El ladrón de Hemingway

Shaun Harris

Fragmento

El ladrón de Hemingway

1

Estaba sentado en la cantina del hotel Baja mientras bebía ron con limón y completaba un crucigrama de un periódico de Tijuana de hacía tres semanas. El crucigrama era pura arrogancia. Yo apenas sabía suficiente español como para pedir un café. Estaba a punto de darlo por terminado, cuando Grady Doyle llegó por su tequila vespertino.

—Te he estado buscando por todas partes —dijo, y se colgó como un mono del marco de la puerta, la puesta de sol lo rodeaba como un halo sangriento—. ¿Aún estás pensando en suicidarte?

—Los autores venden más después de su muerte —contesté sin levantar la mirada.

—Realmente no lo harás, ¿o sí? —preguntó.

—Depende de cómo me salga este crucigrama.

Grady caminó detrás de la barra y se inclinó para ver el papel extendido sobre la laca astillada de la barra.

—Te tengo malas noticias —comentó Grady, fingiendo conmiseración—. Ninguna de tus respuestas está escrita en lo que yo llamaría estrictamente el idioma español.

—¿Entonces qué demonios es? —lo cuestioné.

—Parece esperanto. ¿Quizá apache? Pero definitivamente no es español.

—Entonces, me toca el suicidio —repuse, y lancé mi pluma al otro lado de la cantina.

—¿Eres católico? Porque los católicos no permiten que las personas que se suicidan vayan al cielo, ¿sabes? —comentó Grady con el ceño fruncido.

—Técnicamente es asesinato. Cuando finiquitas a tu nom de plume es asesinato. ¿El Papa tiene algún problema con el asesinato?

—No si luego te arrepientes de hacerlo.

—Ah, ahí está el problema —le dije—. Nunca me arrepentiré.

He escrito treinta y dos novelas románticas protagonizadas por Alasdair MacMerkin, el vampiro detective escocés. Todas ellas escritas bajo el seudónimo de Toulouse Velour, y esperaba publicar mi novela treinta y tres sin escoceses ni vampiros ni eufemismos genitales, y con mi propio nombre, Henry Cooper. La segunda parte de mi plan era emitir un comunicado de prensa que detallara la espantosa muerte del pobre Toulouse. Pero mi agente no apoya mucho ninguna parte de mi plan.

Chasqueé los dedos y señalé la hielera que estaba cerca de los pies de Grady. Pateó la tapa barata y salió volando hasta una esquina, donde asustó al lagarto que me había ofrecido su apoyo silencioso ante mis esfuerzos con el crucigrama. El lagarto le sacó la lengua y escapó para ponerse a salvo en una grieta de la pared.

—Mira lo que hiciste —me quejé—. Ese lagarto era mi único amigo.

Grady sacó mi botella personal de Sailor Jerry y pateó la hielera, tirando el contenido para que se mezclara con el polvo. Se rascó la nariz y analizó el desastre que había provocado.

—¿No te molesta que la cerveza aquí sea tan mala que tienes que traer lo tuyo? —me preguntó.

Sí me molestaba, pero no era algo que quisiera cambiar. Sólo estaba aquí por consejo de mi agente. Se supone que me aclararía la cabeza y tomaría una decisión sobre mi futuro literario, quizá hasta encontraría inspiración para el siguiente libro. Se supone que sólo duraría unos días, quizá una semana. Eso fue hace un mes.

—Sí, pero, ¿qué le vamos a hacer? —repliqué.

—Comprar el lugar —repuso Grady. Golpeó la barra y se paró sobre las puntas de los pies—. Cosa que hice esta mañana. También el hotel.

Él estaba orgulloso de eso, aunque yo no entendía por qué. Yo pensaba que el tugurio era una porquería. Me giré sobre mi silla para volver a examinar el lugar. Tal vez algo se me había escapado.

La cantina era parte del hotel Baja como si fuera una decoración rota que cuelga de un árbol de Navidad ya usado. Tenía el tamaño de un establo y estaba amueblada igual que uno. Estaba vacía salvo por un joven estadounidense que intentaba mantenerse consciente en una esquina. El hotel se localizaba en el centro de Pendira, México, una localidad con una población de sesenta personas y noventa y dos perros de la calle. La ciudad más cercana era Ensenada, y eso quedaba a dos horas de carreteras derrumbadas, rodeadas por montañas. Era común que no hubiera clientela.

La decoración consistía en un anuncio de Tecate del tamaño de un póster colgado con tachuelas en el revestimiento de madera detrás de la barra. Media docena de mesas de madera astillada y un juego de sillas de plástico que alguna vez pertenecieron a la entrada de la casa de alguien llenaban el espacio del suelo. No había techo, pero Butch Wilson, el antiguo propietario del hotel, había colocado un anuncio de metal corrugado precariamente sobre la barra, como un toldo a punto de caer. Había una buena cantidad de basura en el piso, arrastrada por el viento o abandonada por los clientes esporádicos.

Nada se me había escapado. El lugar sí era una porquería.

—¿Compraste el hotel? —lo interrogué—. ¿Tienes esa cantidad de dinero?

No hubiera imaginado que Grady fuera del tipo de hombre que tuviera dinero para prescindir de él. No lo hubiera imaginado como nada, en realidad. Todo lo que sabía sobre él era que se trataba de un estadounidense expatriado, que había sido una especie de policía en su vida anterior y que le gustaba el tequila al atardecer. Eso había sido suficiente para establecer una sólida amistad durante las últimas cuatro semanas.

—Lo conseguí baratísimo —respondió Grady—. Butch ha querido salirse de esto desde que las guerras entre los cárteles empeoraron en Tijuana. Le ofrecí poco y aceptó.

—¿No te preocupa lo que está sucediendo en el norte? —le pregunté. A pesar de que no podía leer el artículo, la primera plana del periódico tenía una foto grotesca de la última matanza entre los cárteles rivales cerca de la frontera.

—Esa mierda se terminará algún día, y cuando se acabe, voy a arreglar este lugar para que quede bien. Atraeré a algunos surfistas marihuanos de San Diego. ¿Quieres limones?

Salió detrás de la barra y se dirigió a la puerta, justo afuera había un árbol de limones. El limonero era una bestia hogareña y de aspecto nudoso, que empujaba contra el marco de la puerta como si fuera una torre de asedio medieval amenazando con romper toda la pared al oeste. A pesar de ello, tenía buenos frutos y Grady lo analizaba atentamente para encontrar los pocos que estaban maduros.

Él se movía con un atletismo descuidado, oxidado por años de desuso. Estaba en la edad que describiría como mayor, pero sin ser viejo, lo que lo colocaba entre los cuarenta y algo más. Su playera blanca estaba sucia de un bonito color tierra, su cuello en V se estiraba hasta el límite. Su piel estaba muy bronceada por los días pasados bajo al sol. Sus pantalones alguna vez fueron chinos, pero ahora eran simplemente vestigios de un material que terminaba justo por debajo de sus rodillas. Usaba un par de sandalias de cuero tan viejas y sucias que parecían brotar de sus pies hirsutos, como los de un hobbit. Mechones de cabello negro salían de su gorra de béisbol Miller Lite y se mezclaban con su barba descuidada. En su país, este hombre hubiera sido expulsado de un McDonald’s. Aquí, acababa de comprar un hotel.

Un hombre con un bronceado artificial naranja oscuro y con una playera sin mangas, absurdamente ajustada pasó a un lado de Grady mientras recogía los limones. Otro tipo pálido con un traje de tres piezas siguió de cerca al primer hombre. Se movían como depredadores hacia la mesa en la que el estadounidense borracho había perdido la batalla y estaba inconsciente. Los miré por encima del hombro mientras bebía de mi ron. El tipo bronceado agarró el desastroso cabello del hombre borracho y levantó su cabeza. El que tenía el traje se le acercó para examinar su cara. Después de un momento en el que lo observó detalladamente, asintió y el otro dejó caer la cabeza del borracho sobre la mesa con un golpe fuerte, como el de una calabaza cayendo en un porche. Jalaron unas sillas de una mesa cercana. El trajeado sacudió su silla con un pañuelo y la inspeccionó con mucho cuidado antes de sentarse. El bronceado volteó la suya y se sentó a horcajadas sobre ella recargándose en el respaldo.

—¿Los conoces? —preguntó Grady. Había regresado a su sitio detrás de la barra y estaba cortando en rodajas los limones con un cuchillo de caza. Mantener todos los dedos pegados no parecía interesarle mucho, puesto que toda su atención estaba dirigida hacia los tres hombres de la esquina.

—Butch registró al chico esta mañana —contesté. Había estado usando el único teléfono del hotel dentro de una cabina en la minúscula recepción para llamar a mi agente y que me recitara mi sermón diario de elogios y maltratos. El chico parecía estar al final de la adolescencia, llevaba unos pantalones de mezclilla y una de esas chamarras militares anchas que escuché que estaban de moda una vez más; se movía con cautela y de manera nerviosa. Se registró con el nombre de Richard Kimble, lo que me hizo soltar una carcajada. Nunca he entendido por qué alguien se tomaría tantas molestias con un nombre falso. Sólo tenían que abrir el directorio telefónico y escoger uno. El chico debió nombrarse Johnny McAlias en lugar de Richard Kimble junto con todo lo bueno que ese nombre podría traerle. Era bastante obvio que estaba huyendo y Butch, al oler el aroma penetrante de la desesperación mezclada con el miedo que ese pobre bastardo despedía, le había cobrado cincuenta dólares de más.

—¿Kimble? —cuestionó Grady. Terminó de cortar los limones y dejó caer una rodaja en mi vaso antes de rellenarlo. Quedó un trago al final de la botella y decidió tomárselo—. ¿Qué tipo de nombre es ése?

—Uno falso, supongo —respondí, tomando un trago más pequeño de lo usual. Quería prolongar otra botella más, durante los treinta metros de la Marcha de la Muerte de Bataán hacia mi habitación—. Le dijo a Butch que era un escritor, pero algo en él me hace pensar que está huyendo de alguien.

—Un escritor, ¿eh? —dijo Grady—. ¿También se va a suicidar?

—Espero que no. No quiero que se sature mucho el mercado —repliqué. Grady puso el cuchillo de caza bajo la barra y tomó una botella vacía. La colocó sobre su muslo y la mantuvo ahí.

—Hazme un favor y quédate quieto —me pidió. Detrás de mí, escuché un choque y el sonido de sillas cayéndose. Hubo un murmullo incoherente seguido de una mano maltratando un cuerpo y un golpe seco como si alguien hubiera sido apaleado en el estómago. Mantuve mi cabeza quieta y moví los ojos hacia mi derecha. El hombre bronceado tenía los brazos bajo las axilas de Richard Kimble y lo arrastraba hacia la puerta y la luz menguante. Sentí al hombre del traje parado justo detrás de mí. Olía a Listerine con tabaco.

—Ustedes no vieron nada, ¿está bien? —nos advirtió el hombre. Su voz era suave y alegre como si estuviera preguntando algo sobre las promociones de las bebidas. Grady no respondió. El hombre se rio. Fue un sonido frío y carente de alegría, y acercó el brazo al interior de su saco. Los músculos de Grady se tensaron. Un arma enorme colgaba de la funda para pistolas que el tipo traía, como si fuera salami en una vitrina de una charcutería. Acercó la mano a su bolsillo y sacó un fajo de billetes tan grueso como mi brazo. Contó media docena de billetes de cincuenta y se estiró sobre la barra para ponerlos dentro de la bolsa de la camisa de Grady. Ése fue su error.

Grady tomó su muñeca, le jaló el brazo por encima de la barra y estrelló la botella de ron en la cabeza del hombre con un golpe que hubiera hecho que incluso Roger Federer se levantara y aplaudiera. La botella estalló como una fuente de vidrios rotos que cayeron sobre mí como gotas afiladas de lluvia. Grady lo giró y lo inmovilizó contra la barra. Tomó el cuchillo de caza y sostuvo la punta resplandeciente a centímetros de los ojos del hombre.

—Agarra su pistola por favor, Coop —me pidió Grady. Había sangre sobre la barra y en mi ron—. Coop, ¿me escuchas, amigo? —Grady mostraba una sonrisa serena que era un poco desconcertante. Yo no lucía tan tranquilo, pero pude alcanzar cuidadosamente el pecho del hombre, desenganchar la funda y sacar la pistola. Era más pesada de lo que esperaba y casi la tiro. Se la extendí a Grady, pero él sacudió la cabeza.

—Sólo sostenla un minuto. Mantén un ojo en la puerta en caso de que su amigo regrese —agarró un puñado del cabello del hombre y le jaló la cabeza mientras ponía el cuchillo en su garganta—. No me gusta que la gente entre a mi establecimiento y maltrate a mis clientes.

El hombre dejó escapar un gemido atontado, mientras la sangre escurría de su cráneo hacia la barra.

—No creo que éste pueda hablar. Si queremos información, tendremos que preguntarle al que está afuera.

—¿Necesitamos información? —le pregunté.

—Toma el arma y aparenta que sabes usarla —Grady me ordenó, luego esperó un momento y caminó hacia la puerta. Lo seguí.

Pudieron ser los cuatro vasos de ron. Pudo ser la lealtad hacia Grady, a quien, aunque sólo lo conocía desde hace algunas semanas, consideraba un amigo. Tal vez fue que sentía que estaba mal que dos hombres armados se metieran con un borracho inconsciente. Pudieron ser todas esas cosas, pero no. Era la historia.

Me imaginé a mí mismo narrándole la historia a una hermosa joven rubia en un bar lleno de gente. Me visualicé al mando de un montón de amigos y colegas en el tercer piso del Chicago’s Chop House con un whiskey en una mano y describiendo la pistola con la otra. Pensé en las incontables personas que me pedirían que las obsequiara con mi anécdota de «México» en innumerables fiestas de cocteles durante los años venideros.

Seguí a Grady hacia el abismo oscuro y peligroso sólo por la historia que podría contar. Era el ocaso cuando salimos de la cantina. Le llaman «la hora mágica». Todo se volvió de una calidad borrosa y confusa, como una fotografía vieja encontrada al fondo de un baúl. El hombre bronceado estaba de pie junto a su Ford pickup que parecía nueva. Las llamas rojas de la punta de su cigarro bailaban mientras él hablaba.

—¿Qué carajos es esto? —exclamó. Tenía un acento de Texas y sonaba más enojado que sorprendido.

—Tienes a mi cliente ahí —Grady respondió por encima del hombro del prisionero.

—Bueno, ése es mi compañero, amigo —respondió el de Texas—. ¿Estás bien, Dell?

Dell soltó un gemido indescifrable mientras volvía en sí y Grady lo sujetó mejor.

—El maldito me golpeó con algo, Andy —Dell contestó con un graznido ronco.

—Fue una botella —dijo Grady—. ¿Dónde está mi chico?

—Justo aquí —aclaró Andy, y abrió la puerta de la Ford. Richard Kimble se cayó y aterrizó bocarriba y flácido sobre la grava. No tenía ninguna parte del cuerpo sin sangrar o sin heridas. Su respiración era superficial y ronca, como la de un viejo subiendo las escaleras. Andy debió haber trabajado con él mientras nos enfrentábamos a Dell. Andy arrojó las cenizas del cigarro sobre la cara del pobre bastardo. Kimble ni se inmutó. Estaba acabado por esta noche—. ¿Son amigos suyos?

—Como dije, es un cliente —repuso Grady—. El tipo pagó por un alojamiento seguro. Sólo me estoy cerciorando de que reciba lo que pagó.

—¿Y quién demonios es éste? —preguntó Andy, señalándome—. ¿El botones?

Grady no respondió. Desafortunadamente, yo nunca había podido guardar silencio, especialmente si había una pregunta sin contestar.

—Henry Cooper —respondí. Las palabras salían de mi boca como bloques de Jenga—. La gente me llama Coop. Soy un escritor, sabes, de libros.

—¿Un escritor? ¿Has escrito algo que conozca? —me cuestionó Andy. Podría lucir como algo insólito para alguien parado al lado de un extraño golpeado y ensangrentado preguntarle eso a otro hombre que te apunta con una pistola, pero no lo era realmente. Es la pregunta inevitable que recibe cada escritor cuando le dice a otra persona lo que hace para ganarse la vida.

—¿Importa? —le pregunté.

—Escucha, hombre —empezó a hablar Andy, y buscó algo dentro de su chamarra. Me sobresalté y casi jalo el gatillo. Grady se tensó y apretó de nuevo a Dell. Andy sonrió y se metió un segundo Pall Mall a un lado del que todavía tenía en la boca. Tomó el cigarro encendido con el pulgar y el dedo índice y colocó las brasas moribundas contra el extremo del cigarro nuevo—. Sólo quiero saber con quién estoy tratando.

—Dile ya, Coop —le pidió Grady, y podría jurar que lo vi sonreír de lado.

—Escribo la serie de Alasdair MacMerkin —contesté.

—¿La qué?

—Novelas románticas sobre un vampiro detective escocés —repuso Grady y resopló.

—En serio —contestó Andy, y luego levantó la barbilla, pensativo—. Sí, mi novia lee esa mierda. Hay como mil de ellos. ¿Tú los escribes? —asentí como un niño culpable por haberse mojado los pantalones—. Pero el nombre del libro no es Cooper. Es, este… mierda, ayúdame.

—Toulouse Velour —murmuré.

—Toulouse Velour —repitió Andy, saboreando cada sílaba cursi—. ¿Qué no Toulouse es un nombre de mujer?

—Estoy bastante seguro de que es nombre de hombre —contesté.

—¿Bastante seguro?

—Nunca lo he buscado oficialmente —admití encogiéndome de hombros.

—¿Nos podemos enfocar en el problema actual, compañeros? —gruñó Grady. Andy puso la bota sobre el pecho de Richard Kimble, reclamándolo como si fuera un conquistador y colocara una bandera, y se inclinó con los antebrazos cruzados sobre la rodilla.

—Me pagaron bastante dinero para encontrar a este chico —dijo Andy—, y no lo voy a entregar a unos maricones que escriben libros para chicas.

—No dejes que los libros te engañen, Andy —comentó Grady—. Coop no dudaría en dispararle a un hombre desarmado.

Andy se rio.

—Debo decir que no estoy muy convencido —soltó—. Apenas puede mantenerla derecha, no quiero ni pensar en disparar. No es tan hombre como para disparar, te lo apuesto. Ni siquiera es tan hombre como para escribir libros para hombres. ¿Sabes quién es bueno, Toulouse? ¿Sabes quién escribe mierda realmente buena? Ese tipo, carajo, quién es ese tipo. Escribió el libro que volvieron película con el que hizo la otra película. ¡Grisham! Deberías escribir algo como John Grisham.

En ese momento disparé.

No tengo nada en contra del jodido John Grisham. Disfruto sus libros, incluso algunas de las películas, tanto como cualquiera. Nunca me ha hecho nada a mí personalmente. Ni siquiera lo conozco. Lo único que hizo alguna vez el jodido de John Grisham fue caer en el gusto literario de mi papá. Papá era un corresponsal, y cuando un corresponsal lee por placer casi siempre es algo que no es ficción. El imbécil de John Grisham era el único permiso que papá se daba en el campo de la ficción y, según él, el desgraciado de John Grisham estaba en la cúspide no sólo del thriller legal sino de toda la ficción. Cuando le mostré mi primer cuento, el que había ganado el primer lugar en el concurso de literatura de mi bachillerato, lo miró con interés apenas fingido, gruñó y dio su crítica de cuatro palabras: «No es John Grisham».

Papá nos dejó ese mismo año. Yo tenía catorce. Cuando publiqué mi primer libro con mi nombre propio una década después, envió una tarjeta de felicitación (siempre se molestó en enviar la mejor) con Snoopy leyendo un libro en la parte de enfrente. Dentro, garabateó con su letra epiléptica: «Leí tu libro. No era John Grisham». Desde entonces, cada vez que publico un libro recibo una tarjeta. No me pregunten cómo sabe mi seudónimo. Sospecho que mi madre le dijo, pero nunca he tocado el tema con él. A veces Snoopy está en la portada. A veces está Garfield. Una vez fue una mujer con pechos grandes leyendo en la playa. Sin importar la portada, el mensaje siempre es el mismo.

Algunas personas crecen bajo la sombra de un hermano. Tienen que escuchar a sus padres lamentarse: «¿Por qué no puedes ser como tu hermano?». Yo no tuve hermano. Tuve al puto de John Grisham.

Se necesitan dos kilos de presión para jalar el gatillo de una semiautomática Glock 22 calibre .40 que, Grady me informó después, era la que tenía en la mano. También me dijo que la pistola había estado involucrada en diferentes demandas sobre su posibilidad de dispararse por accidente. Me gusta pensar que fue un accidente, eso de dispararle al de Texas. Me gusta pensar que me estremecí o me asusté o lo que sea, pero sé la verdad. Ésa no fue la primera vez que alguien ponía en duda mi virilidad o mis habilidades de escritura, o las dos al mismo tiempo. Ha habido una docena de fiestas en las que se ha repetido esta escena. La diferencia es que nunca había tenido una pistola en la mano.

Le disparé a Andy en el pie, no el pie que tenía sobre Richard Kimble. Esta suerte no tenía nada que ver con mi tino (mis ojos estuvieron cerrados cuando apreté el gatillo). Andy pegó un brinco y cayó sobre el trasero, aullando de dolor y sosteniendo su bota Wolverine mientras la sangre le corría entre los dedos. Grady se movió rápido. Empujó a Dell al piso a un lado de Andy y me dijo que agarrara a nuestro nuevo inconsciente amigo. Estaba de pie a un lado del pobre tarado mientras trataba de decidir dónde poner la pistola. Empecé a meterla al frente de mis pantalones, pero lo pensé mejor. No quería que mi entrepierna terminara como el pie de Andy. Grady tomó la pistola.

—Sólo lleva a este idiota adentro y llama a Digby. Despiértalo si es necesario —ordenó. Tomé la playera de Kimble con las dos manos y lo arrastré hacia la relativa seguridad de la cantina. Diez minutos después entró Grady, limpiando el cuchillo con sus pantalones.

—Se fueron —informó.

—¿A dónde? —pregunté. Había puesto al tipo en una silla y estaba tratando de despertarlo para que tomara agua. Se quejaba constantemente, lo que tomé como una buena señal.

—Supongo que a Ensenada. Hay un hospital ahí. Dell, el que tenía el traje, parecía estar bien como para conducir. Deberían llegar antes de que Andy pierda el pie.

—¿Los dejaste ir? —lo cuestioné.

—No están en condiciones de intentar algo más esta noche.

—Pero regresarán, ¿no es cierto? ¿No deberíamos haber llamado a la policía?

—Dispararle a un hombre es un problema caro en México. Estoy un poco corto de dinero después del hotel y eso —caminó hacia el lavabo del bar y dejó correr el agua. Hubo un quejido por parte de la tubería, y sólo un hilo de agua salió. Grady maldijo y usó lo que pudo para lavarse la cara y la nuca. Se secó con el dobladillo de la camisa. Nuestro pobre amigo gruñó de nuevo y se inclinó hacia delante sobre la silla. Lo atrapé justo antes de que se cayera y lo enderecé.

—¿Llamaste a Digby? —preguntó Grady.

—Entró la contestadora. No iré a su casa en la oscuridad. No puedes estar seguro de que esos tipos ya se fueron de aquí.

—Se fueron —me aseguró Grady, y me hizo señas con la mano para eliminar mis temores—. Si no puedes traer a Digby, ¿podrías al menos ayudarme a llevarlo a la habitación de Doc?

—Es seguro que esos cabrones van a regresar por este idiota, Grady —repliqué.

—Probablemente —respondió Grady, y levantó los pies del hombre. Agarré sus brazos—. Después de dejarlo con Doc, me voy a la cama. Quiero ir a la ruta de la carrera mañana temprano.

—¿Estás escuchando? —exclamé—. Esos tipos van a regresar, y una botella de ron no será suficiente para detenerlos.

—¿Qué debí haber hecho? —preguntó Grady, mientras caminaba hacia atrás, evitaba la barra y abría la puerta trasera con el pie—. ¿Les debí cortar la garganta y tirarlos en un par de tumbas poco profundas en el desierto?

—No, supongo que no —le respondí, tratando de levantar la mitad de mi carga en coma. Pero poco menos de un día después, estaría deseando que Grady hubiera hecho justo eso.

El ladrón de Hemingway

2

Me desperté con el sonido de alguien cortándose las uñas de los pies. Era Digby, el conserje, aunque ese título era bastante vago. Estaba sentado en un taburete en la esquina de mi habitación, sin zapatos ni calcetines. Estaba usando su habitual par de pantalones a cuadros con tirantes sobre una playera sin mangas de los Flying Burrito Brothers. Según Butch, Digby literalmente bajó de las montañas hace unos años. Estaba cubierto de tierra, llevaba una mochila de tela deshilachada con un cuchillo de caza, el mismo que Grady había usado para cortar los limones, y un libro de crucigramas resuelto a la mitad. Había pedido trabajo y Butch lo contrató como una especie de criado fiel. Esto incluía subirse a la jadeante pickup de Butch dos veces al mes para traer víveres de Ensenada. Aparte de eso, Digby se pasaba la mayoría del tiempo fumando marihuana y ofreciendo ocasionalmente clases de surf a los huéspedes poco frecuentes.

La historia de Digby cambiaba con la marea. Nadie podía precisar de dónde venía, qué había estado haciendo en la Sierra Madre ni nada sobre su pasado. Alguna vez había hecho referencia a una rica exesposa en California que le había pagado una pensión, pero quién sabe si alguna de las mujeres de las que hablaba realmente existía fuera de su febril imaginación. Quizá pasó tiempo en el ejército, pero en qué rama y para ese caso en qué país, era un misterio. Su acento cambiaba no sólo de un día para otro, sino de una frase a otra. Contaba historias sobre el caos y la belleza de todos los continentes, pero nunca quedaba claro si había experimentado por sí mismo esas historias o simplemente estaba rep

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