16
«Roban colchón de asesinada.» El encabezado espantó a Olegaroy. Él había actuado al modo de los soldados que se apropian de las botas de los difuntos en el campo de batalla sin que por eso enfrenten una corte marcial. El periodista fue benévolo con la vecina de Antonia Crespo, a quien describió como una ingenua señora que había actuado de buena fe, «pero fue engañada por un rufián que se hizo pasar por investigador policiaco». La tal señora dijo sobre el delincuente que era un hombre adiposo de unos sesenta años. «¿Cómo?», protestó Olegaroy y se fue a mirar en un espejo. Movió los músculos faciales de modo que la piel se estirara. Luego retomó la lectura. El inspector Mondragón comentó que sin duda se trataba del homicida. «¿Quién más querría sustraer tan importante pieza de evidencia?» Varios testigos declararon que, en efecto, habían visto por las inmediaciones a un hombre cargando o arrastrando un colchón. Las descripciones físicas del malhechor fueron tan variadas que la policía decidió tomar en cuenta sólo la declaración de la vecina. Olegaroy había soñado muchas veces con aparecer en las páginas del periódico, pero no en esas circunstancias. Las autoridades confiaban en resolver pronto el caso y ya habían despachado a algunos oficiales para que siguieran el rastro del sospechoso. «¿Miserable? ¿Sesenta años? ¿Asesino? Esto es difamación.» Olegaroy pensó llamar a las oficinas del diario, pero de inmediato supuso que sería una imprudencia. El inspector Mondragón agregó que la justicia no iba a descansar hasta poner al culpable detrás de las rejas. A la última pregunta del reportero, Mondragón respondió que los sesenta años se ajustaban al perfil del posible homicida, pues a esa edad es natural ser utilizado y después desechado por una joven. «Es, evidentemente, un hombre muy fuerte, si es que pudo él solo cargar con el colchón.» Esto último sí satisfizo a Olegaroy. Mostró la nota a su madre. Esperó impaciente a que la leyera.
—¿Te parezco de sesenta años?
—Aquí están hablando de un señor que robó un colchón.
—Si tocan a la puerta no vayas a abrir.
Olegaroy fue a su dormitorio. Quitó las sábanas y se quedó mirando ese colchón que no le había hecho recuperar el sueño. El inspector Mondragón tenía que ser un imbécil por considerarlo una importante pieza de evidencia. Él mismo había utilizado esa explicación para deslumbrar a la vecina, pero un oficial de la ley estaba obligado a comportarse con más seriedad. ¿Qué evidencia podía contener? La sangre era de Antonia, no de su verdugo. Era roja como cualquiera sin posibilidad de que se la adjudicaran a nadie. O tal vez carmín o bermellón o bermeja o grana o escarlata o como se llamara el color de la sangre seca si no es que sencillamente se denominaba color sangre seca. ¿Por qué tenía la policía que rastrear a un pobre hombre que padece insomnio en vez de cazar huellas digitales? Eso hacen los detectives modernos en vez de andar interrogando casa por casa. Por suerte Olegaroy no tenía amigos. Muy ocasionalmente salía de día. Así es que nadie pudo decir «allá va Olegaroy» cuando lo vieron pasar con el colchón. Por suerte el ser humano era ingrato y por eso nadie le ayudó con la carga. Qué bello era el anonimato.
Había ciertas frases que los hombres utilizaban en tono de amenaza, como «Usted no me conoce» o «No sabe con quién se está metiendo». Quizás más que nadie en la ciudad, Olegaroy podía utilizarlas de modo inocente, con certeza de verdad. Y aunque esta falta de talento social es señalada como defecto por los mediocres, es de suponer que Olegaroy comulgaba con Nietzsche, quien aseguraba que alcanzaría la mayor grandeza el hombre que pudiera ser el más solitario; e igualmente con Schopenhauer, para quien el mundo nos obliga a optar entre la soledad o la vulgaridad.
Desde la ventana vio que llegaban dos policías a la casa de enfrente.
—Ahí no vive nadie —les gritó Olegaroy.
—¿Vio usted pasar a un hombre con un colchón?
Olegaroy bajó y salió a la calle.
—Ya los estaba esperando porque soy hombre enterado que lee el periódico.
—¿Lo vio?
—Señores míos, de haber visto algo sospechoso yo mismo me habría presentado a declarar.
Una vez que los vio marcharse, Olegaroy fue a donde estaba su madre. Se desplomó. Le temblaban las piernas. Sin embargo, estaba tan orgulloso de sí mismo como nunca en la vida. La calamidad había tocado a la puerta y él la mandó de paseo.
—¡Viva Olegaroy! —exclamó.
La madre se dejó contagiar por la sensación de que algo trascendental había sucedido. Echó migajas de pan a su hijo creyendo que emulaba un antiguo ritual de triunfo. A Olegaroy no le importó que algunas se le metieran en los ojos de por sí irritados. Si tuvieran vino habrían brindado. Si música, habrían bailado. Si fuego y un becerro gordo, habrían abrasado al animal en una pira sagrada.
—¡Alabado sea Olegaroy!
—¡Santo patrono de los insomnes!
—¡Cargador de colchones, devorador de canapés!
No tenían la más remota idea, ¿cómo habían de tenerla?, de que la vida de Olegaroy habría sido menos desgraciada si esos policías lo hubiesen conducido ante cualquier juez sin escrúpulos para que lo encerrara veinte o treinta años por el asesinato de Antonia Margarita Crespo Saldívar, acaecido en esta ciudad metropolitana de Monterrey la noche del seis al siete de abril de 1949.
¿Por qué, Señor? ¿Qué te hizo Olegaroy?
17
Cuando Olegaroy comparó el colchón de Antonia Crespo con arte moderno, lo hizo en calidad de experto. No es que hubiese entrado en una galería o visto a algún célebre pintor salpicando un lienzo o le diese por hojear álbumes de grandes maestros, pero la gente vive mencionando que las cosas ya no son como antes y entre esas cosas debía de estar el arte o a lo mejor los artistas. Por lo demás, todo el mundo ha de tener una opinión sobre el arte sin necesidad de una educación humanista o contacto intelectual con lo bello.
Olegaroy poseía sensibilidad artística. Por eso cuando llevó el colchón a su dormitorio lo dispuso con una mezcla de simetría y dejadez que le dio un toque de profunda humanidad. Aunque en el mundo de la pintura fuesen muy conocidas las camas de Van Gogh, Turner y Delacroix, entre otros, como pionero del arte de instalación Olegaroy dio a su cama un aliento inédito. Distintos creadores intentarían emularla de acuerdo con los rumores que sobre ella llegaron a las capitales del mundo. Sin embargo, aun los más aplaudidos por su irreverencia apenas elaboraron versiones vulgares y timoratas del lecho de Olegaroy. Ninguno se atrevió a montar un colchón sobre un tambor de menor tamaño, ninguno lo hizo con sangre de una víctima de asesinato, ninguno le puso sábanas de dimensiones inferiores y con rasgaduras al nivel de los talones. Aquellas camas no mostraron sino un trillado despertar; la de Olegaroy sugería el colapso del espíritu humano.
Olegaroy respetaba el arte; por eso nunca se habría atrevido a mostrar su cama a los críticos ni mucho menos al público en general. A la vez era un visionario. Seguramente captaba que en un futuro su obra podría convertirse en pieza de museo en Nueva York o ganadora de un premio de arte contemporáneo que se otorgara en Londres. Lo que no adivinaba era si el aplauso vendría por el enigmático mérito artístico de su pieza titulada Lecho de insomnio # 2 o porque el gusto en las artes se había desbarrancado.
Libro segundo de Olegaroy
El fugitivo
1
El periódico no mencionó más a Kathy Fiscus, pero Olegaroy siguió pensando en ella. Tomó de nuevo la edición del 11 de abril y se puso a contar. Con trescientas veintitrés palabras habían dado el tema por zanjado. El médico había declarado que Kathy Fiscus murió de asfixia el mismo viernes que cayó en el pozo, pero Olegaroy no le creyó. Eso lo había dicho para no estremecer a la gente. Nadie deseaba imaginar a la niña atrapada dos días muriendo poco a poco peor que en una cruz. «Aceptamos vivir con sufrimientos», escribió Olegaroy en el margen inferior del periódico, «pero queremos morir en paz».
En los velorios, los parientes solían decir con borrosa alegría que el muerto se había marchado de repente o en el sueño. Incluso en casos de accidente, la palabra «instantáneamente» reconfortaba mejor que un sentido pésame o el sermón de un cura para certificar que el difunto ya estaba en mejor lugar. De pie o de cabeza Kathy Fiscus debió de tardar lo que tarda en llegar la muerte por pavor. Olegaroy supuso que la fortuna tenía que ser muy desgraciada para que una niña cayera por un pozo con el diámetro mismo de su cuerpo. Como si un ingeniero lo hubiese diseñado ex profeso para tal cosa; como si la madre hubiese cuidado la alimentación de la hija para conservarla con la talla justa.
Al final la sacaron del pozo para darle una bendición y echarla en otro pozo.
Olegaroy pensaba en Kathy Fiscus porque otra vez estaba inmóvil en cama, en la postura que se guarda dentro de un foso o en un féretro.
Aunque con los policías se había portado a la altura de un hombre, lo cierto es que Olegaroy se tornaba un niño cuando sentía miedo. Tal vez porque el origen de sus temores estaba en la infancia.
Siempre que su madre lo llevó con el peluquero, le pedía que no se moviera o le pasaría lo mismo que al niño al que le cortaron la oreja. Aunque ahora Olegaroy aceptaba que apenas le podrían haber hecho un tajo o picarle con la punta de las tijeras, en aquel entonces imaginaba la oreja literalmente cercenada y en el suelo, entre los pelos recién cortados. Y es que su madre tenía a la mano una tragedia infantil para cada ocasión. El niño que se quedó tonto porque el caballo le dio una coz. El que se bebió una botella de petróleo. Si iban en tranvía, que no sacara el brazo porque a un niño se lo habían cortado. Y menos fuera a sacar la cabeza porque ¿ya te conté del niño decapitado? En la sobremesa se hablaba del niño sin piernas porque no se dio cuenta de que venía el tren, del que se fue a nadar después de comer. El que le metió el dedo al ventilador. El que se tropezó cuando corría con varias botellas de cerveza. Olegaroy fue creciendo y las historias se iban adaptando a los nuevos tiempos. En los años treinta la ciudad se llenó de automóviles y éstos trajeron su cuota de historias trágicas. La nueva versión del niño decapitado relataba que había asomado la cabeza por la ventanilla de un auto. Otro simplemente se recargó en la portezuela, ésta se abrió y le pasaron por encima los coches que circulaban en sentido contrario. Uno más se quedó atrapado en la cajuela y lo hallaron seis días después por el olor a podrido. Para los años cuarenta, la madre había descubierto que el pesado capó de los autos podía también degollar a un niño que se allegara a ver el funcionamiento del motor y relataba la anécdota del que se asfixió en el asiento trasero por un problema con el escape. Ser niño era lo más riesgoso del mundo. Estaba el que se quedó encerrado en el refrigerador, el que clavó el índice en el interruptor eléctrico, el que se atragantó con una espina de pescado, el que se echó encima la olla hirviendo, el que bebió aguarrás, el que cayó de la azotea, el que se comió una campamocha. Olegaroy pasó su infancia con miedo, a sabiendas de que los niños eran máquinas buscadoras de accidentes; y aun cuando dejó la infancia muy atrás, la madre siguió hablándole como a un crío en todo lo que se relacionara con desgracias. Por eso Olegaroy se pensaba un niño de ocho años cada vez que cruzaba una calle o conectaba un aparato eléctrico. Usaba el transporte público sólo en casos extremos, manteniéndose siempre de pie junto al chofer para advertirle de los peligros del camino. Difícilmente abría el refrigerador sin pensar que dentro encontraría a un niño tieso.
En cambio, su madre nunca le dijo que podría caer en un pozo; y, cosa rara, hoy por hoy le temía a los pozos casi tanto como a los automóviles. Ese tenía que ser el temor natural de las noches, pues también los pozos eran oscuros. Esperaba que si la policía lo llegaba a torturar, optaran por las tradicionales amenazas de que ultrajarían a su madre o por la privación del sueño, nada que le causara un dolor físico, pero sobre todo que no lo fueran a echar en un pozo con justo el diámetro de su cintura donde no podría ni mover un brazo para rascarse.
Olegaroy tanteó en la oscuridad para dar con un lápiz. «No es el apego a la vida sino el espanto a la muerte lo que nos mantiene vivos», escribió Olegaroy en el dorso de un volante publicitario.
Siempre creyó en las historias que le contó su madre, aunque conservaran en todo momento el tono de las leyendas. Con los periódicos fueron reviviendo día a día los mismos cuentos, pero ya no se trataba de «un niño», sino de hijos de familias que vivían en su propia ciudad y tenían nombre, edad, dirección y detalles precisos sobre el modelo del auto que los había arrollado o, por ejemplo, la aclaración de que la espina en el cogote venía de un robalo que su padre había pescado en la presa la tarde anterior; esa misma presa donde a otros se los había tragado una corriente traicionera.
2
Olegaroy siguió frecuentando la plaza por las noches. Entabló algo parecido a la amistad con el matemático. A veces traía canapés, no tanto para compartirlos sino para que se los agradecieran. Salomé se acercaba a comer cuando no tenía clientes, que era la mayor parte del tiempo. A ella también le gustaban los de paté con aceituna.
—Es como en París —dijo ella por decir.
—Soy un cosmopolita.
No tenía Olegaroy intención de confesarles de dónde provenían los canapés. Deseaba que ni al matemático ni a Salomé se les muriera un pariente para que no descubrieran la fuente del maná.
—La policía me busca.
—¿Por qué? —el matemático se embuchó un canapé de jamón.
Seguramente a Olegaroy le avergonzaría que lo pillaran en el acto de cometer un delito, máxime si se tratara de un asesinato; pero de momento se sentía orgulloso de ser sospechoso: alguien lo creía capaz de acuchillar a una beldad.
Ante esto surgió un debate entre filósofos cristianos y nihilistas. Los primeros equipararon a Olegaroy con Jesús pues hallaba grande honor en asumir una culpa que no le pertenecía, mientras que los segundos descartaron tal idea, ya que en ningún momento Olegaroy pretendía expiar pecados, sino sólo tomar un colchón, acto que no es inherentemente malo ni bueno; además, coqueteaba con la culpa sin por eso desear el castigo. Jesús, precisaron los cristianos, tampoco lo deseó, pero se lo buscó para cumplir un destino superior, tal como Olegaroy. ¿Acaso nadie veía el paralelo entre el viacrucis y el traslado del colchón? Walden von Rudolfels, quien pensaba que Olegaroy era una creación mitológica, lo mezcló con el Zarathustra de Nietzsche y el Raskólnikov de Dostoievski. «Es un Übermensch über Alles que abatió el sistema de valores. Puede consentir que le achaquen cualquier cantidad de crímenes, falsos o verdaderos, sin que padezca consecuencias morales, y tan sólo un aparato judicial manejado por hombres insignificantes buscaría castigarlo. Robarse un colchón es la metáfora, o acaso el preludio, de robarle el sueño a la humanidad.» Bertrand Russell criticó que se empleara el concepto de «crímenes falsos» en un argumento que pretende ser verdadero: «Eso convierte a Olegaroy en un genocida que nunca mató a nadie». Los detractores de Olegaroy aseguran que la ausencia de cuestionamientos sobre el bien y el mal obedece a la mera insolvencia intelectual del filósofo regiomontano. En contraste, algunos olegarianos de poco caletre hicieron una lectura textual de los hechos y saquearon una bodega de colchones en Baden-Baden.
Los filósofos cristianos que lo habían comparado con Jesús se vieron impelidos a desdecirse más adelante, una vez que Olegaroy fuese excomulgado por órdenes papales.
Él se hallaba distante de este revuelo intelectual cuando respondió al matemático:
—La policía cree que yo maté a Antonia Crespo.
—Eso no es cierto —intervino Salomé.
—Dices bien. Yo jamás le haría eso a una mujer.
—Me refiero a que nadie cree que tú la hayas matado.
—¿Me estás llamando mentiroso?
—A ti no, a la policía.
El embrollo lógico fue demasiado para Olegaroy, tal como le hubiese sido imposible deducir que Sócrates es mortal. Salomé le dio un beso en el pómulo y fue a su esquina.
—En Burma se rebelaron los karenses —dijo Olegaroy por presumir algún conocimiento.
—¿Tú fuiste el que robó el colchón?
—Lo tomé.
—Entonces la policía no sospecha de ti, sino del que robó el colchón.
La cabeza de Olegaroy estaba por reventar. En una de ésas iría con la policía para dejar claro que él y quien tomó el colchón y quien sería acusado del asesinato no eran tres sino una misma persona.
Salomé se marchó en el auto de un cliente.
—A esta hora los conductores están ebrios —dijo Olegaroy—. Nuestra amiga se juega la vida. Cuando voy caminando por la acera y capto que se aproxima un auto, me pongo a vigilar su movimiento. Si el conductor se queda dormido me puede arrollar. ¿Has pensado en esa muerte?
—No.
—El auto te aplasta contra la fachada de una casa. Los curiosos vienen a ver.
Esa fantasía se había agravado en Olegaroy, pues a diferencia de los modelos de autos del pasado, en los cuarenta se procuraron frentes más planos, altos y siniestros. Un diseño apto para prensar peatones.
—No sé por qué han de construir un instrumento de transporte como si fuera para derribar las murallas de Jericó.
—El automóvil —dijo el matemático— es un armatoste absurdo. Su poderoso motor no es para transportar los setenta kilos de una persona, sino para mover sus propias dos toneladas.
—Hicieron las banquetas más angostas para ampliar las calles. Estoy en mayor riesgo que cuando nos movíamos a caballo.
Olegaroy quería esperar el retorno de Salomé, pero ya se vislumbraba la mañana. Con ella vendría el tráfico.
Tomó el camino de regreso y antes de entrar en casa recogió el periódico. Pensó en lo mucho que había cambiado su vida desde que al vecino le dio su ataque de apoplejía. Sólo por eso se había enterado de la suerte de Antonia Crespo y de Kathy Fiscus, dos mujeres que lo habían transformado. Ahora salía por las noches, tenía un excelente colchón, se alimentaba a base de canapés y sentía más miedo. Ahora sabía que el insomnio podía compararse con un pozo profundo. Siempre se tenía la posibilidad de ser rescatado. Siempre estaba la fatalidad de volver a caer, hasta nunca salir. Hoy o mañana vendría un médico a constatar que el buen Olegaroy había dejado de respirar. Pero no se espante el mundo, no, damas y caballeros, porque sin importar la espeluznancia de su muerte, el médico habrá de contar una versión más dulce; dirá que le aconteció en la cama, bien dormido, soñando con flores de primavera. Instantáneamente.
3
En el círculo de los matemáticos, al matemático lo llamaban por su nombre: Ildefonso Mariles. Entre gente que no sabía lo que era un número primo, lo conocían como «el matemático» y se admiraban de que mentalmente pudiera multiplicar números de dos cifras o convertir los grados Fahrenheit a Celsius. En la tienda ponía sobre el mostrador la cantidad exacta antes de que la cajera terminara de hacer la suma. Calculaba probabilidades de ganar o perder en el dominó y en los juegos de cartas. No obstante, sus allegados se decepcionaron de él cuando se declaró incapaz de predecir el número ganador de la lotería, y nadie le creyó cuando dijo que el 11111 tenía las mismas posibilidades de ganar que el 16702.
Igual que muchos matemáticos, adoptó un problema al que consagraría su existencia. En su caso fue el que le pareció más romántico: el último teorema de Fermat. Un motivo más para adoptarlo fue que Fermat había muerto en 1665. Ildefonso Mariles no era un gran matemático. Casi todo lo que hacían sus colegas contemporáneos se escapaba de su comprensión. En cambio podía darle seguimiento a un teorema que se planteó trescientos años atrás. No le hacían falta grandes conocimientos o habilidades, sino un chispazo de creatividad. Después vendrían la fama y la invitación del Instituto de Estudios Avanzados para compartir la mesa con Albert Einstein y Kurt Gödel.
Luego de años dedicados al teorema de Fermat, el matemático había tenido un momento de inspiración algebraica. Lo que en el papel llamaba a, b y c de pronto se convirtió en todas las combinaciones posibles de números elevados a la potencia n. En su mente se abrió una ventana por la cual pudo ver el ejército de números y ecuaciones marchando ordenadamente.
Sin que esto le diera la solución, comenzó a entender el modo correcto de plantear el problema. «¿Cómo no me di cuenta antes?»
Alguien comenzó a llamar a la puerta.
«Hay que expresar la ecuación de Fermat como un teorema de Pitágoras para volúmenes en los que sea imposible hallar ángulos rectos.»
Los golpes en la puerta se hicieron más insistentes y sonoros.
