Bruma
Cuando Gonzalo salió del entrenamiento, pensaba en la última jugada. Miraba al suelo y trataba de poner un pie justo detrás del otro, creando una línea invisible, que en su mente se asemejaba a un rastro recto de babosa. Tuvo que detenerse en seco cuando la estridencia de un claxon le sacudió cada músculo del cuerpo, sacándole de sus cavilaciones. Cruzó el paso de cebra y volvió a la idea central, que se deshizo rápidamente en múltiples variaciones. Tenía claro que esa estrategia de penalti córner se podía resolver de manera más inteligente con un simple retoque. Siguió caminando y se detuvo un instante para recoger un trozo de metal del suelo. Una arandela vieja. Le pareció haber visto otra cosa, no sabía muy bien qué. Se deshizo de ella por encima de una verja. Fue perdiendo de nuevo la conciencia del entorno que le rodeaba, como solía sucederle cuando caminaba durante un rato, y se dirigió hacia el polígono de La Paz. Su padre le había dicho en varias ocasiones que tratara de evitar ese barrio. No es que fuera tan peligroso como en épocas anteriores, pero continuaba siendo un lugar frecuentado por drogadictos y gorrillas, poco recomendable para que un chico anduviera solo. De vez en cuando aún aparecían en la televisión planos fijos de aquellos portales acompañando las voces sensacionalistas de los reporteros que narraban sucesos relacionados con la inseguridad. Casi anochecía. Gonzalo anduvo frente a los bloques de viviendas, por aceras resquebrajadas y llenas de basura, cruzándose con personas a las que miró, pero no vio. Es una zona por cuya avenida principal los yonquis revolotean a menudo tratando de abordar a algún despistado al que le repiqueteen las monedas en el bolsillo, pero en realidad supone poco riesgo más, pensaba, de fondo, como quien tiene una aplicación en segundo plano. «Nada que no pueda solventarse con una buena huida a la carrera o incluso con un golpe del stick». Su mente continuaba dando vueltas a la táctica. En el último partido habían tenido ocasión de empatar con un penalti córner y habían desperdiciado la oportunidad. Él había visto el fallo desde la portería. Y cuando veía un fallo, automáticamente su cerebro buscaba soluciones. Alcanzó una de las calles secundarias que desembocaban en la avenida principal, ensimismado en sus pasos, en el ritmo constante de sus zapatillas golpeando contra el suelo. El atajo le permitiría llegar antes a la parada de autobús. Gonzalo entró en una tienda de alimentación. Compró una lata de refresco. Pagó, la abrió allí mismo y bebió varios tragos delante del dependiente asiático hasta casi vaciarla. El líquido frío deslizándose por la garganta. Se dejó un último trago para después. Siguió su camino cuando algo le llamó la atención. Alzó la vista. Era la iluminación. La tarde se deshacía y las pocas bombillas operativas de la zona parpadearon hasta ofrecer una especie de niebla amarillenta. La luz sorprendió a algunos yonquis, que se movieron descoordinados entre murmullos de protesta en busca de un nuevo escondite. La oscuridad oculta mejor la vergüenza. Gonzalo se paró junto al gran contenedor amarillo, para dar el último trago largo y reciclar la lata. Un coche se detuvo al otro lado. No se percató. Unos pasos cerca. Una especie de susurro corto y nervioso bajo el claroscuro de dos farolas averiadas. No le dio tiempo a girarse. El pinchazo en el hombro llegó rápido y, después, una sensación de ardor. Le pusieron un trapo en la boca y un cuerpo fuerte le empujó, por el hueco abierto entre dos contenedores, hasta el interior del vehículo. El calor se extendió rápidamente del hombro al omoplato y le recorrió la espalda hasta robarle la consciencia. Sus fuerzas se disolvieron como un grito se desvanece en el aire. Al cerrarse la puerta, vio unos ojos vacíos en un portal. Unos ojos que observaban sin ver, como mirando desde otro mundo. Desde ese mundo donde todo es bruma.
1
Leyes en piedra
Día 1
El subinspector Gustavo Suances avanzaba lentamente entre el tráfico. A veces pasaba hasta un minuto detenido. Estiró las piernas todo lo que pudo, intentando dar elasticidad a su entumecida espalda. Había pasado una noche terrible. Hacía dos meses del pinzamiento lumbar que lo había mantenido de baja durante una semana, pero pese a las sesiones de fisioterapia y al reposo relativo, la sensación de hormigueo no le dejaba en paz. Con frecuencia, un dolor intenso le atacaba en mitad de la noche y ya no volvía a conciliar el sueño. En la oscuridad de la madrugada los pensamientos se disparan como balas, y su situación personal era un cargador interminable. Desvió la mirada hacia el carril de al lado y vio a un tipo expulsando el humo de un cigarro, con el codo apoyado sobre la ventanilla bajada. Llevaba una camisa de flores, el pelo sucio y unas gafas de sol redondas. Tuvo que reprimir el primer impulso de bajar la suya y pedirle que le lanzara uno. Le diría «perdona, tío, me he dejado el tabaco en casa y estoy que me fumo vivo, ¿me pasas uno?», y casi seguro que el otro empatizaría con él y se lo daría a través de los huecos, divertido, porque entre colegas de vicio hay situaciones que solo se entienden si se han sufrido en las propias carnes. Pero no tuvo tiempo de volver a planteárselo, porque el coche del hippy le adelantó y avanzó y avanzó, como por arte de magia, unos doscientos metros. Pensó que era mejor que la tentación se hubiera esfumado, aunque seguramente no habría caído, porque hacía casi cuatro meses que había dejado de fumar y estaba convencido de que esta sería la definitiva. El neumólogo había sido claro: «Si sigues por este camino, vas a tener una vejez de mierda». Al recordar la conversación respiró hondo y, antes de hinchar los pulmones del todo, estalló en un ataque de tos tan intenso que agradeció que el coche estuviera detenido.
Casi media hora después llegó a la comisaría. El ambiente estaba bastante más animado de lo habitual. No es que fuera un avispero, pero sí había cierto movimiento en las oficinas. Desde que la nueva inspectora jefa había aterrizado, la cosa se había ido poniendo cada día más seria. Algunos compañeros le saludaron. El olor a café de cápsula le atrajo, pero llegaba tarde a la cita con su superior y no quería retrasarse más. Llamó con los nudillos y abrió la puerta sin esperar una respuesta. La luz de la mañana se colaba a través de las cortinas desgastadas. Águeda de Bustos estaba sentada en mitad de la gran mesa de madera y le dirigió una mirada penetrante, como la de un ave rapaz, a la que Suances aún no se había acostumbrado. Frente a ella, encontró a Cristian Romero, el otro subinspector de la comisaría. Era un armario de dos puertas, tan ancho que parecía que unos jíbaros le hubieran reducido la cabeza rapada antes de colocarla sobre aquellos musculosos hombros. La relación entre ambos no era la mejor, menos aún desde que el puesto de inspector había quedado libre unos meses atrás y ambos aspiraban a ocuparlo. Romero ojeaba el informe que tenía ante él, con las cejas fruncidas; lo que a Suances le parecía un aire de superioridad intelectual. Si bien su fama de ser un meticuloso analista había quedado justificada en múltiples ocasiones, transmitía una arrogancia que había generado fricciones con algunos compañeros, en especial con Suances. Ambos habían trabajado juntos años atrás en una investigación, y Romero había acusado a su compañero de ser poco riguroso a la hora de manipular ciertas pruebas. En la comisaría, las opiniones eran controvertidas y no había un posicionamiento general claro a favor de uno u otro.
—Suances, llegas tarde —empezó a hablar la inspectora jefa. Su voz grave resonó en la estancia.
—He pillado tráfico, inspectora jefa. —Al abrir la boca, sintió un pinchazo sobre la rabadilla.
—Cuando hay una reunión con más compañeros, hay que salir con antelación y adelantarse a los contratiempos. La puntualidad es una cuestión de respeto —dijo De Bustos.
—Sí, inspectora jefa. Lo tendré en cuenta.
Romero soltó un bufido y, de inmediato, señaló con el dedo una línea del texto de su informe.
—¿Algo que decir, Romero? —preguntó la superior.
—No, inspectora jefa. Es por una cosa que he leído en el informe.
—Llamadme solo jefa, que se me hace muy largo.
Suances tomó asiento y se relamió, sonriendo con ironía entre dientes.
—Bueno, tenemos un caso serio aquí. Se trata de una desaparición. He pensado que debes llevarlo tú.
Suances levantó una ceja sorprendido.
—¿Yo? ¿Por algo en especial?
—Porque Romero está enredado con el caso del piso franco que tenemos en seguimiento, y he visto en tu historial que llevaste un secuestro cuando estabas destinado en Huesca.
—¿Secuestro? Había entendido desaparición.
—Ya, pero los pocos indicios que tenemos nos hacen pensar en un secuestro. Y eres el único que tiene experiencia en la materia, y demostraste tu valía. Tu superior dejó de manifiesto, literalmente, tu «buen instinto y extraordinaria capacidad para seguir pistas».
—Me honra lo que dice, inspectora —apuntó Suances.
—Con todo el respeto, jefa —intervino Romero—, el oficial Carrizo también participó en otro caso de secuestro y he trabajado con él en varias ocasiones. El asunto del tráfico de drogas está bastante encarrilado, creo que podría hacer un buen equipo con él si…
De Bustos levantó una mano y se hizo el silencio de inmediato.
—No pongo en duda que puedas ser útil, Romero. Pero esto no es la asamblea de una comunidad de vecinos. —Dirigiéndose a Suances, siguió—: Necesito que te concentres en este nuevo caso. La vida de un menor está en juego.
—¿Un menor?
—Sí, tiene once años. Aunque es bastante peculiar.
—¿Qué quiere decir con eso?
—Bueno, al parecer es un niño con un coeficiente intelectual muy por encima de la media —dijo la inspectora jefa, deslizando una carpeta con el dosier hacia Suances—, no tenemos prácticamente pistas ni información sobre el caso.
Suances abrió la carpeta y miró la foto del chico. Gonzalo Quintero Sierra. El pelo le caía cruzándole la frente, los ojos grandes y negros miraban a la cámara con desdén y los labios apretados indicaban que no estaba muy conforme con que le fotografiaran. Imaginó al fotógrafo pidiéndole una sonrisa, en vano. Mientras ojeaba la poca información, De Bustos le iba exponiendo el contenido de los folios. De pronto, alguien llamó a la puerta.
—Adelante —dijo.
Una mujer asomó la cabeza.
—Hola, inspectora jefa —dijo la recién llegada.
—Inspectora Alarcón, estos son los subinspectores Suances y Romero. Al parecer se llevan a matar, nada nuevo bajo el sol… Como sabe, el puesto de inspector está libre en esta comisaría.
Ambos saludaron a la policía, de la que ya habían oído hablar con anterioridad.
—La inspectora Alarcón pertenece a la Unidad de Homicidios y Secuestros de Valencia —siguió De Bustos—, y ha venido específicamente para ayudarnos en este caso.
—Espero poder aportar algo de luz —dijo la mujer, ofreciendo una sonrisa conciliadora ante la tensión que flotaba en el aire.
—Suances será quien la acompañe en este caso, inspectora —prosiguió De Bustos—, por lo que…
—Jefa —intervino Romero—, con permiso, ¿puedo saber qué hago aquí si no voy a formar parte de la investigación?
—Romero, una comisaría es un ser vivo, en el que los agentes actúan como células. Cada una tiene su función, pero la prioridad es apoyar al conjunto. La solidaridad y el compañerismo deben primar. Así se funciona bajo mi mando. Todas las células ayudan al organismo, a menos que sean cancerígenas. —De Bustos resaltó la última palabra y volvió a suavizar el tono—. Nunca se sabe cuándo un compañero va a necesitar la ayuda de otro. Ustedes son los dos subinspectores de esta comisaría y es fundamental que participen en esta reunión con pleno interés, sin importar a quién se le ha asignado el caso. ¿Queda claro?
—Absolutamente, señora.
Romero dirigió una mirada a Suances buscando algún gesto de burla en su rostro, pero no lo encontró.
—Por favor, inspectora Alarcón, ¿puede recordarnos la información que tenemos hasta el momento?
—Por supuesto —respondió Alarcón.
Sus gestos rezumaban seguridad y profesionalidad. Sin duda, el entorno de trabajo en el que solía moverse no guardaba relación alguna con el ritmo relajado al que estaban acostumbrados en Murcia. Suances percibió de inmediato que este caso supondría un punto de inflexión en la forma de trabajar de la comisaría. Las cosas iban a cambiar.
La inspectora abrió una carpeta llena de documentos. Aunque en la primera página también aparecía la fotografía del chico, a Suances le sorprendió que el número de anotaciones en los folios fuera visiblemente superior. La mujer les dirigió una mirada penetrante y comenzó a hablar.
—Tenemos un caso de secuestro. Se registró como desaparición, pero contamos con suficientes pruebas para pensar que se trata de un rapto. La víctima es un menor de once años. Su madre denunció su desaparición anoche.
Suances comenzó a tomar notas mientras Romero se dedicaba únicamente a estudiar la fotografía de Gonzalo.
—Según la madre —continuó Alarcón—, el chico volvía de entrenar al hockey caminando desde el club deportivo hasta una parada de autobús cercana al último rastro que tenemos de él…
A la inspectora la interrumpieron unos golpes en la puerta. Un agente se asomó y dijo:
—Jefa, tenemos nueva información sobre el piso franco.
Al instante, De Bustos hizo un gesto con la cabeza a Romero, que se levantó de su silla.
—Gracias, jefa.
—En cuanto tengamos el informe completo, te pasaremos una copia, por si necesitamos tu ayuda.
—De acuerdo, jefa. Encantado, inspectora.
Las dos mujeres se despidieron de él, pero Suances y Romero apenas intercambiaron una breve mirada.
Cuando la puerta se cerró, Suances continuó centrado en el caso, como si no hubiera sucedido nada.
—¿Caminando solo? Parece muy joven… ¿No les preocupaba a sus padres que pudiera ocurrirle algo?
Al soltar la última palabra y volver a inspirar sintió un leve ahogo. Supo de inmediato que le venía un ataque de tos salvaje, como una locomotora que llegara a través de un túnel. Se levantó de la silla y se giró de espaldas a la mesa, orientándose hacia una esquina. Sacó el paquete de pañuelos de papel y tosió con violencia sobre uno de ellos. Las dos mujeres se observaban con los ojos muy abiertos. Pasaron unos cuarenta segundos y Suances se sentó de nuevo a la mesa, con el rostro enrojecido.
—Esa tos hay que hacérsela ver, Suances…
—Sí, jefa, estoy en ello.
—Bueno, sigamos —dijo De Bustos, mirando el informe—: la madre dice que el chico a veces volvía del entrenamiento solo… Según dio a entender, tiene una inteligencia superior a lo habitual y siempre ha sido bastante autosuficiente. Los padres están divorciados.
Al escuchar la palabra «divorcio», Suances sintió que el corazón se le aceleraba. Tuvo que respirar profundo para calmar la taquicardia incipiente, aun a riesgo de volver a sufrir otro ataque de tos, que, por fortuna, no se produjo.
—De todos modos —dijo Alarcón—, ir caminando de noche por ahí… Los padres pueden tener cierta responsabilidad.
—El padre está de viaje de trabajo en Alemania. Aún tardará unos días en llegar, porque
