Juan de Juanes

Sergio Ramírez

Fragmento

Índice

Índice

Portadilla

Índice

Dedicatoria

I. El don de la ubicuidad

1

2

3

4

5

6

II. Bronce corintio, mármol de Jonia

1

2

3

4

5

6

7

8

9

10

11

12

13

14

15

16

III. Los nombres de Juan Cruz

1

2

3

4

5

6

IV. Uno al que el ego le valía un blego

1

2

3

4

5

6

7

8

9

10

11

12

13

14

15

16

17

18

19

V. La puerta en el muro

1

2

3

4

VI. Huevos para todos los gustos

1

2

3

4

5

6

7

8

9

10

11

12

13

Créditos

Dedicatoria

Para Pilar, con su cruz a cuestas

I. El don de la ubicuidad

I. El don de la ubicuidad

1

1.

Juan Cruz es el personaje más ubicuo de que yo tenga memoria. La mejor historia que he oído acerca de él, es que cuando dos aviones se cruzan en el aire, en uno va Juan Cruz, y en el otro también va Juan Cruz, y los dos se saludan desde lejos. Algo así no hay necesidad de que alguien se haya tomado el trabajo de inventarlo haciendo acopio de ingenio, porque tiene todos los visos de ser cierto. Crees que está sentado a tu lado en la mesa a la hora del desayuno en el hotel mientras los escritores vienen y van hablando de Michelangelo, en alguno de esos aquelarres internacionales donde parecemos estar todos y no está ninguno, oyes que cuenta una anécdota de las suyas y esperas la carcajada de los contertulios, el final siempre ingenioso, y de pronto lo ves en una mesa lejana conversando con alguien, o entrevistándolo, o está contigo pero a la vez está con el celular al oído hablando con una de sus hermanas en Canarias, o con Soledad Gallegos, la corresponsal de El País en Buenos Aires, o con Iñaki Gabilondo en Madrid, lo cual quiere decir mucho porque siempre trato de imaginar cómo era la vida de Juan antes de los celulares, desde dónde se comunicaba, salía o no salía de su habitación en los hoteles esperando o haciendo una llamada, cuántas veces al día corría hacia alguna cabina telefónica, las monedas en la mano, y debía aguardar impaciente si la hallaba ocupada.

Qué vida más desolada entonces la de Juan sin celular, obligado a concentrarse en él mismo y ser uno solo y no tantos Juanes como ahora, lo que quiere decir que entonces estaba más contigo, no tenía más remedio. Con Pilar no hay falla. Pilar siempre está. Tranquila, suave, reposada, segura de sí misma, sabe que a cada minuto debe domar a una fiera inquieta pero sin uñas que es su marido a su costado. Y lo que le ha costado…

2

2.

Para empezar, a Juan Cruz lo conocí en su despacho de Juan Bravo 38, altos de la librería Crisol, cuando era director general de Alfaguara, año del Señor de 1994, la vez que llegué a presentarle el manuscrito de mi novela Un baile de máscaras, que publicó al año siguiente. Hortensia Campanella, uruguaya exiliada en Madrid cuando la dictadura militar, quien entonces fungía como mi agente literaria oficiosa, había arreglado la cita.

Fue mi bautismo en Alfaguara, y ya van dieciséis años. Yo venía de la revolución, un término que yo prefería para disfrazar el hecho incontrastable de que en realidad, de donde venía era de la política, enemiga artera de los escritores, y Juan me dijo entonces, con tino y prevención de editor, que para hacer de mí un escritor con nombre de escritor, era necesario buscar cómo despojarme de la fama de político, algo en lo que estuve plenamente de acuerdo, y lo primero que le pedí es que en las solapas de mis libros no se pusiera que yo había sido vicepresidente de Nicaragua, porque el primero que no compraría el libro de un vicepresidente sería yo mismo.

La siguiente vez que nos vimos en Juan Bravo fue a finales de octubre de 1997, cuando le llevé los originales de Margarita, está linda la mar, que acababa de terminar después de un mes de trabajo intenso de corrección final en una finca entre Alcudia y Pollensa, en Mallorca; el nombre que le había puesto era Fin de fiesta, tras una infructuosa búsqueda de título, y Juan me contó entonces que se había abierto el concurso para adjudicar por primera vez el Premio Internacional de Novela Alfaguara, y me sugirió que por qué mejor no participaba con esa novela, al fin y al cabo, si no ganaba, y quedaba entre los finalistas, aquello ayudaría a las ventas, y al plan de seguir haciendo de mí un escritor con nombre de escritor.

No le dije ni que sí ni que no, me llevé los originales de vuelta conmigo para pensarlo, y esa noche Hortensia me aconsejó que sí, que debía participar, y ella misma se encargó al día siguiente, en que yo volvía a Managua, de sacar en una tienda de fotocopias las copias reglamentarias del libro y entregarlas, todo bajo el seudónimo de Benjamín Itaspes, el nombre con que Rubén Darío se disfraza en su novela autobiográfica Oro de Mallorca, y la plica correspondiente. Cuando al mes siguiente hablé con Sealtiel Alatriste, el director de Alfaguara en México, me advirtió que Juan estaba en un error, los finalistas del premio no serían anunciados, había un ganador y punto; pero vuelta atrás ya no había ninguna.

Tal vez serían las ocho de la mañana en Managua aquel día de febrero de 1998 y yo caminaba desde el dormitorio hacia la mesa del desayuno cuando me anunciaron una llamada desde Madrid, que debía tomar en el teléfono de la cocina, y era Carlos Fuentes, presidente del jurado. Y aquí le presto a Santiago Roncagliolo, ganador del premio en el año 2006, algo que dijo en la mesa que tuvimos en la recién pasada Feria del Libro en Guadalajara cinco de los Premios Alfaguara, él, yo, Laura Restrepo, Xavier Velasco, y el último de todos entonces, Juan Gabriel Vásquez: cuando recibió la llamada de Ángeles Mastretta, presidenta ese año del jurado, se dijo: “esto es que gané, porque no sería tan cabrona esta mujer de llamarme para anunciarme que perdí”.

Fuentes empezó por preguntarme qué horas eran en Managua, y tampoco es que me estuviera llamando para comparar los husos horarios entre Madrid y Managua. Mi novela había ganado junto a Caracol Beach del cubano Eliseo Alberto (Lichi), muerto en México este año de 2011, un premio doble sólo que, me dijo Fuentes, el jurado recomendaba cambiar el nombre de la mía, o lo recomendaba él, o Juan Cruz, que estaba en el jurado con voz pero sin voto, no lo recuerdo, por el de Margarita, está linda la mar, y yo acepté allí mismo sin pensarlo dos veces, no estaba para dobles pensamientos, y antes de colgar me advirtió que la noticia no se daría sino una hora después en una conferencia de prensa en Casa de América, con lo que debería quedarme callado hasta entonces, solo en la casa porque Tulita había salido temprano, y amedrentado por la advertencia no me atrevía a alzar el teléfono y llamar a nadie, ni a mis propios hijos, y a Tulita imposible, siempre se ha negado a llevar un teléfono celular porque no quiere que nadie la controle, y ese Nadie, como en la historia de Ulises con el cíclope Polifemo, soy yo.

Sealtiel Alatriste vino a Managua en abril para el lanzamiento, y celebramos el acto en las ruinas de la vieja catedral de Managua quebrantada por el terremoto de 1972, con una apoteósica asistencia de tres mil personas. El podio se hallaba en el altar mayor, y Sealtiel, desde allí, muy emocionado, empezó a recordar cómo había surgido la idea del premio en una plática entre él y Juan Cruz. Sus evocaciones de Juan eran constantes: “si Juan estuviera aquí…”, “Si Juan pudiera ver esto…”, decía. Entre el público comenzó a crearse un ambiente de pesar, como si aquel Juan Cruz a quien Sealtiel recordaba de manera tan perseverante hubiera muerto, y como las huellas de la revolución estaban aún frescas, y a los caídos se les honraba con consignas, desde atrás de la nave en penumbras empezó a crecer un coro que repetía: “¡Compañero Juan Cruz, presente, presente, presente…!”

A finales de ese mismo año, cuando discutíamos mi siguiente proyecto literario después del premio, me dijo Juan: “ahora lo que tienes que hacer es escribir una memoria personal de la revolución, eso le interesará a los lectores”. ¿En qué quedábamos? ¿No era eso volver a la política? No debería temer, ya las sombras estaban suficientemente disipadas, me aseguró. Yo me confié en su sabiduría, y, además, coincidió con que, desde Londres, la revista Granta me había pedido que hiciera lo mismo.

De allí resultó Adiós muchachos, publicado en 1999, y que escribí en Arlington, Virginia, mientras daba un seminario sobre literatura hispanoamericana en la Universidad de Maryland. Es un libro que resultó capital en mi carrera literaria, porque usé los instrumentos de la narración para contar una experiencia tan vital para mí, y tan irremplazable como fue la revolución; y por eso es que en la introducción digo como Dickens en Historia de dos ciudades: “de haber nacido un tanto antes, o un tanto después en este siglo de las quimeras, me la hubiera perdido. Y como quien despierta de un mal sueño, compruebo que no me la perdí…”.

3

3.

En fin, de la compañía del Juan Cruz ubicuo disfrutamos en Madrid Tulita y yo cada vez que llegamos, de la suya y la de Pilar, y ahora que tienen un nieto, marzo de 2011, cuando he venido a presentar mi novela La fugitiva, hablamos de nietos sentados en la terraza del restaurante Las Tres Lunas de la calle Eduardo Dato, muy cerca de donde viven en Chamberí; nosotros tenemos ocho, una cantidad respetable para poder llamarse abuelos y ver qué puede enseñarnos aún Rosa Regás en su manual de aprendizaje Diario de una abuela de verano.

La última vez que nos encontramos fue este mes de noviembre en el apartamento de los Franz, Carlos y Jeannette, calle de Henri Dunant, de donde ya se van pronto porque vuelven a Chile con Serena, la niña de sus ojos; Paula Izquierdo, Jorge y Rocío Volpi, José María Guelbenzu y su mujer Ana Rosa Semprún. La plática consternada giró desde el principio alrededor del suicidio de Pilar, la hija adoptiva de José Donoso, y nosotros que veníamos llegando precisamente de Santiago, donde recibí el Premio Donoso que otorga anualmente la Universidad de Talca.

Pilar, a quien nunca conocí más que a través de su libro de memorias Correr el tupido velo, duro de leer por doloroso, se había excusado de asistir a la ceremonia en la Feria del Libro de la estación Mapocho porque no se sentía bien, o tenía problemas urgentes que resolver, no recuerdo ahora cuál fue su excusa, lo cierto es que ya se hallaba con un pie en la otra dimensión, esa dimensión vacía de los ruidos del mundo y de paredes desnudas a la que se trasladan los suicidas antes de dar el paso final, igual que a un cuarto de hotel desolado donde los pesados muebles apenas caben como ésos de los cuadros de Edward Hopper, las maletas que ya nunca serán abiertas depositadas en el piso y la muchacha que sentada en la cama en ropa interior lee lo que parece ser una carta de amor perdido, carta de despedida, pero que no es sino el itinerario de trenes en busca del que habrá de llevarla donde, como Pilar, al fin quiere ir sin necesidad ya de equipaje, sin necesidad siquiera de volver a vestirse.

La ceremonia de entrega del premio fue el sábado 12 de noviembre por la tarde. Nosotros partimos hacia Madrid al mediodía del domingo. El lunes, cerca de las cuatro y media de la tarde, Pilar bajó de su departamento en el tercer piso de un edificio de la calle de Los Leones, en Providencia, y el portero declara que a esas horas tenía el rostro abotagado, como recién levantada de la cama. Regresó al poco rato con unas bolsas del supermercado Ekono, y cigarrillos, dice la crónica del diario La Segunda firmada por Lilian Olivares. El martes ya nadie la volvió a ver. Su tía Luz Larraín, que tenía llave del departamento, llegó como a las ocho de la noche y entró, vio que la puerta del dormitorio de Pilar estaba cerrada, algo que no era muy extraño porque solía ocurrir que no saliera del cuarto, y se sentó en la sala a esper

Suscríbete para continuar leyendo y recibir nuestras novedades editoriales

¡Ya estás apuntado/a! Gracias.X

Añadido a tu lista de deseos