No se murió.
No se murió. El procurador capitalino. O no se ha muerto. Ese hijo de puta. Hay esperanza. ¿Cómo saberlo? Ni modo que te llamen para informarte. Menos a ti, dado que fuiste quien le regaló la botella de tequila con polvo de vidrio en su interior. O quizá sí. Destellos natatorios. Pero no sería un aviso amistoso. Flotantes. Imaginas al procurador bebiendo hasta la embriaguez después de que le rechazaste un primer trago. El cardumen letal. Era un buen tequila. Las múltiples cortadas en el tracto digestivo. Pirañas. Un desperdicio de botella. El vómito de sangre. Sus esputos. Te aprehenderían. Ninguna herida visible. Sería sencillo relacionarte con el regalo. El esófago lacerado. Millares de dentelladas. El estómago filtrando su acidez a través de esas minúsculas grietas. Cardumen no: marabunta. El dolor. No dejaste huellas en el recipiente. Tampoco La Amarilla Nelson. Las sinuosas paredes intestinales albergando diminutas dagas transparentes. Pero hay huellas en la caja. No podías entregar el presente con guantes. Aullidos que se esparcen de la garganta al fundillo. Un gran plan. Con el necesario componente de sadismo y de improvisación. Pero no se ha muerto. No que sepas. Al menos que cague sangre. Coágulos de mierda. Ni modo que te avisen.
Carajo.
Un tamal verde se enfría a medio comer sobre el plato anaranjado. De plástico. El atole de cajeta ya tiene nata en su superficie. Ensayas un sorbo. El bolo alimenticio se estanca en la úvula. Se arrastra hacia la glotis. Te fuerzas a tragar. Un bocado de tamal. Pica. Otro trago. Se desliza mejor. Sigues con hambre. Estancado en la idea de que el procurador vivo representa un peligro nuevo. Ya no eres el chivo expiatorio sino el enemigo. Pides un tamal de dulce. Intentaste asesinarlo. No lo conseguiste. He ahí tu fallo. De seguro habrá una investigación. Despedazas la masa rosácea. Retiras las pasas. La piña.
Un comensal abandona la mesa de al lado. Deja un periódico. Nota roja. Tabloide. Lo tomas para entretener el temor. La paranoia.
La portada anuncia un nuevo homicidio en la autopista urbana. Pinche nombrecito. Lo que sea con tal de cobrar. Ese segundo piso de cuota. La foto muestra una camioneta hecha pedazos contra el barandal de protección. Es el tercero. En las páginas interiores una explicación insuficiente. Van tres personas que mueren en ese tramo. No por el choque. El fotógrafo ha conseguido perpetuar un agujero de bala en el cuello. Apenas un pellizco. El boquete clausurado por la piel que colapsó hacia dentro.
Sólo eso. No hay más datos. Hojeas sin esperanza. En las páginas centrales te entretienes un minuto. Una mujer encuerada. Tetona. Como te gustan. La ves sin ganas.
Cierras el periódico.
No se ha muerto. El procurador. No que tú sepas. Tampoco los del periódico. Buscará vengarse.
Reacomodas las hojas. Las devuelves a la mesa contigua. Recuperas el hambre. Descubres el tamal desmigajado por la ansiedad. Necesitas una cuchara pero no la pides. Optas por presionar el tenedor contra el plato. Atrapas las moronas rosicler. Las compactas. El bocado es terso. Insuficiente. Lo bañas de atole. Masa con masa. Engrudo que se desliza a través de tu garganta.
No se ha muerto. De nuevo. Ese cabrón. Buscará venganza. Otra vez. De ti. El trago azucarado de la certeza.
Dejas el plato sin terminar. Al lado del otro. Verde y rosa. Te fuerzas a beber el resto del atole. La nata golpea contra tu labio superior. Te levantas. Caminas hacia la salida. Sin pedir la cuenta. Sin intención de pagarla. Reculas. Tres pasos hacia atrás. Las sillas son pesadas. Trastabillas. Tomas el periódico. No te interesa el caso, tampoco la tetona encuerada. Es un pretexto.
Afuera el sol lastima con lascivia.
No se murió. No puedes añadir su nombre a tu lista de muertos. Sólo dos. Tus dos muertos. A ver cómo evitas que él te añada a la suya. De seguro serán más.
Caminas.
Recorres la casa. No es muy grande pero parece inmensa comparada con tu departamento actual. Tres recámaras. Dos baños en el piso de arriba. Otro más en la planta baja y uno extra en un cuarto de servicio de la azotea. En la sala-comedor podrían caber todas tus pertenencias. La cocina tiene marcas de óxido en la tarja y el grifo lanza un chorro chueco. Más allá del espacio, acumulas los detalles por reparar. Varias losetas flojas en un pasillo, el revestimiento maltrecho de la fachada, mosaicos sueltos y cierto tono de digna resignación como la media docena de macetas con flores marchitas. La propia casa acepta cada uno de sus achaques. Digna.
Me interesa. Le revelas a la mujer que te ha mostrado la propiedad mientras descascaras la pintura en la pared salitrosa.
Es cuando descubres el miedo en su rostro. No. Miedo no. Precaución. Cierta reserva que tiene algo de reverencial. De timidez al desviar ella la mirada. Es gorda. Ella. Debe ser mayor que tú. Una vida al cuidado de sus padres. Conjeturas sin ánimo. No responde. Es fácil comprender sus reparos. Basta con visualizarte. Camisa y pantalones arrugados. Zapatos sucios, con costras de lodo acumuladas bajo tantas lluvias. Cansancio. Un arma en el cinturón. El periódico de nota roja bajo tu brazo. La expresión de que la vida y tú han dejado de luchar para el mismo bando pero ninguno acepta la derrota.
¿Y bien? Insistes con una fuerza que sólo puede acrecentar la reticencia de la gorda. También podría tener marido. Hijos ya grandes. Nietos.
¿Usted es el policía?
La pregunta te descoloca. Un poco. El Fresno es una colonia que aún resiente el peso de un crimen, de sus perpetradores. Ignoras si el haberlos descubierto es más una ofensa que una ayuda para los habitantes. Existen grupos cerrados a quienes no les gusta que les resuelvan sus problemas.
Asientes.
¿Se va a venir a vivir acá?
Te dan ganas de responderle que no. A la gorda. Que disfrutas dilapidando tu dinero. Rentar casas para no utilizarlas es un mero pasatiempo, un gusto adquirido hace años. Es más, dama rolliza de carnes fofas, hasta podría aprovechar mi afición para mudarse usted misma y escapar del sinsentido de su vida. Pinche pendeja. Hasta podemos instalar una televisión, un sofá y todas las frituras que su gordura requiere para mantener su consistencia y, en una de ésas, incrementarla un poco.
Sí. Contestas. Intentando comprender tu propia decisión. Es cierto que El Fresno es una colonia mejor que donde vives ahora. También que no todos te quieren por aquí. Hay mucho dolor asociado a tu persona y, de cualquier modo, no te parece tan mala idea.
¿Solo?
No, idiota, con un harén de bailarinas exóticas que podrían satisfacer las necesidades sexuales de la colonia entera pero que estarán sólo a mi servicio.
No. Con mi familia. Titubeas al no encontrar mejor forma para referirte a Nat y a la Niña. A Lola, si algún día te hace caso.
Son palabras casi mágicas. Consiguen mover la esclusa de su sonrisa. No es fea la gorda, suspiras un tanto derrotado. Los días se acumulan desde la última vez que cogiste. De seguro la gorda lo hace con mayor frecuencia que tú. Sus carnes asfixiando al cuerpo bajo ella.
Comienza a recitar la lista de requisitos. Depósito, fiador, carta del trabajo, un contrato por firmar…
La interrumpes.
Firmamos el contrato. Pago seis meses por adelantado.
Una luz de ambición se instala en sus ojos. Pendeja. Cualquier otro sospecharía de la oferta.
Le voy a preguntar a mi familia y le aviso.
¿Cuándo? Reviras con tosquedad.
Hoy mismo. En la noche que…
Espero su llamada.
Te diriges a la salida. Una grieta baja por un muro. Zigzaguea. Recorres su borde. Atraviesas el zaguán imaginando cómo la risa de los juegos infantiles de la Niña bastará para llenarlo. Pronto. Cuando te renten la casa. Pronto. Cuando la Niña crezca.
Hay derrotas que es posible revertir.
En la Procuraduría se respira un ambiente lúgubre. Hay algo que no cuadra con el eco de los pasos en los pasillos revestidos de gris. Desfasados. No comenzarás ahora a creer en las vibraciones y la energía. De seguro la sensación obedece más a tus temores que al magnetismo oscuro flotando en el ambiente. Eres tú quien transita de la incertidumbre al abandono. Y quien vino a meterse al lugar más peligroso del mundo. Pero necesitas asfixiar a la angustia. Disolver tus dudas.
La oficina de Alvariño contribuye a tu ánimo funesto. El desorden no es el habitual. Expedientes en el suelo. Clarita gatea entre ellos. La falda corta deja ver la parte posterior de sus piernas. Rellenitas. Una media corrida. Tiene buenas nalgas. Alvariño seguro las ha agarrado varias veces. Metiendo su inmensa nariz entre ellas. Se te antoja darle una nalgada. Aunque sea con el periódico que sigues paseando. Una nalgada o un apretón.
Carraspeas.
El susto de la secretaria es evidente. También su molestia porque la encontraste en esa posición. Sin levantarse señala la puerta de su jefe. Te detienes en el umbral. Dentro, todo está ordenado. Con mal gusto pero ordenado. Alvariño está absorto contemplando el techo. La silla reclinada. Una ilusión coloreando su semblante.
¡Zuzunaga! Te recibe al descubrirte. Pasa, pasa. ¿Qué te trae por aquí?
Me dijeron que era zona de guerra y vine a levantar escombros. De seguro hay cadáveres debajo de todos esos fólders. Con suerte, alguien con vida.
Igual de cagado que siempre. Repite la fórmula habitual pero no se carcajea. Apenas sonríe.
El silencio se precipita como una suspensión sin agitarse. No puedes confesar tus motivos. Has venido a indagar en torno a la salud del procurador pero no puedes hacer preguntas.
Vengo a ver mi asunto. Cedes ante la mirada impaciente de tu superior. Como si estuviera tan ocupado. No necesitas explicarle que te deben un nuevo cargo. Dinero. Por resolver el caso del diputado Manrique. Un aumento. Los muebles finos de Alvariño hablan de su gratitud. Del político. Hacia tu jefe. A ti no te ha tocado nada salvo un asunto enredado que parecía de caricatura. Salvo por el muerto. Néstor Quiñones.
No tengo noticias que darte.
El procurador… Te interrumpes a propósito para dejar sólo el anzuelo.
El procurador no tiene tiempo para estas cosas. Está enfermo en el hospital.
¿Qué le pasó? Finges sorpresa.
Parece que intentaron envenenarlo. Dice en voz baja. Alguno de sus enemigos.
¿Fue usted?
La carcajada ahora es sincera.
No mames, Zuzunaga. No pierdes el toque. Pese a la risa, su cuerpo se tensa. La idea ha pasado alguna vez por su cabeza.
Extiendes el periódico frente a él. Alvariño ignora la portada. Pasa las páginas rápido. Llega a los clasificados. Cientos de anuncios de masajes. Hago de todo. Lees por doquier.
¿A poco ya buscas putas que se anuncian? Has caído muy bajo, Zuzunaga.
Quería conseguir el teléfono de Clarita. Respondes y reacomodas el periódico con la portada de frente.
Nunca te han gustado las putas. Por eso no consideras contratarlas. Sientes el pálpito de la excitación reclamándote. En verdad llevas demasiado tiempo sin coger.
Una nueva risa deviene en mueca. Clarita es puta pero es la puta de Alvariño. No se le ocurre una respuesta ingeniosa.
El asesino de la autopista urbana. Señalas la noticia. Los muertos acumulados.
Alvariño se alza de hombros. Ser un comandante de la policía no lo obliga a interesarse por todos los crímenes. ¿O sí? A ti te valdrían madres. Cuando fuiste el encargado de la justicia en otro estado poco le dedicabas a esas minucias.
¿Están investigando?
No que yo sepa. ¿Te interesa?
Asientes sin muchas ganas. Lo que sea para apaciguar el ánimo.
Encárgate entonces.
Voy a necesitar recursos. Contestas pensando en los nuevos gastos. La casa. La falta de ingresos porque será difícil cobrar las cuotas en El Fresno. Tampoco ganarás dinero pasándole metanfetamina a Cuco. Ya no tienes proveedor. Néstor Quiñones ha muerto. No la tirria que aún sientes contra Alvariño.
Otra vez la mula al trigo. Pinche mula. Le voy a pedir a Clarita que te asigne una partida especial. Nomás en lo que el procurador se recupera. Luego veremos tu caso.
Aceptas.
¿Quiere que le deje el periódico? Por si necesita un teléfono. Te despides.
A todas tus amiguitas ya las conozco. Ellas me llaman. Alvariño te extiende las hojas impresas. Sin muchas ganas.
Usted se lo pierde. Das la vuelta. Mándele saludos al procurador.
De tu parte.
Clarita sigue hincada. Intentando acomodar las hojas en sus carpetas. La ignoras al pasar a su lado. Te fuerzas a ello para no perder la vista en sus tetas.
Pinche Zuzunaga caliente.
Bajas con Pabilo. El forense está escudriñando dentro de una cuenca ocular.
¿Preparando la comida? Saludas desganado.
De haber sabido que iba a tener visitas te hubiera guardado la riñonada de un adolescente pero me la desayuné hace rato. Te recibe. Dame un minuto.
Dejas el periódico sobre una de las mesas. Lo observas acercarse a un palmo de la cara del difunto. Remueve unas pinzas dentro de la cavidad. Atrapa algo y lo suelta en una bandeja. Huesos. Minúsculos. Esparcidos sin orden. Toma una lanceta y empuja. Cinco, quizá seis centímetros. La retira y la acomoda junto con las pinzas al lado de la cabeza. Alza la vista.
¿Y bien?
Está muerto. Construye una sonrisa mientras se quita los guantes. Le clavaron un picahielos. Los tira a un basurero sin tapa. No sabía que te gustaba esa clase de literatura. Señala el periódico desmadejado.
Lo traje para envolver algunos fiambres. Tengo visitas para la cena.
Se ríe. Palmea tu espalda. Te conduce hacia su departamento instalado a escasos metros de la morgue.
Te dejas caer en su sillón. Pabilo prepara café. Es cómodo. Comienzas a fantasear con el mobiliario para tu nueva casa. Sillones. Una cocina equipada. Cafetera.
Supe que resolviste el asunto del colgado. Néstor Quiñones. Se refiere a Néstor Quiñones. A este ritmo, te convertirás en el único detective que encuentra a los culpables.
Asientes sin ganas. Dando un sorbo al café. Más que resolver casos, acumulas muertos. Propios y ajenos. Ojalá pudieras mantener la distancia como lo hace Pabilo. Verlos como lo que son. Cadáveres descomponiéndose.
¿Te vino a visitar alguno de los culpables? En verdad prepara un café extraordinario.
No. Se lo llevaron antes de que entrara a mis dominios. Querían evitar una nueva investigación.
Tal vez se enteraron de que eres un carnicero y los deudos no querían correr el riesgo de zamparse a su pariente.
Pinche Zuzunaga. Hasta cuando estás serio eres simpático. ¿Qué te trae por aquí?
Quieres responder que es una visita de cortesía. Pasar a la casa de los amigos es una costumbre común, ¿o no? No tiene sentido jugar a los simulacros. No con Pabilo.
Supe que el procurador estaba enfermo y vine a traerle unas flores. Aventuras con ganas de saber algo más. La incertidumbre escuece en exceso.
Pabilo alza la vista. Intrigado.
¿Supiste? ¿Cómo lo supiste?
Uno tiene sus fuentes. Algo te dice que no debes mencionar a Alvariño. No por ahora.
No mames, Zuzunaga. Ese dato no se pudo haber filtrado. Somos muy pocos quienes lo conocemos. Salvo que… Se interrumpe. Te observa con la taza pegada a los labios. En fin, si ya lo sabes…
Te cuenta que el procurador lo mandó llamar. Era el médico más a la mano aunque hace décadas que no cura a nadie. Subió con suspicacia. Nunca antes lo habían convocado a esa oficina. Tal vez ya estuviera enterado del departamento. Cuando llegó Pabilo al despacho, la secretaria lo hizo pasar sin acompañarlo. El procurador estaba en su baño, hincado frente al retrete, escupiendo sangre. Le habló del vómito previo, del ardor en la garganta, en las tripas.
Con decirte que le metí el abate lenguas que acababa de usar con un muertito. Sonríe sin ganas por la confesión.
La garganta estaba roja, deshecha. Nunca había visto una inflamación de ese tipo. Ni siquiera en sus clientes. Así fue como los llamó. Clientes. A los muertitos. Los vasos capilares palpitaban. El procurador se tomó el estómago. Se le notaba el sufrimiento. A ese ritmo, pronto estaría en la plancha de la morgue. Así que Pabilo actuó con diligencia. Quiso que la secretaria pidiera una ambulancia. El procurador negó con la cabeza. No quería que nadie se enterara. Muchos enemigos podrían aprovecharse de su debilidad. Tuvieron que sacarlo por la sala de autopsias, en el mismo vehículo que les llevaba muertos. En el hospital cambiaron nombres. El expediente es confidencial.
Por eso nadie pudo darte el pitazo. Concluye Pabilo. Así que dime cómo te enteraste.
Rumores. Sabes bien que los rumores corren más rápido que las verdades. Sigues con la farsa. No me has dicho qué le pasó.
Ni idea. Ahora la suspicacia se dirige a ti. Sabes que está evaluando si comprarte la mentira. El diagnóstico no es claro. Tiene múltiples laceraciones en el tracto digestivo.
Vacías la taza de café. La acomodas en el plato. Al lado de tu periódico. Es evidente que Pabilo sospecha de ti y no se equivoca. Si has llevado hasta aquí la mentira es porque intuyes que te puede servir para evaluar tu relación con el forense. Uno nunca sabe hacia qué lado se van a inclinar las lealtades hasta que es demasiado tarde.
¿Se recuperará?
Ay, Zuzunaga. Quién sabe en qué estás metido, contesta mientras llena de nuevo tu taza. ¿Sabes que para diagnosticarlo tuvieron que meterle una sonda por la garganta y otra por el culo?
Imaginas la escena. La disfrutas. Que pague ese hijo de puta.
Contestando a tu inusual interés te soy sincero. No sé qué le pasó pero creo que se recuperará.
Aprietas la taza hasta sentir que el calor lastima la yema de tus dedos. La mueca de Pabilo es el acápite de la malicia.
Fue Alvariño. Me lo acaba de decir. Confiesas como sin querer. Ya sembraste la sospecha en su mente. Atar cabos no es imposible. Concluir que fuiste tú el culpable mucho menos. Habrá que ver. Tu inconsciente te ha traicionado muchas veces. ¿Qué tanto se diferencia sembrar una sospecha a autosabotearse? Habrá que ver.
Notas cierto relajamiento en su expresión. No completo.
¿Y ese periódico? Rompe la tensión.
Mi nuevo caso. Agradeces la deferencia.
¿No me digas que ahora manejamos esta clase de expedientes?
¿Qué! ¿No te gustan? Si hasta traen inspiración para que te la jales cuando se atore el caso. Le muestras la página con la tetona.
Y yo que pensé que las preferías muertas.
Pinche Pabilo.
Pinche Zuzunaga.
Te levantas.
A ver si la próxima traes las galletitas que me debes. O, de perdida, las flores que no le diste a mi jefe. Se despide avisándote que el tema no está zanjado.
Tráfico. Es la más insidiosa de las constantes de esta ciudad. Uno nunca termina por acostumbrarse. Falso. Cada salida implica hacer cálculos, resignarse a la pérdida de tiempo. Lo insólito, acaso, es rabiar porque se cumple el pronóstico del tiempo desperdiciado. La esperanza es la mejor aliada de la frustración en el encierro automotriz. Como ahora. Cuarenta minutos en un tramo de dos kilómetros. Y es una vía rápida. Lo sería más a pie. Al menos ya se alcanza a ver la meta. La salida hacia la vía de cuota. El privilegio de la burguesía. ¿A quién se le ocurrió que construir carriles extra, de pago, era una mejor solución que invertir en el transporte público? Fácil. A quien cobra un porcentaje de las ganancias.
Llegas a la entrada de la rampa. El coche de adelante se aleja al levantarse la pluma. Tu turno. No se franquea el paso. Un tache rojo en lugar de un indicador verde. Te desvían hacia el carril de salida. Te detienes frente al empleado. Sucede con cierta frecuencia. El sistema falla seguido. El sensor no detecta tu dispositivo. Esa pequeña caja pegada al parabrisas. Se la das. Teclea sus números en un aparato.
No tiene saldo. Informa con tedio.
Lo mismo debe pasar a la salida. Sin darnos cuenta. No registran que el coche abandonó la vía de cuota. Supones. Ni cómo quejarse.
Inténtelo de nuevo.
El aparato lanza haces de luz láser para leer el c
