Prólogo a la edición de 2019
La historia de los grandes acontecimientos del mundo apenas es más que la historia de sus crímenes.
VOLTAIRE
Entender al gobierno mexicano en algunos temas clave para la seguridad nacional es muy difícil. Las mismas autoridades, hasta los mismos funcionarios, hablan de abrazos y no balazos y desde el poder se justifica a los más violentos, diciendo que los narcotraficantes no son criminales sino pueblo, que no se les debe reprimir, al mismo tiempo que esos criminales asesinan soldados, policías, a miles de personas cada mes. Se asegura que se quiere la reconciliación y el imperio de la legalidad y se califica, desde el propio Estado, de “valientes” a los jóvenes que mataron a uno de los principales empresarios del país; se festeja a quienes atacaron y dejaron un saldo de seis soldados muertos, un cuartel militar, y se reivindica la figura de los sobrevivientes de aquel ataque.
Las expresiones del antiguo director del Instituto Nacional de Estudios Históricos de las Revoluciones, Pedro Salmerón, sobre el asesinato de Eugenio Garza Sada, en septiembre de 2019, cuando calificó de “jóvenes valientes” a los asesinos, no fueron un simple exabrupto de un funcionario cegado por el ideologismo.
La propia Secretaría de Cultura, de la que ahora depende ese instituto, otorgó el 22 de septiembre, en lo que fuera la residencia oficial de Los Pinos, en el salón López Mateos, el Premio Nacional Carlos Montemayor a los sobrevivientes del ataque guerrillero al cuartel militar de Madera, Chihuahua, en donde murieron seis soldados. En el lugar está el mensaje.
El premio le fue otorgado “a Florencio Lugo Hernández y Francisco Ornelas, ambos sobrevivientes del asalto al cuartel de Ciudad Madera, en la sierra de Chihuahua, el 23 de septiembre de 1965, evento histórico que marca el inicio de la etapa de lucha guerrillera en México”, dice el comunicado, y agrega que “aunque es un hecho casi desconocido por el grueso de la población, el movimiento armado iniciado en 1965 cundió por todo el país, involucró a miles de personas e impactó profundamente en la realidad nacional, logrando imponer un viraje en el rumbo de la nación”, explicó el comité, avalado por la Secretaría de Cultura y encabezado por David Cilia Olmos, un exintegrante de diversos grupos armados. En un evento con los premiados, Cilia Olmos declaró que el asesinato de Garza Sada se debía a que era el representante de la oligarquía en México y que en aquellos años el país estaba en guerra.
México no estaba en guerra ni el país vivía bajo una dictadura (quien lo asegure jamás ha vivido bajo una); existía un régimen con fuertes rasgos autoritarios, pero también se gozaba de muchas libertades. La guerrilla de aquellos años no cambió, para bien, ni remotamente el rumbo histórico del país. Garza Sada no era el representante de ninguna oligarquía sino uno de los empresarios más emprendedores y solidarios de México.
Lo que sucede es que como la realidad no nos gusta, preferimos obviarla o no colocar la información en manos de la opinión pública para que ésta, como si fuera menor de edad, no se asuste con ella. Hace años publicamos en Letras Libres un largo estudio titulado “¿Por qué no despierta el México bronco?”, donde tratamos de explicar, primero, por qué existían estos grupos armados y cuál era su grado real de influencia, y segundo, por qué no existen en nuestro país condiciones “revolucionarias”, como algunos aún creen, y por qué esos grupos no pueden “despertar al México bronco”.
Partíamos de una declaración de Winston Churchill, que aseguraba que “el político debe ser capaz de predecir lo que va a pasar mañana, el mes próximo y el año que viene y explicar después por qué no ocurrió”. En México deberíamos seguir el consejo de Churchill: debemos predecir esos hechos y luego explicar por qué no sucedieron. Pero nuestros políticos actúan de la forma exactamente contraria: niegan o crean una realidad alterna y después, cuando ésta les estalla en la cara, tratan de explicarnos por qué se dio ese estallido sin que ellos pudieran predecirlo. O se contradicen abiertamente. Así sucedió en 1994 en Chiapas.
La primera edición de Nadie supo nada estuvo marcada por la elección de 2006. El libro describía cómo uno de los principales empresarios del país era asesinado en un intento de secuestro por un comando guerrillero infiltrado por la Dirección Federal de Seguridad (DFS), durante el gobierno más claramente populista de nuestra época contemporánea, como lo fue el de Luis Echeverría Álvarez. Aquello no podía pasar desapercibido en la lucha electoral, la más cruenta que hemos tenido en décadas, donde se enfrentaban dos modelos de país, dos modelos de desarrollo, uno de los cuales parecía evidentemente emparentado con aquél.
Han pasado los años y hoy, a finales del 2019, Andrés Manuel López Obrador, uno de los contrincantes de entonces, es presidente de la República y está a punto de cumplir un año en el poder. Saber qué rumbo terminará tomando su administración es casi una adivinanza: puede terminar dando una vuelta de tuerca al viejo echeverrismo o puede tratar de compaginar la justicia social con un desarrollo económico que garantice la seguridad. Si avanza hacia la primera opción, sus posibilidades de éxito se acotarán dramáticamente. Lo que es indudable es que sin acabar con la inseguridad y la violencia no podrá tener ni crecimiento ni desarrollo.
La violencia, en todas sus formas, desde la política hasta la del narcotráfico o el crimen organizado, está en demasiadas ocasiones ligada, muy directamente, al poder. Saber, sobre todo cuando se vive o se percibe un clima de violencia, quién ordenó o ejecutó un crimen político suele ser un ejercicio vano. Pero a veces los responsables dejan hue
