Más allá de un sí

Noa Alférez

Fragmento

1. Paula

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Paula

La habitación olía a laca, ropa nueva y flores frescas y, a pesar de eso, en el aire flotaba un tufillo mucho menos agradable, el de la decepción. Lo cual resultaba una mezcla embriagadora y sofocante, que no se iba ni abriendo las ventanas de par en par. De todas formas, nadie parecía entender la necesidad de aire fresco que apretaba mi pecho.

Sentada frente al tocador, como una estatua griega tallada en fondant, había perdido la noción de cuánto tiempo llevaba ahí, podían ser diez minutos, una hora, o los últimos diez años de mi vida. Estaba atrapada en una especie de presente eterno, como si el reloj hubiera dejado de marcar las horas por respeto a mi tragedia personal. La atmósfera era densa como una crema pastelera, como el fango o como uno de esos potajes de lentejas de sirven en un menú barato.

El espejo que tenía delante me devolvió una imagen inquietante: una novia vestida de blanco, inmóvil, con el moño deshecho y algunos finos mechones pegados a las sienes por culpa del sudor. No era una imagen idílica, desde luego, y ni la wedding planner ni el carísimo fotógrafo que había pretendido inmortalizar el que iba a ser el momento más feliz de su vida (y al que yo misma había echado a patadas de la habitación) estarían especialmente satisfechos con ello. Las pestañas postizas desplegadas como abanicos de flamenca y el rímel corrido por debajo de los ojos terminaban de darle un toque un tanto gótico a la estampa. Para colmo había perdido un pendiente, y si no estuviese tan desarmada como un puzle metido en una caja, me reiría al pensar que me los había prestado mi suegra y que sufriría un ataque cuando se enterase.

La copa de champán, que alguien había llenado sin que yo lo pidiera, descansaba en mi mano derecha. La izquierda, manchada de aceite, sostenía con firmeza una croqueta. Era la cuarta. O la quinta. Había perdido la cuenta después de que mi prima Sandra irrumpiera llorando al grito de «¡Cómo ha podido hacerte esto!» mientras se sonaba los mocos con un trozo de papel higiénico y se dejaba caer en un sofá, como si hubiese sido ella la abandonada, la ultrajada, la humillada.

Me metí el trozo de croqueta que me quedaba en la boca y di un gran trago de champán para tragarla al ver que se me hacía bola. Ya tenía bastante con ser una novia abandonada la misma mañana de la boda como para encima fallecer por culpa de una croqueta de mi tía Manoli. Sería el colmo del dramatismo ser enterrada con el vestido de novia ya que estaba segura de que no serían capaces de quitármelo ni con una radial.

Intenté tomar aire, pero el encaje se me había pegado al cuerpo como un reflejo de la tortura emocional que estaba sufriendo y comencé a agobiarme aún más. La faja me oprimía la barriga presionando con firmeza cada bocado de felicidad que había tenido en los últimos años. Respirar se estaba convirtiendo en algo tan complicado como seguir existiendo. Estaba agobiada, pero en ese momento no se debía a la pena ni a la vergüenza, sino al más puro instinto de supervivencia. Me llevé las manos atrás con desesperación intentando alcanzar los minúsculos botones con forma de perla que recorrían mi espalda, preguntándome a quién se le podría ocurrir poner un cierre indestructible a algo tan inofensivo como un vestido de novia. Por suerte, mi hermana Berta acudió sin ser llamada, y comenzó a desabotonar el vestido con agilidad. Berta, que es la viva imagen de nuestra madre, siempre fue mucho más delicada que yo en todos los aspectos, lo cual era una suerte porque de lo contrario, no habría dudado en reventar las costuras a tirones. Cuando al fin el aire circuló de manera normal y la tortura física amainó un poco, mi cabeza tomó la delantera y comenzó a bombardearme. Como si fuera una pantalla del aeropuerto el mensaje que Jaime me había enviado se deslizó delante de mis ojos una y otra vez.

«Necesito a alguien que vibre en la misma sintonía que yo. Alguien que viva la vida con pasión».

¿Sintonía? ¿Vibración? Hasta donde yo sabía, la única vibración que mi novio conocía era la del mando de la Play. Si hasta hice un esfuerzo por aprenderme los nombres de los juegos que a él le apasionaban para poder tener tema de conversación. Aunque había que reconocer que era incapaz de retenerlos; mezclaba los personajes y olvidaba sus logros, algo que a él le fastidiaba tanto que acababa frustrándose y tratándome como si fuera idiota. En fin, ya no importaba.

Qué ironía. Yo, que había querido saltar en paracaídas cuando era un poco más joven. Que había soñado con hacer senderismo por los rincones más dispares del mundo con una mochila y una tienda de campaña. Que una vez mencioné que me gustaría aprender a bucear. No eran logros demasiado intrépidos, había que reconocerlo, pero Jaime me miraba con una ceja arqueada y me decía que estaba loca. Para él, su deporte favorito era fundir la Visa en tiendas de marca, y presumir de su estatus. «Con tu forma física te asfixiarías al dar dos pasos». Y yo le había creído. Después de todo mi tendencia a ganar peso siempre había sido mi talón de Aquiles, esa batalla que nunca había conseguido ganar del todo y que en este momento de mi vida estaba empezando a darme igual. Mi «no novio» (todavía no podía asimilar que acababa de convertirse en mi ex) tenía la capacidad de pintarme los escenarios más apocalípticos para quitarme las ganas de hacer cualquier cosa, y si eso no funcionaba, me recordaba que nosotros no necesitábamos pasar penurias ni riesgos para divertirnos. Nosotros estábamos a otro nivel. Al nivel de pagar para no tener que pensar en nada, y que nos lo diesen todo masticado.

A mí me bastaba con acurrucarme en el sofá con una manta mullidita, una pizza casera, unas cuantas chuches y un maratón de series. Siempre me había parecido un plan genial. Hasta que llegaba la hora de irse a la cama y cumplir el expediente con un polvo mediocre. A Jaime, en cambio, además de los videojuegos, le apasionaba ir a restaurantes caros, a degustar menús minúsculos con ingredientes de los que nunca había oído hablar, y a tiendas todavía más caras a comprar ropa exactamente igual a la que ya tenía en su vestidor, ya que él no era de los que arriesgan en su atuendo. Me pregunté si habría alguien más en el mundo que tuviese dieciséis camisas del mismo tono azul claro, además de él.

Con el tiempo, fui olvidando poco a poco mis propios gustos. Dejé de bailar porque él me dijo que me faltaba elegancia. ¿Qué palabra había utilizado? Ah, sí. Gracilidad. Y acepté su opinión forzándome a interpretar como sinceridad lo que resultaba hiriente. Abandoné el club de lectura porque a él le aburrían las cenas con «gente intensa», dejé de diseñar y fabricar mis propias joyas porque a él le parecía cutre, y me apunté a todo aquello que a él le resultaba divertido. No podía culparle por ello, la culpa de ceder a todo con tal de no discutir era enteramente mía. Y quizá ese momento no era el más adecuado para hacer una lista mental de reproches, pero a algo tenía que agarrarme para no caer en picado.

Y ahí estaba yo. Vestida de novia con un traje de diseño que jamás habría elegido. Pero a mi madre y mi suegra les pareció que me estilizaba, (más bien me embutía) y que el vestido bohemio y un poco hippy del que yo me había enamorado no combinaba con la boda clásica y elegante que los demás habían organizado.

Abandonada.

Rodeada de flores blancas, encaje, familiares histéricos y bandejas de catering que nadie sabía si retirar o servir. Y las croquetas de mi tía como único consuelo que me anclaba a esa parcela segura y familiar que tanto necesitaba. Como un abrazo a la niña que un día fue feliz rodeada de cosas cotidianas y placeres sencillos.

Al otro lado de la puerta, el mundo seguía girando, como si yo no hubiese sido zarandeada, pisoteada y puesta del revés. Las reacciones de la gente que me rodeaba, lejos de tranquilizarme, suponían una nueva piedrecita en la balanza que estaba a punto de volcarse hacia el lado equivocado.

—¿Dónde está Jaime? ¿No ha venido? ¿Ni siquiera ha tenido huevos de dar la noticia a su familia?

—¿Quién se lo dice a los invitados?

—Pero ¡¿cómo va a cancelar la boda por WhatsApp?!

—¡¿Y por qué nadie le quita el teléfono a Paula?!

Yo los escuchaba a medias, amortiguados y lejanos, como si estuviera bajo el agua. No sentía rabia todavía y estaba deseando de una manera agónica que ese sentimiento llegase. Solo había vacío. Solo una extraña lucidez, esa que llegaba cuando te dabas cuenta de que el fondo del abismo estaba forrado con terciopelo y que la caída no había sido mortal, sino que ahora descansabas sobre algo suave pero frío, muy frío. Si no hubiera sido imposible, juraría que mi estómago saltaba con una euforia controlada. Quizá estaba volviéndome loca. Quizá el trauma había hecho aflorar algo extraño.

—Paula, ¿necesitas algo? ¿quieres que llame a alguien? —preguntó una voz calmada junto a mí.

Era mi tía Manoli, la hermana de mi padre y la responsable de que frente a mí hubiese un puñado de curativas croquetas. Todos habían hecho comentarios jocosos sobre su ocurrencia de llevar a la habitación de la novia situada en aquel prestigioso hotel con un catering impresionante, un túper con croquetas de jamón. Unos se habían reído, otros lo habían visto como una catetada y mi madre había puesto el grito en el cielo ante la posibilidad de que me manchase o me atiborrase antes de la ceremonia. Mi madre siempre había mirado por encima del hombro a su cuñada, quizá con un poco de lástima, algo que yo no soportaba.

Para mí esas bolitas de bechamel rebozadas en pan rallado suponían una auténtica salvación. Eran el antídoto para ese veneno que pronto se expandiría por mis venas y supuraría por todos los poros de mi piel.

—No, solo quiero otra copa de champán —dije casi sin fuerzas.

—¿Estás segura?

—Lo único que tengo seguro en la vida en estos momentos, es que quiero una jodida copa de champán.

Suspiré al escuchar que la puerta se cerraba tras de mí, un poco arrepentida por mi brusquedad. Pero tenía derecho a estar irascible o incluso a ser un poco borde. Volví a mirarme al espejo en una forma retorcida de tortura. Estaba horrenda y no reconocía la expresión extraña de mi cara. No sabría decir si era sorpresa, cabreo, o solo el efecto del desamor. Quizá cuando te rompían el corazón se te ponía cara de trucha. Aunque ya me habían roto el corazón antes y no lo había sentido así, más bien había sido un segundo en el que el tiempo se había detenido y algo en el pecho había hecho crack.

Ahora, en cambio, parecía que una ola gigante me movía de aquí para allá mientras me aferraba a un minúsculo flotador con forma de unicornio. Parpadeé con la impresión de que estas enormes pestañas podrían desencadenar un huracán en el otro lado del mundo, como si fuera el aleteo de una mariposa. Me acerqué un poco más al espejo luchando con la presión de la faja para mirar mis ojos hinchados. Puede que fuese el residuo del maquillaje de novia, el champán o la última croqueta, pero había algo en ellos. Una chispa muy débil, parecida a una brasa que se resistía a apagarse.

No era el momento de tomar decisiones, ni pensar en el futuro ni tampoco en el pasado. Solo en el presente. Y en él nada de lo que tenía delante parecía encajar: el rímel expandiéndose por las mejillas como una mancha de acuarela, los labios pintados de color apricot nude, el vestido de corte sirena, doscientos invitados al otro lado de la puerta a los que en su mayoría no conocía y media docena de croquetas que esperaban su turno.

De repente, algo dentro de mí se rompió. Primero temblé un poquito, conteniendo algo que todavía no sabía qué era. Después, el sonido salió de mí, bajito al principio, creciendo poco a poco hasta convertirse en un escándalo. Las carcajadas resonaron en la estancia y todas las presentes se giraron hacia mí con sorpresa, como si hubieran olvidado que estaba allí.

La novia abandonada seguía en la suite nupcial decorada en tonos tierra, tocada pero no hundida. O puede que sí, que me hubiese hundido del todo. Pero estaba viva, atiborrándome y bebiendo champán. Como una diva decadente en su última función, en su último acto.

La risa histriónica se convirtió en llanto por unos segundos, que se fueron tan rápido como habían venido. Me limpié la cara con una servilleta bordada con mis iniciales (P. R., que ahora parecían significar «Puñeteramente Resiliente»).

—Pues que se quede con su vida sintonizada y vibrante —me dije a mí misma—. Yo me voy a por el postre. Esa tarta nupcial no se va a comer sola

Me puse de pie decidida a dar la cara sin importarme, por primera vez en la vida, lo que pensasen los demás. Pero antes me quedaba algo muy importante que hacer. Quitarme la maldita faja y prenderle fuego.

2

Paula

La luz entraba a raudales a través del ventanal de la que debería haber sido mi suite nupcial. Abrí los ojos y los volví a cerrar maldiciendo para mis adentros no haber tenido la previsión de cerrar las cortinas la noche anterior. Noté la boca seca y la lengua con la misma textura que una piedra pómez. Intenté tragar saliva, pero miles de cristales se me clavaron en la garganta, lo que quería decir que había cogido frío por aquella excelente idea tomar la última copa de champán como Dios me trajo al mundo en la terraza. Apenas lo recordaba vagamente y recé para que nadie hubiese visto ese despliegue patético de borracha frustrada. Los engranajes oxidados de mi cerebro comenzaron a girar con lentitud, chirriando, trabándose como si estuviesen empapados de gelatina. Y entonces recordé por qué estaba sola en esta cama king size de sábanas frías en lugar de estar celebrando el nuevo día y mi recién estrenado estado civil con una buena sesión de sexo mañanero. Mi estómago se retorció, gruñí y tuve que echar a correr hacia el baño para vomitar. Y no era algo sencillo, ya que apenas recordaba de dónde estaba y estuve a punto de usar una maceta para ello. Mi cabeza palpitaba con fuerza y por un momento el dolor físico nubló mi mente, hasta que de repente la realidad cayó sobre mí como una losa, como un elefante, como un condenado asteroide.

Jaime me había dejado. Era real. Mi estómago volvió a convulsionar, pero ya no quedaba nada dentro, más que un poso de amargura fruto de su puñalada. Sollocé y apoyé la cabeza en las losas frías de la pared queriendo desaparecer. Ojalá todo el mundo se olvidara de mí, pero sabía que sería el tema de conversación en el círculo que rodeaba a mi familia durante semanas, meses, años. En las clases de yoga, en la peluquería, en la cola del supermercado… Esas arpías no tendrían piedad, igual que mi madre no la hubiera tenido si hubiese sido la hija de alguna otra desgraciada la que hubiesen abandonado en el altar.

Me arrastré hasta la ducha y abrí el agua, que durante unos segundos cayó sobre mí tan helada que casi me dolió la piel. Aguanté las ganas de gritar, mi situación ya era bastante patética para sumarle un intento de rescate por parte del personal del hotel. Sentada, abrazándome las rodillas y con el agua cayendo con fuerza sobre mi espalda me permití llorar todo lo que mi cuerpo me pidió hasta que las lágrimas dieron paso a unos dolorosos sollozos que me quebraron la garganta. Mi mente traicionera insistía en divagar, en torturarse pensando qué estaría haciendo Jaime en ese momento, pero reuní mi dignidad y me negué a machacarme ni un segundo más de lo necesario.

Alguien golpeó varias veces la puerta de la habitación y antes de que me diese tiempo a abrir apareció Berta, que, con su impaciencia habitual, había abierto con la copia de la llave que había pedido en recepción. Volví al sillón de la terraza en el que llevaba un buen rato sentada envuelta en un albornoz, contemplando las vistas, y apenas me inmuté por la intromisión.

—¿Por qué no contestabas?

Me limité a encogerme de hombros sin mirarla, con la sensación de que había cometido un error imperdonable. Sabía que Berta quería hacerme mil preguntas, quería saber si el impresentable de su excuñado se había atrevido a dar la cara, o si le había ocultado que tuviésemos algún problema…, cualquier cosa que pudiese justificar este despropósito, pero intuyó que no era el momento de preguntar. Simplemente me dio un rápido abrazo y se dirigió hacia la mesilla donde se encontraba el teléfono para ordenar un copioso desayuno, sin escatimar en chocolate, café y cualquier otra cosa que ayudase a aliviar el ánimo a través del estómago.

Unos quince minutos después, ambas saboreábamos una taza de café disfrutando del sol, como si mi vida no se hubiera desbaratado. Me serví mi segundo croissant con mantequilla y mermelada y suspiré como si aquel fuese el mejor plan de mi vida. Al menos era el mejor que me podía permitir en esos momentos.

—Paula. —La voz de Berta sonó tan comprensiva que no importaba lo que dijese después. Intuí que me iba a molestar—. Puedes llorar, ¿sabes?

—Gracias por darme permiso.

—No te estoy dando permiso, solo digo que no es necesario que te hagas la fuerte.

—Ya he llorado esta mañana, gracias. Y no tengo pensado hacerlo más.

—Pero no es bueno contenerse, hay que canalizar los…

—Berta… —Mi voz sonó cortante y autoritaria, algo desacostumbrado en mí, que siempre solía tolerar (y aceptar) las opiniones de los demás. De hecho, estaba acostumbrada a que todos se creyesen en el derecho de decirme lo que me convenía y lo que no—. Sé que lo haces por mi bien, pero estoy cansada de que me digáis lo que tengo que hacer. Me he dejado arrastrar para celebrar una boda en la que casi no he podido opinar y a la vista está que el resultado no ha sido demasiado brillante.

—Hablas co

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