Memoria de jóvenes airados

José María Sanz 'Loquillo'

Fragmento

cap-2

Nota del autor

Esta es una crónica, mi crónica, mi historia, la de mi adolescencia, personal e intransferible.

Esta es una aventura urbana, con leyendas infundadas, patrañas juveniles, titulares de los periódicos que marcan los acontecimientos históricos y el imaginario colectivo.

Hace historia, pero no lo pretende, aunque desde luego no habría sido igual antes de 1975 y tampoco sería lo mismo después del 2000.

Es una historia dentro de la historia de la Transición política, pero no es una crónica política.

Barcelona es su decorado, su telón de fondo, siempre presente, un personaje importante porque me define y se define.

La descubro, como a una mujer llena de misterios, y me la bebo de un trago, me pierdo en sus laberintos.

Es una Barcelona que ya no existe, es mi Barcelona, de la que ya no quedan más que cenizas.

La música está tan presente en cada línea que podría ser un surco de los discos de entonces, porque es el hilo conductor, sin ella, no se pone en marcha.

Siempre hay algo que suena.

La música es la que me cambia la vida, la que me enseña a vivirla.

Este es un libro con banda sonora.

Los amigos son los de siempre, los que perduran, cada uno en su camino, como las canciones.

La ciudad y las mujeres han sido pasto de las llamas.

San Sebastián, enero del 2010

Alpe

Jackie Stewart me mira todas las mañanas al levantarme.

Es el mismo ritual cada inicio de curso, así que ya me sé el guion.

Esta vez mi nuevo centro de estudios está cerca del anterior, a una parada de metro.

En el andén del metropolitano, se improvisan conversaciones en torno al F. C. Barcelona de Johan Cruyff: de si este año se repetirá el 0-5 en el Bernabéu, de la final que Holanda, llamada «la Naranja Mecánica» por su fútbol innovador, perdió frente a los alemanes en el Estadio Olímpico de Múnich; en aquel partido disputado el 7 de julio pasado todos habíamos deseado que los de Cruyff ganaran el campeonato frente a la selección teutona, totalmente abducidos por lo que el astro de la pelota representa.

Pero ¿qué representa? En poco tiempo todos los adolescentes usamos los calzoncillos que Johan Cruyff recomendaba sin necesidad de enseñar el paquete.

Se hacen conjeturas siempre con segundas intenciones acerca de cómo Richard Nixon ha abandonado la Casa Blanca después del caso Watergate, algo que a mí me tiene fascinado y que sigo como una serie de ficción, en la tele.

De política nacional nadie habla, o sí, porque hablar de fútbol es una manera de hablar de política.

Yo, sin embargo, sigo sin resolver el enigma: ¿Charly es una paloma o una chica? El hit de Santabárbara se hace interminable en las emisoras de radio.

Más que la diáspora vivimos la metáfora.

Espero ansioso que los viejos vagones de madera sigan funcionando, me dejo seducir por los viejos carteles que anuncian productos de entreguerras y viajo en el tiempo hasta que mi parada me devuelve a la realidad. A mi alrededor la gente, sonámbula, se deja llevar, cogidos a los manguitos, mansos, como corderos en dirección al matadero. Mi cabeza sobresale de la media gracias a un ritmo de crecimiento fuera de lo normal, así observo las cosas con cierta perspectiva.

… Las caras dormidas bañadas de incertidumbre, la crisis económica mundial llega a nuestro país en el peor momento, y el príncipe Juan Carlos, heredero de los principios fundamentales del Movimiento, asume de forma interina la Jefatura del Estado gracias a la enfermedad del dictador, que parece que al fin revienta; eso nos dicen y nos lo creemos, porque estamos acostumbrados a que nos lo digan una sola vez y una sola voz, mientras nuestros vecinos lusos hacen la revolución con claveles rojos.

Nada más poner los pies en la salida del metro de la plaza Universidad me cruzo con un colegio de niñas de uniforme que gritan y cotillean de todo lo que pasa y de todo lo que se menea; al pasar a su lado, mi rostro tiene el color de los tomates que descargaba de los camiones en la plaza del mercado del Clot.

Ellas no son las únicas dedicadas a la contemplación, todo paseante que cruza la plaza Universidad sabe que es observado a distancia por un destacamento de Land Rovers con sus respectivos ocupantes que tiñen de gris las ya de por sí plomizas mañanas de los lunes.

Papá me lo ha advertido al salir de casa:

—No pases cerca, nunca se sabe.

Vigila, vés amb compte. —Mamá, como siempre, llamando al mal tiempo.

Mi nuevo colegio está en el ojo del huracán.

Con los meses me acostumbraré a las miradas burlonas de las niñas de uniforme sobre mi altura y atuendo, propio de un chico de barrio que intenta desembarazarse de los horribles gustos de mamá; con los ocupantes del Land Rover aprendo a mantener las distancias.

El colegio Alpe, sito en la avenida José Antonio número 579, entre Aribau y Muntaner, comparte protagonismo con el santuario barcelonés del culto al billar: el salón Ibérico.

Su entrada, situada en los laterales del centro docente, es una invitación a la vida.

Empezamos bien.

Me presento al jefe de estudios; una vez cumplimentados los trámites de rigor pretende ejercer de cicerone; el griterío que sale de una de las aulas es el presagio de lo que se me viene encima.

Sin profesores a la vista, los alumnos sentados sobre las mesas se pasan el pitillo; al otro lado de la clase, un grupo de chicas forman coro ante el listo de turno que empuña una guitarra, que ya me parece una manera barata de llamar la atención.

La mayoría de mis nuevos compañeros me superan en edad; a pocos meses de cumplir los catorce, me estreno en un colegio de locos…

Chicas de uniforme, billares, alumnos fumando en clase, y los grises de mobiliario urbano, ¿quién da más?

En las aulas reina un ambiente de desordenada permisividad.

Acepto que mi aspecto y mi forma de pensar cambiarán radicalmente, contaminado por el ambiente. El colegio Alpe, que no son más que las dos primeras sílabas del nombre de su director, Alejo Pérez, es punta de lanza de otra manera de entender la enseñanza, «moderna y europea».

Una de las características del centro es la importancia de la cultura deportiva; jóvenes con proyección gozan de cierta licencia a la hora de poder asistir a los entrenamientos de sus respectivos equipos; hay quien llega con la beca bajo el brazo que el club correspondiente acredita. Como única condición se les exige formar parte del equipo escolar que compite en las ligas estatales. Así es como el colegio Alpe goza de una excelente reputación en los campeonatos nacionales que le da un aire de college americano, frente al poderío eclesiástico que sigue controlando y manipulando a su antojo la enseñanza en España.

Se crea un vínculo entre el alumnado y el college, un sentimiento de orgullo de pertenecer a un colegio diferente.

Las primeras clases de democracia me las dan unos profesores que sienten respeto por ellos mismos y por los alumnos, a los que se les invita a salir a fumarse un pitillo si no tienen un mínimo respeto por el conjunto.

Las asambleas entre alumnos y profesores son frecuentes, los representantes de cada curso son elegidos de forma democrática. La lucha social contra la dictadura lo impregna todo y nadie pregunta si en una jornada de huelga las clases aparecen desiertas.

En el barrio del Clot no hay mucho que rascar.

El ambiente en casa es claustrofóbico, pero en la calle vivo en primera persona el cambio de costumbres de una ciudad que empieza a ser referente para cientos de jóvenes que viajan a Barcelona para sentirse más cerca de la libertad.

El trayecto a mi nuevo centro de estudios siempre depara sorpresas. Unas veces son las obras de acondicionamiento del viejo metropolitano en expansión; otras, hay que aprender a sortear a la policía, que se ocupa de disolver las manifestaciones que se suceden cada vez más y con mayor intensidad.

En el otoño de 1974, hay una huelga general; no será la última. En Kinsasa, Muhammad Alí acaba de derrotar a Foreman en el Rumble in the Jungle ante la atenta mirada de Mobutu.

Atrapado en un fuego cruzado, paso un buen rato agazapado entre los coches aparcados mientras duran la confusión y las persecuciones.

Las manifestaciones son una buena excusa para perderme por las tiendas que florecen en las estaciones de metro ante mis sorprendidos ojos vendiendo todo tipo de chucherías; de tabaco a material escolar, pero, sobre todo, discos de vinilo que descansan en cubetas de madera y se venden a precios de saldo.

Lo que nadie quiere, me lo llevo yo.

Juego a adivinar a qué estilo musical pertenece tal o cual artista y no me importa si es Jimi Hendrix o Buddy Holly (este último me suena de las canciones de The Beatles), y ante la duda me llevo los dos.

Lo de Hendrix me parece un coñazo, pero lo de Buddy es una revelación. Buddy Holly Rocker es el título del «grandes éxitos» que suena a todas horas en casa.

Me camelo a mamá para que me borde su nombre en una vieja camisa de papá a modo de leyenda; me fabrico un lazo de cowboy como los que llevaban los cantantes en las fotos de los años cincuenta con una chapa de Pepsi Cola y unos cordones de zapatos.

Papá, que siempre está al quite, consigue unos auténticos jeans americanos de contrabando en los tinglados del puerto cuando está a punto de finalizar sus años de estibador.

Así me paseo por el barrio, ante la atenta mirada de los vecinos que me conocen demasiado como para llamarme la atención porque yo soy el hijo del Artillero.

A miles de kilómetros de distancia, las tropas norvietnamitas ocupan Saigón. Las cámaras de televisión muestran al mundo la derrota de la superpotencia estadounidense.

Mi pasión por el baloncesto crece día a día, las chicas del equipo femenino del Grup Barna —el equipo del barrio— me saludan mientras saboreo una Coca doble y mis compañeros se dedican a inventar chistes obscenos sobre mi cara, que es pasto del acné.

Me prometo a mí mismo formar parte del equipo de baloncesto del colegio y dejar el rugby: la melé no es para mí.

Así que mato las horas perfeccionando el bote del balón y releyendo una y otra vez Rebote, la revista que me pone al día sobre el baloncesto mundial, donde además descubro la historia de los grandes mitos como Wilt Chamberlain y Nate Archibald porque no tengo nada mejor que hacer desde que Jackie Stewart ha dejado de mirarme todas las mañanas. Nada es lo mismo desde su retirada.

El campeonato de Fórmula 1 de 1975 que se celebra en el circuito urbano de Montjuïc deja cinco muertos, al volar sobre el público el coche del piloto alemán Stommelen.

La carrera se suspende, vuelvo a casa en estado de shock.

Nunca más volveré a ver a Jackie Stewart.

En mi Scalextric, su Tyrrell Ford a escala reducida siempre compite con los fitipaldis de turno.

Visto un niqui marrón con su firma y una cazadora modelo Graham Hill de color azul; es mi posesión más querida.

Graham Hill salvó la vida a Jackie al rescatarlo de un accidente al principio de su carrera.

Desgraciadamente, en ese trágico 1975 Hill morirá en un accidente aéreo. Era un gentleman, de cuando ser piloto de Fórmula 1 era lo más parecido a pilotar un Spitfire en la batalla de Inglaterra durante la Segunda Guerra Mundial.

Arte y ensayo

El 27 de agosto de 1975 entra en vigor la ley antiterrorista y se declara el estado de excepción en toda España. La represión se recrudece, los registros en las casas son habituales, así como las torturas en las comisarías, en vigencia desde 1939.

La prensa es amordazada bajo amenaza de secuestro, cierre o multa, lo que tampoco es nuevo.

Todos los ciudadanos somos sospechosos de sedición, de auxilio a la rebelión y desorden público.

Un tribunal militar condena a muerte a once militantes del FRAP y de ETA, las muestras de repulsa al régimen llegan de todo el mundo, los países de nuestro entorno retiran a sus embajadores, el actor Yves Montand y el director Costa-Gavras son expulsados del país, la dictadura está cercada, se nos bombardea con eslóganes tipo «compra nacional» para beneficiar nuestra economía frente al boicot internacional.

Los cines de arte y ensayo o salas especiales (así llaman a las salas donde se proyectan películas en versión original o de calado intelectual) proyectan películas o documentales musicales en torno a viejas leyendas del r’n’r como Keep on Rockin’, la stoniana Gimme Shelter, Help, de The Beatles, o la epopeya de autopista Easy Rider. Cines como el Ars, el Maryland o el Balmes no ponen problemas a los adolescentes que apuntan maneras cinéfilas; imágenes y sonidos se archivan en pequeños compartimentos de mi cabeza para su uso posterior; todo sucede a gran velocidad.

¡Soy una cámara!

Rebelde sin causa en programa doble: James Dean, enfundado en una cazadora roja, me envía un mensaje alto y claro, hace que olvide el título de la película que va a continuación.

Exploro como un buscador de oro las marquesinas de los cines cercanos, como aquel que tiene nombre de película de Hawks: El Dorado; es mi pasatiempo favorito entre clase y clase.

American Graffiti, del director George Lucas, se estrena en el cine Rex; su frase publicitaria se graba en mi cabeza como una señal luminosa: «¿Dónde estabas tú en el 62?».

¿Qué quiere decir? ¿Cuál es la solución al jeroglífico?

Cuando al fin consigo ver el film en el cine Gayarre, de la carretera de Sants, cambia mi vida.

Es la señal, se conectan todos los circuitos que hasta entonces funcionaban por separado: es el momento de ser como ellos, un joven rebelde que descubre la vida a ritmo de r’n’r y cultura pop.

Como todo adolescente que se precie, me identifico fácilmente con los personajes: John Milner, interpretado por Paul Le Mat, con la sombra de Jimmy Dean planeando sobre él, es un tipo duro que sabe tratar a las chicas y poner a raya a sus competidores. Al volante de su Ford Coupé pichicateado pronuncia una frase para la historia: «La música se ha ido al infierno desde que Buddy Holly murió». Kurt es un jovencísimo Richard Dreyfuss aspirante a escritor que analiza cada una de las acciones en que se ve envuelto, se hace preguntas, duda, sabe que no puede permanecer en el mismo lugar mucho tiempo. Busca durante toda la película a una rubia inalcanzable que conduce un T-Bird… A mí, en el fondo, lo que realmente me pone es formar parte de una banda como los Faraones.

James Dean, r’n’r, rebeldía adolescente, el cóctel perfecto.

Solo, en mi habitación realmente pequeña, paso las tardes conectado a los cascos del pick-up que Padre me ha comprado en los bazares del puerto para no molestar.

Todo se derrumba a mi alrededor.

Papá está cada vez más sordo, le queda muy poco para su jubilación, porque así es la vida para un estibador: cuando tu cuerpo no responde y tu espalda es una continua tortura, te jubilan. A eso, el Artillero —su alias en el frente— suma y sigue: la guerra civil, la retirada, los campos de concentración en playas de Francia, los batallones de castigo, volver, el puerto; hoy tiene cincuenta y seis años y la salud hecha trizas, las piezas de su rompecabezas ya no encajan unas con otras.

Los domingos monta en su vieja Mobylette y no vuelve hasta que se hace de noche.

Todo es cuesta abajo para él, ambos en el mismo camino, el uno lo hace de ida; el otro, de vuelta.

Las melodías del cantautor Joan Baptista Humet vibran en el ambiente de una Barcelona gris y agotada, el reflejo de otra Cataluña, la realidad de la inmigración y el extrarradio: «Aceptar que tú eres tú y que nunca serás usted».

En el barrio del Clot todo sigue igual, el tiempo se ha detenido, lugar de paso para delincuentes juveniles. Impera el rollo quillo: el pantalón de campana y la rumbita de banda de extrarradio.

Vivo en el centro de mí mismo, amo la soledad, no quiero ni pretendo el contacto con nadie, tengo mi música y mis películas para protegerme, es la pura esencia adolescente. En el mundo real estamos al borde de una guerra con Marruecos, los acontecimientos se desbordan mientras los payasos de la tele, Gaby, Fofó y Miliki, nos preguntan: «¿Cómo están ustedes?…».

El 20 de noviembre de 1975, «Gone at Last», de Paul Simon, se convierte en el hit de mi habitación; haciendo caso omiso a los gritos de mamá, canto por casa como un poseído. Franco ha muerto, y eso sí que hay que celebrarlo; el cava se descorcha, hay abrazos entre los vecinos y lágrimas en los ojos; suben y bajan por el rellano de la escalera, escaso resumen de todos aquellos años de pobreza, amargura y silencio.

En la tele Arias Navarro, el Carnicero de Málaga, anuncia el óbito con un semblante que es objeto de todo tipo de burlas, chanzas y chistes, no es para menos, sus orejas nunca lucieron tanto ni dieron tanto esplendor a los chascarrillos patrios.

Al día siguiente, una cola de sumisos de todo pelaje y condición rendirán, junto con miembros del ejército vencedor en la contienda civil, el último tributo al jefe de Estado, retransmitido en la tele y a todo color, lo cual ya dice mucho de la nueva vida que nos espera; hasta entonces, la única tele en color que había visto era la del bar La Pilarica, donde aplicaban un filtro de plástico de tres colores a la pantalla. En Barcelona, Juan Antonio Samaranch, presidente de la Diputación de Barcelona, vestido para la ocasión con uniforme del Movimiento, pronuncia el discurso en el funeral celebrado por la gloria del dictador.

Algunos piensan que muerto el perro se acabó la rabia, y otros reviven el miedo en el cuerpo, todo queda en un río revuelto y la consabida ganancia de pescadores.

Mis hormonas no están de funeral, mis pensamientos se resumen en cómo distribuirme los días de duelo que nos han caído del cielo, un buen momento para organizar una fiesta y tener la oportunidad de volver a sentir su presencia.

Tiene los ojos verdes y se pasa el día apartándose el cabello de la cara con estudiada delicadeza. No es del barrio, pero se deja ver. Al resto les parece caprichosa y quebradiza. A mí, en cambio, su presencia me invita a soñar.

«Después de bailar sus canciones favoritas —fantaseo—, ¿se sentará a mi lado como copiloto en los autochoques de una feria en retirada que apura las últimas tardes de noviembre?».

La miraré asombrado recogiendo su falda plisada con ese movimiento que siempre me ha parecido excepcional en las mujeres».

[Fundido en negro].

Pero nadie está para fiestas.

Cuando, a las pocas semanas, consigo hablar con ella, se limita a decirme que no estoy a su altura durante la clásica visita al rompeolas.

Me ha parecido que las olas golpeaban con fuerza, el viento no se detiene. Señalando los tinglados del puerto, pregunta a quemarropa:

—Tu padre trabaja ahí, ¿verdad?

Asiento.

—Y tú, ¿qué puedes ofrecerme? ¿Canciones?

Tiene al barrio guardando cola, como canta Serrat en «Para piel de manzana».

Más tarde me contarán que no es lo que parece, que su barrio no se diferencia mucho más del mío. Ella también quiere largarse cuanto antes del suyo.

La realidad impone su ley, pliego velas y me encierro en casa.

El miedo recorre las calles. La gente no se mira.

Se representa la farsa de la normalidad. Los fantasmas del pasado toman asiento en el comedor de casa; pasarán con nosotros una larga temporada.

¿Dylan? ¿Dylan Thomas?

Dylan Thomas es uno de los poetas más importantes del siglo XX, con una leyenda etílica a sus espaldas: abandono este mundo después de haber tomado dieciocho whiskies…

La música se ha convertido en el centro de mi vida, y Paul Simon, en el compañero de viaje en mi transición a la adolescencia.

Vivo en un perpetuo invierno.

Soy una roca.

Soy una isla.

Un amigo del barrio, Joseba, tiene un hermano mayor que es algo así como nuestro guía musical. Él nos da a conocer el primer disco de Paul Simon, que poco tenía que ver con el éxito planetario que años más tarde cosecharía con Garfunkel; las versiones primerizas de lo que serán sus grandes éxitos suenan distintas.

Me fascinan las portadas de los primeros discos de Simon & Garfunkel, sobre todo la de Wednesday Morning 3AM; se les ve en el andén de una estación de metropolitano, con aire de jóvenes universitarios criados al calor de «la nueva frontera» de JFK.

En la portada de Paul Simon Song Book, Paul aparece junto a una chica londinense que intuyo que debe de ser su novia: juegan con unos muñecos de cuerda, sentados en una calle empedrada que me recuerda la primera secuencia de Rebelde sin causa.

Un verso de la canción «A Simple Desultory Philippic» es una parodia del estilo que Bob Dylan imprime a sus composiciones; Paul Simon hace un juego de palabras muy propio del folk-rock, hablando de alguien que confunde a Bob Dylan con Dylan Thomas. ¡Ah!, pero ¿no es el mismo?

Como tengo mis dudas, pregunto si se trata de un nuevo cantante a mi profesor de literatura, un tipo que parece salido de una protesta universitaria en Estados Unidos contra la guerra de Vietnam que me aclara el tema.

No encuentro ningún ejemplar de su poemario en las librerías del centro, así que tengo que encargarlo a una editorial argentina llamada Corregidor, lo que es muy normal, parece ser.

La primera vez que intento leerlo no entiendo nada.

veo a los muchachos del verano en su ruina

convertir en eriales los dorados rastrojos,

desdeñar las cosechas y congelar los suelos;

y allí, en su ardor, el invernal diluvio

de amores escarchados, persiguen a las niñas,

y echan en sus mareas los sacos de manzanas.[1]

Con el otro Dylan la cosa es mucho más fácil.

Los chicos mayores del barrio andan siempre con sus discos, escucho la banda sonora de Pat Garrett & Billy The Kid, película de domingo tarde en el cine Rívoli dirigida por Sam Peckinpah. Y me zambullo sin complejos en su música.

Una de las revistas musicales del momento anuncia las traducciones al castellano de todas sus canciones en dos volúmenes con el título de Escritos, canciones y dibujos de Bob Dylan.

A las pocas semanas recibo el primer volumen de la editorial Aguilera Castilla; la conexión es perfecta y jugosa, me acerco a su biografía, me intereso por los escritores y poetas de la generación beat como todo adolescente impetuoso con aspiraciones, busco desesperadamente En el camino, del escritor Jack Kerouac, en las librerías del centro, tengo prisa en conocer a Neal Cassady.

Con Joseba y un par de amigos del barrio intentamos montar una banda de rock. Todos queremos ser Bob Dylan, menos Eduardo, que prefiere ser John Lennon. A mí me da por escribir canciones que nunca cantaré y me compro una batería de quinta mano que nunca tocaré. Los fines de semana nos dejamos caer por bodegas de aire bohemio, bebemos vino y de vez en cuando nos llega alguna colilla de hash.

Pido prestado a papá el abrigo de marinero del abuelo; escondido tras unas gafas oscuras como Dylan, acaricio mi pelo rizado y pongo cara como de pensar algo profundo.

Los sábados primaverales escapo a Calella en el tren de la costa, donde nos iniciamos en el innoble arte del cortejo a las turistas.

Ellas, las turistas, están muy lejos de dejarse atrapar por un chico introvertido con gafas oscuras de pasta que escucha a Dylan; prefieren a los exóticos quillos de la rumbita que se pasan el día haciendo gracias a su alrededor en la playa, tocando las palmas y cantando insufribles éxitos de extrarradio sumisos como ellos solos.

Me voy alejando del barrio, y la estética del r’n’r se impone.

Marienbad

Marienbad es un balneario situado a ciento setenta kilómetros de Praga donde Alain Resnais rodó su film El año pasado en Marienbad, además de ser el título de una canción de la musa de la progresía europea Barbara.

Pero Marienbad es también el nombre de la cafetería junto al colegio Alpe; vive de nosotros.

Mato las horas antes, durante y después de las clases junto a tipos que hacen la vida en los billares.

Se llama Jaime Fábregas, pero todo el mundo le llama Bi, cuentan que por su afición a llevar los pantalones de pinzas muy subidos de cintura, los zapatos bicolores y el pelo cubierto de brillantina.

Es alto y no pasa desapercibido con ese look retro. Jaime transmite energía, y su sombra llega siempre con retraso. Tiene madera de líder y está convencido de que el mundo le pertenece.

Despacha su vida social en la terraza de la cafetería, que da a la Gran Vía; los rayos de sol se reflejan en sus Ray-Ban.

Es fan de un grupo de glam llamado Sparks.

Compartimos la última fila de la clase y un corte de pelo a lo marine.

Eso une mucho.

A los pocos días de conocernos, lo amenazan con expulsarlo primero de clase y después del colegio.

—No pueden expulsarme, señor, yo no estoy matriculado aquí.

—¡¿Que no está matriculado en este centro…?!

—No, voy a la academia Fivaller, que está a la vuelta de la esquina, vengo aquí porque me queda más cerca de los billares; si no se lo cree, pregúntele a este…

Jaime desafía los límites, hace de cada día una aventura.

En los billares del salón Ibérico la vida fluye según su curso natural; bajas las empinadas escaleras y te encuentras en una realidad diferente donde reina un silencio respetuoso, de santuario.

La luz de la calle se desliza por unas pequeñas ventanas que hacen de respiraderos, las viejas lámparas cuelgan sobre las enormes mesas de billar francés. Distribuidas simétricamente, crean el ambiente propio de un decorado de Hollywood.

El calor de las mesas, el verde del tapiz, las bolas rodando, el sonido seco de las carambolas, el rozar de la tiza con el taco, el crujir de la madera al paso; todo forma parte de un ritual de iniciación a la vida bajo el aroma de Varón Dandy y la bruma del humo de tabaco.

Jaime se deja ver con la flor y nata de unos jugadores de pelo grasiento, guayaberas y un sempiterno puro, que parece que no reciben nunca los rayos del sol. Se mueve con una soltura impropia para su edad: está en su elemento, en su casa, y hace de mí su cómplice.

Otros jugadores se muestran apostados en los límites, lucen orgullosos sus tirantes y su bigote a lo Alfredo Mayo, actor monumental e icono del ideario franquista que resume su pasado militar; alguno de ellos es veterano de la guerra de Sidi Ifni.

Una mañana vinieron a buscarnos. Se terminó nuestra patente de corso y la impunidad con la que contaba por mi buena conducta.

Al pasar lista se dieron cuenta de que la mitad de la clase no asistía a la primera hora y bajaron a los billares; en el salón solo pululábamos nosotros, por supuesto, al toque acusaron a Bi de estar detrás de todo. De nada sirvieron sus quejas, advirtiendo no estar matriculado en el centro. Los dos terminamos en el purgatorio: yo arrepintiéndome de mis pecados, y Jaime, prisionero de su propia trampa.

Como no vivimos en el mismo barrio, sus padres terminan por llamarle al orden. A mí no me queda otra que centrarme en los estudios si quiero salvar el curso.

Jaime ya no se sienta a mi lado, ni tampoco aparece por clase; los profesores le saludan, y eso según él ya no tiene gracia.

Al salir de clase viene a buscarme. Nunca pregunto de dónde toma prestadas las vespas con las que recorremos Barcelona, sudando gomina y buscando chicas y problemas.

Las chicas están a punto de llegar, y los problemas los intuyo a la vuelta de la esquina. Con la policía tomando las calles a caballo y las manifestaciones estudiantiles plantándoles cara a golpe de adoquín, lo fácil es escaquearse de las clases.

Unos, por solidaridad revolucionaria. Y otros, por tener cosas más importantes que hacer: aprender a jugar al billar francés.

La Monumental

Muerto Franco, el antifranquismo toma la calle. El nacionalismo catalán diseña su hoja de ruta. La ultraderecha sigue desfilando y yo me mantengo a la expectativa. Papá me aconseja no meterme en líos —ya los ha tenido todos él—, asegura que es el momento de los oportunistas.

En el colegio, simpatizantes falangistas me hablan de una revolución pendiente.

La prima Ángeles me invita a fiestas donde se cantan canciones de los popes de la nova cançó y se habla mucho, demasiado, de una entelequia llamada Països Catalans.

La mayoría de los participantes en esas reuniones vienen de centros católicos. Papá siempre dice que no me fíe un pelo de la gente de misa. Me dejo llevar, pero me resulta más excitante e infinitamente más divertido ejercer de DJ para los mayores, que después de las discusiones filosóficas se pasan a «los lentos» de los Beatles.

«Hey Jude» dura más de siete minutos, pero parece que no se acaba nunca; las peroratas nacionalistas, lo mismo.

Soy invitado al concierto de Lluís Llach: el chico de moda entre las chicas lánguidas canta canciones reivindicativas, pero todas se paralizan cuando canta «Que tinguem sort».

Su ambigüedad hace el resto.

Son los primeros conciertos de Llach tras la muerte del dictador, una noche emocionante y llena de esperanza.

Es enero de 1976, el cura pacifista Lluís Maria Xirinacs pide la amnistía de los presos políticos en la puerta de la cárcel Modelo. Me ha parecido verlo cruzar la avenida Meridiana en alguna ocasión.

Las manifestaciones ocupan las calles de la ciudad.

Las consignas son: «Libertad, amnistía y estatut de autonomía».

Santiago Carrillo, dirigente comunista en el exilio, entra en España con una peluca ridícula, toreando a las fuerzas del orden y dispuesto a pactar con los herederos del franquismo una transición ejemplar que no rinda cuentas con el pasado.

«Sobre todo con el suyo», dice papá, que asegura que viene a cobrar el retiro.

Descubrimos la verdadera cara del comunismo leyendo Archipiélago Gulag, del escritor soviético Aleksandr Isáyevich Solzhenitsyn, que gana el Premio Nobel y es de lectura obligada.

Los grises siguen a lo suyo, disolviendo, deteniendo, apaleando; los gerifaltes del antiguo régimen tocan a rebato, la clase obrera a la huelga general.

En Vitoria, la policía dispara con resultado de muerte a tres trabajadores a la salida de la asamblea que se celebraba en la iglesia de San Francisco de Asís, otros dos morirán a los pocos días.

Es 3 de marzo de 1976, Fraga Iribarne es ministro de Gobernación, y Rodolfo Martín Villa, de Relaciones Sindicales.

El 4 de mayo aparece el primer periódico con vocación democrática tras la muerte de Franco, El País; aquí en casa se publica el primer diario en catalán después de la dictadura, Avui.

La sensación general es que «la cosa» puede saltar por los aires en cualquier momento.

Son frecuentes las salidas anticipadas de las aulas y las asambleas de estudiantes para dar apoyo a esta o aquella manifestación.

Los grises entran en el colegio, pero no en los billares. Somos desalojados por las fuerzas de seguridad, que nos hacen un pasillo, persiguen a los estudiantes que se esconden tras la algarada callejera.

Ante la magnitud de la tragedia me pierdo por la sección de discos de El Corte Inglés.

¿Sabes que la portada de un disco puede cambiarte la vida?

Elvis: The Sun Collection es todo un descubrimiento. Las canciones suenan distintas, todo es más sucio y misterioso, pienso que poco tiene que ver con las pelis que vemos los sábados por la tarde, donde Elvis baila entre chicas maravillosas y playas tropicales; un tiempo después serán las canciones de la Velvet Underground con sus guitarras metálicas y la voz de un jovencísimo Lou Reed que me atrapara por completo; para cerrar el círculo, aquella desconcertante retaguardia femenina en la portada, que por supuesto en España es censurada.

El impacto más grande es un vinilo de Phil Ochs, I Ain’t Marching Anymore.

El cantautor norteamericano aparece sentado en el suelo con las manos en los bolsillos de su abrigo de marinero, apoyado en la pared de un sucio callejón forrado de carteles medio arrancados y pintadas pacifistas. Con las suelas de sus zapatos agujereadas, Phil me está diciendo algo que no alcanzo a comprender; sin saber cómo, deslizo el disco en mi bolsa de deporte en la sección de discos de El Corte Inglés y me lo llevo a casa, desconozco que acaba de suicidarse ahorcándose con su cinturón.

Refugiado en un pub cercano, me convierto en DJ ocasional y también en la mascota de un nutrido grupo de veinteañeros que deambulan sin ninguna intención de cambiar el mundo.

Pincho los éxitos del momento y les cuelo al vuelo el r’n’r clásico que voy encontrando en la discografía del local.

Pinchando novedades y clásicos aprendo mucha psicología observando al personal. Eagles, America, Creedence Clearwater Revival,el Blood on the Tracks, de Dylan, y en general mucho rock sureño, que es lo que suena con regularidad.

Las chicas me tratan con cariño, soy inofensivo.

Visten ajustados tejanos 501 americanos de importación y camperas compradas en una tienda al final de las Ramblas, las botas de las que Bob Dylan habla en su canción «Boots of Spanish Leather», según cuenta una leyenda urbana.

Me enamoro un par de veces al día. Todas se parecen a Carly Simon.

A última hora de la tarde se pierden entre risas en la oscuridad de un reservado que siempre será un misterio para mí.

Entre los camareros hay un par de tipos de gimnasio contratados para ofrecer cobertura de seguridad en el concierto de los Rolling Stones en la plaza de toros Monumental, el primer concierto que sus satánicas majestades ofrecen en España. (Hago lo imposible para que me cuelen, me presto a realizar cualquier tipo de trabajo).

Así paso la tarde-noche, almacenando todo tipo de botellas y cámaras que se requisan a un público que permanece atento a lo que pasa fuera de la plaza; los grises en actitud amenazante esperan su momento.

Una multitud sin entrada intenta una avalancha desordenada para poder tener acceso al recinto; algunos desde el interior piden que se abran las puertas de acceso; la policía carga y en un momento aquello es el infierno de Dante.

El humo de los gases lacrimógenos llega al interior de la plaza; un servidor se queda en la retaguardia. En la calle la policía persigue todo lo que se menea movidos por una ceguera represora cotidiana y un instinto natural.

Poco concierto pude ver. Luego me dirán que no tocaron «(I Can’t Get No) Satisfaction». En mi corta vida he visto una colección de tipos raros tan numerosa; los cigarrillos de hash corren de mano en mano y no salgo de mi asombro. He vivido un momento clave en la historia de la contracultura; podía contar que había visto, oído más bien, a los Stones del Black and Blue con Ronnie Wood. Es el 11 de junio de 1976.

Los Stones influyen en las bandas de rock españolas que poco a poco se abren paso tras la muerte de Franco. Por mi parte, odio sus jodidos fulares de colorines y purpurina, pero sobre todo odio a los tipos que se creen Mick Jagger y se levantan a las chicas guapas de la clase.

¡Por no hablar del horrible perfume a pachulí!

A partir de entonces, los Rolling Stones pasan a mejor vida.

Lo tengo claro.

The Who son más brutos. Su batería, un loco llamado Keith Moon, es una mala bestia. Rompen guitarras y baterías en el escenario y hacen mucho ruido. Suenan con frecuencia en el pick-up de mi vecino de arriba a toda castaña.

La imagen de Roger Daltrey crea moda. Sus fans manifiestan sin complejos:

—Ni Beatles ni Stones… ¡Los Who!

Me quedo a cuadros la primera vez que veo Tommy en el cine, los mismos cuadros que adornan los pantalones de Elton John.

Para mí, la imagen de un artista es tan importante como su música.

David Bowie ha dejado de ser mi marciano favorito; su estética años treinta revisitada, pantalón de pinzas, zapatos bicolores, americanas cruzadas con hombreras, y ese corte de pelo con raya en medio me seducen de inmediato. Ha nacido el gran Duque Blanco.

Lou Reed con su cuero negro y su Rock & Roll Animal en directo se convierte, después de un viaje iniciático a Cadaqués, en mi nuevo punto de referencia; qué putada no haber sabido antes de su existencia. En marzo de 1975 se presentó en Barcelona. Dicen que simuló que se inyectaba heroína durante el concierto y que algunas de sus canciones fueron censuradas por el Gobierno Civil.

Coney Island Baby se convierte en mi disco favorito. En «A Gift» afirma: «Soy un regalo para las mujeres de este mundo», y pienso: «Joder, qué chulo el tío».

Cuelgo la letra en la pared de mi dormitorio, me corto las patillas y me compro unas Ray-Ban de espejo.

Diarios de baloncesto

Como todo el mundo sabe, en el colegio Alpe hay manga ancha a la hora de lograr un aprobado con el que salvar la cara en casa si destacas en alguna especialidad deportiva.

Yo sigo en progresión y al quite de cualquier oportunidad que me pongan por delante, participo en torneos que organiza el F. C. Barcelona que no tienen otra utilidad que la de buscar materia prima para sus equipos inferiores.

Germán González, además de ser mi entrenador en el Grup Barna, es también una realidad del baloncesto blaugrana, cosa que facilita las cosas; escudado en mi timidez, soy poco dado al cuerpo a cuerpo, pero pronto la dureza en el trato marca de la casa causa el efecto deseado y aprendo a utilizar los codos con excelentes resultados.

Alpe es un lugar perfecto para enterarte de todo lo relacionado con el mundo del básquet; jugadores y entrenadores con aspiraciones rondan a diario; es un secreto a voces que ejerce de filial del F. C. Barcelona.

Jugando en los equipos inferiores del decano del baloncesto español, el C. D. Layetano, me formo como jugador después de abandonar el equipo del barrio.

Enemigo molesto de los grandes, vivió momentos de gloria a finales de la década de los cuarenta y principios de los cincuenta, cuando se proclamó campeón de liga; es un club de socios de tinte exclusivo propio de la zona noble de la ciudad.

En poco tiempo me vine arriba; al terminar la temporada me reclutaron para una experiencia de cierta repercusión en la prensa deportiva.

La Federación Española buscaba elevar el nivel de jugadores en el panorama nacional bajo el original nombre de Operación Altura.

Quince días de concentración en Valls (Tarragona) con las jóvenes promesas del baloncesto español.

Elegidos para la gloria con la excusa de saciar las canteras de los grandes clubes, en este caso el blaugrana, comparto dormitorio con varios chavales que saben tan poco como yo de la vida.

Dos veces al día, en régimen cuasi militar, salto a la cancha con la intención de comerme el mundo. Mi escaso metro noventa contrasta con la altura de muchos jugadores, pero lo tengo claro: sé que es la plataforma perfecta para mi futuro en algún equipo de los grandes.

Se llama Richy, es de Hospitalet, lo tengo visto de algún que otro partido, porque no pasa desapercibido: moreno, con un tupé de manual, patillas cortadas y cazadora de cuero negro.

Richy no es técnicamente muy espectacular en la pista, que digamos, pero es pura vida fuera de ella, que es lo que cuenta.

Es él quien prepara la primera salida nocturna; demasiados días encerrados en el tétrico seminario de Valls que alberga a cincuenta adolescentes con las hormonas a punto de ebullición y más salidos que un tucán.

Salou está a tiro de piedra y hacia allí nos dirigimos, si no fuera porque unas chicas se cruzan en nuestro camino de la estación de tren. Richy las tantea con estilo de chico de ciudad (cuando uno está fuera de su entorno, no es un chico de barrio obrero, sino de Barcelona) y en un instante estoy bailando canciones italianas con una joven frente a una gramola mientras se alinean unas cervezas a las que no estoy muy acostumbrado.

Las horas pasan, estoy lejos de casa y de su influjo materno. Es la hostia.

Al día siguiente por la tarde, las chicas, riéndose de vete a saber qué, observan nuestras habilidades desde la grada, y nosotros, miembros de tan excelsa expedición nocturna, jugamos a ser estrellas. Me siento el Pistol Pete Maravich del Clot.

Los responsables de la concentración no tardan en llamarnos a capítulo, lo que añade un plus de peligrosidad al asunto.

El primer día de descanso nadie vuelve a casa, los garitos cercanos a la playa de Salou son testigos de mi bautismo en la nocturnidad.

Cuando nos pillan fumando hash en la habitación y nos expulsan de inmediato, me creo morir, pero Richy lo cura todo con su poderío y su sentido del humor.

Carlos, cercano a los dos metros, tiene un futuro brillante como jugador. Nos observa con curiosidad sin acercarse demasiado, nosotros lo sabemos. La expulsión de la concentración le da la excusa que necesita, se ofrece a darnos cobertura en la zona, vive a unos kilómetros, y de paso se une a la fiesta; nos consagramos a descubrir los placeres de la noche ya sin la obligatoriedad de los entrenamientos.

En casa no saben nada, así que me lo tomo con calma, ya volveré cuando se me acabe el vil metal; no tengo nada que perder, pienso, luego existo, hasta que me roban la cazadora de cuero negro. En el local de moda, sufro mi primera depresión adolescente. Si ser expulsado resultaba humillante, que te roben la chupa es… el fin del mundo.

Renuncio y vuelvo de bajón a casa.

Me despido de Richy. A Carlos no lo volveré a ver: a las pocas semanas muere en un accidente. Me persigue obsesivamente la idea de que yo podía haber corrido la misma suerte.

Tengo una fotografía coral junto a todos los participantes en la concentración. Presumo de una camiseta con la inscripción: «Cocos Layetano», a propósito de un artículo aparecido en un periódico deportivo donde se habla de mi equipo (C. D. Layetano) como los cocos de la liga de aquel año; la guardo en un cajón.

Las chicas de mi calle ya no me interesan, los amigos del barrio se han quedado atrás.

Jaime sigue siendo la ventana al exterior, vamos juntos al reestreno de Rebelde sin causa en el Tívoli en medio de los calores del verano.

Siento la obligación de escapar de lo que me rodea; ya no veo pasar los trenes desde el balcón de casa, la estación cerró hace tiempo.

Estoy en vía muerta.

Suárez es el presidente del Gobierno, tras la dimisión de Arias Navarro; se aprueba el decreto de amnistía; presencio en directo la primera celebración de 11 de septiembre, Diada de Cataluña, la primera desde la muerte de Franco organizada por la Asamblea de Cataluña.

Me busco en las fotos del diario Avui, se dice que cerca de cien mil personas han estado presentes. Cataluña apuesta por la recuperación de su autonomía, arrebatada por el franquismo; se escuchan discursos llamando a la unidad de todos los catalanes.

En casa se preocupan mucho, mamá y la tía Rosita viven con el miedo en el cuerpo; papá, de vuelta, agrio, amargo, asegura que los mismos individuos que habían pactado el reparto de poder tras la Guerra Civil con las autoridades franquistas protagonizan ahora un nuevo acto de la obra con el añadido de los partidos de la nueva izquierda burguesa; los grandes beneficiarios serán, como siempre, las grandes familias de la alta burguesía catalana que controlan el territorio desde la revolución industrial.

Y lo dice a voces, porque cada vez oye menos y se enfada más.

He conseguido aprobar las tres asignaturas que me quedan en septiembre: Filosofía, Formación del Espíritu Nacional y otra que no recuerdo, más las dos que arrastraba de mi anterior curso, Matemáticas y Química. Está claro que lo mío no son los números.

A diferencia de Padre, la política a mi compadre Joaquín le importa bien poco.

No pierde el tiempo pelando la pava con las chicas del barrio, con las que no hay nada que rascar; abonado a las boîtes del extrarradio, se deja ver con bellezas de arrabal y organiza fiestas en su casa cuando sus padres se largan de fin de semana a su pueblo de Aragón; los Slade son su banda favorita y está a la última del look Samblancat, la tienda quilla por excelencia de la ciudad: su corte de pelo tiene forma de campana con raya en medio, un prodigio de ingeniería.

Joaquín será mi pasaporte para abandonar definitivamente el barrio. Salas de baile en los centros católicos, áticos camuflados y fiestas de colegio como las que se organizan La Salle Gracia, sus lugares de influencia.

En La Salle se pintan fiestas en las propias aulas con la excusa de recaudar no sé qué fondos para no sé qué viaje; si te aburres, puedes jugar un partido de básquet en el patio, mostrar las habilidades en la pista, como quien no se deja ver y pasar la tarde.

Mientras suena música acelerada no hay problema, lo terrible llega en los lentos. Se me cae el mundo encima cada vez que pienso en sacar a bailar a una de las chicas que me miran y que están más asustadas que yo.

Ignoro el protocolo. Normal, en casa no se habla de esas cosas: la educación sexual siempre multiplicada por cero. Ser hijo tardío de un matrimonio mayor solo empeora las cosas.

Confío en mi instinto, me dejo llevar, salgo al patio y meto unas canastas.

Jugando un partido en la cancha de La Salle Gracia conozco a Óscar Manresa, un chaval de la Barceloneta, alto, moreno y bien plantado.

Óscar dice que hace ver que estudia en La Salle Condal; falsifica un carnet escolar para poder entrar en las fiestas sin problemas.

Es un hombre de «mundo» que sabe moverse gracias a su labia portentosa. Hay quien dice que se conoce a los ganadores en la línea de salida…

En el fragor de una partie de domingo por la tarde conozco a Montse.

Me invita a bailar una lenta de un dúo americano llamado los Carpenters. Me lleva a un lugar seguro y oscuro.

Yo no digo nada.

Aquel día no jugué ningún partido en la cancha de baloncesto.

El roce hace el cariño, nos vemos con frecuencia en parques cercanos a su centro de estudios. Su meta es estudiar Ciencias Políticas o algo así. La mía, no llegar a casa con graves problemas a causa del calentamiento global.

Montse fuma tabaco mentolado que me refresca la garganta y lleva gafas redondas como las de John Lennon; a mí los Wings de Paul McCartney me parecen más modernos, pero Montse busca mi mano y todo resulta muy naif.

Me aburro de inspeccionar su ropa, de sus excusas y de su miedo escénico. Escucha a Serrat, y eso termina por crearme depresiones y problemas de identidad.

Al final, como era de esperar, se afiliará al PSC.

¿Dónde estabas tú en el 77?

No hay vuelta atrás. La ley de reforma política se aprueba en diciembre de 1976.

Mientras todo el mundo canta «Libertad sin ira», canción que el grupo Jarcha ha grabado coincidiendo con la salida de un nuevo periódico, Diario 16, los GRAPO secuestran al general Villaescusa. En Madrid, la ultraderecha asesina a tiros a cinco abogados laboralistas con despacho en la calle Atocha y lo llena todo de sangre, miedo e indignación. La calle clama en un silencio ensordecedor en su trágico entierro.

Se reconoce el derecho a la huelga, aunque la ley de peligrosidad social, heredera de la de vagos y maleantes, sigue sin derogarse; en abril se disuelve, eso dicen los papeles, el Movimiento, y se legaliza el PCE en plena Semana Santa. Vuelven los exiliados: la Pasionaria, Alberti; con el pelo blanco y el andar cansado, ya no son los que eran, el país que dejaron se parece tan poco al que soñaron en el

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