Prólogo
La luz de la hoguera distorsiona a la multitud. Un grito ahogado colectivo permanece en el aire.
Ella siente sus propios latidos por todas partes.
Al principio no comprende qué es lo que quiere su cuerpo, qué es lo que ha podido incitar un deseo como nunca había imaginado. Pero, al echar un vistazo a su alrededor, ve la mirada fija de él; está absorto.
Sus ojos son un espejo de lo que ella misma siente.
Él da un paso al frente y ladea la cabeza. Unos brazos lo agarran, tratando de detenerlo. Se los sacude como si fueran ceniza.
Sin pensarlo, ella se abre paso entre la gente, luchando contra la llamada de ese olor metálico que parece consumir el aire. Sangre. Aprieta la mandíbula para mitigar la creciente presión en los dientes y se pone justo delante de él, bloqueándole la línea de visión. Él sigue mirando más allá e intenta hacerla a un lado. Ella no se mueve. Entonces lo coge del brazo y se acerca para susurrarle algo al oído.
—Sé lo que sientes. Yo siento lo mismo.
Se echa hacia atrás y sus ojos escrutan los de ella.
Es evidente que está asustado.
—No deberíamos estar aquí, sintiéndonos así. Tenemos que irnos —dice ella con más ímpetu, tendiéndole una mano—. Ya.
Él mira su mano y la coge. Ella tira de él y ambos corren hacia la oscuridad.
PRIMERA PARTE

1
Los árboles
Dusty siente una cálida luz solar en la cara. El trino de los pájaros repiquetea contra su ventana y la cambiante luz susurra que es su época favorita del año. Principios de verano.
Durante un segundo, algo ligeramente parecido al optimismo recorre su cuerpo aletargado.
Su brazo huye del calor de las mantas y alcanza el frío teléfono que reposa sobre la mesilla de noche. Entrecierra los ojos y ve que ha llegado a tiempo. Las cinco y cincuenta y ocho. Dos minutos antes de que se active la alarma. Desliza para apagarlo, agradecida de evitar los estridentes pitidos.
Mientras se incorpora, se frota los ojos. La gigantesca haya que se alza junto a su ventana está cubierta de hojas verdes y sus sombras doradas bailan en el hueco que ha dejado en la cama.
Más allá del árbol, Dusty alcanza a ver la empinada ladera de la White Mountain en dirección sur, pasado un lago azul centelleante, hasta la base del valle por el que discurre el Black River. Más lejos, oculto tras los árboles, se encuentra su pueblo natal, que debe su nombre al río, además de las montañas Adirondack, que se erigen imponentes por todas partes.
Sobre el edredón hay un cuaderno Moleskine negro de tapa blanda. A su lado, un libro abierto boca abajo. Debe de haberse quedado dormida leyéndolo ya bien entrada la noche, perdida en un mundo de hechizos, dragones y romances. Seguramente su padre le apagó la luz en algún momento, como hace siempre.
La tentación de quedarse leyendo en la cama es casi abrumadora: segura en la casa que la cobija y con la cabeza metida en un libro que la libera.
Pero hoy hay clase y Dusty tiene una vida que afrontar.
Coge el libro, dobla cuidadosamente la esquina de la última página que recuerda haber leído y lo coloca con esmero sobre la pila que descansa junto a la cama. Se acerca a la ventana y la abre con un par de tirones. Por el hueco entra una brisa fresca y ella deja ir un fugaz suspiro como si accionara un interruptor, en un intento de apagar emociones que han habitado su cuerpo durante años. Sentimientos que duelen si no se mantienen a raya. A veces funciona. A veces no.
Hace la cama antes de dirigirse hacia una cómoda grande y antigua —heredada de sus abuelos, como casi todo lo que hay en la casa, que a su vez heredaron de sus padres, y así sucesivamente— y se cambia la camiseta y los bóxers por una camiseta limpia y unos Levi’s gastados que abotona apretándoselos a las curvas de las caderas.
El pasillo que hay fuera de su cuarto está tranquilo y en penumbra. Varias puertas cerradas conducen a habitaciones que apenas se utilizan, pero la puerta de su hermana está abierta. Hay sendas escaleras en ambos extremos del pasillo. Una lleva al piso de abajo y la otra al dormitorio de su padre. Dusty siente la suavidad de la raída alfombra persa bajo sus pies mientras la atraviesa para llegar hasta el baño.
Se echa agua en la cara, se lava los dientes y observa su reflejo el tiempo suficiente para decidir que hoy no va a ser el día en el que empiece a dedicarse más esfuerzo. Su larga melena, castaña y ondulada, tiene bastante buen aspecto, y un flequillo a capas que ella misma se recorta cada pocas semanas enmarca su pálida piel y sus ojos color avellana. Tiene pecas diseminadas por toda la nariz y sus mejillas siguen sonrosadas por el sueño. Ya incomodada por la chica del reflejo, aparta la mirada y vuelve a su cuarto para meter el portátil y el cuaderno en la mochila, además de un libro, por si acaso.
Mientras baja por la amplia y chirriante escalera de madera, los rayos del sol se cuelan por las ventanas de la planta baja y unas motas de polvo flotan en haces dorados. Aparte de algunos sencillos retoques, la casa victoriana sigue prácticamente igual que cuando sus antepasados la construyeron.
Es un gran espacio diáfano pintado de blanco crema, con dos salas de estar, un comedor y la cocina, todo conectado por amplios arcos de intrincados detalles de madera y un parquet de anchos listones en los que aún pueden verse los anillos de vida de los árboles, talados en estas mismas montañas. Los techos altos, las inmensas alfombras y dos enormes chimeneas hacen que el espacio parezca aún mayor. Los muebles presentan rozaduras y cierto aspecto deteriorado, y las paredes están adornadas con la historia de la familia Silver.
Pero Dusty se prepara mientras recorre las habitaciones y, al contemplar lo vacías que están las estanterías que hay detrás del sofá, se acuerda del aspecto que tenían cuando las abarrotaban los libros de arte de su madre. Aportaban mucho color a la estancia, sobre todo a esta hora del día, cuando la luz del sol bañaba sus lomos. El recuerdo atraviesa el pecho de Dusty como una cuchilla y siente el golpe de esa sensación tan familiar. Ese presentimiento inesperado de que en cualquier momento podría ocurrir algo terrible. Como si lo llevara escrito en los huesos.
Odia su cuerpo por experimentarlo todo de forma tan visceral.
Al darse cuenta de que está apretando los puños, sacude las manos y vuelve a tomar aliento rápidamente para aplacar sus sentimientos. Pero esa bocanada de aire solo la hace querer otra, y luego otra, mientras su pecho se va tensando. Observa que, en el aparador que tiene al lado, hay un plato rectangular torcido. Lo endereza para que quede alineado con el borde de la mesa y la tensión que siente en su interior se disipa un poco.
En la cocina se oye el portazo de un armario y el hervidor comienza a silbar. A estas horas su padre ya debe de haberse ido a trabajar, lo que significa que Opi está preparando el desayuno. Dusty intenta calmar su respiración y, en efecto, al doblar el arco que da a la cocina, se encuentra con su hermana, que saca hierbas recién cortadas de los jarrones y los botes que cubren las encimeras como si fueran ramos en una floristería.
—¡Genial, estás levantada! —Opi le lanza una sonrisa por encima del hombro antes de pasar a toda prisa junto a ella para retirar el hervidor del fuego. Vierte el agua humeante en una tetera de cristal llena de hojas frescas y luego mira atentamente a Dusty—. ¿Todo bien?
Dusty asiente y trata de sonreír.
—¿Ha muerto alguno de esos novios tuyos de los libros? —pregunta Opi completamente en serio.
Dusty mira a su hermana con gesto adusto mientras Opi se enrosca un mechón de su larga melena castaño dorado en un dedo, preocupada.
—¿Quieres hablarlo? —ofrece Opi acercándose a ella.
Dusty niega con la cabeza al tiempo que da un paso atrás y se sienta a la mesa.
—¿Sabes que es bueno desahogarse? —dice Opi—. Si no es conmigo, hazlo con Mali. O con papá —añade con tono alentador.
Dusty mete la mano en su mochila y saca su cuaderno y un bolígrafo. Tras encontrar una página vacía, se pone a dibujar formas curvas de color negro con puntos y líneas en su interior. La presión del bolígrafo sobre el papel es como un embudo: una salida controlada para la tormenta que lleva dentro.
Opi la observa y dice:
—No puedes simplemente evitar…
—Yo no evito. Gestiono —la interrumpe Dusty, desesperada.
—Lo mismo me da, que me da lo mismo.
Dusty no puede evitar la sonrisa que tira de sus mejillas mientras continúa dibujando.
—¿Sabes lo que necesitas? —espeta Opi con una voz que es el epítome del optimismo.
—¿Café? —Cuando Dusty levanta la vista, ve a Opi poniendo los ojos en blanco.
—No. Que te dé un poco el aire.
—Nos va a dar el aire enseguida. Tenemos que ir al instituto, ¿recuerdas?
—Me refiero a aire de verdad. Vivimos en una montaña. En medio de un bosque. ¿Recuerdas?
—Vale. Podemos desayunar en el porche.
—En realidad —anuncia Opi alzando las cejas en consonancia con su voz—, estaba pensando que…
Dusty entrecierra los ojos, escéptica.
—Estamos a tres de junio. Sabes lo que significa, ¿no? —Los ojos de Opi centellean de la emoción.
—¿Que quedan menos de cuatro semanas de instituto para las vacaciones de verano?
Opi suspira.
—¡Significa que la temporada de la colmenilla está a punto de acabar! Si esperamos al fin de semana, puede que nos la perdamos…
—Pues ve con Theo después de clase.
—No quiero ir con Theo.
—Pero es tu mejor amigo…
—Quiero ir contigo —contesta Opi con firmeza—. Antes te encantaba salir fuera. Eras tan feliz…
—Eso era antes… —Pero Dusty evita decir nada más. Lo último que quiere es disgustar a su hermana. Lanza un suspiro—. Entonces ¿dices que quieres ir a buscar setas antes del insti?
Opi asiente, sonriendo.
Dusty mira la hora. Las seis y veinte.
—No tenemos que irnos hasta las siete y cuarto —suplica Opi llena de esperanza—. Ya sé que odias no llegar a tiempo, pero no tardaremos más de media hora. Como mucho. Hasta nos sobrará tiempo para saltearlas en mantequilla cuando volvamos —tantea con las cejas levantadas como si el encanto de la idea fuera innegable—. Ayer papá compró pan recién hecho…
—Op, no me gusta ir con prisas —gruñe Dusty—. Quería hacer café, leer mi libro… —Echa un vistazo a su alrededor—. Puedes ir tú sola y yo te tendré la cocina preparada para cuando regreses.
—Ya te he hecho té —dice Opi vertiendo la infusión teñida de amarillo en dos termos—. Y quiero ir contigo. —Opi desaparece un instante y vuelve con dos pares de botas de montaña—. Venga, vamos. —Sonriendo, abre la puerta de la cocina y sale al porche.
Determinada a no seguirla, Dusty no se levanta. Mira el bolígrafo, todavía pegado al cuaderno. La tinta negra se acumula sobre la página y una visión de Opi tropezando y golpeándose la cabeza contra una puntiaguda roca invade la mente de Dusty, obligándola a ponerse en pie.
Coge aire, tratando de alejar ese pensamiento irracional de su cabeza, mientras agarra los termos y sigue a Opi hasta el porche.
—Sabes que soy tu hermana mayor, ¿verdad? —pregunta Dusty con un rastro apenas perceptible de ansiedad en la voz—. ¿No me convierte eso en tu jefa?
—Primero, ni siquiera me sacas dieciocho meses —apunta Opi mientras ambas se calzan las botas en la parte superior de los escalones—. Segundo, si tú fueras la jefa, nos pasaríamos el día leyendo y nos perderíamos todo esto. —Señala más allá del porche, como si la vida fuera tan obvia como el sol y el azul del cielo.
—Esto también existe en los libros —se burla Dusty ignorando el vigorizante aroma de los pinos cubiertos de rocío—. La única diferencia es que lo ves a través de los ojos de otra persona. Y también tienen brujas, guerreros y hadas.
Opi frunce el ceño.
—¿Por qué quieres ser otra persona?
Dusty se encoge de hombros.
—Yo no soy como tú. No tengo lo que tú tienes con tus hierbas y con este huerto. —Mira hacia la fecunda pendiente, cubierta por una frondosa maraña de verduras, frutas y hierbas—. Tú sabes dónde encaja tu pieza del rompecabezas, pero yo… Con diecisiete años ya debería tener una idea aproximada de lo que quiero hacer. Y no, no digas que escribir. No se me da bien. Simplemente es… que nada me llama la atención. Nada me hace sentir yo misma.
Los grandes ojos marrones de Opi se muestran curiosos y atentos. Los reflejos dorados de su pelo castaño resplandecen bajo el sol como si llevara una corona.
—Pero… si tú eres la mejor.
La sinceridad de Opi hace que a Dusty se le forme un nudo en la garganta, que intenta tragar de inmediato.
—Eso es imposible —responde con naturalidad—. Porque la mejor eres tú. —Se pone en pie, con las botas puestas, lista para echar a andar.
Opi se le une. Lleva un vestido de flores que le llega por las rodillas, una cazadora verde camuflaje y calcetines blancos con unos volantes que sobresalen por encima de las botas. Opi —u Ophelia, aunque solo la llaman así sus profesores— posee una seguridad en sí misma que siempre ha asombrado a Dusty.
—¿Qué pasa? —pregunta Opi al captar la mirada escrutadora de su hermana.
—Hoy estás muy guapa. —Sonríe.
Con una sonrisa en los labios, Opi se echa una mochila vacía al hombro y tiende otra hacia Dusty, junto con su té.
—Aunque no te lo bebas, te calentará las manos.
Dusty pone los ojos en blanco.
—Solo porque eres un bicho raro y el té es tu forma de expresar amor. —Le da un sorbo. Sin duda es reconfortante—. Vamos, en marcha.
Alrededor de su finca hay senderos que se adentran en el bosque en todas direcciones, incluso hacia el norte, hasta la cima de la montaña, pero Opi avanza hacia el sur, bajando por su huerto hasta el lugar en el que las plantas cultivadas se encuentran con las silvestres. Hay una angosta vereda visible a través del sotobosque que sus antepasados fueron formando año tras año, y por allí es por donde entran las hermanas, envueltas por las copas de los árboles.
—¡Recuerda! —advierte Dusty—. Quince minutos de bajada y quince para la vuelta.
—¡Lo sé! —grita Opi.
Aunque no es tan experta como su hermana, Dusty también está bastante familiarizada con estos bosques. Reconoce las distintas plantas —abetos gigantes, cicutas y cerezos con la base acolchada por cúmulos de arbustos, saúcos, cornejos y madreselvas— y registra los puntos de referencia a medida que los van pasando. Es un hábito que su padre les inculcó desde pequeñas. El precio por que se les permitiera correr libremente por aquí. Una precaución para evitar perderse.
—«La inmensidad de este bosque podría tragarte por completo» —recita Dusty.
—¿Eh? —Opi no se molesta en mirar hacia atrás.
—Es algo que papá dijo una vez.
—Ah —murmura Opi, distraída con las copas de los árboles.
—¿Desde cuándo no haces esto con él?
Opi eleva los hombros.
—No sé.
—Tal vez si las dos trabajáramos este verano, él podría bajar un poco el ritmo.
—Al menos le encanta su trabajo —señala Opi—. Básicamente se gana la vida haciendo esto. Además, no me importa que nos dejen arreglárnoslas por nuestra cuenta. —Mira hacia atrás con gesto cómplice.
—Hum —responde Dusty—. Somos bastante malotas…, hemos venido a coger setas un día de clase. —Le guiña un ojo a su hermana, intentando disimular lo doloroso que le resultar estar ahí fuera, lo mucho que este lugar le recuerda a su infancia; lo que tenían, y también lo que perdieron.
Opi suelta una risita y ralentiza el paso mientras examina el suelo del bosque.
—Creo que estamos cerca —musita.
Desesperada por acelerar todo aquello, Dusty también se pone a buscar.
—Venga —dice colocando el termo en la vereda y desviándose del camino.
Opi hace lo mismo.
Avanzan lenta y cuidadosamente en busca de señales, tratando de no pisotear demasiado el mosaico de organismos vivos que se extiende bajo sus pies. Se oye el crujir de unas hojas, no muy lejos, y al levantar la vista ven a un ciervo de cola blanca que se aleja de ellas al trote. En pocos segundos queda oculto entre el mosaico de verdes.
—¡No pasa nada! —le grita Dusty al animal—. ¡Es pescetariana!
Opi pone los ojos en blanco. Nunca ha comido carne roja, ni siquiera de niña, algo que, en opinión de Dusty, no es sino una razón más para admirar la seguridad en sí misma de Opi. Sobre todo teniendo en cuenta la larga tradición familiar de cazar lo que se come.
—Es una suerte que no sea temporada de caza —añade Opi antes de seguir avanzando.
Siempre atentas a la dirección de la vereda, escudriñan el terreno retirando las ramas y las hojas en descomposición que podrían estar tapando las setas de debajo. El olor a tierra es intenso y embriagador.
—Op, no podemos alejarnos mucho más —advierte Dusty mientras se agacha junto a un fresno viejo y enorme. Al apartar algo de musgo y pinaza, ve la cresta de una estructura pardusca en forma de panal que está unida a un tallo de color crema. La arranca del suelo—. ¡He encontrado una! —grita, sorprendida por lo emocionada que se siente.
—¿En serio? —chilla Opi mientras corre hacia ella—. ¿Estás segura?
Dusty examina la seta, fijándose en la unión entre el sombrero y el tronco. Los laterales del sombrero conectan con el pedúnculo inferior. Buena señal. La parte por la mitad y está totalmente hueca, como debe ser. Además, no tiene mal tamaño, es más o menos como la palma de su mano.
—Sí. Mira, hay más.
Es como buscar un tesoro. A primera vista, parecen piñas esparcidas entre las hojas, pero, en cuanto se fijan un poco, las verdaderas colmenillas no tardan en destacar. Las hermanas recogen las setas con delicadeza y se cuidan de no recolectar demasiadas.
—Agítalas suavemente antes de meterlas en la bolsa —le recuerda Opi a Dusty, que pone los ojos en blanco como si le hubiera dicho algo obvio.
Esa fue una de las primeras cosas que su abuela les enseñó sobre la recolección de setas: hay que agitarlas para que las esporas sueltas puedan llegar al suelo y se conviertan en nuevas setas al año siguiente.
La vegetación es cada vez más espesa mientras se agachan bajo las ramas más bajas y trepan por árboles que han caído hace tiempo.
—¡La última y volvemos, ¿vale?! —vocifera Dusty. Se agacha para recoger una colmenilla especialmente grande—. ¡¿Vale?! —grita de nuevo.
Frustrada por ser la única con prisa, se levanta y se gira.
Pero Opi no está.
—¡¿Op?! —grita.
No ve a su hermana, aunque la inconfundible sensación de que hay alguien —o algo— cerca la desorienta. Se da la vuelta rápidamente, escrutando la maleza con la mirada en busca de otro ciervo, pero no hay más que vida vegetal oscilando con la brisa.
Dusty se para a escuchar, consciente de que, aunque remota, existe la posibilidad de que haya osos negros cerca. Permanece inmóvil, a la espera de un chasquido o un gruñido profundo. No se oye nada.
Diciéndose a sí misma que lo más seguro es que Opi haya vuelto a la vereda, Dusty comienza a regresar sobre sus pasos. Se sorprende al ver cerca de una docena de orquídeas zapatito de dama rosadas en las que no había reparado antes. Solo florecen unas pocas semanas al año, durante esta época. Balanceándose sobre sus tallos sin hojas, seguramente vienen y van sin que ninguna otra alma llegue a verlas. Ese pensamiento le provoca un escalofrío.
Sigue adelante, en busca de su hermana y de la vereda, pero no reconoce nada a su alrededor. Hay árboles por los que juraría no haber pasado. Crecen frente a una enorme roca que proyecta oscuras sombras.
Una sensación de desasosiego empieza a ganar peso en la boca del estómago de Dusty y una cálida ráfaga de adrenalina le recorre las venas.
—Opi —trata de gritar, pero la voz le falla.
Da vueltas, tambaleándose, mientras busca alguna señal que le indique dónde se encuentra. «Esto no tiene sentido —piensa—. ¿Dónde está Opi? ¿Dónde estoy yo?». El corazón empieza a martillearle las costillas. Entonces, súbitamente, se detiene.
Siente un cosquilleo en la nuca.
Un silencio absoluto se ha apoderado del bosque. Ni siquiera se oye el susurro del viento. El aire es espeso y permanece inmóvil.
Y, aunque lo único que ve son árboles retorcidos y sombras de la vida vegetal, de algún modo sabe que sin duda hay algo ahí con ella. Observándola.
Paralizada por esa sensación, Dusty se da cuenta de que está conteniendo la respiración. Valiéndose de toda la fuerza de voluntad que es capaz de reunir, intenta coger aire mientras se lleva los dedos a los oídos para convencerse de que su audición la está engañando. Los sordos latidos de su corazón se le agolpan en la cabeza y la sangre le fluye con violencia, haciendo palpitar sus puntos de pulso. De nuevo, trata de llamar a Opi, pero el miedo se ha instalado en el fondo de su garganta y atrapa todas las palabras, asfixiándola.
Intenta tragar saliva.
Lo que sea que la observa queda fuera de la vista, oculto tras los árboles.
«Corre», murmura su parte más primitiva.
La obedece.
Mientras trepa por troncos y arbustos, y deja atrás ramas y matorrales, siente que el bosque se la está tragando, que la absorbe cada vez más. La abrumadora sensación de pánico le nubla la vista, como si estuviera a punto de perder el conocimiento, pero, justo cuando la oscuridad comienza a apoderarse de ella, emerge en campo abierto ante un lago bañado por la luz del sol.
Dusty no para de correr hasta que llega a la orilla. El corazón le palpita en la cabeza hasta que el sonido del agua rompiendo contra las rocas poco a poco toma el relevo. Deja caer las manos sobre las rodillas, jadeante y con la cabeza gacha.
—¡Dusty!
Alza la vista. Opi corre hacia ella desde más allá de la línea de árboles. La invade una sensación de alivio.
Es entonces cuando percibe que los sonidos del bosque han vuelto.
—¿Te encuentras bien? —pregunta Dusty con la respiración agitada mientras Opi la alcanza.
Opi asiente y trata de recuperar el aliento.
—¿Dónde estamos? —dice Dusty.
Opi escudriña los alrededores. No cabe duda de que lo que asustó a Dusty, también la ha asustado a ella. De forma visceral. Sacude la cabeza con incredulidad.
—En el Angel Lake —responde.
Dusty se muestra confusa.
—No podemos haber… —Pero entonces se fija en una arboleda de abedules del papel que hay al otro lado del lago—. ¿Es…, es aquella la vereda que conduce a casa? ¿Aquella de allí? —Señala un punto en el que la característica corteza blanca reluce como un faro bajo el sol. Las hermanas se miran en silencio.
—Pero llegar hasta aquí podría llevar…
—Una hora y media. Por lo menos.
—Me han parecido minutos… —susurra Opi.
—Ojalá me hubiera traído el teléfono —se lamenta Dusty.
—Sería la primera vez.
Dusty logra sonreír.
—O un reloj.
Sobre la cabeza de Dusty se arremolina una suave brisa, que la hace reparar en el pegajoso sudor que cubre su cuerpo. Se vuelve hacia su hermana pequeña.
—¿Seguro que estás bien?
—¿Qué ha sido eso, Dust? Estabas delante de mí. Y luego ya no. Juro que sentí que allí había algo, cerca, pero no pude verlo.
—Yo también —asegura Dusty mientras se gira para otear el sombrío bosque—. ¿Un oso, quizá? Pero de repente todo se quedó en silencio… —Se le apaga la voz.
Opi mira a su alrededor como si no se creyera lo que ve.
—¿Cómo hemos llegado hasta aquí?
—No te veía —logra decir Dusty con el estómago contraído por la culpa—. Sé que debería haberte esperado, buscado, pero no pude evitarlo. —Niega con la cabeza—. Tuve que echar a correr. Te juro que solo fueron unos minutos. —Desvía la mirada hacia los abedules del papel, al otro lado del lago, como si ellos tuvieran la respuesta. La White Mountain se eleva a sus espaldas. Hacia la cima, distingue su casa entre los árboles. Suspira—. Creo que vamos a llegar tarde a clase.

Bordean la enorme orilla del lago hasta el lado opuesto, donde los abedules las esperan para guiarlas a casa. Una vez encaminadas de nuevo hacia el bosque y la vereda, no se separan la una de la otra mientras Dusty intenta racionalizar lo que acaba de pasar.
—Tú también crees que… —dice Opi en voz baja, como si no quisiera que la oyeran— todo en el bosque está interconectado, ¿verdad? Por eso tendría sentido que, si una cosa se callara, las demás hicieran lo mismo.
—Tal vez —repone Dusty a media voz—. Pero ¿sabes de algún oso que asuste a los grillos hasta el punto de hacerlos callar?
Opi no contesta.
Mientras caminan, Dusty vislumbra cómo los ojos de su hermana van de un lado a otro. No recuerda haber visto nunca a Opi asustada en el bosque. Ni perdida. Le cuesta creer que ha estado a punto de dejarla venir sola. Por una vez, Dusty agradece sus pensamientos intrusivos.
Se dispone a abrir la boca para comentar algo sobre el inexplicable salto en el espacio y en el tiempo, pero aprieta los dientes y se calla.
A medida que ascienden por la empinada vereda, los latidos de Dusty se aceleran a cada respiración. Intenta concentrarse en el crujir de sus pasos sobre el terreno, como si con ellos pudiera dejar atrás el miedo, pero la ansiedad que le provoca la náusea no se va.
Caminan en silencio durante lo que se les antoja una eternidad hasta que se acercan al lugar en el que comenzaron la búsqueda. Allí la vereda se bifurca. Ambas rutas conducen a casa.
—Por aquí —decide Dusty dirigiéndose hacia el camino por el que no han venido.
—Pero hemos dejado los termos… —titubea Opi.
—Olvídate de ellos —resuelve Dusty.
Desliza un brazo alrededor de la cintura de su hermana y ambas avanzan juntas por la vereda alternativa. La promesa del hogar les hace avivar el paso.
Por fin emergen de entre los árboles y aparecen en su huerto. Las abejas y las mariposas revolotean a su alrededor y la casa sigue cubierta de una luz solar jaspeada. Dusty nota una punzada en el brazo. Es un mosquito. Al aplastarlo, le queda una mancha de sangre sobre la piel.
Se apresura a subir los escalones de la parte posterior, con Opi detrás, e irrumpe en la cocina para consultar la hora.
Las ocho y cuarto.
Intenta hacer cálculos.
Llegar hasta la otra orilla del Angel Lake y volver debería haberles llevado más de tres horas. Aparte del tiempo que pararon para coger setas. De modo que deberían ser las nueve y media, por lo menos. La atraviesa un escalofrío, que le recuerda el sudor que empapa su ropa.
—Tiene sentido —dice Opi.
—¿Perdona?
—Quiero decir…, ese es el tiempo que siento que ha pasado. —Opi se encoge de hombros—. Unos veinte minutos antes… echamos a correr. Y luego una hora y media desde la otra orilla del lago.
Dusty arruga el entrecejo.
—Nada de eso tiene sentido. Te das cuenta, ¿verdad? —La voz le sale más brusca de lo que pretendía.
Los ojos de Opi centellean con el brillo de las lágrimas.
—Lo siento —se disculpa Dusty—. Es que… aún tengo los pelos de punta. Supongo que nos hemos perdido. O hemos dado la vuelta. —Deja ir un suspiro y suaviza el tono—. Venga, vamos a cambiarnos, tenemos que irnos. Ya llegamos tarde y no tardarán en llamar a papá.
Opi asiente con la cabeza y le ofrece una leve sonrisa antes de dirigirse hacia la escalera.
Todavía de pie frente al reloj, Dusty mira por la ventana, hacia los árboles.
No logra disipar la sensación de que hay algo ahí fuera esperando entre las sombras.
2
Su periferia
Durante la mayor parte de los veinticinco minutos que dura el trayecto al instituto, siguen las serpenteantes carreteras que bordean las montañas y se entrelazan con el curvo y tumultuoso caudal del Black River. La guitarra de Laura Veirs suena en el viejo jeep mientras Dusty reproduce una y otra vez en su mente lo que ha ocurrido en el bosque, tratando de encontrarle sentido. Cuando llegan a un estrecho tramo de la carretera sobre el que se ciernen los árboles circundantes, la repentina oscuridad la sume en un miedo confuso que aún no comprende. El coche vira bruscamente tras tomar una curva demasiado rápido. Los neumáticos chirrían con fuerza, espantando a unos cuervos que picoteaban algo al borde de la carretera. Siente que Opi la mira, pero no dice nada.
Llegan a las afueras de Black River a través de un puente de veinticinco metros de largo que se eleva sobre un recodo del río. Solo puede pasar un coche a la vez en cualquier dirección, pero casi nunca hay que esperar para cruzar. En los alrededores de Black River, el tráfico es escaso. Por lo general, a Dusty le reconforta la forma en que el tejado de tablillas y las paredes enrejadas envuelven al coche en la penumbra mientras recorren los anchos listones de madera. Pero hoy acelera hacia la luz que vislumbra al otro lado.
Pasan junto a modestas casas de madera con la pintura color pastel de las fachadas descascarillada antes de detenerse en uno de los escasos semáforos del pueblo, con el intermitente puesto. Dusty baja las ventanillas y casi puede saborear los largos y despejados días de verano que le quedan por delante. Pero el fuerte sabor de la aprehensión le agria la boca.
Detrás de ellas, un claxon retumba y saca a Dusty de sus pensamientos. Levanta la vista hacia el semáforo, que ahora está verde, pero, antes de que pueda meter la marcha, una enorme camioneta blanca pasa a su lado con un acelerón y entra en la gasolinera de enfrente.
—Qué tío más arrogante e impaciente… —murmura Dusty.
—Seguro que también llega tarde al instituto —apunta Opi.
Dusty resopla.
—Cuando eres la única persona famosa del pueblo, no tienes que seguir las reglas.
—¿Y por qué dices que es famoso? —pregunta Opi—. Aparte de por su aspecto, claro.
Dusty no niega que Eli Blake sea objetivamente atractivo. Alto y atlético, equilibra sus altos pómulos con una esculpida mandíbula y unos hipnóticos ojos verde esmeralda. Lleva el pelo cobrizo siempre cortado al rape, y Dusty opina que posee una confianza en sí mismo sin precedentes. Y lo sabe sin haber llegado nunca a interactuar con él. Porque, para Dusty, Eli Blake existe principalmente en su móvil. De hecho, él tiene buena parte de la culpa de que ella odie ese trasto, uno de los muchos brillantes espejismos que la hacen sentir que no encaja en el mundo. Como si no comprendiera a sus iguales, como si fuese una especie de extraterrestre por el mero hecho de preferir la privacidad. De preferir estar sola. Aun así, han sido demasiadas las noches en las que se ha descubierto a sí misma viendo uno de los vídeos de Eli.
No ayuda saber que vive tan cerca: carretera abajo, en la White Mountain.
Al doblar la esquina, Dusty intenta no mirar hacia él ni hacia sus soñolientos ojos, iluminados por el sol de la mañana.
—No es más que un flipado del BMX con muchos seguidores en TikTok —concluye.
En el corazón de Black River, pasan por delante de las casas y los edificios más fastuosos: estructuras coloniales y victorianas de dos y hasta tres plantas con tantos árboles delante que apenas se alcanza a ver los postes de teléfono que se elevan por encima. A continuación, dejan atrás tres iglesias entre una docena de escaparates que desembocan en un gran jardín triangular con un cenador rodeado de árboles.
En pleno invierno, Black River puede parecer el fin del mundo. Pero esta mañana, con las hojas agitándose al viento y las flores brotando en las jardineras, a Dusty le parece un lugar bastante bonito. Por una vez es un alivio estar aquí, lejos de esa presencia de la montaña.
Llegan al aparcamiento del instituto Black River a las nueve menos cuarto, casi una hora tarde, dando sendos portazos y echándose cada una su mochila al hombro mientras se apresuran a entrar. Aquí es donde las vidas de Dusty y Opi se bifurcan, separadas por amigos y clases, y el mundo de ambas se hace más grande que la vida que llevan en casa.
Dusty corre por el pasillo principal hacia la clase de Biología, rodeada por la típica plasta de paredes con azulejos en tonos beige, techos de paneles blancos llenos de manchas de goteras y suelos de linóleo gris moteado bañados en luz fluorescente. En contraste, las paredes están forradas de taquillas metálicas de color rojo brillante.
No es que a Dusty no le guste el instituto. De hecho, es una estudiante magnífica. Pero su aversión a las multitudes y a llamar la atención la ha alejado de la vida escolar hasta tal punto que, si sus notas dependieran de ello, tendría un suspenso por su falta de participación.
La puerta del aula está cerrada. A través del ventanuco de cristal, Dusty ve las filas de estudiantes mirando hacia el frente de la clase, los portátiles abiertos y, al fondo, su pupitre vacío. Oye la voz amortiguada de la señora Thompson, que le explica algo a los alumnos. «Entraré sigilosamente y está —dice, para sus adentros—. Nadie va a darse cuenta». Agarra el picaporte y coge una lenta bocanada de aire antes de entrar.
—¡Dusty! —anuncia la señora Thompson con voz clara y luminosa.
Todas las caras de la sala se giran para mirarla.
—Perdón —se excusa Dusty con timidez—. Problemas con el coche.
La señora Thompson sonríe, aparentemente imperturbable, y vuelve a centrarse en la presentación que está proyectando en la parte delantera del aula.
Dusty se dirige hacia su pupitre, intentando evitar el contacto visual con cualquiera que siga mirándola. Se coloca entre JD, que le hace un amigable gesto con la cabeza, y Mali, su mejor amiga y una de las pocas personas que puede considerarse una excepción a la querencia de Dusty por la soledad. Mientras se desliza en su silla, se da cuenta de que Mali la mira como si esperara una explicación.
—Luego —dice Dusty articulando la palabra en silencio.
Mali le guiña un ojo, con su sempiterna calidez en el rostro, antes de ponerse otra vez a tomar apuntes. Dusty saca el portátil, se asegura de dejarlo perfectamente alineado con el pupitre y luego mira la pantalla que hay delante de la clase, que muestra la ilustración de una doble hélice girando sobre sí misma.
—El ADN apareció en la Tierra hace aproximadamente cuatro mil millones de años —continúa diciendo la señora Thompson—, pero aún se desconoce el origen de su existencia. Ha mutado y se ha replicado, dando lugar a los millones de animales y especies vegetales que nos rodean. ¡Incluidos nosotros! —Con un clic pasa a la siguiente diapositiva, en la que aparece una niña caminando por un bosque, y Dusty se esfuerza por apartar de su mente el recuerdo de lo ocurrido hace tan solo una hora—. Compartimos un mínimo del cincuenta por ciento de nuestros genes con las plantas y, a pesar de las diferencias entre los humanos, en realidad todos somos idénticos en un noventa y nueve coma nueve por ciento. —El sonido de los dedos repiqueteando sobre los teclados sobrevuela el aula mientras una nueva diapositiva muestra una representación del sistema solar—. Si pudierais estirar todo el ADN que contiene vuestro cuerpo, se extendería ciento veinticinco mil millones de kilómetros desde donde estáis sentados. Podríais rodear la Tierra con él cinco millones de veces.
Dusty lucha contra el impulso de sacar su cuaderno y traducir el concepto a líneas y formas. A algo a lo que pueda aferrarse. Pero no va a arriesgarse a hacerlo estando tan cerca de los demás. Alguien podría verla.
—El ADN es el código que define nuestra forma física —prosigue la señora Thompson—, pero solo el dos por ciento significa algo realmente. —Pasa a la siguiente diapositiva—. Vamos a ir entrando en materia. El ADN se almacena en los cromosomas, que…
—¿Y para qué sirve el otro noventa y ocho por ciento? —Dusty no es consciente de que es ella la que está hablando hasta que las cabezas se giran en su dirección. Otra vez. Se sonroja y nota cómo la adrenalina residual de hace un rato entra en conflicto con el férreo control que suele ejercer sobre sí misma.
—Excelente pregunta —asegura la señora Thompson—. Solo el dos por ciento de nuestro ADN contiene instrucciones, o código, que se utilizan para crear proteínas en las células. El resto se conoce como ADN basura. Hace referencia a las regiones de ADN que carecen de importancia. No codificantes. —Con un clic pasa a la siguiente diapositiva—. Como decía…
—Perdón, no lo entiendo.
«Pero ¿qué narices…?», se pregunta Dusty ruborizándose aún más. Nunca había hablado tanto. Por lo general, se limita a buscar las preguntas en Google después de clase.
La señora Thompson espera a que Dusty continúe.
—O sea…, ¿qué quiere decir con «basura»? —No sabe por qué eso la ha molestado tanto.
—Claro, es que menudo Diógenes, el ADN… —bromea JD.
Las risitas resuenan por toda la sala y JD sonríe satisfecho.
La señora Thompson suspira.
—Gracias, Jake. —Se gira hacia Dusty—. ¿Una resaca evolutiva? —propone—. Como el apéndice. O las muelas del juicio. Ya no necesitamos todo eso.
Dusty asiente lentamente y la señora Thompson se da la vuelta para continuar con la clase, pulsando el botón para ir a la siguiente diapositiva.
—Señora Thompson… —dice una voz desde la última fila con tono arenoso, como si fuera la primera vez que su dueño la hubiera usado en todo el día.
La profesora alza la vista con cara de sorpresa.
—¿Sí, Will?
Dusty no se molesta en girarse, aunque la mitad de la clase sí lo hace.
—No quiero interrumpir —introduce con voz más suave—, pero creo que los investigadores están empezando a estudiar el hecho de que el ADN basura… quizá no sea tan basura.
Ahora lo mira toda la clase, incluida Dusty, que advierte lo vacío que está su pupitre. No tiene portátil, ni cuaderno, solo su teléfono. Se pregunta por qué la señora Thompson no ha dicho nada al respecto, o si siempre ha sido así. Recuerda vagamente oír que lo trasladaron aquí meses atrás, pero eso es lo único que sabe de él.
Su figura, alta y delgada, se revuelve en la silla. Mira a Dusty; sus oscuros ojos quedan ensombrecidos por el cabello casi negro que le cae desordenado sobre la frente. Se lo echa hacia atrás antes de continuar:
—Algo relacionado con que realmente controle algunos genes y su expresión —añade.
—Gracias, Will, lo consultaré —afirma la señora Thompson con una ligera sonrisa—. ¿Puedo seguir con la clase?
Will asiente con un sutil gesto de la cabeza y todos se giran hacia sus pantallas.
Dusty desvía la mirada hacia él una vez más y se encuentra con que tiene los ojos clavados en ella, hasta que lo ve reclinarse en su silla y llevar la vista hacia la ventana. Durante el resto de la clase, no puede evitar sentirlo en su periferia.

—¡Cariño, espera! —grita Mali tratando de alcanzar a Dusty, que sale al pasillo después de la clase—. ¿Estás bien? —pregunta mirando las manos de su amiga, que se aferran a las correas de la mochila demasiado fuerte.
—Sí, perdona. Es solo una de esas mañanas…
—¿El coche ya está arreglado?
—¿Qué?
—Habías tenido problemas con el coche…
—Ah, sí. Todo en orden. —Dusty mira de refilón a Mali, que sigue estudiándola como si supiera que le ha ocurrido algo. Dusty se para en seco y enfrenta la mirada de Mali—. En serio —asegura alzando las cejas.
El careo llega a un punto muerto hasta que Dusty esboza una sonrisa. Es imposible no ablandarse ante su mejor amiga.
—Este fin de semana sales, ¿vale? —sugiere Mali agarrando a Dusty por los hombros y zarandeándolos con aire juguetón—. Ya va siendo hora de que te sueltes un poco. A lo mejor hasta te dejas llevar con tu crush.
—¿Qué crush? —pregunta Dusty a la defensiva.
Después de oír hablar a Will y de ver cómo la miraba durante un suspiro de más, Dusty se había quedado distraída pensando en él. No sabe por qué. Ni siquiera está segura de haberlo oído hablar antes. Pero ese chico tenía algo que la ha consumido por dentro; su presencia era difíci
