UNO
Annika
Hay una persona ahí fuera.
O varias.
El sonido de su áspera respiración se filtra desde el exterior de la habitación, sube y sube de forma irregular, como si fuera un animal herido.
Un animal salvaje.
Abro los ojos de par en par, salgo de la cama a trompicones y me aliso el pelo para que caiga hasta la parte baja de la espalda. Luego me pongo mi camiseta de dormir morada, que apenas me cubre el culo.
Las sombras acechan en la esquina, retorciéndose y gruñendo como bestias muertas de hambre. La única luz de la habitación proviene de la bombilla del balcón, que siempre dejo encendida. No busco el interruptor de la lámpara ni hago amago de tocarlo siquiera.
Algo me dice que, si arrojo luz en el animal que está merodeando ahí fuera, la situación se pondrá fea.
Ando sin hacer ruido, algo que me resulta natural. Pero mantener la calma no. Me resulta imposible contener los temblores que recorren mis piernas o el sudor que gotea por mi espalda y que hace que mi camiseta se quede pegada a mi piel, demasiado caliente.
Esto no puede ser.
La mansión de mi hermano debería ser el lugar más seguro del campus y el segundo más seguro del mundo después de nuestra casa de Nueva York.
Por eso insiste en que pase ciertas noches aquí. No me meto en sus asuntos, pero sé lo que conllevan esas noches: desmadre, caos y la masacre de almas desafortunadas.
Así que el mejor lugar para mantenerme a salvo es justo debajo de su ala, con una docena de guaridas que me protegen.
¿Sabes esa torre de marfil en la que vivía Rapunzel? Mi habitación en el edificio de los Paganos (el club pecaminoso de mi hermano) es la personificación de aquello.
Joder, si hasta hay guardias debajo del balcón, por lo que, si quisiera salir trepando, serían ellos los que me pillarían. Fruncirían el ceño, gruñirían e informarían de mis actos tanto a mi hermano como a mi padre.
Uf.
Pero, si miramos el lado bueno, estoy protegida. Llevo protegida desde el día que nací en la familia Volkov.
Y yo soy una Volkov.
Estoy a punto de echarme a reír por el estremecimiento de miedo que se niega a abandonar mi sistema. No sé si lo estaría en cualquier otro sitio, pero aquí estoy a salvo.
«Vale, a lo que esté merodeando ahí fuera más le vale ser un pájaro herido o algo sin importancia. Si no, prepárate para morir».
Las cortinas del balcón ondean hacia dentro, la tela blanca empapada del color de la noche a pesar de la luz tenue.
Me detengo cuando estoy a unos pasos de distancia. ¿Abrí la puerta del balcón anoche?
No, no la abrí.
El acto lógico sería girarse y salir corriendo al pasillo, llamar a mi hermano o alguno de sus hombres y esconderme en mi jaula dorada.
Pero te diré la verdad…
La curiosidad es mi rasgo tóxico; no puedo dormir por la noche si no satisfago esa sed de conocimiento.
La espaciosa habitación (con sus almohadas mullidas, sábanas moradas, papel pintado brillante, absolutamente glamurosa y preciosa) se difumina poco a poco en el trasfondo.
La suave luz del balón es mi única brújula cuando doy un paso al frente.
Los caminos del destino son inescrutables.
Desde pequeña he sabido que no siempre sería una princesita protegida que lucha por la aprobación de su familia. Que, algún día, algo vendría a por mí cuando menos lo esperara. Simplemente no sabía qué sería o cómo se comportaría.
Sin lugar a dudas, nunca pensé que empezaría en la mansión megasegura y llena de guardias de mi hermano.
En cuanto toco la puerta de cristal entornada, una sombra se cuela lentamente en el interior.
Doy un salto hacia atrás y me llevo una mano al pecho.
Si no hubiera visto ese movimiento tan hábil a través de mi puerta corredera, habría pensado que esta persona (un hombre, a juzgar por su complexión) era un recorte de la noche.
Está vestido totalmente de negro: pantalones de chándal, camiseta de manga larga, zapatos, guantes, y una máscara cuya mitad sonríe mientras que la otra mitad frunce el ceño.
Un escalofrío recorre toda mi piel mientras contemplo los detalles de la máscara. La mitad triste es negra y la mitad sonriente es blanca. Una mezcla que me atormenta y me perturba.
Todo en su persona lo hace.
El color apagado de su ropa no oculta sus músculos abultados ni reduce el puro poder de su presencia silenciosa. Es una persona que hace ejercicio, su pecho está musculado y su abdomen definido, pero no está petado.
Solo lo bastante fuerte para exudar poder únicamente con estar ahí de pie.
También es alto. Tan alto que tengo que doblar el cuello para verlo por completo.
Bueno, yo soy algo pequeñita. Pero aun así. No suelo tener que esforzarme tanto para mirar a los demás.
Nos quedamos mirándonos un instante, como dos animales antes de echarse a la yugular del otro.
Los dos agujeros de la espeluznante máscara le sirven como ojos, que son oscuros, pero no negros ni marrones, sino más bien como la negrura de las profundidades del océano.
Y me aferro a ese color, a esa perturbación de aura negra. Otro de mis rasgos tóxicos consiste en ver lo bueno de cada persona, no dejar que el mundo me queme tanto que ya no sea capaz de empatizar con nadie.
Es una promesa que me hice a mí misma cuando me di cuenta del mundo en el que había nacido.
Todavía me tiemblan las piernas, al igual que el corazón se me sale por la boca acelerado.
Aun así, me obligo a emplear un tono superalegre y casual.
—Será mejor que te vayas antes de que te encuentren los guardi…
La palabra muere en mi garganta cuando da un paso hacia mí.
Un paso imponente cada vez.
¿Y recuerdas que su presencia era poderosa? Pues estoy presenciando sus efectos de primera mano.
Pero me equivocaba.
No es solo poder; es pura intimidación.
Un océano que se queja y ruge para liberar toda su potencia.
Ni siquiera me doy cuenta de que he dado un paso atrás hasta que él vuelve a avanzar. Por eso esta vez mantengo mi postura y me quedo mirándolo.
—Como digo, deberías irte…
Su pecho está a punto de chocar contra el mío cuando recorta deprisa la distancia que nos separa. Su calidez va acompañada de un olor aromático y ahumado. ¿Ha estado junto a una hoguera o algo?
Vuelve a dar un paso al frente y, por instinto, retrocedo. Era eso o dejar que me atropellara y me demoliera como un tornado.
—En serio, ¿es que no sabes de quién es esta casa? —Mi voz ya no suena alegre y hace mucho que tiembla al mismo ritmo que mis piernas—. ¿Tienes ganas de morir…?
No estoy preparada para lo que pasa a continuación.
En un movimiento visto y no visto, me coloca la mano enguantada sobre la boca y me empuja hacia atrás.
Choco de espaldas contra la pared y suelto un grito, pero se amortigua. El sonido resuena con tenebrosidad, como si fuera una nana maldita.
La máscara queda a unos centímetros de mi cara.
Es como si fuese un episodio de mis más oscuras pesadillas.
Se acentúa por la proximidad de su cuerpo al mío y su olor a cuero.
Es lo único que puedo respirar.
Y él es todo lo que veo. En realidad, tiene los ojos azules, pero los bordes son negros. Como si fuera una criatura mitológica.
He visto esos ojos antes. Pero ¿dónde?
¿Está mal que quiera ver lo que hay bajo la máscara? ¿Arrancársela y descubrir si es la parte que llora o la que sonríe? ¿O ambas?
Cuanto más lo miro, más se descontrola mi respiración, y su calidez cala hasta mis huesos.
No. No puede ser.
No es quien yo creo que es.
Solo para asegurarme, llevo una mano a la máscara, totalmente segura de que él me apartará la mano.
Pero, para mi sorpresa, no se mueve. Mis dedos se cuelan por debajo del borde de la sonrisa congelada. Aunque ya no la veo petrificante, solo es la tapadera de alguien.
Un toque monstruoso.
Una mezcla de sentimientos.
«¿Eres tú?», pregunto con la mirada, y él entrecierra los ojos como respuesta.
Intento arrebatarle la máscara, pero, antes de hacerlo, me aparta la mano. Esta cae inerte a mi costado, y estoy casi segura de que mi corazonada está en lo cierto.
No sé mucho de nada, pero reconocería esos ojos en cualquier parte, hasta en un universo alternativo.
Un golpe resuena en el exterior.
Los dos nos quedamos quietos.
Suena de nuevo, y me doy cuenta de que se trata de la puerta de mi habitación.
—Señorita, ¿está despierta?
Un guardia.
La voz con acento ruso vuelve a hablar, acompañada de otro golpe.
—Ha habido un problema con la seguridad. ¿Se encuentra bien?
Miro a los ojos del desconocido enmascarado.
No, no es un desconocido.
Es mucho más que eso.
Sigo temblando, pero por una razón totalmente distinta.
—Hum —respondo con un sonido amortiguado.
Él aprieta la mano que tiene sobre mi boca y se acerca a mí con la certeza de un huracán. Mi pecho choca contra la dureza del suyo cada vez que tomo aire.
—¿Señorita? Voy a entrar.
Agarro el brazo del intruso y le imploro con la mirada. Él entrecierra los ojos, pero poco a poco desliza la mano. Sigue manteniéndose cerca, encima de mí, seguramente para volverme a callar si grito pidiendo ayuda.
Pero esta es la cuestión…, mi rasgo tóxico es la curiosidad: no necesito ayuda porque él no es una amenaza.
O, al menos, no lo era. Ahora mismo no lo tengo muy claro.
—¡Estoy bien! —digo lo bastante fuerte para que me escuche el guardia. Me sorprendo por no haber tartamudeado ni haber sonado nerviosa, dadas las circunstancias.
La puerta se abre ligeramente, pero se mantiene en esa posición cuando se escucha de nuevo la voz del guardia.
—Voy a entrar para asegurarme, señorita.
—¡No! Estoy… desnuda.
El guardia se aclara la garganta y casi puedo imaginármelo ruborizado. Sabe que su cabeza acabaría en una pica si me viera desnuda.
A menos que mi vida corriera peligro.
Que no es el caso.
Creo.
—De verdad, estoy bien. Voy a volver a dormirme ya. No me despiertes.
Silencio durante uno, dos, tres segundos…
—De acuerdo, señorita. Si encontramos algo, el jefe vendrá a verla.
La puerta se cierra y yo exhalo largamente.
Mi siguiente inhalación provoca que mi pecho se roce con el del no-desconocido, y me detengo para mirarlo.
—El jefe que acaba de mencionar es mi hermano y a él no lo mantendré alejado con la excusa de estar desnuda. Entrará con los ojos cerrados, cogerá una sábana o lo que sea, me la tirará encima y procederá a examinar la habitación. Es así de bruto, así que será mejor que te vayas antes de que venga si no quieres que en tu tumba se escriba «Muerto de una paliza». Ah, y otra cosa, ¿vas a quedarte pegado a mí mucho tiempo? Parezco buena gente, pero me cuesta respirar teniéndote tan cerca.
Me mira de modo inexpresivo, no lo he impresionado ni provocado especialmente con mi vomitera de palabras. Es un hábito que estoy intentando romper, pero es más difícil de lo que parece.
—¿A qué estás esperando? —susurro—. En serio, vete antes de que aparezca Jeremy. Si has entrado por el balcón sin que nadie te vea, vuélvete por el mismo camino. ¿Y te importaría devolverme mi espacio personal en algún momento?
Acerca una mano enguantada a mi cara y creo que va a callarme de nuevo, pero sus dedos acarician mi mandíbula.
No es un gesto amenazante, pero sí imponente.
No, no se trata de poder.
Control.
Rezuma control de forma asfixiante.
Su pulgar acaricia mi labio inferior y se aleja, sin más.
Mi corazón bombea con fuerza, y creo que quizá todo esto sea un sueño.
Tal vez he imaginado tantos escenarios en mi retorcida mente que el universo ha decidido hacer realidad uno de ellos.
Si no, ¿por qué me toca cuando no lo ha hecho nunca?
Y no toca cualquier parte mi cuerpo. Está acariciando mis labios.
¿Es que va a besarme?
Antes de que termine de formar ese pensamiento, su voz intensa y profunda que tan familiar me resulta resuena en la habitación.
—Hablas demasiado. Cualquier día, esta boquita te meterá en problemas.
Luego me suelta, retrocede y se va por la puerta del balcón tan rápido como entró.
A mí por fin me fallan las piernas y me dejo caer hasta el suelo apoyada en la pared.
No me cabe duda.
Mis dedos rozan lo que él ha tocado hace unos segundos. Bueno, llevaba guantes, así que no ha sido un contacto directo, pero sigue contando, ¿no?
Ahora sí, mis labios empiezan a temblar y el corazón me late hecho un desastre.
Era él.
El único al que no debería querer.
DOS
Annika
—¿Estás segura de que nadie ha entrado aquí?
¿Estoy segura de que esta no sea, en realidad, una realidad alternativa y que pronto me despertaré? ¿Me sorprende que nadie note que estoy temblando por dentro?
Vaya que sí.
Tengo claro que no estoy muy bien de la cabeza, porque compongo la mejor de mis sonrisas para encarar a mi hermano.
Jeremy, que ha irrumpido en mi habitación y ahora se cierne sobre mí, alto, musculoso, un poco petado, y el perfecto clon de nuestro padre. En serio, mi padre se lleva un sobresaliente por el copia y pega que ha hecho.
Mi hermano también me saca seis años, así que yo apenas soy un bebé de diecisiete años. Cumpliré dieciocho en un mes y medio, pero mentalmente ya los he cumplido.
Además, debido a mi capacidad académica estelar, conseguí saltarme un curso e ir a la universidad antes de tiempo. Algo que a mi hermano no le hace gracia.
Siempre ha sido el tigre letal que hace guardia delante de mi puerta. Al final, pude respirar cuando se marchó a Estados Unidos para ir a la universidad unos años antes que yo.
Bueno, «respirar» es una exageración, porque todavía seguía bajo la sofocante atención y protección de mi padre.
Por eso me lo curré tanto para ir a la universidad. Pero, por supuesto, solo pude solicitar plaza cerca de donde Jeremy eligió estudiar. O eso, o me quedaba en Nueva York.
Mi cerebro decidió que mi hermano era el mejor de los males.
Vine a la isla de Brighton al principio del semestre. Es una isla cerca de la costa sur del Reino Unido. Desde que me reencontré con mi hermano, ha regresado esa leve sensación de asfixia, de ser observada y vigilada en cada momento.
Me pongo una sudadera sobre la camiseta porque ni de coña pienso pasearme por ahí enseñando el culo delante de mi hermano.
«Hace un rato, esa ropa no te pareció un problema».
Acallo esa vocecita y hago un gesto para quitarle importancia.
—Estaba inmersa en el mundo de los sueños hasta que me despertó el guardia. ¿Es que una chica no puede tener un sueño reparador en esta casa?
En el clavo.
En serio.
Si se tratara de otra persona, me hubiera dejado tranquila, pero se trata de Jer. Presidente de los Paganos, reconocido demonio y heredero del imperio mafioso de mi padre.
Mi familia está esperando a que termine su máster para que vuelva a su puesto en el corazón de la Bratva de Nueva York.
Toda esta experiencia universitaria no es más que otro eslabón de la cadena, una forma de empaparse de poder todo lo posible antes de volver adonde debe estar.
Su mirada de halcón recorre mi habitación y se detiene aquí y allá como si detectara trazos de él.
Como si Jeremy pudiera oler el cuero de los guantes y sentir la extraña calidez que emana de mi cuerpo.
Mis labios se echan a temblar al recordar cómo los ha tocado el intruso, y me pitan los oídos. De una forma satisfactoria. De una forma que me permite seguir escuchando su voz en mi cabeza.
Sus palabras.
Por Chaikovski (ese es mi dios, por cierto, porque es la raíz de mi espiritualidad).
«Recomponte, chiquilla».
—¿No has oído de nada? —Jer insiste con la persistencia de un sabueso que olfatea su presa.
—Aparte del grito del guardia, poco más. ¿Qué está pasando? Me dijo que había un problema de seguridad.
—Sí, alguien ha intentado quemar la casa anexa.
—¿Quemar?
Me cago en la puta. Sabía que el olor a humo tenía algo que ver con un fuego. ¿Eso significa que él lo ha provocado?
En vez de preguntar eso y activar el radar de sospechas de Jer, me decanto por:
—¿Están todos bien?
Lo cierto es que esta mansión sigue siendo la sede de los Paganos, y los miembros fundadores del club, los amigos de mi hermano, la usan como casa. Eso sin contar a los guardias y empleados internos.
Me preocupa el allanamiento, pero no tanto como para olvidarme de los demás. Incluso si son tan salvajes como mi hermano.
—Nadie ha resultado herido y apagamos el fuego antes de que engullera el anexo —explica Jeremy.
—¡Uf! Me alegro de que no haya heridos. —Por más de una razón—. ¿Sabes quién ha sido?
—Todavía no, pero lo encontraré. —Da un paso adelante—. ¿Estás segura de que todo va bien? ¿No necesitas nada?
—Sueño reparador, ¿recuerdas?
Me revuelve el pelo y una sonrisa poco habitual se forma en sus labios. No puedo evitar devolverle una sonrisa ladeada, a sabiendas de que mi hermano es un tipo duro y que no debería dar por sentado este arrebato.
Tengo la suerte de estar en la corta lista de gente a la que mi hermano aprecia.
—Siento haber interrumpido tu sueño reparador, Anoushka.
Así es como me llaman él y mi padre. Anoushka. Un apodo ruso derivado de mi nombre, Annika.
—Disculpa aceptada, pero deja de despeinarme. Ya no soy una cría.
—Para mí eres un bebé monísimo.
—¡Jer!
—¿Qué?
—Ya soy lo bastante mayor para cuidarme yo solita.
—Para nada.
Suelto un resoplido.
—Vale, pero ¿puedo volver mañana a mi residencia?
Jeremy estudia en la King’s U, una de las dos colosales universidades de la isla de Brighton, que funciona gracias al dinero de la mafia. La otra, la Royal Elite University, se fundó y se financia con antiguas fortunas británicas.
Las dos universidades y sus alumnos no se soportan entre sí. Esa enemistad se hace patente en el deporte y las rivalidades entre clubes secretos.
Decir que los dos cuerpos estudiantiles están siempre a la gresca es quedarse más que corto.
Así que el hecho de que yo estudie en la facultad de Arte de la Royal Elite University (o REU) y duerma en su residencia no es plato de buen gusto para mi hermano.
Por eso a veces insiste en que me quede aquí, en la mansión de los Paganos.
Dice que es para protegerme, pero en realidad es para vigilarme.
—Todavía no —responde confirmando lo que pensaba—. Quédate aquí unos días más.
—Pero, Jer…
—Es por tu seguridad.
Quiero gruñir de frustración, pero me interrumpe una voz ronca que proviene del lado contrario de la puerta.
—¿Por qué cojones le da a la gente por hacer cosas en plena noche? ¿Es que nadie quiere dormir en este agujero olvidado de la mano de Dios?
Un tipo alto, musculoso y medio desnudo entra en mi habitación, le da una patada a un bolígrafo con pompón y nos mira con sus ojos inyectados en sangre.
O más bien mira a Jeremy.
Mi estatus y mi apellido me borraron de los ojos de Nikolai hace mucho tiempo.
«Gracias, Chaikovski».
Es un hijo de puta aterrador con un principado mafioso, y también forma parte de la Bratva de Nueva York como nosotros. Tiene el cuerpo lleno de tatuajes extravagantes y siempre va sin camiseta. En serio, me pregunto si lleva algo más que pantalones cortos a clase o si también les regala esa estampa medio desnuda.
Apoya su pesado cuerpo contra la pared.
—¿Qué coño pasa?
—Un incendio. —Mi hermano ladea la cabeza en dirección a su amigo—. Y ponte una camiseta.
—Las camisetas están sobrevaloradas. ¿Y has dicho incendio? ¿Por qué no me ha despertado nadie?
—No te encontrábamos.
—¿En serio? Porque estaba durmiendo a los pies de la escalera. O puede que fuera detrás de las escaleras. Ya ni me acuerdo, joder.
—Eso si es que estabas durmiendo.
—¿Qué coño quieres decir con eso?
Jeremy me revuelve el pelo una vez más y sale de mi habitación llevándose a Nikolai. A pesar de que este es unos años más joven que Jeremy, son buenos amigos desde el día en que se conocieron.
Mi hermano es el estratega callado que solo usa la violencia cuando es absolutamente necesario, mientras que Nikolai es el monstruo desatado y sediento de sangre.
Mientras contemplo sus espaldas, no puedo evitar sentir una pizca de incomodidad al saber el futuro que los espera.
Uno lleno de sangre, guerras entre mafias y encuentros brutales. Mientras que Nikolai encaja en esa imagen a la perfección e incluso lucha por conseguirla, no quiero imaginarme a Jeremy en ese escenario.
Aunque sepa que puede ser mucho más cruel.
—¿Quién ha sido el hijo de puta que lo ha hecho? —le pregunta Nikolai a Jeremy cuando salen—. Voy a joderle la vida, quemar su cadáver y esparcir sus cenizas en sangre.
—Tengo una corazonada.
Me acerco de forma inconsciente a la puerta, pero Jeremy me dedica una mirada que no logro descifrar y cierra a su paso.
Evitando que pueda oír nada sobre su corazonada.
Es imposible que haya descubierto de quién se trata.
¿No?

Susurros acallados me rodean con la insistencia de abejas zumbonas.
Mi nombre y el de Jeremy, y también nuestro apellido, se han pronunciado en murmullos muchísimas veces.
Todavía sonrío a quienes me miran a los ojos y hasta les pregunto cómo están. Comento su ropa y les digo que me ha encantado su última publicación en TikTok o Instagram.
Todos ellos me devuelven la sonrisa, y, aunque siguieran murmurando sobre mí, suelen ser cosas positivas.
«No puedo creer que sea la hermana de Jeremy Volkov. Es un encanto».
«Una buena chica».
«Muy dulce».
«Enrollada».
Soy una persona social, la representante de las relaciones públicas que contrasta con la reputación de Jer, y la candidata ideal para ser la portavoz de la familia.
Ellos afirman que la única forma de ser popular o querida es pisotear a los demás y ser mala persona, pero yo creo en la bondad.
Creo que hay que relacionarse con la gente para conseguir cosas buenas.
Y ya, si consiguiera que las opiniones de los demás no me carcomieran por dentro, sería una pasada.
Me detengo cuando un brazo rodea mis hombros.
—Ah, ostras. ¡Estás viva! Gracias a los dioses y a todas las religiones.
Ava me da una vuelta completa, lo cual queda raro teniendo en cuenta el enorme chelo que lleva colgando a la espalda.
Inspecciona cada centímetro de mi cuerpo, hasta me toquetea la cara para asegurarse de que es la misma.
Hoy va vestida con una falda rosa y un top blanco con un corte muy a la moda. Es la persona más elegante que conozco, después de mi madre, y también tiene una personalidad muy parecida a la mía.
Nos caímos bien desde el momento en que nos encontramos hace unos dos meses cuando llegué a la REU. Como consecuencia, también me llevo bien con todas sus amigas. Tanto ella como las demás me han permitido mudarme a su apartamento privado en la residencia, a pesar de que soy una estadounidense que no termina de entender su obsesión por el pescado y las patatas fritas.
Sonrío con socarronería.
—Hola, te he echado de menos.
Ava me abraza y me da un beso en la mejilla.
—Yo te he echado de menos un huevo, asquerosa. ¿Cuántas probabilidades hay de que tu hermano se olvide de ese patético patriarcado y te deje volver a la residencia?
—¿Por ahora? Cero.
Suelta un gemido y engancha su brazo con el mío.
—¿Estás bien de verdad? Todo el mundo está hablando del incendio de la mansión de los Paganos.
—Estaba frita —miento entre dientes—. Hasta que me despertaron con tanto follón.
—Ha debido de ser aterrador. No me quiero imaginar despertarme en plena noche y saber que alguien me está atacando.
—Yo no diría atacando exactamente.
—Claro que sí. Seguramente iban a por tu hermano o alguno de sus amigos de los Paganos. Es que, en serio, ¿cómo puede pensar que ese sitio es más seguro que nuestra pequeña residencia?
—Vete a saber. —Por todos los guardias que tiene allí, supongo.
—A ver si Ces puede hablar con él. Es evidente que a ella no le da miedo esa aura de señor tenebroso que lo rodea… ¡Hablando del rey de Roma!
Llegamos a la cafetería donde solemos almorzar. El grupo se compone de Ava, Cecily, Glyndon (las chicas con las que vivo) y Remington, Brandon y… él.
El chico de ojos azul océano y una presencia intimidante.
Cuando llegamos a la mesa, Cecily y Remi se están peleando por unas patatas fritas, y Bran está intentando mediar. No veo a Glyndon ni a él por ninguna parte.
Intento ignorar el nudo que se forma en mi pecho, pero no lo consigo.
Ava y yo tomamos los asientos libres y le dedico a Bran una sonrisa cuando se entrecruzan nuestras miradas.
—¿Dónde está Glyn?
—Me sorprende que todavía preguntes por esa traidora, la verdad —resopla Ava—. Seguramente esté por ahí catando P.
Bran aparta el plato y arruga la nariz.
—No es la imagen que quería de mi hermana pequeña.
Ava se mete una patata frita en la boca.
—Por eso he dicho «P» y no «polla».
Remi se sienta con suavidad y sonríe con picardía.
—¿Alguien está hablando de pollas?
—Anda, mira. Alguien echa de menos la suya. —Cecily se cruza de brazos sobre su camiseta, en la que un gato monísimo con una pistola dispara estas palabras: «Piu, piu, cabroncete».
—¿La mía? —Remi compone una sonrisa de oreja a oreja que no le resta belleza a su cara perfecta y simétrica—. Di la palabra, Ces. P-O-L-L-A. No seas mojigata.
Ella se echa el pelo plateado hacia atrás.
—¿Mojigata? Yo lo llamo tener modales.
—Me aburro. —Remi finge quedarse dormido—. Despertad a mi señoría cuando esta friki empiece a tener una vida.
Así es como Remi se llama a sí mismo, «mi señoría», porque tiene sangre aristócrata. Mientras todo el mundo lo considera algo arrogante, a mí me parece superadorable.
Tiene la personalidad de un ángel despreocupado (aunque Ava y Cecily dirían que es un demonio hedonista). Remi fue una de las primeras personas que me cogió cariño al instante, y nunca lo olvidaré.
—Calla ya —le espeta Bran.
Cecily está lista para la milésima ronda de insultos, pero entonces me ve y recula.
—Ay, Anni, ¿estás bien?
—Por supuesto. Me ha examinado Ava en persona.
—Es cierto. —Mi amiga acaricia su chelo—. Por fuera está bien.
—¿Saben quién lo provocó? —pregunta Cecily.
—Ni idea. Sabes que yo me meto en esos asuntos. —Sonrío y saco mi táper con comida.
El TOC a veces se me activa con pequeñas cosas, como que mi táper de ensalada no esté a la misma altura que los demás.
El corazón me presiona la caja torácica y empiezo a escuchar lejanos los sonidos de la cafetería.
Abro rápidamente el recipiente lleno de comida saludable, los organizo delante de mí y solo respiro cuando los tengo colocados a la perfección.
El ruido del mundo exterior vuelve a sonar lenta pero firmemente.
—¿Quién lo haría si no? —Remi se reclina en su asiento y da un sorbo a su café helado—. Seguramente sean las Sierpes.
—¿No son de la misma uni? —pregunta Ava—. Es más probable que sea nuestro club el que tenga alguna cuenta pendiente con ellos.
Bran niega con la cabeza.
—Los Élites no se llevan mal con los Paganos ahora mismo. Sin embargo, sí que humillaron a las Sierpes, sobre todo después de la última incursión en su mansión, así que estas estarán más dispuestas a tomar acciones.
—Todo esto es una barbaridad —dice Cecily—. Alguien podría haber resultado herido en ese incendio.
—No hubo heridos —repetí las palabras de Jeremy—. No te preocupes.
—De todas formas, no me gusta. —Se muerde el labio inferior y luego rebusca en su mochila y saca un boli morado con plumas suaves—. Lo encontré en mi cajón y yo ya no lo uso, así que me acordé de ti, Anni.
Lo cogí con las dos manos.
—Qué mono es. ¡Gracias!
—De nada.
La conversación continúa sobre las contiendas vigentes entre los tres clubes, dos de la King’s U (los Paganos y las Sierpes) y uno de la REU (los Élites).
Hablan de guerra, rivalidad y venganza, pero yo no les presto atención.
Mi mirada sigue desviándose hacia la entrada, en busca de algún signo de esa complexión alta. Estoy a punto de terminarme la comida, pero ni rastro de él.
Nadie habla de él tampoco.
Así que sonrío y pregunto como quien no quiere la cosa:
—Por cierto, ¿dónde está Creighton?
—Ah, ¿Cray Cray? —suelta Remi entre eructos sonoros—. Seguramente esté durmiendo en alguna parte. Ese engendro mío me dijo que no durmió mucho anoche.
«Me pregunto por qué».
Algo que también me parece adorable de Remi es que llama a Creighton su engendro. Son primos por parte de madre, pero Remi sin duda es el extrovertido que adoptó a Creighton.
Dejo que vuelvan a tratar el tema del incendio y las artimañas de los clubes y les digo que ahora vuelvo.
Seguramente no lo haga, pero una mentirijilla no hace daño a nadie.
Lo normal es que ya estuviera de camino al refugio de animales donde trabajo de voluntaria, pues no tengo clases por la tarde, pero me pasaré más tarde.
Después de meter los tápers en mi mochila, salgo de la cafetería y me dirijo a la facultad de Empresariales. Por el camino saludo a todo el que me dice «hola» e incluso al que me mira.
Una parte de mí sabe que toda esa gente solo quiere codearse conmigo por la famosa reputación de mi hermano y por el estatus que tiene mi padre en la mafia. Pero no me importa.
Al menos a Ava y a los demás les caigo bien por mí misma, no por mi apellido.
A pesar de que algunos alumnos lo intentan, no me paro a charlar con nadie.
Verás, tengo una misión.
Tardo exactamente diez minutos en llegar al cenador de la parte trasera de la facultad de Empresariales. Cómo no, alguien está tumbado en el banco que hay a la sombra. Escondido a la vista de transeúntes y mirones.
El cenador de madera se encuentra en una zona apartada del jardín trasero, donde no suelen acudir muchos alumnos.
Justo por eso he supuesto que estaría aquí.
El único motivo por el que conozco este sitio es porque Remi me da toda la información que le pido.
Me detengo y contemplo el cielo grisáceo, que tapa el sol cada pocos segundos, como si estuviera enfadado por el atrevimiento de querer seguir asomándose.
Inhalo profundamente y camino con toda la normalidad que me es posible. Pero, aunque el mundo exterior no lo note, yo siento la rigidez de mis pasos. El peso en el pecho. El temblor en los labios.
«Recomponte».
El chico que yace sobre el banco con una pierna doblada y una mano por debajo de la cabeza parece tranquilo.
Va vestido con vaqueros de tiro bajo y una sudadera que está subida y deja a la vista una pizca de sus abdominales y línea de la pelvis.
Trago saliva y me obligo a mirarlo a la cara.
No es la mejor idea, la verdad.
Su rostro es más que regio. Tiene ese tipo de belleza que te atrae sin palabras: una mandíbula marcada, unas mejillas profundas y unos labios definidos.
El cabello castaño, que lleva corto por los lados y largo por arriba, está despeinado, con surcos de haber pasado los dedos, un estilo capital de los más bonitos que he visto nunca. Siempre me he preguntado cómo serán al tacto esos mechones.
«Preguntas».
Eso es todo lo que he hecho desde que empezó este enigma. He preguntado, imaginado y soñado.
Pero todo se viene abajo con un golpe de realidad.
Él no quiere nada conmigo. O, al menos, eso es lo que pensaba.
La cuestión es que su desinterés debería hacerme feliz. Es lo mejor teniendo en cuenta que mi destino lleva sellado desde el día en que nací.
Está claro que no quiero que sufra por mi culpa.
Pero, en momentos como este, me descubro a mí misma deseando acercarme, tocar esa arruga que se forma entre sus espesas cejas.
Hacer que desaparezca.
En un instante, una mano agarra la mía y yo trago saliva cuando abre lentamente los ojos.
Un azul intenso bordeado de negro.
Los mismos ojos del hombre enmascarado que vino a verme anoche.
TRES
Annika
No puedo respirar bien.
No puedo ni pensar bien.
Llevo imaginando este momento desde que reconocí esos ojos. Unos ojos azules camaleónicos con una rara heterocromía que no he visto en ninguna persona salvo en él.
Así es como se llaman las salpicaduras de gris en sus ojos azules. Heterocromía. Una imperfección perfecta que forma parte de quien es.
Fue lo primero que me llamó la atención. Y, aunque mucha gente diría que llamar mi atención es fácil, nadie sabe que me es imposible mantenerla.
Sí, sigo tratando bien a la gente, me acuerdo de sus nombres y les pregunto sobre su última publicación en redes sociales, pero todo forma parte de un comportamiento fingido. Lo que me atrajo de ellos en primera instancia hace ya mucho que se marchitó y desapareció.
Creighton es la excepción a ese fenómeno. Mi interés en él comenzó como el de todo el mundo: leve, normal, impersonal.
Poco a poco se convirtió en un interés potente y desmedido que me atravesaba de cabeza a pies.
Mi atención en él no ha menguado. En todo caso, ha ido aumentando después de cada encuentro, después de cada mirada robada. Cada caricia.
Aunque nunca han sido sensuales.
Al contrario que ahora.
Mi mano se estremece en la de Creighton, o más bien mi dedo. Eso es todo lo que está sujetando (o aplastando) en la palma de su mano. Un solo dedo.
Lo aparta de su cara y lo deja caer como si fuera un objeto insignificante. Debajo de esa aparente indiferencia, se asoma otra emoción mucho peor en su mirada: asco.
Una sensación habitual en mí se encajona en mi pecho, seguida de un leve dolor tras las costillas.
Ajeno al estremecimiento del dedo que acaba de tirar, Creighton se sienta rápidamente. Tengo que dar un paso atrás para no chocarme con él.
Por Chaikovski.
Tiene que dejar de moverse tan bruscamente, en serio.
O quizá soy yo la que debería moverse con menos torpeza.
Me abrazo a mi mochila, me siento a su lado y compongo mi mejor sonrisa.
—¡Hola! No te he visto en el almuerzo, así que he pensado que tendrías hambre.
No responde, pero no es necesario que lo haga. A pesar de lo mucho que he intentado sonsacarle palabras en las pocas semanas que lo conozco, he llegado a la amarga conclusión de que no es especialmente charlatán.
Peor, te trata con un silencio que te hace sentir más inferior que el barro de sus zapatos de diseño.
Que conste que eso afecta a mi orgullo. Normalmente soy capaz de hacerme amiga de cualquiera. Cuento historias graciosas, sonrío y les caigo bien, sin más.
La única excepción es esta pared de músculos de metro noventa.
Pero no me rendiré hasta que no se congele el infierno.
Así que rebusco en mi mochila, saco un táper morado (no es en el que he comido) y lo coloco sobre su regazo.
—He preparado almuerzo de sobra, sin ensalada; sé que no te gusta. Jer tenía hambre esta mañana, así que le cociné unas gambas y sobró un poco.
En realidad, fue al contrario, y a mi hermano le ha tocado la porción más pequeña (lo siento, Jer), pero Creighton no tiene por qué saberlo.
Contempla fijamente el recipiente con ese deje habitual de desaprobación. Creighton muestra una mirada perdida permanente que hace imposible saber qué está sintiendo. Es peor que cualquier máscara y más efectiva que cualquier camuflaje.
Y, cuando observa algo, nunca sabes si querría acariciarlo o matarlo con sus propias manos.
Mis ojos pasean hasta esas manos que descansan inertes sobre sus rodillas. La verdad es que Creighton me hizo darme cuenta de que tenía un nuevo fetiche: las manos.
O tal vez lo tuviera de antes y simplemente se volvió más evidente cuando él apareció en mi vida.
Sus manos son grandes y venosas, de dedos largos. Muchas venas serpentean por el dorso de ellas y se hinchan ante la promesa de algo siniestro.
Rápidamente aparto mi atención de sus manos, porque si no se va a producir el vergonzoso momento en el que acabo babeando.
Creighton sigue mirando fijamente el táper, unas arrugas serias le marcan la frente, y creo que lo va a tirar como ha hecho con mi dedo.
No lo hace.
Pero tampoco lo abre.
Simplemente lo mira como ausente. Entonces lo coge, esas manos venosas aprietan la tapa, y hace amago de levantarse.
—Podrías haber avisado de que vendrías a visitarme anoche y me habría vestido para la ocasión. A menos que… quisieras verme medio desnuda.
Se detiene a medio camino, vuelve a sentarse y ladea la cabeza hacia mí. El azul de sus ojos se ha oscurecido y reluce con un brillo implacable.
No estoy acostumbrada a esta expresión de Creighton. Lo más que consigo por su parte es indiferencia, pero ¿esto?
Es como si estuviera imaginándose la mejor forma de romperme el cuello.
El calor me sube por la cabeza hasta las orejas, y aparto esa sensación de miedo que me come las entrañas.
Trato de mantener la sonrisa.
—Sé que eras tú. Mira, puede que no tenga mucha atención para los detalles, pero tus ojos te suelen delatar. No te preocupes, Jeremy no sabe nada. Sospechó que alguien había entrado en mi habitación, pero conseguí desviar su atención y…
Un segundo estoy hablando y, al siguiente, una mano se aprieta contra mi boca.
Me empuja con fuerza a un lado para que mi espalda quede contra la columna de madera del cenador.
Solo que esta vez sobre mi boca tengo su mano desnuda, y estoy respirando a través de sus dedos. Ya no huele a humo y a cuero. Ahora mismo huele a ropa limpia recién salida de la secadora mezclado con su olor natural especiado.
—¿Qué quieres?
Su pregunta me pilla desprevenida. No solo porque habla con esa voz grave y profunda y ese acento británico tan sexy, sino también porque piensa que se lo estoy diciendo porque quiero algo.
—Hum —mascullo contra su mano.
—Solo te permitiré hablar si me dices qué quieres. Si te pones a charlotear, volveré a hacerte callar.
Asiento una única vez y él me libera la boca poco a poco. Aun así, en vez de dar un paso atrás, se queda tan cerca que me cuesta respirar con normalidad.
A veces creo que él es consciente del efecto que causa en los demás (en mí) y que lo hace aposta.
Sigue irrumpiendo sin invitación con la única intención de causar el caos a su paso.
—¿Por qué viniste a la mansión de los Paganos anoche? ¿Por qué quemaste la casa anexa? No sabía que tuvieras un problema con el club y sus miembros. Ni siquiera formas parte de los Élites, así que no tiene sentido que quisieras hacerles eso, ¿no?
Levanta de nuevo la palma y yo alzo las dos manos.
—Está bien, está bien. No tienes que amordazarme, pero no puedo decirte lo que quiero a menos que me confieses el motivo.
Me mira. Ausente. Es evidente que dirá que no.
Suspiro.
—Entonces supongo que le diré a Jeremy que no solo incendiaste su propiedad, sino que además te colaste en el dormitorio de su hermana. Ains. No puedo prometerte que no vaya a ser un bruto.
—Si quisieras decírselo, ya lo habrías hecho. —El timbre calmado y profundo de su voz resuena en mi interior como una canción.
Una que me atormenta tanto dormida como despierta.
—Quería darte una oportunidad, y eso he hecho, pero tú has elegido no aceptarla. Es una pena. ¿No quieres cambiar de opinión?
—Cuéntaselo.
—Te…, te estás tirando un farol.
—Esa eres tú.
—¿C-cómo?
—Detestas tanto el conflicto que lo evitas como si fueras un avestruz. Por eso mismo no dejaste que el guardia entrara anoche y me cubriste las espaldas. No te pega nada crear conflictos, así que sí, te estás tirando un farol, Annika.
Me quedo boquiabierta.
Por. El. Amor. De. Chaikovski.
Por favor, dime que no estoy soñando y que no ha soltado todo un párrafo. Ah, y sabe muchas cosas de mí.
No pensé que supiera nada sobre mí, mucho menos de mi personalidad.
Tal vez he subestimado cuánta atención presta a los detalles.
—Vale, vale, no tienes que darme un motivo por el momento. Ya llegaremos a eso algún día. —Pego y despego los dedos sobre mi regazo—. Pero me has preguntado lo que quiero, ¿no?
Enarca las cejas, ¿y por qué coño ese gesto tan simple desata las mariposas en mi estómago?
Como si eso no fuera suficiente, una parte de mí está susurrando, gimiendo y sin duda gimoteando a causa de hacia dónde estoy llevando la conversación.
«Está mal, y lo sabes».
«Solo lo meterás en problemas y te arrepentirás».
Pero es que no puedo ignorar la otra parte, la que está deseando, viviendo con aire prestado, con esa necesidad de sentir cómo es estar viva. No solo fingir que soy feliz, popular y querida, sino insuflarle vida de verdad a mi existencia resguardada.
Aun así, mi voz suena tímida e insegura.
—Quiero que pases una hora conmigo todos los días. A solas.
—¿Para hacer qué?
—No lo sé, lo que sea. Hablar, estar aquí sentados, leer, comer, ir de compras tal vez… —Frunce el ceño y retiro lo dicho—. Vale, nada de compras. Podemos ver una película.
—Las películas duran más de una hora.
—Eh…, vale. Pues nada de películas. Pero podemos hacer lo demás.
—No.
El corazón se me encoge entre las costillas, pero fuerzo una sonrisa.
—¿Por qué no?
—No saldré contigo.
—No…, no te estoy pidiendo una cita.
Vale, tal vez sí, ¿no? ¿Por qué cojones se comporta como un gilipollas tan frío? ¿No sabe hacerle daño a la gente de una forma más amable?
—Con más razón entonces. —Su rostro, expresión y tono están bañados en el puto océano Ártico—. Nada de citas.
—Hablando hipotéticamente, porque solo es algo hipotético y esto no es una situación real, ¿por qué no quieres salir conmigo?
Vuelve a llevar la mano a mi cara y me quedo petrificada cuando levanta mi barbilla con dos dedos. Una descarga eléctrica me atraviesa como una tormenta que se va formando poco a poco.
La tensión se acumula, se pega a mi piel y me cala hasta los huesos. Me estremezco, pero no puedo apartar la vista de esos ojos azul océano.
Vuelven a verse oscuros, una prueba de cómo ha cambiado el humor del dueño.
No sé si el cambio se debe a mis palabras o al hecho de que me ha tocado más en el transcurso de doce horas que en todas las semanas desde que lo conozco.
Pero estoy atrapada en su red.
Incapaz de moverme.
Totalmente esclava del roce calloso de sus dedos esbeltos. Se clavan en mi piel sensible con la letalidad de un látigo.
Cuando habla, las palabras en tono grave y profundo me dejan paralizada.
—Hablando hipotéticamente, tengo gustos pervertidos y tendencia a la violencia. Eres demasiado vulnerable, acabaría contigo en un pispás.

—¿Cómo estás, corazón?
Sacudo la cabeza internamente para centrarme en los radiantes rasgos de mi madre.
Estamos llamándonos por Facebook, como madre e hija chulísimas que somos, porque eso existe.
Si Jeremy es un clon de papá, yo soy el intento exitoso de mi madre. Me gustaría señalar que yo nunca sería capaz de exudar tanta elegancia, pero compartimos la misma complexión reducida, el cabello castaño (aunque el mío es más largo) y los ojos redondos. Aunque los míos son más grises, como los de mi padre. Los suyos son más inquietantes, como si albergaran una trágica historia. Y sé que es así. Hace mucho tiempo, antes de que yo naciera, mi madre no era tan feliz como lo ha sido a lo largo de mi vida.
Otra cosa en la que mi madre siempre me ganará es en el ballet. Lia Volkov era una de las bailarinas más conocidas del Ballet de Nueva York. Me pasé toda la infancia viendo sus actuaciones (en secreto, porque a ella no le habría gustado que las viera), totalmente fascinada. Quería ser como ella a toda costa, saltar hacia el cielo y saber exactamente dónde vas a caer.
¿Estoy en ese punto? Pues no. Estoy en una encrucijada en la que no tengo ni idea de si debería centrarme en la universidad o decidirme por ser bailarina profesional. Me enamoré del ballet a los cuatro años, pero todavía siento que los estudios me siguen llamando. Dado que las bailarinas tienen una vida profesional muy corta, no quiero verme sin nada en el futuro.
Eso si es que mi futuro no está ya decidido.
—Ah, ya sabes, lo de siempre. —Estiro una mano para señalar mi habitación en la mansión de los Paganos—. Soy la prisionera de Jer solo por las risas. Voy pasando de la torre de marfil a la jaula dorada.
Se le da fatal ocultar su sonrisa.
—No tiene gracia.
—Lo sé, lo sé, pero es que estás monísima cuando te pones sarcástica.
—Gracias, pero preferiría ser guapa en vez de mona, sobre todo teniendo en cuenta que estoy en la universidad y quiero parecer mayor. Y en serio, mamá, ¿no puedes hablar con Jer para que me dé algo más de libertad? A este paso moriré joven y será mi fantasma el que publique vídeos inspiracionales en TikTok.
Una arruga de la risa se mantiene en su rostro.
—Lo he hecho, y su respuesta fue que solo está cuidando de ti.
—Esa es una excusa para mantenerme encerrada.
—Una excusa con la que tu padre está totalmente de acuerdo. Sabes que no quiere que te pierda mucho de vista.
—¿Porque soy una chica?
Sus ojos se iluminan de un azul suave.
—Porque tiene demasiados enemigos y le preocupa tu seguridad.
Empujo hacia delante mi labio inferior para hacer pucheros de forma exagerada.
—Entonces ¿soy su debilidad?
—Los tres lo somos, pero también somos su fortaleza, Anni. Lo sabes, ¿no?
—Sí, pero esto es una mierda.
—Lo sé, lo siento.
—No pasa nada, no es culpa tuya y lo entiendo. Así es como debe ser. Simplemente estoy de mal humor. Pero basta de hablar de mí. ¿Cómo van las cosas por casa? ¿Vosotros estáis bien? ¿Me echáis de menos?
—No sabes cuánto. Actualmente estoy convenciendo a tu padre de buscarnos una casa en la isla de Brighton para poder vivir al ladito de ti.
—No, por favor, papá traerá consigo todo un ejército.
—¿Tú crees?
—Pues claro. ¿Te acuerdas la última vez que fuimos a Rusia por Navidad? Se me ponen los pelos de punta solo de pensar en ese cuerpo de seguridad. Y, cuando le pregunté si no creía que era demasiado, me dijo: «Pues claro que no». —Imité la voz impávida de mi padre y mi madre soltó una carcajada. Hasta su risa es elegante.
—Eres una demonio de cuidado.
—Pero me quieres.
—Claro que sí. —Suspira.
Entonces suspiro yo también. El pensamiento que lleva atormentándome tanto dormida como despierta se abre paso al frente, y yo me tomo mi tiempo para elegir las palabras.
—Oye, mamá.
—Dime, cariño.
—¿Papá está buscando pretendientes para mí?
Una arruga delicada se forma entre sus cejas.
—¿Por qué crees eso?
—¿No es ese mi destino?
—Todavía eres joven. Tu padre no piensa casarte a los diecisiete años.
—Voy a cumplir dieciocho, ¿y realmente importa si lo hace ahora o dentro de unos años?
—Ay, Anni, ¿por eso estabas tan decidida a ir a la universidad? ¿Creías que solo tendrías unos años antes de que te confiscaran la libertad?
—¿No es así?
—Adrian jamás te casaría con alguien en contra de tu voluntad. ¿Es que no tienes esa poquita fe en tu padre?
—Tengo poca fe en su mundo. Nuestro mundo. Las mujeres no son más que un accesorio bonito para el mejor postor. Soy consciente de que tendré que fortalecer las alianzas de la Bratva con alguien que sea merecedor de ello.
—Prefiero que me maten antes que permitir que te usen como peón.
—Gracias, mamá, pero no quiero ser el motivo del infortunio de nuestra familia. Cuando el pakhan le ordene a papá casarme con el hijo de otro líder o con alguien del crimen organizado, lo único que hará es acceder.
—No lo hará.
—Entonces lo tacharán de traidor y lo echarán.
—Anni…
—No pasa nada, mamá. Hace tiempo que hice las paces con este destino. Bueno, las paces tampoco. Más bien lo comprendo.
—No, no está bien. —Se acerca al teléfono con expresión seria—. Sí, el mundo en que vivimos es brutal, pero eso no significa que papá y yo no te vayamos a defender. Además, si resulta que estás enamorada, ¿quién querría casarte con un desconocido?
Separo los labios.
Eso es.
¿Cómo es posible que nunca haya caído en eso? Bueno, sí lo he hecho, pero no pensé que fuera algo relevante.
Hasta que mamá me lo ha confirmado.
Papá no me obligará a casarme con alguien en contra de mi voluntad, pero tendrá un motivo para negarse a cualquier pedida de mano si tengo un novio de verdad.
Nunca he tenido novio. A ver, he tonteado y he hecho todos los amigos que he podido, pero nunca he tenido nada oficial. Eso habría implicado meter en problemas al pobre chico con papá, Jeremy y todos sus guardaespaldas desalmados.
Me echo a temblar solo de pensar en la mirada reprobadora de Kolya, el guardaespaldas jefe de mi padre. Habría hecho trizas al chaval incluso antes de que se lo presentara a mi padre.
«Uf».
Pero, si así conseguía escapar de mi cruel destino, entonces merecía la pena intentarlo.
—¿Anni? ¿Estás ahí? —La voz de mi madre me saca de mis pensamientos.
—Eh…, sí. ¿Qué pasa?
—No le cuentes a tu padre lo que me acabas de decir, o se disgustará.
—¿Que me disgustaré por qué?
La cara
