miremos algo con un diamante? —pregunta.

Tengo «ya te digo» en la punta de la lengua, pero esa sería la respuesta de Kat. Sophie nunca diría eso.

—¿En serio? ¿Podemos?

Sonrío con afectación mientras Bernard saca otra bandeja.

—Parece que tu abuela tiene ganas de darte un capricho —di­ce, y a sus ojos asoma el destello de una comisión más sustanciosa.

Por primera vez noto en la barriga el retortijón de la culpa. Cuando Gem me propuso esta salida, dije que sí encantada, porque Ben­nington & Main representa lo peor del pequeño negocio: la clásica tienda de toda la vida que un odioso criptomillonario arrebató a sus dueños para transformarla en una copia de Tiffany. El nuevo CEO contrató a una diseñadora emergente con el encargo de poner al día eso que llamó el estilo «trasnochado» de la empresa y luego, una vez que las ventas despegaron, la despidió.

Vamos, que Bennington & Main es el perfecto objetivo para el negocio más reciente de Gem: vender falsificaciones prácticamente perfectas de joyas de diseño icónicas. Los clientes consiguen lo que quieren a precios de plata y circonita, y una empresa turbia se devalúa. Todos ganan, si por ganar entiendes que un criptoabusón pierda. Que es como lo entiendo yo.

Pero Bernard no tiene la culpa de nada. Le estamos haciendo perder el tiempo mientras Gem estudia el último diseño de Ben­nington & Main y toma nota mental de los pequeños detalles que no se ven en la página web.

—Exquisito —murmura a la vez que levanta un anillo de diamantes de estilo guirnalda. Está confeccionado con tal perfección que parece una escultura para el dedo. Sé, gracias a nuestro espionaje en línea, que la sortija que está sosteniendo Gem cuesta más de veinte mil dólares: está fuera del alcance incluso de Sophie.

A pesar de todo, me inclino hacia la sortija e imagino cómo sería poseer algo tan hermoso. Saludar a una amiga o arrastrar el dedo por el móvil mientras destella en mi mano como si tal cosa. He visto muchísimas joyas de lujo a lo largo de mi vida, muchas más de lo que sería normal en alguien que (a) tiene dieciséis años y (b) está en la ruina, pero esto… Esto es lo más.

—Y demasiado para ti —añade con una sonrisa pícara. Y aunque está representando un papel, sus palabras escuecen. «Demasiado para ti». A veces tengo la sensación de que eso se aplica a todo lo que en teoría debería tener una chica de mi edad—. A lo mejor cuando cumplas veintiuno.

—Se lo guardaremos hasta entonces —bromea Bernard, y ya es oficial; me siento una guarra. Quiero salir de esta tienda y, más importante, de la cabecita consentida de Sophie. Gem ha tenido tiempo de sobra, ¿no? Pero cuando intento que me mire, sigue enfrascada en el anillo de guirnalda.

—Abuelita, me parece que… No he almorzado y estoy un poco mareada. —Me separo del mostrador al mismo tiempo que me froto la sien—. ¿Podemos ir a comer algo?

—Te daré un poco de agua —se ofrece Bernard con aire solícito. Le hace señas a alguien y, antes de que me dé cuenta, otro empleado vestido de negro me ha puesto en la mano un botellín de Evian. Desenrosco el tapón y bebo un trago mientras Gem se vuelve por fin a mirarme. Al instante se transforma en la viva imagen de una abuela preocupada.

—Sophie, cariño, pues claro que sí —me dice—. Deberíamos haber ido a tomar algo antes de entrar. Nunca desayunas suficiente. Muchas gracias —añade en dirección a Bernard a la vez que le devuelve la sortija—. Ha sido usted muy amable. Volveremos en cuanto hayamos comido.

—Naturalmente. ¿Quiere que les separe algo? —pregunta.

Me gustaría suavizar el golpe de que vayamos a esfumarnos de su vida tan pronto como abandonemos la tienda, así que le digo:

—Me ha gustado mucho el primero que me he probado. El de la perla.

El anillo más pequeño y barato.

Bernard sonríe complacido como el máquina que es.

—Una magnífica elección —responde mientras yo apuro el agua de un trago con unos modales nada propios de Sophie—. Que disfruten de la comida.

El otro empleado se acerca a llevarse la botella vacía y la despacha con discreción.

Gem y yo recorremos el trecho de mullida moqueta que nos separa de las relucientes puertas plateadas. El guardia de seguridad nos cede el paso con una inclinación de cabeza y una sonrisa.

—Que pasen buena tarde, señoras —nos desea.

—Usted también —decimos al unísono mientras cruzamos la entrada.

Una vez que la puerta se cierra y hemos vuelto al vestíbulo del centro comercial, suelto un suspiro de alivio. No porque estuviéramos haciendo algo malo —aunque, vale, hablando con propiedad estábamos haciendo algo malo, o lo habríamos hecho si la empresa no fuera tan chunga—, sino porque ha sido la primera vez que Gem me ha pedido que la ayudara. Puede que Gem Hayes no sea mi abuela en realidad, pero es lo más parecido que tendré nunca. No sé cómo habría sido mi vida si mi madre no la hubiera conocido hace doce años, pero tengo una cosa muy clara: habría sido un asco.

Por eso, cuando estrecho el brazo de Gem para pegarme a ella y le digo con la voz nasal de Sophie: «Te quiero mucho, abuelita», parece que esté hablando en broma, pero va en serio.

Pero solo se lo puedo decir así. Gem es, como ella dice, «una vieja dura como el acero». Si lo intentara en circunstancias normales, pondría los ojos en blanco o me mandaría a paseo.

Gem responde con una risita nerviosa que no se parece en nada a su risotada habitual.

—Y yo a ti, queridísima Sophie. —Espera a que estemos bajando por la escalera mecánica, ya lejos del mogollón, para añadir con su voz normal—. Bueno, ¿tienes hambre o qué? ¿Quieres que vayamos a la zona de restaurantes?

—No, no hace falta —le digo. Me trago una sonrisa cuando me imagino a Gem con ese traje distinguido y las perlas comiendo en el Panda Express—. Puedo esperar a llegar a casa.

Gem insiste en invitarme a un café de una cafetería itinerante que está especializada en moca, y tomo sorbos del aterciopelado brebaje mientras nos encaminamos al exterior. Hace un día radiante de finales de junio y sigo de buen humor, aunque me empiezan a doler los pies. Gem ha tenido que aparcar a seis manzanas de distancia para encontrar una plaza con parquímetro y los zapatos de Sophie no están diseñados para estas caminatas.

Casi hemos llegado al coche de Gem cuando el día se tuerce. De golpe y porrazo, mientras estamos caminando tranquilamente, Gem me empuja con una fuerza tremenda y yo me estampo de bruces contra la acera tirando el café moca por todas partes. A Gem la ha empujado un tío que ha aparecido de la nada para robarle el bolso. Le pega un tirón, pero no se lo puede quitar porque ella tiene aferrada el asa con todas sus fuerzas.

Jadeando, me incorporo hasta sentarme. No me llega el aire a los pulmones y me arden las rodillas por la fricción de la acera. Gem y el aspirante a ladrón siguen forcejeando por el bolso con gestos que mi cerebro aturdido compara con el típico juego de estirar la cuerda, pero a cámara lenta.

—Suelta, vieja bruja, o te rajo —gruñe.

Me da un vuelco el corazón. ¿Lleva un cuchillo?

He conseguido acuclillarme cuando Gem suelta el bolso… solo para poder abalanzarse hacia sus ojos con las uñas extendidas como garras. El hombre chilla de sorpresa y dolor mientras ella lo araña, hasta que por fin le fallan las rodillas y suelta el bolso. Yo lo recupero al mismo tiempo que me pongo de pie, pero al cabo de un instante me lo arrancan de las manos de un tirón. Ha sido Gem, que lo usa para golpear al tío en la cabeza y derribarlo.

Gem me devuelve el bolso de inmediato y saca las llaves del bolsillo de su traje.

—Abre el coche, Kat, por favor —dice a la vez que me lanza las llaves. Consigo atraparlas al vuelo y presiono el remoto del llavero mientras ella patea, con fuerza, la cabeza del hombre caído con sus letales tacones—. Ni se te ocurra levantarte —gruñe Gem. Milagrosamente (o puede que no, porque ella da un miedo que te mueres ahora mismo), el hombre obedece.

Yo me desplomo en el asiento del copiloto y cierro la puerta. Me late el corazón tan aprisa que juraría que se salta latidos. Luego espero un minuto entero a que Gem se siente detrás del volante. Tan pronto como cierra la puerta, echo el seguro.

—Mierda —digo sin aliento al mismo tiempo que alargo el cuello para ver si el ladrón se dispone a seguirnos—. ¿Eso ha sido…? ¿De verdad ha pasado?

—Ha escogido a la viejecita equivocada, ¿eh? —responde ella a la vez que arranca el motor y emprende la marcha sin molestarse en mirar por encima del hombro. Suena un claxon estridente mientras añade—: ¿Te encuentras bien? Tienes las rodillas destrozadas.

—Estoy perfectamente —le digo y saco unos pañuelos de la guantera para limpiarme la sangre. El papel se me pega a las rodillas y se rompe cuando lo retiro, lo que empeora el aspecto de las heridas. Todavía tengo un nudo de miedo en la garganta, pero me lo trago e intento imitar el tono tranquilo de Gem—. Solo me he quedado un momento sin aliento. ¿Cómo estás tú?

Gem es la mujer más dura que conozco y asiste a clases de autodefensa desde hace décadas, pero igualmente. Si alguien me hubiera preguntado cuánto iba a tardar en dejar fuera de combate a un hombre adulto, habría jurado que más de un minuto.

—Mañana lo notaré —dice a la vez que hace un movimiento circular con el hombro—. Pero no tanto como él. Menudo cabrón. Y te ha tirado la bebida.

Miro la blusa estropeada y me trago una carcajada. Diría «me alegro», pero no sé si a Gem le parece tan horrible como a mí el estilismo de la mojigata Sophie Pilgrim. En vez de eso, le digo:

—Menuda pelea por un bolso que no vale nada.

—¿Que no vale nada? —pregunta fingiendo indignación—. ¿Cómo te atreves?

El bolso de Gem es una broma recurrente para todo el mundo que la conoce. Sea cual sea —el de tipo bolso habitual o este rancio de abuela que nunca había visto—, siempre lo lleva repleto hasta el borde de tantos trastos que no podría meter una billetera ni aunque quisiera. Algo que nunca se le ocurriría, porque Gem se guarda las cosas importantes en el bolsillo.

—Necesito todas y cada una de las cosas que llevo aquí dentro.

—Si tú lo dices…

Sonrío con desgana antes de recostarme contra el asiento. Ahora que la adrenalina empieza a bajarme, me noto agotada.

—Además, no iba a dejar que tu buen trabajo se desperdiciara —añade.

—¿Mi qué? —pregunto.

Gem me mira con una sonrisilla burlona.

—Busca en el lateral —dice.

—En el lateral de…

Echo un vistazo por el coche y entonces caigo en la cuenta de que todavía tengo su bolso en el regazo. Cuando le doy la vuelta, me fijo en el bolsillo abierto del lado izquierdo. Hundo los dedos y noto un objeto pequeño y duro: algo con texturas y de una suavidad imposible al mismo tiempo. De repente, tengo el presentimiento de que sé muy bien lo que es incluso antes de sacarlo.

No me he equivocado. Es el anillo de diamantes tipo guirnalda de Bennington & Main, que destella al sol de la tarde con el brillo de toda una galaxia.

CAPÍTULO 2
KAT

Solo he visto a mi madre realmente furiosa dos veces en mi vida.

La primera fue hace cuatro años, cuando su ex (o, como ella dice, esa escoria disfrazada de hombre que es Luke Rooney) le pidió amistad en Facebook después de ocho años sin dar señales de vida. Luke fue la primera persona con la que salió mi madre, si se puede expresar así, después de dejar al monstruo de mi padre. También fue la última, porque ese romance tan breve y desafortunado la convenció de que su gusto en cuestión de hombres nunca le traería nada bueno.

Y la segunda es ahora, con Gem.

—¿Que te has llevado a Kat a hacer qué?

—Tranquilízate, Jamie —dice Gem. Es la viva imagen de la calma excepto por la tensión de su mandíbula, que delata lo poco que le gusta que la interroguen. Pocas personas aparte de mi madre se atreven a hacerlo—. Ha estado genial.

Tendría que haberme guardado la sonrisa, porque Jamie me asesina con la mirada cuando la ve.

—Borra esa expresión de tu cara —me espeta antes de volverse hacia Gem—. ¿Lo dices en serio? No debería «estar genial». No debería participar en esto. ¡En nada de esto!

Al decir «esto» agita los brazos por la oficina de Gem, que está dividida en dos. La parte delantera es un despacho aseado y bien aprovechado con un cartel que dice IMPECABLE en el centro de una de las paredes forradas de madera. «Impecable» es el negocio de limpieza que tiene Gem desde hace un par de décadas, aunque el nombre (y la dirección) cambia con frecuencia. Mi madre empezó a trabajar para ella como empleada de limpieza cuando yo tenía cuatro años y fue ascendiendo poco a poco hasta convertirse en la contable del negocio. Jamie asiste a clases nocturnas ahora y le faltan pocos créditos para sacarse el título de técnico contable.

Pero esa es la parte delantera. Con «esto» mi madre también se refiere a la sala trasera, que alberga la otra mitad del negocio. Contiene mesas alargadas repletas de objetos de lujo como bolsos, dispositivos electrónicos y prendas de diseño, aunque lo que más abunda son las joyas. Algunas están fabricadas aquí mismo, como las falsificaciones de Gem, pero la mayoría no. La mayoría son robadas, porque Impecable y todas sus réplicas no son sino tapaderas del negocio más rentable de Gem: el robo de joyas.

Tampoco se llama Gem en realidad: no sé cuál es su verdadero nombre. Pero Gem es un apodo muy obvio que adoptó mucho antes de que la conociera.

—Mucho cuidado, Jamie —le advierte Gem en tono cortante—. Esto te da de comer. Y a Kat.

Jamie respira para tranquilizarse. Siempre he llamado a mi madre por el nombre de pila: solamente me lleva dieciocho años y durante buena parte de mi infancia parecía más una hermana mayor agobiada que una mamá. O una canguro que hacía lo que podía mientras contaba los segundos hasta que volvieran los padres.

—Ya lo sé, Gem —responde en un tono más controlado. Frunce la nariz, un gesto que realza la nube de pecas que tiene, y que yo he heredado. Lleva la melena oscura recogida de cualquier manera, exactamente igual que yo ahora que me he librado de la peluca rubia. A menudo nos toman por hermanas, sobre todo cuando se pone las prendas que conserva desde hace más de diez años. Si Jamie hubiera sabido que hoy iba a discutir con Gem, seguramente habría elegido otro conjunto en vez de las mallas raídas y la vieja sudadera de Perry el Ornitorrinco que lleva puestas—. Y te lo agradezco. Ya sé que cuidas de Kat. Pero pensaba que solo sería una etapa. Las falsificaciones empiezan a venderse muy bien y…

—Y solo nos proporcionan una pequeña parte de todo lo que necesitamos —la interrumpe Gem—. Por el amor de Dios, Jamie, ya lo sabes. Llevas los libros. Pagamos los materiales, pagamos la estructura y están llegando chicas nuevas. ¿Les digo que no tenemos nada para ellas? ¿Y si te hubiera dicho eso a ti hace doce años en Las Vegas? ¿Dónde estarías ahora?

Me aferro al borde de la mesa en la que estoy sentada mientras Jamie recula como si Gem acabara de pegarle un bofetón. Las Vegas. Es el punto más débil y bochornoso de mi madre y Gem casi nunca lo toca. Por lo general, el nombre de la ciudad basta para que Jamie se rinda en cualquier discusión.

Pero esta vez no. Sacude la cabeza para librarse del gesto de dolor y dice:

—Kat tiene dieciséis años.

—Y estoy aquí —intervengo con un gesto de saludo—. ¿Puedo decir algo?

Por lo que parece, no, porque Jamie continúa.

—No lo voy a permitir. Nunca lo hemos hablado y si lo hubiéramos hecho…

—Vale, muy bien, Jamie, te lo voy a explicar —la interrumpe Gem—. No he ido a Bennington & Main con la idea de robar la sortija. Solo quería echarle otro vistazo, compararla con la réplica. Que, por cierto, es perfecta. Resulta que la llevaba encima y Kat los ha distraído en el momento más oportuno. Ya sé que no era tu intención —añade levantando una mano para evitar que haga algún comentario—. Pero lo has hecho. Así que he reaccionado como lo haría cualquier persona con un mínimo de cerebro y he aprovechado la situación.

Jamie guarda silencio unos segundos mientras su mirada salta entre las dos. Luego dice:

—¿Resulta que la llevabas encima?

—¿Hum? —pregunta Gem.

—La sortija falsa. ¿Ha sido una coincidencia? ¿No un plan?

La voz de Gem desciende unos cuantos grados.

—Es lo que te acabo de decir, ¿no?

Se miran a los ojos y a mí me entran palpitaciones. Estos puntos muertos entre Jamie y Gem son cada vez más frecuentes y me inundan de un terror vago que no soy capaz de explicarme. Entiendo la postura de mi madre: yo también tengo pesadillas de vez en cuando en las que la policía se lleva a Jamie o noto algún pinchazo de culpa y vergüenza por cómo paga nuestro piso, la ropa y la comida.

Pero no sé cómo habríamos salido adelante de no ser por ella.

Y Gem es cuidadosa y estratégica con sus objetivos: para ella es un motivo de orgullo no robar nunca a nadie que realmente pueda salir perjudicado. O que se lo haya ganado de manera genuina, alega. Lo único que hace es recoger las migajas de los saqueadores corporativos del planeta.

—No me ha importado —salto a la vez que me levanto de la mesa—. Ayudarte, quiero decir.

La expresión de Gem se suaviza, pero antes de que ella diga nada más Jamie me aferra del brazo y me arrastra de un tirón hacia la puerta.

—Espera detrás —me ordena entre dientes—. Ahora.

—¿En serio? ¿Estáis hablando de mí y no puedo estar aquí?

Protesto mientras me sigue empujando.

—Tenemos que hablar de otras cosas también —replica Jamie antes de obligarme a cruzar la puerta y cerrarla.

Vaya, tengo un mal presentimiento.

¿Qué ha querido decir? ¿Qué he querido decir yo? Creo que he sido sincera al decir que no me ha importado ayudar a Gem, aunque por otro lado… ¿qué pasa con el pobre infeliz de Bernard? No quiero que se meta en un lío. Por no hablar de que Gem y yo no hemos sido precisamente discretas en Bennington & Main. Pegábamos tanto el cante que casi parecíamos un par de monigotes. Íbamos disfrazadas, es verdad, pero ¿de qué servirá eso si detectan la falsificación y alguien revisa las cámaras de seguridad?

De haber sabido lo que estábamos haciendo, me habría esforzado más en evitarlas.

—Ya están otra vez, ¿eh?

Me vuelvo de golpe al oír la voz, pero me relajo cuando veo a la hija de Gem, Morgan, que está sentada en el escritorio de cara a una pantalla. Morgan tiene más o menos la misma edad que mi madre y, como Gem siempre ha tratado a Jamie igual que a una hija, mi madre y Morgan son prácticamente gemelas. Rivalidad fraterna incluida, sobre todo desde que Gem ha empezado a mostrar cierto favoritismo por Jamie.

—Sí —respondo al mismo tiempo que me desplomo en la silla de enfrente y me doy media vuelta.

—¿Tiene algo que ver con eso de que vayas vestida como una…? —Morgan estira el cuello para verme mejor—. ¿Cómo describir ese conjunto?

—¿Cómo una adolescente reprimida recién salida de un colegio de monjas? —sugiero.

—Si era lo que pretendías, lo has clavado, Kat.

—No soy Kat. Soy Sophie Hicks-Hartwell.

Morgan esboza una sonrisilla irónica.

—No me digas.

Es raro. Cuando Gem me pidió que escogiera un nombre («cualquiera», me dijo agitando la mano como si fuera un genio concediendo un deseo), estuve a punto de decir «Kylie Burke». No tengo claro por qué me dio por ahí: es un nombre que nunca pronuncio en voz alta. En el fondo siempre me he preguntado si Gem sabrá algo de aquella niña perdida en el tiempo. Que Gem me llevara hoy por primera vez a hacer un trabajito me ha parecido una señal de que a lo mejor ya podíamos hablar de esas cosas. Pero al final no me he atrevido. Incluso estando con Gem, en la que confío más que en nadie sin contar a Jamie, es más seguro ser Sophie.

O Kat.

—¿Y cómo se las ha apañado hoy Sophie? —quiere saber Morgan.

Cuando le cuento lo demás, estalla en carcajadas.

—No tiene gracia —musito todavía nerviosa por la expresión de Jamie cuando me ha empujado por la puerta. Mi madre es una de esas personas que tienden a dejarse llevar: en nuestro pequeño hogar de dos, suelo ser yo la que decide cuándo comer, qué mirar en la tele y si alimentamos a los gatos callejeros que solemos atraer (siempre sí). El destello de pura determinación que he visto en ella justo antes de que me cerrara la puerta en las narices era nuevo.

—Pues en parte sí. Jamie y tú sois las chicas Gilmore metidas a delincuentes.

Una sonrisa baila en mis labios a mi pesar cuando le digo:

—Una y no más, te lo aseguro.

—¿Tan fea ha sido la discusión?

—Gem ha mencionado Las Vegas.

—Uf, mierda. —Morgan está tan horrorizada como cabe esperar—. Esto va en serio. —Me escudriña por encima de la pantalla y añade—. ¿Cómo es que a ti no te afecta tanto como a Jamie?

—Yo tenía cuatro años —digo—. Casi no me acuerdo de nada. Y las cosas de las que sí me acuerdo tampoco dan tanto miedo.

Quizá porque no estaba sola: mi recuerdo más claro de aquel fin de semana es haber aferrado la mano del hijo de Luke Rooney, un niño de cinco años, tanto rato y con tantas ganas que llegué a considerarla una extensión de la mía. «Os tuvimos que separar por la fuerza», decía siempre Gem.

Morgan se encoge de hombros. El gesto es exagerado, como lo son todos sus movimientos: los hombros prácticamente le alcanzan las orejas. Es corredora, alta y fibrosa, con un pelo corto que se arregla ella misma y una manga de elaborados tatuajes en un brazo.

—Hazte la dura si quieres, pero pasar seis horas perdida en Las Vegas debió de ser aterrador.

A veces pienso que debo de recordarlo mal y que vagar por esa ciudad siendo una niña de preescolar sin la supervisión de un adulto fue una experiencia peor de lo que quiero reconocer. Pero, por más que hurgue en mi memoria, no encuentro nada demasiado horrible. Seguramente porque a los cuatro años ya había pasado por cosas mucho peores.

Nunca hurgo en mi memoria buscando ese otro recuerdo. Jamás.

—El bufé del hotel me ayudó a estar tranquila —digo desdeñando el tema con un gesto de la mano—. Me puse morada de postres aquel día. —Luego, antes de que Morgan pueda preguntar nada más, levanto la barbilla hacia el ordenador y pregunto—. ¿En qué estás trabajando?

Su expresión se oscurece, pero no me cuenta nada.

—En lo de siempre —responde—. Apoyo técnico.

Ese es el papel oficial de Morgan en Impecable. Extraoficialmente está especializada en desplumar a los ultrarricos y casi siempre se le da de miedo. Pero se rumorea que la pifió en el último golpe, tanto que Gem lleva desde entonces de un humor de perros. Aunque ni siquiera Jamie conoce los detalles y está claro que Morgan no me los va a revelar.

Capto la insinuación de que no va a soltar prenda y saco el teléfono para revisar los mensajes. Tengo unos cuantos: en cuestión de amistades, Boston es una de las mejores ciudades en las que he vivido. Sea lo que sea lo que hizo Morgan, espero que no la cagara tanto como para que Impecable tenga que volver a mudarse.

Estoy a punto de responder a un mensaje de mi amiga Hannah cuando Jamie entra en el despacho por fin. Sola y con aspecto derrotado.

Morgan se reclina contra el respaldo y pregunta:

—¿Qué tal ha ido ahí dentro?

—Se acabó —suelta Jamie sin más.

Morgan y yo nos miramos confusas.

—¿La conversación? —intento aclarar.

—Sí. Pero lo otro también. Todo. —Salta a la vista que Morgan y yo seguimos a cuadros, así que hace un gesto con el brazo que abarca todo el despacho y continúa—: Impecable y lo que venga después. Trabajar aquí, hacer faenas para Gem. O sea… todo.

—Un momento —digo. El susto revolotea en mi barriga mientras Morgan se queda con la boca abierta—. ¿Has dejado el trabajo? ¿Porque he ayudado a Gem una sola vez?

—Sí y no —responde Jamie, que se estira con fuerza la sudadera—. Lo he dejado, pero no por ti. El negocio de la trastienda… ya no me convence. Hace un tiempo que no me convence. Esta conversación no es nueva. Solo se ha… acelerado.

«Lo ha hecho por mí». Pero no quiere decirlo. Me late el corazón a toda pastilla y noto un ahogo en el pecho que recuerda mucho al pánico. «¿Y ahora qué vamos a hacer?».

Los pensamientos de Morgan parecen discurrir en la misma longitud de onda, aunque no está tan ansiosa. Señala a Jamie con el boli y pregunta:

—Y si has dejado el negocio… ¿qué piensas hacer para ganarte la vida, exactamente?

—Gem me va a ayudar —dice Jamie—. Conoce a una persona de una inmobiliaria de Cambridge, una inmobiliaria legal, que está buscando un ayudante de contable. Me ha prometido que les dará buenas referencias.

Yo me limito a mirarla. Objetivamente tiene sentido: es el tipo de empleo con el que Jamie lleva años soñando. Por eso se está dejando la piel en la escuela nocturna. Y es un alivio que Jamie no haya mandado a Gem a paseo sin tener pensado un plan.

Pero trabajar para Gem significa estar siempre protegidas. Significa vivir en un barrio en el que, siendo sincera, nosotras somos lo peor que le puede pasar a alguien. Un sitio seguro, donde puedes dejar el pasado atrás porque aquí nunca vendrá a buscarte.

—¿En serio? ¿Así de fácil? —Morgan parece casi celosa—. ¿Decides dejarlo y de repente tienes un trabajo de nueve a cinco con… qué? ¿Seguridad social y toda la pesca?

—No es tan sencillo —protesta Jamie.

Algo del tono que ha usado me pone la piel de gallina. Morgan se endereza en la silla y dice:

—Ah, así que estamos hablando de un pequeño toma y daca, ¿eh? ¿Qué tienes que hacer?

—Nada del otro mundo —dice Jamie con un tono de falsa despreocupación que grita a los cuatro vientos «es algo muy, pero que muy gordo»—. Solo una faena más.

Morgan tamborilea con el boli contra el escritorio y pregunta:

—¿Cuál?

—El conjunto residencial Sutherland —contesta Jamie—. En agosto.

El nombre no me suena de nada, pero Morgan frunce el ceño y dice:

—Un momento, ¿en serio? Sutherland es mi contacto. La última noticia que tengo es que se canceló.

—¿Qué es? —quiero saber.

Jamie no me hace caso y deja la mirada clavada en Morgan.

—No, por lo que me ha dicho Gem —responde.

Morgan resopla.

—Habría sido un detalle que me lo hubiera dicho.

Ninguna de las dos me mira y mi paciencia está tan cerca de agotarse que hago chasquear los dedos delante de la una y de la otra.

—¡Hola! ¿Os acordáis de mí? Sigo en la habitación. Y no me estoy enterando de nada. ¿Qué es el conjunto residencial Sutherland?

Morgan señala a mi madre imitando una pistola con los dedos. Dobla el índice como si apretara un gatillo.

—El conjunto residencial Sutherland —dice— es la despedida triunfal de tu madre.

CAPÍTULO 3
LIAM

Nada más entrar en el restaurante comprendo que he cometido un error.

No sé gran cosa sobre el ambiente nocturno en Portland, en parte porque solo llevo seis meses viviendo en Maine, pero sobre todo porque, si salgo, voy al Five Guys. En internet, Leonardo’s parecía un sitio muy normal. Un local de los de antes sin pijadas: la clase de restaurante que viene a decir «no esperes demasiado de esta cita». Y tan barato que si alguien pidiera, pongamos, una sola copa de vino mientras espera a la pareja en cuestión, no tendría que pagar un pastón.

Pero la realidad es distinta. Esto es todo madera oscura, flores blancas y guirnaldas de lucecitas. El aire acondicionado está a la temperatura perfecta para una noche calurosa de principios de julio. De fondo suena música clásica, tranquila, y en una pequeña placa de bronce de la pared se puede leer LOS MEJORES LOCALES DE PORTLAND: LOS RESTAURANTES MÁS ROMÁNTICOS.

Como si me hubieran leído la mente, una pareja de chicos pasa sonriente por mi lado, de la mano, los dos vestidos con americanas chulas y camisas de buena confección. Además del puño que me estruja el estómago, me asalta una punzada de nostalgia. No digo que siga echando de menos a mi novio, Ben, pero, en general, la vida era mucho más sencilla cuando estaba con él.

—Bienvenido a Leonardo’s —me grita la anfitriona desde el estrado—. ¿Le puedo ayudar?

Es joven y guapa, con una coleta alta y una sonrisa radiante que me agobia aún más, no sé por qué. Esto parecía buena idea desde el portátil de mi padre, pero empiezo a lamentar a tope todas las decisiones que me han traído hasta aquí esta noche.

Aunque no tanto como lamento lo que yo no he decidido. Hay cosas que no se pueden cambiar, pero esto… Esto al menos parecía algo seguro.

—¿Se ha perdido? —me pregunta la anfitriona con amabilidad.

«No lo sabes tú bien».

Me guardo la respuesta sincera junto con el impulso de salir por piernas y digo:

—No, es que este sitio no es como esperaba.

Ella sonríe.

—Espectacular, ¿verdad? Los dueños nuevos lo han renovado de arriba abajo.

«Deberían actualizar la página web, ya puestos», pienso, pero me limito a decir:

—Sí, está genial. He reservado mesa a nombre de Luke.

No es mi nombre y al decirlo me siento como si mordiera un limón, pero ella no se da cuenta o quizá es demasiado educada para reaccionar.

—Ah, claro, la otra persona ha llegado hace un rato. Por aquí. —Coge un par de cartas y me guía por el restaurante a la vez que me pregunta por encima del hombro—: ¿Ha quedado con su madre para cenar?

«Tierra, trágame. Trágame ahora y acabemos de una vez».

—Mmmfff —mascullo con la esperanza de que mi respuesta sea lo bastante ambigua como para que no piense nada raro cuando lleguemos a la mesa. Aunque ¿a quién quiero engañar? Pues claro que va a pensar algo raro.

La anfitriona se abre paso por la zona de las mesas hasta que llega a una ocupada por una sola persona: una mujer morena y atractiva de treinta y muchos, que lleva un vestido azul marino y un montón de pulseras de plata. Se llama Rebecca Kent y, según su perfil de Amor Ante Todo, «va a dar una última oportunidad a los ligues online».

Tremendo error, Rebecca. Gigante.

Noto un retortijón en la tripa cuando nos detenemos junto a su mesa y ella levanta la vista con una expresión educada pero recelosa.

—¡Ha llegado Luke! —dice la anfitriona en tono alegre al mismo tiempo que hace un aspaviento estilo «tachán» que ojalá se hubiera ahorrado.

Rebecca parpadea descolocada. Salta a la vista que no soy la persona con la que ha quedado y sin embargo… me parezco a esa persona hasta extremos inquietantes. Como si lo hubieran metido en una máquina del tiempo y hubiera retrocedido veinticinco años.

—Yo, esto… ¿Perdón? —dice—. Me parece que no la he oído bien. ¿Qué ha dicho?

—Luke está aquí —repite la anfitriona con menos seguridad.

Rebecca frunce el ceño.

—Debe de haber algún…

—Tardaremos un rato en mirar la carta —intervengo antes de que pueda acabar la frase con «error». Arranco las cartas de la mano de la anfitriona y me siento en la silla que hay enfrente de Rebecca con una sonrisa compungida—. Hola —añado en tono apocado—. ¿Qué tal?

Rebecca se limita a observarme en silencio.

Ni siquiera puedo mirar a la anfitriona cuando retrocede murmurando:

—Que disfruten de la comida.

Dejo las cartas en la mesa con cuidado de no volcar la vela votiva que parpadea entre los dos. Luego cojo el vaso lleno de agua que hay a mi derecha y me bebo la mitad mientras Rebecca, sin dejar de mirarme, aferra el tallo de su copa de vino.

—¿Quién eres? —pregunta.

—Liam Rooney. El hijo de Luke —digo.

—¿El hijo de Luke? —repite—. Pero no tienes…

—¿Cinco años? No, ya hace tiempo que no.

Tomo otro sorbo de agua, pero no me sirve de nada. Tengo la garganta seca como el esparto.

—¿Tienes un hermano pequeño o…?

—No. Soy hijo único.

Rebecca ladea la cabeza y casi puedo ver sus engranajes mentales en funcionamiento mientras compara al chico de diecisiete años que tiene delante con la foto del niño de preescolar que Luke compartió con ella mientras chateaban en Amor Ante Todo.

Y con el propio Luke. El parecido es sorprendente: tengo el pelo castaño y lacio de Luke, sus mismos ojos azul intenso y una sonrisa risueña que sugiere que estoy a punto de compartir un gran secreto. Mi padre y yo tenemos el tipo de rostro que llama la atención y él le saca todo el partido que puede.

—¿Y eso del…?

—¿El cáncer? No tengo. Nunca lo he tenido. No me están tratando en el Hospital Infantil de Boston. No existe ninguna operación experimental que me salvaría la vida si el seguro la cubriera. —Me bebo el resto del agua antes de añadir lo que he venido a decir—. Así que no hace falta que le dé a mi padre dinero para eso.

—No me ha pedido… —empieza a decir Rebecca y luego aprieta los labios durante unos segundos—. Entiendo. Me estás diciendo que me lo pedirá.

—Se dedica a eso —respondo.

Cuando era más joven, de vez en cuando me preguntaba cómo se las arreglaba mi padre para pagar las facturas si, que yo supiera, nunca había tenido un empleo de verdad. Pero en aquel entonces me daba igual. Mi madre se divorció de Luke cuando yo era muy pequeño y se negó a permitir más visitas después de que mi padre me llevara a Las Vegas un fin de semana que le tocaba conmigo, se casara con una mujer que acababa de conocer y nos perdiera seis horas a mí y a la hija de cuatro años de su reciente esposa.

No luchó para seguir viéndome, así que mi madre y yo vivimos una vida feliz sin Luke durante más de una década en Maryland. De vez en cuando mi padre contactaba con ella para pedirle dinero, pero ella siempre borraba los emails con un despreocupado «ni en sueños». Para mí, Luke era como un personaje ficticio: el padre descarriado que me legó su aspecto y nada más.

Entonces, hace seis meses, mi madre murió en un accidente de coche y todo mi mundo se vino abajo.

Antes de eso no sabía lo que era el dolor. Nunca había perdido a nadie tan importante y no me imaginaba un futuro sin mi persona favorita. Pasé un tiempo medio ido y me sentía tan desgraciado que apenas me importó cuando un juez le dio a Luke mi custodia.

Nunca le he preguntado por qué accedió a ocuparse de mí y hace poco he empezado a pensar que lo hizo porque negarse le habría obligado a pasar demasiado tiempo en los juzgados.

—¿Cuánto tiempo llevo escribiéndome contigo? —pregunta Rebecca en un tono mordaz.

—Solo desde la invitación a cenar —respondo.

Di con el perfil de Luke por casualidad, cuando mi teléfono se quedó sin batería y cogí su portátil para echar un vistazo al tiempo. Él no había cerrado la aplicación, y la ventana de Amor Ante Todo seguía abierta. Cuando vi que era una página para ligar estuve a punto de rajarme, porque lo último que me apetecía era asomarme a la vida amorosa de mi padre. Pero entonces la vi: una foto mía en edad preescolar, en todo mi mellado esplendor. «No sé qué haría si le perdiera», le había escrito Luke a otra mujer —pre Rebecca— y tuve que leer la conversación de principio a fin varias veces antes de comprender que me estaba usando como cebo.

Tardé un poquitín en reaccionar. Dos meses después de mudarme con Luke, el embotamiento sustituyó al dolor. Me había acostumbrado a ir sonámbulo por la vida. Llevaba tanto tiempo anestesiado que me costó reconocer la descarga de emoción ardiente que estaba recorriendo mi cuerpo.

Y entonces caí en la cuenta. Estaba furioso.

Me sentó bien volver a sentir algo, aunque solo fuera rabia por saber que mi padre era un cabrón y un impostor. Así que decidí tomar medidas.

Pero puede que subestimara el factor incomodidad.

—Vaya, me siento una completa idiota —dice Rebecca, que deja en la mesa la copa de vino—. Me gustaría pensar que no le habría dado dinero, pero… no lo sé. Es muy convincente. —Asiento, y ella añade—: Entiendo que ya lo ha hecho antes.

—Unas cuantas veces.

Que yo sepa.

—Debería estar en la cárcel —dice Rebecca con amargura.

«Podrías denunciarlo». En parte he venido para pronunciar esas palabras, para sugerirle que finja que esta noche no ha existido y siga escribiéndose con Luke. Que le dé cuerda suficiente para que se ahorque. Yo no entiendo de esas cosas, pero esto debe de ser superilegal, ¿no? Que se pudra en la cárcel mientras yo convenzo al hermano de mi madre, mi tío Jack, de que se marche un poco antes de su misión con Médicos Sin Fronteras y vuelva a casa.

Pero ahora que estoy aquí, las palabras se me atascan en la garganta. No es por lealtad a mi padre, pero hay… algo. «Él me dio lo mejor de sí mismo —decía mi madre cada vez que sus amigas ponían verde a Luke—. Gracias a él tengo a Liam, así que merece un poco de cancha». No sé qué querría ella que hiciera en estas circunstancias, y antes de que pueda decidirme Rebecca empieza a recoger sus cosas.

—Supongo que debería darte las gracias —dice. No parece agradecida y lo entiendo perfectamente. Seguro que está pensando «de tal palo, tal astilla». Pero entonces su expresión se suaviza una pizca y añade—: Me voy a marchar a casa, pero ¿quieres que te pida algo para llevar?

No, por favor. No puedo dejar que me invite y me muero por largarme de aquí.

—Estoy servido, gracias. Y… lo lamento.

—No tienes nada que lamentar —me tranquiliza Rebecca a la vez que se pone de pie—, aparte del desdichado accidente que te endilgó un padre como Luke Rooney al nacer. —Guarda silencio un momento antes de añadir—. ¿Cómo has dicho que te llamabas? ¿Liam es tu verdadero nombre?

—Sí —respondo.

—Bueno, Liam, te deseo toda la suerte del mundo —se despide Rebecca. Saca un billetero del bolso y extrae un billete de veinte dólares que deja sobre la mesa, junto a la copa de vino—. Presiento que la vas a necesitar.

CAPÍTULO 4
LIAM

Me acuerdo mucho de Las Vegas.

Tenía cinco años y recuerdo que el ruido y las luces intensas me intimidaban. Recuerdo que me caía bien Jamie Quinn, la mujer que conocimos en la piscina. Recuerdo al imitador de Elvis que los casó a ella y a Luke, y al fotógrafo aburrido que después le tendió a Jamie un par de fotos familiares hechas con Polaroid. Ella se guardó una en el bolso y la otra me la dio a mí. Todavía la tengo; es la única foto que tengo con Luke que no he tirado a la basura en un momento u otro.

Recuerdo la habitación del hotel y que nos dieron un montón de mantas y almohadas a la hija de Jamie, Kat, y a mí para que hiciéramos un fuerte en el baño. Me parece que dormimos allí.

No recuerdo por qué Jamie nos dejó solos con Luke al día siguiente, pero sí el momento en que Luke decidió marcharse también.

—Cuida de tu hermana —dijo antes de coger sus gafas de sol y taparse con ellas esos ojos enrojecidos—. Vuelvo enseguida.

Recuerdo haberle dicho «no es mi hermana», pero se lo dije a una puerta cerrada.

El tiempo no significa gran cosa cuando tienes cinco años, pero Luke no «volvió enseguida», para nada. Yo estaba aburrido, así que puse la tele y pasamos un rato mirando dibujos animados. Entonces apareció un programa que nunca había visto llamado El arenero encantado y Kat se alejó del televisor como si estuviera en llamas.

—Odio ese programa —dijo, y antes de que yo me diera cuenta, Kat se había marchado de la habitación. No se me ocurrió nada más que seguirla. Y una vez que estuvimos en el pasillo… seguimos andando.

Todavía no me puedo creer que pasáramos tanto rato deambulando por ahí. Supongo que la gente se imaginó que nuestros padres venían detrás o quizá les dio bastante igual. Recuerdo que al principio fue divertido, sobre todo porque había mogollón de comida gratis para coger. Pero en cuanto salimos del hotel, que era lo que yo conocía, y me perdí, empecé a asustarme. Cogí a Kat de la mano y no se la solté ni cuando noté que se me dormían los dedos.

Llegó un momento en que estábamos tan agotados que nos acurrucamos debajo del mostrador desierto de un hotel de mala muerte y nos quedamos dormidos allí mismo. Cuando desperté, completamente desorientado, había una mujer de pelo gris arrodillada a nuestro lado, y yo seguía aferrando la mano de

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