Herejía

Catherine Nixey

Fragmento

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Viéndola el Señor, se compadeció de ella y le dijo: «No llores». Y acercándose tocó el féretro; los que lo llevaban se detuvieron, y Él dijo: «Joven, a ti te hablo, levántate». Sentose el muerto y comenzó a hablar, y Él se lo entregó a su madre.

 

Lucas 7, 13-15, ESV(1)

 

 

Apolonio, que se hallaba casualmente presente en el duelo, dijo: «Poned las andas en el suelo, pues os haré cesar del llanto por la muchacha» […]. [Y], sin más que tocarla y decirle algo en secreto, despertó a la muchacha de su muerte aparente. La joven recobró el habla y volvió a la casa de su padre.

 

Vida de Apolonio de Tiana, IV.45(2)

 

 

A buen seguro, un cangrejo se sentiría ultrajado si se viese clasificado como crustáceo sin más ni más y sin disculparnos siquiera. «Yo no soy esa cosa —diría—, soy yo y basta».

 

WILLIAM JAMES, Las variedades de la experiencia religiosa (1902)(3)

LISTA DE ILUSTRACIONES

 

 

 

 

1. Asclepio. Escultura romana del siglo II d. C., copia de un original griego del siglo V a. C. Museo del Hermitage, San Petersburgo. Fotografía: Prisma Archivo/Alamy.

2. Escultura de un filósofo errante, probablemente Apolonio de Tiana, finales del siglo II d. C., hallada en Creta. Museo Arqueológico de Heraclión, Creta. Fotografía: Wikimedia Commons.

3. Cristo impartiendo sus enseñanzas. Detalle de un sarcófago romano, c. 300. Museo Nacional Romano, Roma. Fotografía: DeAgostini/Getty Images.

4. Una comadrona ayuda a Zeus a dar a luz a Dioniso, que nacerá de su muslo. Detalle de un sarcófago romano, c. 190 d. C. Museo Walters de Arte, Baltimore. Fotografía: The Walters Art Museum, Baltimore. (Adquirido por Henry Walters junto con la Colección Massarenti, 1902 [acc. n.º 23.31]).

5. Dioniso niño, sentado en el regazo de Hermes, en compañía de su ayo y una ninfa. Detalle de un mosaico del siglo IV d. C. encontrado en la Casa del Aión, en Pafos, Chipre. Fotografía: Imagebroker/Alamy.

6. Un hombre lleva entre sus brazos una pierna humana. Relieve votivo de finales del siglo IV a. C. procedente del santuario del héroe-médico Amino, encontrado en el Asclepeion de Epidauro. Museo Arqueológico Nacional, Atenas. Fotografía: World History Archive/Alamy.

7. Asclepio posa sus manos en el hombro de una paciente. Relieve votivo, c. 350 a. C., encontrado en el Asclepeion del Pireo. Museo Arqueológico del Pireo (n.º de inventario 405). Fotografía: DeAgostini/Getty Images.

8. Placa en la que aparece representada una mujer dando a luz, c. siglo IV a. C.-siglo III d. C., de origen romano. Museo de la Ciencia, Londres. Fotografía: Science Museum Group/Science & Society Picture Library.

9. Parte final de un papiro mágico griego con conjuros y un espíritu de la muerte sin cabeza, siglo IV d. C. Ägyptisches Museum und Papyrussammlung, Staatliche Museen Preussischer Kulturbesitz (p. 5026 recto), Berlín. Fotografía: Scala, Florencia/bpk, Bildagentur für Kunst, Kultur und Geschichte.

10. Fresco en el que se representa una ceremonia religiosa, finales del siglo I a. C., procedente de la villa imperial de Boscotrecase, Pompeya. Museo Metropolitano de Arte, Nueva York. Fotografía: Metropolitan Museum of Art (Rogers Fund, 1920, acc. n.º 20.192).

11. Gemas talladas en las que aparecen representados Serapis, Anubis y un anguípedo con cabeza de gallo, de los siglos II-III d. C., de origen romano. Museo Metropolitano de Arte, Nueva York. Fotografías: Metropolitan Museum of Art (donación de W. Gedney Beatty, 1941, acc. n.º 41.160.643; obsequio de la señora Helen Miller Gould, 1910, acc. n.º 10.130.1; obsequio de John Taylor Johnston, 1881, acc. n.º 81.6.297 y 298).

12. La resurrección de Lázaro. Detalle de un relicario de marfil, c. 350, procedente del monasterio de Santa Julia de Brescia. Museo Cristiano, Brescia. Fotografía: André Held/akg-images.

13. El milagro de los panes y los peces. Detalle de un fresco de comienzos del siglo III, procedente de la catacumba de via Anapo, Roma. Fotografía: Luisa Ricciarini/Bridgeman Images.

14. El milagro de los panes y la transformación del agua en vino. Detalle del panel de madera de una puerta, siglo V, procedente de la basílica de Santa Sabina, Roma. Fotografía: NPL-DeA Picture Library/G. Nimatallah/Bridgeman Images.

15. La Anunciación. Detalle del tímpano (1420) del portal septentrional de la Marienkapelle, Wurzburgo. Fotografía: Bildarchiv Foto Marburg/Archiv Dr. Franz Stoedtner.

16. La Anunciación. Detalle del retablo de la abadía de Klosterneuburg, 1181, obra de Nicolás de Verdún. Stiftsmuseum, Klosterneuburg, Austria. Fotografía: Erich Lessing/akg-images.

17. Escena de la Natividad en la que un ángel devuelve a Salomé las manos que le habían cortado. Detalle de una miniatura de un libro de horas según el uso de Roma («Horas marianas»), 1490-1500, obra de un discípulo de Jean Pichore. Biblioteca y Museo Morgan, Nueva York, ms. M.7, fol. 14r. Fotografía: Scala, Florencia/The Morgan Library. Adquirido por J. Pierpont Morgan antes de 1913.

18. La huida a Egipto. Detalle de un fresco de Giotto de 1304-1306. Capilla de los Scrovegni, Padua. Fotografía: Raffaello Bencini/Bridgeman Images.

19. La caída de Simón el Mago. Capitel de la catedral de San Lázaro de Autun, Francia, obra de Gislebertus (Gislebert), c. 1130. Fotografía: akg-images.

20. La caída de Simón el Mago. Detalle de un retablo del Maestro di San Pietro, c. 1280. Pinacoteca Nacional de Siena. Fotografía: Rabatti & Domingie/akg-images.

21. Helio conduciendo su carro. Metopa del templo helenístico de Atenea en Troya, siglo III a. C. Antikensammlung, Staatliche Museen Preussischer Kulturbesitz, Berlín. Fotografía: Scala, Florencia/bpk, Bildagentur für Kunst, Kultur und Geschichte.

22. Cristo representado como Helio o Sol Invicto, conduciendo su carro. Detalle de un techo de mosaico, mediados del siglo III d. C. perteneciente al mausoleo de los Julios, en la necrópolis vaticana situada debajo de la basílica de San Pedro, Roma. Fotografía: Picture Art Collection/Alamy.

23. Apolo Solar con el nimbo de Cristo y la corona radiata de Helio. Detalle de un pavimento romano de mosaico de finales del siglo III encontrado en El Jem (Tisdro), Túnez. Fotografía: Wikimedia Commons/Mathiasrex.

24. Cristo flanqueado por las letras alfa y omega. Fresco del siglo IV encontrado en las catacumbas de Comodila, Roma. Fotografía: DeAgostini/Getty Images.

25. La Natividad. Detalle de una miniatura de unos Evangelios armenios, 1434-1435. Museo Metropolitano de Arte, Nueva York. Fotografía: Metropolitan Museum of Art (Adquisición, Fletcher Fund, obsequio del Hagop Kevorkian Fund, en recuerdo de Hagop Kevorkian, Tianaderrah Foundation, B. H. Breslauer Foundation, Aso O. Tavitian, Karen Bedrosian Richardson, regalos de Elizabeth Mugar Eveillard y Arax Simsarian y fondos de varios donantes, 2010, acc. n.º 2010.108).

26. Jesús discute con un maestro. Miniatura de los Klosterneuburger Evangelienwerk, c. 1340. Stadtbibliothek, Schaffhausen, Suiza. Fotografía: Stadtbibliothek, Schaffhausen (Gen. 8, f. 28v).

27. Cristo exorciza al poseso de Gerasa. Placa de marfil, taller de Milán o de Metz, c. 968. Hessisches Landesmuseum, Darmstadt. Fotografía: Wikimedia Commons CCo 1.0 (Fotografía: Daderot).

28. La última cena. Miniatura de un leccionario originario del norte de Siria, 1216-1240. Biblioteca Británica, Londres. Fotografía: British Library Board (Add. 7170, f. 139v)/Bridgeman Images.

29. El bautismo de Cristo por Juan el Bautista. Miniatura de la Cronología de las naciones antiguas, de Al-Biruni, ejemplar de 1307-1308 procedente de Tabriz, Irán. Edinburgh University Library (or. ms. 161, fol. 140v). Fotografía: Bridgeman Images.

30. El infierno. Miniatura de un ejemplar francés del siglo XV de La ciudad de Dios, de san Agustín. Bibliothèque Sainte-Geneviève, París (ms. 246, fol. 383r). Fotografía: Bridgeman Images.

31. Eneas en el infierno. Miniatura de un ejemplar italiano del siglo XV de las Églogas de Virgilio. Houghton Library, Universidad Harvard (ms. Richardson 38, fol. 174v). Fotografía: Heritage https://fragmentos.megustaleer.com/MES-117038/Images/Alamy.

32. Páginas de un manuscrito gnóstico del cristianismo primitivo, c. siglos V-VI, encontrado en Nag Hammadi, Egipto (Codex II). Fotografía: BibleLandPictures.com/Alamy.

33. La creación de Eva. Fresco de Miguel Ángel en la capilla Sixtina del Vaticano, 1508-1512. Fotografía: Heritage Image Partnership Ltd./Alamy.

34. Isis con Horus niño. Estatuilla egipcia de bronce, c. 664-332 a. C. Ägyptisches Museum und Papyrussammlung, Staatliche Museen Preussischer Kulturbesitz, Berlín. Fotografía: 2021, Scala, Florencia/Bildagentur für Kunst, Kultur und Geschichte, Berlín.

35. Isis con Horus niño. Estatuilla egipcia de caliza, siglo III d. C. Skulpturensammlung und Museum für Byzantinische Kunst, Staatliche Museen Preussischer Kulturbesitz, Berlín. Fotografía: 2021, Scala, Florencia/bpk, Bildagentur für Kunst, Kultur und Geschichte.

36. La Virgen con el Niño. Miniatura del Libro de Kells, evangeliario irlandés, c. 800. Trinity College, Dublín (ms. 58, fol. 7v). Fotografía: Art and Architecture/Alamy.

37. El emperador Constantino en el Concilio de Nicea y la quema de los libros de Arrio. Dibujo de un compendio de derecho canónico del siglo IX, c. 825, procedente de Lombardía, Italia. Biblioteca Capitolare, Vercelli (ms. CLXV). Fotografía: DeAgostini/Getty Images.

38. Restos de retratos de un monarca «hereje» y sus cortesanos. Mosaico bizantino modificado en 526, basílica de San Apolinar el Nuevo, Rávena. Fotografía: Wikimedia Commons/José Luiz Bernardes Ribeiro.

39. Los tres Reyes Magos veneran la piedra ardiente. Miniatura de una versión francesa de El libro de las maravillas (Le livre des merveilles) de Marco Polo, 1410-1412. Biblioteca Nacional de Francia, París (ms. Français 2810, fol. 12). Fotografía: BnF.

40. La Natividad. Pintura de un discípulo de Fra Angelico, c. 1423-1426. Indianapolis Museum of Art at Newfields, The Clowes Collection (acc. n.º 2014.89). Fotografía: Cortesía del Indianapolis Museum of Art at Newfields.

PRÓLOGO

 

 

 

 

Christian children all must be

Mild, obedient, good as He.

[«Los niños cristianos deben todos ser /

dulces, obedientes y buenos como Él»].

 

«Once in Royal David’s City», villancico incluido en un libro inglés de himnos del siglo XIX

 

 

Mata a nuestros hijos.

 

Un padre se lamenta del comportamiento de Jesús.

Evangelio de la infancia de Tomás (c. siglo II)

 

 

Incluso cuando Jesús era todavía un niño pequeño, los habitantes de su aldea se dieron cuenta de que en él había algo insólito. Quizá fuera porque mostraba cierta seguridad en sí mismo —próxima a la arrogancia— en la forma que tenía de hablar con los adultos. O quizá fuera por la forma en que lo trataban sus padres, María y José, con un respeto que a veces parecía rayar en el desasosiego.

O quizá fuera porque mataba a la gente.

Los milagros de Jesús no habían empezado de manera terrible. De hecho, el primero, del que se hablaría durante siglos en todas partes, desde Alejandría hasta Arabia, fue encantador. Un sábado, cuando tenía solo cinco años, Jesús estaba jugando con otros niños de su aldea en el vado de un arroyo. Como les gusta hacer a los niños, el pequeño se dedicaba a desviar el agua para que formara pozas. Una vez formado el charco, el agua se tornaba pura.

Sin embargo, si se fijaba uno bien, había algo bastante extraño en la forma en que el agua se comportaba. No obedecía a las leyes de la naturaleza, mientras corría, fluía y se mantenía limpia. Por el contrario, obedecía las órdenes del niño: Jesús simplemente hablaba y el agua modificaba su curso.

Cuando se cansó de aquel juego, Jesús se puso a jugar a otra cosa. Tomó un poco de barro blando de los bordes legamosos del agua y empezó a esculpir con él figuritas con forma de gorrión; doce en total. Casualmente, pasó por allí un hombre y vio lo que estaba haciendo. Irritado porque pensó que Jesús profanaba el sábado de ese modo, el individuo fue a buscar a José y le contó lo que había visto. Este fue a buscar al niño. «¿Por qué estás haciendo en sábado lo que no está permitido hacer?», le preguntó. Jesús no respondió directamente a José. Por el contrario, batió las palmas y exclamó, dirigiéndose a los pájaros: «¡Volad!». Y los gorriones echaron a volar y se marcharon gorjeando.[1]

Si lo ocurrido aquel día hubiera quedado solo en eso, ya habría sido bastante notable. Pero no quedó ahí la cosa.

Un niño que había estado viendo lo sucedido dio un paso al frente y, cogiendo una rama de sauce, desbarató las pozas que Jesús había formado y dio salida al agua que había embalsado. Jesús se volvió enfadado hacia él y le dijo: «¡Insensato, injusto e impío! ¿Qué mal te han hecho estas aguas y estas pozas?». Y lleno de furia añadió: «Pues mira, ahora te vas a quedar tú seco como un árbol, sin que puedas llevar hojas ni raíz ni fruto».[2] Puede que la maldición fuera intrincada, pero sus efectos quedaron bien claros, pues el niño, que hasta entonces había estado sano, quedó al instante seco y deforme.

Y aún vendrían cosas peores.

No mucho después de que ocurriera este incidente, estaba Jesús atravesando la aldea cuando otro niño llegó corriendo detrás de él y chocó con su espalda. Puede que fuera un accidente; o puede que no. En cualquier caso, Jesús montó una vez más en cólera y lanzó una maldición ominosamente indirecta: «No concluirás tu camino».[3] El significado de sus palabras quedó claro un momento después: el niño cayó muerto al suelo.

Tales son las palabras del Evangelio de la infancia de Tomás.

INTRODUCCIÓN

 

 

 

 

Todos los años, en pleno invierno, da comienzo el canto en todas las capillas, iglesias y catedrales.

Una sola voz rompe el silencio. «Otrora en la ciudad real de David —dice— había un establo muy humilde». El villancico continúa contando una historia tan conocida que no hace falta repetirla. Es la historia de cómo en aquella humilde cuadra, una doncella (gentil y amable) colocó al niño en un pesebre; y cómo ese niño se convirtió en un muchacho (obediente y bueno); y cómo ese muchacho era en realidad un salvador —el Salvador— que ahora está sentado en lo alto de los cielos.

Escuchar este canto constituye, como sabrá cualquiera que lo haya oído, una experiencia conmovedora, menos casi por sus palabras que por la forma en que son ejecutadas. Pues comienza con la voz a solo de ese niño, pulida como la piedra de un río, brillante como una estrella. Y, cuando pasa a la segunda estrofa, a esa voz se unen las voces del coro, y luego, finalmente, se unen a ellas las de toda la congregación, en una ola sonora que va creciendo paulatinamente hasta que la nota solitaria se convierte en toda una coral y el mensaje resuena en los labios de todos: Jesús ha nacido. El cristianismo ha llegado.

La historia del cristianismo —el relato de cómo esta secta pequeñísima, insignificante, llegó a dominar todo Occidente— se cuenta a menudo en unos términos igualmente emotivos. En esa historia, el cristianismo comienza como una sola voz, la de Jesús, y luego en torno a ella se congrega un pequeño coro —un pescador aquí, un recaudador de impuestos allá— antes de que se vean atraídas hacia ella cada vez más personas, convencidas por el mensaje que cuenta cómo el niño se convirtió en un hombre que devolvía la vista a los ciegos y curaba a los cojos, que fue crucificado y que resucitó. Primero empezaron a creer unas cuantas decenas de individuos, luego centenares, luego millares y por fin millones, hasta que, en un milagroso momento triunfal, el propio Imperio romano se convirtió y el destino del mundo cambió.

Esta historia nos es familiar no solo porque nos la han contado, sino porque el cristianismo impregna todo el arte y la arquitectura de Occidente; se extiende por el techo de la capilla Sixtina; resuena en las notas triunfales del Mesías de Händel y recorre los versos de Milton, Dante y John Donne. Ha cambiado las cosas grandes y pequeñas: ha dado forma a los contornos de nuestras ciudades —levantó la cúpula de San Pedro y las torres de Notre-Dame, y abre de par en par sus brazos sobre Río de Janeiro—, y ha puesto en nuestros labios sus palabras, pues cuando hablamos de tierras donde fluyen ríos de leche y miel, o de ladrones que llegan en plena noche, o de poner la otra mejilla —o incluso de que son otros los que ponen en nuestros labios sus palabras—, estamos pronunciando frases creadas por él. Hasta nuestro calendario se ajusta al cristianismo, pues en Occidente celebramos los días de los santos, descansamos los domingos y celebramos la Navidad y la Pascua. El propio tiempo se mide al ritmo marcado por el cristianismo. Parece que se trata de un mensaje escrito sobre piedra y por lo tanto inalterable.

Salvo que esa certeza es una ilusión. Por más que el Evangelio de Juan comience con la magnífica frase lapidaria que afirma «Al principio era el Verbo», al principio no era una sola y única «palabra», o un solo y único mensaje cristiano.(4) La idea es un absurdo. Antes bien, durante los primeros siglos del cristianismo, hubo muchas palabras, muchas voces, y muchas de ellas discrepaban con vehemencia unas de otras, a veces incluso de forma violenta, en casi todos los aspectos del relato. Porque, durante los años inmediatamente posteriores a la vida y a la muerte de Jesús, no hubo ni mucho menos consenso sobre quién había sido, lo que había hecho o la importancia que tenía; incluso sobre si efectivamente tenía alguna importancia. Durante los primeros siglos del cristianismo hubo incluso cristianos que decían que Jesús era manso, tierno y amable, pero hubo muchos otros que creían con el mismo fervor en un salvador que dejaba ciegos a los que lo criticaban y mataba a los que simplemente lo molestaban. Y hubo algunos cristianos que no tenían problema alguno en creer a la vez en uno y en otro.

Las diferencias las encontramos en todas partes. Examinemos, por ejemplo, la historia del nacimiento de Jesús. Mientras que hubo ciertamente cristianos primitivos que creían que Jesús había nacido de una virgen, María, había muchos otros que decían: «¡Vaya bobada!». Jesús era sencillamente un hombre normal que había sido engendrado por José, «al igual que todos los hombres fueron engendrados a partir de la simiente de un hombre y una mujer».[4] Otros cristianos rechazaban por completo la idea de que un dios pudiera gestarse dentro del seno de una mortal, lo mismo que los hombres corrientes; era demasiado indigno. Por el contrario, el cuerpo de Jesús, según decían, había sido formado previamente en el cielo y había llegado a la tierra cuando bajó de lo alto y pasó «a través de la Virgen María como agua a través de un canal»,[5] algo que al parecer se consideraba una solución más decorosa. Y en un texto antiquísimo, que data a buen seguro de mediados del siglo II, se explicaba con bastante detalle cómo el propio Jesús había fecundado a su madre.[6] En esta versión, por lo demás bastante sorprendente, Jesús explica cómo, adoptando el aspecto de un ángel, se apareció a su madre, María, que recibiéndolo en su corazón se echó a reír y él entró en ella, que lo creyó: «Y yo, la Palabra, entré en su cuerpo y me encarné».(5)[7]

Las diferencias continúan. En otro tiempo había una alternativa para casi todos los aspectos de Jesús que se conocen hoy día en Occidente. Mientras que algunos cristianos antiguos veneraban a un Jesús que —como el habitual de las escuelas dominicales y de los rayos de luz— aconsejaba a sus seguidores que tuvieran paciencia con los niños y los dejaran acercarse a él, otros cristianos primitivos veneraban a un Jesús que advertía a sus seguidores, en los términos más estrictos imaginables, de que no debían tener hijos en absoluto, pues todos los niños acaban por resultar «locos o medio secos o tullidos o sordos o tontos o paralíticos o idiotas».[8] Y aunque de hecho había algunos primitivos cristianos que creían, como creen los cristianos de hoy día, en un Jesús que había sido crucificado, había otros que consideraban absurda semejante idea, pues ¿cómo iba a permitir un dios que lo crucificaran? Se decía —o al menos eso afirmaban sus críticos— que esos cristianos creían, por el contrario, que Jesús se había transfigurado y se había metido en el cuerpo de otro hombre en el último momento, plantándose delante de él y «riéndose» mientras el otro individuo moría entre espantosos dolores.[9]

Casi todos los textos del cristianismo primitivo ofrecen una opinión diferente, una perspectiva distinta del relato cristiano que nos resulta familiar hoy día. Las diferencias son abrumadoras. Consideremos el caso de la Virgen María. Rubia y con la cabeza inclinada, durante siglos María personificó un ideal de mansedumbre femenina. Pero no siempre fue así de sosa: un antiguo relato de la Natividad incluye a una María cuya vagina puede abrasar la carne humana, y en un determinado momento así lo hace. El texto que contiene esta historia es muy hermoso en muchos sentidos. En el momento del parto, el mundo literalmente deja de dar vueltas: los pájaros quedan detenidos en pleno vuelo; un pastor que ha levantado la mano para pegar a sus ovejas con una vara queda congelado con el brazo en alto; incluso las estrellas detienen su procesión nocturna por el firmamento. Luego, justo después del nacimiento de Jesús, entra una mujer en el escenario, por lo demás bien conocido, de la Natividad, con el buey y la mula, y, en un giro algo menos familiar de esta historia, introduce la mano en la vagina de María para comprobar si verdaderamente es virgen. Y la mano de la mujer es consumida de inmediato por el fuego. «¡Ay!», exclama la mujer dando un alarido.[10]

Pero lo que tal vez sea lo más importante es que no todas las voces que pudieron oírse en la oscuridad de aquellos primeros siglos fueron cristianas. A pesar de lo que el sentimentalismo de las historias y los himnos cristianos pueda hacerles pensar a nuestras mentes modernas, Jesús no llegó a un mundo callado desde el punto de vista espiritual, y desde luego no a uno en el que escasearan los profetas, ni mucho menos. Muy al contrario: cuando leemos a los escritores satíricos antiguos, podemos comprobar que en aquella época había una multitud de hombres que afirmaban que podían devolver la vista a los ciegos y curar a los cojos, y que eran igualmente aficionadísimos a formular predicciones espeluznantes sobre el futuro. Como dice un crítico griego llamado Celso, «hay algunos otros que van por ahí mendigando y diciendo que son hijos de Dios, venidos de lo alto».[11]

Para las mentes griegas y latinas más cultas, todos esos llamados «profetas» no merecían veneración piadosa alguna, sino tan solo burla y parodia, y, en efecto, los escritores griegos y latinos se burlaron de ellos y los parodiaron sin compasión. «Cualquiera de ellos tiene a mano su acostumbrado discurso: “Yo soy Dios (o Hijo de Dios o Espíritu divino). Heme aquí que he venido”». Su fastidiosa perorata era invariable: tras proclamar su divinidad, pasaban a afirmar: «Pues el mundo está ya pereciendo y vosotros, ¡oh hombres!, pereceréis por vuestras iniquidades. Yo os quiero salvar, y me veréis que otra vez retorno con poder celeste».[12]

Todavía recuerdo dónde estaba yo cuando leí por primera vez a Celso. Fue una tarde gris de otoño y me encontraba en la Biblioteca Británica. Los lectores empezaban ya a encender las lámparas que había sobre sus escritorios. Mientras examinaba las palabras escritas en la página amarillenta que tenía ante mí (hasta hoy día, Celso dista mucho de ser un autor de moda), vi unos pasajes que me parecieron tan groseros, escépticos y chocantes —tan divertidos, dicho sea de paso— que me dejaron sin respiración. Tuve que resistir a la tentación de dar un codazo a la persona que tenía al lado y decirle: «¡Mira! ¿Sabías esto?».

Yo, desde luego, no, y eso que me había criado en una casa bastante religiosa. Antes de conocerse y contraer matrimonio, mi madre había sido monja y mi padre, fraile, e, incluso cuando abandonaron sus respectivas órdenes religiosas, no dejaron por completo la religión. Íbamos a la iglesia todos los domingos, dábamos las gracias al Señor antes de las comidas y rezábamos antes de acostarnos. En Navidad, yo ayudaba a mi madre a poner nuestro nacimiento, con su sonrosado Niño Jesús y su pesebre con el buey y la mula; en Cuaresma renunciaba todos los años a comer chocolate, y en Halloween me sentía piadosamente escandalizada al ver a la gente que se pintaba la cara e iba llamando a las puertas de las casas proponiendo truco o trato, costumbre que consideraba perversa y norteamericana. Hasta mi adolescencia creí en Dios, y hasta bien pasados los veinte años no me sentiría lo bastante segura para decir sin asomo de duda que no creía en él. Aun así, durante buena parte de ese tiempo, mi idea de Dios era bastante confusa.

Aunque acabé por renunciar a él, el catolicismo se había posado sobre mí igual que el polvo, cayendo en sitios visibles e invisibles. Mucho después de haber dejado de creer, me encontraría en mi mente con rincones de catolicismo que habían pasado desapercibidos durante años sin que nadie los molestara. Cuando era una quinceañera, me enteré de que una amiga mía no estaba bautizada y, por un momento, me escandalizó que sus padres hubieran tenido tan poco cuidado; me pareció que su nombre no podía habérsele quedado bien pegado al no ser sujetado a ella con agua bendita; al cabo de un instante, me escandalicé de que aquello me escandalizara. Pero me había escandalizado.

Aunque, bueno, no hace falta gran cosa para que la hija de un fraile y de una monja se escandalice: también solía alarmarme cuando los padres de mis amigas ponían música pop a todo volumen en el coche, o incluso cuando veía a gente que llevaba pantalones vaqueros, que a mí me parecían inquietantemente modernos. No me siento orgullosa de mi mojigatería; la constato y ya está. Y, mucho tiempo después de dejar de creer en la verdad del Dios cristiano, sigo creyendo en la verdad de la historia cristiana y de cómo esa religión había sido acogida y propagada. Y ese es el motivo de que, cuando aquel día nublado de otoño empecé a leer a Celso en la biblioteca, me sintiera una vez más escandalizada, pero esta vez por mi propia ignorancia; ¿cómo desconocía yo que en el mundo antiguo la gente había dicho aquellas cosas?

Empecé a leer y no paré. Ahora sé que hay buenas razones para que no lo supiera, y para que algunas personas sigan sin saberlo. En algunos ambientes —entre los que se interesan por la historia del cristianismo, por ejemplo—, las opiniones de escritores como Celso son bien conocidas. Pero, desde luego, no todo el mundo está familiarizado con ellas y apenas se enseñan en las escuelas. No es de extrañar. Sencillamente, el hecho de que una cosa sea una realidad histórica —y que hubiera muchas formas distintas de cristianismo primitivo es una realidad de ese estilo— no significa que sea ampliamente conocida. El historiador E. H. Carr escribió que los hechos históricos se «asemejan a los peces que nadan en un océano anchuroso y aun a veces inaccesible; y lo que el historiador pesque dependerá en parte de la suerte, pero sobre todo de la zona del mar en que decida pescar».[13] Durante muchos siglos fue habitual que los historiadores cristianos no dedicaran mucho tiempo a pescar en las aguas en las que pudieran encontrar salvadores alternativos o relatos acerca de un Jesús asesino, y desde luego pocas veces decidieron presentar esa pesca a sus lectores.

A decir verdad, la ausencia de esas historias se debe también, en parte al menos, a causas más siniestras. Muchas de las historias que se cuentan en este libro fueron enterradas, en algunos casos literalmente, cuando el cristianismo accedió al poder en el siglo IV. Bajo la influencia del cristianismo, las costumbres ruidosas, críticas y polémicas del Imperio romano empezaron a cambiar. Como proclamaban las atronadoras palabras de una ley del siglo IV, en aquel mundo recién cristianizado el debate público de la religión debía cesar por completo, mientras que quienes siguieran «discutiendo» en público de religión pagarían «semejante crimen de alta traición con su vida y con su sangre».[14]

No tardarían en aparecer otras leyes. Unas décadas después de que el cristianismo llegara al poder, algunos de los llamados «herejes» empezaron a ser privados de determinados derechos jurídicos, luego de ciertos oficios, después de sus lugares de culto y, finalmente, incluso de su hogar. Una norma típicamente agresiva afirmaba que «los inmundos contagios de los herejes serán desterrados de las ciudades y de las aldeas».[15] En ese nuevo mundo, los libros heréticos (y, en realidad, todos los libros que simplemente se mostraran críticos con el cristianismo) fueron declarados fuera de la ley y quemados, mientras que los herejes podían verse perseguidos, a veces de forma violenta. De hecho, al cabo de cincuenta años de la llegada del cristianismo al poder, como señalaba un observador, «una gran cantidad de los que ellos llaman “heréticos”» fueron degollados.[16] En este libro se examinará esa historia y cómo, según afirma el gran historiador y antiguo profesor de la Universidad de Oxford G. E. M. de Ste. Croix, la Iglesia católica se convirtió «en la organización perseguidora más grande y más fuerte de la historia de la humanidad».[17]

En el fondo de muchas de esas persecuciones se hallaba el nuevo concepto cristiano de «herejía». La herejía ha llegado a verse asociada estrechamente con el cristianismo, aunque, como palabra, es muy anterior a él. «Herejía» procede del verbo griego hairéo, que significa «escoger».(6) La forma «herejía» —haíresis en griego— significaba simplemente algo que se elige, «elección».[18] En el mundo griego precristiano «herejía» había sido un término con connotaciones positivas; usar el intelecto para elegir opciones con talante independiente era considerado entonces algo bueno. Pero la palabra no mantuvo ese valor positivo. Un siglo después del nacimiento de esta nueva religión, la «elección» para los cristianos ya no era un atributo loable, sino que se había convertido en un «veneno». Empezó a hablarse de los herejes no ya solo como individuos, sino como de una enfermedad que había que «curar», una gangrena que había que «atajar» y una contaminación que había que eliminar para purificar el cuerpo cristiano en su conjunto. Como diría más tarde san Agustín —autor dotado de un dominio envidiable de la metáfora—, los herejes eran aquellos que la Iglesia «evacúa como si fueran estiércol».[19]

Pese a todo, conviene tener precaución con la palabra «herejía», sobre todo porque pretende tener una precisión de la que carece. Los libros sobre esta época se han referido durante siglos a «los herejes» y a los «ortodoxos» con una definición clara e inamovible, como si fueran términos absolutos. Pero no lo son; son términos relativos, poco más que el equivalente religioso de «lo mío» y «lo tuyo», o tal vez, en el contexto de la historia, de «ganador» y «perdedor». Como posteriormente escribiría el filósofo John Locke, «cada uno se considera ortodoxo».[20]

El presente libro se titula Herejía, aunque no todas las creencias de las que se habla son heréticas, ni mucho menos. Algunas eran cismáticas, otras eran simplemente desaprobadas, y muchas de las historias más sorprendentes que aquí se cuentan fueron un elemento más del culto cristiano aceptado durante siglos (a pesar de las pegas puestas ocasionalmente por la Iglesia). He elegido el título Herejía más por su significado cristiano que por el que tenía el término original griego, ya que este libro trata de la elección, y de cómo esa elección puede acabar siendo perdedora.

Y eso puede suceder de maneras mucho más sutiles de lo que a menudo se cree. Cuando la mayoría de la gente piensa en la herejía y en cómo las herejías son erradicadas, suelen venirle a la cabeza momentos de violencia: matanzas de aldeas enteras y leyes atroces; lenguas cortadas y manos amputadas; palizas, arrancadura del cuero cabelludo y penas capitales. Y nuestro relato tiene muchos de estos elementos, desde luego, como es natural; los actos de violencia de ese estilo no solo tienen efecto sobre las creencias, sino que además, vistos a la distancia de mil o dos mil años, hacen que la historia resulte magníficamente entretenida.

Sin embargo, los actos de violencia pueden constituir también una distracción. Thomas Carlyle se oponía a la historia «escrita en arranques de histeria», y también aquí deberíamos guardarnos mucho de hacer algo semejante.[21] En el mundo antiguo muchas personas se habrían convertido al cristianismo por buenos motivos. La nueva religión traía consigo muchos beneficios, tanto espirituales como materiales, para sus adeptos, pues los primeros cristianos, como los de épocas posteriores, cuidaban generosamente de los necesitados. Y aunque algunos se vieran obligados a convertirse de forma violenta o con amenazas, el número de ese tipo de conversiones sería pequeño. Pocas sociedades —y desde luego pocas sociedades antiguas— pueden disponer de personal que se encargue de la represión violenta a gran escala de las creencias religiosas. Desde luego, Roma no pudo; incluso en su máximo apogeo, el Imperio romano era administrado de manera tan laxa que, por término medio, había un solo miembro del funcionariado imperial de alto rango por cada 330.000 habitantes.[22]

En realidad la violencia pocas veces es necesaria. Para que las personas abandonen sus ideas no suele hacer falta emplear el látigo con ellas; para la mayoría, el temor a perder su empleo o simplemente a perder un amigo basta para que cambien de creencias religiosas; o al menos para que dejen de hablar de ellas. «Podemos hablar de la tiranía de Nerón y de Tiberio, pero la verdadera tiranía es la de nuestro vecino —como decía Walter Bagehot, el periodista y editor de la época victoriana—. La opinión pública es una influencia que se cuela en todas partes y que exige obediencia a sus dictados».[23] Pues bien, este es un libro sobre la herejía y sobre cómo las creencias y las ideas son silenciadas de forma violenta. Pero también sobre las formas en que las personas se silencian a sí mismas por voluntad propia. Trata de las formas mucho más insidiosas en que primero no se puede escribir sobre las cosas, luego sobre cómo no se pueden decir y, finalmente, sobre cómo no se pueden pensar.

El presente libro hará también cosas que, en el mundillo de la historia, quizá no sean heréticas, pero que son miradas con reparo. Por lo pronto, considerará sin complejos al cristianismo igual que a otras religiones clásicas. Hacer algo así es relativamente poco habitual (aunque mucho menos insólito de lo que lo era en otro tiempo). Durante siglos, hubo casi un pacto entre caballeros suscrito por los especialistas en clásicas y los teólogos, según el cual de los dioses griegos y romanos, que entrarían dentro de las categorías de «historia» y de «mitología» (y, tácitamente, de «absurdidades»), debían ocuparse los estudiosos del mundo clásico, mientras que del Dios cristiano y de sus seguidores, que entrarían dentro de la categoría de «la religión verdadera», debían ocuparse los teólogos.

Ese rechazo a meter el cristianismo en el mismo saco que otras religiones antiguas es comprensible. Como observaba el pionero de la psicología William James cuando pronunció una serie de conferencias acerca de las creencias religiosas, «instintivamente rehusamos ver cómo un objeto con el cual nuestras emociones y afectos están comprometidos es manejado por el intelecto como pueda ser manejado cualquier otro objeto».[24] Pero eso es también un planteamiento sumamente pobre de la historia. Los teólogos y los especialistas en cultura clásica tal vez pudieran colocar sus libros en rincones distintos de bibliotecas también diferentes, pero el mundo clásico era mucho más promiscuo; según contaba un autor antiguo, una imagen de Orfeo podía estar perfectamente al lado de una de Jesús y el nombre de Helios podía aparecer junto al de Cristo en un mismo conjuro.[25] En el presente libro se intentará reflejar ese enfoque antiguo y mezclar y comparar los hábitos cristianos y los no cristianos. El cristianismo fue un fenómeno único por el éxito que tuvo, pero, a pesar de lo que el propio cristianismo afirmó posteriormente, no fue un fenómeno único desde el punto de vista religioso.

El libro avanzará, además, con rapidez: irá saltando de un siglo a otro y de un continente a otro, y lo hará sin tener que disculparse por ello. El cristianismo se propagó con una rapidez extraordinaria a través del mundo conocido, y sus repercusiones duraron muchos siglos; para hacerse aunque solo sea una idea de ello, hay que ser ágil. Nuestro libro, por tanto, se dirigirá a la antigua Siria y escuchará una fascinante oda en siriaco en la que el Espíritu Santo ordeña los pechos de un Dios cristiano mucho menos masculino que el que la mayoría de nosotros conocemos actualmente.[26] Viajará por África para examinar un texto cristiano etíope que recuerda cómo Jesús resucitó un gallo a partir del pollo que había sido servido a la mesa y envió esa ave al firmamento durante mil años. Dará también un salto en el tiempo para ver a los «cruzados» reunirse en el recodo de un río en la Francia medieval, para luego entrar en tropel en una pequeña ciudad, dispuestos a matar a todas las personas —hombres, mujeres y niños— que se habían refugiado en una catedral, porque algunas de ellas —no todas, sino solo unas pocas— eran herejes.

Nuestro libro no solo requiere la atención del lector, sino que también apela a su imaginación. Le pide que se sitúe en ese momento de silencio al comienzo del villancico citado y que imagine no solo que hubo otras voces en la oscuridad, sino también que hubo una época —hace mucho, mucho tiempo— en la que esas otras voces tuvieron realmente importancia. Cuesta trabajo dar ese salto con la imaginación; conscientes de que casi todas esas otras voces fueron erradicadas de Europa, también los historiadores han solido relegarlas al olvido en las páginas de la historia. Pero existieron; esas voces existieron, y tuvieron importancia. Y en algunos lugares siguen teniéndola.

A finales de 1950, el explorador Wilfred Thesiger llegó a Irak y recorrió sus humedales. Quedó fascinado por lo que encontró en esa zona. Vio en ella unas gentes que llevaban una vida que prácticamente no había cambiado en dos mil años. Encontró también una población que practicaba una religión bastante parecida al cristianismo; sus seguidores creían en Dios, en Adán y en Juan el Bautista. Pero esa religión era también muy distinta del cristianismo, pues aquellas gentes creían que Jesús no era un salvador, sino un farsante y un hechicero malévolo. En Etiopía, actualmente muchos cristianos siguen leyendo el texto citado acerca del gallo resucitado; en la India, los cristianos se vieron influidos por un texto que relataba cómo Jesús vendió como esclavo a uno de sus seguidores.

La forma de cristianismo que ha sobrevivido en Occidente afirmó, durante siglos, que su victoria sobre las religiones rivales fue algo natural, algo que estaba predestinado. De eso nada. En otros lugares sobrevivieron durante siglos otras formas de cristianismo y otras religiones antiguas que se le parecían mucho. Si la historia hubiera seguido un rumbo ligeramente distinto, tal vez habrían podido sobrevivir también en Europa. Pero no fue así. En Occidente triunfó un tipo concreto de cristianismo, que luego aplastó y erradicó a sus rivales. Solo una forma de cristianismo tuvo suerte y a esa suerte la llamó «destino». Pero no es así; las cosas habrían podido ser distintas con suma facilidad.

No obstante, en ciertos aspectos, esas diferencias primitivas no se extinguieron por completo. Muchas de esas primeras modalidades de cristianismo han sido prácticamente olvidadas, pero no han desaparecido. Del mismo modo que muros antiguos sepultados hace mucho tiempo han dejado rastro en los modernos trigales, también esas antiguas creencias han marcado el cristianismo moderno de distintas maneras, en mayor o menor medida. Los Evangelios y los relatos que posteriormente les parecían extraños y aun escandalosos a los lectores modernos fueron, durante siglos, fundamentales para el calendario, las lecturas y el pensamiento de la Iglesia; muchos de ellos se colaron en el arte y el pensamiento del cristianismo occidental. Si miramos atentamente y escuchamos con cuidado, todavía hoy podemos oír murmullos que hablan de ellos. Están ahí, en la poesía de Milton y entre los condenados de Dante; están ahí, en las pinturas de Giotto, y están ahí, en las imágenes de la Navidad que sigue celebrándose en Occidente.

Por supuesto, yo no tenía ni idea de ello cuando, de niña, montaba el belén en casa con mi madre. Todos los años, sacábamos de la caja a María y a José y a los tres Reyes Magos. Y todos los años sacábamos también el buey y la mula en la que había ido montada María. Estábamos seguros de que nuestro belén era el correcto: la representación perfecta de la historia del nacimiento de Jesús, tal como la cuenta la Biblia. Pero ni el buey ni la mula —que podemos ver en tantas tarjetas navideñas, en tantos villancicos y en tantos cuadros— se mencionan en los Santos Evangelios. Se alude a ellos, en cambio, en otro Evangelio antiguo, uno en el que, en el momento del nacimiento de Jesús, el mundo dejó de dar vueltas y la vagina de la Virgen María abrasó la mano de una mujer.

NOTA DE LA AUTORA

 

 

 

 

En este libro hay muchas, muchísimas historias, y el lector tal vez se pregunte: «¿Cuál es la correcta?». Es muy importante dejar bien claro desde el principio que en el libro no se tomará ninguna postura al respecto. No se intentará en absoluto decidir cuál de esos relatos —los que hablan de Jesuses asesinos o de Marías dotadas de poderes milagrosos— es más plausible. La credibilidad de esos textos no tiene ningún interés para el historiador —todos ellos infringen alegremente las leyes de la naturaleza—; lo que tienen de interesante para él es que la gente creyó (y en algún caso sigue creyendo) en ellos. Desecharlos porque su contenido teológico o porque su mensaje nos parezca poco plausible haría de este libro una obra de teología, no de historia.

El lector tal vez se pregunte también cuál de esos relatos fue más popular y más importante al principio. Se trata de una cuestión muy difícil. En efecto, muchas de esas historias llegarían a ser muy populares: algunas de ellas seguirían siendo leídas en varios continentes durante varios siglos. Pero su popularidad tardó en consolidarse. En el presente libro se estudian las primeras etapas de una religión y —como sucede con los primeros estadios de la evolución de cualquier especie— las cifras absolutas que se barajan son muy pequeñas.

El mero hecho de que una especie acabe siendo la vencedora no significa que lo fuera siempre. Los relatos evangélicos conocidos hoy día fueron populares desde el primer momento. Pero también lo fueron otros. La evolución es imprevisible. A veces los antecesores de Homo sapiens anduvieron dando tumbos y a punto estuvieron de la extinción. Al fin y al cabo, la carrera no siempre la gana el más rápido ni la batalla la vence el más fuerte. Todos tienen su momento y su oportunidad. Las religiones que han abrazado los seres humanos se han levantado y han caído con la misma rapidez y la misma imprevisibilidad. En el siglo I d. C. no habría resultado obvio de manera inmediata qué forma de qué religión antigua acabaría imponiéndose a todas las demás. Por supuesto los creyentes de cualquier religión —tanto entonces como ahora— sentirían mucho tener que discrepar. Por lo general todos saben qué religión es la mejor: la suya. Los primeros seguidores de Cristo lo sabían perfectamente. Pero también lo sabían muchos seguidores de Zeus o de Mitra. Para el observador no interesado, la cuestión no está tan clara.

¿Cuál de esas historias cristianas era más popular? Sencillamente, la respuesta es que en sus primeros años ninguna de ellas era muy popular. Un cálculo (muy aproximado) sitúa el número total de cristianos en el año 100 d. C. en torno a los siete mil individuos.(7) También se ha calculado el número de cristianos que sabían leer y escribir, y que por tanto estaban en condiciones de leer esas historias, y la cifra resultante es todavía más pequeña: quizá fueran unos cien. Se trata a todas luces de una conjetura alocada (o, según la jerga académica, una conclusión heurística), pero en cualquier caso resulta muy elocuente.

Durante los primeros siglos de la cristiandad, habría habido pocos que fueran capaces de predecir con seguridad cuál de esas historias acabaría imponiéndose sobre las demás. Pero al final, el momento y la oportunidad tendrían mucho que decir y la carrera la ganaron unas en concreto. En la actualidad seguimos conociendo esas historias. En el presente libro se van a contar las otras.

Siempre que sea posible, nuestro libro evitará utilizar los términos «hereje» y «herético», u «ortodoxo» y «pagano», cargados como están de connotaciones negativas. Cuando se utilicen, con frecuencia van entre comillas (aunque, como en el contexto a menudo también se aplican comillas y como el uso constante de citas puede empezar a resultar lioso, no siempre se utilizarán); si no aparecen, simplemente podrán y deberán sobreentenderse.

En el presente libro no se abordan las relaciones del cristianismo primitivo con el judaísmo. La obra de Geza Vermes Jesús el judío sigue siendo una introducción excelente a este tema.(8) Nuestro libro tampoco toca, excepto de forma tangencial, la feroz retórica de la Iglesia primitiva contra el pueblo judío, ni las leyes y edictos antijudíos que los gobernantes cristianos aprobaron y pusieron en vigor contra los hebreos en aquellos siglos, pues un tema tan amplio merecería por sí solo un libro entero. Sin embargo, para los que estén interesados, la lectura del Código Teodosiano [Codex Theodosianus] no sería un mal comienzo.

1

EL ANTICRISTO

 

 

 

 

Ápseto es un dios.

 

Unos loros griegos proclaman la llegada de una nueva divinidad. Libia (c. siglo II d. C.)

 

 

Su nacimiento había sido milagroso. Durante el reinado de Augusto, cuando daba comienzo el primer milenio, en una ciudad del oriente del Imperio romano, una mujer quedó embarazada. Cuando el vientre se le empezaba a hinchar con el niño que llevaba en él, un ser divino se le apareció y le habló; pero ella no se asustó. Preguntó a aquella visión divina quién iba a ser su hijo, y esta contestó que sería un dios. No solo el hijo de un dios, sino un dios hecho carne y nacido del vientre de una mujer mortal.[27]

Y, efectivamente, cuando nació el niño, dio la impresión de que el propio cielo lo aclamaba; en el lugar donde se produjo el alumbramiento se vio un rayo que en vez de caer al suelo, como parecía que iba a hacer, se remontó al éter y desapareció en lo alto, «revelando y anunciando los dioses su esplendor por encima de todo lo terreno», escribiría después un seguidor suyo.[28]

Su vida, sin embargo, se caracterizaría por ciertas cosas bastante extrañas. Cuando llegó a la edad adulta, empezó a atraer a la gente. Unos lo buscaban porque habían oído los relatos acerca de su nacimiento milagroso y sentían curiosidad; a otros quizá los atrajera su apariencia insólita. A pesar de ser muy hermoso, se vestía de un modo sumamente sencillo, rayano tal vez en lo excéntrico: llevaba el pelo largo, usaba prendas corrientes de lino y andaba siempre descalzo.

Algunos acudían a él para escucharlo hablar; era tan carismático que en cierta ocasión, al llegar a una ciudad, incluso los trabajadores dejaron lo que estaban haciendo y lo siguieron. Otros acudían a él para pedirle que los curara; habían oído decir que era capaz de expulsar a los demonios, de sanar a los enfermos e incluso —o por lo menos eso afirmaban algunos— de resucitar a los muertos.

La escena del milagro más asombroso de aquel hombre había empezado de un modo muy poco llamativo. Se encontraba en Roma y el día era gris y triste. Llovía y la ciudad había sido asolada por una epidemia; la gente andaba tosiendo por todas partes y hablaba con voz ronca. Hasta el propio emperador se había visto afectado por el mal.

Un día, más o menos por entonces, nuestro hombre salió a dar un paseo. Mientras caminaba, se encontró con un cortejo fúnebre que desfilaba bajo la lluvia, siguiendo el féretro de una joven. La muchacha pertenecía a una de las familias de rango más elevado de la ciudad y aquel día tendría que haber sido una jornada de gran alegría para todos, pues estaba previsto que en él celebrara su boda la doncella. Pero, justo a la hora en que debía tener lugar el casamiento, la joven había muerto. Pues bien, en vez de ir danzando por las calles en señal de regocijo, las dos familias caminaban bajo la llovizna, unidas solo por el dolor. Se cuenta que toda la ciudad se lamentaba con el novio que encabezaba el cortejo.

Al ver el dolor de aquella gente, el hombre se acercó enseguida a los dolientes. «Poned las andas en el suelo —dijo—, pues os haré cesar del llanto por la muchacha».[29] Preguntó a los integrantes del duelo cómo se llamaba la joven. La gente, que no sabía lo que pretendía hacer el hombre, pensó que iba a pronunciar un discurso fúnebre por la difunta, pero él se acercó simplemente al cadáver y, «sin más que tocarla y decirle algo en secreto, despertó a la muchacha de su muerte aparente». La joven revivió al instante. «Recobró el habla y volvió a la casa de su padre».[30]

Algunos se burlaban de semejantes historias por considerarlas meras paparruchas y supersticiones, pero otros vieron y creyeron: no solo que el hombre aquel había obrado dichos milagros, sino también que la visión de su madre había sido verdad. Creyeron que aquel sanador de larga cabellera era efectivamente un dios con forma humana, un dios sanador nacido de una mortal. Él mismo había afirmado en cierta ocasión: «No soy mortal».[31] Un escritor posterior sugeriría que su biografía habría debido titularse «Visita de Dios a los hombres».[32]

Las historias en torno a este individuo se propagaron por doquier y con rapidez; la gente iba en tropel a sus santuarios. No tardó en convertirse en uno de los taumaturgos más populares del Imperio romano. De hecho, se hizo tan popular que pronto, o eso al menos se decía, la propia familia imperial empezó a rendirle culto.[33]

Su nombre era Apolonio de Tiana. O, como lo llamarían después los cristianos, el «anticristo».[34]

 

 

El poeta Milton fue muy claro. El momento del nacimiento de Cristo había provocado la derrota inmediata de los dioses del Imperio romano. Esa misma mañana, aquellos antiguos dioses y diosas romanos, aquellos semidioses y ninfas, se habían enterado de la noticia y, al darse cuenta de que habían sido vencidos, sencillamente habían huido de la tierra. En los sotos, en las colinas y en los bosques de Italia, escribía Milton, se oyó «una voz llorosa y un sonoro lamento» mientras las antiguas divinidades huían despavoridas.[35] Cristo había nacido; el cielo y la tierra habían sido transformados.

Se trata de una idea que perviviría en la poesía y en la prosa. El historiador de la época de la Ilustración Edward Gibbon sostenía que el nacimiento de Cristo no solo fue el comienzo de la religión cristiana, sino que también marcó el inicio de toda verdadera creencia religiosa en el mundo antiguo. Los romanos habían sido demasiado inteligentes, decía Gibbon, para creer en la ridiculez de sus propios dioses —en el lascivo y mujeriego Júpiter, en la ceñuda Juno y en todos los demás— y habían mirado a aquellas divinidades con un «desprecio secreto». Hasta la llegada de Jesús los romanos no habían empezado a creer en la religión, pues por fin recibieron «una revelación genuina, capaz de inspirar la estima y la convicción más racional».[36] Ya en el siglo XX aparecería un libro para niños, Breve historia del mundo, de E. H. Gombrich, que se sentiría capaz de explicar con seguridad a sus lectores que en el cristianismo los romanos «sintieron por vez primera que algo nuevo había llegado al mundo».[37] El mensaje no puede ser más claro: el mundo antiguo había estado esperando la llegada de su salvador.

La idea es muy bonita, desde luego. Pero falsa. Si se leen los textos antiguos con atención, sin la bruma ni la distorsión de dos milenios de pensamiento cristiano, queda claro que el ignorante mundo pagano no estaba esperando, ni muchos menos, a su salvador. Si acaso, da la impresión d

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