Sara

Sergio Ramírez

Fragmento

Uno

Uno

Allí están otra vez, dijo Sara con disgusto, antes de llevarse el cuenco de leche a los labios. Agobiados por el calor del mediodía habían buscado la sombra de la encina más próxima a la tienda, y Abraham, que raspaba con un pedernal los restos de carne y pellejos de un cuero de oveja antes de ponerlo a secar sobre las piedras que cercaban el corral, alzó la mirada hacia la suave duna ardida por el crudo sol del desierto. La luz cegadora era blanca en toda la extensión del cielo sin nubes. Las tres figuras reverberaban y parecían más bien retroceder que acercarse. Se apoyaban a cada paso en sus cayados y hundían las sandalias en la arena que relumbraba como cristal molido.

No vamos a negarles la hospitalidad que debemos a cualquier forastero, dijo Abraham, dejando a un lado el pedernal y el pellejo. Su voz quería sonar severa pero las palabras flaqueaban en su garganta. Nada de forasteros, ya sabes quiénes son, los mismos de hace tres días cuando vinieron con esa orden de que todos los varones debían sajarse allí abajo, algo que sólo a ti no te parece insensato, respondió Sara, y apuró lo que quedaba de leche en el cuenco. Si son los mismos, con mucha mayor razón, alegó Abraham. La razón que siempre les das, así te traigan dolor, anoche no dormiste del dolor de la herida. Ya no me duele, respondió sin convicción. Tenía la costumbre de espantar de su cara una mosca invisible, como acababa de hacerlo ahora.

La herida se le había infectado, y llevaba los genitales envueltos en un cataplasma de hojas de higuera maceradas con granos de mostaza que Agar le había preparado, y aun así sentía una honda punzada desde las ingles hasta las rodillas a cada paso que daba. Herirse con la propia mano el miembro muerto, vaya desquicio, dijo Sara con sorna. Por algo será que me lo ordenó, respondió Abraham, ahora de mal genio, yo no soy quién para desentrañar sus mandamientos; y tras limpiarse las manos restregándolas en los costados de la túnica, fue a situarse en el portal para dar la bienvenida a los viajeros.

Ahora se le ha ocurrido al Mago ser tres, dijo Sara. El encono hacía que la leche empezara a agriarse en su estómago. Abraham ya no la oía, pero ella siguió desahogándose sin comedimiento: sean tres, o dos, o uno solo, son los enviados del Mago. O es el propio Mago. ¿Cuál será la idea de este juego? ¿Y por qué lo juega con nosotros? Ya he perdido la cuenta de los años que seguimos en lo mismo.

Al tenerlos cerca, Sara vio que se trataba de unos adolescentes delicados, que ni siquiera tenían asomo de bozo, largas las cabelleras sueltas sobre los hombros, y los ojos de cervatillo, vestidos con túnicas de seda a la rodilla, rematadas con una orla dorada, sus piernas sin vello, como depiladas con cera de abejas, y las correas de sus sandalias, también doradas, trenzadas en los tobillos. Si fuera por sus rostros y cabelleras se les podría tomar por muchachas idénticas, copiadas del mismo molde. La verdad es que eran hermosos y apetecibles. Se ruborizó, porque sintió que algo parecido al deseo bullía dentro de ella bajando por su vientre. No eran pensamientos propios de una mujer vieja. ¿Vieja de setenta años, madura en sus cuarenta? Hay versiones de versiones.

A veces, aquellos emisarios se presentaban como pastores, las barbas enmarañadas y los turbantes sucios, con túnicas de pelo de cabra. Pastores sin rebaño. Así había ocurrido la última vez, cuando llegaron con la orden de que todos los varones del campamento debían recortarse el prepucio. En esa ocasión fueron dos. Otras eran mendigos que apestaban a orines, o mercaderes de países lejanos, de modales groseros, que tiraban los huesos tras roerlos, sin fijarse dónde. Mancebos, pastores, mercaderes, mendigos, beduinos. De cualquier manera que se disfrazaran, cualquiera que fuera su apariencia, eran los mismos. Sólo variaban de aspecto, o se multiplicaban, o se reducían en número. El Mago moldeaba según su gana aquellas figuras que lo sabían todo sobre el destino y sobre la muerte.

El Mago con quien se las tenían que ver no era un mago cualquiera. En primer lugar, era dueño del don de la invisibilidad cuando no jugaba a disfrazarse. Hablaba desde la nada, desde el aire candente. Sólo Abraham podía escucharlo. Ella se daba cuenta de que estaba allí, porque de pronto veía caer al esposo de rodillas, haciendo la faena que estuviera haciendo, y entonces susurraba, los labios moviéndose apenas entre la barba enmarañada, lleno de sometimiento y de respeto, la cabeza abatida. Hablando solo, como alguien que ha perdido el juicio. A veces gesticulaba, a veces se quedaba contrito. Y al regresar a la tienda se encerraba en un silencio hosco del que costaba sacarlo aun con las palabras más zalameras.

Otras veces, el Mago esperaba a que estuviera dormido para entrar en sus sueños. Lo oía balbucear incoherencias, agitarse en el lecho, y era que el otro ya estaba metido dentro de su cabeza. Y cada vez, cualquiera que fuera la forma en que apareciera, era para hacer anuncios funestos, transmitir órdenes e imposiciones que costaba entender, pero que Abraham cumplía al pie de la letra, porque desde el principio, mucho tiempo atrás, le había endulzado el oído asegurándole que era su elegido, que tendría riquezas tan abundantes como abundante sería su descendencia si le obedecía a ciegas. Y así lo iba llevando a través de los años, cargado de vanas esperanzas. Riquezas le concedía algunas veces, pero poco le duraban, como si lo que le daba con una mano no tardara en quitárselo con la otra. Y en cuanto a descendencia, un hijo bastardo, el hijo de Agar. ¿Pensaba el Mago que Abraham fundaría el linaje que tanto le prometía a partir del vientre de una esclava?

¿Cuál era entonces su verdadero juego? Por sí, o por sus enviados, había dado siempre a entender que la simiente de su marido sería fecunda en ella misma, y que sería a partir suyo que el mundo se poblaría de descendientes tan numerosos como las estrellas del cielo y las arenas del mar. Y ahora, era Agar quien había dado a luz al heredero, el único, mientras tanto ella seguía siendo estéril, a pesar de las pociones de los herbolarios de Sodoma, a pesar de sahumerios, a pesar de todas las artes y ardides que le habían enseñado en Egipto: ajustar las noches de ayuntamiento a las fases de luna llena, hacer que Abraham se remojara sus partes en asientos de leche de cabra antes de llegarse a su lecho, lograr que se quedara dentro de ella largo tiempo después de haberse aliviado, aunque gruñera con fastidio, apresado por su abrazo.

Se había vuelto potestad del Mago darle hijos o no. Era su prisionera. Y si guardaba en su corazón un sentimiento tan hostil para con aquellos hombres que los visitaban sin previo aviso, era porque además de engañada, y postergada, se sentía excluida. Jamás le dirigían la palabra, ni cuando les servía de beber y de comer, ni siquiera para decir gracias, y nunca se despedían. Delante de sus ojos, ella no existía.

El propio Mago, frente a quien Abraham doblaba las rodillas al no más escuchar su voz, como si un puño le golpeara la cerviz, tampoco la determinaba. Jamás le hablaba, jamás le pedía conversación, ni entraba en sus sueños. Cuando al despertar sobresaltado a medianoche el marido se quejaba de sentir que lo abrasaba la sed, como si hubiera bebido demasiado vino, era suficiente para saber que el Mago había venido a visitarlo. Iba a buscarle agua fresca, y como ninguno de los dos podía conciliar de vuelta el sueño, ya en la penumbra del amanecer, a la hora en que empezaban a balar las ovejas, ella iba urdiendo una red de palabras en que atraparlo, y a veces él se atrevía a contarle, estupefacto, los prodigios que le habían sido comunicados: de pastor errante, dueño de un modesto hato de ovejas, a dueño de incontables cabezas de ganado, sementeras y labrantíos; y de marido desolado, sin un solo hijo que un día cerrara sus ojos en su lecho de muerte, a prolífico padre de naciones; o se mostraba afligido ante las órdenes recibidas, porque era asunto de hacer esto o aquello, ir de aquí para allá, levantar la tienda antes del amanecer, y partir hacia donde el dedo del Mago le indicaba, reinos hostiles, tierras inhóspitas, o tan lejanas como Egipto, más allá de las innumerables dunas del desierto.

Bastante experiencia tenía ella con aquellos engaños. El peor de ellos, Agar, su propia esclava, a quien había confiado durante mucho tiempo sus secretos, la única en verla desnuda cuando untaba su cuerpo con azabara, la que peinaba sus cabellos frente al espejo, cuando tuvo la dicha de ser dueña de un espejo, trenzándolos con lentitud suficiente para hilvanar entre ambas pláticas remorosas que desembocaban en risas libertinas, y luego, la rabia de verla paseando frente a sus ojos su barriga henchida, desdeñosa y burlona, atizando a la servidumbre en su contra, hasta que semejantes desplantes le hicieron sacar la ira de sus entrañas, como quien vomita bilis, y la expulsó de la tienda a gritos. Pero regresó bajo órdenes del Mago, que de nuevo la humillaba, y un amanecer, desbordada por la amargura, escuchó desde su lecho los berridos del bastardo.

No pocas veces se quedaba sin enterarse de los mensajes, transmitidos en la vela o en el sueño, porque el Mago imponía a Abraham el silencio. No participarás a nadie lo que ya sabes. ¿Ni a mi mujer? Ni a tu mujer. ¿Qué clase de marido es aquel que tiene secretos con su mujer hasta de lo que sueña? Ella le contaba los suyos, que eran generalmente tonterías. Que la cabra había parido crías de dos cabezas, que el encinar había ardido golpeado por un rayo. Que los habitantes de Sodoma se habían vuelto todos mudos, buscaban hablar, y desesperados daban con la cabeza contra los muros, porque nada más lograban emitir gruñidos, hasta que de pronto se llevaban la mano a la boca y sólo había allí una superficie lisa. O que estaba embarazada, y andaba por la tienda en cuatro patas, como una marrana, agobiada por el peso del vientre; concebir un hijo, parirlo, se había vuelto para ella una tontería que sólo ocurría en sus sueños.

El Mago le había declarado su enemistad, no sabía por qué. Jamás había tratado mal a sus emisarios, les servía con cortesía, pese a su comportamiento grosero, y era cuidadosa de guardarse toda su inconformidad muy adentro de sí misma. Unas veces lo sentía vibrar en el cielo ardiente como un murmullo seco de alas de insectos, y otras, un aliento cálido soplaba en su nuca, o una brizna de paja acariciaba el cuenco de su oreja, como si jugara al escondite, o quisiera asustarla en broma.

Entonces ella, primero mirando torpemente a todos lados, terminaba poniéndose los brazos en jarras, y decía sonriendo, a media voz, para no espantarlo: ya sé que estás ahí, es hora de que aclaremos las cosas entre nosotros dos, no puedes tener queja de mí, he cumplido todos tus mandatos, he seguido a este hombre torpe que es el mío dondequiera que lo envías, aunque se trate de los sitios más yermos y peligrosos, me he prostituido cuando él lo ha querido, seguramente porque tú lo has querido, lo he complacido entregando yo misma en sus brazos a mi esclava Agar, porque así pensé que te complacía a ti, y yo no tendré nunca un hijo porque no te da la gana, o porque se te olvida lo que prometes, aunque se supone que debes recordarlo todo, ¿o es que yo nunca he estado en tus planes? Siempre te has negado a hablarme. ¿Es porque no te parezco digna? Pero le hablaste a Agar, que es mi esclava, ¿ella sí te pareció digna no sólo de dirigirle la palabra, sino de que mi marido la preñara? ¿No es ésa la peor humillación que me has cargado sobre las espaldas? Y encima, cuando le ordené salir de mi casa porque se sentía ya dueña y señora y poco faltó para que fuera ella quien me expulsara a mí, la hiciste volver, entrometiéndote en mi vida, y también tuve que tragármelo. ¿Qué más quieres entonces de mí? Pero dímelo directamente, de modo que yo pueda escucharte y tú me escuches a mí. ¿Estás satisfecho de que yo sea tu rehén, sin precio para el rescate? ¿No puedo escapar de tu voluntad?

Lo mejor sería decirle: ¿no puedo escapar de tu capricho?, pero prefería morderse la lengua porque podría disgustarse, y vaya y se fueran a empeorar las cosas; aunque la verdad era que si había conocido a alguien caprichoso como el que más, era a él. Y tras aquel desahogo, que de todos modos nunca terminaba de aliviarla, sentía cómo se alejaba, desdeñoso, una presencia que la rozaba, provocándola, y luego se iba. El aire quedaba estremecido por su desdén, y podía suceder que en el pasto seco apilado en el pesebre de los asnos se alzara una llamarada que no tardaba en apagarse, o resonaba en el fondo del pozo una piedra dejada caer de manera despectiva, señal de que si bien la había escuchado, no pensaba darle otra respuesta.

A veces, antes de acostarse, usaba otro recurso. Mientras acariciaba los ijares de Abraham con un ir y venir de la mano, le pedía que durante el sueño intercediera por ella, dile que entre en mi cabeza aunque sea por una vez, tengo preguntas importantes que hacerle, y Abraham de mala gana accedía, sólo para darle la misma respuesta cuando despertaba quemándose de sed: le he transmitido tu mensaje, pero no dice ni sí ni no, es como que no me hubiera escuchado; y ahí terminaba todo. El menosprecio. Se hacía el desentendido, nunca se había visto soberbia semejante. Y cuando alguna vez llegara a levantar la veda y accediera a entrar en sus sueños, algo tan improbable, lo primero que estaba dispuesta a decirle era: déjanos en paz, ya es suficiente, búscate a otros, por qué nos persigues, no sigas con ese cuento de que un día voy a parir un hijo y que nuestra descendencia será incontable como las estrellas del cielo o las arenas del mar, nosotros ya estamos viejos, ya me cansa todo esto, y si es por mí, si es ése tu gusto y gana, que sea mi esclava la madre de pueblos y no yo.

Dos

Dos

Esto de viejos, aunque venga de labios de Sara, es un dicho de poco sustento. Si acabamos de oírselo, entendamos que es sólo una manera de pedir al Mago que la deje en paz. También se ha quejado de que se siente cansada, y ésa es una expresión que tampoco vamos a tomar al pie de la letra viniendo de una mujer enérgica que no se arredra ante ningún esfuerzo o tarea, y, perspicaz y aguda en sus juicios, tiene bien puesta la cabeza sobre los hombros.

Y es, además, hermosa, de carnes apetecibles, tanto que hay quienes escribieron que a su lado las demás mujeres parecían monos babuinos, y que ni los rigores del desierto ni los constantes viajes a que se veía sometida, andando de aquí para allá tras su marido, mermaron nunca su belleza, de la que el mismo Abraham a veces se olvidaba. ¡Sara, Sara, cuán injusta es mi memoria que me aparta de la majestad de tu hermosura!, dijo una vez, cuando yendo de camino se detuvieron para beber inclinados sobre una poza, y al ver el rostro de ella que temblaba reflejado en el agua, ardió de deseo.

Y sin querer abundar en acontecimientos que ya relataré adelante, no se explicaría de otra manera que Abraham hubiera podido meterla en la cama del Faraón cuando emigraron a Egipto, haciéndola pasar por su hermana, y luego que también la convirtiera en concubina de Abimelec, rey de Gerar. De manera que nadie vaya a pensar en una anciana desdentada y achacosa, de tetas magras y caídas, el vello del pubis ralo y encanecido, pues quién iba a quererla en su lecho, sobre todo tratándose de un lecho real, si ya se sabe que los poderosos de la tierra, reyes, emperadores y faraones, en esa materia escogen a su libre antojo y no se van nunca por lo peor y menos apetecible, como lo haría también, claro está, cualquier hijo de vecino; pero ése es otro cantar.

Y tampoco podemos pensar en Abraham como un anciano decrépito, si sólo era un tanto mayor que ella. Que Sara hable despectivamente del miembro muerto de su marido, como la hemos oído rezongar porque aceptó rebanarse el prepucio, es algo que debe ser atribuido más bien a la ofuscación causada por la inconformidad que siempre la está soliviantando, pues ya sabemos que entra el uno en la otra con no poca frecuencia, buscando ella con empeño la preñez, sobre todo ahora que Agar le lleva la delantera; y quiéralo o no el Mago, hace la fuerza de quedarse encinta por cuenta de su proverbial obstinación.

En esto de calcular las edades, no hay que perder de vista que fue en aquellos mismos tiempos cuando a la vez se empezó a aprender a contar y a escribir. Una vaca dibujada con punzón en una te­ja de arcilla quería decir una vaca, un óvalo, rayas por patas, cuernos y cola. Dos vacas contempladas en un pastizal por el contador escriba eran dos vacas, tres becerros en un establo eran tres becerros; pero cuando se trató de cuentas mayores, un hato de ganado de cien cabezas, una distancia de doscientos codos, trescientas cargas de trigo, quién quita y no se aturdían los escribas contadores, y qué decir cuando se trataba de años y edades, mucho más enredo, el rey Alulim reinó en Eridú 28.800 años, el rey Alalgar 36.000 años, y dos reyes que no se nombran reinaron 64.000 años, así quedó consignado por el filo del punzón.

Y antes del diluvio universal los descendientes de Adán vivieron, según cuentas semejantes, cerca de un milenio, pongamos por caso al propio Adán, 930 años, su hijo Set, 912 años, y su nieto Enós, 905 años. De modo que cuando leemos que el término de la vida de Abraham fue de 175 años, y el de Sara 127 años, vemos que aunque siempre erraban los amanuenses, en algo rebajaban ya sus exageraciones.

La había desposado Abraham un año después de haberle bajado aquel humor viscoso entre las piernas, y se dio cuenta que era sangre cuando advirtió el lento gotear que manchaba sus sandalias, una sangre del color del lodo batido de las alfarerías. Escogerla como mujer de Abraham a ella, criada de la casa, fue una disposición que Taré, su suegro viudo, siempre imperioso, tomó antes de cargar las acémilas para salir de manera intempestiva de Ur hacia Harán, adonde se trasladaba con toda la familia.

Rubicundo y glotón, tanto que p

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