Junto a un bosque inmenso

Leo Vardiashvili

Fragmento

1. ¿Dónde está Eka?

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¿Dónde está Eka?

«¿Dónde está Eka?», preguntábamos como unas cien veces al día.

Nuestra madre se había quedado para que nosotros pudiésemos escapar.

Con la guerra pasa una cosa, y es que desbanca a casi todo lo demás. Cuando alguien dispara ráfagas de AK-47 en tu calle, se te quitan de golpe las otras preocupaciones. Por la noche oíamos los disparos y por la mañana veíamos los car­tuchos relucientes en la acera, como si hubiera caído una lluvia de casquillos de munición sobre Tbilisi. Hasta ahí parece todo bastante soportable.

Pero cuando un obús perdido rompe la barrera del sonido al pasar junto a la ventana de tu dormitorio, prosigue su trayectoria con un chillido ensordecedor y borra del mapa la tienda de comestibles de la esquina y con ella a toda la fa­milia que vivía encima, empiezas a hacer planes. Nuestros padres, Irakli y Eka, hicieron planes para que nos fuéramos todos juntos, y adiós al divorcio.

Salir del país significaba tirar de sobornos turbios, sellos de pasaporte robados y certificados falsos. El poco dinero que la familia logró reunir no era suficiente para dos adultos y dos niños. Eka ni siquiera tenía pasaporte. No podíamos irnos los cuatro.

Entretanto, la guerra civil había comenzado a caldearse: los agujeros de bala, tanto en personas como en sitios conocidos, habían dejado de sorprendernos. Teníamos que irnos. Eka se quedó y nosotros escapamos con Irakli.

Fue así como Sandro y yo nos convertimos en huérfanos de madre. Yo tenía ocho años, y mi hermano diez. A esa edad, dos años era todo un mundo de experiencias. Sin embargo, Sandro no tenía ni idea de lo que significaba quedarse sin madre, y yo tampoco.

A nuestra llegada a las costas capitalistas del Reino Unido no hubo ningún recibimiento especial. Nos metieron directamente en un centro para refugiados en Croydon. Una fría nave industrial repleta de literas, baños comunitarios, va­les para comida y pasillos llenos de rostros crispados por la ansiedad.

Al final, en las entrañas de la maquinaria del Ministerio del Interior, alguna pantalla cobró vida de repente y nos concedieron el estatuto de refugiados, con la inscripción «Tottenham, N17» impresa en nuestro expediente.

Aquellos primeros días recorríamos como almas en pena las calles de una ciudad desconocida. Tottenham en 1992 no era el Londres que habíamos imaginado. Aquí no había sombreros de copa, ni niebla, ni Holmes, ni Watson, ni damas, ni caballeros, ni té de las cinco. No para nosotros.

Vivíamos en un Londres distinto. En el nuestro, la gente soltaba tacos y escupía sin parar, bebía, se peleaba y se reía a carcajadas estridentes; hablaba con palabras y acentos que no podíamos descifrar y caminaba con la espalda encorvada por el peso de las bocas que alimentar, las facturas por pagar y los días que aún faltaban para cobrar.

Nuestro padre caminaba entre ellos. Nuestro Irakli, un hombre que cada día salía a la mar sin brújula en busca de una mujer que había perdido ya dos veces. Primero, a raíz de un divorcio que siempre estuvo envuelto en un halo de misterio, y luego por culpa de una guerra civil que los había reunido y separado en menos de un suspiro.

—¿Dónde está Eka?

—Pronto, chicos. Pronto la traeremos con nosotros —decía Irakli.

Entonces su promesa no entrañaba todavía una mentira. Se partía el lomo para comprarle una vía de salida a Eka: recogía fruta, pintaba paredes, reponía estanterías en almacenes y se dejaba la piel en fábricas sin nombre ni ventanas de los barrios del norte de Londres.

Esos trabajos iban minando sus fuerzas de forma sutil pero inexorable. Se consumía ante nuestros ojos. Una vez se quedó dormido en la mesa con la cuchara a medio camino de la boca. Nos moríamos de la risa. A veces tienes que reírte de las cosas para despojarlas de su poder.

Es difícil ahorrar miles de libras penique a penique, pero aún más enviarlas a un país en llamas. Georgia estaba agonizando: no había bancos como tales y el correo postal no funcionaba. Los que habíamos logrado escapar no estábamos lo que se dice dispuestos a volver a una zona de guerra.

Pese a todo, Irakli encontró a alguien que sí estaba dispuesto a volar hasta allí por un precio. Era un hombre alto y flaco de mirada seria. Parecía honrado y todo lo que decía sonaba sensato. Sostenía el cigarrillo de forma un tanto peculiar. Aceptó la comida y la bebida que le ofrecimos. Cogió las libras y los peniques para Eka y se largó, deshaciéndose en sonrisas y estrechándonos las manos. Durante un tiempo, dejamos de preguntar dónde estaba Eka.

No recuerdo cómo se llamaba el hombre honrado, pero en mis sueños ha muerto mil veces, y en todas lo mato con mis propias manos. Eka nunca llegó a ver ese dinero y nosotros nunca volvimos a ver al hombre honrado. Irakli empezó a beber; una noche lo oímos desde nuestro dormitorio destrozar a golpes la mesita del salón. A la mañana siguiente, la mesita estaba reconstruida con pegamento y él ya se había ido a trabajar.

Sus esfuerzos por comprarnos una madre se volvieron frenéticos. Mantenía tensas conversaciones telefónicas, en georgiano y también en un inglés macarrónico, que nos llegaban amortiguadas por una puerta cerrada y a menudo interrumpidas por sus gritos furibundos.

Encontrábamos pistas misteriosas por toda la casa: cables de teléfono arrancados de cuajo de las tomas, abolladuras extrañas en el estucado de las paredes, notificaciones del banco hechas trizas debajo del sofá y los restos de la metralla de una vajilla hecha añicos y que alguien había intentado re­coger apresuradamente.

—Vuestro padre es un manazas. —Era lo único que de­cía—. ¡Torpe, más que torpe!

Entonces no lo entendíamos, pero ahora sí. Irakli estaba haciendo todo lo posible por comprar la libertad de Eka. Pero no lo conseguía.

—¿Dónde está Eka?

No queríamos preguntar, pero no podíamos evitarlo.

—Estoy en ello, chicos.

Casi un año después de nuestra llegada a Londres, empezamos a ir al colegio y eso costó dinero. Ese mismo invierno se estropeó nuestra vieja lavadora y repararla costó dinero. A Irakli se le cayó un bloque de hormigón en el pie y estuvo dos meses enteros sin poder trabajar. Eso costó muchísimo dinero. A Eka le llegaba algo de vez en cuando, pero nunca era suficiente. Las cosas en Georgia también costaban dinero. Y así iban pasando los días.

A lo largo de los seis años siguientes fuimos perdiendo trocitos de Eka poco a poco. La perdíamos con cada factura del gas y tíquet de la compra, con cada bono para el autobús y cada estuche para los lápices, con los libros y los uniformes de la escuela.

La promesa de Irakli se fue agriando con el tiempo hasta que, finalmente, una soleada mañana de enero recibimos la llamada. Eka ha muerto. Soltamos un suspiro culpable de alivio. Ya no hacía falta seguir preguntando por ella. Irakli po­dría dejar de prometernos mentiras.

A medida que nos internábamos en el invierno británico, húmedo y sin rastro de nieve, alguien le fue bajando el volumen a Irakli. Entraba con aire ausente en la habitación, echaba un vistazo a su alrededor y luego se iba sin decir nada. Se sentaba frente al televisor con la mirada perdida mientras la taza de café se le enfriaba en las manos. La vajilla ya no desaparecía hecha añicos.

Aquel invierno nuestro padre envejeció diez años de golpe. Ese alivio lleno de culpa lo cubrió de canas. No lo vimos llorar ni una sola vez, pero a menudo salía corriendo para hacer algún recado urgente.

—¿Alguna vez te ha caído un rayo encima, amigo mío? —decía en aquella época cuando lo conocías.

«Otro zumbado de Europa del Este», pensabas al percibir aquel destello febril en sus ojos y ese acento extraño que no conseguías ubicar.

—Hay más probabilidades de que te alcance un rayo que de conocer a un georgiano fuera de Georgia.

Puede que respondieras con una sonrisa de circunstancias.

—He hecho los cálculos yo mismo. —Se daba unos toquecitos en la sien—. Has tenido mucha suerte, amigo mío. —Le brillaban los ojos—. Pero también has tenido muy mala suerte.

Y esperaba a que le preguntases por qué.

—Porque hay muchas más probabilidades de ganar la lotería. Podrías haberte hecho millonario, amigo mío, y en vez de eso me has conocido a mí.

Entonces se reía con ganas, a carcajada limpia. Y tú también te reías.

—Deja que te sirva una copa para disculparme.

Después de aquella llamada sobre Eka, nos costaba encontrar las palabras adecuadas para referirnos a ella y aún más decirlas en voz alta, así que hicimos el pacto tácito de no vol­ver a mencionar a nuestra madre.

Ese pacto nos funcionó muy bien durante once largos años, pero el año pasado Irakli lo rompió. Hablaba de sitios en los que había estado con Eka, de los parques y los cafés donde pasaban el rato, de los caminos y senderos por los que atajaban para cruzar Tbilisi. Día a día iba perdiendo interés por el futuro mientras los ojos se le llenaban de lágrimas re­cordando el pasado.

Miraba vuelos a Tbilisi constantemente. Compró billetes un par de veces, pero no llegó a usarlos. Ni siquiera hizo la maleta. Parecía asustado.

—Esa gente sigue guardándote rencor más allá de la tumba.

No quería decirnos a quiénes se refería con lo de «esa gente». Dimos por sentado que hablaba de viejos amigos o conocidos a los que habíamos desairado escapándonos cuando ellos no habían podido hacerlo.

En su siguiente intento condenado al fracaso, Irakli llegó a hacer la maleta. Hasta salió de casa. Pero volvió al cabo de unas horas con aire avergonzado y abatido. Cuando anunciaron su vuelo, según nos contó él mismo, se quedó sentado en su asiento viendo cómo embarcaban todos los pasajeros. Al oír su nombre por megafonía, se marchó del aeropuerto.

Y pese a todo, con cada nuevo intento se acercaba un poco más a su objetivo, hasta que un buen día se fue a Heat­h­row y ya no regresó. No volvimos a tener noticias suyas hasta que aterrizó en Tbilisi. En sus primeras llamadas desde Georgia estaba muy nervioso y nos soltaba unas peroratas delirantes, como si su corazón no pudiera asimilarlo todo.

—Es que no me puedo creer lo que estoy viendo. Me parece increíble, os lo digo de verdad —nos decía por telé­fono.

Era incapaz de explicarnos qué le parecía tan increíble. Sandro y yo lo dejamos a su aire un par de meses. Los dos estábamos en la veintena por aquel entonces, teníamos nuestras propias vidas, y no nos interesaba demasiado esa patria que habíamos perdido hacía tanto tiempo.

Entretanto, las llamadas y los mensajes de correo de Irakli fueron espaciándose cada vez más, pero lo cierto es que no le dimos mucha importancia. Hasta que llegó su último mensaje:

Hijos míos:

He hecho algo que ya no tiene remedio.

Tengo que irme lejos de aquí antes de que esa gente me atrape. Creo que en las montañas estaré a salvo.

He dejado un rastro que no puedo borrar. No lo sigáis.

Os quiero, lo mejor que puedo.

Irakli

El mensaje no tenía ningún sentido. Era difícil leer entre líneas. ¿«Esa gente»? ¿Quién lo estaba persiguiendo? ¿Qué rastro? ¿Y en qué montañas, si casi toda Georgia es una maldita montaña?

Lo llamamos por teléfono y le enviamos un montón de correos electrónicos, pero no obtuvimos ninguna respuesta. Sandro se pasó semanas atosigando a la policía de Tbilisi, a la embajada británica y a cualquiera que nos prestase un poco de atención. Incluso llegó a convencer a una entidad benéfica que ayudaba a las personas sin hogar para que se empapelaran las calles de Tbilisi con la foto de Irakli y un mensaje pidiéndole que diera señales de vida.

Los carteles de personas desaparecidas desprenden ese inconfundible aire a desgracia que ya no tiene remedio, pero no le dije nada a Sandro. Mi hermano dedicaba todo su tiempo a esa búsqueda. Tal vez nuestro padre vería los carteles, o tal vez se había ido de Tbilisi, quién sabe. Era impo­sible adivinarlo, y menos desde Londres. Por eso, según la lógica de Sandro, sólo quedaba una opción: salir al rescate, como de costumbre.

Decidió ir a Georgia. Allí ya no quedaba nadie para ayudarlo, toda nuestra familia se había extinguido en esos diecisiete años que llevábamos ausentes. Las vidas de abuelas, abuelos, tíos, tías, primos y primas se habían apagado como luces baratas de Navidad. No habíamos asistido a sus entierros. Ver a los refugiados volver al país del que han huido suele causar rechazo. Así que, cuando Eka murió, ya no quedaba un solo miembro de la familia vivo para rendirle homenaje junto a su tumba. Ni siquiera sabemos quién la en­terró ni dónde se encuentra exactamente.

Un duelo sin cerrar puede destrozarte la vida. Hay un instinto ancestral, incrustado en el tuétano de los huesos, que compartimos todos los humanos: cuando se nos muere algún ser querido, necesitamos ver las «pruebas». Para eso están los entierros. Los celebramos por nuestro propio bien.

Tal vez existió una criatura atávica y abominable que maldijo a nuestra familia. O tal vez no. Sea como sea, nuestros familiares por parte de Eka —los Sulidze— murieron muy rápido. La parte de Irakli —los Donauri— ya estaba diezmada antes incluso de que escapáramos de Tbilisi. Ésas son mis dos mitades: soy mitad Eka y mitad Irakli. Igual que mi nombre: Saba Sulidze-Donauri.

Al no haber podido realizar ese cierre emocional, viví esos primeros años en Londres pensando constantemente en los muertos. Me preguntaba qué estarían haciendo esa tarde, qué planes tendrían para el fin de semana. Luego, de golpe, me acordaba de que ya no estaban —un globo de nieve en miniatura del día que recibí la noticia— y sentía un pellizco de angustia.

Me obsesioné con ellos. Los veía en los rostros de los desconocidos, oía sus voces entre el barullo del metro. Al colarse por los retorcidos recovecos de mi pensamiento, los muertos cobraban vida. Y eso me gustaba.

Me imaginaba qué dirían Lena, Eka, Anzor o Surik en una u otra situación. Pronto empecé a oírlos en mi cabeza. Hablaba con ellos cuando lo necesitaba y ellos no tardaban en contestarme:

Anzor, mi tío el superhéroe, que me enseñó todas las cosas útiles que sé. Donó dos dedos a la causa socialista con el doloroso método de dejárselos en una prensa hidráulica defectuosa en una fábrica de coches soviética. La suya era la voz pausada y apacible de la lógica.

Lena, mi espartana abuela. Dos guerras mundiales, una dieta a base de estalinismo y campamentos comunistas de los Pioneros y ser tiroteada por un pelotón de soldados alemanes hicieron de ella una mujer de hierro.

Eka, mi madre, que se quedó en Georgia para que sus hijos pudieran escapar. Se nos rompía el corazón a los dos cada vez que hablábamos.

Surik, nuestro vecino borrachuzo y mi primer amigo. Era una especie de hermano mayor para Eka y siempre conseguía hacerme reír, fueran cuales fuesen las circunstancias. Surik me hablaba cuando le daba la gana.

Nino, la guardiana de mi mayor y más oscuro secreto. Mi hermana en todas las acepciones de la palabra salvo por la sangre. Su voz fue la más difícil de acallar.

Sabía que era cruel mantener con vida a aquellas burdas caricaturas; convertir sus muertes en un constante asunto pen­diente. Con el tiempo las fui silenciando una a una y para siempre. Me dolió tanto como a ellos.

En fin, Sandro sabía que no lo recibiría ninguna comitiva de bienvenida a su llegada al aeropuerto, pero no podía dejar solo a Irakli. En esa época, a punto de cumplir los treinta, mi hermano trabajaba para la Administración Pública, sin ningún aliciente ni perspectiva de futuro. No tenía nada a su nombre aparte de libros y el alquiler del piso, así que un buen día puso en pausa su vida en Londres, compró un billete de ida a Tbilisi y se marchó.

Al principio hablábamos todos los días. Me contaba las dificultades con que se topaba para dar con el paradero de Irakli. Con ese apellido compuesto estampado en su flamante pasaporte británico, «Sulidze-Donauri», las autoridades policiales de Tbilisi no lo estaban ayudando demasiado.

Irakli también tenía pasaporte británico, y enseguida quedó meridianamente claro que la policía no movería un dedo a menos que la embajada británica la presionara, y la embajada, por su parte, no estaba dispuesta a hacer un trabajo del que debería haberse encargado la policía georgiana.

«A veces la gente desaparece sin más», le dijo el inspector de policía a Sandro con una sonrisa.

«Ese tío me da mala espina», me dijo Sandro.

Empezó a buscarlo por su cuenta en nuestro antiguo barrio, el polvoriento laberinto de Sololaki, entre sus callejuelas destartaladas y edificios en peligro de derrumbe. Oyó que habían visto a alguien parecido a Irakli en algunos tugurios del vecindario. Pero no salió nada de todo aquello.

Sandro pegó más carteles en las calles. No obtuvo ningún resultado. El dueño de un hostal reconoció la foto de Irakli. Tal vez se había alojado en el hostal unos meses antes, o tal vez no. Era otro callejón sin salida.

Luego encontró un tendero que se acordaba a la perfección de Irakli porque éste había irrumpido como un loco en su minúsculo quiosco buscando material para ir de acampada.

«Ese hombre parecía totalmente desquiciado: buscaba tiendas de campaña y sacos de dormir, pero yo sólo vendo tabaco y revistas», le dijo el tendero a Sandro.

Mi hermano empezó a hablar de volver a Londres. Llevaba ya varias semanas solo tratando de averiguar el paradero de Irakli mediantes las pistas que éste pudiera haber dejado en Tbilisi meses atrás. Estaba desesperado por encontrar un rastro, un indicio, cualquier cosa que le permitiera seguir avanzando. Y supongo que lo encontró, porque las cosas die­ron un giro inesperado.

Sus mensajes de correo electrónico empezaron a espaciarse como había ocurrido con los de Irakli. Era imposible hablar con él por teléfono. Vendió su portátil y sólo me escribía desde ciberlocutorios, y aun así, unas pocas líneas cada vez.

El último que me envió decía lo siguiente:

He encontrado el rastro de migas de pan de Irakli. En su viejo piso de Sololaki. Ahora no tengo tiempo de explicártelo.

Te escribiré cuando sepa algo más.

Sandro

Y eso es todo. No he vuelto a tener noticias suyas desde entonces. Han pasado ya varias semanas. Mis llamadas y correos desesperados a la policía georgiana, la embajada británica y los hospitales de Tbilisi no han dado frutos. Desde el primer momento supe qué tenía que hacer... Sólo que no quería afrontarlo.

Bueno, pues aquí estoy, afrontándolo. Voy sentado en un taxi por las calles de Tbilisi, Georgia. El conductor, Nodar, fuma un cigarrillo tras otro como si le fuera la vida en ello. En esta ciudad ocurre algo raro. Siento como si hubiese pasado por alto algún dato o información importante: alguna incógnita desconocida. Hay mucha gente en la calle para ser estas horas de la noche. Están todos apiñados junto a las farolas, fumando, hablando y mirando por encima del hombro.

Cuanto más nos adentramos en Tbilisi, más raro se vuelve todo. Hay coches patrulla vacíos aparcados en las esquinas con las luces destellando en silencio. Pasamos por delante de una fila de camionetas con unas figuras de aspecto canino y llenas de barro apiladas en la parte de atrás.

—¿Eso de ahí son perros? —pregunto.

Nodar me ignora mientras mira con atención por el parabrisas. Delante, otro silencioso coche patrulla con las luces encendidas nos bloquea el paso. Detrás del vehículo distingo el centelleo oscilante del agua en un lugar donde no debería haber agua. Nodar da un volantazo para esquivar una lenguarada de sedimentos fluviales que han ido a parar a la carretera. El cieno húmedo amortigua el traqueteo de la suspensión. Es entonces cuando levanto la vista y lo veo.

Un rinoceronte plantado en mitad de la calle, justo enfrente de nosotros. Nodar frunce el ceño y clava los frenos. El rinoceronte aparta su enorme cabezón del haz de los faros de Nodar con un ademán extrañamente humano. Detrás del animal asoma un escaparate destrozado: un amasijo de cromo y cristal. SWATCH, dice el letrero hecho añicos. El primoroso escaparate se ha despachado a gusto desembuchando sus tripas relumbrantes sobre la acera. Debe de haber sido por obra y gracia del rinoceronte.

—¿Eso es un maldito rinoceronte? ¿En la carretera?

Un grupo de curiosos se mantiene a una distancia prudente. Un policía da un paso adelante y nos hace una señal para que pasemos.

—No es un rinoceronte. Es Boris.

—¿Qué?

—Boris el Hipopótamo —dice Nodar con una sonrisa burlona.

—Bueno, vale, pero ¿qué está haciendo ahí?

La calva de Nodar se vuelve hacia mí.

—No te has enterado, ¿no? —me suelta riéndose.

—¿Enterarme de qué?

—Menudo follón, hermano. Ayer la riada se llevó por delante el parque zoológico. Se escaparon todos los animales: lobos corriendo como locos por el aeropuerto, avestruces paseándose por las calles, pingüinos en el Mtkvari, un tigre deambulando por Sololaki...

Nodar hace esa enumeración entornando los ojos y girando el volante con la palma de la mano. Un cigarro le cuelga del labio mientras rodea con cuidado a Boris el Hipopótamo.

—Bienvenido a Georgia.

Veo desfilar el costado de Boris por mi ventanilla. Tiene el tamaño de una furgoneta pequeña. Percibo su olor. Saco el brazo y dejo que mis dedos acaricien su piel gris y rugosa como una corteza de árbol. Boris vuelve la cabeza y me enseña sus dientes escasos y descomunales y un par de ojos ne­gros grandes como puños.

—Vi a esos idiotas hace dos horas, cuando iba camino del aeropuerto. Se van a pasar toda la noche pastoreando a ese pobre animal.

Nodar suelta un gruñido y reduce la marcha. El coche da una sacudida pero sigue adelante.

—Vivo muy cerca de aquí. A cinco minutos, hermano.

Justo al doblar la esquina, oímos un fuerte disparo. Me doy la vuelta y veo brotar una florecilla roja con el tallo blanco en el cuello del hipopótamo. Un dardo tranquilizante. Boris no reacciona, ni siquiera se inmuta. Se limita a seguir nuestro coche con sus ojos negro azabache como diciendo: «Id con cuidado.»

Pero, un momento, antes de seguir, primero debería contar cómo llegué a Tbilisi.

En Londres, en mi pequeño piso compartido de Holloway Road, hice la maleta para emprender un viaje hacia lo desconocido. Cuando terminé, me senté entre folletos de papel satinado, formularios, bolígrafos corporativos, llaveros promocionales y el resto de la típica parafernalia de viajante de comercio que había desperdigada por mi habitación.

Mi trabajo consistía en viajar por todo el país y dar malas noticias a la gente. Entraba en esas salas de reuniones de empresas con aire acondicionado y explicaba a los asistentes que tarde o temprano todos iban a morir. Sí, ese de ahí al fondo, tú también. Era el típico vendedor de crecepelo del Día del Juicio Final, según Sandro.

Sin embargo, como buen charlatán, disponía de curas milagrosas para todos ellos. Les vendía seguros de vida y pensiones, cuentas de ahorro y de inversión. Un montón de acrónimos inútiles, tasas y porcentajes de rendimiento que les colocaba en beneficio de mi empresa, pero también para impedir que captaran la verdadera esencia de mi mensaje y dejaran sus trabajos en ese mismo instante.

Cada noche eliminaba hasta el último rastro de todo aquello en la ducha, igual que un minero se quitaría la mugre de carbón del cuerpo al salir de la mina. Después, aún creía que con alguna astuta triquiñuela de cuento de hadas conseguiría burlar al sistema.

De todos modos, aquello no era más que una burda distracción, a quién quería engañar. Estaba a punto de volver al lugar que tanto me había esforzado por olvidar.

Durante el largo peregrinaje en metro hasta Heathrow, en el punto más alejado de la línea de Piccadilly, me tomé los ansiolíticos que me había dado mi compañero de piso para que pudiera dormir en el avión. Dos píldoras de un inocente azul cielo envueltas en un pañuelo de papel. Entre estaciones con nombres que no había oído en mi vida —Boston Manor, Osterley y una sucesión de Hounslows— decidí doblar la dosis y me tragué las dos pastillas de golpe con la esperanza de que apaciguasen la velocidad a la que me palpitaba el corazón.

Los efectos llegaron despacio pero de forma contundente. Cuando me planté en Heathrow, tenía toda la espina dor­sal empapada de magia. Pasé casi flotando por el duty free y de pronto me encontré haciendo cola. En la puerta 19-A me enamoré de la azafata que comprobaba las tarjetas de embarque. Era una muñeca de porcelana perfecta: piel pálida, pintalabios carmesí y mirada inerte.

Llamé su atención. Sus ojos cobraron vida y se fijaron en mí. No era de extrañar: estaba ahí plantado como un pasmarote, en estado semicatatónico, mirándola sin pestañear. Se le formó una simpática arruguita en el entrecejo, como una borrasca en miniatura. En esos momentos, sólo podía pensar en besar aquellos diminutos labios rojos y me daba igual que las autoridades me detuvieran inmediatamente después.

—¿Se encuentra usted bien?

Me miró de arriba abajo.

—Me da miedo volar. Es la pastilla para dormir. —Me señalé la cabeza—. Creo que me está haciendo efecto.

Vi desvanecerse su atención, como el sol cuando se oculta detrás de las nubes.

—En ese caso, será mejor que se dirija a su asiento, señor.

Me dedicó una sonrisa desganada y señaló la puerta. Avancé unos pasos en esa dirección, me detuve, recalculé la ruta y volví a intentarlo. Ella no se dio ni cuenta.

Nada más encontrar mi asiento, las pastillas empezaron a hacerme efecto de verdad. Durante el despegue, cerré los ojos y borré el mundo entero y todo cuanto había en él.

—Disculpe, señor. —Alguien estaba dándome unos golpecitos el hombro—. ¿Señor?

Cuando abrí los ojos, lo único que veía eran mis rodillas. Tenía la cabeza como un bloque de cemento y los labios pe­gados con babas secas.

—Disculpe, pero estamos a punto de aterrizar en Kiev. Ponga su asiento en posición vertical y abróchese el cinturón.

Salvo por algunos fumadores empedernidos apostados en las zonas reservadas, el aeropuerto de Kiev estaba completamente desierto. Construido en los albores de la Unión Soviética, entrar en sus instalaciones en 2010 era como viajar en el tiempo: parecía la URSS, sólo que sin las banderas con la hoz y el martillo y sin los retratos de Lenin. Me quedé horas colgado en aquel aeropuerto esperando mi vuelo de conexión.

Fue allí donde noté por primera vez que pasaba algo raro. Mientras deambulaba por esos pasillos de cemento grueso sin una sola ventana, descubrí que alguien me seguía. Era un hombre de aspecto hosco, vestido con una chaqueta de cuero y con cara de pocos amigos. No llevaba nada encima, ni mochila, ni bolsas de la compra, nada de nada. Eso me mosqueó.

Se sentó al otro extremo de la zona de restauración y me vio zamparme una capitalista hamburguesa del Burger King que estaba fría. Él no comió nada. Luego me siguió a la zona de fumadores, donde nos fumamos tres cigarrillos seguidos cada uno. Ya había formulado media frase cuando me di cuenta de que estaba dirigiéndose a mí:

—¿... ir a Tbilisi?

—Perdón, ¿cómo dice?

Me miró con expresión lúgubre, como lamentándose de algo que no había ocurrido todavía. No podía distinguirlo bien con tanto humo, pero me pareció que tenía los ojos de diferente color, uno azul y el otro verde.

—He dicho que si estás seguro de ir a Tbilisi.

—¿Qué? Sí. ¿Por?

Negó con la cabeza.

—Tbilisi no es lugar para ti. Ahí no vas a encontrar más que problemas, amigo mío. Da media vuelta y vete a casa.

—¿Quién eres?

—No soy nadie.

Aplastó el cigarrillo a medio fumar en el cenicero y se fue. Quise seguirlo, pero lo perdí. Más tarde, desde la ventanilla del avión, lo vi hablando con el personal de tierra mientras el aparato iniciaba las maniobras de despegue. Decidí olvidarme de él, pensando que debía de tratarse de uno de esos zumbados con falta de sueño que se pasan la vida en el aeropuerto.

Rodeado de soñolientos murmullos en georgiano, estuve despierto y con la mirada fija en la punta del ala, donde un puntito rojo y solitario parpadeaba en la inmensa oscuridad, todo el vuelo a Tbilisi. La azafata se paseaba por el pasillo deteniéndose a cada tanto en algún asiento y dirigiéndose en voz baja y en georgiano a su ocupante. Cuando llegó al mío, apartó la mirada como si intentara recordar algo que hubiese memorizado de niña. Se irguió y adoptó el gesto de quien se dispone a recitar un poema.

—¿Está todo su gusto, señor? —me dijo.

Aquello atrajo las miradas de algunos pasajeros. Me miré la ropa y me pregunté por qué me habría tomado por angloparlante.

—Sí, gracias —le respondí en georgiano.

Consultó el portapapeles que llevaba en la mano.

—¿Es usted el señor Sulidze-Donauri?

Miré a mi alrededor como si «el señor Sulidze-Donauri» fuese alguien a quien acababa de conocer hacía un segundo pero que ya no veía por ninguna parte.

—Mmm, sí.

—Gracias, que tenga un buen vuelo —dijo, y se fue.

No le preguntó su nombre a nadie más. Sólo a mí. Debería haberme figurado que allí pasaba algo raro.

Cuando las ruedas del tren de aterrizaje golpearon la pista de Tbilisi, todos los pasajeros aplaudieron. A medida que el avión se aproximaba a la terminal, se fue abriendo un racimo de luces a lo lejos: la ciudad de Tbilisi, mi remoto y perdido lugar de nacimiento. Me la quedé mirando boquiabierto mientras las tripas se me llenaban de hielo. Empezaba a darme cuenta de lo increíblemente ridícula que era aquella expedición.

Fuera, el aire nocturno olía a asfalto caliente y a vertidos de combustible. Sólo había estado en el aeropuerto de Tbilisi una vez, cuando tenía ocho años. En aquella ocasión estaba a punto de irme del país, bregando con una maleta de cuero de la época de Stalin que si no se descuajaringaba era gracias a dos correas. Recuerdo subirla a un carrito del aeropuerto y sentirme muy orgulloso de haber sido lo bastante fuerte.

Estaban todos allí: Irakli, Eka, Sandro, incluso mi abuela y mi tío. Fue la última vez que estuvimos todos juntos.

Tuvo que ser todo un acontecimiento, la noche que nos fuimos. No puedo ni imaginar qué les pasaba por la cabeza en esos momentos; a punto de enviarnos a los tres a un lugar desconocido y remoto donde «las cosas están mejor». Eso era lo único que decían: «Allí las cosas están mejor.»

¿Qué cosas? ¿Mejor que qué? No entendía por qué narices no podía quedarme en casa y punto.

Georgia se había independizado de la Unión Soviética y convertido en una república en 1991. Unos partidos políticos formados precipitada e improvisadamente se disputaron el trono de la recién estrenada «república». No tardaron en desenfundar las armas. Ese mismo invierno, nos lanzamos de cabeza a una guerra civil cruenta y sin cuartel.

La noche que fuimos al aeropuerto, después de seis meses de guerra y entre centenares de familias como la nuestra, con el rostro desencajado de tanto forzar la sonrisa, Tbilisi era una auténtica pesadilla. No había electricidad, ni gas, ni agua corriente. Si salías a la calle a buscar pan, tenías las mismas probabilidades de que te descerrajaran un tiro que de conseguir una hogaza. Dicen que en esas fechas casi la mitad de la población huyó del país. La mayoría para no volver.

Bajo la potente luz de los fluorescentes del aeropuerto, los miembros de mi familia parecían avergonzarse de la ropa zarrapastrosa que llevaban y de las arrugas llenas de mugre que surcaban sus rostros preocupados. Aquella luz implacable los despojaba de los superpoderes que yo sabía que tenían. Parecían inquietos y vacilantes. Parecían frágiles. Yo ape­nas era consciente de que estaba pasando algo importante mientras a mi alrededor los corazones se rompían en pe­dazos.

Sólo Irakli, Sandro y yo embarcaríamos en el vuelo que estábamos esperando. El resto de mi familia no volvería a vernos nunca más, aunque aún no lo sabían. Bueno, Eka tenía a Sandro en el regazo cuando la sorprendí con una expresión rara en el semblante. Tal vez ella sí lo sabía.

Casi dos décadas después de esa noche, estaba de nuevo en el mismo aeropuerto. En el control de pasaportes, el tipo que había detrás del mostrador arqueó una ceja al ver el mío. Cogió el teléfono y dijo mi nombre. Al cabo de unos segundos, un guardia de seguridad apareció a mi lado con un rifle de asalto cruzado sobre el pecho. Me apartó de la cola y me acompañó a una oficina independiente, donde una mujer de gesto adusto ya estaba registrando mi maleta con unos guantes desechables.

—Control aleatorio. —Apenas levantó la vista—. Siéntese, por favor.

La observé mientras manoseaba todas mis cosas. Dejó mi ropa apilada en un montón encima de la mesa, se quitó los guantes y los tiró a la papelera.

—¿Cuál es el motivo de su visita?

—Vacaciones.

—Vacaciones —repitió inexpresivamente.

—Sí —dije.

Arqueó una ceja.

—Sígame, por favor.

Me condujo a la puerta contigua, donde un técnico de cara pastosa y con una bata de laboratorio que le iba dos ta­llas pequeña me tomó las huellas dactilares.

—¿Necesitan mis huellas?

—Control aleatorio, señor —repitió la mujer a mi espalda.

El técnico la miró con gesto adormilado, luego me miró a mí y asintió con la cabeza.

—Sí —confirmó.

Me dio una toallita húmeda para que me limpiara los dedos manchados de tinta. Me volvieron a llevar a la misma sala de antes, donde me había interrogado la mujer de gesto adusto. No le hizo mucha gracia que no tuviera ninguna dirección que darle. Me preguntó por qué no había reservado ningún alojamiento y qué planes tenía; todas ellas muy buenas preguntas para las que carecía de respuesta.

Mientras la mujer volvía a hacerme la maleta con más esmero y tiempo del que yo mismo le había dedicado, me puse a rellenar un formulario. Justo cuando empezaba a pensar que, efectivamente, aquello no era más que un control aleatorio al estilo georgiano, la mujer me entregó una tarjeta.

—¿Qué es esto?

«Inspector Kelbakiani, Policía Metropolitana de Tbilisi, Distrito de Sololaki.»

—Gracias por su colaboración —me dijo la mujer mientras yo miraba embobado la tarjeta.

—Le he preguntado que qué es esto.

—Vaya a ver al inspector Kelbakiani cuanto antes, por favor.

Control aleatorio, mis cojones.

—¿Por qué? —dije.

—Él le devolverá su pasaporte.

Me habían sacado de la cola tan rápido que ni siquiera me acordaba de que no me habían devuelto el pasaporte. Antes de que pudiera urdir una frase de protesta, la mujer me dejó en manos del guardia armado, quien nos acompañó a mí y a mi maleta recién rehecha junto al mismo agente del control de pasaportes.

—Bienvenido —me dijo en inglés, y sonrió.

Vi mi pasaporte encima de su mesa. Me detuve un momento, pero el guardia armado me empujó para que siguiera andando, y con ese empujón me envió, desconcertado y nervioso, a través del raquítico duty free, hacia unas endebles puertas automáticas flanqueadas por más guardias armados con metralletas.

Inspiré hondo, crucé las puertas y estuve a punto de darme de bruces con una muralla de rostros ansiosos que esperaban a la salida y que escaneé automáticamente en bus­ca de alguna cara conocida. Sin embargo, uno a uno, todos fueron disolviéndose en el anonimato bajo mi escrutinio. La maleta se cayó al suelo y rompió el hechizo. No había nadie. Coloqué la maleta sobre sus ruedas de un tirón y me encaminé hacia el último par de puertas automáticas para pisar Georgia propiamente dicha.

Una vez fuera me vi rodeado de una multitud aún más numerosa de gente abrazándose, besándose, hablando animadamente y regateando con un pequeño regimiento de taxistas. Me quedé a un lado y traté de asimilar todo aquello mientras jugueteaba con un cigarrillo que no conseguía encender.

Estuve allí plantado un buen rato pensando en círculos cada vez más reducidos, cada vez más acelerados. Si al menos lograra fumar por fin, si fuera capaz de encenderme el maldito cigarro, tal vez las cosas no irían tan deprisa. Me destrocé la yema del pulgar con el mechero, pero no le arranqué más que unas chispas.

Dejé que el mechero me resbalara mientras las palabras «ataque de pánico» se agolpaban en mi cabeza. Además de un hormigueo en los dedos, noté que dejaba de llegarme sangre al cerebro. El pulso me latía con fuerza en la mandíbula y respiraba con dificultad y de forma irregular. Era esa pausa cruel justo antes de subir a una montaña rusa. Ya estaba aquí. Era inminente.

El mundo a mi alrededor fue deteniéndose poco a poco hasta paralizarse por completo. Fijé la mirada en un cenicero vertical lleno de abolladuras y repleto de colillas. Ésa iba a ser la horrible imagen que el ataque de pánico iba a grabarme a fuego en la memoria.

De pronto una voz atravesó el espeso griterío como si fuera un cuchillo:

Saba.

Iba acompañada de un destello de plata.

La reconocí. Era una voz que había silenciado hacía mucho tiempo. ¡Era Surik! Surik, mi compinche borrachín, acudiendo al

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