Capítulo 1
Julieta
Julieta llegó aquella noche al comedor de su casa consciente de que lo más probable era que la cena terminara en discusión. Tenía una propuesta que hacer, en realidad una notificación irrevocable que chocaría con los planes que su padre había dispuesto para ella.
Era hija única y heredera de un imperio comercial, así lo denominaba su progenitor, aunque para ella no era más que una serie de tiendas de ropa, a veces exclusiva y a veces no tanto, dependiendo de la zona y del comercio en sí.
Ruperto Saénz se había hecho a sí mismo tras heredar de su padre una humilde tienda de confección en el barrio de Madrid donde residía. Con gran visión para los negocios, la amplió y abrió una tras otra, diversas sucursales de prendas cada vez más lujosas y exclusivas, sin menospreciar la inicial. Era de la opinión de que todas las clases sociales necesitaban vestirse y, por lo tanto, sus comercios estaban pensados para todos los bolsillos. Un equipo de modistas y costureras trabajaba para él en una nave a las afueras de Madrid, ocho horas al día, a veces más, según la época o la demanda.
Se habían trasladado al barrio de Salamanca desde su residencia en las afueras de la capital a medida que su estatus social aumentaba.
Solo había tenido una hija, Julieta, que no le salió tan aplicada ni tan interesada por el negocio familiar como deseaba. A duras penas había conseguido que terminara los estudios de Gestión y Dirección de Empresas y Marketing, que él consideraba indispensables para hacerse cargo del negocio y continuar ampliándolo. Él lo había hecho sin estudios, a base de muchas horas de trabajo, y sabía lo duro que había sido.
Julieta tenía la posibilidad de hacerlo con todas las facilidades que le brindaba una carrera, que le había llevado terminar más años de los necesarios, a base de aprobar solo asignaturas sueltas cada año. Lo achacaba a la impulsividad de la juventud, a los hombres con los que había mantenido esporádicas relaciones —todos poco recomendables, según su criterio—, y se negaba a admitir que a su descendiente no le importaban lo más mínimo ni las tiendas ni el trabajo rutinario en un despacho que tenía previsto para ella.
Acababa de cumplir veintiocho años al terminar los estudios y al fin podría incorporarse a la empresa cuando terminara el verano que estaba a punto de comenzar, al regresar de las vacaciones familiares.
Julieta llegó al comedor puntual, algo raro en ella, y ataviada con un vestido de manga corta en lugar de sus habituales pantalones vaqueros, y para Belén, que conocía a su hija mucho mejor que su padre, no hubo dudas de que iba a pedir algo durante la comida.
Se sentaron a la mesa y Paqui, la asistenta que llevaba con ellos muchos años, sirvió la cena, una crema de verduras y pescado al horno.
A Julieta no le gustaban las cremas ni las sopas, pero esta vez la comió sin protestar, corroborando la certeza de su madre de que deseaba algo.
Esperó hasta los postres, consistente en fruta, para exponerlo.
—Papá, me gustaría comentarte algo.
—Dime.
—Es sobre las vacaciones de verano. Este año no iré con vosotros a la Costa Brava, como siempre.
Era tradición de la familia pasar los meses estivales en una casa que Ruperto había comprado años atrás en Liafranc, una zona exclusiva caracterizada por sus villas de lujo y en la que el empresario confiaba en que Julieta hiciera amistades masculinas acordes con su posición y riqueza. Sin embargo, la chica prefería la amistad —y algo más— con bohemios y desharrapados que habían ocasionado más de una discusión familiar. Por fortuna, se cansaba pronto de ellos, y Ruperto confiaba en que, al terminar los estudios y la etapa universitaria y comenzara a trabajar, sentara la cabeza y se relacionara con hombres de su clase social y estatus económico. De hecho, había uno que le gustaba de forma especial como yerno: Benjamín Gómez de Lara, cuya familia poseía una casa de veraneo cercana a la de los Saénz, un hombre nueve años mayor que Julieta, viudo, sin hijos y al que parecía gustarle la chica. Ella aceptaba sus invitaciones a veces y eso le hacía tener esperanzas de que en el futuro hubiera algo más entre ellos.
—¿Por algún motivo especial? —preguntó ante el rotundo comunicado de su hija.
—Quiero hacer un viaje.
—Eso no impide que, cuando vuelvas, te reúnas con nosotros en la playa, ¿no es cierto?
—Un viaje largo —puntualizó la muchacha.
—¿Cómo de largo? —inquirió, suspicaz.
Belén observaba la conversación de su marido y su hija con atención, sin intervenir y esperando que esta soltara la bomba en cualquier momento.
—Tres meses. Todo el verano.
—¿Y dónde piensas ir durante tanto tiempo?
—Por Europa: Francia, Alemania, Reino Unido, Noruega, Bélgica, Italia. Un poco de todo. Para practicar idiomas.
—Ya sabes los idiomas necesarios: el inglés, el francés y el alemán. O eso creo, si has aprovechado las clases que llevas dando desde hace años, compaginándolas con los estudios universitarios.
Los idiomas apasionaban a Julieta y su padre nunca se había negado a que dedicara tiempo a perfeccionarlos.
—Sí, pero no es suficiente. Me vendrá bien tener nociones de otras lenguas para la empresa, cuando me incorpore a ella. Hoy día, ser multilingüe es imprescindible para los negocios, porque tal vez podamos ampliar nuestra empresa fuera de las fronteras españolas.
Julieta sabía que ese argumento ablandaría a su padre. Era mayor de edad, no necesitaba su permiso para ir donde quisiera y durante el tiempo que deseara, pero sí el dinero para llevar a cabo su viaje. Aunque había ahorrado algo de su asignación, no le llegaría para lo que deseaba hacer.
—No tengo idea de danés ni italiano, y conversar en alemán me cuesta, necesito practicarlo in situ.
—¿Y cómo piensas viajar? ¡No pensarás irte de mochilera! ¡Ni con nadie que yo no conozca o apruebe!
—Claro que no, papá —aseguró con firmeza, con demasiada firmeza quizás—. Iría en un viaje organizado, en un autocar con una ruta establecida y su correspondiente guía.
Ruperto pareció pensárselo y Belén supo que iba a claudicar. Adoraba a su hija y le costaba negarle nada porque él había carecido de casi todo en su infancia. A Julieta le bastaba con ofrecerle algo que deseara escuchar para ceder, y en esta ocasión la mención a la empresa y su inminente incorporación a la misma era el argumento que terminaría con los recelos paternos.
—¿Seguro que irás en un viaje organizado?
—Por supuesto. Y sola. Es un viaje de trabajo, ya es hora de sentar la cabeza, ¿no te parece?
—Lo es, pero…
—Papá, necesito un poco de descanso después de todos estos años de estudio, antes de incorporarme al mundo laboral.
—¿Me dejas que yo escoja el turoperador con el que viajarás? —preguntó, incapaz de rebatir los argumentos de su hija.
—Lo dejo en tus manos, pero quiero recorrer varios países y estar en ellos el tiempo suficiente para conocerlos y practicar el idioma —recalcó—. Nada de grandes capitales turísticas, sino el resto.
—En ese caso, lo vamos organizando. ¿Cuándo quieres salir?
—Lo antes posible, dentro de una semana, o poco más.
—¿Tan pronto?
—Quiero aprovechar el tiempo; a la vuelta, en septiembre, dejaré de ser libre y me encerraré en un despacho muchas horas al día.
Ruperto asintió, satisfecho. Belén no las tenía todas consigo. No podía imaginar a Julieta encerrada mucho tiempo en un despacho. Como mucho, aparecería por él unas pocas horas al día y ya buscaría alguna excusa para abandonarlo. No era una persona vaga su hija, pero su carácter no estaba hecho para tareas burocráticas ni encierros; era un alma libre y encontraría la forma de escapar, por mucho que su padre quisiera pensar lo contrario.
La cena terminó en paz, sin discusiones como otras veces, y Julieta se retiró a su habitación, a preparar un itinerario que satisficiera a su padre. La conversación había resultado mejor de lo que esperaba.
***
A pesar de que Julieta presentó un recorrido de lo más normal, en países poco problemáticos, Ruperto no se fiaba, aunque fingiera lo contrario. Conocía la tendencia de su hija a la improvisación, a no pensar las cosas antes de hacerlas, y el hecho de que fuera en un viaje organizado no le garantizaba su seguridad. Habría paradas, lugares donde pernoctar, ratos de tiempo libre en los que la chica podría meterse en mil y un problemas.
Tenía que tomar cartas en el asunto sin que ella lo supiera, protegerla de sí misma y de cualquier peligro que pudiera surgir durante el trayecto y la estancia en los diferentes países. También de algún romance inadecuado que encontrara en el camino.
Julieta era muy enamoradiza y tres meses sola y sin control podía dar lugar a cualquier cosa, incluida la de enamorarse de alguien y no regresar a casa y a la empresa al fin del viaje.
Buscó un turoperador que ofreciera el recorrido que ella deseaba: diversas ciudades francesas, exceptuando la capital, después el autocar entraría en Suiza, Italia, Austria, República Checa, Alemania, Bélgica, Holanda y, de nuevo, el norte de Francia, desde donde, y a través del eurotúnel, llegarían a Reino Unido. Desde allí un avión trasladaría a los viajeros de nuevo a Madrid. Siempre eludiendo las grandes capitales, como ella le había demandado.
Demasiados países, demasiadas oportunidades para su alocada hija.
Llamó a su abogado, amigo y un poco hombre para todo y le indicó lo que deseaba. Protegería a Julieta en su periplo europeo sin que ella lo supiera.
Esta aprobó la ruta que le ofreció Ruperto y el turoperador elegido; el camino le parecía lo bastante largo para hacer alguna escapada por su cuenta, discreta y sin complicaciones, y se dedicó a preparar lo necesario para el viaje.
Se aprovisionó de vaqueros baratos, camisetas y sudaderas compradas en establecimientos que no pertenecieran a los de su padre y calzado deportivo sin marca, porque bajo ningún concepto iba a viajar como una niña rica ni a permitirle a él que lo supiera. Se integraría entre los otros viajeros y se presentaría como una chica de clase media que acababa de terminar sus estudios y recorría Europa para practicar idiomas. La misma excusa que le ofreció a su padre, aunque en realidad lo que pretendía era saborear una última bocanada de libertad antes de incorporarse a la empresa familiar, y pensaba hacerlo a lo grande.
Desde niña había sabido que ese sería su destino laboral porque no había nadie más que se ocupara del negocio cuando su padre ya no pudiera. Era hija única y no tenía ni primos ni ningún otro familiar que lo gestionara; la otra opción era la de encontrar un marido que lo hiciera en su nombre. Algún tipo tan aburrido como ese Benjamín Gómez de Lara que su padre le mencionaba a todas horas y al que había acompañado a cenar en alguna ocasión para despistar a su progenitor y obtener más concesiones en otro terreno.
Aquel verano se libraría de él y de su tediosa conversación sobre inversiones y otros asuntos semejantes porque no pensaba aparecer por Liafranc en ningún momento, ni antes ni después de su periplo.
Aquel sería su verano, su viaje y una gran experiencia.
Su madre le había sugerido que la acompañara alguna amiga y le ofreció pagarle el viaje, pero no estaba dispuesta a que nadie fuera testigo de sus actos. Iría sola y disfrutaría a lo grande.
Capítulo 2
Saúl
Saúl salió del gimnasio después de su entrenamiento diario. Había trabajado a fondo, tanto fuerza como cardio, lo que le hacía sentir bien. Aunque llevaba cuatro meses de excedencia en el cuerpo de Policía, donde desempeñaba su trabajo desde hacía una década, después de un episodio muy traumático había solicitado un año de excedencia para decidir si continuar en el cuerpo o no. Contaba con ahorros suficientes para permitirse un tiempo sabático, pero no estaba ocioso, trabajaba unas horas al día en el bar de copas de su amigo Eugenio, una ocupación que no le generaba estrés ni ansiedad como patrullar las calles después del incidente ocurrido seis meses atrás.
Lo que no pensaba era perder la forma física que le había salvado la vida en más de una ocasión, por si decidía retomar su puesto una vez transcurrido el periodo de ausencia. Aún no lo sabía.
El ejercicio físico le ayudaba, siempre lo había hecho, a templar su carácter y a relajarse y enfrentar unas horas detrás de una barra. No le gustaba demasiado atender al público, y menos si había consumido mucho alcohol, pero tampoco deseaba estar ocioso durante doce largos meses. El dinero le vendría muy bien para no gastar todos los ahorros de que disponía.
Cuando llegó al bar, dispuesto a armarse de una paciencia que no era una de sus cualidades, Eugenio le comentó:
—Ha venido un hombre a buscarte.
—¿Qué tipo de hombre?
—Creo que era policía, uno de tus compañeros.
En ocasiones aparecía alguno de ellos tratando de convencerlo de que regresara al cuerpo al finalizar la excedencia. Los invitaba a una copa, pero no prometía nada. No podía prometer lo que ni él mismo sabía.
—¿Ha dejado algún recado o solo quería beber gratis?
—Dijo que volvería a última hora de la noche, cuando terminaras el turno.
—Lo que me imaginaba, busca que lo invite a tomar algo.
Se cambió de ropa, se puso la camiseta con el logo del nombre del local —una camiseta que le marcaba los trabajados músculos— y se incorporó a su puesto. Era miércoles, por lo que la noche no terminaría demasiado tarde; los fines de semana la jornada se prolongaba mucho más.
A la una de la madrugada, el local ya estaba casi vacío cuando vio entrar a Roge, uno de sus compañeros más afines, y sonrió. Podía haber sido peor, se llevaba bien con él. A otros no los soportaba.
—Hola, Saúl —dijo el recién llegado.
—Hola, Roge. Me ha dicho Eugenio que has pasado a buscarme esta tarde, porque eras tú, ¿verdad?
—Sí. Tengo una propuesta que hacerte.
—Tomemos algo, pero si lo que buscas es la confirmación de que regresaré a la Policía, aún no lo sé. Me quedan ocho meses para tomar una decisión.
—No se trata de eso.
La barra estaba tranquila, por lo que dejó a Eugenio a cargo, sirvió dos copas —la suya poco cargada— y se sentó a una mesa con su excompañero.
—Tú dirás —pidió decidido a ir al grano.
—¿Te gustaría ganarte un buen dinero durante un viaje?
—Un sobresueldo me vendría bien y viajar me gusta, pero todo depende de lo que tenga que hacer.
—Cuidar de una persona. Vigilar que no le suceda nada. Un amigo de mi padre, abogado, me ha preguntado si conocía a alguien capaz y responsable para acompañar a una mujer durante un viaje por Europa. Puesto que yo no puedo hacerlo porque no tengo disponibilidad, he pensado en ti. Tienes disponibilidad y eres de fiar. Eso es fundamental para el trabajo.
—¿Qué le ocurre a la mujer? ¿Está enferma o impedida de alguna forma? Soy policía, no enfermero —puntualizó con interés. En principio la oferta no le parecía descabellada.
—Que yo sepa no le pasa nada, solo que su padre no quiere que viaje sola por Europa durante tres meses.
—¿Tres meses?
—Por eso no puedo hacerlo yo, no tengo tantas vacaciones. Te pagarían el viaje más un salario a convenir.
—¿Edad de la mujer?
—Veintimuchos. Ya te digo que no tiene ningún problema más allá de un padre muy protector.
—En principio podría estar interesado. Un viaje gratis siempre es bienvenido, pero debo recabar más detalles.
Era meticuloso en su trabajo, siempre intentaba disponer de la mayor información posible.
—No sé mucho más, si quieres te pongo en contacto con el abogado para que te concierte una cita con el señor Sáenz y lo habláis en persona. Se trata de un empresario, dueño de una cadena de tiendas
