A Sadri y Kate, refugio de la amistad
1
El viejo actor ruso monsieur Plotnikov, me visitó el día mismo de su muerte. Me dijo que pasarían los años y que yo vendría a visitarle a él el día de mi muerte.
No entendí muy bien sus palabras. El calor de Savannah en agosto es comparable a una siesta intermitente interrumpida por sobresaltos indeseados: uno cree que abrió los ojos y en realidad sólo introdujo un sueño dentro del otro. Inversamente, una realidad se acopla a otra, deformándola al grado de que parece un sueño. Pero es sólo esto, la realidad sometida a una temperatura de 101 grados Fahrenheit. Es nada menos que esto, sin embargo: mis sueños pesados en las tardes de verano se parecen como gemelos a la ciudad de Savannah, que es una ciudad dentro de otra, dentro de…
Esta sensación de estar capturado en un dédalo urbano viene del trazo misterioso que dio a Savannah tantas plazas como estrellas tiene el firmamento, o algo por el estilo. Cuadriculada como un tablero de ajedrez, mi ciudad sureña rompe su monotonía con una plaza tras otra, plazas rectangulares de las que salen cuatro, seis, ocho calles que conducen a tres, cuatro, cinco, plazas de las cuales, en suma, se irradian doce, catorce calles que a su vez conducen a un número infinito de plazas.
El misterio de Savannah, de este modo, es su transparente sencillez geométrica. Su laberinto es la línea recta. De esta claridad nace, sin embargo, la sensación más agobiante de pérdida. El orden es la antesala del horror y cuando mi esposa, española, revisa un viejo álbum de Goya y se detiene en el más célebre grabado de los Caprichos, yo no sé si debo perturbar su fascinación, comentando:
—La razón que nunca duerme produce monstruos.
La realidad inmediata es sólo esto: el recurso único (el mío) de sentarme en el porche de mi casa, en una mecedora, con un abanico redondo, tratando de mirar hasta el río verde, lento, fraudulento y, no logrando divisarlo, contentándome con una justificación: estoy al aire libre y por lo tanto debo sentir fresco.
Mi mujer, más sabia que yo, entiende que las viejas casas del Sur fueron hechas para combatir esta temperatura y prefiere cerrar los batientes, desnudarse y pasar las horas de la tarde entre sábanas frescas y bajo un ventilador silencioso. Es algo que acostumbraba desde niña, cuando vivía en Sevilla. Algo, sin embargo, nos une y es que la refrigeración nos produce catarros y carrasperas, de manera que, de común acuerdo, hemos proscrito esos aparatos de aire acondicionado que como barros faciales, o muñones, se asoman por una o dos ventanas de cada casa de la ciudad.
Son feos, en primer lugar, porque afean. Las construcciones domésticas de Savannah pertenecen al periodo de fines del siglo XVIII al tercer cuarto del XIX, o sea la etapa entre la independencia de la Unión y su desmembramiento en la Guerra Civil, cuando nuestro orgullo fue más fuerte que nuestro sentido de la realidad. Los nobles edificios de nuestra ciudad son el símbolo de dos comercios, uno famoso y el otro infame. Algodón y esclavos; negros importados, blancas fibras exportadas. Imagino, viejo sureño, la ironía cromática de este trueque. Mandábamos mensajes frescos y etéreos como nubes al mundo, y a cambio recibíamos carne quemada por las brasas del infierno. La ironía, sin embargo, es preferible a la culpa, o por lo menos yo prefiero cultivarla, sobre todo ahora que no queda nada de aquello por lo cual tan noble y estúpidamente combatieron mis antepasados.
Sobreviven algunas estatuas, es cierto, pero frente al río se levanta un Hyatt-Regency y a las espaldas de mi casa en Drayton Street un De Soto Hilton me confirma que los carpetbaggers del Norte, los mercenarios que se aprovecharon de nuestra derrota para anexarnos a su comercio, a sus valores, a su vulgaridad, siguen imperando.
Nadie escapa a estos imperativos mercantiles, ni yo mismo que tanta conciencia cultivo de mi región y su historia. Viajo todas las semanas a Atlanta para atender a mi clientela médica y desde el avión veo que no queda nada de la capital de Georgia, incendiada por Sherman en 1864. Rascacielos, supermercados, periféricos urbanos, ascensores como jaulas de vidrio subiendo, hiedra quebradiza, por la piel helada de los edificios; magnolias de plástico; derrotas con sabor a helado de fresa; la historia como una miniserie de televisión. En Atlanta paso los martes, miércoles y jueves y el viernes regreso a disfrutar el fin de semana en mi hogar. Es mi refugio, mi asilo, sí. Es mi morada.
Regreso a ella y siento que nos queda una ciudad que construimos nosotros mismos (a pesar de las incursiones comerciales que he dicho) y en la que recibimos, para hacerla con nosotros, a los refugiados a su pesar, los negros que no huían libremente (si así puede hablarse de un refugiado) de África, sino que eran arrastrados, encadenados, fuera de su continente.
A veces me pregunto, meciéndome mientras intento derrotar el calor con la imaginación del río lento, volando sobre Atlanta, tratando de distinguir un vestigio incendiado del pasado, a veces me pregunto, viejo y soñoliento, si hemos terminado de pagar esa culpa. ¿Cómo podemos finiquitarla? O, más bien, ¿debemos aprender a vivir con ella para siempre, puesto que de ello depende nuestra salud? ¿Cuál es, me pregunto, el tiempo de vigilia que nos impone la violencia histórica? ¿Cuándo nos es permitido reposar de nuevo? Miro rara vez a los negros de Savannah; sólo les hablo lo indispensable. Pero no dejo de preguntarme, como resumen de mi historia, ¿hasta dónde puede, o debe, llegar mi responsabilidad personal por las injusticias que yo no cometí?
2
Digo que mecerme al aire libre es mi justificación para sentirme fresco. Sé que me miento a mí mismo. Es apenas una manera de autosugestión. Pero quien ha habitado temperaturas extremas en generaciones anteriores al clima artificial, sabe perfectamente que el calor y el frío son, antes que nada, estados de ánimo que empiezan por combatirse o admitirse, igual que el sexo, la literatura o el poder, en el centro mismo de su existencia, que es la mente. Y si la cabeza no nos ayuda, bebamos café caliente en climas calientes. Las temperaturas de adentro y de afuera se equilibran entonces; pero en el calor, el hielo las desequilibra y a cambio de un minuto de alivio sufrimos horas de incomodidad. ¿Será cierto lo mismo a la inversa, en climas fríos? ¿Es bueno comer helados en los inviernos rusos? Debo preguntárselo, cuando lo encuentre, al señor Plotnikov.
El lector de estas notas apresuradas que reúno con el sentimiento confuso de que si no lo hago ahora pronto será demasiado tarde, debe entender que cuando hablo de ver o visitar al señor Plotnikov, en realidad quiero darle categoría formal y sentido de cortesía a lo que no pasa de ser una serie de encuentros casuales.
A veces hay un elemento de sorpresa en ellos. Una vez, en una galería comercial, me detuve a sacarme unas fotos de credencial en un automatón. La cortina estaba cerrada y esperé largamente. Unos viejos botines negros atrajeron mi curiosidad; “dos botines antiguos”. Cuando la cortina se corrió, apareció el señor Plotnikov, me miró y me dijo:
—Nos obligan a desempeñar papeles, Gospodin Hull. Mira nada más, un actor obligado a retratarse para sacar pasaporte, ¿qué le parece a usted? ¿No quiere esperar conmigo a que las cuatro fotos salgan por esa ranura? —me dijo tomándome el brazo con su mano enguantada—. ¿Quién cree usted que saldrá fotografiado? ¿El actor? ¿El hombre privado? ¿El ciudadano ruso? ¿El aprendiz de escenógrafo? ¿El refugiado en América? ¿Quién? —rió y yo me alejé un tanto perturbado, sonriente, como se le sonríe a un loco para tranquilizarlo, pues debo decir que el anciano se notaba perturbado también, aunque serenamente.
Luego me pregunté si debí ceder a mi curiosidad y esperar que aparecieran las fotografías del señor Plotnikov. Reí; a veces hacemos caras de comicidad involuntaria frente a esas cámaras ocultas, cegantes, agresivas. Pero su pregunta me persiguió: ¿quién, de todas las personalidades que somos cada uno, es fotografiado en un momento dado?
Una vez lo encontré en el cementerio donde a veces voy a visitar a mis antepasados. Vestido como siempre de negro, caminaba muy levemente sobre la tierra roja. Le pregunté si tenía deudos aquí. Se rió, murmuró, sin mirarme, que nadie piensa en los muertos de hace cincuenta años, no, ni veinte, ni diez años dura la memoria de un muerto… Se fue caminando lentamente. No me dejó decirle que yo era la prueba de lo contrario. Visito y recuerdo a dos siglos de muertos.
En otros veranos, he vuelto a encontrarlo en el shopping-mall junto al Hyatt-Regency, donde su figura de luto antiguo más contrasta con las luces neón, los juegos electrónicos, los anuncios de los cines. Lo vi muy cansado y lo tomé del brazo; la modernidad de la galería, el calor de afuera, el aire artificialmente congelado de adentro, parecían agobiarlo. Fue nuestra única conversación sentados. Me platicó de su origen ruso, de su vida como actor y escenógrafo, de su incapacidad para ser varias cosas a un tiempo, por eso salió de Rusia, no lo dejaban ser todo siendo él, querían que separara su vida, aquí el actor, aquí el ciudadano, aquí, muy oculto, el hombre sensual, el padre, el memorioso… Dijo esa vez, comiendo incongruentemente un helado de pistache, que a pesar de todo, el asilo es pasajero, se regresa siempre al hogar, a pesar de lo que dicen las consejas: Recuerde esto, Gospodin Hull, el origen nos espera siempre.
Jugueteaba con una tira de fotos para credencial, húmedas aún, que él agitaba un poco a fin de secarlas. Le dije con explicable torpeza que sin duda él era bienvenido en los Estados Unidos. Me replicó que estaba cansado, muy cansado.
Le recordé que era doctor; si podía ayudarlo, él no debía dudar en… Evité mirar sus fotografías cuando al cabo las puso sobre la mesa. Sólo me di cuenta, de reojo, que no eran fotos suyas, sino de alguien —vi borrosamente— con el pelo oscuro y largo. ¿Hombre o mujer? Era la época en que no se podía averiguar. Razón de más para evitar una indiscreción.
Meneó la cabeza con una compasión que yo le ofrecía y él no sólo rechazaba: me la regalaba a su vez. Dijo que no, el problema no era de ésos que se curan con doctores. Sonrió muy amablemente.
—Comprendo —le dije—, la lejanía, el exilio. Yo no podría vivir lejos de los Estados Unidos. Más precisamente, lejos del Sur. Estudié de joven en España y amo ese país. Pero sólo puedo vivir en el mío.
—Ah —me miró el señor Plotnikov—. Y viviendo en su país, ¿mira usted hacia atrás?
Le contesté que creía tener un razonable sentido de la tradición. Me miró con humor para decirme que la historia norteamericana le parecía demasiado selectiva, era la historia del éxito blanco, pero no de las otras realidades, el pasado indio, por ejemplo, o negro, o hispánico… Todo eso se quedaba afuera.
—Yo no soy un chovinista —le dije, un tanto defensivamente, al viejo ruso—. Creo que la amnesia se paga. Pero por lo menos, nuestra sociedad ha sido un crisol. Hemos admitido a más inmigrantes que cualquier nación en la historia.
Negó con la cabeza, amablemente, indicándome que sus observaciones no eran un reproche.
—No, Gospodin Hull, yo mismo soy beneficiario de esa generosidad; ¡cómo voy a criticarla!, pero yo hablo —lo silenció por un instante la cucharada de helado de pistache—, yo hablo de admitir a algo más que el inmigrante físico, hablo de admitir su memoria, su recuerdo… e incluso su deseo de regresar un día a su patria.
—¿Por qué no? Así es.
—Lo que usted desconoce es que es muy difícil renunciar a todo, contemplar la pérdida de todo lo que somos, no sólo nuestras posesiones sino nuestras facultades físicas e intelectuales, dejarlo todo abandonado como una maleta y empezar de nuevo.
—Yo espero que quienes vengan a mi país sientan que queremos darles, a nuestra manera, fuerzas para empezar de nuevo.
—¿Y para obtener un poco de gracia también?
—¿Perdón, señor Plotnikov?
—Sí, no hablo de empezar de vuelta, sino de merecer un aplazamiento, ¿me entiende usted?, hablo de recibir un día, de regalo, una hora más de vida, si es preciso: ¿eso no lo merecemos?
—Claro que sí —afirmé con vigor—, claro que sí.
—Ah, qué bueno —el señor Plotnikov se limpió los labios con una servilleta de papel—. Sí, qué bueno. Sabe usted, sólo se vive, a partir de cierto momento, de la vida de los demás, cuando la nuestra se ha agotado.
Se guardó las fotos en la bolsa de la chaqueta.
No será la primera ni la última vez, a lo largo de tantos años, cuando la nieve sorpresiva cubre la tierra roja del camposanto, o cuando las primaveras relampagueantes convierten los senderos en lodo, en que yo me encuentro a mi vecino, el actor Plotnikov, caminando por los senderos del cementerio, repitiendo una como letanía de nombres que a veces sorprendo parcialmente cuando él pasa cerca de mí… Dimitrovitch Ossip Emiliovich Isaac Emmanuelovich Mijail Afanasievich Serge Alexandrovich Kasimir Serevinovich Vesevolod Emilievich Vladimir Vladimiro…
3
Ahora es agosto y el señor Plotnikov (monsieur Plotnikov, como a veces le digo no sé si por respeto, sentido de la diferencia o mera afectación) viene (recuerdo: es un encuentro casual) a anunciarme su muerte, pero ni el calor del verano afuera ni el del infierno que según la leyenda popular aguarda a los cómicos a los que secularmente les fue negado el entierro en sagrado, nada de esto, anoto, sofoca al señor blanco como una hostia transparente, blanca piel, pelo blanco, labios blancos, ojos palidísimos, pero todo él vestido de negro, a la usanza de la vuelta del siglo, traje negro de tres piezas, un gabán ruso muy grande para el actor, como si otro comediante se lo hubiera prestado, con la cola arrastrada entre el polvo, las corcholatas de Coca Cola y las envolturas de barras de chocolate Mars. Todo ello, él lo logra dignificar y, haciendo una concesión única al clima, lleva abierto un parasol, negro también, y se mueve con un paso lento y polvoso: observo sus zapatillas de charol, coquetas, con un moño marrón amarrado a las puntas. Este detalle logra darle al señor Plotnikov un aire de ballerina perversa.
—Gospodin Hull —me llama, inclinando el parasol en mi dirección como un torero se quita la montera para saludar, dedicando el acto mortal que seguirá al acto de cortesía—. Gospodin Hull, he venido a despedirme.
—Ah, monsieur Plotnikov —le digo medio adormilado—, ¿se va usted de viaje?
—Usted siempre tan bromista —meneó la cabeza con desaprobación—. Nunca entenderé por qué los norteamericanos se la pasan haciendo bromas. Eso sería muy mal visto en Petersburgo, o en París.
—Perdónenos, señor. Atribuya usted todos nuestros defectos a que somos un país de pioneros.
—Bah, Rusia también, pero no nos la pasamos riéndonos. Bah, parecen ustedes hienas.
Decidí no contestar a esta última alusión. El señor Plotnikov cerró de un golpe su parasol, muy teatralmente, para que el sol de las dos de la tarde lo iluminara a plomo, acentuando las cavidades de su calavera fina, transparente, apenas cubierta por la piel en plena retirada para revelar, al fin, delgadísimo sobre, el contenido de la carta.
—No, Gospodin Hull, he venido a despedirme porque me voy a morir y me parece una cortesía elemental decirle adiós a usted, que ha sido un vecino, a pesar de todo, cortés y atento.
—Lamento que viviendo el uno frente al otro, nunca hayamos…
Me interrumpió sin sonreír:
—Eso es lo que le agradezco. Nunca me impuso usted fórmulas indeseadas de vecindad.
—Pues gracias a usted, entonces, señor Plotnikov, pero estoy seguro de que usted también, como dijo otro humorista americano más célebre que yo, exagera la noticia de su muerte.
—Usted no podrá constatarlo nunca, gospodin Hull, porque mi condición es la siguiente…
Dejé de abanicarme y moverme. No sabía si reír, lo cual era mi inclinación, o si, más bien, debía someterme a una corriente más profunda que me decía, a la vista de este hombre tan protegido por sus ropas pero tan íntimamente desguarecido bajo el sol que no le daba más sombra que la de las cuencas de los ojos y los surcos de la edad, que debía tomar muy en serio sus palabras.
—¿Sí, señor?
—Gospodin Hull: usted sólo vendrá a visitarme el día de su propia muerte, para avisármela, como yo lo hago hoy con la mía. Ésa es mi condición.
—Pero usted estará muerto entonces —empecé a decir lógica, casi alegremente, aunque perdiendo en seguida mi ímpetu…— quiero decir, el día en que yo me muera, usted ya no estará vivo…
—No esté tan seguro de ello —ahora abrió, con una velocidad nerviosa, el parasol y se protegió con él— y respete mi última voluntad. Por favor. Estoy muy cansado.
Dijo esto y muchos de nuestros encuentros arbitrarios en la esquina de Drayton y Wright Square, en el cementerio o en la galería, regresaron a mi memoria. Nunca hablamos mucho (salvo la tarde del helado de pistache), pero éramos vecinos y nos regalábamos, sin invitarnos nunca a una visita formal, retazos de información, como las piezas de un rompecabezas. ¿Qué sabía, finalmente, el día en que me anunciaba su muerte de manera tan extraña: qué sabía de él? Dos o tres vaguedades: fue actor de teatro en Rusia, aunque su afición era ser escenógrafo, dejó de actuar, era la época del terror estalinista, la vida era difícil para todos, lo mismo para los que se sometieron como para los que resistieron la locura del poder personal posando como poder colectivo, ¿quién no sufrió?, los verdugos también, dijo un día el señor Plotnikov, ellos también, suspiró y su suspiro era el de un bosque talado. Salió de Rusia y encontró asilo en los Estados Unidos, que a tantos refugiados de la Europa convulsionada por las ideologías se lo dio en aquellos años generosos, cuando América era América, sonrío para mí, recordando algunos judíos, algunos españoles, que no pudieron franquear las puertas de nuestro refugio democrático. Pero qué se le va a hacer; recibimos a tantos más, alemanes, polacos, rusos, checos, franceses… La política es el arte de los límites. El arte es el límite de la política.
—Respete mi última voluntad. No venga a mi velorio esta noche, ni acompañe mi procesión fúnebre mañana. No. Visíteme en mi casa el día de su muerte, gospodin Hull. Nuestra salud depende de ello. Por favor. Estoy muy cansado.
Qué iba a decirle, viéndolo allí en ese escenario callejero en el que los signos de la basura se empeñaban en distraernos de los signos de la nobleza colonial de Savannah; qué iba a decirle, ¿que el día de su entierro yo iba a estar en Atlanta atendiendo a pacientes menos lúcidos, más impacientes que él?; qué iba a decirle, a fin de respetar algo que, lo supe, lo aprecié, lo agradecí, era como su última representación, el acto final de una carrera brutalmente interrumpida —deduje— por la adversidad política y nunca reanudada fuera de Rusia. Necesitaba —me explicó un día, o yo lo imaginé o lo soñé, la verdad ya no recuerdo— la lengua rusa, el aplauso en ruso, leer las críticas en ruso, pero necesitaba sobre todo el ensayo del corazón ruso para presentarse en público, actuando, no podía comunicarse como actor fuera de la lengua, el espacio, el aplauso, el tiempo, el ensayo, la intención rusos, ¿lo entendía yo en mi tierra de sincretismos salvajes, de pastiches políticos y crisoles migratorios y mapas pegados con goma de mascar, lo entendía acaso?
Qué iba a decirle, repito finalmente, sino sí, señor Plotnikov, estoy de acuerdo, haré lo que usted me dice.
—Muy bien. Se lo agradezco. Estoy demasiado cansado.
Inclinó, con estas palabras, la cabeza, y se fue caminando muy derecho bajo ese sol de fundiciones, hasta su casa vecina a la nuestra, cerca de Wright Square.
4
Entré, a pesar mío, a mi casa. Quería comunicarle lo ocurrido a mi esposa. Lo dicho por monsieur Plotnikov me incomodó, aún más que el hecho insólito de que sus palabras me impulsaran a interrumpir la siesta de Constancia. Pasé por encima de esta prohibición tácita, tal era el remolino de malestar provocado en mi ánimo por el vecino ruso. Pero mi sorpresa aumentó cuando me di cuenta de que Constancia no estaba en su cama y que nadie había dormido la siesta en ella. Los batientes estaban cerrados, pero eso era normal. Y normal, también, hubiera sido que Constancia, obligada a salir de la casa —la busqué en los tres pisos y hasta en el sótano abandonado— tratase de anunciarme su salida, me viese dormido en la mecedora y, con una sonrisa cariñosa, saliese sin atreverse a molestarme. Entonces bastaría una nota, tres palabras garabateadas para decirme que…
—No te preocupes, Whitby. Vuelvo en seguida.
Y al regresar, ¿qué pretexto me daría?
—No sé. Decidí perderme en las plazas. Es lo más bello y misterioso de la ciudad. Tantas plazas que se engendran unas a otras, como una muñeca rusa.
Y otras veces:
—Recuerda, Whitby, tu mujer es andaluza y las andaluzas no nos resignamos fácilmente a la edad, sino que la vencemos. A ver, ¿quién baila mejor por peteneras que una vieja, lo has notado? —dijo, muerta de la risa, imitando a una bailaora sesentona.
Te imagino recostada, desnuda, en la penumbra, diciéndome estas cosas.
—A veces, cuando hay una canícula como ésta, ¿sabes, amor?, salgo a buscar agua, sombra, plaza, laberinto, ay, si tú supieras lo que es una niñez en Sevilla, Whitby, otra ciudad de plazas y laberintos y agua y sombra… Te digo que salgo a buscar mi pasado en un lugar diferente, ¿te parece una locura?
—No has querido nunca hacerte de amigos aquí, ni siquiera has aprendido el inglés… Hasta mi nombre te cuesta trabajo —sonreí.
Güitbi Joll —sonrió a su vez, y luego me dijo—: No me quejo de tu Savannah, aquí hemos hecho nuestra vida, pero déjame mi Sevilla, al menos en la imaginación, mi amor, y piensa: qué bueno que mi Constancia sabe encontrar de nuevo su luz y su agua aquí en mi propio Sur norteamericano.
Reía a menudo al decir esto e imaginar, alegremente, que el Sur con sus nombres llenos de vocales —Virginia, Georgia, las Carolinas— es la Andalucía de América. Y España, le contestaba yo, viejo lector de Coustine y de Gautier, es la Rusia del Occidente, como Rusia es la España del Oriente. Reía, digo, y comentaba con Constancia que sólo Rusia y España han tenido la ocurrencia de modificar la anchura de sus vías de ferrocarril para impedir una invasión extranjera, es decir, la agresión de otros europeos. ¡Qué paranoia, río con asombro afectado, qué amor de la barrera, llámese estepa o montaña: ser los otros, rusos y españoles, inasimilables a la normalidad occidental! En fin, me defiendo ante Constancia, la normalidad quizás es la mediocridad.
Claro está, pienso en nuestro vecino, el actor ruso, al decir estas cosas. Con mis entrenados dedos de bibliófilo yo suelo recorrer los lomos oscuros y los filos dorados y polvosos de mi biblioteca, el lugar más fresco y oscuro de la casa de Drayton Street, y esa agilidad de mi mano, gemela ejemplar de la velocidad de mi mente sexagenaria, es para mí un motivo de secreto orgullo. Yo era —yo soy— un caballero letrado, parte de una herencia que se mantiene mal en los Estados Unidos, pero que se mantiene mejor en el Sur, la tierra de los William Faulkner, los Walker Percy, los Robert Penn Warren y sus Dulcineas con pluma, las Carson MacCullers, Eudora Weltys y Shirley Ann Graus. Pienso a menudo que aun los autoexiliados del Sur —trátese de gnomos diabólicamente autodestructivos como Truman Capote o de gigantes angustiosamente creativos como William Styron— infectan de indeseada aristocracia literaria a un país que adora cuanto comprueba que la Declaración de Independencia tiene razón, que todos los hombres son creados iguales y que esta igualdad (propuesta por un grupo de aristócratas excepcionalmente letrados, Hamilton, Jefferson, Jay, Adams: la juventud dorada de las colonias) significa el triunfo del más bajo común denominador. Elegimos presidente a un retrasado mental como Reagan para probar que todos los hombres son iguales. Preferimos reconocernos en un ignorante que habla como nosotros, viste como nosotros, hace nuestras bromas, padece de nuestras amnesias, prejuicios, obsesiones y distracciones, justificando nuestra vulgaridad mental: ¡qué consuelo! Un nuevo Roosevelt, un nuevo Kennedy, nos obligan a admirarlos por lo que nosotros no somos, y ése es un incómodo desconsuelo. Por todos estos motivos, yo soy un norteamericano bien tranquilo que se atiene a su biblioteca, está a punto de retirarse como médico, no necesita de muchos amigos, ha escogido ejercer la profesión en una ciudad moderna e impersonal donde todo cierra a las cinco, los negros se libran al enervamiento y a la violencia nocturna, y los blancos se encierran en sus mansiones rodeadas de perros salvajes y rejas electrificadas. Y yo paso tres noches a la semana en un cuarto de hospital para operar del corazón temprano los miércoles y jueves. Es imposible, en nuestro tiempo, ser cirujano sin el apoyo de un gran centro médico y las facilidades que ofrece.
Sí, por todo esto yo soy un viejo norteamericano bien tranquilo que obviamente vota por los demócratas y vive en una ciudad secreta donde no ve a nadie, está casado con una andaluza, es advertido mortalmente por un ruso y entra a su biblioteca a confirmar, en la penumbra bibliográfica, la excentricidad hispanorrusa del Sur norteamericano: los países donde las trochas de los trenes dejan de ser normales.
—Sabes, Constancia —le digo apelando a su maravilloso sentido de la cultura popular, mágica y mítica—, ¿sabes que el tío de Franz Kafka era director de los ferrocarriles nacionales de España en 1909? Era un señor Levy, hermano de la madre de Franz que, conocedor de la melancolía de su sobrino en el negocio de seguros de Praga, lo invitó a viajar a Madrid y trabajar en los ferrocarriles españoles. ¿Qué piensas, Constancia, de un señor que se imaginó despertando un día convertido en insecto, trabajando para los ferrocarriles españoles? ¿Hubiera perdido algo la literatura, o habrían ganado algo los trenes?
—Los trenes habrían llegado a tiempo —imagina Constancia—, pero sin pasajeros.
Ella nunca había leído a Kafka, ni había leído nada. Pero sabía imaginar, y sabía que imaginando se conoce. Es parte de un país donde el pueblo sabe siempre más que la élite, igual que en Italia, México, Brasil o Rusia. En todas partes, en realidad, el pueblo es mejor que las élites, salvo en los Estados Unidos, donde Faulkner o Lowell o Adams o Didion son superiores a su pueblo nómada, grosero, atarantado de televisión y cerveza, incapaz de generar una cocina, dependiente de la minoría negra para bailar y cantar, dependiente de su élite para hablar más allá del gruñido. Todo lo contrario, digo desde el Sur y casado con Constancia, todo lo contrario, de Andalucía, donde la cultura está en la cabeza y las manos del pueblo.
Constancia y yo hemos vivido casados cuarenta años y debo confesar cuanto antes que el secreto de nuestra supervivencia en una sociedad donde siete de cada diez matrimonios terminan en divorcio, es que nunca nos aferramos a una sola posición mental en nuestro diario trajín matrimonial. Estamos siempre dispuestos a explorar el repertorio de posibilidades de cada una de nuestras ideas, sugestiones o preferencias. De esta manera, nadie se impone a nadie ni guarda rencores disolventes; ella no lee porque ya sabe, yo leo porque todavía no sé y nos encontramos al parejo en una pregunta que yo le hago desde la literatura y que ella contesta desde la gracia. Los trenes habrían llegado a tiempo, pero sin pasajeros.
Por ejemplo, cuando ella regresa hacia las seis de la tarde a la casa de la calle Drayton, yo lo primero que noto —viejo lector de novelas policiales— es que las puntas de los zapatos de Constancia están cubiertas de polvo. Y lo segundo que noto, en la mejor tradición sherlockiana, es que la tierra roja —apenas una finísima película— que cubre las puntas viene de un lugar que conozco de sobra, visitándolo porque allí están enterrados mis antepasados gloriosos, rondándolo porque un día Constancia y yo vamos a dormir juntos en esa tierra colorada de los légamos del Atlántico: mi tierra, pero mirando hacia la suya, Georgia en el paralelo de Andalucía. Y mi Georgia, pienso, recordando al viejo asilado ruso, en el paralelo de su Georgia.
Y lo tercero que noto es que Constancia nota que yo noto, lo cual, dicho sea de paso, me obliga a notar que, notándolo todo, ella no puede dejar nada al azar. Quiso, en otras palabras, que yo notara lo que noto, sabiendo que ella lo sabe.
5
No obstante, algo escapa a mi inteligencia este atardecer de agosto en que el señor Plotnikov me ha anunciado su muerte y me ha pedido que yo la corresponda visitándolo el día de la mía. Y lo que se me escapa es lo esencial: ¿qué me quiere comunicar Constancia con todos estos movimientos insólitos en un día tan particular? Esto, no el color de la tierra en las suelas de los zapatos, es el misterio. La miro a ella detenida allí, a los sesenta y un años una andaluza protegida hasta la última sombra de los rayos del sol, Constancia color de azucena, Constancia de estatura mediana y pierna corta, talle aún estrecho pero tobillo grueso, amplio busto y cuello largo: ojos dormidos, ojerosos, un lunar en la boca y el pelo entrecano restirado, desde siempre, en el chongo. No usa peinetas, aunque sí unas horquillas plateadas, nada usuales, puesto que tienen forma de llaves, con las que se sostiene el pelo.
Constancia, en esta hora del atardecer, está dándole la espalda a la ventana y la ventana, como todos los espacios de la biblioteca, está rodeada de libros, encima, a los lados, debajo del espacio abierto en la esquina de la casa con vista a la otra esquina: la de la calle Drayton y la plaza Wright, donde vive monsieur Plotnikov.
Bibliófilo, lo he dicho, no sólo busco las pastas más finas, sino que mando encuadernar mis hallazgos: los lomos dorados son como una aureola en torno al rostro blanco de Constancia cuando súbitamente, detrás de ella, se iluminan, de un golpe, todas las ventanas, hasta ese instante oscurecidas, de la casa del señor Plotnikov.
Constancia no ha volteado la cabeza, como si adivinase en mi asombro lo que sucede.
—Creo que ha ocurrido algo en la casa del señor Plotnikov —digo, asumiendo el tono de la normalidad.
—No —contesta Constancia con una mirada que me hiela el cuerpo—, algo ha ocurrido en la casa de Whitby y Constancia.
No sé por qué esas palabras dichas por mi mujer y seguidas por la fuga de Constancia fuera de la biblioteca, escaleras arriba, hacia las recámaras, perseguida por mí que ya no puedo correr con tanta ligereza, me enferman y me envejecen. Algo en mi cuerpo me pide parar, ir despacio, recriminándole a Constancia que me obligue a correr así escaleras arriba, comprobando mi decadencia física, pero no puedo detenerme; la velocidad de ella, su premura angustiosa, son mi mejor acicate: Constancia entra a su recámara, quiere cerrar la puerta y echarle llave, desiste de su empeño y sólo logra hincarse en el reclinatorio español con el que llegó a nuestra casa hace cuarenta años, cuando yo terminé mis estudios de médico posgraduado en Sevilla y regresé a mi tierra de Georgia con una joven y hermosa novia andaluza.
Se hincó ante la imagen ampona, triangular, albeante —oro blanco, tules y perla barroca— de Nuestra Señora de la Esperanza, la Virgen de la Macarena; se hincó en el terciopelo gastado, unió las manos, cerró los ojos, yo grité ¡Constancia!, corrí hasta ella en el momento en que su cabeza se venció, cayendo inánime sobre el nacimiento opulento de sus pechos, la detuve, tomé su pulso, busqué su mirada ausente. Estábamos en la recámara oscura; sólo una veladora eterna a la virgen brillaba frente al rostro palidísimo de Constancia y detrás de ella todas las luces de la casa del actor ruso se apagaron, como se habían prendido, de un golpe.
Constancia apretó mi mano, entreabrió los ojos, trató de decir en silencio mi amor, mi amor. Pero yo sabía, más allá de cualquier duda, que durante unos segundos, entre el instante en que se hincó y el instante en que revivió en mis brazos, mi mujer había estado, técnicamente, muerta.
6
Ella ha dormido largamente. Su palidez helada como un cielo de metal me ha mantenido junto al lecho de Constancia toda esa noche y el día entero. Es lunes y he olvidado llamar a mi consultorio en Atlanta y pedirle a mi secretaria que cancele las citas. El teléfono repiquetea a cada momento. El malestar de Constancia convierte mi promesa en algo más que un deber, en una fatalidad extraña que no puedo dejar de conectar con aquella obligación. Olvido la mía.
Velo junto a mi mujer y sólo puedo pensar que se enfermó al encenderse todas las luces de la casa del señor Plotnikov. ¿Las luces y el malestar coincidieron también con la muerte del actor?
Me digo que ésta es una mera suposición; yo estoy deduciendo, me advierte una lógica elemental, que el actor ruso murió sólo porque él me lo anunció primero, en seguida porque esos signos —luces prendidas, luces apagadas, malestar de Constancia— se impusieron en mi ánimo con un valor simbólico. De allí —confusión de causa y efecto— concluí que el mal de Constancia tenía que ver con la supuesta muerte de monsieur Plotnikov. Sonreí, suspiré, y me di cuenta de otras cosas que mis días de ocio profesional, lentos y despreocupados como el flujo del río hacia el océano, habían quizá disipado.
La primera es que yo siempre encontré solo, a lo largo de los años, a monsieur Plotnikov: en la calle, en las plazas de Savannah, en el panteón de tierra roja, algunas veces (excéntricas, extravagantes veces) en una galería comercial junto al Hyatt-Regency que huele a cacahuate, pizza recalentada, palomitas de maíz y zapatos tenis.
Orden, orden… aunque sea la antesala del horror:
La segunda cosa es que jamás encontré al señor Plotnikov en un interior, pues el shopping-mall es un falso interior (y también un falso exterior): es una calle de vidrio. No conocía su casa, vecina a la nuestra, y él nunca vino a la mía.
Pero el tercer hecho es que, por motivos perfectamente normales, tan normales como la circunstancia de que Constancia jamás me había acompañado a una operación en Atlanta y yo jamás la había acompañado a un salón de belleza, los dos nunca habíamos coincidido con Plotnikov, ni adentro ni afuera de muro alguno.
Y el hecho final, el más difícil de conciliar con los demás, era que Constancia estuvo muerta en mis brazos por unos instantes y que era este hecho lo que me obligaba a interrogarme: ¿murió el señor Plotnikov, tal y como me lo anunció, y si así fue, coincidió su muerte con el juego de luces en su casa y con la muerte pasajera de Constancia?; ¿por qué sólo vi en exteriores a nuestro vecino y por qué nunca lo encontré con mi esposa? Todas estas preguntas, debo admitirlo con egoísmo sentimental, nunca me habían quitado el sueño y ahora sólo me interesaban en función del melancólico terror que sentí al abrazar a Constancia sabiendo, a ciencia cierta, que Constancia estaba muerta.
Ahora no: vivía, regresaba poco a poco a mí, así, a nuestra vida. El teléfono sonaba sin cesar.
7
Me ocupé de ella durante varios días. Mandé suspender mis consultas y mis operaciones en Atlanta. No era mi costumbre. Desde que nos casamos, Constancia me dijo que sólo en caso extremo debía cuidarla profesionalmente. Era preferible que nunca la viera como paciente. Ella obedecería a cualquier doctor que le ordenara desvestirse, abrir las piernas, ponerse en cuatro patas. Pero sólo obedecería a un solo amante que le ordenase lo mismo: ese hombre era yo, su marido, no su médico. Y como a mí lo que me enloqueció desde un principio era esa pasión de la obediencia en Constancia, como si mis órdenes sólo fuesen su propio deseo, salvajemente querido por ella y anticipado por mí, seguí con alegría, con hambre, su decisión.
En cuarenta años de vida en común, sin embargo, Constancia nunca tuvo que ver a un médico. Sólo sufrió malestares domésticos: catarros, indigestiones, insomnios ligeros, hemorragias nasales… Mi emoción fue muy grande, pues, al tenerla por primera vez entre mis manos (quiero decir, a mi cuidado): mi paciente.
Esperaba que recobrase su lucidez y su fuerza —pasó varios días en situación de penumbra, entre el trance, la oración y la risa repentina— para que, juntos otra vez, como siempre unidos, observásemos lo ocurrido de acuerdo con nuestras reglas no escritas: todo es un repertorio de posibilidades; considerémoslas todas, una por una, sin darle la razón, prematura, a ninguna. Pero durante estos primeros días de su convalecencia —¿cómo llamarla, si no?— Constancia no era una mujer, sino un pájaro, un ave de movimientos nerviosos, incapaz de darle a su cuello los giros sutiles de la humanidad, sino un temblor recortado, ornitológico, propio de un ser plumado que no mira hacia adelante, convergente, sino a los lados, comprobando con el ojo izquierdo, velozmente desplazado, la verdad sospechosa que el ojo derecho acaba de comunicarle. Como una avestruz, como un águila, ¿como un…?
¿Qué cosas miraba así, durante esos días que sucedieron a una serie incierta de probabilidades —¿murió el actor?, ¿las luces lo anunciaron?— y una certeza creciente: la coincidencia de estos fenómenos con la muerte pasajera de Constancia? Yo le tomaba el pulso, le acercaba el estetoscopio al pecho, le abría desmesuradamente los párpados (¿águila, avestruz, o…?). Ella miraba con sus movimientos de pájaro hacia la ventana que a su vez miraba hacia la casa, silenciosa y apagada, de monsieur Plotnikov. Miraba a la figura de la Virgen de la Macarena, inmóvil y dolorosa en su parálisis triangular. Miraba la luz fluctuante de la veladora. No me miraba a mí. Yo miraba su cuerpo yacente, cubierto por un camisón abierto para mostrar los pechos de una mujer de sesenta y un años, pero sin hijos, tetas voluptuosas aún, regalo de mis sentidos, esferas preferidas de mi tacto, de mi lengua y sobre todo de mi voluntad de peso, de realidad grávida. Dicen que los norteamericanos le damos sexualidad excesiva a los pechos, como los sudamericanos se la dan a las nalgas. Sólo que en mi caso, como jamás la vi preñada, en sus senos abundantes concentré la sensación de gravidez que, junto a la etérea (rostro, mirada) todo hombre gusta de contrastar en una mujer: tierra y aire. Pero Constancia siempre me dijo: Yo soy agua, yo soy surtidor. Era andaluza. Y Andalucía es tierra de árabes que llegaron del desierto y encontraron el refugio del agua. Granada…
No podía separarme de ella. No podía abandonarla. En otras circunstancias, hubiese pedido auxilio clínico, enfermeras, una ambulancia. Sabía que esto no era posible. Si el fenómeno se repitiese, yo, sólo yo, quería ser su testigo, nadie más tenía ese derecho, nadie más —de la misma manera que sólo para mí Constancia podía ponerse eróticamente en cuatro patas, aunque también lo hiciese un día para un médico que se disponía a introducirle una mano enguantada por el culo en busca de las pruebas del cáncer—. Ahora yo era el amante y yo era el médico también. Éste era mi caso. Ella no podía pertenecerle a un hospital impersonal. Constancia no iba a ser admitida en ninguna parte; la veía allí, a lo largo del tiempo errante, yacente ella, azucena pálida, ojeras y lunar, pelo suelto —guardé las horquillas de plata en la bolsa de mi chaqueta— y me decía que era yo quien debía ser admitido por ella, con ella, en ella. Pero su mirada —prosigo— no era todavía para mí; era para virgen, veladora, ventana.
Puesto que no podía abandonarla, no podía atar uno de los cabos más importantes. La impresión terrible de tenerla muerta en mis brazos, por unos segundos, desplazaba la otra pregunta: ¿había muerto o no el señor Plotnikov? No volví a notar trajín alguno en su casa, pero eso no era de extrañar. Yo nunca había notado nada relacionado con esa casa inmóvil, salvo esa noche de las luces encendidas y apagadas, todas y de un solo golpe cada vez. Normalmente, nada emanaba de la casa en la contraesquina de la nuestra. Era una casa deshabitada en apariencia. El periódico seguía llegando puntualmente a mi casa, pero en él no encontré referencia alguna a la muerte de Plotnikov. Sin duda, tal fue su voluntad. Y si murió, ¿quién lo velaría? Imaginé que el actor ruso tendría cerca de él un icono de la virgen, recamado de platas labradas en el que la realidad del metal era más fuerte que la desvanecida, lejana figura de la virgen sonriente, ocre pálido, con el niño en brazos, ambos mirando a su devoto anciano desde el trasfondo eterno de la religión ortodoxa, que se rehúsa a rebajarse y pisar tierra. ¿Quién lo enterraría?
Miré velozmente, cerca de mí, a nuestra virgen vecina, la madonna andaluza, virgen de toreros, procesiones, burlas, blasfemias atroces, bailes gitanos y cuerpos ardientes. La virgen rusa decía nunca, en ningún lado; la virgen andaluza gritaba aquí, ahora. Constancia siempre lo dijo: Andalucía, agua, surtidor y espejo. Alhambra…
Sabía hablar bonito, bien, con pasión, con gracia, con ternura, y ahora, en su trance, yo echaba de menos nuestra conversación e imaginaba cosas por mi cuenta. Me hubiera salvado de muchos pensamientos, aligerándolos, arrojándolos a volar como pajarillos, posibilidades apenas, nunca certezas que nos aprisionan. Pues el pensamiento que durante estas largas vigilias se imponía con una fuerza atroz, una y otra vez, a pesar de mis rechazos conscientes e inconscientes, era éste:
—Constancia, dime, por favor, ¿cuántas veces has muerto antes?
8
(Hablo como si despertase de una catástrofe. No es cierto. Constancia y yo estamos vivos, el calor es intenso, amodorra, yo tengo sesenta y nueve años, Constancia sesenta y uno, ahora los dos estamos encerrados en un cuarto celoso. Ella sabe defenderse mejor que yo de la canícula. ¿Sirve para combatir el calor un piso regado de virutas de madera, como las que ahora rodean la cama y el prie-dieu de Constancia?)
Yo no sé si cuanto me dice sin mirarme, como si yo no estuviese presente, durante la larga semana de su recuperación, es una respuesta a mi silenciosa pregunta:
—Constancia, dime, ¿cuántas veces has muerto…?
No lo sé, repito, porque ni siquiera sé si me está hablando a mí. Dice (no me dice: dice) que sólo repite sueños y oraciones. De esto no cabe la menor duda. Lo anuncia:
—Anoche soñé que…, o a veces, mejor aún: —Estoy soñando que…, aunque otras veces, para mi desconcierto, anuncia: —Voy a soñar que…
Ella soñó que: Era un maniquí en un aparador. Dos muchachos traviesos, quizá dos jóvenes estudiantes, la roban de la vitrina y la llevan a vivir a su estudio. Dan cenas en su honor. Nadie sabe si ella, Constancia, está viva o muerta, ni los burlados ni los burladores. Los estudiantes se enamoran de ella, se disputan por ella, pero al cabo la destruyen: o quizás (el sueño es ambiguo) la abandonan para salvar su amistad masculina. Pero ella triunfa, madre Ana madre mía (dice por primera vez este nombre delirando) y se impone a estos pobres amores impuros, madre mía, recorridos por la vanidad sexual masculina, que es la peor de todas porque todo se lo perdona a sí misma pero no le perdona nada a una mujer, nada, madre, pero ella se impone, ella reaparece y los mira a ellos como si ellos fueran los muñecos de palo, ella está viva; ella está en su lugar: Bendita eres entre todas las mujeres… ¿me oyes, madre?
Ella sueña que: Ha encarnado en una muchacha lejana, morena, ignorante, casi muda, enmudecida por siglos de esclavitud, miseria, abuso, rapiña, violaciones, desprecio, falta de caridad, oh madre mía, todo lo que tú y yo le damos al mundo no lo tiene ni espera tenerlo esta muchacha oscura en una tierra lejana: sólo tiene las huellas de su llanto inscritas, como cicatrices, en su cara: Llena eres de gracia, el Señor es contigo… mira mis piernas abiertas al sol.
Ella sueña que: Está pariendo sin permiso, sabiendo que una virgen sólo da a luz una vez, sin pecado, pero no dos, ni tres, como una perra, pero ella da a luz de nuevo porque le mataron a su hijo, no lo dejaron al pobrecito cumplir su vida, y ahora ella lo quiere tener en secreto, rodeada de mujeres secretas como ella, y agradece a los carpinteros, los albañiles, los arquitectos, que le hayan construido este lugar oculto, para tener a su hijo allí y esta vez protegerlo de la muerte: Ruega Señora por nosotros los pecadores… el día de nuestra muerte…
Ella sueña que: Cruza un puente en Semana Santa y se refleja en el río… Que la plaza de toros está vacía porque los monosabios barren la sangre de la bestia, para que la bestia no regrese a su querencia… Que un brillo sangriento la persigue hasta el fondo del sepulcro donde se ha escondido, sin cabeza, el que los vio y los pintó, a ella y a su amante… Que… Despierta Constancia, dando un grito y murmurando, febrilmente:
—Bendito sea el fruto de tu vientre…
Me mira azorada, sin reconocerme, preguntándome:
—¿Por qué me abandonaste?, ¿por qué te fuiste sin mí?, ¿por qué me obligas a seguirte?, ¿por qué…?
Yo la arrullo, tomo su cabeza entre mis manos, le aseguro:
—No te he abandonado, Constancia, aquí estoy, no te obligo a nada.
9
Cuando Constancia, a las dos semanas de estos hechos, sintió la fuerza suficiente para sentarse en la cama, parapetada en sus almohadones, recobró poco a poco el sentimiento de mi presencia.
Yo no quería apartarme de su mano, que tuve tomada entre la mía durante todo ese tiempo, así para confirmarle mi cariño, como para percibir cualquier síntoma de aquello que me aterraba.
Insensiblemente, nos dimos a conversar sobre nuestro ya largo matrimonio y, sin quererlo, de los momentos que pudieron ponerlo en peligro. Recordamos juntos, por ejemplo, el primer momento en que uno u otro y, más tarde, los dos juntos, nos dimos cuenta de que ya no éramos jóvenes. Ella primero mal interpretó un
