NOTA DE LA AUTORA
Este es el quinto libro en la serie Dark Verse. Aunque el libro trata de una nueva pareja, hay personajes y acontecimientos de los libros anteriores que tienen una gran influencia en la trama. Se recomienda leer la serie en orden (El cazador, La tormenta, El emperador y El vencedor; en ese orden) para disfrutar de la experiencia lectora al máximo. Este libro NO es autoconclusivo.
Este libro termina con un semicliffhanger. La serie completa concluirá con el último volumen, que se publicará pronto. Hablaremos más del tema al final de este libro.
Si ya has leído los libros anteriores, he de decirte que este es el más oscuro. Te recomiendo encarecidamente que prestes atención a los siguientes temas sensibles. El interior de la cabeza de estos personajes es un lugar bastante oscuro; uno de ellos es un sociópata / psicópata borderline y la otra sufre un grave trauma. El libro incluye escenas de violencia descritas en detalle, lenguaje malsonante y contenido sexual recomendado única y exclusivamente para mayores de dieciocho años. Y me refiero a mucho contenido sexual. Debe de ser el libro donde más escenas de sexo he escrito. Los traumas sexuales son parte de la historia. El sexo también puede emplearse como método de curación mental, y así lo usan los personajes de este libro para su desarrollo y crecimiento.
Advertencias de contenido: este libro contiene escenas de somnofilia leve, asfixia erótica leve, juegos sexuales leves con cuchillos, voyerismo, juegos de poder, cachetes leves, consentimiento no consensuado, comportamiento psicopático, acosadores, sangre, tráfico de personas, esclavitud sexual, agresión sexual a menores de edad, maltrato infantil, industria del porno, asesinato, incendio provocado, homicidio, tortura, violación, abuso forzado de drogas, menciones a tráfico de órganos, menciones al suicidio, ideas suicidas, episodios depresivos, trastorno de estrés postraumático, Síndrome de Estocolmo, BDSM.
Si leer sobre cualquiera de estos conceptos resulta de algún modo perturbador para tu salud mental, te pido sinceramente que dejes de leer.
Si sigues con el libro, espero que disfrutes del viaje.
Gracias.
LISTA DE REPRODUCCIÓN
La banda sonora de Lyla y Dainn.
LA LUNA
Sola.
En silencio. Encerrada. Con las manos en las rodillas.
Un estremecimiento recorría su complexión delgada. Las ondas le caían laxas sobre los hombros. Inspiró hondo y reprimió el impulso de mirar alrededor. Hacía horas que la habían metido a la fuerza en aquel pequeño armario. A cada hora que pasaba, la situación se volvía más y más insoportable.
La oscuridad, que le había estado oprimiendo la mente, se volvió poco a poco más familiar. Aquella negrura que había sido desconocida era ahora una nueva amiga que la envolvía en sus brazos.
Relajó los propios brazos al doblar las piernas, cruzándolas sobre el frío suelo. Empezó a juguetear con los dedos. Jugueteó con las ondas de su pelo, una y otra vez, una y otra vez. Para poder ver, dejó de intentar parpadear. Calmó la respiración.
Tenía tres años. Estaba encerrada. En silencio.
Sola.
LA SOMBRA
Fuego.
Calor, calidez y luz.
Calor, destrucción y muerte.
La naturaleza del fuego siempre le había fascinado, y más aún los colores. Le gustaba contemplar el centro azul que crepitaba en el corazón de una llama y que se volvía de un amarillo tan blanco que podría cegar a cualquiera, para luego pasar a tonos anaranjados y rojos como el sol que se pone en el cielo.
Sí, le gustaba el fuego. Siempre le había gustado.
Recordaba la primera vez que se había visto fascinado por las llamas. Un chico que también estaba con él en el orfanato se quejaba todo el tiempo de que sentía fuego bajo la piel. La mera idea le había fascinado. Luego había visto las llamas, unos colores que le abrasaron la vista. El resto del mundo, el resto de los colores, nunca le habían parecido del todo adecuados. El cuidador del orfanato había dicho que eso sucedía porque tenía ojos de demonio, porque era un niño demonio. Y le había puesto de apodo «muerte».
Quizá sí que era la muerte, porque esa misma semana le había prendido fuego al cuidador y había sonreído mientras las chispas bailaban sobre el cuerpo de este. El único punto irritante de toda la escena habían sido los gritos de aquel tipo. A él no le gustaba cuando gritaban. El sonido le hacía daño en los oídos, le dejaba un sabor amargo en la boca. No comprendía por qué era capaz de paladear sonidos, pero desde luego los gritos no tenían un sabor agradable. No, en realidad prefería que sus víctimas estuviesen calladas cuando él aparecía de la nada; la fracción de segundo en que algo visceral asomaba a su mirada antes de que se hiciese dueño de sus muertes.
No siempre había comprendido qué significaba esa mirada. No comprendía bien las emociones. Las veía y podía reconocerlas más tarde, pero no entendía qué se sentía al experimentar terror. Tampoco entendía que la experiencia naciese del dolor. Otros se reían, lloraban, gritaban y tenían empatía. Él no sentía nada.
Quizá esa era la razón de que ella hubiese captado su atención.
Puede que aquella chica expresase sus emociones mucho más que nadie que él hubiese visto jamás. Puede que fueran las llamas de su cabello. O puede que fuera porque la chica los ató a ambos con algo que ya no se podía desatar.
Fuera lo que fuese, en el momento en que los fuegos de ambos se encontraron, el destino de la chica quedó sellado.
Y ahora, él estaba sentado entre las sombras, observándola.
Las luces estroboscópicas del club de subastas dominaban el escenario. En el centro había tres mujeres con túnicas traslúcidas. Él no se fijó en las de los lados; sus ojos heterocromáticos estaban fijos en la chica del centro. La escrutó, estudió el modo en que parpadeaba con la mirada baja y el rostro muerto para el mundo. El único rasgo de vida que quedaba en ella era el pelo; un pelo que le había llamado la atención desde aquella primera vez.
Fingió que daba un sorbo a su bebida, al tiempo que se preguntaba quién iba a morir aquella noche a sus manos. Todos sabían que jamás debían pujar por aquella chica. Un reguero de cadáveres de pujantes lo había dejado bien claro. Y sin embargo, siempre había alguien que pujaba. Siempre había alguien que tentaba al destino. Y siempre había alguien que moría. La última vez había sido mediante una bala de francotirador en el cerebro. La sangre del pobre mierdecilla había salpicado la piel de la chica. Esta vez, lo haría de manera más personal. Quizá lo empaparía de gasolina mientras ella miraba.
Como si sintiese su mirada, la chica alzó la vista. Sus ojos recorrieron la multitud de hombres bien vestidos y fueron directos a los rincones oscuros a sabiendas de que era allí donde él se encontraba. Eso a él le gustaba. Se percató del momento en que la chica descubrió su silueta, con un odio traicionado en la mirada que fue patente para todo el mundo. Ella apretó los puños. La obsesión de él se acentuó.
Aunque la chica aún no era una llama, aunque solo era un ascua, le pertenecía a él.
La contempló, centrado intensamente en todos los detalles de su rostro.
Algún día, la chica ardería como un infierno. Y él sería el diablo que lo controlase.
parte i
CENIZAS
Ante aquel abismo salvaje, el prudente enemigo, detenido sobre el borde del infierno, permanece atento durante algún tiempo.
John Milton,
El paraíso perdido
1
Lyla
Hace cinco años
Era la primera vez que iba a un sex club. Aunque había oído hablar de ellos y conocía a muchas chicas a las que se las habían llevado a la fuerza, de algún modo había conseguido librarse de ir.
Y el Moonflame era el sex club más lujoso que se podía esperar. Su cliente de aquella noche, un tipo canoso con reloj caro y traje elegante, la agarró de la cintura mientras recorrían el pasillo que daba al amplio salón abierto. Todo era muy opulento, desde las lámparas de araña en los techos altos a los sofás de terciopelo rojo, pasando por la reluciente decoración de madera. Aquel era un lujo que ella solo llegaba a atisbar en sus momentos más oscuros, para luego regresar a la nada.
Por los reservados, vio varias personas con diferentes grados de desnudez que se limitaban a charlar o a dar sorbitos de sus bebidas. Había hombres y mujeres con máscara, y también había chicas y chicos a rostro descubierto. Era una fiesta para quien se la podía permitir. Lyla percibió el poder que había por todas partes.
Se tragó los nervios, no muy preparada, y siguió al hombre, que la llevó hasta una puerta en el otro extremo de la lujosa sala. Aquel tipo era de los listos; no había pujado por ella en la subasta. En cambio, había ido directo al complejo donde Lyla vivía y la había comprado por un año entero. Estaba aterrorizada, porque no le gustaba la mirada sádica que tenía aquel tipo en los ojos. No sabía si «él» estaba al tanto de su nuevo contrato. «Él» solía contemplarla únicamente en las subastas, así que no estaba segura de si estaría al tanto de un contrato que se hubiese firmado durante el día.
Llevaba un fino vestido negro que se ataba a la cintura. Iba sin ropa interior. Le daba pánico pensar en lo que iba a pasar aquella noche. El tipo canoso la llevó hasta una especie de auditorio, algo parecido a un estadio con sofás en gradas elevadas al fondo. En ellos se sentaban varias personas que la observaban. Sin embargo, el centro no estaba vacío. Lo ocupaban altos muros rojos que se entrecruzaban, con una única entrada en el centro.
Era un laberinto.
Antes de que Lyla pudiese siquiera digerir todo lo que estaba viendo, el monstruo a su lado se volvió hacia el público y le abrió de un tirón el frontal del vestido para dejarle los pechos al aire, ante la vista de aquellas sanguijuelas.
—Señoras y señores —anunció—. Quien atrape a mi esclava esta noche tendrá la oportunidad de jugar con ella.
El horror la recorrió. Sus ojos sobrevolaron a aquella gente, tanto enmascarada como sin máscara. Estaban enfermos. Todos y cada uno de ellos. Muy enfermos.
—No. —La palabra se le escapó antes de poder controlarla.
Una mano grande le cruzó la cara.
—¡No hables, chica!
Con la mejilla ardiendo, Lyla bajó la vista. En su cerebro guerreaban la rabia, el dolor y el asco. Sabía que no podía detener aquello. El monstruo le sujetó con fuerza las manos a la espalda y le ató las muñecas con algún tipo de cuerda que le abrasó la piel.
—Corre. —El monstruo le dio un leve cachete en la mejilla—. Ponte a salvo durante unos minutos mientras te buscamos.
Con adrenalina en las venas, Lyla no esperó ni un instante para lanzarse a toda prisa al laberinto y escapar de los ojos de todos los presentes. Los muros se cernían sobre ella, le sacaban una cabeza de altura, suficiente para mantenerla oculta ante ojos fisgones. Inspiró hondo y miró a ambos lados, para luego girar a la derecha y correr a toda velocidad hasta llegar a un callejón sin salida. Tenía el pecho agitado y la mitad del vestido desgarrado. Giró hacia la izquierda sin la menor idea de adónde ir. Solo quería correr y escapar, pero la indefensión de saber que no había escapatoria le provocó lágrimas ardientes en los ojos.
Los odiaba. Odiaba a todos y cada uno de los presentes por hacer que se sintiera menos que humana. Las lágrimas, calientes, le abrasaron la piel de las mejillas; le llegaron a la mandíbula y cayeron. Se dio la vuelta y corrió.
Oyó risas a su alrededor. Captó algunas voces más cerca de lo que deberían estar. Los muros se cernían aún más sobre ella. Ni siquiera podía detenerse para esconderse, pues sabía que la veían desde los asientos superiores. Dios, cómo le gustaría matarlos a todos, destruirlos por completo por tratarla así. No había hecho nada para merecerse aquello. Nada.
Después de un minuto o quizá una hora, quién sabía, Lyla giró a la izquierda y se detuvo. Contemplaba una pequeña abertura en medio del laberinto. Desde el lugar en el que se encontraba, veía todo el auditorio. Se dio cuenta de que estaba justo en el centro, a la vista de todos. Había cinco hombres en los sofás de más arriba. A uno de ellos le estaba chupando la polla una chica; otros dos se follaban a otra; y los dos últimos se masturbaban mutuamente. En el otro extremo, una mujer enmascarada contemplaba la escena mientras una chica le comía el coño.
Había mucha gente contemplando su indefensión. Nadie dispuesto a mostrar ni un resquicio de humanidad para ayudarla.
Dos hombres aparecieron en el otro extremo del laberinto con máscaras que les ocultaban la cara. Se acercaron, y Lyla se preparó, con el corazón en la garganta. La agarraron de los brazos y la arrastraron hasta el centro de la sala. Ella forcejeó, pero sin éxito. Pasaron los segundos y los dos hombres se pusieron a hablar entre sí en un idioma extranjero, sin soltarla de los bíceps.
Derrotada, Lyla cerró los ojos y se preparó para perder.
Y de pronto lo oyó.
Por el aire se propagaron exclamaciones ahogadas y gritos. Abrió los ojos y parpadeó, incapaz de comprender por qué salía corriendo todo el mundo que la había estado mirando.
Su comprador, aquel monstruo canoso, estaba sentado en un sofá, con la garganta rajada y la camisa blanca empapada de color rojo. Lyla lo vio todo, pasmada. Los otros corrieron hacia una salida, al tiempo que una hoja apareció volando por los aires y se clavó en el cuello de uno de los hombres que la sujetaban. Algo cálido le salpicó los pechos. El agarre en sus brazos se aflojó. Conmocionada, Lyla contempló la sangre que le manchaba el cuerpo. El otro hombre que la agarraba la soltó y echó a correr…, y una hoja se le clavó en la espalda.
Aterrorizada, poseída por un instinto de supervivencia arraigado en lo más profundo de sí misma, Lyla volvió a internarse en el laberinto. Se aplastó contra una pared e intentó correr hacia un lugar relativamente seguro. Le daba igual quién tuviera algún problema con su comprador; ella no quería mezclarse en nada. Consciente de que era visible desde terreno elevado, de algún modo se las arregló para agacharse y correr, tan empequeñecida como le fue posible. Respirando con pesadez, forcejeó con las ataduras a su espalda.
Encontró un rincón apartado de la línea directa de visión desde los asientos, se enderezó y recuperó el aliento. Miró frenética en todas direcciones en busca de alguna señal de peligro.
Y entonces sintió que una hoja le tocaba la nuca.
Se quedó paralizada, todo el cuerpo tirante de tensión y el corazón contraído de miedo. Petrificada. La hoja le recorrió toda la línea de la columna, la punta afilada le acarició la superficie de la piel. Bastaría aplicar un poco de presión para rajársela. Lyla cerró los ojos; la sensación le provocó miedo y algo más: la esperanza desquiciada de que el asesino no la torturase.
Sintió que un cuerpo alto y cálido se pegaba al suyo mientras la hoja seguía recorriéndole la espalda. Apretó con más fuerza los ojos cerrados. Le temblaban los brazos. Un aliento le acarició el lateral del cuello, un aroma familiar en su nariz, una voz de muerte en su oído:
—Esos ojos, flamma.
Abrió los párpados de golpe. La inundó la sorpresa acompañada de algo más. Echó la cabeza hacia atrás. Unos demoniacos ojos disparejos que asomaban tras una máscara se clavaron en los de ella. Se quedó sin respiración.
Él había venido. Había venido a por ella. Había matado por ella.
Lyla empezó a sollozar, con un alivio intenso y agudo que le inundó el cuerpo.
La hoja cortó las ataduras que le inmovilizaban las muñecas. Lyla se lanzó contra su pecho, sintió que todo su cuerpo se helaba al abrazarse a él, derramó lágrimas que le mojaron la camisa. El aroma que lo acompañaba la envolvió, junto con una calidez que espantó el frío de sus huesos.
Él le sujetó ambas muñecas a la espalda con una mano, algo similar a las ataduras, aunque Lyla no se sintió atada en absoluto. La otra mano ascendió y la agarró de la barbilla. Le recorrió los labios con el pulgar y le enjugó las lágrimas de la mejilla. La contempló llorar con algo parecido a la fascinación. Acercó los labios a su mejilla y sacó la lengua para lamerle las lágrimas. Acto seguido se echó hacia atrás y la observó con una posesividad tan innata que ella la sintió hasta en el tuétano.
—Pensaba que no vendrías —susurró Lyla en el espacio entre los labios de ambos, con el cuerpo sobrepasado por las emociones que había sentido en los últimos minutos.
Él la miró con más intensidad. Se inclinó hacia ella y le habló pegado a su boca, con palabras que apenas le acariciaban los labios, tan cerca que Lyla las sintió en la piel; una promesa y una amenaza contenidas en una única frase que la reclamaba y capturaba a un tiempo:
—Yo siempre vendré a por ti.
2
Lyla
En la actualidad
El monstruo iba a morir.
Contuvo un suspiro mientras contemplaba a aquel hombre de mediana edad, lo bastante mayor como para ser su padre, que se dirigía hacia ella por la sala de subastas tras haber ganado la puja. El ambiente oscurecido y amplificado por las luces estroboscópicas no conseguía disimular ni su buen aspecto ni todo el dinero que parecía tener. Bueno, había que tener mucho dinero para entrar en aquella sala, y por otro lado el aspecto del tipo daba igual. Lyla había estado con gente mucho peor. Y lo que era más importante, era más consciente que la mayoría de que los peores monstruos solían esconderse tras caras bonitas. Acudían a aquel agujero infernal para poner en práctica sus fantasías más detestables; rajaban y destrozaban para luego regresar a sus fachadas de clase alta, ciudadanos de gran moralidad, con esposas y familias en casas tras verjas puntiagudas. Era el tipo de monstruo que Lyla más odiaba. Era mucho más sencillo lidiar con un monstruo que se presentaba de primeras como tal, no tanto como una serpiente escondida entre la hierba.
El tipo recorrió su silueta con los ojos, expuesta bajo el batín traslúcido. Descendió por su cuello hasta los amplios pechos, de su boca reluciente a las uñas pintadas de los pies. Incluso después de tantas veces, a Lyla le costó no encogerse ante aquella mirada lasciva.
Sabía bien por qué pujaban por ella. Era una rareza, una pelirroja natural y exótica, toda una delicia en un mar de rubias y morenas. Y era atractiva. Se levantaba una pasta gansa en cada puta subasta, motivo por el que los organizadores seguían poniéndola en el escenario y aquellos idiotas seguían arriesgando sus vidas. Cada uno de ellos pensaba que sería el que se saldría con la suya, siempre cegados por su poder y arrogancia.
Se equivocaban. Llevaban seis años equivocándose, todos y cada uno de ellos. Lo demostraba más de una docena de cadáveres.
Antes de perderse en sus propios pensamientos, Lyla se controló y adoptó la expresión de calma serena que le habían enseñado sus primeros vendedores:
«Sé suave, incitante. Pon cara bonita, baja la barbilla y estate callada».
El tipo —Lyla empezó a llamarlo Quince en su cabeza, porque era su decimoquinto comprador en la subasta— se acercó a ella. Agarró uno de sus mechones largos y ondulados con la mano.
«Oh, no debería haberme tocado el pelo». No formuló aquel pensamiento en voz alta.
—¿Cómo te llamas, dulzura? —preguntó él con una suave sonrisa. La lascivia en sus ojos era tan patente que Lyla tuvo claro en qué estaba pensando.
—Lyla —dijo en tono quedo, exactamente con el volumen que le habían enseñado a poner al hablar.
Entrenaban a cada chica para comportarse de un modo que se ajustase a su aspecto, para que pareciese más atractiva. Con Lyla, se suponía que todo tenía que ser suave, dócil, manso: su voz, sus maneras, su comportamiento. Tenía que transmitir vibraciones de sirena sexy, dulce y sumisa al mismo tiempo.
Solo a una de sus amigas, Malini, la habían entrenado para dar una imagen diametralmente opuesta. Malini era directa, ruda. Le habían dicho que se portase como una salvaje para que cualquier hombre tuviera ganas de domarla. Una pequeña ráfaga de pura diversión atravesó a Lyla solo de pensarlo. Sus entrenadores se habían equivocado de cabo a rabo. Lo que hacían no era más que teatro. Malini era una persona de lo más amable y dulce. Lyla ya no recordaba cuántas veces había acudido a ella en busca de consuelo, cuántas veces la había cuidado Malini del mismo modo que Lyla imaginaba que las madres y las hermanas cuidaban a sus seres queridos: con leves caricias y palabras dulces, con suficiente amor como para darle ganas de continuar un día más. Sin embargo, hacía meses que no veía a su amiga. Había preguntado por ahí y uno de los vendedores le había dicho que un hombre había adquirido a Malini con un contrato de larga duración. Eso implicaba que podrían pasar años hasta que volviera a verla, y eso si la veía de nuevo.
—¿Y cuántos años tienes?
Las palabras de su comprador la sacaron de sus pensamientos, y volvió a concentrarse. Sabía exactamente lo que querían los hombres como él y, aunque tenía veinticuatro años, dijo:
—Dieciocho.
El hombre sonrió. «Vaya puto gilipollas». Aunque este al menos intentaba disimular su monstruosidad, Lyla había visto a demasiados adultos destrozar vidas inocentes como para seguir creyendo en la decencia.
El tipo le tocó desvergonzadamente un pecho. Ella se quedó inmóvil, con los puños apretados a los costados, y le dejó sopesar ambos pechos. Aquel tipo no solo iba a morir; iba a morir. Lyla aguantó la respiración, y sobrevoló con la mirada los rincones oscurecidos de la sala. No podía ver la silueta de su diablo en las sombras, aquel que era al mismo tiempo la ruina y la bendición de su maldita existencia. Mientras aquel tipo la toqueteaba con la zarpa, ella dejó vagar sus pensamientos hasta la primera vez que había visto a su diablo en la subasta hacía seis años. Había sido la segunda vez que lo veía en la vida. Recordó la sorpresa que había sentido, sobre todo porque había pensado que no volvería a verlo jamás. En aquel momento, tuvo la esperanza de que su diablo pujara por ella. Había querido que fuese él quien la eligiera. No había sido así. Se había quedado en su rincón y se había limitado a mirar mientras otro hombre la compraba en subasta y se la llevaba a un hotel a una manzana de distancia.
Esa había sido la primera noche en la que Lyla sintió un salpicón de sangre en la cara, en la que un agujero de bala había aparecido en la cabeza del hombre que había estado a punto de desnudarla. Se había quedado petrificada en el sitio, y había mirado por la ventana para descubrir la silueta de un hombre que se movía en el edificio de enfrente. Había sabido entonces que se trataba de él.
Ahora Lyla contempló los rincones oscuros de la estancia mientras Quince se inclinaba para darle un beso en el cuello al tiempo que jugueteaba con sus pechos abiertamente, en mitad de la sala de subastas. Aquellos rincones estaban vacíos, pero eso no significaba nada. Ahora Lyla lo sabía bien.
Él estaba observando. Él siempre estaba observando. Lyla lo había descubierto la segunda vez que la habían subastado: los dos hombres que se la habían llevado a su casa a pasar una semana entera acabaron estrangulados con un alambre de púas en la primera noche mientras ella estaba en el baño
