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La mujer que tenía los pies feos

Jordi Soler

Fragmento

La mujer que tenía los pies feos

Siempre he querido participar en una revolución. Aunque no sabría qué hacer con un rifle en las manos, selva centroamericana hasta las rodillas y un hondureño furioso tirando swings espectaculares con un machete. Tuve colegas que desaparecían meses o años en Centroamérica. Alguno me puso en el umbral: nos vamos mañana, en el Renault de Carlos, si quieres. No fui.

Mi padre dice que soy un cobarde. Tiene razón, pero yo tengo una coartada: él mismo peleó una guerra, así que tengo el derecho genealógico de no pelear ninguna.

Hace unos años tomé la determinación de recorrer Centroamérica en automóvil. El pretexto era visitar a un colega que vive en Managua. Llevaba de copiloto a mi tercera esposa. Zarpamos de la Ciudad de México a bordo de un Mercedes Benz. Como yo era el piloto decidí que toda la música iba a estar a cargo de Van Morrison. El recorrido fue un infierno. Tuve que importar y exportar el automóvil en cada uno de los cuatro países que crucé antes de llegar a Managua. Fuimos interrogados, cateados, extorsionados y fumigados en cada una de las líneas fronterizas. Permiso, nos decía un individuo de máscara antigases pertrechado detrás de una manguera. Acto seguido disparaba adentro del coche una humareda de insecticida. La selva era la misma de un país a otro y los insectos también, no había fundamento para esa protección química. El objetivo real era cobrar los veinte dólares que cuesta ese servicio que con el tiempo, estoy seguro, dejará secuelas. Veinte dólares por un embrión de cáncer no está mal, le dije entre Guatemala y El Salvador a mi mujer, que desde la línea fronteriza entre México y Guatemala venía ya concibiendo y dejando crecer el embrión de mi tercer divorcio.

En la frontera entre El Salvador y Honduras, en una cadena montañosa de cuya peligrosidad nos habían advertido hasta el cansancio, caí en un vado que dejó al Mercedes fuera de combate. Bajé con esa actitud clásica de los que no sabemos nada de mecánica: nomás ver y luego tocar por si algo viene flojo. Quedarse a bordo a esperar que pase algún acomedido sería igualmente útil. Esa fue mi idea cuando regresé al coche, nada más unos segundos porque de inmediato fui, por dos motivos, expulsado. Un gruñido de mi mujer que decía te dije que no viniéramos en este coche tan ostentoso, y la pesadilla de una célula guerrillera fuertemente armada que servía de telón de fondo para el gruñido de mi esposa. ¿Te pasa algo?, fue lo último que preguntó antes de pegar la serie interminable de alaridos que me acompañó durante un breve secuestro. Me llevaron en medio de la maleza, ahí cerca, a unos pasos, dándome piquetazos de fusil en los riñones cada vez que pensaban que me iba a detener. Diez minutos de interrogatorio bastaron para demostrar mi estatus de revolucionario incapaz. Algo de piedad se movió en ellos, porque nos ayudaron a reparar el coche. Dos fronteras más tarde, en Managua, abordamos un avión para regresar a México. Antes de aterrizar sostuvimos una conversación terminal. Van Morrison me da náusea, fue lo último que dijo Blackie antes de cambiarme por el mundo que corría debajo de la ventanilla.

Hace tiempo fui invitado a dirigir un documental sobre el paso de Pedro Infante y Luis Aguilar por los estudios Cinecittá en Roma. Leí el guion y acepté de inmediato. Resulta que a Federico Fellini le entusiasmaba la obra actoral de estos dos mexicanos. Finalmente no lograron ponerse de acuerdo, pero durante la negociación, que fue un estira y afloja de varios días, Fellini rodó varios rollos de película que años después se convirtieron en el motivo del documental. Yo había recibido, junto con el guion, un videocaset de ese pietaje que es una joya. Aparecen los dos actores mexicanos paseando por Roma acompañados por Marcello Mastroianni y por el mismo Fellini. Con ese documental ganamos el Oso de Oro en Berlín. Para la producción tuvimos que recurrir a cierta bibliografía que tenía la embajada de Italia. Entre esos libros había una tesis sobre la incursión de los dos actores mexicanos en los foros de Cinecittá. Donatella Baggio, la autora de la tesis, se convirtió en mi asesora y hoy, meses más tarde, se ha vuelto el enlace de las dos historias que alcanzan el nudo, o la vuelta, o el cabo, simultáneamente: la de Ambergris, esta isla paradisiaca en el Caribe donde escribo estas páginas, y la de Varsovia, la mujer que me hizo ver mi suerte.

Un día le conté a Donatella mi incursión centroamericana en automóvil. La globalización está terminando con las revoluciones, cada vez hay más policías del mundo que sofocan cualquier brote que les resulte inconveniente, me dijo antes de hacerme una invitación verdaderamente atractiva: si quieres experimentar los preámbulos de la revolución no tienes más que venir conmigo a Belice, los ingleses no saben qué hacer con esa posesión que les cuesta carísima y los gringos están interesados, ya están viendo cómo arman a los negros. Yo no me moría por experimentar una revolución de verdad, pero la idea de un viaje intenso con ese monumento romano que era Donatella, era casi irresistible. Empezaba a desarrollar un gusto especial por ella, las sesiones larguísimas de preproducción del documental nos habían lanzado a uno en brazos del otro. Viajamos juntos a Roma y nos hospedamos en casa de su padre, un famoso antropólogo de nombre Federico Baggio que es el responsable indirecto del trabajo social que, junto con sus alumnos de la Universidad, efectúa Donatella en Belice. Federico la había traído varias veces cuando era niña a esta isla. Desde hace cinco años Donatella y sus alumnos rascan en Belice City, la capital, cualquier dato que enriquezca el ensayo colectivo que escriben sobre este país, vecino de Guatemala y de México, donde circulan billetes y monedas con el perfil de la reina Isabel, que son dilapidados por turistas de perfil sajón. Terminamos de armar el documental y Donatella reemprendió sus viajes a Belice City.

No me moría por participar en una revolución, esto ya se dijo, pero la idea tampoco dejaba de darme vueltas en la cabeza. Entre un viaje y otro, aprovechando sus ausencias, dejé que se colara Varsovia en mi vida y un año después tuve la ocurrencia de viajar a Ambergris, este paraíso tan platicado por ella, quizá por nostalgia, quizá porque en el fondo no me había gustado dejar pasar aquella oportunidad.

Hace unas noches Varsovia y yo cenamos en Elvis Kitchen. Cuando se trata de sacar la relación de un bache, siempre ayuda intentarlo en un restaurante donde se coma bien y se esté a gusto. Luego un contexto adecuado acaba, por pura empatía, dejando la impresión de que es adecuado lo que se experimenta, lo que se conversa y lo que se proyecta. La tensión empezó, para abrir boca, como es usual, cuando el mesero se acercó a preguntarnos si deseábamos algo de beber antes de ordenar la cena. Esperé a que Varsovia dijera algo. Mi gusto por la ginebra la incomoda, así que he optado por beber sólo cuando ella bebe, cuando considera que el alcohol es un placer que puede permitirse y no el primer paso hacia la perdición. Pidió, por fortuna para mí, una copa de vino, porque en el fondo le gusta y esa noche probablemente quería restarle al mundo algunos grados de realidad. Después de todo la realidad completa, sólida, nada más le sirve a los ingenieros o a los médicos y para el resto acaba siendo preferible la realidad en dosis. Autorizado por la copa de Varsovia, ordené un flat martini: no olive, no onion, no twist please; nada de esa mierda que suelen agregar los arribistas de este elíxir.

La cena transcurrió normalmente. Camarones en leche de coco, jerk chicken, arroz con plátano, pescado estilo cajun. La conversación giró, como siempre, sobre los pocos amigos comunes que nos quedan, o para ser más preciso: que me quedan. Esa vía de comunicación es muy del gusto de Varsovia, hablar mal de los otros, de gente que aprecio mucho. Como si hablar mal del otro resaltara lo bueno de uno. En ciertos momentos, cuando busco la complicidad total con ella, no me queda más que despedazar, acabar con todo lo que no sea nosotros. Que entre los dos no quepa nadie, ni siquiera Asher el rastafarian, la amistad más reciente que nos cayó un día en la playa con una invitación verbal para verlo a él y a su banda tocar regué, en un bar ad-hoc de nombre Génesis, lleno de humo y cerveza oscura. Nos hicimos amigos de él sin saber lo que nos esperaba. Como si en cualquier otra cosa supiera uno lo que le espera. Pero esa noche no era noche para oír regué, había asuntos que arreglar entre nosotros, en un ambiente de tranquilidad, sin los devaneos rítmicos de los negros y las negras descalzos, frente a los cuales no queda más que callarse y contemplarlos o bailar con ellos. Terminamos con la cena y con la honra de los amigos. Salimos de Elvis Kitchen con la idea de caminar para digerir las delicias beliceñas. Antes de cruzar la puerta robé un cenicero de plata que estaba sobre el brazo de un sillón. Debajo del primer farol Varsovia se detuvo y me pidió que le revisara el cuello porque sentía un principio de urticaria alérgica causada por los dos camarones en leche de coco que había picado. Yo que la conozco de arriba a abajo, de los pies a la boca, le dije que no tenía nada, que debía ser el calor o el cuello de la blusa y entonces la urticaria desapareció como por arte de magia. Tan cerca de ella sentí el deseo creciente de besarla. No lo hice. Besar a Varsovia en un momento inadecuado puede arruinar la noche o el resto de la vida, depende, lo sé por experiencia, hay que esperar ciertas señales, porque si juego al impulso entonces recula y dice que no la acose, que siempre estoy pensando en eso, y antes de perder esa boca mejor me contengo y no la beso. Seguimos caminando por la única calle del pueblo, una línea de arena con casas y restaurantes a los lados. Había oscurecido, empecé a angustiarme por el futuro inmediato y para no dejarme avasallar por esa angustia opte por hacer una escala antes de llegar a la intimidad con ella. Sugerí que tomáramos una copa antes de irnos a la cama, porque de otra forma, esto ya no lo dije, iba a llegar casi sobrio y difícilmente iba a soportar lo que era probable que sucediera. Entramos a un bar, yo con miras al futuro sugerí una copa fuerte para cada uno porque era imperativo aflojarnos un poco más, aun con el riesgo de que yo podía aflojarme demasiado. Durante la copa despedacé con más fuerza a los amigos comunes, para volverme más cómplice de Varsovia, con el objetivo ingenuo de aniquilar cualquier resto de mundo que hubiera entre los dos. Hablaba todo el tiempo para no tener que decir eso que no debía decir y que amenazaba con escurrirse cada vez que dejaba de pronunciar palabras. Estaba ansioso por hacerle propuestas, por asegurarme una sesión de sexo llegando al bungalow. Estaba envenenado por esa boca que se deformaba con el cristal de la copa. Sus pies estaban cubiertos apenas por la correa de los huaraches, los miraba poco, de reojo, de otra forma, lo sé por experiencia, Varsovia hubiera dicho ¿qué tanto ves?, no me acoses, ¿qué no entiendes? Salimos del bar, yo iba extrañando la media estocada que me faltaba y que ya no pedí porque Varsovia hubiera preguntado con los ojos abiertos a tope, la boca sufriente y las mejillas encendidas: ¿otra?

Nos subimos a un taxi como todos los de aquí. Van Toyota automática de puerta corrediza y un chofer rastafarian o del otro mix racial que aquí abunda, la combinación de negro, maya, cholo, pirata inglés y cazador de ballenas. Alguno de estos dos, el rastafarian o el mezclado o quizá esa tercera opción que es la mezcla del mezclado con el rastafarian, era el chofer que conducía, no recuerdo bien. Sé que venía musicalizando el viaje con Bob Marley porque nadie aquí viaja de otra manera. También sé que traía un teléfono celular para estar localizable cuando hubiera pasajeros a la deriva. Como si uno de los privilegios o de las desgracias de esta isla no fuera estar siempre localizable en la única calle de arena que corre de un e

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