Kora Sparks 1 - Y el último dragón

Marta Conejo

Fragmento

Prólogo

1. La esperanza que persiste en la adversidad es la más fuerte

Fue el calor que sentí al despertarme lo que me recordó que todo había sido un sueño.

Abrí los ojos empapada en sudor, pero con la boca seca. La luz se filtraba por los agujeros de la cortina y tardé unos instantes en entender lo que significaba: ¡la luz! ¡El sol ya había salido! Me incorporé con rapidez, desoyendo la canción que aún resonaba en mi cabeza.

¡Me había quedado dormida y llegaba tarde al mercado! Nana iba a estar furiosa.

Comencé a vestirme sin dejar que la urgencia me hiciera olvidar ningún complemento. Vivía en las Barriadas, un lugar muy seco donde el sol quemaba la piel y el suelo estaba enfermo. Toda precaución era poca: me puse capas y capas de ropa, los guantes —había que ir con cuidado al tocar cosas— y las gafas de gruesos cristales oscuros para que la arenilla que traía el viento no me cegase. Tropecé al colocarme las botas y apoyé la mano en la pared para no caer. Al hacerlo sentí el tacto áspero del papel arrugándose.

—¡Eh, Kora, cuidado con mis dibujos!

Me separé de un salto y me giré para mirar a la cama superior de la litera. Los ojos azules y curiosos de mi hermano me observaban desde allí con el ceño fruncido. Suspiré y volví a mis botas y a sus cordones, nerviosa por la conversación que, sabía, se avecinaba.

—Es imposible moverse sin tocar tus dibujos, Simón —alegué echando un vistazo a mi alrededor.

Las paredes estaban llenas de hojas de papel de diferentes formas y tamaños repletas de dibujos esbozados con ceniza. Apenas había color en las Barriadas, y tampoco éramos tan ricos como los noblos, así que no podíamos conseguir esas ceras para pintar cuadros. Pero, aunque solo eran siluetas oscuras, Simón tenía un don para el dibujo. Se podían distinguir los animales, algunos de los cuales habíamos visto en el mercado; otros provenían de las historias de Nana, nuestra abuela, como los caballos con una especie de cuerno en la cabeza o los grandes gatos alados…

A Simón le fascinaba dibujar dragones… El recuerdo de unas alas azules revoloteó en mi mente, imposible de atrapar. ¿Qué significaba ese sueño? A veces, las historias de Nana se sentían más reales que la vida en las Barriadas… Me obligué a volver a la realidad. ¡El mercado era lo importante! Debía conseguir lo que necesitábamos para sobrevivir esa semana y dejar de fantasear con aquellas historias para niños pequeños.

—Tenías que haberme despertado —le regañé nerviosa.

Nana estaría muy decepcionada si no conseguía los víveres. Simón rodó para bajar de su cama y se dejó caer en la mía. Sus movimientos levantaron una nube de polvo que me hizo toser.

—¿Puedo ir contigo?

Aunque esperaba su pregunta, el corazón me dio un vuelco al escucharla. No podía hablar en serio. Le miré. Él leyó mi rostro y se cruzó de brazos.

—Nana y tú sois unas aburridas —murmuró haciendo un puchero. No había tiempo para tener de nuevo esa conversación—. Que si el sol quema mucho, que si hay que tener cuidado con la tierra, que si no debo salir de noche… ¡No quiero quedarme en el patio! ¡Es enano y no hay nada interesante!

No me detuve. Mientras salía de la habitación y comprobaba por última vez que lo llevaba todo, Simón me siguió a cada paso con los ojos llenos de esperanza. No quería ser dura con él, pero la realidad fuera de casa era peligrosa y él era tan pequeño que no se daba cuenta.

—Lo hacemos por tu bien —contesté enfadada por su insistencia—. Cuando crezcas un poco más, te coseremos ropa resistente y podrás salir más tiempo.

—Pero…

No le dejé terminar: abrí la puerta, corrí la pesada cortina opaca y le miré de soslayo.

—¡Quédate aquí hasta que vuelva Nana!

Cerré antes de escuchar sus quejas.

Me coloqué el pañuelo tapándome la boca y la nariz, y me preparé para sentir el golpe de aire caliente al doblar la esquina. El paisaje parecía cambiar cada día sin que apenas te dieras cuenta: la gente construía en cualquier lugar libre, pero asegurándose siempre de dejar espacio para deambular entre las callejuelas. Era un laberinto y tenías que conocerlo bien si no querías perderte. Yo sabía moverme por él y llegar a la Zona Alta, donde se encontraban el mercado y la puerta de la Ciudadela, la capital de todo nuestro reino, Eldagria. Incluso si me dejaran en el otro extremo de las Barriadas, estaba segura de que no me perdería.

El sol brillaba con fuerza en el cielo. Cada respiración me quemaba la garganta y el calor aplastaba mis hombros como si llevase la pesada armadura de un guardia. Avancé todo lo rápido que pude y escalé la pequeña pendiente que me separaba de mi destino, aliviada al escuchar los gritos de los mercaderes. En la Zona Alta no vivía nadie, se usaba como mercado o como tribuna desde la que la familia real transmitía sus mensajes a la población. Ah, y también era una de las pocas entradas a la Ciudadela.

Solía detenerme a admirarla: un acantilado separaba las Barriadas de la Ciudadela, la fortaleza en la que vivía la familia real; estaba tan elevada que te dolía el cuello al mirar. La escalinata que llevaba a ella era de un color blanco brillante y estaba custodiada a ambos lados por guardias que vestían el azul real. El contraste con mi mundo era tan doloroso como un mordisco: allí todo estaba impecable, había vidrieras de cristal e incluso alguna que otra enredadera, mientras que, abajo, el polvo y el calor lo consumían todo. Nunca podría entrar en la Ciudadela: era solo una poblo y aquel lugar estaba reservado para la familia real y los noblos, sus ayudantes.

Quise imaginarme sus casas, llenas de colores. A veces ellos descendían desde la Ciudadela, resplandecientes con sus ropas sin remiendos. No envidiaba sus lujos, pero sí la tranquilidad de vivir en un lugar como aquel, lejos de las Tierras Baldías por las que las Barriadas también se extendían sirviendo de barrera.

¡Kora!, el mercado. Los víveres. No podía perder más tiempo. ¿Cómo me había podido dormir hoy?

Seguí mi ruta habitual. Primero visité a Jesse, un granjero que vendía de todo. Sentí alivio cuando conseguí una pequeña bolsa de frutas y verduras, aunque no dejé que la emoción me nublara el juicio y revisé cada una de ellas: no tenían manchas negras y brillantes…

—Las recolecto aquí, en las Barriadas —me recordó Jesse. Apenas quedaban frutas en la caja—. Yo mismo las como, así que preocúpate el día que no aparezca…

La muerte y las enfermedades eran comunes, pero a mí me aterraban, y tanto mi abuela como las historias que escuchaba en las calles me hacían desconfiar y tomar mil medidas. Saqué del bolsillo una piedra pequeña, del tamaño de mi uña, y la pasé sobre la piel de la fruta, con los guantes puestos. La superficie de la piedra era de un color rojo apagado, apenas distinguible. Si aquellas frutas tuvieran enfermedades, el amuleto se cambiaría a un rojo intenso, como la sangre. Contuve el aliento mientras lo pasaba por todas las piezas, pero la piedra mantuvo su color. Sonreí por debajo de la tela y agarré la bolsa con fuerza.

—¿Cuánto te debo? —pregunté sin sacar las pocas monedas que tenía.

Jesse meneó la cabeza.

—Tu abuela Sara me dio unos ungüentos para la herida de la pierna. Considéralo pagado, pero no se lo digas, que ya sabes cómo se pone...

Sonreí. Nana era seca y pocos vecinos se atrevían a acercarse; pero, cuando alguien estaba herido o enfermo, siempre me mandaba llevarles una cura. Parecía saberlo todo de todo el mundo. Me fui de allí y seguí mi paseo en busca de especias y hierbas. Tenía la lista en la cabeza, ya que Nana me estaba enseñando las hierbas medicinales y sus usos. Conseguí todo menos la corteza de acacia, que ya se había agotado.

Me dirigí a casa sin entretenerme. Ya notaba el picor doloroso del calor y el polvo en la piel. Nunca me quedaba dormida y tenía que hacerlo el día de mercado…

—Pst, pst.

Me tensé al escuchar aquella llamada y busqué de dónde venía. Un hombre larguirucho estaba apoyado en una pared, a pocos pasos de mí. Miré a mi alrededor por instinto, recordando al dedillo a dónde llevaba cada camino en caso de que necesitara escapar. El hombre se acercó y distinguí el color anaranjado de su piel; entonces mis piernas flaquearon y una oleada de miedo recorrió mi espalda: era un baldo, un habitante de las Tierras Baldías.

Una muralla de piedra y troncos separaba las Barriadas de aquel lugar árido y enfermo en el que nadie se adentraba por gusto. Los baldos sí cruzaban, lejos de la vista de los guardias. Eran los únicos que se atrevían a vivir en esas condiciones. Sabía que no debía hablar con ellos, era peligroso, y, si alguien me veía, las cosas podían ponerse feas.

En su mano llevaba una especie de cofre tan pequeño que le cabía en la palma.

—He visto que has comprado hierbas medicinales… Vendo huesos de dragón. Si los mueles, puedes usarlos en cualquier ungüento y poción, para las peores enfermedades…

El hombre también miraba a su alrededor, consciente de lo peligroso que era lo que me ofrecía. Los dragones no existían, por muchas leyendas que Nana contara y Simón creyera. Mi familia no era la única que contaba esas historias, mucha gente parloteaba del poder inmenso de los dragones y otros seres majestuosos, ¡pero todos sabían que eran solo cuentos! Por eso la Ciudadela consideraba ilegal vender cualquier cosa relacionada con los dragones o metales que, según algunos, evitaban las enfermedades. Eran un timo para los más débiles.

—Aléjate —advertí sin mucha seguridad.

El baldo no me hizo caso. Encogió los hombros y extendió la mano con la pequeña caja hasta conseguir colarla en mi bolsa de la compra. Di un respingo, aterrada ante la idea de que me tocase y me contagiase alguna enfermedad de las Tierras Baldías, las mismas que pululaban por las calles. Tropecé al alejarme: si la guardia me veía con un baldo, me metería en problemas. El hombre parecía tener las mismas preocupaciones porque se colocó la capucha para cubrir su rostro.

—Es una pequeña muestra —susurró rascándose el pelo rubio ahora cubierto—. Si te interesa, suelo estar aquí cuando hay mercado…

Se dio la vuelta y desapareció como una sombra, sin hacer ruido. Tuve que respirar hondo un par de veces antes de mirar a las callejuelas. Comprobé que llevaba puestos los guantes, las botas bien atadas y el pañuelo tapando la boca y la nariz.

Solo entonces me atreví a buscar en el interior de mi cesto: por suerte, la fruta y las hierbas estaban guardadas en su propia bolsa y no habían tenido contacto con el cofre. Cogí con dos dedos la cajita y recordé la canción de mi sueño, el dragón sobre el que iba montada, su fuerza… ¡No! No podía caer en esa charlatanería. Tiré la cajita en un rincón: era la única prueba de mi contacto con el baldo. ¿Acaso las historias de Nana también habían entrado en mi cabeza? No debía permitirlo.

Tenía que ser cauta, como Nana me había enseñado. Temer las enfermedades, porque la mayoría eran incurables, como las que se habían llevado a nuestros padres cuando éramos pequeños. Solo con imaginar que algún miembro de mi pequeña familia pudiera contagiarse… No quería pensar en qué haría Simón si yo faltaba. O en qué haría yo si me quedara sola.

Corrí a casa. Siempre que pensaba en las enfermedades tenía la necesidad de confirmar que tanto Nana como Simón estaban sanos y salvos. Al torcer la ú

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