Levantones. Historias reales de desaparecidos y víctimas del narco

Javier Valdez Cárdenas

Fragmento

Levantones

PRÓLOGO

El sol no calienta, lastima, es un ladrido de fuego que relame encabronado, muerde las casas avejentadas prematuramente, los patios agrietados, los muros con las huellas de las ráfagas de armas de alto calibre y las calles calcinadas. Como si fuera a desbocarse, una camioneta de la policía municipal —quizá— con las placas torcidas y cubiertas, derrapa frente a algunos hombres que platican entre el desgano y la burla, el enfrenón del animalazo los alerta pero no todos se mueven, algunos morros corren hacia un callejón, los otros agachan la mirada, temen incluso mirarse entre sí. “¡A ver pendejos, ábranse.” Ordena un encapuchado con su rifle babeante de lumbre. “¡Órale batos, ese puto es el bueno, cárguenlo!” Otros encapuchados vestidos de negro van sobre un hombre de 25 a 30 años que los ve llegar con horror, siente el piso blando y resquebrajado, quiere gritar, maldecir, aullar su desventura, pero antes de cualquier reacción llegan los golpes de los rifles, los chingazos con el puño de piedra y el hombre se dobla, los del comando lo arrojan a la camioneta mientras una sirena de ambulancia, a lo lejos, rezonga aburrida.

—¡Ya te cargó la chingada, pendejo, ahora me vas a decir dónde dejaste la droga!

—¡No sé de que me habla, mi jefe!

—¡No te hagas pendejo, tú sabes de qué hablo, no salgas conque no sabes nada! ¡Así te cagues en tu propia sangre vas a decírmelo todo!

¡Se lo juro por mis hijos, jefe, no sé de qué me habla!

—¡No chille, puto, bien que sabes, los batos que andan contigo están metidos hasta el hoyo en este desmadre!

—¿Cuáles batos? Le juro por mi madrecita que no sé nada de esa droga, soy plomero y apenas saco algo de feria para mal pasarla con mi familia, ¡se lo juro, jefecito!

—¡Ya te cargó la chingada! ¿Llévenselo, a ver si con ustedes platica el pendejo este!

A punta de madrazos tres hombres encapuchados y corpulentos lo sacan de la camioneta a una casa de los suburbios, lo arrastran a una habitación casi en penumbras, botellas rotas de Buchanan’s y desperdicios de comida están dispersos en el suelo. Huele a sangre y vísceras, a tiempo putrefacto, la oscuridad se ríe en silencio, se burla atascada de coca. Patean a la víctima y la desmayan; la reviven con agua y la abofetean entre risotadas e insultos. Huele a demencia y a sudor de animal drogado mientras el levantado sólo piensa: “¡Por favor, Diosito, ya que me lleve la chingada!”

¿Qué hacer cuando las palabras de narcos y supuestos policías caen como piedras filosas y se entierran en los corazones? ¿A quién pedirle auxilio para que nos ayude a encontrar a nuestros hermanos, hijos, esposas o padres? ¿En qué momento se jodió la vida, bajo qué rifle o maldición? ¿Cuánto dolor acompañará a las víctimas y a sus familiares hasta el día de su muerte, de esa muerte que se vive intensamente desde el momento en que ocurrió el levantón? Porque desde el momento del plagio el miedo es el aire que respiramos, la violencia el agua que bebemos y resulta más sencillo ahora encontrar en baldíos, carreteras desérticas o en lo agreste del monte, los cuerpos despedazados en lugar de una flor silvestre, una esperanza.

Una de las acciones que la delincuencia organizada emplea actualmente en numerosas ciudades de México, en el norte del país en su mayoría, es la privación ilegal de la libertad, las desapariciones forzadas, en su modalidad más salvaje e implacable. Los elegidos son soplones, traicioneros, rivales de algún cartel, policías o militares; pero también obreros, carpinteros, periodistas, doctores, comerciantes, jóvenes que hacen de la calle el paraje de las ilusiones o muchachas en flor que estudian o buscan trabajo; estos últimos seres inocentes que salen de sus hogares para enfrentar el mundo enfermo, oloroso a sangre y rencor.

Mi propósito con este libro es darle voz a las víctimas que padecieron el temible levantón, el secuestro impune y la tortura, darle voz a esos hombres y mujeres que iban al trabajo o platicaban con sus amigos afuera de su casa y grupos armados tomaron sus vidas, golpearon sus huesos y sueños y deseos, y a punta de chingazos, puntapiés, culatazos y puñetazos sometieron su espanto para conducirlos a una

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