Bajo el radar (Sentinels Global 1)

Anne R. Aband

Fragmento

Capítulo 1. Misión: Edward Thornton

Capítulo 1

Misión: Edward Thornton

Objetivo: Edward Thornton

Datos físicos: edad, 29; altura, 1,86; cabello castaño claro; ojos azules; complexión atlética

Datos laborales: abogado, director general y encargado del departamento legal en la empresa de su padre, lord Richard Thornton

Datos sentimentales: se le relaciona con lady Anne Vaughan

Residencia: Mansión Thornton a las afueras de Londres.

Misión: proteger al objetivo hasta el próximo mes. Amenazas en la familia.

—Buenos días, señorita Brooks —le dijo a Charlie la directora de la agencia, Elisa Moreau.

—Buenos días, directora. No esperaba que me llamara tan pronto.

—Cierto. Acabas de venir de tu anterior trabajo. Llevas libre solo dos semanas, pero mis otros agentes británicos están en otras misiones.

—O sea, que soy su última baza —dijo Charlie, incómoda en un asiento. Sus estilizadas piernas enfundadas en un traje de chaqueta se cruzaron delante de la mesa de Sentinels Global, agencia que, debido a su pasado, había sido su oportunidad para, según dijo su exjefe, aprovechar sus talentos ya que no podían expulsarla definitivamente.

—Algo así, pero confío en ti. Tienes amplia experiencia en combate, y me han pedido a alguien que no dude si tiene que apretar un gatillo.

—Bien, entonces. ¿Quién es el pavo? —Elise apretó los labios. Ya sabía que tenía problemas de obediencia, pero no que fuera tan… informal, para ser inglesa. Pero claro, se había criado en Brooklyn.

—Necesito que te comportes. Son personas muy importantes y debes pasar desapercibida, aunque con tu altura no será fácil, hazte invisible.

—No lo dude: sé hacerme invisible, directora —contestó ella de mal humor.

—Toma el dossier —dijo entregándole la carpeta con toda la documentación—, estudia al señor Thornton, sus hábitos y horarios. Vas a estar pegada a su espalda cada día. Como solo es un mes, quiero que estés día y noche.

—¿Por qué un mes? ¿Qué es lo que no cuenta en el informe?

—Yo no he dicho esto, pero hay otras fuerzas internas que posiblemente acaben en esa fecha, más o menos.

—Si no me dice de quién tengo que protegerle, de poco servirá que vaya —dijo Charlie frunciendo el ceño.

—Está bien. Terroristas, guerra fría. Es lo único que te puedo decir, aunque no te lo he dicho. Te vas ya.

—Claro, directora. Una pregunta, ¿él sabe algo de esto? No todos los días asignan a una ex operaciones especiales a un civil.

—No lo sabe todo. Su madre, que es amiga mía, me ha avisado. Más te vale que todo salga bien, Charlie; si es importante para mí, para ti, debe de ser crucial. ¿Comprendido?

—Sí, directora.

Charlie se despidió de ella y salió de la pequeña oficina en Bruselas, que parecía un despacho aburrido y sencillo, pero era pura fachada. Cuando fue apartada del servicio por todo lo que pasó, se volvió loca, pero alguien la recomendó para Sentinels y aunque al principio pensó que no encajaría, estaba deseando que le asignasen algo importante. De momento solo había hecho de chica de los recados, sí, en países peligrosos, pero nada del otro mundo.

Claro que ser la guardaespaldas de un tipo inglés, probablemente un gilipollas, no le hacía ni puta gracia. Al menos, la directora le estaba confiando un servicio algo más largo, lo que supondría más dinero. Y… lo necesitaba.

Fue a la habitación del hostal, se puso uno de los trajes que la directora le obligó a comprarse, recogió sus cosas y tras usar el billete de avión que estaba en el dossier, embarcó hacia Londres. Le gustaba la ciudad, a pesar de que su mitad paterna procediera de allí. Apretó los puños con rabia. No tenía putas ganas de ver a su padre. Por suerte, andaba por otros lugares. Bajó del avión y recogió su escaso equipaje.

Un coche alquilado a su nombre la esperaba y se alegró. Estaba casi en bancarrota, los últimos gastos importantes fueron para los trajes, incluso había tenido que vender su coche. A sus treinta y dos y después de una enorme hoja de servicios, no tenía nada. Cierto, en parte había sido por malas decisiones, de eso no culpaba a nadie excepto a ella misma. Este trabajo no era importante solo porque la directora se lo había dicho, sino porque lo necesitaba de verdad.

Ser un activo en desgracia le estaba costando la vida. Y no solo la suya. Revisó el móvil y le envió un mensaje cortito a su hermana, para decirle que estaría fuera de cobertura un mes y que le enviaría algún mensaje de vez en cuando, pero sin fechas. Ella le contestó con un corto mensaje de ánimo. Seguramente estaría liada en el hospital. Le gustaba saber que alguien, en caso de que le pasara algo, lamentaría su pérdida.

Esta vez debía ser lista, no meter la pata ni cabrear a nadie más.

Paró en un semáforo y se miró al espejo. Su traje oscuro, añadido a no llevar una pizca de maquillaje y lucir una coleta tensa, la hacía parecer una agente, una guardaespaldas profesional y es lo que esperaba.

Pronto y tras mirar el teléfono para encontrar el lugar, llegó a la calle donde se situaba el despacho del hombre. Tenía que presentarse ahí, según le había indicado la directora. Dejó el coche con sus cosas en un aparcamiento y ajustó su arma bajo la chaqueta.

Hacía años que no iba a Londres. Desde que su madre se divorció y se fueron a Estados Unidos, no había vuelto. En ese momento le parecía una ciudad pequeña, comparada con Nueva York, pero tenía el encanto de los recuerdos amables de su infancia.

Su padre, un militar inglés y su madre, médico estadounidense se conocieron cuando él estaba haciendo lo que fuera en su ciudad, se enamoraron y cuando se casaron, vivieron allí tres años. Luego llegó ella y su hermana pequeña. Tenía unos dieciocho años cuando todo ocurrió.

Sin querer recordar nada más, se metió en las puertas giratorias del edificio. Llegó a la recepción y un tipo la miró curioso.

—Vengo a ver a Edward Thorton, tengo una cita a las nueve.

Él levantó una ceja. Sí, pasaban diez minutos de la hora, pero el tráfico era imposible y ella no vivía en Londres. Ni siquiera en Inglaterra.

—¿Su nombre por favor?

—Charlie Brooks.

Miró en la lista y asintió.

—Ascensor tres, planta once.

—¿Despacho?

—Toda la planta y cuatro más pertenecen a la compañía de lord Thorton, pero el señor Edward se encuentra en la planta once.

—Vale, tío —dijo para molestar. Y sí, se lo merecía.

Subió al ascensor, mirando la seguridad. Nadie la había cacheado, mirado y tampoco había pasado por un arco para ver si llevaba armas. Podría ser una terrorista y subiría tan tranquila hasta la planta que quisiera.

Llegó a la once y salió del ascensor. Se escuchaba el típico ambiente de oficina, conversaciones, gente con papeles, dosieres, cafés, estrés. Ella no podría trabajar así.

Una joven se acercó y miró el ascensor, con los puños apretados, nerviosa. El ascensor se abrió, pero solo bajó alguien que la saludó. Charlie se quedó mirando alrededor sin saber dónde ir y decidió preguntarle a la muchacha.

—Buenos días, ¿el despacho del señor Edward Thorton?

Ella dio un respingo.

—¿No será usted Charlie Brooks?

—La misma.

—Pero… esperábamos a un hombre. Charlie…

—Ya, pues que yo sepa, no lo soy.

—Esto no es lo que pidió el señor Thorton.

—Pues es lo que tiene. ¿Me acompañas o tengo que encontrarlo yo sola?

Ella asintió, seria y comenzó a caminar por un pasillo enmoquetado, como si flotara. Era una mujer menuda y joven. Llamó a una puerta, se asomó y la hizo pasar.

Cuando entró, una gran oficina con amplias cristaleras la deslumbró. Nunca había estado en un lugar de trabajo tan lujoso, lleno de plantas, cuadros, una gran mesa central y un tío alto -ya sabía que lo era-, hablando por teléfono pegado a la ventana, con una americana impecable que, tenía que reconocerlo, le hacía unas buenas espaldas, supuso que de gimnasio.

—Espere aquí —dijo la muchacha y se fue deprisa. Ella se quedó de pie sin problemas, estaba muy acostumbrada a ello. Horas y días de vigilancia en condiciones adversas. Esto solo sería un paseo.

Por fin, el tipo acabó de hablar, metió el móvil en su bolsillo y se giró. Ella se quedó sorprendida por sus facciones regulares y esa pequeña barba recortada al milímetro. Pero lo más llamativo eran sus ojos azules.

—Buenos días. ¿Quién es usted?

—Charlie Brooks, de Sentinels Global. Ustedes solicitaron nuestro servicio.

—Ya y no quiero ser maleducado, pero especifiqué un hombre. Si tengo que llevar guardaespaldas, no quiero…

—¿No quiere qué, señor Thorton? ¿Duda de mi profesionalidad?

—No, señorita Brooks, pero… —Se quedó pensativo y acabó asintiendo—, en fin, da igual, será solo un mes.

Llamó por el teléfono para que entrara la muchacha bajita.

—Beth, trae el contrato de confidencialidad para que lo firme la señorita Brooks.

—Charlie. Es más fácil y corto, señor Thornton.

—Sí, señor, lo traigo en seguida.

Elisa le había explicado que el abogado trataba temas sensibles y que, aunque en la agencia ya se comprometían a esa confidencialidad, él le haría firmar un contrato.

Firmó todo y se quedó de pie, esperando. Él frunció el ceño.

—No me gusta la idea, nunca quise tener un guardaespaldas, pero quiero que mi madre esté tranquila.

—¿Podría ver las amenazas que ha recibido?

—No las tengo yo. Más tarde, cuando volvamos a la casa, las sacaremos de la caja fuerte. Este es mi horario de hoy. Según tengo entendido, hemos quedado con Sentinels que se alojaría en mi casa, ya le han preparado una habitación individual.

—De acuerdo.

—Sigo… trabajando.

Ella se apartó a un lado y revisó el horario semanal. Reuniones, comida, gimnasio, oficina y un par de viajes cortos, juzgado. Algo muy anodino. ¿En qué andaría metido este tipo tan inglés? No parecía ser peligroso o tener algo especial, además de que sí, era atractivo.

Llamaron a la puerta y Charlie se puso tensa, pero solo entró la muchacha, Beth.

—Lady Anne ha pasado a saludarle.

—Que pase.

Una mujer preciosa, rubia y sin un cabello desorganizado, entró en el despacho sonriendo, pero se quedó parada al verla. Miró a Edward y este se encogió de hombros.

—Charlie, mi guardaespaldas, ya sabes cómo es mi madre.

Ella frunció el ceño y se acercó a Edward, para darle un suave beso en los labios. Vale, esta era la novia. Sí, le pegaba. Muy elegante con su traje de chaqueta y falda color claro, sus joyitas y sus tacones.

—Pensé que te iban a poner a un hombre.

—Y yo. Creo que hoy no podré comer contigo, tengo una reunión urgente.

—Oh, cuánto lo siento —dijo ella poniendo un rostro triste. Charlie desvió la vista—, puedes venir esta noche a casa, aunque… ella se queda fuera.

—Ya te avisaré, Anne. A última hora tengo que preparar el juicio.

—Está bien —dijo ella contrariada—. Hablamos.

Le dio un beso del que casi ni se debió enterar y salió por la puerta, contoneando el trasero ligeramente. Charlie desvió la vista con media sonrisa.

—¿Qué le pasa, Charlie? ¿Se puede saber qué le hace gracia?

—Nada, señor Thorton. Solo sonreía. Yo no suelo reírme y menos de nadie. Lo siento, hace tiempo que no veía a una mujer tan inglesa.

Él se sorprendió, pero asintió.

—Cierto, ella es una rosa de Inglaterra. Su acento es… ¿americano?

—Viví en Londres bastante tiempo, pero luego me fui a Nueva York.

—Bien.

Se metió en su ordenador, tecleando con rapidez, haciendo llamadas. Pensaba que el tipo iba a ser algo menos efectivo, pero pudo comprobar que no tenía nada de tonto.

—Tengo una reunión en diez minutos, tal vez quiera descansar y tomar un café, Charlie. Enfrente hay una sala de empleados. Yo voy a pasarme por allí.

—Sí, gracias. Usaré el lavabo. Debería tutearme, es más práctico.

—Y tú a mí. Puedes usar el mío —dijo señalando una puerta. Ella dudó, pero necesitaba ir al servicio. Cuando acabó, a los tres minutos, el tipo no estaba.

—Maldita sea —dijo enfadada.

Salió de la oficina y se encaró a Beth.

—¿Dónde ha ido?

—A la sala de descanso, segunda puerta a la derecha. Dijo que se lo indicara.

Ella, furiosa, se acercó a la sala. El tipo estaba preparándose un café, sin la americana, tan tranquilo.

—¡Señor Thorton! No puede marcharse de ningún lugar sin mí. Solo he tardado tres minutos.

—Tranquila, estaba al lado y en mi oficina no entra nadie extraño.

—¿Ah, no? —dijo ella sacando su arma de la cintura—. Podría matarlo y nadie se enteraría. No tienen ningún tipo de control de armas. ¿Y si en realidad no fuera Charlie Brooks?

—Ah, bueno. Recoge el arma, vas a asustar a mi personal —dijo mirando hacia la puerta. Charlie juró en voz baja. Dos chicas miraban aterradas su pistola—. Pasad, solo me estaba mostrando su arma. Ellas son compañeras abogadas.

—No, señor Thorton, mejor volvemos luego —dijeron y se escabulleron. Él suspiró.

—¿Así va a ser todo el tiempo, C

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