Hilde
Wiesbaden, 22 de marzo de 1938
La primavera llega sigilosa a la ciudad. Las flores del azafrán, amarillas y moradas, empiezan a despuntar en la hierba del parque del Balneario, los narcisos alargan sus hojas verde lima desde el suelo. A esta hora, alrededor del mediodía, apenas hay tráfico en Wilhelmstrasse, los transeúntes pasean ante los escaparates de la amplia avenida y algunos intrépidos ocupan ya las mesas de las terrazas para disfrutar del inicio de la primavera con una taza de café.
—¿Vienes conmigo? —le pregunta Hilde, de doce años, a su amiga.
Gisela se detiene y tira hacia delante de las correas de la pesada cartera del colegio, que se le clavan en los hombros. Lo piensa un momento, pero sacude la cabeza con pesar.
—No, mejor hoy no. Mi madre quiere llevarme a la modista. Van a hacerme dos vestidos nuevos.
—Qué suerte —dice Hilde con un suspiro—. Tu madre siempre tiene tiempo para ti.
—Bah… —suelta Gisela de mala gana—. Si quieres, nos cambiamos: tú vas con mi madre a la modista y yo me quedo con la tuya en el Café del Ángel.
Pero Hilde tampoco quiere eso. Para empezar, la madre de Gisela es bastante estricta, y además ella no cambiaría el Café del Ángel por nada del mundo.
—Hasta mañana, entonces —se despide de su amiga.
—Hasta mañana. ¿Me dejarás copiar los deberes de cálculo a primera hora?
—Por mí…
Gisela se despide con la mano y sale corriendo en dirección a Webergasse. Se ha quitado la chaqueta azul y la ha colgado encima de la cartera, donde ondea como una vela al viento. Hilde se vuelve hacia el café de sus padres y ve el ángel mofletudo de chapa dorada que se balancea por encima de la puerta con una cafetera en las manos. También allí hay clientes sentados a las mesas que Finchen ha sacado a la acera.
—¡Mira, si es Hilde! —exclama una mujer gruesa, abrigada con pieles—. Dime, ¿ya has salido de clase?
Es la señora Knauss, que tiene bastante dinero, según dice la madre de Hilde, y por eso le ha dado instrucciones de ser muy educada con ella. Aunque le haga preguntas tontas, como por ejemplo ahora.
—Sí, señora —responde, y hace una pequeña reverencia.
La señora Knauss sonríe con displicencia y le comenta a su amiga Ida que los niños de hoy en día ya no aprenden como antes. La amiga, que aferra su taza con aspecto de estar helada de frío, asiente con la cabeza. También el joven que las acompaña comparte esa opinión.
—¿Desean algo más? —pregunta Hilde.
Suena exactamente igual a como lo dice siempre Finchen, la camarera. A Hilde le encantaría servir a los clientes, pero no la dejan.
—Tres cafés con coñac… —pide la señora Knauss, y añade que Hilde es una muchachita muy eficiente.
Ella también lo cree. Antes de entrar en el café por la puerta giratoria, se descuelga la cartera de la espalda. Es importante que lo haga, ya se quedó atascada una vez. Dentro la saludan más clientes, porque el Café del Ángel cuenta con muchos parroquianos habituales. Algunos van a media mañana, se toman un café o un vinito y leen el periódico.
Hilde los saluda y va directa al mostrador de cristal de los pasteles, donde Finchen, está sirviendo dos trozos de tarta de chocolate en platos de postre.
—Tres cafés con coñac para fuera —pide con el deje habitual de las comandas.
Después se sienta a la pequeña mesa que hay justo al lado del mostrador y deja la cartera donde no se vea. En realidad no le permiten hacer los deberes aquí abajo, en el café, porque su madre opina que hay demasiado ruido y Hilde no puede concentrarse. Pero no es verdad. Hilde está convencida de que el Café del Ángel es el mejor sitio del mundo para hacer los deberes. Con el tenue golpeteo de la loza, el tintineo de las cucharillas y los tenedores de postre, las conversaciones, los murmullos y las risas de los clientes se siente a gusto y como en casa. ¡Y esos aromas que llenan el establecimiento! El café recién hecho, el olor a vainilla, almendra amarga y chocolate, el matiz del kirsch o del coñac, e incluso los periódicos y el humo del tabaco… Todo se combina para formar ese aroma maravilloso y vivo que caracteriza al Café del Ángel.
Saca el cuaderno de cálculo de la cartera y busca un lápiz. Sentada a esa mesa, las numerosas tartas del mostrador la protegen de las miradas de su madre, y su padre no se fijará en ella porque justo ahora llegan los cantantes de ópera de su ensayo. Los actores y los músicos del Teatro Estatal van siempre al Café del Ángel, todos son amigos de su padre y aquí sienten que son bienvenidos.
Hilde se retira las trenzas rubias tras los hombros para que no la molesten y empieza a resolver los cálculos. En los ejercicios más difíciles mira hacia el techo de estuco, contempla las onduladas decoraciones y, así, enseguida encuentra la solución. En cálculo es la mejor de la clase, nadie es tan rápido como Hilde Koch. Las redacciones son lo único con lo que se atasca, y a veces tiene que pedir ayuda.
—Vaya, Hilde, ¿sabe tu madre que estás aquí? —pregunta Finchen, que pasa junto a ella con la bandeja bien cargada.
Tres trozos de Selva Negra, dos de pastel de queso con nata. Seguro que son para los actores, que siempre se llenan la tripa. Los cantantes de ópera apenas comen nada a media tarde, para así tener bien la voz por la noche. En cambio, después de la función van al Café del Ángel y se hinchan a ensalada de patata, huevos a la mostaza, salmón ahumado y otras delicias. A esas horas, por desgracia, Hilde ya está en la cama. Solo la dejan estar en el café por la tarde, cuando Marlene trajina en la cocina. Marlene es la cocinera de platos fríos, y buena amiga de Hilde porque siempre le da a probar lo que prepara.
—Tú eres la catadora —le dice—. Tienes que comer un poquito de todo. Si no, no puedo servirlo.
Marlene es menuda y delgada, y tiene los ojos verdes. Cuando trabaja, siempre lleva un pañuelo que le recoge todo el pelo. Ha enseñado a Hilde a preparar los huevos a la mostaza y a cortar el salmón ahumado. Con un cuchillo afilado, haciendo lonchas inclinadas y muy finas…
—Se le da bastante bien —le comentó a Else, la madre de Hilde.
—Lo principal es que no te moleste —replicó esta.
Su madre todavía no lo sabe, pero Hilde está decidida a ser la jefa del Café del Ángel algún día. Ya lo habló con su padre, y él le dijo que estaba de acuerdo.
—Dentro de diez años —asintió—. Entonces serás mayor de edad, hija mía, y podrás hacerte cargo del negocio.
Aunque con él nunca puede estar segura de que al día siguiente no cambie de opinión. Su padre es el mejor padre del mundo, pero lo que dice su madre va a misa. Así son las cosas en el Café del Ángel. Y arriba, en casa, también.
De pronto la situación se complica, su madre acaba de aparecer en el salón del café y mira alrededor. Mierda. ¿Se habrá chivado Finchen? ¡Pero qué mala es! Marlene jamás lo haría…
Sin embargo, su madre ni se fija en ella. Se acerca a la mesa de la ventana, donde su padre está con la gente de la ópera.
—Heinz, si no te importa… Te necesito un momento —lo llama, y sonríe a los clientes para disculparse.
Él está bien enseñado. Se levanta enseguida y va a hablar con su mujer en voz baja junto al mostrador de los pasteles.
—Eso no puedo hacerlo, Else, y menos con Max Pallenberg, que el año pasado murió de una forma tan espantosa…
Hilde aguza los oídos. Conoce al cantante y actor Max Pallenberg por la foto que cuelga en la sala de al lado. Firmada, por supuesto. El Café del Ángel está lleno de fotos con autógrafos. Las hay en todas las paredes, la mayoría enmarcadas en cristal, algunas montadas sobre cartón. Muchas están amarillentas, pero aun así su padre se siente muy orgulloso de ellas y siempre dice que son el mayor tesoro del Café del Ángel.
—La de Pallenberg puedes dejarla —susurra su madre—, pero la de Kortner tiene que desaparecer. Y la de Klaus Mann también. Esa, la primera.
—Eso es oportunismo cobarde, Else. ¿Qué pensarán mis amigos de mí?
—¡Es supervivencia pura, Heinz! Está con todo su séquito ahí mismo, en el pabellón de Kochbrunnen. A tiro de piedra de aquí.
—Es un hombre refinado, Else, y ama el teatro…
Hilde oye la risa de su madre. No suena alegre, sino más bien cínica.
—¿En qué mundo vives? ¿En el de los sueños? Si se le ocurre venir y ve fotografías de artistas judíos, montará en cólera y nos cerrará el café. Así son las cosas.
—Qué dices, Else…
—De momento voy a colgar a Gründgens tapando a Kortner. Encima de Klaus Mann irá Richard Strauss, y August Bebel desaparece ahora mismo.
Su padre se resigna sacudiendo la cabeza. Era de prever.
—Lo de Bebel puedo aguantarlo, Else, pero los demás… ¡Es una vergüenza!
—Tú déjame a mí, Heinz.
Acaricia la mejilla de su marido y él suelta un largo suspiro antes de volver a sentarse con los cantantes. La mirada de su madre recorre la pared de fotografía en fotografía y entonces se fija en Hilde, que está sentada a su mesa, tiesa como una vara, disimulando.
—Y tú ¿por qué estás aquí, Hilde? ¿No te tengo dicho que los deberes se hacen arriba, en casa?
La mejor defensa es la distracción.
—Pero ¿quién está en el pabellón de Kochbrunnen, mamá?
Su madre resopla y Hilde ve que contesta de mala gana.
—El Führer. Adolf Hitler. Está de visita en Wiesbaden.
Ah, sí, Hilde lo recuerda. En el colegio han hablado de ello. El señor Kimpel, su tutor, ha dicho que es un gran honor para la ciudad.
—¿Y va a venir aquí? ¿A nuestro café?
Hilde está emocionada. Si mañana cuenta en clase que el Führer ha estado en el Café del Ángel, ¡se quedarán todos boquiabiertos!
—No es seguro, pero tal vez sí… ¿Dónde se han metido los chicos? August tiene que barrer la acera…
Hilde levanta los hombros, lo cual significa que no tiene ni idea. Y, en efecto, no puede saber dónde están Willi y August en este preciso instante porque han salido con las bicis. Se han ido al barrio de Biebrich, a la propiedad de Rupert Knauss, donde hay un estanque con renacuajos y pulgas de agua. Porque August tiene un acuario.
Por suerte, su madre la deja tranquila y se dedica a cambiar las fotografías de las paredes. Lo hace de una forma muy astuta. Descuelga varias como si tuviera que limpiarlas, pero no vuelve a colocarlas todas. Mientras Hilde está pensando qué hará con los huecos vacíos, oye a Axel Imhoff algo más allá, en la mesa de los cantantes, que exclama:
—¡Lo sabía! ¡Es el día más feliz de mi vida! Cantar el Radamés ante el Führer… ¡Dios mío! No me lo puedo creer…
«Ajá —piensa Hilde—. Si Adolf Hitler va a la ópera esta noche, seguro que después viene aquí, porque estamos justo enfrente». Mira con disimulo hacia los cantantes, que de pronto están exaltadísimos. Esta noche representan Aida, de Verdi. Hilde se sabe todas las óperas porque desde pequeña ha estado con la gente del teatro en el Café del Ángel. Addi Dobscher cantará también, pero no el Radamés, porque no es tenor sino barítono. Addi es un hombretón, ya tiene algunas canas y siempre habla como desde dentro de un barril de cerveza, pero es muy simpático y además vive arriba, en la casa.
—Que vaya al teatro o no —comenta alzando la voz—, a mí me da lo mismo.
—No digas eso, Addi —interviene Sofia Künzel—. Goebbels estará con él. Tal vez consigas ir a los estudios de Babelsberg para hacer una película… —Suelta una carcajada y se divierte con el gesto despectivo del hombre.
—Eso solo pasaría si fuera delicado, rubio y… una chica —añade Addi con media sonrisa.
Sofia Künzel también cantará esta noche. Hace de Aida, aunque en realidad es demasiado mayor para el papel. Y está gorda. Sin embargo, cuando sale al escenario y canta, todos creen que es muy joven. Hilde ha estado un par de veces en la ópera porque siempre les regalan entradas. Aquello es magnífico, todo dorado y brillante, y forrado con terciopelo rojo. Su padre le explicó que, antes, el káiser se sentaba en el palco central. Pero Hilde se durmió a mitad de Los maestros cantores porque la música no se acababa nunca.
—¡No os entiendo! —se indigna Axel Imhoff—. Se trata de un honor. Poder cantar para el Führer es…
En ese momento, el maestro repetidor Alois Gimpel y el periodista Hans Reblinger entran en el café por la puerta giratoria. Saludan a los cantantes y se quitan el abrigo, dan unas palmaditas a las redondeadas caderas de Finchen y piden un café.
—Haya paz. Se ha vuelto al hotel Rose. Por lo visto quería descansar y cambiarse para la noche, pero el botones dice que se ha pasado todo el rato hablando por teléfono…
«Entonces seguro que no vendrá», piensa Hilde, decepcionada. Pasa junto a la tarta de chocolate y entra en la cocina, donde ve que Marlene ya ha llegado. Vaya, hombre. Y ella todavía tiene que escribir esa dichosa redacción. «Por qué amo mi ciudad». ¿Qué puede decir sobre eso una persona normal? Que Wiesbaden es bonita. Pero Fráncfort también lo es, y cuando van de excursión en coche a las montañas del Taunus, también aquello es precioso…
Pasea la mirada por todo el café. Le llama la atención Hans Reblinger, que discute acaloradamente con el tenor Axel Imhoff, el Radamés de esta noche. Más allá, en el rincón, está sentada la señorita Wemhöner, sola, con un té y una tarta de fruta. Es modista del teatro y confecciona todo el vestuario. También vive arriba, en la casa. Aunque es pelirroja, a Hilde le parece guapísima. Es delicada y tiene unos ojos muy misteriosos. Su padre ha comentado alguna vez que la señorita Wemhöner no nació ayer. Hilde sopesa si pedirle ayuda, pero luego decide que no, seguro que se vuelve enseguida al teatro con los cantantes. Es mejor que pruebe suerte con Eddi Graff. Él es actor, y está en la mesa de al lado, con el periódico ante las narices.
Tras una rauda mirada hacia la sala del reservado, donde su madre está cambiando fotografías, Hilde saca el cuaderno de la cartera y se va directa a Eddi Graff. Este debe de haberlo intuido, porque deja el periódico antes de que llegue a su mesa.
—¿Y bien, Hilde? —dice sonriendo—. ¿Otra de esas estúpidas redacciones?
—Sí, y esta vez es más estúpida que nunca…
—Pues siéntate conmigo.
Eddi Graff es mayor, tiene casi cincuenta años, pero todas las mujeres de Wiesbaden suspiran por él. Es por sus sienes plateadas, dicen. Y porque sobre el escenario interpreta unos personajes muy sugerentes. A Hilde le parece que en realidad es muy normal y que, si no actuara en el teatro, pasaría bastante inadvertido.
Necesita gafas para poder leer el cuaderno.
—«Por qué amo mi ciudad» —lee en voz alta, y se queda pensativo.
—¿Qué puedo escribir sobre eso? —pregunta ella con un hondo suspiro.
—Ya… —Sonríe—. Piensa en un bonito día de verano. Sin colegio. ¿Qué te gustaría hacer?
—Ir a nadar. Pasear por la orilla del Rin. O construir una cabaña en el jardín. O ir al parque del Balneario a montar en barca…
Perfecto. Ya tiene algunas ideas. Comprar caramelos y piruletas. Pasear con sus amigas por el centro histórico. Montar en bici junto al Rin. Las viñas… El palacio de Biebrich… Ah, sí, y el parque del Balneario con su gran estanque. También Wilhelmstrasse con sus plátanos, claro. Y el Café del Ángel. Eso desde luego. Eso es lo más importante de todo lo que hay en Wiesbaden.
El hombre la ayuda a ordenar un poco las ideas y luego todo va como la seda. Ya tiene una página entera; solo media más. Hilde decide que con eso vale. Cuando se escribe mucho, también se cometen más faltas.
—Gracias —le dice a Eddi Graff con una gran sonrisa—. Ha sido usted muy amable. Ahora sé que amo mi ciudad, y por qué.
—Sí —contesta él—. Afortunados aquellos que pueden considerarla su hogar. —Sonríe con cierta tristeza y se reclina en la silla.
En la mesa de la ventana, los cantantes se levantan y se ponen los abrigos para ir al teatro. Addi Dobscher ayuda a Julia Wemhöner con el suyo, el padre de Hilde le pone a Sofia Künzel la capa de pieles y le escupe por encima del hombro izquierdo.
—¡Suerte, suerte!
Hilde aprovecha para guardar el cuaderno con la redacción a toda prisa en la cartera. En la cocina, Marlene cuchichea con Finchen. Están muy exaltadas y ni se percatan de que ha entrado.
—Me lo dijo ayer —susurra Marlene—. Ya tiene los pasajes para el barco. Pasado mañana zarpa hacia el otro lado del charco. A Nueva York…
—¿Quién? —pregunta Hilde.
—Pues Eddi Graff. Pretendía llevarse a Julia Wemhöner… pero ella no quiere abandonar Alemania.
Hilde no entiende nada. ¿Por qué van a abandonar Alemania? Si él acaba de decirle que se siente afortunado de que esta ciudad sea su hogar.
—Es porque son judíos —explica Finchen—. Los judíos son nuestra desgracia.
—¡No le digas esas cosas a la niña! —la riñe Marlene.
Luisa
Finca Tiplitz, cerca de Marienburg,
Prusia Oriental, abril de 1938
«Este año traerá grandes cambios», eso dijo la abuela en Nochevieja durante el tradicional vaticinio del futuro echando plomo fundido en agua fría. Luego se quedó mirando el fuego de la chimenea con la cara muy seria. Luisa no soporta a su abuela, lo cual es mutuo, pero cree que su predicción es acertada. Es por el cielo. A Luisa nunca le había llamado la atención lo grandioso que puede ser el espectáculo de las nubes en la amplitud del cielo, la belleza de sus colores y sus formas, lo deprisa que pasan sus imágenes cambiantes. Esta mañana temprano, mientras Joschka, el mozo de cuadra, los ayudaba a ensillar los caballos, el cielo parecía hecho de mármol con vetas grises: una masa densa y quebradiza que brillaba rojiza por el este.
—Es como la lava que escupió el gran Vesubio —comenta Oskar, que durante las vacaciones tiene que estudiar porque se juega pasar de curso en el instituto de Danzig—. El volcán cubrió con ella la ciudad de Pompeii, y asfixió y calcinó a todos los que vivían allí…
Le hace una elocuente señal con la cabeza a Luisa y monta. La yegua, Leni, recula un par de pasos y parece a punto de encabritarse, pero Oskar enseguida la domina. Tiene diecisiete años y monta desde pequeño, igual que su hermano mayor, Jobst. También Luisa, que tiene catorce, se subió por primera vez a lomos de un Trakehner con cuatro años. Esos nobles animales se crían desde hace muchísimo tiempo en la finca Tiplitz y, según le contó su padre, los venden por todo el mundo. Su padre nunca sale a cabalgar, si acaso monta alguna vez en carruaje, y solo si el clima acompaña. Él le lleva los libros a la abuela. Cuando alguien lo busca, casi siempre lo encuentra en la biblioteca.
—Se dice Pompeya, no «Pompeii» —señala Jobst, con gesto de desesperación—. Chico… ¡No sueltes semejantes barbaridades en el examen de recuperación!
A Oskar se le oscurece el semblante; es ambicioso y lo pasa mal porque no tiene buena memoria. Sacarse el bachillerato y luego hacer carrera de oficial es una cuestión de honor para un Von Kamm. Aunque lo que él pretendía era, sobre todo, impresionar a su prima Luisa con sus conocimientos de historia, y Jobst ha tenido que estropearlo y dejarlo en ridículo con sus comentarios de tiquismiquis.
—Son pequeñeces sin importancia… —refunfuña.
—Y tú qué sabrás, mocoso.
Mientras, también Luisa ha montado y se ha colocado bien en la silla. Flavia, la hermosa yegua parda, se remueve inquieta y rechaza con un resuello iracundo el torpe intento de acercamiento por parte del castrado Balduin.
Jobst hace retroceder enérgicamente a su montura.
—Que estás capado, amigo —dice con una sonrisa—. No lo olvides.
Luisa va a la cabeza del pequeño grupo y los dos chicos la siguen a poca distancia. La granja es una construcción de tres alas en cuyo centro se encuentra el imponente edificio de ladrillo de la antigua casa señorial. Frente a ella han dispuesto un suave césped con bancos de color blanco, estatuas y parterres de flores por donde las damas de la casa pueden pasear con sus invitados. A la derecha se levantan las caballerizas. El ala izquierda la componen dos cobertizos para los carruajes y los automóviles de la señora, y detrás están las dependencias de los empleados.
Cabalgan por el ancho camino de arena que bordea el césped hasta llegar al muro, donde tuerce a la izquierda y sigue hasta la verja. Los jóvenes contemplan en silencio el veleidoso cielo matutino, que el sol desgarra por el este como si abriera un desgastado telón oscuro. El espectáculo de las nubes es de una belleza arrebatadora, pero a la vez también sobrecogedor, pues parece que alguien hubiese abierto una brecha en la bóveda celeste por la que, de repente, la luz se cuela con un brillo cegador.
—Impresionante, ¿verdad? —comenta Jobst.
Luisa le da la razón. Mientras salen por la verja y toman el camino del lago, la grandiosa pirotecnia de las nubes desaparece y la luz de la mañana invade todo el cielo. Por debajo predomina un paisaje llano. Amplios campos de labranza que se extienden cubiertos ya por los primeros indicios de la primavera, prados de un intenso verde lima y cargados de una humedad que pronto contribuirá a que la vegetación crezca robusta. Al fondo, oscuros bosques copados por hayas, robles y píceas, en los que volverá a tener lugar la cacería de otoño.
Luisa, que sigue encabezando el grupo, espolea a su yegua y la deja galopar un trecho. Siente las miradas de sus primos en la espalda; es una sensación excitante, nueva. Cumplió los catorce en enero, y su cuerpo se ha transformado en pocas semanas. Ahora tiene pechos pequeños y en punta, y la cintura fina. La menstruación, algo que su madre le profetizaba desde hacía años suspirando con pena, por fin le llegó y ella está orgullosa de ser ya una mujer. Es agradable que Oskar y Jobst, que están pasando las vacaciones de Pascua en la finca, la miren con un nuevo y respetuoso interés. Antes se divertían tomándole el pelo a «la mocosa», a veces incluso le gastaban bromas pesadas, y en cambio ahora Luisa siente que tiene poder sobre ambos. Jamás haría un mal uso de ese poder, pero le gusta poseerlo y ponerlo a prueba. Para salir a cabalgar esta mañana no se ha recogido la larga melena negra bajo la gorra; la ha dejado suelta. Ondea al viento como una sedosa bandera fúnebre y, cuando se le alborota, enseguida echa ambas manos a su precioso cabello y lo domeña, aunque sabe bien que el viento volverá a jugar con él dentro de nada.
Por mucho que haya llegado la primavera, todavía hace frío. Ante sus bocas y los ollares de los caballos se forma un vaho blanco, en los surcos profundos de los campos aún se ven los relucientes encajes de la escarcha. Están a principios de abril, y puede que la tierra quede cubierta otra vez de nieve en cuestión de horas. Como para llevar la contraria, en el bosque han florecido numerosas anémonas, una esponjosa nube blanca y primaveral que ha descendido hasta la tierra. Las pequeñas florecillas deben darse prisa, porque en cuanto a los árboles les salgan todas las hojas, en el suelo les faltará la luz.
El río Nogat aparece ante sus ojos, y entonces Luisa detiene a la yegua y se vuelve hacia los dos chicos.
—Has galopado con mucho brío, Luisa… —comenta Oskar sonriendo de oreja a oreja—. El gordo de Balduin está agotado, ¿verdad, Jobst?
Jobst parece algo molesto. Lo cierto es que Joschka ha sobrealimentado al castrado durante el invierno y no le ha sentado nada bien, pues ahora le cuesta seguir el ritmo a sus hijas Leni y Flavia.
—¡Ahí, mirad! —exclama Jobst, que no quiere seguir hablando del cansancio de su caballo—. Están cortando bloques de hielo en el río. Qué trabajo más pesado. Sudan una barbaridad…
El invierno ha sido duro, ha convertido ríos y lagos en gruesas capas de hielo. En primavera, cuando empieza el deshielo, el viento a menudo empuja los témpanos hasta la orilla, donde se apilan y, cuando el agua vuelve a congelarse en las noches frías, forman montañas blancas. La gente de los pueblos se pone manos a la obra con sierras y hachas, entre todos cortan bloques y los llevan a neveros subterráneos, donde aguantan durante meses. El hielo para las fresqueras de las ciudades es un buen negocio en verano. Aquí, en el campo, la vida es árida, los inviernos largos y gélidos, el tiempo para la siembra y la cosecha escaso. Los aldeanos son quienes peor lo tienen, por eso aprovechan cualquier oportunidad para ganar un dinero extra.
Los tres jóvenes se quedan a mirar cómo cortan el hielo, y con las manos se protegen los ojos del sol, que ya ha conquistado el cielo gris tórtola de la mañana. Unas nubecillas blanquecinas se desplazan sobre el paisaje, acarician prados y campos con sus sombras creando formas nuevas y maravillosas sin parar. En la hierba de la orilla se han reunido aves acuáticas: cisnes, patos y gansos. Junto a ellos, una colonia de cigüeñas hace una pausa en su viaje hacia el norte. Pronto llegarán también las grullas. A Luisa le encanta su fuerte griterío, y cuando la despiertan de buena mañana corre a la ventana para verlas surcar el cielo. Vuelan en formación de cuña, una flecha de criaturas aladas que se dirigen a un destino lejano dictado por su instinto. Ya de pequeña, al verlas sentía el deseo de unirse a su viaje. Poco le importaba adónde la llevaran ni cómo se las arreglaría por el camino.
—¿Nos acercamos hasta la orilla? —pregunta a los chicos.
—Por mí, bien —responde Jobst, que por ser el mayor es quien casi siempre decide la ruta de la salida a caballo de las mañanas—. Luego volveremos siguiendo la linde del bosque.
Desde allí se ve la silueta inexpugnable del castillo de Marienburg, una construcción de ladrillo rojizo amablemente iluminada por el sol. Erigida en su día como fortaleza de la Orden Teutónica para frenar los ataques de los paganos, ahora se alza como baluarte de la Prusia Oriental contra los enemigos del este: polacos, checos y rusos. Así se lo explicó a Luisa su padre. Casi todo lo que sabe de geografía e historia tiene que agradecérselo a él. También la enseñó a leer y a escribir en su momento, y a contar, y enseguida le dio libros para que leyera. La abuela solía echar pestes al ver que «el pobre Johannes» invertía tanto tiempo y esfuerzo en algo tan innecesario, porque su padre está enfermo y con frecuencia tiene que guardar reposo. Cuando es el caso, se sienta en su butaca con una manta en las rodillas, aunque a veces debe quedarse en cama. Entonces Luisa tiene prohibido molestarlo. Pero en más de una ocasión se ha escabullido para verlo en secreto y se ha quedado sentada a su lado, callada, como si lo estuviera velando. Una vez la abuela la pilló y, como castigo, la encerró todo un día en la sala alicatada del sótano, donde en otoño despellejan la caza y destripan a los animales. La abuela no es una buena persona. Solo quiere a su hijo Johannes, y quizá a Oskar y a Jobst, sus nietos varones. A su propia hija, la tía Ingrid, la trata siempre con severidad, y a la madre de Luisa como si fuera una sirvienta. No, la abuela es una mujer mala. Seguro que algún día irá al infierno por sus pecados.
No llegan a la orilla del río porque en el camino se encuentran charcos de barro muy profundos y cubiertos por una fina capa de hielo. Antes de hacer girar a los caballos, miran una vez más hacia Marienburg. Una bandera roja con una esvástica ondea en lo alto de un frontón.
—El bastión de la juventud alemana —dice Jobst con tono burlón—. ¡Menuda ridiculez!
—¿Por qué? —quiere saber Luisa.
Hace medio año, con esa pregunta no habría conseguido de Jobst más que una broma tonta, como mucho. Ahora es diferente. Ahora la toma en serio.
—Porque son el populacho —explica, y resopla con desdén—. La plebe, gente inculta. Igual que en el ejército. Es increíble quién puede llegar a oficial de la Wehrmacht hoy en día. Cualquier pelagatos… Basta con demostrar las «convicciones adecuadas».
Escupe a un lado y guía a su castrado para enfilar el camino de vuelta. Oskar lo sigue, Luisa se queda la última. Está pensativa, intenta comprender qué irrita tanto a Jobst. Seguramente vuelve a ser por los nacionalsocialistas, los «nazis», como suele llamarlos la abuela sin ocultar su desprecio. En la familia no están bien vistos. Luisa intuye que es porque no pertenecen a la nobleza. La abuela y todos sus amigos y parientes son de alta cuna y están muy orgullosos de sus antepasados, oficiales de alto rango que dieron su vida por la patria en alguna batalla. Los nobles se mantienen unidos, se casan entre sí y sus hijos llegan a oficiales, o bien heredan la finca familiar. A veces incluso ambas cosas.
«Con el káiser, la nobleza todavía contaba para algo», suele decir la abuela. Luisa le preguntó a su padre qué significaba eso y la respuesta que recibió fue que, en la época del Imperio, los altos cargos del gobierno se otorgaban casi en exclusiva a miembros de la nobleza. También los del ejército, desde los generales hasta los meros tenientes eran siempre nobles.
Si ha comprendido bien a Jobst, ahora otras personas pueden ocupar esas posiciones. Gente de a pie. «El populacho», ha dicho su primo. «La plebe». Luisa entiende que Jobst esté molesto. Este último año ha empezado la formación militar y aspira a una carrera de oficial. Qué desagradable debe de ser encontrarse allí con el populacho. Los nazis son unas personas muy extrañas. Salvo Adolf Hitler; a él, Oskar y Jobst lo admiran porque gobierna con mano de hierro, ha hecho limpieza y ha echado a todos esos partidos del Reichstag. Eso dijo Oskar hace poco, y Jobst estuvo de acuerdo con él.
Ahora el cielo parece más alto, su azul es más oscuro, las nubes nadan perezosas en él, como lana mullida. De vez en cuando, uno de esos vellones de lana tapa el sol y suaviza un momento la luz resplandeciente de la mañana para luego dejarla brillar de nuevo con toda su fuerza. Todavía se puede ver a través del bosque. Solo las píceas se alzan oscuras contra el sol matutino, a las hayas apenas les brota alguna hojita de las yemas rojizas. Oyen el esforzado repiquetear de un pájaro carpintero. En los prados hay grandes charcos de agua cuya capa de hielo se ha derretido ya. Las ranas celebran la estación, las hay a miles en los riachuelos y los lagos. Por las noches, su croar se oye hasta en la casa señorial.
—Seguro que el año que viene ya seré brigada —le dice Jobst a su hermano—. Mi primer baile de oficiales. Es un gran acontecimiento, y no solo por el baile en sí. Allí se conoce a gente, ¿sabes? Se hacen contactos. Sin eso, no se llega a nada…
—Ay, ojalá me hubiera sacado ya el dichoso bachillerato —comenta Oskar con un suspiro—. La Wehrmacht no me da ningún miedo. La buena raza siempre prevalece, en eso la plebe no tiene nada que hacer…
Sus primos llevan la cabeza muy alta. Los dos se parecen a su padre, el coronel Von Kamm, al que Luisa solo ha visto en dos o tres ocasiones porque rara vez acompaña a su mujer cuando va a la finca Tiplitz para visitar a su madre. El coronel es de estatura media y fornido, tiene el pelo rubio, muy corto, y la nariz ancha. Por lo que Luisa recuerda, es un hombre simpático, solo que no se lleva bien con la abuela. Seguramente por eso suele evitar la finca. El coronel Von Kamm es uno de los pocos visitantes que también saluda a la madre de Luisa con un beso en la mano, para enorme fastidio de la abuela.
Luisa se enfada a menudo con su madre, incluso puede mostrarse terca con ella y montar en cólera, aunque después suele lamentarlo. Pero es que le parece horrible que deje que la traten de ese modo. Sobre todo por parte de la abuela, que es capaz de sermonearla como si fuese una ayudante de cocina, hasta cuando hay invitados en la casa. Más de una vez ha llegado a darle un bofetón. La abuela solo es educada con su madre cuando su padre está en la misma habitación. La mayor parte del tiempo, sin embargo, hace como si no existiera. Su padre quiere mucho a su madre, no le gusta que la insulten, pero como está enfermo y no sale de su dormitorio, de la biblioteca o del salón, no siempre puede protegerla. Incluso el servicio se permite despreciarla y darle malas contestaciones si el señor de la casa no anda cerca.
La culpa es de su propia madre, que es una cobarde y no le planta cara a la abuela. Transige, se resigna, permite que todos la pisoteen. Y como le faltan agallas, también Luisa tiene que aguantar mucho.
—No debes preocupar a papá, Luisa —le dice siempre su madre—. No es bueno para su corazón. Papá tiene el corazón enfermo y ha de tomarse las cosas con calma.
Luisa aprendió pronto a valerse por sí misma. Hay que ser inteligente, ir con cuidado, encontrar el momento oportuno para conseguir tu objetivo. Las chicas de la cocina son tontas, cada una tiene su debilidad y Luisa sabe sacar provecho de eso. A la tía Ingrid le encantan los cumplidos, hay que elogiar su pelo abundante y sedoso, o los modernos conjuntos que se manda coser en Danzig. Sobre todo está orgullosa de Oskar y Jobst; si le hablas con admiración de sus hijos, ya te la has ganado. Tal vez —aunque es un sueño muy atrevido—, tal vez Oskar o Jobst inviten algún día a Luisa a uno de esos grandiosos bailes de oficiales. Ella, en todo caso, aspira a conseguirlo. También quiere ganarse al administrador Jordan, que dirige la finca y come con ellos a mediodía. Es alto y musculoso, apenas habla y asiente a todo lo que dice la abuela. Aun así, sonríe cuando Luisa hace pequeñas bromas en la mesa, y a veces le guiña un ojo.
La abuela es la única a la que no hay forma de conquistar, pero a Luisa tampoco le da la gana bailarle el agua, como intentan hacer siempre las sirvientas. La abuela ha encerrado su corazón en una caja de acero de la que solo su hijo tiene la llave.
Cuando ven aparecer la granja a lo lejos, el cielo ha vuelto a oscurecerse. En el horizonte han aparecido unos nubarrones grises que se multiplican y se extienden. «¡Ay, que el invierno regresa de nuevo! —piensa—. Pobres anémonas, vuestras flores tendrán que morir bajo el peso helado de la nieve». Jobst pone al perezoso Balduin a un trote ligero, la yegua de Oskar ya se ha adelantado un trecho y también Luisa hace trotar a la suya. Flavia es la más elegante de las hijas de Balduin, cualquiera de sus movimientos tiene estilo, es bello y equilibrado. Cuando trota, parece que flote. Luisa ha oído decir que la abuela quiere venderla dentro de poco con otros Trakehner, pero ella espera con fervor que no sea así. Flavia tiene que quedarse. Durante el desayuno comentará que un animal tan espléndido habría que conservarlo para la cría. Seguro que la abuela no compartirá su opinión, pero su padre la apoyará. Y a lo mejor también el señor Jordan, si es que desayuna con ellos, lo cual no siempre sucede.
En el último tramo del camino dejan que los caballos vuelvan a galopar. Los primeros copos de nieve rozan ya sus rostros, Luisa siente las orejas heladas. Cruzan la verja a toda velocidad, como en plena cacería. Oskar no consigue que su yegua vire a la izquierda a tiempo, así que atraviesa todo el césped al galope y los otros dos animales lo siguen. Ya se han metido en un lío; para la abuela, ese precioso césped es sagrado.
—¡Maldita sea! —exclama Oskar riendo cuando desmontan frente al establo—. No hay quien la pare. Qué tozuda es… ¿Has visto cómo hemos cruzado el césped, Joschka?
El mozo de cuadra atrapa las riendas que le lanza el muchacho y acaricia el cuello de la yegua para tranquilizarla.
—Sí, señorito —contesta—. Pero no hagan mucho ruido cuando entren en la casa.
—¿Por qué? —dice Luisa riendo—. ¿Es que todavía están todos durmiendo?
Joschka la mira de un modo que nunca le había visto antes. Con tristeza. Como a un caballo enfermo. A Luisa le parece irrespetuoso y se molesta con él.
—No, señorita —dice el hombre, despacio—. Nadie duerme. Ustedes entren. Sin hacer ruido, con la debida gravedad…
Los tres jóvenes se miran y se encogen de hombros. Jobst se lleva el índice a la sien y lo mueve en círculos.
—Cada vez está más raro, el viejo Joschka…
Luisa intenta recordar si es domingo, o algún festivo en el que tengan que ir a la iglesia. ¿No será el cumpleaños de la abuela? No, eso es en agosto…
En los escalones de la entrada están Anna y Meta, muy juntas, cuchicheando. Cuando Jobst las mira con cara de pocos amigos, hacen una tímida reverencia y se van corriendo. En el vestíbulo, la tía Ingrid sale a su encuentro con la cara hinchada y un pañuelo de encaje húmedo en la mano. Pasa de largo ante Luisa, como si no estuviera, y toma a Oskar de la mano mientras le pone un brazo sobre los hombros a Jobst.
—Venid… —dice con una voz extraña, quebrada—. La abuela quiere que lo veáis una última vez.
—Pero… ¿qué ha ocurrido? —pregunta Oskar.
No le responde, se lo lleva escalera arriba sin decir palabra. Jobst los sigue. Tras subir unos escalones, se vuelve.
—Luisa… —dice en voz baja—. ¡No! —La voz de la tía Ingrid suena de pronto dura, con un tono parecido al de la abuela.
Luisa comprende que debe quedarse al margen, que por algún motivo no es bien recibida arriba. Se le encoge el pecho, siente un mareo y la invade un mal presentimiento, algo definitivo. Mira a su alrededor, pero está sola en el vestíbulo, las sirvientas han desaparecido en la cocina.
—¡Meta! —llama—. ¡Anna! ¡Mariella!
No acude nadie. Tal vez las chicas no la obedezcan porque hoy su voz suena insegura, y no autoritaria como la de la abuela. Su miedo crece cuando abre la puerta del salón y ve que allí tampoco hay nadie. En la sala del desayuno la mesa está puesta; la mantequilla, el jamón y la mermelada siguen intactos, la cafetera espera bajo su cobertor, no se ha usado ningún cubierto. Pero ¿qué sucede? ¿Dónde están todos?
—¿Mamá?
Las opulentas cortinas y las gruesas alfombras se tragan su tenue exclamación. Jamás se había sentido tan sola. Tan completamente abandonada, tan aislada de todos. Empiezan a temblarle las piernas, le encantaría sentarse un momento en uno de los sillones tapizados, pero sigue camino hacia la biblioteca.
Allí tampoco hay un alma, ni siquiera Mariella, que debería estar ordenando. En la butaca de su padre ve la manta de cuadros tal como él la dejó tirada ayer, antes de subir al dormitorio con su madre. En la mesita de al lado está la bandeja redonda de plata con la botella de agua y los frasquitos marrones con medicinas de los que siempre cuenta gotas en una cuchara. También el libro que leía por la tarde sigue ahí: uno de viajes por el África Oriental alemana, la antigua colonia. Últimamente ha leído muchos libros de viajes a países lejanos y le ha hablado a Luisa de China y de la India…
Se estremece al oír pasos en la escalera, el familiar crujir de los escalones de madera bajo unos contundentes zapatos de hombre. Enseguida regresa corriendo al vestíbulo, donde Meta ayuda a un caballero a ponerse el abrigo. Es el consejero médico Greiner, de Elbing, un conocido de la abuela al que llaman siempre que el padre de Luisa no se encuentra bien. A ella también la ha tratado dos veces, cuando tuvo el sarampión y, poco después, cuando cayó enferma con mucha fiebre por unas anginas. El hombre ha oído cómo abría la puerta, se vuelve hacia ella y aparta a Mariella, que le tiende el sombrero y los guantes.
—¡Luisa! —exclama—. ¡Pobrecilla! Lo siento mucho por ti. Ven aquí, deja que te abrace, pequeña.
Ella no lo entiende, no quiere entender, pero se acerca al hombre y, cuando él la estrecha con ánimo paternal, por unos instantes se siente protegida.
—Las cosas no pintan bien para vosotras, chiquilla —dice con su voz profunda y algo ronca—. Esa vieja dama no tiene compasión. Y menos ahora, que ha perdido todo lo que su frío corazón aún apreciaba. Este ya no es sitio para Luisa Koch y para su madre.
Luisa sigue aferrándose al abrazo del hombre, deja que las palabras resbalen por sus oídos, quiere seguir sin entenderlas. Su padre se encuentra bien, ayer por la noche estaba contento, le habló de esa impresionante montaña, el Kilimanjaro, cuya cumbre está cubierta de nieves perpetuas…
—Tengo que irme, pequeña —dice el doctor Greiner, y la aparta con delicadeza—. Sé fuerte, Luisa. Sé que lo conseguirás. Y cuida de tu madre. Prométemelo, ¿quieres? Te necesita. Sin ti está perdida.
—Sí… Se lo prometo —balbucea ella, sin comprender bien lo que está diciendo.
El hombre le tiende la mano y aprieta la suya con tanta fuerza que le hace daño. Después se pone el sombrero a toda prisa, coge los guantes y sale por la puerta que Mariella le sostiene abierta. Fuera caen gruesos copos de nieve, el césped ha quedado cubierto por una fina capa blanca, los narcisos recién florecidos se inclinan bajo su frío peso. Mariella sigue junto a la puerta, la mantiene abierta de par en par, y Luisa ve un cabriolé que cruza la verja y entra en la finca. Conoce el coche y el caballo.
—Ahora llega el párroco… —le dice Mariella a Meta, que ha salido corriendo de la cocina—. Pero ya es tarde. Qué pena por él. Era un hombre bueno, y también fue un buen señor.
—Pero me alegro de que por fin vayamos a librarnos de esa paleta y de su mocosa ilegítima.
—Eso no había quien lo entendiera. Que un señor noble como él cargara con semejante mujerzuela…
Luisa comprende que hablan con tanto desprecio porque ya no queda nadie en la casa que vaya a reñirlas. Siente un profundo dolor y al mismo tiempo una ira inmensa. Su padre ha muerto y no dejan que ella lo vea. Todos están arriba con el difunto, esperando a que el párroco lo prepare para su viaje final.
Todos menos ella. ¿Y su madre? Seguro que también la han excluido.
Vuelve a oír en su cabeza las palabras del médico. «Cuida de tu madre. Sin ti está perdida».
Luisa inspira hondo y suelta el aire. Reprime el dolor, lo obliga a retirarse a lo más recóndito de su corazón para que no acabe con ella. No es momento de llorar y lamentarse. Es momento de actuar. Tal como ha prometido.
1945
Hilde
3 de febrero de 1945, por la noche
—Esto es el fin —susurra Louise Drews, y abraza con fuerza a sus dos hijos—. Van a arrasarlo todo. No dejarán piedra sobre piedra…
—¡Cállese de una vez! —sisea la madre de Hilde—. ¡Diciendo esas cosas va a atraer la desgracia!
Un fuerte temblor sacude el refugio antiaéreo. La madre de Hilde la estrecha entre sus brazos y le hace bajar la cabeza. Del techo del sótano cae suciedad, las velas Hindenburg titilan. Nadie de los que están apretados sobre cojines y mantas dice nada, solo se oye llorar a un niño de pecho. Han decretado el estado de excepción, llevan horas escondidos en ese refugio, sienten los crujidos y los temblores que sacuden la tierra, creen que en cualquier momento se les vendrá encima el techo. Es grotesco. ¡Una locura! Hilde tiene la sensación de no ser ella misma, de estar viviendo una película. Nadie muere con diecinueve años, y menos aún con un niño en las entrañas.
—¡Siéntese en otro sitio! —le ha espetado hace un rato Louise Drews a Teubert, el vigilante antiaéreo, mientras señalaba a Karl, de dos años, y a la pequeña Sabine—. ¡Si nos alcanza una bomba, caerá usted encima de mis hijos!
Y Teubert, que normalmente es de los que nunca se callan, se ha acuclillado en el suelo sin decir nada y se ha metido los dedos en las orejas.
«Qué raro —piensa Hilde—. Cualquiera creería que la gente dice cosas más importantes o inteligentes cuando ve la muerte de cerca, pero solo suelta tonterías». Gisela, a su lado, reza en voz baja. «Cuatro esquinitas tiene mi cama…», porque es la única oración que se sabe de memoria. Y Julius Kluge, que vive en Webergasse, cuenta una y otra vez que su hijo también es aviador y ha luchado en Inglaterra. Como si a alguien le interesara saber eso.
Horas después, el estruendo y los estallidos de las bombas remiten por fin, solo de vez en cuando cae algo de arenilla desde el techo del sótano. Las velas Hindenburg se han consumido; todas menos dos. Entonces se dan cuenta de que el aire está tan cargado que podría cortarse, no hay quien respire ahí dentro. La vieja señora Knoll ha cerrado los ojos y no dice nada. Gisela susurra que se encuentra mal, que necesita vomitar. Alguien debe de habérselo hecho encima, porque el hedor es espantoso.
Teubert se levanta con cuidado y avanza encorvado hacia la puerta por entre las personas que siguen sentadas, apiñadas. Hilde observa todos sus movimientos. El vigilante desatranca la puerta de acero, tiene que intentarlo dos veces porque no deja de temblar. Después la empuja despacio. Un olor a incendio entra en el sótano.
—Dios mío —susurra la madre de Hilde, que se ha puesto de pie.
Se tambalea y Hilde tiene que sostenerla. Todos se agolpan entonces junto a la salida. Teubert ya está fuera, algunos lo siguen, la corriente de aire apaga las velas.
—¡Las palas! —exclama alguien—. Aquí hay escombros.
Dentro de lo malo, tienen suerte y pueden despejar el camino con unas pocas paladas. Al salir del sótano los recibe un intenso calor y se ven rodeados por un infierno de llamas rojas y amarillentas que salen por los agujeros negros de las ventanas rotas.
Hilde y su madre trepan como pueden por un montículo de cascotes que aún arden y humean. Por todas partes se oye sisear el fuego; caen piedras, los muros se derrumban. Es de noche, una gélida noche de febrero, el sol no saldrá hasta dentro de varias horas. Todo el que aún puede andar sale de entre los escombros al aire libre, llama a sus familiares, recorre sin rumbo la ciudad. Aún caen bombas del cielo, impactan con gran estruendo aquí y allá, los aviones aúllan.
—¿Gisela? ¿Eres tú?
Hilde apenas distingue a su amiga en la oscuridad centelleante. Gisela y su madre, Johanna, contemplan inmóviles el esqueleto incendiado de su casa. Johanna cuelga todo su peso del brazo de su hija. Ya no hay esperanza, Webergasse es un montón de escombros en llamas, los edificios que quedan a izquierda y derecha no son más que ruinas devoradas por el fuego. De vez en cuando ven a alguien que camina sin dirección y trepa por los cascotes buscando la calle que antes estaba ahí. Algunos llevan hatillos y mochilas con todas sus pertenencias, o al menos lo que han podido salvar. Las negras y angulosas siluetas de los edificios destruidos parecen irreales a la luz espectral de los incendios. «Tal vez no sea más que una pesadilla —piensa Hilde—. Si me despierto, todo volverá a ser como antes…».
—Nos vamos a casa de mis abuelos —dice Gisela—. Venid con nosotras.
—Pero a lo mejor el Café del Ángel sigue en pie —arguye la madre de Hilde.
—Ahora no podéis ir allí. Todo está en llamas.
Con los ojos resecos por el calor, miran hacia lo que una vez fue el principio de Wilhelmstrasse. Por doquier hay piedras y muros derribados, no encuentran ningún camino, y menos ahora, de noche. Hilde sigue empeñada en saber qué ha ocurrido, porque Addi, Julia y la Künzel nunca van al refugio antiaéreo de Webergasse, solo bajan al sótano del café. Entonces ve que su madre entrelaza un brazo con el de la madre de Gisela y comprende que deben ayudarlas. Los Warnecke se enteraron ayer mismo de que el padre de Gisela había caído; hoy, su hogar y todo lo que contenía es pasto de las llamas. A Johanna Warnecke casi no le quedan fuerzas. Hilde cede. Si han bombardeado el Café del Ángel, tampoco podrán hacer nada. Arrastran a la mujer medio desmayada por la ciudad, apenas notan el frío, tienen pánico a que caiga otro bombardeo. Algo más adelante, en Kirchgasse, los edificios están intactos. Toman aire y continúan hacia el piso de los abuelos de Gisela. Llaman a la puerta y tienen que esperar un buen rato hasta que el viejo matrimonio abre. Poco después están todos sentados en la minúscula sala de estar. Hablan a trompicones, no pueden expresar con palabras lo que les ha caído encima. La madre de Gisela ha vuelto en sí, pero de todas formas parece ausente. Aguantará, no obstante, lo soportará todo, hasta las penalidades más duras, porque sabe que Adolf Hitler guiará a Alemania hasta la victoria final. Está firmemente convencida de ello. Else y Hilde no dicen nada, también Gisela guarda silencio. La expresión «victoria final» suena grotesca a la vista de la ciudad en llamas. Solo los partidarios más acérrimos creen aún en las palabras de los dirigentes. Todo el que sigue en sus cabales comprende que el final está cerca. El final de esta guerra que devora personas, y también el final del Tercer Reich. Será duro, los más viejos lo saben porque vivieron la caída del Imperio alemán y la Gran Guerra. Aun así, cualquier cosa será mejor que estas terroríficas noches de bombardeos tras los que la gente mira atónita los escombros de sus casas en llamas o se asfixia en refugios antiaéreos.
No pueden dormir. Todos tienen miedo; en cualquier momento podría volver a empezar. Están aturdidos, por su mente cruzan imágenes, sombras que se alargan hasta su alma mientras las sirenas chillan en sus oídos. Solo se dejan caer en la piadosa oscuridad del sueño cuando la fría luz azulada del alba llega arrastrándose hasta las ventanas.
Hilde se despierta y al principio no sabe dónde está. Después se extraña de no sentir náuseas, como todas las mañanas. La abuela de Gisela ha preparado infusión de menta; hace tiempo que el café es solo para gente con contactos. También el pan escasea. Hilde devora media rebanada y tiene mala conciencia porque la abuela de Gisela la mira con ojos encendidos.
—Le pagaremos con marcos. Nuestra casa sigue en pie…
Es una afirmación audaz, apenas una esperanza, pero Hilde y su madre se aferran a ella.
—Tenéis que volver pronto —le dice el abuelo de Gisela a su nieta—. Tal vez quede algo que salvar. Si tardáis demasiado, se lo habrán llevado todo.
—¡Ay, Dios, mamá! —exclama Gisela—. ¡Tiene razón!
Los saqueadores son castigados con severidad, pero en el caos que reina ahora en el barrio del balneario impera el «sálvese quien pueda». Así son las cosas. La guerra divide a las personas entre honradas y canallas, y los canallas son mayoría. Gisela y Johanna Warnecke salen con la carretilla del abuelo y el viejo cochecito de bebé de Gisela, que estaba en el desván. La madre de Hilde ayuda a la mujer a tirar de la carretilla; Gisela entrelaza su brazo con el su amiga, que de pronto vuelve a sentir náuseas. El abuelo quería ir con ellas, pero su cojera le hace ser demasiado lento.
—¡Pobre Alemania! —se lamenta el hombre—. Solo le quedan mujeres y lisiados. Y ahora también envían a los adolescentes a la guerra. ¡«Tormenta del pueblo», lo llaman!
—¡Calla! —le regaña la abuela.
En el barrio del balneario, los escombros todavía se están consumiendo. El humo recubre el horror de un polvillo gris, el olor es espantoso, a quemado: madera, pelo, papel pintado y muebles tapizados. A una época grandiosa y pacífica que ha ardido en llamas y no regresará jamás. Así huele la muerte. El fin. En una de las casas del principio de Wilhelmstrasse todavía se lee una pintada: «¡Con el Führer hasta la victoria final!». Aquí y allá se ven auxiliares con uniforme pardo, muchachos, casi niños, y también ancianos. Parece que no quieren dejar pasar a las cuatro mujeres, dicen que es demasiado peligroso, que caen cascotes por todas partes.
—Queremos ir al Café del Ángel —dice la madre de Hilde.
Los dos uniformados cruzan una mirada insegura. Uno se pasa cuatro dedos por el pelo rubio alborotado. Es muy joven, no tendrá los dieciséis años. Sus rostros están tiznados de hollín. Hilde y su madre esperan, los miran, escuchan los latidos de su propio corazón. Desde ahí no se distingue muy bien dónde han caído las bombas, solo alcanzan a ver que han tocado el balneario y el teatro.
—¿El Café del Ángel?
—El número setenta y cinco. No está lejos de Burgstrasse. —A su madre se le quiebra la voz, está a punto de perder la compostura.
Dios mío, ¿y si todo se ha convertido en un montón de escombros en llamas? Y si Julia, la Künzel, Addi…
—Pasen. Pero vayan con cuidado…
Avanzan con paso decidido sobre los cascotes. Es terrorífico. Por todas partes hay cosas medio carbonizadas entre las piedras, muebles, vajilla rota, un costurero casi intacto, una muñeca de porcelana con el pelo quemado… Muchas personas recorren las ruinas. Escarban con bastones y retiran restos con palas, encuentran objetos, se pelean por una cazuela, por dos trozos de carbón. La confusión es tal que nadie sabe qué escombros corresponden a cada edificio. Un perro con manchas de varios colores se les acerca cojeando, olisquea el abrigo de Hilde y las sigue un trecho. De repente tienen la vista despejada. Hilde se detiene, parpadea, vuelve a mirar para asegurarse.
—¡Creo que sigue en pie, mamá! —exclama en voz baja, temblorosa.
Se acercan más, el corazón les late con tal fuerza que apenas son capaces de hablar. Se quedan mirando la fachada chamuscada. Incluso las letras siguen ahí.
—Santo cielo. ¡Me va a dar algo!
Su madre se detiene y entorna los ojos para verlo mejor. Si no es un espejismo, es que el destino les ha sonreído de verdad. El número 75 es el último de la fila de edificios que han quedado intactos. De la Casa de Modas Schäfer, al lado, solo se ve un trozo de fachada quemada. El rótulo del hotel Kaiserhof ya no existe. Pero el Café del Ángel sigue ahí. Solo que las letras de encima de la puerta ya no son doradas sino negras. El precioso ángel que se balancea con su cafetera cuelga de un solo gancho, torcido, y está todo oscuro. Frente a la puerta aguarda Adalbert Dobscher, el antiguo cantante de ópera, que vive arriba, en dos pequeñas habitaciones de la buhardilla. El pelo blanco, siempre cuidadosamente peinado hacia atrás, le tapa ahora la cara en mechones revueltos. Sus manos sostienen un bastón con una gruesa empuñadura de raíz. Un cliente se lo dejó en el café y nunca volvió a buscarlo, y desde entonces ha tenido una solitaria existencia en el paragüero.
—¿Qué está haciendo ahí? —se extraña Gisela.
—La puerta de la calle está rota —constata Hilde, que tiene buenos ojos—. Le falta el cristal.
—Cielo santo —dice su madre, conmovida—. Addi protege la puerta giratoria. Parece un guerrero loco.
Ríen de alivio, por un momento están contentas, podrían incluso abrazarse. Todo está bien. La casa sigue en pie y Addi la vigila. ¿Qué más quieren? Enseguida vuelven a tirar de la carretilla y el cochecito de niño por entre los escombros, pero tienen que parar y dejar paso a dos jóvenes uniformados que llevan una camilla. Está cubierta por una manta gris. Un brazo desnudo cuelga por un lado mientras los muchachos corren hacia un camión. El bombardeo de esa noche ha dejado numerosas víctimas.
—Ese es Walter, el de delante de la camilla —dice Gisela, angustiada—. También a él lo han reclutado, para la artillería antiaérea.
Walter es el hermano pequeño del prometido de Gisela. A Joachim se lo llevó la Wehrmacht el año pasado, y fue entonces cuando se prometieron a toda prisa. Su hermano Walter tiene tres años menos, acaba de cumplir los dieciséis, pero ahora aceptan a cualquiera. Niños y ancianos. La «Volkssturm», las fuerzas de asalto del pueblo. Que no se lleven también a Addi, que ya tiene sesenta…
Addi monta guardia como un cancerbero ante la puerta giratoria del Café del Ángel. Heinz Koch mandó construir esa monstruosidad en los años veinte y estaba muy orgulloso de ella. Como en los grandes hoteles. Además, en invierno hace que el frío no entre.
—¡Gracias a Dios! ¡Aquí está la señora Koch! Y Hilde también. Empezábamos a preocuparnos… —exclama al verlas, todavía con su imponente timbre de barítono.
—Quedaos aquí —dice Gisela—. Mi madre y yo probaremos suerte en Webergasse. De vuelta pasaremos a veros.
Hilde retiene a su amiga por el codo.
—Podéis venir a vivir con nosotros, Gisela. Tu madre y tú. Hay sitio suficiente…
—Gracias, pero mi madre quiere quedarse con mis abuelos. —Se sorbe la nariz, se frota la mejilla y comprueba que también a ellas se les ha manchado la cara de hollín.
Hilde las mira a ambas con preocupación. Tirar de la carretilla por los escombros es muy cansado. Esa noche ha convertido en indigentes y mendigos a muchos que ayer todavía tenían casas calientes y bonitas. Aun así han salido mejor parados que quienes están bajo los escombros y a los que ya nadie puede ayudar. ¡Esta guerra! ¡Ojalá terminara de una vez! Ojalá su padre regresara sano y salvo junto a ellas…
—Es usted un héroe, Addi —exclama su madre, que se ha acercado a la entrada del café—. De no ser por usted…
Addi ha montado guardia desde primera hora de la mañana porque la puerta está rota y cualquiera habría podido entrar. Tres veces lo han intentado, pero Addi y su bastón no han dejado pasar a nadie.
Hilde y su madre pisan con cuidado los trozos de cristal y entran por la puerta giratoria. Es de madera marrón y tiene incrustaciones de vidrio, pero la decoración no ha sufrido ningún daño. Esa puerta también podía bloquearse con un pestillo, solo que por desgracia la espiga que se introduce en la ranura está rota. Su padre quería repararla, pero no tuvo tiempo.
—Tenemos que hacer algo con la puerta de entrada —dice Else—. Eso es lo más importante, para que por lo menos podamos dormir tranquilos…
En el café todo está como siempre. El mostrador de los pasteles vacío. Las mesas y las sillas. Las fotos de las paredes. El Adolf de encima del piano, con esa mirada de furia y orgullo del vencedor. Ojalá se libraran por fin de él.
El perro de varios colores se ha sentado fuera, ante la puerta. Le da miedo pasar por esos compartimentos de madera y gimotea lastimeramente. Addi deja su bastón en el paragüero, mira al perro por la ventana, se aparta y, tres pasos después, vuelve a mirar.
—¿De quién será?
No obtiene respuesta. Else ha entrado en la cocina y protesta a voz en grito porque se han roto dos pilas enteras de platos y una estantería llena de tazas. Hilde examina la despensa, está muerta de hambre y allí aún debe de quedar un poco de pan tostado. Ya casi está en el cuarto mes y se le nota un poco. Con su madre han acordado hacer responsable a Fritz Bogner, que es un buen chico y está luchando en el frente. Si Dios lo quiere y regresa, ya se lo explicarán. Lo primordial es que los vecinos no hablen, algo a lo que se han aficionado mucho los miembros más acérrimos del Partido, sobre todo Storbeck, que…
—El café está cerrado…
—Han bombardeado nuestro edificio y las autoridades nos han enviado aquí. Usted no tiene nada que decir en esto, señor Dobscher. ¿Dónde está la señora Koch?
Hilde y su madre dejan lo que están haciendo y se miran. Hablando del rey de Roma, o, mejor dicho, pensando en él… Es la voz de Wilfried Storbeck, de una casa vecina. El padre de Hilde, en broma, siempre lo llamaba «Storbo», porque no lo soportaba. Un nazi convencido desde el principio.
—¡Lo que nos faltaba! —se queja Else.
—Mierda —masculla Hilde—. Mierda, mierda…
Tendrán que acogerlos a su mujer y a él, no hay forma de evitarlo. Como tiene buenos contactos, acaba de presentarse con un documento oficial antes de que cualquier otro le quite el alojamiento.
—Después de todo, arriba tienen un apartamento de cuatro habitaciones vacío —oyen decir a Marianne Storbeck.
Siempre habla en voz muy alta cuando su marido está cerca para defenderla. Pero cuando están los dos solos, Marianne Storbeck habla en voz baja y sumisa, o eso contó alguien una vez en el café. Porque teme los arrebatos de ira de él.
La madre de Hilde deja el recogedor dentro del cubo, se yergue y respira hondo. No hay nada que hacer.
—El apartamento es de mi hijo August —les dice a los Storbeck.
—¿Y qué? Su hijo está en el frente y su mujer se ha marchado a casa de sus padres. Ya ve que estoy al corriente de todo. ¿No irá a cerrarles la puerta en las narices a unos compatriotas en apuros? Nos hemos quedado sin techo…
—Claro que no —contesta ella—. Solo lo comentaba. Si August vuelve, tendrán que apretarse un poco. Ahora mismo voy a por la llave. Suban cuando quieran. Por fuera, por el portal. Hilde les abrirá…
Addi sigue junto a la puerta giratoria, observando lo que pasa con semblante adusto.
—Corra arriba —le susurra Else—. Avise a la Künzel para que no se vaya de la lengua. Ya sabe que…
El hombre asiente. Se ha quedado blanco. Se pasa la mano por el cuello de la camisa abierto como si le apretara y luego sale por la puerta de la cocina hacia la antigua escalera del servicio.
—Ahora están como locos —susurra Else—. Al pobre Matze Weber lo colgaron solo porque, al parecer, dijo que ya no podemos ganar la guerra.
«Desmoralización de las tropas», lo llaman, y se castiga con la muerte. Igual que otros delitos. Robar un pan. Llevarse una bicicleta. Infracciones leves por las que antes ponían como mucho una amonestación o un día de arresto. Los miembros del Partido están nerviosos. Exhiben su firmeza, su capacidad de resistencia, su creencia incondicional en la victoria final, cuando, en realidad, ya casi ninguno de ellos cree que Alemania pueda ganar esta guerra. Aun así, nadie puede decirlo en voz alta. El miedo se extiende, los paraliza, los convierte a todos en cobardes. Incluso entre buenos amigos hay que andarse con ojo.
Hilde les abre el apartamento a los Storbeck y se queda en la puerta esperando mientras ellos curiosean. Arrugan la nariz al ver los bonitos muebles antiguos, piden sábanas limpias.
—Están en el armario. Los fogones de la cocina funcionan, pero puede que la tubería del gas esté rota…
La que seguro que está rota es la cañería del agua, porque del grifo solo sale un líquido marrón. Y también hay que airear.
—Arriba hay más inquilinos, ¿verdad? —pregunta Storbeck mientras su mujer inspecciona el armario de la cocina.
—La señora Künzel y el señor Dobscher, así es.
—¿Y alguien más? —quiere saber el hombre.
Casi parece un interrogatorio. Wilfried Storbeck es funcionario municipal, Hilde se siente incómoda.
—Nadie más.
Pero eso Storbeck ya lo sabe, porque vive solo unas casas más allá. Vivía. Hasta ayer. Ahora se está instalando en el apartamento de August. Marianne ya ha sacado sábanas y fundas de almohada del armario. Else las había planchado para su hijo. Porque a Eva, su mujer, no se le dan bien las tareas domésticas.
—Pero todavía hay un tercer apartamento en la buhardilla —dice Storbeck, y se queda mirando a Hilde.
—Ahí no vive nadie. Los inquilinos lo utilizan de trastero porque el sótano lo necesitamos para nosotros. Antes almacenábamos allí las provisiones del café.
Suena convincente. En el fondo es verdad, además. Solo que en el trastero, entre todos los cachivaches, malvive escondida Julia Wemhöner. Si Storbeck descubriera el pastel, podría denunciarlos a todos. A la pobre Julia la primera, pero también a los demás. Por cómplices. Por amigos de los judíos. Y entonces los Storbeck tendrían toda la casa para ellos solos.
—Bueno —dice Hilde—, si necesitan algo más háganmelo saber.
Los Storbeck tienen hambre. Un almuerzo no estaría mal, dicen. En estos momentos no tienen marcos, se les ha quemado todo. Hilde promete hacer lo que esté en su mano.
Abajo, en el café, Addi clava tablones en la puerta de entrada rota. Martillea con tanta fuerza que el enlucido casi amenaza con caerse de las paredes. A su lado está sentado el perro de varios colores, lamiéndose el hocico.
—¿Y ese cómo ha entrado aquí? —protesta la madre de Hilde.
Addi sostiene tres clavos entre los labios, la mira con ojos pícaros y se encoge de hombros. Luego sigue clavando.
—¡Otra boca más! —refunfuña Else, enfadada.
Julia
Wiesbaden, principios de febrero de 1945
Es una sombra. Un espíritu que recorre la casa de noche y al que nadie debe ver, porque entonces todos caerían en desgracia. Julia Wemhöner solía coser el vestuario del teatro, ropajes históricos pero también de fantasía, y todos decían siempre: «Julia Wemhöner tiene unos dedos de oro». Regordetas sopranos soubrettes y valquirias pechugonas, todas confiaban en el arte de Julia con la aguja. También los tenores, que siempre tenían una barriguilla que ocultar. Julia conocía algunos trucos, ponía la tela al bies, cosía un plieguecito aquí y otro allá, dejaba más margen de tela y conseguía que el traje les quedara cómodo a la vez que escondía todas las curvas inoportunas de forma discreta. Y a Reni Kolb, que tenía una maravillosa voz de contralto pero que era plana como una tabla, Julia le cosía los pechos directamente en el vestido. Más adelante trabajó para ella también fuera del teatro, y todo el mundo admiraba a la Kolb por su «bello busto». Sin embargo, cuando supo que Julia era judía, la Kolb ya no le hizo ningún encargo más. Pasaron solo unas semanas y la modista de teatro Julia Wemhöner fue despedida sin previo aviso. En los papeles no se explicitaba la causa, para el director artístico aquello resultaba demasiado desagradable. Le aconsejó que se marchara cuanto antes. A Estados Unidos. O a Israel. O incluso a Inglaterra.
Pero Julia Wemhöner no quería dejar su hogar. Nació aquí, en Wiesbaden, aquí se formó como modista y enseguida empezó a trabajar en el Teatro Estatal. El teatro la atrapó desde niña, no se perdía una representación, coleccionaba fotografías de sus actores preferidos y les pedía que se las firmaran. Con dedicatoria. «Para mi pequeña modista mágica, Julia». «Para la mujer de la aguja de oro». «Para Julia, sin la cual estaría perdido». El teatro es su mundo, siente que es su lugar, allí la necesitan y la aprecian.
Su padre murió hace cuatro años, y su madre lo siguió solo dos meses después. Ambos están enterrados en el cementerio de Nordfriedhof. Julia es cristiana evangélica, igual que lo eran sus padres; no supo que tenía ascendencia judía hasta los dieciséis años, cuando se lo preguntaron al matricularse en la Escuela de Artes Textiles. En aquel entonces, poco después de la última guerra, que fuera judía carecía de importancia. Nadie se escandalizaba por ello.
—Esto pasará —le dijo el director artístico, que le sonrió para infundirle valor.
—Puede —contestó ella—. O puede que no.
Sigue viviendo en Wilhelmstrasse, en el número 75. Antes tenía alquilado uno de los tres apartamentos de la buhardilla. A la izquierda vive la Künzel, que era soprano en el teatro, y en el medio, Addi Dobscher. El apartamento de Julia queda a la derecha, solo que ahora es oficialmente un trastero.
Hace tres años, todos los judíos de Wiesbaden tuvieron que registrarse en la sinagoga. Después los hicieron subir a unos trenes desde la rampa para el ganado del matadero. Julia no estaba allí, y eso tiene que agradecérselo a Addi Dobscher. Él le impidió registrarse. Que se quedara en la casa, le dijo, que entre todos se encargarían de que no la encontrara nadie. Addi le salvó la vida, pero también los demás vecinos, porque si no hubieran hecho causa común, ya hace tiempo que la habrían descubierto. Todos los habitantes de la casa se reunieron en aquel entonces para tomar una decisión, encabezados por Addi y por Heinz Koch, al que la Wehrmacht todavía no se había llevado. Llenaron el apartamento de Julia con trastos viejos del sótano y lo cerraron con llave. En uno de los grandes armarios destartalados, Addi y Heinz instalaron una puerta por la que Julia puede pasar al piso de Addi sin que la vean. En invierno incluso duerme allí; Addi le ha cedido su cama y él se acuesta en el sofá. Durante el día se pasea entre los muebles viejos, las cajas y los cajones de su antiguo apartamento, lee libros, mira el techo, donde las arañas tejen preciosas telas, y remienda la ropa de los habitantes de la casa. Una vez le cosió unos pantalones a Addi. No puede hacer ningún ruido, es silenciosa como un ratoncillo. Debe caminar de puntillas para que los tablones de madera no crujan. Y no asomarse nunca a la ventana, ni siquiera de noche, sobre todo cuando hay luna, aunque de todas formas las ventanas están tapadas con papel para oscurecerlas. Es por los ataques aéreos. Dos veces ha ido la Gestapo a la casa preguntando por ella y ha registrado el trastero. Addi le dijo que se escondiera en una caja de mudanzas enorme, debajo de una pila de maletas. Las dos veces salió de allí medio asfixiada y retorcida de dolor a causa de la incómoda postura cuando Addi pudo liberarla al fin.
—Eres muy valiente —le dijo, y le acarició la mejilla—, pero me temo que volverán.
Fue en agosto de 1942 cuando Julia Wemhöner se convirtió definitivamente en una sombra. Un fantasma nocturno que vive en el trastero. Un ser humano, sí, pero roto y sin color, una mujer de carne y hueso que languidece en la penumbra. Julia Wemhöner tiene cuarenta años. Antes era una preciosidad. No una belleza deslumbrante, puesto que es tímida y parecía insignificante al lado de los artistas pagados de sí mismos del teatro. Pero tenía sus admiradores, también amantes, y muchos amigos. Son sus amigos quienes la han salvado de una muerte segura. Por el momento…
Sobre todo Addi. El barítono Adalbert Dobscher fue hace años su gran amor. Nadie encarnaba de una forma tan grandiosa a Don Giovanni, ese peligroso seductor que hacía temblar a las mujeres. ¡Ay, Addi! Cómo lo veneraba al verlo sobre el escenario siendo Don Giovanni. Después, cuando volvía a convertirse en Adalbert Dobscher, el simpático sinvergüenza sin pelos en la lengua pero incapaz de hacerle daño a una mosca, Julia perdía todo el entusiasmo. Addi Dobscher, como hombre, no tenía nada que ver con el gran seductor del que Julia estaba perdidamente enamorada.
Y sin embargo, Addi le ha salvado la vida. La ama —Julia lo supo enseguida—, pero jamás ha intentado aprovecharse de su apurada situación. Ni siquiera se le ha acercado cuando ella duerme en su cama. Addi ronca en el sofá, en la habitación contigua, y ella sabe que está incómodo porque el mueble es demasiado corto para él. Aun así, no hay manera de que le cambie el sitio. Insiste en que ella debe estar bien, eso es lo importante. Por la mañana llama a la puerta con unos golpes y le lleva una infusión. Casi siempre de menta. A veces incluso café de verdad, que consigue por medios inimaginables a través de Else Koch.
La primera vez que sonó la alarma antiaérea, Julia se quedó arriba, en su trastero. Addi se presentó allí y se sentó a su lado como si pudiera protegerla de las bombas. Luego le dio su viejo abrigo de invierno y un gorro de pieles y la bajó al sótano con él. Al sótano de la casa, para ser exactos, porque Julia no puede dejarse ver en el refugio antiaéreo de Webergasse, al que están asignados los habitantes del edificio. Allí, a pesar del abrigo y el gorro, enseguida la reconocerían. En el sótano de la casa solo están Addi y ella. A veces también la Künzel, y Hilde Koch con Jean-Jacques, el prisionero de guerra francés condenado a trabajos forzados. Él tampoco puede ir al refugio antiaéreo, y como Hilde está tan enamorada del apuesto muchacho, se queda con él cuando caen las bombas. Hacen muy buena pareja: el francés moreno y Hilde, con sus rizos rubios y sus ojos de un gris azulado. A Addi le preocupaba que Jean-Jacques pudiera irse de la lengua, pero nunca lo ha hecho. Al menos hasta enero, cuando de pronto desapareció.
—Ha vuelto a su país —dijo Hilde, y apretó los labios—. Es mejor así. Aquí, aún podría pasarle algo.
—¿Cómo acabará todo esto? —le preguntó Julia a Addi.
—Acabará mal —respondió él—. Pero cuando hayamos pasado lo peor, Julia, serás libre. Entonces podrás pasear por la ciudad, como antes. Con la cabeza alta y sin miedo.
—¿Y eso cuándo será, Addi?
—Pronto.
Él lo dice con semblante adusto, y Julia sabe que le oculta muchas cosas. La trata como a una niña, y eso no le gusta. Aunque, claro, él tiene sesenta años y podría ser su padre.
Esa terrible noche de febrero casi ha tenido que arrancarla de la cama. Son los nervios, esos últimos días ha estado llorando sin saber muy bien por qué. No consigue dormir por la noche y, justamente ahora que por fin se ha amodorrado un poco, tiene que sonar la alarma antiaérea otra vez.
—Déjame —protesta, y se agarra al edredón—. No quiero. Que lancen las bombas… A mí me da igual.
El aullido de las sirenas ahoga las palabras de Addi. La señal advierte de las escuadras de bombarderos en ondas que suben y bajan; un sonido feo que cala hasta la médula.
—No quiero…
Al final Addi la levanta con el edredón y todo y se la lleva escalera abajo. Por el camino se cruzan con la Künzel, que se ha dejado al canario y corre otra vez a su apartamento. Hilde y Else Koch han salido ya hacia el refugio antiaéreo de Webergasse; Heinz se lo hizo prometer antes de que tuviera que marcharse. Después pasan horas agazapados en ese sótano helado, oyendo y sintiendo las bombas más cerca que nunca, convencidos de que esta vez no se salvarán.
—Libre —susurra Julia—. Libre como un pájaro que echa a volar. Como un alma que sube a los cielos sin peso corpóreo, sin dolor ni pena…
—Contrólate, Julia —refunfuña Sofia Künzel—. ¡No dices más que disparates!
Julia calla. Se acurruca contra Addi, que está sentado a su lado como una roca que resiste el embate de las olas, y él le pasa un brazo por los hombros. Tampoco dice nada. Ni siquiera cuando una bomba cae tan cerca que hace temblar el sótano y oyen crujidos y explosiones por encima. El rostro de Addi sigue impasible. De vez en cuando se le estremecen las pobladas cejas grises y levanta la vista hacia el techo.
No se atreven a salir del sótano hasta horas después.
—Túmbate un rato —dice Addi—. Ya ha pasado todo. Te traeré el edredón.
Julia quiere ir a buscarlo ella sola, pero las piernas no le obedecen. Addi la lleva hasta la cama y la tapa con una manta de lana. Más tarde, cuando la arropa con el edredón, ella no se entera. Se da cuenta al despertarse, ya de día. Addi está junto a su cama y la zarandea por el hombro hasta que abre los ojos, pero esta vez no suena ninguna alarma. Es el rostro de Addi el que le dice que algo malo ha sucedido.
—A partir de ahora debes tener más cuidado aún, Julia. No hagas ningún ruido. Recuerda tirar de la cadena del retrete solo cuando Sofia o yo estemos arriba.
Ella parpadea, desconcertada, no entiende su agitación. Nada de eso es nuevo, lo sabe desde hace tiempo.
Pero entonces Addi añade:
—Wilfried Storbeck y su mujer se han mudado al apartamento de abajo. Su edificio ha sido bombardeado y tienen permiso para alojarse aquí… No podemos echarlos.
Julia no sabe quiénes son esos Storbeck. Según le explica Addi, él es funcionario municipal y un nazi convencido. Si descubre que ella está escondida en la casa, sin duda la denunciará.
—No pretendo asustarte —susurra Addi, y le acaricia el pelo alborotado—, pero sería una auténtica lástima que te encontraran ahora. Tan cerca del final…
Ella asiente. Ya nada la asusta. Eso se acabó. Hace tanto que vive escondida que se ha convertido en una sombra, incluso cree que es invisible. Un jirón de niebla. Un hada…
—No te preocupes —le dice a Addi, sonriendo—. Nadie me encontrará.
Ve que es él quien está muerto de miedo, y alarga un brazo para acariciarle la mejilla. Él toma su mano, la sostiene un momento entre sus dedos cálidos y luego la besa con cuidado. Le dedica una sonrisa tímida y le aconseja que duerma un rato más. Cuando baja al café, cierra la puerta del apartamento dos veces.
Ahora Julia está despierta. Se levanta y pega la oreja a la pared para saber si Sofia Künzel está en su piso. Al principio solo oye al canario cantar y trinar, luego el atizador que remueve el carbón del horno. Ajá, la Künzel está, así que ella puede usar el retrete y asearse en el lavamanos. Cuando arriba no haya nadie, tendrá que usar un orinal y tener agua en un cubo para lavarse. A veces se sorprende pensando que tal vez habría sido mejor registrarse en la sinagoga con todos los demás. Así, ahora no sería una carga para nadie. Se pone la bata de boatiné, una prenda cara de los buenos tiempos, y se cuela por la puerta del armario hacia el trastero que antes era su pequeño y acogedor apartamento. Allí hace un frío que pela porque nunca enciende la estufa. «Quizá esta noche vuelvan y lancen más bombas —piensa—. Y tal vez se nos caiga encima el techo del sótano y muramos todos juntos. Entonces sí que seré libre. Porque ya no tendré qué temer».
Sin embargo, por nada del mundo quiere morir sin haber visto el teatro una vez más. El teatro era el epicentro de su vida, tiene que despedirse de él con calma y con todo su amor. Julia Wemhöner se pone a rebuscar en cajas y maletas. ¿Dónde lo puso? Ah, aquí está. ¿Y los zapatos? En otra maleta, claro. Y también el abrigo. Se pone el vestido de noche de seda verde, largo hasta el suelo, nota el suave tacto de la tela sobre la piel y percibe el familiar aroma de un perfume que le encantaba. Diseñó el vestido ceñido a su figura, y en aquel entonces se alegró de que la cara tela le alcanzara para acabarlo. Ahora le queda grande, tendría que meterlo un poco de las caderas y los hombros, pero ya no importa. Se peina la melena, esos exuberantes rizos cobrizos que de niña le parecían espantosos y que luego tanto le alababan. Se la recoge y lamenta no encontrar sus joyas. Tiene unos pendientes de botón de oro y una cadenita a juego, herencia de su difunta madre. Pero sin joyas también valdrá. Al menos ha encontrado los zapatos verdes de tacón y el abrigo dorado que forró con la misma seda del vestido.
Está guapa. La embarga una euforia que casi la marea y le ensancha el pecho, que con los años estaba cada vez más oprimido. Volver a ser libre. Caminar por las calles tranquila y con la cabeza alta. Sin ese miedo que empequeñece, que te mina por dentro hasta convertirte en un cascarón hueco.
Addi ha cerrado su apartamento por fuera y se ha llevado la llave, pero hay una copia que cuelga junto a la puerta. Para emergencias. Está un poco oxidada y cumple su cometido chirriando a regañadientes. Julia inspira con fuerza el aire enrarecido del rellano; huele a incendio. Baja la escalera con porte digno, como una reina, cada paso es un triunfo. Los escalones de madera crujen bajo sus pies, no mucho, solo un poco, porque el delgado cuerpo de Julia apenas pesa. Entonces oye martillazos. Seguro que es Addi, que estará reparando las ventanas, o la entrada del café. También las voces de Else Koch y de Hilde llegan hasta ella. Será mejor no salir por el Café del Ángel, sino por la portería.
Fuera, ya nada es como antes. Se detiene desconcertada, intentando asimilar que eso era Wilhelmstrasse, la hermosa y amplia avenida que pasaba ante el teatro y el balneario. A su izquierda hay enormes montones de piedra y travesaños de madera, muebles destrozados, bañeras, vigas de acero dobladas. Entre todo ello se ve un sinfín de enseres chamuscados, negros y destrozados. Los edificios que había junto al número 75 se han quedado sin fachada, sus habitaciones se pueden ver como si fueran las de una casa de muñecas. Algunas tienen aún cuadros colgados en las paredes, aquí y allá asoman pequeñas llamas titilando entre las ruinas carbonizadas. Julia Wemhöner se levanta el bajo del vestido de noche verde para que no se le ensucie al subir por las montañas de cascotes. Los zapatos no podrán salvarse, pero eso le da igual. Camina sobre los restos de las casas bombardeadas, avanza como si fuera sonámbula, no presta atención a las personas que han acudido con carretillas y revuelven en el caos buscando todo lo que no haya quedado inservible. Un viento gélido le abomba el abrigo dorado, arremolina cenizas y polvo, le confiere un aura fantasmal. Llega al otro lado de la calle y ve el teatro, las columnatas destruidas, toda una parte derrumbada. Un lado del tejado cuelga torcido, las paredes desnudas se desmoronan sobre los jardines abrasados. Julia pasa junto a un apretado grupo de vecinos desahuciados por las bombas que contemplan a la aparición del abrigo dorado sin dar crédito a lo que ven. Llega a la entrada de artistas, que todavía sigue en pie. También los altos ventanales han sobrevivido a la noche de bombardeos.
Por esa puerta entró y salió todos los días durante muchos años. Hoy está ante ella convertida en una sombra y, aun así, ataviada como si acudiera a ver una ópera del Festival de Mayo.
Nota el viento tirando de su pelo, el abrigo hinchándose alrededor de su cuerpo. No siente el frío. Se acerca un par de pasos más, toca la puerta de entrada con la mano, con mucha delicadeza, como si tuviera miedo de que al magullado edificio pudiera dolerle.
—Hasta siempre… —dice en voz baja, y acaricia la vieja madera con la mano—. Hasta siempre…
Después da media vuelta y busca el camino de regreso al Café del Ángel entre los escombros. Cuando llega, Addi sale por la puerta parcheada con tablones y la mira como si viera a un fantasma.
—Dios mío… —susurra, y se lleva una mano al pecho.
Se queda paralizado, pero Else enseguida pasa junto a él y agarra a Julia de las manos.
—Está congelada —constata—. Menos mal que acabamos de preparar una infusión bien caliente. Pase adentro, la estufa está encendida.
Cuando Julia ya está sentada junto al fuego, temblando de frío y con una cálida manta de lana sobre los hombros, Hilde y Else tienen que tranquilizar a un Addi desesperado.
—¿Quién iba a reconocerla? Cada uno está ocupado en lo suyo.
Heinz
Campo de prisioneros de guerra de Attichy,
Francia, abril de 1945
Llueve. Un susurro y un goteo monótono sobre el techo de la tienda. La lona tiene filtraciones en varios puntos y han colocado latas para evitar que la paja sobre la que duermen se moje. Están estrechos, apretados como sardinas en lata, la tienda es para treinta hombres y ellos son cincuenta. Ayer llegó un transporte con heridos, lisiados a los que les falta un brazo o una pierna, pero que no tienen derecho a la tienda hospital porque no están graves. Heinz Koch ha enrollado una de sus dos mantas para ponérsela bajo la cabeza, la otra se la ha echado sobre el cuerpo. Hace frío y hay mucha humedad, los ánimos están por los suelos. En la tienda casi nadie habla, solo en un extremo, junto a la entrada, hay cuatro hombres jugando a las cartas para combatir el abatimiento que se ha apoderado de todos. Antes, alguien ha contado que Maguncia, Fráncfort y Wiesbaden fueron tomadas por los americanos hace tiempo. Que todo está destruido y que los yanquis han requisado las pocas casas que quedaban intactas.
—¿Y qué han hecho con sus habitantes? ¿Los han mandado a la buhardilla?
—Los han echado —responde alguien—. Tienen que apañárselas como pueden en las ruinas…
Heinz no sigue preguntando porque ha comprendido que ese hombre solo quiere asustarlos. No hay que creer todo lo que se dice. Pero que Alemania se acerca a su final es evidente; todo el mundo lo sabe. Por un lado es bueno, porque los ataques aéreos cesarán de una vez. Y porque se librarán del demencial régimen nazi. Eso sobre todo. Heinz Koch nunca quiso trabar amistad con ellos. Por otro lado, no se sabe qué planes tendrán los vencedores para Alemania. ¿Les permitirán empezar de cero, igual que tras la última guerra? Con muchos contratiempos, con inflación, paro y hambre… Aun así, de algún modo Else y él lograron salir adelante. Ay, pero si las bombas han caído sobre su casa y todos sus seres queridos han muerto y yacen bajo los escombros, ¿cómo va a pensar él en empezar de cero? El joven soldado de su izquierda tose. Cuando Heinz lo mira, el otro se vuelve deprisa, pero ya le ha visto la cara enrojecida y los ojos arrasados en lágrimas. Un hombre no llora, por eso ha hecho pasar su llanto por tos.
—Hay que esperar —dice Heinz en voz baja, y le aprieta el brazo—. A saber si es verdad, ese puede decir lo que quiera.
El joven soldado se llama Anton Stammler y era constructor de órganos en Augsburgo. Se pasa la manga por la cara y asiente con la cabeza.
—La esperanza es lo último que se pierde, ¿no? —comenta con una sonrisa torcida.
—La esperanza no se pierde nunca —contesta Heinz con un tono de firme convicción—. Eso no podrán arrebatárnoslo.
El joven parece algo más animado. Suelta un hondo suspiro, se pone un brazo bajo la cabeza y cierra los ojos. Ayer estuvieron un buen rato hablando sobre la fabricación de órganos y sobre el precioso órgano de la iglesia del Mercado de Wiesbaden, donde Anton no ha tocado nunca. Sobre el teatro, el Festival de Mayo. Richard Strauss, al que Anton admira muchísimo. Y sobre el Café del Ángel, que tal vez ahora no sea más que un montón de escombros. Heinz tiene que hacer de tripas corazón para no caer también en el horror y el llanto. Qué felices eran cuando no sabían lo que iba a ocurrir. Su Else y él, los chicos, el Café del Ángel. Un pequeño paraíso, eso es lo que era. ¿Y ahora? Sus hijos están en algún lugar del este, ni siquiera sabe si siguen vivos. Else y Hilde tal vez hayan muerto a causa de las bombas. La casa destrozada…
Cierra los ojos con fuerza y se avergüenza al notar que le brotan las lágrimas. Y eso que pasa de los cincuenta años y es de los mayores de la tienda. Debe de ser por esa lluvia triste, que mina los ánimos. Se obliga a pensar en otra cosa. Le viene a la cabeza su mujer, Else. Qué contenida estuvo cuando recibieron la notificación de que tenía que incorporarse a filas, mientras que él solo decía tonterías.
—¡Qué te parece! —exclamó sacudiendo la cabeza—. ¡Cincuenta y un años y sigo siendo teniente!
El rango se lo había ganado durante la última guerra, en la que luchó de principio a fin. Entonces tenía veinticuatro años y ser teniente le parecía correcto.
—¿Eso es lo único que te preocupa? —dijo Else, e hizo un gesto de desesperación—. ¿Tener que ir al frente como teniente y no como general?
—¡Claro que no!
Fue entonces cuando comprendió lo ridículo del pensamiento militar que les inculcaron cuando era joven. Abrazó a su mujer y la estrechó con fuerza contra su pecho.
—Regresaré, Else. Siempre lo he conseguido y también lo haré esta vez. Tú solo cuida bien de Hilde. Y del café.
Else siempre ha sido una buena esposa. Cuanto mayor era la necesidad, más fuerte se ha mostrado. Se ha mantenido a su lado, ha colaborado en todo, entre los dos han domeñado el mundo. También aquel día se tragó las lágrimas por no entristecerlo. En lugar de llorar fue a prepararle el petate. Mudas de recambio. Calcetines. Unos calzoncillos largos de abrigo. Los enseres de afeitado. Jabón. Cubiertos. Puros y tabaco. Un salami grueso y un trozo de jamón ahumado. Bizcocho. Él metió también un cuaderno y un lápiz. El mechero que le había regalado Hilde. Una pequeña brújula de latón… Las costuras del petate estaban a punto de estallar.
Caían unos copos de nieve pequeños y helados cuando salió a primera hora de la mañana hacia el punto de encuentro. Else y Hilde estaban arriba, junto a la ventana. Addi y la Künzel se despidieron de él en el rellano. También Julia Wemhöner estaba allí, y él la abrazó una vez más.
—Todo irá bien, pequeña —le susurró al oído—. Esto no puede durar mucho más. Aguanta.
Y entonces empezaron a sonar las sirenas. Un ataque aéreo al alba; esos son los americanos. Los ingleses solo bombardean de noche. Heinz corrió por las calles vacías mientras caían bombas por el oeste, en el barrio de Dotzheim. Las zonas de Bierstadt y Amöneburg quedaron muy afectadas, el Landeshaus y otros edificios recibieron fuertes impactos. No había noche que no tuvieran miedo a esa muerte que viene del aire. En julio tuvieron que cerrar definitivamente el café, tampoco en el teatro había funciones ya, y solo uno o dos cines seguían poniendo las últimas películas de los estudios UFA. Al final, incluso ellos tuvieron que cerrar. Por las bombas.
En el punto de encuentro, junto al ayuntamiento, se encontró con varios conocidos, casi todos de su edad y buenos clientes del Café del Ángel. A menudo los había visto de esmoquin cuando se pasaban por allí después de una representación teatral en compañía de la esposa o una amiga. Les entregaron uniformes de la Wehrmacht, no había botas reglamentarias, así que conservaron su propio calzado. Después les dieron unas breves instrucciones para el manejo de las ametralladoras y a la mañana siguiente los enviaron a la estación, desde donde partirían hacia el oeste. A Alsacia, quizá, por lo visto allí los combates eran encarnizados. Heinz Koch se sentó en el compartimento del tren junto a sus compañeros y contempló cómo iban perdiéndose las casas de su ciudad. Le parecía triste y gris en esos días de diciembre, los frondosos árboles de los alrededores estaban desnudos por el invierno. Por un instante vio la capilla griega, una mancha dorada entre el lúgubre bosque negro. Las naves industriales de Kalle-Albert estaban destrozadas, también las fábricas de Biebrich eran solo ruinas, y la cubierta de cristal de la estación tenía un enorme agujero dentado.
Su intervención militar en las inmediaciones de Zweibrücken fue brevísima, porque la Wehrmacht tuvo que abandonar su posición y retirarse. De camino a su unidad, Heinz cayó en una emboscada con otros once compañeros y fueron apresados por soldados franceses. Se rindieron en el acto; a nadie le apetecía arriesgar la vida por algo que estaba perdido desde hacía tiempo. Ni siquiera los más jóvenes. Se contentaban con ser prisioneros de guerra, así tendrían derecho a un trato digno y hasta cierto punto honroso. Por lo menos aquí, en Francia, donde mandan los Aliados occidentales. Prefiere no pensar en los pobres diablos que acaban prisioneros en el este. Willi y August, sus dos hijos, dieron señales de vida desde Rumanía por última vez. August tiene veinticinco años, Willi acaba de cumplir los veintitrés. Que Dios los asista.
Los soldados franceses los llevaron a punta de pistola hasta un viejo cobertizo. Al cabo de un rato llegó un vehículo de transporte militar americano y los hicieron subir a la parte de atrás. Los apretaron junto a otros prisioneros de guerra. No había sitio para sentarse; cuando tomaban las curvas, tenían que sostenerse unos a otros. El trayecto duró horas y Heinz estaba completamente agotado cuando por fin los dejaron bajar. Pasaron la noche en la nave de una carbonera, sin calefacción, sin mantas. Solo encontraron unas cajas viejas con las que protegerse del frío suelo. Estaban a finales de enero, las temperaturas rondaban los cero grados. Por la mañana les permitieron encender un fuego y preparar café en latas. Para comer había pan blanco seco. Heinz tenía los dedos tan entumecidos que el mendrugo se le cayó al suelo. Un compañero lo recogió y se lo devolvió. Él le dio la mitad, y el joven lo devoró enseguida. Heinz sentía todos los huesos, hacía años que padecía reúma en rodillas y caderas; el dolor estaba montándose una verdadera orgía.
Los condujeron a las vías del tren y allí tuvieron que subir a un vagón abierto de carbón que tenía el suelo cubierto por varios centímetros de carbonilla. Para librarse, al menos en parte, del cortante viento de la marcha había que acuclillarse, pero algunos de sus compañeros se negaron a causa de la suciedad. No les sirvió de nada; al cabo de media hora ya estaban sentados juntos en el polvo negro. Tras varias horas de ese trayecto gélido, algunos se tumbaron en el suelo. No había sitio para todos, así que se echaron superponiéndose unos con otros. De vez en cuando cambiaban de postura y esperaban que el viaje infernal terminara pronto. En los puentes del ferrocarril había mujeres y niños franceses que insultaban a los sales boches y les lanzaban piedras. A Heinz una le dio en el hombro y le abrió un agujero en la chaqueta del uniforme, pero por suerte no atravesó la camisa ni llegó a la piel. Aun así, el hombro le dolía bastante.
—¡Eso es Reims! —exclamó alguien—. ¡La catedral! Dios mío… Estuvimos aquí de viaje de novios, mi mujer y yo, hace quince años…
Nadie tenía nada que decir a eso. Se quedaron mirando la silueta de la ciudad al atardecer con los ojos entornados.
Poco después, el tren se detuvo e hicieron noche en la nave de la estación de carga, sobre tablones de madera y con una manta de lana por hombre. Les dieron una sopa aguada. Heinz cortó salami y repartió el jamón que le quedaba. El bizcocho se lo había acabado el día anterior. También otros soldados compartieron sus provisiones; el que come en secreto y deja que los demás se mueran de hambre es un canalla. Esa noche, Heinz durmió como un tronco, solo se despertó dos veces porque un compañero tenía que salir a orinar y le pisó sin querer en la oscuridad. Al día siguiente por la tarde llegaron a la estación de una pequeña localidad llamada Attichy y bajaron del vagón. Los soldados americanos que tenían a izquierda y derecha les quitaron los petates y se quedaron también con sus relojes. Casi todos poseen ahora solo lo que llevan encima. Tuvieron que realizar una larga marcha cuesta arriba bajo el frío atroz de enero mientras unos jóvenes soldados franceses los azuzaban con las culatas de sus fusiles. El que se rezagaba recibía golpes hasta que podía volver a caminar o se quedaba definitivamente en el suelo. Heinz apretó los dientes y consiguió aguantar.
El campo de prisioneros de Attichy se encuentra en una gran llanura pelada. Consiste en varias hileras de tiendas grises y rectangulares, unas junto a otras, rodeadas por una valla de alambre de espino. Un refugio de barro aquí y allá, torres de vigilancia de madera a intervalos regulares en las que hay soldados apostados. A los prisioneros recién llegados los registran y los rocían a fondo con polvos despiojadores. Después los interroga un oficial americano que habla en perfecto alemán. Es judío, pero se muestra amable, sin odio. Conoce Wiesbaden, también el Café del Ángel. Quiere saber si Heinz ha sido miembro del Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán, si tenía algún cargo importante. Él no oculta su pertenencia al Partido; entró en él para conservar la concesión del café. Su interrogador se da por satisfecho con eso y le asigna un lugar en una de las tiendas. Paja, dos mantas de lana por hombre. Las letrinas están en el extremo del campamento. Han cavado agujeros muy profundos. El que se caiga ahí por descuido no saldrá sin ayuda. También han construido, con latas vacías, unas canalizaciones que llevan los orines a los pozos negros. Todo muy bien pensado. Solo que no han calculado el frío terrible y la escarcha que convierten cualquier desplazamiento en una tortura. Sobre todo cuando el suelo está congelado y resbala un poco.
La primera noche no duermen, el hambre no les deja. Por la mañana, poco después de que rompa el alba, les sirven una sopa aguada y dulce, un cuarto de litro para cada uno. La sorben con avidez y se calientan los dedos contra las latas que sirven de plato sopero. Después no hay nada más y el estómago les ruge con dolor. No es hasta la tarde, poco antes de que caiga la oscuridad, cuando les dan a todos una rebanada de pan blanco seco con un cuarto de litro de té. Ni los propios franceses tienen comida, les dicen. Las provisiones se reparten primero entre la población. Sin embargo, en breve llegarán alimentos de Estados Unidos y entonces la situación mejorará.
Y así sucede. Solo que, en los casi cuatro meses que lleva allí, se han repetido varias rachas de hambruna.
—¿Heinz? —Anton Stemmler habla con un hilo de voz.
Le ha dado la espalda a su vecino de la izquierda y mira a Heinz con ojos hinchados y enrojecidos.
—¿Qué pasa? ¿Quieres liarte uno? Todavía me queda tabaco.
Además de jabón, papel higiénico y prendas de ropa cedidas por los soldados americanos, reciben unas escasas raciones de tabaco altamente codiciadas. Heinz, que es fumador de puros, a menudo intercambia la suya por usar los enseres de afeitado de algún compañero. Algunos prisioneros salvaron sus pertenencias, lo cual les supone una enorme ventaja.
—No, gracias —dice Anton en voz baja, y mira hacia Kurt Eisel, el que duerme a la derecha de Heinz. El hombre, sin embargo, tiene las manos cruzadas sobre el pecho y ronca un poco—. Tienes que ayudarme, Heinz. Si no, estoy acabado…
«Maldita lluvia —piensa Heinz—. Abate los ánimos, todo se ve en grises y negros. El muy tonto ya está tramando planes de fuga otra vez».
—Solo estás acabado si tú lo permites, Anton. Si te rindes.
—Eso no pienso hacerlo —asegura el joven en un susurro furioso—. Al contrario, estoy pensando… en el futuro… en que estoy harto de vegetar en este campamento de mierda.
—Ayer hicieron más listas —señala Heinz, porque sabe lo que vendrá después—. Tú también estás en ellas. Dentro de poco todos volveremos a casa.
Anton suelta una carcajada breve, débil y contenida.
—Puede que tú sí, Heinz, porque eres de los mayores. Los heridos serán los primeros en regresar. Los tarados mentales y los amputados… que ya no pueden hacerle daño a nadie, ¿verdad?
Vuelve a reír, en voz baja y entrecortadamente. Suena nervioso y Heinz empieza a preocuparse. El joven podría ser su hijo y, tal como se comporta, está sometido a una enorme presión mental.
—Todos regresaremos algún día, Anton —dice.
—Eso es lo que tú crees, Heinz. Los de allí me han contado que los franceses se llevan a los prisioneros de guerra a África y los ponen a trabajar en las colonias.
Heinz también ha oído ese rumor, pero se niega a creerlo. Además, en caso de que sea cierto, será solo con los más jóvenes. No con los que pasan de cincuenta.
—Tengo que salir de aquí —susurra Anton—. Mis padres y mi hermana pequeña me necesitan. Y Marlies… ¡me está esperando!
Se interrumpe y mira más allá de Heinz, hacia la pared húmeda de la tienda. Tiene los labios apretados, la mandíbula inferior le tiembla. Heinz sabe muy bien qué es lo que tortura al joven. Muchos tienen la misma inquietud, pero pocas veces hablan de ello. No todas las novias están dispuestas a esperar al elegido durante años. Tampoco todas las esposas.
—Te sigue esperando, Anton —le asegura, y se esfuerza por sonar tranquilo y confiado—. Y si no lo hace, es que no te merecía.
—Claro —contesta el otro casi sin voz.
Entonces vuelve a tumbarse boca arriba y guarda silencio.
Heinz suspira. El peligro parece controlado por el momento. Sería una lástima perder al simpático y capaz Anton. Ya han abatido a más de un prisionero a la fuga.
Por supuesto que todos quieren salir de allí lo antes posible, pero últimamente su situación no es tan mala como para otros. Los americanos son muy estrictos con la limpieza, desinfectan siempre, las ollas y los platos metálicos se lavan cuatro veces, los pozos negros se rellenan con regularidad y se cavan otros nuevos. El gigantesco campamento está pensado para cien mil hombres y cuenta con una organización ejemplar. Hay una administración de los propios prisioneros, el toque de diana lo realiza un capitán alemán, enérgico como en tiempos pasados, aunque bajo supervisión de los vencedores. Los muchachos a los que enrolaron como auxiliares de artillería antiaérea están ubicados en el «Baby Camp». Los oficiales, separados de sus hombres. En una de las tiendas hay un cartel que dice «Priests», y también disponen de médicos, de una tienda hospital, e incluso de una «Tienda Cultural» donde los prisioneros pueden organizar conferencias por las que reciben raciones extra de alimentos. Podría irles peor, mucho peor. En Rusia, los prisioneros de guerra alemanes tienen que construir líneas de ferrocarril; dicen que allí han muerto miles, de hambre y extenuación.
Lo único malo es la falta de espacio y la monotonía. Pasan la mayor parte del tiempo esperando. Sobre todo alimentos. La comida se convierte en el punto central de la vida. También la suciedad es molesta. Cuando llueve, el suelo se convierte en una gruesa capa de barro y caminar hasta la letrina es una aventura. En la ropa llevan pintadas las letras «PW», que significan «prisoner of war». Cuando quieren lavar a fondo sus prendas, van desnudos por ahí porque no tienen nada para cambiarse.
Sin embargo, lo que más los aflige es que ya no ven ningún futuro. Muchos de sus familiares han fallecido, sus familias están rotas, han perdido sus posesiones, sus casas han sido bombardeadas, y muchos han quedado tullidos y no saben cómo se ganarán la vida. A menudo tienen conversaciones sobre la guerra y el régimen nazi. Entonces Heinz prefiere escuchar a hablar, porque hay cosas que no está seguro de haber pensado a fondo. ¿De verdad los engañaron, como afirma la mayoría? ¿Es posible que todos fueran tan crédulos? Veían los noticiarios semanales y creían que la guerra era justa. Honor de hombres. Coraje de héroes. Morir por la patria es dulce y honroso. Así lo aprendieron los mayores en la época del Imperio. Ideales prusianos. Todo hombre debe demostrar su valía en la guerra, solo un cobarde podría estar en contra del conflicto. No puede negar que también él lleva parte de esas enseñanzas en la sangre. Sin embargo, hubo otras cosas que le hicieron abrir los ojos muy pronto. Como lo de los judíos. Nadie sabía muy bien qué pasaba con ellos, solo decían que los enviaban a campos de trabajo. Aun así, ni Else ni él se lo llegaron a creer del todo. Porque había rumores. Algunos clientes del café, cuando se hacía tarde y se quedaban a solas con los Koch, contaban historias muy diferentes. Sobre todo los soldados de permiso. Hablaban de hambre y horror, de matanzas calculadas para aniquilar a todo un pueblo.
Al pobre Hermann Lekisch y a su mujer los pillaron en 1941, cuando él regresó de Francia para preguntar ingenuamente por su pensión. Había sido periodista y también había escrito obras teatrales. Cliente habitual del Café del Ángel. Cuántas veces no se rieron de él, por lo agarrado que era.
Las fotografías que colgaron los americanos y ante las cuales tuvieron que desfilar todos dejaron a Heinz muy afectado. Montañas de cadáveres demacrados en campos de concentración. Personas que acabaron convertidas en esqueletos. Hornos en los que quemaban los cuerpos. Por lo menos a Julia Wemhöner pudieron salvarla de ese destino. O eso esperaba.
—¡Adolf Hitler no sabía nada de todo eso! —afirma uno.
—Fue cosa de Himmler, ese cerdo.
—O de Goebbels, el muy cabrón. Y de Göring, ese saco de grasa vanidoso.
—Si el Führer hubiese tenido a gente decente, nada de eso habría pasado.
Heinz los deja hablar y cierra la boca. Adolf Hitler los convenció a todos, incluso a muchos de los que no querían saber nada de los nazis. Un amigo judío le dijo una vez: «Ojalá no fuese judío, Heinz. ¡Hitler sería mi hombre!».
También él cayó rendido a los pies del embaucador durante un tiempo. Incluso Else. Y sus hijos, por supuesto, que llegaron a venerar al Führer. Hilde era la única que, por alguna razón, no podía soportar a Hitler. Por ello tuvo que aguantar muchas burlas de sus amigas. La valiente y cabezota de su hija había acertado por instinto.
A Heinz le duele la cabeza y se prohíbe seguir pensando. No es posible entender en un solo día todo lo que ha sucedido. Es algo que remueve por dentro, que tortura, y no se puede llegar a ninguna conclusión por muchas vueltas que se le dé. Les ocurre a muchos de los que esperan aquí de brazos cruzados hasta el siguiente reparto de comida.
De vez en cuando hay discusiones entre los prisioneros, también peleas, a las que casi siempre ponen fin los propios compañeros de tienda. Los americanos tienen mucho miedo a un motín; en cuanto oyen jaleo, se presentan soldados armados.
—Tienes que ayudarme, Heinz… —vuelve a oír en voz baja desde su izquierda.
Heinz se enfada. ¿Por qué el chico no lo deja en paz? ¿Acaso no están todos en el mismo barco?
—¿Para que te busques una desgracia? No. Quítatelo de la cabeza.
—¡Por favor! Si no me ayudas, me cuelgo.
Heinz mira a la izquierda con precaución para descubrir si la amenaza va en serio. Anton está tumbado con los ojos completamente abiertos, respira deprisa, como si tuviera fiebre. Heinz se pregunta si no estará enfermo, pero justo cuando va a agarrarlo de la muñeca oye fuera los golpes metálicos que anuncian el reparto de comida. Los avisan golpeando un cazo contra un plato de hojalata que cuelga de un cordel. Enseguida se desata una actividad frenética por toda la tienda. Los hombres dejan atrás el profundo sueño y, sin mirar, alcanzan los enseres de la comida, que para casi todos consisten en una lata y una cuchara hecha con un trozo de lata doblado. También Heinz se levanta, pero deja pasar a los demás. Aunque tiene hambre, no le apetece llegar a empujones al comedero, como si fuera un animal. De repente se da cuenta de que la mano de Anton lo retiene. Siente los dedos fríos del joven, que sostiene la muñeca de Heinz con un gesto imperioso.
—Cuando oscurezca, ve a la letrina, Heinz. Luego irá Fritz Köppel, que es amigo mío, y buscará una pelea contigo…
—¡No pienso ni planteármelo! —protesta Heinz.
—Es mi única oportunidad. Si no, me mato.
—Escúchame bien, Anton. Tienen focos que alcanzan entre cincuenta y cien metros de distancia…
—Estarán distraídos con la pelea…
—¡Lo único que conseguirás es una bala en la espalda!
—Otros lo han hecho.
Es cierto. Aunque solo unos pocos, porque a la mayoría los han pillado. A algunos los han llevado de vuelta al campamento días después en un estado lamentable. Salir del recinto es una cosa, regresar a casa cruzando el país del enemigo es otra. Y en la Alemania ocupada, el horror acaba de empezar. Heinz da media vuelta sin decir palabra, coge su lata y su cuchara y se pone a la cola de hombres hambrientos. Llueve a cántaros y todos están calados hasta los huesos, lo cual no ayuda a levantar los ánimos. Hoy dan una sopa de verduras ligera, todavía más aguada por la lluvia, y algo de pan para acompañar. Después, un cuarto de litro de café endulzado con azúcar. Casi todos devoran el pan y la sopa sin moverse del sitio; para el café se retiran a la tienda medio seca. Varios se resbalan y caen en el fango, a uno se le derrama la sopa y sufre un ataque de nervios. Rescata el pan del barro y se lo come. Heinz observa a Anton mientras se bebe el café y, aliviado, comprueba que se comporta con total normalidad.
Más tarde se sientan con otros dos compañeros a jugar al skat de cuatro, aunque casi siempre gana el dueño de la baraja, un tabernero de Colonia. Anton hace bromas, está relajado y juega una buena partida. Después empiezan las carreras a la letrina, pero por suerte ha dejado de llover. Heinz espera a que la mayoría haya vuelto, no le gustan los apretujones en el cagadero. También las conversaciones y los chistes vulgares le resultan desagradables. Es cierto que fue soldado en la última guerra y allí se acostumbró a todo eso, pero aquí es diferente, porque son prisioneros y tienen las miradas de los guardias encima hasta cuando cagan.
Al caer la tarde, confiado, va a las letrinas pisando con mucho cuidado porque el camino resbala. Y entonces ocurre. Se siente idiota, tendría que haberlo imaginado.
—¡Largo de aquí, este es mi sitio!
El que supone que es Fritz Köppel es algo más bajo que él, pero más joven y ancho de hombros. Se le acerca y le sonríe. «Soy amigo», dice su sonrisa.
Heinz retrocede.
—No… —dice—. No quiero pelea. Para.
Pero el otro parece divertirse. Le da un empujón en el pecho que a punto está de tirarlo al pozo y se ríe. Heinz consigue recuperar el equilibrio e intenta esquivarlo para regresar a la tienda, pero Fritz Köppel le cierra el paso. A la luz de los focos, Heinz puede verle los dientes, pequeños y de un color ceroso, la boca ancha, los ojos achicados y claros. En ellos se ve animosidad, una ira acumulada que busca salida. Odio.
—¡Cuidado! —le grita a Heinz—. ¡O acabarás en la mierda!
Heinz tiene que defenderse, no es ningún cobarde, pero las peleas no van con él. El otro golpea con fuerza, así que encaja algunos golpes hasta que consigue agarrar a su contrincante y tirarlo al suelo. Se debaten en el fango, se acercan peligrosamente al pozo negro, se enganchan, uno quiere golpear y atizar, el otro intenta impedírselo.
Alguien los levanta. Les plantan el cañón de un fusil en el pecho y se los llevan detenidos. A Heinz le martillea la cabeza, ha recibido un puñetazo en la sien, a su alrededor los focos proyectan una luz como de día, en algún lugar se oyen disparos. Unos estallidos fuertes y secos, como de ramas que se parten.
Lo interrogan, lo acusan de haber tramado un complot con los otros para ayudar a huir a un nazi de alto rango. Heinz nunca sabrá qué había de cierto en esa acusación. Tampoco qué suerte corrió Anton Stemmler. Pasa treinta días en aislamiento, en un refugio de tierra donde solo le dan un plato de sopa al día acompañado de un mendrugo de pan. Una mañana, temprano, lo sacan con las manos cruzadas sobre la nuca y lo suben junto a otros treinta prisioneros de guerra a un camión militar. El trayecto los lleva hacia el noroeste.
Hilde
Wiesbaden, marzo de 1945
Fue la mayor tontería que ha hecho en toda su vida, pero no pudo evitarlo. No era capaz de dejarlo marchar sin más. Tenía que demostrarle que iba en serio y que no lo enviaba lejos para librarse de él, sino para salvarle la vida. Porque lo ama por encima de todo.
Hilde está tumbada en la cama de sus padres, en la habitación de matrimonio, e intenta contener las náuseas una vez más. Qué desagradables son. Todas las mañanas va corriendo al baño con arcadas, vomita y luego, cuando se mira en el espejo —aunque en realidad no debería—, contempla una cara pálida y con ojeras oscuras que le parece la de una completa desconocida. Mira que tiene mala suerte. Gisela le hizo jurar que guardaría silencio cuando le confesó que se había acostado tres veces con su prometido, Joachim, antes de que se fuera al frente. Porque quería quedarse embarazada de él a toda costa. ¿Y funcionó? Qué va. A Hilde, sin embargo, le salió bien la primera y única vez. Pero a Gisela no se lo ha contado aún. No de momento. Aunque Gisela es su mejor amiga.
—Quizá es que Joachim tuvo mucho cuidado —le dijo Gisela—. A veces me pregunto si lo hizo bien…
—¡Dios santo!
Hilde no tiene que preocuparse por eso. El cariñoso Jean-Jacques, de ojos negros, sabía muy bien lo que se hacía cuando Hilde le dejó entrar en su cuarto la mañana antes de que huyera. No tenían mucho tiempo para estar juntos, pero aprovecharon bien los pocos minutos que consiguieron. Hilde ya casi está en el cuarto mes, las faldas le aprietan en la cintura y tiene que dejar abiertos los últimos botones de la blusa. Un hijo de un prisionero de guerra francés. Si se descubre, en todas partes será la puta de los franceses. La internarán en un centro y le quitarán al niño en cuanto nazca.
Pero lo peor sería que se enterasen de que ayudó a Jean-Jacques a huir. Hilde le preparó una mochila con provisiones y mapas. Su madre anunció a los cuatro vientos que tenía que ir al carbonero y se llevó a Jean-Jacques con ella para que tirara de la carretilla. Regresó ya entrada la tarde, sola. El maldito franchute se había escapado a medio camino, dijo; ella lo había buscado durante horas y al final tuvo que tirar sola de la pesada carretilla llena de carbón. En realidad, lo que hizo fue enseñarle cómo esconderse en el cementerio de Südfriedhof para luego cruzar el puente del Rin de noche de forma segura. «Por ayudar a huir a alguien lo llevan a uno a juicio y lo envían a un campo de internamiento», decía su madre, pero aun así lo hizo.
—Porque también tengo hijos —explicó—. Y porque espero que en algún lugar haya madres que cuiden de mi Willi y de August.
No saben si Jean-Jacques ha conseguido regresar sano y salvo a casa. Es de Nimes, que queda al sur de Francia. Sus padres tienen unos viñedos y producen vino tinto, como la mayoría de viticultores de la región. Jean-Jacques heredará algún día el negocio de su padre, según está establecido. Antes de marcharse a la guerra, se casó a toda prisa.
Cuando Hilde hace una tontería, la hace bien. Un prisionero de guerra francés y, además, casado. No se ha dejado nada. Lo único bueno es que su padre no se ha enterado del final de la historia. Es decir, del embarazo. Sí estaba al tanto del flirteo entre Hilde y el trabajador Jean-Jacques, a quien habían asignado como mano de obra al Café del Ángel y al hotel Kaiserhof, y le advirtió que le pusiera fin. Pero Hilde es cabezota. Hace lo que quiere, sobre todo en cuestiones de amor. Y era amor, sin duda. Su gran amor. Un amor como el que solo se vive una vez en la vida. No, no fue ninguna tontería. Fue el destino. Coup de foudre lo llamó él, un flechazo. También Jean-Jacques claudicó, a pesar de los viñedos y de su esposa. Y le prometió que regresará con ella. Cuando la guerra termine y haya arreglado las cosas con sus padres y su mujer…
—¿Y te lo creíste? —le preguntó su madre—. Despierta, hija. En cuanto vuelva a estar en casa con su familia, pronto te habrá olvidado.
Su madre puede ser muy cruel. Ella diría que es realista. Sensata. Hilde vuelve a tener náuseas. Salta de la cama, va corriendo al baño y se inclina sobre el lavamanos. Justo a tiempo. Su madre se ha dado cuenta, claro, entra en el baño y echa agua para aclarar el vómito. Las cañerías siguen sin funcionar bien, tienen que subir cubos de agua de abajo, del café, donde hay una segunda acometida.
—Esto tiene que acabar de una vez —dice Else—. Estás para el arrastre. Cuídate mucho de que Storbeck no sospeche nada. Ni Marianne, su mujer.
—¿Por qué te inquietas? Diremos que es de Fritz Bogner…
Su madre suelta una risa breve y sacude la cabeza.
—Qué valor tienes, hija. Ese pobre se quedará pasmado cuando vuelva…
—Quién sabe cuándo volverá.
Fritz tocaba el violín en el Café del Ángel, y Hilde lo admiraba desde pequeña. Era estudiante de música y quería ser violinista en una orquesta… pero la guerra se lo impidió. A Fritz Bogner lo llamaron a filas nada más estallar el conflicto; nadie sabe dónde estará ahora, o si seguirá vivo.
Hilde se sienta en una silla de la cocina, le cuesta respirar. Desde que Storbeck y Marianne se han instalado en la casa viven con un miedo constante. Sobre todo por Julia Wemhöner. Tras el terrible bombardeo, se quedó conmocionada y salió a la calle con un vestido de noche y caminó por entre los escombros hasta llegar al teatro. Es un milagro que nadie la haya descubierto todavía, pero los nazis ahora tienen otras preocupaciones. Los americanos avanzan, se habla de una batalla decisiva junto al Rin. Hombres de hasta sesenta años y adolescentes medio imberbes son reclutados para las fuerzas de asalto del pueblo. Ojalá se llevaran también a Storbeck, pero él tiene que ayudar en los trabajos de desescombro del ayuntamiento y no está disponible. En cambio, no hace más que pasearse todo el día por el edificio, husmeando. La Künzel lo pilló hace poco con la oreja pegada a la puerta de su apartamento. Addi ha amenazado con que si descubre a ese chivato jactancioso escuchando tras su puerta, lo clavará en la pared por las orejas.
—¡Eso no es ninguna solución, señor Dobscher! —exclamó la madre de Hilde, espantada.
—Lo decía en sentido figurado —masculló Addi con aire sombrío.
—¡Qué pena! —señaló Hilde con malicia.
Julia Wemhöner se disculpó muchas veces con Addi. Le dijo que fue por la conmoción. Por las bombas. Y porque siempre tenía que esconderse. Addi les contó que habló un buen rato con ella, que ya estaba serena y que le prometió solemnemente no volver a hacer nada parecido.
Sofia Künzel ha retomado sus ejercicios de canto y piano. No solo por motivos musicales, sino también porque sabe de sobra que así molesta a los Storbeck, en el apartamento de abajo. Marianne ya ha golpeado varias veces el techo de la habitación con la escoba. No le ha servido de nada. La madre de Hilde, a quien se han quejado, les ha contestado con amabilidad que pueden marcharse si quieren. Que en esta casa los artistas siempre han sido bienvenidos y así seguirá siendo.
Sin embargo, a Storbeck ni se le pasa por la cabeza marcharse. ¿Adónde iría, además? En Wiesbaden hay escasez de vivienda, muchos se han quedado sin techo tras los bombardeos y tienen que alojarse en casa de parientes o conocidos. El que ha podido hacerse con un apartamento vacío, como los Storbeck, está de suerte.
—Ese está aquí nadando en la abundancia —reniega Else—. ¡Y encima usa las sábanas de August y Eva!
—También echa mano del carbón que tenemos en el sótano —informa Addi con rabia.
—Que lo haga —opina Hilde—. Lo principal es que nos deje tranquilos.
Por la noche, cuando están todos reunidos en el café tomando una sopa de cebada con pedacitos diminutos de tocino que ha preparado la madre de Hilde, llaman a la puerta de la escalera. Dejan de comer y se miran.
—Julia Wemhöner… —murmura la Künzel con miedo.
Addi se ha quedado blanco como la pared y aprieta los puños.
—¡Silencio! —ordena Else. Luego pregunta en voz alta—: ¿Quién es?
La puerta se abre un resquicio y aparece el rostro de Wilfried Storbeck y, por debajo, una botella de licor de huevo que lleva consigo.
—No queremos molestar —dice, y sonríe a todos los comensales—. Pero nos gustaría celebrar al fin nuestra llegada a su comunidad.
Termina de pasar y se planta ante ellos con su mejor sonrisa falsa y la botella del brebaje amarillento en la mano. Desde luego, no es ningún adonis. Cara ancha con pómulos angulosos, cejas pobladas y unas greñas rubias y ralas por entre las que brilla una calva rosada. Marianne, que entra detrás de él con una sonrisa parecida y cierra la puerta con cuidado, es una mujer regordeta con un gran busto y el pelo teñido de castaño, y sus rizos son de permanente.
Ahí están los dos, es evidente que no pueden echarlos. Al contrario, tienen que ofrecerles un sitio en la mesa y un plato de sopa, es lo que manda la buena educación. El único que protesta abiertamente es el perro de varios colores, debajo de la mesa. Nada más llegar se llevó una patada de Storbeck cuando quiso colarse en su apartamento, porque olió un delicioso jamón ahumado. Desde entonces le gruñe cada vez que lo ve.
—Caray, ¿qué le pasa al perrito? —comenta Marianne con ingenuidad, y se agacha para acariciar al animal, pero este hace amago de morderle los dedos y ella retrocede, sobresaltada.
—Que con unas raciones tan escasas sigan alimentando a un perro… —señala Storbeck—. Lo respeto, lo respeto. Eso sí que es amor a los animales.
«Si supiera lo de Julia Wemhöner, a quien también alimentamos, seguro que se extrañaría más», piensa Hilde. Más vale ser precavidos. Ese tipo se presenta con su licor de huevo en polvo y leche desnatada y pretende emborracharnos. Quiere tantearnos, el muy sinvergüenza.
—¿Un platito de sopa? —ofrece su madre—. Por desgracia, lleva muy poco tocino. Siempre nos reunimos porque se cocina mejor para todos…
—Muy bien pensado —opina Marianne, y acerca el plato de su marido—. Nosotros también teníamos una comunidad de vecinos muy unida, ¿verdad, Wilfried? Y todo perdido en un único bombardeo…
La madre de Hilde sirve pequeñas raciones en los platos de los Storbeck. Addi la observa con reprobación en la mirada, porque quería reservar un poco para Julia. Se ha vuelto difícil subirle su comida por la noche porque hay que pasar por delante de la puerta de los Storbeck. Su madre la guarda en una fiambrera de latón que puede llevarse en una mano. Addi la tapa con su abrigo o con una chaqueta y nadie nota nada. Solo el perro, que se pone muy pesado y siempre lo sigue corriendo, mirando con ansia hacia la fiambrera.
En la mesa no consiguen entablar ninguna conversación. Los Storbeck prueban la sopa, Marianne elogia el arte culinario de Else y le pregunta qué especias utiliza.
—Las que haya —comenta la madre de Hilde, encogiéndose de hombros—. El año pasado piqué un poco de apio, zanahoria y perejil, y lo puse en salmuera en un bote. Va muy bien para condimentar la sopa…
Marianne quiere que le dé la receta, porque seguro que pronto podrán volver a comprar verdura.
—Ay, sí, dentro de nada estaremos en Pascua. El 1 de abril es Domingo de Resurrección. Qué extraño, ¿verdad?
—Parece una broma pesada… —masculla la Künzel.
Han oído decir que también habrá huevos. Uno por familia. No alcanza para más, en estos tiempos difíciles en los que hay que reunir todas las fuerzas para ayudar a Alemania a conseguir la victoria. Marianne Storbeck habla con furia, tiene las mejillas encendidas, no hace más que mirar a su Wilfried para ver si está contento con su discurso.
«Esta tiene la despensa llena de huevos, mantequilla, jamón y otras exquisiteces», piensa Hilde con envidia, y se muere de rabia por su palabrería hipócrita. Los del Partido tienen acceso a los almacenes de provisiones, y todo el mundo sabe que son los que mejor servidos están. Hoy por ti, mañana por mí. Y los huevos rara vez van de uno en uno. O eso dicen…
—Todos debemos hacer sacrificios —confirma Wilfried Storbeck—, pero hoy queremos celebrar ya la Pascua. La regaremos con esto. Seguro que tiene por ahí unos vasitos de licor, ¿verdad, señora Koch?
La madre de Hilde se ha llevado la olla de sopa a la cocina y ha echado las sobras, donde todavía quedaban bastantes trocitos de tocino, en la fiambrera de latón para Julia Wemhöner. Hilde, que la ha ayudado, suelta un suspiro, saca seis vasitos de licor de la estantería y los pone en una bandeja. No le apetece la bebida dulce, pero tampoco ayuda a nadie siendo descortés. Storbeck, además, ya ha abierto el tapón de rosca y está olfateando con entusiasmo los aromas que salen de la botella. No tarda en servir tres gotitas en cada vaso, levanta uno para comprobar el nivel y añade un gotita más. El licor es demasiado líquido, seguro que lo han hecho con leche desnatada en lugar de con nata. Marianne lo ofrece con jactancia, y todo el mundo acepta un vasito. Incluso Addi, que lo levanta a la luz y entorna un ojo. Else le pisa el pie derecho y él deja de hacer el tonto.
—¡Salud! —les desea Marianne.
—¡Gracias por su generosa aportación! —exclama la Künzel con afectación operística.
—¡Por la victoria final y por nuestro Führer, Adolf Hitler! —entona Wilfried, y levanta su vasito de licor.
Hilde hace de tripas corazón y se traga el líquido amarillento. En efecto: huevo en polvo, pero con mucho aguardiente. Deben de haberlo confiscado en una destilería ilegal y por eso estaba en un almacén nazi.
Marianne Storbeck suelta un suspiro de placer y deja el vaso.
—Qué traguito más bueno —comenta—. Le calienta a uno por dentro, ¿verdad?
—Sin duda —dice la Künzel—. Ya siento que me sube el calor, ¿tú no, Addi?
—Sí, claro —gruñe este—. El aguardiente ahorra carbón.
La madre de Hilde los mira a ambos con severidad. Los Storbeck no deben intuir que se están metiendo con ellos por nada del mundo, pero Wilfried Storbeck, por suerte, no tiene la menor sensibilidad para la ironía fina.
—¿Alguien quiere un poquito más? ¡Hoy me he levantado generoso!
A la Künzel no hay que preguntárselo dos veces, y también Else acerca el vaso. Solo Addi se queda quieto. Hilde vuelve a tener ganas de vomitar. No debería haberse bebido ese maldito licor, que le arde en el estómago. Esta vez Storbeck llena los vasitos casi hasta la mitad; parece que las cuatro gotas de huevo en polvo alcoholizado lo han embriagado. También Marianne sonríe con alegría.
—Deberíamos contenernos un poco —dice Storbeck, que no se percata de que, salvo su mujer y él, nadie comenta apenas nada—. Corren tiempos difíciles, nuestra patria ya no puede seguir alimentando bocas inútiles.
El perro gruñe debajo de la mesa como si se diera por aludido. Addi sufre un ataque de risa que enseguida camufla con una tos.
—Bocas inútiles… ¿Y quiénes son esos? —pregunta la Künzel levantando las cejas con inocencia—. ¿No se referirá al pobre perrito?
—Pero ¡qué dice! —exclama Storbeck haciendo un gesto despectivo con la mano—. Me refiero a los judíos. Y a los gitanos. Pero sobre todo a los comunistas.
—¡Esos, los primeros! —coincide Marianne—. Pero también los desertores…
—¿De verdad? —dice Else, y mira al reloj—. ¡Madre mía, qué tarde! ¡Si ya son casi las diez!
Pero Storbeck no entiende la indirecta sutil… y muy directa. Le da un sorbo a su licor y sigue parloteando. No deja de mirar a Hilde. ¿Por qué lo hará?
—¿Se han enterado de que un prisionero de guerra huido, parece que franchute, se coló en casa de una viuda en Hügelstrasse? Por lo visto amenazó a la pobre mujer y la violó hasta que ella por fin pudo escapar por la ventana para pedir ayuda…
Hilde tiene que tragar saliva porque el contenido del estómago le sube por la garganta. Su madre arruga la frente y comenta que no sabían nada.
—Pues sí, sí —asegura Marianne—. Y no hace tanto que pasó. Fue en enero, ¿verdad, Wilfried?
Él cierra la botella medio vacía y asiente con la cabeza.
—Puede ser. Se lo llevaron al paredón de inmediato. Lo juzgaron allí mismo. Cerdo francés. ¿No se encuentra bien, señorita Koch?
Hilde recupera la compostura.
—De pronto me ha bajado todo el cansancio —explica—. Ya pasan de las diez, ¿no?
Addi suelta un bostezo fuerte y generoso. Piensa en Julia, que estará pasando hambre arriba. La Künzel vuelve a colocar los vasos en la bandeja, la madre de Hilde se levanta y abre la ventana para airear. El frío aire nocturno ahuyenta a los invitados pesados en un abrir y cerrar de ojos.
—Sí, bueno, tal vez deberíamos… —dice Marianne—. Se ha hecho tarde, ¿verdad? Pero ha sido muy agradable charlar un rato juntos.
Wilfried Storbeck se coloca la botella bajo el brazo y se despide de Else con un efusivo apretón de manos. Después de la Künzel, luego de Hilde.
—Eso es lo que pasa cuando uno es bondadoso, ¿sabe? —le dice—. A esos tipos no les puedes dar la mano. Te toman el brazo entero. Qué digo, la mujer entera. No tienen educación, franceses y polacos. Ni disciplina. Bueno… Que pase buena noche, señorita Koch.
Cuando ya ha salido por la puerta con Marianne, Addi corre a la cocina a por la fiambrera de sopa, cruza el apartamento de los Koch, sale a la escalera y sube a su vivienda. Así, adelanta a los Storbeck y no tiene que cruzarse con ellos en la escalera. La Künzel se queda un rato más con Hilde y su madre en la cocina.
—Lo ha dicho adrede —opina Else—. Es un sucio canalla…
—Es una mentira como una casa —le dice Sofia Künzel a Hilde—. Solo quería ver si mordías el anzuelo. Te has mantenido firme, Hilde. Tienes mi respeto.
Ella no añade nada más. Por supuesto que es mentira. Tiene que serlo. Si no, ellas se habrían enterado. Aunque Hügelstrasse no queda lejos del cementerio de Südfriedhof, y las fechas cuadran.
—Jean-Jacques no haría algo así —comenta su madre al acostarse a su lado, algo después—. ¡Jamás violaría a una mujer!
Desde luego que no, eso Hilde lo sabe. Pero la historia también podría haber sido otra. Tal vez solo se ocultó en la casa, la mujer lo sorprendió y montó un escándalo. Y lo de la violación se lo inventaron los nazis. Como advertencia, por así decir, para que a nadie se le ocurra dar cobijo a un prisionero de guerra huido.
—Qué más da —rezonga su madre, y se vuelve sobre el lado del que duerme—. Que Storbeck se quede con la duda. Cuando lleguen los americanos, él y los suyos tendrán muy malas cartas. Y se lo habrá merecido. ¡Vaya si se lo habrá merecido!
Se sabe que los americanos están ya al otro lado del Rin. Maguncia ha caído, no tardarán mucho en llegar a Wiesbaden.
Else se acomoda en su almohada y al cabo de unos minutos está profundamente dormida. Hilde no lo consigue, siempre tarda un buen rato en entrar en la liberadora tierra de los sueños. Es cuestión de práctica, según dice su madre. Hace años, cuando se pasaba las noches haciendo pasteles para el café y durante el día tenía que ocuparse de tres niños, de los clientes, de Heinz y de mil cosas más, aprendió a dormir unos minutos en cualquier lugar y después volver a estar del todo despierta. Lo necesitaba. Si no, no habría aguantado.
Hilde se estira bajo el edredón. Ya tiene el estómago mejor, pero nota algo en la tripa. «No lo pienses —se dice—. Jean-Jacques lo ha conseguido, hace tiempo que está en Nimes, con su familia. Todo va bien». Se queda un rato quieta, tumbada en silencio, escuchando los ruidos de la casa. El perro de varios colores ronca en la sala de estar. Seguro que ha vuelto a subirse al sofá, cosa que siempre logra por mucho que Hilde coloque dos sillas delante. Es un descarado y deberían hacerle bajar de ahí, pero el muy zalamero las mira con sus cándidos ojos color ámbar… No pueden evitarlo.
Hilde siente un dolor tirante y muy fuerte en la tripa. Es por culpa de ese maldito licor de huevo. Ese brebaje aguado… Tiene que contener la respiración un rato, deja de sentirlo y vuelve a respirar con alivio. Puede que empeore por la noche, así que más le vale ir al baño ahora, porque después estará demasiado cansada. Se levanta sin hacer ruido para no despertar a su madre. En el baño se espanta al comprobar que está sangrando. ¡Algo va mal! Asustada, regresa a la cama y duda si despertar a su madre o mejor no. Si se está muy quieta y se tumba tranquila, no se estresa y piensa en algo bonito, tal vez por la mañana todo haya pasado. Se imagina que Jean-Jacques sigue con ellas, lo ve abajo, en el vestíbulo, barriendo el suelo. Es rápido y hábil trabajando. Al verla de pie en la puerta, le sonríe. Es delgado y nervudo, tiene manos fuertes, se nota que ha trabajado en la viña. Su pelo negro se riza en pequeños tirabuzones. Lo lleva muy corto, casi parece pelusilla de lana. Cuando sonríe, los ojos se le achinan y brillan con alegría. «Mademoiselle Ilde», dice. Le cuesta mucho pronunciar la «h» de su nombre…
No sirve de nada. Hilde nota de pronto unos enormes retortijones. El dolor es muy intenso y dura más que antes. Gime. Se sienta. Sigue sangrando. ¡Mierda! Se levanta rápido de la cama para no manchar las sábanas. Cuando se encuentra ante la puerta del baño se marea, tiene que sentarse en el suelo. No se le pasa. Se retuerce.
—¿Hilde? ¿Qué ocurre? ¿Te encuentras mal? ¿Tienes dolores?
Es su madre, que la ha oído gemir.
—Sí… La tripa…
Else se arrodilla a su lado y, con delicadeza, le aparta de la frente el pelo empapado de sudor.
—Voy corriendo a Schiersteiner Strasse —dice en voz baja—, a buscar a Viviane Krempel. Tiene que venir enseguida.
—¡No! —protesta Hilde—. Ya se me pasa. Mañana estaré bien…
A la comadrona solo se la necesita cuando va a nacer el niño, pero el suyo aún es demasiado pequeño, no podría sobrevivir…
Se retuerce de dolor, tiene fuertes contracciones, corre al retrete, luego otra vez a la cama, gime, maldice, reniega. No llora, aunque le gustaría. Pero no lo hará mientras su madre y la señora Krempel estén con ella, y menos aún con la comadrona toqueteándole la barriga.
—Un aborto natural —dice la mujer—. Todavía durará un rato más, después lo habrá superado. Póngale periódicos debajo…
Hacia el alba, todo ha pasado. El niño la ha abandonado, los dolores han desaparecido, la comadrona ha dicho que todo está bien.
—Pues sí, ocurre muy a menudo. Y más ahora, con tan poca comida y las constantes alarmas antiaéreas. No es grave, muchacha. Podrás tener un montón de niños, con esa constitución tuya…
Su madre quiere pagarle, pero la mujer prefiere medio pan y un trozo de tocino. Se los mete en el bolso y acto seguido emprende el regreso a su casa. Fuera ya se ve luz.
—Al final has tenido mucha suerte —dice su madre, que se tumba junto a ella para dormir una o dos horas más.
Hilde guarda silencio.
No derrama ni una lágrima hasta que Else se ha levantado y ya está ocupada en la cocina. Entonces llora con amargura por el pequeño ser que vivía dentro de ella y al que nunca tendrá en brazos.
Luisa
Stettin, finales de febrero de 1945
—No podemos llevarnos tantas cosas, mamá —dice Luisa—. La maleta no, solo la bolsa de viaje.
Su madre sacude la cabeza. No está dispuesta a dejar atrás los vestidos y los zapatos buenos. Tampoco los manteles, el álbum de fotografías, la ropa de cama. Necesitarán cubiertos. Una olla. El hervidor para preparar té. Y el precioso jarrón azul que compró en Danzig.
—Yo llevo la maleta, Luisa… Podremos con todo.
Es su última noche en el apartamento de Stettin. A primera hora de la mañana irán a la estación, donde esperan encontrar un tren hacia Rostock, o quizá solo hasta Schwerin, pero eso no importa. Lo principal es ir hacia el oeste.
—No son más que habladurías —opina Annemarie Koch—. Los rusos no llegarán hasta aquí.
Stettin ha sido duramente bombardeada, pero está bien defendida. Y saben que en Schneidemühl hay fuertes contingentes de la Wehrmacht que rechazarán los avances del ejército ruso. Por lo menos es lo que han visto en el noticiario semanal. En él, los rusos siempre son vencidos, los alemanes se ríen de ellos, los expulsan del país o los matan. En las conversaciones con conocidos, en cambio, las historias son otras. Entre susurros se habla de mujeres violadas, pueblos incendiados y alemanes muertos a palos. También les preocupan los numerosos desplazados de la Prusia Oriental y la Pomerania Central que llegan todos los días a Stettin en su marcha hacia el oeste. Casi todos son mujeres y niños, muchos no tienen ni caballo ni carro, van a pie, tiran de una carretilla cargada hasta los topes, y a veces llevan en ella a una viejecita con un niño de pecho en brazos. Es una estampa que despierta compasión, pero también miedo. El peligro del que huyen esas personas es espantoso.
—Cómo me alegro de estar ya por encima del río Óder —dijo la semana pasada una joven de Kolberg a la que dieron cobijo una noche junto a su hijo de cuatro años—. Aquí estamos a salvo, por fin.
Aun así, a la mañana siguiente volvió a ponerse en marcha. Les dijo que mientras los trenes siguieran funcionando, quería llegar lo más al oeste posible. En Hamburgo tenía unos parientes que los acogerían al pequeño y a ella.
Fue entonces cuando Luisa decidió partir también hacia el oeste. Aunque su madre no dejaba de decir que era mejor esperar a la primavera, que todavía hacía demasiado frío. No habían tenido un invierno tan gélido en años, así que no era buen momento para emprender un viaje.
—¿De verdad crees que es necesario, Luisa? —le preguntó al final, con un suspiro—. Aquí tenemos un techo. Nuestros preciosos muebles. La máquina de coser… Y en primavera tal vez podamos volver a abrir el café.
—No, mamá —insistió ella—. Eso se ha terminado para siempre.
Y su madre se resignó, igual que hace siete años, cuando las dos salieron de la finca Tiplitz. Entonces tampoco poseían más que una maleta y una bolsa de viaje, pero se marcharon con la cabeza bien alta.
Solo el viejo Joschka se despidió de ellas con la mano y les deseó buena suerte: «¡Que Dios las asista! ¡A ustedes más que a nadie!».
En el pequeño cementerio familiar se situaron algo apartadas de los nobles para ver a Johannes von Tiplitz descender hasta su tumba. Annemarie Koch y su hija Luisa no fueron invitadas a la recepción en la mansión Tiplitz. Luisa ya había preparado el equipaje días antes y le había dicho a su madre que no pensaba permitir que la echaran, prefería marcharse por decisión propia. Que se lo debían a su padre, porque siempre había sido bueno con ellas y jamás habría querido que las expulsaran de forma vergonzosa. Luisa acababa de cumplir catorce años, pero hizo caso de las palabras del médico Greiner y tomó las riendas. Annemarie Koch no estaba en situación de reaccionar, no cuando lloraba la reciente pérdida de su amado Johannes.
Después empezó una odisea para madre e hija. Con el poco dinero que tenían llegaron a la ciudad balneario de Rauschen, en el Báltico, al norte de Königsberg y no muy lejos del istmo de Curlandia. Allí, los abuelos Koch habían regentado el café en el que Annemarie creció y, más tarde, trabajó. También allí conoció al joven barón Johannes von Tiplitz, que fue a Rauschen a hacer una cura de baños marinos. Para espanto de la madre de él, los dos se enamoraron. Cuando Annemarie le escribió más adelante contándole que estaba embarazada, él insistió en que se trasladara a la finca Tiplitz, y la baronesa tuvo que plegarse por consideración a la delicada salud de su hijo. Sin embargo, durante todos esos años se opuso a que se casaran, como en un principio pretendía Johannes.
La hermosa ciudad báltica de Rauschen resultó una inmensa decepción para Luisa y su madre. El Café Koch se había vendido, los abuelos habían muerto. Madre e hija malvivieron todo un verano gracias a pequeños trabajos temporales, luego Luisa decidió que irían a Danzig. Había estado un par de veces allí con sus padres, de pequeña. Mientras su padre se sometía a un tratamiento médico, Joschka se la llevaba en el carruaje a dar una vuelta por la ciudad. Trabajaron dos años en una pequeña localidad de la bahía de Danzig, en una cafetería con terraza. Annemarie atendía a los clientes y Luisa vendía molinillos de colores que hacía ella misma. Pero tuvieron problemas con el propietario del establecimiento y siguieron camino hacia el oeste. En Stettin arrendaron juntas un café muy pequeño pero que solía estar muy concurrido, sobre todo por las mañanas, cuando los trabajadores del puerto pasaban a tomarse un bocadillo y café caliente. Los intensos bombardeos aéreos destruyeron las instalaciones portuarias casi por completo y terminaron con el floreciente negocio. En los últimos tiempos, Luisa y Annemarie han vivido de trabajos de costura que realizan para amigos y conocidos. Y han tenido suerte, dentro de lo malo, porque de momento el barrio en el que viven sigue intacto.
Annemarie no le habló a su hija de su hermano Heinrich hasta que estuvieron en Stettin. Heinrich Koch había sido soldado en la última guerra, primero luchó cuatro años en Rusia, después en Francia, y tuvo la gran suerte de sobrevivir a todo ello. Sin embargo, en lugar de regresar a Rauschen junto a su familia, se enamoró y escribió a su padre contándole que iba a casarse y que se encargaría del café de sus suegros. Y a pesar de las muchas cartas airadas y suplicantes de sus padres, no permitió que nada le hiciera cambiar de opinión.
—¿Y dónde está ese café? —quiso saber Luisa.
—En algún lugar del Rin. Cerca de Fráncfort, creo. ¿Cómo se llamaba la ciudad? Seguro que luego me viene el nombre.
Más adelante le dijo a Luisa que era una ciudad balneario. Algo con un estanque, o fuentes, o baños… Waldbad… Teichbaden…
Wiesbaden. Eso, Wiesbaden. Con un nombre así, no podía tratarse de un lugar muy grande ni muy famoso. Nunca había entendido a su hermano, porque Rauschen, junto a Königsberg, era una ciudad bonita de verdad, a orillas del Báltico y con un balneario al que acudían numerosos e ilustres visitantes.
Antes de que cayeran las bombas, Luisa iba a menudo a la biblioteca municipal y sacaba novelas y libros de viaje, de esos que tanto le gustaban a su padre. No tenía mucho tiempo porque el trabajo en el café solía alargarse hasta bien entrada la noche, pero le bastó para leer varios volúmenes del escritor francés Victor Hugo, e incluso un libro de un autor ruso, León Tolstói. En la biblioteca descubrió también un librito sobre la ciudad balneario de Wiesbaden del Rin, y se lo enseñó a su madre.
—Mira, tiene un gran balneario y un parque. ¡Y hasta el káiser Guillermo visitó la ciudad!
Annemarie Koch se limitó a mirar las imágenes y se encogió de hombros. No tenía ni punto de comparación con Rauschen, porque le faltaba el mar. En eso Luisa no podía quitarle la razón, pero la ciudad le gustó igualmente. Por lo menos tenía río, el gran Rin.
—¿Sabe tu hermano Heinrich que tiene una sobrina?
Annemarie sacudió la cabeza. ¿Cómo iba a saberlo, si hacía años que no se carteaban?
—¿Tú no volviste a escribirle, mamá? Pero ¿por qué no? Si es tu hermano…
La propia Luisa lo intentó, pero no obtuvo respuesta. Debía de ser porque era ilegítima. Quién iba a querer a una sobrina así.
Por la noche se produce un bombardeo aéreo y tienen que bajar al frío sótano junto con muchos de los desplazados que han buscado alojamiento por toda la ciudad. A partir del día siguiente, también tendrán a su disposición el pequeño apartamento de dos habitaciones en el que Luisa ha vivido cuatro años con su madre. Dejarán los muebles, igual que muchas otras cosas para las que ahorraron con tanto esfuerzo y que no podrán llevarse consigo.
—¡No mires atrás! —le dice Luisa a su madre por la mañana—. Siempre hay que mirar hacia delante. Dame la maleta, mamá. Tú coge la bolsa…
Sin embargo, no puede impedir que Annemarie se vuelva un instante y mire hacia el diminuto balcón en el que aireaban la ropa de cama. Antes tenían allí cajones con geranios de un rojo brillante que se veían desde lejos al bajar por la calle…
El viento gélido traspasa sin esfuerzo sus abrigos de lana. A pesar de los guantes de punto, pronto se les quedan los dedos helados. Esa noche ha nevado y hay que caminar con mucha precaución, porque bajo la nueva capa blanca están los restos de nieve endurecidos de las últimas semanas. Cuanto más se acercan a la estación, más claro tienen que no son las únicas que quieren viajar al oeste. Multitud de personas se aprietan en el vestíbulo y los andenes, el ruido es tal que cuesta entender los anuncios de megafonía. Luisa se dirige a una mujer mayor que lleva un abrigo de astracán y una gorra de lana roja. Junto a ella hay varios fardos atados con cuerdas, y sobre uno de ellos descansa una joven pálida que está en estado de gestación claramente avanzado.
—¿El siguiente tren a Schwerin? —repite la señora—. Si hay suerte, dentro de una hora pasará uno. Dicen que llega hasta Rostock. Nadie lo sabe con certeza, joven. Nosotras hemos pagado hasta Hamburgo y ayer nos quedamos tiradas aquí, en Stettin. En teoría porque tenían que reparar la locomotora.
—Muchas gracias —dice Luisa—. ¿Les apetece una infusión de menta?
—Sería maravilloso. ¡Meta, ven, corre, que esta señorita nos invita a una infusión caliente!
Comparten el termo con las dos mujeres, sobrina y tía de Königsberg, quienes les cuentan que los trenes se ven atacados a menudo en plena marcha por aviones que descienden en vuelo rasante y disparan. Entonces el convoy se detiene y los pasajeros deben bajar para esconderse en los terrenos cercanos. Hasta ahora han tenido suerte, porque han sufrido varios ataques con tiradores de precisión, pero todos los pasajeros han salido con vida. Solo le dieron a un ferroviario, que recibió varios tiros en la espalda y cayó muerto en el acto.
—Ese hombre me ayudó a subir al compartimento en Königsberg —añade la joven con tristeza—. ¿Quién iba a imaginar que moriría tan pronto?
Meta Lewandowski está casada con un soldado que se encuentra en el frente, y el niño que espera vendrá al mundo dentro de dos semanas, como mucho.
—Nos casamos en Navidad —explica—. Fue una ceremonia a distancia, porque a Hans todavía no le daban permiso. El párroco celebró la boda solo conmigo, teníamos una biblia abierta en la mesa y, sobre ella, un casco de acero. Hans también pronunció sus votos matrimoniales sobre una biblia. En su unidad, cerca del frente ruso. Así nos convertimos en marido y mujer…
—Cuando acabe la guerra, celebraremos el banquete —explica la tía, y se termina su infusión.
No les queda más, pero Luisa no lamenta su generosidad. De todas formas pronto se habría enfriado y, además, la señora Lewandowski ha contribuido con dos azucarillos y una galleta casera. Están contentas de poder charlar con alguien mientras esperan, así no se sienten tan solas y desamparadas entre todos esos desconocidos.
Cuando por fin ven a lo lejos el vapor gris de la locomotora, están completamente heladas. Los viajeros empiezan a moverse por el andén, empujan y apremian, las mujeres protestan, los niños pequeños lloran. Los pocos empleados del ferrocarril apenas tienen ocasión de poner un poco de orden. Se limitan a conseguir asientos para los enfermos y los heridos de guerra, al menos.
La locomotora llega resollando y siseando, su monstruosa maquinaria negra expulsa un vapor que envuelve en una nube gris a todos los que están en el andén. Luego entran en acción los frenos y un chirrido ensordecedor les desgarra los tímpanos.
—¡Mamá, no te separes de mí!
La avalancha es indescriptible. A Luisa le estorba la maleta, se queda atrás, su madre ya está en el vagón, pero ella no hace más que retroceder y alejarse. Casi nadie tiene consideración, todo el mundo se ve arrastrado, muchos se encaraman por las ventanillas abiertas porque los pasillos de los vagones están atascados. Luisa comprende que jamás llegará al tren con la maleta. La abandona a su suerte y un empleado la ayuda a trepar por una de las ventanillas. Dentro, los pasajeros van apretados, tanto sentados como de pie. El compartimento está pensado para seis personas, pero lo ocupan más del doble.
Hay dos niños pequeños tumbados en las redes portaequipajes, en los asientos se apiñan más de diez personas, las otras se han sentado en el suelo o sobre las maletas. En el andén, los empleados del ferrocarril intentan contener la riada de gente. Se oyen gritos lastimeros: que su anciana madre, los niños pequeños o el bebé ya están en el tren, dicen, que tiene que subir con ellos. Por fin la locomotora silba varias veces, un vapor blanco oculta a quienes se han quedado en tierra, y el tren se pone en marcha lentamente.
El alivio de Luisa dura poco. Ha conseguido sentarse, pero va aprisionada entre una anciana y un joven con una venda en un ojo, y no tiene ni idea de en qué vagón ha acabado su madre. De pronto lamenta la pérdida de la maleta, en la que había tantas cosas que su madre consideraba indispensables. No podrá reconocer que ha soltado el equipaje a propósito, tendrá que recurrir a una mentira piadosa. No le gusta hacer esas cosas, porque le hacen ver que su madre sigue siendo como una niña, mientras que ella, con veintiún años recién cumplidos, debe ser la adulta. Cuántas veces ha deseado que fuera al revés… Y que su padre estuviera con ellas todavía. A pesar de su enfermedad, siempre fue su maestro y educador, contestaba a todas sus preguntas, cuidaba de ellas e incluso se enfrentaba a la abuela. ¿Adónde habría llegado de no ser por esa fatídica enfermedad cardiaca? Ay, de nada sirve pensar en eso. Si su padre hubiese tenido salud, se habría casado con una joven noble y jamás habría conocido a su madre.
El compartimento resulta sofocante. El aire, sobre todo, se le hace irrespirable. Nunca había tenido un contacto tan cercano con completos desconocidos. El olor a sudor se le mete por la nariz. La transpiración de los cuerpos, de la ropa. También aparecen otros olores; es prácticamente imposible ir al baño porque el pasillo está colapsado. A pesar del frío de febrero, alguien baja la ventanilla, pero entonces la anciana que está sentada junto a Luisa protesta a gritos porque no soporta la corriente.
—¿Y por qué viaja en un tren que corre, si no le gustan las corrientes? —pregunta el herido de guerra de su lado.
Luisa no puede contener una risa. Entablan conversación. El chico acaba de salir del hospital militar y tiene permiso para regresar a casa unos días.
—Pero seguro que enseguida vienen a buscarme —comenta—. Aunque ya no pueda apuntar, por culpa del ojo.
—¿Qué le ocurrió?
—Nos cayó un proyectil cerca y algo me alcanzó. Yo aún tuve suerte, mis compañeros salieron peor parados…
El chico sonríe y ella no sabe qué decir. Durante esos últimos años con su madre ha tenido que buscarse la vida, ha vivido el terror de los bombardeos, el hambre, también ha visto a los muertos y los heridos que sacaban de debajo de los escombros. Pero ¿qué es todo eso comparado con las horribles vivencias de un soldado en el frente?
—En realidad soy músico —dice él, que sigue sonriendo—. ¿Le gusta la música?
Por fin puede corresponder a su sonrisa.
—¡Me encanta la música! —confiesa.
La anciana saca un bocadillo de fiambre, duda un momento y lo parte por la mitad.
—¡Tomad! —dice—. Los jóvenes tienen que comer. Para una anciana como yo, ya no es tan importante…
Aceptan el ofrecimiento y le dan las gracias. Mientras Luisa comparte fraternalmente la comida, está tranquila porque sabe que su madre aún tiene la bolsa. En ella hay panes, un resto de sirope de remolacha, patatas cocidas y un saquito de sal. No pasará hambre, esté donde esté en ese tren. El dinero y los billetes los lleva ella en una bolsita colgada del cuello, también sus documentos de identidad y los cupones que les quedan de las cartillas de racionamiento. Seguro que volverá a encontrar a su madre en la estación de Rostock. Allí buscarán dónde pasar la noche y pensarán qué hacer a continuación. En secreto planea llegar de alguna forma a Wiesbaden para conocer a su tío Heinrich. Pero eso a su madre no se lo ha dicho, por si acaso.
A pesar del fuerte traqueteo, lo oyen: unos espantosos silbidos en el cielo anuncian aviones enemigos. El tren se detiene, todos saben que es mejor bajar y correr lejos de las vías, porque los aviadores apuntarán a la locomotora y los vagones. La pequeña y recién establecida comunidad de emergencia vuelve a deshacerse, Luisa y el joven herido de guerra consiguen salir del tren, bajan como pueden por el terraplén cubierto de nieve, ven la negra escuadra en el cielo y se lanzan al suelo. Un estruendo resuena por encima de sus cabezas, y al cabo de unos segundos llegan los impactos. La tierra vibra, les llueven piedras y tierra. Ella está inmóvil en la nieve, tapándose las orejas. Al cabo de un rato, cuando todo vuelve a quedar en silencio, se atreve a levantar la cabeza. Ahí está el tren, la locomotora suelta un poco de vapor, los primeros viajeros vuelven a subir ya. Ve a una mujer que se levanta con esfuerzo y se coloca el pañuelo de lana azul que lleva en la cabeza.
—¡Mamá! —grita Luisa—. ¡Espérame, ya voy!
Su madre estaba en la nieve, a solo cincuenta metros a su derecha. Ahora corre hacia ella, se abrazan.
—¡Tenía un miedo terrible de que no hubieras venido conmigo!
—Ay, mamá, ya me conoces. ¡Por supuesto que estoy contigo! ¡Siempre! —dice para tranquilizarla.
—He perdido la bolsa, Luisa…
—No pasa nada, mamá. Tampoco tenemos ya la maleta.
Se ríe, toma a su madre de la mano y no la suelta hasta que están de nuevo en el tren. Han perdido el equipaje, pero ella todavía tiene el dinero, las cartillas de racionamiento y la documentación. Lo principal es que están juntas y que ahora todo seguirá su curso. Siempre en dirección al oeste.
Esta vez tienen que ir en el vagón de carga, los de pasajeros están llenos. Allí hace más frío, porque dejan la puerta un poco abierta para que la oscuridad no sea total. Han repartido tablones de madera por el suelo para sentarse; esas son todas las comodidades. Luisa y su madre se aprietan una contra otra e intentan darse calor.
—Tendrías que haberme hecho caso, Luisa. Ahora podríamos estar la mar de bien en nuestra casa, tomando una infusión junto a la estufita caliente…
Luisa se pregunta si su madre no tendrá razón, pero después mira a su alrededor, a las personas harapientas y demacradas que las rodean, con el pánico en sus ojos. Piensa en lo que cuentan de los rusos y está segura de hacer lo correcto.
—Mamá, cuando lleguemos a Rostock tal vez podamos seguir hasta Lübeck. Y luego a Hamburgo. Es la puerta hacia el mundo, según dicen…
—¿Por qué siempre quieres salir al mundo, Luisa? Tendríamos que habernos quedado. Hace años, en la finca, era donde mejor estábamos. Allí seguro que habríamos encontrado nuestro lugar.
—Puede que en la porqueriza, mamá.
—Aun así. Al menos tendríamos un sitio que sería nuestro. Pero tú siempre quieres irte, irte, irte…
Se echa a llorar y Luisa tiene que abrazarla, consolarla como a una niña, susurrarle al oído que seguro que en Rostock encuentran una habitación caliente y una cama mullida. Cuando su madre se tranquiliza, se queda adormecida apoyada contra su hija, pegada a ella. Y entonces todo vuelve a empezar: los fuertes silbidos del cielo. El tren se detiene, a esas alturas todos saben lo que tienen que hacer. Apartarse lo más posible de los vagones, lanzarse al suelo, cubrirse la cabeza con las manos, esperar a que pase el ataque. Luisa lleva a su madre bien cogida de la mano aunque eso le haga ser más lenta, tira de ella terraplén abajo, hacia la vegetación pelada. Allí se agachan, se abrazan con fuerza. Esta vez, una carga mortífera impacta lejos de las vías, en los campos, levanta una enorme cantidad de tierra y deja un cráter en el suelo.
—Más nos valdría habernos quedado en el tren, Luisa.
Annemarie Koch está exhausta. Hace horas que no siente los pies, tiene la espalda entumecida, se queja de dolor de cabeza.
—Pronto estaremos en Rostock, mamá. Solo un poco más. Mira, ya podemos subir otra vez.
Tienen suerte y consiguen entrar en un compartimento. Luisa se sienta en el suelo, su madre en el banco, junto a un matrimonio anciano. La locomotora tarda un rato en volver a tener presión, entonces oyen su silbido y el golpeteo, al principio despacio, después cada vez más deprisa, hasta que todos esos ruidos se funden en el rítmico sonido de la marcha.
Al atardecer, Rostock aparece ante sus ojos. Ven la ciudad cuando el tren toma una curva. Ahí está, en el crepúsculo rosado, con un par de curiosas torres delgadas que sobresalen. El cielo está despejado y en paz.
—¡La iglesia de Santa María! —exclama un hombre mayor, que señala con un dedo—. Todavía está en pie. ¡No han conseguido derribarla!
—Mamá, eso es Rostock. ¡Hemos llegado!
Luisa zarandea a su madre por el hombro, le aparta el pañuelo de la cabeza para darle un beso en la mejilla y entonces, de pronto, el tren se detiene en mitad de la vía.
—¡Fuera! —grita alguien—. Aviones en vuelo raso.
Todos se apresuran a salir. La gente está cansada, tropieza con sus propios pies, los niños lloran, los ancianos se quedan en el tren. Que sea lo que Dios quiera. Luisa tira de su madre, sabe que los proyectiles atraviesan el techo y las paredes de los vagones, tienen que salir si quieren salvar la vida. La claridad del cielo vespertino les juega una mala pasada, los convierte en blanco fácil para los tiradores de los aviones. ¿Por qué lo harán? ¿Qué clase de soldados son esos que persiguen a mujeres y niños por el campo como si fueran liebres?
De repente descubre un paso subterráneo, un estrecho túnel que cruza por debajo de las vías y lleva al campo del otro lado.
—¡Deprisa, mamá! ¡Ahí estaremos seguras!
Su madre deja que la guíe, se cuelga con todo su peso de su brazo, jadea con fuerza cuando se introducen a gatas en el túnel. Se acurrucan muy juntas y escuchan el martilleo de las ametralladoras, que ahí dentro no pueden hacerles nada. Los aviones no tardan en seguir su camino, solo han encontrado un par de víctimas accidentales.
—Quédate aquí, mamá. Voy a ver si está despejado…
El cielo vuelve a estar claro y sin nubes, solo que la luz es más débil, el ocaso se acerca. Algunos pasajeros ya se dirigen hacia el tren arrastrándose con esfuerzo, otros siguen inmóviles, tumbados en la nieve. La locomotora suelta un poco de vapor, las últimas paladas de carbón tendrán que bastar para llegar a Rostock.
—Seguimos, mamá. Ven, que te ayudo a levantarte.
Pero Annemarie Koch no reacciona a la llamada de su hija. Cuando Luisa la agarra del brazo y le pasa una mano bajo la axila para levantarla, es como si tuviera que alzar un peso muerto.
—¿Mamá?
No recibe respuesta. El cuerpo de su madre se inclina hacia un lado. En la espalda, la tela gris de su abrigo tiene varias manchas oscuras. Disparos. La ha alcanzado una salva.
Luisa está sola.
Hilde
Wiesbaden, 27 de marzo de 1945, por la tarde
Ya han llegado los americanos. Hilde ha colgado una sábana blanca de la ventana de la sala de estar a toda prisa porque su madre ha dicho que sin duda era lo mejor. Más tarde se han asomado con Sofia Künzel a la ventana para ver cómo recorren la calle las tropas de ocupación. Ya han pasado cinco tanques, sus cadenas de acero desmenuzan lo que queda de las aceras. Dicen que están en el ayuntamiento, y que de momento instalarán su «cuartel general» en el hotel Rose. Hacia allí van las tropas de ocupación.
—Los nuestros marchaban con más brío —comenta la Künzel con una sonrisa.
—Con brío hacia la ruina —replica Else, sombría.
Hace semanas que no tienen noticias del padre de Hilde. Heinz Koch pasa de los cincuenta años, y a esa edad un hombre no tiene la velocidad ni la resistencia de un veinteañero. Solo les cabe esperar que fuese una rendición rápida y haya acabado en un campo de prisioneros de guerra de los americanos.
Hilde, con los codos apoyados en el alféizar, piensa si debería estar alegre o triste, en realidad. Alegre, porque la guerra ha terminado. Triste, porque ha perdido el niño. Lo cierto es que siente ambas cosas. O nada de nada. Desde el aborto, hace unos días, vive en una extraña indefinición y se pasea por ahí como una sonámbula, sin sentir alegría ni dolor. Como si alguien le hubiera golpeado la cabeza con un martillo de goma.
—Ya no habrá más bombas —dice su madre con un hondo suspiro de alivio—. Y por fin nos libraremos de ese espantoso papel que tapa las ventanas. Dios mío, menudo jaleo con eso…
—Dormir del tirón —suspira la Künzel—. Dormir una noche entera. Sin alarmas antiaéreas. ¿Cuándo fue la última vez que pudimos hacerlo?
Saluda con la mano y se gana una sonrisa de un joven soldado. Sofia Künzel ronda los cincuenta, ha dejado los escenarios y vive de dar clases de canto, un negocio que durante los últimos años ha ido de mal en peor. Por un lado, por culpa de los constantes bombardeos; por otro, porque faltan futuros cantantes. Ahora, en cambio, ¿por qué no van a educar su voz los soldados americanos?
—Madre mía… —murmura Hilde—. Pero ¿qué es ese olor tan repugnante?
Últimamente es muy sensible a los olores, y el hedor que le entra por la nariz le recuerda al humo de las casas incendiadas. El mismo que en febrero, durante las peores noches de bombardeos.
—Solo puede ser la señora Storbeck —dice Sofia Künzel, molesta—. Ha encendido el horno, y el viento hace que el humo baje. ¡Uf! Creo que ya sé lo que arde…
—¡Y yo! —suelta Else con una risilla—. Esos están asando su pasado pardo en el horno. Los libros del Partido y las banderas que había que colgar para los desfiles.
—Nosotras todavía las tenemos en la despensa —le recuerda Hilde.
—Bah… Todo el mundo las tiene —comenta la Künzel, encogiéndose de hombros.
A eso nadie podía negarse. Las vendieron por todas las casas, y el que se hacía de rogar, acababa teniendo problemas.
—Pero Julia Wemhöner al fin podrá volver a caminar por la ciudad y recuperará su piso —añade Sofia Künzel—. Caray, cómo me alegro por nuestra Julia. ¡Y de que lo hayamos conseguido todos juntos!
Ahora sí: los ojos de Hilde se llenan de lágrimas y tiene que buscar un pañuelo para sonarse la nariz.
—¿Te has resfriado? —pregunta su madre—. ¿No te dije que te pusieras la chaqueta de punto?
—Estoy bien, mamá.
La emoción la ha desbordado. La alegría y un poco también el orgullo de haber conseguido salvarle la vida a Julia. Ay, si su padre lo supiera… Él fue el principal artífice. Hilde se sorbe los mocos y entonces comprende que la indefinición ha acabado. Vuelve a sentirse viva.
Cuando Sofia Künzel sube para ayudar a Addi y a Julia a recolocar los muebles, Hilde se queda a solas con su madre en la cocina.
—Podrías lavar las patatas, Hilde.
Cortan los tubérculos arrugados y los cuecen con piel. Lo único que queda es tocino, aunque también hay cubitos de caldo y un bote de zanahorias en conserva. El pan lo pone cada uno y, para celebrar el día, Else quiere abrir el último tarro de ciruelas confitadas.
—Oye, mamá…
—¿Sí?
—Lo del aborto… Que nadie se entere, ¿de acuerdo?
—¿Acaso piensas que iba a colgar un anuncio en la escalera?
—No, solo me refiero a que… Mejor no decirlo cuando vuelva papá. O Willi y August. A ellos tampoco.
Else expulsa el aire y da un enérgico tirón al anillo de goma del bote de zanahorias.
—No me gusta tener secretos con tu padre, Hilde.
Eso ella ya lo sabe, claro.
—Si te pregunta no vas a mentirle, por supuesto. Mamá, eso no te lo pediría nunca. Solo digo que no se lo cuentes tú porque sí. No queremos que se entristezca, ¿verdad?
—En eso tienes razón, hija —suspira Else—. Ojalá estuviera ya con nosotras…
Su madre deshace el cubito de caldo en la sopa de patatas y añade las zanahorias. No huele nada mal. Hilde, que esos últimos días apenas podía comer nada, por fin vuelve a sentir apetito. Saca una cuchara y prueba con cuidado, tiene que soplar un rato porque la sopa quema. Está rica.
—¿Sabes qué, mamá? Deberíamos abrir el café pronto.
Su madre la mira un momento y sacude la cabeza.
—¡Abrir el café! ¿Y qué ofreceremos a los clientes? ¿Infusión de menta y pan duro?
—Ya encontraremos algo. A lo mejor nos conceden raciones especiales si regentamos un establecimiento…
Else está bastante impresionada por la repentina energía de su hija, pero aun así no se deja contagiar por ella.
—No dudes de que volveremos a abrir el café, Hilde. Más adelante, cuando la situación haya mejorado.
—¡Cielo santo, mamá! ¿Acaso no lo ves? Tenemos que hacerlo ya. Lo más pronto posible. Antes de que otros se nos adelanten.
—Pero ¿quién va a venir al local? La gente tiene muchas preocupaciones como para pasar el rato tomando una menta en un café.
—Vendrán los americanos. Seguro que a ellos les apetece estar en un agradable café alemán comiendo un trozo de tarta de nata o de pastel Selva Negra.
—Pastel Selva Negra… —repite su madre, y no puede evitar reír.
—Conseguiremos que nos den de todo, mamá —insiste Hilde, que se deja llevar por su propio entusiasmo—. Nata, azúcar, huevos, licor… En cuanto se den cuenta de lo que tienen con nosotros, ¡nos abrirán los almacenes de provisiones!
—¡Ay, chiquilla! —Su madre suspira—. Todo eso no son más que sueños. Además, no puedo cambiar de chaqueta tan deprisa. Estamos invadidos, pero la guerra no ha terminado, Berlín no ha caído todavía, ¿y quieres que en el Café del Ángel les demos ya la bienvenida a las fuerzas de ocupación?
Remueve la sopa de patatas y añade un poco más de sal. Hilde está a su lado, impaciente, le enfada la inmovilidad de su madre. Si su padre estuviera aquí, seguro que apoyaría su idea. Siempre ha sido su padre el que ha tenido la valentía de atreverse a hacer cosas nuevas. Su madre suele aferrarse a lo ya conocido. Hilde está segura de que es mejor aventurarse a hacer locuras que quedarse sentada a esperar junto a la estufa.
—Solo tenemos que limpiarlo todo muy bien y dejarlo bonito, mamá. Colgar un par de fotografías…
A Adolf Hitler ya lo descolgaron anteayer y lo metieron en el horno, que era algo que todos ellos necesitaban. Se habían sentido constantemente vigilados por ese rostro. Sobre el piano han vuelto a colgar a Mendelssohn, que tanto le gustaba a Hubsi Lindner. Pobre tipo, Hubsi. Cuánto disfrutaba tocando con Fritz Bogner… Quién sabe si seguirá vivo.
Su madre no puede decir nada en contra de que ordenen y limpien. A la mañana siguiente se ponen a ello. Después de un frugal desayuno con infusión de menta y pan tostado, madre e hija empiezan a recoger el salón del café y a limpiarlo a fondo. Sobre todo las ventanas. Los cristales tienen un par de grietas causadas por los bombardeos y oscuras telarañas que se extienden por su superficie, pero al menos no se ha caído ninguno, salvo el de la puerta de entrada. Hilde intenta sacarle brillo al ángel carbonizado y, tras mucho esfuerzo, consigue un tono cobrizo mate y con manchas.
—Mejor que negro del todo —comenta, y se sienta en una silla, exhausta—. Abajo, en el sótano, aún tenemos un poco de pintura dorada. Luego le daré una mano.
Su madre ha limpiado todas las ventanas y el agua del cubo ha quedado negra. Con el agua potable hay que ser prudente, todavía tienen estropeada una de las dos acometidas.
—¿Los manteles burdeos? Ni hablar, Hilde. ¿Quién va a lavarlos? Y en el Café del Ángel no tolero manteles sucios. Prefiero que no los haya…
—¡Ay, mamá! ¡Esto está muy soso con las mesas sin vestir!
—¡Que no! ¡Y punto!
Mientras ellas tienen esa bonita discusión, la puerta de la escalera se abre y aparece Julia Wemhöner seguida de la Künzel. Preguntan si pueden ayudar en algo. Hilde y su madre las reciben con gran entusiasmo. Ayer por la noche, a Addi le costó Dios y ayuda convencer a Julia para que bajara al café a cenar con los demás. No se atrevió hasta después de mucho hablarlo, se quedó media horita y apenas pudo comer nada. Todos los ruidos que llegaban de la calle hacían que se volviera hacia la puerta, muerta de miedo. Después Addi la acompañó arriba, por si se encontraba cara a cara con Wilfried Storbeck en la escalera sin querer.
—¡Claro, nos irá bien su ayuda! Vamos a poner el café en marcha otra vez —informa Hilde con audacia antes de que su madre pueda decir que solo están «limpiando un poco».
—¡Qué bien! —dice Julia, y sonríe contenta—. Todo este tiempo he echado muchísimo de menos el Café del Ángel.
—¡Pues manos a la obra! —dice Sofia Künzel, y se desabrocha los puños de la blusa para arremangarse.
Hilde se sale con la suya: sacan del armario los manteles que ponían en los buenos tiempos de paz, también los jarrones de flores y los pequeños servilleteros de metal. Julia se ofrece a reparar los pequeños rasgones y los dobladillos sueltos de los manteles, para que parezcan nuevos.
—¡Ay, qué bonito! ¿Todavía tenemos los lirios artificiales?
—Sí, aquí, en el armario. Y los ceniceros, ¡casi se nos olvidan!
—¿Dónde metimos los cojines de las sillas?
—La bandeja de plata que Finchen siempre sacaba con las copas de champán… ¡Madre mía, si está toda negra!
Finchen trabajó durante años en el Café del Ángel. Con un vestido negro y un pequeño delantal blanco. Un poco rellenita y muy femenina. En el bolsillo del delantal guardaba la libreta y el lápiz, y el gran monedero lo llevaba en una bolsa atada a la cintura, asegurado con una cadena de plata. Nada más empezar la guerra se marchó al campo, a casa de unos parientes.
Else quita una telaraña del techo y suelta un hondo suspiro. Cuánto esfuerzo para algo que no tiene ningún sentido.
—¡Saldrá bien, mamá! Créeme.
Hilde piensa en las provisiones que su padre guardaba en el sótano para el café. Ya no queda casi nada. Harina, medio saquito de azúcar, algo de chocolate para fundir, levadura en polvo, un paquete viejísimo de cerezas de mazapán para decorar pasteles. Pero ¿cómo van a preparar una buena masa de bizcocho sin nata ni huevos? Con el huevo en polvo será difícil, pero tendrá que valer. Su madre es una artista de la repostería, así que lo conseguirá. Y aunque los yanquis no vengan, seguro que en Wiesbaden aún queda alguien que pueda permitirse un trozo de pastel de cerezas y una taza de café de verdad en el Café del Ángel. Todas las damas pudientes de los barrios de las villas, que antes tanto gustaban de frecuentarlo, no pueden haber desaparecido.
Entretanto, la Künzel elige fotografías para colgar en las paredes.
—Gründgens fuera… ¿Y qué hago con Zarah Leander?
—A esos los meteremos en el armario —exclama Hilde.
Quiere hacer una buena limpia entre los artistas. Gründgens, de todas formas, ya le pareció raro una vez que se pasó por el café a echar un vistazo. Antipático y estirado. Rühmann también iba de vez en cuando, era más campechano. Y a Zarah Leander solo la recuerda como una señorona presuntuosa. Al armario con ella.
Sin embargo, a Julia Wemhöner no le parece bien.
—No puedes hacer eso, Hilde —objeta nerviosa—. Todos son artistas y vivieron para su arte, no podemos hacerlos responsables. Además, no quiero que nadie acabe encerrado en un armario. ¡Todos tienen derecho a estar aquí!
Las demás se miran y lo entienden. Hilde piensa en su padre, que nunca descolgó ninguna foto porque tenía un gran respeto por la gente con talento.
—Está bien, la colgaremos en otra parte —dice—. ¿Quiere ayudarme?
A Julia le hace mucha ilusión. Entre otras cosas, porque conoce a este actor o a aquel cantante del Teatro Estatal, ha cosido para ellos y puede deleitarse con su recuerdo. Se sabe los nombres de todos, puede contar anécdotas, y la Künzel, que también colabora, contribuye a la charla con sus propios recuerdos.
—In-necesario, decía siempre ese —comenta con una risilla—. Porque la palabra «innecesario» tiene dos enes y sobre el escenario deben oírse… Y esa clavó un pescado bajo el tocador. Un arenque pasado. Así de bestia era. Se pasaron días desesperados, buscando de dónde venía la peste…
Addi abre la puerta y pregunta por el perro de varios colores. Al ver a Julia en acción, se le ilumina la cara y no permite que nada le impida participar personalmente en la recolocación de las fotos. También él tiene muchas viejas historias que contar, por supuesto.
—Resulta que Eddi Graff buscaba su crítica en el periódico y no la encontraba, y entonces su compañero va y le dice: «Mira a ver en “Delitos y crímenes”».
Cuando llaman a la parcheada puerta de entrada, las carcajadas se les atascan en la garganta. Alguien mira al interior del café por uno de los cristales limpios. Se distingue una silueta de uniforme. Y un casco.
—Los yanquis… —susurra Else, sobresaltada.
La alegría se ha esfumado de pronto. Todos se quedan petrificados. La Künzel todavía sostiene un marco en las manos, Addi le pasa un brazo por los hombros con cuidado a Julia, que está paralizada de miedo. Hilde lleva una bandeja con vasos porque acaba de preparar infusión para todos.
Vuelven a llamar, esta vez con más insistencia. El soldado americano golpea los tablones con el puño. Addi cruza una mirada con Else, luego sale por la puerta giratoria para abrir la de la calle. Las mujeres se reparten en las ventanas.
—Buenos días… Good morning…
Fuera hay una veintena de americanos armados, y todos apuntan a Addi. Dos oficiales lo observan y no lo consideran peligroso.
—¿De quién es la casa? —pregunta uno de los invasores en un perfecto alemán.
—De la señora Koch. Es…
No dejan que Addi siga hablando. Uno de los oficiales le da una patada a la puerta giratoria, que se mueve a regañadientes. El hombre sonríe y le dice algo en inglés a su compañero. Los dos ríen; es evidente que esa puerta giratoria con incrustaciones de cristal les ha hecho gracia.
—¿Cuántos vecinos viven aquí?
—Siete —responde Addi.
Hilde oye cómo su madre gime en voz baja. Están requisando edificios, y si la casa está llena hasta los topes pasan de largo, pero siete vecinos son muy pocos para tanto sitio…
Ya están en el salón del café. Primero los dos oficiales, y Addi tras ellos. Fuera esperan los soldados con las armas a punto.
El americano que habla alemán es joven, tiene una cara delgada y agradable, cejas oscuras. Dos hoyuelos a izquierda y derecha de la boca.
—Esta casa queda requisada. Cada uno puede llevarse una maleta —dice.
La madre de Hilde tiene que apoyarse en la ventana. Addi mira al hombre y no se lo puede creer.
—Pero… —balbucea Hilde—. ¿Adónde… adónde vamos a ir?
—Tienen veinte minutos —dice el americano joven, que ni siquiera la mira—. ¡Después despejaremos todo esto!
No hay nada que hacer. Vae victis: ¡ay, de los vencidos! Han perdido la guerra y ahora lo pagarán. Tienen que hacer las maletas, dejarlo todo atrás y buscar dónde alojarse.
Julia Wemhöner se echa a llorar al comprenderlo. La Künzel y Hilde están indignadas. ¡Es una injusticia!
—¡No pueden hacernos esto! ¿Por qué precisamente nuestra casa?
Los yanquis hacen pasar a sus soldados, que entran en el café uno detrás de otro por la puerta giratoria. Los oficiales se pasean con curiosidad.
—¿Es un restaurante?
—Un café —informa la Künzel—. El Café del Ángel…
—Ángel… —repite el oficial, y suelta una risa breve y entrecortada—. Angel Café.
Hilde está decidida a defender su casa y se le ocurre una idea.
—No pueden echarnos a la calle, señor oficial. Esta mujer es judía. La hemos escondido durante toda la guerra, le hemos salvado la vida. A riesgo de perder la nuestra. ¿Y ahora ustedes pretenden echar de su casa a esta mujer judía, que tanto ha sufrido?
Hilde sabe que resulta atractiva a los hombres cuando se exalta de esa manera, y no le molesta en absoluto impresionar a los dos oficiales. El superior pregunta qué ha dicho la joven.
—Where is the Jewish lady?
Quiere saber dónde está la judía.
Addi acaricia a Julia en los hombros para infundirle valor. Julia ha comprendido que ahora depende de ella, y se acerca despacio a los dos americanos.
—Yo soy Julia Wemhöner…
—¿Wemhöner? Su documentación…
Pero Julia no tiene documentación. Tiró su pasaporte, en el que habían añadido el nombre judío de «Sarah». Durante años no ha sido nadie, una sombra en la ventana, un espíritu que vivía en el trastero. Pero conserva sus recuerdos. Tienen colores y están llenos de vida. Más que la propia Julia.
—Esto es un café de artistas, señor oficial —explica con una sonrisa soñadora—. Todos venían aquí, se sentaban a las mesas, charlaban, reían… Todos los grandes del teatro. Los cantantes famosos… Fritz Windgassen… Mire, mire. Aquí, en las paredes. Max Pallenberg… Paul Hartmann… Henny Porten… Käthe Dorsch…
Su entrega, la pasión con la que se expresa, incomoda a los oficiales. Miran alguna fotografía, sonríen, encogen los hombros con lástima. No conocen a esas personas, no les interesa el teatro de la Alemania nazi.
—Tienen diez minutos —informa el joven oficial, y se vuelve hacia Julia—. Usted viene con nosotros, comprobaremos sus datos. Si es judía, le corresponde una vivienda.
—Pero ¿y nosotros? —exclama la Künzel.
También la madre de Hilde ha decidido no retirarse sin presentar batalla.
—Deberían saber que no hay agua, señores. La cañería está estropeada. Además, las vigas quedaron dañadas cuando las bombas alcanzaron la casa de al lado. Si soportan demasiada carga, el techo podría ceder…
Por desgracia, los oficiales están distraídos y apenas la escuchan. El más joven ha cogido una fotografía enmarcada que la Künzel iba a colgar en la pared pero que luego ha dejado en una mesa. La mira entornando los ojos para descifrar con esfuerzo el impetuoso autógrafo.
—Eduard F. Graff… —masculla, y mira a Julia como preguntándole.
—¡Oh! —exclama ella, y sonríe—. Es un actor maravilloso, un actor de carácter. Confeccioné su vestuario en numerosas ocasiones. Era un hombre muy campechano que nunca se impacientaba, siempre estaba conforme con todo. Verá, en realidad los más caprichosos son los «quiero y no puedo». Eduard Graff era un grande. Oberón en El sueño de una noche de verano. Napoleón. Mefistófeles… Nos dejaba a todos pasmados con el carisma que tenía cuando subía al escenario. Mágico…
—¿Qué fue de él?
Julia suspira y alza los hombros. No lo sabe. Por desgracia.
—Debió de ser en el treinta y cuatro… No, espere, creo que en el treinta y cinco. Se marchó de Alemania. Verá… era judío…
—Sí —dice el joven oficial—. Era judío.
Sopesa la fotografía en la mano, pasa un dedo por la firma, sacude la cabeza. Después mira a Julia y baja la voz, como si esas palabras solo estuvieran dirigidas a ella.
—Eddi Graff fue a Nueva York, trabajó en una pescadería y murió seis años después en un accidente de tráfico…
—¿Lo conoció?
No obtiene respuesta. Los dos oficiales hablan en inglés, el mayor parece airado, el joven se mantiene firme.
—¡Me llevo la fotografía! —le dice a Julia—. Preséntese mañana en nuestro cuartel general de Bierstädter Strasse. So long…
Se van. Uno tras otro, los soldados salen del café por la puerta giratoria, que los escupe de nuevo a la calle, donde aguarda el resto de la tropa. Se reagrupan y siguen hacia el edificio de al lado.
—No entiendo nada… —susurra Julia—. Pero creo que ese joven es buena persona…
Todos siguen atónitos, conteniendo la respiración. No se atreven a moverse, como si el sueño pudiera romperse en mil pedazos en cualquier momento. Oyen los puños de los americanos golpear en la puerta vecina…
¿Es posible que hayan burlado al destino?
Heinz
Bretaña, mayo de 1945
¡El mar! Heinz todavía recuerda el Báltico, la ciudad balneario de Rauschen, donde creció. En aquel entonces le encantaba el mar, y si lo piensa bien, lo ha añorado todos estos años. Ahora está en la arena, sintiendo en la cara un viento que trae consigo el olor del agua salada, y su mirada se pierde a lo lejos, donde una línea plateada centellea al sol. El mar… Solo que esta vez es muy diferente. Eso debe de ser el canal de la Mancha. Al otro lado está Inglaterra. Si tuviera alas como un albatros, podría desplegarlas y echar a volar sobre el agua. Aunque también es posible que, nada más elevarse, varias balas de fusil le atravesaran el cuerpo. No es posible, es seguro. Los vigilan seis soldados americanos. Se han detenido en un punto solitario de la carretera, para orinar y beber un trago de agua. Enseguida los hacen subir de nuevo a esos horrendos cajones de sudar, los camiones militares, donde van apiñados en el suelo y soportan terribles sacudidas durante la marcha. Todos están hambrientos, no han comido nada desde esa mañana, les ruge el estómago y se les encoge de hambre. Algunos hombres se marean, tienen arcadas y escupen una espuma blanquecina.
También Heinz se siente como si fuera a morir. Igual que la mayoría, solo piensa en una cosa: ¡en llegar! Llegar por fin a donde sea, tumbarse y descansar.
Se han enterado de que los llevan a un campo de prisioneros de guerra francés, porque los americanos se libran de los alemanes entregándoselos a los franceses. Francia necesita mano de obra para la reconstrucción, así que los asignarán a donde corresponda según sus conocimientos y habilidades. ¿Y por qué no? Heinz no puede evitar acordarse de Jean-Jacques, el prisionero de guerra de Nimes que arrastraba cajas, barría el suelo y cargaba sacos en su café. Qué locura, esta guerra… Primero trasladan a jóvenes franceses a Alemania para hacerlos trabajar, y ahora él, un burro viejo, tiene que deslomarse en Francia para saldar su deuda.
—Si acabas en una granja, puedes considerarte afortunado —comenta otro prisionero—. Allí por lo menos hay algo de comer. O en un taller.
Heinz se pregunta qué granjero lo querría, a su edad, para trabajar en su propiedad. Puede enterrar esa esperanza sin miedo a equivocarse. No sirve para el campo. En fin, si acabara en una panadería o una pastelería…
—Nos meterán en la fábrica de pescado —dice un tipo joven al que han rapado al cero—. Todo el día de pie, destripando peces. Después apestas tanto a pescado que te dan arcadas de ti mismo.
—¡Calla!
—Yo estuve destinado tres años costa arriba, en Morlaix —explica otro que se lleva bien con Heinz. Se llama Paul Segemaier y es de Bonn, donde sus padres tenían una fonda—. Una zona bonita. También Saint-Malo. Allí tenía a una chica…
—Bueno, seguro que te ha esperado con nostalgia y ahora se alegrará de verte —dice el del pelo al rape, burlándose de él.
Paul se ríe también, no pierde el humor. Después cuenta que los bretones en realidad no soportan a los franceses. Porque la Bretaña antes era un reino libre. Pero de eso hace mucho tiempo.
—Y hasta hablan diferente —añade—. Los franceses apenas los entienden cuando hablan bretón.
—Vaya cosa —comenta uno que era profesor—. Vete a la Baja Baviera o a la Frisia Oriental… Allí tampoco entenderás ni una palabra.
—Pierna de cerdo a la parrilla con repollo —dice alguien con un suspiro desde el fondo del camión—. Y una cervecita de Andechs para acompañar…
—Albóndigas de sémola con setas en salsa de nata.
—Cerdo ahumado…
Heinz teme que empiecen con ese juego de las recetas de cocina que a menudo distrae a los prisioneros del hambre atroz. Se imaginan sus platos preferidos con todo detalle, explican cómo se preparan, cómo huele cuando se corta la carne, qué consistencia tiene el primer bocado cuando se mastica. A algunos les ayuda a pasar el hambre, pero en Heinz esas descripciones tienen más bien el efecto contrario. Por eso se alegra cuando el camión sale de la carretera y se detiene tras un breve trayecto lleno de baches.
Las puertas se abren. Ante ellos hay una especie de campo de labranza acotado por dos hileras de alambre de espino. Ven a unos hombres con uniformes de la Wehrmacht desgastados y mugrientos sentados en el suelo. Más atrás hay un edificio de tablones, alargado, y junto a él un par de tiendas, insuficientes para dar cabida a esa cantidad de prisioneros de guerra.
—Allez, allez! —ordenan los guardias, que se han colocado a izquierda y derecha de las puertas y gesticulan con los fusiles.
El que es demasiado lento al bajar recibe un culatazo en la espalda para que se dé prisa.
Una vez abajo, comprueban que el suelo está encharcado por la lluvia. Los pies se les hunden varios centímetros y deben tener cuidado para no resbalar. A Heinz le cuesta caminar después de estar tantas horas encogido en el suelo del camión, el nervio ciático protesta. Paul demuestra ser un buen compañero y ayuda al viejo, le ofrece apoyo para que salte al suelo resbaladizo.
—Nos harán dormir al raso —murmura.
—¿Y por qué no? —comenta Heinz con humor negro—. Si casi es verano.
Los llevan al edificio de tablones, que de cerca parece una antigua cabreriza, y huele en consonancia. Allí les espera la habitual ceremonia de recibimiento para prisioneros de guerra. Un breve interrogatorio. Edad, graduación, profesión, pertenencia al Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán y, en caso afirmativo, con qué función. El oficial que los interroga apenas habla alemán, la mayoría de ellos no saben francés, por eso es dudoso lo que salga de la corta entrevista. Heinz chapurrea un poco de francés de cuando estuvo en la Gran Guerra, aunque hace tiempo que olvidó casi todo. Después del interrogatorio los distribuyen. Le dan una manta y lo envían con un grupo de hombres mayores; el grupo de Paul se encuentra al otro extremo del campamento. No los despiojan. Por lo visto, a la dirección le da igual si alguno pilla el tifus.
Heinz está tan agotado que enseguida busca un sitio en el suelo húmedo, entre sus compañeros, se envuelve en la manta y se queda dormido. Como el reparto de comida ya ha terminado no les dan nada, pero él ni se entera. No es hasta unas horas después cuando lo despiertan los rugidos de su estómago, además de la ciática. Es de noche. Sobre él, el cielo negro. A su alrededor, los sonidos de los compañeros dormidos. Ronquidos de todos los registros. Algunos hacen ruido como de comer; al muchacho larguirucho y huesudo que tiene al lado le castañetean los dientes a un volumen preocupante. De vez en cuando alguien sufre un ataque de tos. Es una tos fea que resuena con un soniquete metálico, casi de asfixia, y Heinz se pregunta con angustia si el pobre tipo no habrá pillado una neumonía en ese barro tan frío. Con cuidado, intenta tumbarse de manera que el nervio ciático descanse, lo cual no es fácil porque tiene a su vecino muy pegado a él. No por cariño, sino porque Heinz poseía una de las pocas mantas de lana secas, aunque a estas alturas se ha empapado también. Del oscuro cielo nublado cae una lluvia fina; la humedad, lenta y constante, encuentra camino a través de las mantas y la ropa hasta la piel.
Al cabo de un rato, Heinz comprende que puede olvidarse de dormir. En el campamento de los americanos habían vivido algunas noches gélidas, pero nunca tan miserablemente heladoras como esa fría madrugada. Además, le vienen a la cabeza pensamientos angustiosos, como una bandada de pájaros negros de mal agüero. De nada sirve reflexionar sobre el mal del mundo y el propio destino en la negrura de la noche, y Heinz lo sabe, pero no puede remediarlo, porque esas ideas que durante el día es capaz de reprimir, ahora se le echan encima desde todos los rincones del cerebro.
La más fuerte es lo mucho que añora a Else. La ve ante sí de jovencita, tal y como la vio delante del Café del Ángel mientras él recorría la elegante Wilhelmstrasse andrajoso y hambriento. Era uno de los muchos soldados de la Gran Guerra a los que el destino había librado de la muerte y la mutilación, y que se encontraban de nuevo en su patria. Cuando vio a Else, tan acicalada con su delantal blanco de encaje, enseguida apartó la mirada porque sabía que él parecía un vagabundo. Pero entonces ocurrió el milagro que cambió toda su vida: ella le habló. La bonita hija del propietario del café se puso a hablar con el tipo harapiento que pasaba por allí. Le preguntó si tenía hambre. Y él la tenía, claro, y no poca. Entonces lo invitó a entrar en el café y le preparó dos panecillos con fiambre. Se sentó a su lado y empezó a preguntarle cosas. No hizo caso de las miradas horrorizadas de su madre. Ay, sí, una cosa llevó a otra y al final se quedó con ella. Durante una larga y feliz temporada. Si Else pudiera verlo ahora, tumbado en la mugre y tiritando de frío. No, no, es mejor que no sepa nada.
Eso si es que aún está viva y no ha acabado sepultada bajo los escombros de la casa bombardeada. Esa idea lo atormenta, no lo deja tranquilo, por mucho que intente apartarla de su pensamiento. No tiene sentido invocar fantasmas y, aun así, lo hace. Algunos de sus compañeros, los del este en especial, han perdido a toda la familia y estarán completamente solos en el mundo cuando los dejen libres. Pero son jóvenes. «No pienses en eso. No lloriquees. Un hombre no llora, ni siquiera cuando ha perdido todo lo que significaba la vida para él», se repite.
Como ahora los pájaros de mal agüero acuden a él desde todas partes, piensa también en sus padres. Y en Annemarie, su hermana pequeña, de la que no ha vuelto a saber nada. En aquel entonces no hizo bien en tratarlos así y presentarles los hechos consumados. Claro que bajo ningún concepto habría regresado a Rauschen para hacerse cargo del negocio familiar. Ni hablar. Amaba demasiado a Else, y también le había tomado cariño al Café del Ángel. Pero tendría que habérselo comunicado a sus padres de otra manera. Con tranquilidad. Hacer el viaje para presentarles a su joven nuera, echarles una mano hasta encontrar a un sucesor. Podría haberlo hecho, pero estaba furioso, creyó que tenía que defender a su joven esposa e imponer su decisión vital. Así que acabó en ruptura. No podría haber sido de otro modo, ya que su padre era por lo menos tan tozudo como él. También Annemarie tuvo que sufrir por ello. La hermana pequeña que tanto lo había idolatrado. Era una niña encantadora, siempre dócil, tal vez demasiado buena. Él le escribió dos o tres veces, pero nunca obtuvo respuesta. ¿Quizá no recibía sus cartas porque se había casado y se había marchado de Rauschen? En todo caso, es posible que heredara el patrimonio de sus padres, puesto que él renunció a la herencia cuando le llegó la comunicación oficial de su muerte. ¿Dónde estará Annemarie ahora? Desea de corazón que tanto ella como su familia hayan podido salvarse de los rusos.
Sí, ha hecho muchas cosas mal en la vida. Se tiene bien merecido acabar tirado en la mugre. Tal vez el horror no dure mucho más, tal vez mañana pille una neumonía y tres días después ya esté bajo tierra. Pero eso sería demasiado fácil. No se librará tan pronto. Tendrá que apurar hasta la última gota de ese cáliz.
El Führer se quitó la vida a finales de abril. A principios de mayo, Alemania capituló y se entregó a las potencias vencedoras, para bien o para mal. La guerra ha terminado; la paz será amarga.
Su vecino se pone a toser, escupe un montón de moco y tira de su manta. Heinz la agarra con fuerza; la lucha por la tela húmeda termina en empate, el vecino puede quedarse con una punta. Allá en el este se ve ya un resplandor débil, el nuevo día se levanta pálido y poco prometedor. El tira y afloja por la manta le ha sentado bien, ha ahuyentado sus funestos pensamientos. Solo se trata de sobrevivir lo mejor posible las siguientes horas, el siguiente día, la siguiente noche. Y si Dios quiere, en algún momento volverá a Wiesbaden y verá a su familia. Heinz consigue incluso echar una cabezada, luego empieza su primer día en el campamento de prisioneros de guerra francés, del que ni siquiera sabe dónde se encuentra.
Las semanas siguientes son una tortura continua. Las raciones son minúsculas, algunos días no les dan más que un trago de agua. Las condiciones higiénicas son deplorables. Aun así se sigue una severa disciplina. Varias veces al día tienen que formar para pasar revista. El edificio de tablones sirve principalmente de hospital de campaña y está siempre desbordado. Dicen que el que entra ahí ya no sale vivo. Heinz tiene fiebre desde hace días, tose como un condenado, pero no dice que está enfermo por miedo a diñarla entre los pobres diablos de ese hospital. El tiempo está más seco, el sol brilla en el cielo y él se tumba sobre su manta, decidido a recuperarse sin médico ni medicamentos. Se llena la cabeza de música, escucha sus discos preferidos de memoria, Mozart y Beethoven, los Conciertos para piano y la Quinta sinfonía, los álbumes en los que el incomparable Caruso canta arias italianas. No consigue recordarlo todo, siempre le falta algún fragmento, y entonces vuelve atrás, lo intenta de nuevo y, sorprendentemente, de pronto encuentra el pasaje que le faltaba.
Cada tanto se llevan a prisioneros de guerra en unidades especiales y los ponen a trabajar en fábricas, en el campo o en la explotación minera. El que resulta escogido tiene la oportunidad de comer mejor, por eso hay una aglomeración cada vez que se hace el llamamiento. Heinz lo intenta siempre, pero ocurre lo que ya se temía: es demasiado viejo y nadie lo ve capaz de realizar esos trabajos. A principios de agosto, cuando ya ha perdido toda esperanza, vuelven a buscar prisioneros para una fuerza de trabajo.
—Déminage… ¿Qué es eso? —pregunta Paul, que también está en la cola junto a Heinz.
—Algo que sería mejor que no hicieras —responde este—. Un comando suicida: levantar minas.
—Haré lo que sea con tal de conseguir algo de comer —dice Paul—. Mejor irse al otro barrio que morir poco a poco de inanición en este campamento de mierda.
Heinz lo mira con compasión. Paul tiene la cara chupada, las vértebras le sobresalen, se ha atado el pantalón con una cuerda porque se le cae.
—¿No sabes que la Wehrmacht sembró de minas toda la costa atlántica? —pregunta Heinz—. Esos trastos están por todas partes, en la arena, en las cunetas, también en los campos.
Sí, Paul lo sabía. Muchas personas han saltado por los aires trabajando en el campo. La mayoría han muerto, y el que ha sobrevivido está terriblemente mutilado. Una vez le tocó a una familia entera, unos padres con tres niños pequeños, uno de ellos aún un bebé.
—Necesitan voluntarios para buscar las minas y desactivarlas.
—Uf, qué horror… —se lamenta Paul—. Y hay riesgo de saltar por los aires tú mismo, ¿no?
—Si no vas con cuidado, sí.
Por supuesto, todos los que hacen cola tienen intención de ir con cuidado. Serán muy cautelosos y, con algo de suerte, no les ocurrirá nada. También Heinz se convence de ello, pero al mismo tiempo piensa en los niños que quedaron destrozados por las minas del Reich y se avergüenza de ser alemán. Ocurra lo que ocurra, quiere contribuir a que ese horror desaparezca. Las minas no tienen nada que ver con el honor del soldado en la batalla. Son la maldad más baja y vil, porque se ceban con los inocentes.
Esta vez no lo rechazan. Heinz Koch, de Wiesbaden, es apto como démineur, puede recoger sus pocos objetos personales y dirigirse a la salida del campamento junto con los demás. Allí los esperan dos franceses vestidos de civil con un brazalete que les otorga el rango de policías auxiliares. Ambos van armados y miran con desprecio al pequeño grupo de voluntarios para limpiar minas. Emprenden la marcha bajo un calor abrasador y llegan a un tren que los lleva al oeste. Heinz y Paul se han sentado juntos, miran por la ventanilla y ven el mar. Es de un azul verdoso, las olas lanzan pequeños destellos bajo la luz del sol, las gaviotas planean sobre ellas, muy a lo lejos se ve un barco. Quizá sea un pesquero. De pronto Heinz siente una enorme añoranza. La libertad. No seguir estando a merced de los guardias. Poder ir a donde quiera. Cuando era libre no valoraba ese privilegio. Ahora sabe que la libertad es lo más preciado que puede poseer un hombre.
Comme ça pue! ¡Cómo apestan!
En la última estación han subido varias mujeres. Miran con hostilidad a los prisioneros alemanes, fácilmente reconocibles por las letras «PG» que llevan pintadas. Y es verdad que apestan. No es de extrañar, hace meses que no se cambian de ropa. Tienen que levantarse y dirigirse a la plataforma delantera del vagón. Sales boches! Alemanes de mierda.
Paul lee los carteles de las estaciones y dice que se encuentran cerca de Dinan, que él conoce la zona. En esos pueblos de la costa antes vivían piratas, y desde allí zarpaban en busca de botines. Más adelante aprendieron a desplumar a los turistas, que era más fácil y menos peligroso. Paul está de buen humor, casi eufórico, así que Heinz empieza a preocuparse. Sin embargo, cuando por fin bajan del tren y siguen camino por las dunas, resulta que el optimismo de Paul está más que justificado. Los llevan a una villa solitaria, un edificio de paredes con entramado de madera, arabescos, pequeños balcones y saledizos acristalados que sin duda algún día fue un hotel. Allí se encuentran con más compañeros de armas: prisioneros de guerra alemanes venidos de diferentes campamentos, todos ellos voluntarios para esa peligrosa tarea.
—Esto es como el cielo —entona Paul cuando los llevan a una habitación de dos camas—. ¡Almohadas! ¡Colchones! ¡Incluso sábanas y mantas de lana! ¡Estamos de vacaciones, Heinz!
Hay agua corriente y una bañera antigua que se sostiene sobre cuatro garras de león hechas de hierro fundido. La llenan y se bañan con agua fría, restregándose a fondo con el trozo de jabón que les han dejado ahí. También se lavan el pelo, que les ha crecido demasiado, y se afeitan con los enseres de Paul. Cuando están de pie frente al espejo, llegan ya los siguientes para el baño, que vacían el agua de la bañera y se parten de risa al ver los bordes negros que han quedado en el esmalte blanco. Después se aclaran la cara con agua fría.
Abajo, en el que una vez fuera un comedor exclusivo, apenas se atreven a tocar las delicadas sillas blancas. La sala está decorada con palmeras artificiales, cortinajes de brocado, unas alfombras rojo intenso que se extienden entre las mesas. Seguro que ese hotel no era precisamente barato, es posible que la alta sociedad de todo el mundo fuera allí a recuperarse con el sano aire del mar.
La comida es grasa y abundante. Una espesa sopa de arroz con trozos de carne, sobre todo casquería: estómago, hígado y corazón. Nutritiva y deliciosa. Comen hasta hartarse, beben un agua clara e incluso les dan un poquito de compota de manzana de postre. Heinz lleva cuidado y se contiene, Paul se pasa la mitad de la noche en el retrete que hay fuera, detrás de la villa, en un edificio adyacente. No es el único al que le ha sentado mal la desacostumbrada abundancia.
Están unos días sin que los envíen a trabajar. Empiezan a conocerse, por las tardes se sientan juntos a contarse cosas de su tierra y su familia; algunos juegan a las cartas, otros han descubierto la sala de billar y echan una partidita. Resulta extraño, pero ninguno piensa en huir, aunque sería fácil saltar por una de las ventanas de la planta baja y desaparecer en la oscuridad. Durante el día lavan la ropa, descansan, comen, duermen, incluso hay tabaco para liar cigarrillos.
El segundo día llega un francés a la villa, los reúne a todos y se presenta como chef mineur. Es un hombre mayor, alto y con barba, va un poco encorvado y tiene ojos claros, como los marineros. Apenas habla alemán, pero ha traído consigo una pila de libros en los que hay dibujos de diferentes minas. Tienen que observar con atención, así sabrán qué es lo que deben hacer.
—Todo muy fácil —dice Paul—. Se sacan los alambres, con eso se desconecta el detonador y ya no puede pasar nada.
Heinz no es tan optimista. Existen muchos modelos, la desactivación de las minas es trabajo de especialistas, no de legos como ellos, que no tienen ni idea. No obstante, su protesta no sirve de mucho porque el chef mineur no lo entiende. Es un hombre afable, procedente de un pueblo de la zona, donde es maestro de escuela. Antes de empezar la primera misión, se lleva a los démineurs alemanes al mar, deja que se bañen y que naden, que se tumben en la arena, que escuchen las olas y el griterío de las aves marinas. Heinz disfruta al máximo de esa tarde. ¡Qué locura! Tiene la sensación de estar en casa, en Rauschen, junto al Báltico. Salta entre las olas como cuando era crío, se tumba en la arena con los brazos abiertos y deja que el sol le seque las gotas de agua salada sobre la piel. La ciática se le ha calmado, ya no siente nada.
—¡Podría estar así toda la vida! —exclama Paul, tumbado a su lado encima de la ropa—. ¡Me encanta ser démineur!
Heinz no dice nada. ¿Por qué va a aguarle la fiesta a su amigo? Es el presente lo que cuenta. Lo que traiga el mañana queda muy lejos y no importa. De regreso se cruzan con una campesina que lleva una cesta grande, parece que va a recoger mejillones. Tiene algo de picardía en la mirada, la buena señora; cuando pasa junto a Heinz, le da una pequeña manzana roja a escondidas.
—¡Esa te ha echado el ojo, Heinz! —se burlan los compañeros—. Una manzana te ha dado… Como Eva a Adán en el Paraíso…
«Entonces también el pecado original está cerca», piensa Heinz. Se come la manzana de todos modos; aunque un poco ácida, está jugosa. Esa noche sueña que vuelve a estar en casa, tumbado en la cama de matrimonio, con Else a su lado, y por la ventana llegan los ruidos de la mañana en Wilhelmstrasse. Un par de automóviles madrugadores, carros de caballos, el barrendero manejando su escoba, el chico de la leche que deja las botellas en el portal. El viento sopla entre los plátanos.
Al día siguiente la cosa se pone seria. El chef mineur los lleva a su primera misión, marchan un trecho tierra adentro y llegan a unos campos en los que crece avena, centeno y trigo sarraceno. Allí se internan por los senderos entre las mieses y ya están en la zona de peligro. El chef mineur les señala el primer artefacto, una mina de plato que hay en el borde del camino, medio oculta por las malas hierbas. La levanta con cuidado y la deja en el camino para luego desactivarla. Lo han entendido, se ponen a buscar con muchísima precaución y encuentran los dispositivos mortales casi por todas partes. En las cunetas, entre la maleza, bajo los arbustos. Están las minas «de plato», que son más o menos igual de grandes que un molde para pasteles, y también las minas «de recipiente», que parecen cazuelas redondeadas. Las han unido con alambre; si alguien caminara por el prado y tropezara sin darse cuenta con uno de esos cables, provocaría la explosión de tres o más artefactos, que están llenos de balas de plomo, metralla o puntas de aguja.
—Los que idearon esto son unos cabrones —dice Paul—. ¿A quién pretendían cargarse? ¿A los campesinos? ¿A las vacas que pastan por aquí? ¿A los niños del pueblo que vienen a jugar?
También encuentran minas «de caja», que tienen que desenterrar despejando la maleza. Con cada mina que dejan en medio del camino sin que pase nada, su miedo a saltar por los aires disminuye un poco. Solo hay que ser cuidadoso, no hacer ningún movimiento en falso, no tocar el detonador.
Al cabo de unas horas, el chef mineur les dice que ya es suficiente, que regresan a la villa.
—¿Y qué harán ahora con esto? —quieren saber.
—Se supone que vendrá un experto de Ruan a desactivarlas —informa uno que habla un poco de francés—. Tenemos que señalar el camino con ramas para que nadie las pise por descuido o circule en coche por encima.
Se disponen a buscar ramas secas bajo los manzanos que hay a lo largo del camino, también parten ramas muertas y las apilan delante y detrás de las minas.
—¿No podríamos llevarnos un par de manzanas? —pregunta Paul—. Mira, ahí hay unas en la hierba… Es fruta caída, seguro que podemos…
Heinz vive los siguientes segundos condensados en movimientos, imágenes y sonidos. Ve a Paul inclinarse hacia las manzanas, oye el grito de advertencia del francés y al mismo tiempo sigue el vuelo de un mirlo que estaba en el manzano y que de pronto se aleja…
—Pas là! Attention! Ne touchez pas le sol!
De súbito, Heinz se queda sordo. Ve saltar terrones por los aires, el manzano se agita como en una tormenta, todo se vuelve rojo, el sol del atardecer ha llenado el cielo, caen gotas rojas sobre la tierra, se va a ahogar con esa lluvia roja.
Hilde
Wiesbaden, abril de 1945
Llueve a cántaros. Hilde está sentada a una de las mesas del Café del Ángel, ha quitado el mantel bueno y ha extendido un trapo viejo sobre la madera. Pule con esmero los tenedores de postre y las cucharillas de café, que se han ennegrecido. Después se pondrá con las jarritas para la nata, que también hay que frotar hasta que queden relucientes. En la cocina, su madre le da los últimos toques a un pastel para Julia, que mañana cumple años. Es una especie de bizcocho, con huevo en polvo y una capa del mazapán que ha aguantado toda la guerra en la despensa del sótano. Julia Wemhöner ya se ha presentado en el ayuntamiento, ha dado sus datos personales y ha recibido un pasaporte nuevo, además de una cartilla de racionamiento.
—Allí hay montada una buena —explica con entusiasmo—. Nadie es responsable de nada, nadie encuentra ningún expediente y todo el mundo tiene un miedo terrible a los americanos.
Tras la huida de Piekarski, el jactancioso alcalde nazi, se organizó una administración de emergencia dirigida por el alcalde gestor Gustav Hess. Ahora está bajo supervisión del gobierno militar americano. Las fuerzas de ocupación se despliegan por todos los edificios oficiales reclamando las salas para sí, y por eso algunos funcionarios no están en condiciones de hacer su trabajo. Además, el ayuntamiento fue duramente bombardeado y solo puede utilizarse en parte, muchos despachos están clausurados.
—Ahora les cantarán las cuarenta a esos nazis —se alegra Addi, que ha acompañado a Julia—. Van a comprobar toda la administración municipal, y el que no tenga las manos limpias acabará en el campo de internamiento de Darmstadt. ¡Que yo lo vea! ¡Y a Storbeck también lo llamarán a capítulo bien pronto!
Solo la Künzel comparte el triunfalismo de Addi. Hilde y su madre opinan que lo de los campos tendría que terminarse de una vez, y Julia Wemhöner comenta que más les valdría reconstruir el teatro en lugar de andar encerrando a personas. Con la cartilla de racionamiento que tan generosamente le han concedido apenas puede comprar nada. La mayoría de las tiendas están cerradas, muchos tienen miedo y retienen su mercancía.
—No es el mejor momento para reabrir el café —opina Else desde la cocina—. Toque de queda desde las nueve de la mañana hasta las tres de la tarde. Y a las seis ya hay que estar otra vez en casa. Además de este tiempo espantoso. ¿Has visto al perro?
—Está arriba, en nuestra cama —informa Hilde, breve y concisa, y levanta un tenedor de postre a la luz.
Sigue teniendo manchas negras, el limpiador de plata hecho de carbonilla y bicarbonato no funciona ni de lejos como el Sidol de toda la vida. Solo que ahora no se encuentra. Como tantas otras cosas. Tampoco el correo funciona, hace catorce días que nadie recibe una sola carta. No hay noticias de Willi y August, y menos aún de su padre. Ni siquiera saben si siguen vivos…
Alguien entra por la puerta giratoria y Hilde baja el tenedor. ¿El cartero? ¿Un cliente? ¿O tal vez los Drews, los vecinos, que vienen a pedir una taza de harina?
No, es Gisela, que no aguanta en casa de sus abuelos y de vez en cuando se pasa a ver a Hilde. Se quita el impermeable empapado y se retira la melena húmeda, que le cae en mechones por la cara.
—¡Qué horror! —se queja—. Esta mañana me he marcado el pelo, pero con este tiempo no aguanta nada. ¿Tenéis una taza de menta para esta pobre alma muerta de frío?
Hilde se alegra de la visita. Deja los tenedores, se limpia los dedos y se sienta con Gisela en la mesa de al lado.
—Claro que tenemos infusión. Incluso nos queda un poco de café de verdad, pero no lo serviremos hasta mañana, que es el cumpleaños de Julia.
Gisela está impresionada. El café es un verdadero lujo, en el mercado negro está por las nubes.
—Julia ha recibido una asignación de los yanquis —dice Hilde—. Es un encanto. ¿Sabes?, ha cosido unos abrigos bien forrados para los niños de los Drews con cosas viejas que tenía en el armario. Y a mi madre le ha estrechado un traje de otoño.
Gisela confirma que Julia Wemhöner es un amor de persona. Aunque un poco rara. O más bien soñadora.
Else sale de la cocina, saluda a Gisela y le sirve una taza de infusión. También le saca azúcar, y una galletita muy pequeña y bastante dura. Le dice que hay que mojarla en el té y así se ablanda.
—¿Cómo está tu madre? ¿Y tus abuelos?
Gisela se encoge de hombros. Sobre ese tema podría contar muchas cosas que es mejor que se queden sin decir.
—Estamos muy apretados en ese piso, por eso hay muchas discusiones. Además, ahora mi abuelo padece del corazón…
—Lo siento mucho. Dales recuerdos. Te prepararé unas galletitas. Aunque se han quedado un poco duras, no están malas…
—¡Muchísimas gracias, señora Koch!
Hilde sabe que Gisela sufre sobre todo por su madre. Johanna Warnecke era y es una acérrima seguidora del Führer, y se niega a aceptar que el imperio milenario haya caído. El cohete V2 aún podría dar un vuelco a la guerra, no para de decir. Y entonces recompensarán a todos los que se hayan mantenido fieles al Führer, y los demás, los disidentes, recibirán el castigo que merecen…
—Si queréis, podéis instalaros arriba, en el piso de August. Los Storbeck no necesitan más que una habitación —comenta Else—. Solo tendríais que compartir con ellos el baño y la cocina…
Gisela bebe su infusión de menta y asiente con educación.
—Gracias. Estaría bien, pero no queremos ser una carga para nadie.
Hilde guarda silencio. Por supuesto que se alegraría de tener a su amiga en la casa, pero comprende que Johanna Warnecke se sentiría fuera de lugar, y con ella solo tendrían problemas.
—¿Hay alguna novedad? —pregunta Hilde cuando su madre vuelve a la cocina a seguir con el pastel.
Gisela asiente. Le cuenta que el gobierno militar americano ha ocupado más edificios en Bierstädter Strasse. Que todo está muy vigilado.
—Tienen miedo de que se les cuele alguien de la organización de defensa Werwolf y cometa algún atentado.
A Hilde le parece una tontería, pero, claro, nunca se puede estar seguro. Todavía quedan bastantes locos que creen en la victoria final. Gisela dice que los yanquis han impuesto unas medidas muy estrictas para no confraternizar. Que incluso tienen prohibido darle la mano a un alemán.
—No les permiten hablar con nosotros ni entrar desarmados en nuestras casas. Sobre todo les advierten contra las chicas alemanas. Porque se supone que somos perversas seductoras al servicio de Adolf Hitler…
Hilde se une a la risa de Gisela. Les parece gracioso que las fuerzas de ocupación, que han llegado con poderosos tanques y cañones, ahora teman a las chicas alemanas.
—Mientras las cosas estén así, no creo que venga al café ningún cliente yanqui —suspira Hilde—. Y eso que yo tenía muchas esperanzas.
No, por el momento no se puede hacer gran cosa. La Künzel se ha sentado un par de veces al piano y ha tocado música de baile de los años treinta. Algunos vecinos han entrado a escuchar, pero nada más, y Else les ha servido una tacita de infusión de menta gratis. Dos oficiales americanos que recorren Wilhelmstrasse miran el local con curiosidad al oír la música, pero no se detienen.
—Buscan empleados alemanes —dice Gisela—. Nuestra vecina les hace la colada y les plancha las camisas. En las cuerdas de nuestro patio interior cuelgan cientos de calzoncillos y calcetines americanos. A mi madre le da un ataque cada vez que los ve por la ventana.
Se parten de risa, y Hilde quiere saber si los calzoncillos americanos son diferentes a los alemanes. Gisela le contesta que sí, que llevan unas cosas rarísimas, como si fueran peleles de niño, con un montón de costuras.
—También contratan personal de cocina; cocineros y panaderos. Y chicos de los recados. Pero sobre todo mujeres, para limpiar las oficinas y las viviendas de los oficiales.
—¿Y… pagan bien? —pregunta Hilde bajando la voz, y se vuelve hacia la puerta de la cocina para ver si la ha oído su madre.
Pero Else está encendiendo el horno y maldice porque, una vez más, la madera húmeda no quiere prender.
—Pagan en dólares. Y también te dan latas de fruta y de carne. Corned beef. ¿Sabes lo que es?
—Algo así como carne de ternera…
—Sí, pero diferente. Como en gelatina, bastante salada. Pero está buena…
Hilde mira a su amiga con admiración. Gisela tiene una bicicleta y se recorre la ciudad, rescata toda clase de cosas útiles de los solares en escombros, descubre dónde se puede conseguir esto y aquello, se entera de todas las novedades. ¡Qué valiente es! Y qué bien que hayan recuperado su amistad. Antes siempre iban juntas, Gisela y Hilde, en el colegio eran inseparables y cometían toda clase de temerarias travesuras. Después Gisela se enamoró de Joachim Brandt y cambió de pronto. Se convirtió en una novia delicada que solo pensaba en su Jo y apenas se ocupaba de su amiga. «Así que eres de esas», pensó entonces Hilde con rabia. Pero al pobre Joachim lo reclutó la Wehrmacht justo al terminar el bachillerato, y hace dos años que Gisela no tiene noticias de él. Entonces las amigas se reencontraron. Solo está el asunto de Jean-Jacques, del que Gisela no sabe nada. Hilde ya no es tan confiada como antes.
—Si sirvierais algo de alta graduación… —reflexiona Gisela—. En el mercado negro se consigue. Le añadís azúcar y un poco de la menta que recogisteis el año pasado en grandes cantidades en el Taunus. Un licorcito de menta. Delicioso. Entonces sí que vendrían clientes…
—No nos permiten vender alcohol —la frena Hilde—. Nos damos por satisfechas con conservar la licencia del café. Los yanquis beben alcohol en sus propios bares.
Eso lo sabe por Sofia Künzel, que ya se ha ofrecido dos veces como pianista de bar para los americanos. Hasta la fecha no ha tenido suerte, prefieren poner discos, pero han anotado su nombre y su dirección. Tal vez lo consiga en algún momento.
—Un licorcito así sería como un digestivo —comenta Gisela casi despectivamente—. Es algo medicinal, no es alcohol…
Hilde capta lo que sugiere su amiga. Se guiñan el ojo, podría funcionar. Tal vez un licor estomacal, así podría echarse también en las infusiones. O en el sucedáneo de café. Eso si lo consiguieran…
—Pero no tenemos dinero… —comenta Hilde—. ¿Sabes a cambio de qué podríamos conseguirlo?
—Lo mejor serían cigarrillos.
También Hilde lo cree, pero tampoco tienen. Como mucho, algún puro de los que su padre había reservado «para después de la guerra».
—Joyas también valdrían. O gafas. Billetes. Hace poco, alguien intercambió la dentadura de su abuelo.
Hilde está dispuesta a sacrificar algo de su joyero. Incluso podría buscar las gafas de sus difuntos abuelos, pero eso tendría que preguntárselo a su madre, y de momento prefiere dejarla al margen.
—Las sábanas están muy demandadas. Cualquier tipo de tela. ¿Conservas alguna cámara fotográfica?
En realidad tendrían que habérsela entregado a los nazis, pero la escamotearon y la escondieron en el trastero. Aun así, la cámara de su padre solo la malvendería en caso de verdadera necesidad. Era el orgullo de Heinz.
—O eso de ahí…
Gisela señala las cucharitas de café recién pulidas. Llevan una pequeña cabeza de ángel en el extremo, un detalle que mandaron grabar sus padres para el café en los años veinte.
—Pero solo un par… Todas, ni hablar.
—Los yanquis te las quitarían de las manos. Como recuerdo. Les gustan esas cosas —comenta Gisela, como si fuera experta—. A cambio te darán cigarrillos, y tú podrías cambiarlos por licor. Así de fácil es…
—¿Incluso con este tiempo?
Gisela sacude la cabeza ante tanto desconocimiento. Cuando llueve hay mejores oportunidades aún, porque los yanquis controlan menos.
En la cocina, Hilde le dice a su madre que Gisela sabe dónde conseguir azúcar y harina, y que quiere acercarse con ella un momento.
—¿Con el día que hace?
—Me pondré el anorak.
Se ha llevado cinco cucharitas con sus tenedores de postre a juego. ¿Por qué no? Al fin y al cabo, es por el Café del Ángel, se trata de una inversión. Su padre también estaría de acuerdo.
Gisela ha dejado la bicicleta en la escalera, atada con una cadena. Hay que andarse con mucho ojo. Hace poco, según relata, mataron a un hombre solo por un saquito de harina y una bolsa de azúcar. Lo encontraron junto al Rin, bajo un puente.
—No me cuentes esas cosas —protesta Hilde, y se sienta con cuidado en el transportín.
Gisela tiene que pedalear con fuerza para ponerse en marcha. La bici realiza un par de líneas sinuosas, luego toman impulso y a partir de ahí todo va bien. Su meta es Langgasse, donde siempre hay gente con algo que vender.
—¡Pero no pises todos los charcos! —exclama Hilde—. ¡Ya tengo las piernas mojadas de las salpicaduras!
—También puedo hacer eslalon, pero tendrás que agarrarte bien…
—Para o te hago cosquillas… ¡en las axilas!
—Entonces nos caeremos las dos al barro…
Acaban empapadas, aunque eso no les estropea el buen humor. Es como antes, cuando iban al colegio y por las tardes recorrían la ciudad en bici. En verano se tumbaban con sus amigas en la orilla del Rin y se hacían los deberes unas a otras. A veces también iban chicos. Joachim estaba con ellas casi siempre, y su hermano pequeño, Walter.
—Bueno, ahora empieza la cosa. Primero veremos qué tienen para ofrecer los demás.
Gisela frena y desmonta, Hilde salta del transportín. Caminan despacio por la calle empujando la bicicleta. Por todas partes hay personas que se detienen ante los escaparates vacíos y hablan entre sí. Antes de mostrar la mercancía miran alrededor con cautela para ver si hay algún policía o alguna patrulla americana cerca. Después se abren el abrigo o sacan algo de una bolsa a la velocidad del rayo, y cierran el trato.
—Los precios no hacen más que subir —explica Gisela—. Un paquete de cigarrillos americanos cuesta ya cien marcos del Reich.
Les hacen ofertas. Una señora mayor vende jabón, otra busca leche en polvo a cambio de sus cupones de azúcar, un muchacho les ofrece café en grano a un precio desorbitado.
—Los vendedores de licor vienen del campo —comenta Gisela—. Son campesinos que destilan en secreto en algún cobertizo. Lo que más buscan es ropa, porque en los pueblos cuesta conseguirla. Algunos, también joyas. O gafas…
Se intercambian las cosas más insospechadas. Uno tiene un violín, otro ofrece una batería de cocina, alianzas de oro, libros, botones y material de costura, una estola de zorro que ha perdido un montón de pelo.
Al final, Hilde consigue diez cigarrillos por las cucharitas de café y otros diez por los tenedores. El joven que le compra la mercancía se la endilgará a los yanquis con un buen aumento, sin duda, pero Gisela cree que con veinte cigarrillos puede conseguir dos botellas de licor. Tal vez tres.
Ni hecho adrede, justo ha parado de llover. Las casas se ven limpias, allí no hay ni rastro de los bombardeos. En los árboles se adivinan ya pequeñas hojas verde claro.
—Ahí… Ese viejo de los zapatos gastados.
La intuición de Gisela ha vuelto a acertar. El hombre busca unas botas de invierno recias y tiene dos botellas de licor para ofrecer. De las reservas de la Wehrmacht, parece. Hilde calcula que como mucho contienen medio litro, puede que incluso menos. Es evidente que no son las botellas originales, pero aun así…
El trato se alarga porque Hilde regatea como una vendedora del mercado. Cinco por cada botella, o seis. No, diez. Siete. Más de siete, ni hablar. Porque ni siquiera sabe lo que llevan dentro.
—Venga, date prisa… —le susurra Gisela—. Por ahí vienen dos yanquis…
También el hombre con las botas gastadas tiene prisa de pronto. Está bien. Siete por cada una. Eso hacen catorce. ¿No sabrá ella dónde puede conseguir un buen par de botas? Hilde piensa en el futuro y contesta que, si le va bien, podría pasarse por el Café del Ángel. Allí siempre necesitarán licor. Pero ya es demasiado tarde.
—Let me have a look! ¿Dónde sacar esto?
Dos soldados americanos se plantan ante ellas, uno le quita una de las botellas de licor recién conseguidas. Gisela quiere ocultar la otra en su chaqueta, pero por desgracia no es lo bastante rápida.
—You have more? ¿Tienes más?
—No tenemos nada. Este licor es nuestro. ¡Devuélvanoslo!
La rabia de Hilde choca con una fría impasibilidad. De repente se ha abierto un espacio vacío a su alrededor, los vendedores se ponen a salvo con su mercancía. Los americanos contemplan las botellas, las agitan, uno quita el corcho y huele el contenido. Asiente satisfecho. Vuelve a tapar la botella.
—Mercado negro is forbidden… Prohibido. You know this. Acompañar.
—¡Pero si no hemos hecho nada malo!
—Acompañar…
Gisela empuja su bicicleta, Hilde camina a su lado. Los otros las observan desde una distancia prudencial con compasión, o con alivio. Algunos ya han vuelto a sus negocios ahora que el peligro ha pasado. Los yanquis tienen a sus víctimas y se largan.
—¿Qué harán con nosotras? —le susurra Hilde a su amiga.
Gisela se encoge de hombros. Es la primera vez que los americanos la pillan en el mercado negro.
—Supongo que nada —masculla—. Como mucho nos encerrarán una noche…
Hilde piensa en su madre, que seguramente se imaginará lo peor si no está de vuelta en el café a las seis. Violada. Raptada. Asesinada. ¡Ay, Dios santo, su madre se volverá loca!
—O puede que nos fusilen —añade Gisela con una sonrisa boba.
A Hilde no le va el humor negro. Ha vendido cinco cucharillas y cinco tenedores de plata de las existencias del café y no ha obtenido nada a cambio. Y encima ahora tendrá toda clase de problemas. Van en dirección a Rheinstrasse, los transeúntes se detienen a observarlas y seguro que entre ellos hay conocidos. Qué vergüenza. Las pasean por la ciudad como si fueran delincuentes. Por otro lado, puede que así su madre se entere de dónde pasará la noche. Seguro que se enfadará, pero al menos no pensará que le han dado una paliza y está tirada entre los escombros de algún solar…
Más arriba, donde Langgasse desemboca en Rheinstrasse, hay un vehículo militar. Tal vez las hagan subir a él. En ese caso, Gisela se verá en un aprieto porque no le permitirán llevar la bicicleta. Y si la deja en la calle, puede estar segura de que no volverá a verla en la vida…
—Mira si ves a alguien a quien pueda confiarle la bicicleta —le suplica a Hilde.
Ella busca con atención, pero no ve a ningún conocido. Los dos soldados americanos se detienen de pronto y saludan a dos oficiales que pasan por allí. Hilde oye una voz que le resulta familiar. Clara pero imperiosa. Una risa breve.
—La señorita Koch…, ¿verdad?
¡Dios santo! Qué bochorno. Tiene delante a ese oficial tan agradable que hace unas semanas impidió que requisaran el café. ¿Cómo se llamaba?
—Sí… —balbucea—. Qué casualidad… Espero que esté usted bien…
¿Sonríe satisfecho el oficial? No, la mira con severidad. Con ese hombre, nunca se sabe lo que está pensando.
—¿No se acuerda?
—Sí, sí… Por supuesto… Usted… Usted conocía a Eduard Graff, el actor…
—Exacto —dice, y se vuelve para hablar con el otro oficial y los soldados. En inglés, desde luego, así que ellas no entienden nada.
—¿Es que lo conoces? —susurra Gisela.
—Sí… —murmura Hilde.
Gisela se agarra con fuerza al manillar de la bicicleta. Las dos esperan de pie intentando comprender qué ocurre. Los transeúntes curiosos las señalan con el dedo, sacuden la cabeza. Hilde tiene la sensación de estar en una picota medieval. Y todo por dos miserables botellas de matarratas casero. ¡Cómo ha podido ser tan tonta!
El oficial se vuelve de nuevo hacia ellas. Las contempla un instante y entonces da la orden:
—Pueden marcharse.
Hilde lo mira con los ojos muy abiertos, casi no puede creerlo. Gisela empuja enseguida su bicicleta para salir de la zona de peligro. El oficial le dirige a Hilde una breve cabezada, después regresa con su compañero. Los soldados los siguen.
—Se han quedado con el licor —protesta Hilde cuando están a una distancia segura—. ¡Pues que les aproveche!
—Sí, pero qué dulce… —comenta Gisela con voz melosa.
—¿El licor?
—¡Qué dices! El oficial. Te miraba muy serio, pero en realidad es un tipo muy apasionado…
—¿Tú crees? —masculla Hilde.
—Y le gustas —añade su amiga.
Ella no la escucha. Está dándole vueltas a cómo se lo va a explicar a su madre. Puede que se haya enterado ya porque algún conocido o un vecino le haya ido con el cuento. ¡Maldita sea! Lo mejor será decirle la verdad.
Luisa
Rostock, febrero de 1945
Está oscuro y hace frío. La luz crepuscular entra por la abertura del paso subterráneo pero no llega hasta ella. Ya nada puede llegar hasta ella.
—¡No puede quedarse aquí! —exclama una voz masculina.
Luisa no responde. Acaricia con cariño la mejilla de su madre, le coloca bien el pañuelo de lana en la cabeza, le frota las manos heladas e intenta calentárselas.
—Se va a congelar, señorita. Por favor, venga conmigo…
¿Por qué la importuna ese hombre? ¿No ve que tiene que cuidar de su madre? Annemarie está desamparada sin su hija. Debe ocuparse de ella, llevarla al oeste, donde los rusos no puedan hacerle nada…
Oye un profundo suspiro de exasperación a su lado. No le importa. Las preocupaciones de ese joven no le incumben. Su única preocupación es…
—¡Tenga un poco de sensatez! A su madre ya no puede ayudarla, ¡pero seguro que ella no querría que muriera congelada a su lado!
Un dolor quiere atravesarla, una flecha mortal intenta cruzar su pecho pero ella la rechaza. Se ha envuelto en una coraza de hielo que nada puede traspasar. Su madre tiene que descansar un poco, nada más. Duerme tranquila, tiene las facciones relajadas. La dejará dormir unos minutos para que recupere fuerzas. Después, las dos se acercarán a la ciudad y buscarán una habitación caldeada. Algo de comer. Una bebida caliente.
—Pronto anochecerá y ya no encontraremos el camino. ¡Venga conmigo! Maldita sea, ¿por qué es tan cabezota? ¡Su madre ha muerto!
La flecha la atraviesa. Entonces se le encara y grita:
—¡No! ¡No está muerta! ¡Mi madre no ha muerto! No… ha muerto…
Su grito desesperado se rompe en sollozos. Se lanza sobre el cuerpo de su madre y lo abraza, llorando. En ese instante lo siente. La vida la ha abandonado. Todavía no está rígida, pero no tiene pulso, no respira. La muerte ha tomado a su madre en brazos hace rato y se ha llevado su alma. Lo que queda es un cascarón vacío.
—No pasa nada —le susurra el joven al oído—. Todo va bien. Ha llegado al final de su viaje, donde no hay sufrimiento ni desgracia. Venga conmigo. ¡Por favor!
La agarra de los hombros y la aparta del cadáver mientras ella intenta levantarse, tiene las piernas casi entumecidas. El joven la estrecha un rato entre sus brazos y le dice que deben marcharse enseguida, que la ciudad se quedará a oscuras para evitar los ataques aéreos, que dentro de unos minutos será noche cerrada y no verán nada.
—Vamos. Apóyate en mí. Eres una chica valiente, juntos lo conseguiremos…
Luisa ve su rostro borroso. La venda blanca del ojo. La boca, de la que salen continuas palabras de consuelo. Que ponga el pie con cuidado, que ahí hay un trecho empinado, con hielo, y es mejor que se agarre a él. Después es más fácil. Un poco más allá está Rostock. No queda lejos. Ahí están ya las primeras casas. Que no se suelte de su mano, pase lo que pase…
Ella pisa la nieve con firmeza y apenas siente los pies. Es como si flotara. Oye un pitido en los oídos, las rodillas le fallan en un par de ocasiones. Pero él está a su lado, sosteniéndola para que no se caiga en la nieve. Incluso la levanta en brazos y la lleva a cuestas un rato, hasta que ella, con un hilo de voz, dice:
—Ya puedo volver a andar.
La deja en el suelo con delicadeza, espera un momento y le pasa el brazo por la cintura para seguir caminando. Al cabo de poco, Luisa vuelve a sentir el pulso con fuerza y recupera la energía, pero entonces nota un dolor punzante en los pies helados. Tiene que apretar los dientes para no gemir. Seguir adelante. No quedarse atrás. La blanca capa de nieve, que todavía conservaba algo de luz, se vuelve gris con una rapidez terrorífica, se pierde en la creciente oscuridad. Las primeras casas, sombras oscuras y deformes que aparecen ante ellos, resultan ser edificios de la estación bombardeados. No es lugar para pasar una noche de invierno, solo hay montones de piedras, vigas de acero reventadas, maderos partidos.
—Ahí hay un vagón —dice ella—. Quizá esté abierto.
Luisa tiene ventaja, ve mejor que él, que está impedido por sus heridas.
—Mejor no —advierte el joven—. Los bombarderos siempre apuntan a la estación. Avancemos un poco más. Lo conseguiremos. Tiene que haber casas por aquí cerca…
Apenas ven nada en la oscuridad, bajo los pies sienten un camino pavimentado que alguien ha despejado de nieve. Se arrastran con sus últimas fuerzas, deben seguir adelante, no detenerse, no perder el ritmo. Si no, se acabó.
—¡No puedo más!
El joven comprende que está agotada. Tiembla de debilidad, pero él está demasiado cansado para llevarla en brazos. Incluso le cuesta cargar con el petate.
—Ahí delante… Ahí hay algo, ¿verdad?
—Espera aquí… Enseguida vuelvo.
Él desaparece en la noche y Luisa se queda sola. Lucha contra el deseo desesperado de sentarse en el suelo y quedarse dormida. Para no despertar más. No sentir más la flecha que se ha clavado en su pecho. Una flecha mortal. Su madre ha muerto. Y es culpa suya. No ha cuidado bien de ella… ¿Quién dijo que tenía que hacerlo? El viejo médico Greiner, que la abrazó con cariño y luego se marchó a toda prisa.
—He encontrado algo —dice él—. Valdrá para unas cuantas horas. Ten mucho cuidado, hay cascotes por todas partes. Dame la mano…
Trepa por la grava nevada, se le queda el pie atrapado en algo, se habría caído si él no la hubiera sujetado. Entonces palpa una puerta que chirría en sus goznes cuando la abren.
—Espera…
Aparece una lucecita. El joven ha encendido un mechero e ilumina a su alrededor, mira hacia arriba, vuelve a apagarlo. Están en una sala pequeña, hay dos ventanas con los cristales rotos, por todas partes se ven muebles destrozados, una pequeña estufa de carbón… Pero el techo de vigas parece estar intacto.
—Intentaré encender un fuego… Si encuentras madera seca en el suelo, tráemela, por favor.
La perspectiva del calor de la estufa le da nuevas fuerzas. «Qué extraño —piensa Luisa mientras palpa con cuidado el suelo con las manos—. Ni siquiera sé su nombre, pero ya nos tuteamos».
—Aquí también hay papel… Y algo de madera…
Ante ella se ilumina un pequeño cuadrado que chasquea, llamea, desprende un olor penetrante. El fuego arde, Luisa alarga los dedos ateridos de frío hacia la estufa. Le tiembla todo el cuerpo.
—El tiro no va muy bien, es posible que esté atascado —comenta él—. Pero con las dos ventanas abiertas seguro que no nos asfixiamos por el humo…
En el centelleante resplandor de la estufa ve que el joven sonríe. Con la cara enrojecida y llena de hollín, parece un aventurero. También tiene la venda del ojo manchada, el pelo rubio oscuro y liso le cae en mechones por la frente.
—¿Y cómo te llamas?
—Friedrich Bogner… Pero puedes llamarme Fritz. Y tú te llamas Luisa, ¿verdad?
Ha oído que su madre la llamaba así. Esa misma tarde, en el tren. Cuando ella aún vivía…
—Es terrible que se haya quedado tirada ahí debajo, sola…
Él agarra un trozo de madera y piensa un poco antes de decir algo.
—No está sola, Luisa. Tu madre nunca volverá a estar sola. Porque ahora está junto a todos aquellos a quienes amó y se fueron antes que ella…
Ella asiente y se pasa el dorso de la mano por las mejillas húmedas. Entonces piensa que se habrá ensuciado la cara, pero le da igual.
—Mañana buscaremos ayuda —promete él—. Iremos a por ella, para que tenga un entierro cristiano. ¿Quieres, Luisa?
—Sí —susurra—. Fritz, ¿por qué haces todo esto por nosotras? —pregunta justo después.
Él se levanta, va hacia las ventanas y las tapa a medias con unos tablones que ha encontrado. Luego se arrodilla de nuevo ante la estufa y echa más madera. Si tuvieran carbón duraría más, pero de todas formas es maravilloso sentir el calor del fuego. Les entra por los dedos y se les mete en el cuerpo, hace que la sangre vuelva a circular por sus venas, les devuelve la vida.
—¿Por qué? —dice al cabo de un rato, y se encoge de hombros—. No lo sé. Porque sí.
—Me has salvado la vida. Te… te estoy enormemente agradecida…
Ese emotivo arrebato lo incomoda. El joven busca a tientas por el suelo y encuentra una olla, la levanta al resplandor del fuego y se la da.
—¿Querrías llenarla de nieve? Así tendremos agua caliente. Todavía tengo galletas y un poco de pan en el petate.
Preparan una infusión sin nada y se turnan para beber, comparten el pan y las galletas como hermanos, les parece que la nieve derretida está igual de buena que el auténtico té de Ceilán. Más tarde se construyen un «nido» entre los escombros, justo al lado de la estufa, que se está enfriando poco a poco porque no la han alimentado más. Duermen acurrucados el uno junto al otro, dándose calor, abrazados. Igual que Hänsel y Gretel, que se perdieron en un bosque oscuro donde los esperaban animales salvajes y espíritus malignos.
Las dichosas sirenas los despiertan de un sueño profundo. Hienden el pálido amanecer, anunciando la muerte de todos aquellos que no busquen refugio a tiempo. Ambos saben que no tienen posibilidad de encontrar un sótano donde guarecerse, así que se quedan tumbados, contemplando la azulada luz del alba que se cuela por las ventanas. Aquello debió de ser una sala de estar, en algunos lugares aún se veía el papel pintado, zarcillos de flores y pajarillos. Los saqueadores lo habían revuelto todo, destrozando mesa y sillas, y se habían llevado lo que tenía algún valor. La vieja estufa les resultó demasiado pesada; si no, también la habrían robado.
—¡Mira! —dice Fritz, y señala arriba con un dedo—. Será mejor que salgamos de aquí.
Entonces ella también lo ve. La viga que soporta el techo está combada y ha empezado a astillarse, es un milagro que el techo no los haya sepultado por la noche. Las sirenas suenan sin descanso. Se levantan, se sacuden el polvo de la ropa, se despiden de la pequeña estufa que ha tenido la amabilidad de darles calor.
Fuera los recibe un viento helado, Luisa casi pierde el pañuelo de la cabeza. Ven las escuadras negras en el cielo gris, los proyectiles que lanzan. Oyen los silbidos, los impactos sordos, sienten el temblor de la tierra. Y de fondo, la constante advertencia de las sirenas, que entonan impasibles sus cantos de muerte y destrucción, la desquiciante banda sonora de la aniquilación. Fritz tenía razón; más allá, en las vías, cae una bomba y la onda expansiva es tan fuerte que incluso las ruinas de alrededor se ven afectadas. Se salvan trepando por las montañas de escombros hasta la calle y entonces, tras ellos, la pequeña habitación que les ha dado cobijo durante la noche se viene abajo con un crujido. El ataque no cesa, llegan más aviones que arrojan su cargamento negro y letal sobre la ciudad indefensa. Fritz y Luisa corren por la calle, encuentran un solar en ruinas y se agazapan entre los escombros. Sienten un impacto justo al lado y se abrazan, esperan el final, decididos a enfrentarse juntos a la muerte.
Pero la muerte bélica, que ese día se ha cobrado un preciado botín en la ciudad de Rostock, desprecia a la pareja emboscada, tiene la clemencia de dejarlos a ambos con vida y se cierne sobre otras víctimas.
—Ya ha pasado.
La sirena anuncia el fin de la alarma. Un tono alargado que pide a los supervivientes que salgan de sus refugios, que reparen los daños, que entierren a los muertos. Luisa y Fritz recorren despacio el camino hacia la ciudad, dejan atrás ruinas y solares vacíos hasta que por fin encuentran edificios intactos. Una iglesia de ladrillo conserva todavía el campanario, la nave ha recibido un impacto. Junto a ella hay un par de casas pequeñas, también un grupo de personas que acaban de salir de la cripta, donde se han protegido de las bombas. Entre ellos está el pastor, un hombre delgado de pelo blanco, y también su mujer, que mira a la joven pareja con compasión.
—¿Buscáis donde pasar la noche? La casa parroquial está llena de desplazados, pero os encontraremos sitio.
Conmovidos, le dan las gracias. En medio del horror, también hay personas dispuestas a ayudar aunque ellas mismas pasen apuros. En la casa parroquial les asignan un rincón del desván, una esquina que han separado con telas colgadas de una cuerda de la ropa. En el suelo tienen un colchón, dos mantas de lana, una almohada. Abajo hay un baño, en caso de urgencia deben usar un cubo con tapa y bajarlo después.
La mujer del pastor da por hecho que son matrimonio, por supuesto, y ellos no la sacan de su error. No tienen pensamientos impuros, son hermanos de guerra, deben estar juntos porque el destino los ha unido.
—¿Te molesta si me lavo? —pregunta Fritz.
Ha subido un cubo con agua caliente, también un estropajo y un paño que pueden usar de toalla.
—En absoluto. Después me lavaré yo…
Mientras él se desviste y se frota con el estropajo, ella se tumba en el colchón y no mira para nada al joven desnudo, sino que se queda dormida de agotamiento. Después, él le lleva agua limpia y se marcha enseguida para que pueda asearse a solas. Le dice que quiere hablar con el pastor.
—Gracias… Bajaré en cuanto haya terminado.
Luisa sabe muy bien sobre qué quiere hablar Fritz con el clérigo, y se apresura con la higiene porque en realidad es cosa suya. No puede ser que Fritz se encargue de hacerlo todo por ella, no quiere eso, pero tampoco quiere prohibírselo. Sin embargo, cuando termina y por fin encuentra el despacho del pastor, Fritz ya ha acordado con él lo más importante.
—Iremos a buscarla hoy mismo, Luisa. Un conocido del padre Klein y yo. La traeremos a la iglesia y la enterraremos después, junto a los que han muerto esta noche.
—Os acompaño.
Fritz y el pastor se miran, no les gusta la idea. Aun así, Luisa no da su brazo a torcer. Quiere acompañar a su madre en su último trayecto, debe estar con ella, se lo ha prometido.
A primera hora de la tarde se marchan con uno de los desplazados. Encuentran a Annemarie Koch rígida y cubierta por la nieve que el viento ha arrastrado hasta el paso subterráneo, la colocan sobre una tela y se la llevan a la iglesia. Abajo, en la cripta, hay un pequeño coro lateral donde ya han dejado a otras dos víctimas del bombardeo, una mujer mayor y una niña. Luisa le recoloca el abrigo a su madre, vuelve a atarle el pañuelo en la cabeza y le pone los zapatos, que se le han caído por el camino.
—Me quedo aquí —le dice a Fritz, que le aferra la mano—. Me quedo con ella hasta que la entierren.
Él asiente y la deja sola. Al cabo de unas horas, cuando regresa para llevarle una bebida caliente, la encuentra con una fiebre muy alta. Le duele todo el cuerpo, la espalda, el pecho, siente unos pinchazos constantes en el costado. Tiene la mente confusa, ve campos nevados que relucen al sol, luego cree que está en el tren y nota las sacudidas en todo el cuerpo.
—Estoy muy cansada —murmura—. Me muero de cansancio.
Más tarde, no sabe cómo ha llegado a su rincón del desván. Está acostada bajo dos mantas de lana y da traguitos de la manzanilla que Fritz le va dando con una cucharita. Él le habla en voz baja, responde con paciencia a sus preguntas.
—¿Ya la han enterrado?
—Mañana…
—¿Qué hora es?
—Casi las tres.
—Entonces, pronto oscurecerá.
—No. Son las tres de la noche.
—¿Por qué hace tanto calor?
—Tienes fiebre.
Fritz prepara compresas frías que le pone en las muñecas y las pantorrillas para que le baje la fiebre. Le coloca un paño fresco sobre la frente, que le arde. Duerme a su lado, pero solo a ratos, porque le va cambiando las compresas. En algún momento Luisa oye de nuevo las sirenas, siente que la envuelven en las mantas y la bajan por la escalera. En la cripta de la iglesia están todos apretados, mujeres y niños pequeños, ancianos, algunos tienen a sus animales domésticos consigo, otros solo llevan una mochila con lo imprescindible: los últimos objetos de valor, papeles, una ración de alimentos de emergencia. Las columnas circulares de la bóveda medieval ya han soportado mucho, a veces cae un trozo de revoque de la pared,
