La distancia de un beso

Elizabeth Ellis

Fragmento

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Agosto 2010

—Trevor, trabajarás aquí. —Samuel Davis abarcó con su brazo todas sus tierras—. Aquella de allí será tu vivienda. —dijo señalando una humilde cabaña.

—Gracias —retribuyó el joven.

—Dado tu físico y tu fuerza, a pesar de tus diecisiete años, comenzarás como peón. ¿Sabes lo que implica?

—No, señor.

—Implica realizar muchas tareas como la limpieza de las instalaciones. —Samuel Davis señaló la que tenía más cerca—. El granero, por ejemplo; los establos, los corrales, las barracas. También abarca la reparación de cercas, la construcción de lo que sea que destruya una tormenta. —Samuel sonrió irónico—. Y puedo asegurarte que aquí los vientos no son como en Chicago, hijo. No. Aquí arrasan con todo a su paso dejando mucho trabajo que hacer. —Trevor lo miraba imperturbable, casi que esos ojos negros daban miedo y si no fuera porque su madre, a quien Samuel estaba atado por el vínculo, le había suplicado que se lo llevara, él no se hubiera arriesgado en traerlo a su hogar—. También deberás encargarte del ganado. En pocas palabras deberás participar en todo lo referente al mantenimiento general del rancho. —Palmeó su hombro en un gesto amistoso que al joven desagradó por completo—. Claro que no eres el único en este puesto. Aprenderás de los que ya saben y estarás al mando de John Smith, el jefe de peones. —Samuel lo miró con atención, sabía que el muchacho era reacio a recibir órdenes—. No la cagues. Tu madre confía en que harás esto bien. Demuéstraselo. Y gana el dinero que ella precisa.

La madre de Trevor Callaghan estaba enferma y los honorarios sanitarios para sus cuidados era exorbitantes. Samuel los estaba costeando, pero no se lo diría al joven porque que él pensara que su madre precisaba de su ayuda sería determinante para que obedeciera y se encarrilara. Cierto era que Trevor ignoraba en qué fase de la enfermedad estaba su madre, pero no era tonto, había estado con ella antes de viajar a Texas y sabía que los medicamentos que le suministraban solo aliviaban el dolor.

—Ahora ve a tu casa y ordena tus cosas. En quince minutos paso por ti para recorrer el rancho.

El joven asintió y con paso vivo se dirigió a la cabaña, que desde ese entonces conocería como su hogar.

La pequeña construcción era de madera y techo de paja. Vista desde fuera era una auténtica cabaña de cuento: una puerta sosa que enganchaba con una cuerda a un clavo en el dintel; una ventana cuadrada con cortinas violetas degradadas en fucsias y otros tonos de rosas, y un ventilete en la parte trasera que dejaba entrar un poco de luz. Desenganchó la cuerda del clavo y entró. Desde dentro el techo de paja filtraba la claridad lo que implicaba que si llovía dejaría pasar también el agua. Era un recinto oscuro a pesar de las dos ventanas. Era poco acogedor y frío, pero era mejor que las calles y, aunque quisiera salir corriendo, le había prometido a su madre que lo intentaría.

Una lágrima decantó de su ojo izquierdo y se perdió en su barbilla.

Su madre no sobreviviría los próximos meses. Eso lo atormentaba.

Ella le había dicho que se recuperaría y que vendría por él.

Su mirada se perdió en la nada. Las medicinas que le suministraban eran de esas de las que no había retorno, como la morfina para atenuar el dolor. Estaba solo y por alguna razón su madre lo había enviado con Samuel Davis. Pues que así fuera. Ahora le tocaba trabajar como un mulo para enviar el dinero que se necesitaba para su tratamiento.

No hizo más que apoyar su bolso sobre la cama, que la puerta vibró bajo el toque de su patrón. Suspiró y mesándose el cabello negro con su mano, cerró los ojos y aceptó lo que venía.

Salió y se enfrentó a Samuel.

—Estoy listo.

—Me parece bien. Sé que a la cabaña le hacen falta un par de cosas y un buen arreglo, pero no lo haremos. Vivirás aquí mientras construyes una de ladrillos en tus tiempos libres. A este trasto lo han ido desarmando los sucesivos vientos y el tornado anterior la destrozó. Ni bien te mudes la reconstruiremos porque es la casa de juegos de mi hija. Aquí se reúne con sus amigas para conversar.

—Entonces no querrá que yo esté…

—No, no querrá. Pero no hay otro sitio para ti que este. Mañana mismo encargaré lo que necesitas para la construcción de tu vivienda. —Trevor iba a hablar y Samuel elevó una mano acallándolo—. Sé que no sabes nada sobre construcción, pero aprenderás en este primer mes y cuando creas que puedes comenzar con tu casa, lo harás.

Trevor calló.

Él quería decirle que sabía de edificar. Que había aprendido de uno de los mejores constructores del Fuller Park, al sur de Chicago. Y no era el único oficio que sabía, no. También conocía de electricidad y fontanería. Es que allí había que sobrevivir y conseguir el sustento diario todos los días. No había trabajo fijo ni esperanza de conseguirlo, menos aun siendo menor de edad y ausentándose del colegio. En esa situación, solo se aprovechaban de las necesidades de las personas para doblarles el trabajo por unos míseros dólares. El colegio tuvo que abandonarlo para trabajar.

No sabía de dónde había salido Samuel Davis, pero le había proporcionado dignidad a su madre en la última etapa de su enfermedad y aunque él no estaba con ella, porque ella misma lo había obligado a marcharse con ese hombre, podía llamarla cuando quisiera.

—Ven. Iremos a los establos así vas conociendo a la gente que trabaja aquí y te reportas con el capataz. Jerome VanDerHolt que es quien lleva las riendas aquí. Su palabra vale. Si él te pide que hagas algo, lo haces. —Sam lo miró para asegurarse de que el chico hubiera entendido.

—Perfecto —respondió Trevor.

—Como te comenté en el viaje, mis tierras abarcan más de cuatro mil hectáreas y mi producción abastece varias ciudades. ¿Es mucho? No lo sé. Lo único que sé es que varias familias se sustentan con lo que estas tierras producen. Y, por supuesto, están las plantaciones de frutas. El arándano es nuestra mayor cosecha, luego está la manzana y la vid. Estoy por invertir en la producción de vinos. Más tarde, te mostraré el viñedo. En estos años se han fortalecido las vides y planeo obtener ejemplares para exportar a gran escala. La vid con la que contamos viene de Grecia y si su esencia no se ha averiado en el viaje, entonces serán unos vinos espectaculares. Allá —señaló con el índice—, en aquella dirección se encuentra el bosque y un tanto a su izquierda el río Brazos, que separa mis tierras de las de los Moore. Jeremy Moore es un amigo. Su hija es la mejor amiga de mi hija. Nuestras esposas eran amigas antes de… —Samuel hizo una pausa. Si bien habían pasado unos pocos años del fallecimiento de Samantha, era algo que todavía no lo asimilaba del todo. Y creía que nunca lo haría—. No importa. Lo esencial es que sepas que los Moore son familia y nunca debes pelear con ellos. Te lo digo porque Jeremy tiene un hijo, casi de tu edad, Aaron, que es prepotente y puede que no te caiga bien. Veo que eres temperamental y rebates casi todo con lo que no concuerdas. Aquí, muchacho —puso una de sus enormes manos en el hombro izquierdo de Trevor—, deberás tragarte tu orgullo. No lo olvides. —El joven asintió.

De la misma manera, recorrieron todo lo que Samuel consideraba importante que él supiera de su mano en lo referente al funcionamiento del rancho.

El recorrido les llevó poco más de dos horas y lo realizaron en un Jeep.

De regreso a la casa principal, dos niñas, una alta y otra más bajita, los miraban descender del coche que los traía de las lindes del norte. Ambas lo observaban como si de un bicho raro se tratara. La enana con cara de desconfianza y la rubia con sorpresa.

—La más alta es Emma, mi hija.

Trevor lo miró atento. El tono que había utilizado Samuel era de esos que tanto escuchaba cuando lo denigraban o lo trataban peor que a la mierda. Ese tono que le indicaba que él no era nada, que incluso la basura era más tolerable. Y le molestó. Le molestó muchísimo, sin embargo, le sostuvo la mirada porque sabía que diría algo más.

—No la mires dos veces.

—Es una niña —repuso el joven, enojado.

—Crecerá y no te quiero cerca de ella.

Sam advirtió en ese mismo instante que la mirada del muchacho era similar a la de él cuando se enfadaba. Ese tipo de mirada estranguladora que amenazaba con arrasar sin dejar nada en pie.

—Siempre será una niña —afirmó Trevor.

—No lo olvides —remarcó de nuevo Samuel.

Las chicas caminaron hacia el Jeep y allí se hicieron las presentaciones que Sam hubiera obviado de ser posible.

—Preciosa. ¿Cómo ha ido la escuela hoy? —Samuel miró a la joven Moore—. Helena. —La muchacha asintió.

—Bien. ¿Y él? —preguntó Emma sin dejar de mirar a Trevor. Los chicos siempre eran los mismos en la escuela o en el pueblo y este… Este era diferente. Era un demonio de cabello negro, ojos negros y piel trigueña.

—Él es Trevor Callaghan. Trabajará en el rancho como peón y…

—Es un niño —dijo Helena sin cortarse.

—Tengo diecisiete. —Y la voz cavernosa y grave del muchacho cautivó a Emma.

—Deberías estar estudiando y no paleando mierda —remató Helena.

—A veces no se puede. Hay que comer para poder pensar. Y para comer necesito trabajar. Y si trabajo no tengo tiempo de estudiar.

—Siempre hay tiempo para… —Samuel interrumpió a Helena con desagrado. Esa niña siempre daba o buscaba problemas. Nunca estaba quieta. Era una mala influencia para su Emma.

—Suficiente. Trevor está aquí para trabajar y ustedes se van a la casa. Ya saben que si lo ven merodeando por aquí es porque de ahora en adelante pertenece a la plantilla laboral.

Helena miró con recelo a Samuel Davis. Y él supo que la muchacha le cuestionaba el hecho de que el joven debía terminar sus estudios; Ruth también se lo cuestionaría, porque ese no era el trato al que había llegado con la madre del joven. Sin embargo, la realidad era que no lo quería allí como familia. No. Que se ganara el pan que pusiera en su boca. Era un Callaghan y con eso bastaba para repudiarlo. Por otra parte sabía que debía cumplir, aunque no fuera al pie de la letra, ya que a pesar de ser lo que era, también llevaba su sangre.

***

—¿Qué te ha parecido? —preguntó Emma a Helena.

—Me ha dado lástima —respondió Helena dolida.

—¿Lástima? —Emma se sorprendió porque no esperaba esa respuesta. Helena sonrió.

—Tú lo has mirado demasiado Em; sin embargo, no te olvides que él es un adolescente y tú una niña.

—¡Qué mentira! Soy una adolescente también, igual que tú. Tenemos doce. Y él tiene diecisiete. ¡Qué son cinco años!

—Puede que en unos años le llames la atención, pero hoy somos niñas para él. Además, piensa en tu padre… ¿De verdad crees que él te dejará acercarte a Trevor? No. No lo hará. Lo acaba de rebajar a la condición de trabajador. No le permitirá terminar sus estudios. O tal vez comenzarlos. No sabemos. Tiene diecisiete, no deja de ser un niño grande y tu padre le está negando la posibilidad de estudiar.

—Los demás trabajadores no van al colegio —dijo Emma asombrada.

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