CAPÍTULO 1
¿POR QUÉ CON GOLPES NO?
¿Y por qué sí?
Los defensores de educar con golpes me responderían algo como:
“La mejor forma de corregir las malas conductas es con los golpes”. O:
“A mí también me pegaban y salí bien“. O quizá:
“Yo les pegué a mis hijos y son buenos muchachos”.
Por increíble que parezca, y aun con los innumerables estudios que demuestran lo contrario, abundan quienes están convencidos de que los golpes deben formar parte de la crianza de un niño y que al pegarles, con frecuencia o de vez en cuando, no pasa nada.
Siendo honestos, no necesitamos estudios ni investigaciones que nos demuestren que eso de que “no pasa nada” no es verdad. Basta con hablar con los niños respecto a qué sienten cuando se les golpea (aunque sea de vez en cuando); basta con escuchar lo que tienen que decir los adultos que fueron niños golpeados.
La premisa de que no hay consecuencias está por verse. Si analizamos honestamente, advertiremos que sí las hay. Un amigo me contó que cuando era niño su mamá le pegaba como método para corregir sus “malas conductas”. “Y mira… —me dijo— yo creo que no hubo ninguna consecuencia en mi vida. ¿O tú qué opinas?”
Cuando me piden mi opinión, ¡la doy! Y a mi amigo le hice ver cómo desarrolló un miedo a desobedecer a las mujeres, o, dicho en otro sentido, una tendencia a obedecerlas. Por ejemplo, cuando era muy joven —dieciocho o diecinueve años—, su novia le dijo que se casaran. Él no estaba tan enamorado ni deseaba casarse todavía, pero cedió a la “orden” de la chica y contrajo matrimonio, el cual terminó en menos de un año cuando ella decidió que se divorciaran. A sus treinta y tantos, cierta amiga con la que empezaba a salir le dijo que ya se quería casar y él era el hombre con el que le gustaría hacerlo. De nuevo él obedeció y dijo que sí, aun cuando no estaba seguro de quererse casar con ella. En un viaje que hicieron antes de la boda, su novia cambió de opinión y le dijo que mejor no. Él aceptó y hasta se sintió liberado. Pero al siguiente día la mujer dijo que mejor sí y, ¡claro!, él obedeció y se casaron.
Unos quince años después, cuando todavía estaba casado, una chica que no le parecía nada atractiva le dijo que quería tener un hijo con él. Aun siendo consciente de la trascendencia de tal petición, él “obedeció”, lo cual le ha causado muchos problemas. Y así sigue la lista…
Cuando le hice ver estas cosas, mi amigo se sorprendió porque no se había dado cuenta de ese patrón. Aprendió a obedecer sin respingar a su mamá por miedo, y lo generalizó en las demás mujeres de su vida.
¿Y una nalgada de vez en cuando?
¡Cuántas veces he escuchado este cuestionamiento! ¡Cuántas veces me ha sido expresado con la esperanza de que de mi boca salga un: “Sí… una nalgada de vez en cuando está bien”. Para desilusión de quienes así lo esperan, NUNCA saldrá de mi boca semejante aberración.
Permíteme llevarte a esta situación: Imagina que estoy a tu lado… Tú haces algo que no me gusta, o simplemente estoy de mal humor y te meto una cachetada, nalgada, coscorrón o pellizco. Sin lugar a dudas sentirás ira, confusión, indignación y muchas ganas de devolvérmela. Tal vez lo harías; quizá voltearías de inmediato y me golpearías de alguna manera para quedar a mano, o por lo menos me reclamarías o me insultarías.
Lo mismo que tú sentirías en una situación como ésta es lo que un niño experimenta cuando le propinas la famosa “nalgada correctora” que tantos defienden. Pero la criatura se tiene que aguantar. Tiene que contener su rabia, su dolor y sus ganas de devolvértela, porque eso no se vale, y porque si se atreve a hacerlo le irá peor. Entonces, movido por una abrumadora impotencia, se reprime y contiene toda esa energía, esos sentimientos que le provoca lo que le has hecho, y que irán minando su salud mental, emocional y, por consiguiente, física. A veces ni siquiera le permites llorar ante la “inocente nalgada correctora”, lo cual le ayudaría a desahogar un poquito su dolor y su ira. Si lo hace, le exiges: “¡Cállate!” o “¡Te voy a dar motivos para que llores de a de veras!” Y estupideces como ésas que normalmente acompañan a la así llamada “inofensiva nalgada (coscorrón, pellizco, cachetada) de vez en cuando”.
¿Por qué supones que tienes derecho a pegarle a un niño? ¿A un ser que es y siempre será menor que tú, y por lo tanto más débil y más vulnerable? ¿Porque eres su padre o su madre? Muchos suponen que la maternidad o la paternidad les da todos los derechos habidos y por haber sobre sus hijos, incluido el derecho a golpearlos.
Pegarle a un niño, en cualquier forma, frecuencia o circunstancia, SIEMPRE es un abuso. Éste se define como el uso de la fuerza y el poder sobre otro que es más vulnerable e indefenso. Y con respecto a tus niños, tú siempre tienes más de ambos: fuerza y poder. Por un minuto —pero sólo por un minuto— compraré la idea de que darles un golpe “de vez en cuando” no tiene efectos negativos y no pasa nada. Pues bien, aun cuando así fuera, ¿por qué pegarles? ¿Por qué golpear a un adulto se considera inaceptable, pero pegarle a un niño sí se vale?
Los niños no están en este mundo para que los golpeemos, sino para que, con amor y paciencia —y a veces con mucha impaciencia y agobio—, los ayudemos a crecer, a aprender, a volverse maduros e independientes algún día.
He escuchado de los defensores de las nalgadas “de vez en cuando” toda clase de argumentos absurdos para justificar su postura. Pero hace unos días, durante una reunión, oí la más insensata de las insensateces. Alguien me preguntó el título del libro sobre el cual estoy trabajando, y cuando respondí: ¡Con golpes no!, una mujer me dijo: “¡Ay, Martha!, le vas a quitar toda la diversión a la vida!” ¡Me quedé atónita! “¿Te parece divertido pegarle a un niño?”, la cuestioné. “Bueno… no precisamente divertido, pero sí se desahoga una muy a gusto cuando ya la tienen harta”.
¡Qué tal!… Y por más que este comentario me haya parecido horrendo (y más), esa mujer expresó una verdad innegable: cada vez que un padre o una madre golpea a su hijo, en la forma y la circunstancia que sea y por la razón que sea, lo hace movido por un impulso para desahogar sus frustraciones, su ira y sus dolores de la vida, y casi nunca (por no decir nunca) por un deseo de formarlo y ayudarlo a aprender algo. Ahí no hay una intención amorosa de corregir una conducta o un interés genuino por su sano desarrollo; lo que hay es un desahogo impulsivo de las propias frustraciones y una incapacidad de hacerse cargo de éstas. La indefensa criatura que está cerca se vuelve el blanco de semejantes desahogos. ¡Ésa es la pura verdad!
Existe un mecanismo de defensa llamado desplazamiento, que consiste en encontrar una salida sustitutiva para la agresión u otros sentimientos indeseables. En el caso que nos ocupa, el padre o la madre desplaza dichos sentimientos, que no puede elaborar o que van dirigidos a otro, sobre la indefensa persona de su hij@.
Los niños son absolutamente dependientes de nosotros, sus padres, o de los adultos a cargo de ellos. Necesitan todo de nosotros: casa, comida, protección, amor, educación; porque ellos no pueden proporcionárselo a sí mismos. He escuchado a padres que reclaman a sus hijos toda clase de insensateces, como el hecho de que trabajan para mantenerlos, alimentarlos, etcétera, y cuánto se cansan por ello. Una chica me contó que mientras estudia en la universidad vive en una casa de asistencia. La dueña de la casa despierta todos los días a su hijo de cinco años gritándole y reclamándole que tiene que trabajar todos los días para que él coma, que esa es “su” casa y que dé gracias a Dios de que él puede vivir en ella. ¡Como si a los cinco años uno fuera capaz de comprarse una casa! ¡Como si no fuera obligación de los padres alimentar a sus hijos y darles un techo para vivir! ¡Como si ellos no lo merecieran!
Es obvio que la rabia de esa madre está dirigida hacia alguien más. Probablemente hacia el padre del niño que no la apoya, o incluso hacia sí misma.
Quienes trabajamos con seres humanos vemos constantemente el daño que causa en un hijo el que sus padres lo críen con golpes, o lo hayan hecho en su infancia. Afirmar que no les afecta y que no pasa nada es la peor de las necesidades y la más grande de las cegueras.
Veamos el porqué…
Por una parte, cuando los padres golpean a su hij@, lo culpan por su propia inestabilidad emocional y por su incapacidad para educarlo de forma sana y amorosa, diciéndole toda clase de cosas que dan a entender que él o ella se lo buscó. Un niño JAMÁS es culpable de que le peguen. Los niños son las víctimas y nunca se les deberá culpar del maltrato ni del abuso. Aun cuando haya tenido una conducta totalmente inaceptable, nada justifica los golpes; no es con ellos que hay que corregirla. De igual forma, con frecuencia se culpa al niño por los golpes a sus hermanos o por los pleitos entre la pareja. Muchísimas veces he escuchado a personas que le dicen a su niño algo como: “Ya ves, ¡por tu culpa nos peleamos mamá y yo!” O: “¡Por tu culpa le pegué a tu hermano!”, cuando la verdad es que las razones de esas conductas paternas no tienen nada que ver con el niño al que se le imputan, sino con la incapacidad del padre o la madre de hacerlo de otra forma, o con rancios problemas entre la pareja y su incompetencia para resolverlos.
Esto genera enormes sentimientos de culpa en la criatura que no es capaz de discernir, sino que, por el contrario, cree al pie de la letra en lo que dicen sus padres. Sentimientos de culpa, de inadecuación, de vergüenza, y un negativo autoconcepto lo acompañarán el resto de su vida. A menos que en un momento dado reciba ayuda profesional o por algún camino trabaje para sanarlos.
Un factor que hace que golpear a un niño (aunque sea de vez en cuando) se vuelva aún más dañino para su salud emocional, es el hecho de que para la criatura sus padres lo son TODO: quienes le dieron la vida, quienes se supone deben cuidarlo y protegerlo; pero en lugar de eso, son capaces de infligirle el dolor físico y emocional que viene con los golpes. Más intenso aún se vuelve este dolor, porque los golpes siempre vienen acompañados de insultos, humillaciones y horrendas ofensas verbales; tan horribles, que a veces cuesta trabajo concebir que se puedan expresar esas cosas a un ser humano; más aun, a un niño. Peor todavía, a un hijo.
Las ofensas verbales no necesariamente se acompañan de golpes, pero los golpes sí se acompañan de ofensas verbales: “Eres una basura, un estorbo, maldita la hora en que naciste, eres lo peor que me ha pasado”, etcétera, formarán el autoconcepto del niño (lo que piensa de sí mismo), ya que, como mencioné, lo que los padres dicen es la verdad absoluta para los niños, quienes no han desarrollado la capacidad de discernir. Es necesario que otras figuras de autoridad, como los abuelos, un maestro o un tío, cambien esas “verdades” diciéndole al niño qué bueno es en tal cosa, retroalimentándolo, hablándole con palabras amorosas, mostrándole facetas de sí mismo que cambien ese horrendo autoconcepto, generado por las humillaciones verbales y el maltrato físico.
La gran mayoría de los padres que golpean y humillan a sus hijos, (aunque algunos no), experimentan una gran culpa después de hacerlo, y, con ella, vienen las nada recomendables compensaciones: darles, comprarles, concederles, tolerarles... hasta el próximo golpe, seguido una vez más por la culpa y las compensaciones, en un patológico círculo vicioso que parece no tener fin. Otro factor que es fuente de gran confusión para el niño agredido es el hecho de que con frecuencia los padres expresan insensateces como éstas antes, durante o después de los golpes: “Porque te quiero te pego”, o “Lo hago por tu bien”. No nos extrañe que luego, como adultos, confundan el amor con la agresión y el abuso en sus relaciones.
¡Qué tremenda confusión y desilusión para un niño! Tener miedo —o pánico— de quienes le dieron la vida, por saber que son capaces de hacerlo sufrir! Esos padres, que son grandes para proteger y abrazar, son percibidos por el niño golpeado como furiosos y terroríficos gigantes empuñando un cinturón, o extendiendo una enorme mano a punto de golpear. ¡Qué imagen maternal o pater na para recordar!
Mecanismos de sobrevivencia de los niños golpeados
Para poder soportar la hostilidad y el desamor del ambiente en el que viven, así como el temor, el dolor físico y emocional que los golpes les causan, los niños desarrollan ciertos mecanismos de defensa para sobreponerse y poder seguir adelante con su vida. Por ejemplo: reír en lugar de llorar; retar al padre o a la madre diciéndole: “No me dolió, pégame más fuerte”; reprimir las lágrimas y cualquier expresión de dolor, pretendiendo que no le importa, y un sinfín de variantes de estas reacciones. Lamentablemente, éstas provocan mayor ira en los padres, la cual descargarán sobre la indefensa criatura.
Como mencionamos con anterioridad, al niño no se le permite devolver el golpe o insultar al padre o a la madre; está obligado a reprimir su rabia, su frustración y su dolor. Todos los sentimientos reprimidos buscarán salidas sustitutas (patológicas) para manifestarse. En el caso que nos ocupa, es muy probable que los niños “se desquiten” de otras formas que sí puedan hacerlo; por ejemplo, sacar bajas calificaciones, o hacer cualquier otra cosa que moleste a los padres.
En cierta familia, cuando los niños hacían algo inadecuado, el padre les daba a elegir con qué querían que los golpeara: el cinturón, el lazo, el zapato o la mano. Uno de ellos siempre elegía la mano, no porque el golpe fuera menos duro con ella, sino para que a papá también le doliera; y más le dolería, mientras más fuerte golpeara. Esa es una de las muchas formas en que un niño puede desquitarse del dolor que su progenitor le inflige.
Cuando los golpes son parte de la vida cotidiana de un niño, es posible que llegue a creer que eso es lo normal, y sólo es hasta que crecen y ven en retrospectiva como producto de un proceso terapéutico o del simple hecho de desarrollarse y madurar, que se dan cuenta de la realidad del asunto, y de que el trato que recibieron no fue otra cosa más que ABUSO.
Los niños golpeados sienten un gran odio hacia sus padres; si no todo el tiempo, si en los momentos en que se están suscitando los golpes. El odio se da porque es normal sentirlo cuando se les lastima, pero además sirve para enmascarar el profundo dolor y el miedo, ya que si entraran en contacto con ellos, quedarían devastados.
¿Tú crees que los golpes (incluyendo los “de vez en cuando”) son formativos? La verdad es que no lo son. Aunque parece que modifican las conductas indeseables, ese aparente “cambio” se da sólo como una reacción al miedo a ser golpeado, “si lo vuelve a hacer”. Pero cuando los padres no estén presentes para pegarle, la conducta se presentará de nuevo, porque no se ha pasado por un proceso de aprendizaje y motivación que lleve a un cambio real y permanente de dicha conducta. Es cierto que en algunos casos el haber sido golpeado de manera constante o una sola vez de forma traumática ante cierto comportamiento, puede erradicarse definitivamente, porque el sistema neurológico del niño aprende a asociar dicha conducta con la consecuencia dolorosa que le trae. Aun así, eso no es formativo. Educar a un niño significa ayudarlo a que desarrolle un sistema de valores y de ética personal, que le ayuden a elegir entre hacer o no hacer, por propia convicción, y no por el golpe que seguirá si hace o no hace. Un ser humano con una buena crianza, maduro, responsable y sano, es el que elige entre las alternativas que tiene, la más sana, la que respeta a sí mismo y a los demás, por pura convicción, no por el castigo (cualquiera que sea), que le traerá hacer lo contrario.
Una madre, que es defensora de los golpes como método de crianza, me dijo que ella le pega a su niña y que ve cómo las amigas de su hija tienen ciertos malos comportamientos o no obedecen a sus madres, pero su hija no hace eso. “Entonces, ¡los golpes sí funcionan!”, me dijo en son de triunfo. Claro que funcionan para que no haga esas cosas o para que te obedezca, porque te tiene miedo; porque le da terror lo que le espera si te falla. Eso, insisto, no es educar, ni formar, ni criar a un hijo sano. Y me pregunto si “terror” es lo que un padre o una madre quieren despertar en sus hijos y si ésa es la forma en que anhelan ser recordados. Créeme, miedo no significa respeto. Y tenerle miedo a alguien siempre viene acompañado de rencor hacia ese alguien; son inseparables. Cuando tenemos miedo de quien es capaz de infligirnos dolor, también le tenemos rencor o, incluso, odio.
Quizá te preguntes: “Bueno, pues si funciona, ¿cuál es el problema?” Te recuerdo que no es formativo y que cuando “funciona” es como consecuencia del miedo, no de un proceso sano de aprendizaje y maduración. Y sea como sea, ¿por qué rayos suponemos que tenemos el derecho de golpear a un niño? ¿Por qué elegir ese camino, cuando hay otros más efectivos, movidos por el amor, y que evitan las culpas de los padres, los traumas de los hijos y el sufrimiento de todos los involucrados?
Releo lo que he escrito hasta ahora en este capítulo… me percibo intentando afanosamente “convencerte” a ti, mi querido lector, de que ¡con golpes no! Tal vez te preguntes el porqué. Te responderé contándote lo que hace unos días un periodista me cuestionó, cuando, ante su pregunta de qué estaba escribiendo, le hablé de este libro sobre el que ahora trabajo.
—¿Fue usted una niña golpeada? —me preguntó.
—No lo fui en absoluto; mis padres nunca me golpearon —le respondí.
—¿Entonces, que le lleva a hablar de este tema con tanta pasión?
—Simpl
