El caballero del Titanic

Guadalupe Loaeza

Fragmento

Prólogo de Alejandro Gárate Uruchurtu

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 Prólogo
Alejandro Gárate Uruchurtu

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Lugar, Atlántico del norte; mar en calma; posición 41.44° N 50.24° W; velocidad 22.5 nudos (41.7 km/h); clima frío en una noche clara, sin luna. 23:40 horas del 14 de Abril de 1912. Este fue el escenario y el momento en que ocurrió la tragedia más impactante y comentada en la historia de la navegación comercial: el hundimiento del Titanic.

Fueron sólo 4 días de travesía de este viaje inaugural, iniciado el 10 de abril en el puerto de Southampton, Inglaterra, con dos escalas intermedias: la primera, en Cherburgo, Francia, el mismo día 10, y la segunda en Queenstown, Irlanda, la mañana del 11 de abril, para continuar su pretendido camino a Nueva York, como destino final. Se suponía que llegaría a Estados Unidos durante la noche del 15 de abril o la madrugada del día 16. Pero el verdadero destino final se adelantó en forma de un enorme témpano de hielo que se atravesó en su camino, provocando la catástrofe que concluiría, en poco más de dos horas y media posteriores al impacto, con el hundimiento del gigante de los mares.

Había sido el viaje más comentado y difundido de la época, pues se trataba del barco más grande y lujoso jamás construido, con innumerables personalidades del mundo, entre las que se encontraba un solo mexicano: Manuel Uruchurtu Ramírez.

En las siguientes páginas de este libro seremos transportados al mundo increíble que rodeaba al espectacular trasatlántico de principios del siglo XX; pasearemos por la cubierta, los salones y comedores del Titanic, sabremos de los diversos y múltiples menús que se servían, así nos sentiremos como un pasajero más. Al adentrarnos en la vida de tantos personajes, sin ocuparnos de la clase en que se encontraran, algunos héroes y caballerosos, otros con una conducta cuestionable, al conocer la forma en que viajaban y el mundo que los rodeaba dentro y fuera del barco, sabremos de algunos aspectos de la vida cotidiana de principios de un siglo marcado por grandes avances científicos, tecnológicos y culturales. Todo gracias a la imaginación del personaje Elizabeth Rammell Nye, esplendidamente matizado, a quien Guadalupe Loaeza transporta en el tiempo y en el espacio para ubicarlo como un fiel testigo a cien años de distancia.

Destacada atención se dedica en esta obra al capitán Edward Smith y a los integrantes de la tripulación, a sus oficiales y marinos, a los telegrafistas que mantuvieron el contacto y la comunicación durante los pedidos de auxilio, a los músicos que nunca dejaron de tocar, al personal de meseros, mayordomos, doncellas y mucamas que, en su momento, cumplieron con el protocolo de intentar salvar el mayor número de vidas.

Pero el eje central de esta magnífica historia ronda en torno a la vida y la obra de Manuel R. Uruchurtu, ejemplar mexicano que dio su vida por salvar la de un semejante, específicamente la de una dama, la de Elizabeth Ramell Nye, en momentos de inmensa desesperación y consciente de que con este acto no tendría otra oportunidad de salvar su propia vida.

Este acto de humanidad quedó plenamente registrado ante el Senado de los Estados Unidos, con la declaración de la distinguida periodista Edith Louise Rosenbaum, pasajera de primera clase que manifestó haber conocido y platicado con Uruchurtu en el muelle de Cherburgo y en el transbordador que los condujo al Titánic, además de haber sido testigo del acto caballeroso y heroico de Manuel, pues ambos se encontraban en la lancha número once. Cabe resaltar que el propio Senado norteamericano reconoció el ACTO HEROICO mediante el Acta (documento) número 933, del 20 de Agosto de 1912, con referencia “United States, Congress, Senate... 62nd Congress, 2nd Session, 20 August 1912. Document 933”.

Pero esto no fue lo único manifestado, pues es sabido que don Manuel pidió a Elizabeth Ramell Nye que si ella se salvaba buscara a su familia y narrara lo sucedido. Elizabeth cumplió el último deseo de don Manuel, vino a México durante la segunda mitad de 1915, y se entrevistó en Jalapa, Veracruz, con la esposa de Manuel R. Uruchurtu, doña Gertrudis Caraza y Landero, a quien le platicó lo sucedido en presencia del entonces coronel Joaquín Pita, quien fuera amigo de la familia Uruchurtu Caraza, y quien a su vez comentó el hecho en sus memorias, publicadas por el periódico El Universal, en julio de 1948.

Al año siguiente, a principios de 1916, la señora Ramell llegó a Hermosillo, Sonora (posiblemente sin saber que el 27 de enero había fallecido doña Gertrudis Caraza, en la ciudad de Jalapa), con el propósito de entrevistarse con la madre de don Manuel, Mercedes Ramírez viuda de Uruchurtu, para agradecer y comentar el acto de heroicidad que le permitía a Elizabeth Rammell estar ante ella y su familia. Este hecho pasó a ser parte de los anales históricos tanto de la familia Uruchurtu como de la ciudad de Hermosillo, gracias a la divulgación de Antonio Uruchurtu Díaz, quien fuera uno de los personajes que recibió a Elizabeth en la estación de trenes, así como de Gustavo Adolfo Uruchurtu Ramírez, abuelo de quien esto escribe y hermano mayor de don Manuel, así como de varios miembros más de la familia, que acompañaron a Mercedes y Elizabeth durante su plática. Cabe resaltar que mi bisabuela Mercedes nunca quiso aceptar la muerte de su hijo y murió, en 1924, esperando el ansiado arribo de Manuel.

Sobre la trágica muerte de Uruchurtu, a bordo del Titánic, existen diversos documentos: la relación que hace don Ramón Corral, quien fuera vicepresidente de la República y padrino político de don Manuel, en su diario, publicado por su familia, expresa el gran pesar que tiene por la muerte de su amigo Manuel R. Uruchurtu y afirma que guardará tres días de luto en su memoria; también existen diversos cables que le envía a su consuegro, Guillermo Obregón (padre), al Congreso de la Unión y a la familia Uruchurtu, confirmándoles la noticia. Estos documentos forman parte del Archivo de Ramón Corral que se localizan en la Biblioteca de la Universidad Iberoamericana.

También existen múltiples notas periodísticas que se publicaron en los principales diarios de México (entre los días 16 y 20 de abril de 1912) en El País, El correo de Sonora, El grito del Pueblo, El Heraldo de Occidente, Le Currier du Mexique, El Imparcial, Diario de Gil Blas, The Mexican Herald, El Diario del Hogar, El Diario Español, El Correo Español, El Abogado Cristiano, Artes y Letras y Revista de Revistas, entre otras publicaciones, que resaltaron el hundimiento y publicaron notas como la siguiente:

NUEVA YORK, ABRIL 19.- Entre los pasajeros muertos a bordo del buque náufrago Titánic figura el diputado mejicano don Manuel Uruchurtu, que regresaba a la patria, después de un viaje a Europa.

La muerte del señor Uruchurtu será muy sentida en toda la sociedad mexicana, entre la que gozaba de grandes simpatías.

Aunado a lo anterior, el expediente de mayor valía documental es el Juicio por jurisdicción voluntaria que inició Gertrudis Caraza y Landero de Uruchurtu, por conducto del abogado postulante, licenciado Emeterio de la Garza, para el “Levantamiento del Acta de Defunción del Lic. Manuel Uruchurtu” y que recayó en el Juzgado 6° de lo Civil, iniciado el 1° de julio de 1912 y con sentencia definitiva el 6 de septiembre de 1912; levantándose el Acta de defunción el día 23 del mismo mes y año, misma que, en copia, forman parte de los propios archivos del que suscribe, de la familia Uruchurtu, y cuyos originales se localizan en el Archivo Histórico del Registro Civil del Distrito Federal.

Es de destacarse que, a fin de obtener la sentencia antes referida, se anexaron al juicio múltiples documentos familiares, como los comunicados entre la Secretaría de Relaciones Exteriores, el Consulado Mexicano en Nueva York y la H. Cámara de Diputados; las cartas de Manuel Uruchurtu dirigidas a su esposa Gertrudis y a su cuñado Luis Caraza y Landero, donde avisa que viajará en el Titánic; el último telegrama de don Manuel, con fecha 10 de abril de 1912, en Cherburgo, dirigido a su hermano Remigio, y donde comunica su embarco; sólo por referir algunos de los 30 diversos documentos probatorios.

El recio carácter, su arrojo y valentía, el defender sus principios y valores, la lealtad a sus ideales, esa mezcla especial entre el conservadurismo de su época, pero alentado por los aires de libertad, no son producto de la casualidad, pues tanto Manuel Uruchurtu como las generaciones familiares que le precedieron han demostrado estas cualidades y convicción en múltiples ocasiones, foros y escenarios.

Toda esta maravillosa historia, y mucho más, describe con lujo de detalles la escritora, periodista y editorialista Guadalupe Loaeza, quien se propuso desde hace algunos años la tarea de escribir sobre la vida y la obra de este mexicano ejemplar.

A Guadalupe la conocí por conducto de mi querida Marilyn Goethers Rivas Mercado, nieta del arquitecto Antonio Rivas Mercado, diseñador y constructor de la Columna de la Independencia, quien me la presentó hace varios años, y de inmediato tuve una gran identificación con esta notable escritora con quien hasta la fecha mantengo una gran amistad, misma que reconozco con profundo orgullo y satisfacción.

He tenido el gusto y el placer de ser entrevistado por ella en múltiples programas de radio y televisión, además de haber leído la mayor parte de su obra literaria y los extraordinarios artículos que escribe en infinidad de periódicos y revistas.

Por su parte, fue la propia Guadalupe quien me presentó a la magnífica pintora croata, Duska Markotic de Mussachio, quien realizó en 2001 una extraordinaria pintura sobre Manuel R. Uruchurtu y el Titánic.

No quiero cerrar este prólogo sin destacar un hecho anecdótico que demuestra que la vida y la historia están llenas de casualidades y también premoniciones: en 1898, Morris Robertson, autor norteamericano poco conocido en aquel entonces y radicado en Inglaterra, escribió una novela sobre un fabuloso trasatlántico, mucho mayor que cualquiera construido hasta ese entonces, sus pasajeros eran gente rica y despreocupada; lo hizo partir y tiempo después se perdió en una fría noche de abril ¡tras chocar con un témpano de hielo!

Catorce años después, en una fría noche de abril ¡y tras chocar con un témpano de hielo!, se perdió el barco más grande y lujoso jamás construido. El buque de la novela se llamaba Titán, el de la vida real se llamó Titánic, las características entre ambos son muy similares. La novela se llama Futilidad y fue editada por M. F. Mansfield (Londres, Inglaterra) en 1898.

Tengo la plena convicción de que esta obra marcará un hito en lo que se ha escrito en torno al Titánic, no sólo por su alta valía y extraordinaria narración, sino por ser el primer libro escrito en español al respecto; y qué mejor momento que éste para conmemorar el centenario de la pérdida de dos grandes: el Titánic y el héroe mexicano, Manuel Uruchurtu Ramírez (1872-1912).

I. Me llamo Elizabeth

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ME LLAMO ELIZABETH

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Han pasado cien años y, sin embargo, me acuerdo como si hubiera sucedido ayer. Como dice el poeta, ¿por dónde comenzar cuando se quiere pintar el fin del mundo? Porque lo que contaré fue como el fin del mundo, como un despertar sumamente doloroso. Me acuerdo de todo. ¿De todo? Sí. Recuerdo que hace un siglo no morí. Me salvé. ¿Me salvaron? ¿Nos salvamos? Cómo decirlo. Lo único que tengo presente es que la noche de ese domingo gélido, 14 de abril de 1912, morí de miedo, de tristeza y de frío. ¿Por qué me habría salvado yo, si junto a mí perecieron cientos de hombres, mujeres y niños? Yo los vi, sí, yo los vi flotar en el mar con mis ojos entre centenas de témpanos. Escuché sus llantos y sus súplicas. ¿Era la voluntad de Dios? ¡Cómo sufrían en medio de esa noche tan oscura, sin luna, llena de estrellas que no brillaban por el sufrimiento de tanta gente que se moría! Todos padecían: los de primera, segunda y tercera clase del barco “diseñado para no hundirse”, como decían todas las agencias de viajes y toda la publicidad de la prensa. En esos momentos de angustia, todos éramos iguales en medio de ese océano a dos grados bajo cero. Todos teníamos miedo de morir ahogados y todos nos queríamos salvar. El capitán Smith también se quería salvar, por eso nos ayudaba. “Primero las mujeres y los niños”, decía sin gritar, con los ojos llenos de agua salada, llenos de coraje y llenos de compasión por sus pasajeros. El capitán Smith también murió. Se murió con su uniforme blanco cubierto de medallas, mientras fumaba un puro. ¿Importado de La Habana como esos que vendían en el barco nada más en la primera clase? Mi querido capitán se murió bien derechito, viendo hacia el enorme iceberg. Era tan grande y aterrador como la ballena Moby Dick, así de imponente nos pareció cuando lo percibimos por primera vez desde el ojo de buey de nuestra cabina. Smith era el capitán más respetado en el servicio mercante británico. Había sido recompensado con el honor de conducir los buques de la compañía White Star Line en su travesía inaugural. Por algo le decían el “Capitán de los millonarios”. Era un marino célebre, viajar bajo su mando era parte de la aventura. Ganaba el doble que los más célebres capitanes del mundo. Charles Lightoller, el segundo oficial del barco, afirmaba que Smith era el favorito de cualquier tripulación, un hombre con el que todos querían trabajar. Smith decía que un gran capitán no deja las cosas al azar, y en 43 años nunca había tenido un accidente. Sin embargo, uno de los stewards me confió: “ El capitán ya no tiene tan buen suerte, en menos de un año tuvo dos accidentes; uno de ellos le pudo haber costado muy caro”. Estos accidentes posiblemente le quitaron mucha seguridad. ¡Pobre capitán, tan decente que se veía! Tenía unos ojos bondadosos, era muy paternal, por eso trataba a la tripulación y a sus pasajeros como si fueran sus hijos. Fue entonces cuando me enteré que apenas seis meses antes de que zarpara el Titanic, el capitán había chocado el Olympic, contra el crucero británico HMS Hawke. Y apenas, en febrero de 1912, cuando conducía el mismo barco sobre los restos de un naufragio, perdió el aspa de una hélice. Pensándolo bien, estuvimos en manos de un inepto, porque después supe que cuando partimos de Southampton, el 10 de abril, el Titanic estuvo a punto de estrellarse contra el New York, un buque estadounidense. Con razón los periódicos decían que si Smith se hubiera salvado, su carrera también hubiera naufragado.

Hay una regla que dice que si un barco es víctima de un accidente, el capitán debe renunciar a su puesto. Y Smith la había desobedecido en dos ocasiones. No obstante, la compañía White Star Line le dio un trato preferencial y lo puso al frente del barco más fastuoso del mundo en el que viajaban 2 mil 223 personas. Si ya había tenido esos dos incidentes, con razón se paralizó al momento de la colisión; con razón no quiso salvarse, de lo contrario hubiera padecido el juicio de la opinión pública de todo el mundo, como lo padeció el constructor del barco, J. Bruce lsmay. Qué ironías tiene la vida, porque no he dejado de escuchar que el capitán Smith era un héroe. Sin embargo, creo que no tenía otra alternativa más que morirse. Estoy segura de que en el momento en que el Titanic chocó contra el iceberg, él supo que tampoco se salvaría, como tampoco se salvaron muchos de los millonarios que viajaban en la primera clase. Por ejemplo, el coronel John Jacob Astor, dueño de hoteles como el Waldorf Astoria, propietario de rascacielos y empresas ferroviarias, también se ahogó. Él y su esposa se embarcaron en Cherburgo. Llevaban muchas, muchas maletas y baúles muy elegantes con unas iniciales que decían L. V. (Louis Vuitton). Su equipaje estaba cubierto con sellos de hoteles y compañías trasatlánticas de todo el mundo. Venían de su luna de miel por Egipto y París. El coronel Astor se murió con su maleta de mano, L. V. era su caja fuerte donde guardaba sus relojes y mancuernillas de oro y zafiros; también allí estaban los largos collares de perlas de su esposa, Madelaine Force, de 18 años. Yo vi flotar esas perlas, blancas, grandes y redondas, pero creía que venían del mar. Lástima que su mayordomo, Victor Robbins, y su doncella personal, Rosalie Bidois, no pudieron recoger los hilos de esos collares, porque también murieron, antes de que emergieran del océano. Tampoco ellos pudieron rescatar los boletos PC 17757 de los Astor que costaron 224 libras, con 10 chelines y 6 centavos. Eran los más caros, porque pertenecían a las suites que tenían muchas habitaciones. Yo vi esos boletos flotar, vi cómo se iban sumiendo poco a poco, hasta el fondo del mar. Allí deben de estar entre los hierros del barco roto a la mitad. Allí están en un cajoncito del boudoir de Madelaine Force, allí, donde guardé el espejo que me regaló. Que alguien recoja los boletos, por favor, para que exija la devolución del dinero porque no sirvieron para viajar en el “palacio flotante”, sino para morir. Ella, Madelaine, sí se salvó. Fue el oficial Lightoller quien le dijo que se subiera a la lancha salvavidas número 4. Astor, su viejo marido, ayudó a Madelaine a subir. “¿Puedo ir con ella? Está delicada de salud”, preguntó a Lightoller. “Sólo mujeres y niños pueden subir a los botes salvavidas”, le contestó el oficial, sin saber que la joven esposa estaba embarazada. Ésa era la consigna, la orden del capitán Smith. Astor se quedó en la cubierta con todo y petaquita. Luego fue al gimnasio y allí, entre caballos mecánicos, abrazó el caballo mecánico. Los dos murieron ahogados, el caballo y Astor. El caballo se convirtió en hipocampo y Astor en un cadáver que después fue rescatado e identificado, porque llevaba una hebilla de oro con sus iniciales J. J. A., de John Jacob Astor IV, y sus mancuernillas de oro y diamantes. También murió el profesor de gimnasia, McCawley. Se murió con todo y sus bigotes bien peinados, cuyas puntas miraban hacia arriba y con su traje de franela. Era muy deportista, pero no sabía nadar. No se quiso poner su chaleco salvavidas, porque no quería que nadie se diera cuenta de que no sabía nadar. Primero estaba su imagen y luego su vida. La viuda de Astor, de 18 años, heredó la fortuna de su marido, de 40 millones de dólares, un enorme departamento en Fifth Avenue y el hotel Woldorf Astoria. ¿Estaba embarazada? Sí, esperaba baby. En diciembre de 1912, su hijo nació en un hospital, sin papá

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