
UN PROLOGUCHO
Pinche Frank Zappa. Además de ser un músico genial, lanzaba frases —o flechas envenenadas— que daban directo en el blanco. Hay una que es lapidaria y que se ha repetido hasta el cansancio. Se articuló durante una entrevista con el Toronto Star en 1977: “El periodismo de rock es gente que no sabe escribir entrevistando a gente que no sabe hablar para gente que no sabe leer”. Pum. Y sin embargo, con perdón de los devotos zappianos, se equivocó rotundamente al hacer esa generalización. Quizá defender a algunos músicos como a otros tantos lectores esté difícil, pero sin duda sí ha escrito del rock gente que sabe hacerlo, y no se puede ofrecer mejor prueba que el libro que tienen en sus manos.
El legado de José Agustín no depende de lo que ha escrito de rock. Su nombre está inscrito en el Partenón de la Literatura Mexicana (a falta de un mejor nombre) gracias a otras cosas: sus novelas, sus cuentos, sus guiones, sus tragicomedias, su biografía. Sin embargo, sus textos musicales no sólo son un componente fundamental de su obra y de su personaje, sino que además se sostienen por sí mismos. Es decir, no estamos ante el pasatiempo o el proyecto alterno de un narrador y ensayista consagrado al que hay que acercarse con condescendencia o precaución, al que hay que tolerar por su currículo. Al contrario, ésta es una colección de textos tan sabrosa como valiosa, que tiene vida propia y que además ha resistido estoicamente el paso de los años sin arrugarse. Casi todo lo que contiene este libro sigue siendo relevante.
José Agustín es rock. También es roquero, que no es lo mismo. Nunca oculta cuánto le entusiasma y le inspira el rock, ha sido meticuloso documentándolo, conoce su origen, su historia, sus consecuencias y sus efectos, pero más que eso, José Agustín es una de las más notables manifestaciones del rock mexicano, probablemente mucho más potente y más significativa que buena parte de las bandas que han surgido en este país. Para aterrizar con mayor claridad esta idea voy a recurrir a un párrafo de otro escritor, Juan Villoro, que a pesar de haberlo leído cuando yo era un adolescente fácilmente impresionable, no ha dejado de rondarme ni de sorprenderme por su puntualidad. Viene en Tiempo transcurrido, la colección de relatos en los que la música popular es protagonista e hilo conductor. Esto está tomado del que llama “1984”:
En una clase que parecía destinada a producir ingenieros de la escritura (Taller de Lectura y Redacción Documental I) recibió la encomienda de leer De perfil, de José Agustín. Entonces se dio cuenta de que en México los escritores habían tratado de sustituir a los rocanroleros. En Inglaterra no había un Ray Davies de la escritura porque ahí estaban los Kinks para dar cuenta de la mitología juvenil. En México, trescientas páginas de irreverencia equivalían a un concierto en un estadio.
Su máquina de escribir convertida en un legítimo sustituto de la guitarra eléctrica. Literatura rebelde, distorsionada, amplificada, cuarteando la rigidez de la época en la que empezó a publicar, que nunca dejó de estar en franco enfrentamiento con las figuras de autoridad y expresar insatisfacción con el sistema. El espacio que en otros países correspondía a los músicos y compositores de la contracultura (que en México sufrían del acoso de los guardianes del orden y las buenas costumbres, o de la indiferencia del público, o de su propia falta de imaginación, o de las tres cosas al mismo tiempo) aquí lo ocupaba la literatura de José Agustín.
Decir que antes de José Agustín no había críticos de rock en México es abrir una puerta a controversias agotadoras, aunque algunas fuentes así lo confirman, entre ellas el buen ex Botello de Jerez Sergio Arau, que es casi su contemporáneo. En realidad es lo de menos, pues todos sabemos lo que dijo el arriero: que no hay que llegar primero, sino hay que saber llegar. Se inició con una columna para el periódico El día en 1967. Poco tiempo después apareció un libro dedicado enteramente a esta faceta, La nueva música clásica. Vinieron colaboraciones para revistas como La piedra rodante y La mosca, y para suplementos culturales, así como muchos otros libros en los que confirmó su dedicación y su afecto por ésta y otras músicas: Contra la corriente, El hotel de los corazones solitarios, La contracultura en México: la historia y el significado de los rebeldes sin causa, los jipitecas, los punks y las bandas, Los grandes discos de rock: 1951–1975, La ventana indiscreta: rock, cine y literatura y La casa del sol naciente (de rock y otras rolas).
La crítica musical de José Agustín goza de algunas virtudes esenciales: su conocimiento de la música, de su contexto, de sus creadores; su uso irreverente del lenguaje y su sentido del humor. No es pichicato con los chistes. Por ejemplo, hablando de “A whole lotta shakin’ goin’ on” del locuaz Jerry Lee Lewis: “una rola que en Mexicalpán se conoció como ‘El baile está de ambiente’ y que en realidad debió titularse ‘Aquí hay un meneadero de su pinche madre’ ”.
A eso habría de sumar la inteligencia con la que se expresa y los recursos que tiene para describir lo que ve y sobre todo lo que escucha. Y siempre evita caer en los pantanosos terrenos del esnobismo innecesario en el que están sumidos muchos críticos actuales, empoderados por toda la información que vomita el internet y la posibilidad de cargar con toda la historia de la música en el bolsillo de su pantalón. También se agradece que eluda esa prosa barroquísima —a veces cómica involuntariamente— que se ha vuelto recurso de críticos desesperados por hacerse los interesantes.
Este libro es un recorrido por poco más de cincuenta años de melomanía y, en menor medida, de devoción al cine. Empieza en los inocentones conjuntos de doo wop de los años 50 y termina en la sofisticada electrónica bajacaliforniana de Murcof. Habla con la misma autoridad del blues que del hip hop. Es, por fortuna, tan fluyente describiendo los pormenores técnicos de un disco como explicando el contexto social y cultural que lo engendra. Hace una parada obligada en el blues que puede servir como una buena ventana para los no iniciados. Se mete a profundidad en la carrera (y la discografía) de Dylan. No esconde la admiración que siente por él y por su obra, exalta su rol histórico y las rutas inéditas que recorrió, pero también puede ser ácidamente inmisericorde ante los actos más cuestionables del cantautor y ahora premio Nobel: “Después desconcertó al personal cuando le cantó a Juan Pablo II en El Vaticano. El polaco y senil papa Natas estaba durmiéndose de lo más chabocho en su trono paparruchal, pero el chaparrito de Minnesota no lo dejó. ‘Ey, pinche vetarro, no se duerma’, le dijo”. Se confiesa estonsómano y dice haberse quedado estupendejo con sus primeros discos. Se nota y se agradece. Encontrarán en estas páginas una de las mejores guías para sortear con buena fortuna la discografía de las Piedras.
Hay escalas en todos los obvios: Leonard Cohen, The Beatles, The Doors o The Who. Pero también da giros inesperados, poniendo reflectores en artistas más bien de culto o que no siempre son considerados parte del canon rocanrolero, como el gran cantante pakistaní Nusrat Fateh Ali Khan, el DJ Shadow o el virtuoso Ry Cooder.
Su visión del rock mexicano, aunque parcial y ruda (sobre todo con los más poperos), no tiene desperdicio. Sus apuntes acerca de Avándaro, aunque breves, son invaluables para entender el festival. Con el Tri es generoso, pero sin perder la objetividad; exalta su rol fundamental en la historia del rock de México y se expresa de Alex Lora y canchanchanes con cierto afecto pero no sin reconocer sus baches. Su conocimiento de Rodrigo González (Rockdrigo) es profundo y la emoción que le provoca es contagiosa. Después de leerlo dan ganas de salir corriendo a escuchar las canciones del profeta del nopal. Con Javier Bátiz es generoso al hablar de su talento e intenta explicar algo que muchos no entendemos: porqué su trascendencia no fue proporcional a su habilidad como guitarrista.
Hagamos de éste un prologucho sin spoilers y mejor dejemos hasta ahí los ejemplos. Entren. Gocen su lenguaje vivaracho. Su pasión por las cosas de las que habla. Denle la razón o enójense cuando no la tenga. En gustos se rompen caras. Conozcan la vida, la dieta cultural, los gustos, debilidades y perversiones de uno de los emblemas y grandes arquitectos de nuestra contracultura. Ya está.
RULO DAVID
EL HOTEL DE LOS CORAZONES SOLITARIOS
A Margarita,
a Pedro Moreno,
a Juan Villoro
y a Luis Humberto Crosstwaithe
Hail hail rock and roll
Deliver me from the days of old
Long live rock and roll
The spirit is there, body and soul
CHUCK BERRY, “School days”

MÚSICA NEGRA
El doo wop
En 1955, cuando yo era un enano de once años, pegó duro una canción que se llamaba “Sh-boom”; la interpretaban unos tipejos llamados The Crew Cuts (los Casquetes Cortos) y me llamó la atención el uso de frases sin sentido, onomatopéyicas o meramente relajientas, como “sha-la-la-língam-a-língam-a-língam-a-língam lam, a-bum-bará, a-bíbiri-bíbiri-bíbiri-bum-bará”. Pero algo no encajaba. Como que unos cuates que se llamaban los Casquetes Cortos nomás no podían cotorrear esas loqueras. Más adelante me enteré de que en realidad estos fresotas estaban blanqueando una célebre canción de negros, específicamente de un grupo llamado The Chords, que le entraba a un tipo de rhythm and blues cotorrísimo llamado doo wop. Se trataba un flagrante caso más de cómo la racista industria gringa de la música hacía que inanes chavos blancos edulcoraran y desnaturalizaran comercialmente las grasosas y pesadas canciones de los negros.
Por su parte, el doo wop era una forma de rhythm and blues, basado en el uso de coros muy elaborados que iban desde los tonos agudísimos hasta el infaltable bajo profundo. Todo esto venía de una de las especialidades de los negros: cantar en grupo a capella, sin acompañamiento, lo cual obligaba a tener voces irreprochables y a recurrir a una gran diversidad de matices tonales. Estos chavos eran pobres y no tenían para comprar instrumentos, así es que se reunían en las esquinas y cantaban a pelo, por el puro gusto de hacerlo, sin esperar nada. Agrégale a esto, mi buen, el relajo y el humor de los chabacanos y el resultado eran canciones que podían ser muy alegres, divertidas y movidas, o ultrarrománticas y melancólicas, como las insuperables “I only have eyes for you”, de The Flamingos, y “Since I don’t have you”, de The Skyliners, que, nada pendejo, George Lucas rescató en su peliculón American grafitti. (Otras rolazas del mismo calibre son “Sea of love”, de Phil Philips and The Twilights, y “Once in a while”, de The Chimes).
Muchas rolas del doo wop con el tiempo resultaron legendarias y hubo muestras geniales como “Come and go with me”, de The Del-Vikings (en la que el superbajo se la pasa diciendo “no, no, no” y luego “sí, sí, sí”, mientras los demás cantan “dam-dam-dam-dam-dam-birubiram, gua-gua-gua-guao”); “Get a job”, de The Silhouettes (con los famosísimos e inspirados versos “shanana-na, shananana-ná”, que diez años después propició la creación del grupo Shanana, el cual la hizo muy bien en el festival de Woodstock); o como las clásicas “The book of love”, de los Monotones; “Little darling”, de The Diamonds, y “At the hop”, de los blancos pero efectivos Danny and The Juniors. Todos estos son rocanrolazos de la primera época que se encuentran fácilmente en las incontables recopilaciones de viejitas-pero-chabochas, alias oldies but goodies, aunque hay antologías de puro doo wop, que incluyen “Sincerely”, de The Moonglows; “Sixteen candles”, de The Crests; o la sebosísima “Goodnight sweetheart goodnight”, de The Spaniels, cuyos coros ricos en bajos hacen creer que los canta un grupo de cocker spaniels; o “Duke of Earl”, inconcebible y esotérico rolón de Gene Chandler; “Alley oop”, de The Hollywood Argyles, basada en Trucutú, el cavernario de las tiras cómicas; “Little star”, de The Elegants, un arreglo de la célebre canción infantil; “Sixty minute man”, de The Dominoes, acerca del cuate que mínimo aguantaba una hora al coger; o “Speedo”, de The Cadillacs, que era muy rápido para llevar a las chavas al colchón.
Estrictamente hablando, el doo wop no es un género en sí y más bien se trata de un estilo que resultó influyentísimo, pues los coros duwopianos o las frases locas y sin sentido se oyen en The Platters, The Coasters, Elvis Presley (con los Jordanaires), Ricardito, Big Bopper, Frankie Lymon, Dion y muchos más. Fue tan popular que, unos años después, el buen Frank Zappa, con las Madres de la Invención, no resistió parodiar-homenajear al doo wop en su disco Flying with Ruben and The Jets. También lo hicieron, y muy bien, The Fugs en su canción “Wet dreams”, del gran álbum Tenderness junction.
Blues, rhythm and blues y derivados
Por su parte, el blues es una música primaria, básica, creada por los negros del sur de Estados Unidos desde el siglo pasado como cantos de lamentación. Expresa fundamental y esencialmente un sentimiento de dolor, tristeza y melancolía que los negros padecieron como nadie pero que, también, los gringos en general conocen bien, chance como complejo de culpa que compensa su acelere y extraversión; sin embargo, el blues también admite la expresión de todas las gamas del amor, el gozo y la vitalidad, ya que a fin de cuentas es una expresión artística muy personal.
El gran blues surgió del delta del Mississippi y Nueva Orleans, y dio a músicos legendarios como Robert Johnson, Lightin’ Hopkins, Charley Patton o Big Bill Broonzy. En los años cuarenta se desplazó a Chicago, donde Muddy Waters, Jimmy Reed, Willie Dixon, John Lee Hooker, Howlin’ Wolf y Elmore James (al igual que B. B. King en Memphis y T. Bone Walker en Texas) cambiaron el formato tradicional y utilizaron guitarras eléctricas, armónicas amplificadas, bajo, piano y batería. Ésta fue una revolución; representó una influencia decisiva en el rock posterior a los años sesenta y permitió que el blues desde entonces se siguiera desarrollando notablemente bien, sin envejecer para nada, con otros músicos como Buddy Guy, Robert Craig o Stevie Ray Vaughan. En México, los grandes grupos blueseros han sido Real del Catorce y Follaje, pero la influencia del blues fue muy notable en muchos otros, como Javier Bátiz, el Tri y Tex Tex.
Por su parte, el rhythm and blues, blues con ritmo o R&B, es un producto de jóvenes negros de las grandes ciudades gringas y manifiesta la cara festiva del blues, pues está lleno de vitalidad, humor y sensualidad. Para fines prácticos esta música ya es rocanrol, pues el disc jockey Alan Freed así le llamaba a los discos de R&B (que nadie más que él se atrevía a programar) para camuflar esa cosa de negros que los blancos consideraban indecente y que llamaban “música racial”.
La verdad es que rock and roll (“mecerse y rodar”) era un eufemismo que los negros utilizaban para referirse a esa vieja y noble actividad humana que es hacer el amor (también conocida como coger, joder, chingar, zingar, tirar, follar, atornillar, picar, bombear, echar, ponchar, raspar, fajar, cabalgar, montar, pisar, machucar, enchufar, clavar, taladrar y “movimiento austriaco”). No extraña, por tanto, que la sensualidad (y el cuerpo en general) esté muy ligada al rock.
Como se sabe, rock y sexo son cosas que van bien juntas. En los antediluvianos años cincuenta y sesenta, a pesar de la persinadez de la época, el buen rocanrol tomó al sexo por asalto. El ejemplo lo pusieron los negros del blues: Howlin’ Wolf y “Wang bang doodle”, que se refiere al que les platiqué; o Jimmy Reed, con “Namás quiero hacer el amor contigo”, que en el nombre lleva la fama; o Muddy Waters, el Juchi Cuchi, que a todas dejaba satisfechas. Algunos chavos blancos también le entraron al cotorreo; Jerry Lee Lewis escandalizó al respetable con una rola que en Mexicalpán se conoció como “El baile está de ambiente” y que en realidad debió titularse “Aquí hay un meneadero de su pinche madre” (“A whole lotta shakin’ goin’ on”). Elvis, además de ofender a los mochilas con sus oscilaciones de cadera (Elvis the Pelvis), se vio muy pujiento en “Fiebre”, y no se sabía si se estaba viniendo o si traía un pedo atravesado. Por supuesto, las cachondas y electrizantes notas de “Be bop a lula”, de Gene Vincent, fueron colchón para dos que trescientas chaquetas y otros tantos e intensos fajes. Además, por ahí andaba el pobre pendejo de “Siluetas”, que alucinaba a su novia fajando con otro; y el que de plano se la voló fue el loco de Keith Moon con “Sally puerta trasera” o “Sally chicuelinas”, que, entre otras cosas, decía: “Sally, ábreme la puerta de atrás, no dejes que me haga justicia por mi propia mano”. Esta canción, a propósito, es el precedente de “El hombre de la puerta trasera”, de los Doors (of cors), que también prefería coger por Detroit. En cuanto a chaquetas, están las de los Who en “Retratos de Lili”, en la que un papá le da a su hijo una vieja foto de un cuero para que se haga una chaira y se duerma en paz. Ha de haber sido el mismo papá de aquella otra rola de los Who que no podía dormir en toda la noche a causa de “La caja que aprieta” que tenía mamá. Pero, antes, los Fugs, que en realidad eran los Fucks, emitieron sus “Sueños húmedos”, y Jefferson Airplane salió con “Triada”, en la que Grace Slick propone el menachatruá o cogida entre tres. Una genial, aunque ya de 1972, es “¿Con quién está haciendo el amor tu ruca mientras tú haces el amor?” (“Who’s making love [with your old lady while you’re out makin’ love?]”), de Johnny Taylor, que a su vez anticipa “¿En quién estás pensando cuando hacemos el amor?”, de los Texas Tornados, o la sensacional “Tu jefa”, de David Lindley, en la que un chavo primero le dice a su mejor amigo que le gusta mucho su mamá, y después, de plano, que ya se la está ponchando. Ya metidos en estos esotéricos temas, de ninguna manera hay que olvidar a Manchuria en Deveras me atrapaste: “Yo todo lo que quiero es rocanrolear contigo, y al terminar la fiesta ir a coger contigo”.
El rhythm and blues es tan amplio que muchos lo definen como “música pop negra”, y en él se puede incluir a muchos rockers de la primera época, blancos o negros, como Elvis, Jerry Lee, Ricardito, Chuck Berry, Ray Charles, Buddy Holly, Gene Vincent, Ritchie Valens, Frankie Lymon, Frankie Ford, Phil Philips, Eddie Cochran, Buster Brown, The Coasters, The Platters, The Del-Vikings, The Dominoes, The Flamingos, The Skyliners, The Marvels, The Drifters, The Chimes, The Diamonds, The Silhouettes, The Crests, The Spaniels, The Elegants y muchos otros. Sin embargo, hay músicos que de alguna manera representan la quintaesencia, como Fats Domino (“Blueberry hill”), Bo Diddley (“Bo Diddley”), Lloyd Price (“Lawdy Miss Clawdy”), Big Mama Thornton (“Hound dog”), Etta James (“Tell mama”), Mr. Blue Harris (“Good rockin’ tonight”), Big Joe Turner (“Shake, rattle and roll”) o Ben E. King (“Stand by me”).
Ya en los sesenta el R&B primero se convirtió en música para bailar, muy comercial pero llena de sabor. El twist, madison, stomp, bongo, jerk, mashed potatoes, bird, fly, swim, skate, etcétera, en realidad eran rolas de R&B que se bailaban con distintos pasos y que cantaban artistas como Chubby Checker, Hank Ballard y Ernie K. Doe. También surgió el sonido Tamla/Motown de Detroit, igualmente comercial y mucho menos espontáneo, con The Supremes, The Four Tops, Martha and the Vandellas, The Ronnettes, The Crystals, Marvin Gaye, The Temptations y muchos más.
Por otra parte, desde los sesenta, James Brown introdujo el funk, una música muy bailable de escasa melodía pero rica en síncopas, ritmo y estridencia, y a fines de la década vino el soul, la más viva, brillante, creativa y sabrosa música negra de los sesenta, que incorporó el sentimiento religioso y que tuvo como grandes exponentes a Aretha Franklin, Otis Redding, Wilson Pickett, Booker T. and The MGs, Ike and Tina Turner, Percy Sledge, Carla Thomas, Aaron Neville, Junior Walker and The All Stars, Gladys Knight and The Pips y Sam and Dave, muchas veces acompañados por los músicos de los estudios Stax/Atlantic, que después formaron parte de The Blues Brothers Band, con el gran John Bellushi.
Ya en los setenta, la cada vez más sonsa música disco causó furor y el funk se fue para arriba con Sly and the Family Stone, The Bar Keys y Parliament/Funkadelic, mientras que el reggae de los negros jamaiquinos, con Jimmy Cliff y Bob Marley a la cabeza, influenció fuertemente a los grupos punk y new wave, como The Clash o The Police. A fines de los ochenta llegó fuertísimo el rap y el hip-hop, cuyos antecedentes se hallaban en el talkin’ blues, el toasting de Jamaica y la música disco. En el rap los vocalistas canturrean, con rimas, las canciones. Más tarde, se procedió a citar, o editar, fragmentos de otras rolas, a hacer pistas dobles para repetir frases, ponerlas al revés o para sacarlas de su contexto. Esto es, propiamente, el hip-hop. Los autores más notables de este popular subgénero han sido Grandmaster Flash, The Furious Five, Afrika Bambaataa, Sugar Hill Gang, Public Enemy, Funky Four plus One, The Beastie Boys, Trouble Funk, Hammer y De la Soul.
Sin embargo, el R&B original, el de los años cincuenta, alcanzó un alto prestigio entre los blancos, como lo mostraron el éxito de George Thorogood and the Destroyers y las películas The blues brothers, de John Landis, y la de Alan Parker, The commitments, basada en la novela del irlandés Roddy Doyle. Por esta razón los arqueólogos del rock han excavado materiales prácticamente desconocidos y sensacionales, como la antología Chess New Orleans, que apareció en 1998.
En 1953, el productor Leonard Chess, de Chess Records (que lanzó en Chicago a Chuck Berry, Bo Diddley y Muddy Waters) viajó a Nueva Orleans (la cuna de Fats Domino, Lloyd Price, Little Richard, los hermanos Neville y Larry Williams), y abrió ahí una filial de Chess Records, que grabó rolas excepcionales de Sugar Boy Crawford (“Overboard”), Bobby Charles (“See you later alligator”, después popularizada por Bill Haley y los Cometas), el genial Clifton Chenier (“My soul”), Charles Williams (“So glad she’s mine”), Clarence Frogman Henry (“Ain’t got no home”) y Edgar Blanchard (“Lawdy mama”), entre otros negros de Nueva Orleans de los años cincuenta. Casi todos estos músicos sólo tenían prestigio local y a lo mucho una que otra de sus canciones merecía un éxito ocasional. Pero eran verdaderos Van Goghs del rhythm and blues y ofrecían un auténtico agasajo musical que inyectaba al alma de buena onda y gusto por la vida. Esto no es retórica, mi buen, sino que ha sido definido operacionalmente. En 1999, mi carnal Pedro Moreno y yo viajamos por el desierto de Coahuila en pos de los estromatolitos de Cuatro Ciénagas, y este gran R&B de Nueva Orleans nos instaló en el gozo total. Es una música capaz de borrarle la depresión a los más azotados del mundo, hecha con gran talento y maestría, pero también por el simple gusto de hacerse, sin falsas pretensiones ni ornamentos innecesarios. Este R&B de Nueva Orleans es puro en el mejor sentido de la palabra.

ELVIS PRESLEY
Como se sabe, hay un Elvis chingoncísimo, el primero, que era experto en la música de los negros, blues y rhythm and blues, pero también en la gran tradición ranchona que incluía el rock-a-billy; el primer blanco que cantaba como negro, el que causó sensación en sus giras de 1955, el que cantaba con los Jordanaires, el tololochista Bill Black y el requinto Scotty Moore; el rocancanrolero bello y carismático, el que meneaba las nalgas y la pelvis o se sacudía intensamente con espasmos cortos y rápidos, el que escandalizó a los vetarros del alma, gringos y mexicanos; el santo patrón de los rebeldes sin causa, el que hacía covers geniales de Big Mama Thornton (“Hound dog”), Mr. Blue Harris (“Good rockin’ tonight”), Big Joe Turner (“Shake, rattle and roll”), Lloyd Price (“Lawdy Miss Clawdy”) o Carl Perkins (“Blue suede shoes”); el que se reventaba rolas de Jerry Leiber y Mike Stoller; el de canciones de títulos antológicos como “Se me olvidó acordarme de olvidar” y “Yo quedo, tú tienes razón, ella se fue” (o “Yo a la izquierda, tú a la derecha, ella se fue/I’m left, you’re right, she’s gone”); el que se reventó rolones que son la pura neta, como “That’s all-right”, “Mystery train”, “My baby left me”, “I was the one”, “One-sided love affair”, “Money honey”, “Baby, let’s play house”, “Baby I don’t care”, “I’m counting on you”, “Milkcow blues”, “Trying to get to you”, “Heartbreak hotel”, “All shook up”, “Love me”, “Playing to keeps”, “I want you, I need you, I love you”, “Don’t”, “A fool such as I”, “Don’t leave me now”, “Reconsider, baby”, “I wanna be free”, “Trouble”, “One night”, “Wear my ring around your neck”, y “Suspicious minds”; el que se mató y se convirtió en un gran mito cultural.
También hay un Elvis muy jodido, el que surgió cuando el ejército le cortó la greña en 1958, el que no se defendió de los asesina-almas de la industria, el de los inanes churros hollywoodenses, el que se convirtió en el Panzón que Canta en Las Vegas, el que se parecía a Tom Jones, el que se reventó “Guadalajara”, “La paloma” y “O sole mio”; el que sólo grabó una rola buena en más de diez años, el que olvidó versos de “Are you lonesome tonight” y los suplió con trompetillas, el campeón del patetismo que dado a la madre cantó “My way”, el voyerista de clóset que se atacaba de pastas chafas, el que se mató y acabó como ídolo de yupis babosos.

LOS ROLLING STONES
Por qué me pasan los Rolling Stones
Desde 1964, al filo de los veinte años, empecé a oír a las Piedrucas Rodantes a través de su disco The Rolling Stones. Desde el nombre me habían interesado, pues me pasaba horrores el elefantiásico blues de Muddy Waters del mismo título y además no ignoraba que “la piedra que rueda no hace moho”, lo cual representa espíritus libres, alivianados, como el buen Dean Moriarty de En el camino, la gran novela de Jack Kerouac. Desde el principio los Stones me cayeron de poca madre por gruesos. Cámara con el disquito: era puro rocanrol (pero me gustaba) y muy buen rhythm and blues. Definitivamente era un grupo negro, que podía reventarse covers de rolones como “Little by little” o “Walking the dog”. Nomás había que oírlos para darse cuenta de que eran unos cabrones pachequérrimos, aunque la portada del disco los quisiera vender como muy monines, al estilo de los Beatles, los cuales, por cierto, sonaban fresísimas después de oír a las Piedras (como ya se sabe, cuando los Beatles pedían “quiero estrechar tu mano”, los Stones decían “yo lo único que quiero es hacer el amor contigo”).
Todo me parecía sensacional en ellos: la voz negroide, sensual y relajienta de Mick Jagger, las segundas y los requintos blueseros de Keith Richards, los riquísimos lireos de Brian Jones, el bajo, muy cool pero súper efectivo, de Billy Wyman y los batacazos secos y mecos de Charlie Watts. Por otra parte, admiraba el hecho de que los Rolling Stones era el único grupo que podía darse el lujo de utilizar dos requintos, pues Brian Jones (como después Mick Taylor y Ron Wood) podía tocar tan bien como Richards. Además, era gente que disfrutaba su trabajo porque, profesionalmente, seguía su llamado esencial y hacía lo que le correspondía, sin ser marionetas de otros, a pesar de que, al principio, su productor Andrew Loog Oldham se esforzaba, sin lograrlo, por manejarlos como objetos de consumo.
Por esas fechas vi una película cotorrona, The T.A.M.I. show, en la que salían Donovan, los Animales con Eric Burdon y Alan Price, pero fundamentalmente los Rolling Stones, con todo el carisma de Jagger, quien, por cierto, en aquellas épocas no saltaba como Jumpin’ Jack Flash sino que se quedaba más bien tranquilen en medio de rocanrolones huracanados. Era claro que pertenecían a una estirpe aparte; eran de la estatura de Bob Dylan y de la misma onda de Van Morrison y los Them, y de Eric Burdon y los Animales, otros grandes eruditos del blues y la onda prieta. Por eso podían echarse esos covers cojonudos o tocar en la mejor onda de Bo Diddley o Jimmy Reed. No paraba de oírlos, porque nunca un grupo me había gustado tanto, y lamentaba que casi nadie los conociera; por eso me hice gran cuaderno de Parménides García Saldaña, quien también era estonsómano.
El primer disco me parecía sensacional, de esos raros debuts que se dan muy pocas veces, como el de Procol Harum o el de Led Zeppelin. Y a partir de ahí le llegué a sus discos tan pronto salieron, primero 12x5 y The fucking stones now. Estos tres son del 64 y componen el primer ciclo de estos maestros, en el que predomina el blues, el rhythm and blues y hay chorros de covers. En 1965 salió Out of our heads, casi al mismo tiempo de Highway 61 revisited, de Dylan, y ambos álbumes me dejaron estupendejo. El de los Stones traía “Satisfaction”, ciertamente una rola fundadora y seminal, porque concentra la esencia de la contracultura, el espíritu de aquellos que no pueden integrarse al sistema porque su naturaleza se lo impide. El cuarto disco de los Stones, por otra parte, es muy diferente a los tres primeros; cierra un ciclo y abre otro, e indica la voluntad de renovación del quinteto, que nunca se ha estancado en una onda por muy afortunada que sea. Por tanto, se puede hablar de distintos momentos creativos y estilísticos de los Stones: 1964/65, 66/69, 71/79, 81/85 y el de los noventa.
Nunca dejé de oír con gran gusto y atención a las Piedras Rodantes. Durante mucho tiempo fue mi grupo favorito, por encima de todos, y prácticamente todos sus discos me gustaron, en especial Aftermath, Beggars’ Banquet, Let it bleed, Sticky fingers, It’s only rock and roll, Some girls, Tattoo you y Voodoo lounge. Los Stones, porque fueron fieles a sí mismos, lograron rebasar la muerte de Brian Jones, los peligros del súper estrellato, del dinero y la crisis de los setenta, cuando muchos de los grandes grupos sesenteros tronaron horrible; curiosamente, la crisis les llegó en los años ochenta, cuando perdieron la brújula, entraron en las guerras de ego y estuvieron a punto de irse a la goma. Sin embargo, contra todos los pronósticos, regresaron en los noventa más viejos, pero más fuertes y más sabios. Después de Steel wheels nos dieron un súper disco, Voodoo lounge, y en 1997 nos ofrecieron Puentes a Babilonia, que, si bien no es tan chingón como el anterior, está bastante bien. Los críticos, que son unos ojetes, dijeron que era un disco “fatal” y yo casi se los creí. Pero, de pronto, me sorprendí oyendo el nuevo disco a cada rato, lo cual, para mí, sigue siendo una buena definición operacional de mis gustos. Ahora, que soy veterano de las guerras síquicas, ya no soy fan, ya no siento el brío con que admiraba a los Rolling Stones en los sesenta, pero los aprecio y los admiro más, porque sé por experiencia cuán difícil es conservarse fiel a uno mismo y, como dice el I ching, saber cambiar sin perder la naturaleza esencial.
Los discos imprescindibles de los Rolling Stones
Como está canijo determinar los discos de los Rolling Stones que a huevo hay que tener si se quiere circular por la vida sin sobresaltos, me veré precisado a revisar la discografía del grupo y a eliminar para llegar a la mera neta.
Habrá que empezar por descartar 12x5 (1964) y The Rolling Stones now (1965), porque son secuelas del primer álbum, con todo y sus rolones como “It’s all over now”, “Down home girl” y “Pain in my heart”; e igualmente December’s children (1966), aunque me gusta horrores (ah, ahí vienen “I’m free”, “The blue turns to gray” y “The singer not the song”). Asimismo, con dolor de coraza echo pa fuera Aftermath (1966), un disco mítico para mí que trae “Paint it black”, “Lady Jane”, “Under my thumb” y “Goin’ home”. Por otra parte, Between the buttons (que tiene “Ruby Tuesday”, “Let’s spend the night together” y “Who’s been sleeping here”) y Their satanic majesties request (con “She’s a rainbow” y “2000 light years from home”), ambos de 1967, salen más fácil por transicionales, pero me cuesta sangre eliminar Flowers (1967), con sus baladas bellísimas (“Backstreet girl”, “Out of time”) y sus ondas raras pero efectivas (“Ride on baby”, “Sittin on a fence”).
Ya picado, sacamos Goats head soup (1973), a pesar de “Silver train”, “Angie” y “Winter”; pero me duele descartar It’s Only Rock and Roll (1974), que trae “If you can’t rock me”, “Time waits for no one” y la alucinante “If you ever want to be my friend”. También hay que darle cuello a Black and blue (1976), con “Memory motel” y “Fool to cry”, al igual que Some girls (1978), uno de los que más me gustan por su pesadez y ojetez (chequen “When the whips comes down”, “Some girls” y “Shattered”). Pira igualmente Emotional rescue (1980), con todo y el rolón del mismo título.
Eso sí, no cuesta mandar a la goma a Undercover of night (1983) y Dirty work (1985) porque son los más pinches de las Piedras (aunque ahí están “Tie you up” y “Harlem shuffle”). Por último, se van a la pescuezona Steel wheels (1991) y Bridges to Babylon (1997). Y también van pajuárez los discos en vivo: Got live if you want it! (1965), Getyer yaya’s out (1969), Love you live (1977), Still life (1983), Flashpoint (1992) y No security (1998), el seudo desenchufado Stripped (1995), que es un ondón, y el genial Rock’n roll circus (1968-1996), al igual que las incontables antologías y recopilaciones: Big hits (1966), el octagonal Through the past, darkly (1969), Hot rocks (1971), More hot rocks (1972), Made in the shade (1975), Sucking in the seventies (1981), Rewind (1984) y The singles collection (1989), sin contar las piratas.
Por tanto, me quedo con ocho (8) discos absolutamente imprescindibles de las Piedras Rodantes. Primero, el primero (The Rolling Stones, 1964), uno de los discos-debut más sensacionales de todos los tiempos, fresquísimo y explosivo, que contiene ya toda la onda stoniana: rocanrol duro y vital (“Little by little”, “Walking the dog”), blues (“I just wanna make love to you”), rhythm and blues (“Monna”, con saludos a Bo Diddley) y baladas cojonudas (“Honest I do”). También hay un fuerte humor y cachondez (“I’m a king bee”) y un rico instrumental (“Now I’ve got a witness”). Predominan los covers, pero ahí están ya las primeras rolas originales de Jagger y Richards (“Tell me”). Después viene Out of our heads (1965), porque, aunque aún hay grandes covers (“Cry to me”, “Mercy mercy”, “That’s how strong my love is”), ahora predominan las creacionazas originales: “The last time”, “Play with fire”, la increíble, gandalla y huevona “The spider and the fly” y “Satisfaction”, rola seminal que, con razón, las encuestas han considerado como el máximo rock de todos los tiempos. Éste es el disco que consolida al grupo y que representa la base de todo lo posterior. También es el primero que, vía “Satisfaction”, le da alcances míticos.
Beggar’s banquet (1968) y Let it bleed (1969) son obras maestras, artísticas y viscerales, la pura esencia del rock. Junto con Sticky fingers (1971) y Exile on main street (1972) forman el momento más elevado del grupo. El Banquete es más pesado, con “Simpathy for the devil”, “Parachute woman”, “Jigsaw puzzle”, “Street fightin’ man” (con marimbas) y “Stray cat blues”, pero tiene joyas como “No expectations” y “Salt of the earth”. Es también la obra de mayores contenidos sociales y arquetípicos. Por su parte, Let it bleed, con su portada de creación-y-destrucción, refina al disco anterior. “Gimme shelter” es un himno, solemne, puro y duro (chequen el güiro); y “Midnight rambler”, un emblema de la macicez; “Let it bleed” anticipa los horrores que vendrían y “You can’t always get what you want”, como “A day in the life”, es una de las cumbres musicales del rock, auténticas bodas del cielo y el infierno.
Sticky fingers conserva el tono, el espíritu y la calidad de los dos anteriores, pero es menos hermético y a la vez denota un nuevo cambio. La pesadez está en “Brown sugar” y “Bitch”, lo refinado en “Wild horses”, lo atávico en “I got the blues” y los niveles magistrales en “Sister Morphine” y “Moonlight mile”. En “Can’t you hear me knocking” el grupo demuestra su capacidad mimética que lo ha hecho reproducir otros estilos fácilmente, como los de Chuck Berry, Jimmy Reed, Bo Diddley, los Beatles y Santana, en este caso, a quien le dan diez y las malas. Por último, Exile on Main Street (1972) es un disco insólito, fértil, riquísimo en matices, el más “personal” y menos contaminado. Hay de todo, y en grande: rocanrolones (“Casino boogie”, “Ventilator blues”, “Stop breaking down”, “Tumblin’ dice” y “Let it loose”), grandes rancheras (“Sweet Virginia”, “Torn and frayed”, “Sweet black angel”), virulencia total (“Turd on the run”, que podría traducirse como “Cerote que huye”) y rituales místico-blueseros (“I just want to see his face”).
Por último, Tattoo you (1981) y Voodoo lounge (1995) tienen grandes conexiones, pues en el primero surge un nuevo matiz estilístico que madura en el segundo. Como en Flowers, Goats head soup y Black and blue, que son discos antecesores, abundan las grandes baladas: “Worried about you”, “Waiting on a friend” (Tattoo); “The worst”, “New faces”, “Out of tears” (Voodoo). También destaca la conquista de nuevos espacios: atmósferas tropicalosas (“Slave”, “Tops”, “Heaven”) en Tattoo you; o las texmex (“Sweethearts together”, con el acordeón del Flaco Jiménez) y la introspección y severidad (“Thru and thru”) en Voodoo lounge. Por supuesto, hay rocanrol del mejor: “Hang fire”, “Start me up” (Tattoo); y las pesadísimas “Love is strong”, “You got me rocking” y “I go wild” (Voodoo). En ambos también hay muy sabroso rhythm and blues: “Black limousine” en el primero y “Brand new car” en el segundo. Estos discos, por otra parte, corresponden a la entrada de los Rolling Stones en la cuarentena y cincuentena, lo cual no ha extinguido el vigor y el desmadre.
