La huésped de la Casa amarilla

Jorge Laguna

Fragmento

Prólogo

Tenerife, islas Canarias

Agosto de 1940

El reloj de pared anunciaba la medianoche cuando Tamara se asomó a la ventana. La niebla en el exterior cubría todo a su paso, desde el corral de su humilde casa de piedra volcánica, pasando por aquel bosque de pinos que abrazaba a la familia Chinea desde hacía medio siglo. Vivían en las faldas del volcán del Teide, a una altitud en la que los tubérculos y hortalizas de la huerta lloraban la escarcha que traían consigo los vientos alisios.

Tumbada en el camastro, la joven luchaba contra el sueño mientras aguardaba una noche más el regreso de su padre. Solo al más ingenuo se le ocurría emborracharse en las calles de La Orotava con la que estaba cayendo. La Guerra Civil había terminado, pero el terror a los fusiles seguía instalado en las aldeas después del toque de queda. No había un alma capaz de tentar a la suerte en esos días, a excepción de la de Manolo.

La de Manuel Chinea era una vida dedicada a las cuevas. Desde que caía el sol los vecinos lo veían subir a las montañas del norte acompañado por su burro de carga. Allí pasaba las noches, encerrado en las grutas más recónditas de la isla para extraer las placas de hielo que después vendía al peso en los mercadillos, así como a hoteles o restaurantes de la zona. El oficio del nevero era de lo más particular y exigente, solo apto para unos pocos valientes debido a las inclemencias del frío y a los temporales que cada noche asolaban los vetustos cráteres de la isla de Tenerife. Y a Tamara le encantaba ayudar a su padre en estas labores siempre que podía, aunque a decir verdad su trabajo como criada asfixiaba cada minuto de su juventud. La muchacha llevaba trabajando desde los once años para los Finley, una de tantas familias británicas afincadas en Tenerife en las últimas décadas. Otro apellido más que poco a poco se estaba adueñando de cada uno de los rincones de la isla.

Además de su efímero paso por la escuela y el instituto, buena parte de los recuerdos de Tamara se habían construido al abrigo de esta hacienda platanera que a su vez contaba con hotel y balneario de lujo. Allí también trabajaba Jacinto, su hermano mayor y un orgulloso peón platanero, así como tantas familias humildes de los alrededores.

Mientras se dejaba la piel en las cocinas, a menudo Tamara se veía mandando el trabajo a paseo para ayudar a su padre en el monte. Quería recorrer los senderos, extraer junto a él las piedras de hielo de las cuevas del Teide. Siempre había soñado con ser maestra, pero esa quimera resultaba tan inalcanzable que ni siquiera la contemplaba en sus distracciones.

Se conformaba con lo poco que su mente le permitía imaginar.

Lo pasaba en grande con su padre, aunque sabía que aquel oficio de nevero suponía para él un sacrificio solitario la mayor parte del tiempo. Una labor a la que no podía renunciar si quería seguir manteniendo a su familia. Peseta a peseta. Manolo no sabía hacer otra cosa en este mundo. Pero nunca se quejaba. Decía que el esfuerzo valía la pena si con ello lograba conservar los besos de su familia al acostarse.

Hasta que todo cambió de la noche a la mañana.

Con el estallido de la guerra civil española miles de vidas quedaron a merced de la miseria más absoluta, y los Chinea tampoco pudieron escapar a la desolación. Manolo, su esposa María Jesús, y sus hijos Tamara y Jacinto, habían sido hasta entonces una familia feliz y modesta. Suyo era el vivo retrato de la sencillez en un entorno rural.

Una casa, una huerta y un corral abarrotado de gallinas.

Un amor incondicional.

Pero las aldeas fueron deshojándose de varones como el otoño. Poco a poco se esfumó el dinero en la isla, y con él desaparecieron los clientes a los que Manolo solía vender el hielo. Por más que lo intentó, el padre de Tamara no halló la forma de conseguir una peseta para comer. Y como era lógico tampoco tenía forma de conservar el material que extraía de las cuevas, pues las piedras de hielo se fundían en apenas unos días.

Tamara y su familia escuchaban cada día cómo los vecinos más jóvenes y enérgicos abandonaban sus raíces en busca de la prosperidad que unos gobernantes les habían arrancado de la noche a la mañana. Algunos amigos de su padre culpaban a los sublevados, decían que los militares habían traicionado sus principios para abrir tan profunda cicatriz en las fauces del archipiélago. Pero Manolo prefería callar, y además prohibió a su familia que se hablase del tema. No eran pocos los rostros conocidos de la zona que ahora detentaban el poder, y temía que un chivatazo los dejase mal parados cuando ellos no habían hecho nada malo.

Jóvenes, adultos y niños en edad de jugar a la piola se veían forzados cada noche a dejar atrás los aromas de su tierra volcánica, ese hogar que los había visto crecer entre valles, barrancos y playas de arena negra. Y todo ello para abandonarse a la incertidumbre, hacinados a bordo de una faluga que a duras penas lograba surcar el Atlántico.

Por la promesa de un futuro mejor. O al menos simplemente de un futuro.

Un manto de tinieblas asolaba el archipiélago canario en esos tiempos, y no había señal de que las cosas fuesen a mejorar.

Pero Manolo se resistía a marcharse. Le avergonzaba que su hijo, quien sí estaba en edad de probar fortuna, tuviese trabajo como jornalero. Le aterraba dejar todo atrás y lanzarse al vacío. No soportaba la idea de alejarse de su familia. Veía cómo a los migrantes se les perdía el rastro durante meses en la incertidumbre de aquel vasto océano. Y solo en el mejor de los casos podían enviar una carta desde América, indicando a sus seres queridos que habían llegado sanos y salvos. La osadía de quienes arriesgaban su miseria en esas latas de sardinas no siempre tenía la recompensa esperada, pues el fondo del mar era un cementerio a cara o cruz.

Tras quedarse sin clientes para el hielo, Manolo perdió por completo su identidad. Volvía tarde a casa, borracho, y se encerraba en el dormitorio para que Tamara y Jacinto no viesen sus lágrimas. Pero su estado era tan evidente como la tristeza de su familia.

María Jesús y sus hijos lo animaban a emigrar. Por él. Por ellos. Para que no desperdiciase su vida lamentándose en el corral. Las islas se habían convertido en un presidio sin medida ni solución aparente. Y los rumores de Venezuela cada vez resonaban con más fuerza. El puerto de La Guaira. Una selva de cafetos y vidas al calor de Bolívar. La tierra del petróleo, el oro y la esmeralda. Las oportunidades infinitas. Un lugar al que los canarios llamaban «La Octava Isla» y del que se decía que solo se podía regresar como indiano.

O morir en el intento.

El padre de Tamara pasó semanas, meses incluso, debatiéndose entre dejarse vencer por la desidia o entregarse a la soledad en una faluga pesquera para, quizá, hacer dinero en ese Nuevo Mundo. No se veía capaz de aprender un nuevo oficio. Pensaba en el calor. La humedad. Los insectos. Todo lo que se decía de esa tierra prometida de los Andes y el Orinoco le producía un pavor indescriptible.

Pero algo o alguien le llevó a tomar la decisión de forma repentina.

Esa noche Manolo volvió a casa en un estado deplorable. Tamara lo recibió, como de costumbre, con un caldo y una manta, y se quedó de piedra al ver que su padre tenía un morado en el ojo y la nariz ensangrentada. Decía haber bebido y hablado más de la cuenta, pero no parecía abrumado por la paliza. Balbuceaba, su discurso apenas sostenía los pilares de la madurez. Lo único que repetía sin cesar era que quería marcharse de inmediato.

Esa noche partía uno de esos barcos fantasma desde el embarcadero del Puerto de la Cruz, una faluga clandestina con capacidad para veinte hombres llamada Prosperidad. No podía dejar pasar la oportunidad. No estaba dispuesto a seguir extendiendo esa agonía. No podía permitir que viviesen con el mísero jornal que sus hijos traían a casa. Los tres llevaban tiempo animándolo a marcharse, así que aceptaron la decisión entre lágrimas.

Su familia lo notó apresurado, pero no pudieron indagar más en su rudeza cuando la decisión ya estaba tomada. Se negó en rotundo a que lo acompañasen al embarcadero, ya que la emigración era ilegal en esos días de autarquía y besos en el pan. Si alguien preguntaba, debían decir que les había abandonado. Si los pillaban siendo cómplices de su huida, los falangistas se lo podían hacer pasar muy mal a los Chinea.

Manolo tomó las cinco mil pesetas que tenían como ahorro y se marchó a toda prisa, presa de los nervios y aún con la euforia motivada por el alcohol. Quería salir de casa antes de arrepentirse. Tan solo llevaba una pequeña muda de cambio, algunos dulces, almendras y enlatados. Se desprendió de los tres con un beso en la madrugada, del mismo modo que hacía cuando se marchaba a trabajar a las cuevas, todavía con el aliento apestando a vino tinto.

Suya, y solo suya, era la responsabilidad de sacar adelante a la familia.

Aunque fuese a miles de kilómetros.

Cuando se marchó, la casa se hundió en el vacío. Los tres sabían que la ausencia de Manolo les impondría su presencia constante.

María Jesús no se hacía a la idea de que su esposo acababa de marcharse, tal vez para siempre. Jacinto lloraba en el quicio de la puerta. Tamara era la única capaz de sacar algo de optimismo. A pesar de la tristeza que la invadía, su padre llevaba meses vagando por las tabernas. Sabía que aquello le vendría bien. Esa noche solo les quedó el consuelo de rezar el rosario a la virgen de Candelaria, pidiéndole porque su padre llegase con vida a América.

Y volviese para contarlo.

Lo que ellos no sabían es que Manolo jamás llegaría a subir a esa faluga.

PARTE I

La hacienda Finley

1

La Orotava, Tenerife

Septiembre de 1940

Sumergida en un océano de plataneras, la hacienda Finley se alzaba imponente en el corazón del valle de La Orotava, con unas vistas privilegiadas del pico del Teide y del exuberante paisaje que formaba el océano Atlántico en el horizonte. A medio camino entre el mar y la montaña. La fachada de estilo colonial del edificio irradiaba la pureza más exquisita bajo aquel sol que nunca cesaba, donde unos eternos ventanales recibían cada amanecer el rocío que traía consigo la brisa marina a una isla detenida en el tiempo.

Este hotel de lujo se presentaba ante sus huéspedes como un santuario para el descanso y el tratamiento de las enfermedades. La mansión y sus fincas se cimentaban sobre los restos de lava expulsados por el volcán varios siglos atrás, y se decía que sus terrenos basálticos poseían propiedades mágicas. Era la única respuesta posible para un suelo capaz de nutrir tantas hectáreas de plataneras, al tiempo que servía como sanatorio para los bolsillos de los más pudientes.

Propiedad de una ilustre familia británica, la hacienda Finley se enorgullecía de ser uno de los primeros hoteles fundados en las islas Canarias, y tras la Guerra Civil era de los pocos que seguía en funcionamiento.

Sus instalaciones se habían convertido el epicentro del ocio para las élites. Un paraíso en medio de un isla anclada en el abandono. Cada día el vaivén de autos y carruajes que estacionaban frente a la puerta de la mansión se contaba por decenas. Los mejores bolsillos acudían a la llamada de sus convites y celebraciones, pues era el único lugar en el que políticos, militares y empresarios podían olvidarse por unas horas de la miseria que les aguardaba al salir de allí. Aun así, incluso para estos clientes habituales resultaba difícil explicarse el éxito de esta empresa familiar a pesar de la crisis que atravesaba el territorio.

Pero nadie quería hacerse preguntas. Más allá de esos muros solo había desgracias y malas noticias. La hacienda Finley era un oasis para el placer y el deleite de los apellidos más selectos de la isla.

Y esa mañana era especialmente ajetreada.

Bandeja en mano, Tamara Chinea hacía equilibrios para no tropezar en la grada. La camarera se abría paso con sumo cuidado entre las piernas de los espectadores, pues temía romper el silencio que reinaba en la pista de tenis. El calor rajaba los rostros de todo el público, pero nadie mejor que ella para sentir cómo el sudor recorría su piel bajo la seda del delantal.

Solo tenía veintidós años y no dejaba de pensar en todos los que le quedaban al servicio de esa familia británica. Por más que lo había intentado sabía que no podía aspirar a nada más que a un trabajo como ese para el resto de su vida. Así funcionaba el mundo. Su pasado más reciente la había llevado a darse cuenta de que tener un sueño no la hacía más inteligente, pero sí el asumir que este nunca se cumpliría.

A su alrededor solo veía señales de desmoronamiento. Su entorno cada vez era más pobre, y por el contrario no dejaban de aparecer familias procedentes del centro y norte de Europa que se estaban haciendo con las islas a fuego lento, mordisco a mordisco. Los de su clase no tenían más futuro que servir para estos apellidos o marcharse a América en busca de un futuro menos pesimista.

Como su padre. El último que había tomado la decisión de emigrar.

Tamara respiró hondo para concentrarse en la labor que la ocupaba esa mañana. A pesar del calor, de su fatiga y de lo que detestaba el trabajo, siempre se dedicaba a servir las bebidas con la mejor de las sonrisas. Abajo, a solo unos metros de ella, los dos tenistas se jugaban el porvenir sobre la tierra batida ante un ambiente inmejorable. Un centenar de rostros de la alta sociedad se habían congregado en las instalaciones de la hacienda Finley esa mañana de domingo para disfrutar del espectáculo. Los atuendos más refinados se exhibían en la terraza superior del palco, o bien bajo el frescor que les proporcionaban las sombrillas.

A sus diecinueve años Jerome, el primogénito de los Finley, luchaba por doblegar a Bernardo Yeoward, hijo de un importante empresario tomatero de la isla de Gran Canaria. La de estos dos apellidos era una rivalidad histórica, y esa mañana estaba dejando un partido para la posteridad. De puertas afuera las dos familias británicas se llevaban de maravilla, pero su guerra fría era un secreto a voces. Tamara no podía más que sentir desdén ante sus riñas infantiles y esa cuestión del honor que parecía tan importante para ellos.

Como si no se estuviesen haciendo con todo el pastel.

Pero no había dudas de la tensión que reinaba en el partido. Desde la grada Tamara se moría de ganas por dejar la bandeja a un lado para perderse en el vaivén de la bola, pero sabía que la mínima distracción podía ser fatal para el porvenir de su puesto debido al contrapeso que se balanceaba sobre su mano izquierda. Por si fuera poco el estrés de copas que llevaba, tenía que soportar cómo todos los espectadores la miraban perplejos cada vez que los atendía.

Hombres y mujeres reparaban por igual en esas facciones tan particulares. Rostro pálido, piel de terciopelo y una nariz fina y afilada como el sílex. Pómulos altos y labios carnosos. Y unos cabellos rubios como hilos de oro que la hacían parecer una mujer de la más delicada aristocracia. Pero, sin duda, lo que más llamaba la atención del resto eran sus penetrantes ojos del color de la esmeralda.

Tamara causaba un contraste inmediato con el resto de los empleados. No había rastro en ella de esa tez curtida y morena, tan característica entre la población rural canaria; tampoco se apreciaban los surcos del trabajo físico. A pesar de sus orígenes, la criada daba la impresión de ser una dama de alta cuna, como si en realidad perteneciese al mundo de la gente a la que servía. Nada más lejos de la realidad.

Tamara no conocía más horizonte que el de esas fincas en las que llevaba trabajando desde que le llegó el periodo. Media vida entre los pasillos del hotel y bajo la sombra de las plataneras. Sin duda había destinado más horas a servir a esa familia británica que al calor de su propia casa, adonde tan solo regresaba para dormir. Pasó la adolescencia compaginando el duro trabajo en la hacienda con sus estudios, desoyendo así las advertencias de sus padres y su hermano, quienes le aseguraban que los libros no servían de nada para una chica de su clase. Y ese discurso lo compartían sus amigas y vecinos. Todos dejaron las aulas al cumplir los catorce para buscar un oficio de provecho. No había dinero en las casas, así que de nada servía pasarse los días estudiando si no tenía un plato de comida que llevarse a la boca.

Pero ella siempre había soñado con llegar a ser maestra, así que dedicó las horas de sueño que no tenía para aprobar con nota los exámenes. Fue tal su desempeño y sus calificaciones en el Instituto General de La Orotava que los docentes le aseguraron que obtendría su plaza en la Escuela Normal de Maestras de Tenerife. Por primera vez en su vida creyó que todo cambiaría. Nada le hacía más feliz que poder trabajar como maestra.

Pero el golpe de estado frustró sus sueños para siempre. Y lo peor es que no tenía nada que ver con sus calificaciones, sino con los recelos que había sobre su hermano Jacinto. Decían que el chico era un bala perdida y que tenía conocidos republicanos. La fulgurante instauración del franquismo en Canarias tras el golpe de 1936 trajo consigo una purga de funcionarios, y la nueva directora de la escuela le negó el acceso a la escuela.

Tamara se hundió en la desidia. Y lo peor era que nadie comprendía su frustración. Decían que había querido volar más alto de lo que podía permitirse y que se lo tenía merecido. Así que con el paso del tiempo no le quedó más remedio que asumir que aquella sería su vida para siempre.

Enterró los sueños de su pasado para seguir dejándose la piel cada día por ser la mejor en su oficio como criada. Sus tareas abarcaban desde la limpieza de habitaciones a las zonas comunes, el trabajo en las cocinas, el bar o el restaurante.

Se dejó convencer por todos de esa realidad que ella misma se había negado a aceptar. Con la que estaba cayendo tras la Guerra Civil tener trabajo era un milagro al alcance de unos pocos. Y el señor Finley no era un mal jefe, después de todo, más aún teniendo en cuenta lo que se escuchaba por ahí. A pesar de la crisis, al menos su patrón les había asegurado que seguiría haciendo un esfuerzo por mantener a toda la plantilla en nómina.

Lo que ella no sabía era que su gran oportunidad estaba a punto de llegar.

Cuando terminó de servir a todos los clientes se concedió a sí misma un instante para calmar la tensión de sus brazos. Llevaba todo el día corriendo de un lado para otro y necesitaba un respiro. Se dirigió hacia la barra que ocupaban los camareros, situada detrás de la grada. Depositó la bandeja sobre una mesa vacía y por fin pudo centrar su atención en lo que le importaba. Jerome se estaba jugando el prestigio ante ese Yeoward. Sus gemidos al golpear la bola eran el único sonido que rompía la tensión entre el público.

Tras un liftado casi perfecto los aplausos volvieron a invadir las instalaciones. Bernardo Yeoward había conseguido empatarle a Jerome el tercer set, y a juzgar por la reacción del público el partido parecía estársele complicando al hijo de los Finley.

Sin ser consciente, Tamara se estaba mordiendo las uñas mientras seguía el partido. No es que le interesase demasiado el lawn tennis, pero le encantaba ver a Jerome danzar por la pista. Un impulso animal la recorría cada vez que lo veía corriendo con la raqueta, pero sobre todo cuando oía esos gritos ahogados al golpear la bola. Estaba hipnotizada ante sus músculos y su portento físico. Ese cabello lacio y ambarino, el contraste entre la virilidad que brotaba de su cuerpo y una mirada angelical que le hacía parecer un juguete roto. Aunque había nacido en las islas Canarias, Jerome no podía escapar a la elegancia de su herencia británica. Su rostro pecoso y bañado por el sudor le conferían un lugar en el Olimpo. Y Tamara vivía cada punto del chico como suyo y sentía en sus carnes el dolor al verle morder el polvo de la pista.

La joven había perdido por completo el foco en el deber. Cuando quiso darse cuenta una voz la llamaba desde el otro lado de la grada. Unas facciones enfermizas, vestidas con el uniforme militar de gala, llevaban un rato chistándola de malos modos.

Tamara recobró el sentido de inmediato, y tardó unos segundos en volver a adoptar su servil pose de camarera. Corrió a atender la llamada con un gesto instintivo mientras se alisaba el vestido.

—¿Tú no oyes o qué? —Le espetó el militar.

—Disculpe, señor —susurró, tratando de apaciguar los ánimos del hombre para que su tono de voz no interrumpiera el encuentro.

Pero este no parecía dispuesto a corregir su rumbo.

—Joder con la niña, eh. Llegas a tardar un poco más y se nos acaba el partido.

Ella sintió cómo la envolvía el miedo al percatarse del acento peninsular del militar. Pensó que probablemente sería otro de tantos soldados a los que habían destinado a Canarias en los últimos meses. Cada vez era más habitual verlos derrochando sus pesetas en las instalaciones de los Finley. Y eso que su patrón detestaba a los falangistas.

Desde el golpe de Estado la isla se había llenado de jóvenes oficiales, hombres dispuestos a todo con tal de «sanear la patria» para ganarse el puesto. Ella nunca los había visto con simpatía, en cierto modo porque los culpaba de que hubiesen frustrado su sueño. Y su padre no dejaba de repetirles a su hermano y a ella que cuanto menor contacto mantuviesen con esos hombres, tanto mejor para ellos.

—Disculpe, señor. De verdad, me… me he distraído un segundo. ¿Qué puedo servirle?

—Dos pozuelos de licor de plátano. Hasta arriba, eh —respondió él mientras guiñaba un ojo a la joven que lo acompañaba, una muchacha a la que el militar doblaba la edad.

—A la orden.

Tras una reverencia, Tamara corrió al bar para preparar las bebidas.

Volvieron a interrumpirla nuevos aplausos procedentes de la pista. No pudo evitar girarse para celebrar un nuevo punto de Jerome. Sus obligaciones la reclamaban, pero quiso dejarse llevar por la emoción al contemplar su sonrisa. Se le veía eufórico y exhausto a partes iguales ante lo que parecía ser un momento decisivo del partido, y ella no quería perdérselo por nada en el mundo. Pensó que no pasaría nada por tardar unos segundos más, así que se ocultó tras una columna y dejó que su corazón se encogiese mientras disfrutaba una vez más de su saque magistral.

—¡Niña! ¿Las vas a traer o qué?

La voz del militar volvió a romper el embrujo que envolvía a Tamara, agazapada al final de la grada.

—¡Perdón! ¡Perdón!

Se disculpó y corrió hacia la barra, donde preparó las bebidas a toda prisa sin siquiera pensar lo que hacía. Ya había visto a ese hombre por los pasillos de la hacienda hablando con su jefe, así que sabía que se conocían. Y no podía permitir que al oficial se le ocurriese quejarse al señor Finley de su falta de profesionalidad.

Tamara regresó a la grada y entregó las bebidas al militar y a la jovencita que lo acompañaba. Les hizo una reverencia a modo de disculpa sin apartar los ojos del partido.

Fue entonces cuando notó un fuerte azote en el trasero.

—Anda, una propina, niña. Que esos ojitos verdes no se ven todos los días.

Se quedó paralizada ante tal humillación. Por si fuera poco, el militar sacudía las monedas entre sus manos mientras se burlaba de ella con la chica que lo acompañaba.

—Quédeselas —le espetó Tamara. Y en un impulso dejó caer los vasos de licor para que estos se derramaran sobre el uniforme de gala del militar.

—¡¿Qué coño haces, niña?!

«Mierda». Tamara se arrepintió al instante de su acción.

—Perdón, se me han caído —mintió con la esperanza de que no hubiese consecuencias.

Tarde. El hombre estaba fuera de sí. Se levantó y la atravesó a gritos en mitad de un punto, de manera que tanto en la grada como en la pista se hicieron eco de lo ocurrido.

—¡Eres imbécil! ¿Dónde está tu jefe? ¡Finley!

El partido tuvo que detenerse, pues los dos tenistas habían apartado la vista de la red para fijarse en el barullo formado entre el público.

Y como siempre, el señor Finley apareció de inmediato para tomar el control de la situación.

A sus cincuenta y un años, Martin Finley parecía levitar sobre el suelo que pisaba. Con su impoluto traje blanco y ese característico sombrero Havana, el propietario de la hacienda todavía conservaba el porte y la elegancia heredados de su Inglaterra natal. Aunque habían pasado tantos años desde que huyó que no recordaba siquiera los prados y colinas en los que se había criado.

Detrás de esa mirada hercúlea que descendía los peldaños de la grada se ocultaba un hombre comprometido con sus dominios, con su empresa. Pero sobre todo, con la plantilla que lideraba. Por eso le dolía tanto que sus empleados siguieran considerándolo un «inglés», a pesar de que llevaba dos décadas viviendo a la sombra de las plataneras. Él prefería que le llamasen simplemente Martin. Quería que sintiesen que tenían ante él a un amigo, y no a uno de esos despóticos terratenientes que tanto abundaban en las islas. Él no se veía como los demás empresarios, y ese era un mantra que se repetía una y otra vez.

—¿Ocurre algo, general Yagüe?

—¡Esta niña, Finley!

—Le pido mis más sinceras disculpas —dijo al ver el licor derramado en su uniforme—. Ahora mismo Tamara le traerá otra bebida. A cuenta de la casa, por supuesto.

—¿Y ya está?

—¿Qué más quiere? —Finley dejó entrever una mueca de sorpresa sin apartar la vista del militar.

—¡Que me la ha tirado aposta, Finley! Échala, coño. Así no se puede. Esta niña es una puta.

—Fuera de aquí.

—¿Qué?

—Lo que oye, Yagüe. No voy a consentir que trate así a una de mis empleadas.

—Finley, ¿qué estás…?

Pero este lo cortó con brusquedad.

—He visto desde la grada cómo le daba una nalgada, general Yagüe.

—¡Y qué!

—Márchese, por favor. A mi hijo Jerome le gustaría poder reanudar el partido.

El militar no daba crédito. Tuvo que examinarse de arriba abajo para asegurarse de que vestía el uniforme de gala.

—No me estés jodiendo, Finley. Dime que esto es una broma. No me hagas hablar con Cuéllar.

Pero el británico se mantuvo impasible, sabía que Yagüe se estaba tirando un farol al decir que se iría de la lengua. Martin conocía de sobra al capitán general de Canarias, Julio Cuéllar. La máxima autoridad en las islas. Seguro que este tenía cosas mejores de las que ocuparse que de un lance tan insignificante como aquel.

—Haga el favor de marcharse.

—Esto es…

Finley insistió con educación mientras recordaba lo mal que le caía ese Yagüe. Pero por encima de todo odiaba tener que verlo disfrutando del café de la hacienda, cada día con una mujer diferente y siempre con esa actitud arrogante que lo caracterizaba. Ni punto de comparación con su superior. Finley detestaba a esa camada, pero al menos el capitán general era un hombre dispuesto a escuchar.

Aunque no le sirviese de mucho.

Pero el general Yagüe mostraba con él un rostro despiadado, sentía la ofensa en sus carnes al ver que la grada lo observaba con estrépito. Un centenar de pamelas, cigarrillos y trajes de domingo aguardaban impacientes el desenlace. Y por si fuera poco Martin hizo un gesto conciliador a su camarera, dejándole claro que no tenía nada que temer de ese militar. Hacía tiempo que tenía ganas de ponerlo en su sitio. Además quería aliviar a su empleada del mal trago, algo que ella agradeció aún con temblores en las piernas.

A punto estuvo el general Yagüe de abalanzarse sobre el empresario. Pero quiso un milagro que el hombre lograra contener su hombría y su bárbara expresión. Tocar a un británico como Martin Finley solo le traería problemas, y más aún en su propiedad. Cada segundo enfrentados cara a cara empequeñecía cada vez más a Yagüe, hasta que este no halló otra salida que chistar a la mujer que lo acompañaba aquel día, como si de un perro se tratase.

Tendrían que perderse el final del partido.

Los golpes volvieron a invadir la pista como si nada hubiera ocurrido. Martin Finley regresó a la zona más alta de la grada para seguir disfrutando del espectáculo, un estrecho pasillo de poco más de un metro de ancho que distaba mucho de ser un palco. Más bien parecía un gallinero. Era el lugar más incómodo desde el que disfrutar del tenis, pues tenía que permanecer de pie y apenas había espacio en el suelo para tirar los restos del cigarro. Pero él solo era capaz de relajarse si estaba seguro de que sus clientes disfrutaban de las instalaciones. Y desde esa posición tenía una vista más que privilegiada de la grada, la pista y el café de la hacienda.

Así que junto a él solo se hallaban los demás empresarios británicos, quienes se sentían obligados a acompañarlo con tal de no quedarse fuera de las conversaciones. Ver el partido desde esa posición era la única forma que tenían de lanzarse pullas unos a otros, y sobre todo de garantizarse que nadie hablaba a sus espaldas. Cinco señores tostados por el sol, apoyados contra el muro de piedra como cabezas de ganado. Sus camisas de lino arremangadas por encima de los codos impregnadas por un festival de bebidas y puros. Los señores Finley, Yeoward, Leacock, Miller y, por supuesto, el cónsul británico en las islas Canarias, Conrad Collison.

Una alineación de campeonato.

Después de cada punto el silencio entre ellos daba paso a las burlas hacia una u otra familia, dependiendo de qué hijo anotase. Los cinco caballeros se despachaban en inglés, un idioma en el que sus insultos resultaban aún más punzantes gracias a su dominio nativo de la lengua y a que pocos a su alrededor les entendían. Podían despotricar con total libertad de todos a su alrededor.

Y si había algo que disfrutaban más que burlarse los unos de los otros era hacerlo de los militares españoles, como ese hombre al que Finley acababa de echar de su hacienda. Tanto para Martin como para sus amigos ingleses, esos recién llegados de Falange eran unos «mendrugos» venidos a más y sin idea de dirigir un país. Pero Hugh Yeoward no parecía de acuerdo con las bromas del grupo, así que decidió romper la armonía que reinaba entre ellos para increpar a Finley.

—Ese Yagüe. ¿Qué relación tienes con él, Martin?

—¿Eh? —El empresario se quedó desconcertado—. ¿A qué te refieres?

—Ya lo he visto asistir a otros partidos. Tan mal no te caerá cuando lo tienes siempre por aquí con sus ligues.

Martin pudo anticipar el recelo en las preguntas del magnate tomatero de Gran Canaria. Notaba a leguas su resentimiento por los acontecimientos que atravesaban. Era consciente de que Yeoward lideraba esa sibilina campaña de desprestigio para minar su confianza y la de su hacienda.

—Esto es un hotel, un restaurante, un club de lawn tennis, Hugh. No voy a negar la entrada a un hombre por mal que me caiga. A menos que me dé motivos para hacerlo. Quizá sea tu caso.

—¿Me estás echando a mí también?

—Por supuesto que no. Pero entiendo tu frustración. Este es el deporte más democrático que hay. Si Jerome gana todos los partidos es debido a que es el mejor en la pista.

Yeoward lo miró sin comprender, así que Finley decidió puntualizar lo que estaba pensando.

—Nadie te quita el mérito de haber fundado el primer club de lawn tennis de Canarias. Y creo que ninguno de nosotros pone en duda que si este deporte está en auge en las islas es gracias a ti. Pero al final, solo puede ganar uno. No todos pueden superar la mediocridad. Tú has creado la moda, yo he creado al mejor competidor.

Se hizo un silencio entre los cinco hombres que poblaban el gallinero. El partido había cobrado un interés tal que les obligó a aparcar la discusión. Jerome y Bernardo acababan de empatar a cuatro juegos en el último set, y el hijo de Martin se mecía por la pista como si estuviese a punto de sufrir un desmayo.

Jerome Finley ostentaba el título de campeón en el archipiélago, ya que aún no había surgido un rival que estuviese a su altura. Pero a juzgar por la batalla que se estaba librando bajo las cabezas de los empresarios parecía que las cosas estaban a punto de cambiar.

—Qué pasa, Martin. Se te acaba la hegemonía —le espetó el señor Leacock.

—No todo se puede comprar, amigo. —El cónsul británico y también el mejor amigo de Martin le dio una palmada cariñosa en la espalda.

La victoria de Bernardo Yeoward estaba tan cerca en el marcador que sus invitados casi podían tocarla. Pero Finley mordisqueaba un puro entre sus labios sin reaccionar a las burlas.

—¿Si gana mi hijo, nos contarás cuál es tu secreto? —preguntó Hugh con un guiño mordaz.

—No va a ganar.

—¿Qué secreto? —intervino el señor Miller.

La pregunta quedó en el aire sin que nadie recogiera el anzuelo.

—Yo que tú no estaría tan seguro de tu hijo —intervino el cónsul.

—Dale tiempo.

—Míralo, está cansado y nervioso. No va a aguantar.

Finley no respondió. No estaba dispuesto a entrar al trapo. Volvió a apoyarse en el muro como un león agazapado entre los juncos. Cuando las cosas se torcían, su mirada se tornaba un enigma que ni su mejor amigo, el cónsul Collison, era capaz de descifrar.

—Oye, ¿alguno de vosotros me dice de qué va ese secreto? —insistió Miller.

—Coño, Arthur, parece mentira que vivas en Canarias —le espetó Yeoward en un tono a medio camino entre la burla y el cabreo—. Su pacto con el diablo para sortear esta crisis.

—Ah, eso —respondió Miller con desazón. Siempre que salía el tema la cosa terminaba mal para el grupo.

—Venga. Si pierde tu hijo, nos lo cuentas —insistió Hugh Yeoward.

—No hay nada que contar. Estoy igual que vosotros.

—No me jodas, Martin. Mira el ambiente que tienes en tu hacienda. Eres el único que aún no ha despedido a nadie.

—Ni pienso hacerlo.

—Joder. Y encima sigues cosechando y exportando tus plátanos a Gran Bretaña como si esos malditos nazis no estuviesen bombardeando nuestro país cada día. ¿Cómo lo haces?

Finley permaneció en silencio. Tenía la mirada clavada en su hijo mientras lo veía moverse por la pista, como si de algún modo pudiese comunicarse con él desde ese gallinero.

Los cuatro hombres lo miraban con recelo. No era la primera vez que le reprochaban que tenía que haber algo más que justificase su éxito cuando ellos estaban a punto de arruinarse.

Pero cuando quisieron darse cuenta, Jerome había conseguido engancharse al partido. Más allá de su habilidad física, el joven Finley desprendía ahora una actitud dominante ante los espectadores. Como por arte de magia sus pasos resonaban sobre el polvo con la firmeza de quien se sabe ganador incluso antes de la victoria. No era el ego el que hablaba por él, sino una sensación profética que había llegado justo a tiempo para recordarle el peso que llevaba a sus espaldas. Quizá debido a que tenía la mirada de su padre clavada en él.

Los últimos compases del partido se convirtieron en un embarazoso espectáculo para Bernardo. Jerome no le concedió un solo punto más, y además lo obligó a correr por la pista de un lado al otro, como un verdugo dispuesto a torturar a su víctima antes de ajusticiarla. El juego del gato y el ratón. La confianza de Jerome parecía disfrutar ante esa devastación. Y Martin no pudo sino sonreír con cierto orgullo.

Punto de partido.

Y esta vez el joven no estaba dispuesto a andarse con tonterías. Sentenció el encuentro con un ace, un saque implacable que, tras botar en el cuadro de saque, fue a parar contra la pared de la pista sin que su rival pudiese olerlo siquiera.

Apoyado en el balcón del gallinero, Martin Finley apenas dio una última calada a su puro antes de enterrarlo en el cemento.

—Os lo dije.

El cónsul y los empresarios seguían tan perplejos ante ese último juego que no fueron capaces de responder. Pero Finley no había dicho aún su última palabra.

—¿Sabéis qué pasa? Que si yo sigo enviando mis barcos a Inglaterra aun a riesgo de perderlos es porque quiero que nuestra gente sepa que no la hemos dejado a su suerte, y que puedan sobrellevar el intento de invasión de esos nazis.

—Todo un patriota —se burló Yeoward.

—Pues sí. Mis plátanos llevan pegatinas con mensajes de apoyo para elevar la moral de los nuestros. ¿A alguno de vosotros se os ha ocurrido algo así? No, vosotros ni siquiera permitís zarpar a los cargueros.

Ellos se miraron en silencio antes de que Finley continuase con su arenga.

—Y sí, es verdad que estoy desoyendo los consejos de Londres. Que mis barcos podrían hundirse por arriesgar el comercio. Se llama «valentía». —Hizo una pausa—. Creedme, estoy igual o peor que vosotros en esta crisis. La diferencia es que yo sí he sabido ahorrar para los tiempos que corren. Así que antes de desconfiar de mí pensad en vuestros errores del pasado.

Los cuatro callaron ante la reprimenda del anfitrión, aunque sus rostros rumiaban de rabia al ver que Finley siempre conseguía llevarse la razón.

Pero lo cierto era que Martin apenas dormía. Le preocupaba sobremanera la forma en que estaba logrando sortear el vendaval, pues sabía que ninguno de ellos lo comprendería. Solo esperaba que todo terminase pronto y no hubiese consecuencias al respecto.

Como ya había conseguido hacer en el pasado.

Tras la conclusión del partido Jerome se dirigió a la red para saludar al rival con deportividad. Después pidió silencio al público desde el lugar que ocupaba en el centro de la pista.

—¡Gracias a todos por haber venido! ¡Y gracias a ti, padre! —Se dirigió a él agradecido, suyo era el mérito de organizar tal espectáculo.

Martin volvió en sí de sus cavilaciones y le devolvió la sonrisa, tratando de ocultar la seriedad en su rostro. A pesar de todo la familia seguía unida, y su primogénito acababa de dejar bien alto el apellido en el ámbito deportivo.

—¡Y quiero decir una cosa más! —continuó el joven.

Esto sí sorprendió a los asistentes. A diferencia del carisma que desprendía su padre, Jerome era un joven de pocas palabras.

Salió de la pista y se adentró en la grada dando un salto, justo en el lugar en el que se hallaba Tamara, quien todavía sostenía la bandeja entre sus manos.

Y le plantó un beso delante de todo el público.

—Te quiero.

—Y… y yo —respondió ella entre balbuceos.

—Cásate conmigo.

—¿Qué?

—Lo que oyes. Ahora o nunca.

—Eh… —A Tamara le cayeron las lágrimas de la emoción antes de que pudiese responder, presa del rubor y de la incredulidad. Odiaba sentirse el centro de las miradas.

—Sí. ¡Sí, quiero!

Y se besaron apasionadamente.

Pero la reacción entre el público fue más próxima al estupor que a la alegría. Apenas se dejaron sentir unos tímidos aplausos en la grada. ¿El hijo de los Finley casándose con una criada? Imposible. Nadie en su sano juicio daba un duro porque ese matrimonio llegase a buen puerto.

Desde el gallinero, Martin se vio desbordado ante una osadía que en absoluto formaba parte del guion del día. Su hijo acababa de humillarlo ante toda la élite canaria.

Pero no iba a consentir que se saliera con la suya.

2

Durante el resto del día Tamara fue incapaz de borrar la sonrisa de sus labios. Se sentía volando en una nube después del partido mientras fregaba los platos en las cocinas de la hacienda. Aunque llevaban tiempo viéndose en la intimidad, Tamara nunca pensó que una boda entre ellos fuese una posibilidad real, venían de mundos distintos y ella era una criada más de los Finley. Pero, si Jerome lo tenía tan claro, quería decir que había dado el paso planteándoselo a sus padres.

Ambos se conocían desde críos. Tamara recaló en la hacienda cuando no era más que una niña llamada por la oportunidad que ofrecían los Finley. Necesitaban a jóvenes para emplearlas como sirvientas en el hotel, y ella necesitaba llevar dinero a casa. Desde entonces tuvo que compaginar la escuela con los paños, aunque su propia familia desconfiaba de que los libros fuesen a ayudarla en su futuro. Pero quería seguir aprendiendo.

Aunque Jerome era dos años menor que ella, el muchacho bien parecía haber madurado antes de tiempo. Era el chico más atractivo que Tamara jamás había tenido ante sus ojos. Admiraba su figura esbelta, su andar y esos cabellos que parecían doblegarse al viento cada vez que este recorría los pasillos. Poco a poco se hicieron amigos, y en cuanto les llegó la adolescencia no tuvieron reparos en confundir la amistad con una atracción mutua que los invadía a ambos.

Jerome apenas podía salir de la hacienda debido a sus entrenamientos de tenis, y ella apenas vivía más que para el trabajo entre esas paredes. Su relación se construyó a fuego lento gracias a ese entorno tan propicio para su endogamia. El matrimonio Finley estaba al tanto del asunto y no había puesto reparos mientras todo quedase en la intimidad.

Eso era precisamente lo que escamaba a Tamara. No había que profundizar mucho en la relación entre padre e hijo para saber que Martin siempre había dirigido los pasos de Jerome. Lo trataba con rectitud y firmeza, como si estuviese adiestrando a una mascota. Y si algo había aprendido la joven era que a los de su clase no se las daban con tanta facilidad.

Esa tarde varias de sus compañeras la felicitaron. Otras, por el contrario, tan solo se dedicaron a cuchichear ante lo que auguraban como un enlace envenenado. Pero sin duda, el beso entre la joven criada el primogénito de los Finley era el único tema de conversación ese domingo.

Un brusco choque de calderos alertó al personal. Se trataba de Jerome. El joven acababa de irrumpir en las cocinas del sótano, golpeando las ollas con un cucharón para acentuar su aparición ante las cocineras y criadas. Lejos de parecer soberbio, agachó el gesto con timidez ante su osadía. Ella notó de inmediato que estaba pletórico por la decisión que había tomado y le costaba contener esa euforia. Se había duchado y arreglado tras acabar el partido para ir a buscarla por sorpresa. Su sola aparición disipó las dudas que había entre las compañeras de Tamara, quienes llevaban toda la tarde burlándose de ella.

La protagonista de todas las miradas dejó escapar una mueca avergonzada. Tenía las manos sumergidas en plena faena, dentro de la pila en la que se remojaban los utensilios. Apenas una mirada del muchacho bastó para que ella dejase lo que estaba haciendo, se secase con un paño y lo siguiese. Se alejaron al exterior por los corredores del sótano ante la mirada desconcertada de los empleados.

Tras cruzar la puerta trasera se perdieron entre fincas, lejos de las miradas y habladurías.

—Al final te has atrevido —dijo ella, todavía con expresión de incredulidad.

—Nunca lo había tenido tan claro.

—¿Estás seguro de esto…?

—Shhh. —Jerome la cortó con ternura, sellando sus labios con el dedo.

Y después la besó al tiempo que acariciaba sus cabellos rubios. Le encantaba dejarse llevar por el aroma que desprendía su cuello incluso con el delantal puesto.

—Tranquila, ya sabes que mis padres pasaron por lo mismo hace veinticinco años. Ellos también provienen de mundos distintos. Y míralos ahora. Nadie duda de su amor. Si ellos pudieron, nosotros también.

Tamara no pudo más que darle la razón. Si había un claro ejemplo de éxito eran los Finley.

—Entonces ¿nos casaremos de verdad?

—Te lo prometo.

Volvieron a besarse agazapados a la sombra de las plataneras. Aquel era un paisaje idílico en el que el aroma de las frutas se fundía con la humedad y el salitre. A su alrededor no se oía más sonido que el cantar de los mirlos y el zumbido de las polillas que pululaban en busca del néctar de esas plantas. Tamara sintió el calor de Jerome en ese rostro bañado por una constelación de pecas. Se dejó empapar por el vigor de sus brazos ante una excitación a la que ninguno de los dos era capaz de poner freno.

Pero alguien rompió el embrujo.

—Perdonad.

Esa voz a lo lejos abrió un abismo entre ellos al instante. Se trataba del señor Finley, vestido con el mismo traje beis de domingo y ese sombrero que tan bien le sentaba.

—Señor… señor Finley —se excusó ella avergonzada, al tiempo que se ajustaba las enaguas y el delantal—. Discúlpeme, por favor. Ya mismo vuelvo a las cocinas.

Pero este la retuvo antes de que ella pudiera escaquearse.

—De eso nada. Quiero hablar con los dos.

—Padre… La quiero. Nos queremos —arrancó Jerome con nerviosismo.

—Lo sé. Y sabéis que nunca me he opuesto a vuestra… relación —dijo él tras un instante de duda en busca del término apropiado—. Pero Jerome, sabes que no es posible. Tu futuro está en Inglaterra.

—Y el suyo.

—No, hijo. El de ella está aquí.

Tamara notó cómo Jerome ardía de rabia ante la sentencia de su padre. Sabía que estaba colérico, pero al mismo tiempo era incapaz de imponerse ante esa figura que tanto respeto le infundía. Ya lo había consolado en varias ocasiones después de que tuviese algún encontronazo con su padre. Jerome admiraba a Martin, pero al mismo tiempo vivía con la presión de sentir que no estaba a la altura. Su chico no dejaba de lamentarse por el desdén que sufría, como si ser el primogénito lo hubiese convertido en un saco en el que su padre pudiese canalizar toda su rabia. En eso coincidía Tamara, pues la actitud de Martin con Jerome oscilaba entre el amor y el odio según cómo fuesen las cosas en la hacienda. Y últimamente al patrón se le notaba más preocupado que de costumbre.

Tras dejar a Jerome fuera de combate con su reprimenda, Martin se dirigió a ella tratando de ser lo más respetuoso posible.

—Siento que mi hijo sea tan cobarde. Es él quien debería haberte puesto los pies en la tierra. Eres una gran trabajadora, eso nadie lo pone en duda. Pero vuestras vidas tienen caminos distintos.

—Discúlpeme, señor Finley. —Tamara agachó la cabeza, presa de la vergüenza más absoluta, y al mismo tiempo lamentándose por haber sido tan ingenua.

—No te preocupes —la excusó él con actitud conciliadora—. Los dos sabemos quién es el único culpable aquí. —Finley miró entonces a su hijo con decepción—. Ya hablaremos tú y yo.

Jerome permaneció en silencio, humillado por el hombre al que más admiraba en el mundo. Fue incapaz de contener las lágrimas.

Pero su padre no movió un músculo.

Tamara observaba la escena como si acabara de convertirse en espectadora. Por una parte quería abrazar y consolar a Jerome, pero temía sufrir peores represalias por parte del señor Finley. Así que se contuvo. Bastante había metido ya la pata ese día.

—Venga, Tamara. Vuelve al trabajo, por favor.

Ella obedeció sin rechistar.

Volvió a la hacienda bajo una melancolía que no recordaba haber vivido en carne propia. La idea de casarse con Jerome jamás había sido una posibilidad real para ella, pero tener que constatarlo con la reprimenda de su jefe la atravesó por completo. Aunque en el fondo se sentía peor por él que por ella. Tamara no sabía si de verdad estaba enamorada de él, pues no había conocido a nadie con el que comparar el sentimiento. Pero por encima de todo Jerome era su amigo. Habían crecido juntos. Habían compartido miles de vivencias en la hacienda… Y sentía que acababa de romperse para siempre el vínculo entre ambos. Sí, quizá Jerome no fuese el hombre de su vida, pero al menos la respetaba. Confiaba en él más que en ningún otro chico de su aldea.

Pero como siempre, su entorno volvía a tener razón.

No podía escapar a su destino.

3

Cada mañana el vestíbulo del hotel se convertía en un hervidero de clientes. Aunque la hacienda Finley apenas contaba con diez habitaciones, a todas horas recibían visitantes dispuestos a pasar el día en su playa privada, en las piscinas o simplemente en el elegante café con vistas al volcán del Teide o al inmenso valle de La Orotava.

Desde primera hora Martin solía presentarse en recepción dispuesto a atender los problemas que surgiesen a sus empleados. Siempre había algo por solucionar, y él tenía los cinco sentidos puestos en cada detalle de su empresa. Era tan habitual verlo durante horas encerrado en su despacho como en el cobertizo en el que descansaban los agricultores, siempre con su vestimenta de dandi de punta en blanco, al igual que sus modales y su sonrisa. Aunque tuviera que pasar el día entre bancales y huertas.

Pero por más que sus empleados lo viesen como a un tipo incansable, Martin se veía cada vez más superado ante el futuro que se le avecinaba. La empresa atravesaba circunstancias nunca vistas, y el mundo se había vuelto cada vez más incierto. El golpe de Estado, la Guerra Civil, la llegada del franquismo… Y por último el estallido de la Segunda Guerra Mundial.

Martin sentía que sobrevivía a los mazazos como un náufrago en alta mar. Esa vida perfecta que todos le endosaban y envidiaban para él no se asemejaba en nada a la realidad. Estaba atrapado bajo el yugo de esos militares y sentía que nada podía hacer para evitarlo.

Atrás quedaba el joven Martin que llegó a Canarias con la idea de comerse el mundo. Echaba en falta esa ambición férrea de sus inicios. Por eso, en sus peores días como aquel se obligaba a recordar su astucia, a enorgullecerse de cómo había superado los duros vaivenes tras huir de su Inglaterra natal. De cómo se había convertido en un profeta en estas islas.

Aún sonreía al evocar su llegada a Tenerife, donde lo habían acogido como a un mesías por esos nuevos métodos que traía desde tan lejos. También por haber tenido la brillante y arriesgada idea de aprovechar los trayectos que hacían sus cargueros al Reino Unido para traer a los primeros turistas. Veinte años atrás pensó que podría lucrarse gracias al descanso de sus paisanos, y así se convirtió en un pionero al apostar porque estas remotas islas de la Macaronesia podían convertirse en un paraíso curativo gracias a sus aguas volcánicas. Se alió con el magnate naviero Thomas Cook para organizar viajes de placer desde Londres. La marca Finley se dio a conocer en Europa gracias al plátano, y a que su propietario había levantado un lujoso hotel sanatorio en esa isla a la vez exótica y lejana para sus paisanos.

«Cómo pasa el tiempo», pensó. Dos décadas después sentía que la edad le pasaba factura. Pero no podía dejarlo, menos ahora con lo que estaba ocurriendo en su empresa. Pues aunque hasta esa mañana creía estar tocando el fondo del pozo, acababa de recibir un telegrama que complicaba aún más las cosas para su futuro.

Cuando salió a pasear por las fincas, sus agricultores llevaban desde el amanecer cortando y transportando a los cobertizos las piñas cargadas de plátanos. Más de cincuenta kilos bailaban sobre los hombros de los jornaleros. Sus brazos curtidos y quemados por el sol, viendo cómo se les rajaba la piel a cada paso que daban en la tierra. Y el zumbido de las moscas en sus frentes que volvía aún más complicada su labor.

Si en ocasiones el ritmo era frenético en el hotel, en la plantación no había un solo día de paz. Y todo gracias a la mano férrea de Ciro Galván. La omnipresencia de Finley tenía un límite, así que la mayor parte del tiempo era su capataz quien hacía cumplir las órdenes. Pero este joven tenía sus propios métodos a espaldas del patrón.

La rectitud y soberbia de Ciro eran sinónimo de terror. Quienes habían sufrido sus castigos daban cuenta de que eran tan severos como desproporcionados. Y más le valía a los jornaleros no quejarse al patrón de lo que allí ocurría si no querían salir mal parados. Nadie comprendía cómo el señor Finley había puesto a ese chico como capataz si era el más inútil de los agricultores. Tan solo era un rumor, pero en las tabernas se decía que el capataz estaba bien relacionado, razón por la que nadie quería tentar a la suerte plantándole cara o chivándose al jefe. Por eso los peones callaban y agachaban el rostro cada vez que Finley se paseaba por allí preguntando cómo les iban las cosas.

Lo cierto era que, aunque fingía no saberlo, Martin era consciente de todo lo que ocurría en sus dominios, empezando por el trato que recibían sus jornaleros por parte del capataz. El problema era que no podía hacer nada para evitarlo, y tampoco iba a dejar que nadie más supiese la verdadera relación de vasallaje que había entre ambos. Así que prefería mirar para otro lado. Ciro Galván podía parecer a ojos del resto su hombre de confianza, pero era un dardo envenenado en esas fincas. Una oveja negra con la que tenía que lidiar por más que le pesara. Todo cuanto estaba en las manos de Martin era transmitir a los agricultores su cercanía para que viesen que no estaban solos en esto.

Con ese andar plomizo, Ciro sostenía un bastón entre sus manos y deambulaba por una acequia cuando Martin se acercó a él.

—¿Todo bien, patrón? —preguntó al verlo aparecer.

Esa mañana Finley apenas estaba receptivo. Se sentía perdido como una veleta al son del viento, y su subordinado lo notó al instante.

—Ha habido días mejores, Ciro. —En sus manos sostenía el telegrama. Apenas se lo mostró antes de volver a guardarlo en el bolsillo de su pechera—. No hay vuelta atrás. Parece que es definitivo.

—¿De verdad?

—Vacíalo todo.

—Pero ¿cuándo?

—Hoy. Ya.

Ciro guardó silencio. Sus pies se pusieron a remover la tierra en busca de una solución que les ayudase a ganar tiempo.

—¿No hay…?

—No —lo cortó—. Deja a los jornaleros y encárgate. Tiene que quedar impoluta.

El capataz asintió con gesto turbado.

Finley se dio la vuelta para regresar a las fincas cuando algo lo llevó a detenerse.

—Y que nadie te vea.

—A la orden, patrón.

Ya estaba atardeciendo cuando Martin se acercó a hablar con sus recepcionistas, dos hombres de edad avanzada que llevaban toda la vida trabajando a sus órdenes. Había esperado hasta el último momento para darles la noticia. Todos en la hacienda notaron el semblante que vestía. No era para menos. Llevaba toda la jornada arrastrándose, rumiando ese maldito telegrama que sabía no haría sino complicar aún más las cosas.

—Está a punto de llegar una nueva huésped.

—¿Hoy? ¿Ahora? —preguntaron los recepcionistas.

—Así es.

—No nos había dicho nada, patrón.

—Pues ya lo sabéis.

—¿Necesita la suite?

Finley dudó. La situación le sobrepasaba.

—Espero que sí. Pero aún no lo sabemos.

Lo miraron desconcertados. Uno de ellos decidió que lo más oportuno era animarlo en vista de su abatimiento.

—No se preocupe, patrón, la suite ya está preparada. Nosotros nos encargamos.

Pero Finley le cortó.

—Os pido discreción. Es muy importante.

Asintieron.

—Cualquier cosa que os pida, me lo decís a mí antes de hacer nada.

—A la orden, patrón. ¿De quién se trata?

En ese instante el chirrido de unos neumáticos se adueñó por completo del exterior del vestíbulo.

Frente al portón acababa de estacionar un elegante Mercedes-Benz 770 del color de la noche. Su carrocería mostraba un brillante acabado, reflejando las hojas de las plataneras que danzaban a su alrededor. Ninguno de los presentes había visto nunca un modelo de tales características.

Y Finley sabía el porqué.

La puerta del conductor se abrió como por arte de magia y su chófer descendió a toda prisa. Era poco más que un niño, vestía un uniforme tan oscuro como el vehículo, con una esvástica nazi en la solapa. Botines altos y una boina sobre la cabeza. El chico corrió al maletero para descargar varios baúles y valijas.

Finley se temió lo peor al ver todo aquel equipaje. Probablemente su huésped pensaba quedarse más de unos días. Pero aún no quería perder la fe.

Se abrió la puerta trasera del auto. Desde el cristal de recepción Finley acertó a vislumbrar los sillones de cuero y esas elegantes líneas de madera que decoraban el pasamanos. Era uno de esos vehículos importados desde Alemania para uso exclusivo del personal diplomático. «Como si no supiesen manejar otro coche», pensó con desprecio. Aunque no podía negar el esplendor de aquel Mercedes-Benz. No había duda de que el coche pretendía ser un reflejo de los delirios de tan delirante nación.

Y entonces apareció ella. Una inconfundible figura de apenas treinta años que avanzaba hacia él con rostro altivo y hombros de nadadora. Tenía una larga estatura, y su presencia invadió el vestíbulo en cuanto cruzó la puerta. Era delgada, pero no aparentaba un ápice de fragilidad. Su cabello era de un rubio claro y muy corto que apenas llegaba a acariciar sus hombros. Llevaba un peinado práctico, pero que al mismo tiempo le confería un aire sofisticado que no se

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