Polarización

Israel Covarrubias

Fragmento

Polarización

Introducción

En 2023, “polarización” fue seleccionada la palabra del año por encima de otras como “guerra” o “fentanilo”.1 Esto expresa el interés que el fenómeno tiene en la opinión pública, en las redes sociales y en el debate político, ya que socava la confianza en las instituciones, influye en las demandas de los ciudadanos y exacerba los estados de ánimo. Junto a la exasperación, la frustración y el infantilismo, la polarización es parte del nuevo malestar de la cultura de nuestro tiempo. Además, es una palabra clave del léxico de la democracia, ya que la usamos para nombrar y participar en la vida en común.

Ahora bien, si contrastamos las palabras que fueron seleccionadas en los años previos por la Fundación del Español Urgente y la Real Academia Española (FundéuRAE), vemos que algunas también están en el centro del malestar político actual. Por ejemplo, en 2022 se eligió “inteligencia artificial”; en 2021, “vacuna”; en 2020, “confinamiento”; en 2019, “emojis”; en 2018, “microplástico”; en 2017, “aporofobia”; en 2016, “populismo”; en 2015, “refugiado”; en 2014, “selfi”, y en 2013, “escrache”.2

Fenómenos como la aporofobia, los refugiados, el populismo, el confinamiento y la inteligencia artificial (IA) son motores de cambio en la sociedad democrática. ¿Positivos o negativos? Eso depende del impacto que produzcan dentro de ella.

Sin embargo, su importancia depende de las resonancias que articulan unos con otros frente a la democracia. De hecho, hoy aparecen como operaciones sociales necesarias para la lucha partidista, para el debate público, incluso para la legitimación del poder. Por ejemplo, la aporofobia es un afecto expresado a través del miedo al pobre y a lo que representa frente a determinado estilo de vida clasista dentro de la democracia, lo que da por resultado la profundización de formas de exclusión espacial y social. En este sentido, el populismo puede desplegar el potencial político de los sujetos que son objeto de la aporofobia por medio de la recuperación de su voz en el espacio público, y con la introducción de un corte en las estructuras de mediación para llevar sus prácticas a las fronteras de la representación política. En esa zona limítrofe es donde nace la percepción social de que la distancia entre representantes y representados se reduce casi hasta desaparecer, vulnerando el principio democrático moderno por excelencia.

Por su parte, la figura del refugiado es la síntesis de un problema global que exige que dejemos de lado muchas de nuestras ideas acerca de la ciudadanía, los derechos humanos, la solidaridad y la tolerancia. Es un fenómeno que afecta los cimientos democráticos, ya que señala la dimensión inhumana implicada en él, y ante la cual los Estados están rebasados cuando pretenden dar una respuesta al desafío. Y qué decir de la IA, punta de lanza junto con la biotecnología del avance en campo de ciencia y tecnología. La creciente popularización de los sistemas de IA generativa es un distractor confortable frente a los problemas que debemos enfrentar en la sociedad, cara a cara.

Lo que me interesa subrayar es que son un conjunto de palabras que están cambiando la forma como pensábamos a la democracia, al grado de llevarla por direcciones sociales que se presentan como inciertas.

Es recurrente asociar el populismo con la polarización, ya que son fenómenos que se cree que van de la mano. Sin duda, el populismo polariza la contienda política en la medida en que sus efectos para el proceso político intensifican el comportamiento de los competidores por el poder y de la sociedad en su conjunto. Sin embargo, la polarización no es dominio exclusivo del populismo. Pensemos en el fenómeno del racismo o clasismo. Son polarizaciones que van más allá de la singularidad del populismo. De hecho, son expresiones de que algo no marcha dentro de la sociedad en función de los acuerdos de base que la democracia estatuye. Es decir, no se puede ser demócrata y al mismo tiempo racista o clasista.

Lo que sí es importante subrayar es que la polarización es un arma política que ha transformado las formas de la participación política y las estructuras del pluralismo democrático. Es un modo específico que asume la radicalización de los estados de ánimo que están en la base de la democracia cuando el populismo hace su aparición en el escenario global, pero el populismo no inventa a la polarización. De hecho, es posible afirmar que no hay política sin polarización. Los partidos, los parlamentos, los gobiernos siempre están en tensión constante con el contrincante en turno. Y no es un fenómeno inscrito únicamente en la esfera política: las familias, los grupos de amigos, las redes y los barrios son también lugares para que la polarización se desarrolle.

Por ello, quizá sea necesario preguntarnos lo siguiente: ¿por qué la polarización permite la articulación de un discurso abiertamente negativo frente a la democracia y al populismo que supuestamente la “engendra”? Es decir, ¿por qué identificamos el populismo y la polarización como simétricamente proporcionales cuando los colocamos como enemigos a combatir desde el ideal del buen demócrata? Finalmente, ¿cómo podríamos descifrar su núcleo semántico para dar una respuesta tentativa a los problemas derivados de su práctica, ya que inciden en la dinámica de la democracia y en las concepciones que tenemos sobre ella?

Lo primero que debemos hacer es quitarnos las anteojeras con las que miramos el populismo y la polarización, ya que son presentados como una fatalidad en medio del juego político de la globalización. No son problemas pasajeros para la democracia, pues han resultado ser una forma de vida que captura y desvía los postulados que la caracterizan. Cada vez que pretendemos explicarlos como fenómenos parametrizables por los términos y modelos del análisis político convencional, el populismo y la polarización se nos escurren, caminan más aprisa que nuestras categorías y capacidad de pensamiento. Su éxito radica en sus desplazamientos, a veces intempestivos y no planeados, a veces perversos. Sin embargo, ambas flechas provocan pequeños cataclismos en la vida pública democrática.

Los modelos que usamos desde la ciencia política son insuficientes a la hora de vernos cara a cara con ambos. La explicación a este desfase tiene que ver con la activación política de los estados de ánimo que la polarización reactiva dentro de la lógica populista en la democracia. Cuando hablamos del humor político intrínseco a la lógica populista no estamos aludiendo a un regreso al irracionalismo. Más bien, se pretende indicar que son un conjunto de expresiones racionales y emotivas. Su intención es la producción de formas de comunidad, incluso bajo la arquitectura de lo que en la historia contemporánea aparece como religión política.

En los siglos XIX y XX, las religiones políticas fueron expresiones donde la movilización de masas y los estados de ánimo se conjugaron en una dinámica social que exigía un regreso a la metafísica de la política. Esta última se funda en la reintroducción de formas de sacralización de lo político que activan los afectos a través de ritos, himnos, movilizaciones, marchas cívicas y militares, símbolos, emblemas, catecismos, reformulación del pasado, supresión de las barreras de clase, invención de nuevos horizontes, etcétera. Aquí, el comunismo tiene hilos secretos con el socialismo, el nazismo, el fascismo o el populismo clásico, a pesar de las enormes diferencias entre una y otra experiencia. Por ejemplo, el nazismo está fundado en una biopolitización de los ánimos abiertamente racista, cosa que el comunismo no compartía, mucho menos el populismo, que en aquel momento movilizaba los afectos sociales en función de lograr la integración de las masas al sistema político.

Hace poco más de un siglo, Walter Benjamin escribe “Capitalismo como religión”, donde señala cuatro elementos que lo colocan como el gran “parásito del cristianismo”, al fundarse en una política de la culpabilidad, que es un ejercicio de movilización total.3 En primer lugar, Benjamin sostiene que el capitalismo es “una religión cultual pura”, mediada por el culto a la utilidad, donde no existe gesto inmediato en las formas que adopta, ya que no está fundado ni en una teología ni un corpus dogmático específico. El segundo elemento es su duración temporal inabarcable, posible en la medida en que el capitalismo se realiza en una línea histórica sin ruptura ni pérdidas caracterizada por no dar “tregua” ni “piedad” respecto a la actividad humana. En este sentido, no existe dentro de la lógica capitalista algo que pueda ser identificado como “ordinario”. En su evolución todo es “extraordinario”, todos los días son fiesta, ritualidad, presión sin pausas, empuja al creyente a su máxima tensión, produce una “humanidad intensificada”.4 El tercer elemento es el culto que profesa, donde sus prácticas no perdonan ni absuelven. Al contrario, culpabilizan, incluso a Dios, que dentro de esta lógica pierde su fuerza simbólica y no exculpa a ningún creyente.

Esta operación es un ensayo de abjuración de la parte sagrada de la religión, sustraída del sist

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