Una oveja negra al poder

Ernesto Tulbovitz
Andrés Danza

Fragmento

El predicador laico

El predicador laico

Esa mañana en la chacra de Rincón del Cerro fue distinta a todas las anteriores. Difícil. Dolorosa. Se estaba muriendo y lo sabía. Lo asumía como otro hecho irrefutable de la naturaleza, como lo hacen los “bichos del monte”, algo que nos había repetido más de una vez casi una década atrás. Pero en esta oportunidad era distinto, mucho más real. La enfermedad, un cáncer de esófago, la edad, cerca de 90 años, las circunstancias, una coyuntura que ya no lo tenía en el rol más protagónico, todo se había alineado para que hablara abrazado a la muerte, a su propia muerte.

Aquella vez, capaz que, por primera vez, ya no tenía ganas de decirle a la parca “sírvame otra vuelta” como antes había repetido mil veces. Aquella vez era la definitiva y lo sabía a través de la percepción, esa virtud que tanto le había aportado a lo largo de la vida.

Le costaba hablar, tenía sus fuerzas mentales y físicas un tanto atrofiadas. Empezó a largar algunos conceptos referidos a su presidencia que se mezclaban de forma torpe. Las frustraciones por lo no hecho, la angustia por la poca convocatoria para que los jerarcas de su gobierno colaboraran económicamente con el plan de vivienda para los pobres que había impulsado, los secretos detrás del fracaso de una regasificadora con la que había soñado y quiénes eran a su entender los culpables, y muchos otros temas de ese tipo, repasados con ansiedad y un poco de caos.

Pero la catarsis se diluyó rápidamente y después llegó el principal arrepentimiento, que vino acompañado de unas pocas lágrimas, esas que de vez en cuando solía soltar José Pepe Mujica. “Fue muy poco lo que pude hacer para terminar con las injusticias”, dijo. “Las vi todas desde mi lugar y la inmensa mayoría siguen ahí, incambiadas”, se quejó. “No supe cómo hacerlo. Me voy con eso atravesado”.

Después lo puso en casos concretos. Se refirió a los que siguen cobrando fortunas del Estado uruguayo haciendo muy poco, a la estructura montada alrededor del poder que cuesta millones y millones de dólares pero que no aporta nada, a las diferencias inauditas que hay entre los ricos y poderosos y los que nacen, viven y mueren pobres o marginados, a la realidad de como siempre terminan siendo contemplados los que mucho tienen y mucho piden y casi nunca son escuchados los que nada tienen y ni siquiera saben qué puerta tocar como para que alguien con poder real los escuche. “Hice apenas lo que pude y sirvió para muy poco”, insistió con la voz quebrada.

Y hubo un silencio. Después llegó la hora de su principal reivindicación personal: su vida dedicada a la militancia. “Mi último acto político va a ser mi muerte”, dijo, convencido. “¡Sabés lo que va a ser ese velorio!”, acotó y esbozó una sonrisa, aunque ya no con la energía que siempre había destinado a ese tipo de reflexiones. Esta vez casi que podía tocar su muerte con las manos y esa cercanía lo tenía afectado.

Pasó casi un año desde aquel encuentro en invierno de 2024, hasta que finalmente falleció. Por unos pocos meses logró recuperarse bastante, tuvo una intensa actividad pública mediante entrevistas con medios de todo el mundo, habló en algunos actos políticos y su candidato, Yamandú Orsi, ganó las elecciones nacionales en Uruguay. Su sector, el Movimiento de Participación Popular (MPP), obtuvo una votación histórica, la más elevada de un sector político uruguayo en casi cien años. Con la tarea ya cumplida, su salud volvió a complicarse. Fue entonces cuando pidió públicamente que lo dejaran tranquilo, que quería morirse en paz, en su casa, que había llegado la hora del reposo del guerrero.

El martes 13 de mayo de 2025 José Mujica falleció, en su chacra acompañado de Lucía y su círculo más cercano.

Otra vez, se cumplió su pronóstico. Fue el primer velorio internacional de Uruguay. Cientos de miles de sus compatriotas participaron acongojados, pero además otros tantos viajaron de todas partes del mundo para darle un último adiós. Presidentes, exmandatarios, líderes políticos, artistas, aquello fue de película, como la historia de Pepe Mujica. Un final digno de lo que fue su vida.

Ocurrió casi una década después de que se publicó por primera vez Una oveja negra al poder. Confesiones e intimidades de José Mujica. En el medio, presentamos el libro en tres continentes, en más de diez países, se tradujo a seis idiomas y vendió más de 220.000 ejemplares en todo el mundo.

Hoy es oportuno volver a editarlo, aunque no sin antes contar algunas de las peripecias por las que pasamos en estos diez años, que definen aún mejor al protagonista de estas páginas. Solo unas pocas, porque hay mucho material pendiente a ser procesado, que necesita un poco más de tiempo para germinar. Pero sí vale la pena reproducir escenas de lo que fue la cercanía con alguien que al momento de traspasar la banda presidencial en marzo de 2015 ya se había convertido en un mito viviente a nivel internacional y discutido en su propio país, con muchos que lo odiaban y lo acusaban de todos los males y otros que lo amaban de forma casi religiosa, pero con prácticamente nadie que lo penalizara con la indiferencia.

A este libro lo presentamos, con la presencia de Mujica, el 3 de mayo de 2015 en la Feria del libro de Buenos Aires. El lugar no fue elegido al azar. Sabíamos del impacto que tenía Mujica en la capital argentina y de su cercanía con esa ciudad. Él nos había dicho muchas veces que su amor por Argentina era el más importante después del que sentía por su país y que hasta le hubiera gustado hacer política al otro lado del Río de la Plata.

La sala elegida fue la más grande del predio de La Rural de Palermo, donde se desarrolla cada año la feria del libro: alrededor de mil lugares disponibles. Se llenó en pocos minutos y quedaron muchas personas escuchando desde la puerta. A la salida, nos llevaron en una camioneta al lugar destinado para las firmas de ejemplares y, durante los 300 metros que recorrió, estuvo siempre rodeado de una nube de personas que golpeaban las ventanas y estiraban las manos hacia su ídolo. 

A los pocos días, la presentación fue en Montevideo, ya con otro clima. El contenido del libro había generado mucho revuelo interno y un escándalo en Brasil. En una de las páginas que siguen a continuación Mujica reconoce que el entonces expresidente brasileño Luiz Inacio Lula da Silva estaba al tanto del mensalao, un sobresueldo que cobraban algunos diputados para votar en el Parlamento proyectos de su gobierno, y que este le había dicho que “era la única forma de gobernar Brasil”. Todos los grandes medios de ese país tomaron la frase y el asunto estuvo en el tope de la agenda informativa durante días y hasta fue retomado tiempo después por el adversario de Lula, Jair Bolsonaro, que ganó las elecciones mostrándose más de una vez con Una oveja negra al poder en la mano.

Mujica recibió una llamada directa de Lula unas horas antes de la presentación del libro en Montevideo. Pero nada lo amedrentó. Es más, fue y dijo que su motor de vida era la adrenalina que le generaba estar en el medio de la polémica pública. Al hablar esa tarde se refirió a la cantidad de veces que era criticado por sus palabras, o halagado, y a su función como iniciador de la reflexión, a como dé lugar. Pidió disculpas a los correligionarios que podía haber herido con sus reflexiones, pero también dijo que lo que contiene este libro era lo que él pensaba.

A los pocos días se fue de viaje a Europa con su esposa, Lucía Topolansky, visitó la tierra de su padre en el País Vasco y la de su madre en Italia. Descansó, se tomó un largo tiempo para caminar por algunas ciudades y recorrer la campiña europea y visitó familiares indirectos y también amigos políticos de aquella zona del mundo. Se la debía, se la había prometido a sí mismo y a su esposa, como leerán en las últimas páginas de este libro.

Volvió descansado, ya preparado para una nueva etapa como senador de la República en un gobierno de su colectividad política. El 20 de julio de 2015, antes de realizar el primer viaje con nosotros para presentar el libro en el exterior, nos adelantó cuál sería su estrategia. “Yo me tengo que concentrar en otros países, aprovechar esa fama internacional que he logrado para beneficiar a Uruguay”, nos dijo.

Contó además que, ya en el reciente viaje por Italia y España, se había dado cuenta de que su figura se había transformado en una especie de “predicador laico”. No podía caminar ni una cuadra sin que lo pararan para pedirle una foto, un abrazo, un comentario o un autógrafo. Le pasaba hasta en los pueblos más alejados.

En su despacho, su secretaria tenía una carpeta repleta de invitaciones para viajar al exterior. Desde universidades hasta gobiernos y partidos políticos de todo el mundo querían tenerlo de visitante. Desde China y Japón hasta Sudáfrica, Estados Unidos o Vietnam.

Nosotros le informamos que también teníamos ofertas de editoriales de distintos países que querían comprar los derechos del libro para traducirlo y venderlo. “No tendrán nada mejor…”, bromeó con una sonrisa un tanto irónica, muy característica de él.

Entonces, comenzó su nuevo periplo, el de Mujica embajador en el exterior de Uruguay, generando una atención internacional mucho mayor incluso que la de su sucesor, Tabaré Vázquez. Es más, eso generó cierta tensión entre ambos, que nunca tuvieron una relación muy cercana. El argumento de Mujica es que no quería “joderlo adentro de Uruguay”, que cuanto más lejos estuviera, mejor.

Vázquez trató de separarse lo máximo posible de la figura de Mujica. Volvieron las corbatas, los trajes, las sesiones formales del Consejo de Ministros y las conferencias de prensa esporádicas. Cambió la decoración del escritorio central de la Torre Ejecutiva y hasta lo mandó fumigar, por si Mujica hubiera ido con su perra Manuela y el lugar tuviera pulgas. Todo un detalle.

Mujica se enteró de cada uno de esos movimientos pero siguió con su estrategia. El 29 de octubre partimos juntos, primero a Turquía y después a Colombia a presentar Una oveja negra al poder, que en turco se tradujo como El presidente sin palacio.

Fueron cerca de 15 días de convivencia, en los que conocimos todavía más de cerca a nuestro biografiado. Con sus luces y con sus sombras. Con el don de la palabra que hacía vibrar multitudes, sea en el idioma que sea, pero también con el silencio y el malhumor que algunas veces se apoderaba de él al bajar del escenario.

A la llegada en Estambul, lo esperaban con un operativo de seguridad y de custodia digno de un líder mundial. Varios guardaespaldas, camionetas y motos abriendo el paso y otras cerrándolo, un auto para él y una camioneta para la comitiva, y reuniones con casi todas las principales autoridades del país.

Él terminaba el día cansado, pero cumplía con cada una de las reuniones protocolares y para todas tenía alguna frase polémica. Cuando las cámaras se apagaban, apenas hablaba con su entorno y emitía algún sonido de rezongo por lo intenso de la agenda.

Con nosotros, en los ratos libres, le gustaba hablar de política uruguaya, entre otras cosas. En esos momentos evaluaba si asumir la presidencia del Frente Amplio y en su cabeza empezaba a crecer la idea de poder volver a ser candidato presidencial en cinco años. Pero la edad le jugaba en contra y lo sabía. “Si tuviera diez años menos…”, repetía una y otra vez como dejando en claro que le encantaría retomar la competencia electoral.

En esos días por Estambul y otras ciudades turcas, sacarse fotos fue una de sus principales actividades. Todos los que lo reconocían por las calles le pedían una, al igual que los que lo recibían en agenda protocolar. Se llegó a sacar más de 200 fotos en un solo día. Turcos, italianos, españoles, saudíes, japoneses, latinos, alemanes, todos querían llevarse su recuerdo.

“El problema es que ya no quedan líderes en la izquierda. Me estoy transformando en una especie de Che Guevara viejo y no tengo nada que ver. Hay mucha confusión con los Tupamaros, el Frente Amplio y la guerrilla. Hay que sacar un poco esa idea mística de la revolución. Yo me voy a morir como un viejo reumático o tirado en una cama”, fue una de sus reflexiones de aquellos días.

Durante todo ese viaje, que siguió luego por Colombia, y también en algunos posteriores por España y Alemania, se dedicó a aclarar que no tenía nada que ver con los líderes revolucionarios de la izquierda latinoamericana, que él ya estaba viejo y totalmente inmerso en el sistema. Pero eran su historia, su pasado inmediato como presidente y su forma de ejercer el poder lo que lo ubicaban en el centro de la atención. Lo sabía y tampoco evitaba mostrarlo. Una y otra vez.

En abril de 2016 el destino fue bastante más lejano. El lugar de presentación del libro fue Japón, al otro lado del mundo. Otro continente, otra cultura, otro mundo. Dos días para llegar y dos días para volver. Tokio, Osaka, Hirosima y Kyoto. Más visitas a autoridades, presentaciones, recorridos de las ciudades, saludos protocolares, cenas formales en embajadas, intensidad y alta demanda.

Encima, antes de llegar a Tokio, el canal Fuji de la televisión japonesa emitió un documental sobre Mujica que vieron once millones de personas. Fue como aterrizar con Mick Jagger. Japoneses esperándolo en el aeropuerto, japoneses agolpados en la puerta del hotel, japoneses llenando las instalaciones de las universidades que visitaba, japoneses pidiendo autógrafos, japoneses que sabían a la perfección quién era Mujica, aunque que no tenían claro ni dónde quedaba Uruguay.

La diferencia horaria, doce horas con respecto a Uruguay, llevó a que tanto Mujica como Topolansky pudieran dormir muy poco por las noches. A la madrugaba se levantaban a tomar mate y a mirar Tokio desde un piso 38, donde estábamos alojados. A media tarde del día siguiente, ambos dormitaban en las conferencias o se ponían de malhumor por el excesivo ceremonial de los japoneses, aunque disfrutaban cada uno de los días que se iban sucediendo como un encuentro con un mundo nuevo, largamente postergado.

“Me siento un payaso”, dijo una de esas tardes Mujica cuando lo subieron al asiento delantero de un Fusca japonés para ir a visitar una de las principales universidades públicas del país. Rezongó a los organizadores y les advirtió que no quería más “inventos”, pero minutos después, al llegar a un aula universitaria con más de 500 estudiantes japoneses, el malhumor se le fue rápidamente. Topolansky lloraba de la emoción.

Días después volvieron las lágrimas, pero por otros motivos. Fue después de recorrer en Hiroshima el museo en memoria a la caída de la bomba atómica en esa ciudad el 6 de agosto de 1945, lanzada por un piloto estadounidense, y que provocó la muerte de cerca de 100.000 personas y secuelas a más de 200.000. Al finalizar el circuito, que incluyó la visita a unas ruinas emblemáticas y una ofrenda floral en el monumento alzado en recuerdo de las víctimas, Mujica y Topolansky se sentaron en un restaurante cercano a tomar un té en silencio. Permanecieron por unos minutos sin hablar, con los ojos humedecidos, y después Mujica dijo que solo eso había valido los dos días de viaje en avión para “atravesar el mundo”. “Esto también es parte de lo que hemos sido, somos y seremos”, sentenció, remarcando la primera persona de plural. “Una mierda”.

Casi todo en Japón lo sorprendía y emocionaba mientras su popularidad iba creciendo. Pero en forma recurrente volvía en su cabeza a lo que estaba sucediendo en su país, al otro lado del mundo. En esas noches que se hacían eternas y días somnolientos nos dijo, por ejemplo, que Vázquez estaba haciendo “muy poca cosa” desde el gobierno porque “su principal objetivo solo era llegar por segunda vez” a la Presidencia y después “se quedó sin libreto”.

“Si seguimos así, casi seguro que perdemos en 2019”, nos adelantó en aquel primer semestre de 2016. Ya tenía claro que el Frente Amplio no se estaba desempeñando bien y que su ciclo en el Poder Ejecutivo parecía estar agotándose. Varias veces más a lo largo de los años siguientes repitió esa frase, como una profecía que finalmente se cumplió. Nunca perdió el olfato.

De lo que sí se arrepintió es de no haber apoyado a Danilo Astori, que había sido su vicepresidente, como candidato a la presidencia. Meses antes de morir nos dijo que ese había sido su principal “error político”. Es más, hasta trató de decírselo a él personalmente pero no llegó a tiempo. Astori falleció a fines de 2023, cuando ambos tenían una reunión ya agendada para hablar de cuestiones del pasado. Lo dijo en el velorio, a todos los periodistas, pero ya era demasiado tarde.

Al llegar al aeropuerto de Montevideo de regreso de Tokio, cansado por vuelos y más vuelos, y hoteles y saludos y charlas y firmas y fotos, e impactado por su popularidad al otro lado del mundo, volvió sobre el tema de por qué no volvería a ser candidato presidencial. “El Frente Amplio va a perder y yo no quiero ser el padre de la derrota. Es mucho lo construido hasta ahora y que tengo que cuidar”, dijo.

Que iba a seguir participando activamente en todos los debates políticos, “Sí, por supuesto”, nos adelantó. Que iba a seguir ocupando el rol de provocador, ese que a veces dice algo muy políticamente incorrecto para sacudir la estantería y dejar a sus adversarios en pie de guerra, también. Pero candidato no.

De todas formas, con ese asunto iría y volvería más de una vez en los siguientes años, aunque ya parecía una decisión tomada en aquellos tiempos. Después cambiaron las circunstancias y creció el odio interno de una parte de los uruguayos hacia su persona. “No quiero dividir al país al medio siendo candidato”, fue entonces otro de sus argumentos para descartar su postulación. Tenía sentido. También el anterior. Pudo más la razón que la pasión en su vida en esa oportunidad.

Luego vinieron otros viajes, principalmente por América Latina y Europa, en donde iba dejando registros y más registros para la historia. La figura internacional ya estaba consolidada, vivía su apogeo después de haberse diseminado como una especie de aire puro en el agobio de un mundo contaminado por el consumismo. Las nuevas tecnologías de la comunicación lo ayudaron a agigantar la leyenda y hacerse mito viviente en muy poco tiempo.

Al visitar México en octubre de 2016, dio en Tijuana un discurso en un estadio con capacidad para 15.000 personas, repleto. Antes de subir al escenario nos dijo que en ese momento se acordaba de las grandes figuras populistas de la historia y en el mérito que tenían al haber podido movilizar a las masas. Recordó a Perón y a Fidel Castro, pero también a Mussolini y a Hitler. El arte de la comunicación masiva estaba de su lado y cada vez lo afinaba más.

En ese viaje, además de presentar el libro en República Dominicana y México, fue el invitado de honor en la asamblea general de la Sociedad Interamericana de Prensa (SIP). Dio el discurso de cierre del evento, lo que para él fue uno de los mayores honores después de terminar su presidencia. Lo fue porque en esa oportunidad, como auditorio, tuvo a casi todos los directores de los principales diarios de América Latina y Estados Unidos, y eso significó para Mujica la confirmación de que había llegado.

Durante el vuelo para México no daba crédito de lo que le estaba pasando. Una y otra vez revisaba su discurso y se lo mostraba a algunas personas de su confianza. Sopesaba cada palabra, cada giro, porque sentía que haber sido elegido por dueños de medios de comunicación que históricamente estuvieron en sus antípodas era un gran reconocimiento a su pragmatismo y al éxito de su trabajo de abrir todas las puertas lo máximo posible. “Esta es la frutilla de la torta”, nos dijo desayunando la mañana en la que pronunciaría su discurso y se llevaría una prolongada ovación.

Después vino Italia. No una, sino dos veces. La segunda para presentar una película sobre su vida, realizada por el director serbio Emir Kusturika, en el festival de Venecia de agosto de 2017. Pepe Mujica. Una vida suprema es el nombre y la vieron millones de personas alrededor del mundo. En cines y en Netflix.

Antes, en noviembre de 2016, el motivo de la visita fue presentar este libro, traducido al italiano, en distintas ciudades de ese país. Ocho, para ser más precisos. En todas con anfiteatros desbordados y cientos de personas tratando de acercarse para conseguir una palabra, una firma, un saludo.

Una de las primeras actividades que tuvo al aterrizar en Roma fue visitar al papa Francisco, su amigo, fallecido también unas semanas antes en el abril del año 2025. Participó junto con él en un evento con jóvenes católicos de toda América Latina. “Tenemos al Papa y al Pepe”, los presentaron esa tarde por los parlantes del principal auditorio del Vaticano, ante miles de fieles. Minutos después, ambos se estaban fundiendo en un abrazo.

En ese viaje, estando al norte de Italia, muy cerca de la hermosa ciudad medieval de Ferrara, se enteró de que Donald Trump había ganado las elecciones de Estados Unidos. “¡Socorro!”, fue su primer comentario. Lo hizo en público y luego en privado desarrolló la idea. “El mundo se está destruyendo a sí mismo cada vez más rápido”, fue su conclusión.

La siguiente visita a Italia, Roma primero y Venecia después, pasando en el medio por algunas ciudades del norte, incluida Milán, fue mucho más cerca de las elecciones de 2019. El clima electoral se sentía en muchas de las conversaciones. La posibilidad de que volviera a postularse, al menos como vicepresidente, estaba arriba de la mesa.

Dos escenas de ese viaje definen la etapa de mito viviente que Mujica estaba atravesando en esos tiempos, especialmente a nivel internacional, y muestran cómo había asumido ese rol y lo manejaba a la perfección. La primera se refiere a una cena en su honor que se celebró en un castillo medieval en la ciudad de Mantua, al norte de Italia. Mantua es una localidad con más de diez siglos de historia y todavía mantiene algunas partes construidas antes del Renacimiento. Es como viajar en el tiempo. La noche que estuvo allí, el gobernador quiso agasajar a Mujica y convocó a las principales autoridades de la ciudad, más las principales figuras artísticas y empresariales locales, a un palacio histórico a degustar un menú basado en la trufa, un hongo muy difícil de conseguir, considerado una de las mayores delicias y delicadezas del mundo.

Había una orquesta tocando música clásica y Mujica estaba ubicado en la cabecera de la mesa principal, ante la atenta mirada de más de cincuenta comensales. Al finalizar el concierto, se prendieron las luces y empezaron a aparecer mozos vestidos de gala para la ocasión con los platos del primero de tres pasos de un menú basado en trufas. Por supuesto que el primero al que sirvieron fue a Mujica, que alejó el plato varios centímetros hacia adelante.

“¿Se siente bien?”, le preguntó el gobernador de Mantua. “Sí, pero vengo comiendo mucho estos días”, respondió. “Pruebe por lo menos”, le recomendaron. “No, lo único que quiero es un café con leche”. Varios sonrieron incómodos. Otros se miraron sorprendidos.

“¿Un qué?”, preguntó el gobernador en italiano. “Una taza, un poco de café y un poco de leche”, respondió Mujica. “Sin azúcar”. Y esa fue su cena. Mientras los mozos iban y venían con los manjares y los comensales hacían comentarios sobre las maravillas que estaban comiendo, Mujica saboreaba, sorbo a sorbo, su café con leche y mojaba en él un poco de pan como acompañamiento.

El otro episodio ocurrió en pleno Festival de Venecia. Pasó de todo el día en el que presentaron la película de Kusturica. Mujica dio más de diez entrevistas con las grandes cadenas de noticias y medios de todas partes del mundo. Un día antes, participó también de una conferencia de prensa con el director y los actores de otra película que lo tiene como protagonista, La noche de 12 años. Desde El País de Madrid hasta The New York Times, pasando por las cadenas internacionales BBC y CNN, lo entrevistaron durante esas 48 horas. Hasta tuvo que consolar a una fanática, que lo fue a esperar a la entrada del estreno de la película de Kusturica y al verlo lloraba y temblaba, sin animarse a pedirle un autógrafo.

Resulta que en el momento en el que lo fueron a buscar para hacer una sesión de fotos con el director serbio, con todos los fotógrafos acreditados en

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