Aparta de mi este cáliz

Luis Humberto Crosthwaite

Fragmento

Título

A MODO DE PRESENTACIÓN

Karla Rojas Arellano

Lo que a continuación se escribe es el resultado de la admiración y enorme cariño que siento por esta novela y por su autor. Me refiero a ellos en ese orden porque así los cono­cí. El título de este texto tiene la siguiente justificación: no se puede presentar lo que no necesita presentación; sin embargo, he sido honrada con la tarea de presentar la reedición de mi novela consentida Aparta de mí este cáliz, que cumple quince años y se mantiene tan joven y vigente como la primera vez que vio la luz.

En ella, el autor reinterpreta el mito y actualiza la historia de la figura mesiánica y salvadora de Jesucristo, lo cual ya es mucho decir. Tocar los símbolos sagrados y jugar con ellos, bajarlos del pedestal y ponerlos a vivir la cotidianidad de cualquier mortal es siempre un riesgo. En este caso, la pericia y el genio narrativos de Luis Humberto Crosthwaite logran que más allá del argumento y la estructura, la novela se mantenga vigente por su lenguaje, que además de conciso —característico del autor— se llena de poesía en los pasajes dedicados a una amada omnipresencia femenina. Estos pasajes poéticos revelan una sensibilidad que no ha sido explorada en otras obras del autor, quizá sea la razón por la que Aparta de mí este cáliz se vuelve particularmente entrañable. A diferencia de otros autores, que han escrito excelentes reseñas, yo no puedo centrarme solo en la figura del Jesucristo moderno, enamorado y terrenal. Me gusta pensar en el lenguaje poético con el que arma la trama de una novela que se vuelve un punto de inflexión en su obra.

Pero hagamos un poco de historia: la primera vez que leí a Luis Humberto Crosthwaite fue en la antología Hecho en México, compilada por Lolita Bosch. Misa fronteriza fue para mí una revelación, una epifanía que compartí con el protagonista. Me identifiqué con el autor, con su lenguaje, con su gusto por la música popular y la manera en que dejaba que todas esas referencias permearan su obra. Después de esa lectura me di a la tarea de buscar los libros del autor fronterizo del que tan bien hablaban Lolita Bosch y Javier Cercas. Así fue como llegué a esta novela. También podría decirse que fue así como me llegó La Palabra. Acúsome de dejarme apantallar por la pluma del escritor tijuanense a quien le bastó una palabra para sanar mi alma.

Aparta de mí este cáliz es un mosaico armado con las obsesiones del autor —con las que me identifico—; en ella se cuelan, a través de la vida de un Jesucristo norteño y fronterizo, las referencias a la música, el cine, la literatura y por supuesto: la Historia. El escenario es su ciudad, una Tijuana que se transforma y lo recibe luego de muchos años de encierro, cambiada, moderna, sin sus calles polvosas y sin pavimentar, sin los amigos que ahora son hombres casados llenos de obligaciones aburridas.

En la novela destaca la figura de un mesías, Jesucristo, que vuelve sin haber muerto y resucitado. Un mesías que encuentra todo cambiado pero al mismo tiempo igual: los intereses que mueven al mundo siguen siendo los mismos, las preocupaciones de la gente siguen siendo las mismas, sus seguidores siguen esperando los mismos milagros, las mismas manifestaciones de poder. A todo ello, sin embargo, se sobrepone el amor, pero también el deseo. El amor de Chuy por esa mujer omnipresente, amada y evocada a cada momento de su vida, el amor por Lázaro y su familia, los apóstoles y los muchachos. El deseo que representa Hortensia, esa presencia que lo vuelve un mesías carnal, mundano, terrenal. Un mesías que comete errores, que los paga caro o que simplemente no los termina de pagar, como lo del Pequeño.

La muerte del Pequeño es la cruz que debe cargar, una cruz metafórica pero que pesa tanto o más que la real. Para asegurarse de que cargue esa cruz está el Hermano, omnipresencia opuesta a la de la mujer amada. Luz y sombra en la vida de este Jesucristo de la frontera, los polos en su búsqueda de la verdad y la paz. Lázaro, como una especie de Virgilio, acompaña a este mesías en su búsqueda infructuosa. En un final abierto, el lector sacará sus propias conclusiones, la mujer amada no da las señales por las que él clama para sostenerse en su fe. Ya todo da igual, hay un destino ineludible que debe cumplirse. Se beberá el contenido del cáliz de dudas que la amada omnipresencia no apartó del protagonista.

Estamos ante una novela circular y onírica, en la que todo el tiempo volvemos al sueño que atormenta al prota­gonista. El cáliz que debe beber es el de la culpa, pero también el de la ausencia, el de la soledad antes de enfrentar la muerte.

Más allá de la posible polémica que pudieran suscitar el título y el argumento, prefiero enfocarme en el uso del lenguaje, darle voz a un hombre enamorado sin caer en los lugares comunes no es tarea fácil; Luis Humberto Crosth­waite logra transmitir la dimensión del amor de su personaje con las palabras precisas, profundas, contundentes. Logra que el lector anhele un beso como los que imagina su mesías enamorado y soñador.

Al final no importa si es o no crucificado, no importa si logra o no su misión de paz. Al final, el lector termina preguntándose quién es esa misteriosa mujer a la que se dirige con tanto fervor, con esa devoción que todo lo rebasa, por la cual emprende su trabajo mesiánico.

Al final, queremos saber quién es usted, Señora, y si el nuevo salvador ha podido besarla, besarla a usted.

APARTA DE MÍ ESTE CÁLIZ

Y hasta la vida diera
por vencer el miedo
de besarla a usted.
Gabriel Ruiz Galindo

I

Soñé que era Jesucristo y la besaba a usted.

Soñé que era Jesucristo y la besaba apasionadamente.

Besos mesiánicos, salvadores; besos en sus manos y sus pies.

Soñé que era Jesucristo y buscaba sus labios para besarla una vez tras otra.

Soñé que caminaba sobre agua, que tenía seguidores, que los romanos se impacientaban conmigo, que multiplicaba el pan, que me dejaba crecer el cabello, que me paraba encima de un monte y contaba parábolas y sonreía y me enojaba.

Y lo hacía todo por usted.

Tenía prisa de acabar con la misión que me habían encomendado. Todas esas responsabilidades me alejaban de su bendita presencia.

Me sentía recién casado en ese sueño. Le hablaba por teléfono cada hora, anhelaba un futuro repleto de hijos y nietos, lo imaginaba colmado de delicias.

Era un Cristo enamorado, un Cristo feliz.

II

Antes solo tenía un sueño recurrente. Uno solo que se repetía, que era imposible quitar.

Un momento estaba parado, más bien sentado en el borde de un muro, luego me caía. Abajo, abajo, abajo.

El sueño no empezaba cuando estaba sentado, no. El muro era una suposición, algo que materializaba la caída, algo que le daba una base lógica. El sueño, en sí, arrancaba cuando ya estaba cayendo. Abajo, abajo, abajo.

Tampoco tenía un final. Es decir, nunca me estrellaba con algo duro, con el suelo, con un piso o una calle; nunca moría hecho pedazos en el asfalto o ahogado en el fondo de un pozo. Simplemente caía. El sueño era la caída. Era un casi sueño, parcial pesadilla, sin historia.

No me gustan los sueños sin historia. No me gustan, para nada. Hubiera preferido otro. Un sueño con una trama más evidente, menos fragmentaria. En realidad nunca he tenido de dónde escoger. Un sueño, eso es todo. Ningún otro. Me acordaría.

III

En resumen: soñé que era Jesucristo en sus tres últimos años. Mi sueño era como esas películas de Jesucristo, pero distinto. Era un Cristo más terrenal: bebía, fumaba, moría por usted; pero también era mesiánico, con ideales, con sentido de justicia y de igualdad. Nada que ver conmigo y a la vez todo lo que era yo.

Usted estaba en ese sueño, era una presencia importante, omnipresente. Era mi motivación, la razón por la que había emprendido la misión de salvar a los hombres. Era la luz y la sombra de mi sueño, mi más grande dulzura y vanidad. Si me peinaba era por agradarle, si me sentía fuerte era para que usted estuviera orgullosa de mí. Mis pasos eran sus pasos, lo mío era suyo: acciones, palabras, ademanes y gestos.

Usted era mi diario, mi ego, el oído y la mirada en el desierto.

Yo mismo era distinto; es decir, yo, yo, yo, el mismo; a la vez, salvador de los hombres, con ideas innovadoras, constructivas. Mi meta era rescatar a la humanidad de sus pecados, claro; pero los medios diferían. Por ejemplo, tenía problemas con la crucifixión, me parecía sumamente grotesca, además de dolorosa. Pensaba que era un asunto superable, que se podía reemplazar con algún otro acto menos (cómo

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