El periodismo chileno es un río que fluye desde muy lejos, lleva más de doscientos años, y solo durante los últimos setenta adquirió las características ideales que lo identifican: una actividad vinculada a la vida democrática, que interpela al poder político mediante un método de conocimiento de la realidad basado en la evidencia, con una tenaza en la objetividad (real o supuesta) y otra en la búsqueda de la verdad, desarrollada por profesionales especializados que en su gran mayoría estudian en universidades.
Contar la historia del periodismo encierra varias trampas. ¿Qué o quién sería el protagonista de esta historia? ¿Los medios de comunicación? ¿La evolución de la disciplina misma? ¿Las personas que ejercieron esta actividad? Si consideramos que el periodismo es también uno de los principales insumos de la historia en general, nos enfrentamos a un metaproblema: intentamos contar la historia del bisturí antes que la historia de la cirugía. El periodismo no suele reflexionar sobre sí mismo ni llevar necesariamente el registro de lo que ocurre tras sus bastidores. Se da así la paradoja de que la actividad humana moderna que más registros ha producido es sumamente escueta al dar cuenta de su propia sala de máquinas.
Los medios periodísticos nacen y mueren hablando de otros temas: política, deporte, espectáculos, cultura, gastronomía. Sabemos quién fue el primer presidente de la República, el primer equipo de fútbol que ganó un campeonato o la primera vez que el Festival de Viña del Mar se transmitió a color; pero ignoramos quién fue el primer periodista al que le pagaron por trabajar a tiempo completo buscando información en la calle.
Y, sin embargo, no estamos por completo en penumbras.
Por lo menos, este libro tiene claro lo que no debe ser. No debe ser el recuento del registro periodístico de los grandes acontecimientos, es decir, la historia de un país a través del periodismo. En los últimos años, por ejemplo, gracias a YouTube, los chilenos hemos podido acceder a emocionantes recuerdos de nuestra historia reciente: discursos radiales de Arturo Alessandri o Pedro Aguirre Cerda, imágenes de los grandes terremotos, secuencias de la Unidad Popular. Cualquier visita a la hemeroteca de la Biblioteca Nacional implica la posibilidad de saber qué escribieron —es decir, qué sintieron— los protagonistas de las grandes guerras internacionales y civiles del siglo XIX.
No es poco.
Todos esos registros ocurrieron porque los hizo posibles una ocupación, un oficio, una profesión o como quieran llamarla, propia de la vida moderna. La verdadera protagonista de este libro es esa etérea idea: que algunas historias de la vida pública merecían ser conocidas por sus contemporáneos. Esa idea es el periodismo.
Pero esta definición también es de cierta manera acotada. El periodismo no se hace solo. En Chile comenzó como una herramienta de propaganda política, al amparo de un Estado revolucionario que se aprontaba a librar una guerra civil contra la vieja potencia colonial. Continuó en manos de políticos que eran a la vez periodistas, editores, publicadores y escritores (muchas veces, todas estas almas en una misma persona), que gastaban dinero que no tenían (muchas veces el del propio Estado) en publicar hojas de papel impreso destinadas a la denostación del rival político de turno o al ensalzamiento de una idea que parecía la única valiosa. En algún momento del siglo XIX este oficio dejó de ser una aventura personal, y aparecieron las organizaciones periodísticas: los diarios y revistas, las empresas editoras, pequeñas, medianas y grandes, con más o menos grados de fortuna y seriedad. Algunas mujeres de la elite cultural entraron en ellas para encaminar la conversación hacia la cultura y la educación. En el siglo XX, al amparo de las nuevas tecnologías electromagnéticas, el periodismo asumió como suyo el rol de fiscalizar al poder político, una manera de evitar que el poder se pasara de pueblos para transformarse en tiranía. Los periodistas formaron organizaciones gremiales y lograron que las universidades los tomaran en serio y crearan las escuelas de periodismo.
Finalmente, si uno quisiera formarse una imagen general de los doscientos años del periodismo en Chile, esta sería la de un triángulo en cuyos vértices se encuentran los periodistas, los medios de comunicación y el poder político. Este libro intenta explorar las vibrantes líneas que han unido estos tres puntos, un ménage à trois que es, en realidad, una condena: nunca totalmente libres, nunca totalmente definidos, nunca totalmente transparentes, catetos e hipotenusa forman, sin embargo, nada más y nada menos que la base de nuestra vida en sociedad. Sin periodismo estaríamos perdidos en la más densa de las nieblas y, menos que ciudadanos, nos pareceríamos a los aldeanos de la película Shrek: ignorantes del mundo, aferrados a una metafísica sentenciadora y brutal, prestos a marchar con horquetas a clavar a quien se aparte de la norma; sujetos de reyezuelos que van desnudos.
Con todo, y tal como acontece con la libertad de expresión, el periodismo es una disciplina incomprendida quizás porque la atraviesan una serie de interrogantes difíciles de responder: ¿sobre la base de qué mandato democrático escudriña en casi todo lo que se le pone por delante? ¿No hay, más allá de los elevados principios que se enseñan en las universidades, detrás de todo esto un simple afán comercial? ¿Qué pasa con los errores en el periodismo, cuando una persona inocente es denostada o difamada al calor de una denuncia rápida? ¿El afán fiscalizador corre para todos los sectores políticos que llegan a La Moneda o es más fuerte para unos que para otros? ¿Los dueños de los medios de comunicación son neutros con respecto a sus negocios, preferencias, valores y posiciones políticas? ¿Es el medio el mensaje? ¿Quién nos informa respecto de nuestros informadores?
Esta historia dará cuenta, ciertamente, de un oficio imperfecto; aunque ni más ni menos que la propia democracia. En el centro de los conflictos, periodistas y medios muchas veces se confunden con ellos. Y, sin embargo, desde la perspectiva del tiempo, el periodismo chileno, junto con las instituciones de la República, ha tenido una permanencia constante: una sociedad de civiles que se narra a sí misma semana a semana, día a día, hora a hora, minuto a minuto.
Desde luego, esta no es la primera vez que se escribe sobre el recorrido del periodismo en Chile. En algún momento, a finales de 1958, el periodista Raúl Silva Castro puso el punto final de su contundente libro Prensa y periodismo en Chile (1812-1956), hasta ahora el último y único esfuerzo de historia general del oficio. Para entonces, la televisión en Chile era una guagua de probeta y los periodistas de radio, con la llegada de las cintas magnetofónicas, recién se daban el lujo de salir de sus oficinas. Silva Castro escribió una obra monumental y detallista en extremo: revela no solo las intimidades de la Aurora de Chile, sino también la de buena parte de los diarios que existieron durante el siglo XIX y la primera mitad del XX; pero no menciona a la radio. Poco tiempo antes, en 1956, Alfonso Valdebenito había publicado un título similar: Historia del periodismo chileno (1812-1955), acaso más que una historia en el sentido general, un ensayo que mira tanto la cronología como la profesión misma, incluidas sus zonas oscuras que por ese entonces, en el cénit de la democracia desarrollista chilena, tenían que ver con la repetida costumbre —vicio, diría uno— de las autoridades de encarcelar a los periodistas que se interponían en su camino o enviarlos a lugares lejanos y aislados.
Este libro intenta llenar un vacío: no se ha escrito una historia general del periodismo chileno desde entonces. Desde luego, decenas de investigadores, periodistas y académicos han mirado distintos periodos, temas y asuntos relacionados con el devenir periodístico chileno y escrito publicaciones fundamentales. En una injusticia evidente, porque la bibliografía sobre el tema es más que extensa, solo nombraré aquí, como ejemplo, las investigaciones de María de la Luz Hurtado, cuya historia sobre los orígenes de la televisión es ineludible, el trabajo sostenido de Eduardo Santa Cruz en diferentes ámbitos del periodismo en los siglos XIX y XX.
Tal vez hay que decir algo sobre el título. Esta no es, a propósito, una historia del periodismo chileno porque no existe tal cosa: el periodismo, al menos en el caso de este país, no tiene una singularidad que lo distinga del oficio que se practica en otras partes del mundo. Se trata, más que de un afán particularista, de una historia del periodismo en Chile, es decir, de cómo la profesión se desarrolló dentro de nuestros límites y, más importante aún, dentro de las específicas condiciones políticas, económicas, sociales y culturales que determinaron la gran historia.
A pesar de la extensión, quedan, por supuesto, aspectos sin abordar. Hubiera sido interesante indagar en el campo de las comunicaciones y en el mundo de los periodistas que se desempeñan en empresas privadas y en el sector público. Todo ese terreno que no corresponde a los medios de comunicación, pero en el cual miles de periodistas han ejercido su oficio, sobre todo en la actualidad, cuando representa el principal sector laboral para los profesionales egresados de las escuelas. Este universo ha quedado fuera de este libro, no porque, como se enseñaba en mis años de universidad, crea que «no es periodismo», sino porque excedía las capacidades de esta investigación. Queda pendiente.
«Demasiado pronto para saberlo». La vieja frase de Chou En-lai sirve para poner punto final a cualquier historia. En este caso, no se ha profundizado en las redes sociales y en las nuevas maneras de hacer periodismo que estas encierran. Considero, simplemente, que es un fenómeno en curso y, como tal, no puede mirarse desde una perspectiva histórica. No todavía.
SANTIAGO, NOVIEMBRE DE 2023
INFORMACIÓN PRIVILEGIADA
En el año mil, cuando Leif Erikson descubrió América, no existía la imprenta. Entonces, la narración de esta proeza vikinga encontró grandes obstáculos para ser conocida. Setenta y cinco años más tarde, recién apareció la primera referencia escrita —a mano, apenas unas líneas— que daba cuenta de las nuevas tierras.1 En algún momento del siglo XIII, más de doscientos años después, el viaje de Erikson logró alcanzar cierta fama: se transformó en algo más grande, un poema —otra vez, escrito a mano—, conocido como «Saga de los groenlandeses», que circuló en forma reducida entre la pequeña comunidad medieval alfabetizada del norte de Europa.2
El siguiente descubridor de América tuvo más fortuna. A su regreso a Europa, después de su primer viaje a lo que suponía era India, Cristóbal Colón escribió desde Huelva una serie de cartas informando el acontecimiento. Era febrero de 1493. Ya en marzo una de las cartas estaba impresa. En abril, copias de la misiva estaban disponibles en varias capitales europeas.3 Gracias a la imprenta, la noticia de este acontecimiento se difundió rápido por el mundo.
La imprenta para entonces tenía apenas un poco más de cuarenta años de vida. Se trataba de una idea simple pero brillante: unir la vieja y conocida prensa para hacer vino con los tipos móviles que habían desarrollado los chinos. El cerebro tras esta ingeniosa idea era un oscuro herrero alemán llamado Juan Gutenberg. Hacia 1553 le había dado el palo al gato: su sistema había demostrado ser más rápido y barato que el extenuante embrollo de copias manuscritas y rodillos entintados utilizado hasta entonces. Gutenberg murió en la miseria, pero su invento no.
Todas las coronas de Europa entendieron de inmediato que el nuevo artefacto era más que un juguete sofisticado. Nuevas ideas, ideas contrarias al poder establecido, como las traducciones de la Biblia del latín a las lenguas que efectivamente la gente hablaba, empezaron a ser posibles.
Con la excepción de Holanda —que era una República—, todos los países europeos impusieron algún mecanismo de censura previa sobre la nueva tecnología. En lo que nos toca a nosotros, la Corona española fue de las más reaccionarias. No solo todas las imprentas establecidas en cada ciudad debían contar con la aprobación del rey, sino que cada libro que se publicara debía también ser inspeccionado por la Inquisición católica; además, debía pagar impuestos. Y esto solo en el caso de lo permitido. De lo prohibido se encargaba también la Inquisición católica. Las penas regían no solo para quienes imprimiesen fuera de ley, sino también para quienes poseyeran obras que estuvieran en el index librorum prohibitorum, la lista negra de la literatura que Roma se encargaba de actualizar cada cierto tiempo. En distintos periodos, las penas fluctuaron desde la multa a la hoguera, pasando, ciertamente, por la cárcel.
Pese a este marco, el devenir de los textos impresos en España no fue solo una historia de tiranía y opresión. Dentro de lo permitido —y lo permitido se fue ampliando— el mundo hispano se integró en parte a la modernidad europea que implicaba la imprenta. «Gacetas» y «Mercurios» se titulaban los primeros periódicos con los que, en el siglo XVII, la elite hispana podía conocer su mundo: actualidad, literatura, teatro; noticias de España, el resto de Europa y otras partes del planeta. Tanto la Gaceta de Madrid como el Mercurio histórico y político copiaban sin demasiada diferencia el modelo de los periódicos que se imprimían en Londres, París, Viena y Roma. El Mercurio histórico y político, editado en Madrid, contenía
el estado presente de la Europa, lo sucedido en todas las Cortes, los intereses de los Príncipes, y generalmente todo lo más curioso, perteneciente al mes [...] Con reflexiones políticas sobre cada Estado. Compuesto por El Mercurio de La Haya, y sacado de otros documentos y noticias públicas.4
No había en este protoperiodismo una idea consciente de salir a buscar las noticias ni una organización detrás que las produjera (ni mucho menos se pensaba en cuestionar las versiones del Gobierno). Se trataba, por lo general, de empresas llevadas adelante por un solo individuo o por una familia que se encargaba de todo: recolectar los documentos para publicar, imprimir las hojas, distribuirlas, pagar los impuestos y negociar con los censores. No hay aquí noticias tal como las conocemos, aunque sí había novedades impresas. La ambición era más simple: ofrecer un recuento de aquello que —por cartas y rumores— se enteraba la persona encargada de escribir el periódico o simplemente reproducir lo que decía otro periódico —como el Mercurio de La Haya en este caso—, además de publicar los documentos oficiales proporcionados por la Corona. Mucho menos pretendía este Mercurio histórico y político sacudir los cimientos del poder, puesto que era la Corona la que permitía su existencia.
A partir de la llegada de los Borbones al trono español en 1700, hubo una importante, aunque incompleta, soltura de amarras en el alcance de lo que las imprentas podían hacer. En 1768, el rey Carlos III salió triunfante en su disputa con la Iglesia católica al arrebatarle la tutela general sobre las imprentas y los impresos, de manera que la Inquisición quedó a cargo solo de las impresiones relativas al dogma y la fe. Esto implicó que los autores y escritores de libros pudieron defenderse mejor de las acusaciones que se les formulaban y la eliminación de buena parte de la burocracia relacionada. También animó a los primeros periodistas a ir un poco más lejos.
Pero una cosa era lo que ocurriera en la metrópolis central y otra la situación del vasto imperio. La imprenta llegó a los dominios a cuentagotas. México y Lima, las ciudades sedes de la administración virreinal, tuvieron imprentas en 1539 y en 1584, respectivamente. Paraguay más de un siglo después: en 1705. En el siglo XVII la instalación de imprentas para Hispanoamérica fue relativamente prolífica: en La Habana en 1707, en Quito en 1760, en Córdoba en 1766, en Bogotá en 1777 y en Buenos Aires en 1780.5 No se trataba de una «industria de la imprenta», muchas veces eran solo desvencijados artefactos en los que se podían imprimir, como mucho, pequeños textos, que eran casi siempre de tipo religioso.
Pero al menos algunas ciudades, sobre todo las capitales virreinales, contaron con imprentas lo suficientemente sofisticadas como para producir sus propios periódicos. A la Gaceta de México, que apareció en 1722, le siguió una gaceta de Guatemala (1729), Lima (1743), La Habana (1764), Bogotá (1785) y Primicias de la Cultura de Quito (1792). Todos estos periódicos continuaron con la estructura clásica de las publicaciones de la era borbónica: no eran un motor del cambio político, sino, más bien, una manera en que súbditos y reyes compartían una idea de civilización común, un mundo en el que los monarcas seguían siendo divinos, pero se abrían en algo a los vientos de la ilustración y el racionalismo. Quienes vivían en sus territorios merecían estar informados, al menos, de las llegadas y salidas de los barcos y de si la reina había dado a luz a una guagua sana.
Solo adquirían características que podríamos considerar modernas, en el sentido de que reconoceríamos en estos periódicos propiedades que hoy tienen los medios de comunicación, cuando efectivamente informaban sobre terremotos u otros desastres naturales.
Un terremoto hizo que alguien que no conocemos publicara, el 31 de agosto de 1785, un «Aviso», una hoja sin mayor pretensión que informar del hecho.6 Apenas tres semanas más tarde, aparecía la Gaceta de Santafé (de Bogotá). La persona que redacta explica allí que, tras el gran terremoto de julio de ese año, comenzó a escribir y enviar muchísimas cartas con información de la que se enteraba; pero el correo funcionaba mal, de modo que, gracias a las bondades de la imprenta, consiguió hacer aparecer una gaceta, y que aspiraba ser
una carta común por la cual a todos se les avisa de lo que sucede o se sabe en el lugar en que se escribe, y cada uno se aprovecha de las noticias que en ella encuentra a proporción de su entidad, o de lo que se interesa en promover el bien público, o al menos emplea honestamente el rato de tiempo que se detiene en leerla, y se halla sensiblemente instruido de lo que pasa a muchas leguas de su residencia, y en disposición de mantener con decoro una conversación entre gente culta...7
Pero ¿eso era todo? ¿Dónde y cómo podía uno enterarse de los vericuetos del poder, de las «cocinas» políticas, del mundo de capas y cuchillos donde se tomaban las decisiones, de aquello que estaba más allá de «mantener con decoro una conversación entre gente culta»? Que esta información estuviera controlada no significaba que aquellas otras facetas de la información no existieran ni salieran a la luz pública.
La verdad es que la imprenta no terminó con las formas de circulación de noticias que había antes. En la medida en que la nueva tecnología construía un sistema de negocios informativos basado en lo oficial, permitido y aceptado por el poder, los viejos manuscritos, las cartas, los dibujos y la oralidad mantuvieron la rebeldía. La Revolución francesa de 1789 no se fraguó en las gacetas que contaban con la aprobación del rey, sino en una intrincada red informal de rumores, cartas, reuniones sociales, manuscritos, poemas y hasta canciones que circulaban en grupos más o menos definidos de la sociedad, pero que se traspasaban, llegando muchas veces al bajo pueblo e incluso a oídos del rey al que criticaban. Si uno quería enterarse de lo que verdaderamente ocurría en, digamos, París en 1750, tenía que ir al Árbol de Cracovia, un vetusto nogal situado en los Jardines del Palacio Real, junto al Louvre, donde los nouvellistes de bouche (novelistas de boca) contaban a viva voz los últimos sucesos que ocurrían en el palacio, desde tratados internacionales hasta líos de lecho, obtenidos de la charla de una sirviente indiscreta, de un cocinero o algún cortesano herido en su ego. Este fue apenas uno de los componentes de un amplio y consolidado sistema de distribución de noticias que abarcaba a buena parte de la sociedad, y del que acaso estamos experimentando un renacimiento de la mano de las redes sociales. Mención especial merecen las canciones, que no eran sino formas mnemotécnicas para declamar poemas irónicos o satíricos; acaso los tatarabuelos de los memes.8
A partir de la Revolución francesa, este sistema decreció, dada la completa libertad de la que gozaron los políticos republicanos para imprimir sus propios periódicos, en los que la idea monárquica y el secretismo volaron por los aires (a la par que las cabezas de reyes y revolucionarios). En esa época, en España gobernaba Carlos IV, el penúltimo rey borbón de la vieja escuela. Los periódicos franceses republicanos empezaron a llegar a España a través de suscripciones de súbditos españoles y —coincidencia o no— con ellos apareció una nueva costumbre en la península: un periodismo clandestino, directamente opositor a las autoridades y, sobre todo, al ministro Manuel Godoy, quien era, en realidad, el verdadero poder. En estos casos ya no se trataba tanto de información confidencial, sino de trozos de papel manuscrito que contenían hilarantes, mordaces e irónicas críticas a las autoridades, y que se colgaban a la vista del público en sitios concurridos de las ciudades, circulaban de mano en mano y se comentaban en las tertulias.9 Acaso el ejemplo más citado de estos libelos es la famosa Confesión del Conde de Floridablanca. Copia de un papel que se le cayó de la manga al Padre Comisario General de los Franciscanos, vulgo observantes, de mayo de 1789. Floridablanca estaba en una pugna contra otro noble, el conde de Aranda. El primero sostenía que el rey, a través de sus ministros, debía ejercer más poder. Esto no se trataba, como podría sugerir una interpretación contemporánea, de una lucha entre represores y reprimidos, sino de una disputa por poder dentro de la elite que controlaba al Estado. Los autores imaginaban que el conde de Floridablanca recitaba treinta y cinco mea culpa por su ineptitud política; el texto iba desde el sarcasmo al insulto directo, por momentos era procaz y, por supuesto, dejaba a Floridablanca como un perfecto imbécil.10
Para entender el efecto de fondo de la ironía sobre el sistema político del siglo XVIII, hay que partir de la base de que esto no era solo humor. Se trataba de una vulneración, por vez primera en forma impresa, del principio del secretismo del poder, que es la base del pensamiento político autoritario que había estado en vigencia por... hasta entonces, toda la historia de la humanidad. Aunque fuera en forma de chistecillos sabrosos y se remitieran a circular dentro de una elite informada, este tipo de libelos rompía el principio de que el secreto era una condición para el buen gobierno. ¿Podía haber gobernabilidad con esos niveles de transparencia en un sistema monárquico como el de los Borbones? La respuesta que dio el Estado fue contundente: se trataba de un delito que hoy se podría homologar a los delitos contra la seguridad nacional. El rey Carlos IV recurrió a sus antiguos adversarios de la Santa Inquisición para que hicieran lo que sabían: perseguir a los escritores detrás de estos libelos y encarcelarlos.
De aquí en más, solo faltaría que ocurriese en el mundo hispano lo que ya había sucedido en Francia: que el rumor de la calle que llevaba al público el tejemaneje del Gobierno se transformase en palabra impresa.
Las Gacetas que existían en la América hispana fueron unas hojas impresas que jamás pusieron en duda los asuntos del rey o del virrey, porque de alguna manera eran la voz de la autoridad. En el lejano Reino de Chile, estas hojas llegaban con periodicidad limitada, atrasadas, y dependían de la fortuna de los navíos que las traían. La Gaceta de Lima era la más cercana, aunque ya a finales del siglo XVIII el sólido negocio del contrabando hacía posible que los súbditos chilenos recibieran gacetas de todas partes del mundo.
No hay estudios que den cuenta de cómo operaba el sistema informal de noticias en el Reino de Chile, pero lo más probable es que su estructura no fuese muy diferente a la antes descrita para Francia. Una elite en Santiago —relativamente pequeña— se relacionaba con sus pares de Concepción o La Serena (Valparaíso era aún una aldea minúscula) y era raro que alguien de este grupo no estuviese relacionado por parentesco o simple amistad con personas en posiciones de poder político. La principal forma de traspaso de información, aparte de las conversaciones normales cara a cara, parece haber sido la tertulia: la reunión social en que la elite cantaba, comía, bailaba y tomaba a la luz de las velas y al calor —en invierno— de los braseros. Otro lugar de encuentro era el café o la taberna. Hacia 1773 hubo un establecimiento en la actual calle Estado de Santiago (entonces calle Del Rey) definido como una mezcla de «café y fonda». Este tipo de espacios reunía a varones, muchos jóvenes, que tomaban tanto café como alcohol y, sobre todo, jugaban a los naipes.11 Por último, la salida de misa también daba espacio para el intercambio de rumores, noticias, cuentos de oídas y chismes.
Las grandes disputas entre el poder y los súbditos en la época colonial se resolvieron en relativo silencio, dentro de los confines del sistema político de convivencia obligada en el que la Corona española estaba representada por la Real Audiencia y la elite criolla, por el cabildo. No parece que existiera una necesidad real de sacar las noticias a la luz pública, porque la elite estaba, completa, dentro del poder político. El escándalo que provocó el otorgamiento a Francisco García Huidobro del monopolio sobre la acuñación de monedas en 1747 se resolvió dentro de la burocracia. En política, ni siquiera la fallida y algo chapucera «conspiración de los tres Antonios», que pretendió en 1780 reemplazar la monarquía por un régimen republicano, escapó del secretismo ampliamente compartido de la burocracia santiaguina. El caso policial que protagonizó un joven José Miguel Carrera en 1803, cuando fue sorprendido en el acto con una mujer casada, o cuando al año siguiente mató a un cacique, tampoco fueron material para manuscritos o libelos.
Un atisbo más que interesante al periodo lo otorga el testimonio del periodista Augusto Orrego Luco, que en 1873 tuvo entre sus manos algo más de doscientos ejemplares de La Gaceta Jocosa, un periódico manuscrito que circuló entre la sociedad colonial de Santiago desde 1802 hasta 1815, «cuartilla de papel que pretendía ser el comentario espiritual y chistoso de los sucesos de la época». Orrego Luco señala que este periódico era uno entre muchos, pero que, al menos en su época, no quedaban demasiados ejemplares de ninguno salvo de este. No hay claridad con respecto a quién o quiénes se daban el tiempo para escribir la Gaceta Jocosa; Orrego Luco se pregunta si pudo haber sido un «fraile solitario».
El periódico da cuenta del modo en que se producían y consumían los textos periodísticos, más allá de los sucesos políticos que agitaban a la colonia. Casi todo el texto está escrito en clave, es decir, no se reproduce la narración objetiva del hecho que se comunica, que ya fue conocido a través del circuito oral de la pequeña clase social a la que se dirige el manuscrito. Más bien, a partir de lo que todo el mundo sabe, el quizás «solitario fraile» ensaya piezas textuales con más o menos ingenio, cuya misión parece ser entregar un momento de esparcimiento, un comentario, cualquier cosa menos la información en el sentido en que la entendemos hoy.
Una figura manuscrita típica de esta época era hacer listas: objetos que vienen en un barco, cosas encontradas en determinado lugar o actividades que realizar en un calendario, como en este texto fechado en octubre de 1804:
Se ha dado a luz a la semana vigésima sesta del nuevo calendario, a saber:
Primer día: Quedar como un negro.
Segundo día: Entrarse de rondón.
Tercer día: Pedirle peras al olmo.
Cuarto día: Arrancarse.
Quinto día: Pegar entre oreja y oreja.
Sexto día: Ser el capitán Araña.
Sétimo día: No sudar el ahorcado y sudar el Teatino.
Otra figura era la de redactar el texto en clave de ficción chistosa, como en este ejemplo de septiembre del mismo año:
El emperador Tomate I ha mandado que todos sus vasallos en los testamentos no entiendan que las mandas forzosas son de dos reales sino según su caudal algo más de los dos reales.
Más de dos siglos después de escritos, es imposible establecer a qué hacen exacta referencia estos textos. Según Orrego Luco, son comentarios de sucesos (políticos, sociales o incluso policiales) que todo el mundo conocía; por eso mismo funcionaban. El primero parece tratarse de una crítica a la moral de un personaje conocido: «entrar de rondón» significaba tomarse demasiadas familiaridades, llegar a un lugar sin invitación; el «capitán Araña» era el capitán Araya contemporáneo, que embarca a todo el mundo, pero se queda en la playa; y «no sudar el ahorcado y sudar el Teatino» era un refrán para referirse a las personas que se lamentan excesivamente por los males ajenos, sin padecerlos. El emperador Tomate, por otra parte, era acompañado en los sucesivos números de la Gaceta Jocosa por otros monarcas con nombres absurdos, como Choclo III o Rábano I.
Podemos especular que La Gaceta Jocosa se trataba de un texto que seguía la línea de los manuscritos europeos que, en clave, daban cuenta de una vida social previamente conocida. Es probable que el papel escrito sea parte de un engranaje mayor, que incluye la elaboración de copias y la lectura en voz alta. Orrego Luco da cuenta de que las hojas de papel circulaban en «corrillos y fondas», lugares públicos que, sabemos, no eran precisamente silenciosos. La Gaceta Jocosa, en cualquier caso, no puede haber sido un material irrelevante en la vida social de la capital colonial, de otra manera no habría vivido catorce años, incluidos los de la gravísima crisis política que llevó a la Primera Junta de Gobierno, en septiembre de 1810, a la guerra civil de la Independencia, desde abril de 1813, y a la Reconquista, iniciada por las autoridades españolas en octubre de 1814.12
En este escenario, cuando la crisis política comenzó, las elites recurrieron a lo que en Europa ya se hacía en circunstancias similares: el manuscrito, el panfleto, el libelo y la poesía irónica.
El desastre empezó en 1808, cuando el rey Fernando VII quedó cautivo de Napoleón y la península fue ocupada por los franceses. Toda la teleserie de la abdicación del rey fue un ejemplo de corrupción y debilidad política. En toda la América hispana, mientras los españoles se lanzaban a una guerra de guerrillas contra los ocupantes franceses, los acontecimientos desataron los anhelos de mayor autonomía o, derechamente, de independencia. Los ejemplos de la revolución que dio vida a Estados Unidos, en 1776, la Revolución francesa de 1789 y el brutal proceso de independencia de Haití en 1800 estaban frescos en la memoria de las elites.
En Chile había recién fallecido quien sería el último gobernador español oficial del Reino, Luis Muñoz de Guzmán, para ser sucedido en forma interina por un tosco y viejo militar penquista llamado Francisco Antonio García Carrasco. Los acontecimientos generaron, acaso por primera vez, facciones políticas propiamente tales. Anteriormente, las diferencias que podía haber entre gobernantes y gobernados se limitaban a cuestiones económicas, sobre todo la eterna disputa entre los comerciantes locales con las autoridades españolas que desembocaría en la idea, en buena parte de la elite, de abrir Chile al comercio mundial (hasta entonces, solo podía comerciar con España a través de Lima).
Pero con los Borbones en la práctica fuera del trono, y con un gobernador con problemas de legitimidad en el palacio de Gobierno, se dio de facto una tensión ahora política entre quienes querían mantener el lazo vivo, apoyados decididamente por el virrey en Lima, y quienes veían la oportunidad para que naciera algo nuevo, secundados por parte de la clase dirigente de Buenos Aires. No ayudó al bando del rey que García Carrasco, en 1809, terminara involucrado en el escándalo de la fragata Scorpion, un barco ballenero inglés que contrabandeaba telas, cuya tripulación fue exterminada por los soldados al mando del gobernador para quedarse con la carga.
El bando que quería apurar las cosas recurrió de inmediato a la vieja tradición manuscrita, aunque con una vuelta de tuerca: fake news. En efecto, se falsificaron cartas, supuestamente escritas en Buenos Aires, que contaban que el Gobierno de resistencia español que funcionaba en Cádiz había decidido entregar el país a los franceses.13 En general, la idea de que España estaba perdida empezó a insuflar la idea de independencia en toda la América hispana, aunque todavía nadie se atrevía a decirlo en voz demasiado alta. De nuevo, García Carrasco se distanció definitivamente de sus gobernados cuando expulsó de Chile a tres aristócratas que promovían reuniones sediciosas.
La primera pieza periodística que registra esta época es un manuscrito que circuló profusamente en el país en julio o agosto de 1810, llamado Catecismo político-cristiano dispuesto para la instrucción de la juventud de los pueblos libres de la América meridional. Eran los días en que la Junta de Regencia de España —un abigarrado grupo de liberales y conservadores que se había atrincherado en Cádiz y pretendía ejercer el poder en nombre de Fernando VII— solicitaba que los cabildos de América hispana la apoyaran. Pero esto generaba un problema político mayor, ya que la fidelidad americana, se suponía, era con la Corona, no con los súbditos españoles. Se trataba, desde el punto de vista de buena parte de los criollos chilenos, de una relación entre iguales, súbditos de un mismo rey, por lo que no correspondía prestar juramento de fidelidad alguno. El manuscrito podía alcanzar las treinta y dos páginas en una caligrafía ordenada y limpia, y básicamente desechaba la idea de la fidelidad a la Junta de Regencia y proponía que se formase en Chile una junta de Gobierno en nombre del rey. El firmante del opúsculo era un tal José Amor de la Patria. Tras este seudónimo todo el mundo suponía que se ocultaba el político local Juan Martínez de Rozas, que había sido asesor de García Carrasco, pero que a esas alturas estaba comprometido por entero con la causa radical.
Amor de la Patria seguía de esta manera una receta conocida en la península: una carta podía incidir al menos en la elite, ordenar las ideas y, sobre todo, empujarlas. El Catecismo imitaba la forma de textos instructivos de religión para jóvenes, con preguntas y respuestas. Pero este texto no era inocente en absoluto. Pese a que las ideas expuestas llevaban décadas circulando en Europa, en el frugal Chile de 1810 eran bombas revolucionarias. Amor sostenía que el gobierno monárquico era «un yugo demasiado pesado» y que el rey no era más que alguien de la misma «forma, de la misma figura, esencia y sustancia; sujeto a las mismas miserias» que cualquier vecino. Además, consideraba que el mejor gobierno no era la monarquía sino la república, es decir, un grupo de personas electas por determinado tiempo.
Es imposible medir el efecto real que tuvo este Catecismo, pero días después, el 18 de septiembre de 1810, el cabildo de Santiago, tomado por Martínez de Rozas y sus radicales, consiguió sacar a García Carrasco e imponer justo lo que la hoja de papel recomendaba: una junta de gobierno compuesta por chilenos.
En 1809, un desconocido sacerdote chileno que vivía en Quito fue apresado por la Inquisición. Era la tercera vez que tenía problemas. Ya se las había visto con la policía del pensamiento en 1796 y 1802. La nueva causa era por poseer y leer libros del filósofo francés François-Marie Arouet, más conocido como Voltaire. El asunto, esta vez, no fue simple. El sacerdote fue puesto en los calabozos mientras su proceso seguía adelante. Finalmente, la pena fue la expulsión, de manera que en enero de 1811 el exprisionero desembarcó en Valparaíso.
Camilo Henríquez, para entonces cuarentón, venía colmado del fervor revolucionario. En Quito el proceso de autonomía había empezado antes y de forma mucho más violenta que en Chile, y Henríquez lo había vivido tanto en la cárcel como en la calle. Ya tenía un bando. En lo local, la Junta de Gobierno de septiembre de 1810 había llamado a elegir diputados para un Congreso Nacional que, en el nombre del rey, tomaría las riendas supuestamente definitivas del poder. De modo que en el verano de 1811 transcurría la primera campaña política de la historia. En la lucha se distinguían dos bandos: los moderados, que agrupaban de manera no muy sólida a quienes estaban dispuestos a llegar a algún tipo de arreglo con el virrey del Perú y los españoles de Cádiz, y los radicales, que sin desconocer aún la figura del rey, deseaban que la administración del reino quedase en Chile. Entre ellos, de manera todavía solapada, estaban los independentistas.
Tras todo lo vivido en Quito, Henríquez era parte de estos últimos. En cuanto se bajó del barco, recurrió a la tradición y produjo una hoja manuscrita titulada Proclama de Quirino Lemáchez. En ella sostenía directamente que la monarquía estaba acabada y que, por lo tanto, en lugar de hacer caso a los aristócratas españoles que pretendían suplantarla (como el virrey), correspondía elegir para el Congreso partidarios de un nuevo pacto social.14
El bando partidario del virrey respondió con «sangre» a los elevados discursos de Henríquez y sus amigos. La violencia, en este caso, estaba basada en la arraigada costumbre de la copla: textos rimados que los contertulios declamaban en reuniones sociales. Esta era una entretención común de la época, transversal a todas las clases sociales: desde los versos pícaros que se recitaban junto al tañer de una guitarra en las chinganas y prostíbulos, hasta los cómicos, románticos o líricos que se ocupaban en las tertulias. Pero cuando tocaba la política, las palabras se transcribían y circulaban con mucha eficiencia en hojas de papel manuscritas. Ya producida la elección de diputados el 10 de mayo de 1811, el bando partidario del virrey hizo circular estos versos, en los que directamente se llamaba al asesinato del rival político:
Chilenos: ¿Queréis en todo acertar?
Pues mirad, emplead las balas:
En el francesito Salas
En Rojas y también Vial;
Nada tenéis que arriesgar.
Y ellos menos que perder,
porque su maestro Voltaire
Que esta vida de contado
Ya les tiene asegurado.
Resulta no ha de tener.15
El «francesito» Salas es Manuel de Salas, uno de los hombres mejor conectados del reino, y el mote es una alusión a su amor por la lectura de filósofos liberales franceses; «Rojas» es José Antonio de Rojas, uno de los expulsados por García Carrasco y, anteriormente, en su juventud, uno de los «tres Antonios» que complotaron a favor de una república. «Vial», por último, es Agustín Vial, un poderoso hombre de negocios de Concepción, con intereses en que se abriera el comercio a otras naciones del globo. El chiste es que, como el bando del virrey es ultracatólico, considera que las ideas ilustradas francesas representadas por Voltaire, a quienes, supuestamente, estos tres políticos tienen como maestro, equivalen al ateísmo. En estricto rigor, el filósofo francés postulaba que la libertad humana está desligada de la idea de un Dios cristiano, lo que hacía posible el ideal de la tolerancia religiosa. De esa manera se construye el paquete irónico: ya que ninguno de los tres cree en Dios (una acusación terrible para la época), da lo mismo poner fin a sus existencias a punta de tiros.
Estas letrillas, pasquines y libelos llenos de ataques personales tomaron fuerza entre la gente que apreciaba tanto la habilidad literaria como la denostación porque sí. Manuel de Salas, con el Congreso ya instalado desde julio de 1811, no resistió escribir una serie de descripciones en primera persona en las que se mofaba de sus colegas, sin importar si eran amigos o enemigos. La tituló La linterna mágica. De su compinche, el para entonces poderoso abogado penquista Juan Martínez de Rozas, anotaba:
Afuera todo cabrón y porque no me persigan
ni más necedades digan
yo me mudo a Concepción.
Efectivamente, Martínez de Rozas había regresado a Concepción, donde prepararía una rebelión contra Santiago. Del diputado y sacerdote realista Marcos Gallo, Salas expresaba lo siguiente:
Yo soy pobre limosnero
y me vendo al que me ofrezca
aunque la patria perezca
si alguno me da dinero.
Al parecer, la costumbre de escribir y escribir cuartillas ofensivas se salió de madres al punto que, en junio de ese año, la Junta de Gobierno decidió instalar un Tribunal de Seguridad Pública que se encargaría de evitar la profusión de esos escritos. No tuvo suerte alguna.
Estas embrionarias formas de periodismo operaban dentro de un marco muy definido: la elite propietaria y educada. Cuando los libelos eran serios, intentaban apuntar sus ideas con referencias y argumentos basados en la antigua filosofía griega y en los más recientes filósofos de la ilustración. Cuando, por el contrario, el discurso descendía al de la guerrilla política mordaz, irónica y hasta atrevida, los blancos a los que disparar eran los mismos: la crema y nata de la elite. No hubo, realmente, una opinión pública más allá de estos estrechos límites, aunque hay que considerar que pudo proporcionar entretención al pueblo, mayormente analfabeto: las hojitas se leían en voz alta a quien quisiera escuchar.
En 1789, el Cabildo de Santiago había solicitado al rey permiso para comprar, instalar y operar una imprenta, «por la suma falta que se hace». La idea era financiarla con el dinero de los propios interesados, que podían quedarse con lo que la imprenta rindiera durante diez años. El intento, como buena parte de lo que ocurría con la administración borbónica, fue sumergido en un laberinto ridículo de burocracia. El Cabildo escribió a Madrid en mayo de 1789; en enero de 1790 el rey le contestó al Cabildo que elevase la petición a la Real Audiencia en... Santiago de Chile.
No se conoce por qué finalmente la iniciativa fracasó.
A principios del siglo XIX, no obstante, ya había en Chile una pequeña tradición de imprentas. Se trataba de pequeñas máquinas, casi de juguete, que durante muchos años se emplearon para imprimir naipes, sobre los cuales el Gobierno tenía el monopolio y constituían, junto al tabaco, los únicos bienes ligados a lo que hoy podría considerarse una «industria de la entretención». Se supone que, a partir de 1747, los jesuitas operaron una imprenta en Santiago. La primera impresión chilena, digamos, semiprofesional, data de 1776, y se llamó Modo de ganar el Jubileo Santo. Se trataba de un folleto religioso de apenas ocho páginas, que probablemente fue impreso en la ya desvencijada imprenta de los jesuitas, que para entonces habían sido expulsados de los dominios del rey de España. Puede que existieran otras pequeñas imprentas que se dedicaron a la impresión de folletos religiosos y esquelas, como se les decía a las invitaciones a eventos.
En 1802, un chileno llamado José Camilo Gallardo, administrador del edificio donde funcionaba la Universidad de San Felipe, imprimió una serie de hojas en ese lugar: folletos religiosos, esquelas y manuales, aparentemente con lo que quedaba de la vieja imprenta jesuita y con tipos móviles que él había adquirido en España. De hecho, la esquela de invitación a la reunión del Cabildo de Santiago del 18 de septiembre de 1810 fue impresa por Gallardo en su taller.
Pero una imprenta de verdad, como la que había solicitado el Cabildo en 1789, demandaba al menos una máquina grande, varios operarios especializados, papeles, tintas, un taller para reparar los tipos móviles. Se trataba de una inversión mayor, inalcanzable para el común de los mortales.
En agosto de 1810, en medio del caos político que terminaría con la instauración de la Junta de Gobierno de septiembre, Juan Egaña, miembro del ala radical, había intentado convencer al gobernador provisorio, el anciano Mateo de Toro y Zambrano, de la necesidad de conseguir una imprenta «para unificar la opinión pública a los principios del Gobierno». Y agregaba: «Un pueblo sin mayores luces, y sin arbitrios de imponerse en las razones de orden, puede seducirlo el que tenga más verbosidad y arrojo».
Detrás de esta floritura retórica había algo más profundo, casi psicológico: la fuerza de la letra impresa. El efecto que una hoja impresa, como la Gaceta de Lima, podía tener sobre la opinión pública era muy superior al que pudiera conseguirse con la mejor caligrafía. A la idea expresada en forma escrita se le adosaba la potencia psicológica que en 1810 significaba la letra impresa: tenía que ser más verdadera que la manuscrita, pues no solo se leía mejor, sino que estaba fija, sin posibilidad de que, copistas interesados, pudieran cambiarle el sentido.
Toro y Zambrano, con graves problemas de salud, tironeado como monigote tanto por moderados como por radicales, parece haber dado luz verde a la idea de Egaña, quien de inmediato escribió a la Junta de Gobierno de Buenos Aires, mucho más radical en su afán de autonomía que la chilena. Los argentinos entendieron con rapidez que detrás de la petición había una propuesta de alianza en contra del virrey que vivía en Lima, quien para entonces se había aliado con la Junta de España. Los porteños intentaron encargar una imprenta para Chile a través de su agente en Londres, Mariano Moreno, pero este falleció antes de concretar el negocio.
Desde 1805 vivía en Chile un acontecido personaje llamado Mateo Arnoldo Höevel. Se trataba de un súbdito sueco que había terminado en Chile después de trabajar como comerciante en Nueva York. En Estados Unidos había adquirido la nacionalidad y trabajado para el poderoso empresario naviero John Robert Livingstone, cuyos barcos viajaban a Sudamérica al menos desde 1808. Con esta conexión, el 29 de septiembre de 1810, Höevel le escribió al presidente de Estados Unidos, James Madison, para contarle sobre la instalación de la Junta de Gobierno (aseguraba, en la carta, ser el único estadounidense que residía en Chile),16 y en marzo siguiente le contó que la junta chilena había abierto el comercio del país al mundo.17 Unos meses después, Madison enviaría a Chile a un agente diplomático que resultaría clave en el desarrollo de la primera etapa de la guerra de la Independencia, y que sería una fuente de financiamiento, estrategia y táctica guerrera para José Miguel Carrera: Joel Poinsett, quien llegó a Chile en febrero de 1811. Poinsett y Höevel mantendrían un estrecho contacto, auspiciado por el presidente de Estados Unidos.
Era evidente que Höevel no era un interlocutor epistolar cualquiera. En esos meses se había constituido en un nexo entre el ala radical del movimiento chileno y el gobierno de Estados Unidos, país que los chilenos partidarios de la independencia buscaban como aliado. Al mismo tiempo que la Junta iniciaba el fallido intento de adquisición de una imprenta a través de Buenos Aires, también pedía a Höevel que, mediante su contacto con Livingstone, viera si podía conseguir una en Nueva York.
El encargo llegó a Valparaíso en noviembre de 1811, a bordo de la fragata Galloway, junto a tres operarios estadounidenses que la harían funcionar. Además, venían otros encargos de la Junta que había conseguido Höevel: cinco cajones de pistolas de caballería, tres de pistolas normales y once escopetas. El capitán de la nave no puso en el manifiesto del barco ni la imprenta ni las armas, lo que da cuenta de que probablemente sospechaba de la estabilidad del país. Aunque el gobernador de Valparaíso les aseguró que no tendrían problemas, los estadounidenses solo quisieron tratar con Höevel.18
La máquina estaba lejos de ser el modelo más sofisticado disponible en el mercado. La imprenta Stanhope, completamente de hierro, o la Haas, en la que la superficie que aplicaba presión se movía sobre una larga tabla, comenzaban a desplazar en el mundo a los modelos más antiguos.19 Pero no estaba mal. La imprenta recién llegada a Chile era del tipo más común: una estructura de madera sobre la que se cargaba una plancha de metal que hacía peso y bajaba gracias a una pértiga que el operario giraba en torno a una cremallera. La gran diferencia con los juguetes que tenía Gallardo era el tamaño (32 por 32 centímetros) y la calidad obtenida: la plancha caía con fuerza uniforme sobre la superficie del papel y no generaba manchas.
Höevel, un decidido patriota que posteriormente, durante la Reconquista española, sería desterrado a la isla de Juan Fernández, no descuidó el negocio y cobró sobreprecios monumentales a los gobernantes (la imprenta le costó seiscientos cincuenta pesos de la época; le cobró ocho mil pesos a la Junta).
La máquina y los obreros fueron destinados de inmediato al viejo taller donde Gallardo hacía lo que podía con sus imprentas de juguete. Lo que vendría después no sería un juego.
LA PRENSA Y LA GUERRA
Desde que, en enero de 1811, Höevel viera la oportunidad de ayudar a la Junta o de hacer un negocio, Santiago había cambiado mucho. En julio, José Miguel Carrera, como buena parte de los jóvenes hispanos que habían peleado en España contra los franceses, había regresado al país cansando del absolutismo hispano. El muchacho, parte de una poderosa familia terrateniente del valle central, en el segundo semestre de ese mismo año ya se las había arreglado para dar dos golpes contra el Congreso. En septiembre había participado de un exitoso putsch del bando autonomista contra los moderados y realistas del Congreso. Y el 15 de noviembre se había rebelado contra sus socios y asumido el mando absoluto del país. Nueve días después llegaba la Galloway a Valparaíso, con la imprenta pedida por Höevel y el personal a cargo de operarla.
Ciertamente, la operación había sido una «insinuación» de la vieja Junta de Gobierno, que ya no existía; pero en estricto rigor, Höevel era un privado que había hecho el esfuerzo de traer una imprenta. Para Carrera —y su amigo, Poinsett— era un regalo del cielo.
Como había ocurrido en todos los lugares del mundo, en Chile la llegada de la imprenta modificó el panorama político, cultural, social, económico y psicológico del país. La Revolución luterana en el siglo XVI, la Ilustración, la Independencia de Estados Unidos y la Revolución francesa habían sido en gran parte hijas de este invento: la letra impresa permitía acceder a ideas que antes, en forma manuscrita, eran restringidas y controladas. La imprenta era muchas cosas, pero acaso para los revolucionarios chilenos de 1812 la más importante es que formaba ideas o, incluso más, construía el lenguaje. Nadie ignoraba el rol que los periódicos impresos habían jugado en la Francia revolucionaria, donde el fin de la censura monárquica no solo había significado libertad de escribir lo que se viniera en gana, también el nacimiento de una industria de periódicos que, sobre la base de ensalzar la idea propia y denostar la del rival, alcanzó a unos tres millones de personas, la décima parte del país.1 El analfabetismo era un problema relativo, pues la costumbre de la época era leer en voz alta los periódicos en lugares públicos. El periódico más popular de la Francia revolucionaria, el violentísimo L’Ami du peuple (El amigo del pueblo), pudo haber llegado a publicar entre catorce y veinte mil ejemplares diarios en la mejor de sus épocas, aunque en las más modestas alrededor de dos mil.2 Incluso el bando partidario de la monarquía, con el periódico Amigo del Rey, alcanzó casi los seis mil ejemplares diarios.3 El periódico —y el periodista que lo escribía, generalmente una sola persona— era una herramienta de la política, un arma en un sentido casi literal: denunciaba, defendía, atacaba, buscaba arrastrar a la mayor cantidad de lectores posible hacia la idea política de su preferencia y perseguía la extinción, muchas veces física, del enemigo político. Si antes la letra impresa estaba reservada a insulsas gacetas y libros que, por caros, solo se los podía permitir la elite, a partir de la toma de la Bastilla en 1789 el periódico se había transformado en un producto casi transversal, acaso el primero de la era moderna, en el que podían confluir pobres y ricos.4
A fines de noviembre de 1811, el Gobierno de Chile decidió comprar la imprenta a Höevel. A los operarios estadounidenses, Samuel Johnston, William Burbidge y Simon Garrison, les adelantaron el sueldo de cuatro meses. El taller de Gallardo quedó en condiciones de operar el día 21 de diciembre. El 16 de enero, Carrera expidió un decreto en el que nombraba a la persona que se haría cargo de lo que saliera de la imprenta: el autor de la Proclama de Quirino Lemáchez, Camilo Henríquez.
En el año que había transcurrido desde su llegada a Chile, el sacerdote no solo había escrito. Tenía un escaño de diputado suplente en el Congreso por la zona penquista de Puchacay (hoy las comunas de Florida y Quillón). Como él estaba en Santiago y el titular no, en la práctica el cargo fue suyo.
Su momento estelar fue el sermón que dio en la Catedral de Santiago con motivo de la instalación del primer Congreso Nacional, el 4 de julio de 1811. El hombre tenía agallas: la jerarquía de la Iglesia católica despreciaba profundamente los cambios, y sería, meses más tarde, una firme aliada del bando del rey. En el sermón, Henríquez deslizó lo que era el sello de su pensamiento: que la autonomía y el gobierno representativo estaban en plena consonancia con los deseos de Dios. Los autonomistas chilenos, y los independentistas in pectore, tenían así una licencia religiosa para seguir adelante con la transformación política.
El 12 de febrero los operarios estadounidenses sacaron a luz el «Prospecto» del nuevo periódico. Se llamaba Aurora de Chile. En dos columnas y bajo un lema que decía «Viva la unión, la patria y el rey» comenzaba con este párrafo:
Esta ya en nuestro poder, el grande, el precioso instrumento de la ilustración universal, la imprenta. Los sanos principios, el conocimiento de nuestros eternos derechos, las verdades sólidas y útiles van a difundirse entre todas las clases del Estado. Todos sus pueblos van a consolarse con la frecuente noticia de las providencias paternales, y de las miras liberales y patrióticas de un gobierno benéfico, próvido, infatigable y regenerador. La pureza y justicia de sus intenciones, la invariable firmeza de su generosa resolución llegará, sin desfigurarse por la calumnia, hasta las extremidades de la tierra. Empezará a desaparecer nuestra nulidad política; se irá sintiendo nuestra existencia civil: se admirarán los esfuerzos de una administración, sagaz y activa, y las maravillas de nuestra regeneración. La voz de la razón y de la verdad se oirán [sic] entre nosotros después del triste e insufrible silencio de tres siglos. ¡Ah! En aquellos siglos de opresión, de barbarie y tropelías Sócrates, Platón, Tulio, Seneca, hubieran sido arrastrados a las prisiones, y los escritores más célebres de Inglaterra, de Francia, de Alemania, hubieran perecido sin misericordia entre nosotros. ¡Siglos de infamia y de llanto! La sabiduría os recordará con horror y la humanidad llorará sobre vuestra memoria.5
Al día siguiente, la Aurora debutó en sociedad. Se trataba de cuatro páginas que circulaban una vez a la semana, los jueves, con unos cien o doscientos ejemplares cada vez. Aseguraba, en su mismo título, ser «Ministerial y político». Era, sin duda, lo que en términos contemporáneos se entendería como un periódico de gobierno, en el que el disenso con respecto a la línea gruesa de las autoridades revolucionarias simplemente no estaba permitido. Tan así era, que estaba obligado a publicar los decretos que el Gobierno le indicara, la misma misión que hoy tiene el Diario Oficial. En el momento de su publicación, las aguas políticas no estaban completamente radicalizadas. Carrera, aunque en la práctica funcionaba como dictador, aún debía contener al bando moderado, a los partidarios del rey y a los antiguos funcionarios españoles que, con la Real Audiencia desarticulada, permanecían (bastante asustados) en Santiago. Pero todavía las cosas se hacían «en nombre del rey». La elite chilena ignoraba que Fernando VII era una especie de sabandija política y que aún en el cautiverio negociaba con Napoleón; los moderados sostenían la peregrina idea de que el monarca regresaría a Madrid y encabezaría una monarquía liberal parecida a la que había en Inglaterra.
El efecto psicológico del periódico en la sociedad chilena fue inmediato.
No se puede encarecer con palabras el gozo que causó este establecimiento: corrían los hombres por las calles con una Aurora en las manos y, deteniendo a cuantos encontraban, leían y volvían a leer su contenido, dándose los parabienes de tanta felicidad y prometiéndose que por este medio pronto se desterraría la ignorancia y ceguedad en que hasta ahora habían vivido, sucediendo a estas la ilustración y la cultura que transformaría a Chile
