EL LIBRO DE ELDA
Antes de la primera frase de Cien años de soledad:
Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo.
el principio más famoso de la novela colombiana era el de La vorágine:
Antes que me hubiera apasionado por mujer alguna, jugué mi corazón al azar, y me lo ganó la violencia.
La vorágine de José Eustasio Rivera fue publicada en 1924; Cien años de soledad de Gabriel García Márquez, en 1967. Cerca de medio siglo de distancia. En nuestras dos principales novelas los colombianos parecíamos una nación condenada a la violencia, a guerras que cada tanto estallaban.
Antes de:
[…] las estirpes condenadas a cien años de soledad no tenían una segunda oportunidad sobre la tierra.
el final más famoso de la novela colombiana era:
Ni rastro de ellos. ¡Los devoró la selva!.
Son los finales de las dos mismas novelas, la de García Márquez y la de Rivera. Los colombianos no solo parecíamos condenados a la violencia, nos perseguía una sombra de fatalidad. Luego de las guerras y la violencia no había redención. Guerreros y gentes del común eran desterrados de su propia vida.
Después de la publicación de Cien años de soledad vinieron más guerras y muchas otras violencias. Muchos colombianos fueron desterrados de su propia vida.
Este libro comenzó por una casualidad. Con la Fundación Aulas de Paz y el Instituto de Paz de Castleberry (Universidad del Norte de Texas) realizábamos entrevistas a desmovilizados de distintos grupos del conflicto colombiano. Era parte de una investigación académica acerca de los factores que inciden positiva y negativamente en la reintegración de excombatientes. Una de las sesiones tuvo lugar en una granja en Venecia, Antioquia, donde vivía Raúl Hasbún, un excomandante del Bloque Bananero de las Autodefensas Unidas de Colombia (AUC). Era un lugar cubierto de cultivos de pinos. Había una casa principal y varias cabañas construidas con madera del lugar; eran sobrias, de buen gusto.
Las entrevistas iniciaban con una breve presentación de cinco minutos del desmovilizado. Le preguntábamos por su biografía y su paso por la guerra. Enseguida procedíamos a indagar acerca de su experiencia durante el proceso de reintegración. Ese día solo habíamos hablado con antiguos paramilitares en la casa principal y en varios parajes de la granja que eran ideales como fondo para la grabación de las entrevistas. La idea era que las entrevistas también sirvieran para un documental.
La entrevista a Karina la hicimos en su cabaña. Carlos Álvarez, el documentalista, encontró el ángulo adecuado para su mirada; de fondo estaba su hogar. Karina nos dijo que su verdadero nombre era Elda Neyis Mosquera. Bajó los ojos, luego los enfocó en la cámara y comenzó a contar su historia. Era distinto a todo lo que habíamos escuchado ese día. Su modo de narrar era fascinante. Tenía una memoria prodigiosa, recordaba detalles de la guerra con una precisión asombrosa, muy sutilmente nos hacía revivir las emociones en cada momento de su vida.
Pasó una hora de grabación; no habíamos comenzado a hablar del proceso de reintegración. James Meernik, profesor de la University of North Texas, nos dijo que teníamos que suspender para comenzar la grabación con otro desmovilizado. Durante las siguientes entrevistas en mi mente solo rondaba la historia contada por Elda. Recordaba una y otra vez el pasaje de su reconciliación con Raúl Hasbún. Él había matado a dos de sus hermanos. Ahora vivían en la misma granja. Había perdonado a su peor enemigo en la guerra.
Al terminar la sesión de grabaciones hablé con Rodrigo Pérez Alzate, el director de Aulas de Paz. Rodrigo había sido comandante de uno de los bloques más grandes de las AUC. Le dije que estaba asombrado: la vida de Elda y la manera como la narraba eran ideales para escribir un libro. Carlos Álvarez estuvo de acuerdo conmigo. En todos mis años como investigador del conflicto colombiano nunca había entrevistado a alguien que recordara la guerra con tantos detalles, tampoco que narrara con tanta profundidad la vida de los guerrilleros rasos. La historia que conocíamos de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) solía girar en torno a las experiencias y visiones de la élite de la guerrilla, sus mandos militares y políticos.
Rodrigo me prometió que iba a tratar de convencerla. Raúl Hasbún cuadró una reunión para hablarle del tema. Este libro se debe a ellos.
Unas cuantas semanas después comenzamos las grabaciones. El plan era reconstruir la vida de Elda en orden cronológico. Carlos, el documentalista, y yo hacíamos preguntas a medida que ella narraba su historia. Precisábamos los detalles de los eventos ocurridos y tratábamos de que Elda recreara sus estados emocionales durante esos eventos. En lo posible intentamos que la narración se sincronizara con episodios importantes de la guerra de las FARC.
Fueron veintinueve sesiones y más de sesenta horas de grabaciones. Coincidimos en que la voz más genuina para la biografía era un relato en primera persona. El proceso de escritura del libro fue una tarea artesanal. Mi trabajo consistió en convertir las transcripciones en un tono de voz en pasado que fuera lo más parecido posible a la manera de narrar de Elda. El proceso tomó más de dos años.
Todo lo que aparece en las páginas de este libro fue relatado por Elda durante las grabaciones y en las sesiones de edición. No pretende ser una verdad única, tan solo la versión de una mujer que vivió en las entrañas de la guerra y que, luego, tuvo una segunda oportunidad: no se la tragó la selva. Su vida ahora no es un destierro.
Gustavo Duncan
PARTE I
DE MI NACIMIENTO
AL NACIMIENTO DE MI HIJA
1967-1991
“LO ÚNICO QUE YO LE PIDO ES QUE SEA UNA BUENA GUERRILLERA”
Desde que empecé tercero de primaria el único regalo que me llegaba el día de mi cumpleaños era una carta que mi hermano me mandaba desde las montañas de Colombia. En las cartas me decía que no dejara de estudiar. Sus palabras me daban mucho ánimo. Mi hermano había ingresado a las FARC cuando era menor de edad. No recuerdo exactamente en qué año. Estuvo inicialmente en el frente quinto, luego fue a parar a la dirección del frente 18. Él se especializó en la parte política. Algunos años después, cuando yo tomaba la decisión de irme a la guerrilla, se opuso a la idea. Me decía que la vida guerrillera era muy difícil, que la descartara, que mejor consiguiera un marido y tuviera hijos. Me decía que mientras él fuera miembro del quinto frente no iba a permitir que yo ingresara a las FARC. Por eso, yo no entré a las FARC en 1982 cuando tenía catorce años sino en 1984, de dieciséis años, luego de que mi hermano se fue al frente 18 y no volvimos a saber de él por un buen rato.
El día que yo decidí irme para las FARC fui a la cocina. Había mucho humo, la leña comenzaba a arder. Mi padre había regresado del monte. Estaba junto a mi madre, ella asaba las arepas en la brasa. Les conté mi decisión. No recibieron bien la noticia. Mi madre se puso a llorar, se fue a su habitación. Mi padre se quedó mirándome, “yo no quiero que usted se vaya para allá, porque es duro, porque no la voy a volver a ver. Pero eso es lo que yo quiero. Si usted lo que quiere es irse, hija, hágalo”. Hizo una pausa y dijo unas palabras que me marcaron por mucho tiempo en mi vida guerrillera: “Lo único que yo le pido es que sea una buena guerrillera. Yo no quiero que más adelante vengan aquí y me digan, a su hija la matamos porque se comportó mal en la organización”. Mi padre sabía de qué hablaba, porque tenía algo de conocimiento de las FARC, seguramente por el ingreso de mi hermano. También porque era simpatizante del Partido Comunista. El partido le ayudó en varias invasiones de tierra.
Yo me quedé con mi padre en la cocina. Terminé de asar las arepas. Cenamos. No volvimos a hablar esa noche.
Karina fue mi nombre de guerra. Mi verdadero nombre es Elda Neyis Mosquera García. Nací en Turbo, Antioquia, en el corregimiento de Currulao, el 15 de octubre de 1967. Éramos mi padre, mi madre y doce hermanos. Nos llevábamos apenas un año de diferencia. Yo era la quinta.
Mis padres consiguieron una tierra en una vereda a cuatro horas de distancia a pie del pueblo. A mí me dejaron con mi abuela en Currulao a la edad de tres años. Me crie con ella. Yo dormía en el cuarto de los escombros. Era una pieza de madera, tenía muchos huecos en las paredes. Yo trataba de atrancar la puerta. Mi colchón era de cajas de cartón. Había muchos ratones y a veces encontrábamos culebras debajo de mi cama. Me daba mucho miedo en las noches. A los seis años me tocaba salir a las calles a vender arepas, mazamorra y frutas. Era la única manera que tenía mi abuela de pagar mis estudios. Yo era la encargada de echar el carbón en el fogón. Me la pasaba llena de polvo de carbón. Mi abuela se despertaba a las tres de la mañana. A mí me despertaba a las cinco para que fuera a vender y a repartir las arepas en las tiendas. A las ocho me iba para la escuela. Regresaba a las once. A las once y media me iba a vender mazamorra en la calle. A las dos de la tarde regresaba al colegio. A las cinco salía del colegio y me iba a vender frutas. Mi papá llevaba las frutas de la finca. Vendíamos naranjas, limones, aguacates, mangos, yuca, plátano, lo que hubiera. Así pude estudiar hasta quinto de primaria.
Lo que más me gustaba en mi niñez era visitar a una tía que vivía en Nuevo Antioquia. Tenía una casa con un potrero y una palmera muy bonita. Mi abuela me mandaba en un carro a Nuevo Antioquia y ella me recogía. Jugaba con mis primos en el río. En esa época el río que pasaba por Nuevo Antioquia era hermoso. También me hacía muy feliz ir a lavar la ropa al río en Currulao. Si el verano era muy árido, no podíamos usar el agua del pozo de la casa para lavar. No alcanzaba, tocaba ir al río. Llevábamos cada una de nosotras una tabla, un balde y una ponchera de ropa en la cabeza. Nos sentábamos en la tabla sobre una piedra a la orilla del río y lavábamos. Cuando terminaba de lavar me lanzaba al agua. Eran momentos muy felices. Otra cosa que disfrutaba mucho era recoger mangos, mandarinas y frutas con mi abuela. La fruta que yo más comí de niña fue el mango. Mi abuela me enseñó a lavar ropa, barrer, trapear, cocinar, limpiar la casa y recoger frutas para venderlas.
Los diciembres me llevaban para la finca de mis padres. No recuerdo haber recibido regalos en las Navidades. Siento que no disfruté mucho la niñez.
Sabía que éramos pobres. En mi infancia nunca estrené una muda de ropa. Mi abuela me vestía con la ropa que dejaban las demás mujeres. Nunca me dejó usar pantalón, siempre faldas o trajes. Recuerdo en especial una falda rosada de terlenka. Tampoco supe qué fue haber tenido un juguete nuevo. Nunca jugué con muñecas. Casi no me dejaban salir a jugar. Solo me dejaba ir a donde una amiguita mía que tenía un nombre raro, Minerva. Ella tenía más juguetes que yo. Mi abuela me pegaba cuando salía a jugar sin permiso. Me pegaba mucho. Por cualquier cosa, por asomarme a la ventana, por ejemplo. Una vez me tiró un tarro en una pierna. Me pegó de filo, sangré mucho. Estaba en el corral de la casa tirada en el suelo, gritaba, “me mató mi abuela”. Mi tía menor vino a verme, me auxilió; mi abuela se entró a la casa sin decir nada. Me sentía pobre, incluso pobre en Currulao.
El primer vestido nuevo que usé fue a los diez años, cuando hice la confirmación. Yo era muy delgada, el vestido era violeta con cuadros negros, muy escotado, tenía un cinturón con tres botones y una abertura en el medio que me llegaba hasta la rodilla. Estaban de moda los vestidos con aberturas en ese tiempo; lo cosió mi tía. Estaba extasiada. Era la primera vez que me sentía elegante. A los doce años usé mi primer pantalón largo de gabardina. Lo heredé de una tía, era bota campana. Mi abuela y mi mamá nunca usaron pantalón largo en su vida.
A los doce años yo ya era una adolescente con las curvas formadas. Entonces mi abuela dijo, “ya usted no tiene edad para vender arepas, mazamorra y frutas en la calle”. Sentí que le producía mucha tensión dejarme salir. Mi papá era analfabeto, me dijo que no me iba a dar más estudios, que las mujeres no necesitaban leer y escribir para tener hijos, me ponía de ejemplo a mi mamá. Luego dijo que los hombres tampoco necesitaban leer y escribir para trabajar el campo. Él mismo se ponía de ejemplo: “no sé leer y escribir y trabajo muy bien el campo. Traigo la comida a casa”. No pude estudiar secundaria. Yo le dije a mi papá muchas veces que quería seguir estudiando. Fue una enorme frustración. Desde niña siempre anhelé ser confeccionista o enfermera. Cosía gorritos blancos, me ponía zapatos blancos, me imaginaba que vestía como una enfermera o como una médica, toda de blanco. Era mi sueño de niña: ser enfermera o médica. Eso fue hasta los doce años, a esa edad me vine para la finca, a trabajar con mi papá.
La casa de la finca estaba construida sobre pilones de madera. Quedaba al lado de un cerro; cada tanto había desprendimientos de tierra, y, si llovía, un río de fango pasaba por debajo. Normalmente entre los pilotes vivían los marranos. En las mañanas y en las tardes se escuchaban sus gruñidos.
Mi papá salía de la finca a las dos de la madrugada. Me hacía salir con él hasta el matadero. Nos traíamos la cabeza de la vaca, la lengua, las patas. Si mataban un marrano nos regalaban la oreja, la pezuña. Era la carne que comíamos. A mi papá le gustaba mucho el sebo de la vaca, le regalaban bolsas en el matadero. Yo comía sebo frito con arepa. Me parecía exquisito.
Yo perdí mi virginidad en una violación. La perdí de niña, tenía doce años. Fue por miedo. Mi papá me llevó a invadir una tierra en la selva, el esposo de mi hermana le ayudaba. Les cocinaba en una troja1 que habían construido a un lado de la invasión. Los fines de semana mi papá se regresaba a su finca. A mí me daba muchísimo miedo quedarme sola en medio de la selva. Mi papá confiaba mucho en el marido de mi hermana. Él me violó. Tenía veinte años. Le decía a mi papá: “don José, no se preocupe que yo me quedo con la niña”. Empezó a hacerme insinuaciones. Me dijo que si yo no accedía me dejaba sola en la selva. Yo le tenía pánico a todo ese monte, a los animales, a los ruidos en la noche. Recuerdo el aullido de los micos, yo encerrada en la troja, escondida de la selva, muerta de miedo. Yo me había criado en el pueblo y no estaba acostumbrada a estar en la selva, sin mi padre y con mi cuñado acosándome. Le repetía una y otra vez que no, pero él insistía.
Accedí a pesar de todo el fastidio que sentía por él. Siempre me advertía que si le contaba a mi papá, mi papá lo mataba a él, pero él antes me mataba a mí. Esa situación duró casi un año, cada vez que mi papá se iba a cosechar en la selva y me llevaba para que les hiciera de comer. Un día tomé la decisión. Me sentía sucia, era el marido de mi hermana. Sentía que la traicionaba así él se aprovechara de mi miedo. Le dije a mi cuñado: “así me muera, yo no me vuelvo a acostar con usted. Así usted me mate yo le voy a contar a mi papá. Si usted no deja de acosarme, yo le voy a contar”. Él replicó: “ni usted tiene necesidad de morirse, ni yo tampoco. Yo me voy para la guerrilla”.
El marido de mi hermana ingresó a las FARC. Fue su manera de huir. Dejó a mi hermana y a una niña que tenía con ella. Nunca le conté nada a mi papá. Como a los pocos meses nos enteramos de que desertó. Mi hermano, el que estaba en las FARC, nos contó que se escapó en un área de monte que no conocía. Las FARC lo capturaron y lo fusilaron. Se hizo justicia. Yo sentí un profundo descanso cuando me enteré de que mi cuñado estaba muerto.
Mi hermana aún no sabe esta historia. En algún momento tendré que contarle antes de que se publique este libro.
Durante el tiempo en que vendía arepas, mazamorra y frutas en las calles empecé a sentir que Currulao estaba lleno de miseria. No había gobierno, no había nada, ni siquiera el Partido Liberal ni el Partido Conservador. Solo había una estación de policía y una sede del Partido Comunista.
El partido gozaba de popularidad en Urabá. Antes de irme para la finca, en 1980, me vinculé a la Juventud Comunista Colombiana (JUCO). El partido exigía que uno de joven perteneciera a la JUCO. Cada quince días hacíamos reuniones. Venían dirigentes de la región a instruirnos. A casi todos ellos los mataron luego las autodefensas. En las reuniones comenzaron a hablarnos de la guerrilla de las FARC. Decían que la forma más elevada de la lucha revolucionaria era la de las armas y que acá esa lucha revolucionaria la representaban las FARC. Muchos padres estaban orgullosos de que sus hijos pertenecieran a la guerrilla. También nos hablaban del plan de gobierno. Durante las épocas de campaña nos mandaban a las manifestaciones en los pueblos. Yo participé en muchas manifestaciones en Currulao, cargaba la banderita roja con la sigla de la JUCO. No nos daban ni gorra ni camiseta. Los domingos vendíamos el semanario Voz Proletaria del partido, era una de nuestras misiones. La Policía no nos hacía nada en ese entonces. No se querían meter en problemas con la guerrilla.
Estuve cuatro años en la JUCO. En una ocasión tuve la oportunidad de participar en un encuentro regional del movimiento en Apartadó, en la Casa del Pueblo. Allí estuvimos quince días reunidos los representantes de las diferentes veredas. La célula del partido de mi vereda, compuesta por doce jóvenes, me escogió como su representante. De esos doce jóvenes, tres eran hermanos míos.
A mí no me motivaba tanto la ideología comunista, me motivaba más estar lejos de casa. Mi papá casi no nos dejaba salir. Él no estaba de acuerdo con que perteneciera a la JUCO, a pesar de que tiempo atrás había militado en el partido. La célula era el pretexto para estar todos los jóvenes reunidos. Todo era muy inocente.
El trabajo de la tierra era duro. Todos los días había que llegar hasta los campos de maíz, de yuca, de frijol, de caña de azúcar, de lo que fuera, con un machete amarrado a la cintura. La cubierta del machete se enredaba con la selva, a duras penas podía moverme sobre el suelo y las piedras con mi costal lleno de mazorcas, yucas y demás cosechas.
Papá sentía que con proveernos los alimentos y un lugar donde vivir era suficiente. Así pensaban los campesinos. Si sobraba algo de dinero, se iba al pueblo, llegaba borracho a casa. Mama optó por ponerles nombre a los marranos para evitar que papá se los bebiera. Un marrano se llamaba “ropa de diciembre”; cuando se vendiera, la plata solo se podía utilizar para comprar ropa en Navidad. Quería dejar de trabajar en el campo, no quería una vida así toda la vida.
Un muchacho mayor que yo, tenía veinticuatro, yo catorce, comenzó a cortejarme. Me ilusionó, aunque, más que amor, yo quería irme de mi casa. Recordaba las palabras de mi hermano: “consiga un marido y tenga hijos”, y pensaba que eso era mejor idea que irme a la guerrilla. Me fui a vivir con el muchacho; no fue lo que esperaba. Seguí en el campo, trabajando la tierra. Seguí viviendo la vida que no quería. A veces, el muchacho regresaba borracho a casa. Me pegaba. Me reclamaba porque no le daba hijos. Cuidaba uno suyo de cinco años. No me dejaba salir, pero asistía a escondidas a las reuniones de la JUCO.
En 1983 por primera vez conocí a los guerrilleros. Aunque en el partido nos hablaban mucho de la combinación de todas las formas de lucha, las palabras no tenían comparación con la sensación de verlos. Eran los tiempos en que se hablaba de tregua y de cese al fuego, en el gobierno de Belisario Betancur. Los guerrilleros aprovecharon la negociación de paz para salir de las montañas y las selvas. Se presentaron ante la comunidad. Hicieron mucha propaganda para reclutar jóvenes.
Recuerdo que de niña yo escuchaba hablar a cada rato de los muchachos del monte. No tenía ni idea de que eran la guerrilla. En Currulao las carnicerías estaban ubicadas en la misma calle, allá dejaban la carne colgada afuera de los mostradores. El sitio estaba plagado de moscas. La carretera hacia Turbo pasaba por la mitad. En la esquina había una Y, allí mataron a dos policías, yo aún era estudiante. Esa noche se armó una plomacera en las calles de Currulao. Había mucha gente de la vereda en el pueblo. Acabamos todos escondidos en la casa de un señor del partido. Yo tenía doce años, no sabía exactamente qué pasaba. Entre murmullos escuché: “por ahí vimos a los muchachos del monte”.
Las FARC organizaban reuniones y bazares. Fue todo un acontecimiento ver a esos guerrilleros con sus uniformes y sus armas. Durante esos encuentros fue cuando me interesé en ser guerrillera, fue también cuando mi hermano se opuso. Yo pensaba que como había otras mujeres de la vereda que se habían ido para la guerrilla no debía de ser tan difícil. Miraba a esas mujeres y no tenían cara de sufrimiento. Por eso yo no escuché a mi hermano. Me dejé deslumbrar.
Las FARC me conquistaron por el estómago. Las veces en que fui a los festivales que organizaba las FARC siempre sobraba la comida. Mataban vacas, marranos, gallinas. Nos invitaban a comer a todos los asistentes, gente de la región. Comparaba cómo se comía de bien en la guerrilla con el caldo de popocho2, de calambombo3, de cabeza de vaca o de hueso de quijada que comíamos. Veía esas guerrilleras uniformadas, bonitas, tan bien apertrechadas con sus morrales, correas, cartucheras y equipo de guerra. Eran cantidades de detalles que lo deslumbraban a uno como adolescente. No alcanzaba a dimensionar las consecuencias de escoger la lucha armada. Me dije a mí misma: “aquí está la vida”.
Una mañana le cociné al muchacho, le dejé la comida en el fogón y me fui para la guerrilla. El hijo del muchacho gritaba que no me fuera, lloraba, yo no lo dudé. A mí las FARC no me llevaron poniéndome un revólver en la cabeza, tampoco le dijeron a mi mamá que si su hija no se iba con nosotros se llevaban a los otros hijos. Me fui porque quise.
1 Estructura de madera o materiales rústicos utilizada para almacenar alimentos.
2 Sopa hecha con plátano.
3 Sopa de huesos de res.
“USTED SE VA A LLAMAR KARINA”
Yo ingresé al quinto frente de las FARC el 3 de septiembre de 1984, tenía dieciséis años. No fui la única. Durante tres meses, entre agosto y octubre, ingresaron más de trescientos jóvenes a las FARC en la región de Urabá. Entre ellos alrededor de cincuenta mujeres. A mí me llevó un dirigente del partido, Efrén González. Era el dirigente que recogía los nuevos reclutas en la región. Ingresamos seis personas, tres hombres y tres mujeres. Solo recuerdo el nombre que le pusieron a uno de los hombres, Enrique. A las mujeres les pusieron Viviana y Deisy. A mí me pusieron Karina. Quien nos bautizó fue Erika, la mujer del comandante Isaías Trujillo. Ella fue la que habló con nosotras de cómo era la guerrilla, de la función que íbamos a desempeñar. Nos preguntó si traíamos nuestros nombres para usar en la guerrilla. Ninguna lo traía. Entonces miró en una lista y nos dijo: “aquí tengo varios nombres, usted se va a llamar Viviana, usted Deisy y usted Karina”. Erika fue quien me bautizó.
Al principio, fue difícil acostumbrarme a la vida guerrillera. Una de las cosas que más me incomodaba era bañarme con ropa interior delante de los hombres. En mi casa, como éramos campesinos, yo era muy pudorosa. Íbamos a una quebrada. La quebrada tenía un montecito, allá nos bañábamos con mis hermanas. Mis hermanos se hacían en otro lado. Con el paso del tiempo me fui adaptando y terminé haciendo lo que todas las guerrilleras antiguas hacían, bañarse todos juntos, hombres y mujeres.
No todo era malo. A mí me vino el período a la edad de doce años. Duré cuatro años usando trapitos para no manchar mi ropa. Era lo que usualmente usaban las campesinas: una toallita o un trapito. En las FARC por primera vez use una toalla higiénica. Al principio, como no sabía usarla, la puse al revés. Cuando la fui a despegar me arrancó los vellos. Grité de dolor.
El comandante del frente quinto era Efraín Guzmán, o Nariño, como lo llamaban en el Secretariado, la instancia compuesta por los siete máximos comandantes de las FARC. El viejo era analfabeta, venía del Pato Guayabero, de donde nacieron las FARC. Era marquetaliano4.
Seguramente, como mi hermano estaba en la organización, me trataron mejor que a los otros reclutas. A los veinte días de haber ingresado me sacaron a una comisión. Eran dos comandantes, Efraín Guzmán y Víctor Tirado, diez guerrilleros antiguos y dos nuevos: Arlex y yo. Estuvimos en un campamento, yo no sabía qué hacían los guerrilleros en ese tiempo ni me dio por preguntar. Solo sabía que en ese campamento las FARC hacían muchas caletas5. No tenía ni idea qué uso les iban a dar a las caletas. Estuvimos dos meses en esa comisión. Los guerrilleros antiguos con los dos comandantes se iban a las seis de la mañana y llegaban en la tarde empantanados. A los guerrilleros nuevos no nos llevaban. Era muy dura la guardia. Éramos solo dos, armados apenas con un revólver, sin ningún tipo de preparación. Tan solo nos explicaron qué hacer en caso de que apareciera un enemigo. Arlex y yo cumplíamos el turno de guardia diurno. La guardia agotaba. Eran cuatro horas de pie en cincuenta centímetros cuadrados. La temperatura era asfixiante al mediodía. Y estaba el miedo: si nos atacaba el enemigo, íbamos a ser la primera baja.
En ese campamento fue mi primera sanción. Me dieron la orden de ponerme un brazalete con un distintivo de las FARC a las seis de la mañana. Me lo puse solo hasta las dos de la tarde. No quería vestirme con la camisa camuflada que me habían dado sin bañarme. En la camisa tenía puesto el brazalete. En ese tiempo todavía estaba de pantalón y camiseta de civil; cuando me dieron la camisa camuflada me sentí realizada como guerrillera. Organicé mi ropa con el brazalete en la camisa; me dije: “a las dos me la pongo, después de bañarme”. A las cinco de la tarde me criticaron en la revista del campamento: “usted no se puso el brazalete cuando se le ordenó, por eso va a cargar cinco viajes de leña”. Mi moral se derrumbó. Fui a buscar la leña, lloraba. Me decía: “en mi casa cargaba leña porque quería, si no quería no buscaba leña. Aquí todo es por obligación”. Gladys, una de las guerrilleras del campamento, comandante de rango medio, habló conmigo. Me leyó el reglamento de las FARC. Entendí las razones de la sanción. Volvió a subir mi moral. Conocía a Gladys desde antes de ser guerrilleras. Su familia vivía en una vereda cercana a la mía.
En la comisión también teníamos la misión de destruir cultivos de coca. Estábamos acampados en una punta de monte rodeada de matas de coca. Al que no estaba de guardia le tocaba ir a arrancar las matas. Era un trabajo arduo, bajo el sol y la humedad. Las FARC en ese entonces tenían prohibido los cultivos en la zona. Le decían al campesino: “si usted siembra coca, se va o se muere”.
Después de dos meses de estar en la comisión regresamos a la unidad. Cuando me fui de mi casa usaba talla 10, cuando llegué de la comisión usaba talla 14. Había engordado mucho.
En la unidad de entrenamiento había alrededor de trescientos nuevos guerrilleros, habían ingresado en los mismos días que yo. Uno los veía militarmente más formados, manejaban a la perfección el entrenamiento cerrado, que era todo lo que tenía que ver con el campamento y el patio de la gimnasia. No me sentía a su nivel. Tenían un estilo disciplinado e imponente de marcha. Una vez me mandaron a la formación y dieron unas voces de mando para marchar que no conocía. Me dio vergüenza, me salí de la formación sin decir nada. El comandante me regañó. Sin embargo, guardaba en mi mente las palabras que me dijo mi padre: “hija, tiene que ser buena guerrillera”. Me propuse aprender. Estudiaba y copiaba todos los ejercicios. Duramos alrededor de tres semanas más en ese campamento. Al final de ese tiempo no solo hacía los ejercicios sino que los dictaba.
Cuando salimos del campamento nos dividieron en dos columnas. Yo quedé bajo el mando de Isaías Trujillo. Él fue uno de los fundadores del frente quinto. Era buen militar. Era el reemplazante de Efraín. Las columnas estaban conformadas por entre cien y ciento diez guerrilleros. Nos desplazamos al corregimiento de Batata, que era parte de Tierralta, Córdoba. En diciembre me nombraron ecónoma de la columna. La ecónoma se encargaba de organizar la alimentación de los guerrilleros: manejaba el presupuesto y suministraba los alimentos a los cocineros de la guerrilla, quienes se conocían como rancheros. No me sentía capaz de asumir esa responsabilidad. Le dije a un comandante, alias Ramiro, que no sabía hacer esa tarea. Me dijo: “Negra, tú eres capaz, sabes mucha matemática”. En la escuela era la materia que más me gustaba. Erika era la tercera al mando de la columna. Me enseñó las funciones del cargo. Recuerdo que cuando me nombraron ecónoma me dieron un carriel pequeñito cubierto con cuero peludito, allí guardaba la libreta donde anotaba la lista del mercado, lo que le entregaba a cada guerrillero de comida, a cuál escuadra le entregaba tal olla, a cuál un molino, y el resto de controles que había que llevar para que no se perdiera ni plata, ni alimentos, ni materiales de cocina. Recuerdo también que me entregaron trescientos mil pesos para comprar la alimentación de cien guerrilleros durante dos meses. Era muchísima plata, nunca imaginé que la iba a tener entre mis manos.
La primera arma que me dieron en la guerrilla fue un revólver. Después me quitaron el revólver y me dieron una carabina San Cristóbal. Tuve la carabina durante el tiempo que estuve en la comisión. En ese tiempo los combatientes que tenían armas largas eran contados. Fui una mujer privilegiada porque a los veinte días de ser guerrillera me dieron una carabina.
Al principio, el entrenamiento de armas fue teórico, no disparábamos. Cuando acabamos el entrenamiento me dieron un fusil G3. A ese fusil se le había partido la pata de la culata, la tenía pegada con colbón. Era mi arma de dotación. Luego, en la primera semana de 1985, hicimos polígono en una base militar que el Ejército había abandonado tiempo atrás en Batata. Utilizábamos las trincheras, el campo de tiro y demás instalaciones abandonadas. El polígono estaba sobre una trinchera de alto relieve, allí nos ponían a disparar. Disparar un arma generaba mucha excitación entre los nuevos guerrilleros. Hasta ese momento no lo habíamos hecho. Solamente pudimos hacer cinco disparos ese día, la municiones eran muy costosas. A mí me tocó disparar con el fusil de dotación que tenía. La culata pegada con colbón se rompió en el primer disparo por la fuerza retroactiva. Me rompió el labio y me atendieron en primeros auxilios. Yo quería seguir disparando, entonces me prestaron otro fusil. Fui una de las mejores en el polígono. Eran tiros a cien y a doscientos metros. No acerté en la diana, pero todos los disparos los pegué en el cartón.
En 1984 una pareja ingresó a la guerrilla, Gonzalo y Maribel. Ella era muy bonita. Al rato se separó de él porque la celaba demasiado. No permitía que se acercara a otros guerrilleros, ni que estuviera lejos de él. Maribel habló con los comandantes y le permitieron separarse.
En ese tiempo no se contemplaba el baño diario en la rutina de los guerrilleros. Nos mandaban por turnos de escuadras a asearnos en la tarde. El aseo, tanto para el hombre como para la mujer, consistía en lavarnos los genitales y los pies. Impedir que nos bañáramos todos los días era un capricho de la dirección. Los baños eran solo los sábados y los miércoles. Íbamos a los caños o a alguna quebrada. Nos bañábamos en ropa interior durante veinte minutos, no nos daban más tiempo. Tampoco nos dejaban secar al sol la ropa. Hacíamos fogatas en las noches para secarla. Nuestros uniformes olían a humo.
Una tarde en que dieron el permiso de baño de veinte minutos a la escuadra de Maribel, Gonzalo aprovechó para acecharla en el camino. Se escucharon dos disparos. Ella murió de inmediato. Él huyó, corrió por un rato entre la selva. Luego paró, se pegó un tiro pero no murió. Por todo el campamento sonó la alarma que Gonzalo había matado a Maribel. Trajeron el cadáver de ella y lo organizaron para enterrarlo. También trajeron a Gonzalo. No le dieron primeros auxilios. Los comandantes nos formaron. Éramos casi doscientos guerrilleros. Nos preguntaron si debíamos darle primeros auxilios a Gonzalo o si debíamos matarlo. Todos respondimos que matarlo.
Maribel tenía dos hermanos en las FARC. Levantaron la mano en la formación, pidieron matar ellos mismos a Gonzalo. El comandante les dio un revólver, le dijo al hermano mayor que lo matara de un solo tiro. El muchacho desobedeció, le descargó los seis tiros del revólver. Inmediatamente mandaron a hacer un hueco en la tierra para enterrar a Gonzalo. A Maribel la velamos toda la noche, se le hizo calle de honor en el campamento, en medio de la selva. En las instrucciones de orden cerrado nos habían enseñado a hacer paradas militares para rendir honores a los guerrilleros muertos.
Al otro día enterramos a Maribel.
Eran pocas las relaciones estables de pareja en las FARC. La única pareja que conocí que permaneció mucho tiempo junta fue la de Isaías Trujillo con Erika. Cuando yo ingresé a las FARC ya estaban juntos. En ese primer campamento Erika nos daba charlas sobre las relaciones sentimentales en la guerrilla. Nos hablaba de que habíamos ido allá a ser guerrilleras, no a ser mujeres de los guerrilleros. Cuando entendiéramos nuestro papel de guerrilleras podríamos conseguir nuestras parejas sentimentales.
Prestaba mucha atención en las charlas. Me daba mucha pena escuchar los comentarios de los guerrilleros de que fulana había dormido esa noche con fulano. Contaban la historia de un árbol muy grande, con muchas curvas, que le crecen las raíces desde los lados del tronco. En medio quedaba un hueco, como una pequeña cueva. Los guerrilleros contaban que utilizaban esos huecos para tener encuentros amorosos. Al principio, en el quinto frente estaba prohibido tener relaciones sentimentales. El discurso era repetitivo: la mujer iba a las FARC a ser guerrillera, no una novia. Sin embargo, había parejas. Para tener pareja y relaciones sexuales había que pedir permiso al comandante. Los guerrilleros que eran sorprendidos teniendo sexo sin permiso eran sancionados. Normalmente daban el permiso pero hubo una época, como entre 1984 y 1986, en que se demoraba un año. Durante ese año no podían tener relaciones sexuales. Si aguantaban todo ese tiempo, entonces les permitían juntarse como parejas. Nadie cumplió esa norma. Al final la quitaron.
A los cuatro meses de ser guerrillera tuve mi primer novio. Se llamaba Fermín. Fue en el campamento donde hice mis primeros tiros en el polígono. Aprovechábamos el cambio de guardia, me llevaba a su hamaca. Cuando llegaba a entregarle la guardia a Harrinzón, un amigo de él que luego fue comandante mío, me decía: “Negra, se le acabó el tiempo”. Entonces yo me regresaba a mi hamaca. En el día éramos muy discretos, los comandantes nunca se dieron cuenta. Nos veíamos por temporadas, cada dos o tres meses; él estaba en la comisión de comunicaciones, yo permanecía en el campamento grande. Continuamos un año con nuestro amor clandestino. Después, pedimos permiso al comandante para ser pareja. Lo rechazaron; él tenía otra pareja en la guerrilla, se llamaba Mayerli. Yo no sabía. Ella estaba en la comisión de modistería, encargada de fabricar los uniformes, que era muy cercana a la comisión de comunicaciones. Los cinco de la comisión de comunicaciones eran hombres, mientras que en la comisión de modistería todos menos uno de los cinco eran mujeres. Casi todos terminaron emparejados. Eso fue un escándalo.
No me pesó mucho que Fermín se hubiera ido con Mayerli. Nos manteníamos distanciados la mayor parte del tiempo. El resto de 1985 quedé sola. El problema de las relaciones sentimentales en la guerrilla no eran los permisos que demoraban un año, una norma que nadie cumplía. El problema era que a las parejas cada tanto las asignaban en comisiones y unidades diferentes. El tiempo separados causaba que los guerrilleros consiguieran parejas en las nuevas comisiones y unidades.
En 1984 fue mi primera Navidad y Año Nuevo en la guerrilla. Lo celebramos con la comunidad de Batata. Se mataron dos vacas, varios cerdos y muchas gallinas. A mí me tocaba repartir la comida entre los guerrilleros y la comunidad, asegurar que todo el mundo recibiera su pedazo de carne. También dábamos una presa de pollo. Recuerdo que los cerdos los compramos, las vacas nos las regalaron unos finqueros de la región. No sé por qué nos las regalaron, si era para pagar la cuota a la guerrilla o si era un pago adicional a la cuota. No me encargaba de las finanzas, así que no tenía cómo saber.
Antes de las fiestas de diciembre yo pensaba que la mujer perdía su feminidad dentro de la guerrilla. No era así; las guerrilleras se maquillaban, se ponían bonitas con su uniforme. La pasaban muy bien. En las parrandas los guerrilleros se mezclaban con los civiles. Nos sentíamos seguros, era el apogeo del proceso de paz con Betancur. No podíamos bailar con nuestros fusiles encima. Para entrar a los sitios públicos los guerrilleros depositábamos las armas en un lugar específico. Había un grupo de guerrilleros armados que no participaban de las fiestas. Ellos nos cuidaban. Había dos turnos de baile. Los que bailaban el 24 no bailaban el 31, todo estaba muy organizado por compañías. Creo que yo fui la que menos disfruté las fiestas porque era la encargada del economato, a cada rato me llamaban para organizar las comidas. A veces venía un campesino y me decía: “a mí no me dieron la carnita”. Me tocaba darle al campesino de la carne que habíamos dejado para la guerrilla. Recuerdo que la carne se salaba y se empacaba en canecas.
Durante la fiesta me decía a mí misma: “esta es la vida”. Comenzaba a sentirme cómoda en la organización. Me importaba casi cero la ideología. Era el ambiente lo que me hacía sentir bien. En los primeros días todo ese discurso revolucionario me aburría. Era un aburrimiento en silencio, no lo podía expresar.
En la primera semana de 1985 empezamos un recorrido a pie durante tres meses por los lados de Arboletes, Necoclí y Turbo. Los desplazamientos de la guerrilla de un lugar a otro eran conocidos como marchas. Las marchas casi siempre eran a pie. No las medíamos por la distancia sino por el tiempo de duración. Había marchas de una hora, al igual que había marchas de dos o tres semanas con descansos. En las marchas los guerrilleros debían llevar dentro de su equipo todo lo que necesitaban para subsistir. Llevaban su casa y su comida. Entre veinte y treinta libras pesaba el equipo más liviano. Una de las cosas que más duro me dio cuando ingresé a la guerrilla fueron las marchas. Yo había caminado mucho en el monte y en la selva antes de ser guerrillera, pero las marchas en las FARC eran otra cosa.
Mi primera marcha fue al campamento de las caletas. El trayecto estaba lleno de pantanos; yo no sabía andar en el barro con botas pantaneras de caucho. Aunque fue una marcha corta, de tres a cuatro horas, yo traía un equipo demasiado pesado. La pasé mal. Puse la panela y las latas de atún en el lado del equipo que me daba a la espalda. En el equipo se deben acomodar las cosas de modo que lo más blando, como la ropa de dotación, amortigüe los objetos más duros y con bordes que puedan lesionar la espalda. Una lata de sardina o un ladrillo de panela le lastima a uno como a un caballo le lastima la piel una silla de montura vieja. Acababa con la espalda llena de peladuras.
El orden de marcha en las FARC estaba a cargo de los comandantes. Ellos definían los trayectos y los tiempos. Decían: “hoy la marcha va a ser de tantas horas o de tantos días o de tantas semanas, cada tanto habrá descanso”. Decidían los caminos, los ríos y las trochas que iba a atravesar la guerrilla, así como los poblados de civiles y de indígenas. Si la unidad que marchaba era grande, se designaba un grupo de seguridad de avanzada de tres a seis guerrilleros. El comandante organizaba la posición de las escuadras en la marcha. A veces, uno incluso mandaba una escuadra que fuera en posición de vanguardia.
Además del equipo, el armamento y las municiones, los guerrilleros debían llevar el resto de cosas necesarias para armar los campamentos. Las ollas, por lo general, las cargaban quienes habían sido sancionados. Otras veces se repartían equitativamente entre las escuadras que componían la compañía y era el comandante de escuadra quien decidía qué guerrilleros cargaban las ollas. Se solía rotar esa tarea. Igual pasaba con otras herramientas y el armamento pesado. Era muy engorroso transportar la carne. Se mataba una vaca o un cerdo y había que cargarlo en las marchas a través de la selva. Metíamos los pedazos del animal crudo en bolsas. El olor era insoportable, las moscas y los insectos no paraban de arremolinarse alrededor y el aguasangre que se acumulaba en las bolsas siempre terminaba por ensuciarle la ropa a uno.
En Urabá el clima es pesado. Puro trópico, calor, humedad. Había que atravesar selvas, potreros, ciénagas y pantanos. En esos bajos de Bajirá, de Chigorodó, de Carepa, de Turbo, uno se tropezaba con un aire hirviente que se aplastaba contra el cuerpo. Costaba respirar. La piel se pegaba al uniforme, caminábamos empapados de sudor por tanta humedad. Se escuchaba el sonido del pie mojado moviéndose dentro del caucho de las botas. Íbamos sofocados y sedientos en las marchas. En las paradas a descansar, los guerrilleros se quitaban la camiseta y las medias. Escurrían el sudor. Era normal que los guerrilleros sufrieran de ampollas y hongos. No todo el Urabá es cálido y húmedo. De los Mandarinos hacia arriba, en la serranía de Abibe, hace frío. Incluso por allá había árboles de lulo, una fruta de tierra fría. Los campesinos la sembraban. Las marchas por esa área eran duras por el terreno montañoso.
A veces disfrutaba las marchas como si fueran paseos. La fauna, los paisajes, la vegetación, toda la naturaleza que conocí.
El objetivo del recorrido por Arboletes, Necoclí y Turbo era que la población civil conociera a la guerrilla. De ahí regresamos nuevamente a la zona de reunión del frente quinto en Mulatos, un área estratégica por su geografía. Era parte de una rutina del frente reunirse cada tres meses. En esas reuniones hacíamos sesiones de reentrenamiento y salían nuevos planes y comisiones.
A principios de 1985 salió una comisión de ciento cincuenta guerrilleros bajo el mando de Isaías Trujillo y alias la Vaca, miembro de dirección del frente quinto. Hicimos los mismos recorridos con una misión adicional: conquistar a los jóvenes de la región. La Vaca era una persona a la que le gustaba mucho el fútbol. De la comisión sacó un equipo de fútbol con veinte guerrilleros. Tenían guayos, balones y uniformes. El uniforme tenía los colores de la bandera de Colombia y en medio del pecho estaba dibujado el escudo de las FARC, un mapa de Colombia con dos fusiles cruzados y un libro encima. La Vaca era tan apasionado que a los guerrilleros del equipo les daba mejor alimentación y vitaminas. A todo lugar adonde llegábamos, vereda o corregimiento, había partido de fútbol del equipo de las FARC contra los equipos de la zona. Recuerdo un encuentro de dos días que hubo en el Limón, una vereda de Turbo, en que vinieron equipos de Apartadó, Turbo, Currulao y de otros pueblos y veredas. El equipo ganador fue el de las FARC. No supe si los otros equipos se dejaron ganar por miedo o si realmente el equipo de las FARC era el mejor. En la celebración hubo tanta emoción que los guerrilleros hicieron ráfagas al aire. La población participó de las fiestas con las FARC.
A mí me parecía muy emocionante todo eso.
4 En las FARC ser marquetaliano significa ser del movimiento original de autodefensas campesinas que fue atacado por el Ejército colombiano en la región de Marquetalia y Riochiquito a mediados de los sesenta. Estos grupos de autodefensa rompieron el cerco del Ejército y cruzaron la cordillera hacia el Pato Guayabero, lo que dio origen a la mitología fundacional de las FARC.
5 Espacio donde los guerrilleros adecuaban su carpa o su indumentaria para dormir y descansar. También lugar donde se esconde dinero, armas y pertrechos.
LA UP
El trabajo político no era solamente de las FARC. A finales de mayo de 1985 fue lanzado el partido Unión Patriótica (UP). A nosotros nos decían que la UP había salido de la negociación de paz entre las FARC y el presidente Belisario Betancur. Era nuestro partido. En esa época el trabajo era más político que militar. Buscábamos que la gente se vinculara a la UP. Estábamos en plena campaña política. De todas formas, las FARC continuaron con la presión financiera, la extorsión no paró. No se hablaba de que había que financiar la guerra, se hablaba de que había que financiar la paz para sobrevivir, para que hubiera una transformación social.
La última unidad en la que estuve en 1985 no era de combate. Era una especie de puesto de mando donde se reunían con muchas personalidades políticas. A veces me enteraba con quién se reunían porque me llevaban en la escuadra de seguridad de ellos. Me daba cuenta de las relaciones con dirigentes y gentes del común del partido, del sindicato, de la JUCO y de la UP. Yo estaba de guardia, no alcanzaba a escuchar lo que hablaban en esas reuniones. Recuerdo gente del sindicato bananero Sintrabanano y del partido en Apartadó. De la JUCO hubo reuniones con Albeiro Bustamante y con Guillermo Bustamante. De la UP recuerdo que iban Edilma Moreno, Nelson Campos y Gustavo Arenas. Fueron muchos otros, no los tengo a todos en la memoria. La mayoría eran figuras regionales; allí, las FARC y el partido habían construido una base política muy sólida. En algún momento fue Bernardo Jaramillo, quien luego fue candidato presidencial de la UP. No solo iba a reuniones, iba a bailar y a tomar trago en los campamentos.
El frente quinto tenía dos personas encargadas del tema político. Uno era Iván Ríos, un estudiante de la Universidad de Antioquia. Lo mandó la JUCO a las FARC para que ayudara en el trabajo político a los comandantes y a los guerrilleros de base. El otro era Bernardo Peñaloza, que era cuota política del partido, creo que era de Medellín. El partido y la JUCO mandaron a muchas personas a diferentes frentes para que hicieran el trabajo político. Si querían quedarse, podían convertirse en guerrilleros. En ese momento la campaña política se hacía a favor de Jaime Pardo Leal, el candidato a la presidencia de la UP. Pensábamos en las futuras elecciones.
Los comandantes de los frentes eran los encargados de preparar a la tropa guerrillera en lo político, lo ideológico y lo militar. En el frente quinto no había casi comandantes políticos, era un frente muy militar. A Efraín Guzmán no le gustaba la política. Decía que había surgido en el fragor de la guerra, como decía el programa guerrillero, y que él no tenía otra mentalidad. Tampoco Isaías Trujillo, la Vaca y Tío Pacho se interesaban en la política. Había solo un comandante que era un poco más político que militar, Víctor Tirado.
A veces, cuando yo era ranchera del viejo Efraín, Bernardo Peñaloza arrimaba y me decía que le llenara el termo de café. Era una persona modesta y humilde, madrugaba todos los días. Le decía a Efraín “camarada” y le contaba las noticias que había escuchado en la radio. Un día Efraín decidió no permitir que le llenara el termo a Peñaloza. Decía que él solo iba a tomar café. Peñaloza nunca reclamó mando porque, a pesar de tener autoridad política, era un guerrillero raso. Iván Ríos y Peñaloza cargaban muchos libros, a ellos les encantaba la lectura. Me dio rabia que en un momento dado Efraín los puso a cargar los alimentos como cualquier otro guerrillero. Se quejaron. De nada sirvió. Recuerdo que a Iván Ríos lo sancionaron y lo pusieron a cargar una olla número 40 y un molino. Iván Ríos se quejaba. Yo le quitaba unas libritas de carga. Si íbamos a echar veinte libras al equipo yo le echaba quince. A nosotros nos daba mucho pesar con los citadinos. Nunca habían vivido en el campo. Los demás guerrilleros nos movíamos bien en la selva mientras que ellos se mantenían empantanados, tropezándose con la vegetación. A cada rato acababan en el suelo. Llegar de la ciudad a vivir en la selva era muy difícil. Al final hubo muchas dificultades, Ríos y Peñaloza salieron del frente.
El trabajo político se hacía con la comunidad. Los citadinos daban la mayoría de los discursos hasta que se fueron. Eran discursos no muy profundos. El propósito era que la gente conociera a la guerrilla y el sentido de la lucha armada. Le decíamos a la gente: “mire, aquí en esta vereda no hay escuela, no hay un centro de salud y ¿sabe quién es el culpable? El Estado. Nosotros con la lucha armada y con el apoyo de ustedes vamos a hacer que esto cambie”. Quién en esos lugares tan pobres no iba apoyar una promesa de algo. Había cosas que uno sabía que tocaban la sensibilidad de la gente, como no haber podido estudiar; yo conocía la frustración que eso generaba. La gente pensaba que si apoyaban a la guerrilla podría haber una transformación social.
La mayoría de la población donde hacíamos trabajo político era campesina. En las FARC se hablaba de que los campesinos eran las masas de la organización. De manera directa o indirecta siempre nos apoyarían. En ese tiempo, años ochenta, yo creía que el campesino colaboraba porque estaba de acuerdo con nosotros. De pronto, las FARC sí tenían ese apoyo en las regiones. Si el campesino necesitaba hacer una siembra, las FARC le ayudaban. Si había delincuentes, las FARC los perseguían. Si
