I. Imelda
Se vuelve de los viajes o se entra en los idilios narrando la mentira, toda la mentira y siempre nada menos que la mentira.
J. H. BASALDÚA, Catálogo de epitafios
La pena y el cansancio también tienen sus límites. Uno recobra el ánimo o las energías al poco de temerse que no resiste más. Tocar fondo es también una forma de rebotar. Aligerarse. Enterarse que en lo hondo del agujero también soplan de pronto nuevos aires. Según quien la inventó, la guillotina debe de producir en el ajusticiado una súbita sensación de frescura. ¿Quién sabe si la muerte no es un segundo aire?
Éstos eran los ánimos que yo me daba en la noche de mi segundo arresto. Dos en una semana tenían que ser irreales. Encima de eso me faltaban las fuerzas para empujar otra bola de nieve de ideas idiotas. Los celadores cuentan con esos pensamientos. Antes de que te pongan número y uniforme necesitan quebrarte los huesos del espíritu. Que cuando llegue la hora del retrato tengas toda la pinta de patibulario. Esa noche me dije que no iba a darles gusto.
Antes había temido que me lo merecía. Que era tan criminal como cualquiera de los facinerosos obligados a hacerme compañía. Y esta vez prefería repetirme que me lo había buscado. Sería quizá lo mismo, pero yo lo veía diferente. Habérmelo buscado no dejaba de ser un acto caprichoso de la voluntad. Tenía lo que quería, ¿no era cierto? Y al fin quería tan poco que ya me daba igual.
No lo pensaba así, aunque hoy supongo que me estaba rindiendo. O en fin, aclimatando. Como esos reincidentes fotogénicos que inclusive sonríen a la hora de la foto. Igual que el labregón que ya con dieciocho años vuelve feliz a aquella misma escuela de la que tantas veces lo expulsaron, a cursar nuevamente el segundo año de secundaria. Si van a despreciarte porque eres lo peor, de una vez que se enteren que no tienes arreglo. Que digan ay, qué cínico, pero nunca qué hipócrita. Me lo busqué, señoras y señores. Soy mi propio gurú en las ciencias ocultas del autoperjuicio.
Seis días antes no podía ni hablar. Me atropellaba nada más del miedo. La paranoia es un tumor voraz; crece y se reproduce a partir de sí misma; devora todo lo que no la contiene. No se puede vivir dando albergue a esos monstruos, ni alimentando al diablo que los pastorea. Eso es lo que aprendí del primer encerrón. Trataba de aplicarlo, ya entrado en el segundo. Fuera de aquí, alimañas, les ordenaba cada pocos minutos, nada más recordar la noche malparida del primer arresto: cuando además de monstruos y demonios miraba cucarachas desfilar por la que a fin de cuentas era su puta casa. ¿Cómo hace uno para ser arrestado y liberado en dos países en la misma semana?
Era mucho esperar, que otra vez me soltaran. Por lo pronto necesitaba entretenerme, por eso me apliqué a grabar nombre y fecha en un rincón, a un ladito del suelo. A falta de una llave o algún clavo, escribí con los restos de un anillo que yo consideraba de utilería. Hasta el primer arresto, fue nada menos que un salvoconducto. Una licencia para delinquir, según me había echado en cara Lauren, la semana anterior. Por teléfono, afortunadamente. Tíralo a la basura, dónalo, véndelo, haz de cuenta que nunca nos casamos. Haré de cuenta, le dije y colgué.
Fue hasta el segundo arresto cuando empecé a temerme que el anillo tuviera algo que ver con tanta mala suerte. No pudieron sacármelo al entrar. Me lo quité después, con saliva y paciencia. Luego lo aprisioné entre tacón y pared, hasta que fue doblándose. Aplastado sí que me iba a servir. J, O, A, Q, iría rayando. Quería escribir también los apellidos, una vez que empezara a servir la herramienta.
Me habían agarrado a media calle. Caminando. O corriendo, ya casi. Alcancé a ver a uno que me seguía, venía buscando el modo de perdérmele cuando los otros dos casi me levantaron en vilo. Llegó el perseguidor, dijo mi nombre y me treparon a un coche. Dicen que a quienes pasan meses o años huyendo les cae como un consuelo que los agarren. No fue así, exactamente, aunque puede que hubiera algún consuelo. El de ya no ser yo, sino la vida quien decidiera mis siguientes pasos. Al final, si me habían arrestado por lo que yo creía, encontraría la forma de negociar. Firmaría pagarés, me darían arresto domiciliario. Pero ya no hubo tiempo para pensar en eso. Si la vida me estaba encerrando en un calabozo, yo podía escaparme de ese miedo destruyendo el anillo que me hacía parecer persona de bien y escribiendo con él en la pared. Que de una vez se sepa, pensaba. No soy gente de bien, sino ave de rapiña. A mis muertos los cargo antes en el estómago que en la conciencia.
Puta conciencia mustia, gruñí, casi en voz alta, te juro que esta vez no me vas a alcanzar. Nadie me va alcanzar, me animé luego, soy demasiado insignificante. Dos estafas menores, una en cada país, no encienden las alarmas de la Interpol. Ni siquiera acababa de constarme que apenas un par de actos elementales de supervivencia merecieran la calidad de estafa. Joaquín Medina Félix, sentencié con los ojos bien cerrados, eres un carroñero de ocasión. ¿Para qué preocuparse?, me encogí de hombros tensos, ligeramente más teatral que tranquilo, mientras iba esculpiendo el rabo de la Q. Las personas de bien no cazan zopilotes.
Desde la noche en que salió a escondidas y para siempre de Chiconcuac hasta el día en que empezó a temer por su vida, Imelda Fredesvinda Gómez Germán no volvió a usar su nombre verdadero. Se llamó Elvia, Francisca, Cipriana, Rebeca, Obdulia, Josefina, se apellidó Álvarez, Rojas, Benítez, Blanco, según le sonaban confiables. Comenzó como Elvia Benítez Rojas, que equivalía a ser hija de su madrina de bautizo. Finalmente, si se metía en un problema, ese nombre tendría que ayudarla. Era digno, decente a toda prueba, la hacía sentir segura cuando tenía que referirse a sus padres. Rogelio Benítez Alemán y Elvira Rojas de Benítez, que en paz descansaran. No habían tenido hijos, pero tampoco iban a desmentirla. Mientras vivió, además, su madrina Elvirita le había dado más que todo el resto de su familia junta. Por eso los dejó, decían ellos, y porque Imelda se había encargado de que nunca creyeran otra cosa. La madrina no sólo le compraba ropa, también lociones, sombras, rímel, bilé, rubor, todo lo que la hacía sentirse parte del mundo y no de Chiconcuac.
—Esta niñita no es como sus hermanas. Va a acabar enganchada del primer pelagatos que le ofrezca sacarla de Chiconcuac —cuando Isaac Gómez hablaba de Imelda, le saltaba un rencor anticipado. Más que profetizar una huida inminente, Isaac buscaba armarse de razones para tomar distancia preventiva y cualquier día decir que su hija no era su hija.
—Eso no es lo que Imelda ha visto en su casa —replicaba sin gran convencimiento Obdulia, que además de ella había tenido a cuatro mujeres, dos hombres y demasiadas ocupaciones para vigilarlos. Ni Memo ni Isaaccito habían recibido ese ejemplo en su casa y estaban en la cárcel por asalto y secuestro. Desde entonces, Imelda era la única que hablaba de ir a verlos.
—¿Dónde queda el penal de Atlacholoaya? —había preguntado desde los doce, sin otro éxito que el de poner de malas a Obdulia, quien junto a su marido ya los había borrado de la lista de hijos. ¿Qué iba a decir la gente? ¿Que los niños habían visto esas cosas en su casa? ¡Más les habría valido cambiarse el apellido antes de hacer todas las cochinadas que hicieron! Y ésa era una de las razones por las cuales Imelda prefería que creyeran que los dejaba por falta de dinero. La otra tenía que ver con el orgullo, pues si al final se iba detrás de un hombre no sería para entregarle al padre el regalo de ver su predicción cumplida. A medias, eso sí, porque nadie la iba a “sacar” de Chiconcuac. Se sacaría ella para seguirlo a él, aunque él no lo pidiera, ni lo quisiera, y menos lo esperara.
—Escriba el nombre de uno de sus presos y pásele a registro, antes de que se acabe la hora de visita —la instruyó una mujer uniformada, con esa mezcla de piedad y desdén tan frecuente entre celadores y vigías. Cuando los detuvieron, José andaba en Tijuana. Un par de veces los agentes preguntaron por él en el billar de Marcos, donde antes se juntaban todas las tardes. Había quien decía que José los ayudó con algunos de sus negocitos, que volvió de Tijuana con un amparo y por eso no lo pudieron encerrar, que tenía abiertos un par de procesos por robo a mano armada. Nada que Imelda quisiera escuchar, aunque al fin lo guardara bajo llave, en esa caja negra de la memoria a la que nunca nadie querría recurrir.
—¿Imelda tras de mí? No jodas. No me jodas. ¿Cómo me va a encontrar? —Gilberto, se llamaba en la ciudad. José, en el pueblo. En realidad tenía los dos nombres, pero nadie de Chiconcuac le llamaba Gilberto, ni José Gilberto. Fue luego de enterarse que José tenía un nombre distinto en la ciudad que Imelda resolvió cambiar el suyo. Se le aparecería de la nada, con su maleta, dispuesta a lo que fuera.
—Voy a hacer lo que tenga que hacer, pero yo a Chiconcuac no me regreso —Isaac y Memo lloraron como niños cuando la vieron salir al patio. Había dejado su maleta en la entrada, tenía que apurarse si no quería que a la familia le diera por buscarla allí, en Atlacholoaya. Se abrazaron los tres, por un tiempo tan largo que a Imelda le volvió la paranoia. ¿Dónde estaba José? Tenía que enterarse, tenían que decírselo. Hasta ese día sólo había sabido de ellos por él, que con cierta frecuencia los visitaba. Se enviaban mensajitos o pequeños regalos con José, sin que nadie supiera, porque lo que es en todo Chiconcuac ni quién imaginara que Imelda tenía novio, ni por lo tanto se figurarían que el único motivo que había tenido para fugarse no era el fallecimiento de la madrina y el fin de sus regalos y patrocinios, sino la desaparición de José, un par de días antes.
—¿Sabes con quién te metes, por lo menos? —José la quería poco, también sabía eso. Se lo habían repetido Isaac y Memo, pero al final juraron guardarle el secreto. Nadie sabría nunca que ella se había ido a México a buscar a José.
—¿Para qué crees que se cambió el nombre? —Memo iba de la indignación a la tristeza. Era siete años más grande que ella, pero la conocía mejor que Isaac y sabía que Imelda no iba a asustarse ni aun si le decían que en la ciudad Gilberto era estrangulador. Le importaría poco que fuera ladrón, y todavía menos cuando supiera que en realidad José no se robaba nada, sino que era, como no se cansaba de matizar Isaac, que estudiaba derecho penal en la cárcel, “autor intelectual”. Tenía veintidós años, le quedaba más que eso de condena. Saldrían de ahí los dos con la cabeza blanca. ¿Quién les decía que a ella no iba a pasarle igual si iba tras de José?
—¿Qué quieres ser? ¿Autora material? ¿Vas a hacerte pasar por recamarera? ¿Vas a tender las camas y a lavar escusados hasta que te den la orden de vaciar la casa? —Isaac había cambiado. Ya no era el bravucón que rompía los tacos de billar en las cabezas de sus adversarios y a menudo los remataba a pelotazos. Había cursado tres semestres de universidad abierta, tenía una exnovia consecuente que cada mes le enviaba libros y papeles. Imelda con trabajos reconocía a Isaac en ese preso rígido de aires doctos y pose espantadiza. ¿Quién se creía, además, para darle lecciones? ¿No era secuestrador, con un carajo? Para el caso tenía que haberle dado ejemplos, no lecciones. Siempre había sido fácil sublevarla, desde cuando ella tenía cinco años y ellos diez y doce. Por eso había aprendido a contenerse. Después los había visto salir de la casa directo hacia el Consejo Tutelar. Junto a José, vendían mariguana en las escuelas de Jojutla. La fumaban, también. Imelda los espiaba, sabía dónde guardaban las reservas. Cuando se los llevaron, cogió la bolsa y la escondió en la casa de muñecas. Luego cumplió diez años y celebró fumando en la azotea. Tal vez por esa admiración secreta que, entre otras cosas, la hizo consumidora de cannabis apenas en cuarto año de primaria, Imelda no aceptó, durante el resto de su primera visita a la cárcel estatal de Morelos, que el que la prevenía contra José fuera precisamente su hermano Isaac, y al final se negó a siquiera darle la mano si antes él no la proveía con el teléfono y la dirección de José.
—¿Gilberto? ¿Cuál Gilberto? —no había adónde llamarle, la dirección era imprecisa, sólo que Imelda no imaginaba cuánto. “Hidalgo 86” podía estar en cualquier colonia, ser casa o edificio, parque, bulevar, carretera, quién lo iba a adivinar. No podía, además, pagarse una investigación en taxi. Había comprado una guía roji, su plan era ir tachando cada una de las calles visitadas, sólo que hacerlo a pie podía salirle casi igual de caro. No tenía dinero más que para comer, y eso por pocos días. ¿Qué haría sola? ¿Robar? ¿Por cuánto tiempo? ¿Hasta que la agarraran? Según le había dicho un taxista, sólo entre Ecatepec, Tultitlán y Vallejo se pasaría una semana agarrando camiones y caminando. Podía volver a Atlacholoaya, pero ya no confiaba ni en sus hermanos. ¿Sería cierto que José vivía de las mujeres, que las enamoraba y las hacía ladronas?
—Para mí que se fue de puta —Norma, la mayor entre las hermanas Gómez Germán, sería la primera en dar a Imelda por perdida. La había visto siempre como el tercer hermano rufián, no podía imaginarle un destino tantito preferible. A diferencia de Olga, Nubia y Nadia, que se turnaban con ella y los padres para atender la farmacia, Imelda sólo ponía un pie allí para robarse las medicinas. Roipnoles, lexotanes, ativanes, quaaludes, todo lo que pudiera mercar en la escuela. Tal como sus hermanos, por supuesto. Quién sabe si no darla por emputecida fuera su forma de ser optimista frente a la perspectiva de suponerla carne de prisión. De una u otra manera, por lo menos ya no se perderían las medicinas.
—Pregúntale a tu madre, cabrón —tenía ya el cuerpo de Imelda los bastantes atributos para facilitar el cumplimiento de la corazonada de Norma, pero se había propuesto justamente un límite que la hacía impermeable a las propuestas callejeras: no estrecharía otros brazos hasta dar con los de José. Estaba haciendo todo eso por él. Se volvería ladrona, si él se lo pedía, pero de ahí a putear había distancia. Muerta de hambre tal vez, puta jamás. Era mujer de un hombre y lo estaba probando.
—¿Estás seguro de que era Imelda? ¿Dices que preguntó por José o por Gilberto? ¿Pero dijo su nombre? ¿Entonces cómo sabes que era Imelda? Yo no conozco a ninguna Elvia —José había salido de la casa de Hidalgo 86 cuando Imelda tomó el segundo microbús que la llevó, al octavo día de búsqueda, del Olivar de los Padres a San Bartolo Ameyalco. Ya eran más de las seis, estaba oscureciendo, pero Imelda advirtió tras gafas y cachucha las facciones de Isidro, el hermano menor. Mi cuñado, pensó. Fue a propósito que le preguntó por José primero y por Gilberto después, pero fingió que no lo reconocía. Sabían los dos, al fin, y de hecho los tres, que pronto volvería y ya tendrían que hacer algo con ella. ¿O la iban a dejar que fuera por ahí de preguntona, confundiendo a Gilberto con José?
Serían las diez y media de la mañana cuando pisé la calle. Me había pasado casi quince horas preso, traía el anillo roto aprisionado en el puño izquierdo. Me quedaban tres noches de hotel. Si vendía el anillo sacaría para sobrevivir una semana más, puede que dos. Antes de permitirme preguntarle dónde carajo estábamos, el abogado ya me había invitado a desayunar. Tenía que explicarme un par de asuntos. Meramente legales, casi sonrió. Nos conocíamos bien, de años atrás, pero igual le di trato de perfecto extraño. De pronto vi el Palacio de Bellas Artes. Estamos cerca, dije. ¿De qué?, se interesó, aunque tampoco mucho. No contesté. Me sentía contento, incomprensiblemente, feliz como cualquier miserable que se cree afortunado porque la Procuraduría está a unas cuantas cuadras de las tiendas de compra y venta de oro, y porque el abogado le va a pagar completo el desayuno.
—Mira, Joaquín —puta mierda, me sabía sus muecas de memoria. No quería escucharlo, venía haciendo cálculos. Cuánto me duraría lo que me iban a dar por el anillo. Cuántos pasos habría entre el desayuno y yo. No me daba la gana enterarme de mi situación legal, ni él estaba dispuesto a decirme quién le estaba pagando por ayudarme. ¿“Mira, Joaquín”? ¿Quién se creía ése para venir a mirajoaquinearme? ¿Quién me garantizaba que no lo había enviado la parte acusadora? Porque ni eso le daba la gana explicarme, quién estaba acusándome y de qué. No era que yo no me lo imaginara, luego de tanto tiempo de andar fugado, sino que no podía confiar en él. Lo único seguro era también lo único importante: el licenciado Juan Pablo Palencia me invitaba a desayunar. Lo demás era paja, podía almacenarla hasta el cuarto café.
—Licenciado Palencia —lo interrumpí, apenas nos sentamos— ¿le importa si me cuenta de esas cosas cuando hayamos usado las servilletas? Ya sabrá, estoy nervioso. Necesito primero un almuerzo decente.
—Mira, Joaquín, yo sólo quiero ponerte en antecedentes…
—¿Ya me está amenazando?
—No, por favor, Joaquín, estoy para ayudarte.
—Entonces déjeme desayunar, licenciado. Usted no sabe cómo me está afectando todo esto —y a partir de aquí nada mereció mi atención más allá del perímetro del menú. Dos jugos de naranja, enchiladas suizas, hot cakes con salsa catsup y doble huevo estrellado, zucaritas con leche, yogurt de piña y pastel de limón. Para cuando ensuciara la servilleta, tendría más sueño que interés en oírlo. Según yo, ya sabía lo que tenía que hacer. No iba a contárselo al zopenco aquel sólo porque me había sacado de la cárcel. Tenía que escaparme, salir de la ciudad. Sé improvisar, me dije, en todo caso.
De muy niño también me daban asco los hot cakes con huevos, miel y salsa catsup. Los probé por ganar una apuesta y les agarré el gusto: hasta hoy disfruto viendo a otros asquearse. Palencia hacía esfuerzos por disimularlo, aunque con poco éxito. Algo tenía que me molestaba, no sé si esa mirada de carroñero pulcro, esa voz paternal, de persona enterada-y-razonable, o ese look entre tieso y ampuloso. Los pelos relamidos hacia atrás, como de hombre mayor; camisa, mancuernillas, fistol, todo con iniciales JPP; el traje todavía caliente de la plancha y los zapatos negros relucientes que opacarían al piano del Carnegie Hall. Puede que fuera todo el paquete, porque era eso, un paquete de pura impostación, donde lo único que al final se transparentaba de la persona real era su calidad de palurdo esmerado. Podía, si quería, abusar, reírme de él, gritarle, hasta insultarlo, que jamás perdería compostura. Se me ocurrió pensar que bien podía ser uno de esos señores ejemplares que cualquier día revientan a la esposa y los hijos a escopetazos porque no soportaban más. Era joven, Palencia. Sería tal vez soltero, tendría una novia formal con la que iría a misa los domingos. Los padres de la chica lo llamarían hijo. Todavía le faltarían unos pocos años para ir pensando en comprar la escopeta.
Fue una delicia contemplar sus ascos. Más cuando me ganaron las carcajadas y me solté tosiendo sobre el plato. Todavía sacudido por la risa, fingiendo mal la tos, lo miré de reojo y me reí más. Alcé la servilleta con las manos, como ejemplificando la cortina que había entre los dos. Me reí idiotamente, en realidad, así que no tardé en volver a enojarme. ¿Tenía que plantarme esa sonrisa imbécil incluso cuando estaba asqueado y aterrado por mi performance? La gente nos miraba desde las otras mesas, Palencia se estaría pudriendo de vergüenza pero seguía sonriendo. Me gustan demasiado las sonrisas para aceptar que venga un reverendo imbécil a devaluarlas. Peor todavía, que quiera devaluarme el desayuno. Era un mal condimento, su presencia.
Cuando llegó el café, traté de resignarme a escucharlo. A lo mejor era una cortesía inútil, pero si ya me había sacado del bote no estaría de más anotar su teléfono y despedirme de él como la gente. Aunque no sea mi estilo, de un tiempo para acá. Pero él andaba frío con sus cálculos, insistía en aburrirme con tecnicismos jurídicos que antes de eso yo había decidido resolver con la estrategia más simple del mundo. No me iban a agarrar, eso era todo, y lo demás sería lo de menos. Hacía diez minutos que el licenciado hablaba de Mi Inocencia, y así nunca nos íbamos a entender.
—Yo no soy inocente, licenciado. Ni se gaste puliendo mi buena imagen. Usted y yo sabemos que recibí un dinero por hacer un trabajo que no hice, que destruí la evidencia y me escondí, que me gasté hasta el último centavo y no tengo ni para pagar un taxi, aunque tampoco tenga adónde ir, y a menos que se ponga del lado del fiscal necesito que acepte mi sagrado derecho a desaparecer y largarme a la mierda tan pronto como usted pague la cuenta —lo dejé quieto, impávido, pero aún sonreía.
—¿Y con qué piensas irte? —sacó un papel pequeño, sin dejar de mirarme, casi sarcástico— ¿Con lo que saques de la venta de ese anillo roto? ¿Sabes que tu ex-esposa te quiere demandar? ¿Piensas llamarte ahora Joaquín Feliú, Phil Friedman, Harry Martínez o Basilio Læxus? ¿Cuál de los cuatro crees que vaya a dar a la cárcel primero?
—Yo no voy a aceptar… —a ver, ¿qué puta mierda no iba yo a aceptar? ¿Que me supiera todos esos alias o que abriera la boca para decirlos juntos?
—A mí no tienes que aceptarme nada, Joaquín. Lo único importante era que me aceptaras esta invitación. Y ahora, si no te importa, voy al baño —lo dijo con el celular en la mano, ya había contestado la llamada, pero seguía hablándome, como si quien llamó tuviera que enterarse. Después se levantó de un salto y desapareció. En otras circunstancias, habría respingado con menos lentitud, pero ya el desayuno había hecho lo suyo y yo sentía ganas de vomitar. Aunque igual no podía. Si me paraba al baño, íbamos a toparnos. Ni modo que me viera regresando enchiladas y hot cakes. ¿Y si se había ido, sin pagar? A medida que iba sumando posibilidades, asumía de nuevo mi condición de prófugo. Si en diez minutos no regresaba el licenciado Palencia, tendría que empezar por escapármele a la mesera.
No era mala señal. Estaba reaccionando. Como si apenas en ese momento comenzara a entender lo que me había pasado. Arresto, cárcel, fianza, juicio, condena, rejas, muros, uniforme. De todo eso quería fugarse mi cabeza, yo no confiaba en aquel licenciado. Todo lo que dijera me iba a llenar de dudas. Y eso si regresaba del baño. ¿Me iría sin pagar, si no venía? No parecía la mejor idea, arriesgarme a ser uno de esos idiotazas que salen de la cárcel y a unas cuadras de ahí los vuelven a agarrar. ¿Qué haría, entonces? ¿Le echaría la culpa a mi abogado, de regreso en la Procuraduría? Me busqué entre las bolsas y palpé su tarjeta de presentación. Balmaceda & Palencia, abogados. El logo resaltado, el nombre resaltado, la dirección y los teléfonos resaltados, podría uno leerla con las puras yemas. ¿Para quién trabajaba ahora el licenciado? ¿Algún cliente chueco, igual que mi padrastro? De pronto me temí que estuviera del lado de mis acusadores. ¿Los hermanos Balboa pagando a un abogado fanfarrón? No había manera. Los Balboa me habrían enviado a un coyote barato con el saco arrugado y la corbata estampada en fritanga. O todavía más fieles a su estilo, mandarían a un par de desempleados dispuestos a romperme cuatro huesos por unos cuantos días de salario mínimo. Son así, los Balboa, no saben distinguir entre inversión y gasto.
La tarjeta me había tranquilizado. Supongo que para eso las hacen, uno confía más en quien le ha dado su tarjeta. La de Palencia, aparte, incluía en el reverso sus números privados. Celular, decía uno. Familia, el otro. Se veía confiable la tarjeta, aunque ya su grosor anticipara que el portador era un acartonado. Sin darme cuenta apenas, en los quince minutos que llevaba esperando no había ni soltado el cartoncito. Lo tenía apergollado con seis dedos, luego con cuatro y al final con dos, pulgar e índice de la mano izquierda. Pegaba con el filo sobre la mesa, siguiendo el ritmo de una orquesta imaginaria. Tap-tap-tap-tap, tap-tap, tap-tap. Tap-tap-taptap, tap-tap-tap-tap-tap, de otro modo tendría que mirar el reloj y preguntarme ahora qué iba a hacer si Palencia no regresaba luego de quince o veinte minutos. ¿Valdría la pena pedir un pastel, para no despertar sospechas?
Tap-tap-tap, tap-tap, seguí tamborileando con la tarje-
ta, cuando de atrás de mí salió una mano extraña y me la arrebató. Una mano delgada, de mujer. No sé si me asustó, pero salté. Esperaba a un empleado de seguridad, acompañado del gerente y la mesera. Que vinieran por mí y me invitaran a pasar a la trastienda. Ya viene la patrulla, avisarían. Sale uno de la cárcel temiendo que se note. ¡Mira, un ex presidiario! Seguro que no piensa pagar el desayuno. Ése de la tarjeta es mi abogado, iba a decir apenas cuando la voz de atrás me cortó el habla.
—¿Ya se acabó el licuado, niño Joaquín?
—Ya… —disparé, automático, sin pronunciar más nada porque si aquella voz me había llevado lejos, sus carcajadas me arrancaban del piso. Floté en ellas por un par de segundos, mientras me levantaba, daba media vuelta y enfrentaba el milagro secreto de la risa de Imelda.
—¿La señorita Imelda Fredesvinda Gómez Germán? —la voz sonó con ecos desde la escalera. Como imagina uno que habla el diablo. ¿Quién, que no fuera el diablo, podría haberla buscado en ese hotel de mierda? ¿Quién les había dicho su nombre? El hecho es que sabían demasiado, lo suficiente para convencerla de saltar a la calle por el balcón del fondo del pasillo, mientras ambos enviados acababan de conciliar la descripción de Imelda con la de esa tal Elvia Benítez Rojas, que según el registro del hotel Janitzio tenía dos semanas de ocupar sola el cuarto 27.
—Cipriana Álvarez Blanco —se presentó al llegar al hotel Andrade, que era donde el taxista le aseguró que no tendría problemas. Le quedaba dinero para otra semana de buscar, sólo que ahora tendría que escapar al mismo tiempo. ¿Contrataría su familia unos detectives? Imposible. ¿La habrían seguido desde Atlacholoaya? Tal vez. No habría sido del todo descabellado temer que un par de agentes pretendiera implicarla en los negocios de sus hermanos. ¿Creerían que llevaba mensajes de Isaac y Memo para otros delincuentes? ¿Querrían asustarla, aprovecharse, tirársela?
—¿Me dice que se llama Imelda, Fredesvinda o Elvia? —para cuando los dos perseguidores dieron con el hotel Andrade, Imelda ya se había escurrido de ahí. Era de instinto ágil, olisqueaba el peligro. Se las había arreglado para subir a una azotea próxima al hotel, los vio llegar e irse dentro de un Chrysler demasiado viejo para pertenecer a la policía. Más parecían secuestradores, asaltabancos, pistoleros, tenían todo el porte de los viejos amigos de sus hermanos, la mayoría ya presos o difuntos. No eran, por tanto, enviados de su familia. Una vez más a tono con su olfato, Imelda resolvió apostar por la única opción que la evidencia no eliminaba: los dos facinerosos del Chrysler tenían que ser enviados de José. Alguien la habría seguido desde San Bartolo, puede que el mismo Isidro. Pero nada iba bien, y si sus intuiciones tenían fundamento, más le valdría dar ella con José antes que los del Chrysler dieran con ella. Tenía que verlo de frente, hablarle, abrazarlo. Nada le aseguraba que sus perseguidores le darían esa oportunidad.
—Por favor, don Gaudencio, se lo suplico —llegó hasta San Bartolo no bien oscureció. No había hoteles ahí, sólo algunos departamentos en renta y ella no estaba para rentar nada. Pero de todas formas tocó el timbre, consiguió que el conserje de la privada la dejara mirar dentro de alguno y sólo entonces se atrevió a confesarle que no tenía para rentarlo. Podía darle un dinero, lo que cobraban en el hotel Andrade, por dejarla quedarse en el departamento. Serían sólo dos noches, le juró, mientras lograba dar con su marido.
—No puedo, señorita, la señora me corre si se entera. Tengo familia, hijos, y además no le puedo aceptar su dinero. Yo no agarro dinero de las mujeres, a saber si no esté esperando un chamaco —sin preverlo, Gaudencio le había resuelto la coartada. ¿A poco se me nota?, fingió Imelda un bochorno entre coqueto y triunfante. ¿Iba a dejar que una mujer embarazada se quedara a pasar la noche en la calle? ¿Qué le costaba hacerle una caridad? Imelda hablaba ya con voz entrecortada, oprimiéndose el vientre con las palmas. ¿La iba a echar a la calle en ese estado? No necesitaría Imelda de grandes intuiciones para saber de sobra que aquel Gaudencio terminaría dándole asilo, y entonces los del Chrysler se llevarían un palmo de narices. ¿Había mejor manera de probarle a José su astucia, y de paso aprobar el examen de compañera de ruta, que llegando hasta él solita, sin ayuda? ¿Y si los dos del Chrysler no eran en realidad enviados de José? De una u otra manera, la única solución era enfrentarlo a él antes que a nadie. Por eso estaba allí, poco menos que enfrente de la puerta por la que Isidro asomó la nariz, un par de días antes. Si tenía que llorarle y berrearle a Gaudencio, lo haría hasta secarse por dentro, pero ni muerta se iba a mover de allí.
—Ándele, no sea así, desde lejos se ve que es usted una buena persona. ¿Va a dejarme en la calle, don Gaudencio? —hablaba ya de sobra, sonriendo casi porque el hombre flaqueaba, abría los brazos, meneaba la cabeza, concediendo, preocupándose apenas por detalles tan poco importantes como el cómo, el por dónde y el hasta cuándo. Y ello le daba a Imelda una fuerza especial, pues en medio de tanta calamidad se miraba capaz de vencer el recelo de un extraño, rescatarse, imponerse, saber que nadie ya la detendría, ni habría poder humano capaz de regresarla a Chiconcuac. Unos son los que temen, otros los que resuelven: Imelda haría todo, lo que fuera, por figurar en el segundo grupo.
—¿Segura que no quiere otra cobija? —no había que ver muy hondo para encontrar en aquel hombre de ojos mansos y media sonrisa la generosidad que rara vez distingue a los extraños, pero Imelda creyó que era su decisión inquebrantable la magia que no sólo le abría las puertas del departamento y lo habilitaba como refugio, sino además la pertrechaba con mantas, colchoneta, pan y café calientes. Tendría que irse temprano, eso sí, a menos que encontrara la manera de quedarse escondida en alguna azotea de la privada. Lo más difícil ya lo había conseguido, el resto sería trámite menor. Concilió pronto el sueño con esa certidumbre.
—¿Y si le dice al administrador que soy su sobrinita? —no habían dado las diez de la mañana y ya Gaudencio flaqueaba de nuevo. ¿Quién le creería que esa mujer tan joven, de muslos largos, caderas bien plantadas y redondeces a pedir de boca podía ser su sobrina y no otra cosa? ¿Prometía obedecerlo y quedarse donde él le dijera? Por supuesto que sí, en la medida que desde ese lugar pudiera ver la puerta de Isidro y José.
—Hágase para atrás, señorita, me va a comprometer —pese a su reticencia sistemática, o acaso justamente por ella, Gaudencio no podía ser inmune a los encantos de Imelda, eso se le veía desde los parpadeos incontrolados hasta un cierto temblor de la quijada. Era como si le apuntara con un revólver. Tendría unos cincuenta años, tal vez menos, pero ya la cabeza blanquecina y la carne apergaminada por el sol. En sus manos (o en fin, ante sus ojos) Imelda no era menos inverosímil, ni parecía menos peligrosa que un portafolios lleno de dinero. Algo que a nadie le sabría explicar (ya se lo exigirían, si lo atrapaban) y de lo que ya no podía zafarse, una vez que se había prestado a negociar.
—Déjeme aquí, Gaudencio, le prometo que no me muevo de este rinconcito —no era el mejor puesto de vigilancia, pero sí un escondite inmejorable. Entre el par de tinacos y el tanque de gas quedaba camuflada por todos los flancos, podía pasarse el día sentada sobre el monte de ladrillos, fisgando allá, a lo lejos, sesgadamente, la puerta por la que más tarde o más temprano tendría que asomarse José. Entre tanto, Gaudencio ya era cómplice. La dejaría quedarse cuantas noches quisiera, por más que se esmerara en suplicar.
—¡Váyase, señorita, nos van a agarrar!
—Pero si no hemos hecho nada malo…
—Con lo que hice ya tienen para correrme. Si viene la patrona, o el administrador, usted se va a la cárcel y yo a la calle. Y luego mi señora trabaja haciendo la limpieza del nueve y el catorce. Mañana va a venir, ¿cómo le explico? —cada vez que en los días subsiguientes a Gaudencio le diera por el fatalismo, Imelda lloraría largamente, se abrazaría a él, no pararía hasta romperle todas las defensas. Sabía poco de hombres, pero ya hacía tiempo que la maravillaba el poder que tenía sobre sus voluntades. Parecía que temieran decepcionarla, como un niño de kínder a su nueva maestra. Un escote, una falda levantada, una sonrisa de falso candor podían bastar para volverlos niños y ponerlos completamente a su merced. Ya encontraría el modo de explicarle a José cada una de esas ventajas femeninas que él no podía darse el lujo de desechar, y aun si no lo entendía, tendría que ser permeable a esos mismos encantos. Lo había sido siempre, hasta el día que se fue.
—Si confías en mí, déjame que me quede. Si no confías en mí, no puedes dejarme ir. Hay de dos sopas y una tiene caca… —se lo soltó de frente, luego de dar dos pasos para atrás y evitar el abrazo del reencuentro.
—No te puedes quedar conmigo, Imelda, tú no sirves para esto —ya la tenía abrazada, la empujaba hacia adentro de la casa, mirando a todos lados, igual que un amateur. Pero evidentemente así se sentía. Si Imelda había llegado a solas hasta él, ¿qué no podría hacer la policía?
—No pienso regresar a Chiconcuac. ¿Vas a dejarme sola en un hotel, José? Voy a acabar haciendo lo mismo que tú, nada más que sin ti —lo había visto llegar con los del Chrysler. Corrió por la azotea, brincó los escalones de tres en tres y en algunos instantes ya se plantaba frente a la perplejidad engarrotada de José y sus amigos.
—Regla número uno: me llamo Gilberto. Me vuelves a decir José y te vas de aquí.
—¿Regla número dos? —quería dejarle claro que buscaba trabajo y no refugio. De lejos se veía que el José de Chiconcuac poco se parecía al Gilberto de México. Si quería de vuelta al primero, tendría que entenderse con el segundo. Jugar al mismo juego, hacerse necesaria. ¿No acababa, por cierto, de demostrar que era más eficiente que él?
—Nadie me anda buscando, es pura precaución. Por eso digo que tú no puedes vivir así, y además por mi culpa.
—Por tu culpa podría vivir peor. Pídeme que me vaya, dime que no te importo y vas a ver lo que es joderme por tu culpa. ¿Crees que puedes largarte y desaparecer de Chiconcuac sin que yo vaya atrás y te encuentre? No me conoces nada, José.
—Ya te dije que aquí me llamo Gilberto.
—Y te diré Gilberto en cuanto tú me pidas que me quede. Entiéndeme, José, si tú estás en la cárcel qué voy a hacer yo afuera.
—No me digas José. Y nadie va a meterme en la cárcel.
—¿Me quedo o no me quedo… Gilberto?
Cuando Imelda llegó, el mundo se hizo real. Quiero decir que antes de conocerla yo no sabía que mi vida pasaba en blanco y negro, igual que las películas que nunca quería ver. Sentí ganas de ahorcar a Mamá Nancy cuando dijo que Imelda parecía más zorra que sirvienta. Recuerdo que pensé: ¿Y tú qué, no pareces más zorra que señora? Imelda traería algo corta la falda, pero no más que la de Mamá Nancy. Tenía quince años menos, de paso. Y tenía una risa escondida que nadie fuera de mí descubrió. O sería quizás que en el único instante que me miró a los ojos alguien adentro de ella se rió conmigo. O con la multitud dentro de mí que aplaudía su entrada en el escenario, presa de un instantáneo fanatismo. Y ella se estaba riendo, podía jurarlo. Como si cada uno de los dos viéramos ya en el otro una ventana inesperada al mar.
Tenía rabia contra Mamá Nancy, y como siempre no podía desquitarme más que pensando cosas por las que ella me habría arrancado la cara a cachetadas. Vieja loca y ridícula, empezaba. Ya luego me seguía con palabras más ofensivas, casi siempre acababa sellándome los oídos con lo que para otros era una maldición y para mí un retrato de familia: putamadreputamadreputamadre. Y más puta que madre, terminé calculando, como si ya supiera que el arribo de Imelda iba a cambiar mi vida de tal forma que yo podría hacer con Mamá Nancy lo que ella nunca pudo hacer conmigo. La recuerdo gritándolo a media sala, en la fiesta de mi noveno cumpleaños, enojadísima quién sabía por qué. Ay, cómo me arrepiento de no haberte abortado. No sé si alguno de los otros niños habrá hecho lo mismo, pero yo lo busqué en el diccionario. Mamá Nancy me había echado a perder mi última fiesta de cumpleaños (nunca más habría otra, de eso me encargaría, aunque al cabo ella se encargó conmigo); era yo quien deseaba abortarla. Fuera de aquí, vieja loca y ridícula.
Lócula, terminé llamándola en secreto. Sonaba como a Drácula y le seguía diciendo loca y ridícula. Mi fiesta, pues, no la había abortado Mamá Nancy, que era toda dulzura, sino el impredecible Conde Lócula. No era precisamente original, estaban ya el programa del Conde Pátula y el cereal de la marca Count Chocula, cuando menos. Pero ella tampoco era muy original, se parecía demasiado a las villanas de las telenovelas. Al principio era la Condesa Lócula, pero ya con Imelda descubrimos que sería más seguro llamarla Conde. Pensaría que hablábamos de Manolo, de uno de sus amigos, de ella nunca.
Era linda, esa Imelda. Lindísima. Un pastelito, decía Manolo entre dientes cuando pasaba Imelda y Lócula no andaba por allí. Más que entre dientes lo decía apretándolos, pujando y resoplando al mismo tiempo. Pastelito. Bizcocho. Mami. Le daba igual que yo estuviera cerca, incluso junto a él. Supondría tal vez que mi silencio estaba incluido en nuestro pacto de no agresión, me consideraría poca cosa, sería su manera de recordarme que aquélla era su casa y no la mía, en todo caso estábamos los dos conscientes del valor de ese pacto. No era que yo contara tanto con él, pero igual su presencia me protegía de Lócula. Por supuesto, con algo de paciencia conseguiría grabar la voz de Manolo diciendo porquerías, más todavía con la ayuda de Imelda, pero la perspectiva de Nancy divorciada, sola en aquella casa conmigo, me seguía aterrando a los catorce años. Debería decir que me aterraba más, porque al menos de niño no sabía la cantidad de chochos y polvos que Mamá Nancy tenía que embuchacarse para volverse Lócula.
Cuando Imelda llegó, yo había desarrollado un sistema para seguir de cerca la transformación de mi madre. Cada mañana o tarde que la veía, sus ojos extraviados me anunciaban que Nancy seguía poseída por Lócula. Sucedía tres, cuatro veces al mes, luego dos por semana, yo iba llevando el porcentaje de días-Lócula, hasta que hice las cuentas y vi que andaba ya por el noventa y tantos por ciento. En el último mes, había visto a Mamá Nancy nada más que en un par de ocasiones. Un domingo en la tarde lloraba durante horas, luego venía a darme un cariñito. Me decía que al día siguiente me iba a llevar al cine, como si fuera niño todavía. Para el lunes en la mañana, Lócula estaba de vuelta. Por eso fue más fácil hacerme su enemigo veinticuatro horas diarias. Estaba combatiendo a Lócula, no a Nancy. Era Lócula quien me daba cachetadas hasta para calmarse la neurosis. Perdóname, Joaquín, tenía que quitarme la nerviolera.
Ciertamente no había candidato mejor para asimismo recibir las cachetadas que Nancy no podía estamparle a Imelda. ¿Por qué me ves así, irrespetuoso?, me decía cada que Imelda le plantaba una jeta. Si respondía ¿yo qué?, o ¿yo?, o sólo ¿qué?, me ganaba la cachetada al contado; si decía perdón, me la daba más tarde, con otro pretexto. Pero ya no importaba. Al contrario, me había acostumbrado a sus bofetadas, por instinto apretaba la mandíbula y cerraba los ojos cada vez que empezaba a verla venir. Le pesaba la mano, creía que con eso le bastaría para avasallarme. Nunca se imaginó lo que sus cachetadas iban a detonar entre Imelda y yo.
Casi no hablábamos, muy al principio. Buenas noches, le decía, sin atreverme ni a pronunciar su nombre, y ella soltaba tan quedito el Hasta mañana, joven Joaquín, que me tardé tres noches en descifrarlo. Pero entonces vinieron las cachetadas. Cada vez que mi madre me daba una, Imelda me miraba con angustia instantánea, como si ya supiera que iba para ella y se había desviado hacia mí. Me sonrojaba menos por el golpe que por la vergüenza de que Imelda pudiera ver a Lócula tratarme como niño chiquito. Por eso comencé a poner caritas. De pronto conseguía hacerle señas de que mi madre estaba loca, y ella torcía la boca como para aguantarse la risa. ¿Cómo iba Mamá Nancy a imaginar que un día me gustarían sus cachetadas y las esperaría con las piernas temblando de emoción? Llegué a ensayar las caras que haría al día siguiente, si tenía la suerte de que me cacheteara enfrente de ella. Era un juego difícil, aunque muy divertido. Lócula no podía ver mis muecas, sólo ella. Se trataba de hacerla reír en secreto, un poquito a costillas de mi mamá.
“Cuando Imelda llegó…” No puedo imaginar una tragedia que comience así. Lo digo y se me sale la sonrisa, por más que no me dé la gana sonreír. Me recuerdo sonriendo a solas en mi cama, pensando que esa chica de mirada sexy que parecía princesa antes que lo que fuera dormía bajo el mismo techo que yo. Si Mamá Nancy hubiera puesto la mínima atención en los temas domésticos, le habría parecido cuando menos exótica mi presencia insistente en la cocina. Iba por un refresco, regresaba por hielos, luego por un popote, un minuto después por más refresco y al final sólo para llevar el vaso, previamente lavado para no molestarla. Ninguno de los dos abría la boca, pero nunca fallaban las sonrisas. A veces, cuando Lócula se desgañitaba llamándome, Imelda me avisaba pelando ojos de alarma, yo me tapaba los oídos y jugaba a que no me había enterado, y entonces a ella le brotaban las risotadas completas, de repente se daba media vuelta y se reía dándome la espalda, dejándome mirar esos muslos que luego, ya solo y en mi cama, recorrería con el zoom de la memoria, como quien se ha encontrado el sexto continente.
El paso por la infancia me volvió un ente de pocas palabras. No porque no supiera o no quisiera decir las cosas, sino porque aprendí a temerme en lo profundo. Estaba cada día más seguro de mis supersticiones infelices, y así seguía actuando —en realidad, dejando de actuar— como si las palabras dichas, escritas o tan sólo pensadas tuvieran el efecto de alguna carambola de conjuros. Me desvelaba a diario preguntándome qué palabras exactas debería decir, y cuándo, y cómo, y dónde, y con qué pretexto, para cruzar un día las fronteras de Imelda. Ni siquiera sabía cómo hablaba, o si tenía acento de algún lado. Lo decía todo rápido y a mínimo volumen. Lócula se ponía como fiera si tenía que preguntarle tres veces la misma cosa. ¿No puedes hablar fuerte, como la gente? ¿Quieres que nos vayamos todos a tu rancho, para acabar hablando como indiacos ladinos?
No, siora, se enrocaba Imelda, con la vista en el piso, sin subir el volumen ni pronunciar más. Cuando mi madre continuaba jodiéndola, que era lo más frecuente, se quedaba pegada en el no, siora, incluso si debía contestar sí, siora. ¿Le costaba mucho trabajo llamarla señora, se-ño-ra, en lugar de siora? No, siora. En esos casos quien se reía era yo, no podía ser que Imelda fuera así de silvestre, ni que llevara atole en las venas. No se tiene una cara y un cuerpo como los de Imelda para aguantar humillaciones como las de Lócula. ¿Qué hacía en ese trabajo, cuando podía ser recepcionista, edecán o, por qué no, hasta puta? Finalmente el trabajo de colchón tenía que ser menos desagradable que aguantar día y noche la gritería de Lócula, que podía estirarse al infinito si acaso le faltaban o le sobraban los combustibles. Yo no tenía opción, era mi madre. ¿Pero ella, Imelda, con esos ojos hondos y esas caderas anchas y esa cintura mínima? ¿Qué dueña de burdel trata así a sus empleadas sin arriesgarse a que le saquen los ojos? ¿Cuánto le pagaría Manolo por eso, cuánto iría a aguantar ella? Debió de ser por ese solo miedo que entré en guerra secreta con mi madre. No podía dejarla que terminara de espantar a Imelda, ni aceptaba la idea de que fuera por bruta o por ignorante que se dejaba humillar así. Me bastaba con verla sonreír para encontrar en esos ojos cintilantes la chispa de sarcasmo que la arrogancia en armas de mi madre no había querido ver ni de reojo.
Cuando Imelda llegó, ninguno de los dos pudimos resistir la atracción natural de la guerra mayor, que era la que libraba mi madre con Manolo y cada una de sus dizque ex mujeres, las vecinas de atrás, para las cuales Nancy tuvo siempre la espalda más ancha del mundo. Las golpeaba, eso sí, de rebote, a través de Manolo. Si llegaba a enterarse que él había prometido ver a sus hijas al día siguiente, era capaz de echarle polvo de valium a su café con leche; al día siguiente, lo dejaba dormir hasta pasada la una, y mientras tanto no permitía que nadie contestara el teléfono. Por eso las vecinas de atrás la detestaban; sabían que Nancy era capaz de todo por fastidiarlas. Para poner la mierda en su lugar, decía ella siempre que Manolo le reprochaba lo irreprochable, pues nadie ahí dudaba que seguía tirándoselas, de cuando en cuando. Por eso sus reproches se desvanecían tan pronto: Nancy podía acabar incendiando la casa si no se apresuraba a darle la razón. Eso decía él, al menos, y le bastaba para que las vecinas acabaran de echarle la culpa entera a Nancy por los cambios que había sufrido su hombre-de-la-casa desde que convivía con mi madre. Gracias a ella y su animosidad, Manolo parecía El Buen Hijo de Puta, y hasta llamaba a lástima simpática. Pobrecito, qué culpa iba a tener de vivir sojuzgado por esa bruja.
Fui yo quien la hizo bruja, a decir verdad. Mamá Nancy quería ser moderna, no puedo imaginármela comprando velas negras y murciélagos secos en el mercado de Sonora. La anterior cocinera, doña Elma, me había contado de sus vecinas brujas. Iban cada semana a ese mercado. Y yo tenía terror de perder a Imelda, aun si seguía sin hablar con ella. Estaba en los exámenes semestrales, salía todos los días temprano de la escuela. En una de ésas caminé hasta el metro, pregunté por alguna estación cercana a ese lugar y dos horas después ya estaba de regreso con dos juegos completos de vudú. Dos muñecas, seis velas negras, un paquete de alfileres, dos amuletos y cuatro canarios muertos que le compré a los pajareros por el precio de medio pollo rostizado. Llegué a la casa ya con ganas de vomitar, pero al día siguiente amanecieron dos altares negros, uno en la mera puerta de mi casa y el otro bajo los buzones del edificio de atrás. No habían dado las ocho de la mañana cuando ya Nancy estaba en plena batalla con las ex, una y otras culpándose de todo. ¿En qué cabeza enferma cabía dejar velas, fetiches y animales muertos a las puertas de los vecinos?
Esas gentes no son nuestros vecinos, decía Mamá Nancy con gesto de asco cada vez que tenía que indignarse ya no tanto porque las tres ex de Manolo la señalaran como la bruja mustia que hizo lo mismo en su propia puerta para que nadie sospechara de ella, sino sólo por verse precisada a de alguna manera reconocer que había vida humana detrás de nuestra casa. Tú no entiendes lo que es ganarse las cosas, por eso nunca sabrás defenderlas, me regañaba, palabras menos, si yo insinuaba que los brujos pudieron ser otras personas. Y luego: No me importa que vengan diez ignorantes desconocidos a amenazarme con gritos macabros, lo que quiero es librarme de las macabronas. Y al final: …con lo bonita que se vería una alberca en el lugar de ese edificio feo, Manolo no lo quiere entender, necesita tener un gallinero atrás, cómo se nota que le faltan huevos.
Supe que Imelda no era ninguna bruta casi tan pronto como las vecinas de atrás asumieron que Nancy era una bruja. La vi limpiar, con impecables muecas de horror y repugnancia, la puerta de fetiches y cadáveres, persignarse al principio y al final, lloriquear de regreso frente a mi madre, todo tan en su sitio que ya temía haber metido la pata. ¿Y si mis brujerías de pacotilla la ahuyentaban más pronto que los gritos de Lócula? Había regresado del examen con la certeza fatalista y además paranoica de que terminarían descubriéndome, pero tras medio minuto de escuchar a mi madre en el teléfono, calumniando con gran pasión a las vecinas, supe que en realidad le había hecho un regalo. También lo supo Imelda, por eso me sonrió con tamaño descaro en cuanto se vio libre de los ojos de Nancy, que subía y bajaba por la casa, blasfemando con el teléfono en la mano. Siempre supe que esas mujeres eran brujas, y otras cositas peores que me callo, nomás por no ponerme al tú por tú, decía por allá, tal vez en la terraza, cuando aquella sonrisa sobrevino. ¿Ya ves, Joaquín?, dejó escapar una risita, poco más que un ji-ji, ya echaste a andar a tu mamá con tus gracias. No te hagas, otra risa, el índice debajo del ojo derecho. Ya sé que eres el brujo, yo te vi.
No sé muy bien qué le iba a contestar cuando ella alzó una mano y me tapó la boca. Cállate, brujo, dijo. Cualquiera en su lugar habría podido espiarme y descubrirme, sólo que a ella le di ventajas especiales. No sé si solamente olvidé vigilarla o si hice todo porque me vigilara. ¿Me había espiado Imelda, pues? ¿Me vio poner las velas y los canarios muertos, amarrarlos de las patitas con el listón negro? Jamás la imaginé capaz de delatarme. ¿Por eso me llamaba Joaquín a solas y delante de Nancy Joven Joaquín? Una por una, mis preguntas hallaron respuestas abundantes en sus ojos, al momento de taparme la boca. Nadie que fuera torpe o ignorante podía mirar de semejante forma, deduje, como ya celebrando la miopía de mi madre. La había echado a andar, como decía Imelda, y fue como si juntos celebráramos la partida del tren de la amargura.
—¿Cómo dijiste que te llamabas?
—Elvia Benítez Rojas.
—¿Elvia qué?
—Elvia Cipriana Benítez Rojas. No me gusta el Cipriana. No soy yo, ya te dije.
—No es para que te guste, ni para que seas tú. Es para que seas otra y se lo crean. Y ése es el chiste de que no te guste, siempre vas a decirlo con penita, ¿me entiendes? A los ricos les gustan esas cosas. Los tranquiliza que a la chacha se le asome el morral. Que sea ingenua, cerrera, salvajita. Que a nadie se le ocurra pensar que esa recamarera llegó a prepa, es hija de unos dueños de farmacia, tiene un novio ladrón y dos hermanos secuestradores.
—No hables así, Gilberto. Es más, no sé ni de quién hablas —no estaban en Imelda las aptitudes naturales para desempeñarse como la rancherita que tenía que ser, pero aprendía rápido y solía ser práctica. En lugar de impostar un improbable acento de ranchera, optó por el silencio y los monosílabos. En un par de semanas había creado un personaje retraído, hermético y empecinado. Se había acostumbrado a resolver cualquier situación mirando al piso y guardando silencio, como no fuera para decir sí, no o no sé. Si alguien la regañaba se mordisqueaba el suéter, de pronto se quedaba tres días sin bañar.
—¿Vas a aguantar semanas tendiendo camas y lavando pisos?
—Aguanté años haciendo eso en la casa.
—No es lo mismo. No va a ser tu familia, ni tu casa, ni vas a poder ir a donde quieras, ni vas a contestarle a la señora como le contestabas a tu mamá.
—¿Siquiera voy a verte en mi día libre?
—Imelda…
—Elvia. Es más, dime Cipriana. Tengo que acostumbrarme, ¿no?
—No vamos a pasarnos la vida haciendo esto. Cuando juntemos algo de dinero, nos vamos a un lugar donde Imelda y José no tengan que cambiarse de nombre —le había costado trabajo aceptarlo, pero conforme vio sus avances en la interpretación del personaje fue ganando entusiasmo y disposición. Nadie mejor para ese trabajo, aunque tenía dos defectos peligrosos. Era de Chiconcuac y estaba enamorada de él. Según Isidro, había que devolverla al pueblo. Según José, de poco iba a servir. En dos días la tendrían de vuelta, ciega y encabronada como un toro, decidida otra vez a lo que fuera. Y ello, a decir de Isidro, era un tercer defecto en la lista. Si el arrojo de Imelda carecía de medida, no le quedaría grande una revancha.
—No me has dicho por cuánto tiempo voy a quedarme en cada casa.
—Nadie sabe eso, Elvia. Es tu trabajo. De ti depende cuándo y cuánto te agarren la confianza. Que te dejen la casa por un día, una tarde. Que se vayan tranquilos a la fiesta, la boda, el día de campo. Acuérdate que nuestra tranquilidad depende de la suya. Si tú sabes calmarlos, todos vamos a trabajar en calma. Si lo haces mal, ya sabes. Nos jodemos.
—Sí, sior Gilberto —en un instante bajaba los párpados, se enconchaba y tensaba los dos brazos, que ya pendían como badajos oxidados. Era como si todo ese perfeccionismo se encaminara únicamente a probar que la había subestimado. “No sabes lo que tienes”, tal era la promesa y la amenaza.
—¿De dónde dices que eres, Cipriana? —la señora era joven, se llamaba Jimena, no era bonita pero lo parecía, si bien tenía un tic en el ojo derecho que la hacía temer intolerante. Cabello enrojecido con luces rubias, ojos marrón pequeños, antipáticos, más aún desde el punto de vista de un subalterno.
—Tlanixco —repetía bien quedo, con la mira en los nervios de la patrona. Quería exasperarla desde el primer día, espiarla por la noche y descubrir que se quejaba de ella y decía esta pobre es silvestre con ganas.
—¿Has trabajado aquí, en el Pedregal? —cada una de esas miradas de entomólogo asqueado de su profesión le valían por cinco votos de confianza.
—Mi pueblo.
—¿Tu pueblo qué?
—Mi pueblo.
—¿Qué pasa con tu pueblo?
—Trabajo.
—¿Trabajaste en tu pueblo?
—… —sonrisa timidísima, ojos en el piso, manos limpiándose el sudor en la falda.
—¡Contéstame, Cipriana, por favor!
—Sí, siora.
—¿Sí qué?
—Sí.
—¿Sí trabajaste?
—En mi pueblo.
—Trabajaste en tu pueblo, ¿con tu familia?
—… —tal vez no solamente los músicos deberían saber que un silencio tiene el mismo valor que un sonido.
—Ay, Dios, eres de las muditas. ¿Cuánto quieres ganar?
—… —aunque algunos, como habría sido el caso de Imelda, sospechan que el silencio vale más. Lástima que los niños estaban tan bonitos. Seguro que iba a encariñarse con ellos.
—Mira, Cipriana, déjame que hable con el señor para que te investiguen y te vienes mañana en la mañana. Que sea antes de las nueve, ¿sí? —¿la iban a investigar? No le creyó. ¿Qué podían encontrar? Que no era de San Pedro Tlanixco, ni se llamaba así. Que tenía dos hermanos presos por secuestro y un novio con tres órdenes de aprehensión. Pero no había hecho nada, más que cambiarse el nombre. Era inocente. Si notaba que la miraban raro, desaparecería esa misma noche y volvería al lado de José.
—Acuérdate que a la primera sospecha te largas. Dices que vas a la tiendita y no vuelves. Yo me encargo de que después les llame tu abuela cuchipanda y les diga que tienes que cuidarla. Diez recomendaciones firmadas nos salen en mil pesos, un solo arresto y se nos cae el teatro. Y además yo te quiero en la calle —esto último lo dijo, y a Imelda le cayó una súbita noche encima, sin siquiera esmerarse en parecer sincero. Como ella, estaba actuando. Es más, le hacía a ella lo que ella les haría a sus patrones. ¿La dejaría tirada, si la arrestaban? ¿La entregaría con tal de salvarse? ¿La cambiaría por otra, y otra, y otra? Nada la autorizaba a suponer que no.
—José, no soy Cipriana, ni Elvia, soy Imelda. Imelda Fredesvinda, ¿te acuerdas de mí? —lo decía sonriente, le acariciaba la mejilla izquierda, como si con los mimos pretendiera disimular la gravedad de la advertencia implícita: ¿una vez más la estaba subestimando?
—Ya llegó la mudita —escuchó a la patrona murmurar tras la puerta del desayunador, justo antes de asomarse a recibirla. Se sintió bien, aún no levantaba el primer plumero y ya tenía un apodo que la exoneraba. Además, lo había dicho en diminutivo. Una muda tal vez fuera peligrosa, ¿pero una mudita?
—¿Escoba? —perder y pedir, pedir y perder, nada desesperaba tanto a la señora como verla llegar de regreso preguntando por cosas que acababa de darle.
—¿Y a mí qué me preguntas, estúpida? —terminaba gritando la patrona, sin calcular que sus exabruptos eran medallas para su disfraz. Siempre andaba perdiendo o buscando algún objeto, y ello la autorizaba para asomarse por cada recoveco, despertando la hilaridad de todos y la sospecha de ninguno.
—Fue el Burrito, mamá —el matrimonio tenía tres hijos. Hilda, de catorce años, Luis, de diez, y Patricio, de siete. Los tres se divertían llamándola Burrito, y al cabo hasta el papá terminó por comprar el apodo. Si alguna cosa estaba perdida o rota, tenía que ser culpa del Burrito. Los burritos no te vacían la casa, se recordaba Imelda cada vez que sentía piedad por esa Elvia Cipriana que cada día llevaba más adentro.
—¿Fuiste tú, Burra Cipriana? —Luisito y Pato se lo decían de frente, pero no le importaba. En tres semanas había conseguido radiografiar cada hueco privado de aquella casa. Sabía lo que había en armarios y cajones, dónde estaban las joyas del diario y dónde las valiosas. Lo que más le gustaba, sin embargo, eran los trajes de baño de la señora. Se miraba corriendo junto a José por una playa inmensa, donde seguramente nunca se encontrarían a la dueña del traje de baño. El día que se fue, cargó con una bolsa llena de ropa de playa. Del resto se encargaron los socios de José.
—Es demasiado buena, me da muy mala espina. Y es tu vieja, además. En cuanto le hagas una nos va a chingar a todos, mira cómo se pone cuando se enoja —Isidro la habría echado a la calle desde la misma noche en que llegó. Largarla, amenazarla, desinflarle las ínfulas. ¿Tenía acaso una mejor razón para correrla que la de ser demasiado buena? ¿Habría otra con esa memoria, ese olfato, esa astucia, y encima esas nalgas? ¿Quién más les iba a dar la información que había conseguido ella? Fotocopias de los recibos, estados de cuenta, tarjetas de crédito, agendas, inversiones, cuentas extranjeras. Esas cosas se cotizaban aparte. Por eso te lo digo, insistía Isidro, es demasiado.
—¿Te llamas Tulia, entonces?
—Obdulia —corrigió, con la vista en el suelo y la mano derecha triturando un billete de veinte pesos.
—¿Obdulia qué?
—Obdulia.
—¿No tienes apellido, no tienes padres?
—Álvarez.
—Te llamas Obdulia Álvarez.
—No.
—¿No?
—Sí.
—¿Qué no fuiste a la escuela?
—Primaria.
—¿Acabaste la primaria?
—Segundo.
—Pues no se nota, mira. ¿Cómo decías que te llamabas?
—Obdulia Álvarez.
—¿Ya ves? No eres tan bruta, hija. Yo te voy a ayudar a que te pulas. Por lo pronto te quitas ese vestido cochino y te me vas poniendo el uniforme. Yo no sé ustedes cómo pueden llegar a una cita de trabajo con esas fachas. Y además mugrosa. Luego dizque no saben por qué les va mal. Te me das un buen baño, también. ¿Sabes cómo prender el calentador o hasta eso vas a querer que te enseñe?
—…
—Ay, Obdulia, sólo falta que no sepas leer —escribía con la zurda, leía haciendo escala en cada sílaba. Si todo salía bien, no pasarían más de doce horas sin que todos en la nueva familia la trataran igual que a un chimpancé. Estaba entusiasmada, más todavía desde que puso el ojo en el pescuezo de la nueva señora y encontró allí la clase de collar que José nunca le iba a comprar.
No. No me daba pena que por mi culpa tuviera mi mamá fama de bruja. Al contrario, le había regalado una causa. Tenía al fin motivo para pelear a muerte con las ex, y ay de quien lo dudara. Puede que lo hayan hecho sin pensar, tuvo que conceder un día Manolo con tal de no tener que seguir resistiendo la artillería de Nancy. ¿Las defiendes, entonces?, lo agarró mi mamá del cogote. Desde el principio supo que el chiste del vudú tendría que pagarle dividendos, quienquisiera que hubiese sido el autor.
Mamá Nancy exprimió hasta la última gota la capitulación de Manolo. No es que crea en los diablos de esa gente ignorante, pero mi nerviosismo no aguanta un odio así, repitió a cada rato durante un par de días y al tercero salió rumbo a París, del brazo de Manolo. Todo lo cual, según me contó Imelda —escuchaba las pláticas de las vecinas en el cuarto de lavado— no había hecho sino confirmarles la autoría de mi madre en ese espeluznante incidente del vudú. Seguro lo había hecho para poder culparlas a ellas y sacarle a Manolo un viaje a Europa. Tenían, además, una certeza: ¿quién, que no fuera Nancy, podía entrar y salir del fraccionamiento sin tener que identificarse y pedir permiso? Cuando Imelda escuchó ese argumento, tuvo que sumergir la cabeza en el suéter para no delatar sus carcajadas. Y Manolo, decían asimismo las vecinas, tampoco estaba libre de fantasmas. Desde el día que vio a los cuatro pájaros muertos, dos en cada una de sus propiedades, no volvió a ser el mismo. Ni siquiera chistó sobre el tema de Europa, sólo lució de nuevo relajado cuando se vio camino del aeropuerto. Lo recuerdo porque me dio quinientos dólares. Toma, Joaquín, para que compres ajos y crucifijos, ya te traeremos agua bendita de Notre Dame. Todo el mundo se burla del vampiro cuando sale del cine, pensé, todavía sin creer lo que había conseguido con un viaje al mercado de Sonora. Quitarme a Lócula de encima por aún no sabía cuántos meses, deshacerme ese mismo tiempo de Manolo, quedarme con la casa para mí y para Imelda, con cocinera incluida —se llamaba Lucía, tendría sesenta años, o setenta, recién había llegado, a Imelda le decía hija y a mí niño— y además convertir una inversión de ciento cincuenta pesos en quinientos dólares, según mis cuentas una ganancia de cerca del tres mil quinientos por ciento. Había conseguido todo aquello con seis velas y cuatro pájaros muertos.
¿Por qué hiciste eso, Brujo?, me preguntó, minutos después de que el taxi se fue con Manolo y Lócula (que se había vuelto Nancy para darme el besito de la despedida, y luego otra vez Lócula porque se hacía tarde y el Viaducto seguro iba a estar atascado). ¿Por qué crees?, me reí, un poquito al principio y más después, conforme a ella también le ganaba la risa. Por qué crees, repetía, ya afirmando porque ya desde entonces mis comunicaciones con Imelda ocurrían primero en los gestos que en las palabras. Tampoco era, por cierto, de hablar mucho. Éramos los dos mustios y taimados, nuestro alfabeto estaba hecho de muecas y parpadeos, suspiros y silencios, certezas y malicias que iban y venían como choques eléctricos entre cables cruzados.
¿Cómo puedes saber que no eres brujo, Brujo? Mira lo que haces, ¿cómo sé yo que la doña Elma ésa no era bruja y te enseñó a ti?, decía como en broma, pero en el fondo ninguno de los dos estaba tan seguro de no estarse metiendo con quien no debía. Aun cuando nos reíamos juntos del incidente, alguien adentro de ella y de mí se esforzaba por conjurar la presencia de algún fantasma cobrador. Sospechábamos —y al guardarlo en secreto lo confirmábamos— que debía de haber algún precio por armar semejante alboroto en la familia que no era familia. Todos, a su manera, tenían miedo, pero sólo nosotros sabíamos a qué y por qué.
¿Había brujos en Chiconcuac, su pueblo? Fue ella la que se rió esta vez. No lo sabía, nunca lo había pensado. ¿Creía yo que nada más porque era pobretona y pueblerina tenía que saber de hechizos y maldiciones? ¿Quién había ido al mercado de Sonora, ella o yo? Pero no se enojaba, y hasta al contrario. Decía que era pobre porque quería, y yo disimulaba la comezón de preguntarle qué hacía una como ella en ese trabajo, pero algo me detuvo. Algo que fue creciendo al parejo de nuestra mutua confianza, como una de esas costras oscuras y filosas que no se dejan desbaratar sin que la sangre brote de nuevo y anuncie la inminencia de otra costra. Algo que sin quererlo ni esperarlo se convirtió en la red a mitad de la cancha que nos dejaría jugar juntos y a solas durante los mejores meses de mi vida, sin pensar demasiado en ese asunto opaco de la factura.
¿Tendríamos que pagar Imelda y yo por eso, pagarían los otros por nosotros, había terminado para siempre la saludable guerra fría entre Mamá Nancy y las ex de Manolo, estábamos a un paso del odio desatado y la revancha sangrienta? A veces, entre nueve y diez de la mañana, me juntaba con ella en el cuarto de lavado, sólo para escuchar lo que contaban María Iris y su prima. Manolo había construido un solo cuarto de lavado, al que tanto la casa como el edificio tenían acceso, cada uno con su puerta y doble cerradura, en horarios distintos para evitar contacto, hasta que Nancy decidió que quería una secadora nueva y no estaba dispuesta a compartirla. Antes de la llegada de la secadora, ya había a la mitad del cuarto de lavado una barda de tablarroca que bloqueaba la vista, no el sonido. “A la mitad” significó en la práctica un setenta por ciento para la casa y el resto para el edificio, bastante apenas para pileta y lavadora. Gracias a eso sabíamos que la señora Ana Luisa había ido a ver a un brujo para echarle una maldición a mi mamá. ¿O sea que no solamente a ella la había echado a andar el chiste del vudú? La risa, a veces, sirve para anestesiar el miedo. Ésa era, yo supongo, nuestra risa en el cuarto de lavado, y puede que el origen de las mejores bromas entre los dos. Yo iba a cumplir quince años en dos meses, ella cumplía dieciocho la semana próxima. Nada nos divertía más que esperar a la noche y jugar a la casa embrujada.
Nunca quiso decirme cómo me descubrió, y eso me daba pie para llamarla Bruja, de regreso. Sentía una cosa rara si decía su nombre, tanto como si a ella se le ocurría llamarme por el mío. Era más cómodo ser Brujo y Bruja, como si nunca nada fuera serio y Manolo y mi madre no pensaran volver en quince años. Como si cada vez que se juntaban las letras i-m-e-l-d-a no me cayera encima una descarga eléctrica y hubiera en esos días algún otro atractivo que respirar su aire y leer en sus ojos todos los porvenires concebibles. Como si no cayera cada noche rendido de juguetear con ella sólo para topármela de vuelta entre los sueños.
Mamá Nancy sabía que era desordenada, por eso de antemano descansaba en los otros para hacer lo suyo. Ni en los cajones, ni en el coche, ni en el bolso se le podía adivinar el menor rastro de organización. A Manolo, que rara vez hizo el menor intento de ser o parecer mi padrastro, menos aún le preocupaba si yo comía a mis horas, tenía ropa limpia o asistía a la escuela, pero sin duda le jodía la fiesta soportar los complejos de culpa de Nancy. Por eso nos mandó al economista Albertos.
No recuerdo su nombre, sólo ese título que por lo tanto visto debía de parecerle nobiliario. Economista. También me acuerdo de las jetas que hacía cada vez que Nancy le lanzaba una de esas preguntas que serían idiotas si no llevaran dentro una carga letal de mala leche. A ver, Economista (lo silabeaba siempre, con esa voz de tonta impostada que Albertos odiaría con pasión), usted que sabe mucho de estas cosas, ¿a cómo amanecieron los tomates? Oiga, Alberto (él corregía, Albertos, a mínimo volumen), consígame un descuento especial, usted que sí estudió. Ése mi Economista, ¿le importaría si lo llamo Beto? Fue finalmente por el ánimo servicial de Albertos —que obedecía con singular entusiasmo a cada una de las órdenes de Manolo, especialmente aquellas que no formaban parte de su trabajo— que mi escuela siguió siendo pagada, así como la luz, el gas, los teléfonos y los sueldos de Imelda y doña Lucía. Nos llevaba dinero, también, los domingos al mediodía. Era como si disfrutara de la oportunidad de quedarse sin fin de semana para servir de trapo a su patrón.
Si quería ir de compras con Imelda no tenía más que llamarle al Economista y en media hora iba a estar allí. Pero nos aburría. Especialmente a Imelda, que lo encontraba tieso. Insoportablemente. Nunca le creas a un tieso, decía de pronto, viéndolo de lejos, son todos más cabrones que bonitos. Y eso ya para mí era una hazaña histórica, pues probaba no sólo que Imelda me tenía la confianza bastante para en mi mera cara cabronear al brazo derecho de su patrón, siendo él así de tieso, sino además, y esto era lo en verdad emocionante, remachaba nuestra complicidad.
Imelda. Subía y bajaba del camión de la escuela pronunciando en secreto su nombre. Las seis horas que oficialmente me pasaba estudiando las invertía íntegras en especulaciones ligadas únicamente a la imeldología. Muslos II, Pantorrillas I, Introducción al estudio de las caderas, Laboratorio de Onanismo IV. Luego de una semana de martirizarme contando los minutos que faltaban para la hora de salida, entendí que mi vida iba a cambiar. Los últimos dos días no soporté siquiera el camión del colegio, que hacía quince o veinte escalas antes de la mía, tomé un taxi y llegué en diez minutos con Imelda. ¿Qué iba a hacer? ¿Amargarme la vida seis horas al día? ¿Gastarme mis quinientos dólares en taxis? No había a quién pedirle más dinero. Al principio trataba mal a Albertos, por influencia de Imelda. Él no decía nada, pero no iba a atreverme a pedirle. Ya me estaba gustando maltratarlo. No tenía dignidad, o tal vez la tendría perfectamente oculta. ¿Quién, que no fuera su madre, y eso estaba por verse, iba a confiar en un fulano así?
Los domingos también nos llevaba las compras y nosotros le dábamos la lista de la semana próxima. Que nunca estaba lista, desde luego. Albertos se sentaba a esperar en la sala, sin hablar ni quejarse, sin siquiera mirar hacia los lados. Se parecía a los demás secuaces de Manolo, que tenía un olfato especial para detectar y reclutar lambiscones, hasta que cualquier día los desechaba. Le preocupaba mucho todo lo que yo fuera a hablar de él con mi madre. Le tenía terror, por lo visto. Te ofrezco mi palabra de nunca vigilarte, me dijo un día, igual de tieso, y lo que necesites, te ruego que me llames a la oficina. O al coche, o a la casa. No le creí del todo, pero me gustó el tono. Te ruego.
Al principio temíamos que Manolo y mi madre volvieran al final de la semana de Pascua, pero a los pocos días llamó ella, me mandó muchos besos y casi prometió que estaría de vuelta para el día de las Madres. Abrí la agenda, al lado del teléfono: faltaban veintitantos días para eso. ¿Debía entusiasmarme por las tardes y noches que pasaría aún a solas con Imelda, o hacerme mala sangre por todas las mañanas y mediodías que pasaría encerrado en la escuela de mierda sin hacer otra cosa que pensarla? ¿Cómo no preocuparme por los cientos de cachetadas que me daría Lócula si reprobaba el curso, que era lo más probable? No me dignaba ni a responder exámenes, menos a tomar apuntes. En lugar de eso escribía su nombre, la dibujaba, llenaba páginas con las actividades probables para la tarde, la noche, la madrugada, el fin de semana.
Cuando acabaron las vacaciones de Pascua y no hubo más remedio que volver a la escuela, desperté maldiciendo mi suerte, salí a la calle y esperé el autobús, que a pesar de ser tarde no llegaba. ¿O ya habría pasado? No quise averiguar, solamente corrí de vuelta hacia la casa, seguro de que era ésa la mejor elección. Por lo menos allí tendría algo que hacer. Lo que en la escuela se llamaba aprovechamiento.
Fui contando una a una las zancadas, sabía ya que estaba haciendo algo grande y quería dejar constancia ante mí mismo. Dar vuelo a mis impulsos. Comprometerme. Había exactamente novecientas doce zancadas entre el lugar donde esperaba el camión de la escuela y el tercer escalón de la casa, junto al timbre. Abrí mi portafolios, saqué un plumón rojo y escribí “912” por todas partes. Cuadernos, libros, portafolios por dentro y por fuera.
Operativo 912: Ni un paso atrás. Cada vez que sintiera la tentación de quebrarme, me obligaría a repetir la frase novecientas doce veces. Ni un paso atrás. Mamá Nancy tenía decenas de libros que hablaban de esas cosas. Repetir el conjuro el día entero, eso fue lo que hice desde ese momento cada vez que volvía la tentación de regresar a clases. Tampoco es que me pareciera muy tentadora, o siquiera atractiva, menos después de recitar novecientas doce veces ni-un-paso-atrás, o de haberme dormido repitiéndolo.
Entré por la cocina, de puntitas. No la encontré en su cuarto, pero no me extrañó. Desde que Mamá Nancy se fue con Manolo nos habíamos habituado a acampar en la sala, como si hasta dormir fuera parte del juego. Y lo era, por supuesto. Estaba abandonando la escuela sin siquiera un remordimiento porque no soportaba la idea de verme diez minutos afuera de ese juego. ¿Qué iba a decirle a Lócula cuando se me cayera el teatrito? ¿Que me había salido de la escuela para estar veinticuatro horas diarias con Imelda? Ni cagando, ese juego tenía que seguir. Le diría que sentía miedo del embrujo, que seguía soñando con los pájaros muertos, que en lugar de ir a clases iba a rezar y echarme agua bendita en la Basílica. No sonaba creíble, Mamá Nancy nunca me había visto rezando. Recientemente, al menos. Pero si ellos habían huido de México por eso, bien podía explicarse que yo quisiera huir de la escuela. Subí las escaleras considerando ya desenlaces nefastos, como hallarla en mi cuarto con su novio. Hablaba de él, a veces, y me dolía el estómago de seguirla escuchando. Voy al baño, decía y se esfumaba. ¿O se habría escapado para verlo, mientras yo iba adelante con esa idea idiota de abandonar las clases?
Nada más encontrarla supe que había dado con una princesa. Estaba en la recámara de Manolo y Nancy, dormida entre las sábanas, con la tele prendida sin sonido y el control en la mano. Me quedé tieso así, contemplándola. Di marcha lenta atrás, salí, pensé, volví. Repetí tres o cuatro veces la operación, en una de ellas apagué la tele, en la otra le tapé la pierna con la sábana. Tenía puesto un camisón de Nancy, se le veía el muslo casi completo. ¿Qué iba a hacer? ¿Despertarla, dejarla dormir, regresarme a la calle y seguir tocando el timbre? Según yo, nuestro juego permitía todo menos el engaño. No podía saber esas cosas yo solo. Ahora bien, lo ideal habría sido ponerme una pijama y meterme a dormir al lado de ella, pero no me atrevía. Ya suponía que otros serían más veloces, luego de tres semanas de vivir juntos nadie más que un mocoso como yo podía seguir en ceros. Pero es que así es el juego, me decía, sentado en una orilla de la cama, ya en pijama, mirándola dormir. El juego era al final un asunto más complicado y menos ordinario que meterse en la cama con la recamarera. El juego era un asunto de kamikazes. El juego me exigía desobedecer, rebelarme, volverme contra toda conveniencia. Incluso la de Imelda, que ya tenía novio. ¿Cómo le iba a explicar que estaba imbécilmente enamorado de ella, igual que en las jodidas telenovelas?
Para suerte de todos, yo no era un heredero. Mamá Nancy tenía apenas en qué caerse muerta. Unas joyas, una cuenta bancaria y el departamento que Manolo le regalaría, nada más lo dejara de entretener. La casa, con trabajos. Cuando eso sucediera, Mamá Nancy no tardaría en ir a dar con otro barbaján, y yo me movería para siempre de la escena. Lo veía venir, finalmente. ¿Qué podía importarles a todos si me iba a vivir solo o con Imelda?
Me avergonzaban esos pensamientos, lo más que había hecho era agarrármele de la man
