Lo poco que recuerdo

José Ignacio Valenzuela

Fragmento

Los siguientes quince segundos serán claves en el futuro de Elena Hausser.

Los siguientes quince segundos serán claves en el futuro de Elena Hausser.

15… 14… 13…

Si su padre hizo bien su trabajo y el contenido que flota dentro de la jeringa funciona, Elena podrá seguir viviendo. Por el contrario, si el líquido resulta ser un veneno plagado de bacterias ponzoñosas, sus órganos colapsarán en cadena y ella caerá desplomada, presa de estertores y espasmos involuntarios.

Por primera vez en su vida, Elena Hausser no tiene miedo de elegir. Y ese arrebato de valentía, tan poco habitual en ella, se debe exclusivamente a una sola verdad: ya no tiene nada que perder.

10… 9… 8…

Antes, cuando era muy poco lo que recordaba de su infancia, podía vivir en paz porque las atrocidades relacionadas con su apellido estaban ocultas en esa zona de su memoria a la que no había accedido nunca. A veces, los que menos saben son los que mejor viven. Porque manejar información te obliga a decidir, a actuar, a tomar partido. Y eso cuesta, cansa y, a veces, te lanza de bruces al peligro.

Y Elena Hausser ha experimentado en carne propia el peligro de su propio apellido.

6… 5… 4…

Ya casi se han consumido los quince segundos.

Tiene que tomar una decisión. Otra decisión más, por desgracia.

Si presta atención, a lo lejos se oyen los gritos de Brian.

«¡Elena, no cometas una locura!».

3… 2…

Elena orienta la aguja hacia la piel de su antebrazo. El tiempo de decidir se acabó; es hora de actuar. Es hora de descubrir quién ganó la partida: si la vida o la muerte.

1…

«¡Elena, ábreme la puerta! ¡Elena, por favor!».

Entonces respira hondo, porque nunca le han gustado los pinchazos. Y actúa. Y mientras siente el líquido cargado de estabilizadores, adyuvantes y excipientes activos correr sin freno por su organismo, recuerda paso a paso la sucesión de eventos que la llevaron hasta ese preciso instante, a esa cornisa de la cual está a punto de caer. Y todos, todos ellos, tienen el rostro de Daniel.

Daniel. Maldito Daniel.

Se llena de odio al pensar en el que fuera su marido y cierra los ojos para enfrentar el resultado de su desesperada elección.

1

—¿Señora Elena? —oye al otro lado de la línea—. Soy Luisa. ¿Tiene un minuto?

Al instante, el corazón se le convierte en un puño de hielo en mitad del pecho, y un mal presentimiento le recorre la espalda hasta la nuca. Siempre es lo mismo: las pocas veces que la enfermera de su padre se comunica con ella, Elena muere en vida durante una fracción de segundo.

—Lo ha vuelto a hacer —agrega la mujer—. Quería que lo supiera.

Elena permanece en silencio unos instantes. Su primer impulso es desestimar la información, pero hay algo en el tono de voz de la enfermera que la hace decidirse.

—Voy para allá —sentencia, y coge las llaves del coche.

Aunque la casa de su padre queda solo a un par de calles al norte de la ciudad, Elena pisa con fuerza el acelerador.

«Lo ha vuelto a hacer».

Luisa es una mujer sensata, enfermera de profesión, que ha dedicado muchos años a cuidar con devoción a Josef Hausser. Por lo tanto, es su deber como hija acudir las escasas ocasiones en las que requiere su presencia.

Elena frena a última hora en un cruce, alertada por la luz roja del semáforo. Percibe el chirrido de los neumáticos al patinar unos metros sobre el asfalto caliente. Un bocinazo del vehículo que va tras ella le recuerda que no está sola en el mundo.

¿Por qué la simple mención de su padre perturba de esa manera su estado de ánimo? ¿Será la culpa por no ir nunca a verlo?

«No es un asilo —se repite mientras retoma la marcha—. Mi padre es un hombre afortunado. Podría estar viviendo con otros ancianos, compartiendo cuarto con algún moribundo abandonado por su familia. Pero no. Vive en su propia casa, acompañado por Luisa. No tienes que sentirte responsable…».

La construcción es una coqueta vivienda de estilo español, con un sombrío corredor delimitado por arcos de piedra invadidos por el desorden verde de una enredadera. Las baldosas blanquinegras del suelo replican la urgencia de los pasos de Elena, que avanza directa hacia la habitación de Josef.

—¡Qué bien que haya podido venir! —la recibe Luisa—. Venga conmigo.

La mujer la lleva hacia el extremo opuesto de la habitación y la aleja de la figura de un anciano de cabello blanco que ni siquiera se da la vuelta para ver quién ha entrado. Ahí está, en el mismo rincón de siempre: la silueta de un hombre inmóvil que podría ponerse de pie en cualquier momento, pero que no lo hace porque dicen que el cerebro le jugó una mala pasada.

—Otra vez… —murmura Luisa.

Elena baja la vista hacia la hoja de papel que le extiende la enfermera: en el centro puede observar el número 29 hecho con un trazo tembloroso.

—La semana pasada y hoy —explica la enfermera—. Y considerando que sus brazos están completamente rígidos, ha debido de hacer un esfuerzo enorme para dibujar el dos y el nueve.

Elena sigue con la vista el contorno de cada uno de los números, que ocupan buena parte del folio, y no puede evitar sentir una nostalgia infinita por la lejana imagen de hombre poderoso que durante su infancia siempre tuvo de su padre. Un árbol colosal. Un gigante imbatible. Un médico casi mítico, cuyo legado y su amor por sus pacientes se habían extendido a lo largo de los años.

Verlo ahora convertido en un anciano solo le provoca un dolor que es incapaz de mitigar.

—¿No sabe qué puede significar ese veintinueve? —insiste Luisa.

No, no lo sabe. Hace años que ya no logra descubrir qué ocurre en la cabeza de su padre. Dejó de saberlo el día en que su madre la cogió de una mano, la llevó a la fuerza al coche y, sin darle ninguna explicación, se alejaron de Pinomar. No tuvo tiempo de despedirse ni del pueblo ni del hombre que, hasta ese momento, era el sol de su galaxia.

«Nunca te pregunté las razones que tuviste para abandonar a papá. Nunca. Si aún estuvieras viva, mamá, tendrías que responder cada una de mis preguntas. Pero te fuiste muy pronto. Y me quedé sola. Huérfana de madre y a cargo de un padre al que casi no conocí».

—No se preocupe —continúa la enfermera—. Voy a estar muy pendiente de cualquier cosa que él quiera decirnos.

Pero Elena ya no escucha. Con gesto brusco guarda el papel en el interior de su bolso y, tras un discreto movimiento de cabeza, sale apurada hacia la galería exterior. La bocanada ardiente del aire veraniego envuelve su cuerpo y la acompaña de regreso hasta el coche. Cierra la puerta de un golpe y enciende el aire acondicionado. Escondida tras los cristales polarizados de su moderno vehículo, se siente segura y protegida de la amenaza de su propio pasado. «Es una sombra que solo sabe crecer», piensa.

Y justo entonces se pregunta, con sincera intriga, por qué su padre ha trazado un solitario 29 en el centro de una hoja de papel.

2

Fueron apenas tres meses, escasos noventa días, de cortejo veloz y poco espontáneo en los que Daniel se esforzó al máximo y utilizó todos los recursos aprendidos a lo largo de los años en las comedias románticas que invaden el cine y las pantallas de los televisores.

La receta de enamoramiento consistió en un par de frases muy bien pensadas y pronunciadas en el momento más oportuno; en ofrecer un ramo de flores que escondió tras la espalda y que le dio con una enorme sonrisa; en una caja de bombones importados que había comprado por internet, y en una invitación a cenar en un restaurante caro —carísimo, como aconseja el protocolo del conquistador—, que terminó en un carnaval de champán y pasión en la suite panorámica de un hotel.

La ciudad entera se convirtió en su campo de galanteo.

No hubo esquina donde Daniel no desplegara alguna técnica de seducción. No quedó calle en la cual no dijera algo que alborotara mi corazón. ¿Y yo? Yo caí fulminada a sus pies. ¿De qué otra manera podía ser, si siempre he tenido problemas de autoestima?

Desde que era una adolescente oigo a los demás lamentar que se me ve bastante mayor para mi edad. Supongo que he heredado esa condición de mi padre. Él también parecía mucho más avejentado de lo que le correspondía por edad. Culpa de los genes. Nuestros genes.

El hecho es que a Daniel le bastaron apenas tres meses de noviazgo para preguntarme una madrugada, arropados juntos en la terraza de mi apartamento, con una botella de vino vacía como único testigo, si quería casarme con él. Yo ni siquiera me sorprendí, porque desde el primer momento en que lo vi, tres meses antes, la estaba esperando. Pensé en mi madre, en la felicidad que hubiera sentido por el prometedor futuro de su hija. Qué pronto se murió. No alcancé a vivir con ella mi etapa de adultez. No tuve tiempo de contarle mis miedos profesionales ni mis deseos de ser madre.

«¿Quieres casarte conmigo?», me susurró al oído. Y yo dije que sí, envuelta con él en una delicada manta de lana que sacamos a la terraza para soportar juntos la brisa gélida que sopla de madrugada.

Nos besamos hasta que él tuvo que irse para seguir con sus labores de empresario gastronómico y continuar la ronda de supervisión de cada uno de los restaurantes que había ido comprando los últimos años y que le llevaría semanas. Ojalá hubiera podido llamar a mi madre para contarle la noticia.

Y no supe a quién decirle que pronto, muy pronto, iba a casarme.

Podría haber ido a visitar a mi padre. Sí, podría haberlo hecho. Pero hubiera sido una pérdida de tiempo. Él no dice nada. Nunca dice nada. Solo sabe mirarme desde su silla de ruedas con esos ojos tan azules y transparentes que parecen haber perdido el color a causa de la vejez. Y yo no puedo evitar sentir culpa por verlo así, porque durante muchos años no supe nada de él.

Pero eso no fue responsabilidad mía. Mi madre nos separó.

Fui tan feliz en esa casa…

Hasta que ocurrió aquello, claro.

Aquello que no recuerdo demasiado bien.

Porque los recuerdos se desvirtúan.

Son una interpretación, no un registro.

Pero sí sé que me gustaba saltar sobre los charcos de luz que se formaban en el parquet del salón cuando el sol atravesaba al mediodía los cristales biselados de las enormes ventanas que iban del suelo al techo. La música. Cómo olvidar los boleros que siempre me asaltaban al entrar a la cocina donde Begoña preparaba alguna delicia, como su famosa receta de beignets. Begoña y su eterno olor a azúcar caramelizada. Begoña y sus enormes manos rojas por el esfuerzo y el trabajo constante. Begoña y sus rotundas carcajadas, que incluso conseguían, por un instante, ocultar el estruendo de su radio de pilas, siempre encendida. Begoña y su almidonado delantal, al que me gustaba aferrarme todas las mañanas.

Cómo extraño esos días.

«¿Quieres casarte conmigo?», preguntó Daniel una madrugada en la terraza de mi apartamento. Y yo dije que sí, sellando para siempre mi destino. Y bastó solo un año, apenas trescientos sesenta y cinco días, para que esa felicidad me estallara de golpe en pleno rostro.

¡No podía imaginar que las cosas iban a terminar de aquella manera!

3

Suspira con alivio al comprobar que todavía goza de al menos dos horas más antes de que Daniel regrese a casa después de casi un mes de viaje. Tiene que reconocer con cierta frustración que nunca imaginó que sería tan duro tener que separarse de él, de forma periódica, durante largas semanas. Pero así es su trabajo de empresario. Y así lo aceptó ella.

Sobre la mesa de granito de la cocina se acumulan platos con deliciosos alimentos que ese mismo día le han entregado y que Elena piensa disponer en elegantes bandejas.

—Necesito que me traigan lo necesario para una cena romántica —era el pedido que había hecho por teléfono el día antes—. Mi marido y yo cumplimos un año de casados y quiero celebrarlo como corresponde —confesó.

Ya tiene en la nevera varias botellas de champán. También ha cambiado las sábanas y ha llenado de flores la estancia principal de su casa, enclavada en el sector más privilegiado de la ciudad.

Dos enormes robles, que se pueden observar desde el amplio ventanal de la cocina, ofician como silenciosos testigos de todos los esforzados preparativos.

No ha dejado ningún detalle al azar: ahí están las dos copas de cristal de Baccarat, la vajilla inglesa que usa solo para ocasiones muy especiales, la cubitera donde descansa la mejor botella de champán que ha conseguido en el supermercado, un primoroso arreglo floral que le proporciona al conjunto un aspecto de inequívoco romanticismo.

Mira la hora en la pantalla del móvil: las nueve en punto. Daniel, su flamante marido, llegará en cualquier momento.

Junto al teléfono encuentra la hoja de papel con el número 29 que su padre ha escrito. ¿Qué significarán esos números? Porque tal vez no se trate de un 29, sino de un 2 y un 9. Repasa mentalmente las fechas más evidentes de las que tiene memoria: el cumpleaños de su padre, el de su madre, incluso el de ella misma. También hace el esfuerzo por recordar el día exacto en el que Luisa la llamó a Italia, donde ella estaba de vacaciones, para avisarla de que Josef había sufrido un derrame cerebral que lo dejó postrado en una silla de ruedas. No. Ningún acontecimiento importante coincide con las cifras que puede observar en medio del papel.

Toma un magneto y lo pega sobre la pulida superficie de acero inoxidable del refrigerador. Quiere tenerlo al alcance de los ojos, a ver si una repentina iluminación termina por darle la clave.

El rechinar del picaporte de la puerta principal la saca de golpe de sus reflexiones.

—¡Daniel! —exclama, incapaz de contener una sonrisa anticipada por la sorpresa que está a punto de ofrecerle.

Nadie responde.

Elena se extraña al comprobar, a través de la puerta abierta de la cocina, que no se ha encendido la luz del recibidor.

—¿Daniel? —musita al tiempo que una inexplicable sensación de alerta le despierta los cinco sentidos.

Aguza el oído, pero ni el más mínimo ruido rompe la quietud de la enorme casa.

«Tal vez Daniel ha abierto, se ha dado cuenta de que ha olvidado algo en el coche y ha vuelto a buscarlo», reflexiona.

Pero enseguida descarta la idea: la puerta principal emite un leve quejido al abrirse y al cerrarse. Y, por más atención que pone, no vuelve a percibir nada.

Nada.

«Es como si alguien estuviera manteniéndola abierta por alguna razón», piensa. Y la respiración se le congela en la garganta.

Procura avanzar de puntillas hacia el pasillo que desemboca en el amplio recibidor. Con horror comprueba que se ha dejado el teléfono en la cocina cuando ha consultado la hora hace unos minutos.

«No pasa nada —se dice—. No pasa nada. A lo mejor el viento ha golpeado alguna rama de los robles contra las paredes de la casa».

Pero el enorme ventanal de la sala, que puede apreciar en toda su altura y dimensión desde su emplazamiento en el pasillo, le revela la imagen de una vegetación inmóvil al otro lado del cristal.

«No hay viento —se angustia—. Justo hoy no hay viento».

Va a encender la luz cuando un nuevo crujido, que esta vez puede identificar como una pisada en el parquet, detiene su mano antes de pulsar el interruptor.

«Hay alguien más en casa».

A diferencia de lo que siempre imaginó que serían la desesperación y el pavor de enfrentarse a una situación límite, no consigue gritar. Por el contrario, se siente catapultada hacia una zona muda, un espacio donde las palabras carecen de significado y no alcanzan a reflejar la pesadilla de emociones que le bullen dentro del pecho.

Quiere retroceder, pero tampoco es capaz: está atrapada en una telaraña de miedo que no le permite mover ni un músculo.

Entonces divisa la silueta humana que se desprende de la oscuridad frente a ella: es un contorno negro que se desliza por encima del otro negro de las paredes y que se le echa encima sin que le dé tiempo a reaccionar.

Recibe el primer golpe en el estómago y le vacía los pulmones de oxígeno.

Elena siente su propio desplome, aunque no puede precisar la dirección de la caída. Cuando la mejilla se le estrella contra el suelo, ve que a escasos centímetros de distancia de su rostro hay un par de botas cubiertas por una delgada capa de barro. Alcanza a pensar que el riego automático debía de estar en funcionamiento cuando el dueño de ese calzado ha atravesado el jardín rumbo a la puerta principal.

Cierra los ojos para no ver una robusta mano masculina que avanza hacia ella, dispuesta a levantarse de nuevo y golpearla esta vez en pleno rostro.

De improviso, una tercera mano la toma por el cuello y le aprieta con fuerza la garganta, mientras un nuevo par de zapatos entra en su campo visual.

¿Cuántos intrusos han entrado en su casa? ¿Qué hacen allí?

Un violento bofetón le llena de sangre el interior de la boca, y un agrio sabor metálico le baja por la garganta.

¿Y Daniel? ¿Dónde está Daniel?

«Es el fin», piensa en el instante previo a perder la consciencia.

Sabiendo que el siguiente paso es permitir que su alma se desprenda del interior del cuerpo, se deja arrastrar por la corriente del miedo, que se la lleva lejos, tanto que todo se apaga. Y a partir de ese minuto, la vida se parece demasiado a la muerte.

4

Elena. Sí. Así me llamo.

¿O llamaba?

¿Cómo sé si todavía sigo viva?

Ni siquiera identifico dónde estoy. Debo de tener los ojos cerrados, porque lo que me rodea es oscuridad. Una oscuridad absoluta que me envuelve por dentro y por fuera. A veces tengo la sensación de que algo va a ocurrir, porque mi cuerpo, que no veo ni siento, parece reaccionar ante un estímulo externo que tampoco llego a percibir.

Si presto mucha atención, concentrando todas mis fuerzas, puedo oír que alguien intenta comunicarse conmigo. Hilachas de palabras llegan hasta este lugar donde me encuentro. Fragmentos de sílabas que, si me esfuerzo, puedo juntar, como en un rompecabezas de sonidos, hasta armar con ellos algo que mi mente sí reconoce.

«Elena».

¿Es Daniel el que habla? ¿Es la voz de mi marido la que logra atravesar esta bruma de tinieblas en la que me encuentro?

No tengo más remedio que continuar recordando mi pasado para ver si tengo suerte y así consigo espantar las sombras que me han hecho prisionera. Es lo único que me queda. Pelear. Sobrevivir. Es lo único.

Fueron tres los intrusos que entraron esa noche en mi casa.

Lo sé porque vi seis botas, todas iguales. Y todas tenían barro sobre el cuero negro. De eso también me acuerdo. Deben de haber atravesado el jardín cuando los aspersores estaban en pleno funcionamiento, lanzando sus poderosos chorros de agua sobre el césped, que más parece una vibrante y verde alfombra.

«¡Elena!».

Sí, es la voz de Daniel. Quiero decirle que estoy aquí, aunque no sepa dónde. Quiero gritar que lo oigo, aunque no sepa desde dónde. ¡Daniel! ¡Mi Daniel!

Entonces un helado viento artificial se me mete por la boca, baja como nubes por la garganta y me despega los pulmones, que crujen como bolsas de papel al expandirse. El frío se propaga por mi organismo a través del ramaje de mis venas. La sangre se me ha congelado, o la han reemplazado por un líquido distinto. La oscuridad que me rodea comienza a quebrarse al igual que un delgado cristal que permite el paso de la luz.

La intensa luz que de pronto se adueña de todo, que me entibia los miembros, que destruye esa cárcel negra donde estaba retenida.

«¡Elena, mi amor…!».

Y de golpe surgen la sala de blancas paredes, la camilla donde descubro mi cuerpo malherido, el ajetreo de uniformes blancos en torno a mí, el suero, los monitores que registran cada pulsación de mi organismo, el dolor que me obliga a crisparme en un lamento que no puedo contener y el rostro de Daniel, mi Daniel, que se acerca, me sonríe, me besa y me da la bienvenida por haber regresado.

—Has vuelto, mi amor. ¡Quédate aquí conmigo!

5

Elena se conoce de memoria cada esquina de aquel cuarto de hospital. A veces el día se le va en dejar que la vista se pasee una y otra vez por los cuatro muros blancos que rodean su cama. Ya se ha aprendido con exactitud cada una de las imperfecciones del cemento, la pequeña grieta que bordea el marco de la ventana, la sucesión de enchufes eléctricos desde donde han ido retirando los equipos médicos cuando ya no eran útiles, e incluso las mínimas diferencias lumínicas de los dos tubos fluorescentes que cuelgan del techo y que cobran protagonismo al caer la tarde, cuando entra una enfermera y los enciende.

Su mejoría es lenta pero sostenida, tal como ha sentenciado el doctor con una sonrisa de satisfacción.

Daniel ha ido recuperando poco a poco los colores del rostro.

Para Elena, su marido es su mejor espejo: le basta con escudriñarlo para darse cuenta de si su condición de enferma es preocupante o no. Justo cuando volvió del coma que la había mantenido ajena al mundo durante casi dos semanas, se encontró con un Daniel extasiado de volver a verla. Sin embargo, cuando el médico señaló que no había que cantar victoria y que la posibilidad de una recaída siempre estaba ahí, la piel de su esposo palideció de golpe y tardó un par de semanas extras en recuperar el color.

Elena ha aprendido a leer cada variación en el tono de las mejillas de Daniel, o incluso en el rictus que acompaña sus silencios. Sabe que su marido y el doctor hablan fuera de la habitación, en los pasillos del hospital, para que ella no sepa la gravedad de sus lesiones. Pero con el simple hecho de que Daniel regrese a su lado le basta para adivinar cada diagnóstico o preocupación tatuados en sus ojos.

Lo que no ve venir, porque no es capaz de anticiparlo en ningún acto o palabra, es la decisión que él le comunica el día antes de que abandonen la clínica:

—No quiero seguir viviendo en esta maldita ciudad.

Elena se incorpora con dificultad. Trata de estirar el brazo hacia su esposo, pero la vía insertada en la muñeca le impide completar el movimiento.

Niega con la cabeza. No, no le parece una buena idea.

—Pero tu trabajo…, tus viajes… —Es la primera excusa que consigue articular.

—La gracia de mi trabajo es que puedo empezar cuantas veces quiera —contesta avanzando hacia la ventana—. Soy un empresario hostelero, ¿no? Puedo abrir un nuevo restaurante…

—No entiendo —balbucea.

—No hay nada que entender, Elena. ¡A esa casa no vuelves! —señala enfático—. No te voy a poner en riesgo nunca más. ¡Nunca!

Elena ve de nuevo, durante un brevísimo segundo, aquella tosca mano masculina que avanza directa hacia su garganta. Aunque cierra los ojos, a ver si así consigue pensar en otra cosa, sigue oyendo la voz de su marido a través del negro espacio en el que busca refugio.

—¿Y adónde quieres que nos vayamos? —inquiere, y abre los párpados, regresando contra su voluntad a la gélida realidad de ese cuarto de hospital.

—A Pinomar. Viviste allí hasta los cinco años, ¿no? Tengo pensado que nos instalemos en la casa de tu padre. Es enorme y está vacía —dice Daniel—. Te voy a sacar de aquí, Elena. Vamos a empezar de nuevo en un lugar tranquilo, más acogedor, menos violento.

Pi-no-mar.

Le bastan esas tres sílabas para volver a sentir el intenso aroma de los cipreses que rodeaban la residencia de su padre. O, en días de extremo calor, el aliento del lago que perfumaba el viento con su aroma a lodo virgen y ciénaga, y que los incesantes aleteos de las codornices se encargaban de esparcir. Vuelve a ver las casas primorosas, las vallas blancas bajas hasta el paseo de piedra y césped, los pequeños arbustos y rosales en cada entrada de los hogares. Las avenidas anchas y plácidas, copadas de palmeras y colores. Los inmaculados parques y las plazas con fuentes por donde circulaban familias de ensueño a las que los problemas del mundo exterior no parecían alcanzar. La cafetería favorita de su madre para merendar algo ligero, justo en la esquina del cine Celuloide, y la famosa heladería que alojaba en el vestíbulo.

Pinomar.

No ha puesto un pie en ese lugar desde hace casi treinta años. ¿Por qué Daniel ha decidido volver?

—A mí me gusta mi vida aquí —se queja Elena—. ¿Qué voy a hacer con mi trabajo…?

—Allí habrá algún laboratorio que necesite tus servicios, ¿no?

—Pero no estudié bioquímica para terminar ejerciendo en un sitio como Pinomar.

—Seamos sinceros, Elena. ¡Hace mucho que no trabajas! ¿Por qué ahora es un problema tu profesión?

—Olvídate de la bioquímica —dice, tratando de pasar al siguiente argumento—. Mi padre… No puedo…

Daniel se aparta de la ventana y se acerca a ella. Pone la mano sobre las sábanas de la cama y le acaricia despacio el muslo. A través de la tela puede sentir el calor intenso de su palma abierta.

—Tu padre lleva años en otro mundo, al menos eso es lo que dice la enfermera que lo cuida. ¿De verdad crees que va a echarte de menos? Ni siquiera va a darse cuenta de que no sigues en esta ciudad —exclama.

Entonces Elena no tiene más remedio que asumir, gracias a la expresión de lágrimas contenidas con la que Daniel la observa, que va a tener que ceder a los planes de su esposo.

Pinomar, una vez más, en su vida.

«Supongo que será por poco tiempo», reflexiona mientras vuelve a recostar la cabeza contra la almohada. Serán solo unos meses, en lo que Daniel recupera la seguridad y permite que el miedo lo deje pensar con mayor claridad.

Solo unos meses.

Pero no imagina lo equivocada que está.

6

Ya desde la distancia, la promesa de perfección parece cumplirse.

El coche entra en Pinomar atravesando un arco de piedra adornado con enredaderas floridas. Al instante, una sensación de familiaridad se apodera de sus cinco sentidos. Ahí están, idénticas a como las recordaba: la larga sucesión de casas dispuestas en una armoniosa distribución. Son verdaderas obras de arte. Cada una con su jardín perfectamente cuidado. Las fachadas pintadas de colores pastel. Las ventanas decoradas con macetas rebosantes de geranios. Las cercas de madera blanca que delimitan las propiedades recién pintadas.

En Pinomar todo se ve nuevo, inmaculado.

Los ojos de Elena se pierden en cada detalle mientras el vehículo avanza despacio por las calles adoquinadas. Los árboles, altos y majestuosos, forman una especie de túnel verde que brinda sombra y frescura a las aceras.

Ni una sola hoja fuera de lugar, ni una brizna de hierba más alta que otra.

La perfección del lugar es casi inquietante, como si alguien hubiera pasado largas horas ornamentando cada rincón solo para celebrar su llegada.

El bullicio habitual de la vida urbana, tan característico de las grandes ciudades, no existe en Pinomar; aquí solo se oye el suave murmullo de la naturaleza y el ocasional canto de un pájaro.

La geografía del lugar regresa en oleadas a su mente. Está segura de que al doblar la siguiente esquina, y después de continuar por esa avenida un par de manzanas, van a cruzar frente al exclusivo colegio privado de la zona. En efecto, a los pocos segundos aparece la placa de mármol donde se lee el nombre de la institución, plantada frente a la fachada principal de la escuela.

Elena se sorprende de su buena memoria.

Los vecinos, muy bien vestidos, pasean por la acera de Annunciation Street con una tranquilidad contagiosa. Algunos saludan con una sonrisa y un leve gesto de la cabeza al paso del vehículo, mientras otros siguen absortos en sus actividades: regando el jardín, paseando a los perros o conversando en su porche con un refresco en las manos.

—¡Mira, ahí está el cine! —le dice impresionada a Daniel, sentado al volante—. No puedo creer que se mantenga idéntico tanto tiempo después.

Y, frente al cine, la plaza central donde una fuente lanza chorros de agua cristalina hacia el cielo creando un arcoíris bajo los rayos del sol. Los bancos de hierro forjado, dispuestos alrededor, invitan a sentarse y a contemplar la belleza del lugar. Un grupo de niños alborota mientras las madres los vigilan, desde una distancia prudente, charlando entre ellas.

A medida que el coche se interna en el corazón de Pinomar, los jardines se hacen aún más exuberantes, con setos de lavanda y rosales trepadores que suben por las paredes. Es evidente que cada rincón está diseñado para impresionar, para transmitir una sensación de paz y perfección.

Por un instante Elena se deja seducir por esa fachada impecable y detenida en el tiempo. Pero, una vez más, su intelecto científico toma el control de sus pensamientos y barre de un zarpazo el fugaz encantamiento.

¿Puede un lugar ser realmente tan perfecto o es solo una ilusión construida con infinita premeditación?

Entonces comprende por qué le duele el estómago y ha mantenido apretadas las manos desde que cruzaron el arco de flores: en Pinomar la belleza asusta. Porque un esplendor mantenido a la fuerza durante tanto tiempo —en donde ni siquiera los árboles o las flores ornamentales de la plaza parecen haber sufrido el más mínimo cambio— no puede ser normal.

Y si nada ha cambiado en casi treinta años, eso significa que el pasado de Elena, aquel que creyó dejar atrás el día de su partida, sigue ahí más vivo que nunca.

En amenazante acecho, como un animal salvaje.

7

Número 11 de Old Shadows Road.

Respiro hondo intentando controlar mis latidos. La humedad se me adhiere al cuerpo y salta hasta mis hombros para hacerme hundir los talones en el asfalto ardiente de la acera.

La puerta es enorme, tan grande y alta como la recordaba. Blanca, con pequeños cristales que forman una ventana que va desde el dintel hasta media altura. No se ve el interior de la casa a causa de unos visillos de tul que cosió mi madre. Pero puedo estar equivocada: es poco lo que recuerdo.

Ante la luz cruel de ese día de verano, las maderas de la puerta brillan con fuerza. Seguramente años de esmerada limpieza, de pulir cada tirador, cada engranaje de los goznes, cada vidrio biselado que conformaba ese umbral que invitaba a traspasarlo.

A mis espaldas, puedo percibir la ardiente respiración del enorme camión de mudanzas que ha viajado con nosotros. Pinomar nos da la bienvenida con un día de infierno, donde ni la sombra más refrescante sirve de algo. La llamarada del sol cae a plomo sobre nosotros mientras el oxígeno termina de consumirse secuestrado por una humedad imposible de eludir.

Dejo la maleta en el suelo y me seco el sudor con la mano. La descomunal fachada de la casa de mi padre parece sonreírme, tal como yo imaginaba que hacía cuando era una niña, a causa de las dos ventanas redondas a cada lado de la puerta que le dan a la entrada el aspecto de un rostro. La herrería de estilo español, rasgo característico de la residencia, reluce con intensidad frente a cada cristal. Cuatro enormes columnas van del suelo al techo sosteniendo un armazón de vigas, torreones e incluso un largo balcón que ocupa gran parte del segundo piso, y desde donde yo veía caer el sol sobre la copa de los árboles. Una galería recorre uno de los muros laterales, y en cada uno de sus pilares cuelga una maceta con orquídeas de diferentes colores.

No ha cambiado nada.

Todo sigue igual desde el día en que me fui.

Daniel pasa junto a mí, carga un par de cajas con nuestras pertenencias. Alcanza a guiñarme un ojo para continuar su camino hacia la puerta. Abre de un empujón certero y se pierde al otro lado de la fresca penumbra del recibidor. Yo no me atrevo a moverme. No sé qué voy a encontrar dentro.

Solo tengo capacidad para volver a ver en mi mente, una y otra vez, la desoladora imagen de nuestra casa sin muebles, ni cortinas en las ventanas, ni voces en los cuartos, ni frutas en la cocina. Un esqueleto de suelos relucientes tras la limpieza industrial que Daniel contrató para dejarla en perfectas condiciones.

Tal vez mi marido tenía razón. No podría volver a cruzar la sala de la otra casa, la del atentado, sin recordar en un violento sobresalto la irrupción de aquellos intrusos que me habían cambiado la vida para siempre.

Veo a Daniel circular al otro lado de los ventanales. Parece alegre, contento de estar ahí. Da órdenes, señala el espacio. Está acostumbrado a dominar la situación.

Yo sigo en la calle, de pie junto al camión de la mudanza, la piel brillante de sudor y los zapatos anclados al suelo, incapaces de dar el primer paso. Algunos mozos comienzan a bajar del vehículo las maletas, las cajas que contienen mis libros y los pocos muebles que hemos decidido traer.

—¿Para qué vamos a llevar tantas cosas si la casa de tu padre está intacta? —preguntó Daniel cuando comenzamos con los preparativos de la mudanza.

Y tenía razón.

Odio tomar decisiones. Nunca he sido buena para elegir entre varias opciones. Por algo siempre reacciono a posteriori.

Pero ahora no tengo alternativa: la puerta me llama en silencio y me pide que entre.

Que entre de una vez por todas.

El porche suelta un

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