El odio mueve el mundo

Arnau Blanch

Fragmento

Capítulo 1

1

Ningún viaje empieza bien si para iniciarlo tienes que renovar tu pasaporte. Burocracia criminal, desorganización pública, caos sistematizado, trámites agotadores. Confusión y anarquía en el núcleo duro del orden de un país. Allí, esperando entre el lío, pude observar con detalle lo que ya sabía: en el lugar donde se expiden los DNI españoles cuesta encontrar a un español. Burkas, bigotes y olor a kebab y a sobaco. La inmigración es compleja en sus causas pero simple en sus efectos.

Pantallas con carísimos sistemas, pagados con dinero de los contribuyentes, que generan tal desconcierto que precisan de instrucciones escritas a mano en un papel para su correcto uso. Frustración profesional en la ventanilla de cada funcionario disfuncional.

Renové mi pasaporte, que no había utilizado nunca, hui de aquel vertedero de despropósitos administrativos y volví a casa.

Había quedado con Ven a primera hora de la mañana, a las once. Fue muy considerado por su parte llamarme a las once y veinte para avisar de que llegaría con retraso. Para retraso el que arrastraba él de nacimiento. El día anterior no paraba de recitar su mantra favorito, que actualizaba según sus intereses: «Los domingos son los nuevos sábados». Justificaba maratones de tragos y pastillas, alegando que «los martes son los nuevos viernes», reinventando el calendario a su conveniencia, como si, por supuesto, los miércoles ya fueran oficialmente los nuevos sábados en su particular viacrucis semanal. Conociéndolo era bastante evidente que el muy perturbado vendría de empalme y colocado como un exministro en una eléctrica. Dudé por un segundo sobre la idoneidad de dejar tanto tiempo a su cargo a la gata Christie, pero me recordé a mí mismo que, obviando la innegable adicción a las pastillas y al popper de mi compañero de piso, nadie iba a cuidarla mejor que un marica que contestaba con un «pero más pena da un perro con collarín» a cualquier desgracia.

Ven era una mala influencia en todos los sentidos, pero dudaba que pudiera convertir en una delincuente a esa pobre gata. Sabía que la trataría bien y yo tenía demasiada urgencia por abandonar esa casa y empezar mi determinante viaje. Quería lo mejor para la gata, que, en su silencio, parecía ser la única capaz de comprenderme en este mundo de degenerados, pero quería aún más poder marcharme cuanto antes sin tener que preocuparme por cuidarla. Dicen que los gatos son muy independientes, pero la palman si los dejas una semana solos.

A pesar de nuestras incuestionables diferencias éticas, morales y espirituales, Ven y yo éramos algo así como mejores amigos. Nos conocimos con ocho años en el colegio. Al principio éramos tan solo dos niños tímidos e inseguros que se juntaban más por ser los descartes del resto de los grupos que por la voluntad de estar juntos. Nos hacíamos compañía, aunque sabíamos que, si en algún momento aparecía la oportunidad de juntarse con el resto de los niños, abandonaríamos al otro sin dudarlo. Pero esa oportunidad nunca llegó.

Habíamos compartido media vida juntos y, aun así, seguíamos siendo el yin y el yang. Ven era un depravado sexual que había descubierto que era maricón antes de que estuviera de moda y se extendiera y normalizara en nuestra sociedad como el tofu. Pero siendo tan joven y viniendo de una familia del Opus, no tenía muchas maneras de informarse sobre el sexo. Iba tan perdido que, cuando tenía trece años, decidió compartir con todos los colegas lo que, según él, era un invento increíble que había estado perfeccionando los últimos meses. Decía que había descubierto que «si se subía y bajaba el pellejo de la pilila durante mucho rato al final conseguía un placer enorme». El muy ingenuo creía haber inventado las pajas. Era una historia entrañablemente triste. Entendimos que estaba lejos de conocer que el universo se movía precisamente por las leyes de ese «placer enorme» y que nosotros, a esa edad, ya éramos cinturón negro en la técnica de la masturbación. La historia nos conmovió tanto que decidimos perpetuar nuestra humillación y concederle el apodo de «el Inventor», que derivó en «el Inven» y después en «Ven», un diminutivo muy alejado de su auténtico nombre, que era Aleix. Mi cerebro nunca conseguía relacionar su nombre real con su persona. En el colegio muchos habían sufrido sudores fríos al llamar a casa de sus padres y no saber exactamente cómo preguntar por él sin entrar en una encrucijada nominal. Él mismo se había resignado a aceptar el apodo y ya se presentaba como «AleixperotodosmellamanVen».

Durante la adolescencia, a una edad en la que lo normal era pensar con la polla pero en coños, Ven vivió una vida paralela chupando, en baños públicos, cipotes de adultos inestables y creyendo que el amor era una corrida en la boca. De forma bastante inteligente, y a diferencia de lo que siempre nos habían dicho, sabía que aceptar tus problemas solo es el primer paso hacia la debilidad y la burla ajena, así que escondía su evidente trastorno y negaba públicamente su desviación sexual, cosa que demostraba que solo era una fase de confusión aunque ya llevara más de una década confundido. Con los años comprendí que yo era el único capaz de curar a Ven de esa endemoniada manía suya de querer a quien quisiera y, por eso, a pesar de que me pareciera repugnante, lo ayudaba a huir de su tortuosa tendencia de maricón furtivo.

Ninguna de sus innumerables carencias impidió nuestra amistad, que se mantuvo estable, mientras que otras amistades mucho más prometedoras cayeron en el olvido. Podemos contar los amigos de verdad con los dedos de la mano de un Simpson, pero ni siquiera recordamos la multitud de potenciales amigos que, pasados unos años, terminaron pudriéndose en el oscuro e inmenso pozo de los conocidos. Para mantener una buena amistad, solo se necesita un vínculo en común lo suficientemente fuerte y estable como para olvidarte de que, en realidad, ese amigo no se parece en nada a ti. Y con Ven ese vínculo era nuestra afición al alcohol. Causa y solución de todos nuestros problemas.

Ven y yo habíamos empezado a beber tan jóvenes que, probablemente, ya habíamos destilado y bebido varias piscinas olímpicas antes de cumplir los veinte. Al principio yo tenía miedo de que se aprovechara de mí, me intentara comer el boquino y manchase mi reputación, pero con el tiempo constaté que yo era demasiado macho para un soplanucas como él y me concentré en compartir nuestros conocimientos sobre los destilados y la fermentación, demostrando mi tolerancia y empatía y apartando los prejuicios por una buena causa. No es que no supiera beber solo, pero prefería el trabajo en equipo. Beber en soledad parece una desdicha y beber acompañado, una celebración.

La borrachera era nuestro estado natural. A veces ni siquiera nos divertía. Bebíamos como hábito. La vida oscilaba entre ir borrachos y trabajar en ir borrachos. Y lo podríamos considerar un empleo porque, en nuestras mejores épocas, implicaba un esfuerzo de un mínimo de ocho horas diarias cinco días a la semana. Éramos auténticos gurús en nuestro oficio. Entre los trece y los catorce años, Ven tuvo que elaborar un complejo sistema de capas que cubrieran e impermeabilizaran su cama para no dejar rastros, ya que, después de beber, se despertaba cada mañana con el picor físico y la acidez emocional de haberse meado encima. Un bebedor amateur habría dejado de beber. Uno de élite como él aplicaba toda su inteligencia y recursos para seguir haciéndolo.

Mientras esperaba a Ven y aprovechaba mis últimas horas en pijama, sentí cierta pena por abandonar a su suerte a los que habían sido mis dos compañeros de piso durante tanto tiempo. Sabía que tanto la gata Christie como Ven no tardarían en desmoronarse y perder la cordura sin mi compañía y mis consejos, pero yo no podía seguir siendo la brújula de los desamparados para siempre y debía apostar por mí y, por una vez, ser un poco egoísta. Nada podía detener mi viaje, en el que había depositado todas mis esperanzas y ahorros y del que dependía no solo mi futuro, sino, siendo realistas, el de gran parte de la humanidad. Pero tenía que salir cuanto antes.

El día anterior, mientras organizaba mi equipaje, el incompetente de Ven había querido comprobar el correcto funcionamiento del candado pitón de su padre y lo había cerrado dejando mis cosas atadas a una de las sillas del comedor. No supo encontrar la llave y dedujo que estaría en casa de sus padres. Me prometió recuperarla antes de que yo me fuera o, en su defecto, conseguir unas tenazas para cortar la pequeña cadena que oprimía mis monumentales intenciones.

Había decidido guardar un último cigarro de despedida para antes de salir, pero durante el rato en que esperé a Ven me pasé por el forro de los cojones mi promesa de dejar de fumar y me soplé tres: mi último cigarro industrial y dos liados que improvisé con restos de Drum, que recopilé de las superficies de los muebles de la casa, y un poco de hierba rancia que había encontrado en el bolsillo de unos pantalones al empaquetarlo todo. Una vez más, me di cuenta de que los compromisos de mi yo del pasado no conocían las circunstancias de mi yo del futuro. Las promesas se vuelven mucho más valiosas cuando se incumplen.

Desde el balcón pude ver cómo llegaba Ven andando por la calle en un deslucido zigzag con el que sorteaba obstáculos donde no los había. Ven era un tío bajo y gordo —lejos de ser fofisano—, con unos profundos y tristes ojos azules y el pelo rubio, que había empezado a clarear para dejar paso al cartón, que tapaba con elaboradas cortinillas. Su falta de carisma inundaba toda su aura y lo convertía en un fantasma y en un indeseable social. En pleno 2018 llevaba una camisa estampada y unos pantalones de campana, en una combinación que demostraba, una vez más, que es una falacia popular que los maricones vistan mejor. No parecía ser consciente del ridículo que estaba haciendo por la calle. De hecho, no parecía estar consciente en general. Llegó al portal y, en vez de utilizar su llave, llamó al timbre intentando crear un ritmo gracioso que, a pesar de no haber metrónomo, sonó completamente fuera de tempo.

Como en cualquier conversación de interfono entre amigos, no quise desaprovechar la oportunidad de insultar.

—¿Por qué llamas, imbécil?

—He pedioodo ls llvssss, meg, meg —dijo en un intento de comunicación verbal que se intuyó como un sobreesfuerzo tremendo para sus habilidades motrices y cognitivas.

Yo, que ya había entendido su mensaje, le obligué a rebajarse un poco más contra el interfono de su propia casa.

—¿Qué? No te entiendo. ¿Se te ha dislocado la mandíbula entre las pastis y la polla que te has desayunado?

—He-per-di-do-las-lla-ves. Meg. —Sonaba como los primeros asistentes virtuales. Sílaba a sílaba, para que no se fundiera la maquinaria que le hacía funcionar el habla.

—Venga, inútil, que tengo prisa. Tendría que haber salido hace rato —le dije un poco nervioso.

Abrí la puerta y decidí que, antes de irme, tenía que regalarle una despedida que, a pesar de la papa que llevaba encima, pudiera recordar siempre. Dejé la puerta abierta y salí al descansillo con la raqueta eléctrica que habíamos comprado para matar moscas. La realidad era que nunca habíamos matado ninguna con aquel artilugio de AliExpress desmesuradamente potente, pero nos habíamos electrocutado los unos a los otros por diversión, como si fuéramos imbéciles de Jackass, pero más imbéciles aún porque, en nuestro caso, no ganábamos dinero por causarnos dolor. Esperé a que cogiera el ascensor y subiera hasta nuestro tercer piso y me escondí detrás de la puerta del ascensor, de forma que, cuando saliera, le pudiera electrocutar la nuca, ya que, según nuestros estudios recientes, era el lugar más sensible a los poderes de la raqueta. Lo difícil era arquearla lo suficiente para que quedara alineada con el cráneo y el cuello y el calambrazo afectara al máximo de superficie posible. Nada que no hubiera hecho mil veces para despertar y despedir a los afeminados a los que se beneficiaba Ven, que creía que yo era ajeno a sus recurrentes pecados.

Después de unos segundos, en los que estuve pendiente de que la gata Christie no se escapara, Ven abrió la puerta del ascensor e inició un balanceo que me hizo difícil calcular su trayectoria desde detrás. Salió del ascensor, avanzó un par de pasos, retrocedió otro y, cuando se disponía a abrir la puerta de casa, le rematé el cabolo con la raqueta completamente paralela al cuello.

Jugón.

Vi que saltaban chispas y se desprendía un humo que dejaría un olor a pollo en la escalera. Y también vi que, con el susto y su falta de reflejos, el muy imbécil se agarraba al pomo de la puerta para buscar un poco de equilibrio en ese frenético instante y, al balancearse hacia atrás, en un contrapeso tan torpe como exagerado, cerraba la puerta de casa y caía al suelo, dejándonos tirados en el rellano, literal y metafóricamente.

—Por favor, dime que, en realidad, tienes las llaves —dije, intentando asimilar lo que implicaba quedarme fuera de casa en ese momento crucial de mi vida.

Esbozó una sonrisa burlona y, desde el suelo, se sacó del bolsillo un juego de dos llaves de la pitón. Me las acercó a la cara y me las mostró inútilmente orgulloso.

—Joder, Ven, ¿tienes las llaves de casa o no? ¿Las has perdido? —le grité.

—¿He pedioodo ls llvssss de casssa? —contestó, entonando una interrogación que sonaba aún más contundente que una afirmación.

—Hijo de la grandísima puta.

2

La cartera de un adicto suele ser un pequeño expositor de sus peores vicios. Entre restos de todo tipo de sustancias, cualquier yonqui que se precie suele acumular tarjetas de crédito partidas en dos, agujereadas, sin chip o rugosas como un gotelé, demostrando que un trozo de plástico puede ser el mejor aliado en afters y demás situaciones de apuro y adicción. Ven, en un intento de calmar las aguas, afirmaba haber visto en TikTok el santo grial de los vídeos: cómo forzar una cerradura sin llaves. Decía que podía hacerlo con una tarjeta de crédito o una radiografía. Pero probablemente nadie lo había hecho en su estado. Lejos de tener las habilidades de MacGyver, Ven tenía la inteligencia de una Big Mac. Probó suerte deslizando, una por una, todas sus tarjetas, que fueron chocando sin remedio contra la cerradura y cayendo, poco a poco, en el interior del piso.

—¿Por qué no llamamos a un cerrajero?

—Porque esta estupidez nos costará más de cien euros —le contesté yo.

La tensión del momento y las horas sin ingerir alcohol empezaban a devolver a la realidad a mi patético amigo, que, en un atisbo de razonamiento lógico, me soltó:

—¿Y si llamas a tu abuela? Meg. A lo mejor hasta se acuerda de quién eres.

Mi abuela era la verdadera inquilina de ese piso, que aún gozaba de un derecho en peligro de extinción: la renta antigua. Consistía en un contrato de alquiler firmado antes de 1995 por el cual se pagaba una ridiculez, una renta muy baja, de por vida. O sea que hasta que Josefina no se metiera en la caja de pino, seguiría pagando esa miseria. La idea era que los ancianos con pensiones antiguas no tuvieran que dilapidar sus ingresos en los nuevos alquileres abusivos.

Cuando me enteré del chollo de mi abuela, entendí que se estaba desaprovechando una oportunidad. La pobre sufría demencia, a pesar de que tanto ella como algunos de sus médicos cómplices aseguraban lo contrario, y no era consciente de la suerte que tenía de vivir en un piso de noventa metros cuadrados en pleno Ensanche y pagar ciento cincuenta euros al mes.

En una jugada maestra contra el sistema, conseguí echar a mi abuela del piso, que, para mi sorpresa, no ofreció resistencia alguna, y vivir allí cobrándole trescientos euros a Ven por una habitación sin ventana. Esa pasta entraba limpia, ya que el piso, el agua y la electricidad seguían a nombre de mi abuela. Como compensación por los inconvenientes y para demostrarle mi agradecimiento, la interné en el mejor centro para mayores de toda Barcelona. Un lugar apartado, con vistas a la ciudad y al mar, por un lado, y a la montaña, por otro. Fue el único centro que aceptó aprovechar su demencia para probar medicamentos en fase previa a la comercialización a cambio de hacerse cargo de su estancia. Todos salíamos ganando. Mi abuela, la primera.

Hacía años que no hablaba con ella, pero prefería llamarla a pagar más de cien euros a un cerrajero, la garrapata de la desesperación.

—A ver, carapolla, ya había pensado en llamar a mi abuela, pero tengo el teléfono dentro con todas mis cosas —le solté a Ven.

—Llama desde el mío. Seguro que el número del centro está en Google.

Llamé al centro y me atendió una aburrida y miserable enfermera.

Centre de Salut Carretera de les Aigües, digui?

Una vez más, me atendían en catalán. La histórica manía de los catalanes en Cataluña de hablar su propia lengua.

—Hola, ¿me puedes pasar a la señora Josefina? —le dije, perdonando su falta de respeto cultural.

—Sí, claro, ¿de parte de quién?

—De su nieto.

Esperé unos segundos, oyendo de fondo una película de tiros e imaginando multitud de perennes partidas de dominó, mientras observaba la infructuosa misión de Ven tratando de abrir la cerradura con uno de sus pendientes y me planteaba la opción de internarlo también a él en el centro de mayores.

—La señora Josefina pregunta, literalmente, «si es el nieto subnormal o el okupa».

—¿Eso ha dicho mi pobre abuelita?

—Concretamente, ha dicho: «Si es el subnormal, pásemelo. Si es el okupa, dígale que espere a que me muera para saber algo de mí».

Una muestra más de su demencia incipiente era que había dejado de llamarme por mi nombre y había empezado a usar «okupa» para diferenciarme de mi hermano. Era difícil que alguien comprendiera el vacío que me causaba que mi abuela no me reconociera y solo apreciara a mi hermano retrasado.

Mi hermano y yo éramos gemelos, pero no nos parecíamos en nada. Yo era el pequeño por catorce minutos de diferencia. Tal y como dice la ciencia, éramos hermanos «mongolocigóticos», pero a él se le había desarrollado un trisomía 21. Vaya, que él tenía síndrome de Down y yo no, lo que solo pasa en uno de cada trescientos ochenta y cinco mil casos. Visto así, mi hermano era un subnormal profundo con muy mala suerte. A menudo lo llamaba Downatello por su afición a las pizzas, como la Tortuga Ninja, pero se llamaba Blas, lo cual, entre su nombre de muñeco pedagógico y su retraso ya conformaba un chiste en sí mismo.

Yo no me sentía precisamente orgulloso de tener un hermano gemelo mongolo. Renegué de su existencia desde que fui consciente de que el estado natural entre hermanos solía oscilar entre el odio y la indiferencia, en los casos normales, y que el mío era lo suficientemente especial para planear metódicamente su abandono precoz. Durante mi adolescencia fui distanciándome de él y martirizando su transitar por la vida para compensar los nueve meses que habíamos pasado juntos, en una paz congénita sin prejuicios de ningún tipo, y una infancia compartiendo miserias sin más compañía que la del otro. Además, tenía claro que él tenía la culpa de que mi padre hubiera muerto en el parto. Sí, mi padre. Otro imbécil con muy mala suerte, ya que era el primer hombre que moría en un parto en toda la historia de la humanidad. Una muerte súbita para finiquitar sus rápidos, tortuosos e improductivos veinte años dedicados a la frustración ajena. La genética es curiosa, ya que debería ser un arca de Noé intergeneracional con lo mejor de cada progenitor, pero, en cambio, también incluye en el bote las peores características de toda su estirpe. Heredé los ojos azules de mi madre, pero el estrabismo de mi padre. Eso me confería una mirada desconcertante, que yo consideraba una ventaja frente a mis interlocutores, que perdían tiempo y atención en decidir qué ojo era el que merecía su contacto visual. Tenía una enorme cicatriz en la barbilla, fruto de una de mis primeras borracheras en las que el desequilibrio aún era un enemigo y no un compañero, y la ocultaba tras una barba negra, que dejaba crecer sin control ni cuidado. Mi pelo, formado por folículos más gruesos que cualquier polla asiática, era una mata confusa y anárquica que me cortaba una vez al año con las mismas tijeras que guillotinaban mis uñas de los pies cuando ya no me cabían las zapatillas.

Yo era una masa enorme a lo alto y ancho. Un ser muy superior al resto de los mortales, que, seguramente, había robado las habilidades físicas y mentales a su hermano y le había dejado, a cambio, una estéril sensibilidad emocional. Según me decían siempre, tenía la misma constitución que mi fallecido padre: ciento sesenta kilos de pura potencia embutidos en un arqueado metro noventa. También heredé su misma tendencia adicta a todo tipo de sustancias. Nuestro cuerpo se adaptó a nuestros hábitos y adoptó una estructura estilo Playmobil edición especial que, en vez de articular los brazos hasta la espalda, lo hacía hasta la boca, con un cigarro pegado a la mano derecha y una cerveza a la izquierda.

Tragándome el orgullo, decidí adoptar la identidad de mi hermano con síndrome de Down.

—Dígale que soy su nieto el tonto y que voy a ir ahora mismo a buscar las llaves de su piso, que las tenga preparadas y, así, no tenemos que hablar.

—Las visitas de tarde son a partir de las seis.

—Mire, tengo prisa y no me gustaría tener que hablar con su superior…

—Disculpe, tengo otra llamada. Le esperamos a las seis —colgó.

Decidí mantener la calma y analizar la situación fríamente. Mi misión era una carrera de fondo con una meta tan lejana que no se podía ni siquiera intuir en el horizonte. Pero el tiempo jugaba en mi contra y debía partir cuanto antes. Dentro del piso lo tenía todo preparado, solo tenía que conseguir las llaves de casa, entrar, abrir el candado para liberar mi equipaje y marcharme. Ven propuso ir a tomar unas cañas hasta que empezara el horario de visitas del centro de mayores y, más allá de la pereza que me daba pasearlo con sus pintas de desequilibrado mental, me pareció una buena idea. Necesitaba unos tragos para calmar la ansiedad.

Nuestro bar era el ejemplo perfecto de la tendencia de la hostelería en España: antiguamente se llamaba Bar Manolo, pero llegó una familia de chinos invasores e inversores, lo compraron y cambiaron el nombre a «Manolo’s Bar». Creían que un apóstrofe y una s le daría un aire internacional y moderno, pero la esencia de un bar no depende de su nombre o sus instalaciones. La calidad de un bar se determina, entre otras pocas cosas, haciendo la media entre la escoria que lo regenta y lo buenas que estén las camareras. Y en el Manolo’s Bar, nosotros éramos sus peores clientes y las camareras, en este caso, eran nuestro colega Martín y un par de chinos de uñas largas. Así que, muy probablemente, era el peor bar de la comarca.

Ven y yo nos sentamos en la única mesa que quedaba libre, rodeados de trabajadores de la construcción, que acudían alegres a lo que ellos llamaban «el menú con gasolina» y que nos observaban alucinando como si fuéramos dos personajes de Miedo y asco en Las Vegas. Lo importante para ellos no era el menú, sino la gasolina incluida, que consistía en un litro de vino o cerveza, reclamo que añadían los dueños para llenar su pocilga de cerdos. Por los hábitos de la clientela, sabíamos que esa era la única manera que tenían de soportar el frío en invierno y el calor en verano. Sentía una profunda curiosidad por la tolerancia al alcohol de ese atajo de obreros desgraciados que manejaban, como si nada, maquinaria pesada después de hartarse a vino y carajillos.

Nos atendió Martín, nuestro colega y la razón principal por la que seguíamos acudiendo a aquel bar mancillado por asiáticos y guarros del hormigonado. Martín no podía presumir de una gran inteligencia —solíamos decir que alguien le había robado las palabras— ni de una gran memoria, pero era un estudioso de la raza aria, la supremacía blanca y los valores patrios. Tenía especial debilidad por Hitler y se basaba en todo tipo de teorías de la conspiración para asegurar barbaridades improbables como la inminencia de una pandemia mundial. Solía interpretar lo que leía a su manera y explicaba sus doctrinas con discursos algo inconexos y confusos. Aunque yo no compartía todas sus opiniones, era una de las pocas personas en mi entorno que luchaba por mantener una moral recta. Los dos coincidíamos en que la democracia era una patraña y que con un Gobierno de rojos tendríamos hambre y piojos. Un sistema que le daba el mismo valor al voto de una persona de bien que al de un inútil, un extranjero, una feminazi, un vagabundo, una puta, un pervertido y demás lacras de la sociedad era un sistema condenado al fracaso. Mi única aportación a la democracia fue cuando acudí borracho como suplente a una mesa electoral de mi barrio.

Martín trabajaba en un bar de chinos en un ejercicio de espionaje industrial, convencido de ser el caballo de Troya de todos los españoles de verdad, fundadores del actual imperio de bares más grande del planeta y amenazados por el colonialismo chino. Aseguraba llevar más de cinco años de incesante vigilancia y observación e insistía en que trabajaba de incógnito en el Manolo’s Bar, según sus propias palabras, como «agente secreto por la lucha y conservación del ADÑ». Elaboraba informes con la información que conseguía sustraer de los chinos en el bar y los mandaba, de forma anónima, a Democracia Nacional para erradicar la invasión extranjera en su país. La realidad era que su boicot había consistido, únicamente, en servirnos copas y frutos secos gratis y follar en el trastero con cualquier fresca que se dejara convencer por su esculpido cuerpo de revista.

Martín era un adicto al sexo, un desequilibrado que había subido al Himalaya de la lujuria y había creado un asentamiento inexpugnable, flanqueado por su vicio insaciable, su mandíbula de ángulos rectos y sus bíceps de Madelman aceitoso. Lucía una dentadura perfecta que combinaba de maravilla con los múltiples tatuajes en los que se dejaba su pobre sueldo. Luchaba, sin saberlo, con todas sus fuerzas por demostrar que la coincidencia etimológica entre cultura y culturismo es, simple y llanamente, una coincidencia. El cruasán con patas tenía menos luces que una patera y unas convicciones inamovibles, pero, a pesar de ir en contra de todos sus principios, terminó tolerando las mariconadas de Ven porque, después de muchas discusiones, le hice entender que yo lo estaba convirtiendo y que solo era un compañero confuso que estaba pasando por una fase gay.

Martín se acercó a nuestra mesa.

—Vaya pintas lleváis, ¿no? —dijo, esperando una explicación por nuestra parte—. ¿Tú no te ibas hoy? —me preguntó, al ver que no pretendíamos explicar nuestra vestimenta.

—Sí, pero el imbécil de Ven me ha dejado encerrado fuera de casa —contesté.

—La raqueta eléctrica… —dijo Ven, poniendo los ojos en blanco.

—Ya. La raqueta —dijo Martín, obviando la anécdota.

—¿Nos pones unas cañas? —dije.

—Sí, pero ¿me puedes contar por qué te vas? Yo no entiendo nada —dijo Martín apoyándose en la silla y dejando claro que no nos iba a traer las cervezas hasta comprender mi compleja situación.

No le había querido contar nada a Martín porque temía que se sumara a mi misión y la echara a perder. Era un paranoico y un impulsivo. Decidí contar lo mínimo posible.

—Me voy a China.

—¿Qué? —preguntó Martín, confundido. Quizás tenía que contar un poco más.

—Me voy a China a luchar por nuestros valores y a recuperar lo que es nuestro —dije.

—Está loco —dijo Ven—. Se cree que los chinos han organizado una conspiración en su contra y que le han…

—¡Shhh! —le hizo callar Martín, que quería evitar que nos escuchasen—. No hay ninguna duda. Hay una o varias conspiraciones a la vez —susurró—. Llevan años tramando algo. Pero ¿cuál es tu misión allí? ¿Quién te envía? Nadie me ha informado. Quizás pueda ayudarte… —insistió Martín.

—Creo que me entenderás mejor que nadie si te digo que es una misión secreta y que, de momento, no puedo contarte nada más —improvisé.

—Claro que te entiendo, compañero. La soledad del anonimato de la clandestinidad es dura, pero necesaria para nuestra profesión. Cuenta conmigo para lo que necesites y ve con mucho cuidado. Esta gente es capaz de todo, te lo digo yo, que he visto auténticas atrocidades —susurró Martín haciendo un ligero gesto con la cabeza señalando hacia la cocina—. ¿A qué hora tienes que estar en el aeropuerto?

—Voy a ir en bici —contesté.

—Hombre, mejor ve en metro. O, si no llegas, píllate un taxi, ¿no? —dijo Martín.

—Voy a ir en bici hasta China —respondí.

—¿Qué? ¿En serio? ¿Piensas ir pedaleando… —se quedó pillado unos segundos— hasta China? —remató, incrédulo.

—Ya te he dicho que se le ha ido la olla —insistió Ven.

—Voy a ir en bici a China —dije, sin ser muy consciente de lo que significaba esa contundente afirmación.

3

Esperamos hasta las cinco y media de la tarde bebiendo cañas. Yo empalmaba un cigarro con otro, apurando mis últimas horas como fumador antes de convertirme en deportista de élite. Martín y Ven me acribillaban con preguntas acerca del viaje y yo respondía con contundencia a pesar de estar surfeando las respuestas en un tsunami de dudas.

Cuando nos levantamos de la mesa, plagada de papelitos por la manía nerviosa de Ven de romper en trocitos diminutos cualquier papel o envoltorio, me di cuenta de que llevábamos una trabajada papa de media tarde. Habíamos estado alimentando esa merluza durante horas, pero, como en toda borrachera, necesité un cambio brusco de contexto para notar que ya iba pedo. Ven, que acumulaba una eternidad sin dormir, comer o dejar de ingerir todo tipo de pócimas, me hacía sentir en mis plenas facultades con su balbuceo y su movimiento de mecedora, foco de todas las miradas del bar.

Solíamos irnos del Manolo’s Bar sin pagar, pero, en esta ocasión, Martín nos dijo que tenía a los jefes vigilando y nos pidió que pagáramos, aunque fuera algo, para que pudiera darnos la misma cantidad de vuelta, pero en una combinación distinta de billetes y monedas. La clásica jugada de amigo trilero de barra.

—Te recuerdo que lo tengo todo en casa, Martín. No llevo dinero encima —dije en un tono educativo.

Martín miró a Ven, suplicando que le diera cualquier cosa para no llamar la atención de sus jefes.

—Toma, es lo único que me queda —dijo Ven, acercándole un triste y sintomático billete de cinco euros enroscado sobre sí mismo.

—Hijo de puta.

—Seguro que también te puede dejar unos restos de speed en la mesa a modo de propina —dije, haciéndole entender a Martín que ese rulo era su mejor oferta.

Martín cambió el billete por monedas y se las devolvió a Ven. En mi visión de emprendedor, visualicé una oportunidad y le dije a Martín:

—El cambio está mal. Faltan diez euros.

—Pero ¿qué dices?

—¡Faltan diez euros! —interrumpí a Martín, alzando la voz para que me oyeran sus jefes.

—Vale, vale…

Martín se dirigió a la caja y nos trajo dos billetes de cinco, uno de ellos el enrollado, que volvía a su dueño, y otro nuevo que acabábamos de ganar gracias a mi pericia.

—Ahora sí —dije con un tono amistoso.

—Oye, mucha suerte con tu viaje —dijo Martín remarcando en exceso las palabras, sintiéndose por primera vez acompañado por otros agentes secretos.

—Gracias —contesté, seco.

—Te echaremos de menos —insistió, de forma innecesaria.

—Que sí, que sí. Ya nos veremos —zanjé yo para terminar rápidamente la nauseabunda despedida y salir del bar.

El cerebro de Ven ya no era capaz de procesar e insistía en que quería ir a casa a dormir la mona, obviando que había perdido las llaves y que me había dejado tirado en la calle. Nos subimos a un taxi, que pagaríamos con los cinco euros del micromecenazgo del Manolo’s Bar, y nos dirigimos a la zona alta de Barcelona donde se situaba el centro para mayores. Hacía años que no veía a mi abuela. De hecho, hacía años que no veía a nadie de mi familia. Negaba rotundamente el concepto de que la familia la conforma quien comparte la misma sangre. Woody Allen se atrevió a decir una vez que «lo más importante en el mundo es la familia y el amor». Y el muy chalado se aventuró a juntar los dos conceptos y se casó con su hija adoptada. Solíamos calcular la locura de alguien en la escala de Woody Allen: «Ese tío es un perturbado de grado 7 en la escala de Woody Allen».

Mi abuela, en esa escala, obtendría una matrícula de honor. Era mi abuela paterna y resultaba un expositor genético en el que me reconocía de forma sorprendente, más por nuestro carácter que por nuestro físico. Los dos teníamos los ojos azules, pero, a diferencia de ella, yo tenía la piel morena y más dura que una infancia en Siria. Ella tenía el pelo fino y rubio y yo, en cambio, tenía el pelo más oscuro que el codo de un peruano. Además, mi abuela llev

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