Años luz

Kass Morgan

Fragmento

Título

Capítulo 1

CORMAK

La escotilla se abrió con un silbido y Cormak salió disparado en su motocicleta a través del aire abrasador teñido de rosa. A medida que avanzaba por el agrietado suelo rojo, respiraba moderadamente para asegurarse de que su máscara de gas funcionaba bien. Luego exhaló y aceleró, inclinándose hacia delante para que su cuerpo fuera lo más aerodinámico posible. Era un alivio estar al aire libre tras haber pasado toda la noche haciendo entregas de H2O en las torres de lujo del Sector Vivienda 2. Aunque el aire de las torres se filtraba cuatro veces, por alguna razón era mucho más sofocante que la atmósfera tóxica del exterior.

En Deva, el agua era estrictamente racionada y la mayoría de los pobladores apenas tenía suficiente para beber, mucho menos para bañarse más de una vez a la semana. No obstante, por un precio elevado, cualquiera que estuviera dispuesto a arriesgar el pellejo podía comprarla en el mercado negro a gente como Sol, el jefe de Cormak. Durante dos años, Cormak había hecho entregas en las torres de lujo y, sin embargo, los ricos residentes aún lo miraban con recelo, como si fuera una partícula que el sistema de filtración no hubiera logrado capturar. Había aprendido, a la mala, a no mirar por mucho tiempo o con anhelo cualquier cosa dentro de sus departamentos: ni la fruta que crecía en sus terrarios, ni las películas que se reproducían en sus monitores, ni mucho menos los libros que almacenaban en cajas transparentes para protegerlos del aire corrosivo. Si había algo de lo que la gente rica desconfiaba más que de un polvoriento devano, era de uno que encima gustara de leer.

El día estaba bastante despejado y, a la distancia, las torres del Sector Vivienda 23 se alzaban por encima de una débil neblina rosa. Cormak vivía en el piso treinta y uno de la Torre B, una de las seis enormes estructuras de cemento que conformaban su pintoresco hogar-dulce-hogar. Con suerte podría dormir un par de horas antes de que Sol lo llamara para programar una nueva serie de entregas.

Cormak encendió el radio de su casco, golpeando el costado con su mano enguantada unas cuantas veces hasta que la estática desapareció.

“… los funcionarios dijeron que catorce mineros murieron en la explosión. Y ahora, vamos con el reporte del clima —trinó una alegre voz—. Son las 27:40 de la mañana. Las condiciones de tráfico aéreo son subóptimas debido a una tormenta en la mesósfera. La temperatura máxima del día será de 212 centis y la mínima de 199 centis. De acuerdo con las lecturas atmosféricas, respirar el aire sin filtrar te matará en dos minutos y cuarenta segundos. ¡Que tengas un bonito día!”

Cormak maldijo tras caer en un bache. Las entregas le ocasionaban serios daños a su moto, pero no tenía de otra. Hacer estos recorridos para Sol era mejor que pasar catorce horas al día en una de las pocas minas que quedaban, aunque eso significara trabajar para el mayor imbécil de Deva.

Enderezó las piernas y se estiró para ver mejor. El camino por delante parecía despejado, excepto por los restos de maquinaria minera que yacían abandonados en el lugar: quedaban algunos taladros oxidados, enormes barriles en pedazos y las únicas piezas de los tanques que no habían sido saqueadas por los carroñeros después de que la mina se secara.

Una alerta interrumpió el zumbido de la radio.

—Llamada entrante de… Cormak, más te vale que aceptes esto o ya verás lo que te espera… ¿Acepta?

Cormak suspiró y masculló:

—Aceptar.

—¿En qué demonios pensabas? —ladró una voz familiar—. Nunca se les habla mal a los clientes.

—¿De qué hablas, Sol? —Cormak preguntó con cansancio.

—La forma en que le hablaste a Rella Hewitt fue inaceptable. Ni qué decir de robarle parte del producto que ella pagó.

Cormak optó por no mostrar su descontento. De camino hacia el edificio de los Hewitt, se había topado con una chica exhausta que trapeaba el piso, una situación bastante común en Deva, donde los jóvenes muchas veces abandonaban la escuela cuando sus padres estaban demasiado enfermos para trabajar. Cormak le había ofrecido un trago de H2O, lo suficiente como para que no colapsara antes de que terminara su turno. Había olvidado que Rella Hewitt, una mujer metiche y aburrida, a menudo veía los videos de seguridad de su edificio, con los cuales monitoreaba a sus vecinos incluso a la mitad de la noche. Cuando llegó a su puerta, ella pasó aproximadamente unos cinco minutos gritándole antes de que Cormak pusiera fin a su diatriba con unas cuantas palabras cuidadosamente elegidas.

—La verdad, Sol, es difícil sentirse mal por la gente rica a la que le importan más sus plantas que los pobladores.

A diferencia de los pobladores, cuyos ancestros habían llegado a Deva desde hacía varias generaciones, la mayoría de la gente rica había arribado recientemente desde Tri, el planeta capital de la Federación Cuatra.

—Ahora no me vengas con que es un problema moral, cabrón. Tu trabajo consiste en entregar cosas y mantener la boca cerrada. ¿Está claro?

—Clarísimo —gruñó Cormak.

—Tienes suerte de que mi naturaleza sea amable y comprensiva. Te voy a dar otra oportunidad. Tengo un trabajo para ti esta noche. Debes recoger un pedido en 29° 22’ Norte, 99° 48’ Oeste… No escucho que te hayas detenido para anotar lo que te digo.

—29° 22’ Norte, 99° 48’ Oeste —repitió Cormak, aburrido—. Entendido, jefe.

Siempre recordaba las coordenadas. Le gustaban mucho los números: podía visualizarlos en su mente, los reacomodaba en todo tipo de combinaciones que le permitían resolver ecuaciones complejas en cuestión de segundos. No es que esto le haya ayudado mucho en la escuela; sus maestros siempre asumían que hacía trampa, pues le era imposible salir bien en los exámenes de matemáticas. Esto había hecho enojar a su hermano Rex, pero a Cormak no le había importado mucho. Las buenas calificaciones solo le importaban a la gente como Rex, esa rara especie de estudiantes que eran lo suficientemente inteligentes como para llamar la atención de los instructores, y lo suficientemente agradables como para justificar el interminable papeleo, los favores y los sobornos necesarios para conseguirle un lugar a un devano en una universidad o en un programa de entrenamiento fuera de su planeta. Aunque, a final de cuentas, ni siquiera Rex había logrado salir de Deva.

—Si lo echas a perder, te vas a arrepentir. Lo digo en serio, Cormak.

—Lo tengo bajo control. Ahí estaré en la noche.

29° 22’ Norte, 99° 48’ Oeste se encontraba en el Sector 22, donde Sol tenía un contacto que importaba nanotecnología robada de Tri. Mientras que el agua constituía gran parte del negocio de Sol, también incursionaba en el comercio de armas y era un apasionado del criptocomercio interestelar. Existía un rumor de que incluso había hackeado el Banco Tridiano.

—Mierda —gruñó Cormak cuando su moto cayó en otro bache y voló por los cielos. Se las arregló para mantener la moto firme, pero aterrizó con tanta fuerza que las vibraciones reverberaron por todo su cuerpo. Miró al piso para ver si sus pantalones seguían metidos en sus botas, pues el aire tóxico podía filtrarse por los poros de la piel expuesta y matar a cualquiera en cuestión de horas.

Deva era naturalmente tóxico para los humanos. El planeta estaba cubierto por una espesa nube de gas, una combinación de nitrógeno, dióxido de carbono y el oxígeno suficiente para ser filtrado y entubado dentro de edificios sellados al vacío. También era rico en terranio, el metal que alguna vez se utilizara para construir la mayoría de los edificios en Tri.

Hacía cien años, los dueños de las minas y los exportadores de Tri llegaron a Deva, deseosos de reclamar su parte del pastel. Construyeron enormes burbujas alrededor de sus cómodas casas para protegerse de la atmósfera tóxica y se transportaban al trabajo en aeronaves personalizadas con sistemas de respaldo de filtración de oxígeno. Después construyeron torres para los cientos de miles de trabajadores que atrajeron a Deva con la promesa de un salario alto y un nuevo comienzo. Las torres estaban bastante cerca de las minas, por lo que los trabajadores podían irse a pie y atravesar la tóxica neblina rosa con las máscaras de gas provistas por la compañía. Por supuesto, estas máscaras no tenían sistemas de respaldo.

Luego, hacía unos veinte años, los desarrolladores descubrieron un metal mucho más resistente en Chetire, el firón, y el mercado de terranio tocó fondo. Muchas de las minas fueron clausuradas, pero, por desgracia, el tiempo que los mineros pasaron bajo tierra bastó para corroer sus órganos. El padre de Cormak falleció a la madura edad de treinta y nueve años, había acumulado más tumores en los pulmones que monedas en el bolsillo.

Más adelante, algo brillaba cerca del horizonte. Era un poli en una aeronave. Cormak maldijo y viró bruscamente a la derecha, saliendo del camino hacia los eriales plagados de baches y zanjas. No había hecho nada ilegal, al menos nada que pudiera detectarse desde el aire, pero los polis detenían a quien les diera la gana. Si le pedían que se orillara y encontraban el agua robada, estaría frito. La mayoría de las personas que arrestaban en Deva no recibían multas ni eran sometidas a juicio. Simplemente, nunca se volvía a saber de ellas.

Cormak aceleró e inclinó la moto en dirección a la ruta más directa hacia el cañón, que estaba conformado por una serie de canales que los mineros crearon hacía mucho tiempo. Era un camino muy estrecho como para que la aeronave lo siguiera y demasiado oscuro como para que el mecanismo de reconocimiento facial lo identificara a la distancia.

Por encima del rugido de su motor se escuchó el distintivo zumbido de la aeronave del poli. Cormak tuvo que estabilizar su respiración, pues la máscara solo podía filtrar una cantidad definida de aire en un momento dado.

—Deténgase y descienda del vehículo —una voz fuerte y monótona se escuchó desde arriba—. Usted ha entrado en una zona restringida y debe mostrar una identificación.

Qué zona restringida ni qué nada, pensó Cormak. El cañón no había sido una zona restringida desde hacía más de dos décadas. Esta no era sino una excusa de mierda que los polis utilizaban para registrar a alguien cuando no tenían un motivo claro para hacerlo. Cormak empinó su moto todavía más, instándola a que acelerara más. Un polvo rojo se revolvió a sus costados y cada vez que pasaba por encima de una roca o algún hundimiento en el camino, la moto volaba por los aires.

La entrada al cañón se alzaba frente a él, una ranura angosta en la colina de polvo rojo. No había forma de que la aeronave cupiera a través de ella. Si Cormak lograba llegar ahí a tiempo, el poli tendría que darse por vencido y abandonar la persecución.

—Deténgase y descienda del vehículo —demandó la voz—. Esta es su última advertencia.

El cañón estaba a cien mitones de distancia. Ahora noventa. Cormak aceleró todavía más. Setenta. Miró por encima de su hombro y maldijo. ¿Por qué seguía ahí la aeronave? ¿Por qué no emprendía la retirada?

La entrada al cañón se hizo más grande. Ahora estaba a cuarenta mitones de distancia. Treinta. El cañón solo medía unos siete mitones de ancho, apenas la suficiente amplitud como para que dos motos condujeran lado a lado, mucho menos una aeronave. Muy pronto el poli tendría que detenerse. Tenía que hacerlo.

Una súbita corriente de aire caliente estuvo a punto de tirar a Cormak de su moto. La aeronave había descendido más cerca del suelo y ahora conducía a su lado.

—Oríllese —gritó el poli.

En respuesta, Cormak se encogió todavía más en su asiento y pisó el acelerador a fondo. Se dirigió hacia la entrada del cañón y contuvo la respiración, rezando para que el poli no intentara rebasarlo y bloquearle el paso, lo que resultaría en la muerte de ambos.

Se precipitó hacia las sombras mientras las paredes del cañón se elevaban a sus costados. Luego miró por encima de su hombro y alcanzó a ver cómo la aeronave viraba bruscamente a la izquierda. Unos segundos después, escuchó un crujido metálico seguido de un ruido sordo.

Cormak frenó tan fuerte que perdió el control de la moto y chocó contra la pared del cañón. Por un momento permaneció ahí, desplomado sobre el suelo, jadeando y con un dolor sutil en las costillas. Pero en cuanto vio emerger la sombra del poli de su golpeada aeronave, exhaló con alivio. Ya no había forma de que ese tipo lo alcanzara ahora. Se enderezó y encendió el motor, sonriendo al ver que este sonido ahogaba el eco de las maldiciones del poli.

***

Era casi mediodía cuando Cormak regresó a la Torre B, lo cual significaba que solo podría dormir un par de horas antes de salir otra vez. En cuanto la escotilla se cerró con un silbido tras él se quitó el casco, lanzando gotas de sudor por todas partes. Guardó su moto y, antes de siquiera preocuparse por revisar si ya habían reparado el elevador, comenzó a subir los treinta y un pisos lentamente.

Logró llegar a su departamento sin encontrarse con ninguno de sus vecinos, gracias a Antares. Había pasado demasiado tiempo desde la muerte de Rex como para que le dieran el pésame, pero Cormak percibía que tampoco se sentían cómodos haciéndole plática banal. Resultaba difícil pensar que en un lugar como el Sector 23, donde el dolor circulaba día a día junto con el aire filtrado, la gente no supiera cómo manejarlo. No se le ocurría una sola familia que no se hubiera visto afectada por la tragedia.

Como siempre, la pequeña sala de estar se veía vacía y desordenada al mismo tiempo. Las envolturas de los paquetes de nutrición estaban esparcidas por todo el piso y sobre el sillón raído, y la ropa sucia colgaba de los respaldos de las sillas. Es cierto que cuando Rex aún vivía el departamento estaba en mal estado, pero impecablemente limpio. Aunque solo era tres años mayor que Cormak, Rex había sido más como un padre que un hermano. Tras la muerte de su padre, Rex se encargaba de negociar la renta, lidiar con la delicada estufa de gas para cocinar alimentos calientes de vez en cuando y motivar a Cormak para que terminara su tarea incluso mucho después de que sus maestros perdieran el interés en él.

Cormak cerró los ojos y se dejó envolver por esa nube de dolor que le era tan familiar. Ni siquiera sabía que Rex trabajaba en la mina de los Eriales de Hobart hasta que le notificaron el accidente. Su hermano tenía un trabajo seguro como conserje en el puerto de lanzamiento de aeronaves y estudiaba por las noches para los exámenes de admisión de la escuela de pilotos. ¿Por qué habría sacrificado todo eso por un trabajo temporal en la región más insegura de Deva? Solo la gente más desesperada se iba a trabajar a los eriales, un enorme cráter propenso a sufrir terremotos que derrumbaban minas y con numerosas grietas que expulsaban un vapor caliente desde la tierra.

Durante los primeros días, Cormak no se preocupó mucho. Rex a menudo aceptaba turnos extra y no era raro que pasaran días sin que ambos coincidieran en casa. Pero después del cuarto día, Cormak comenzó a angustiarse. Y al séptimo día, recibió la noticia que le partió el corazón en mil pedazos: Rex había muerto. Cormak nunca volvería a escuchar su risa boba y escandalosa, el único sonido capaz de ahogar el incesante silbido del sistema de filtración de aire. Nunca más se exasperaría al escuchar las terribles imitaciones que Rex hacía de sus vecinos, cuyas voces sonaban exactamente igual. Nunca más se sentiría reconfortado por Rex cuando éste posaba su larga mano sobre su hombro y le decía: “Todo va a estar bien”. Pero aquellas palabras que siempre lo consolaron resultaron ser mentira.

Cormak presionó su mano contra la pared y se obligó a respirar hasta que el dolor amainara. Necesitaba dormir unas horas antes de realizar su siguiente entrega. Cansado, caminó unos pasos y sintió que el estómago le gruñía con rabia. Las entregas de hoy iban a ser brutales si no comía algo antes de salir, pero la cocina estaba completamente vacía. Para su enorme frustración, tuvo que remplazar una de las velocidades de su moto el día anterior: solía hurgar en la basura para encontrar las partes, pero tras días de buscar infructuosamente, acabó por desembolsar y ahora no tenía dinero para comprar comida. Necesitaba algo que vender y ya había empeñado todos sus objetos valiosos en el transcurso de los últimos meses: el reloj que le heredó su padre, la moto vintage de su abuelo y la única pieza de joyería que le perteneció a su madre, quien murió poco después de que Cormak naciera. El único cuarto que no había saqueado era el de Rex.

Miró fijamente la puerta que no había abierto desde la muerte de Rex. La idea de hurgar entre las cosas de su hermano hacía que se le encogiera el corazón, pero Rex se pondría furioso si supiera que Cormak pasaba hambre por evitar vender sus pertenencias.

Se forzó a caminar hacia la puerta y luego entró en la minúscula recámara. El aire se sentía pesado y estancado, como el de una tumba, y Cormak notó que contenía la respiración. Todo estaba en perfecto orden excepto por un par de botas que yacían en el suelo a unos pocos centimitones de la puerta. Lo golpeó una nueva ola de dolor mientras esquivaba los zapatos con cautela, procurando no rozarlos. Algo en su disposición se sentía vital, activo, como si la persona que se las quitó estuviera por regresar en cualquier momento.

Por supuesto, la cama estaba tendida. La última vez que se levantó, Rex ajustó las sábanas cuidadosamente bajo el colchón. ¿Acaso una pequeña parte de él sabía que se dirigía hacia su muerte y, por ello, había tenido más cuidado en dejar todo ordenado?

Cormak caminó hacia el vestidor y dejó que sus dedos flotaran por encima de la manija del primer cajón antes de abrirlo. Ahí se encontraba la colección de aviones miniatura de su hermano, con la que siempre lo dejaba jugar. También había un montón de camisetas viejas: pasó su dedo por encima de la que se encontraba hasta arriba y sintió un escalofrío.

Cerró el primer cajón con suavidad y abrió el segundo. Estaba vacío, al igual que el cajón de hasta abajo. Cormak sintió una extraña mezcla de frustración y alivio mientras miraba alrededor de la habi

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