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Phil
Unas semanas antes de las Olimpiadas
Me sangran los nudillos por el puñetazo que he dado a la pared. Maldigo y quiero tirarme del cabello, pero acabo metiéndome en la ducha. He quedado con los chicos, de todas formas. La rodilla me está jodiendo otra vez y cuando el agua templada cae por mi cabeza, recuerdo mi época de jugador.
Estuve de profesional casi diez años en el equipo irlandés, en casa. Hasta esa fatídica noche, mi vida era perfecta. Y ahora…
Ahora siento ganas de dar otro puñetazo, pero es algo que no debo. Esta tarde le vamos a dar una sorpresa a David por haber acabado su carrera y hemos quedado en el pub de moda. Ni putas ganas de salir, después de la llamada de mi exmujer. Me va a tocar luchar por lo que amo.
Pero lo hago por mis chicos, son casi una familia para mí. Me pongo una camisa blanca y los vaqueros después de arreglarme la barba un poco y el pelo y salgo para allá solo con una cazadora. Me pongo la careta del fisioterapeuta profesional, ese que siempre está allí para ellos y no la del jugador que se lesionó en lo mejor de su carrera, de forma que casi dejó de caminar por un tiempo.
Todos están allí, esperando. Iván traerá a David y nosotros hemos quedado un poco antes. Andrea también acude. La miro sin fijar mucho la vista en ella, es mi jefa, pero tiene algo que no sé, a veces siento ganas de abrazarla, y quizá podría llegar a algo, pero no. No es el momento. La primera vez que la vi, hace un par de años, entró en el pabellón y pensé que venía para algún tipo de multa, inspección o similar, tan elegante con su traje de chaqueta.
Estaba seria, con su cabello castaño recogido en una coleta tirante y su rostro delicado sin maquillaje apenas. O al menos, era muy sutil. Preguntó por el entrenador. Yo llevaba ya un año separado y pensé que era el tipo de mujer a la que no querría invitar jamás a salir. Me recordaba demasiado a Kat, mi ex. Ella, abogada en la firma de su padre, me dejó prácticamente en la calle.
Fui amable, pero distante. Enseguida, subió a su despacho y abrió todas las ventanas para que los jugadores la vieran, que se dieran cuenta de que ya no estaba el señor Tomás, que se había jubilado.
Luego nos enteramos de que la firma de su familia, Perfectísimo, había comprado el equipo masculino y femenino de la ciudad, como si fuésemos su escaparate. Nos quedamos muy en shock, porque nuestro futuro dependía de las elecciones de una persona joven, no creo que tenga más de treinta y cinco y por lo que pudimos ver, con poca idea de lo que es el deporte juvenil, en concreto, el balonmano.
Supongo que al principio todos dudamos, pero en este momento, no la cambiaríamos. Se ha interesado mucho por todo el personal y, aunque siempre está como triste o sola, es profesional. Me acerco al grupo donde están, apoyados en una mesita alta y tomando algo. Ella me mira, con el rostro pensativo.
—¿Estás bien? —pregunta mientras da un sorbo a su cerveza. Algunos del equipo y las animadoras ya han llegado y Michel, el entrenador, que hasta hace un momento hablaba con ella, se va a por otra cerveza sin alcohol.
—Voy tirando.
—Eso no suena a estar bien —dice y me mira con esos ojos color tormenta que parecen taladrarme. Hoy se ha quitado el traje de chaqueta y lleva unos vaqueros y jersey, con el cabello suelto.
—Cosas familiares.
—Si necesitas unos días…
—Lo que necesito es una cerveza —digo sonriendo, porque no quiero hablar de eso. No con mi jefa—. ¿Quieres algo?
—Vale, tráeme otra —dice mostrando su botella cero, cero.
Llego a la barra y dudo en pedir algo que tenga alcohol. Me sienta muy mal y juré que ya no bebería, pero estoy destrozado. Quiero olvidar mi vida completa.
Vuelvo con dos cervezas y le doy la sin alcohol, ella agradece y escuchamos que Mic
