La profecía de los siete (El hogar de Miss Peregrine para niños peculiares)

Ransom Riggs

Fragmento

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RANSOM RIGGSTraducción de Victoria Simó
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Título original: The Desolation’s of Devil Acre. The Sixth Novel of Miss Peregrine’s Peculiar ChildrenPrimera edición: noviembre de 2024© 2021, Ransom Riggs© 2024, Penguin Random House Grupo Editorial, S. A. U.Travessera de Gràcia, 47-49. 08021 Barcelona© 2024, Victoria Simó Perales, por la traducción© 2018, Chad Michael Studio, por el diseño del logo del sellode Ministry of Peculiar Affairs de las páginas 345, 352 y 387© 2021, Steve Ciarcia, por la fotografía del hombre usando un ordenador de la página 41 © EVGENY LASHCHENOV / 123RF.com, por las cabezas de oso y antílope de las páginas 293 y 294© acceptphoto / 123RF.com, por las cabezas de carnero de las páginas 293 y 294© Natalia Chernyshova / 123RF.com, por el póster de la página 425Edición original de Julie Strauss-GabelDiseño de Anna BoothEste libro es una obra de ficción. Los nombres, personajes, lugares o hechos son producto de la imaginación del autor o se han usado con fines ficcionales. Cualquier parecido con personas, vivas o muertas, negocios, empresas, hechos o lugares es una mera coincidencia.Penguin Random House Grupo Editorial apoya la protección de la propiedad intelectual. La propiedad intelectual estimula la creatividad, defiende la diversidad en el ámbito de las ideas y el conocimiento, promueve la libre expresión y favorece una cultura viva. Gracias por comprar una edición autorizada de este libro y por respetar las leyes de propiedad intelectual al no reproducir ni distribuir ninguna parte de esta obra por ningún medio sin permiso. Al hacerlo está respaldando a los autores y permitiendo que PRHGE continúe publicando libros para todos los lectores. De conformidad con lo dispuesto en el artículo 67.3 del Real Decreto Ley 24/2021, de 2 de noviembre, PRHGE se reserva expresamente los derechos de reproducción y de uso de esta obra y de todos sus elementos mediante medios de lectura mecánica y otros medios adecuados a tal fin. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos, http://www.cedro.org) si necesita reproducir algún fragmento de esta obra.ISBN: 978-84-10190-67-2Compuesto en Punktokomo, S.L.Composición digital: www.acatia.es
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Para Jodi Reamer,asesina de bestiasA veces una vieja fotografía,un viejo amigo,una vieja carta te recuerdan que ya no eres la persona que fuiste en el pasado, pues la persona que vivió entre esa gente,que valoraba eso, que decidió aquello o escribía de esa manera ya no existe. Sin darte ni cuenta has recorrido una gran distancia: lo extraño se ha vuelto familiar y lo familiar se ha vuelto, si no extraño,al menos sí raro o incómodo.RLLj S,«El azul de la distancia»,Una guía sobre el arte de perderse
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UNO
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D
urante un buen rato solo hay oscuridad,el lejano fragor de los truenos y una vaga sensación de estar cayendo.Aparte de eso no soy nadie,no tengo nombre ni recuerdos.Soy más o menos consciente de que antes tenía esas cosas,pero ahora todo ha desaparecido y soy prácticamente nada.Un único fotón de luz mortecina que desciende girando a un vacío hambriento. Sucederá dentro de nada.Heperdido elalma,metemo,pero no recuerdo cómo ha sucedido.Lo único que recuerdo son los lentos y retumbantes truenos y en el inte-rior las sílabas de mi nombre,fuera cual fuese,que se alargan hasta vol-verse irreconocibles.Eso y la oscuridad es lo único que hay durante unlargo rato,hasta que otro sonido se suma a los truenos: el viento.Y tam-bién la lluvia.Hay viento,trueno,lluvia y caída.Algo cobra vida despacio,una sensación tras otra.Estoy saliendo delabismo,escapando del vacío.Mi único fotón se convierte en un cúmuloque parpadea.Noto algo áspero en la cara.Oigo un rechinar de cuerdas.El aleteo dealgoalviento.Puedequeestéenunbarco.Atrapadoenelvientreos-curo de un navío azotado por la tormenta.Un ojo se abre.Formas desdibujadas se agitan encima de mí.Unafila de péndulos en movimiento.Relojes desincronizados que chirrían,pasados de rosca,con la maquinaria a punto de quebrarse.Pestañeo y los péndulos se transforman en cuerpos que cuelgan dehorcas,pateando y retorciéndose.Descubro que puedo volver la cabeza.Las formas borrosas empie-zan adefinirse.Telaverdeyásperacontra micara.Encimademí,esoscuerpos pendulares se han convertido en una fila de plantas que cuelgan de las vigas en chirriantes cestas de mimbre y se columpian empujadas por
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RANSOM RIGGS14latormenta.Trasellas,una seriede mosquiteras seestremecenyondeancon el viento.Estoy tendido en un porche.En el suelo verde y áspero de un porche.conozco este porcheconozco este sueloA lo lejos,una extensión de césped azotada por la lluvia se alargahasta un muro oscuro de palmeras dobladas sobre sí mismas.conozco ese céspedconozco esas palmeras¿Cuánto tiempo llevo aquí? ¿Cuántos años?el tiempo me está enredando otra vezIntento mover el cuerpo,pero solamente puedo girar la cabeza.Mis ojos se posan en una mesa plegable y dos sillas.De repente tengo claroque,si pudiera convencer a mi cuerpo de que se levantase,encontraríaunas gafas de lectura sobre la mesa.Un tablero de Monopoly en mitaddeuna partida.Una taza de café todavía ardiente,humeante.Había alguien aquí hace un momento.Acaba de hablar.Sus palabrastodavía están suspendidas en el aire,que me devuelven sus ecos.—¿Qué clase de pájaro?Una voz de chico.Mi voz.—Un halcón enorme que fumaba en pipa.Esta voz es cavernosa y tiene acento.Una voz de anciano.—Debes de pensar que soy muy tonto —responde el chico.—Yo jamás pensaría eso de ti.Otra vez el chico:—Pero ¿por qué los monstruos querían haceros daño? Unrocedemaderacontrasuelocuandoelviejoarrastralasillapara levantarse.Va a buscar algo que quiere enseñarme,dice.Unas fotos.cuánto hace de aquello un minutouna horaTengo que levantarme o se va a preocupar.Pensará que le estoy gas-tando una broma y no le gustan las bromas.Una vez,jugando,me escon-dí en el bosque,y cuando no pudo encontrarme se puso rojo y me insultó
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LA PROFECÍA DE LOS SIETE15a gritos.Más tarde me dijo que lo había hecho porque tenía miedo,pero no me contó qué le había asustado.Llueve a mares.Esta tormenta es un ser vivo,furioso,y ya ha desga-rrado la mosquitera,que se agita como una bandera en plena tempestad.me pasa algoMe incorporo sobre el codo,pero no puedo moverme más.Veo una marca negra,extraña,en el suelo.Una línea requemada que rodea el con-torno de mi cuerpo.Intentodarmeimpulsoparasentarmedeltodo.Esferasnegrasflotanen mi campo de visión.Entonces,un restallido inmenso.El resplandor me deslumbra.refulgente muy cerca estrepitosoParecía una explosión,pero no lo era: es un rayo,a poca distancia,tan cerca que la luz y el trueno son simultáneos.Y ahora estoy sentado,erguido,con el corazón desbocado.Me acer-co una mano temblorosa a los ojos.La mano tiene un aspecto raro.Es demasiado grande.Los dedos sondemasiado largos.Hay pelajos negros entre los nudillos.dónde está el chico ¿el chico no soy yo? no me gustan las bromasLíneas rojas,inflamadas,rodean la muñeca.esposas prendidas a la barandilla del porche en plena tormentaVeo la superficie de la mesa y está vacía.No hay taza de café.No hay gafas.no va a volverPero entonces,aunque sea imposible,vuelve.Está ahí fuera,en lalinde del bosque.Mi abuelo.Camina entre los altos hierbajos,encorvado contra el viento,su chubasquero amarillo visible contra las palmeras os-curas y embozado en su capucha para protegerse los ojos de la lluviamordiente.qué hace ahí fuera por qué no entraSe para.Mira algo en esa hierba demasiado alta.Levanto la mano.Grito su nombre.
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RANSOM RIGGS16Su espalda se endereza y solo entonces caigo en la cuenta: no es él.Su figura es demasiado delgada.Su paso demasiado ágil para ser un an-ciano con la cadera artrítica.porque no es élTrota hacia mí,hacia la casa,a la mosquitera rota y ondeante.no ha sido cosa de la tormenta¿qué clase de monstruos?gibosos y horribles,con la piel putrefacta y ojos negros y mezquinosEstoy de pie cuando abre la mosquitera de golpe y llena el umbral.—¿Quién eres? —pregunta.Habla en tono inexpresivo,tenso.Se retira la capucha.Es un hom-bre de mediana edad,el mentón afilado cubierto de una barba roja,recor-tada,los ojos ocultos tras unas gafas de sol.Es una experiencia tan insólita estar en presencia de otra persona y de pie sobre dos piernas que apenas me fijo en lo raro que es que llevegafas de sol en mitad de una tormenta.Contesto automáticamente.—Yakob —digo,y solo después de decirlo en voz alta reparo en que lo he pronunciado mal.—Soy el agente inmobiliario —dice,pero sé que es mentira—.Hevenido a tapiar las ventanas por la tormenta.—Llegas un poco tarde —le digo.Entradespacio,comosiseacercaraaunanimalasustadizo.Lapuer-tamosquiterasecierraconunsusurro.Miralamarcachamuscadadelsuelo y luego me devuelve su mirada fría.—Eres él —dice,y sus dedos rozan la mesa plegable mientras seacerca pesadamente con unas botazas negras—.Jacob Portman.Mi nombre.Mi verdadero nombre.Algo sube borboteando del abis-mo,de la oscuridad.una boca horrible de nubes arremolinadas que atruena mi nombreuna chica de pelo negro como el carbón y guapa a mi lado gritando—Me parece que conocías a un amigo mío —dice el hombre.Hayveneno en su sonrisa—.Respondía a muchos nombres,pero tú lo cono-cías como el doctor Golan.
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LA PROFECÍA DE LOS SIETE17la horrible boca nubeuna mujer que se retuerce en la hierbaLas imágenes se apoderan de mi mente con una fuerza súbita y bru-tal.Reculo arrastrando los pies hasta que choco con una puerta correderade cristal.El hombre saca algo del bolsillo al mismo tiempo que se acerca.Una pequeña caja negra con colmillos metálicos.—Date la vuelta —me ordena.De repente soy consciente de que me juego mucho y tengo que de-fenderme.Así que adopto una actitud sumisa,levanto las manos como si me rindiera,y cuando se acerca le descargo los dos puños en la cara.Él grita y sus gafas salen volando.Los ojos que aparecen son huevos negros,brillantes,hundidos en el cráneo yalbergan asesinato.Suena unfuerte chasquido cuando una luz azul se dibuja entre los dientes de la cajanegra. Se abalanza sobre mí.Noto una descarga,un dolor agudo cuando me dispara con el táser a través de la camisa y salgo proyectado contra la puerta de cristal.Poralguna razón que no entiendo,el cristal resiste.Lo tengo encima.Oigo el gemido de la recarga del táser.Intento huir,pero yo también me estoy recargando y todavía estoy débil.El dolor seproyecta por mi hombro,por mi cabeza.Y entonces lo recorre una especie de convulsión,grita,su cuerpo se queda laxo,y yo noto algo cálido bajando por mi cuello.Estoy sangrando.(¿Estoy sangrando?).Elhombreaferraalgoensucuerpoysealejademí.Esealgotieneuna empuñadura de bronce que le sobresale quince centímetros delcuello.Y ahora hay una negrura extraña detrás de él,una sombra viva,y deella sale disparada una mano que coge el pesado cenicero de mi abuelo y se lo estampa al hombre en la cabeza.Él gime y se desploma.Una chica asoma entre las sombras.El pelo negro de la chica —de la chica del Antes—,enredado y em-papado por la lluvia,un abrigo negro y largo sucio de tierra,ojos oscuros,profundos,muy abiertos y asustados,que me miran y se iluminan al reco-
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RANSOM RIGGS18nocer mi cara.Y aunque no tengo todas las piezas todavía,aunque mimente se tambalea,sé que lo que ha pasado es un milagro: que estamosvivos y estamos aquí y no en el otro lugar.santo Dioshorrores que casi no sé ni nombrar Ahora la chica está arrodillada conmigo en el suelo,abrazándome.Me aferro a su cuello como si fuera un salvavidas.Tiene el cuerpo helado y la noto temblar entre mis brazos.Pronuncia mi nombre sin aflojar la presión.Lo repite una y otra vez,y con cada repetición el Ahora cobra un poco más de peso,se vuelve más sólido.—Jacob,Jacob.¿Te acuerdas de mí?El hombre del suelo gime.La estructura de aluminio de la mosquite-radelporchegimetambiénylomismohacelafuriosatormentaquealparecer hemos traído de aquel otro lugar.Y yo empiezo a recordar.—Noor —digo—.Noor.Eres Noor.Lo recordé todo de golpe,como un fogonazo.Habíamos sobrevivido.Habíamos escapado del bucle de V,que se estaba desplomando.Y ahora estábamos en Florida,en el césped artificial del porche de mi abuelo,en elpresente. Conmocionado.Me parece que todavía estaba conmocionado.Nos acurrucamos en el suelo,abrazándonos con fuerza mientrasarreciaba la tormenta,hasta que los temblores que nos zarandeaban elcuerpo empezaron a remitir.El hombre del chubasquero amarillo yacía inmóvil excepto por elmovimientoascendenteydescendentedesupecho,cadavezmásdébil.Susangre empapaba el césped artificial formando un charco viscoso.El man-go de bronce del arma que Noor le había clavado seguía asomando de su cuello. —Era el abrecartas de mi abuelo —dije—.Y esta era su casa.
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LA PROFECÍA DE LOS SIETE19—Tu abuelo.—Noor se apartó lo justo para mirarme—.¿El quevivía en Florida?Asentí.Estallóuntruenoquehizotemblarlasparedes.Noormirabaa un lado y a otro sacudiendo la cabeza con recelo.«Esto no puede serreal».Sabía que estaba pensando eso.—¿Cómo es posible? —preguntó.Yo señalé el contorno requemado del suelo.—Mehedespertadoahí.Notengoniideadecuántoratollevabainconsciente.Ni siquiera sé qué día es hoy.Noor se frotó los ojos.—Tengo el pensamiento borroso.Todo está desordenado.—¿Qué es lo último que recuerdas?Frunció el ceño con un gesto de concentración.—Fuimos a mi antiguo apartamento.Y luego íbamos de camino a…—Hablaba despacio,como si intentara recomponer los fragmentos de un sueño—.Y estábamos en un bucle… ¡Dimos con el bucle de V! Y estába-mos huyendo de una tormenta.No,de un tornado.—De dos tornados,¿verdad?—¡Y entonces la encontramos! ¿Verdad que sí? ¡La encontramos!—Me aferró la mano entre las suyas y apretó—.Y luego… Sus manos se quedaron laxas,su rostro perdió la expresión.Separó los labios,pero no habló.Los recuerdos de los horrores se precipitabansobre ella.Y sobre mí.Murnau.Cuchillo en ristre,acuclillado sobre V en la hierba.El bra-zo en alto con ademán victorioso mientras corría hacia el torbellino.El calor inundó mi pecho y me cortó la respiración un momento.Noor enterró la cara entre las rodillas y empezó a mecerse sobre sí misma.—Ay,madre —gimió—.Ay,madre; ay,madre; ay,madre.Temí que fuera a disolverse ante mis ojos,que estallara en llamas o absorbiera la luz de la habitación.Pero al cabo de un momento levantó la cabeza de golpe.—¿Por qué no estamos muertos? Me recorrió un estremecimiento involuntario.
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RANSOM RIGGS20«Puede que lo estemos».Que yo supiera,el bucle de V nos había machacado al desplomarse,tal como Caul pretendía.Noor parecía la única prueba física de que loque estaba experimentando era algo más que un pozo de la memoria,los fuegos artificiales postreros de un cerebro moribundo.No.Ahuyenté el pensamiento.Estábamos aquí y estábamos vivos.—Ella nos sacó,no sé cómo —dije—.Nos transportó aquí.—Poralgúntipodesalidadeemergencia.Unbotón deexpulsión.—Noor asentía mientras se retorcía las manos—.Es la única explicación.A la casa de mi abuelo: el hogar de su mentor,su jefe.Él la entrenó,trabajó con ella codo con codo.Tenía sentido.Pero no tenía sentido que no hubiera un bucle aquí cerca.¿Cómo lo había hecho? —Si nos sacó de allí —dijo Noor—,puede que ella saliera también.—Había esperanza en su voz,pero era una esperanza exaltada,en equili-brio sobre el filo de un cuchillo—.Podría estar aquí.Y podría estar… No se atrevía a decirlo.«Viva».—Le arrancó el corazón —le recordé en tono quedo.—Se puede vivir sin corazón.Durante un rato al menos… Hizo un gesto vago.La mano le temblaba.Acabábamos de recuperar el contacto con la realidad y ella ya loestaba perdiendo otra vez.—Venga,venga,tenemos que mirar —decía ya poniéndose de pie,disparando las palabras a toda velocidad—.Si hay alguna posibilidad,tenemos que… —Espera un momento,no sabemos lo que… «Puede haber por ahí —terminé mentalmente—.Esperándonos».Pero ella ya había entrado en la casa a oscuras.Apoyé una mano contra la pared y me levanté tambaleándome.Noorestaba a puntodederrumbarseyyono podíaperderladevista.Habíarecurrido a esa esperanza loca de que V pudiera estar viva para sostenerse,para ahuyentar la desesperación que amenazaba aplastarla.Pero me preo-
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LA PROFECÍA DE LOS SIETE21cupaba que la machacara doblemente cuando se llevara un chasco,como iba a pasar.Y yo no podía dejar que Noor Pradesh se hundiera.Si Murnau había sacado adelante su malvado plan,si lo que habíavisto materializarse en ese tornado era real —la cara de Caul en las nubes arremolinadas,su voz cortando el aire—,si de verdad había vuelto,en-tonces los augurios más aterradores de la profecía habían empezado acumplirse.Y eso significaba que el reino peculiar estaba a punto de que-dar sepultado.A saber de qué sería capaz Caul después de haber consu-mido uno de los frascos más poderosos de la Biblioteca de Almas,haber muerto aplastado bajo el colapso y luego haber resucitado.Renacido. «Soy la muerte,el destructor de mundos».Por muy malo que fuera eso o llegara a ser,yo tenía muy clara unacosa: el mundo necesitaba a Noor Pradesh.Ella era una de los siete.Unode los peculiares cuya llegada fue profetizada y que podían liberar alreino peculiar (¿de Caul?),que podían «sellar el portal» (¿qué portal?,¿el del infierno?).Y,por muy extraño que sonara todo eso,no era másextraño que las partes de la profecía del augur que ya se habían cumpli-do.No volvería a dudar de ella.Tampoco volvería a dudar de mis pro-pios ojos.Lo que estaba viviendo no era un sueño ni la última ensoñación de una mente moribunda.Me convencí aún más si cabe cuando me tropecé con la guía de la puerta corredera que daba a la sala de estar.La casa es-taba tal como mis amigos y yo la habíamos dejado la última vez que estu-ve allí,unas semanas atrás: ordenada deprisa y corriendo y prácticamentevacía.Los libros que mi padre no había tirado otra vez en sus estantes,la basura recogida en bolsas negras de plástico.Olía a cerrado y el ambienteera asfixiante.Noor iba de un lado a otro buscando a V.Retiró un guardapolvo delsofá y se asomó por encima del respaldo para mirar detrás.La cacé junto a la ventana y empecé a decirle: «Noor,espera…» cuando un trueno meinterrumpió y nos sobresaltó a los dos.Miramos a través del cristal em-pañado por la lluvia.El jardín estaba sembrado de basura.Las casas deesa calle sin salida estaban cerradas y oscuras.Era un barrio muerto.
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RANSOM RIGGS22Y sin embargo… —Seguro que ese wight tenía amigos —dije—.Podrían venir más en cualquier momento.—Que vengan.—Los ojos de Noor eran esquirlas de hielo—.No mevoy a marchar hasta que hayamos revisado todas las habitaciones.Y tras-teros. Asentí. —Yo tampoco.No habíanadieen eldormitorio.Nadiedebajo delacama.Mesentí un poco tonto cuando me arrodillé para mirar,como un niño quebusca al coco,pero lo hice de todas formas.Había una marca rectangu-lar en la moqueta allí donde mi abuelo guardaba su vieja caja de puros,la que encontré después de su muerte y que contenía las fotografías queiban a cambiar para siempre el rumbo de mi vida.Pero V no estaba,nivivanimuerta.Noestabaenelarmario.Nienelbaño,dondeNoorapartó la cortina de la ducha y solo encontró una pastilla mustia dejabón.No había nada en la habitación de invitados salvo un montón decajas de mudanzas sin usar y negruzcas manchas de moho en la moqueta.Notaba que Noor se sentía cada vez más desesperada.Para cuando llega-mos al garaje,iba llamando a V a voz en grito,algo que me estaba rom-piendo el corazón en dos.Encendí la luz.Revisamos con la vista un batiburrillo de trastos para tirar y proyec-tos de reparación que mi abuelo nunca llegó a terminar: dos escaleras de mano,lasdos con untravesaño menos.Un viejo televisorde caja con lapantalla rota.Rollos de alambre y de cuerda.El banco de trabajo de miabuelo,repleto de herramientas y de revistas de carpintería.Vi mi fantas-ma y el suyo allí,codo con codo bajo el círculo de luz de un flexo,tendien-do hebras de lana roja sobre un mapa sembrado de chinchetas.El chicopensando que solo estaban jugando,que todo era un cuento.El traqueteo de la puerta del garaje, provocado por la presión cam-biante de la tormenta,me devolvió al presente.Vi el armario en el que mi abuelo guardaba las armas,lo único del garaje lo bastante grande paraesconder a una persona.Noor fue la primera en ponerse en movimiento.
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LA PROFECÍA DE LOS SIETE23Llegóantesqueyoyestirólostiradores.Laspuertasseabrieronunparde centímetros y una cadena se tensó.Alguien,seguramente mi padre,había cerrado el armario con un candado.Vimos a través del resquiciouna fila de cañones de rifle bien engrasados.Eran las armas que habrían salvado a mi abuelo si yo no me hubiera llevado la llave.Noor echó la cabeza hacia atrás sorprendida y luego dio media vuel-ta sin decir nada para volver a entrar en la casa corriendo.La seguí aldespacho de mi abuelo,la única habitación que todavía no habíamosinspeccionado.La habitación en cuyo suelo Olive había estampado lospies y había encontrado una zona que sonaba hueca antes de enrollar laalfombra y descubrir una trampilla en el suelo,así como el búnker quehabía debajo.Un búnker cuya existencia —y quizá,incluso,el código de acceso— V seguramente conocía.Intenté decírselo a Noor,gritárselo entre el rugido cada vez más in-tenso de la tormenta y las propias voces de Noor —«¿Estás ahí?; mamá,¿dónde estás?»—,pero no meoía yno me miraba: estaba empujando elescritorio vacío de Abe y corriendo a abrir de par en par el minúsculoarmario.Así que desistí y retiré con esfuerzo la pesada alfombra mientras intentaba recordar dónde estaba la trampilla,pero el nerviosismo se habíaapoderado de mí y no era capaz de encontrarla.V no estaba en la habitación.Concluí que V tampoco estaba en elbúnker.No me la imaginaba escapando solo para refugiarse en el búnker y dejarnos fuera.Por eso cuando Noor salió del despacho a la carrera,mepuse de pie y la seguí.La encontré inmóvil como una estatua en mitad de la sala de estar,resollando pero concentrada.Me pidió por gestos que me acercara.—¿Y si llegamos todos juntos? —me preguntó en voz baja con lamirada clavada en un punto situado en un extremo de la habitación—.Y aparecimos a la misma distancia que cuando estábamos en el porchedeV.—Levantó el brazo—.Allí.Allí me he despertado yo.Estaba señalandola esquinaenla que descansabael desgastadosi-llón reclinable de mi abuelo.Al lado,en el suelo,había una silueta reque-mada más o menos con la forma de Noor.—Y tú te has despertado allí.
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RANSOM RIGGS24Señaló el porche,más allá de la puerta,donde mi contorno calcinadodesaparecía bajo un charco cada vez más grande de sangre wight.—Es la misma distancia exacta que nos separaba en el porche de V. Tú estabas esposado a la barandilla,allí,y yo estaba más o menos aquí.Noté una chispa,una súbita animación.—Y V estaba fuera,en la hierba.Los dos levantamos la vista al mismo tiempo y nuestros ojos salta-ron a la mosquitera rota,al jardín abandonado,a los hierbajos que aso-maban junto al bosque,donde el hombre del chubasquero amarillo sehabía detenido a mirar algo.—Allí —susurré.Nuestros cuerpos se activaron al instante.Salimos disparados a latormenta.
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DOS
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arecía como si la tierra se hubiera tragado el cuerpo de V y lo hubiese vuelto a escupir.Yacía retorcida en la hierba como una muñeca de trapo,con los brazos grotescamente desplegados y las piernas enredadas debajo del cuerpo.Su pelo entrecano estaba revuelto y apelmazado por el barro,la chaqueta roja y el vestido negro empapados de sangre y lluvia.Había perdido una bota y el calcetín de lana remenda-do en el pie descalzo me recordó,por absurdo que parezca,a la bruja mala de El mago de Oz,la que acaba aplastada debajo de la casa de Dorothy.Me concentré en eso,en lo que recordaba de aquella película tan flipante,en la zona del dedo desgastada en el calcetín de rayas de V,para no deambular más al norte…cuántas veces remendó ese calcetín… al orificio oscuro en el pecho de V…una cosasolo es una cosa ahora… a una boca llena de lluvia…no hay lugar mejor que el hogarNoor estaba llorando.Tenía la cabeza inclinada hacia delante y elpelo le tapaba la cara,pero veía los movimientos convulsos de su pecho.Intenté rodearla con los brazos,pero ella se apartó.—Esto ha sido cosa mía —susurró—.Yo tengo la culpa,yo tengo la culpa,yo tengo la culpa.—No es verdad —le dije.De nuevo intenté abrazarla y esta vez me dejó.—Tú no tienes la culpa.—Sí,sí que la tengo —susurró.Yo la abracé con más fuerza y luego un poco más.Estaba tem-blando.
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RANSOM RIGGS28—Estuvo a salvo en ese bucle muchos años.Y yo llevé a ese hombre a su escondrijo.Lo dejé entrar,lo ayudé a burlar todas sus defensas.—Tú no lo sabías.No tenías manera de saberlo.—Y ahora está muerta.Ha muerto por mi culpa.«Por nuestra culpa»,pensé,aunque nunca lo diría en voz alta.Te-nía que acabar con esa idea venenosa antes de que enraizara o la des-truiría.Lo sabía por experiencia: a mí me había intoxicado un venenoparecido.—No puedes pensar eso.No es verdad.Intentabahablarenuntonocalmado,sensato.Peronoerafácilcuando el cuerpo de V yacía en la hierba a pocos pasos de distancia.—Acababa de encontrarla.Dios mío.Acababa de reunirme con ella otra vez.Se le rompía la voz.—¡Tú no tienes la culpa!—DEJA DE DECIR ESO.Me empujó de repente,alargando los brazos al máximo.Y luego,en voz más baja…—Quiero morirme.Asentí.«Vale».De repente me había quedado sin palabras.La lluvia nos azotaba la cara,goteaba por nuestros mentones.Lacasa había empezado a gemir.—Necesito un momento —dijo.—Deberíamos llevarla adentro.—Necesito un momento —repitió.Se lo concedí.Me puse de pie y me acerqué a la linde del bosqueencorvado contra la tormenta mientras intentaba no pensar en lo estúpi-do que era estar fuera en pleno huracán.En vez de eso pensé en mi abue-lo,en cómo había muerto y dónde: allí mismo en ese bosque.Pensé en el extraño parecido entre su cuerpo y el de su protegida.Solo vi llorar a mi abuelo una vez,pero supe que esto le habría arrancado lágrimas.Me ar-día el pecho,me ardían los huesos.Casi podía ver el destello de su fantas-ma a través de los árboles negros y estremecidos,casi podía oírle gimien-do: «Velya,Velya,tú no,tú también no».
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LA PROFECÍA DE LOS SIETE29Me volví a mirar.Noor estaba arrodillada junto al cuerpo: le retira-ba el barro a V de la cara,le enderezaba las retorcidas extremidades.Noor,que había encontrado a su madre solo para volver a perderla.Que seculparíaporsiempre,seguro,pormuchoqueyointentaradisuadirla.Pero,si ella tenía la culpa,yo también la tenía y en la misma medida.Nos habían engañado y nos habíamos dejado engañar.Seguro que V habíaechado de menos a su hija adoptiva,pero nunca intentó volver a verla porno poner en peligro a Noor.Recordé su saludo cuando dimos con ella.«¿Qué carajo estás haciendo aquí?».Nuestro error le costó la vida a V.Y yo temía haber resucitado a un demonio.Teníamos mucho que reparar y poco tiempo para llorar.Sopló una racha de viento que por poco me derriba.Oí un chirri-do y luego un intenso crujido procedente del jardín vecino,y al volverla cabeza vi que parte del tejado de la casa de al lado se había despren-dido.Cuando le devolví la vista a Noor, ella seguía arrodillada con la ca-beza inclinada como si estuviera rezando.«Solo un momento —dije para mis adentros—.Solo le voy a dar un momento más».Seguramente sería su única oportunidad de despedirse.Ode pedir perdón.Yo no sabía qué nos deparaba el futuro,si tendríamos ocasión de enterrar a V,de celebrar un funeral.Solo un momentito más y,con un poco de suerte,Noor sería capaz de hacer las paces con lo sucedi-do,hasta cierto punto,o al menos de no ahogarse en veneno.Y luegopodríamos… ¿qué? Había estado tan devorado por los terrores y las tra-gedias del presente que no había sido capaz de pensar más allá.Teníamos que tapar el cuerpo de V.Llevarla dentro.Teníamos que avisar a nuestros amigos y aliados,contactar con ellos… si Caul no lo había hecho ya.Ha-bíamilesdeterroresarañandomimenteparaentrar,peronomepodíapermitir que se abrieran paso.Noor se había quedado quieta.La tormenta estaba empeorando.Nopodía esperar más.Solamente había dado unos pasos hacia ella cuando noté un retorti-jón en las tripas.Trastabillé y caí de rodillas.Haciendo esfuerzos por re-cuperar el aliento,busqué por la hierba el objeto que me había golpeado,
background image
RANSOM RIGGS30pero no había nada.Y entonces estuve a punto de gritar al notar otrocalambre que nacía en el abdomen y se proyectaba hacia las piernas.«Conozco este dolor».—¿Qué te pasa? ¿Te has hecho daño? Noor estaba inclinada sobre mí e intentaba que yo levantara la ca-beza.Intenté hablar,pero solo podía farfullar.Tenía la mente absorta enel objeto que me había golpeado,que no era un objeto para nada,com-prendí,sino una sensación.Y ahora una especie de dinamo en mis entra-ñas,inmóvil hasta ese momento,había empezado a girar de nuevo y meobligaba a volverme hacia el bosque.—¿Qué es? —preguntó Noor.Una imagen se iluminó en mi mente: putrefacta,de ojos negros,con la forma de una araña monstruosa,abriéndose paso entre los helechoshacia nosotros.—El hombre de amarillo —le dije con voz ronca y escudriñé los ár-boles mientras notaba los latidos de mi corazón.—¿Qué pasa con el hombre de amarillo?«Lo ha notado.Ha notado la muerte de su amo».—No estaba solo.Mi mente voló al armero del garaje,pero estaba asegurado con cadena y candado,tan inservible para nosotros ahora como lo fue para mi abuelo la noche de su muerte.Solo nos quedaba una opción aparte de salir co-rriendo,que sería inútil,o enfrentarnos al ser desarmados allí mismo enel jardín,que sería una idiotez.—Mi abuelo tenía un búnker —le dije ya de pie y arrastrando aNoor hacia el porche—.En el despacho,un búnker subterráneo.A mitad de camino del porche,Noor se paró en seco y me obligó a frenar a mí también.—No voy a dejarla ahí.Se refería a V.—Hay un espíritu hueco en el bosque.
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LA PROFECÍA DE LOS SIETE31Fui consciente que no había pronunciado el nombre,no había nom-brado la verdadera amenaza.Intenté obligarla a seguir avanzando,peroella no se movió.—He visto lo que les hacen a las personas como nosotros,sobretodo si están muertas.Ya le han arrancado el corazón.No dejaré que learranquen los ojos también.No estaba temblando,no había entrado en pánico.Comprendí que no serviría de nada discutir.Noor cogió a V por los brazos y yo la agarré por las piernas.V noera una mujer grande,pero su cuerpo empapado parecía lastrado conpiedras.La llevamos como pudimos al porche,dejando una profundaestela de barro,y la levantamos a pulso para entrar en la casa pasandopor encima del wight inmóvil.Una vez en el despacho,la depositamosjunto a la alfombra enrollada.Mi brújula interior se desplazaba de lado a lado según trataba de ubicar a un hueco que yo nunca había visto con mispropios ojos.Lo único que sabía con absoluta seguridad era que se estabaacercando y que estaba enfadado.Notaba su ira como pinchazos de uncuchillo al rojo vivo.Medejécaerderodillasyaporreélostablonesdelsuelohastaqueun eco me respondió.Le pedí a Noor que buscara algo con lo que hacer palanca para abrir la trampilla mientras yo deslizaba los dedos por lasjunturas.Encontré los goznes ocultos justo cuando ella volvía con el en-sangrentado abrecartas de bronce que hacía solo unos instantes habíahundido en el cuello del wight.Casi oía la voz de miss Peregrine diciendo:«Hay que ver la de utilidades que tiene ese chisme» cuando lo clavé en el fino resquicio y levanté una sección de casi un metro de tarima.Debajoestaba la puerta blindada del búnker.Noor no expresó la más mínima sorpresa al verlo.V tenía su propio bucletemporalsecreto:encomparaciónconeso,unbúnkersubterráneodebía de parecerle un juego de niños.La puerta del búnker se abría con un teclado alfanumérico.Empecé a introducir la contraseña,pero me quedé en blanco,así sin más.—No estás tecleando —observó Noor.Miré el teclado.
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RANSOM RIGGS32—No es un cumpleaños.Es una palabra… Noor se pasó una mano por la mejilla.Cerré los ojos y me di golpecitos en la cabeza con los dedos.—Es una palabra.Una palabra que conozco.La aguja del compás titubeó y luego se afianzó.Notaba el avancedel hueco por el bosque y ya casi estaba saliendo.Miré el teclado has-ta que empezó a emborronarse.Era una palabra en polaco.Pequeñoalgo.—Por el amor de Dios,date prisa —dijo Noor entre dientes—.Vuel-vo enseguida.Se marchó y volvió pasado un momento con el edredón marrón os-curo de la cama de mi abuelo.Lo usó para tapar el cuerpo de V.«¡Pequeño tigre! Tigrecito.Así me llamaba.Pero ¿cómo era la pala-bra en polaco?».Noor hizo rodar a V para envolverla con el edredón.Una momia en un sudario de microfibra.Y entonces recordé la palabra y pulsé las teclas a toda prisa.T-y-g-r-y-s-k-uEl cerrojo se abrió.Yo recuperé el aliento.Levanté la pesada puerta,que se estampó contra el suelo con un restallido parecido a un disparo.—Gracias a Dios —suspiró Noor.Una escalerilla descendía hacia la oscuridad.Empujamos el cuerpoamortajado de V hacia el borde.Descendí tres peldaños rodeándole laspantorrillas con un brazo,pero pesaba demasiado para cargar con ella yosolo y no había tiempo para bajarla con cuidado al túnel del búnker entrelos dos,peldaño a peldaño.Un chirrido metálico se dejó oír en el porche,que podría haber sido el viento rasgando las mosquiteras… o un hueco.—Tendremos que dejarla caer —le dije a Noor—.Lo siento.Noor asintió en silencio.Inspiró hondo.Yo pedí perdón a V paramis adentros por lo que estaba a punto de pasar y después la dejé resbalara la oscuridad.Oímos el chasquido de los huesos al romperse cuando elcuerpo aterrizó.Noor se encogió como si notara el dolor y yo reprimí un estremecimiento,y luego bajamos tras ella.
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LA PROFECÍA DE LOS SIETE33Noor tiró de la trampilla para volver a cerrarla. Cayó con un golpe reverberante y se aseguró automáticamente.La oscuridad nos engulló.Al otro lado resonaban trompazos,y oímos un aullido que claramente no eraelviento.Yobajéelrestodelospeldaños,tropecéconelcuerpodeVypasé las manos por el basto hormigón hasta que encontré un interruptor.Los fluorescentes verdes empotrados en las paredes se encendieron.Por suerte,todavía teníamos electricidad a pesar de la tormenta.Conocien-do a mi abuelo,seguro que el búnker recibía electricidad de un generadorauxiliar oculto en alguna parte.Un fuerte golpe procedente de la casa resonó en las paredes del túnel.—Entonces ¿este sitio es a prueba de huecos? —preguntó Noor vol-viendo la vista hacia la trampilla.—En teoría,sí.—Pero ¿se ha puesto a prueba alguna vez?El hueco aporreaba la compuerta y los golpes sonaban como el tañi-do de una campana con sordina.—Estoy seguro de que sí.Era mentira.Si los wights hubieran descubierto dónde vivía el abue-lo Portman —o sea,antes del año pasado—,habría tenido que mudarsecon su familia,esconderse y no volver a salir nunca.Y eso significaba que estábamos a punto de someter a ese búnker de cuarenta años de antigüe-dad a su primera prueba.—Pero alejémonos de la puerta —dije—.Por si acaso.El centro de mando,situado en el corazón del búnker,era tal como lorecordaba.Seis metros de punta a punta.Una litera contra una pared,unataquilla de estilo militar contra la otra.Un retrete químico.Un inmensoteletipo sobre un inmenso escritorio de madera.El artículo más llamativo del espacio era un periscopio cuyo cilindro bajaba del techo,idéntico alque había en casa de V.Aun estando detrás del grueso escotillón y al final del largo túnel de hormigón que conducía a ese cuarto subterráneo,oíamos con absoluta
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RANSOM RIGGS34claridad los ecos de la destrucción en la parte superior.El hueco estabadesatado.Intenté no pensar en lo que le estaba haciendo a la casa… ni en lo que nos haría a nosotros llegado el caso.No tenía demasiada fe en mi capacidad para amaestrar huecos en ese momento.Lo mejor que podía-mos hacer si queríamos sobrevivir era mantenernos tan alejados de élcomo pudiéramos.Además,luchar con un hueco allí,en la misma casa en laqueunodesusigualeshabíamatadoamiabuelo,meprovocabauntemor supersticioso,como si implicara tentar al destino.—Solo veo hierbajos.Noor había pegado la cara al periscopio y ahora giraba lentamente al mismo tiempo que movía el aparato.—El sistema de vigilancia de tu abuelo no funciona porque nadie se ha molestado en segar el césped.Despegó la cara del periscopio y me miró.—No podemos quedarnos aquí abajo.—Ya,pero tampoco podemos subir —respondí—.Ese hueco nos va a despellejar vivos.—No si lo matamos.Tenemos que encontrar algo que podamos usarcomo arma.Noor se acercó a la taquilla y,abriendo la puerta,dejó a la vista es-tantes llenos de material de supervivencia meticulosamente clasificado.Alimentos y productos médicos.Nada mortal.—No hay armas aquí abajo.Ya lo he mirado.Ella seguía rebuscando en la taquilla de todos modos y barriócon el brazo todas las latas de un estante,que cayeron al suelo con es-trépito.—Había armas para toda una convención de la Asociación del Rifle en el garaje.¿Cómo es posible que no haya ni una en el búnker de super-vivencia de tu abuelo? —No lo sé,pero no hay.Me acerqué para ayudarla,aunque ya sabía que no serviría de nada.Empujé a un lado un montón de diarios de misión,manuales de procedi-mientos y otros libros para mirar por detrás.—Vaya mierda.
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LA PROFECÍA DE LOS SIETE35Después de inspeccionar hasta el último rincón de la taquilla,Noor ledio la espalda al armarito y pateó una lata de judías,que rodó por el suelo.—Da igual.De todas formas no nos podemos quedar aquí abajo.Había permanecido sorprendentemente tranquila desde que había-mos regresado a la casa,pero el pánico volvía a asomar a su voz.—Espera un momento —le pedí—.Tengo que pensar.Me dejé caer en la silla giratoria.Había otra salida,claro: recorrien-do el segundo túnel hasta la casafalsa quehabíaalotrolado delacallesin salida,donde el Chevrolet Caprice blanco de mi abuelo estaba a pun-to en su garaje.Aun así,cabía la posibilidad de que el hueco saliera co-rriendo en cuanto oyera el motor del Caprice y nos asesinara antes de quepudiéramos siquiera sacar el coche del garaje.Aún peor,quizá yo no estu-viera preparado para la huida desesperada y la ejecución perfecta que un plan de fuga como ese requería.El estrépito era tan brutal como si alguien estuviera derribando lacasa a martillazos.—Puede que se aburra y se marche —dije medio en broma.—No va a ir a ninguna parte,excepto a buscar refuerzos.Empezó a pasearse por el reducido espacio.—Seguro que ya está pidiendo ayuda.—Dudo que los huecos lleven teléfono.O que necesiten refuerzos.—¿Qué hace aquí? ¿A qué han venido un wight y un hueco a la casa de tu abuelo? —Está claroque nos estabanesperando —dije— o esperandoa al-guien. Se recostó contra la litera enfurruñada y frustrada.—Pensaba que Murnau era el último wight que quedaba por captu-rar.Y que casi todos los huecos estaban muertos.—Lasymbrynesdijeronquequedaban algunosescondidos.Puedeque hubiera más de los que pensaban.—Bueno,pues ya no se están escondiendo.No esos dos,al menos.Y eso significa que alguien los ha llamado a filas.Y eso significa…—Eso no lo sabemos —dije,porque no quería seguir ese hilo depensamiento—.No sabemos nada.
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RANSOM RIGGS36Ella enderezó el cuerpo con los hombros en tensión.—Caul ha vuelto,¿verdad? Murnau ha triunfado.Lo trajo de…dondequiera que estuviera.Yo negué con la cabeza.No podía mirarla a los ojos.—No lo sé.Puede.Resbaló contra el poste de las camas hasta quedarse sentada en elsuelo con las rodillas abrazadas contra el pecho.—Noté su presencia —dijo—.Justo antes de perder el sentido.Fuecomo si…,como si me cubrieran con una manta de hielo.«Y yo lo vi».Vi su cara en el centro de la tormenta.Pero de todosmodos dije:—No lo sabemos.En parte porque no podía estar seguro y en parte porque no quería reconocer que algo tan horrible fuera cierto,por lo menos hasta que nos viéramos obligados a afrontar la verdad.Ella ladeó la cabeza como si se le acabara de ocurrir una idea.Luegose levantó a toda prisa y rebuscó algo en su bolsillo.—He encontrado esto en la mano de V cuando la estaba envolvien-do.Debía de tenerlo aferrado cuando murió.Me levanté de la silla y ella abrió la mano.Me mostró lo que parecíaun cronómetro estropeado.No tenía agujas ni números.En el dial había símbolos extraños,que quizá fueran letras rúnicas,y la cubierta de vidrio estaba agrietada y parcialmente ahumada,como si hubiera estado en un incendio.Se lo cogí y me sorprendió lo mucho que pesaba.En la partetrasera,en inglés,llevaba unas palabras grabadas: L.Lj j  5 .jLj  jjj  —Un botón de eyección —dije con un tono de voz quedo,sobreco-gido por el asombro.—Debía de llevarlo en el bolsillo cuando aparecimos —dijo Noor—.Puede que supiera que algo venía a por ella.Yo estaba asintiendo.—O puede que siempre lo llevara encima,para poder escapar encualquier momento.
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LA PROFECÍA DE LOS SIETE37«Como una fugitiva»,pensé con tristeza.—Pero le faltó tiempo.Lo dice aquí: cuenta atrás de cinco minutos.Así que,si pulsó el botón en cuanto llegó Murnau… La mirada de Noor se perdió en la pared,en el infinito.—Tuvo tiempo de salvarnos a nosotros —dije—,pero no de salvarseella. Le devolví el reloj.—Lo siento.Ella lanzó un suspiro estremecido,se recompuso y luego negó con lacabeza. —No tiene sentido.Ella siempre estaba preparada.Era una planifi-cadoranata.Ytuvoañosparaplanearloque debía hacerencaso de in-vasión.Tenía ese reloj eyector.Una casa rebosante de armas.Sí,gracias a mí la pillaron por sorpresa,pero me juego cualquier cosa a que tambiénestaba preparada para eso.—Noor,Murnau le disparó en el pecho.¿Cómo te preparas para eso?—Te estoy diciendo que ella dejó que pasara.Si hubiera podido saltarpor una ventana o algo así,Murnau nos habría matado a uno de los dos yhabría usado al otro como rehén.Para evitarlo,dejó que le disparara.—Pero el corazón de tu madre estaba en la lista de ingredientes deresurrección de Bentham.Seguro que lo sabía.Me parece que fue por eso por lo que se encerró en el bucle: para impedir que los wights le robaran el corazón.Dejar que Murnau la matara para salvarnos a nosotros habríapuesto al mundo entero en peligro.—En teoría,teníamos que detenerlo.—Limpió una mancha del cro-nómetro con el pulgar—.Pero fracasamos.Empecé a protestar y ella me interrumpió.—Mira,eso da igual ahora.Lo único que podemos hacer es avisar a los demás.Tenemos que volver al Acre del Diablo y contarles lo que hapasado.Y cuanto antes.Por fin estábamos de acuerdo en algo.—Me parece que sé cómo hacerlo —dije—.Hay un bucle de bolsilloen el jardín de mis padres.Conecta directamente con el panbucleticón,en el interior del Acre.Está en la otra punta de la ciudad.
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RANSOM RIGGS38—Entonces tenemos que ponernos en marcha.Ahora.—Si es que el bucle sigue operativo… —añadí.—Enseguida lo averiguaremos.Resonó un chasquido metálico a través del periscopio.El tubo giró súbitamente,ascendió con rapidez y se estrelló contra el techo.Nos aga-chamos para protegernos de la lluvia de cristales rotos.—Pues vaya con el sistema de vigilancia —dijo Noor.—Está enfadado.Y no se va a marchar.—Pues tendremos que correr el riesgo.—Podemos arriesgar mi vida —dije—.Pero,si es verdad que Caul havuelto,no podemos arriesgar la tuya.—Venga ya… —No,escúchame.Si algo de lo que dice esa profecía es cierto,y aestas alturas podemos dar por sentado que sí,tú eres nuestra mayor espe-ranza.Puede que la única.—La séptima,querrás decir.—Frunció el ceño—.Yo y los otros sie-te.Y vete a saber si están… —Tú estás sana y salva y tenemos que asegurarnos de que eso nocambie.V no se sacrificó para que terminaras en la barriga de un hueco.No sé cuánto rato pasamos inconscientes.Horas,como mínimo,puedeque más.Así que espera un par de minutos más,por favor,y vamos a ver si ese idiota se harta de hacer el gilipollas.Y luego saldremos de aquí.Se cruzó de brazos.—Bien.Perotieneque haber alguna maneradeavisara losdemásmientras esperamos.¿Hay un teléfono? ¿Una radio? —Inspeccionó elbúnker con la vista—.¿Qué es eso que tienes detrás?—Está obsoleto —dije—.Debería estar en un museo.—¿No sirve para comunicarse con el mundo exterior?—Ya no,no creo.Los usaban para comunicarse con otros bucles,pero tenían problemas de seguridad.—Podríamos intentarlo de todas formas.Noor se sentó en la silla giratoria y se arrimó al teclado,que parecía una vieja máquina de fax.—¿Cómo lo conecto?
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LA PROFECÍA DE LOS SIETE39—No tengo ni idea.Sopló hacia el teclado y el polvo flotó en el aire.Tocó una tecla alazar.El monitor permaneció apagado.Palpó a tientas la parte trasera yencendióuninterruptor.Elmonitorseiluminóconunchasquido,yalcabo de un momento un cursor de color ámbar parpadeó en la pantalla.—No me lo puedo creer —dije—.Funciona.Apareció una palabra.Una sola palabra en una única línea en lo altode una pantalla negra por lo demás.Comando: ——Noor silbó.—Menudo cacharro.—Ya te lo he dicho.—¿Dónde está el ratón?—No creo que lo hubieran inventado todavía.Te pide que escribasalgo. Noor tecleó «alerta».La máquina emitió un pitido irritado.Comando no reconocido.Noor frunció el ceño.Escribió «correo».Comando no reconocido.—Prueba «directorio» —sugerí.Lo hizo.—Nada. Y luego probó «mensaje»,«raíz»,«ayuda» y «bucle».Ninguna deesas palabras funcionó tampoco.Noor se arrellanó en la silla.—Supongo que tu abuelo no guardaría las instrucciones…Me acerqué a la taquilla y revolví entre los libros.Casi todos pare-cían caseros,encuadernados con espiral y tapa blanda.Unos cuantos eranviejos diarios de misión pertenecientes a mi abuelo y me prometí que al-gún día los leería todos.Entre un deteriorado panfleto titulado ¿Conque quieres construir un refugio antihuecos?y un par de las novelas de espías quelegustabanamiabuelohabíaunvolumenplastificadoconunpeque-ño emblema de un pájaro en la portada y cuatro letras en rojo: .
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RANSOM RIGGS40Yo había visto las mismas letras en el interior de algunas edicionesde los Cuentos.Solo para ojos peculiares.Lo hojeé.En el título de la página interior se leía:«Syndrisoft,teletipo neumático OS 1.,instrucciones de uso».—¡Noor! ¡Lo he encontrado! —grité en un tono de voz tan potente que la asusté,aunque después de pensarlo medio segundo no entendíaporqué me había emocionado tanto.Seguro que el cacharro estaba des-conectado de la red de la que hubiera formado parte en su día.Empujamos el pesado teclado para despejar el escritorio y abrimoselmanual.Encimadenuestrascabezassonóunrugidoyotroporrazoqueseis metros de tierra y hormigón reforzado apenas amortiguaron.Me pre-gunté qué proporción de la casa seguiría en pie una vez que el hueco hu-biera acabado con ella.Intentamos hacer caso omiso de los ruidos apocalípticos y hojeamosel manual.Enelíndicehabíaun capítulo titulado«Comunicacionesyconectividad».Lo busqué y leí en voz alta mientras Noor escribía.—Prueba a teclear esto —dije—.«CC salientes».Lo hizo.El cursor escribió una respuesta: «Comunicaciones salientesno disponibles».Le fui leyendo comandos a Noor.Probó «consulta CC salientes».El cursor parpadeó a toda prisa durante unos segundos y luego respondió:«Líneas de comunicación cortadas».—Maldita sea —dijo Noor.—Era muy improbable —le dije—.Seguro que hace décadas quenadie usa este cacharro.Estampó la mano sobre el

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