Las chicas sólo quieren plástico

Isadora Montelongo

Fragmento

Las chicas sólo quieren plástico

1
CITA CON LA DAMA

Le pedí a Gabriela que me acompañara. Como tantas veces, llegó tarde a la dirección que me había conseguido. Íbamos a ver a la que decía tenía el nombre de La Dama, una inconmensurable gorda que Javier, su ex, había visitado un día para tener el mejor sexo de toda su vida, y, obviamente, la mujer lo había dejado extasiado por sus encantos y mañas. El ex de mi amiga era su cliente y la recomendaba para múltiples ocasiones. NO podía pagarle lo que ella pedía, así que le ponía el sello del refrendo y autorizaba sus pagos hechos de todas las multas que la obesa acumulaba al manejar por las calles de la Gran Ciudad, siempre y cuando le permitiera verla nuevamente.

Gabriela llegó sudando con la lengua de fuera, su condición de secretaria no le había dado siquiera para un carrito usado. Bajé del auto, la saludé con un beso en la mejilla y le encajé las uñas en el hombro.

—Tenía miedo, no debiste tardar tanto —le dije, y la metí al auto.

La casa de La Dama estaba localizada en uno de los barrios más conflictivos de la ciudad; un hombre paseaba en bicicleta, viéndome con miradas obscenas y rascándose sus partes, mientras que en la esquina había una bola de chicos bebiendo cerveza, con el cabello a rape y unos tatuajes en la espalda alta que decían: “por el barrio nací y por el barrio moriré” con gárgolas horribles alrededor.

Mi amiga protestó con su peculiar habla que escuché desde que la conocí en el colegio; remarcó su golpeado y chillante tono de voz al reprocharme muy molesta:

—¡Hello contigo! Mínimo debiste de haber ido por mí a la parada del camión, goeey, ¿no ves que subí dos kilos, tipo? La que necesita el favor eres tú, no yo.

Ahora tenía que aguantar esos reclamos, pensé.

—No juegues, Gaby. A ti te conviene saber por qué a tu ex le gusta tanto venir con esta gorda.

Gabriela me comentó que La Dama tenía una variedad de hombres a sus pies que venían a verla desde el otro lado del mundo y hacía de ellos todo lo que se le venía a la cabeza y apetecía en ese instante.

—Javier ya me ha confesado muchas cosas —me dijo Gaby con la voz baja y pudorosa para guardar cierta discreción.

La mujer dejaba a un tipo desnudo y encadenado a la pared de su habitación, muchas de las veces sentado sobre una silla de motor eléctrico con una clavija que sobresale de la base del asiento, recubierta de caucho sintético que vibra gradualmente, y que él aún no había sido expuesto a la máquina, ya que con Javier manejaba una suave técnica que yo quería aprender, y Gaby me había chismeado todos los pormenores de las indiscreciones que Javier le decía a ella cuando se citaban para hacer el amor.

Tocamos el timbre. La voz de un chico por el intercomunicador preguntó:

—¿A quién busca?

—Venimos a ver a la señorita Dama, La Dama —rectifiqué titubeante —; tenemos cita con ella.

—Permítame —dijo el chico con voz muy varonil. Se tardó alrededor de cinco minutos en abrir la puerta eléctrica. Gabriela balbuceaba que cómo diablos le duraba vivo el intercomunicador y una puerta eléctrica en aquel barrio.

—Posiblemente todos le deben megafavores —susurró.

Entramos por un pasillo estrecho y techado sin que nadie estuviera en él. Fuimos conducidas como ratas de experimento por una voz con acento extranjero que escuchamos al extremo del corredor. Un tipo de tez blanca y cadavérica, alto, flaquísimo, sin camisa, con un pantalón negro apretado de traje de marca, nos recibió y tomó nuestros bolsos. Nos hizo seguir de frente en una estancia que se veía más grande de lo que parecía la casa por fuera y nos indicó sentarnos sobre un tocado de cojines árabes puestos sobre una gran alfombra. Había un montaje de sábanas en el techo que hacían de carpa y del espacio un lugar complaciente. Nos sentamos con las piernas cerradas, a pesar de vestir jeans. Un aroma a incienso de canela acaloraba la estancia y nos ponía excitadas e inquietas. Gabriela escupía unas risitas nerviosas diciendo que era mejor estar ahí que ir a ver a una adivina que echara las cartas.

—Imagínate, amigui, haber ido, tipo, por una lectura de cartas para que te digan si volverás con él o no, o peor aún, que te salgan con que te hicieron un mal y gastes un montón de dinero para que te cuenten la clásica historia de que te han híper embrujado y necesitan quitarte “el trabajito” con un montón de porquerías y barridas mal intencionadas; no, qué cool que hayamos venido aquí, que hasta café, té y galletitas te sirven, ¿no crees? —me preguntó mi amiga, mientras se servía amenamente de los bocadillos de la mesa de café frente a donde nos marcaron sentarnos.

No alcancé a responderle cuando La Dama se hizo presente, vestida con una bata de seda negra de encaje fino que resaltaba su piel rosada de puerquito y unas medias con liguero que le daban forma a sus anchas piernas; sin embargo, gorda, gorda, no estaba la muy condenada, tenía unos pechos que surgían de arriba de su corsé negro de piel como dos proyectiles en los que uno pudiera estrellarse repetidas veces o utilizar de forma amenazante contra cualquier enemigo como advertencia o hechizo irresistiblemente encantador. Tenía una pronunciada cintura y ni una masa que le colgara de su cuerpo gordo; al contrario, se le formaba un cuerpo esculpido que Gabriela miraba hipnotizada con migajas de galleta en su boca.

No nos dirigió la palabra al principio, lo que encandiló más mi morbo en imaginar una de esas sesiones que Javier omitía gravemente a detalle cuando me la recomendó. Hizo unas cuantas señas con la mano y puso rápidamente a uno de sus dos sirvientes recostado sobre la alfombra de Alí Babá. Con las uñas color rojo, bien arregladas, bajó el cierre del pantalón negro de vestir de su asistente, lo retiró en seguida sin preámbulos, y extrajo el miembro de la ropa interior. Un aparato fornido y de raza negra con apariencia de haber perforado cualquier tipo de yeguas salvajes o tubos pvc se exhibió ante nosotras. Quería uno idéntico en casa, pensé; y luego ella, de manera magnífica, nos mostró una de las técnicas que había aprendido en la India para satisfacer a los hombres simplemente con las manos y un poco de aceite: movió, apretó, estiró, sumió, acogió, meneó —¡ay, dolor!—, prensó, sobó de arriba abajo, de abajo arriba y el chico, en una forma exquisita y erecta que jamás había visto en un hombre, reventó gimiendo celestialmente pocos minutos después, lanzando su semen rumbo al techo como si se tratara de fuegos artificiales subiendo directamente al cielo.

—¿Das clases? —le pregunté ansiosa de ver más, sintiendo húmeda mi entrepierna.

—Doy masajes y eso es por lo que me han dicho que venías y es lo único que por ahora necesitáis. Hayáis visto bien o no es lo que podéis saber por ahora —dijo la exuberante Dama con sus decisivos labios que ya me parecía verlos besar a tantos hombres amados unos sobre otros, siendo casi linchados magníficamente por las uñas de esta tipa.

El sujeto, aún sin pantalones y tratando de caminar muy propiamente a pesar del gran paquete que llevaba colgando entre sus piernas, nos trajo nuestros bolsos. Le pagué a la señora dejando los billetes sobre una bandeja y me hizo llegar su tarjeta donde venía su nombre: La Dama, y su profesión: sodomizadora.

Las chicas sólo quieren plástico

2
EN MIS MANOS

Dejé a Gabriela frente a su casa. Su madre, semioculta, miraba a través de la ventana de la sala, esperaba su regreso con las cejas levantadas y el ceño fruncido como una energúmena desaforada. La señora siempre trataba a Gabriela como a una niña pequeña, regañándola hasta por respirar —pobre de mi amiga—. Me despedí rápidamente de ella (antes de que mi presencia provocara más furia en la madre de Gabriela) con un rutinario beso en la mejilla y un “nos vemos pronto para platicar”. Me fui a casa con el pie pegado al acelerador.

Repetí los movimientos delirantes que la sodomizadora le hizo a aquel hombre en su recinto, se me antojaba hacer lo mismo con Humberto: apretarlo, comérmelo, investigarlo, explorarlo, calarlo, sentirlo en su temperatura, vellosidad, tamaño y fuerza.

Los hombres me gustaban no sólo por sus manos, ojos, labios, abdomen, pompis, sino en especial por el thing.

El thing era sumamente importante para mí, lo supe desde mi primera vez a los 17 años con mi exnovio de la prepa. El thing me reveló el mundo, todo le pertenecía, todo era parte del thing. El thing todo se lo cogía.

Quería el thing de Humberto, mi prometido.

Quería su acto fálico de entrega.

Su masculino universo.

Pero él era un chico frío y difícil.

Hace algunas semanas en su habitación, me incliné con la sensación de apuro de verlo recostado sobre la colcha floreada que le tejió su “santa” abuela. Él se veía como un dios suculento, esculpido bajo las sombras voluptuosas del atardecer. Quería sentirlo cerca. Una delicia se retozaba en mi cuerpo ansioso del suyo. La enorme espera de poseerlo se había acortado en sus labios y en la presencia de sus manos en mis caderas. Por fin la gloria se entrelazaría entre nuestras piernas. Humberto me dio la impresión de que ya no huiría como un pequeño pez de entre mis manos, que nada apresurado fuera de su depredador por las anticuadas promesas del sexo después del matrimonio. Los jóvenes tenemos que amarnos, si no seremos igual que una anciana tejiendo colchas floreadas para sus nietos. Humberto, delicioso, empezó a tomar confianza. Desabrochó mi pantalón. Yo, encendida con mi sexo creciendo gustoso, me trepé inmediatamente sobre él. Ardí. Humberto, tibio, besó cada vez más, besó abriendo más su boca, que se dilató dentro de la mía.

—¡Humberto! ¡Humberto, bésame, chúpame, ándale! —gemí impaciente. Pero él con sangre fría que no deja llegar al clímax, se levantó y salió de su habitación sin decir ni una palabra, dejándome ardiendo como la bata de baño que se achicharra en su habitación con los rayos del sol. Pinche Humberto. Joteó de nuevo.

Él suspendió los preparativos de la boda, utilizó una explicación obtusa, sin importar los meses de trabajo, fatiga y el corto tiempo que faltaba para caminar hacia el altar.

¿Me ama?, me pregunté a mí misma. Sí, me ama, obviamente lo hace. Ninguna mujer duda del amor de su chico si él quiere casarse con ella para protegerla, proveerle y llenarle la vida de soluciones, pero aun entendiendo el amor como él lo hacía, no sabía qué pasó aquella velada en su habitación. ¿No funcionó nuestro encuentro? ¿Acaso él no había sentido lo mismo que yo? ¿Qué diablos quería ese hombre?

Todos los trucos para cogérmelo se me agotaron.

¿A qué santo encomienda su abstinencia? ¿A qué diablo le reza para llevar al fracaso todos mis intentos de llevarlo a la cama? ¿Qué le pasó a él, si ya se le estaba levantando todito?

Estaba furiosa de tener un largo cuestionario en la cabeza. No podía responder sobre lo sucedido en su habitación. Acumulé pendientes en el trabajo por semanas, me comporté irascible a la menor provocación, me distraje sobremanera, hice del insomnio el mejor amante, y estuve a punto de dudar de mí y de mi belleza.

Yo no soy fea. Nunca lo he sido.

Yo no soy fea, soy toda yomi, me repetí psicoterapeándome frente al espejo cada mañana, al pintarme los ojos una y otra vez con la máscara para pestañas. Yo no soy fea, retocaba mi boca con el gloss, buscando cubrir el vacío de los besos de Humberto. Yo no soy fea para fraternizar con el rechazo. Yo no soy fea. Él es un fóbico de mi belleza.

“Es mejor retrasar la boda”, me dijo, con sequedad en la boca, palpitaciones salientes de su camisa y una sudoración que brillaba en su cara, cuando le mostré mis pechos desnudos en su recámara. Quédate con tu boda, debí decirle inmediatamente después de taparme los senos con la blusa. Debí aventarle el anillo de compromiso a la cara. Un año y medio repartiendo besos y amores ¿de qué había servido? Amores complicados y sexo coartado era lo que me había dado ese hombre. Ni todos los quilates de un anillo de compromiso podían resolver aquella situación. Nuestra relación había desaparecido como una canción olvidada, que volvía intermitente a tocarme la cara con un airecillo tibio sobre las mejillas.

Yo no soy fea. Soy una belleza frente a cualquier ojo.

Él me teme, como el chico de color sin pantalones se sobrecoge ante la gorda.

Quise ser sodomizadora, ver a Humberto rogarme que lo tome hasta las tripas. Suplicándome que le queme la sangre y yo le diga como el Indio Fernández a María Félix en una de sus películas: “Desnúdate, ahora vas a ser mujer”, pero en vez de mujer, lo haría hombre al penetrarlo con todos mis alientos hasta dejarlo cansado, temblando y blando como una liebre sin fuerzas para escapar.

Sigo derecho con todo el peso de mi pie sobre el acelerador hasta llegar a la puerta de mi departamento. “Humberto me va a pertenecer en carne, huesos y orgasmos”, me dije a mí misma con mucha fuerza al bajar del auto y entrar a casa.

Humberto será mío.

Las chicas sólo quieren plástico

3
PIÑAS COLADAS, TEQUILAS Y CERVEZAS

Humberto me tenía mala, eléctrica como una tormeta. Entré a casa como una ráfaga. Lancé las llaves del auto, di un portazo a la puerta principal de mi departamento y corrí inmediatamente al refrigerador como una autómata. Debía devorar todo a mi paso para dejar de pensar, retener la rabia y las lágrimas con comida entre los dientes. Busqué algunas piezas de pollo frito que había dejado en la espera de que Humberto volviera uno de estos días a mi departamento, cenara conmigo y charláramos de cuestiones de oficina, clima, tráfico, familia, para, después de unos tragos, dejarnos llevar en la confianza que el alcohol produce.

Humberto nunca me visitó.

Encontré las piezas de pollo en la repisa de abajo, carcomidas por mis dientes y los ataques nocturnos y diurnos de mi lengua. Hacer el amor me abría siempre el apetito, pero no hacerlo me haría engordar de carnes, corajes, llantos y angustias. Mandé al carajo cualquier dieta.

Saqué una botella casi vacía con piña colada de la nevera y licué su último contenido con algunos cubos de hielo. Como era de esperarse, a causa de mi larga experiencia de chica bebedora en antros la botella se agotó en pocos minutos.

Pensé en llamarle por teléfono a ese hombre. Perder la cabeza con la bebida y desencajar la quijada al decirle una cuantía de tonterías. Algo que lo hiciera reaccionar y me la metiera con gran fuerza, como si quisiera demostrar la hombría que los actores de las películas pornográficas muestran en los filmes y provocan que lleve mi mano directo a mi interior. En vez de eso, embestí mi apetencia contra una botella entera de tequila que sus padres nos habían regalado en nuestro primer y único aniversario de novios. Él nunca quiso abrirla y yo opté por guardarla para una ocasión especial. Definitivamente, estar sentada, sola, con el peor humor y rendida al lado del refrigerador, como bicho extendido de patas, sobre el fresco azulejo limpio color coral, viendo mi deformado reflejo, era la perfecta ocasión para tomar con la cámara de mi celular. “Clic. Guardar. Apagar.” Bebí de un solo trago la primera porción que serví dentro de un vasito tequilero. El líquido pasó de mi garganta al pecho dejando un ardor como el de aquel día, cuando la evasión de Humberto lo hizo moverse huidizo como un pez en el río buscándose el lugar más alejado de mis manos moribundas de sed por tocarlo.

Mi novio me quería, pero no me sabía interpretar como un hombre que peca de básico. No sabía interpretar aquellos submundos que se freían dentro de mí, como piezas de pollo en una freidora de una compañía de comida rápida, y que cualquiera que tuviera hambre podía olfatear desde grandes y lejanas distancias. No sabía interpretar el crujir de mis huesos cuando me abrazaba; no sabía interpretar el calor de mi piel cuando me miraba; no sabía interpretar quién era yo.

“Soy una apetente cachonda”, me dije levantando el tequila en aquel silencio de cocina, repleto de vasijas, cucharas, tenedores y platos que rara vez llegaban a ser sacudidos por mis manos, porque no me gustaba cocinar como lo haría cualquier damita y nunca tenía el tiempo, siquiera, para preparar una ensalada con blue cheese, lechuga romana y pepinillos agrios.

“Brindo por mí y por todas las panteras que rugen sucias y desesperadas debajo del ombligo, por todo lo que siento cuando me toco con los dedos —dije y me reí—, porque hasta el momento no me han salido pelos en las manos; brindo por todas las mujeres que nos sentimos así y por todos aquellos inválidos de la Gran Ciudad con falta de fuego en sus miembros. Brindo.”

Brindé exclusivamente por él. Seguí brindando y seguí brindando cada vez más relajada de los músculos: por su auto nuevo que levantaba algunas miradas de féminas ofrecidas de trasero pequeño, salud; por su abuela, padre y madrastra, salud; por su equipo de futbol y sus quinielas, salud; por la colcha floreada que le dio su abuela, sobre la que duerme y no hace ninguna guarrada, salud; por su gordo aumento de sueldo en tripuda crisis económica, salucita; por su perro casi de pedigrí, salud y salud; por su televisor de plasma y por su carente vida sexual, por nuestra carente vida sexual juntos, ¡salud, chihuahua! Reí nuevamente por el impulso de la bebida que yacía calentando rápidamente mis venas, y ante aquel brindis y el reconocimiento, grité.

Me sabía menos cabrona, me faltaba más de vieja culera. Pero él se veía menos cabrón tambi&ea

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