En combate: La vida de Lombardo Toledano

Daniela Spenser

Fragmento

En Combate: La vida de lombardo toledano

Introducción

La historia es insobornable. Juzgará a su tiempo a nuestra
generación, a cada uno de los hombres y mujeres conscientes
del papel que desempeñaron en la vida nacional, de manera
inflexible [1957].1

Mi obra, por modesta que haya sido, no puede ser juzgada de
una manera superficial, y menos ahora que estoy en pleno
combate todavía. Quizás después de mi muerte valga la pena
examinar este asunto [1961].2

En 1994, en el centenario del nacimiento de Vicente Lombardo Toledano, el gobierno de Carlos Salinas de Gortari le rindió el último homenaje de Estado como si se tratara de un héroe que le dio patria a México. El 16 de julio fue exhumado del Panteón Jardín y al compás de la marcha fúnebre de Ludwig van Beethoven sus cenizas fueron inhumadas en la Rotonda de los Hombres Ilustres en el Panteón Civil de Dolores, al frente del pebetero con el fuego eterno, rodeado de margaritas blancas.3 Como en vida, 26 años después de su fallecimiento, el honor que el Estado le otorgó provocó disputas, esta vez sobre si era o no merecedor de ocupar dicho recinto.

Lombardo Toledano nació en buena cuna en 1894 en Teziutlán, en la sierra de Puebla, y murió en la Ciudad de México en 1968, después de la masacre de los estudiantes en la Plaza de las Tres Culturas y la jubilosa competencia deportiva de los Juegos Olímpicos. En vida despertaba sentimientos de amor y odio; fue objeto de fastuosos agasajos y blanco de varios atentados; las agencias de espionaje nacional e internacional no lo quitaban de su diana; fue detenido y expulsado de varios países, y le impidieron visitar otros.4 Los que lo conocieron todavía evocan su oratoria, a veces incendiaria y a ratos soporífera. Sus admiradores lo ensalzan como el timonel de los trabajadores mexicanos y latinoamericanos; otros califican de oportunistas los medios que utilizaba para conseguir sus fines.

La vida de Lombardo Toledano es una ventana hacia la historia del siglo XX: del esplendor y el ocaso del antiguo régimen; de la Revolución mexicana y las transformaciones que ese conflicto efectuó sobre la sociedad; de la reconstrucción intelectual y social del país bajo nuevos parámetros, que incluyó el ascenso del movimiento obrero a la prominencia política, así como de la intervención obrera en la construccióny la consolidación del Estado; de la disputa por el rumbo de la nación en los convulsionados años treinta y la configuración de la izquierda política e ideológica en México. Su vida y su obra revelan las conexiones de México con el mundo durante la Segunda Guerra Mundial y la Guerra Fría.

Lombardo Toledano perteneció a una élite intelectual de hombres y mujeres que se consideraban progresistas, marxistas, socialistas y que creían en un futuro luminoso para la humanidad; él se asumía como el reflejo consciente del movimiento inconsciente de las masas. De energía indómita y fervor ideológico, fundaba sindicatos, partidos y periódicos. Atenido a lo largo de su vida a varias creencias, pasó de la fe cristiana al marxismo, elevó el materialismo dialéctico a la teoría del conocimiento absoluto de la misma manera que lo hizo antes con el idealismo. Concebía la relación de los intelectuales con los obreros como un vínculo metafísico, pues los intelectuales “nacen directamente de las masas y desarrollándose en un terreno más amplio se disuelven en ellas”.5

Creía que la Unión Soviética alcanzó ese futuro que México no podía imitar, porque siendo un país semifeudal y semicolonial, el imperialismo obstaculizaba su desarrollo económico y la creación de una burguesía nacional, sin la que no se podía pasar a la siguiente etapa de la evolución de la humanidad y sin la cual las clases obrera y campesina estaban condenadas al subdesarrollo. En su interpretación de la historia no figuraba la autonomía de las clases subalternas independientes de la élite, sino que eran éstas a quienes correspondía infundirles la conciencia de clase.

La literatura sobre Lombardo Toledano y su obra llenan varios estantes.6 Los libros dedicados a ensalzar al personaje han creado el mito del héroe y han perpetuado la creencia sobre la vigencia de su pensamiento para iluminar los problemas del presente. Sus escritos, discursos y actos públicos, que llegan a miles, han sido editados en decenas de tomos por el Centro de Estudios Filosóficos, Políticos y Sociales Vicente Lombardo Toledano, ubicado en la calle que lleva su nombre, bajo la dirección editorial de Marcela Lombardo Otero, su hija, y Raúl Gutiérrez Lombardo, su nieto. La adusta Universidad Obrera, en el centro histórico de la capital del país, conserva su archivo personal. Con vista al hermoso patio adornado con arbustos de floripondios y geranios, con la cúpula de la iglesia de Loreto a discreta distancia vistiéndola de majestuosidad, el acervo de más de 1 300 cajas ordenadas cronológicamente,7 repleto de discursos, conferencias, corridos, odas, poemas, dibujos, libretas con apuntes, esbozos de libros no escritos, miles de cartas entre él y sus camaradas del mundo entero y los personajes de la alta política, además de una fototeca, escasamente tocan momentos íntimos de su vida. Las epístolas personales no permiten reconstruir su vida privada, pero revelan que se conducía como un jugador de póker: no mostraba sus cartas.

Escribir la biografía de Lombardo Toledano no ha sido fácil. En la década de 1960 fue entrevistado por el estadounidense James Wilkie y su esposa, la guatemalteca Edna Monzón, quienes llegaron a México para consultar a varios personajes que protagonizaron la Revolución mexicana y la vida política del país. Desde que el fruto de dicha investigación, México visto en el siglo XX, entrevistas de historia oral, fue publicado en 1969, los historiadores han basado sus narrativas sobre lo que el entrevistado les contó a los Wilkie sin cuestionar su intencionalidad.8 Pocos habían descubierto que en aquel momento Lombardo Toledano maquilló algunos pasajes de su vida para proyectarlos no como ocurrieron, sino como hubiera querido que sucedieran y fueran recordados por la historia. Negó que la subjetividad y las relaciones personales tuvieran importancia. Cuando Wilkie abordó el tema, respondió: “Yo no quiero ocuparme de cosas que no tienen valor para mí de ningún modo”.9 Las consideraba accidentales, porque la historia progresaba según las leyes inexorables de las que él era una encarnación. Asimismo, la historia también era unode sus instrumentos de combate para ganar a seguidores que adoptaran sus posturas y directivas; las ideas eran parte de su arsenal contra sus antagonistas, quienes, al carecer de la amplitud de sus conocimientos e información sobre el mundo, recurrían a diatribas que él demolía con sutilezas, giros retóricos, referencias históricas y solipsismos.

Por más destacado personaje que fuera en su tiempo, pocos se acuerdan del maestro Vicente Lombardo Toledano, a pesar de las numerosas calles y escuelas que llevan su nombre. Sin embargo, la historia de su vida revela la abigarrada y contradictoria trayectoria del siglo XX, con huellas que permanecen en el mundo de hoy, aun después del ataque a las Torres Gemelas en Nueva York el 11 de septiembre de 2001 —que sobrepuso el terrorismo a las ideologías dominantes del siglo pasado.

En Combate: La vida de lombardo toledano

PARTE I

Cambio de épocas e ideas

México necesita de capitales extranjeros que no estarán seguramente dispuestos a invertirse en nuestro suelo si no es con amplias garantías de libertad [1919].1

La revolución social, iniciada en 1910, devuelve a la nación mexicana la ética de Cristo. Lucha por el advenimiento de un nuevo orden social basado en el amor a los hombres [1923].2

El proletariado mexicano hace veinte años se alzó a conquistar México. Nuestro anhelo profundo es contribuir, con el proletariado internacional, a la conquista de la Tierra [1929].3

En numerosas ocasiones he declarado que el verdadero gobierno de un país radica en su minoría culta [1931].4

En nombre de la Federación de Sindicatos Obreros del Distrito Federal, miembros de la CROM, vengo a protestar enérgicamente por la subsistencia del régimen burgués en el mundo y en México [1932].5

No hay sino dos únicas soluciones para el capitalismo, la una pasajera, la otra definitiva. La primera consiste en que la burguesía entregue al Estado la dirección de la riqueza pública, para salvar parte de ella por algún tiempo; la segunda es la desaparición de la propiedad privada por la fuerza de las masas y su concentración en el Estado presidido por los trabajadores [1932].6

Sé sobrio en todos los placeres. Los instintos son como los perros: se les puede educar para morder o para callar. Los revolucionarios deben vivir constantemente acuartelados en su interior, como los soldados listos para la acción inesperada [1934].7

En Combate: La vida de lombardo toledano

1

Familia

Vicente Lombardo Toledano era el tercero por la línea paterna en la descendencia de Vicentes. Tres hombres de tres generaciones, cuya fortuna comenzó cuando el abuelo había divisado la costa veracruzana en 1858 por primera vez. El legendario Vincenzo Lombardo Catti nació en 1836 en Settimo Torinese, a siete leguas romanas del ya laborioso Turín, en el norte de Italia. Por un espíritu de aventura, o quizá por necesidad, el veinteañero Vincenzo fue uno de los más de 200 emigrantes piamonteses, genoveses y lombardos que a su arribo se desengañaron de las promesas del gobierno de México para colonizar las tierras de Veracruz, pues ignoraban que habían llegado a un país en plena guerra civil y que las tierras ofrecidas eran estériles e infestadas de paludismo.1

El joven Vincenzo no se dejó abatir por las inclemencias del trópico ni por las adversidades del país. Junto con los compagni Montessoro, Gaia, Montini, Palavicini, Ricciardi y tantos más que dejaron su magra riqueza en el pago del viaje sin regreso, probó suerte en Papantla, Veracruz, como agricultor y fabricante de tejas y ladrillos, así como trabajando en la extracción del caucho en el recién fundado poblado Gutiérrez Zamora. De igual manera, se ganaba la vida adoquinando calles en la capital. Fue en Gutiérrez Zamora donde conoció a Marcelina Carpio, totonaca hidalguense de Tianguistengo, con la que sepultó fuera del matrimonio a dos hijos y bautizó a otros dos antes de mudarse a Teziutlán, en la sierra de Puebla, en 1881. Aunque la salida de la familia se vislumbraba como la búsqueda de mejores oportunidades, se rumoraba que Vincenzo huía de los caciques de Gutiérrez Zamora, quienes pusieron precio sobre su cabeza cuando desafió sus abusos y corrupción. La gente también se preguntaba si la familia se iba porque Luis Costa, el sobrino de Vincenzo, en la confusión de la noche y al acecho de los ladrones había matado a un vecino en su vainillar.2

El pueblo

Cualquiera que haya sido la causa de la partida, Teziutlán prometía ser el paraíso. Enclavado en las faldas de la sierra norte de Puebla que descienden del bosque hacia la planicie caliente de Veracruz, era notorio por su escabroso terreno y borrascoso clima. María Lombardo Toledano de Caso recuerda en una de sus novelas que “de buenas a primeras sopla el viento del norte, la neblina sube de las barrancas donde ha estado agazapada y, apelotonada como corderos en aprisco, espesa como vellones, penetra en los patios a través de las puertas y zaguanes; se cuela como intrusa para estar en todas partes y se establece por su cuenta días y días”.3 O como decía un refrán teziuteco, el año se componía de “tres meses de niebla, tres meses de lluvia, tres meses de lodo y tres meses de todo”.4

La naturaleza de la sierra era prodigiosa en la madera de sus bosques, poblados de oyameles, chicozapotes, ojanchos, madroños, liquidámbares, chijoles y jamalcuahuitles que hacían techos naturales con su generoso follaje. Los artesanos labraban objetos útiles que vendían cuando las lluvias no hacían inservibles los caminos. Los agricultores extraían vainilla, achotillo, caña y el añil de la tierra; también cultivaban el maíz y el frijol junto con el pasto para el ganado lanar, cabrío o vacuno. Con nostalgia los teziutecos que emigraron a la capital evocaban el murmullo de los arroyos y los ríos que serpenteaban las laderas de las colinas.5

Habitada por unas 11 000 almas de piadosos comerciantes, arrieros, agricultores y artesanos mestizos e indígenas totonacas, Teziutlán era tierra de patriarcas, tertulias pueblerinas, balcones, misas dominicales, donde las mujeres “con grandes sombreros adornados de plumas y listones, salían de la misa mayor y se dirigían al zócalo para dar vueltas y más vueltas, luciendo vaporosos trajes de sedas brillantes y ruidosas”.6

Vincenzo Lombardo llegó a Teziutlán en tiempos de paz antes de que el despertar del capital minero y el ferrocarril cambiaran el aspecto somnoliento del pueblo. Hombre de trabajo y de gozo, solía andar por la sierra de cazador y gambusino hasta que los pobladores le señalaron el lugar en el que brillaba la piedra. Allí dio con la veta madre de lo que sería la mina Aurora y las minas Ceres, Venus y Saturno. Encontró la fuente de su riqueza, pero al carecer de capital y del conocimiento para explotarla, se asoció con el estadounidense George Barron, quien contaba con el respaldo técnico y económico de otro paisano, Robert Safford Towne, para convertir la riqueza que yacía debajo de la tierra en fuente de aprovisionamiento para la familia, de dinero y de la buena vida.

Originario de Ohio, Safford era ingeniero y dueño de emporios mineros en San Luis Potosí, Chihuahua, Zacatecas y Nuevo León. Junto con Lombardo y Barron fundaron la Teziutlán Copper and Smelting Company en 1898. Se cercioraron de la calidad de sus productos, enviando a fundir tres furgones del mineral a Colorado. La toma de las muestras comprobó que el mineral de Aurora era de buena ley. Contenía plata, zinc y cobre, aunque nada de oro. Aún así valía la pena seguir invirtiendo. Instalaron un moderno malacate de un caballo de fuerza para la extracción del mineral y del agua, cabañas para los trabajadores, una sólida casa para el encargado de la mina y para los visitantes, y adquirieron una fundidora del mineral propulsada por energía eléctrica. El ferrocarril que estaba a dos leguas de Teziutlán transportaba los productos de la mina hacia Tecolutla, a un paso del puerto de Veracruz. El negocio era prometedor y alentó a los inversionistas a seguir inyectando capitales a la empresa.

Vincenzo Lombardo, además de accionista, fue nombrado miembro del consejo de administración de la compañía y su apoderado en Teziutlán. Con el tiempo, el advenedizo Lombardo alcanzaría la reputación de acaudalado al lado de los Zorilla, Machorro, Esperón y Alatriste, Hidalgo y Salazar hasta llegar a ser considerado como el hombre más rico de Teziutlán. Vincenzo estaba contento, pues el porvenir era halagador a juzgar por los jugosos dividendos del presente y por la idea generalizada de que con la riqueza oculta debajo de la superficie de la tierra se edificarían ciudades e imperios. Aun con la muerte del presidente Porfirio Díaz, las inversiones parecían estar a salvo.7

Vincenzo Lombardo y Marcelina Carpio contrajeron nupcias cuatro años más tarde de su llegada a Teziutlán y posterior al nacimiento de sus hijos Luis, Vicente, Alejandro y Pedro, e hijas Emilia, Marcelina y María. En una fotografía de la pareja Vincenzo luce barbita a manera del emperador Víctor Manuel II, junto a él Marcelina se ve menuda pero fuerte, con el grueso pelo trenzado, vestida de falda y con un delantal que cubre su pecho como si fueran las cananas cruzadas de una soldadera.

Los hijos

Quizá el más despierto de los hijos y con vocación de comerciante era Vicente, el predilecto de su padre, a quien confió el manejo de los negocios en Teziutlán cuando decidió regresar a su pueblo natal en Italia. Su esposa Marcelina permaneció en México. Vicente Lombardo Carpio, el segundo de los hijos vivos, nació en 1870 en Papantla. Como los demás, creció rodeado de la abundancia a la que lo acostumbró la riqueza de su padre. Pragmático y de visión simple del mundo, probó su mano como tenedor de libros, comisionista de productos de la región como raíz de zacatón, purga de Xalapa, chicle, hule, vainilla, café, tabaco, además de la venta de productos de la compañía de petróleo Waters Pierce; como nafta, cera parafina, aceites de semilla de algodón y lubricantes. Cuando Vicente Lombardo se hizo de capital propio, compró bienes raíces, los cuales más tarde vendió o rentó.8

A los 20 años se casó con Isabel Toledano Toledano, quien ostentaba raíces sefaraditas. Procrearon 10 hijos: Vicente, Luis, María, Margarita, Isabel segunda después de que falleciera la primera, Humberto, Guillermo, Elena y Aída. Llegado a los 30 años, Vicente Lombardo sintió la urgencia de salir del terruño paterno para conocer el gran mundo. Confió el poder a Luis Lombardo, su hermano mayor, para que atendiera sus negocios en Teziutlán y, como alguna vez lo afirmó en la primera de varias cartas que escribiera Vicente a su mujer, tomó el tren “con el Jesús en la boca por el tantas veces terrorífico vómito y aunque salí de Puebla limpio como una paloma, llegué en la noche a Veracruz más sucio e irritado que un arriero manzanero de Agosto”. El calor era infernal. Se bañó en el hotel y como lo explicara él mismo en esa carta enviada antes de zarpar en el vapor que lo llevaría a Nueva York vía Cuba con el estómago vacío, “tan grande fue el horror a la tierra y a la mugre que decidí mandarte la ropa sucia en un tenate y de hecho te la mandé por express, aunque estoy seguro que habían creído que era algo nuevo y de grata impresión”.9 Todo aquello no le impidió obtener el certificado de buena salud expedido por el cónsul americano.

El vapor soltó amarras y cruzó el golfo rumbo a la península yucateca. Tocó Progreso y siguió hacia La Habana. Lombardo bajó a tierra. Cuba, ocupada por los estadounidenses, se recuperaba de los combates de la guerra por la independencia de España de los que La Habana, de un cuarto de millón de habitantes, se salvó. Los estadounidenses emprendieron su modernización con agua entubada, canalización, teléfono y tranvías.10 Sus impresiones de La Habana en las cartas a Isabel registraron “buen movimiento comercial y carísimo todo”,

hermosas y bien alimentadas mulas de tiro, tiendas en la calle de Obispo más atractivas que en la Ciudad de México, mujeres graciosas y muy simpáticas […] de ojos más lindos que en ninguna parte, no pintados como en México, sino al puro natural y realmente graciosas muchachas; muchas he visto igualitas a ti de graciosas y simpáticas, pero no como estás ahora, sino como cuando yo te enamoraba.

Aunque, reparó, no todas las habaneras eran bellas, “pues las hay más horribles que un orangután y más negras que un charol y un hocico que es teorema geométrico definir su volumen”.11 Estas cartas, del provinciano con limitada sensibilidad, de cultura pueblerina y aires de grandeza, disimulaban su incapacidad de percepción de lo que encontraría en el camino. Influencia del Zodiaco sobre la vida humana era el libro que cargaba en la maleta con las constelaciones celestes como su guía.

Nueva York lo apabulló, “¡ah! es triste decirlo, pero aquello es horrible”, refiriéndose a México, “se ve el intelecto desarrollado con todo

su vigor no ya en las gentes, sino hasta en los animales”. Y el puente de Brooklyn, qué “obra colosal” con el tránsito de tranvías, caballos y carretones.12 Chicago, de más de millón y medio de habitantes, le impresionó por “un movimiento del demonio” y por ser “ciudad de trabajo solamente”, y Waukesha, un pueblo en Wisconsin conocido por sus aguas termales medicinales que le había recomendado su hermano Luis, le fastidió por “¡ver en este pueblito tanto cojo y tanta muleta y tanto calor!” Nueva Orleans, “bella y simpática ciudad”, fue su última parada antes de que a mitad de junio cruzara la frontera con México y vadeara los caminos hacia Puebla, pasando por las ciudades notables que le quedaban en ruta hacia casa, que ya no registró, porque aquélla fue la última carta.13 Lastimada por la primera carta, Isabel Toledano le quitaría la palabra por el resto de su vida, cuando años después se enteró de la existencia de su casa chica.

A su regreso a Teziutlán, Vicente Lombardo Carpio retomó los negocios propios y la administración de los bienes de su padre. A diferencia de la plata, el cobre tuvo un repunte espectacular entre 1900 y 1905 y la extracción y exportación de las minas aumentaron. La familia disfrutaba de la pujanza económica. Considerado hombre de bien, fue elegido presidente municipal del ayuntamiento teziuteco en 1905. Desde Settimo Torinese, tierra del padre, el panorama mexicano parecía inmejorable.

Vincenzo Lombardo era optimista sobre el futuro del país y la economía familiar. Sin querer dejar un vacío sobre su legado patriarcal, acudió a una academia de arte para que le modelaran su busto de barro, luego de yeso; pidió que se esculpiera en mármol y fundiera en bronce. Como era su deseo, el busto ha sobrevivido hasta hoy.

El primero en la línea de los Lombardo, Vincenzo Lombardo Catti, fue indulgente con Vicente y aplaudió los negocios que emprendiera, aunque no fueran los mejores, y toleró los gastos extravagantes. “Me dices que tuviste que hacer el viaje a México y Guadalajara a recibir la casa del ingeniero. Creo que es bien cómoda, lo único [malo es que] la de México es un poco cara, pero no le hace. En caso de venta no perderás el costo”, le escribió en 1906. Y cuando Lombardo compró un velero para poner proa en el exclusivo lugar de veraneo de la élite mexicana en el lago de Chapala, a varias millas distante de Guadalajara, el padre aplaudió la hazaña. “Me alegro que tu goces cuando puedas. Esa es la vida, no hay más que lo que le gusta a uno.”14 Padre e hijo se carteaban sobre los negocios, transferencias de dinero o propiedades adquiridas, rentadas o vendidas. Raras veces mencionaron a los hijos, a Marcelina su esposa que se quedó en Teziutlán, a las hijas y nietos. Ni al padre ni al hijo les pareció que hiciera falta ser cuidadosos con el dinero, pues “creo no habrá revoluciones en México, pero es siempre bueno ser precavido por si las dudas. Las ganancias y las pérdidas pueden ser completas”.15

Mes con mes, Lombardo Carpio enviaba a su padre cuentas puntuales de los negocios. En cambio, los otros hijos eran una calamidad para don Vincenzo, sobre todo Pedro y Alejandro. Las hijas también lo eran porque no supieron escoger bien a sus maridos. Pedro, el menor, eligió la Universidad Cornell en Ithaca para estudiar ingeniería civil. El padre pensaba que Pedro estaba perdiendo el tiempo y gastando la riqueza que producía la mina. El señor Barron administraba el dinero de la manutención de Pedro con astringencia. “La verdad, papacito, no sé si usted le ha dicho que no me de lo que yo necesite en mi carrera aquí o él de su propia cabeza ha sacado esto”, se quejó ante el desconfiado Vincenzo que le daba la razón al señor Barron y prevenía a Vicente: “No escuches las quejas de Pedro, porque me parece que está estudiando de hacer pendejo”. Pedro, de 24 años de edad, en realidad no quería estudiar ingeniería, hubiera preferido probar su suerte en California sin decir en qué, o regresar a casa, o hacer negocios, no tenía dinero ni idea clara de qué hacer con su vida. Se mandó a hacer trajes nuevos sin dinero y para pagarlos le pidió prestado a su hermano Vicente hasta que el padre se hartó: “No quiero usar a mis hijos de juguete ni ser juguete de ellos”.16

Alejandro era el otro caso perdido. Menor que Vicente, no se le daban los negocios. Se asoció con John o Juan Barron, hijo del socio de Vincenzo, quien carecía de la inteligencia de su padre. Don Vincenzo le prestó dinero a Alejandro para que no fuera ocioso: “Cómo me gusta que cada uno se haga su capital independiente, pero que sean libres y sepan conservarlo”.17 Juan Barron, además de ser yerno de don Vincenzo pues estaba casado con Emilia, su hija, en la opinión del suegro no sabía proveer una casa. Marcelina tampoco satisfizo a su padre; se casó con James Mister, a quien faltaba la capacidad de trabajo y la tenacidad, las varas con que se medía a los hombres.

Don Vincenzo volvió a México por penúltima vez en 1908 a heredar a sus hijos en vida para estar bien consigo mismo y con ellos. Los bienes se dividirían por mérito y no por número de herederos. A Luis y Vicente dejó las acciones de la mina Aurora “hoy que este negocio se encuentra ya bien desarrollado y encarrilado y deseando ya arreglar mis asuntos de una manera definitiva”. Le informó a la compañía Oil Fuels of Mexico, de la que era accionista, que otorgaría 50 acciones a cada uno, “pues si bien ustedes nunca me han insinuado nada y mucho menos me han manifestado deseos de ninguna naturaleza a este efecto, yo sí quiero cumplirles mi promesa de hace años sintiéndome tranquilo y satisfecho”.18

El testamento del septuagenario Vincenzo, mexicano por naturalización, reveló que además era padre de Delfina de Jesús Lombardo, hija natural de madre desconocida, casada, a la que no dejó dinero porque tenía bienes suficientes y le había ayudado en el pasado. Reveló también que Vincenzo era un hombre rico: era dueño de cuatro casas que adquirió durante su matrimonio con Marcelina en la Avenida Juárez de Teziutlán, una al lado de la otra. Dos casas pasaron en propiedad a su esposa y dos a sus hijos e hijas, incluyendo a Delfina. Los hijos varones recibieron más que las hijas. Luis, Vicente y Pedro fueron los herederos mayoritarios, aunque recibieron partes desiguales. Repartidos los bienes, Vincenzo seguía siendo, sólo de nombre, la cabeza y el cerebro de los negocios que los hijos respetaron, “teniendo en consideración el cariñoso afán y [la] acrisolada honradez que siempre les ha demostrado el señor padre, ninguno de dichos mandantes le exigirá cuentas del mandato a cuyo fin ha renunciado”.19 Vincenzo regresó a Italia en diciembre de 1908, optimista de que su sólida situación económica sería duradera.

Vicente Lombardo Carpio, de 38 años de edad, era la verdadera cabeza de los negocios de la familia, sin sospechar que la bonanza era efímera. Los desajustes económicos en el mercado de metales ocasionaron la baja del precio del cobre, por lo que para finales de 1908 la compañía suspendió el trabajo de fundición por incosteable. Los dividendos fueron depositados con irregularidad en la cuenta de los Lombardo en Nueva York. ¿Habría la compañía invertido en otra parte?, se preguntó Vincenzo. Empezó la incertidumbre. Juan Barron, al que Vicente Lombardo había alquilado el hotel de la propiedad de su padre para que lo trabaja-ra, dejó de pagar rentas. “Demuestra poca madre y poca vergüenza”, escribió desde Settimo Torinese el indignado Vincenzo, “creo que me calcula a mí su pendejo”.20 El año de 1909 fue el último periodo de sosiego y holgura para la familia. Sin anticipar el derrumbe de su mundo, Vicente llevó a la familia a pasar el fin de año a su casa a la orilla del lago Chapala a cazar patos.

Todavía a mediados de 1911 la compañía minera teziuteca envió desde Nueva York a Luis y Vicente 3 500 dólares y al padre 3 400 dólares, una suma mayúscula y quizá una de las últimas, si no la última. Los empresarios mineros estadounidenses asumieron cautela ante la revuelta en Puebla y en el país por la revolución que estalló, aunque todavía no se generalizó, y dejaron trabajar las minas a la mitad de su capacidad. Las líneas del ferrocarril fueron cortadas en algunos tramos y las embarcaciones del metal tuvieron que ser transportadas al puerto de Veracruz por rutas alternativas. Los precios bajos del metal y los impuestos promovidos por Estados Unidos se añadieron a los problemas de escasez de dinamita que su gobierno retuvo. Los empresarios mineros se quejaron de que, en lugar de trabajar, los obreros a los que el recientemente creado Departamento del Trabajo reconoció el derecho a sindicalizarse, discutían sobre la revolución. Algunos desertaron de los lugares de empleo para enrolarse como soldados.

Tras el fusilamiento del presidente Francisco I. Madero en febrero de 1913 aumentaron los asaltos, los secuestros y los asesinatos; los ferrocarriles dejaron de funcionar y varias minas cerraron. A falta de mantenimiento, algunas se inundaron, colapsaron o fueron destruidas por la venganza de los rebeldes cuando los administradores no querían llegar al precio exigido. Para salvar lo que se podía, corría un rumor, el administrador de una mina fundió el metal extraído en un lingote tan pesado que las mulas de los revolucionarios que lo robaron se desplomaron. Entre 1912 y 1916 la producción de cobre descendió drásticamente, mientras que los impuestos de pertenencia y de exportación se multiplicaron.21 El panorama para la familia se volvió sombrío.

A Vicente Lombardo Carpio no le importaba qué facción revolucionaria interrumpía la vida pacífica de la familia, de los negocios y la cacería. La capital parecía estar a salvo del bandidaje, de la leva, de la violencia y de la carencia de alimentos que azotaban a Puebla y a Teziutlán. Lombardo estaba pensando en mudarse. Además, la Ciudad de México ofrecía todavía algún entretenimiento. Esperanza Iris, la reina de la opereta, cantaba La viuda alegre y a raíz de la caída de la dictadura porfirista se escenificaba la parodia político-satírica El Tenorio maderista, que en la figura de Don Juan Tenorio vanaglorió a Francisco I. Madero en el Teatro Lírico hasta que también la revolución acabó con las zarzuelas, la comedia y las tandas.22

Por alguna razón, Vincenzo llegó a México en enero de 1912 en medio de convulsiones y conspiraciones políticas, que no parecieron afectarle. Se quedó en Teziutlán unas cuantas semanas. En marzo escribió desde Settimo Torinese contento porque el precio del cobre subió y la revolución en México era una oportunidad para deshacerse de los “bribones” que estorbaban el buen desarrollo del trabajo. Al igual que a su hijo Vicente, a Vincenzo no le preocupaba el bando al que pertenecían los revolucionarios. Como si las escaramuzas militares que vivían en Teziutlán y México no fueran un impedimento para una vida normal, Vincenzo estaba por enviarle a Luis, su hijo, dos perritos san bernardo, y a Vicente la ropa sastre de las telas que había seleccionado y el catálogo de los automóviles Fiat para que escogiera el modelo que más le gustara. La revolución tampoco fue un obstáculo para que Vicente Lombardo planeara comprar rifles de cacería en una armería londinense.23

Vicente Lombardo proveía a la familia de las rentas y quizá de la última remesa de los dividendos. Sin valorar la magnitud de la alteración de la vida en México entre 1911 y 1913, a Vincenzo no le gustó la política de cautela de la compañía para acrecentar el fondo de reserva a costa del reparto de las utilidades. En un castellano atropellado escribió a su hijo: “Lo que más me disgusta es que en Teziutlán haya todavía revolucionarios y que mortifiquen el ferrocarril, que no dejen en paz la fundición y que aumenten los dividendos que es el negocio nuestro que más urge para salir de todo atolladero, para estar esperando con paciencia lo que venga”. El abuelo dudaba de la buena fe de la compañía que debía tener dinero para pagar.24

Las incomodidades e inconvenientes causados por la revuelta, que eran cada vez mayores, culminaron con la interrupción de las salidas del tren de Teziutlán. De allí en adelante, el transporte de personas se llevaba en literas y a caballo hasta Perote y desde ahí por ferrocarril a Puebla y después a la capital. Mientras aumentaba la zozobra en el país, el desconsuelo de Vicente Lombardo era la falta de “seguridad para salir al campo” a cazar jabalís y venados en Teziutlán. Al perseguirse los ejércitos zapatistas y los carrancistas había ocasiones en las que ambos ejércitos demandaban rescate para dejar pasar a los viajeros, quienes llegaban a perder hasta las botas en el camino. En medio del conflicto, a Lombardo Carpio le preocupaban los perros que estaban ociosos: “No dejes de tener al corriente a los perros para que no se oxiden”, escribió a Julio, el mozo de su casa.25 Y en la ocasión que logró ir de cacería a Tulancingo, le tiró a un tigre sin matarlo: “No he dormido en tres días pensando nomás que se me pudo escapar tan lindo animal que hubiera sido la gran cosa haberlo traído aquí a México, pero en fin, ésa es la suerte”.26

El 1º de agosto de 1914 estalló la guerra en Europa. Esta vez Vincenzo sentía los pasos en su techado. El señor Barron dejó de enviarle dinero y aunque aparentaba que se había olvidado de él, eso no parecía importarle, de acuerdo con lo que escribió en su última carta. Los hijos le enviaban dinero y tenía suficiente para pasar bien el siguiente invierno y luego, seguramente, mejoraría la situación tanto en México como en Europa.27 Al día siguiente de escribir esta carta, el 1º de noviembre, Vincenzo Lombardo Catti murió.

La sierra de Puebla seguía siendo el escenario de repetidas incursiones zapatistas, acompañadas de otras de grupos indígenas locales, desalojados por los carrancistas. Las casas que los vecinos dejaron abandonadas para irse a la capital fueron ocupadas por los ejércitos, quienes al desocuparlas solían llevarse lo ajeno. Las haciendas en manos de los administradores fueron vaciadas del ganado. Juan Barron vio convertido el hotel que administraba en el cuartel del ejército. Con hasta 500 soldados y soldaderas, salvo un tal general Morales Carranza, ningún otro pagaba el alquiler. Los cuartos que ocupaban oficiales y soldados sufrieron los efectos del robo y la destrucción. Centinelas apostados a la puerta de la entrada ahuyentaban a la clientela.28

Con el amanecer del año de 1916 Vicente Lombardo Carpio confió en su hijo mayor:

Escribo hoy a primeras horas del día nuevo del novísimo año, mi primera carta. Todo el año pasado ha sido para mí más negro que todos los 300 000 infiernos por las mil y una penalidades que nos ha tenido la suerte separados y cortada la ruta de la vida o de la preparación para la vida de todos Uds que necesitan urgentemente alistarse para la lucha por esta vida que tanto defendemos y que no sé hasta dónde se pueda decir que valga la pena de tanto afán por ella.

Si alguna esperanza le quedaba, el presidente de la compañía minera la cortó. “Nadie está dispuesto a invertir un sólo dólar en México en este momento.” Sin otra alternativa, Lombardo empezó a vender sus propiedades para poder mantener a la familia hasta que no hubo nada que vender. Muerto don Vincenzo, salió a la luz que por lo menos en los últimos años de vida los hijos mantenían a su padre en Settimo Torinese no de los dividendos como le hacían creer, sino de préstamos. Sin más para vender, Lombardo Carpio utilizó las acciones depreciadas de las minas como moneda de cambio para comprar un inmueble en la colonia Roma, en cuyos 153 metros cuadrados apretujó a la familia que no dejaba de añorar su casa en Teziutlán, afamada de ser la más moderna en el pueblo, con una amplia terraza con vista a la barranca de Xoloco y con un gran salón de baile. La última desgracia y humillación que le ocurrieron a Vicente Lombardo de 50 años de edad fue tener que aceptar un empleo de burócrata de segunda en el gobierno de la Ciudad de México. Le producía tal fastidio ese trabajo que, al salir de la oficina, le confesó a su hijo Vicente: “ya no quiero hablar ni una palabra”.29

La familia estaba refugiada desde 1911 en la capital para protegerse de la revolución en Puebla. Los tiros sonaban lejos, aunque los ecos de la revolución en el norte y en el cercano sur llegaban amenazantes, hasta que a mediados de 1914 la ciudad fue ocupada. Las tropas de Venustiano Carranza, de Álvaro Obregón, los zapatistas y los villistas con sus generales al frente, conquistaban, perdían, abandonaban y reconquistaban las posiciones en la capital y ciudades aledañas. Los estragos de la guerra causaron una interminable zozobra en la población. Temor, odio, duda e incomprensión penetraron en sus casas. Cuando en diciembre de 1914 Emiliano Zapata y Francisco Villa se pararon en el balcón del Palacio Nacional para asistir al desfile de las tropas del Ejército Libertador del Sur y de la División del Norte, la sociedad capitalina tembló. Faltaba agua, alimentos y aumentaron los precios ante la escasez. Caballos y autos fueron confiscados. Noticias y rumores sobre los terrores de la revolución circulaban por toda la ciudad; se contaba la del francés Justino Morin, quien cuidaba la fábrica La Hormiga en Tizapán. Asesinado por los soldados yaqui de las fuerzas del general Álvaro Obregón, se decía que no sólo le robaron sus posesiones, sino que le rompieron un dedo para quitarle un anillo y desfiguraron su quijada para sacar el oro de sus dientes; luego lo mataron.30

Las molestias por las huelgas que se volvieron endémicas y que por temporadas suspendían los servicios de peluqueros, meseros, impresores y de los recolectores de basura se volvieron constantes.

Las comunicaciones en la ciudad se dificultaban. Los billetes en circulación se sumaban al caos económico; además de los billetes carrancistas y villistas, circulaban billetes falsos que obstaculizaban las transacciones comerciales. Los negocios y las empresas de todo tipo eran sujetos a extorsiones, lo cual hizo inviable su funcionamiento. Era imposible conseguir materias primas y transporte para moverlas sin pagar “mordidas” para que pasaran por los caminos inseguros. Los mendigos y los vagabundos estaban por doquier; la falta de higiene y de agua caliente provocaban enfermedades. Azotó la epidemia de la tifoidea y la influenza “que a más de cobrar un número considerable de víctimas, engendró el temor supersticioso de que aquélla era otra calamidad con que el cielo quería flagelar a los mexicanos por irracionales y turbulentos”.31 Por la incertidumbre y el alto costo de la vida en la ciudad, Vicente Lombardo mudó a la familia de regreso a Teziutlán en 1917.

Vicente Lombardo Toledano

El tercero en el linaje de los Vicentes nació en 1894 en Teziutlán, el pueblo serrano que tenía en su mapa mental toda la vida: las plantas, los árboles y los animales, así como el coto de caza y el campo político, pero también como un pueblo provinciano, era ignorante y folclórico. El recuerdo del pueblo que sobrevivió el paso del tiempo fue la llegada, año con año, de un payaso triste, una acróbata “de aspecto tolerable” y el globo aerostático de 10 metros que se elevaba con la esposa del dueño encima de la carpa destartalada del circo y la llevaba hasta donde el viento la depositara.32 Recordaba a los arrieros de la sierra que tocaban el organillo de boca, el cual quiso pero no pudo aprender. “Me sé de memoria no solo canciones sino sinfonías enteras y las sigo con gran precisión, y aún puedo advertir cualquier falla de un instrumento en medio de la orquesta”, pero el organillo de boca no se le dio. “¡Cómo envidiaba yo, cuando era muchacho, a los arrieros que recorrían las cuestas enlodadas de la sierra donde nací, arreando sus recuas y sacando del organillo con toda perfección la música popular!”33

Teziutlán le dio varios haberes para la vida. En el Liceo Teziuteco laico aprendió disciplina de su maestro Antonio Audirac, a quien otro teziuteco recordó como “un señor alto y barbado cuya mirada inteligente se asomaba a través de sus gafas ahumadas. Era severo y al mismo tiempo dulcemente paternal con sus discípulos”.34 Lombardo aprendió “sentencias morales, versos de José Rosas o frases célebres”, y taquigrafía que le sirvió más tarde para hacer glosas sobre las cartas que recibía sin que otros las entendieran. Las clases de historia patria eran un deleite “porque el maestro, sin hacer caso de los textos en uso, principalmente, el de don Justo Sierra, echaba mano a los recuerdos y a la tradición” de su padre, quien había inmigrado a México durante la intervención francesa y se sabía las batallas de entonces como si hubiera sido su testigo “y hubiera estado ahí con los personajes de la talla de Antonio López de Santa Anna, de Sebastián Lerdo de Tejada y de Porfirio Díaz”. Sus condiscípulos recordaban a Vicente como un alumno sobresaliente.35

La educación de los hijos pesaba en la mente de Vicente Lombardo desde antes de que estallara la revolución, pero una vez iniciada, mudar a la familia a la Ciudad de México se volvió apremiante también porque los colegios en Teziutlán le parecían malos. El abuelo estaba de acuerdo en que “en México puede que con el tiempo establecerán colegios útiles, pero es difícil que se quiten las costumbres frailescas que es la que le gustan a la mayor parte de las familias. Apruebo todo lo que hagas a favor de tus hijos para educarlos y sepan ganarse el pan honradamente y no sean pendejos”.36

Todos los hijos e hijas estaban en las escuelas de Teziutlán, pero para Vicente, su primer varón, el padre quería algo especial. El abuelo coincidió en que “ese chico tiene bien para todo”.37

En 1909, a la edad de 15 años, el padre lo instaló en la exclusiva Escuela Comercial Francesa, fundada en 1907 por el progenitor de la educación nacional, Justo Sierra, que en 1909 se volvió Internado Nacional en la Plaza Miravalle. Allí estudiaban los ricos de la provincia, mientras que los ricos de la capital como Alfonso Caso, su futuro condiscípulo y cuñado, estudiaban en el Colegio Mascarones de los jesuitas, que contaba con mejores instalaciones. Al año siguiente, Lombardo ingresó en la Escuela Nacional Preparatoria, aquella escuela “anárquica y aún pecaminosa”, nacionalista y xenófoba, según el otro alumno, Daniel Cosío Villegas, que hospedada en un edificio hermoso del Colegio de San Ildefonso estaba contigua a la librería Porrúa, que se volvió su prolongación para los estudiantes que gustaban de libros.38

Lombardo Toledano era alumno de la Escuela Nacional Preparatoria cuando Victoriano Huerta, el conspirador contra el presidente Madero, la militarizó. Si bien afuera de los muros de la preparatoria reinaba la violencia cometida por los esbirros de Huerta y las balas cruzadas entre los revolucionarios y sus contrincantes, y dentro de la escuela la oposición al usurpador de la presidencia por los preparatorianos, profesores y autoridades era débil, en la escuela se gestaban nuevos ideales. El maestro Antonio Caso, “orador brillante, expositor magistral y hombre de gran simpatía […] formaba nuestras ideas en las principales ramas del saber, casi sin darse cuenta de las consecuencias que la filosofía idealista-espiritualista que preconizaba, habrían de tener en la vida nuestra en cuanto dejáramos las aulas”. Pedro Henríquez Ureña, el Sócrates de la República Dominicana, enseñaba las novísimas tendencias de la literatura española y latinoamericana, contrariando las mohosas recetas para estudiarla en la más honda tradición humanista, “provocando nuestro interés por el contacto con las fuentes principales de la cultura y por el desarrollo y las perspectivas del conocimiento”. En la biblioteca del eminente ingeniero Agustín Aragón, en su casa de Santa María la Ribera, Lombardo Toledano descubría un mundo de saber que no conoció en la casa de su padre.39

El último día de clases, en octubre de 1913, designado para conducir la despedida del Colegio de San Ildefonso, Lombardo Toledano, de 19 años cumplidos, se dirigió a sus condiscípulos de la Escuela Nacional Preparatoria como si pronunciara el Sermón de la montaña. Les vaticinó que serían los futuros sabios y prohombres, los hombres perfectos o superhombres, que ocuparían un lugar privilegiado en la sociedad del porvenir. En el estilo rimbombante que lo caracterizaría toda la vida, les predicó sobre el arrojo y la esperanza, sobre el sacrificio para la redención de la raza y la divinización del hombre, e incitó a esos soldados de la humanidad, fuertes y grandes, a alabar la vida y a vitorear la libertad. Eran tiempos de festejo del cambio, de innovación de ideas y de fe en la regeneración espiritual. “LA JUVENTUD ACTUAL ES UN CADÁVER”, así en mayúsculas, que había que resucitar.40

Casi al mismo tiempo que el oprobioso dictador Huerta tomara el camino al exilio, Lombardo Toledano se matriculó en la Escuela de Jurisprudencia y en la Escuela de Altos Estudios de la Universidad Nacional de México. Los huertistas fueron expulsados y a la universidad regresaron los maderistas vueltos carrancistas. El nuevo proyecto académico tendía a eliminar el carácter elitista de la educación superior, asumir el bienestar de los pobres como un objetivo y colaborar con las nuevas autoridades judiciales. La universidad se cerraba y reabría de acuerdo con las disputas de las facciones revolucionarias por el control del gobierno en la capital que interrumpían el proceso de su renovación, suspendiendo los cursos y los exámenes.41

“La cultura de las humanidades” fue como Pedro Henríquez Ureña tituló en 1914 su discurso de inauguración del año escolar, unos meses antes de que abandonara el país. Al carecer de la frescura de miras de Lombardo Toledano, Henríquez Ureña estaba desanimado por “el pavoroso México”, cuyo gobierno “ha dejado de existir” junto con la propiedad privada, la existencia individual jurídica, los tribunales, el registro civil y por la destrucción. Se sentía rechazado por ser extranjero, distinto en su forma de ser y en el método de enseñanza humanística; por ser además un advenedizo frente a los viejos positivistas con costumbres arraigadas. “¿Qué surgirá de este extraño desastre? ¿Volverá a haber civilización en México?”, se preguntó. Recordó a la Escuela de Altos Estudios y su diletante inicio en 1909 que “en estos tiempos agitados, supo dar ejemplo de concordia y de reposo, porque el esfuerzo que aquí realiza es todo de desinterés y devoción por la cultura […] la única salvadora de los pueblos”.42 Lombardo Toledano fue uno de los atentos escuchas de su discurso.

El sabio

No fue sino hasta la promulgación de la Constitución de 1917, cuando México asumió la fisonomía de orden y el Estado sus funciones, que Lombardo Toledano empezó a reflexionar sobre la revolución y su propio papel en la “reconstrucción de la patria”.43 En su pensar se amalgamaron las lecciones de la moral pública de Antonio Caso y las lecciones de Henríquez Ureña sobre la cultura como el aglutinante social universal. Ni entonces ni después habló sobre la revolución armada de la que había sido testigo. Detestaba la anarquía personificada por Zapata y Villa. Después de todo, fueron los tiempos de la decadencia económica de su familia que afectaron el ánimo de su padre, mal preparado para vivir empobrecido y como un empleado menor. La cultura era un valor supremo y su propagación a los menos bienaventurados una obligación de los hombres de la buena fortuna y voluntad. La otra lección que recibió de su maestro Antonio Caso fue que el espiritualismo era el antídoto moral contra la corrupción gubernamental y contra los intereses egoístas. Inspirado en la moral cristiana, Lombardo Toledano y sus amigos de la Escuela de Jurisprudencia y de la Escuela de Altos Estudios, los “siete sabios”, como se conocía a Manuel Gómez Morin, Alberto Vázquez del Mercado, Antonio Castro Leal, Alfonso Caso, Teófilo Olea y Leyva, Jesús Moreno Vaca, fundaron la Sociedad de Conferencias y Conciertos en ocasión de las fiestas patrias de septiembre de 1916. Debía ser una versión actualizada de la creada en 1907 por los intelectuales del Ateneo de México.44 Su fin era difundir la cultura entre los estudiantes, los obreros y el público en general con conferencias sobre la doctrina socialista y sus posibilidades en México, la justicia, la democracia, la educación y los sindicatos, con música clásica, cuya ejecución en ese medio era novedosa y diletante. La Sociedad de Conferencias y Conciertos fue un fracaso económico, “pero ciertamente fue un ejemplo de fracaso con fruto copioso de estímulo cultural y de orientación universitaria que tanto se necesitaba […] cuando el impacto de la Revolución planteaba tantas nuevas incógnitas a México y a sus jóvenes”. Crear cultura era una manera de ayudar al gobierno que tenía problemas “pavorosos” de resolver para moralizar al pueblo y para “salvarlo”.45

Con el mismo fervor Lombardo Toledano participó en la revitalización de la Universidad Popular que, fundada en 1912 por el Ateneo de México, decayó en los siguientes años por falta de recursos. De vida ordenada y metódica, “estoy en mi casa de las 2 a las 4 p.m. o en la noche, como siempre”,46 asumió su secretaría y un austero pago. Con los magros medios organizó conciertos, conferencias sobre el arte, la estética y la moral social, una sobre “El arte de viajar” que impartió Manuel Gómez Morin, cursos de higiene sexual por el doctor Alfonso Pruneda y cursos de historia para obreros que incluían “El bolsheviquismo y la Revolución rusa” a cargo de Lombardo Toledano, quien no creía todavía en sus bondades. La situación económica de la Universidad Popular no recuperó los altos vuelos de sus inicios y hacia 1920 su vida expiró sin que murieran los fines que le habían dado origen: “convertir a los individuos en ciudadanos útiles para sí mismos y a la patria”.47

Lombardo Toledano se sentía unido al destino de México y del mundo, con el deber de participar en la cosa pública, aunque terminó sus años en la universidad con una visión abstracta y libresca. En ocasión de hablar ante un grupo de ferrocarrileros en 1918 carecía de un mensaje práctico que comunicar: “Señoras y señores, para obrar con frutos óptimos en la vida hay que tener el alma encendida de fe”, no de fe religiosa sino de fe en las instituciones “que representan nuestra tradición y nuestra sangre”. Su discurso, salpicado con nombres como Hegel, Carlyle, Taine, Emerson, Spencer, Schiller, distaba quizá de la realidad y las preocupaciones de los trabajadores, pero México, que vivía una “noche espiritual” de un pueblo sin educación y “sin remedio visible por ahora”, tenía la esperanza de un futuro basado en sacrificio, bondad y optimismo.48

En 1919 se graduó en la Escuela Nacional de Jurisprudencia de abogado con la tesis El derecho público y las nuevas corrientes filosóficas, un recorrido caleidoscópico de ideas de filósofos de los dos siglos anteriores y de sociólogos recientes. Señaló El manifiesto comunista de Karl Marx y Friedrich Engels como el documento más importante del siglo XIX, porque Antonio Caso así lo enseñó, sin haber invitado a los alumnos a leerlo. Del maremágnum de ideas que Lombardo Toledano estudió, hizo una síntesis todavía idealista del mundo. Las ideas engendraban movimientos sociales y los movimientos sociales engendraban nuevas ideas que los explicaban y preveían sus consecuencias. Su idea nodal, que no abandonó nunca, era la centralidad del Estado, que en su visión moralizante concibió como la escuela de la virtud con funciones terapéuticas para los males históricos de México.49 México tenía un nuevo orden jurídico, que debía asegurar que los capitales extranjeros recibieran buen trato, pues “no estarán seguramente dispuestos a invertirse en nuestro suelo si no es con amplias garantías de libertad”; a mayor justicia, mayor daño, citó a Cicerón, pues la aplicación de la ley al pie de la letra podía convertirse en una forma mayor de injusticia.50

De acuerdo con su visión del mundo, Lombardo Toledano arremetió contra el marxismo que engendró “un concepto falso sobre el valor del trabajo humano, cuyas consecuencias son el colectivismo sin freno, el fal-so sindicalismo, la ambición sin límites” en detrimento de “las normas éticas, las exigencias espirituales de la sociedad y la educación política, única base del edificio social”.51 Anticipó el surgimiento de un Estado a modo de la Grecia antigua como una “escuela de virtud […] que organiza las fuerzas reales de la sociedad […] que no promulga leyes sin arraigo en la conciencia pública”, procurando que el bien común no se opusiera al individuo, ni éste al Estado.52

Lombardo Toledano no había leído El capital de Marx cuando escribió su tesis. Influido por el humanismo, el liberalismo y el antimarxismo del maestro Caso, lo consideró como “colosal absurdo”, “razonamiento verdaderamente pueril” y la teoría de la plusvalía —el trabajo pagado por menos que el valor de las mercancías producidas por el mismo trabajo que enriquecía a la burguesía y alienaba al proletariado de su trabajo y de su humanidad—, como “suposiciones gratuitas”. El error de Marx era no tomar en cuenta el trabajo intelectual de la dirección del trabajo productivo en una empresa. No concebía que hubiera conflicto de intereses entre el empleador y el empleado, sino la necesidad de la maximización de la producción, uniendo capital y trabajo, dirección inteligente y fuerza física. Le mereció desdén esta pieza nodal del marxismo, “esta falsa teoría del trabajo no pagado […] con la que se ha excitado y sobreexcitado las pasiones obreras”.53

Los que conocieron a Lombardo Toledano en esos años recordaron “su conversación de saltarín salpicada de chistes ingeniosos […] chistes que tendían a rebajar la estatura de un personaje y la importancia de un hecho”. Alberto Vásquez del Mercado, el otro amigo “sabio”, lo caracterizó como hábil, ingenioso, agudo, amable, incisivo, a quien “le gustaba encontrar el lado flaco de las gentes y por allí las atacaba, pero con cordialidad”. Cosío Villegas evocó a un Lombardo Toledano como admirador de la naturaleza, aficionado a la cacería y a la arqueología.54

Después de graduarse como abogado y de obtener el grado de maestro en la Escuela de Altos Estudios, con diploma, toga y birrete, hizo lo que cualquier recién ungido abogado hubiera hecho. En la avenida 5 de Mayo del centro de la ciudad abrió un bufete jurídico y, aunque sabía que ser litigante no era su vocación, tenía que economizar. Tenía planes de casarse con Rosa María Otero Gama, de 20 años, potosina de nacimiento, proveniente de una familia insigne de médicos y su novia en la Escuela de Altos Estudios, donde estudió geografía sin titularse. Lombardo arrendó una casa en San Ángel por 80 pesos oro y en abril de 1921 se casó en el templo parroquial del Sagrado Corazón de Jesús en la colonia Juárez, ante un altar con cura, querubines y vírgenes como testigos celestiales.55 En la foto de la boda, probablemente coreografiada, los recién esposados miraban en direcciones distintas sin hacer contacto alguno; ella vestida de blanco vaporoso, de pie, con un tocado en el cabello; él, sentado, de traje oscuro, camisa blanca levantada de cuello y adornada por una corbata y un pañuelo asomándose discretamente del bolsillo del elegante saco.

En la elección de esposa, Lombardo reveló lo que debía ser la mujer en la sociedad y en la casa: mujer con estudios para lograr un nivel de independencia económica del hombre, o por lo menos poder ser independiente, y con la capacidad organizativa e imaginación para ordenar el hogar más allá del fogón. A los ojos de los demás, Rosa María cumpliría con las expectativas de Lombardo Toledano a la perfección. No se encerró en la jaula de lo doméstico, pero tampoco labró su propio destino. Dedicó la vida a la de su hombre, viviendo su destino. Lo cuidaba, lo alimentaba, lo protegía, era su inseparable acompañante en casi todos los viajes porque le servía también de secretaria. Fue la madre de sus tres hijas y cuando la economía familiar fallaba, complementaba el presupuesto con pequeños negocios como la cría de conejos, tejiendo suéteres o encuadernando libros. Él era la parte pensante, ella la parte operativa del equipo hasta parecer su extensión. Varias leyendas sobrevivieron a la vida de Vicente y Rosa María como pareja. Una de ellas fue que Rosa María le salvó la vida ante el inminente ataque de un hombre en un mitin de Tamaulipas al que detuvo; o que en un banquete se sirvió la comida de su esposo porque sospechaba que lo podían envenenar, cambiando un plato por el otro y “por poco y se muere”.56

La familia

La historia de la familia en estos años es nebulosa. En 1917 estaba de regreso en Teziutlán para ahorrar dinero del costo de la vida en la capital. El precio del cobre no se recuperó después de la revolución; la compañía vendió el que tenía almacenado y las acciones para mantener las minas funcionando. Vicente Lombardo quería vender sus acciones, pero no encontró compradores.57

Aunque ya no vivía con ellas, Lombardo Toledano se sentía responsable de sus hermanas —María, Margarita, Isabel, Elena y Aída, mujeres bellas y algunas talentosas— posiblemente porque su padre estaba hundido en la tristeza e Isabel, su madre, nunca desplegó cualidades de ser su consejera. Si se quería ser novio de alguna de ellas, había que pasar por la aprobación del hermano mayor. A sus hermanas, María, Margarita e Isabel, escribió:

El objeto que persigo al escribirles estas líneas es el de recordar a ustedes algunas ideas y algunas normas de conducta que me placería mucho que volvieran a su mente después de haber reflexionado sobre estas palabras […] yo no soy un hermano imbécil que padezca de celos irracionales ni un individuo torpe para contrariar los justos deseos de ustedes que bien pueden, tal es al menos mi deseo, acarrearles su felicidad. Pero la penosa situación por la que atravesamos, que ha hecho dividir a la familia, ha traído para todos muchos contratiempos, grandes amarguras entre ellas.

¿Por qué habría escrito la carta de buenos mores a sus hermanas como si las hubieran transgredido? Lombardo Toledano fue críptico en su reclamo, “desgraciadamente nosotros no hemos tenido la costumbre por herencia y por educación decirnos hasta nuestro último pensamiento”. No mencionó a nadie por nombre, pero debió haberse referido a las elecciones de novios de sus hermanas que probablemente causaron desavenencias que los padres no sabían cómo afrontar. Había que “hacer notar a los demás sus pasos poco afortunados” sin rencores ni prejuicios con afecto “como lo hago esta primera vez en mi vida”. Las hermanas sabían de qué hablaba. María, de 20 años, era novia de Alfonso Caso, amigo y condiscípulo de Vicente de la Escuela de Jurisprudencia. En 1918 Caso creía correcto avisarle de su enamoramiento y pedirle su anuencia: “He querido evitarte y evitarme un momento ridículo y molesto para ambos. He obrado bien. Si así lo crees, cuando llegues a la escuela no tienes más que saludarme y con esto me dará a entender que apruebas lo que he hecho”.58 Margarita estaba por casarse con Sidney Kilroe, un médico inglés casi 20 años mayor que ella y que a la postre resultó un sinvergüenza. No obstante la admonición del hermano, las hermanas se casaron con los novios que escogieron.59

Lombardo Toledano nunca reprochó a su padre el manejo del dinero o de los bienes, lo apoyó y escuchó sus consejos, aunque se conducía a su manera. No lo criticó a diferencia de sus hermanos y hermanas, a los que exigía que lo honraran aun cuando su casa chica y tres medios hermanos se volvieron un asunto embarazoso que separó a los padres para siempre. Quizá por obligación hacia el padre, Vicente y Humberto se responsabilizaron de sus medios hermanos cuando en 1927, con apenas 57 años de edad, Vicente Lombardo inesperadamente murió.

A los ojos de las hermanas, de los hermanos y de los padres, Vicente era un hombre excepcional en determinación, talento y éxitos. Qué contraste hacía con su hermano menor Guillermo, quien llegó a la vida adulta con el miedo de vivirla por “mi incapacidad intelectual”. En alguna ocasión Guillermo compartió las reminiscencias de la vida en familia con su hermano Humberto:

si tú recuerdas la educación que nosotros recibimos desde nuestra niñez, sin duda alguna saltarán a tu memoria los principios eminentemente egoístas que recibimos. Nuestra familia nunca estuvo ni ha estado unida por lazos de amor como tú citas en tu carta, al contrario: el vínculo espiritual fue nulo entre nosotros, puesto que en los años que llevo de vivir, no recuerdo ni un beso ni una caricia ni ningún otro detalle que haga suponer afecto, de mis padres ni de mis hermanos.

La familia estaba unida por sangre y conveniencia. Su socialización era “como de las hordas salvajes de la Tierra del Fuego”. Con dolor, Guillermo recordó al padre, un hombre inteligente pero inculto, cuya lección a sus hijos era que “cada quien se pone la corona que él mismo se labra”, exaltaba el valor del individuo y

se jactó de despreciar la humanidad. ¿Qué se podía esperar de nosotros? […] todos crecimos solos, tristes, faltos de ideales y de objeto, y odiando a la humanidad porque se nos enseñó que cada hombre era un enemigo […] Nuestro hermano Vicente, totalmente diferenciado de nosotros por su cultura y su talento, siguió su camino sin descender hasta nosotros, que continuamos desorientados.

No fue sino hasta que Guillermo se casara que pudo dar salida a sus angustias. “Entre nosotros ser sentimental, llorar, sufrir y comunicarnos nuestras penas, era un crimen imperdonable que se condenaba cruelmente con el ridículo.”60

Humberto resolvió su comparación con Vicente emulándolo y colaborando en los proyectos del hermano; en los años veinte, cuando era inspector de trabajo en Puebla, le proporcionaba información valiosa sobre las condiciones de los obreros en el estado, y colaboró con él en el campo político y en la propaganda ideológica. Humberto no tenía las puertas abiertas como su hermano. Después de cada episodio, que Vicente consideraba triunfo aunque hubiera perdido, el otro quedaba más pobre y triste que antes. En la campaña presidencial de Lombardo Toledano en 1952, que Humberto asumió como suya, empeñó y perdió su casa para subvencionar la cruzada de su hermano.61

Las hermanas eran esposas de fulano de tal, salvo María, quien hizo carrera de novelista al lado del arqueólogo Alfonso Caso, y Margarita, quien se dedicó a la diplomacia después de quedar sola con su hijo. Los otros hermanos no intentaron emular al hermano mayor e, igual que los tíos y las hermanas, buscaban en Vicente el conducto para conseguir un empleo y una vida mejor que no alcanzaban por mérito propio.

A diferencia de sus hermanos y hermanas, Vicente tenía la virtud de nunca caer en desazón, pues tenía una misión por cumplir en la vida. En ocasiones se hallaba en un callejón, cuya salida encontraba al escribir versos que le daban sosiego aunque carecieran de poesía; otras fuentes de paz las encontraba en los libros, en la conversación, en la cacería, en la clasificación taxonómica de las plantas y los árboles, en las visitas a los sitios arqueológicos, en los viajes por el país y el extranjero. Sólo el sueño de cazar elefantes en África no se le cumplió. Las excursiones al campo servían para cimentar la vida de familia con su esposa y más adelante con sus tres hijas. Ocasionalmente se unían algún hermano o hermana con sus familias. Más que amigos, Lombardo Toledano tenía admiradores, seguidores, compañeros, chofer de toda la vida, colaboradores y numerosos secretarios. Él solía ser el eje en torno al cual giraba la vida de los demás.

Vicente Lombardo Toledano —un hombre atractivo, delgado, de estatura media alta, de cabello ondulado sobre una cabeza ovalada, de ojos expresivos con un dejo de languidez montados en una cara siempre limpiamente afeitada, de manos finas, meticuloso en la selección de trajes de buena calidad y corte, de gustos exquisitos y del inseparable anillo de oro que adornaba su dedo anular—, salió de la adolescencia con una dote de bienes inmateriales que aun en la estrechez económica de los años posrevolucionarios le abrían el mundo de par en par. Tenía una fe inmensa en sí mismo y la disposición de poner sus bienes al servicio de una idea: forjar un nuevo mundo y al hombre que fuera su reflejo.

En Combate: La vida de lombardo toledano

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Saber y poder

Lombardo Toledano gustaba de frases grandilocuentes: “Para mí la década de los veintes ha sido, quizá, el periodo más importante de la vida contemporánea de México. Después del movimiento armado popular, como ocurre con las tempestades que llegan a la sublimidad, se apoderó del pueblo de México una gran euforia, una alegría de vivir inenarrable”.1 Pero esa visión idílica poco tuvo que ver con su experiencia de permanentes turbulencias personales y políticas, lo mismo que con la interminable zozobra del citado pueblo. El país emergía de los estragos de la revolución; su futuro se estaba moldeando en un presente de luchas violentas pueblerinas y nacionales por la conquista del poder que los nuevos mandarines arrebataron al antiguo régimen para después arrebatárselo entre ellos.

Renovación

La euforia y la alegría eran una visión no del imaginado pueblo sino de los pintores, de los escritores e intelectuales, así como de los maestros “misioneros”. Para todos ellos el México posrevolucionario abrió infinitas posibilidades de creación cultural y educativa. Hasta el severo crítico de la revolución, Pedro Henríquez Ureña, estaba de su lado. Tras siete años de vivir en Estados Unidos regresó a México en junio de 1921 y le gustó el país que encontró, “caí en el trabajo, sin otros descansos —si lo son— que los innumerables paseos y comidas con los amigos. La actividad es enorme; todo es mexicanismo, y todo está muy bien. La ciudad algo deteriorada, pero el espíritu bien”.2

Lombardo Toledano era el modelo de ese renovado espíritu creador. En búsqueda de un lugar propio en el nuevo mundo, serio y con un hondo sentido de responsabilidad, se sumergió en el torbellino de los acontecimientos. Su reputación de prudente y honesto le mereció varios puestos simultáneos en una ciudad que sufría de un desempleo crónico. Por un breve tiempo fue secretario de despacho en la Secretaría de Gobernación. Como funcionario del gobierno de la Ciudad de México hizo sus “pininos” en el reparto agrario con los campesinos de Iztapalapa, Xochimilco y pueblos aledaños a la capital. Siendo maestro de la Escuela Nacional Preparatoria dio clases de ética, que lo hacían cavilar sobre el eterno problema del bien y el mal y lo motivaron a elaborar un manual de pedagogía de la moral.3 Con el pintor Diego Rivera y otros amigos con los que había colaborado en la Universidad Popular y en la efímera Sociedad de Conferencias y Conciertos fundaron el Grupo Solidario con el Movimiento Obrero para seguir alentando la educación popular.

Entre 1919, cuando se tituló de abogado, y 1921, cuando tuvo la oportunidad de ejercer el poder en el gobierno de la ciudad capital, pasaron apenas dos años, pero fue el tiempo suficiente para transitar del cuestionamiento de la Constitución de 1917 a su adopción y ejercicio. El estudio de la jurisprudencia le enseñó que la misión del Estado era realizar el derecho “que no se tuerce ni a un lado ni a otro” y que el derecho protegía la personalidad de los hombres, uniéndolos en una interdependencia social. Sin embargo, le preocupaba que el derecho como un conjunto de normas no necesariamente coincidiera con la ética, que era “un juicio sobre el valor de la existencia” y que la realidad social y política del México posrevolucionario fuera tan abigarrada que el solo cumplimiento del derecho no aseguraba una existencia aceptable.4

En noviembre de 1921 Lombardo Toledano renunció al gobierno de la ciudad para hacerse cargo del departamento de bibliotecas de la Secretaría de Educación Pública y participar en la cruzada alfabetizadora de los pueblos y de las autoridades alejadas de la “civilización”, a la que el secretario José Vasconcelos convocó a la generación de los jóvenes intelectuales.5

Vasconcelos quería inundar el país de libros de literatura clásica y de folletos sobre manualidades prácticas; a veces él mismo repartía los libros en los pueblos. Lombardo Toledano arregló que la literatura se vendiera en los vagones de los trenes para educar “con el fin de disciplinar o dirigir la cultura del pueblo”.6 De igual manera, se encargó de la misión de enviar a los maestros ambulantes por el país y de establecer bibliotecas equipadas de ediciones de libros clásicos a la manera de la educación popular en la Unión Soviética e Italia.7 La educación era un apostolado.

Henríquez Ureña quedó impresionado por la laboriosidad del “muchacho de carácter, inteligente y activo, ex discípulo mío”. Lombardo Toledano era “uno de los hombres de más valer de México”.8 Tal era su reputación que el venerable maestro Antonio Caso lo recomendó con José Vasconcelos para el puesto de director de la Escuela Nacional Preparatoria en sustitución del ministro que ejercía el cargo. Vasconcelos estaría arrepentido de ese nombramiento por el resto de su vida.

El raquítico sueldo de 18 pesos diarios como director obligó a Lombardo a ocupar un departamento del edificio de la preparatoria que Vasconcelos le autorizó. “Y le dije al entregarle la escuela: ‘Le doy seis meses para que haga lo que quiera, pida los recursos que necesite y desarrolle su programa; confío en su éxito’.”9

Lombardo Toledano encontró la escuela hecha un caos. Los maestros chapados a la antigua faltaban a clases y los estudiantes terminaban su carrera sin haber pagado todas las materias. La pedagogía enciclopédica que la escuela impartía debía transformarse en enseñanza práctica. Frente a este panorama no tuvo más remedio que amonestar a los profesores. “Necesitamos obreros y a cada diploma de bachiller que se extienda esté usted seguro de ir acompañado de un diploma de maestro zapatero o carpintero”; el trabajo manual debía acompañar las materias teóricas y el número de materias debía reducirse para mejorar la calidad de las demás. Henríquez Ureña quedó asombrado. “Es de una energía extraordinaria, y es ya uno de los hombres necesarios en México […] Su acto más notorio, hasta ahora, en Preparatoria, ha sido imponer multas por faltas, y ya ningún profesor falta a clase.” Los profesores tenían que someterse a exámenes de oposición para ocupar una cátedra.10

En marzo de 1922 nació Rosa María, la primera hija de Lombardo Toledano y Rosa María Otero, y salió el primer opúsculo influyente del maestro. La escritora de cuentos Catherine Ann Porter calificó Ética como la muestra del renacimiento intelectual de México.11 La publicación, una exégesis de ideas teóricas de la ética y su aplicación a la moral, fue un gran acontecimiento para la familia. El padre, al que Lombardo Toledano dedicó el libro, estaba radiante por el éxito de su hijo, que contrastaba con su tristeza por la desgracia en la que se sumió la familia. Con nostalgia recordó a su padre Vincenzo, quien esperaba que fuera su hijo Pedro el que escribiera un libro, porque habría sido “la satisfacción más grande como uno de los triunfos del hombre en todas las actividades humanas que más gloria y brillo da la existencia”.12 El tío Luis recibió Ética con júbilo no por el contenido del libro, sino por la satisfacción que le significó a su sobrino.13

Ética, que fue pensado como un libro para la enseñanza de la moral en las escuelas, era más que eso. Impregnado de la ética cristiana, era una revisión de las corrientes filosóficas desde Aristóteles hasta Nietzsche, una reafirmación de lo que Lombardo Toledano creía sobre la voluntad, el deseo, el sufrimiento, vistos filosóficamente y como experiencia. “La verdadera vida no habrá de lograrse sino enfrentándose a la vida misma y venciéndola, no rehuyendo sus obstáculos: viviendo como lo hizo Cristo, hasta cambiar los signos de nuestras pasiones innobles y transformarlas en factores de creación noble y desinteresada.” La existencia humana era misteriosa, el espíritu inexplicable por la física y por las falsas teorías materialistas.14

Lombardo Toledano mantenía una relación cercana con Henríquez Ureña, aunque eran de cepas diferentes. Él militaba en la Confederación Regional Obrera Mexicana (CROM) y no le interesaba formar parte del selecto círculo literario que por iniciativa de Henríquez Ureña se reunía en el Café Tacuba, “que no es caro como El Globo y Sanborns, ni demasiado popular o ‘agachupinado’ ”, donde servían delicadezas mexicanas como chongos zamoranos, huevos reales o tamales delicados. Se reunía allí con el poeta nicaragüense Salomón de la Selva y con José Gorostiza, “el poeta más pulido de los jóvenes”, con Genaro Estrada y a veces con Vasconcelos; llegaban Eduardo Villaseñor y Daniel Cosío Villegas, quienes descollarían en la vida pública años después.15

La relación se estrechó cuando Pedro conoció a Isabel, la hermana de Vicente, en Chapala, donde la familia tenía un remanente de su antigua riqueza.16 Rayando los 40 años de edad, Henríquez Ureña regresó emocionado. “Es posible que ya sí me case”, confió en Alfonso Reyes,

la cosa tiene algo de locura, porque la chica es 19 años menor que yo; pero me gusta demasiado para dejar que eso sea una objeción. Se llama Isabel Lombardo Toledano […] tiene 21 años; es una de las muchachas más lindas de México; no tiene la cortedad de la altiplanicie, sino la vivacidad de quien nació camino de la tierra caliente, en las suaves nieblas de Teziutlán.17

Maestro y discípulo emparentaron en 1923 cuando Isabel se casó con Henríquez Ureña en una boda “escandalosamente” sencilla en el registro civil y con Pepe Vasconcelos de testigo, aunque sus relaciones se habían enturbiado. Los otros testigos de la boda fueron Antonio Caso, Xavier Icaza y Daniel Cosío Villegas, y los padrinos de la iglesia en San Cosme, sin adornos ni música, fueron Lombardo Toledano y Rosa María Otero.18

La fiesta en la casa de los padrinos fue animada hasta que a las cinco de la tarde los casados se despidieron y tomaron el tren a San Luis Potosí para observar el eclipse del sol. “Tres minutos y medio de oscuridad; sombra azul y horizontes de plata; golondrinas asustadas.” De San Luis se fueron a Ocotlán, en la ribera del lago Chapala, donde “conocí a Isabel” y desde donde, en tono contemplativo, Henríquez Ureña escribió: “El lago es triste, pero todo lago tranquiliza el paisaje y el espíritu”.19

Ruptura

La relación entre el director de la Escuela Preparatoria y el ministro estaba tensa. A Vasconcelos le irritaba el “obrerismo”, como llamaba a la política del director de acercar a los estudiantes con los obreros; “la Preparatoria comenzó a convertirse en centro de agitaciones”, dirigida desde la Confederación Regional Obrera Mexicana de la que Lombardo Toledano era un reciente recluta y en la que según Vasconcelos hacía méritos. “Impongan disciplina —mandaba yo a suplicar de cuando en cuando”,20 pues además de su militancia, la animadversión de algunos estudiantes hacia Lombardo Toledano convirtió la escuela en un campamento con todo y la explosión de cohetones que a cualquier hora profanaban el adusto edificio de la ilustración.21 Lo que más impacientaba a Vasconcelos, hombre fiel a Álvaro Obregón, esperanzado en que el presidente no viera con buenos ojos la ambición presidencial de su secretario de Gobernación, Plutarco Elías Calles, era que el director utilizara la escuela como un medio para promoverla.

La gota que derramó el vaso y la bilis de Vasconcelos fue un afiche estudiantil pegado en la pared de la escuela, una hoja “estridentista” que escandalizó también a algunos estudiantes por ser “un verdadero ultraje a la cultura y moralidad de un plantel educativo como la Escuela Nacional Preparatoria”, un pasquín sucio y libertino. Lombardo Toledano no se indignó por las alusiones del pegado a sus clases que en una parte decía: “En tus sonrisas hay dos tonos rojos de un espectro solar casi sonoro y en la cátedra clara de tus ojos ética azul y lógica de oro”. Vasconcelos había prohibido este tipo de expresiones, pero su ira y secuelas ligaron la broma estudiantil con la campaña de Lombardo Toledano y de algunos estudiantes a favor de Calles. El secretario expulsó a los firmantes de la hoja por ocho días, pasando por alto a las autoridades de la escuela, lo que enardeció a los preparatorianos.

Alebrestados por varios profesores, los alumnos “lanzaron contra mí cargos furibundos”. Vasconcelos los cesó también, porque “la bondad es debilidad” y no era “el momento de perdonar”, sino de imponer orden. Entre los expulsados estaba Alfonso Caso, hermano de Antonio Caso, rector de la Universidad Nacional de México y cuñado de Lombardo Toledano. Las expulsiones empeoraron el ambiente. Cuando Vasconcelos apareció en la escuela, se enfrentó a gritos de “¡abajo Vasconcelos!”, “¡muera!”, “¡mátenlo”, y cuando en medio de los gritos ordenó a los alumnos que regresaran a clases, despejaran el patio “o lo hago despejar”, siguieron los gritos y volaron las piedras. Vasconcelos, quien sabía que a los ojos de los estudiantes era un tirano, no negociaría. Si Lombardo Toledano quería “conquistar para el callismo las escuelas había fracasado”.22

Los indignados estudiantes pidieron a Vasconcelos que revocara las expulsiones y que Antonio Caso mediara en el conflicto. Caso no accedió, molesto por el cese de su hermano. El conflicto escaló y se armó un zafarrancho; intervino un policía agresivo que lastimó a varios estudiantes quienes respondieron con golpes, piedras y tiros. Lombardo Toledano renunció en agosto de 1923 con el escueto “no deseo más estar al frente de esta institución para la que se necesitan mayores cualidades de las que poseo, pero sobre todo porque no deseo seguir trabajando junto con una persona como el señor Secretario de Educación Pública con quien no he podido entenderme”.23

El presidente Obregón apoyó a su ministro de modo contundente, según Vasconcelos: “Disponga usted —me dijo sin vacilar— de toda la guarnición de la plaza si es necesaria para mantener el orden”. El secretario quedó satisfecho con el desenlace del conflicto, pues “mientras mandase Obregón, Lombardo Toledano estaba perdido”, aunque le dolió la renuncia de Antonio Caso a la rectoría de la universidad. “Él, Antonio Caso, no podía simpatizar con una banda de brutos como era la callista”, y le espetó que con la renuncia se ponía en su bando: “se quedará usted anulado si sigue a Lombardo Toledano; si sigue a su hermano”. Él siguió confiando en que el presidente Obregón no apoyara a Calles, “que abusaba de su cargo”, hasta que unos meses después cayó en la cuenta de que “era Obregón el que movía todo el tinglado” de la elección del secretario de Gobernación.24 Su relación con el presidente se dañó sin remedio.

Ya fuera de la escuela, Lombardo Toledano hizo un recuento de sus logros: defendió la libertad de cátedra como “uno de los aspectos más estimables de la garantía constitucional de la libertad de pensamiento”; criticó la “tiranía vergonzosa” del ministro de Educación, defendió el cambio del currículum docente que había introducido para hacerlo menos escolástico y más práctico, implantó la extensión universitaria y el servicio social de los estudiantes en las comunidades locales y obreras,lo que disgustó inclusive a algunos estudiantes. Fue a raíz de este conflicto que entre los alumnos circuló la petición por la autonomía universitaria para evitar la intromisión del Estado tal como acababa de suceder en la Escuela Nacional Preparatoria. Vasconcelos se opuso.25

Desde La Plata, Argentina, Henríquez Ureña, resentido con Méxicoy con Vasconcelos por no haber sido reconocido como se merecía, aplaudió “la furia con que [Vasconcelos] pidió educación para el pueblo”, pero su desgracia “fue que puso en su labor todo lo bueno y todo lo malo de su espíritu y de su cuerpo”. No se quiso rodear de gente seria, sino de aduladores que le obedecieran ciegamente y aguantaran sus groserías, como la “acción canallesca hacia Vicente”.26

En campaña

Lombardo Toledano quedó desempleado pero leía, escribía y tenía tiempo para dedicarse a la campaña presidencial de Calles, quien se presentó como el candidato de la clase trabajadora, y a la suya, para lanzarse al ruedo político como diputado federal por Teziutlán. Desde 1922 deseó la diputación; contaba con la autoridad entre sus amigos teziutecos que lo admiraban como el hijo prodigioso de su pueblo y seguían sus propuestas de alineaciones políticas como si hubieran salido de su soberana voluntad. Decía que era enemigo de los partidos políticos, “estas agrupaciones absurdas sin casta viviente y anónimas por su constitución y su finalidad”, vaticinó que desaparecerían y en su lugar surgirían “agrupaciones de hombres”. Él decidía sus plazos, de acuerdo con las circunstancias: “Si alguna vez he de ir a la Cámara de Diputados ha de ser gracias al apoyo libre, desinteresado y espontáneo de mi pueblo para cumplir mi propia visión social”.27

Palabras nobles que se estrellaron contra la cruda realidad del país y del terruño paterno en el que pululaban los nuevos y los viejos cacicazgos en pugna. Tenía rivales que intrigaban en su contra en el Partido Nacional Agrarista, afín al gobierno de Álvaro Obregón, y en el Partido Nacional Cooperatista, que tenía a su propio candidato. En 1920 Lombardo Toledano había apoyado al maestro teziuteco José Gálvez, quien se vanagloriaba de haber participado en la persecución de Carranza en aquel infausto mayo de 1920, que terminó con el asesinato del Primer Jefe de la revolución. Pero en las elecciones de 1922 Gálvez era su contrincante en representación del Partido Nacional Cooperatista, cuyos fines como la igualdad, la justicia y la ayuda recíproca eran inobjetables. No obstante su convicción apartidista, Lombardo se apoyó en el Partido Laborista Mexicano local que era el brazo político de la Confederación Regional Obrera Mexicana. En las elecciones de julio se declaró triunfador, pero la junta electoral a cargo de contar los votos otorgó la mayoría a Gálvez. Explicó su derrota por el temor de los cooperatistas que controlaban la Cámara de Diputados de que se convirtiera en el acérrimo crítico de ellos como los “bandoleros del poder público”.28 Perdió más bien porque los votos no se contaban y la correlación de fuerzas en la sierra no le favorecía.

Entretanto las aspiraciones de Gálvez crecieron y en las elecciones de 1924 quería postularse para gobernador de Puebla. En un viaje por la sierra para visitar las escuelas, Vasconcelos se dejó acompañar por Gálvez, tan adverso a la candidatura de Calles como el secretario. Para no dejar nada a la espontaneidad de los teziutecos, había que impedir que Gálvez aprovechara el viaje “para ejercitar represalias y dispensar favores”. Instruyó Lombardo Toledano a su amigo Florencio Cerda: “sería conveniente que el ayuntamiento de Teziutlán, si tú crees que es posible obtener el consentimiento discreto del presidente municipal, que me enviara un telegrama que te sugiero en seguida”. El telegrama debía mencionar a Vasconcelos cuáles eran las verdaderas necesidades de Teziutlán “para evitar que Gálvez siguiera solamente lo que a su interés político convenga”.29

Vasconcelos se deleitó del majestuoso paisaje de la sierra, saboreó el recién exprimido jugo de caña, admiró las orquídeas y las palmeras, pero no debió haberse tomado los problemas de la sierra demasiado en serio, pues comparó el olvido en el que se encontraba Puebla y la enemistad entre sus aldeas con las familias de Romeo y Julieta, los Montesco y los Capuleto.30 Y Gálvez no debió haber acumulado capital político en aquel viaje, pues apostó al lado perdedor en la ecuación del poder. El Partido Nacional Cooperatista vivía sus últimos suspiros.31

Mientras estaba en la campaña presidencial y en la suya, Lombardo Toledano fue nombrado regidor del ayuntamiento de la capital. El nombramiento entraba en vigor el 1º de enero de 1924 sin mayor protocolo, pues el gobierno de la capital estaba en manos de los laboristas convertidos, igual que él, en la base política del candidato Calles.32 Pero los acontecimientos se sucedieron en tropel y, antes de poder levantar las campañas, el general Guadalupe Sánchez, revolucionario de la vieja cepa, y Adolfo de la Huerta, quien aspiraba a la presidencia, se sublevaron contra el gobierno. En diciembre el asediado presidente Obregón maniobró en el Congreso para que Lombardo Toledano se encargara del gobierno de Puebla, cuyas autoridades estatales se unieron a los rebeldes. Calles estuvo complacido por el nombramiento, pues el poblano cuidaría uno de los flancos de su futuro que no estaba del todo seguro.

Desde el palacio de gobierno

Al hacer el balance de los haberes con los que contaba, Lombardo Toledano encontró una situación desoladora. El estado estaba en bancarrota y él, rodeado de intrigantes, no sabía con quién contaba. Los legisladores locales se declararon en rebeldía contra el gobierno, igual que los miembros del Tribunal Superior de Justicia y sus empleados. Para poder administrar el estado, buscó a los deudores del fisco y redujo los gastos de operación al mínimo, despidió a los empleados y cerró las oficinas salvo las escuelas. Sin muchas alternativas, ampliaba el plazo para el pago de los impuestos y sin éxito pedía préstamos a la federación. Si no hubiera sido por el pago anticipado del magnate estadounidense William Jenkins, el 1º de enero de 1924, hubiera habido 211 pesos en las arcas de la tesorería del estado. De esa suerte contaba con 1 700 pesos.33

El gobernador no podía cobrar los impuestos allí donde el territorio del estado estaba sustraído del control del gobierno y controlado por los rebeldes. Además de la falta de recursos, estaba en ascuas de información sobre lo que sucedía en el terreno militar. No sabía, por ejemplo, que las fuerzas que decían proteger el estado en realidad lo amagaban, ni tampoco que el presidente Obregón concibió una celada al enemigo, dejándolo entrar a Puebla, y una vez adentro lo destruyó para impedirle que avanzara sobre la capital del país.34

Las defensas sociales organizadas por los terratenientes o por los delahuertistas mantenían a las poblaciones en vilo. La agresividad de esas fuerzas, en parte agitadas desde la capital por los adversarios del gobernador, no podía ser detenida ni por la jefatura de operaciones militares ni por la Secretaría de Gobernación. En medio del caos administrativo y la incertidumbre política, cuando las gavillas armadas merodeaban por el estado y exigían de las oficinas públicas como correos, timbres, recaudación de rentas, los fondos que tuvieran, Lombardo Toledano se dio el tiempo para poner la primera piedra del museo de historia, arqueología y etnología de Puebla. Eran momentos difíciles y él no se separaba de su pistola automática que portaba al cincho en un estuche de cuero bordado.35

El gobernador administraba Puebla sin el Poder Judicial y sin el Legislativo que el gobierno federal había desconocido por delahuertistas. En varios pueblos no había autoridades y las oficinas del gobierno quedaron acéfalas cuando los ayuntamientos electos habían abandonado al gobierno. Cuando Lombardo Toledano las nombraba, las autoridades militares o la población del lugar las rechazaban. A menudo el gobernador daba posesión a concejales sin conocerlos, sin consultar a los pobladores del lugar y sin averiguar la probidad y la capacidad administrativa de las personas que sustituyeron a los concejales delahuertistas. Las controversias que surgían no se resolvían a falta del Poder Legislativo. Los inconformes iban a la capital, se quejaban con el presidente o con el secretario de Gobernación de que el gobernador violaba el voto popular. En consecuencia, también en la capital del país se anidaba animadversión hacia el gobernador, estimulada por los diputados poblanos que no veían con buenos ojos que Lombardo Toledano gobernara su estado con los militantes de la CROM. Se rumoraba que no sería Calles sino Vasconcelos el candidato presidencial, lo que ayudó a debilitar al gobernador. Su timorato o precavido padre le recomendó que renunciara para que con su cultura y prestigio no lo trataran “como a cualquier cabr

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